La musa - Iván Barrientos Martos - E-Book

La musa E-Book

Iván Barrientos Martos

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Beschreibung

Florencia 1347. La población florentina vive su día a día de la mejor manera que puede, pero no sabe que algo feroz y horrendo está por llegar arrasando Europa a su paso. Nadie puede prever lo que se avecina y podrán ser testigos de hechos que nadie llegaría a imaginar. Una terrible epidemia se aproxima, y nadie será capaz de detenerla.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

Colección: Novela

© Iván Barrientos Martos

Edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.

Diseño de portada: Antonio F. López.

Fotografía de cubierta: © Fotolia.es

ISBN: 978-84-17011-28-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).»

Me gustaría agradecer la elaboración de este libro a esas personas que han hecho posible que hoy esté físicamente entre nosotros; a la editorial Letrame por todo el apoyo en el camino y por darme la oportunidad de poder cumplir un sueño desde pequeño; a todos aquellos que ya no están y que no dejaron más que polvo y arena en mi corazón y también a ese pequeño y afortunado círculo de confianza que han tenido el privilegio de ser hasta la saciedad acribillados con mis charlas y comentarios sobre libros y han sabido salir vivos.

Pero mi más preciado agradecimiento se lo he de dedicar a mi hijo, que desde antes de nacer, ya me sentía orgulloso de él, y también a mi persona amada que, sin su testarudez, comprensión y un incansable ánimo para ayudarme en este mar de incertidumbre, habría naufragado en mi penoso viaje sin rumbo. También dar un caluroso abrazo a todos los que han apreciado, en mayor o menor medida, el valor que tiene este libro para mí y espero que me acompañéis por más tiempo en mis aventuras y que os guste tanto como a mí me gustó crearlo.

A todos vosotros, os debo este libro que tenéis hoy aquí.

Iván Barrientos Martos

“Me ató a sus brazos, con placer tan fuerte, que, como ves, ni aun muerta me abandona.”- Dante Alighieri.

Prólogo

Un oscuro mal nació de las entrañas de Asia, entre los años 1338 y 1339 en una confusa época de guerras, hambre y enfermedades. Cuando la gente empezó a manifestar los efectos de dicho mal, hubieron personas que, despavoridas, intentaron escapar de ella, pero tan solo consiguieron propagar más y más su efecto; y con cada animal y persona portadora, hubieron cada vez más víctimas, que morían sin explicación alguna y sin un atisbo de piedad o misericordia.

Nadie estaba a salvo de su mano negra, nadie. Los que negaban su existencia, morían llenos de extraños bultos y comidos por las propias heridas que les salían; y aquellos que, en vano, intentaban acabar con ella, contemplaban exhaustos e impotentes, como sus esfuerzos no eran más que tirados por tierra; sin explicación, sin saber nada más que lo que veían. Poco a poco y sin que nadie consiguiera hacer frente a tan mortal intruso, solo podían ser testigos del remolino de destrucción y muerte que les azotaba sin descanso.

Este mal, como una ola de putrefacción y enfermedad, dejaba tras de si, campos perdidos, cadáveres y desolación sin siquiera detenerse. No había escondite posible ni mar lo suficientemente lejano como para escapar de él. Pronto, todo el mundo se vería sacudido por su ira. Todos conocerían el rostro de la muerte. Un rostro que, amenazante, arrasaría toda esperanza de vida en las ciudades y pueblos de Europa, sin descanso, paciente pero mortal, mostrando el verdadero horror que aguardaría a ciudades como Florencia...

Capítulo 1

El sonido de las pisadas se ahoga por los escandalosos gritos de los comerciantes de la plaza. El ambiente huele a pescado y a queso, y hay momentos en los que uno debe apartarse para no chocar con cualquier otro viandante. Los vendedores muestran con orgullo sus recién adquiridas mercancías como si de oro o de joyas se tratase. Todo pasa desapercibido en este mercado, pues los paseantes centraban sus miradas en los productos, pero no se fijan que un ratero anda al acecho de obtener un fresco botín. Y estando en Florencia y siendo la época que era, el ratero hoy se llevaría un buen pellizco.

Un joven de la zona mira con desinterés la comida, la gente que se apretujaba cada vez más y los toldos de los puestos del mercado.

-¡Compren, compren! -gritan los tenderos casi al unísono.

El joven agarra con fuerza su bolsa, pues los rateros podrían, en cualquier momento, arrebatársela. Mientras avanza, los tenderos presentan con más ahínco sus mercancías.

-¡Buenos días, caballero!¡Mirad mi pescado!

-No me interesa -dice el joven tensamente.

-No verá pescado más fresco que el mío. ¡Coja esta merluza y lo verá!

-Esta merluza no está fresca, se nota a un kilómetro. Y no solo eso, más de la mitad del pescado de la parada está en mal estado.

El tendero pone cara de ignorancia por el comentario del joven y dándose la vuelta, busca con la mirada a compradores más inocentes. El joven sigue caminando por el mercado, pero algo capta su atención por encima de todo el ruido que pudiera haber. Se acerca al puesto que le había llamado la atención; era una tienda de pintura y cuadros. Coge uno con desconfianza y lo mira atentamente.

-¡Buenos días, señor! Veo que le ha llamado la atención este pequeño lienzo.

El joven estaba en silencio. No podía creer lo que estaba sosteniendo entre sus manos. Sus ojos se tornaron oscuros de repente y desapareció cualquier atisbo de sonrisa en su rostro.

-Verá, este cuadro es de un pintor llamado Giovanni Ferro. Tiene un arte exquisito como se puede apreciar. ¿Os suena el pintor?

-Vagamente -alcanzó a decir el joven.

-Se dice de él que es un hombre excéntrico y que rara vez sale de casa. Al menos, eso se dice por el pueblo. Y este cuadro que vos sostenéis en las manos se llama...

-“A la sombra de un olivo.”

-¿Cómo lo habéis sabido? Excelente -decía atónito y alegre el tendero.

El reflejo del rostro del joven florentino iba de la ira a la oscuridad en cuestión de segundos.

-¿Cómo lo ha conseguido?

-Vino un día una joven pareja y lo portaba la mujer; joven y bella cual atardecer. Tenía el cabello negro como el azabache y portaba en el cuello una curiosa joya.

-¡¿Qué?! -grita de enfado el joven casi dejando caer el cuadro de sus manos.

-Lo que ha oído, buen señor. No quisieron mis monedas por él. ¿Se encuentra bien? -pregunta asustado el tendero al ver la cara que ponía por momentos el joven.

-Si. Tenga -le entrega el cuadro al vendedor y se marcha hecho una furia hacia un rumbo desconocido.

El exterior de la casa estaba bañada por la luz del sol de primavera de media mañana. La mañana era cálida y se notaba el olor a verano que se avecinaba en pocos meses. En el interior de la casa se podía vislumbrar a dos personas casi desnudas, cubiertas únicamente por una sábana. El día era cálido y las ventanas estaban abiertas y en la cámara había un ambiente de lo más tranquilo y con una temperatura serena. Lo que rompía el silencio de la mañana en esa casa eran los gozos y gemidos de una joven mujer que exhalaba placer por todos los poros de su fina piel.

-Ay, Roberto, amore... -decía ella casi derritiéndose de placer en cada palabra.

-No ha estado nada mal, ¿verdad? -pregunta él de la misma manera; ambos intentando poner en orden su respiración de nuevo.

-Como siempre, tutto perfetto -le responde la joven morena mientras le da un beso en el pecho. Entonces, como si ese beso hubiera desencadenado un fuego, ambos empiezan otra vez a darse amor entre tiernos abrazos y besos. Ella se coloca a horcajadas sobre él y deja al aire su torso desnudo, con los pezones rosados y suaves apuntando al techo.

-Eres bellísima.

-Tú tampoco estás nada mal -ríe con una sonrisa pícara y llena de deseo carnal.

-Creo que aquí hay algo que quiere jugar de nuevo -le dice él con picardía también. Vuelven a fundirse con un nuevo abrazo y con un beso largo y pasional, hasta que un ruido les sorprende desde el piso de abajo.

-¿Qué ha sido eso?

-¿Qué ha sido qué? -pregunta ella desde el placer, casi sin oír la pregunta.

-¡Anetta!¡Anetta! -suenan gritos desde abajo y subiendo las escaleras.

-¡Por la ventana, rápido! -le susurra rápidamente a su amante hacia la ventana, ambos desnudos y temerosos.

-¡Anetta! -la voz abre la puerta y ve la escena, tan impactante como dolorosa. La voz era la del joven de la plaza. Su rostro, encogido por el dolor y la ira, solo pudo expresar una frase:

-Figlia di puttana...

-Giovanni, ¿qué haces aquí tan pronto?

-Creo que esa no es la pregunta adecuada. No solo te diviertes regalando mis cuadros como si fueran caramelos, sino que también tienes que irte a la cama con mi antiguo ayudante.

-Maestro... -dice él asustado, desnudo y frágil.

-¡No te atrevas a hablarme, porco! -le grita al tiempo que un gancho de derecha le cruza la cara al amante desnudo. Cae al suelo de espaldas y cuando está a punto de levantarse, Giovanni le propina una patada en el trasero, que hace que salga despedido de la habitación.

-¡Déjale en paz! -grita una voz femenina proveniente del lecho.

-Y tú, mejor cállate. ¡Tú eres aquí la más culpable! Te quiero fuera de mi casa.

-Deja que me explique...

-Fuera, presto. -le dice Giovanni empujándola mientras ella apenas se cubría el cuerpo con la sábana que portaba.

Entonces, corre hacia la ventana por la que se quería escapar el amante y asomándose como una bestia, grita a la calle:

-¡No te cubras, no! Que todo el mundo vea cuan troia eres.

Ambos amantes salen corriendo por la calle intentando taparse el cuerpo desnudo con las manos.

-¡Fottere! -grita Giovanni desde su habitación, al tiempo que le propina un puntapié a la cama. Luego, abatido y enrabiado, se deja caer sobre ella y se sienta, perdido en sus propios pensamientos. Dándole vueltas la cabeza, decide levantarse e ir a su santuario, a su rincón particular, al lugar en el cual puede ser él mismo: su estudio. Ahí no pueden entrar malos pensamientos; ahí él se deja llevar por el olor a óleo, a grafito y demás fragancias que viajan por el aire en ese particular espacio. Las ventanas, que daban a una plaza, dejaban entrever colores; como si de un mar se tratara, y los vestidos y atuendos de los paseantes parecían peces de colores, ofreciendo a Giovanni una sensación de calma y serenidad en sus pinturas.

Giovanni se sienta en su taburete de trabajo a ver la gente de Florencia pasar, indiferentes e ignorantes de que les están viendo. Entonces, con la elegancia de una pluma acariciada por el viento, eleva su brazo hacia una brocha y la moja en el color negro y empieza a pintar en el blanco lienzo extrañas figuras, altas y con forma espigada y recta. Como si su mano fuera guiada por un ente o una presencia, cambiaba de pincel, retocando aquí y allá, aplicaba más color en el oscuro cuadro al tiempo que la cantidad de gente era menor en la avenida y las tiendas y negocios iban poco a poco cerrando sus puertas y el sol se iba convirtiendo en una sombra de lo que era.

Giovanni, como “hechizado” por una dulce melodía, daba forma a sus sentimientos y quedaban atrapados en el cuadro, quizás para toda la eternidad. Sudaba y se apartaba su largo cabello negro muchas veces, pero ni la gente de la calle, ni el sol, ni el calor; nada le hacía parar en su pintura.