La mujer equivocada - Tara Pammi - E-Book

La mujer equivocada E-Book

Tara Pammi

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Beschreibung

Me perteneces. ¡Y también las gemelas!   Nyra huyó de su matrimonio con Adriano Cavalieri cuando él quebró la confianza entre ambos al pensar que ella lo había traicionado. Ni siquiera descubrir que estaba embarazada de gemelos la convenció para regresar a Capri. Hasta que su marido descubrió su secreto… Adriano quería una segunda oportunidad. El deseo puro y vivo que existía entre ellos era tan potente, que dejarse llevar por esa pasión le parecía arriesgado. No obstante, una vez que encontró a Nyra, decidió enmendar su error. Primero, reclamaría a su familia. Después, rompería las barreras que protegían el corazón de su esposay desnudaría su propio corazón…

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Tara Pammi

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La mujer equivocada, n.º 3199 - noviembre 2025

Título original: Her Twin Secret

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370007867

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Lo último a lo que Adriano Cavalieri, el presidente de Bancaria Cavalieri, uno de los bancos privados más prestigiosos de Italia, quería enfrentarse al regresar a Milán, tras cuatro semanas recorriendo el sudeste asiático bajo una agenda agotadora, era a la prueba irrefutable de la infidelidad de su esposa. Una serie de fotografías escandalosas dignas del tabloide más sórdido.

Tras un ridículo impulso se había casado con una mujer que tan solo nueve meses atrás trabajaba como camarera y bailarina en Las Vegas. Ella tenía veintidós años y él treinta y cuatro.

La prensa todavía publicaba noticias sobre su elección. La historia se mantenía viva por el simple hecho de que él la había mantenido alejada del ojo público.

Y ni siquiera Adriano había dejado de preguntarse los motivos detrás de sus propios actos.

No era que Nyra fuera tan hermosa como para haber captado su atención, cuando otras mujeres no lo habían logrado.

Recordaba muy bien el primer momento en que la vio. Su rostro parecía el de una gata callejera, pómulos marcados, nariz afilada y una boca sensual. Un rostro que, por cierto, se había vuelto habitual en las pasarelas de las pocas galas de la Semana de la Moda de Milán a las que había asistido, y que era el resultado de haber pasado varios años saltándose comidas. Ese día, lucía un anodino vestido negro que la hacía parecer un espantapájaros sin relleno.

Lo único exuberante en ella era su boca generosa y sus ojos marrones, que brillaban al sonreír.

Ella le había dedicado una cálida sonrisa y había logrado resquebrajar la escarcha que cubría su corazón, y que lo había hecho permanecer indiferente.

Incluso en esos momentos, si cerraba los ojos, podía recordar con exactitud cómo ella se había inclinado sobre él, atrapando sus manos contra la mesa, y creando una cortina con sus rizos espesos para aislarlos del mundo.

–Por favor, actúe como si me hubiera comprado para esta semana, señor Cavalieri.

Un cruce de miradas, una súplica en voz baja, el roce suave de su mejilla contra su mandíbula… y él se perdió por completo.

Y en aquellos momentos, mientras contemplaba las fotos escandalosas sobre su escritorio –esa boca entreabierta, la cabeza echada hacia atrás en un gesto de éxtasis junto a otro hombre–, se preguntaba si aquel momento también había sido planeado.

Cerró los ojos, deseando no haber visto jamás aquellas imágenes. Algo extraño, porque él nunca había rehuido de la verdad.

Puesto que Bruno, el jefe de su equipo de seguridad y su mejor amigo desde hacía casi tres décadas, lo conocía muy bien, había decidido contarle durante el vuelo de regreso que tenía información negativa relacionada con Nyra.

A pesar de que ni siquiera Adriano comprendía del todo la naturaleza de su relación con su esposa, parecía que tanto Bruno como María, la niñera de la infancia, una de las pocas personas en quienes confiaba ciegamente–, aprobaban esa unión. María incluso llegó a decirle que desde que estaba con ella sonreía, en lugar de enseñar los dientes a todos los de su entorno.

Sabiendo que Nyra se había comportado de forma sospechosa durante el último mes, se había preparado para lo peor al emprender aquel viaje.

Después de todo, había vendido su anillo de bodas y, según su madre, también varias reliquias valiosas de la villa familiar en el lago Como. Objetos que sus padres consideraban tesoros, pues habían sido regalos ofrecidos por algún duque o rey a un antepasado privilegiado.

En un principio, Adriano se había reído de las acusaciones de su madre y de los comentarios de su padre acerca de que había introducido a una ladrona vulgar en su linaje. ¡Una mancha en su reputación!, clamaban ambos, como si no hubieran aireado sus propias desvergüenzas durante tres décadas ante toda la sociedad.

Hasta que Bruno, al investigar la desaparición de las reliquias, confirmó que, en efecto, la denuncia era cierta.

Además, estaban los viajes a Londres. Adriano se enteró de ellos al verla, por pura casualidad, adentrándose en una zona marginal de la ciudad mientras él pasaba en un coche con chófer, durante una reunión.

Cuando él le preguntó a Nyra, ella se rio y le dijo que debía haberse confundido. Que había estado encerrada en el apartamento, trabajando en su último cuadro.

Más tarde, gracias a Bruno, supo que en realidad había visitado Londres dos veces en el mismo mes.

No obstante, esperó a que fuera ella quien se lo contara.

Luego, empezaron a desaparecer otras cosas, como sus gemelos de platino o la pulsera de diamantes que su madre le había regalado a Nyra y que a ella no le había gustado. Pequeños detalles, imperceptibles si no se hubiera propuesto estar atento. Adriano llegó incluso a intentar justificarlo considerándolo un caso no diagnosticado de cleptomanía. Lo curioso era que Nyra no había cambiado su nivel de vida y seguía vistiendo el mismo estilo de ropa, prendas sueltas y desaliñadas que confeccionaba a partir de las camisas y jerséis que él desechaba, como una artista bohemia. Para disgusto de su madre y, en ocasiones, del propio Adriano.

En nueve meses, Nyra no había mostrado el más mínimo interés por la ropa de diseño, las joyas caras o por desempeñar su papel como esposa de un hombre de la alta sociedad. Ni siquiera había asistido con él a una sola cena con miembros de su círculo. Todo lo que ella deseaba, según le había confesado una noche tras uno de sus maratones sexuales, en el pequeño apartamento junto al Navigli Lake District, era pintar, leer, pasar el tiempo en cafés buscando inspiración cuando él no estaba… y disfrutar de su compañía cuando estaba a su lado.

Le había resultado tan embriagador ser una de las cosas que ella deseaba, que Adriano había desafiado las exigencias constantes de su madre, quien insistía en que su esposa debía formar parte activa de su vida pública.

Su vida con Nyra estaba cuidadosamente separada de su trabajo, de la sociedad, incluso de su propia familia. Y si sus socios o la prensa comentaban acerca de la ausencia constante de la esposa de Adriano Cavalieri en cenas de gala o eventos de benéficos, él no le había dado ninguna importancia. Parte de él disfrutaba de mantenerla solo para sí.

Y cuando fuera de aquel apartamento acogedor surgía la lucidez, cuando se separaba de ella, todo le parecía una locura y necesitaba sentir que tenía el control de su vida. Entonces, se decía a sí mismo que Nyra era un capricho costoso, un pasatiempo adquirido en un arrebato.

Después de todo, había pasado los primeros treinta y cinco años de su vida trabajando en el banco familiar, multiplicando sus riquezas, sosteniendo el matrimonio fracasado de sus padres y encargándose de una legión de hermanastros ilegítimos que sus progenitores habían esparcido por el mundo como abejas polinizando flores.

Escapar de su propia vida para refugiarse en la que compartía con Nyra, disfrutar de noches largas de pasión, silencios amables e instantes de rendición compartida, estar solos mientras ella pintaba y él trabajaba, se había convertido en su recompensa. Su refugio. Su santuario.

Esperaba que, tarde o temprano, se aburrieran el uno del otro, que la pasión se extinguiera y que aquella relación casi secreta perdiera su encanto. Entonces le ofrecería un acuerdo digno, se aseguraría de que estuviera bien cuidada el resto de su vida y se divorciarían.

Pero lo que no había esperado era aquella traición desgarradora que lo había hecho pedazos. Le temblaban las piernas y sentía un frío intenso en las extremidades. Sin embargo, nada era tan llamativo como el fuerte latir de su corazón contra su pecho.

¿Por qué habría hecho ella tal cosa?¿Por qué no le había pedido dinero sin más? ¿Todo lo que habían compartido había sido una farsa? ¿O acaso había encontrado a otro hombre, pero no quería renunciar a la seguridad que Adriano le brindaba?

Había tantas mentiras… Y ni siquiera podía distinguir qué parte había sido real y qué parte una farsa. Todo estaba manchado, el pasado, el presente.

Adriano no podía dejar de mirar aquellas fotos en las que Nyra aparecía semidesnuda abrazando a otro hombre y que le provocaban nauseas.

Fue entonces cuando comprendió que ella se le había metido bajo la piel, y que su traición era tan devastadora que quizá jamás pudiera recuperarse.

Adriano, un hombre que apenas se permitía sentir, hundió el rostro entre sus manos y soltó un gemido, luchando en vano contra la sensación de haber perdido algo preciado.

 

 

Nyra Shah Cavalieri contempló la larga mesa de caoba donde se encontraba sentado Adriano Cavalieri, el que era su marido desde hacía nueve meses. Sin embargo, él no la miró ni una sola vez durante las dos horas interminables que duró la cena.

Tras un suspiro, centró la vista en los ventanales con vistas al lago Como. Las colinas verdes salpicadas de villas elegantes y pueblos preciosos no lograban alegrarla. El atardecer teñía el cielo de tonos de rosa y naranja, pero ni siquiera la artista que había en ella podía apreciar semejante belleza.

Aquella villa siempre le había parecido una prisión en lugar de un hogar. Cuando Adriano estaba de viaje, ella se alojaba allí y debía soportar las burlas y los comentarios despectivos de los padres de él y de Fabiola y Federico, sus hermanos menores.

Cazafortunas y bruja eran algunos de los apelativos habituales. Y cuando Nigella, su suegra, se alteraba de verdad, Nyra incluso había escuchado la palabra zorra.

Nyra trataba de ignorar sus comentarios y, a veces, se preguntaba cómo reaccionarían Nigella y el resto de esa familia privilegiada si supieran de verdad cuál era su origen y cómo podría mancillar el apellido Cavalieri.

Aunque, en realidad, lo que más la preocupaba era imaginar cómo reaccionaría Adriano si le contase la verdad. Ver desprecio o repulsión en sus ojos grises le provocaría un nudo en el estómago.

Su marido era un hombre reservado y, nueve meses después, Nyra aún no sabía por qué se había casado con ella. Tampoco se lo había preguntado.

Cuando él estaba ausente, como durante las últimas cuatro semanas, la vida que él le había dado era como un sueño. Tal vez por eso no le afectaban los insultos de Nigella, porque ella misma se sentía una impostora. Una extraña en un mundo que no era el suyo y que podía derrumbarse en cualquier momento.

Incluso había intentado decirle a Nigella, de forma indirecta, que no tenía ningún interés en usurpar su lugar como matriarca de los Cavalieri.

Ella prefería alojarse en el pequeño apartamento cerca del lago Navigli, aunque por supuesto, tampoco era la propietaria. Nyra solo poseía los materiales de arte que él le había regalado. Aun así, ese lugar, con su cama con dosel, el estudio donde pintaba y el pequeño balcón con vistas al bullicioso paseo junto al lago de aguas cristalinas, era de los dos.

Habían marcado cada rincón con sus caricias, sus susurros, su silencio y las risas que se extendían hasta altas horas de la noche.

No obstante, todo aquello iba a cambiar. Irremediablemente.

Empezó a temblar, embargada por la emoción y el temor.

Durante meses había vivido como en una realidad paralela y, de pronto, había comprendido lo mucho que deseaba construir una vida con él, y lo brillante y maravilloso que podía ser su futuro. Especialmente cuando su familia estaba creciendo.

Familia… La palabra resonó en su interior como un gong. Era una nueva oportunidad. El comienzo de algo que jamás había soñado que podría tener.

No obstante, ¿cómo iba a comunicarle semejante noticia si ni siquiera le dirigía la mirada? ¿Y por qué tenía la sensación de que algo iba terriblemente mal?

Nada más entrar en la casa él había subido por las escaleras, sin siquiera mirarla, a pesar de que ella había corrido a su encuentro desde el huerto de naranjos donde se había estado escondiendo. Después tomaron un cóctel con toda la familia, y tuvo que reprimir las lágrimas cuando Nigella hizo un comentario acerca de que su hijo ni siquiera la había saludado.

Era la primera vez que se había sentido ofendida por uno de los comentarios de su suegra.

¿Cómo reaccionaría Adriano cuando se enterara de que iba a ser padre?

Sobre todo, después de la extraña velada que habían compartido antes de que él se marchara de viaje cuatro semanas atrás.

 

 

Como siempre, la había consumido con la boca y sus caricias, pero había habido algo más intenso en él. Como si estuviese igual de fascinado que frustrado por ella.

Puesto que a ninguno de los dos les gustaba hablar por teléfono, durante las cuatro semanas siguientes el silencio se había vuelto cada vez más tenso.

Nyra se preguntaba si habría sido culpa suya, mientras jugueteaba con el anillo de diamante falso que llevaba en el dedo.

Ella había alterado el ritmo armonioso de sus vidas con mentiras y viajes secretos a Londres, pero ¿cómo podría haberlo evitado?

Lo miró un instante y se quedó paralizada.

¿Lo sabría? ¿Habría descubierto qué era lo que pasaba?

En ese mismo instante, él la miró y ella sintió que un intenso deseo mezclado con pánico la invadía por dentro. Anhelaba que la estrechara entre sus brazos y la acariciara. Que le dedicara aquella sonrisa que solo le dedicaba a ella.

De pronto, uno de los primos le preguntó algo a Adriano y el retiró la mirada.

Habían pasado cuatro semanas. ¿No podía saludar a su marido sin que estuvieran presentes todos los miembros de su familia? ¿Y por qué tenían que compartir una cena de seis platos cada viernes?

Adriano no estaba muy unido a sus padres, básicamente se toleraban y ellos obedecían sus demandas porque él era la fuente de sus riqueza y alto nivel de vida.

Entonces, ¿por qué les permitía ver la rabia que sentía hacia ella?

De pronto, se sentía como Cenicienta. A punto de perder la carroza y el vestido.

Al cabo de un rato, después de lo que le pareció una eternidad, ella se aclaró la garganta con fuerza y preguntó:

–Adriano, ¿podemos hablar en privado, por favor?

Él la miró en silencio y ella notó que un sudor frío le empapaba la piel.

Él lo sabía.

Sabía que ella acumulaba todo tipo de mentiras y medias verdades.

–He organizado una gran fiesta para celebrar vuestra boda –intervino Nigella–. Aunque sea tarde, era necesaria, Adriano. Todo el mundo habla también sobre ti. No solo sobre ella.

–¿Qué quieres decir, mamá? –preguntó Adriano.

–Se comenta que no es un matrimonio de verdad. Que raptaste a una chiquilla de Las Vegas y la mantienes prisionera, como tu amante. Y que ese es el motivo por el que no te atreves a presentarla en sociedad.

Federico, el hermano menor de Adriano, un mocoso consentido a ojos de Nyra, comentó entre risas:

–Con solo mirarla se sabe que parece más una criada que una amante, mamá. –Le dio un codazo de complicidad a su hermana Fabiola–. Tú eres la reina de las redes sociales, Fabi. ¿No podrías publicar algo para que vean que nuestro hermano simplemente sufre de un episodio de locura temporal?

Al otro lado de la mesa, Adriano inclinó el rostro y cruzó los brazos. No obstante, la tensión en su rostro contrastaba con su apariencia calmada.

¿Esperaba que Nyra se defendiera? ¿O quería ver hasta dónde podían llegar las burlas de su familia?

Fabiola miró a Nyra de arriba abajo y frunció el ceño con desdén.

–Su estilo de hippie pordiosera no encaja con mi tipo de publicaciones, Federico.

El resto de los asistentes soltaron una risita.

–No podemos esperar que esté a la altura de nuestra familia, en cuanto a moda o conducta se refiere –añadió Nigella ante las carcajadas de sus hijos–. Y lo que realmente me molesta es que ni siquiera lo intente. Estás arruinando su nombre y…

–Ya basta, mamá –dijo Adriano con firmeza.

A ojos de los demás, parecía impasible, casi aburrido. Como uno de los bustos de mármol blanco que había distribuidos por la finca, esos que aún muertos debían proclamar la grandeza del apellido Cavalieri, no fuera a ser que alguien lo olvidara.

Jamás había visto a sus hermanos, ni a su madre, atacarla de forma tan directa. No tenía ni idea del tipo de cosas que le decían, porque Nyra jamás lo había comentado. Y el motivo de sus comentarios lo desconcertaba.

Además, entendía que ellos le hablaban así porque él se lo había permitido. Como una jauría rabiosa que, al leer la señal del macho alfa, se lanza sin piedad sobre la presa más débil.

Pero ella no era débil, se recordó.

Era más joven, sí. Y no tenía ningún poder, mientras que él sí. Quizá no tenía un céntimo a su nombre, pero eso no la hacía débil. Antes de que él irrumpiera en su vida, había sobrevivido. Había vivido cosas mucho peores que las burlas de su familia. Sola.

Pasase lo que pasase, podría soportarlo. Resistiría.

Y en cuanto a Federico, Nyra había lidiado con hombres mucho más peligrosos.

–Si crees que ser una criada es peor que ser una amante, Federico –le dijo mirándolo a los ojos y forzando una falsa sonrisa–, vas en camino de convertirte en una simple nota al pie del libro de historia de la familia Cavalieri. Lo siento, pero no habrá busto de mármol para ti, colega.

–No soy tu colega –replicó Federico con desprecio.

Nyra se encogió de hombros. Y creyó ver un destello en los ojos de Adriano. ¿Humor? ¿Reconocimiento? Pero cuando volvió a mirarlo, buscando cualquier cosa en su mirada, encontró frialdad.

Nigella la fulminó con la mirada.

–¿Cómo te atreves a hablarle así? ¡Adriano!

–¿Qué crees que puede hacer Adriano, Nigella? No soy un perro al que pueda darle órdenes.

Se hizo un silencio atronador. Nunca había respondido de esa manera. Pero eso debía cambiar.

Ya no se trataba solo de ella. No permitiría que nadie hablara así a sus hijos. Y tampoco podía seguir escondiéndose en aquel apartamento.

–Los perros son animales leales –dijo Adriano, llevándose la copa a los labios.

–Estoy de acuerdo –respondió Nyra, temblando por dentro.

«¿Pensará que robar un par de baratijas de su mansión me hace desleal?».

Aunque para un hombre con estándares tan estrictos, quizás robar y mentir sí la convertían en alguien desleal.

¿Pero ni siquiera iba a darle la oportunidad de dar una explicación?

¿Y por qué tenía que hacerlo delante de todos?

En los diez meses que se conocían, Adriano jamás había usado su poder para humillar o imponerse. Y, precisamente, eso era lo que le había hecho que se fijara en él.

Se humedeció los labios y trató de disimular el pánico que sentía en su interior.

–Supongo que debería haber elegido un insulto mejor para mí misma. –Se volvió hacia Nigella–. No comprendo por qué todos ustedes –incluyó con la mirada a los gemelos– se sienten tan amenazados por mí, pero no voy a seguir jugando a esto.

Fabi pronunció un sonido de asombro, como si Nyra hubiese mencionado algo indecible en público.

–No deseo vuestro poder ni vuestra posición en la familia. Vuestro veneno constante es agotador. Y, si lo que queréis es organizar una maldita fiesta y exhibirme ante la sociedad, estoy dispuesta a intentarlo –añadió, antes de mirar a Adriano–. Si eso es lo que quieres de mí.

No sabía si él podía oír la desesperación en su voz.

Un oscuro destello de humor inundó la mirada de Adriano.

–Ya cometí el error de tener expectativas hacia ti, cara. Y las has destruido. De forma bastante espectacular, debo decir.

Nyra sintió vértigo.

Todo el mundo la miró un instante. Después miraron a Adriano, como buitres hambrientos ante un espectáculo sangriento.

–¿De qué estás hablando? –preguntó Nigella con curiosidad–. ¿Tenía razón acerca de que ella es la ladrona?

Nyra empalideció.

Adriano dobló la servilleta y la dejó caer sobre su plato, donde apenas había tocado la comida.

–No habrá celebración. Al menos el mundo no ha presenciado mi episodio de locura temporal –miró a Federico un instante–. Tal y como tú has señalado acertadamente.

Nigella y los gemelos apenas pudieron contener su regocijo.

–¿Qué quieres decir, Adriano? –preguntó Nigella, fingiendo decepción.

A Nyra se le formó un nudo en la garganta y, en ese instante, se percató de dos cosas a la vez.

La primera, que su decisión terca y algo ingenua de compartimentar su vida y limitarse a una pequeña parte del día a día de Adriano había sido un error, ya que había provocado que su familia, y el mundo en general, asumieran que él la escondía por vergüenza. La segunda era mucho más devastadora. Había llegado el momento que tanto temía desde que se casaron en aquella capilla hortera.

Era medianoche y su carruaje, su vestido bonito y sus zapatos de cristal iban a desaparecer. También su príncipe atormentado.

Adriano se levantó y la miró. Llevaba una camisa blanca de Armani, con el cuello y los puños desabrochados, y parecía el héroe de una de esas novelas góticas que Nyra habría leído hace años.

–No habrá celebración. Este matrimonio ha terminado, Nyra… –A ella le pareció ver que le temblaban los labios al pronunciar su nombre–. Te irás hoy.

No había rabia, ni ira, ni reproche en sus palabras. Lo dijo con frialdad, sin emoción, y con la misma determinación con la que dirigía su imperio. Como si fuera una decisión tomada únicamente por él, y no por ambos.

–No, no hagas esto, Adriano, por favor.

–Bruno se encargará de todo. Tanto de la parte material como de la financiera.

–No, Adriano. No eres tú el que habla.

–No me conoces, Nyra. Y me has demostrado que yo tampoco te conozco. En absoluto.