La mutación sentimental - Carme Torras Genís - E-Book

La mutación sentimental E-Book

Carme Torras Genís

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Beschreibung

Celia, una niña de trece años a quien criogenizaron porque sufría una enfermedad terminal, es devuelta a la vida en el siglo xxii para ser adoptada. En una sociedad futura donde cada cual tiene un asistente robótico, Celia choca con la manera de pensar, actuar y relacionarse de la madre adoptiva y su entorno, tan distinta a la de su familia biológica. La inadaptación de Celia atrae a Silvana, una masajista emocional que estudia las sensaciones perdidas por los humanos, y a Leo, un joven ingeniero que está diseñando una prótesis de creatividad en la empresa de robots personales líder del mercado, CraftER, dirigida por el enigmático Doctor Craft.

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Seitenzahl: 402

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Celia, una niña de trece años a quien criogenizaron porque sufría una enfermedad terminal, es devuelta a la vida en el siglo XXII para ser adoptada. En una sociedad futura donde cada cual tiene un asistente robótico, Celia choca con la manera de pensar, actuar y relacionarse de la madre adoptiva y su entorno, tan distinta a la de su familia biológica. La inadaptación de Celia atrae a Silvana, una masajista emocional que estudia las sensaciones perdidas por los humanos, y a Leo, un joven ingeniero que está diseñando una prótesis de creatividad en la empresa de robots personales líder del mercado, CraftER, dirigida por el enigmático Doctor Craft.

Carme TorrasGeníses doctora eninformática yprofesora de investigaciónen el Instituto deRobótica(CSIC-UPC).En el ámbitocientífico, ha publicadolibros y artículos sobremodelosneuronales, visiónpor computador, inteligenciaartificial yrobótica.Ha sidogalardonada conel premioDivulgadel Museo de laCiencia de Barcelona, el premioRafael Campalansdel Institutd’Estudis Catalans,y la medalla NarcísMonturiolde la Generalitatde Catalunyaal mérito científico ytecnológico.En el ámbitoliterario,susnovelasPedres de toc(Columna, 2003) yMiracles perversos(Pagès Editors, 2011) merecieronlos premiosPrimeraColumnay Ferran Canyameres de intriga y misterio.La mutaciósentimental(Pagès Editors, 2008), ahora traducida al castellano,obtuvo elpremio Manuelde Pedrolode ciencia-ficción 2007y el premioIctineuaobra publicada2009.Más información en<http://www.iri.upc.edu/people/torras/raco_literari>.

Traducción: bea Puig

Ilustración de la cubierta: Cèsar Isern

© Carme Torras Genís, 2011

© de la traducción: Bea Puig y Carme Torras, 2011

© de la edición impresa: editorial Milenio, 2011

Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida

www.edmilenio.com

[email protected]

Primera edición: diciembre 2011

ISBN: 978-84-9743-475-1

DL L 50-2012

Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, SL

Printed in Spain

Título original en catalán:

La mutació sentimental

© Pagès editors, SL, 2008

© de la edición digital: Milenio Publicaciones, SL, 2013

www.edmilenio.com

Primera edición digital (epub): abril de 2013

ISBN (epub): 978-84-9743-522-2

Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, SL

www.bobala.cat

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista porla ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, <www.cedro.org>) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Índice

SINOPSIS Y BIOGRAFÍA

PORTADILLA

CRÉDITOS

DEDICATORIA

ITINERARIOS DE LECTURA

Parte I. ROBOTS, MASAJES Y UNA ADOPCIÓN

1†

2

3*

4

5†

6

7†

8*

9

Parte 2. NOCHEVIEJAS

10†

11*

12

Parte 3. LA PRÓTESIS DE LA CREATIVIDAD

13†

14

15†

16

17

18†

19

Parte 4. IMPREVISTO

20

21†

22

23

24

25†*

Parte 5. TRANSMISIÓN DE SENTIMIENTO

26

27†*

28†*

Parte 6. LA CLAVE DEL TIEMPO MUERTO

29

30

31

32*

33†

INFORME DE REACCIONES

AGRADECIMIENTOS

«It is the relationships that we have constructed which in turn shape us.»

Robert C.SOLOMON,The Passions, 1977.

«Son las relaciones que hemos construido, que a su vez nos modelan.»

ITINERARIOS DE LECTURA

—INSTRUCCIONES PARA ROBS—

Si tu PROP es sensible, práctico, busca entretenimiento y detesta las disquisiciones que parecen no llevar a ninguna parte, descárgale solo los capítulos básicos:

Historia de Celia: 2-4-6-9-12-14-16-17-19-20-22-23-24-26-29-30-31

Si es un adicto a los gadgets tecnológicos y no pierde ocasión de polemizar, añade los capítulos marcados con una cruz (†):

El contexto protecno: 1†-2-4-5†-6-7†-9-10†-12-13†-14-15†-16-17-18†-19-20-21†-22-23-24-25†-26-27†-28†-29-30-31-33†

Si es un outsider, profesa un auténtico culto al cuerpo y es muy crítico hacia la tecnología, conéctalo a los capítulos con asterisco antes no te desactive:

El punto de vista de La Comu: 2-3*-4-6-8*-9-11*-12-14-16-17-19-20-22-23-24-25*-26-27*28*-29-30-31-32*

Si es un quisquilloso que te acusa siempre de esconderle información, pásale el material íntegro, pero no todo de una vez. Guarda los capítulos finales para cuando proteste.

Si tu PROP no encaja en ninguno de los perfiles anteriores, búscale otros materiales más adecuados.

Excepto en el último caso, prográmate para devolver el cuestionario incluido al final si no quieres que te sea cortado el suministro de nuevos materiales. Detalla en él las reacciones de tu PROP, que nos permitirán corregir defectos y aumentar el atractivo de ediciones futuras.

—FIN DE LAS INSTRUCCIONES PARA ROBS—

Parte I. ROBOTS, MASAJES Y UNA ADOPCIÓN

1†

2

A Lu le ha resultado muy complicado encontrar ropa parecida a la que se usaba a principios del siglo veintiuno, afortunadamente aquella moda había vuelto a tener un momento de auge solo cincuenta años atrás, porque en ese tema el psicólogo había sido tajante: la indumentaria era imprescindible para no asustar a la niña. Con gesto esforzado se embute en unos pantalones azules tan duros y ásperos que le dan escalofríos y en una camiseta de color blanco amarillento que le provoca una mueca de asco. No ha podido encontrar zapatos de piel, espera que no se vaya a fijar en ese detalle. Al mirarse de reojo en el espejo la imagen de su abuela le impacta en la retina. Hoy sí se parece a aquellas fotos antiguas sin relieve alguno que la abuela se obstinaba en mostrarle en su reliquia de ordenador y que tanto llegó a odiar en su infancia. Somos exactas, nena, ¿no lo ves? Y a ella le horrorizaban los ojos ribeteados de negro y las mejillas caídas pero, lo peor, aquellos pantalones ajustados abriéndose como una copa a un vientre abotargado y sin rastro de cintura.

Ni remotamente, abuela, no nos parecemos ni siquiera vestidas con los mismos harapos. De puntillas se da la vuelta sin dejar de mirarse y piensa que la gimnasia pasiva y los masajes le han sentado de megabyte. Gracias a ROBul sus caderas prominentes se estrechan hasta una cintura de maniquí. Y ahora... ¿Cómo se las arreglará? ¿Cómo podrá sobrevivir sin su robot? Se sorprende de haber sido capaz de aceptar tal sacrificio. Será cuestión de un par de semanas según le han asegurado, hasta que Celia se sienta segura en su nueva vida. Celia. Fija la vista en la puerta de la habitación tratando de imaginársela ahí, primero recelosa, sin atreverse a mirarla, después corriendo hacia ella y lanzándose a sus brazos en busca de una caricia. Se abraza a sí misma en un gesto nuevo que le gusta y, entornando los ojos, le parece sentir ya la respiración de la niña contra su vientre.

Lentamente se deja caer en la silla del tocador imaginando el placer de peinar aquel pelo lacio, precioso, el más largo que nunca haya visto. Los médicos le han dicho que tardará por lo menos tres años en volverse caduco y, pese a su insistencia, no ha logrado entender por qué no es posible evitar su caída. Que si todo es culpa de la degradación ambiental que provoca mutaciones genéticas, que si los árboles de hoja perenne también se han extinguido en las últimas décadas. Esos sabihondos engreídos se llenan la boca de palabras rimbombantes por no reconocer que no tienen ni idea de nada. Y luego la típica bromita esa de que los calvos están encantados cuando en otoño se le cae el pelo a todos... y a todas, aún ha añadido mirando su cabellera de ocho meses. Imbéciles. Ya se encargará ella de encontrar un buen especialista para que su Celia sea la envidia de todos. Empezando por esa pánfila de Fi, harta de calificar la adopción de frívola y de inhumana, harta de ironizar sobre la extinción del Tercer Mundo que obliga a importar niños del siglo pasado, pero que, seguro, daría cualquier cosa por estar ahora mismo en su lugar.

Aparta su rubia cabellera a ambos lados de la cara y se dispone a maquillarse. En el montón de años que lleva sin hacerlo por sí misma, los productos han evolucionado una gigada: ahora son inteligentes, capaces tanto de potenciar el propio estado de ánimo como de enmascararlo para simular exactamente el contrario. Conviene no equivocarse porque al cabo de un tiempo la simulación se impone y podría acabar cambiándole el humor contra su voluntad. Afortunadamente, ROBul ha cuidado todos los detalles y ha dejado cartelitos e instrucciones por todas partes. En el panel del tocador selecciona diversas opciones.Partenaire: hija; empatía: alta; situación: bienvenida; estado de ánimo: alegre; emoción: ternura. No es necesario especificar día, hora, ni clima porque el programa los toma por defecto. Pulsa el botón señalado con una flecha y los potingues elegidos para la cara, los ojos y las pestañas se depositan con suavidad sobre la mesa. No tarda en darse cuenta de que ha perdido soltura en maquillarse y el proceso le resulta francamente engorroso, pero es el precio que hay que pagar y, al fin y al cabo, serán solo un par de semanas. Cuando termina, una Lu rejuvenecida y maternal la saluda radiante desde el espejo. “Sertuum — hacemos milagros para ti” le recuerda la propaganda fugaz sobreimpresa como un collar bajo su rostro.

Ya a punto de salir, se dispone a cubrirse con el habitual capote anti-UVA y el contraste con su vestimenta la frena un momento, como si el psicólogo acabase de pillarla en falta. Un abrigo de los antiguos seguro que la protegería del frío nórdico que, más o menos, debe de ser el mismo que en otra época, pero el pelo y el cutis se le estropearían con el exceso de radiación. No puede arriesgarse. Además, la niña no verá en ningún momento el cobertor que se habrá quedado a la entrada en la cabina de descontaminación. Fue el único aspecto de la clínica que le gustó de verdad, aquella cabina vidriada capaz de quitarle delicadamente la ropa de protección sin que ella tuviese que hacer el más mínimo esfuerzo, y de devolvérsela puntualmente a la salida. Había visto otras parecidas en centros médicos y en clubes de salud pero ninguna tan elegante como esa. Y ahí termina la tecnología punta, por lo menos a escala visible porque el resto es, a todos los efectos, una clínica de hace un montón de años, para no asustar a los niños, según se apresuraron a explicarle. Hay que tener megajeta para justificar un servicio deficiente mediante una teoría tan pueril. La misma que, afirman, les ha obligado a ubicar una clínica exclusiva en una zona desértica del extrarradio. Como si a los niños les pudiese traumatizar ver hierro y hormigón a través de la ventana, y también algunos aero’viles, claro, pero de todos modos se los van a encontrar en cuanto salgan.

A este paso la que no va a salir va a ser ella. Nunca había tenido que preocuparse por dejar la casa preparada para la vuelta e, inexperta, se ha quedado bloqueada frente al cuadro de mandos. Necesita a ROBul más de lo que creía. Pese a haber seguido sus instrucciones bit por bit, tiene la sensación de que alguna cosa no está bien. Pero no puede entretenerse más. Solo faltaría que la niña despertase sin estar ella presente. Desestimarían la adopción, se lo dejaron bien claro: para establecer un buen vínculo filial lo primero que ha de ver cuando abra los ojos es el rostro de su nueva madre. Ojalá funcione. Celia, Celia, Celia, el nombre late con fuerza en su cabeza, en su cuello, en toda ella. No le gusta nada pero, de momento, no le permiten cambiárselo.

3*

SILVANA

Si no la conociesen, los que se cruzan con ella por los pasillos de La ComU verían a una mujer madura, al borde de los cincuenta, rubia, con ojos claros y el aspecto falsamente desaliñado de quien se sabe poseedora de un encanto innato. Pero todos la conocen y lo que primero ven es a la mujer de Baltasar, líder del movimiento “Detengamos el bumerang” y artífice de su presencia en este lugar. Saben que es una mujer de carácter, curtida en muchas lides, y también saben que no la catarán... a pesar de que avance repartiendo sonrisas, tocando la fibra sensible de cualquiera que se cruce en su camino y alimentando en más de uno la ilusión de que todo es posible.

En su trayecto hacia el trabajo, aparte de saludar a unos y otros, solo se detiene para recoger un encargo en la agencia bibliográfica. Mientras le entrega dos de los volúmenes requeridos, la máquina dispensadora la avisa con voz metálica que no ha podido conseguir todavía El mundo de ayer de Zweig porque no hay un solo ejemplar en el Fondo Público y ha sido necesario solicitar los derechos de digitalización. Si la propiedad no pone problemas, su copia estará lista en un par de días.

Este pequeño inconveniente le estimula las ganas de sumergirse inmediatamente en esos libros antiguos y olvidarse del día y de la hora. O aún mejor, que sea el día el que se olvide de ella. No es que le disguste dirigir las sesiones de estimulación emotiva, al contrario, en menos de una hora estará inmersa en ellas en cuerpo y alma y no recordará haber hecho nada mejor en la vida, pero en este preciso instante tiene el presentimiento que la biografía de Gandhi y, en especial, ese librito con el sugestivo título Un hombre, de una tal Fallaci, pueden darle las claves para recuperar el sentimiento que persigue desde hace meses y que hasta ahora le ha resultado tan esquivo. Quizás porque no se ajusta a sus ejes de trabajo, pensaba ayer, y las descripciones de sus coetáneos la ayuden a descubrir las dimensiones que faltan.

A su llegada al centro de salud va directamente a ver a Sebastián, el centralizador de incidencias de su unidad, y le pide permiso para ausentarse de la sesión de casos clínicos de la tarde. El único miembro fundador que la conoce desde antes de ser la pareja de Baltasar le rodea los hombros con el brazo y la invita a sentarse un momento. Quiere asegurarse de que todo va bien y, de paso, sondear qué idea anda rondando por su cabeza.

—No sufras, no se ha producido ninguna urgencia en tu área. —Se sienta a su lado: las piernas inacabables y el torso algo inclinado hacia atrás ejerciendo de contrapeso—. Pero nos gusta que estés presente y últimamente no es que te prodigues demasiado.

—Vaya por lo mucho que ya me he prodigado. —Su tono es firme sin llegar a ser desairado. De ningún modo piensa renunciar a su tarde de lectura ahora que la intuye posible.

—Ahí me duele. Tú fuiste la promotora, el alma de esas puestas en común. —Los brazos, cercanos, se rozan levemente—. Siempre dijiste que diseccionar un caso, contrastar los últimos datos científicos con la experiencia clínica, enfrentar las diferentes opiniones... en fin, buscarnos las cosquillas los unos a los otros —simulando la intención de hacérselas le acaricia suavemente un pecho— era la mejor escuela para los jóvenes, ¿recuerdas?

—Sí, y lo sigo creyendo. Pero ocurre que los jóvenes de entonces han crecido y ahora les toca a los nuevos tomar el relevo. Yo tengo otras inquietudes, otros proyectos...

—¡Caramba! Vaya un lenguaje. Cualquier día nos dices que te pasas a las multinacionales del otro bando.

—Necesito tiempo, Sebas. —Ha bajado el tono una octava y sus ojos buscan las pupilas del hombre—. Llevo meses persiguiendo una idea y tengo la sensación de que al fin estoy a punto de concretarla.

—Tú y tus quimeras, Silvana, no has cambiado un ápice en treinta años. —Ahora es él quien la toma por los brazos y le clava las pupilas—. Te miro y aún veo en ti a la jovencita de dieciocho años dispuesta a comerse el mundo.

Sumergidos de pronto en una partitura que les subyuga, un dueto grabado en sus cuerpos más allá del pensamiento, se levantan abrazados y los labios del uno se proyectan hacia los del otro hasta encontrarse. Giran durante unos instantes, despacio, saboreando el momento, antes de volver a sentarse y retomar, como si nada, el compás de la conversación.

—¡Y me lo voy a comer! Puede que no el mundo actual, pero sí el de hace un par de siglos. —Cruza las piernas como quien lanza un anzuelo.

¡Y pican!:

—Venga, cuéntame cuál es ese nuevo sentimiento que te lleva de cabeza. —La mano sobre el muslo y la reacción condescendiente de ella—. “Nuevo” es un decir, mujer, no he olvidado que solo te interesan las emociones anacrónicas y, a poder ser, extinguidas.

—Me encantará contártelo con calma otro día, hoy me están esperando. —La mano sobre la mano que acaricia—. Pero te adelantaré que era un sentimiento que requería distancia, suena raro, ¿verdad? Justo lo contrario de lo que pregonamos aquí. Uno en que ni la belleza, ni las capacidades físicas, ni el tacto, ni otras sensaciones intervienen para nada. Tampoco tiene ninguna relación con conexiones electrónicas, no te vayas a creer. —Se ha puesto tan seria que instintivamente Sebastián retira el brazo y se esfuerza por unirse a su interés profesional.

—¿Pero era de atracción o de repulsión? ¿Dominante o...? ¿En qué lugar de la escala psicogenética estaría posicionado?

—Todavía no he podido situarlo, estoy aún en el estadio previo de averiguar su composición. Creo que debe involucrar al lóbulo frontal, la amígdala y alguna área del sistema límbico, puesto que tiene dosis de ambición, de respeto y de capacidad de sufrimiento. Podría catalogarse como de atracción si no fuera porque, curiosamente, no permite que los cuerpos se acerquen. Tal vez se deba a que ese sentimiento solía fluir desde una persona joven hacia otra de mayor edad... con algunas excepciones, claro, que solo sirven para complicar las cosas. Ya ves, Sebas, se sale de nuestros parámetros. —Apoya ambos pies en el suelo con intención de levantarse.

—¿Queda algún vestigio en la población actual? —Sumergido en el tema por culpa de unos ojos magnéticos, se resiste a dejarlo.

—Ni rastro. Por eso no estoy segura de si podré captarlo, sin referentes, sin contexto y quizás sin la bioquímica ni los órganos adecuados.

—¿Tanto tiempo hace de su extinción para que el substrato se nos haya atrofiado? ¿No es susceptible a tus programas de estimulación? —Ahora las preguntas se le ocurren a raudales.

—Ya me gustaría pero me temo que no. Nada que ver con los celos o el pundonor, mucho más cercanos en la escala evolutiva. Ni con la paciencia... —Se levanta, le besa maquinalmente en la frente y se va evitando mirarle— que, por cierto, a mí me han estimulado en exceso.

Sabe que en el E3 la espera un buen número de aspirantes ansiosos de ofrecerle la piel a cambio de que sus manos les abran nuevos horizontes. Siempre estuvo orgullosa de ello y ahora, en cambio, se pregunta qué derecho tiene a cambiarles la vida. Vienen por voluntad propia, de acuerdo, posiblemente insatisfechos de la monotonía del día a día, de sus trabajos y de sus relaciones electrónicas. Les han dicho, o se imaginan, que experimentar nuevas sensaciones les divertirá y, por mucho que les advierte, no se creen que es un salto hacia lo desconocido. Ella lo ha dado por convicción, porque sabe que es un paso previo indispensable para la recuperación de emociones, pero la mayoría de voluntarios no es eso lo que buscan. A duras penas si entienden que, en este caso, “e-moción” no alude para nada a electrones en movimiento.

Acelera el paso tratando de huir del pensamiento que la persigue, la acusación que le lanzó aquella inglesa, absolutamente desquiciada, antes de abandonar la última sesión: en otro tiempo las manos se imponían para curar, pero tú solo sabes infligir dolor. Pocos meses atrás hubiese respondido aquello de “No pain no gain” y se hubiese quedado tan ancha. Pero ahora lo entiende de otro modo. No todo el mundo anhela el conocimiento y es injusto hacerles sufrir sin gratificación posible. Aunque sean voluntarios. Depositan en ella una confianza muy superior a la que es capaz de asumir. Antes se sentía segura de lo que hacía, creía conocer las vías de propagación, los mecanismos neurales... ahora sabe que lo único que domina a la perfección es el detonador. Una vez iniciado el proceso, se convierte en una guía atenta y cuidadosa, sí, pero sin demasiado control sobre la dinámica profunda y menos aún sobre las bifurcaciones.

Atraviesa como siempre el cartel holográfico que delimita el Espacio de Estimulación Emotiva por la segunda E, que la conduce directamente a su sitio. Benjamín ya ha distribuido a los asistentes por parejas, uno tumbado de espaldas y el otro arrodillado a sus pies, como varillas de un abanico que confluyen en Silvana. El piso es de un material suave y liso, nada ergonómico, que les obliga a moverse, incómodos, en busca de la mejor posición. Ni uno solo le devuelve la mirada que ella les va dirigiendo en un intento de captar cuál de ellos podrá brindarle una buena réplica o quién le echará en cara el sufrimiento. Nadie. Cada nuevo grupo tiene menor entidad: van perdidos, a duras penas si son conscientes de donde tienen los pies. Elige a uno de los que le quedan más cerca y le palpa con destreza desde el dedo pulgar hasta el meñique para descender luego hasta el talón zigzagueando. El chico serpentea como una anguila, igual que si Silvana tuviese en las manos el mando a distancia de su cuerpo. Cuando le pregunta qué ha sentido, él la mira desorientado y responde que nada, no es consciente de haber movido un solo músculo.

En cambio, para ella, la relación entre los puntos de presión y los resortes activados ha sido tan clara que, mediante ese único contacto, ha podido identificar el reflejo miniaturizado de todo su esquema corporal y situar en él cada uno de los órganos vitales. Con un marcador táctil señala sobre el pie las referencias y a continuación guía la mano de la pareja por el mismo itinerario que ella acaba de recorrer. A partir de ahí se inicia un juego de aventura donde uno y otro deben colaborar en la profunda exploración de ese camino, orientándose mutuamente, hasta agotar todas las variantes posibles de este ejercicio básico.

Mientras repite el proceso con las distintas parejas, aprovecha para advertirles:

—La estimulación táctil es únicamente la puerta de entrada a un viaje muy largo... y para algunos muy doloroso —añade recordando a la inglesa—. Según las estadísticas la mitad de los presentes habréis abandonado después de tres sesiones y una única pareja llegará hasta el final.

Pobres chavales, les compadece mientras les sermonea, cada vez parecen más desvalidos. Pensar que las amebas nacen ya adultas, o que los ciervos solo tardan un par de días en correr y procurarse alimento, mientras que estos pasmarotes... todavía no son siquiera conscientes de que tienen cuerpo. La generación de niños para siempre, como les bautizó Balt, ya está aquí: nacieron entre robots y, de hecho, han sido criados por ellos. De poco les servirán las campañas de sensibilización, los masajes y los cursillos de estimulación emocional. Ya es demasiado tarde. Hay que tomar medidas más drásticas para detener el bumerang. De otro modo pronto el periodo de invalidez se prolongará durante toda la vida y los humanos envejecerán y morirán antes de ser adultos. Ciertamente cuanto más complejo el animal, mayor tiempo de crianza requiere, pero todo tiene un límite y, al final, la especie más desarrollada del planeta acabará extinguiéndose por exceso de evolución. Se asusta por haber tenido una idea tan grandilocuente y, al fijarse en el cinturón cargado de sensores que oprime el abultado vientre del muchacho que tiene delante, concluye que esa extinción tendrá una causa mucho más prosaica: un empacho tecnológico.

4

CELIA

¿Qué pasa? ¿Alguien ha venido a despertarla... o solo ha sido un ruido? Tiene mucho sueño y los ojos le pesan tanto que no puede abrirlos. Tampoco se puede mover. ¡Mamá!, grita por dentro, pero la voz no le sale y la boca no la obedece. Puede que esté soñando. ¿Qué pasó anoche? Solo recuerda que le administraron otra vez una de aquellas inyecciones... por eso se encuentra tan abatida. Le gustaría dormir un poco más. Ya la despertará mamá cuando sea la hora. Está incómoda pero no puede darse la vuelta. Por lo menos ya no siente aquella opresión en el pecho ni tiene dolor de cabeza... solamente esta niebla. Respira bien, sí, arriba, abajo, arriba... uh, huele raro, como a jarabe, le recuerda a su Nancy. Qué ilusión cuando papá se la trajo de Andorra. ¿Dónde estará ahora? Ya hace mucho que no juega a las muñecas pero aún la quiere, ¡claro que sí! Le pedirá que la busque y se la traiga. La pondrá aquí, a su lado en la cama para que le haga compañía. ¡Eh! Parece que su brazo se ha movido. Intenta volver a hacerlo y... sí, ¡lo mueve! O sea que no está soñando. Apenas puede abrir los ojos. Vaya luz más potente, está deslumbrada.

—¡Psss! Que ya despierta. —La enfermera empuja a Lu más cerca de la cama, coloca su mano sobre la de la niña con la profesionalidad del que sabe hacer su trabajo y se retira inmediatamente a un segundo plano para añadir con voz fuerte pero acaramelada—: Hola Celia, preciosa, ¿cómo te encuentras?

¿De quién es esta voz oxidada? Podría ser de la abuela... pero... ¿la ha llamado “preciosa”? No, la abuela la llama bonita, o hijita, o dice... ¿cómo se encuentra hoy mi nena? Además, ayer la despidió llenándola de besos porque se volvía a Vic a preparar la casa para... no entendió bien para qué o para quién. Fuese lo que fuese no parecía nada agradable porque se la veía triste y cuando le dijo adiós con la mano desde la puerta notó que tenía los ojos llenos de lágrimas. Pobre abuela. A sus años y todavía teniendo que hacer cosas que no le apetecen. Debe de ser una enfermera nueva... si se hace la dormida a lo mejor se ahorra una inyección. O puede que ya le traigan el desayuno... No tiene ni pizca de hambre. Sin llegar al punto de sentir náuseas como otras veces, nota el estómago raro: como si su corazón se hubiese trasladado allí y se dedicase a revolucionarle las tripas. Puede que le esté bajando la regla. Mamá dice que es un dolor diferente, inconfundible, pero ninguna de las dos veces que le ha venido ha sido capaz de distinguirlo de un dolor de barriga cualquiera.

—Dile alguna cosa, mujer —murmura la enfermera al oído de Lu—, seguro que nos oye; los registros —señala con un gesto vago hacia los monitores— indican que está consciente.

—Celia, ¿me oyes? Estoy aquí, a tu lado. —Estira el cuello intentando que su cara quede frente a la de la niña. El psicólogo le ha dicho una y mil veces que era imprescindible que la viese nada más abrir los ojos. Es algo escrito en los genes, ha insistido, el recién nacido queda unido para siempre a la primera persona que ve. Celia no es un bebé pero, en cierta manera, es como si volviese a nacer.

¡Eh! Ahora ya son dos. Las auxiliares que vienen a cambiarle las sábanas. Seguro. Pero ¿a esta hora? ¿Es posible que sea ya media mañana? Si no ha desayunado... y mamá, ¿dónde está mamá? Piensa hacerse la dormida hasta que sea ella que la despierte. Y esta pelmaza que no deja de toquetearle la mano. Le gustaría saber qué se están diciendo, tan bajito, como si no quisiesen que las oyera. Tal vez ha empeorado y la han cambiado de sala. Se estremece. Pero sus padres estarían aquí, nunca la hubiesen dejado sola.

—Celia, no tengas miedo, estoy aquí para ayudarte. —Lo dice como si buscase la aprobación de la enfermera y no la de la niña, pero el efecto es contundente: un par de ojos como platos se abren como agujeros negros en una cara donde, de repente, se ha inscrito el pánico.

¿Quién es ese espantapájaros de cara deforme y pelo de paja? ¿Por qué se le acerca tanto? Su mano pringosa le da grima. Fuera, fuera, ¡no quiere verla! ¿Dónde está mamá? Y esta pared... Pero ¿a qué lugar la han traído?, y la luz, tan extraña. Tiene frío, mucho frío y todo le da vueltas. Va a vomitar. ¡Mamá, ven!

—Tranquila, Celia, no hagas esfuerzos. —La voz grave y aterciopelada del doctor actúa como un bálsamo sobre la expresión de la niña. Apartándose de los aparatos para que pueda verle la cara y la bata blanca, se acerca, le acaricia la frente y añade—: Mejor así, relájate y escucha bien lo que te voy a decir: el tratamiento ha sido un éxito, estás completamente curada. Se acabaron los dolores, las inyecciones, los días en cama... ¿A que no te duele nada?

—Sí, doctor, me duele la barriga. —Son sus primeras palabras y las ha pronunciado con la seriedad del paciente adulto que tiene una fe ciega en la infalibilidad de la medicina y está dispuesto a aportar cualquier dato que sea necesario.

—Es natural. Durante el tratamiento tus intestinos han estado parados y les está costando ponerse otra vez en marcha. En cuanto te quitemos el suero y puedas empezar a comer se te pasará, ya lo verás.

—Y mis padres ¿dónde están? —Ahora que ya puede mover la cabeza mira a uno y otro lado buscándoles.

—Mejor que no te menees mucho, guapa. —La enfermera le acaricia el pelo—. Todavía estás muy débil.

—Has tenido que ser trasladada muy lejos. Solo en esta clínica tratamos casos como el tuyo. —Otra vez la voz agradable—. Tus padres lo autorizaron, naturalmente, y para que estuvieses como en casa te prepararon esta caja. Está llena de fotos y de juguetes. —Viendo que la niña se dispone a abrirla de inmediato, añade—: Mientras estés convaleciente Lu se quedará contigo; te ayudará en cualquier cosa que te haga falta. —Le acerca una silla a la cama para que se siente—. Si quieres, ahora podéis ver juntas el contenido de la caja. Nosotros tenemos que continuar pasando visita. Si necesitáis algo, pulsad el botón rojo.

Han salido de la habitación dejando una sensación de vaguedad flotando tras ellos. Dos espectadoras mudas han visto como ambos protagonistas, vestidos de blanco, las abandonaban de improviso dejándolas cara a cara, a su única merced. De repente a Lu se le ha extraviado el guión que el psicólogo le había preparado con tanto esmero durante las entrevistas. Llega a dudar de si este asunto de la adopción ha sido realmente una buena idea. Solo acaba de empezar y ya le pesa demasiado. Y Celia sigue con esos ojos abiertos que la intimidan.

Esta es psicóloga. Seguro. Sin bata blanca y con el aspecto de “tengo todo el tiempo que necesites, guapa, vamos a charlar, ¿vale?”... ¡Qué paliza! No entiende por qué su madre insiste en que confíe en ellas, que son tan profesionales como los médicos... o aún más, añade a veces, porque el ánimo ayuda a curarse más deprisa. ¿Por qué no dice nada? Esto es una novedad; las psicólogas hablan y hablan y no dejan de hacer preguntas. ¡No, por favor! Ahora empezará a sacar las cosas de la caja y pretenderá que le cuente la historia de cada una. Va apañada.

—¡Oh, mira lo que tenemos aquí! ¡Una muñeca preciosa! —Lu se agarra a la muñeca como si se tratase de un salvavidas.

¡Anda, la Nancy! Como si le hubiesen leído el pensamiento, que rápido ha sido papá... mi Nancy, ¡qué ilusión!

Estrecha a la muñeca entre unos brazos que todavía mueve con dificultad y luego la pone a su lado y la tapa con la sábana. Sus gestos remueven el aire petrificado entre ella y Lu, y, por unos instantes, una brisa benefactora suaviza la expresión tensa de la mujer.

—También tenemos aquí una caja con piezas de formas caprichosas y un tablero... —Ahora se arrepiente de no haberse documentado mejor sobre los juguetes de aquella época como le aconsejó el psicólogo. No tiene ni idea de lo que pueda ser todo esto. Se cree salvada cuando vislumbra en la caja una carpeta de cartón idéntica al álbum familiar que su abuela guardó siempre como un tesoro—. Puede que prefieras mirar fotos...

No pretenderá enseñármelas ella, ¡lo que me faltaba! “Déjelas ahí, en la mesilla de noche, ya las veré más tarde.” ¿A qué viene esa cara de susto? ¿Qué tiene de particular lo que ha dicho? Ah, ya lo ve: no hay mesilla de noche. “Pues déjelas ahí, en el estante.” ¿Qué es lo que no entiende?

Demasiadas cosas no entiende Lu. Ha dicho “déjelas” ignorándola a ella y dirigiéndose a un robot inexistente para que le transmita las órdenes. Como si ella no estuviese. Pero ¡qué está pensando! La niña no sabe nada de robots. Y la “mesilla de noche” ¿qué debe ser? Tal vez... ¿Un cuadro oscuro? Presiente que no se van a entender... y esas solo son las primeras palabras... Nadie le ha explicado que la niña hablaría raro ni que podría enfrentarse a ella o darle órdenes intentando dominar la situación. Ninguna de esas cosas entraba en sus planes. De repente tiene claro lo que se le viene encima: ¿Qué pasará si la niña no la quiere? ¿Se la cambiarán?

La sola idea la horroriza. Para quitársela de la cabeza abre el álbum y empieza a pasar hojas. Por lo menos esto le permitirá ganar tiempo. La mayoría de fotografías corresponden a espacios abiertos, verdes, luminosos. Celia aparece en ellos junto a personas que la abrazan, le acarician el pelo o la tienen sentada en el regazo. Lu ya se ve en el papel. En el exterior vegetal no, que ahora es imposible, pero sí acariciando a la niña, besándola, peinándola. Está convencida de que le va a gustar tenerla siempre a su lado, va a ser muy distinto de cuando su psicomanager le prescribió el perrito de última generación, cariñoso era, eso sí, pero la hacía sentir como una vieja inútil y aburrida. Levanta la mirada hacia Celia para corroborarlo y topa con el gesto duro de la niña, que vuelve a señalarle la plataforma que sobresale en la cabecera de la cama.

—¿No quieres verlas ahora? De acuerdo, te las dejo aquí en el plan’alto —y sigue hurgando en la caja en busca de algún juguete conocido.

Si es psicóloga debe de ser nueva... y bastante atontolinada; diría que incluso se ha puesto nerviosa. Pero no, no es posible, las psicólogas siempre saben lo que hay que hacer. Nuria siempre lo supo. “¿Quién es usted? ¿Una enfermera?” Sin querer, ahora mismo le acaba de dar un buen susto. No se le puede decir nada a esta mujer. ¿Por qué tarda siempre tanto en contestar? Se mueve como si estuviese oxidada y hace enormes esfuerzos para fijar la vista: a ella ni siquiera la ha mirado. La caja acapara su atención: a lo mejor busca ahí las palabras que le cuesta tanto encontrar.

—No me llamo “Usted”, me llamo Lu. Perdona, olvidé presentarme: enfermera... no, no soy enfermera. —Duda un momento si contarle que no trabaja; le insistieron en que al principio no hablase sobre sí misma, mejor conversar sobre la vida de la niña—. Pero hablemos de ti...

Ahora quiere hacerse la simpática. Qué poca gracia tiene, la pobre. No está dispuesta a contarle nada de nada. Solo quiere saber dónde están sus padres y cuándo vendrán a buscarla. Y en caso de que no puedan venir, ya irá ella a su encuentro... está curada, ¿no?

Celia insiste y vuelve a insistir, y Lu no encuentra por donde escapar del interrogatorio. La tarde se le está haciendo eterna, ya ha vaciado del todo la caja y no ve llegar la hora de irse. Si por lo menos tuviese a ROBul aquí todo sería más fácil, seguro que sería capaz de entenderse con la niña y ella podría dejar de preocuparse.

La enfermera del turno de noche se indigna cuando, justo entrar en la habitación, Lu sale disparada. Estas madres adoptantes son todas iguales, tanta prisa por tener un crío y en cuanto lo consiguen, tienen la misma prisa por largarse y quedarse tranquilas. Era partidaria de las adopciones interseculares cuando empezó a trabajar en la clínica, pero ahora defendería gustosa el derecho a descongelarse y morir. La madres no cumplen con sus obligaciones y dejan los críos a su cargo más tiempo del estipulado. Pero ella también ha aprendido a escaquearse. Observa de reojo a Celia que está absorta en su álbum. Sin pararse a pensar de quién se esconde, abre furtivamente el ambi’estado y adelanta un par de horas la difusión de los efluvios de reposo. Ya puede olvidarse de esta habitación hasta mañana.

Qué acertada, la elección de fotos. Ha sido cosa de la abuela, seguro. Sale todo el mundo, incluso gente a quien no conoce... este tipo alto como la copa de un pino... debe de ser el tito Ramón, pero se ve diferente, más viejo... y en el porche hay un par de tumbonas que nunca había visto. ¿De dónde habrán salido? El jardín es el de siempre, rebosante de flores y con las escaleras tan bien barridas. “No rezongues y manos a la obra”, le decía siempre la abuela. Ya no tendrá que volver a decirlo porque a partir de ahora será feliz ayudándola con la escoba. ¿Qué es esa cosa blanca que sobresale de la cubierta? Ah, un sobre... “Para nuestra hija...” No entiende qué le pasa que no acierta a leer, los ojos se le cierran; sufre un ataque de sueño. Deja el álbum en el suelo, pero la carta... quiere tenerla cerca, aquí, debajo de la almoh

5†

ROBCO

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