La mujer de mi entierro - José Memun - E-Book

La mujer de mi entierro E-Book

José Memun

0,0

Beschreibung

A través de los ojos de Daniel, observamos los grises tonos de un entierro. Pero antes de que la tierra cubra el féretro por completo, Daniel debe dar algunos pasos atrás para entender cómo o dónde perdió a Alina. Asistimos al recuento de los daños en la vida de un joven de clase media alta, sometido por su educación conservadora. Eso no impide que se enamore de una hermosa adolescente que lo conquista sin proponérselo, mientras libra sus propias batallas contra los demonios de una infancia dolorosa.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La mujer de mi entierro

Colección Camaleón

Serie Narrativa

D.R. © José Memun, 2021.

D.R. © Diseño de interiores y portada: Textofilia S.C., 2021.

D.R. © Diseño de forros: Manuel Sosa, 2021.

TEXTOFILIA

Limas No. 8, int. 301,

Col. Tlacoquemecatl Del Valle,

Del. Benito Juárez, Ciudad de México.

C.P. 03200

Tel. (52 55) 55 75 89 64

[email protected]

www. textofilia.mx

Primera edición.

ISBN: 978-607-8713-55-4

ISBN digital: 978-607-8713-88-2

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

[email protected]

Queda rigurosamente prohibido, bajo las sanciones establecidas por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin la autorización por escrito de los editores.

A ti, que siempre me colocas en el lugar

que debo estar. Siempre a tu lado.

Por tu paciencia en mis horas dificiles.

A ti que te fuiste mucho antes de tiempo.

Y a esa misteriosa mujer.

I

Presión y peso. El sonido de la pala encajándose en la tierra transgrede el momento, me perturba. El suelo tiembla bajo las gotas de agua. Resbalan suavemente y al caer, hacen más pesada la tierra que pronto me cubrirá por completo. El rechinido de la pala mecánica y el golpe contra la piedra parecen estremecer cada una de las almas amontonadas alrededor de mi tumba.

El viento amenaza con arrebatar las mascadas a las mujeres que se aferran con fuerza a sus sombrillas. Las corbatas de los hombres ondean sobre sus hombros; los pocos niños se prenden a las piernas de sus padres y todos entrecierran los ojos para evitar, en lo posible, que la tierra se meta en sus ojos. Esa tierra lo impregna todo y se mete como polvillo en una casa descuidada. El sentimiento de finitud se adivina en los ojos de los asistentes, anquilosados por el mismo peso de ese momento que ya los ha tocado y de cuyos vestigios no se desharán jamás. La tierra consume un poco de ellos también.

Estar en medio de la multitud es agotador. Unos sufren, otros sólo piensan en la hora de volver a casa y ver el partido en la televisión. Hay, sin embargo, alguien quien espera medio escondida tras un árbol lejano, vestida de rojo.

Nadie parece reparar en ella, aunque se ve nítida, como magnificada por el viento o por el vaho del calor sobre el asfalto. Algunos, muy pocos, se lo preguntan: “¿no es esa Alina?”. Y, “qué descarada”. Un tercero desea con morbo que la mujer se acerque, se forme un lío y los saque a todos del sopor en que la muerte los somete.

Me acerco y la veo en todo su esplendor, observo con detenimiento las arrugas de su expresión, las recorro cada una con mi vista. Al deslizarme por su cuerpo, siento el paso del tiempo. Y sí, es Alina, en efecto. Escondida tras un árbol, como sin derecho a estar aquí.

Me detengo en sus ojos, pareciera verme fijamente. Los encuentro casi tan rojos como su vestido. De cerca me resulta negro como el abismo, el cual adivino en su mente.

—¿Por qué lloras? —susurro junto a su oído, y mi voz se abre paso entre el viento, que levanta su cabello.

—¿Por qué estoy en tu entierro?

Pero en realidad no me habla. No a mí. Habla con el viento que sacude, golpea y araña, pero nada puede hacerla verme. Me aferro a su mano, me enredo en su cintura dispuesto a quedarme con ella, pero el sonido de las palas me llama, esa tierra pronto me tragará.

*

Creemos que todo lo vivido, gozado o sufrido, se desvanece; que la mayoría de las situaciones por más buenas o importantes se olvidan. El tiempo las borra, como si las horas fueran poderosos torrentes de mar chocando con la superficie, desgastando las rocas.

Ahora lo confirmo: ninguna situación puede ser borrada. Se esconde tras un escudo que nos protege de tantos recuerdos, nos dañan o nos llenan de un gozo enfermizo. En vida, estas barreras tapan nuestra vista, nos permiten sólo mirar al frente. Lo percibo como una gran muralla labrada de recuerdos y sensaciones, llena de todo aquello que no vi y no escuché. De mis actos vergonzosos, los cuales pretendí olvidar; de todas las palabras que dije o las otras pronunciadas a mi nombre.

Alina, ¿me escuchas? Dime, ¿de qué hablan?, ¿de mí?, ¿de nosotros? Sé que me escuchas, mi partida te causa dolor. Logro que tu pelo reaccione a mis llamados, se mueve.

Hablas sola –siempre lo has hecho–. Hablabas conmigo, ¿te das cuenta? Siento tu llanto, tu desidia y tu culpa ¿Me sientes también? No cierres los ojos, por más que duela, no me dejes ciego. Sólo tu humanidad me sostiene, vibro, me desplazo y lo percibo todo.

Aspiras hondo y acaparas todo el aire del lugar. Más allá, la gente se agarra el cuello en señal de asfixia; lo notas y en un acto magnánimo, sueltas un poco, lo suficiente para que terminen con vida este funeral.

II

—Lo recuerdo —susurró agarrándose el estómago como si le doliera— estabas frente a mí, traías una playera negra con el logo de una banda de rock, usabas botas negras… no me gustaste —suspiró.

“Te aseguro que a mí tampoco me agradó que me empujaras. Es increíble, todavía en estos momentos encuentras una manera de quejarte”.

Ella sonríe.

*

La fila se extendía casi de lado a lado, llena de personas debatiéndose entre pedir el frozen capuchino o el frappé de limón. Durante unos dos minutos escuché la conversación de una mujer detrás de mí: “¿Tomaré el corto con leche? Hace demasiado calor. La leche te hará sentir soñolienta. Yo tomaría el frappé. Creo que no cerré bien la puerta, ¿o sí? Si los ladrones entran a tu casa, no culpes al café”. Dudoso, pensaba acerca de si se trataba de una o dos personas con el mismo timbre de voz. Aguanté formado lo que la curiosidad me permitió, debía mirar a esa mujer enfrascada en tan extraña conversación. La fila avanzó. Me mantuve en mi lugar con la intención de no perderme ni una de las palabras de mi vecina de atrás. De pronto sentí un golpe por la espalda, el cual me lanzó adelante y me hizo tumbar el standde revistas.

En ese momento la vi. Sola y distraída. Lo dije y solté una carcajada.

*

—El día que nos conocimos fui muy torpe.

Sí, lo eres y te pasa por andar pensando siempre en el futuro.

—Perdemos mucho tiempo pensando en cosas irrelevantes que nos distraen de lo que importa, y mírame ahora aquí.

Me llevo las manos al estómago, donde siento, pero no hay nada. Ni manos para tocar, ni cuerpo donde sentir, pero la sensación sigue allí. Alina recuerda ese día, no lo olvida. Alina me ama.

*

Lo dije para impresionarla. Sin aliento, pero hablando como si nada, pasándome las manos por el pelo como un dandy, después de recoger todas las revistas y ponerlas de nuevo en su lugar.

Me observó de un modo en el que parecía no entender nada. Las cejas fruncidas y los brazos cruzados sobre el pecho. Al oírme comenzó a zapatear rápida y repetidamente con un solo pie. No respondió.

La mesera puso nuestras bebidas sobre la barra: frozen capuchino para mí; frappéde limón para ella.

—Veo que te decidiste por la opción que no da sueño.

Hizo un chasquido con la lengua y salió del café tan rápido que no me dio tiempo de tomar mi orden.

La seguí hasta una mesa en la esquina de la banqueta.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—¡Una disculpa, para empezar! —respondí cambiando mi discurso original. En realidad, no sabía ni a qué iba.

—No soy yo quien escucha conversaciones ajenas, ni tampoco me rio de la torpeza de los demás.

—Y exactamente, ¿con quién platicabas?

—Conmigo misma —contestó sin asomo de vergüenza.

—Tienes problemas mentales —escupí sin pensar, completamente distraído por el movimiento de sus labios.

—Sí —dijo ella, sosteniendo su mirada contra la mía. Fue cuando vi sus ojos, brillaban de furia, rodeados de unas pestañas que al batirlas deslumbraban emanando fuego y luz, un rayo de calor penetrante.

Sacó un cigarrillo de la bolsa y lo encendió.

—No fumo.

Me volvió a observar como lo había hecho al lado de la barra, como si no fuera su problema en lo absoluto.

Es de mala educación fumar frente a las personas que preferiríamos conservar intacta nuestra salud.

—Yo, amigo, viviré más años que tú —dijo, como un presagio.

—¿Estás diciéndome eso o conversando contigo misma de nuevo?

—Te lo digo a ti.

—Gracias por lo de amigo.

—No te emociones.

Su mochila estaba en el piso desparramada. Entre sus cosas pude ver un montón de lápices regados y un par de libros, que parecían bloques de madera.

Sacó uno, lo puso sobre la mesa y lo abrió en la página 262, parecía como si se hubiera olvidado completamente de mi presencia. Me quedé a su lado sin vergüenza, observando cómo escribía números sobre su servilleta mojada con restos de frappé de limón.

—Esa no es la raíz —apunté cuando vi su primer error.

Levantó sus ojos como sorprendida.

—Haces la raíz mal. No te va a salir la ecuación.

—¡Perdóname!, por eso estudio, no soy buena en esto, ¿ves? —dijo lentamente, señalando el libro con un gesto exagerado.

—Yo sí lo soy.

Aunque no lo era. Pasaría meses enteros estudiando esos libros día y noche, como si hubiera vuelto a la preparatoria.

***

—Fingí no saber. Lo hice más notorio para que lo vieras. Fui ruda contigo, pero no quería que te fueras, al menos no tan pronto.

“¿Entonces te ayudé en vano?”.

—En vano, no hay nada. Te retuve por lo menos un poco más, fue mi manera de ablandar el rostro duro que mostrabas ese día.

“Funcionó”.

—Me porté tan grosera como puede. No me parecías una mala persona, ahora ya me conoces, acostumbro a sabotear los buenos momentos que se me presentan.

“¿Por qué te lo reclamas? Ya no tiene importancia”.

*

Se quedó mirándome como preguntando qué debía hacer. Ella estaba en preparatoria, y, por el tamaño de su mochila, seguramente no estudiaba lejos de allí.

—Bien por ti —dijo, se levantó, agarró su mochila en una mano, su libro en la otra y pasó a mi lado como una ráfaga de viento.

En la mesa quedaron el envase del frappé y un remolino de servilletas.

Los llevé al bote de la basura. Antes de tirarlos leí “Tarea de matemáticas de Alina”.

Regresé a ese lugar todos los días a la misma hora. Siempre con una excusa diferente. No sabía si estaba indignado o enamorado. Ella era una niña torpe, grosera, probablemente inmadura y maleducada; pero descubrirla se me volvió una obsesión, algo había detrás de esa fachada. Era un joven conquistador en busca de un nuevo continente. Me formaba en espera de ser atendido y dejaba pasar gente para permanecer ahí el tiempo más largo posible, miraba atrás, a los lados. Buscaba que llegara esa muchacha altanera, cuya mirada de rayo me conquistó.

Pasaron semanas antes de volver a verla. Pregunté por ella al barista y a las meseras, cuyas miradas fueron de la tierna comprensión a un resignado fastidio con el paso de los días.

“¿Conoces a esa chava, Alina? ¿Sabes dónde podría encontrarla?”.

La primera vez que le pregunté al barista me respondió con una carcajada.

—Éste está preguntando por Alina —dijo, dirigiéndose a las meseras como si fuera el chiste más gracioso que había escuchado en su vida.

La habían visto rechazar a una buena cantidad de hombres en ese mismo lugar.

Saber esto me hizo sonreír.

—Entonces vive cerca de aquí, ¿verdad? —dije con esperanza.

—Estudia cerca. Pero ya vete, más vale que no te la encuentres con su mamá.

Al parecer, las peleas que Alina y su madre sostenían en público eran todo un espectáculo.

—Su madre siempre la hace llorar —dijo una de las meseras, quien se dio cuenta de que había compartido demasiado—. En fin, déjala en paz, es sólo una niña.

—Yo también —respondí.

La mesera me observó de arriba abajo, contemplando la idea de darme más información. Era verdad, apenas iniciaba la universidad. En ese café me conocían desde siempre, yo también iba allí regularmente y, sin embargo, nunca fui antes en el horario de salida de la escuela cercana.

No sé si me tuvo lástima o si se cansó de mis preguntas, pero al final habló.

—Ten un poco de paciencia, hombre, cuando pase la temporada de exámenes tal vez aparezca aquí con sus amigas —y, poniendo los ojos en blanco me dio la espalda y se fue. Cuando había caminado diez pasos, añadió, gritando desde adentro del café—. ¡Y no vayas a la escuela a buscarla como un acosador!

No lo haría. Claro que no lo haría. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Observé mi reloj: “¿A qué hora cierra la preparatoria?”.

*

“Desde ese día mi vida cambió, te conocí y te incrustaste en todos mis pensamientos: entre más distante te portabas, más me obstinaba”.

—¿Qué viste en mí? Hasta ahora no lo entiendo, pero yo también regresaba al café con la ilusión de toparme contigo, incluso, si fuera necesario, tirarte de nuevo al piso. Fingir ignorancia en mis tareas o fumar como chimenea para que me regañaras. Tu mirada se convirtió en mi todo.

III

De repente te convertías en un témpano. No sabía cómo alcanzarte o tocarte, te alejabas de mi cambiando de forma. Levantabas barreras. ¿Pero de dónde venía toda esa frialdad?

Me sumerjo en su energía llena de necesidad. Vacío.

Siento que nunca la conocí.

—Tú eres y serás el único que me conoció.

No sé nada de ella.

—En verdad sabías todo de mí —dice, cerrando las solapas de su vestido con dos puños blancos, en una exhalación.

*

A pesar de todos los altavoces y el sonido envolvente, las palabras de Alina son lo único que registran mis oídos.

—La odio —susurra ella.

—¿Cómo puedes decir eso? —le digo al oído.

—Esta ciudad está muerta, seca, sin espíritu. Caerá en cualquier momento.

El resto del cine está vacío. Somos Alina, Daniel y yo. No entiendo por qué susurran. Pero siempre lo hacíamos, en la función matutina de los martes, a donde sólo iban los pervertidos, gente sin trabajo, los amantes clandestinos. La película era una celestina más: seguía su curso, desapercibida.

Alina con las piernas estiradas, desnudas, sin zapatos. Completamente desparpajada. Siempre retando a una autoridad que podía o no estar presente.

Daniel, a su lado, sentado, inclinado hacia ella como si no pudiera terminar de escucharla. Las manos tensas en el descansabrazo, sin saber si tocarla o no. Nunca sin permiso.

Me acerco a él y le examino la piel alrededor de los ojos. Es tersa. Las pupilas dilatadas, producto de la tremenda exaltación, de la inflamación y de la oscuridad de la sala. Me siento avergonzado, como un mendigo ante la vista de dinero: transparente y superficial.

—A mí esta ciudad me parece lo mejor —dice Daniel con cariño. Alina vuelve la cabeza y lo mira a los ojos. Para mí es claro: lo hace para evitar que siga hablando; su comportamiento es una vergüenza.

—Aquí te conocí —termina él su frase pegajosa.

Me siento enfermo. ¿Es así como realmente era?, ¿un insufrible que no la dejaba hablar?, ¿un ciego ante su necesidad de verdadera comprensión?

Alina reprime una mueca. Siempre odió la cursilería. Al principio, mantuve el paso, respondí