La Mina - Armando López Salinas - E-Book

La Mina E-Book

Armando López Salinas

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"La mina de Armando López Salinas, publicada en 1960 tras quedar finalista del Premio Nadal en 1959, cuenta la historia de Joaquín, un campesino que, a causa del retraso del campo andaluz, dominado por la distribución latifundista de la tierra, se ve obligado a emigrar a la ciudad minera de Los Llanos en busca de trabajo. En el interior de la mina, Joaquín no sólo experimenta y sufre las deplorables condiciones de trabajo a las que son sometidos los mineros en las galerías; también descubre las contradicciones de una sociedad basada en la desigualdad y en la explotación. Una novela donde se escenifica la lucha de clases durante los años de bisagra entre el abandono de la economía autárquica y los primeros pasos hacia el "desarrollismo" económico, que inserta la España de Franco en la órbita del bloque capitalista. Considerada una de las novelas más significativas del realismo social español, La mina ha sido condenada al silencio y al olvido por la crítica literaria española, y lo ha sido porque molesta, ya que quiebra el relato de la Transición; un relato que se ha construido sobre el mito de que grandes hombres con grandes gestos trajeron a España la democracia, cuando, en realidad, la democracia fue consecuencia de la lucha de miles de hombres y mujeres, como los que La mina describe, que dieron su vida por la libertad y la dignidad de un pueblo subyugado. La democracia no ha sido una concesión, sino el resultado de años de resistencia y de lucha. Los gérmenes de esa lucha están presentes en La mina de Armando López Salinas. ​

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Seitenzahl: 590

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Akal Literaria

67

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RAG

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

La mina © Armando López Salinas

© del estudio introductorio, cronología y notas, David Becerra Mayor, 2013

© de esta edición, Ediciones Akal, S. A., 2013

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-460-4552-6

Armando López Salinas

La mina

Edición de

David Becerra Mayor

Por primera vez sin censura en España

La mina de Armando López Salinas, publicada en 1960 tras quedar finalista del premio Nadal en 1959, cuenta la historia de Joaquín, un campesino que, a causa del retraso del campo andaluz, dominado por la distribución latifundista de la tierra, se ve obligado a emigrar a la ciudad minera de Los Llanos en busca de trabajo. En el interior de la mina, Joaquín no sólo experimenta y sufre las deplorables condiciones de trabajo a las que son sometidos los mineros en las galerías; también descubre las contradicciones de una sociedad basada en la desigualdad y en la explotación.

Considerada una de las novelas más significativas del realismo social español, La mina ha sido condenada al silencio y al olvido por la crítica literaria española, y lo ha sido porque molesta, ya que quiebra el relato de la transición; un relato que se ha construido sobre el mito de que grandes hombres con grandes gestos trajeron a España la democracia, cuando, en realidad, la democracia fue consecuencia de la lucha de miles de hombres y mujeres –como los que La mina describe– que dieron su vida por la libertad y la dignidad de un pueblo subyugado. La democracia no ha sido una concesión, sino el resultado de años de resistencia y de lucha. Los gérmenes de esa lucha están presentes en el relato de Armando López Salinas.

«La mina es una gran novela. Lo es también si atendemos a las categorías propias de la academia: el uso luminoso del lenguaje; la audacia de quien renuncia a la intriga y deja saber al lector que la historia acabará en el hundimiento pero es tal su dominio del arte de narrar que mantiene la expectativa del lector intacta; el rigor en el tratamiento de los personajes […]; la capacidad para construir un personaje individual. La mina es una novela perfecta, lo que cuenta ya está contado para siempre» (Belén Gopegui)

Armando López Salinas (Madrid, 1925) es uno de los mayores representantes del realismo social español. Fue finalista del premio Nadal en 1959 con La mina y recibió el Premio «Antonio Machado» en 1962, que concedía la editorial Ruedo Ibérico en París, con Año tras año, novela que no llegó a publicarse en España, al ser prohibida por la censura. Es también autor de tres libros de viajes –Caminando por Las Hurdes (1960), escrito con Antonio Ferres; Por el río abajo (1966), con Alfonso Grosso, y Viaje al país gallego (1967), con Javier Alfaya– y del ensayo Alianza de las fuerzas de trabajo y de la cultura (1977). Recientemente, en 2007, se ha publicado su libro Crónica de un viaje y otros relatos, escrito en 1964 pero que no salió a la luz por ser denegada su publicación por la censura.

David Becerra Mayor es doctor en Literatura española por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado artícu­los de crítica literaria en distintas re­vistas especializadas alrededor de obras como La Celestina o El Quijote y la produc­ción literaria de escritores como Quevedo, To­rres Villarroel, Galdós, García Lorca, Max Aub o Miguel Her­­nández. Autor del ensayo La novela de la no-ideología (2013), es responsable de la Sección de Estética y Literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas, además de ser fundador y director de Revista de crítica literaria marxista.

A mi amigo el minero con el que viajé en el correo de Andalucía [1]. Se llama Enrique Fernández e iba para La Chanca de Almería a visitar a su madre. Hacía doce años que no la veía y tenía ganas de abrazarla. Era soltero y me contó su historia y me enseñó sus papeles.

Desde pequeño había pescado «el copo»1 con su padre; fue al ejército y sirvió en la Comandancia de Marina de un puerto gallego. Al licenciarse marchó para Asturias a trabajar en la cuenca de Langreo, luego anduvo por tierras de León trabajando de picador.

Cuando le cayó la piedra en las costillas tuvo unas palabras con el médico de la empresa y llegaron a las manos. Le dieron la boleta de despido. Andaba en pleitos en la Magistratura del Trabajo y en la Audiencia Civil por la misma causa.

Me enseñó, también, el resultado del reconocimiento que le había hecho un médico particular. Al parecer, Enrique estaba tuberculoso, cosa que debía ser cierta, pues una vez le vi escupir sangre en el pañuelo.

Pasado Alcázar de San Juan comenzó a beber vino y a cantar malagueñas. Lo hacía bien.

Cerca de Despeñaperros nos despedimos y me dio sus señas en Almería para lo que gustara.

 

A. L. S.

 

 

 

[1] La dedicatoria que abre La mina –como asimismo sucede en otras novelas del realismo socialista– destinada a «mi amigo minero», revela, en la opinión de Pablo Gil Casado, la ideología socialista del autor y su posicionamiento al lado de una de las dos partes del conflicto que la novela retrata. Desde la dedicatoria misma, se «manifiesta una franca simpatía hacia el obrero, llegando a la exaltación» (Gil Casado, 1968, p. 126).

ESTUDIO PRELIMINAR

Cuestiones previas

Semblanza breve de Armando López Salinas

Tal vez no haya mejor manera de empezar esta breve semblanza de Armando López Salinas que transcribiendo la síntesis que de su vida ofreció el propio autor a la revista Ínsula en enero de 1966:

Nací en Madrid, el 31 de octubre de 1925. Estudié durante unos años en un colegio de frailes y, durante la Guerra Civil española, en el Instituto Lope de Vega. Al acabar la guerra, y por razones derivadas de la misma, tuve que abandonar los estudios y ponerme a trabajar. Ya a los veinte años, asistí, durante tres, a la Escuela de Ingenieros Industriales, donde cursé estudios para delineante proyectista. Ésta es realmente mi profesión, de la que he vivido durante mucho tiempo. Mi familia –sin remontarme más allá, mis abuelos– es de origen campesino. Mis padres son trabajadores, de izquierdas. El mundo en que transcurrió mi infancia y mi adolescencia es el mundo del trabajo, y esto ha influido, de una manera muy clara, en mi quehacer literario. He desempeñado numerosos oficios y he tenido siempre un contacto muy directo con la clase trabajadora, de la cual vengo y de la cual, durante años, he formado parte. Es el mundo que más y mejor conozco (López Salinas, en Núñez, 1966, p. 4).

Más recientemente, en la Universidad Autónoma de Madrid, en el marco de las III Jornadas de Literatura y Marxismo que organiza la Sección de Estética y Literatura de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), Armando López Salinas evocó su memoria personal para acercarle al público asistente el ambiente de su infancia madrileña:

Yo era un chico de barrio, al que las horas y los días se les escapaban entre las manos, igual que lo hacían las aguas del río Manzanares, cuando al mismo iba de escapada con los amigos. Vivía en Madrid, en Chamberí, en la barriada de Balmes, calle de Viriato, cerca de la parroquia de Santa Teresa, cuyas campanas enmudecieron al poco de comenzar la Guerra Civil. Hasta entonces, para mí, el callejeo diario, el cuchitril de un colegio barato, con castigo de palmeta y rodilla en el suelo, el instituto de Segunda Enseñanza donde la profesora de Literatura, de la que andaba oscuramente enamoriscado, nos hacía leer Platero y yo; el juego de saltar al burro o montar en la bicicleta de alguno de los mayores, haciendo equilibrio delante de las chicas; los hurtos de patatas en las tiendas de ultramarinos del señor Marino, al cual tendero la mayor parte de la gente del barrio no podía ver porque era votante de Gil Robles, del que tenía un retrato, leía ABC, sisaba en el peso y era tacaño a la hora de fiar a las mujeres de los trabajadores en huelga; el amolador gallego que todos los martes voceaba su oficio en la acera y dejaba que los chiquillos moviéramos el pedal de la rueda, mientras afilaba cuchillos y navajas de la vecindad; los paseos por la Casa de Campo o por los secarrales de Amaniel de la mano de mi padre, fue toda la libertad de un muchacho; libertad que nunca más he vuelto a sentir con tanta intensidad colmada en mi vida (López Salinas,2011, p. 7).

Armando López Salinas, desde la inocencia y la ingenuidad infantil, percibe la libertad como la posibilidad del juego y del esparcimiento, todavía lejos de una interpretación política de la misma. Apenas cuenta con cinco años de edad ese niño que asiste al colegio de frailes del madrileño barrio de Chamberí cuando se proclama la Segunda República en España. Será de la mano de su padre, camarero en el café Universal de la Puerta del Sol y miembro de la CNT, como empezará a concebir el mundo desde la explotación y la lucha de clases:

Mi padre y yo éramos como viejos amigos. Cuando mi padre hablaba de luchas sociales, de un mundo mejor, de la lucha de clases que se libraba en el mundo entero, y también en nuestro país, en nuestro pequeño mundo de barrio, le escuchaba con la boca abierta. Con él, de su mano, en alguna ocasión iba al sindicato y a los ateneos libertarios (ibid., p. 7).

Quien habría de ser uno de los más importantes militantes del Partido Comunista de España, Armando López Salinas, adquiere conciencia de clase en un ambiente marcadamente anarquista y libertario, que es el que frecuentaba su padre:

Eran gentes, los amigos de mi padre, tanto los del barrio como los compañeros del sindicato o del Ateneo Libertario, que usaban a veces, junto a las intrincaciones más claras y rotundas que cabe imaginarse, un lenguaje florido [...]. Cuando hablaban de su trabajo, se prodigaban en enseñar el oficio a los aprendices del mismo. Si albañiles, en la mejor forma de aplomar un muro o colocar un ladrillo; si camareros, como mi padre, en adiestrarles en el uso de las artes cisorias a la hora de trinchar un pollo o en las sutilezas aromáticas de los vinos de marca. Y el orgullo de su trabajo bien hecho se mezclaba con su dignidad obrera, con su conciencia de clase. «Había que trabajar bien», repetían, y «tú tienes que trabajar bien, muchacho», me recalcaban una y otra vez, cuando me adentraba en sus reuniones, en las que yo permanecía callado, escuchando. Porque cuanto más sepas de tu trabajo y del de los demás, mejor comprenderás la manera en que te explotan. «Y si san Martín», decía mi madre, católica practicante, «dio la mitad de su capa a un menesteroso», ellos estaban dispuestos a dar su camisa si la necesitaba un compañero (ibid., p. 8).

Y añade López Salinas sobre los compañeros de su padre:

Justificaban el robo, el asalto a los bancos [...]. Eran personajes honrados, humanistas hasta los tuétanos, aunque cuando las discusiones subían de tono, no dudaban en afirmar, y así me lo decían, que «no hay nada como la acción directa para resolver las contradicciones entre el proletariado y la burguesía». Tiempo después, en febrero del 36, votando en el Frente Popular y participando en los gobiernos republicanos, seguían considerando que la emancipación humana no pasaba por las urnas. Y quiero añadir que cuando me hice hombre no di en ser libertario sino en comunista, pero siempre, quizá por sentimental, he conservado un gran respeto por aquellos hombres que de muchacho conocí y que habían hecho de su vida, seguro que cargada de aciertos, seguro que cargada de errores, un canto a la igualdad, a la fraternidad y la libertad humana. Mis héroes, por entonces, de muchacho, se llamaban Buenaventura Durruti, el marinero Antonio Coll y José Luis Díaz, que paró a las tanquetas italianas con gasolina y bombas de mano en las tapias de la Casa de Campo (ibid., p. 8).

Parecía que aquélla era una época en que los héroes podían hacerse realidad, como pudo descubrir el niño que fue Armando el día en que su padre le llevó, una vez ya iniciada la Guerra Civil, a conocer a Durruti:

En noviembre del 36, poco antes de su muerte en la Ciudad Universitaria. Mi padre conocía a Durruti y, cuando su columna vino a participar en la defensa de Madrid, fuimos a verle a una casa de la calle de Miguel Ángel incautada por la CNT. Al final de la conversación, Durruti se quitó del cuello el pañuelo rojo y negro y me lo regaló, diciéndome: «Para que seas tan buen luchador como tu padre». No veas cómo presumí con los chavales del barrio (López Salinas, en García Ribera).

También descubriría, de la mano de su padre, el precio de la militancia política. Durante el bienio negro republicano, y tras la huelga revolucionaria de Asturias de 1934, que desencadenó una fuerte represión política en toda la geografía nacional, su padre fue detenido y encarcelado por formar parte de diversos comités de huelga en Madrid.

En este ambiente libertario, y una vez la infancia deja paso a la adolescencia, López Salinas se sumerge en las primeras lecturas, todavía desordenadas, en las que destacan, además de los clásicos de la narrativa de aventuras como Salgari o Verne, los libros fundamentales del anarquismo, como son las obras de Bakunin o de Federico Urales:

[...] me adentraba en la lectura de la prensa libertaria del diario CNT y de cuantos libros había en casa o de los que mediante el pago de una pequeña cantidad de dinero, algunos céntimos, podían alquilarse en el local de un ilustre trapero de la calle Cardenal Cisneros. Así Flash Gordon, Bill Barnes, El sheriff de la quebrada del buitre, se mezclaban con los personajes creados por Salgari, Julio Verne, Alejandro Dumas, Baroja, Federico Urales, Tolstoi y con los párrafos, ora oscuros, ora incendiarios, del catecismo revolucionario de Bakunin (López Salinas, 2011, pp. 7-8).

Como ha reconocido el propio autor, «he sido un lector considerable, bastante anárquico: desde el TBO hasta la novela policiaca, pasando por todos los géneros» (en Núñez, 1966, p. 4). Lector anárquico, por lo tanto, en la doble acepción de la palabra.

Durante la Guerra Civil española Armando López Salinas entra a estudiar en el Instituto Lope de Vega de Madrid. Según el mismo autor ha contado, fue en ese contexto de bombas y hambre –y de las consecuencias derivadas del conflicto bélico– en el que se fraguó como escritor:

Llegué a la literatura en aquel Madrid de hambres, fríos y miedos, aquel Madrid miliciano del «No pasarán», entrañable, del himno de Riego, de la Varsoviana o de la Internacional. Y de allí a la derrota republicana, al hambre otra vez, a las terribles hambrunas de los años cuarenta, a las imágenes que aún guardo en la memoria de las colas de presos que por rojos, entre ellos mi padre, iban a las cárceles de Santa Rita de Porlier o de Ventas o de Yeserías o de Conde de Toreno, a los desfiles fascistas por las calles de Madrid, a las purgas de aceite de ricino y cortes de pelo al cero en los cuartelillos de Falange Española para humillar a las rojas, obligándolas a defecar piernas abajo. Tiempos en que, al alimón, obispos y gobernadores civiles multaban a las parejas que se besaban en los parques, parejas que eran a la vez golpeadas por grupos apostólicos, defensores de la fe, la moral y las buenas costumbres –decían–. Días, meses en mi memoria, en que se fusilaba en cunetas y en tapias de cementerio. Se convirtió así esta España, entre cárceles y fusilados, en un pudridero de seres humanos. Hablo de un tiempo de infamia en que para mí y para muchos españoles, los vencidos, lo que ocurría era muy intolerable y, por ello, la defensa de la libertad hacía necesaria la subversión contra el poder establecido (López Salinas, 2011, pp. 8-9).

Al concluir la guerra, su padre fue detenido y encarcelado por los aparatos de represión franquista. La detención de su padre, narrada por López Salinas en su relato titulado «Aquel Abril», sucedió, como así lo indican sus propias palabras, del siguiente modo:

El día que entraron los fascistas en Madrid, yo estaba en el Instituto, cerca de Alonso Martínez, en el local de la FUE. Estaba desierto, sólo había un chaval quemando papeles, que cogió un parchís y me dijo: «Llévatelo a casa y que no se los queden éstos». Cuando volvía a casa por la calle de Trafalgar, vi a los primeros moros y falangistas por Madrid. El día de la detención de mi padre, yo estaba jugando a la dola (salto del burro) en la calle de Viriato, y él, escoltado por dos policías, se me acercó por detrás y me dijo: «Dile a la mamá que estos señores me llevan a las Salesas». Yo fui detrás de ellos andando y estuve esperando que saliera hasta las doce de la noche, mientras mi madre estaba desesperada porque no sabía nada de los dos. Naturalmente, mi padre no salió en mucho tiempo (López Salinas, en García Ribera).

Largas colas de familiares se formaban a las puertas de la prisión. Los familiares de los presos se acercaban a la cárcel a visitar a los suyos y a recoger sus ropas para limpiarlas. Las ropas salían con sarna y piojos –lo cual por sí mismo explica las condiciones de salubridad de las cárceles de Franco– y el propio Armando, a consecuencia de ello, contrajo la sarna. Para sanarse y alejarle del ambiente posbélico de la capital, acaso también para quitarse una boca de en medio en aquellos tiempos de hambre, su madre decidió trasladarle a vivir, durante un periodo de dos o tres meses, con su familia materna a la navarra población de Estella.

Al regresar de nuevo a Madrid, el joven Armando, con catorce años de edad, tiene que hacerse cargo de la economía familiar. Para cumplir con su nueva responsabilidad, empieza a desempeñar oficios de muy diversa índole, desde llevar una maleta a un representante de una fábrica de zapatos hasta pintor de brocha gorda, pasando por auxiliar en unas oficinas. Cuenta Armando que con el representante de zapatos experimentó su primera y particular lucha de clases: «Él, para ahorrar, iba a todas partes caminando sin coger autobús o metro, pero era yo el que iba por todo Madrid con la maleta cargada al hombro» (ibid.). Es en este periodo cuando Armando López Salinas inició, con otros muchachos del barrio, sus primeras protestas políticas, aunque de forma todavía espontánea y sin el respaldo de partido alguno, contra la dictadura de Franco. La no militancia de estos muchachos políticamente inquietos no fue impedimento, como ha reconocido el mismo Armando en varias ocasiones, para que el futuro novelista firmara sus panfletos en nombre del Partido Comunista de España:

Yo he llegado a tirar panfletos fabricados por nosotros mismos, firmados como PCE, en los cuales seguramente diríamos las mayores rojeces y los mayores extremismos del mundo. Seguro que si alguno de aquellos panfletos cayó en manos de la organización regular del Partido pudo pensar que eran provocaciones de la policía, pero simplemente era nuestro entusiasmo en aquel tiempo por hacer cosas para acabar con la dictadura (apud Zaragoza, 2008, p. 216).

Cuenta Armando que junto a los hijos del portero del edificio vecino, Manolo y Pepe, en el «campo de las calaveras», zona devastada por la guerra, en la que se encontraba un cementerio abandonado y donde los muchachos acudían a jugar al fútbol, empezaron a hacer pintadas con consignas políticas –desde «¡Viva Rusia!» hasta «¡Viva la CNT-AIT!»– en los muros que todavía se sostenían en pie.

Por las noches, cuando la jornada laboral concluye, Armando asiste a la Escuela de Ingenieros Industriales, donde cursa estudios para delineante proyectista. En esa época conoce a Teresa, su compañera de toda la vida, con quien, tras diez años de noviazgo, se trasladó a vivir, en 1954, a la que todavía hoy es su casa, situada en el madrileño barrio de Quintana. En 1949 se coloca el futuro novelista en una oficina de decoración y, posteriormente, entra a trabajar en la sección Laboratorio de Ensayo de Materiales de Construcción del Ministerio de Obras Públicas, situado en el Retiro de Madrid. Como diría Gregorio Morán, «posiblemente la sección de tan largo título no tenga ninguna otra razón para pasar a la historia que la de dar cobijo a dos escritores de posguerra, Armando López Salinas y un perito industrial que allí se gana el condumio, Antonio Ferres» (Morán, 1986, p. 349), aunque seguramente también merezca pasar a la historia –debido, en parte, a la presencia de López Salinas y de Ferres allí– por haber sido el único centro oficial que secundó la huelga general del 18 de junio de 1959.

En 1958 Armando López Salinas ingresa en el PCE, aunque anteriormente ya había establecido contactos con el Partido a través del también escritor Eduardo Zúñiga. En un principio, su tarea como militante en la clandestinidad no fue otra que la de distribuir panfletos. Según hemos podido saber, conversando con nuestro protagonista, Armando López Salinas recogía los panfletos en la plaza de Cibeles y los distribuía por la ciudad, dejándolos en buzones de personas señaladas, en las puertas de las casas, descendiendo desde el último piso hasta el portal, por si le descubrían y había que salir corriendo, e incluso, en algunas ocasiones, los lanzaban, en pleno partido de fútbol, desde la parte alta de las graderías del Santiago Bernabéu, situándose en las localidades más próximas a los vomitorios por si acaso había que escapar. Ésta es su labor hasta que conoce a Francisco Barrio y pasa a engrosar las filas de la denominada «redacción interior» de Radio España Independiente. Como afirma Luis Zaragoza, en su ensayo sobre «La Pirenaica»,

[…] desde 1956 se extendió por todo el país una red de corresponsales de los más diversos ámbitos geográficos, edades y niveles sociales y culturales [...]. Unos corresponsales, contactados por el PCE, [figuraban más de un centenar de periodistas, escritores, poetas, economistas, historiadores, sociólogos, etc.], enviaban con regularidad sus crónicas para La Pirenaica por vía orgánica, es decir, las mandaban a unas direcciones (habitualmente francesas) que el Partido les facilitaba y que sólo ellos conocían [...]. Estos esfuerzos cristalizaron en la creación de la llamada «redacción interior», dirigida por Francisco Barrio [...], en la que colaboraron algunos de los escritores del realismo social más importantes de estos años (Armando López Salinas, Antonio Ferres, Andrés Sorel, Alfonso Grosso, Juan García Hortelano...) [...]. Todos estos corresponsales aportaban no sólo sus vivencias de primera mano, sino su calidad literaria (ibid., p. 161).

Armando López Salinas escondía la autoría de sus artículos bajo el pseudónimo «Joaquín», nombre que compartió con el protagonista de su primera novela, La mina.

La militancia no supone un obstáculo para que López Salinas inicie su carrera literaria. Durante este periodo, empieza a publicar sus primeros cuentos en Sábado gráfico. Con Ferres y López Pacheco se reúne en un local del número 7 de la calle del Príncipe, llamado Las Cuevas de Sésamo, propiedad de María del Carmen Ponte, esposa de Tomás Cruz, un antiguo aviador de la República. Formaron una tertulia a la que asistían Celaya durante sus estancias en Madrid y también el pintor manchego y miembro del Comité Central del PCE Pepe Ortega. En esta tertulia se organizó el premio Sésamo de novela corta, donde todos los tertulianos presentaron sus escritos. López Salinas quedó finalista. En ese periodo, obtuvo el Premio Acento con «Aquel Abril», un cuento que, como se ha dicho, relata la detención de su padre al día siguiente de la entrada de las tropas franquistas en Madrid.

En 1958, Armando López Salinas se hace eco, a través de Pepe Ortega, de que en la población de Puertollano (Ciudad Real) se había producido un hundimiento en una de sus galerías mineras y que el accidente había provocado la muerte de varios trabajadores. Nuestro futuro novelista decide viajar hasta el lugar de los hechos para convertirse en testigo de lo ocurrido. Según cuenta el propio Armando, llegó a Puertollano prácticamente sin dinero, con la idea de permanecer en el pueblo un muy corto periodo de tiempo. Pero nada más llegar entró en la taberna que frecuentaban los mineros y se ganó 300 pesetas jugando al tute con ellos. Su suerte le permitió permanecer en el poblado entre ocho y diez días. Durante su estancia, además de conversar con los mineros, tuvo la ocasión de bajar al pozo en el que se había producido el hundimiento. De esta experiencia surge la idea de escribir La mina, novela que presenta al premio Nadal de 1959. El fallo del premio tuvo lugar en el hotel Ritz de Barcelona el 6 de enero de 1960 (ABC, 7 de enero de 1960, p. 45). López Salinas, que se había presentado bajo el pseudónimo de «Eduardo Ayala», queda finalista por detrás de Ana María Matute y su Primera memoria, obteniendo seis de los siete votos del jurado. Meses después, en marzo, La mina se publica en la colección «Áncora & Delfín» de Ediciones Destino.

En 1959, Armando López Salinas se convierte en cuadro político del PCE, al incorporarse a la organización de intelectuales que dirige Ricardo Muñoz Suay. Comparte militancia, en el órgano dirigente de la intelectualidad, con Enrique Múgica Herzog, Javier Pradera, Jesús López Pacheco y Manuel Romeu Peris. Como liberado del Partido, emprende, ese mismo año, un viaje clandestino a China para asistir al Congreso de los Sindicatos de la República Popular. A su vuelta, entra a formar parte del Comité del Partido de Madrid. Pero su militancia no sólo le conduce a China. Durante todo el periodo de lucha antifranquista, Armando viajará a distintos lugares, como Checoslovaquia, Vietnam, Corea del Norte, Francia o la URSS. La finalidad de estos viajes era, principalmente, mostrar ante los partidos comunistas extranjeros que en España existía un Partido en el interior y que no toda su militancia se encontraba en el exilio. Huelga decir que todos estos viajes los realizaba con pasaporte falso, fabricado por Domingo Malagón, responsable del aparato de falsificación del PCE (Asenjo y Ramos, 1999), salvo en su primer viaje a China, cuando lo detuvieron haciendo escala en Checoslovaquia por llevar precisamente un pasaporte legal, esto es, emitido por las instituciones franquistas. En Moscú, Armando López Salinas conocerá a Pasionaria. Cuenta que fue a visitar a Dolores Ibárruri a su casa y que le sorprendió, cuando le abrió la puerta, encontrarla en delantal, fregando el suelo; al pasar a su despacho observó que sobre la mesa tenía un libro de santa Teresa y otro de Dimitrov.

En 1960 publica, junto con Antonio Ferres, en la editorial barcelonesa Seix Barral, Caminando por Las Hurdes, un libro de viajes con un fuerte componente de denuncia social frente al retraso que padecen ciertas zonas de la geografía peninsular. El libro se abre con una «nota preliminar» en la que, con claridad, se traslucen las intenciones de sus dos autores:

Aunque Caminando por Las Hurdes constituye de por sí un libro de relatos independiente, no hemos pensando en ningún momento que pudiera ser una narración aislada. Pensamos que, más bien, puede constituir un capítulo, una aportación al conocimiento de España [...]. Nosotros, y muchos escritores de nuestra generación, nos proponemos continuar el trabajo que supone contar España (López Salinas y Ferres, 1960, p. 9).

El trabajo que supone contar España consiste, como es posible colegir de las palabras de los autores, en llenar de conocimiento el vacío que sobre su propia sociedad ha construido el franquismo:

Puede ser, y seguramente es esto algo muy interesante después del vacío que ya dura muchos años. El conocimiento de cómo viven, piensan y trabajan los hombres de nuestro país, debe conducirnos a una mayor y mejor comprensión social de los problemas de nuestro tiempo, de esta España que hay (ibid., p.9).

La edición del libro se completa con fotogramas del célebre reportaje de Buñuel, Tierra sin pan, debido a que nuestros viajeros no pudieron «tomar en Las Hurdes más fotografías que la de nuestra prosa» (ibid., p. 9).

El año de 1960 es asimismo relevante para el PCE. En Arrás, localidad del noreste francés, se celebra durante el mes de septiembre el I Seminario del Partido Comunista de España, en el que se reúnen las principales figuras de la intelectualidad comunista española, entre los que se cuentan el responsable de interior, Ricardo Muñoz Suay, los novelistas Armando López Salinas, Antonio Ferres y Juan García Hortelano, el poeta Julián Marcos, el pintor Pepe Ortega, así como los miembros del PSUC Francesc Vicencs y Jordi Solé Tura. Se concretaron las tareas de la intelectualidad militante en tres puntos:

Lucha por la amnistía, campaña por la liquidación de las bases norteamericanas y acción a favor de la libertad de expresión y asociación. En el resumen que entonces hizo Semprún, la tarea del momento era «preparar concretamente la realización de la Huelga Nacional Política». Lo que no eximía a los intelectuales de tener sus propios objetivos en el terreno de la lucha ideológica: «nuestro esfuerzo principal debe ir al desenmascaramiento del orteguismo, que no obstante es un aliado en el plano político». Se rechazaban entonces, en palabras de Semprún, «las peticiones de Ridruejo de no atacar al orteguismo para facilitar las alianzas» (Morán, 1986, p. 367).

En noviembre de 1960, posiblemente a remolque de lo acordado en la reunión de Arrás, Armando López Salinas firma unos escritos destinados a los ministros de Información y Educación Nacional, pidiendo una mejor organización y dulcificación de la censura gubernativa. De la actividad política de López Salinas por aquellos años tenemos certeras noticias a tra­vés de los informes que sobre su persona redactaba la censura, que, a juzgar por las informaciones más o menos precisas que recogían, parecía no perder la pista de nuestro novelista. De este modo sabemos, por el expediente de censura núm. 147-64, que participó en «los actos de conmemoración de Machado en Collioure (Francia), en 1962, que tomaron un carácter abiertamente anti-régimen» y que asimismo fue «delegado español en el Congreso Mundial para el Desarme y la Paz, celebrado en Suecia, en mayo de 1962». También que,

por el mes de marzo de 1962, según emisiones de «Radio España Independiente» (que radia desde Praga) [sic][1] , figura entre los firmantes españoles y portugueses de una carta que dice dirigida desde Florencia al Presidente Kennedy, protestando contra la injerencia norteamericana en Cuba. No consta fehacientemente que firmara tal escrito.

Un poco más adelante, en mayo de 1962, Armando López Salinas intervino, según los informes de la censura, «en un ciclo de reuniones-coloquio sobre el cine y la novela organizado por un grupo al que se le conoce con la denominación de “Joven Cultura Española”». Del mismo modo,

Se ha podido comprobar que es también una de las personas que firmaron un escrito de adhesión a la conferencia proamnistía de presos y exiliados políticos españoles celebrada en París en marzo de 1961, de evidente inspiración comunista.

Cuando la huelga de los mineros de Asturias de 1962, Armando López Salinas firmó un nuevo manifiesto al que también se adhirieron Sastre, Caballero Bonald y José María Moreno Galván, entre otros, que le costó una multa de 50.000 pesetas a cada uno. Aunque desde Francia se hizo una colecta en la que se llegaron a reunir cinco millones de pesetas, los escritores se negaron a pagar la multa –donaron el dinero recogido a las familias de los presos políticos– y se presentaron a la Dirección General de Seguridad, con la maleta en la mano, para ingresar en prisión. Pero, como el propio López Salinas ha contado recientemente, «Yagüe [el jefe de la Brigada Político-Social], aunque era un torturador, no era tonto y no nos quería ver entre rejas, porque sabía el escándalo internacional que se organizaría, así que, ni corto ni perezoso, nos ofreció la opción de pagar la multa a plazos. Total, no pagamos y fuimos a prisión» (López Salinas, en García Ribera). Permanecieron un mes en la cárcel de Carabanchel.

Entretanto, la publicación de su segunda novela –que, en realidad, en orden de escritura, no es sino la primera–, titulada Año tras año, aceptada por la editorial Seix Barral, es denegada por la censura. El expediente 3458-61 notifica que «no procede su publicación» a causa de atentar contra el régimen y sus instituciones, según reza el informe, y al responder de manera afirmativa a la pregunta del formulario «Los pasajes censurables ¿califican el contenido total de la obra? Sí». Y se añade en las casillas dispuestas para incluir información más detallada:

Informe y otras observaciones: La obra se desarrolla en la España de la postguerra y tiene como protagonistas a obreros «explotados» por el Régimen, perseguidos por la policía y que esperan un cambio en España.

Observaciones: La obra es claramente FILOCOMUNISTA.

Año tras año, que en efecto está protagoniza por los vencidos de la Guerra Civil que cargan con la cruz de la derrota en una sociedad instaurada por los vencedores y que centra su narración en la organización del boicot y la huelga de transportes de Madrid, obtuvo en 1962 el premio «Antonio Machado» de novela que concedía la editorial Ruedo Ibérico, sita en París, donde, libre de censura, terminaría publicándose la novela.

El mismo año, en lo relativo a la política, Ricardo Muñoz Suay abandona las filas del PCE y Armando López Salinas le sustituye como dirigente de la organización de intelectuales del Partido en el interior. Como apunta Gregorio Morán, «la salida de Muñoz Suay coge a la organización en muy mal momento. Enrique Múgica está trabajando en Guipúzcoa desde comienzos de 1962 y ha puesto un bufete laboralista en Rentería, apenas si viene a Madrid salvo para traer las orientaciones de Santiago Carrillo que le facilita la cercanía geográfica. Javier Pradera también ya no es el mismo, en febrero se ha ido a París y vuelve tocado del ala en su entusiasmo militante» (Morán, 1986, p. 350). Armando López Salinas es, de este modo, postulado como dirigente de la organización de intelectuales del PCE.

En su nueva condición, en verano de 1963, entre el 22 de julio y el 5 de agosto[2] , López Salinas participa en el II Seminario de Arrás, al que asistieron cerca de un centenar de militantes del interior, entre profesores, estudiantes, profesionales del Partido, miembros del Comité Central y del Comité Ejecutivo (Claudín, Semprún, Líster, Azcárate, Eduardo García, Horacio F. Inguanzo, Tomás García, Romero Marín...). La representación más numerosa es la de Madrid: Armando López Salinas, Pepe Esteban, Amandino Rodríguez Armada (el abogado de Julián Grimau), Antonio Rato, María Luisa Suárez, los economistas Gallifa y Naredo, los pintores Pepe Ortega y Ricardo Zamorano, el periodista Eduardo García Rico y estudiantes de las tres corrientes, la ortodoxa (Juan Francisco Pla), la revisionista (Ignacio Romero de Solís) y la maoísta (los hermanos Loreno y María Eulalia Peña) (ibid., p. 368). Como escribió Gregorio Morán, en este segundo seminario se evidenciarán las tensiones internas del Partido, en parte forzadas por la situación internacional del «socialismo real»:

La crisis del movimiento comunista internacional y el fracaso de las vías pacíficas al socialismo, frente a los éxitos tercermundistas o cubanos, inclinan a una parte de la intelectualidad del Partido, la más joven, hacia posiciones prochinas, a una revisión de la coexistencia y de la política de reconciliación nacional, especialmente entre el estudiantado. Es la otra corriente. El lugar de la confrontación será Arrás (ibid., p.367).

Y añade Morán un poco más adelante:

El Seminario de Arrás, en 1963, será la encrucijada en la que choquen las tres corrientes políticas en las que se debate el PCE (dogmáticos, revisionistas y maoístas). Aunque el debate se plantee sobre temas abstrusos, el substrato y las consecuencias van a ser inmediatas. Amplios sectores del partido constatarán que la propia dirección está dividida. El Seminario de Arrás, que empezará siendo la ocasión para que el Partido explique su línea a los dubitativos intelectuales, terminará convirtiéndose en la primera plataforma de enfrentamiento público entre dos concepciones diferentes dentro del Ejecutivo (ibid., p. 368).

El 15 de febrero de 1964, según consta en el informe de censura, pasa revisión su Crónica de un viaje y otros relatos, un libro en el que Armando López Salinas recoge los relatos que, desde que inició su carrera literaria, había ido escribiendo. La censura, sin embargo, no autorizó su publicación. En el informe correspondiente podemos leer (expediente 147-64):

Colección de Relatos Cortos. Tema denominador, lo social. El autor se encuentra entre los novelistas de la que quiere llamarse generación del 63. Estos señores, que se definen entre otras características por no haber hecho ni vivido la guerra, al tomar posiciones coinciden en tomar las de enfrente.

Hay dos cuentos rechazables por entero «Aquel abril» (80 a 90). Un relato muy sentimental y muy político de detención de un obrero en aquel abril del 39 y de las andanzas de su hijo tras el padre. Da una idea falsa y rojiza de nuestro lado.

«La Risa» (154-162). Unos prisioneros rojos caen en manos de los nacionales. La risa la tiene uno de ellos ante las cosas que vé. El capitán nacional y un falangista tienen una orgía con ribetes formales religiosos con una prostituta. Por supuesto hay malos tratos y fusilamientos.

Repetimos que estos dos relatos hay que suprimirlos por entero.

En otra hoja se adjunta el informe de otro censor:

El cuento «Aquel abril» narra la tristeza de la Liberación: hambre, sufrimiento, fusilamientos. Al narrador detienen «aquel abril» a su padre. Se lo llevaron. ¿Encarcelado? ¿Fusilado? Hace ya de eso «unos veinte años».

En «Debajo del cerezo», otro vencido de 1939 entierra debajo de un árbol un cajón con libros comprometedores y una escopeta. Sale de «Burgos» al cabo de los años y sus hijos desentierran los libros. Es la hora de ello. Pero la escopeta la engrasan y la vuelven a guardar. La alegoría está bien clara.

«La risa» transcurre en un campo de concentración nacional. Allí reina el hambre, los fusilamientos sin sentido, la crueldad. Los oficiales «franquistas» se regodean con prostitutas. Junto al hambre de unos el exceso y la borrachera de estos «franquistas».

Finalmente, se deniega la publicación en su totalidad. El libro no verá la luz hasta que en 2007 lo publique la editorial Adhara.

En 1965, López Salinas publica en la editorial sueca Gleerups, con sede en la ciudad de Lund, un libro de relatos, de apenas 48 páginas, titulado Estampas madrileñas, nunca publicado en España y hoy prácticamente imposible de localizar. Asimismo publica, en la salmantina editorial Anaya, El pincel mágico, una obra de teatro infantil inspirada en una leyenda china. Como sinopsis puede servirnos el informe del censor que autoriza su publicación:

Me Liang es un niño pobre que recoge leña del bosque. Nadie quiere pagarle su trabajo e incluso el maestro le niega la instrucción en la escuela. Un día, se le a­pa­rece un mago y le entrega un pincel que convertirá en realidad cuanto pinte. Así sucede en efecto, causando la envidia de todos y principalmente la de Mu, poderoso propietario, quien obliga a Me Liang a entregarle el mágico pincel; pero dicho instrumento convierte en piedras el dinero que el ambicioso Mu dibuja. Al final le devuelve al niño su pincel y cuando éste traza por mandato de aquél un paisaje de mar, las olas se llevan al tirano. Me Liang en lo sucesivo sólo pintará para los pobres (Expediente 1052-64).

Lo curioso de esta obra de teatro infantil, cuya publicación es aceptada sin reticencia alguna por parte de la censura en 1964, es que recibe un informe negativo en 1969, en el que se insta a emplear el uso de la tijera, al incorporarse la pieza al libro colectivo Teatro infantil, en el que también participan autores como Antonio Ferres, Alfonso Sastre y Eva Forest, entre otros. El expediente de censura 9998-69 dice lo que sigue:

El pincel mágico, además de una gran miseria, presenta de forma demasiado clara la maldad humana, el egoísmo, el abuso de poder, la diferencia de clases, etc., encarnado todo en el tipo clásico del cacique universal. El Señor Mu. Si bien al final es vencido por la bondad del ingenuo niño Me Liang, gracias al mágico pincel.

El cambio de registro por parte de la censura, que aprecia ahora lo que cinco años atrás no tuvo en consideración, se acompaña de tachaduras en el texto que considera las partes marcadas como no aptas para un público infantil; de este modo, se señala como «muy cruel la frase del Maestro, de la p. 39, entrecomillada a lápiz» [en realidad lo marcado por el censor son palabras del Soldado, no del Maestro] y, asimismo, dice que «también lo son, para niños, las de las páginas 48 y 49». De este modo se eliminan de la página 39 las palabras que pronuncia el soldado, dirigiéndose a Me Liang:

Soldado: Vete. Deja tu carga y vete. Te será más provechoso. Pinta con el dedo en las aguas del río Amarillo. Y si no te vas pronto te pincharé con la espada. (Hace ademán de sacarla.)

De las páginas 48 y 49 se prohíbe el siguiente fragmento:

Señor Mu: Mandaré que te den azotes.

Soldado: Te arrancaremos las orejas.

Maestro: Te quitaremos el pincel.

Me Liang:(Se pone en pie, lleva el pincel agarrado con las dos manos.) Pintaré para ti si me concedes una cosa. Se lo prometí al hombre del sueño.

Señor Mu: ¿Qué condición es ésa?

Me Liang: Que nunca más habrá ricos y pobres en este lugar.

Señor Mu: Y si no hay ricos ni pobres, ¿cómo se podrá distinguir a los nobles de los artesanos? Si eso llega a realizarse no podré cobrar nunca mis rentas...

Cortesano 1.º: ¿Quién trabajará entonces para nosotros, quién guardará nuestros rebaños, quién cultivará nuestros campos? No la concedas, señor del pueblo Jan.

Señor Mu: Deja tus tonterías, Me Liang. El hombre de tu sueño no ha podido decir eso. Ese Dios no puede decir semejantes cosas. ¡Te prohíbo que vayas a contarle al pueblo esas cosas!

Me Liang: Entonces no pintaré.

Señor Mu:(Se levanta de la silla y se dirige a Me Liang.) ¡Dame el pincel!

Soldado: ¡Dale el pincel! (Me Liang y el señor Mu forcejean agarrados ambos al pincel; cada uno tira para su lado.)

Señor Mu: (Agarrado con las dos manos al pincel, jadeando.) ¿Has perdido la cabeza? ¿Quisieras que no tuviera a nadie para guardar mis rebaños, a nadie para cultivar mis campos? (Cae al suelo, grita.) ¡Encerradle!

Y concluye el informe: «No debe autorizarse en su versión original. Sí, sólo con algunas tachaduras». Vicisitudes de la censura, en fin.

En lo referente a la política, Armando López Salinas ingresa en el Comité Central del Partido Comunista de España en 1965, tras la celebración del VII Congreso del PCE. Como sostiene Gregorio Morán, el VII Congreso representa el nacimiento de una nueva era, en la que entran a formar parte del Comité Central del Partido

[…] líderes obreros como Marcelino Camacho, David Morín, Víctor Bayón, Cipriano García, Julio Gallardo y, en la categoría de «suplentes», Fernando Soto, Carlos Elvira, Victoriano D. Cardiel, Pérez Lara... En la intelectualidad ya hemos señalado a Sacristán, López Salinas, Sastre (suplente) y Jaime Ballesteros, que, a su vez, se incorporaba al Comité Ejecutivo, junto al principal enterrador de «revisionistas», Eduardo García; un puro trámite, pues estaba en el Ejecutivo desde algunos años antes. También ascendió a Horacio Fernández Inguanzo, analista a posteriori de las huelgas mineras, y a Manuel Azcárate, eminencia gris en los terrenos ideológicos e internacionales, sustituto de Semprún en el dominio de lenguas dentro de la cúpula (Morán, 1986, p. 424).

En 1964 se inicia lo que se ha convenido en denominar la «década prodigiosa» del PCE. Lo que tilda de prodigiosos estos diez años, que se cerrarán con la muerte de Franco en 1975, es la capacidad del Partido para hacer confluir en su interior a algunos de los intelectuales más influyentes del momento, y la rápida recuperación de su imagen ante la intelectualidad tras el deterioro sufrido con la expulsión de Semprún y Claudín en 1964 por sus divergencias políticas con la línea oficial. La presencia de Manuel Sacristán, riguroso teórico marxista que ocupa el lugar dejado por el brillante pero humanista Semprún, supone un impulso incuestionable. En este periodo, además, el PCE sabe aprovechar los resquicios legales del franquismo para ocupar un importante espacio cultural con la fundación de editoriales que «introducirán el pensamiento marxista, aunque por dificultades de censura tuvieran que hacerlo de manera sesgada y con textos arcaicos y en ocasiones incoherentes, incluso superados en el propio debate marxista» (ibid., p. 478). De este modo, nace Ciencia Nueva, dirigida y financiada por militantes del PCE, y otras editoriales como Ayuso, Aguilera, Artiach. En Barcelona desempeñan un papel fundamental Ariel y Grijalbo, en la que desarrolla una función indiscutible Manuel Sacristán.

Pero hay un elemento externo que deja al descubierto las divisiones internas del Partido: la intervención de la URSS en Checoslovaquia en 1968. A partir de este momento se evidencian las tensiones entre el sector prosoviético del Partido y la postura oficial del PCE –liderada por Santiago Carrillo–, que pretende mantener cierto distanciamiento respecto a la Unión Soviética. La postura del Comité Ejecutivo se trasluce de la carta que emite Carrillo, el 22 de agosto, al Buró Político del PCUS. En ella, se empieza diciendo que

el PCE lamenta que por primera vez en su historia haya surgido un problema en el cual nuestros puntos de vista divergen», para pasar a proponer la convocatoria urgente de una conferencia de partidos comunistas del Este y del Oeste de Europa con la tarea de «encontrar una solución política» que «garantice la independencia y soberanía de Checoslovaquia». Aunque es obvio que la propuesta tiene escasa virtualidad, ha sido pensada con criterio conciliador, porque se cita expresamente la participación de los partidos comunistas español, francés e italiano que condenan la intervención, pero también se incluye el de la República Federal Alemana, que es un entusiasta intervencionista (ibid., p. 440).

La carta –como un modo de subrayar la inquebrantable postura de Carrillo– se envía, para que se emita, a Radio España Independiente acompañada de una breve nota que dice: «El Comité Ejecutivo del PCE desaprueba la intervención y hace gestiones para buscar una solución política» (apud Morán, 1986, p. 441). Ante esta situación, el Comité Central, entre los que se cuenta Armando López Salinas, no puede sino mostrar un enorme desconcierto. La mayoría de sus miembros –y López Salinas no es una excepción– manifiestan cierta benevolencia hacia la intervención soviética en Checoslovaquia y, sin diferencias entre sus miembros, tildan de error el comunicado que emite «La Pirenaica» a instancias de Carrillo, sin ser previamente discutido en el Comité Central. Este episodio, que funciona como gesto inequívoco de afirmación de la independencia del PCE respecto a Moscú (Molinero e Ysàs, 2007, pp. 23-24), provoca que algunos intelectuales como Manuel Sacristán o Alfonso Sastre se alejen de la órbita del PCE a causa de discrepancias insalvables con la línea marcada por los dirigentes del Partido. Manuel Sacristán dimite de todos sus cargos, pero mantiene su filiación hasta finales de la década de los setenta. Con Gregorio Morán, podemos afirmar que

[…] en 1970 se reinicia el periodo endogámico de la intelectualidad comunista. Durante la época de Semprún y la primera etapa de la «década prodigiosa», el mundo cultural del PCE se había oxigenado bastante, pero ahora volvía a cerrarse y a alimentarse de sí mismo. Por, sobre, con, de, hacia todos estaba Armando López Salinas (Morán, 1986, pp. 483-484).

Por otro lado, y volviendo al ámbito de la literatura, Armando López Salinas ha publicado en 1966, otra vez en Francia, en Editions de la Libraire du Globe, debido a que la censura impidió su publicación en España, su segundo libro de viajes, Por el río abajo, escrito junto al escritor sevillano Alfonso Grosso. Este libro, en el que los autores ponen negro sobre blanco su viaje realizado a lo largo del delta del Guadalquivir durante el mes de agosto de 1960, no verá la luz en España hasta 1977, cuando la editorial Albia Literaria lo publique con prólogo de Antonio Ferres. En 1967, con Javier Alfaya, publica, esta vez sí en España, en la Editorial Península, aunque mutilado por la censura, Viaje al país gallego, su tercer y último libro de viajes. Es también la última inmersión que realiza Armando López Salinas en el mundo de la literatura; a partir de este momento, la política pasará a ocupar el centro de su biografía y no volverá a escribir textos literarios: solamente panfletos y artículos de carácter político y militante. En 1967, Armando López Salinas abandona el mundo de la literatura y deja, definitivamente, de escribir[3] .

Pero, como contrapunto, es de justicia resaltar la labor política que va a desempeñar Armando López Salinas a partir de este momento, pues resultará fundamental para el PCE y para el destino del país en su conjunto. Su papel, lejos de tildarse de anecdótico, fue imprescindible en la constitución de la Junta Democrática, el organismo de oposición al franquismo que desde París impulsó el PCE con la intención de aglutinar en su seno a todos los opositores de la dictadura, desde comunistas hasta monárquicos moderados. En un principio, la Junta defiende un marcado proyecto rupturista. La visita que recibe un día de 1973 el republicano Antonio García Trevijano de dos militantes comunistas, Armando López Salinas y Simón Sánchez Montero, trasmitiéndole el interés de Santiago Carrillo por tener una entrevista con él, constituye, al menos a nivel cronológico, el inicio de lo que será la Junta Democrática. A raíz de esta visita se producen diversos encuentros entre Carrillo y Trevijano, en los que ambos líderes políticos comprueban que comparten múltiples opiniones y puntos de vista. El 30 de julio de 1974, ante la presencia de 20 equipos de televisión mundial y cien medios de comunicación, la Junta se presentó en el hotel Intercontinental de París.

Tras más de un año de intensa actividad opositora, el 7 de enero de 1976 se celebra en París el último pleno en el exilio de la Junta Democrática. Éste será, sensu stricto, su último pleno, puesto que será la última vez en que la discusión girará alrededor de sus propósitos fundacionales: la ruptura democrática. A partir de este momento, la Junta Democrática mostrará su interés en acercarse a la Plataforma de Convergencia, impulsada por el PSOE, para, conjuntamente, traer la democracia a España sin la necesidad de la ruptura. La situación del país ha cambiado y la estrategia del PCE se actualiza al ritmo de los nuevos tiempos: la muerte de Franco, en cama, el 20 de noviembre de 1975, y la celebración, dos días después, del acto de jura y proclamación de Juan Carlos I como rey de España, inauguran un escenario político inédito para el cual es preciso diseñar nuevas estrategias. El nuevo pulso con la realidad abre fisuras entre las dos posturas que se enfrentan, los días 7 y 8 de enero de 1976, en la Junta Democrática de París:

Los días 7 y 8 de enero de 1976 se debaten en París dos posturas que enfrentan, de un lado, al presidente de la sesión, Antonio García Trevijano, y, de otro, al secretario general del PCE. Asisten cerca de medio centenar de representantes de partidos políticos [...]. Trevijano replicará con su natural vehemencia e insistirá en su conocida tesis de que la unidad con la Plataforma marcará el final de la Junta y de su contenido: la ruptura democrática [...]. Independientemente de la reunión de París, el proceso unitario era imparable y no había Trevijano capaz de cambiar el signo de dicho proceso (ibid., p. 512).

Prueba de que la postura de Carrillo se impone sobre la de García Trevijano es la manifestación que tiene lugar apenas veinte días más tarde, en que los dirigentes socialistas Enrique Múgica, Javier Solana y Luis Yáñez aparecen codo con codo con los comunistas Ramón Tamames, Euge­nio Triana y Armando López Salinas. Es 27 de enero y esta muestra pública de unidad constituye el inicio del Comité Coordinador de la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia, unión popularmente conocida como la Plata-junta. Se pone en marcha en este momento la idea de la «ruptura pactada». El PCE sustituye su planteamiento inicial de la ruptura por el de transición política, como así lo expone Jesús Sánchez Rodríguez:

La condición para que la salida democrática de la dictadura franquista fuese en la dirección proyectada por el PCE consistía en que el proceso de transición se hiciese bajo la dirección de la clase trabajadora, es decir, que se produjese una ruptura democrática, a través de algún tipo de huelga general, que supusiese el desmantelamiento rápido y sin concesiones del aparato estatal franquista y el consiguiente debilitamiento de las posiciones políticas y sociales de los sectores monopolistas. Esta condición tampoco se llegó a concretar porque, al no producirse el hundimiento de la dictadura las clases dominantes fueron capaces de maniobrar e impedir que la dirección del cambio político fuese encabezada por la clase trabajadora (Sánchez Rodríguez, 2007, p. 39).

Y añade más adelante:

El PCE, pues, entró en el periodo de transición política, que transformaría el régimen dictatorial en una democracia homologable a las existentes en el entorno europeo, en medio del naufragio de toda la línea política que había venido levantando en los años finales de la dictadura. En ausencia de una ruptura democrática y de liderazgo de la clase trabajadora en el proceso de transición, el Estado franquista va a ser desmantelado lentamente a lo largo de varios años. En esta situación las clases dominantes consiguen mantener intacto tanto su poder político como económico (ibid., p. 40).

La coyuntura histórica fuerza al PCE a cambiar la estrategia política privilegiando, entre sus objetivos a corto plazo, la consecución de la democracia en España, aunque la llegada de ésta no sea por medio de una ruptura liderada por el movimiento obrero, sino a través de una compleja política de alianzas que, contra pronóstico, va a permitir la permanencia en el poder de la clase dominante, independientemente de la forma que adquiera el Estado.

La fecha del 23 de noviembre de 1976 será igualmente clave para la historia del PCE. Ese día, en el Molino de Guadalajara, se reúnen por primera vez en territorio español, desde 1939, los miembros del Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España en sesión plenaria. Por supuesto, Armando López Salinas asiste y, junto a otros como Simón Sánchez Montero, Manuel Azcárate o Ramón Tamames, esgrime sus argumentos rupturistas ante la «debilidad del gobierno, incluso del sistema, y la comprobación cotidiana de su aislamiento ante la presión de la poderosa Coordinación de Organismos Democráticos y los movimientos de masas plasmados en la huelga general» (Morán, 1986, p. 530).

Pero finalmente no hay ruptura, sino transición. El 15 de de diciembre se ratifica la Ley para la Reforma Política, por referéndum. El 9 de abril de 1977, conocido como sábado rojo, se legaliza el Partido Comunista de España y, meses más tarde, se presenta a las elecciones generales. El 16 de junio de 1977, el PCE se constituye en grupo parlamentario por primera vez en la historia. El reparto de hombres veteranos y seguros por las zonas de Andalucía que ofrecían más confianza explica que Armando López Salinas se presentara a diputado por la provincia de Jaén (del mismo modo que Ballesteros se presenta por Granada o Rafael Alberti por Cádiz). Pero López Salinas no obtiene escaño.

Durante la transición, Armando López Salinas fue subdirector de Mundo Obrero, en el periodo en que la publicación del PCE volvía a alcanzar una gran tirada, primero como semanal y más adelante como diario, gracias a una campaña de recaudación del PCE con la que se consiguió reunir los 100 millones de pesetas necesarios para poner en marcha esta empresa. En 1977, López Salinas publica el libro Alianza de las fuerzas de trabajo y de la cultura, un texto teórico en el cual se reflexiona sobre la importancia de la contribución de los y las intelectuales en la transformación política y social del país, abandonando, en parte, la alianza tradicional entre obreros y campesinos, situando el foco en la nueva clase media española como sujeto político potencial en el proceso de construcción del socialismo.

Otro episodio fundamental para la historia del PCE, y en el que López Salinas asume un papel protagonista, lo constituye su IX Congreso, celebrado en abril de 1978, que ha pasado a la historia como el congreso en el que el PCE abandona formalmente el leninismo. La renuncia al carácter revolucionario del Partido encuentra su motivo, según las palabras de Simón Sánchez Montero, que no desaprovechó la ocasión para referirse a Lenin como «el más grande revolucionario de la historia de la Humanidad», en que si no se llevaba a cabo el abandono del leninismo «nuestra credibilidad, nuestra fiabilidad democrática sufriría bastante» y, asimismo, «el desarrollo teórico de la línea política tropezaría con ese peso de la definición clásica» (apud Morán, 1986, p. 569). Otros como Nicolás Sartorius y Manuel Azcárate defendieron las tesis oficiales del abandono del leninismo con la confianza de que supondría un avance a la hora de superar las rémoras que pesaban sobre el PCE. Armando López Salinas, frente a Carrillo y Sánchez Montero, se opuso al cambio terminológico –y político– que se proponía en el IX Congreso. Finalmente, como sintetizó Francisco Frutos, a la sazón dirigente del PSUC,

[…] todas las razones que se han dado para suprimir el término marxismo-leninismo son válidas para mantenerlo [...] [pero los problemas del PCE] no los vamos a solucionar con cambios nominativos, sino con la elaboración política necesaria, sin dogmatismo ni actitudes defensivas (apud Morán, 1986, p. 569).

La tesis oficial se impuso y el término leninismo fue eliminado del proyecto político del PCE. El siguiente paso que dio Carrillo fue, en el X Congreso, en julio de 1981, el relanzamiento del eurocomunismo. En los debates que tuvieron lugar, Armando López Salinas demostró que, a diferencia del Partido, no se había actualizado y en su discurso «citó algo tan exótico como a Lenin» (Morán, 1986, p. 592).

Pasaron los años y con los años se fueron comprobando algunos errores que se cometieron en los difíciles tiempos de la transición. Pero la mula que tropieza es la que anda, y si el PCE tropezó, cometió errores, se equivocó unas veces y se precipitó otras, fue porque nunca cesó el paso en los rocosos caminos de la dictadura. Por su parte, Armando López Salinas se fue apartando de la primera línea de la política, aunque mantuvo, sin interrupción, su militancia activa. En la actualidad sigue participando en actos tanto políticos como culturales. Recientemente ha asistido al I Congreso de Escritores, Intelectuales y Artistas por el Compromiso, celebrado en el Ateneo de Madrid los días 13 y 14 de octubre de 2012. Aunque muchos hubieran preferido –e incluso lo han intentado– borrarle de la Historia y de los manuales de literatura, Armando López Salinas sigue siendo un referente no sólo político y ético, sino también literario, en estos tiempos de conflictividad cada vez más acentuada. Vivimos tiempos de lucha en los que se necesitan referentes. Armando, basta escucharle y comprobar la lucidez de sus argumentos, su apego a la realidad inmediata que le rodea, es sin duda uno de esos referentes vivos y necesarios.

Marco histórico, político y social

1959, año en que La mina queda finalista del premio Nadal, supone para España su incorporación definitiva al bloque capitalista, como así lo demuestra la aprobación del Plan de Estabilización y Liberación Económica recomendado por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y el FMI (Fondo Monetario Internacional). La visita del presidente Eisenhower los días 21 y 22 de diciembre y la concesión de la OECE (Organización Europea para la Cooperación Económica) de un crédito para la ejecución del Plan de Estabilización en febrero de 1960 lo terminan de corroborar.

España se está modernizando bajo el precepto del orden capitalista. Pero se trata de una modernización que, todavía incipiente, evidencia las contradicciones de un país que en lo formal no ha dejado de ser fascista. Elementos residuales, propios del fascismo, van a coexistir con elementos del emergente capitalismo de consumo, como pone de manifiesto el hecho de que la retransmisión, por primera vez por televisión, de un Real Madrid-Barcelona el 15 de febrero de 1959 coincida, prácticamente en el tiempo, con la inauguración del símbolo por antonomasia del fascismo español, la basílica excavada en el Valle de los Caídos, el 1 de abril del mismo año; o que el concierto, el 1 de julio de 1965, del grupo de pop británico The Beatles en Madrid, que días atrás aterrizaron en Barcelona disfrazados de toreros, concluyera con carga policial al grito de «dispérsense», entendiendo las fuerzas del orden franquista que toda masificación –aunque sea ésta despolitizada y tenga más relación con el consumo capitalista que con la subversión política– debe ser reprimida.