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El telescopio aumentó nuestra capacidad de ver y cambió la manera de pensar. A través de este instrumento maravilloso, Galileo Galilei observó el cielo y descubrió cosas sorprendentes. Todo eso sucedió durante los cinco o seis años que siguieron a 1609, fecha fundamental para la astronomía. A través de La mirada de Galileo asistiremos a una época de grandes cambios para la humanidad.
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Seitenzahl: 133
Veröffentlichungsjahr: 2011
Primera edición, 2009 Primera edición electrónica, 2010
La Ciencia para Todos es proyecto y propiedad del Fondo de Cultura Económica, al que pertenecen también sus derechos. Se publica con los auspicios de la Secretaría de Educación Pública y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
D. R. © 2009, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-0322-7 (ePub)ISBN 978-607-16-0073-8 (impreso)
Hecho en México - Made in Mexico
La Ciencia para Todos
Desde el nacimiento de la colección de divulgación científica del Fondo de Cultura Económica en 1986, ésta ha mantenido un ritmo siempre ascendente que ha superado las aspiraciones de las personas e instituciones que la hicieron posible. Los científicos siempre han aportado material, con lo que han sumado a su trabajo la incursión en un campo nuevo: escribir de modo que los temas más complejos y casi inaccesibles puedan ser entendidos por los estudiantes y los lectores sin formación científica.
A los diez años de este fructífero trabajo se dio un paso adelante, que consistió en abrir la colección a los creadores de la ciencia que se piensa y crea en todos los ámbitos de la lengua española —y ahora también del portugués—, razón por la cual tomó el nombre de La Ciencia para Todos.
Del Río Bravo al Cabo de Hornos y, a través de la mar Océano, a la Península Ibérica, está en marcha un ejército integrado por un vasto número de investigadores, científicos y técnicos, que extienden sus actividades por todos los campos de la ciencia moderna, la cual se encuentra en plena revolución y continuamente va cambiando nuestra forma de pensar y observar cuanto nos rodea.
La internacionalización de La Ciencia para Todos no es sólo en extensión sino en profundidad. Es necesario pensar una ciencia en nuestros idiomas que, de acuerdo con nuestra tradición humanista, crezca sin olvidar al hombre, que es, en última instancia, su fin. Y, en consecuencia, su propósito principal es poner el pensamiento científico en manos de nuestros jóvenes, quienes, al llegar su turno, crearán una ciencia que, sin desdeñar a ninguna otra, lleve la impronta de nuestros pueblos.
Comité de Selección
Dr. Antonio Alonso Dr. Francisco Bolívar Zapata Dr. Javier Bracho Dr. Juan Luis Cifuentes Dra. Rosalinda Contreras Dra. Julieta Fierro Dr. Jorge Flores Valdés Dr. Juan Ramón de la Fuente Dr. Leopoldo García-Colín Scherer Dr. Adolfo Guzmán Arenas Dr. Gonzalo Halffter Dr. Jaime Martuscelli Dra. Isaura Meza Dr. José Luis Morán López Dr. Héctor Nava Jaimes Dr. Manuel Peimbert Dr. José Antonio de la Peña Dr. Ruy Pérez Tamayo Dr. Julio Rubio Oca Dr. José Sarukhán Dr. Guillermo Soberón Dr. Elías Trabulse
Se muestran grandes y muy admirables maravillas y se invita a contemplarlas a todos.
Galileo Galilei,El mensajero de las estrellas (1610)
Sin duda la mejor manera de saber lo que implica la palabra científico es volverse un científico, pero ese camino no está abierto para todos.
Una alternativa bastante razonable es leer los escritos de un hombre que tuvo que averiguar por sí mismo, paso a paso, los procedimientos necesarios. Ese hombre es Galileo.
Stillman Drake,Discoveries and Opinions of Galileo (1957)
Este libro no hubiera pasado de ser una mera idea sin Laura Lecuona, quien, estando todavía en el Fondo de Cultura Económica, le dio tan buena acogida a mi propuesta inicial. Y sin el trabajo de todo el personal del FCE nunca se hubiera transformado el manuscrito que yo hice en el libro que ahora ves.
Durante el periodo de investigación sobre el tema fue indispensable el apoyo del personal de la Biblioteca Manuel Sandoval Vallarta de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC) de la UNAM. Todos, pero especialmente Miriam Navarrete, atendieron con paciencia mis solicitudes y siempre encontraron el material que necesitaba.
De inicio a fin, mis colegas, familiares y amigos soportaron estoicamente mis innumerables anécdotas sobre Galileo y su mundo. Además, tuve riquísimas discusiones con los más interesados en el tema: Sergio de Régules, Leonardo Sánchez, Leonid Georgiev y Alejandro Mier.
Cuando la idea general del libro había cuajado, armé una conferencia que cuenta la historia de ello y la di en el curso Astronomía Razonada de la DGDC, en el seminario SePosgrado en la Facultad de Ciencias de la UNAM, en la Escuela Moderna Americana y en el Instituto de Astronomía de la UNAM. Las preguntas y los comentarios de los asistentes me ayudaron a mejorar el argumento general del libro.
Después de meses de trabajar sola sobre el manuscrito, se lo pasé a Leonardo Sánchez, Elisa T. Hernández y Esteban Ricalde. Sus miradas frescas encontraron cosas que yo no había visto y que no sólo aclararon el texto sino lo enriquecieron.
Y al final regresé con Laura Lecuona para que hiciera eso que no entiendo bien cómo hace: transformar mi texto para que fluya mejor.
Como todos los libros, el que tienes ahora en tus manos pretende ser un viaje, y esta primera sección es el folleto publicitario en el que intentaré animarte a venir conmigo.
El viaje que propongo que hagamos será en el espacio y en el tiempo. Nuestro destino es lo que hoy se llama Italia y vamos a regresar a los inicios del siglo XVII. Nuestro objetivo es seguir los pasos de Galileo Galilei durante cinco o seis años a partir de 1609. Este breve periodo es bien interesante para la astronomía y la cosmología porque se acababa de inventar un nuevo instrumento, el telescopio, que aumentó nuestra capacidad de ver y por lo tanto cambió nuestra manera de pensar. Con él, Galileo descubrió muchas cosas inesperadas en el cielo y lo comunicó de inmediato a todos los que lo rodeaban. Todo esto sucedió en un momento en que muchos pensadores ya estaban replanteando sus ideas acerca de la forma y los movimientos del universo, y estos nuevos descubrimientos junto con sus interpretaciones se sumaron a una fuerte corriente de cambios en la manera de ver el mundo.
Para entender bien lo que hizo y pensó Galileo, conviene ponernos en sus zapatos, o mejor aún, en sus manos, sus ojos y su cerebro. Lo primero que necesitamos hacer es dejar de ser personas del siglo XXI, olvidar casi todo lo que sabemos hoy. Al igual que nosotros ahora, en su momento Galileo sólo podía saber lo que ya había pasado, pero no tenía ninguna manera de saber todo lo que sucedería después. De modo que para pensar como él, debemos hacer un esfuerzo (temporal y reversible, lo prometo) por olvidar todo lo que sabemos, excepto aquello que había sucedido antes de 1609. Entonces la gente se desplazaba a pie, a caballo o en carreta; se comunicaba personalmente o a través de cartas, y escuchaba sólo música en vivo, si tenía la suerte de ser músico o conocer a uno. Y sus observaciones astronómicas eran a ojo pelón, o cuando mucho ayudados de instrumentos sencillos para determinar la posición de los astros.
Si quieres venir en este viaje, ahora es un buen momento para que escombres tu cerebro. Saca los automóviles, los teléfonos celulares y los reproductores de música y así estarás a tono con el estilo de vida de entonces. Y saca también cualquier telescopio que ande por ahí en tu memoria, junto con todos los conocimientos que éstos nos han aportado, y así sabrás lo mismo que Galileo. Deja todo esto aquí, que ya podrás regresar por ello al final de nuestro viaje:
Ahora sí, con una mente despejada, estamos listos para partir. En el primer capítulo encontraremos los enseres necesarios para llenar nuestros recién limpiados cerebros con lo que sabía Galileo sobre la astronomía y la cosmología en 1609. Esta parte del viaje la haremos a vuelo de pájaro. Sobrevolaremos los casi 2 000 años que separan a Aristóteles en Grecia de Copérnico en Polonia para ver lo que se observó y se pensó sobre el universo y nos quedaremos con la imagen que se tenía de él hacia el final del Renacimiento, que es la que tenía Galileo al inicio del periodo que revisaremos.
Así equipados, en el segundo capítulo avanzaremos a pie. Seguiremos muy de cerca el modo de pensar de Galileo desde el momento en que construyó su primer telescopio. Veremos cómo mejoró el diseño del instrumento y luego miró el cielo a través de uno de ellos. Presenciaremos cómo descubrió cosas nuevas sobre objetos conocidos y objetos completamente nuevos y difíciles de entender, cómo los interpretó y cómo se los explicó a los demás. Para esta parte del viaje, las obras mismas de Galileo —sus apuntes, dibujos, cartas y libros— servirán como nuestros mapas de navegación.
Sin movernos mucho, ni de lugar ni de momento, en el tercer capítulo daremos un par de pasos atrás para poder conocer también lo que pensaron y dijeron los demás astrónomos europeos de esa época. De este modo veremos cómo era la comunidad que se dedicaba a medir y entender el universo y cómo discutieron sobre las novedades que les comunicó Galileo.
En el cuarto capítulo no saldremos de Italia, y conoceremos las reacciones de otras personas en espacios sociales de reunión como la corte o incluso la sobremesa. Escucharemos lo que pensaron los príncipes y la gente común, los filósofos y los teólogos sobre las admirables maravillas que presentó Galileo.
Por último, en el capítulo cinco reflexionaremos brevemente acerca de las consecuencias que tuvieron estos pocos años de descubrimientos y discusiones para Galileo, para la astronomía y para nuestra manera de entender el universo.
Al final del viaje, quienes se queden con ganas de más encontrarán algunas recomendaciones de otros viajes, tanto en papel como en la red.
Una advertencia antes de partir: aunque se conoce muchísimo acerca de la historia de Galileo, aquí sólo voy a contar una pequeña parte. Contar todo junto nos puede dar un panorama general, pero corremos el riesgo de perder un detalle que para mí es bien importante: el proceso. Ver con cuidado una parte específica de la historia de la ciencia nos permite entender no sólo los resultados obtenidos, sino también los procesos materiales, mentales y sociales a través de los cuales se llegó a esos resultados. Por lo tanto, nos centraremos en estos cinco años cruciales, y de este modo será casi como si hubiéramos estado ahí.
Éstos son, pues, los lugares, las épocas y las ideas que ofrezco que visitemos en este viaje. Si te animas, ahora mismo comenzamos.
Durante casi 2 000 años, en la cultura europea se tuvo más o menos la misma imagen del universo: esférico, finito, inmutable y con la Tierra en el centro de todo. Pero para el inicio del siglo XVII (1600) ya estaba bien vivo el debate acerca de la forma, el tamaño y los movimientos de nuestro cosmos. Por un lado estaba una teoría de mucho abolengo, la del universo aristotélico-tolemaico, que se había originado en la cultura griega y llevaba de moda todo este tiempo. Esta teoría era geocéntrica, decía que la Tierra está en el centro de todo. Y por otro lado había una teoría heliocéntrica casi recién nacida, planteada por Nicolás Copérnico hacía apenas algunas décadas y que proponía que el Sol ocupaba el centro del universo. Para la época en que apareció Galileo en el escenario de la polémica había varios pensadores que estaban a favor de la segunda teoría, más sencilla y por lo tanto elegante, pero todavía no habían encontrado pruebas sólidas para apoyar su posición.
Para poder seguir este debate y ver el papel que representó el trabajo de Galileo con el telescopio en todo ello, necesitamos entender estas dos posiciones. Así que en este capítulo repasaremos lo que dijeron Aristóteles y Tolomeo y cómo sus ideas se juntaron en un solo modelo del universo que duró muchos siglos sin grandes cambios. Después veremos las transformaciones que propuso Copérnico y lo que hicieron con estas ideas algunos de sus seguidores, los llamados copernicanos. De este modo, al terminar el capítulo habremos metido en nuestros recién despejados cerebros lo que sabía Galileo sobre el universo.
Aristóteles vivió en Grecia entre los años 384 y 322 antes de Cristo (es decir, en el siglo IV a.C.). Gracias a las partes de su obra que se han rescatado, sabemos que estudió una gran variedad de temas, como el movimiento de los cuerpos, los seres vivos, y otros, como la lógica y la metafísica. También se dedicó a pensar acerca de cómo es el universo y creó una descripción general del cosmos, o cosmología. Para esto utilizó algunas ideas de otros pensadores, las observaciones del cielo que se habían hecho y también algunos conceptos teóricos, principalmente de geometría. A todo lo anterior le agregó varias ideas suyas y generó un modelo muy coherente sobre qué es, de qué está hecho y cómo se porta el mundo que nos rodea. La estructura principal de este universo se basa en dos esferas: la de la Tierra, que es convexa, sobre la cual estamos parados y que se encuentra inmóvil en el centro de todo, y la esfera que lleva pegadas todas las estrellas, que gira alrededor de la Tierra, que es cóncava y representa el límite del mundo.
Estas dos formas esféricas no sólo eran conceptos teóricos, sino que fueron imaginadas con base en varias pistas obtenidas de la experiencia diaria. Por ejemplo, cuando se daba un eclipse de Luna, el perfil que se le veía a la Tierra conforme iba tapando a la Luna era circular. Además, se había notado que cuando un barco se aleja en el mar no solamente se hace cada vez más pequeño, sino que su vela se va hundiendo o desapareciendo. Pistas como éstas hicieron que se pensara que la Tierra es una esfera. Por otra parte, la sensación que da el cielo de noche es de una bóveda cóncava. Esto, junto con el movimiento que comparten todas las estrellas, en efecto genera una imagen de una enorme esfera distante que rota con velocidad constante.
En este modelo, entre estas dos esferas límite se encuentran los planetas o estrellas errantes, que tienen movimientos irregulares diferentes del de las estrellas que están pegadas a la bóveda celeste. Los planetas que se conocían en esa época son los astros que se pueden ver a simple vista: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Cada uno de los planetas estaba contenido dentro de una esfera transparente y de material rígido. El orden en que se acomodaban tales esferas estaba determinado por el tiempo que tarda cada planeta en cumplir un ciclo completo en su viaje por el cielo, y es justamente el orden en el que se nombran en la lista anterior. El resultado final era un conjunto de esferas concéntricas, como las capas de una cebolla, y adentro de cada una iba un planeta.
