La muerte y la primavera - Mercè Rodoreda - E-Book

La muerte y la primavera E-Book

Mercé Rodoreda

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Beschreibung

En un lugar sin nombre y en una época indeterminada, en medio de una naturaleza que parece mutante, un pueblo aislado vive sometido a una rígida y cruel serie de normas. Sus habitantes están bajo la permanente amenaza de los caramenos, unos seres que habitan al otro lado de las montañas y a los que jamás ha visto nadie, y las embestidas del río que socava sus casas. Un joven de catorce años, después de asistir a una profanación, empieza a rebelarse contra todas las leyes, al mismo tiempo que seduce y conquista a su madrastra. Mercè Rodoreda, que según García Márquez escribió la novela "más bella que se ha publicado en España después de la Guerra Civil", nos brinda con esta novela póstuma un espléndido testamento literario, en el que teje una trama alegórica para mostrarnos la realidad de la vida en las sociedades donde se ha destruido todo atisbo de libertad y donde se ha reprimido toda iniciativa individual.

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Seitenzahl: 271

Veröffentlichungsjahr: 2023

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LA MONTAÑA PELADA

VOLUMEN VIII

 

Título original: La mort i la primavera

1ª edición en esta colección: octubre de 2017

2ª edición: marzo de 2022

1ª reimpresión: agosto de 2022

Edición digital: noviembre de 2022

© de la novela: Institut d’Estudis Catalans, 1986

© de la edición: herederos de Núria Folch i Pi, 2017

© de la traducción: Eduardo Jordá, 2017

© del posfacio: Mariana Enriquez, 2022

© de esta edición: Club Editor 1959, S.L.U.

Coves d’en Cimany, 2 – 08032 Barcelona

www.clubeditor.cat

ISBN: 978-84-7329-369-3

Diseño de colección y cubierta: Ángel Uzkiano

El retrato de la primera guarda es una foto de Pilar Aymerich.

El croquis del pueblo (p. 212-213) se conserva en la Fundación Mercè

Rodoreda, quien nos ha autorizado amablemente a reproducirlo.

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

La traducción de este libro ha contado con una ayuda del Institut Ramon Llull.

 

Ceste voix sans corps qui rien ne sçaurait taire

Ronsard

 

 

El misterio de ese peso que llevo dentro y que no me deja respirar

M. R. G.

PRIMERA PARTE

I

Entonces me quité la ropa, la dejé al pie de un almez junto a la piedra del loco y antes de meterme en el agua miré muy bien el color que el cielo dejaba en ella y dentro toda la luz del sol era ya distinta porque había empezado la primavera que volvía a nacer después de haber vivido debajo de la tierra y dentro de las ramas… Me metí en el agua muy despacio y sin atreverme a respirar porque siempre, cuando me metía en el mundo del agua, me daba miedo que el aire, al vaciarse del estorbo que era yo, se enfureciese y, transformado en viento, soplara tan fuerte como soplaba en invierno, que casi se llevaba por delante las casas, los árboles y la gente. Había buscado la parte más ancha del río, la que estaba más lejos del pueblo y a la que casi nunca iba nadie porque no quería que me viesen. El agua pasaba segura de sí misma, de aquel peso que le llegaba de las montañas, de la nieve y de los manantiales que huían de la oscuridad a través de un agujero en la roca. Y toda el agua que se juntaba por las ganas de juntarse caminaba sin parar con tierra a cada lado. En cuanto dejé atrás los establos y la cerca de los caballos me di cuenta de que me perseguía una abeja junto con el hedor del estiércol y el aroma a miel de las glicinas que ya habían empezado a florecer. El agua estaba fría y yo la cortaba con los brazos y la removía con los pies y cada tanto me la bebía, agua blanca de invierno rociada por el sol que salía más allá de las Piedras Altas con ganas de volar. Me zambullí para que la abeja si me seguía se perdiera y, engañada, no supiese qué hacer. Yo sabía que hay abejas viejas de siete años tozudas y con entendimiento. Dentro todo estaba turbio: una nube de cristal, y pensé en las bolas de cristal de los patios entre las enramadas de glicina fuerte, aquellas glicinas que con los años arrastraban hacia arriba las casas del pueblo.

Las casas del pueblo eran todas de color de rosa. Las pintábamos en primavera y tal vez por eso la luz era distinta: porque cogía el rosa de las casas igual que en la orilla del río todo cogía el color de las hojas y del sol. En invierno, encerrados, hacíamos pinceles con colas de caballo, con mangos de madera y alambre, y cuando los teníamos hechos los guardábamos en el cobertizo de la Plaza hasta que llegaba el buen tiempo, y entonces íbamos todos, hombres y niños, a la cueva de la Maraldina, a buscar el polvo rojo para hacer la pintura rosa: en la montaña cubierta de brezo, con el árbol muerto al final y con el viento entre los matorrales. Bajábamos a la cueva por una cuerda de nudos sujeta a una estaca. El hombre que iba delante llevaba un farol. Bajábamos por el pozo húmedo y negro con vetas que brillaban si hacía sol y que de vez en cuando se apagaban porque más adentro, al hacerse oscuro, la oscuridad se las iba comiendo. Y por el pozo entrábamos en la cueva, roja y blanda como la boca de un enfermo. Llenábamos los sacos de polvo y los atábamos bien y los que se habían quedado arriba los izaban y los iban amontonando. Cuando volvíamos al pueblo mezclábamos el polvo con agua y hacíamos la pintura rosa que el invierno borraba. Y en primavera, cuando florecían las glicinas y las abejas iban de un lado a otro, cuando las glicinas en flor cubrían las casas, pintábamos y enseguida la luz era diferente.

Salíamos al morir la noche y siempre había mucho viento en la montaña de la Maraldina; nos costaba subir. Entrábamos en la cueva del pozo y salíamos cargados con los sacos como si fuésemos hormigas y descendíamos por la montaña y desde la ladera veíamos los caballos en el prado. Los caballos solo eran para comer. Nos los comíamos asados al fuego de leña, sobre todo en las fiestas de los entierros. Y por la manera en que mataban a los caballos los hombres del matadero mandados por el hombre de la sangre, que solo servían para matar caballos porque se habían hecho viejos y no servían para nada más, ya no quedaba ni una gota de sangre dentro y la carne sabía muy fuerte a nada y a astillas. Mientras bajábamos de la Maraldina con los sacos al hombro, el viento, que nos había empujado hacia abajo cuando subíamos, ahora nos empujaba hacia arriba. Tanto si subíamos como si bajábamos siempre nos empujaba como si nos pusiera sus grandes manos sobre el pecho. Y los viejos contaban que el viento de la Maraldina, agachado entre los matorrales cuando no había nadie, iba cargado de almas que rondaban por la montaña solo para hacerlo más fuerte cuando llegaba la hora de subir a buscar el polvo, para hacernos más pesada la faena y para decirnos que más valdría que no hiciésemos lo que estábamos haciendo porque no servía de nada. Y como no tenían boca, las almas nos lo decían con la voz del viento.

Dejábamos los sacos en medio de la plaza y enseguida empezaba la tarea de mezclar el polvo con el agua y de pintarlo todo de color de rosa, que era el color de todas las casas menos de una: la del señor que vivía arriba de la montaña partida, que era una montaña pequeña y caía como un precipicio sobre el pueblo y lo amenazaba y lo protegía. Y el precipicio, con la casa del señor arriba, estaba cubierto de hiedra que en otoño se encendía para morir.

II

Saqué la cabeza fuera del agua y la luz se había vuelto más fuerte. Nadaba despacio para ir retrasando el momento de salir. El agua me abrazaba, me habría atrapado si yo hubiera querido y, empujado y engullido, habría ido a parar allá donde no se sabe qué son las cosas... Dentro del agua había hierbas; la corriente las apartaba y se dejaban mecer por aquella agua que llevaba la fuerza del cielo, de la tierra y de la nieve. Salí. El agua me resbalaba por todo el cuerpo, me hacía brillar. La abeja me había perdido después de haberme seguido durante tanto tiempo. Me senté sobre la hierba, junto a la piedra del loco; antes erguida, ahora caída, con un hueco que había hecho un hombre golpeándola con la cabeza, servía de bañera, después de la lluvia, al pájaro de la cresta negra. La sombra del bosque, delante de mí, era negra y temblaba. A aquella hierba la llamaban rosa de perro… Había telarañas entre las hojas y un montón de bichos pequeños, muertos y resecos, estaban atrapados en las hebras que al nublarse se ponían de color gris. Arranqué un manojo de hierba. Tenía las raíces blancas con trozos de tierra colgando. Uno, en la punta de una raíz rizada, casi era redondo. Cogiéndola por las briznas hice bailar la hierba, de un lado a otro, y la tierra no se le cayó. Me la puse sobre la rodilla como si estuviese plantada ahí. Estaba fresca. Cuando al cabo de un rato me la quité de la rodilla se había calentado y la sacudí muy fuerte para ver caer la tierra. Y la volví a plantar. El bosque era el bosque al que de vez en cuando iban los mayores. Y cuando iban nos encerraban en el armario de madera de la cocina y solo podíamos respirar por las estrellas de los batientes, que eran unas estrellas huecas, como una ventana con forma de estrella. Un día le pregunté a un chico que vivía al lado de nuestra casa si también lo encerraban en el armario de la cocina y me dijo que sí. Le pregunté si la puerta del armario tenía dos batientes y si en cada batiente había una estrella hueca y me dijo, hay una estrella hueca pero no basta para poder respirar y si los mayores tardan nos sentimos muy mal porque es como si nos ahogásemos. Y dijo que por el agujero de la estrella veía irse a los mayores y luego solo veía las paredes y la ceniza, todo muy solitario y soltando tristeza, por aquella tristeza que tenían las paredes al hacerse viejas cuando las personas las dejaban solas con todos los niños encerrados en los armarios como alimañas. Y lo que me dijo de las cosas era verdad: se hacían viejas muy deprisa cuando se quedaban solas, pero bien acompañadas por las personas tardaban más y se hacían viejas de una forma muy distinta, como si en vez de hacerse feas se hicieran bonitas. Y los mayores volvían al amanecer gritando y cantando por la calle y se quedaban dormidos en el suelo y muchas veces no se acordaban de abrir los armarios donde tenían encerradas a las criaturas y cuando los abrían salían medio enfermas y con más dolor de espalda que cuando los padres y las madres les daban una paliza por culpa del mal humor. Porque a pesar de estar pintado de color de rosa, el pueblo a veces se llenaba de malestar por culpa de los caballos, por culpa del preso, por culpa del tiempo, por culpa de las glicinas, por culpa de las abejas, por culpa del señor que vivía solo en la casa del precipicio cubierto de hiedra que en las tardes del final del verano parecía una ola de sangre. Y por culpa de los caramenos. Cuando nacía un caballo también hacían una fiesta pero no nos encerraban en los armarios, ni tampoco nos encerraban por la fiesta mayor que empezaba con el baile de los vigías y luego con la faena de correr delante de ellos mismos. Decían que el día que un hombre pasase corriendo delante de sí mismo, aquel día aquel hombre lo tendría todo ganado o casi todo, que ya es mucho. Y antes de cenar, después del baile y de las carreras, un hombre, solo y desnudo, se metía en el río y cruzaba el pueblo por debajo para vigilar que el agua no socavara las piedras y no arrastrase el pueblo río abajo. Y ese hombre a veces salía con la cara destrozada y a veces con la cara arrancada.

La hiedra que subía por el precipicio hasta la casa del señor moría todos los años. El viento del otoño la desnudaba y todos los patios quedaban sembrados de hojas rojizas. Es lo único que nos da el señor, decían, y niños cuando era joven. Ahora ya no. Y se reían y levantaban la vista hacia las ventanas. Cuando habían caído todas las hojas de la hiedra, los chicos llenábamos capazos con ellas y las dejábamos secar y más tarde las amontonábamos en la Plaza y al quemarlas levantábamos la vista porque durante el tiempo de la quema el señor asomaba la cabeza por la ventana del centro, que era estrecha y alargada, y todos le sacábamos la lengua. Estaba inmóvil como si fuese de piedra; y cuando el humo azul se acababa, cerraba la ventana y hasta el año que viene.

La casa del señor estaba en la punta de la montaña y la montaña era pequeña. Parecía partida en dos por un hachazo. Al otro lado de la montaña no iba nunca nadie. Habían hecho el pueblo encima del río y cuando se fundían las nieves todo el mundo temía que se llevara el pueblo por delante. Y por eso cada año un hombre se metía en el río por la parte alta, pasaba por debajo del pueblo y salía por la parte baja. A veces muerto. A veces sin cara: las rocas que sostenían el pueblo se la habían arrancado porque el agua, desesperada, lo empujaba hacia arriba.

III

Por la noche se oía el gemido del río bajo las camas como si fuera un gemido de la tierra y se lo tuviera que llevar todo a rastras, como si todo tuviera que huir con el agua. Y no. El pueblo se quedaba en su sitio y tan solo el agua huía a escondidas. Entraba lisa y salía loca de espuma por el rato que había tenido que vivir a oscuras. Como si hubiera tenido miedo de quedarse encerrada. Yo dormía, y antes de dormirme, o cuando dormía sin dormir, pensaba en las cosas. Me acordaba de mi madre, sin querer: bien erguida y delgada y con un ribete rojo en los ojos. Pegaba a los niños. Fastidiaba la noche de los novios. Cuando dos empezaban a vivir bajo el mismo techo se pasaba la noche gritando al pie de su ventana: como un perro. Hasta que la luz enferma de la mañana la hacía callar. Nadie hacía caso de los gritos de mi madre, porque ella había contado que la madre de su madre también lo hacía y que todas las mujeres de la parte de su familia lo habían hecho. Salía como un rayo en cuanto los novios se encerraban en su casa y, con la boca torcida, se ponía a gritar sin parar. Y cuando mi madre ya había muerto, cuando ya hacía mucho que estaba enterrada, el primer día que mi padre y mi madrastra durmieron juntos, yo, y solo yo, oí los gritos de mi madre al pie de la ventana de mi padre: hasta la primera brizna de luz.

Mi madrastra tenía un brazo mucho más corto que el otro. Y antes de dormirme pensaba en el brazo diminuto de mi madrastra y pensaba en la estrella hueca del armario cuando me encerraban para ir a bailar y a reír en los entierros. Pensaba en el polvo rojo y en la nube de las almas y en los brezos que en otoño florecían pequeños y con un morado rojizo por toda la Maraldina. Pensaba en los sacos que cuando los izaban por el pozo de la cueva chocaban contra la pared. Los viejos del pueblo, los del matadero, venían a casa cuando mi padre había salido a trabajar en el campo. Traían cosas. Y mi madrastra me decía, ve a ayudar a tu padre… Y yo me iba y me daba la vuelta para mirar mi casa y me parecía que, por todas partes, las raíces de las glicinas la empujaban hacia arriba. Caminaba dando puntapiés al polvo y a veces me paraba a tirar piedras a las lagartijas para cortarles la cola y verla vivir sola y desesperada hasta que ya no podía más.

Cuando salí del agua me quedé embobado con el polvo de azufre que hace las bodas de las flores. Se amontonaba en un remanso de agua. El sol era tan fuerte que hacía menos azul el azul a su alrededor. Una pizca de niebla dormía y se deshacía sobre las rosas de perro. Después de haber plantado la hierba volví a pensar en la casa del señor. La veía de lado y de lado no tenía ventanas. Terminaba en punta. Y veía al señor, con el pensamiento, tosiendo y comiendo miel; siempre esperando que el río se llevase el pueblo. La hiedra, roquedal arriba, estaba verde. De vez en cuando, dos hombres con unas cañas muy largas golpeaban los brotes que intentaban trepar por la casa. Las hojas desmenuzadas caían precipicio abajo con briznas muy tiernas llenas de deditos arrancados… caían… Hasta los tejados y hasta los patios. Había que sacar la hiedra porque si no se habría comido las paredes. Y cada vez que uno de los hombres daba golpes furiosos con la caña y hacía trizas las hojas, el señor asomaba más el cuerpo y miraba hacia abajo con las manos agarradas al alféizar de la ventana.

IV

Me puse a caminar por la hierba húmeda y al final de la pendiente surgió el llano de los plantíos tras unos matorrales. Los brotes tenían los troncos tiernos y no tenían hojas, pero todos tendrían su muerto dentro en cuanto los trasplantasen al bosque y se hicieran árboles grandes. Los crucé y parecían cosas que solo se ven cuando estás dormido. Me detuve a la entrada del bosque, al pie del tajo que el sol le hace a la sombra. Veía la nube de mariposas desde hacía rato. Los árboles del bosque eran muy altos y frondosos, con hojas de cinco puntas, y tal como me había dicho muchas veces el herrero, todos los árboles tenían al pie la placa y la argolla. Las mariposas eran blancas y las había a miles. Volaban inquietas y muchas parecían flores mal abiertas con la parte blanca un poco teñida de verde. Las hojas se movían, de unas a otras saltaban gotas de sol y por en medio se veían manchas de azul. El suelo era una gran capa de hojas viejas muy secas y de abajo salía olor a podrido. Cogí una hoja que no era más que una rejilla de nervios, como las maderas y las vigas de una casa en la que falta lo que lo sostiene todo. Me tendí al pie de un árbol y miré la nube de mariposas que bullía entre las hojas, y la miraba a través de la rejilla de nervios hasta que me cansé y cuando la dejé caer oí los pasos.

Di un salto y me escondí tras un matorral. Los pasos se acercaban. El matorral tenía una flor amarilla abierta con cinco hojas brillantes por dentro; la abeja estaba recogida en su interior y se sacudía las patas. Era la abeja, estaba seguro, que me había seguido desde el pueblo y que había cruzado el río.

Los pasos se detuvieron. Todo estaba tan quieto y yo escuchaba tanto que me parecía oír la respiración de una persona, y de tanto escuchar y de parecerme que oía algo se me formaba un estorbo en medio del pecho: el mismo estorbo malo de cuando pasaban las horas y el pueblo estaba vacío y me costaba vivir encerrado en el armario... Y esperaba… igual. Y no había cambiado nada: las hojas eran las mismas, y los árboles y las mariposas y el tiempo que dentro de aquella sombra parecía muerto… Y todo había cambiado.

Volvieron a oírse los pasos, más cerca, y vi un destello muy brillante bajo las hojas. El hombre que venía llevaba un hacha al hombro y un horcón en la mano. Iba desnudo de cintura para arriba y tenía la frente destrozada. Y la piel mal pegada del desgarrón en la frente de cuando el paso del río no le dejaba cerrar los ojos. Siempre le quedaba abierta una rendija porque la piel encogida y colorada le tiraba hacia arriba. Tenía una mata de pelo negro en el pecho. Y todo él estaba quemado por el sol.

La abeja parecía dormida y la flor también, hasta que llegó una bocanada de aire y la flor empezó a mecerse y la abeja huyó de su interior y pasó volando muy cerca de mi mejilla y en cuanto la flor volvió a quedarse quieta se volvió a meter dentro. El hombre había dejado el horcón y el hacha al pie de un árbol, se secó la boca con el dorso de la mano y miró un poco perdido a su alrededor. Temí que me viera porque su mirada se detuvo sobre mi matorral. Pero no. Empezó a moverse de un árbol a otro y fue leyendo las placas que colgaban de las argollas. Entre un árbol y otro tropezó con una raíz y estuvo a punto de caerse. Luego se metió en el bosque. Cuando ya no le veía respiré todo el aire que el estorbo en el pecho no me había dejado respirar. Pasaban rebaños de nubes muy despacio, me hubiera gustado poder guiarlos y llevarlos adonde yo quisiera… y un grupo de nubes muy pequeñas se detuvo, clavado sobre el mismo bosque y se quedó tanto tiempo que parecía que ya no se iba a ir. Cuando el grupo de nubes pequeñas empezaba a huir, el hombre regresó. A hachazos empezó a hacer una cruz en el tronco de un árbol: la había marcado con una piedra, de arriba abajo, de lado a lado. Hacía las cosas sin prestar atención, y al cabo de un rato se dejó caer de rodillas y se puso a llorar. Yo no respiraba. Se levantó sin dejar de llorar, se escupió las manos y se las restregó una con otra. La abeja entraba y salía de la flor. Y el hacha cortaba el tronco e iba abriendo la raya. Con los primeros hachazos las mariposas se habían alborotado. Dos de ellas bajaron hasta rozar la hierba y se pegaron a la pierna del hombre que abría el tronco del árbol. La abeja chupaba la flor. El hombre descansó y volvió a escupirse las palmas de las manos; mientras se las restregaba, con el hacha bajo el brazo, miró hacia arriba y se quedó un rato encandilado por el revuelo de las mariposas. Volvió a su trabajo, más cansado, como si cada vez que levantaba el hacha estuviera levantando todo el peso de su vida.

Había pasado mucho tiempo y el hombre estaba golpeando ahora la raya travesera de la cruz. Y golpeaba y golpeaba… Las dos mariposas que se le habían pegado a la pierna estaban tan juntas y con las alas tan unidas que parecían una sola. La espalda del hombre brillaba de sudor; también las costillas; era muy delgado. Me entraron ganas de acercarme, de hablar con él, de decirle que, a veces, frente a la fragua llena de chispas y entre dos golpes de maza, el herrero me había hablado del bosque y de los muertos que había dentro de los árboles.

El herrero tenía la casa a la entrada del pueblo: una casa con dos glicinas a cada lado del portal subiendo hasta cubrir el tejado con un amasijo de ramas. Las chispas saltaban y el herrero me decía: tú también tienes tu árbol, tu argolla y tu medalla. Yo la hice nada más nacer tú. Cuando nace alguien enseguida hago la argolla y la medalla. No digas que te lo he dicho. Todos tenemos nuestra argolla, nuestra medalla y nuestro árbol. Y a la entrada del bosque están el horcón y el hacha.

V

Tenía ganas de decirle que dos mariposas se le habían quedado pegadas a la pierna, pero me quedé quieto detrás del matorral y cerré los ojos para no ver e intentaba no pensar. No abrí los ojos hasta pasado un rato porque ya no se oían los hachazos. El hombre ya había abierto la raya travesera de la cruz, y haciendo palanca con el horcón iba separando la corteza del árbol. Le costaba. Cuando la hubo separado cogió con toda su fuerza una de las cuatro puntas de la corteza y tiró de ella y la dobló por detrás y la clavó en el árbol con un clavo muy grande. El hacha, cogida del revés, le servía de martillo. Una detrás de otra fue clavando en la corteza las cuatro puntas que formaban el centro de la cruz, la segunda arriba, las otras dos abajo. El tronco del árbol parecía un caballo destripado. Y del mismo color que tenían los troncos de los plantíos, un poco verde a la luz verde del bosque, vi el corazón duro que había dentro del árbol, tan ancho y tan alto como un hombre. Primero por un lado, luego por el otro, el hombre lo fue removiendo con el horcón hasta que lo hizo caer al suelo. Salía humo del hueco que había dejado en el árbol. El hombre soltó el horcón, se secó el sudor del cuello e hizo rodar el corazón hasta el pie de otro árbol. Se le habían pegado hojas. Entonces se puso de rodillas, y con la cabeza gacha y las manos abiertas sobre las rodillas, se quedó quieto. Después se sentó en el suelo y miró las mariposas por el lado por donde se estaba poniendo el sol.

Muchas hojas de las ramas más bajas estaban medio comidas, otras tan solo agujereadas con agujeros pequeños. Las orugas masticaban sin parar y se iban volviendo mariposas; y el hombre miraba hacia arriba con aquellos ojos que no podía cerrar del todo. El aire se transformó en viento. El hombre se volvió a medias, cogió la placa de hierro y la miró como si fuese una cosa que no había visto nunca. Pasaba un dedo por encima, repasaba las letras una a una… hasta que se levantó, cogió el horcón y el hacha y se fue hacia la entrada del bosque, con el hacha al hombro que de vez en cuando brillaba entre las hojas bajas. Regresó con las manos vacías y, como si todo volviese a empezar de nuevo, la abeja regresó y volvió a meterse dentro de la flor y el hombre se acercó a su árbol. Lloraba. Se metió de espaldas en el árbol. Las dos mariposas, que mientras hacía rodar el corazón habían huido de su pierna, volaban entremezcladas sobre unas briznas de hierba y se metieron con él en el árbol. Salieron antes de que todo hubiera acabado, se posaron sobre un nudo del árbol y enseguida volaron hacia el corazón húmedo de goma y allí se quedaron. Yo había girado la cabeza. Cuando volví a mirar el árbol ya solo pude ver la cruz y los cuatro clavos en el suelo. Ante mis ojos la abeja volaba con rabia, como una bolsa rayada de amarillo y de oscuro. Pequeña.

Me puse en pie. Me froté los ojos porque el viento había traído polvo de azufre. Y fui hasta el pie del árbol. Todo estaba más quieto que al lado del matorral. El volar de las mariposas, el vivir y morir de las orugas, la resina que hervía de arriba abajo y de lado a lado de la cruz e iba cerrando la herida del árbol… todo estaba tranquilo.

Tuve miedo. El miedo venía de aquella resina que hervía sola, del techo de luz oculto por las hojas, de tantas alas blancas que volaban… Y me fui: primero muy despacio y reculando… después eché a correr como si me persiguiesen el hombre, el horcón y el hacha. En la orilla del río me detuve y me tapé las orejas con las manos abiertas para no oír el silencio. Volví a cruzar el río por debajo del agua porque la abeja me seguía y la habría matado si hubiese podido. Quería dejarla sola y perdida entre las rosas de perro llenas de arañas que la esperaban. Al otro lado del río dejé atrás el hedor a hojas devoradas por las orugas y me encontré con el olor de las glicinas y el hedor del estiércol. La muerte y la primavera. Y caí de bruces sobre el suelo, sobre los guijarros, con el corazón vacío de sangre y las manos heladas. Porque yo tenía catorce años y el hombre que se había metido en el árbol para morir era mi padre.

VI

Pasé por delante de los establos, crucé el corral de los caballos para coger un atajo y enseguida oí el golpear del mazo. A la luz del último sol todo el pueblo parecía envuelto en un humo de color malva. Se veían abejas. Miré la torre del matadero con el reloj sin agujas y el montón de casas, algunas todavía rectas y muchas ya un tanto inclinadas por el peso de tantas glicinas y de tanto tronco de jazmín. Se iba acercando el ruido del río al salir del pueblo.

El herrero era pequeño y grueso y tenía las piernas torcidas. La maza y el yunque, las chispas que salían de la fragua y el hierro que chillaba como si estuviese vivo cuando estaba dentro del agua, eran cosas que siempre me habían gustado, desde pequeño, desde el primer día que había ido a ver cómo hacía el herrero las argollas, los punzones y las medallas. Las medallas de la gente del pueblo solo traían el nombre; las de los muertos de la casa del señor tenían, encima de las letras, un pájaro con el pico abierto y una abeja a punto de meterse en él. Decían que el señor era el último de su raza. Y se reían.

A mediodía, y sobre todo en los mediodías de verano, cuando no se puede respirar y la sombra es azul, todo el pueblo retumbaba con los mazazos sobre el yunque. Y el herrero me decía, ¿ves?, las medallas con el nombre. ¿Ves?, las argollas. No digas que te lo he dicho. Cuando naciste enseguida te hice la argolla y la medalla y fuimos con tu padre a clavarla en tu árbol… y me hablaba del bosque de los muertos y me decía que no debía ir jamás hasta que no fuera un hombre.

En cuanto me vio frente a la entrada dejó de dar golpes. Tenía los cabellos revueltos y las cejas espesas, las manos muy grandes con dedos cortos y las uñas al ras eran negras. Me acerqué. Una gota de sudor le resbalaba por la mejilla. Le expliqué lo que había visto. No me dijo nada y metió la cabeza en el cubo donde enfriaba el hierro, se puso una especie de camisa y sin terminar de abrochársela salió corriendo. Me quedé en el portal con los dientes castañeteando. El herrero corría, entraba en las casas y volvía a salir. Unas cuantas mujeres asustadas gritaban a los niños y la mujer del herrero salió del interior y me empujó y se fue con las mujeres y muy pronto por el trozo de calle que yo veía corrían hombres como si alguien estuviera persiguiéndolos. Un viejo del matadero, con la cara blanca como todos los viejos del matadero, con los brazos como dos colgajos, pasó a mi lado y me preguntó qué ocurría, pero sin darme tiempo a contestar un hombre le dijo que todos iban a la Plaza. Yo solo miraba la pared que tenía delante, al otro lado de la calle. Era una pared hecha con piedras muy grandes, encajadas las unas en las otras, con musgo en las juntas… era muy vieja y las piedras tenían colores grises y amarillos como deshechos por el tiempo, y en la parte de arriba le nacían hierbas de tallos muy largos y cuando había muchas el herrero las arrancaba subido a un cajón… aquel día en la pared vi una figura mal hecha. Las piernas en una piedra amarilla, como si fuesen piernas que nadaban, y el cuerpo alto y tieso sobre una laja gris. La figura tenía los brazos levantados y eso era lo que se veía más borroso. No tenía cara. Al cabo de un rato se oyó subir gente, yo buscaba la cara de la figura. Pasó un grupo de hombres con el herrero delante y el viejo del matadero que me había preguntado lo que pasaba iba a su lado hablando sin parar. Detrás de los viejos iban los hombres jóvenes. Uno muy alto y delgado gritaba a ver si ya habían avisado al hombre del cemento, que no se veía por ninguna parte, porque si acaso él iría a buscarlo y le ayudaría a traer la gaveta y la paleta… Y llevaban antorchas. Y pasaban las mujeres y la mujer del herrero con la mancha morada en la mejilla, entre dos mujeres más viejas, caminaba y parecía que no miraba. Pasaban de lado por delante de la pared. Y las mujeres embarazadas iban detrás de todos con la cabeza levantada y cogidas de la mano.

En cuanto pasaron entré en la casa que tenía más cerca. La puerta estaba abierta. En los patios caían flores de glicina. Las abejas ya no zumbaban. En la cocina me acerqué a la estrella del armario y vi unos ojos que me miraban tristes como los de un animalito. Salí a la calle. El pueblo parecía muerto como los domingos por la tarde cuando iban a ver al preso. Solo se oía el río. Fui hacia el camino por el que se habían ido todos. Iban por el camino recto, por el camino de las flores de paja que vuelan cuando les soplas, por el camino de las lagartijas a las que les crece de nuevo la cola. Por el camino que hay detrás de la bajada, lleno de polvo en verano y de barro en invierno. Cuando llegué al Puente de Madera me paré a mirar el agua llena de una especie de cielo que no acababa de ser un cielo de noche. Miraba tan embobado que no me di cuenta de la luna hasta que la tapó una nube.