La nada y el vacío - José Carratalá Lloret - E-Book

La nada y el vacío E-Book

José Carratalá Lloret

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Beschreibung

Este libro es un ensayo literario narrado mediante el hilo conductor autobiográfico, en el que ocasionalmente aparecen algunas pince- ladas de poesía. La filosofía, la ciencia y la espiritualidad estable- cen aquí un diálogo mutuo sobre el sentido y la trascendencia de nuestras vidas, ofreciendo respuestas que sorprenderán a muchos lectores, creyentes o no, por su coherencia y, a la vez, simpleza ar- gumental. La verdad no tiene por qué ser complicada, sino todo lo contrario. Este es el testimonio de toda una vida de búsqueda sincera e intros- pección personal. El «motor» que configuró este proyecto, escrito por manos de alguien de corta instrucción y conocimientos acadé- micos, fue sin duda el maestro interior, ese que es fuente de todo conocimiento, común y asequible para cualquier persona de buena y verdadera voluntad. Yo le llamo Espíritu Santo (quizás, tú le co- nozcas por otro nombre). Lo más singular a destacar de este libro va implícito en el subtítulo «de la dualidad a la unicidad», mediante un proceso de lectura que irá revelando progresivamente sabiduría y correcto discernimiento a través de los distintos capítulos. Quien llegue a superar la barre- ra autolimitante del ego, finalmente conseguirá vencer sus miedos, lograr plena autoestima y disolver la sensación de la culpabilidad. Atrévete a ser verdaderamente libre.

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Seitenzahl: 462

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© José Carratalá Lloret

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-926-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Introducción

Escribir en el siglo XXI sobre espiritualidad parece una tarea difícil o poco acorde con el materialismo existencial que rige en nuestros tiempos. Sin embargo, no digo que no existan muchos autores que lo estén haciendo ahora, que evidentemente los hay.

De hecho, se ha descontextualizado bastante el esquema clásico de entender la religiosidad, algo que está siendo reformulado mediante nuevos enfoques y relatos literarios propios en la coyuntura de un marco social mundial que, a su vez, está sujeto a rápidos cambios.

Han facilitado su proliferación factores como el progreso de la ciencia y las libertades constitucionales conseguidas por las sociedades democráticas, donde los ciudadanos pueden escoger distintas opciones espirituales, gozando de amplios márgenes de expresión en lo referente a mostrar creencias más afines a sus propias áreas de convicción.

A principios del siglo XX, florecieron las llamadas inicialmente escuelas de misterios, también conocidas como teosóficas o metafísicas, gracias a la fácil accesibilidad de los medios de comunicación y transporte que interconectaron Oriente con Occidente, los cuales dieron pie a un encuentro intercultural de creencias y enseñanzas de múltiples disciplinas, escuelas de meditación y una amplia gama de «mancias» que conformaron otras maneras distintas de comprender lo espiritual, convirtiéndose en pioneras del surgimiento de agrupaciones de nuevo cuño donde experimentar la propia autorrealización que crecieron y se extendieron rápidamente por todo el mundo.

La propiciación para la expansión de esas aportaciones fue en buena parte acogida por el movimiento New Age surgido principalmente en los 70 en los países anglosajones, heredero a su vez de la atracción que sintieron muchos intelectuales y artistas de los 60 por el pacifismo como respuesta a la guerra de Vietnam y por la religiosidad oriental, puesta de moda por el grupo musical The Beatles tras sus viajes a la India. También influyeron las reformas habidas dentro del catolicismo a partir del Concilio Vaticano II, y con ello, la movilización mayoritariamente seglar a través de la teología de liberación.

Una multitud de nuevos pensadores intentaron hallar el auténtico sentido de la vida, emprendiendo personalmente un camino espiritual distinto al cotidiano, adentrándose en un amplio espectro de disciplinas y conocimientos basados mayormente en la práctica de meditación, métodos de autoayuda, esoterismo y sanación holística, propulsando una reflexión común sobre la hermandad y la paz mundial, dándose paralelamente otra inmensa proliferación de investigadores, conferenciantes, canalizadores y guías o maestros de amplio espectro.

Todo ello fue confluyendo con el auge de la astrología y la astronomía, el interés por los contactos con posibles civilizaciones extraterrestres o las expectativas creadas sobre la entrada progresiva en la Era de Acuario, así como el surgimiento de un creciente y mayoritario público juvenil fascinado por el cine fantástico, los cómics y la literatura de ciencia ficción, unido al uso de aparatos diseñados para facilitar intercambios de información instantánea mediante nuevas tecnologías a través de la red global, visualizando casi en tiempo real acontecimientos en el mundo tales como las catástrofes atmosféricas o bélicas, el avance de la contaminación ambiental, las pandemias, la crisis económica y energética, etc.

Podemos decir, en suma, que todo ello ha ido configurando un enfoque distinto del comportamiento humano y sus planteamientos éticos, unas veces revertido de forma confusa y otras, más progresista y esperanzador.

En cuanto a las muy interesantes aportaciones hechas por reconocidos estudiosos de las religiones, debemos hoy reivindicar que la práctica de la exégesis no debiera suplantar a la imparcialidad ideológica requerida en sus métodos de trabajo, lo cual no se cumple siempre. Este código moral es por supuesto válido también en cualquier otro terreno de investigación seria, ya que resulta peligroso que alguien pueda trastocar el sentido de algo mediante la influencia de creencias personales durante el ejercicio de su tarea. Al haber partido cada cual de un siempre complejo contexto social, mental y psicológico en el que fue aleccionado, es muy fácil suponer que quien investiga se encontrará más a gusto apoyándose en cualquiera que sea su identidad, bien sea como reconocido ateo, agnóstico o creyente.

Es fácil observar matices ideológicos interesantes entre dichos pensadores dentro de sus ya de por sí arduas labores de investigación. Uno de ellos puede ser el de sentir una mayor o menor afinidad con determinado pensamiento político y/o fundamentalista, lo que puede decantar con facilidad el enfoque estratégico dado al resultado de sus conclusiones. Así pues, puede muy fácilmente dejarse influir por la eiségesis (o interpretación enfocada desde la propia fe), lo cual podría significar una arriesgada predisposición ideológica en detrimento de una plasmación imparcial de su trabajo. Pero, en los caminos que se aventuran en el trato con lo intangible, ya sabemos que puede darse cabida cualquier propuesta que cuadre con aquello que en el fondo nos interesa más creer y predicar, en lugar de conocer en profundidad.

Esto es algo fácil de ser constatado mayoritariamente a lo largo de la misma historia, entre quienes nacieron en ámbitos culturales y religiosos tan distintos como lo son Oriente y Occidente, y también en la actualidad.

En cuanto a quienes mantienen una posición agnóstica, se investiga la historia sin posicionarse a priori sobre la creencia o negación del hecho religioso, esquivando entrar en el estudio de la parte metafísica relatada únicamente por los testimonios de la fe. Los estudiosos pueden mostrar sus disidencias frente a las opiniones de los autores literarios creyentes, pues, obviamente, los trabajos de estos últimos no pueden ser demostrados empíricamente (máxime cuando se trata de escritos sobre los que han transcurrido muchos años).

Por eso, se entiende la equidistancia propia de su escepticismo intelectual, lo cual parece adecuado al ejercicio de tareas propias de un historiador, en cuanto a que debe constatar solo aquello que afirma con referencias palpables. De forma parecida puede ocurrir con los investigadores denominados como ateos.

En ambos casos, aun siendo rigurosos con la calibración de los datos históricos, también podrían darse algunos casos calificables como de aplicación de exceso de celo al hacer ostensible una probable animadversión o ironía frente a los relatos de índole meramente metafísica o religiosa.

Desde otro planteamiento distinto a los anteriores, también cubren una labor informativa importante quienes deciden hacer públicos sus testimonios después de haber vivido profundas experiencias personales, independientemente de haberse interesado con anterioridad (o no) en obtener información en algún tipo de consulta espiritual, o por haber pertenecido a alguna comunidad religiosa o esotérica determinada, asumiendo por voluntad y propio riesgo la tarea divulgativa de un relato que resulta ser forzosamente polémico, al ser pocas veces coincidente con los mayoritariamente aceptados estudios y/o liturgias sostenidas y arraigadas en la tradición.

Evidentemente, el estudio de esta última opción trata de dar a conocer los casos de personas que dan fe de sus propios descubrimientos espirituales. Dicho lo cual, reconozco que se mueven en el espacio didáctico más resbaladizo posible, al testificar únicamente sobre «su verdad» frente a los dedicados para difundir las enseñanzas oficiales, lugar donde las religiones ejercen su impronta con la inercia que les es propia, ya que cualquier relato testimonial nuevo que se ofrezca entrará en un ámbito de enfrentamiento con las creencias propias de quienes las examinan, o lo que es lo mismo: al aplicar una fórmula basada en la observación dogmática de los textos aprobados, en cuya reglamentación el interés dedicado al libre discernimiento interior ocupa un lugar bastante marginal.

Después de todo, lo que no puede negarse, si observamos tanto los hechos históricos como las disciplinas intelectuales que pretenden estudiar al hombre y su entorno (filosofía, sociología, antropología, etc.), es la gran influencia que han tenido las creencias religiosas sobre los diversos usos y costumbres del ser humano. Ciertamente, el patrimonio y la riqueza moral aportada por la espiritualidad son tan variados y enormes que precisamente por ello han atraído a nivel planetario el interés y la reflexión en torno a ese fenómeno, motivado por una fe puesta en la existencia de algo superior al hombre, reconociéndose también en los ámbitos culturales la raíz religiosa de algunos de los mismos investigadores.

Tenemos un ejemplo de esto en los planes educativos de la teología cristiana, donde las iglesias asumen la tarea de apostolado a fin de divulgar los textos sagrados a sus seguidores. Los enseñantes se esfuerzan asimismo en ampliar sus estudios, dando por sentado que todos los textos aprobados a lo largo de la historia por distintos concilios están sujetos a canon, lo que significaría que fueron inspirados directamente por Dios y, por lo tanto, no dejan margen para un cuestionamiento o una interpretación diferentes. A consecuencia de mantenerse en ese empeño ideológico, se levantaron las primeras polémicas en el seno de las comunidades de la incipiente Iglesia, surgiendo una proliferación de herejías y diversas interpretaciones alternativas dentro de las mismas, de las que posteriormente nacieron credos protestantes y ortodoxos que están diseminados por todo el mundo hasta hoy mismo.

Quiero volver a incidir sobre aquella otra manera de investigación espiritual, aunque minoritaria, que es la que obtiene información por medio de una fuente de instrucción interna, alimentada directamente por una singular experiencia de conocimiento recibido a través de revelación personal, dependiendo cualitativamente de cómo su receptor manifiesta la aceptación, rechazo, duda o cualquier otro impedimento o contradicción capaz de interponerse con su propio proceso de aprendizaje. De momento —lo digo con mucho respeto—, no entro a valorar los casos de mensajes dados por médiums o videntes, pues albergo algunas dudas sobre ciertas experiencias fenoménicas.

Los testimonios sobre la revelación interna se encuentran recogidos ya desde la Antigüedad en la sabiduría advaita, originaria de la India, de la cual derivaron posteriormente diversas manifestaciones espirituales tales como el budismo, el sufismo o la corriente mística cristiana.

Testimonios que fueron aportados por seres humanos como cualesquiera de nosotros, juzgados en su momento y localización histórica, por cierto, con mucho escepticismo, y que entonces y en la actualidad siguen siendo difícilmente tolerados por las cúpulas oficiales del poder religioso en general —siendo en su momento tergiversados, acallados o penalizados—, pues suelen, en su rebeldía, escapar a su control y obediencia debida.

Como ya sabemos, lo anecdótico es que, tiempo después, muchos de estos místicos fueron elevados a los altares e integrados en la religión oficial como santos e insignes portavoces de las mismas iglesias que antes los negaron.

Para concluir esta presentación, quiero decir que el único afán puesto en escribir este libro es ofrecer una sincera aportación que pueda acercarnos algo más al entendimiento profundo de lo divino. Apoyándonos mutuamente, quienes decidamos hacerlo pondremos todo nuestro empeño en seguir el rastro indeleble de la huella dejada por los grandes maestros espirituales, ya que su intención fue la de iluminar el sendero universal para sus hermanos, el mismo que nos lleva de retorno a lo que Jesús llamó «Reino de los Cielos». Y creo firmemente que aquel mensaje va mucho más allá de las palabras y verdades parciales que quedaron recogidas en los libros religiosos.

Advierto que no tengo formación académica como politólogo, historiador ni teólogo o simpatizante destacado de cualquier disciplina religiosa o filosófica, pero también es cierto que llevo estudiando y aplicando a mi vida personal y durante bastantes años los conocimientos de varias fuentes del saber, aunque especialmente y a comienzos de los 90 me enfoqué en las enseñanzas de los Evangelios de la Biblia, y todavía más intensamente en las de Un Curso de Milagros, libro este último que fue revelado en pleno siglo XX y que marca una puesta al día de las enseñanzas de Jesús, al que doy gracias infinitas por facilitarme la comprensión de las mismas. Es un testimonio que deseo compartir, y su influencia ciertamente espero que evidencie e imprima un carácter de conjunto a este humilde libro mío.

Debo confesar que ha sido una ardua tarea mostrar las variantes existentes en el entendimiento de la espiritualidad humana, teniendo que usar un lenguaje ya de por sí limitado en sí mismo y, aun así, intentando que resultase lo suficientemente aclaratorio en cuanto a lo irreconciliable que resultan ser las propuestas ideológicas de las enseñanzas duales y no duales, sabiendo que las creencias mayoritarias se agrupan en torno a la aceptación y afirmación categórica de la separación entre lo humano y lo divino, máxime al tomar parte y pronunciarme decididamente a favor de la segunda opción, la de no dualidad, o solo espíritu.

Esta propuesta ofrece un camino puenteado que sirve para ir dejando progresivamente atrás los apegos mundanos, e ir comprobando en la práctica qué significa penetrar en esa otra alternativa e ir descubriendo los misterios velados por la aparente realidad vivida desde la dualidad.

He elegido un sendero ajeno a la ortodoxia empleada por cualquier enseñanza, sin pretender hacer un discurso excluyente de nadie, intentando demostrar la vulnerabilidad de nuestra mente y sus constantes devaneos entre el ego y el espíritu, en los que indefectiblemente nos moveremos durante el proceso que nos lleva al despertar a la verdad, en la que reconoceremos nuestra auténtica e imperturbable naturaleza del ser. Todo esto ocurre mientras seguimos creyéndonos necesitados de habitar en cuerpos que requieren de cuidados y protección, de leyes y legisladores; de estabilidad económica y casas que habitar; de ejércitos, políticos, abogados o policías; de mantener relaciones de intercambio económico y afectivo; de hospitales y medicinas; del miedo y el rechazo al otro; y, sobre todo, del temor a la muerte.

Consecuentemente a este planteamiento esquizoide, lo más práctico parece ser poner sobre nuestra mesa de trabajo todos los pedazos simbólicos del puzle a componer, representados cual inmensa gama de matices ofrecidos por este mundo, pero con la singularidad de que, una vez acabada la articulación del paisaje, alcancemos a ver una imagen final completamente nueva y gratificante como premio al esfuerzo empleado.

Pido por lo tanto una mirada compasiva y paciente por parte de los lectores más puristas del bando no dual por haber hecho algunas concesiones didácticas coyunturales al otro bando, sin las cuales creo sinceramente que sería bastante más difícil para estos comprender y/o aceptar las diferencias esenciales del no dualismo. Reitero que no poseo ningún prestigioso currículum que me acredite como enseñante, así que me centraré principalmente en mostrar el aspecto espiritual de textos previamente escogidos mediante conexión con la gnosis interior, y apoyándome en sucesos personales concernientes a mi propio proceso, imbuido por el más sincero compromiso de difusión de la verdad predicada por el Maestro. Espero haber contado con su ayuda en tan importante empresa.

En general, empatizo con todo el mundo, y no deseo entrar en debates de cualquier tipo con personas que suelen ponerse rápidamente a la defensiva manifestando creencias arraigadas en supuestas verdades que, según llego a entender, son parciales o sustentadas por teorías que acaban contradiciéndose entre sí.

Tampoco me parece enriquecedor hacerlo con gurús, maestros o alumnos avanzados, médiums o canalizadores; ni siquiera con maestros de Un Curso de Milagros, cuando pueda presentarse un enfrentamiento dialéctico de egos en los que cada cual pretende defender su entendimiento de la verdad. No reniego del valor de la expresión de opiniones; a veces es necesario que otro nos muestre cualquier error cometido que previamente no nos fue evidente. Todo ello sin tener que llegar a la excitación, la negación y el rebatimiento tajante de la opinión contraria, alzar la voz o caer en la descalificación. Uno mismo debe abandonar tranquilamente el combate dialéctico y, a continuación, retirarse sin más a su desierto personal, donde meditar y orar pidiendo más luz y paz al maestro interior. Y, finalmente, agradecer la lección recibida.

En el marco de este mundo todavía impera el pensamiento dual. Por ello, la verdad solo puede caminar sola, y no precisa quien la defienda. Es una fuente de aguas cristalinas que se brinda a todos sin distinción; pero el efecto causado al tomarlas no debe ser únicamente saciar la sed o lavar ocasionalmente al que la usa, sino que, además, es útil para regenerar y sanar lo dañado, en cuanto al olvido de nuestra verdadera naturaleza.

«Más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna» (Juan 4:14)

Ciertamente, todos los caminos espirituales emprendidos tienen en común la misma meta. Solo pueden ser variables las distancias a recorrer, debido a las pautas marcadas por el tiempo, así como a un mayor o menor acierto al escoger las opciones. Estoy convencido de que toda búsqueda sincera de la verdad tendrá finalmente la recompensa del reencuentro con lo divino.

He llegado a esa conclusión después de agotar otras etapas de investigación, apoyado por la experiencia propia de que lo más sencillo es confiar en el pensamiento intuitivo que proviene de la escucha y el diálogo interior con el Maestro, por encima de cualquier otro tipo de aprendizaje.

No obstante, agradeceré las aportaciones de información que me puedan dar mayor anchura de miras sobre cualquier tema. Asimismo, me preocupo por mejorar los recursos lingüísticos necesarios para depurar el estilo narrativo personal, algo que resulta imprescindible para los escritores noveles, como es mi caso.

Quiero pedirles a aquellas personas que quizás hayan sentido intuitivamente algún tipo de atracción al ver el título de este libro y a la rápida ojeada de sus páginas que intenten leerlo hasta el final. Quizás conecten en algún momento con determinadas reflexiones repartidas a lo largo de los textos y estas les puedan ser útiles para aclarar sus propias contradicciones o dilemas. Me conformo con que al menos una parte pueda ser aprovechada internamente y que al concluir descubran con alivio que sí es posible soltar gran parte del peso que los miedos y las culpas pusieron sobre nuestras espaldas. Deseo sinceramente que pueda servirles de consuelo y aliento cuando sientan realmente la necesidad de encontrar alternativas coincidentes con su ansia de autoliberación, para de este modo ir descubriendo el Reino de los Cielos al haber emprendido un nuevo comienzo, bajo la guía de su propia sabiduría interior.

Paz y luz para todos.

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Capítulo 1: Las señales en el camino

Hace algún tiempo, tuve una visión acerca de mi verdadero ser que relato un poco más adelante. Seguramente fue a consecuencia de haber estado estudiando y meditando durante años sobre las claves de sabiduría que contienen los conceptos dados por Un Curso de Milagros, libro con el que sintonicé desde el principio (segunda mitad de los 90), y al que dediqué atención con especial interés desde entonces sobre cualquier otra enseñanza o disciplina de conocimientos espirituales. Digamos que fue un amor a primera vista.

La primera vez que lo vi fue en casa de un amigo, cuando lo bajó de su estantería para mostrárnoslo a los estudiantes de metafísica que estábamos allí reunidos. Aquel grueso libro azul con letras doradas de aspecto severo y enigmático hizo que algo profundo resonara en mi interior, y, a resultas de ello, no tardé en comprar un ejemplar.

Puedo afirmar que me entusiasmó su lectura desde que lo abrí. El estudio y sobre todo el calado que iban dejando al poner en práctica sus enseñanzas fueron dándome las claves para obtener muchas respuestas precisas a preguntas que alguna vez me hice, preguntas que eran bastante comunes con respecto al desafío cotidiano que representa para cualquiera el mero hecho de sentirse vivo.

Ofrezco ahora este trabajo con la misma convicción que sigue dándome la obtención de mejoras y continuos progresos a muchos niveles, algunos de los cuales expongo en este libro, que ha sido puesto previamente bajo la supervisión y guía del maestro interior, tal como vengo haciéndolo con el resto de asuntos personales.

No es, sin embargo, mi cometido impartir un tratado de ampliación pedagógica sobre UCDM, pues el trabajo emprendido está enfocado hacia cualquier persona, sin distinción de sus creencias, conocedoras o no de dicho libro. Lo he centrado, pues, en un intento por dar herramientas precisas para aumentar la consciencia de forma individual y progresiva. Sabemos que cualquier proyecto personal inicia siempre su andadura desde el miedo a los desafíos de la vida. Sin embargo, hay un solo camino para llegar a adquirir un estado de paz e inocencia pura, al aceptar ser y reconocer nuestra verdadera naturaleza como Hijo de Dios. Hagámoslo juntos.

Utilizaré, no obstante, algunos conceptos o frases escuetas de la Biblia y de UCDM que me parecen imprescindibles para la reeducación del pensamiento, y con ello optimizaremos la efectividad metafísica de sus principios. Creo que los testimonios que daré conjuntamente acerca de haberlos aplicado a mis propias experiencias complementarán mejor las enseñanzas, si es que aquellas llegan a resonar en las mentes y los corazones propios.

Y ahora sí, ya podemos comenzar.

I. Claves para el cambio

En los antiguos textos bíblicos, la explicación de la naturaleza del «Hijo de Dios» no era reconocida para los seres humanos (ver Génesis, 6:1), que fueron llamados «hijos de los hombres» para diferenciarlos de sus procreadores, pertenecientes a un rango de origen espiritual superior. Sin embargo, Jesús nos reconoció como sus hermanos. En las enseñanzas incluidas en Un Curso de Milagros se dan algunas pistas trascendentales sobre cómo entender qué es el «Hijo». Estas se encuentran especialmente en la sección del apartado «Libro de ejercicios».

Concretamente, se presentan a partir del llamado «sexto repaso», comenzando ya en su introducción, y se repiten durante los siguientes veinte ejercicios (201-220), que dicen textualmente: «No soy un cuerpo. Soy Libre. Pues aún soy tal como Dios me creó».

Esto llamó poderosamente mi atención, e intuí que dicha insistencia pudiera ser debida a la importancia que el maestro Jesús daba a esos enunciados, por ser a buen seguro imprescindibles para facilitar el aprendizaje de sus estudiantes y que dicho entendimiento pudiera ayudarles a entreabrir las puertas del conocimiento, que sigue permaneciendo oculto a la investigación generalizada del pensamiento racional.

En aquel entonces sentí hondamente la necesidad de recitar a menudo «No soy un cuerpo». Poco después le añadí por mi cuenta, y justo después de «soy libre», el encabezamiento del ejercicio 97 que dice: «Soy espíritu», que me ayudaba a aceptar la idea de que no era realmente un cuerpo, y se convirtió así en mi ejercicio favorito. Sigo haciéndolo mentalmente de noche, una vez acostado, antes de dormir, y a menudo durante el día. He comprobado cómo, al expresarlo por partes y meditando sobre cada una de ellas desde la mayor convicción posible, se producen paralelamente una ampliación de consciencia y sabiduría, que a la vez revierten positivamente como salud, abundancia y confianza para afrontar cualquier problema.

Una mañana, mientras entraba en meditación repitiendo aquellas afirmaciones profundas, visualicé en el interior de mi cabeza la proyección de una silueta transparente con perfiles blancos y movimiento propio en forma de cuerpo humano situada sobre la cumbre de una montaña, y entendí que era yo mismo. A la vez, como en bilocación y desde una mayor cercanía a mi persona, vi asomado por el lado izquierdo y en primer término otro rostro de perfil sin rasgos firmes, situado en un plano algo más alto, mirando conmigo aquella silueta. Entonces entendí que era mi ser, observando la misma escena, aunque desde un grado de consciencia mayor.

A continuación, aquella silueta, ajena al miedo y en estado de total inocencia, se lanzó por un sendero natural en la ladera nevada del monte, deslizándose velozmente y disfrutando de la experiencia.

Si ese «yo» se hubiese identificado como un cuerpo, aquello habría sido una locura con muchas posibilidades de entrañar un riesgo mortal, pero ese problema no existía, pues no estaba constituido por materia. En el rápido trayecto, sentí que el viento, la nieve y la montaña eran uno conmigo. Inmediatamente, atravesé las nubes de la cumbre, y las nubes y yo éramos uno. Mientras iba cayendo por la pendiente, estaba gozando como un niño al lanzarse por un tobogán en su parque favorito. Al llegar abajo me esperaban las frías aguas de un río, pero seguí ajeno al temor, porque yo y aquel rápido y gélido caudal también éramos uno. Al poco vi que me dirigía directo hacia una oscura oquedad en la base de la montaña, sin haber lugar alguno donde aferrarme para evitar precipitarme por ella, pero permanecí en la misma paz, ya que la gruta que tragaba al río, el río y yo igualmente éramos la misma cosa.

Y allí terminó la experiencia de aquella singular visión.

En otra ocasión posterior, visualizando durante la meditación un lago paradisíaco de verdes aguas, algo me invitó a sumergirme en él, cosa que hice sin apenas dudarlo, y decidí bajar al fondo del mismo. Su profundidad no era mayor de cinco metros, por lo que al llegar al suelo pude contemplar como la luz brillante que atravesaba la superficie llegaba de forma tenue, lo que perfilaba mis formas, esta vez con más detalle visual, aunque no recuerdo cuál era mi rostro. Y allí permanecí de pie, disfrutando, mecido por la suave cadencia que el agua me ofrecía, en una deliciosa y relajante ingravidez. Y el agua no impedía mi aliento normal ni transmitía temperatura distinta a la mía, porque yo y el lago éramos uno.

En aquellos días, mi ego se empeñó en dilucidar sobre qué sentido podían tener esas «visiones», para ver si lograba darles una interpretación coherente. A nivel profundo, sabía que fueron una manera de revelación, pero la mente analítica intentaba superponerse al razonar con la inquietud que la caracteriza, para así ofrecer posteriormente una interpretación de aquello a mis semejantes, lo que reconozco que me producía cierta desazón.

¿Qué coherencia podría darle a un discurso sobre algo tan íntimo o qué justificación vinculante debía hallar con alguna otra semejanza anteriormente documentada que fuese pertinente establecer para que pudiera ser entendida por quienes me escucharan?

Recuerdo haber afrontado narrar con posterioridad y en distintas ocasiones estos y otros episodios similares en círculos reducidos, donde obtuve siempre un respetuoso silencio, e intuí, no sin cierta sorpresa, que hubo bastante conexión espiritual al hacerlos llegar a sus oídos, tal vez debido a haberme puesto años atrás en disposición de servicio al Espíritu Santo como instrumento de paz, algo que en aquellos momentos comenzaba a funcionar con bastante fluidez, haciéndome sentir seguridad a la hora de contar con su confianza para hacer la exposición de dichas experiencias.

Previamente al relato de aquellas vivencias extrasensoriales ya había leído y también empezado a asimilar que el Hijo de Dios, según UCDM, no puede sufrir de ninguna manera agresiones, envejecimiento, enfermedad ni muerte alguna, y que, por lo tanto, nuestro linaje no pertenece a dimensiones habitadas por vidas sujetas a leyes materiales.

Así es mostrado también en la narración bíblica a través de las resurrecciones que Jesús realizó y culminó con la suya propia, desbaratando con ello las leyes que rigen sobre el funcionamiento de los cuerpos y de la misma naturaleza, como también cuestiona todas las ciencias y leyes ideadas por los hombres en su afán de crear para sí mismos, sin contar con la participación del Espíritu.

Por eso, al afianzarnos mentalmente a la declaración de que «no soy un cuerpo», estaremos reconociendo nuestra verdadera e ilimitada existencia, ausente en la forma física.

Veamos algunos de los argumentos apostólicos que también lo ratifican:

«Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Ro 8:5-9).

«De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna» (Jn, 6:47).

«Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (Jn, 11:25).

Entiendo que en aquellas visiones que tuve a modo de alegoría, mi ser transparente estaba disfrutando de modo similar al descrito en la respuesta que Cristo dio acerca de la inocencia expresada en el juego de los niños:

«Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (Mateo, 19:14).

Por eso, entiendo hoy que el Hijo de Dios está presente y forma parte de todo lo que realmente fue creado, y también se reconoce e identifica con la montaña, la nube, la nieve, el agua, el lago…

Ese será el momento exacto en que llegaremos ante el límite del Reino de los Cielos (lo que en UCDM se denomina «sueño feliz» o también «mundo real»), pues en este instante, tras renunciar a toda ilusión, dichas experiencias nos conducirán hacia un estado de progresivo despertar y transustanciación de las formas. Más adelante lo entenderemos mejor.

«Soy libre»

Esta segunda afirmación del ejercicio en cuestión no hace más que reafirmar la condición original del ser, no dependiente de las atribuciones materiales. De ninguna manera un cuerpo podría liberarse de las esclavitudes y limitaciones que le son propias, implícitas en todas sus necesidades a cubrir, justificadas por el mero instinto de supervivencia.

Consecuentemente, el vínculo del Hijo con el Padre, que lo hizo libre, no se basa en la humillación o sumisión forzosa, al contrario de cómo se relata en las antiguas Escrituras. El amor disuelve y libera de todo conflicto en la relación mutua, aunque esto aún nos cueste de aceptar o entender, visto desde el plano humano.

Pero, ¿puede acaso uno aligerarse moralmente de sus cargas mientras se vivencia aún como un cuerpo? Por supuesto; de forma progresiva y en buena parte, si es que va integrando en su carácter la templanza (paz), y cancelando día a día todo aquello que signifique falta de perdón (o disolución del error de apreciación). Mas no se trata del perdón conocido y legislado por este mundo, sino el que se ofrece por parte de alguien que desiste de emitir cualquier tipo de juicio al prójimo o a uno mismo, recurriendo para lograrlo a la sabia intercesión del Espíritu. Esta resulta necesaria, debido a que por uno mismo es imposible alcanzar la absolución total del sentimiento de la propia culpa o la de los otros, pues, careciendo como humanos de una perspectiva iluminada del amor, solo vemos las cosas de manera emocional o dual. Y únicamente la intervención del Maestro tiene la potestad de ejercer y compartir un discernimiento correcto sobre cualquier dilema que le ofrezcamos.

Así, facetas hasta entonces no perceptibles de renovación espiritual irán apareciendo y transformando la mirada externa en visión interna, superponiendo el Reino y sus delicias a las meras especulaciones terrenales.

«…pues aún soy tal como dios me creó»

Este misterioso dilema constituye la tercera fase del ejercicio, y para una mente analítica mortal es incomprensible e irresoluble. Sería muy fácil responder rápidamente con frases tales como «Yo soy amor», «luz», «sabiduría», «perfección», «conocimiento» … y seguir no obstante sin llegar a entender el verdadero significado de tales afirmaciones.

La autoatribución de las cualidades de Dios, que permanecen realmente integradas en nosotros desde el principio de la Creación, escapa igualmente al entendimiento del hijo del hombre mientras este siga ensimismado proyectándose en su proceso de separación ilusoria sobre el mundo y, por tanto, siendo ajeno a la realidad de lo que siempre fue, es y será.

La conciencia, que no deja de ser el impulso proveniente de un estado mental que acumula pensamientos basados en experiencias, creencias y recuerdos, nos presenta un catálogo muy limitado de conocimientos y verdades, por muy avalados que puedan venir a través de realización de pruebas empíricas, y a pesar de que, con seguridad, ninguna demostración de estas pueda mantenerse y subsistir para siempre.

Así que, desde un enfoque racional, solo podemos aproximarnos a intuir o hacer conjeturas sobre qué significado real puede tener pertenecer a ese plano superior de auténtico conocimiento capaz de desvelarnos el significado de la frase citada. Pero… ¡qué gran tranquilidad se instala en nuestro pensamiento cuando el Maestro nos recuerda que nunca se alteró nuestra condición perfecta como Hijo de Dios, ajeno al mundo!

Posteriormente, he sentido que aquellas revelaciones en meditación no llegaban aún a ser la descripción de la vida tal cual es en lo que llamamos el Cielo, sino que representaban un estadio de nuestro espíritu situado por debajo de esa categoría en el cual todavía se puede manifestar un tipo de separación o ambivalencia (yo montaña, yo nube, yo agua, etc.). Simplemente, fue una etapa previa de preparación y adaptación mental a lo que en UCDM se denomina «unicidad», concepto que en otras filosofías ancestrales ya se conocía como «no dos», donde la indivisibilidad permanece ajena a cualquier teorización posible.

Añadiré que Osho ya se pronunció repetidamente en su Libro de la Nada por la reivindicación del no dos frente a la del uno, ya que en esta última apreciación cabría aún albergar dudas sobre el reconocimiento de la posible existencia de un otro.

II. El más allá

Reflexionando desde los aspectos que ofrecen las creencias en la trascendencia del ser, debo añadir algo que resultará muy difícil de aceptar por parte de las personas que han depositado sus añoranzas e ilusiones en que, finalmente y tras la muerte del cuerpo, se van a reencontrar con sus ancestros en el Cielo. No al menos en lo que entienden por esa denominación, aunque sí podrán hacerlo en los planos astrales primarios. Esas estancias a las que han accedido todavía no forman parte de la eternidad, ya que en dichos planos las mentes continúan estando en mayor o menor medida identificadas con conflictos, creencias y recuerdos ilusorios adquiridos en el pasado, es decir, que su despertar a la verdad no ha sido total y, por lo tanto, no pueden habituarse a la eternidad (salvo en los casos en que se haya logrado durante la estancia en el mundo un estado suficientemente iluminado de consciencia).

«En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Jn. 14:2)

Sucede que, al morir el cuerpo, se accede a los planos astrales en alguno de sus 7 niveles, donde cada ser es atraído hacia aquél que es más acorde con su estado de conciencia. Les acompaña el alma, ingrediente primordial de todo ser vivo, que sigue ejerciendo como faro de guía temporal. De ese modo, el aprendizaje retenido en la memoria sigue configurando de manera inconsciente su proyección mental en una realidad virtual similar a la vivida anteriormente. Esto, al ir vinculado con el progreso espiritual obtenido, hará que cada entidad se acople correctamente al plano astral correspondiente.

Para entenderlo mejor desde nuestras mentes analíticas, imaginemos el dial vertical de una radio, donde las emisoras se reparten los espacios, de acuerdo a la longitud de onda y frecuencia de cada una de ellas. Aquí, el oyente se acomodará en la estación que mejor le brinde la información y las músicas que anda buscando.

Consideremos la zona o plano astral primario o «más bajo» de conciencia a aquel donde se alojan las entidades en cuyos procesos de muerte física no hubo paz, sino caos mental, resentimientos y temor. Debido a haber tenido un pasado turbulento, negándose al perdón y la compasión por el prójimo o por sí mismos hasta el último suspiro, el nivel donde residen es el más denso, confuso y oscuro. Allí, la rabia, el miedo, la agresividad, las bajas pasiones, el deseo de venganza y la negación airada de Dios hacen casi imposible que la luz pueda abrirse paso hacia ellos. En realidad, son seres que apenas conocieron, dieron o recibieron alguna expresión de amor durante su trayectoria en el mundo, y por ello su rescate y ascensión a otro plano superior requiere dar curso a nuevas oportunidades de experimentación como cuerpos para intentar sanar los errores cometidos en el pasado. Y cada proceso de purificación vivido (recordemos, siempre dentro del sueño mundano), si es avalado por la rectificación de los errores, nos llevará a encarar un paulatino ascenso espiritual, seleccionando en un imaginario aparato de radio los programas más idóneos que nos sigan guiando hasta las puertas del Reino, donde todo permanece en su estado original.

De ese modo, en cada emisora o plano astral ascendente se van dando unas mayores sensaciones de paz, libertad y acercamiento al Creador, para lo cual los cuerpos astrales precisan ir haciéndose más sutiles e ir abandonando su personalidad, a la vez que las mentes van recuperando espacio para recordar el conocimiento original de la verdad. Como es evidente, el bienestar, la expresión de gratitud y la adoración voluntaria a su Creador darán los pasos oportunos para que sintamos en nuestro ser más la autoidentificación con el Hijo de Dios que somos.

En esta fase evolutiva, como dije, las almas seguirán ejerciendo su función de guías y acompañantes justo hasta llegar al Cielo, ante cuya entrada terminarán su misión. Ese sí es nuestro hogar verdadero, donde el Padre-Hijo es, fue y será la totalidad, ajeno al factor tiempo (que nunca existió). Allí, el gozo indescriptible del amor y la vida plena superarán cualesquiera de nuestras expectativas posibles concebidas. También se podrán recordar los pensamientos amorosos dados y recibidos durante los muchos recorridos experienciales, integrados ya en el ser en su misión de expansión luminosa e ilimitada. Es por eso que ya no veremos cuerpos ni podremos seguir relacionándonos con nuestros seres y familiares queridos, sabiendo que todos ellos solo formaron parte de nuestro reflejo en un espejo imaginario ideado para proyectar las propias culpas, originadas por un antiguo sueño en el que el Hijo se imaginó separado del Padre.

III. En cuanto a la mediumnidad…

Debo hacer una seria advertencia por si quizás alguien sintiese la necesidad de participar en una sesión espiritista para contactar con una persona que ya desencarnó, y contase para ese menester con otra persona o médium que se prestara como intermediadora. Previamente debe saber que esa comunicación puede ser —o no— positivamente efectiva. Dependerá en gran medida de la honradez, la lucidez mental y el grado de experiencia del/la médium, y a continuación, del nivel del plano astral en que se encuentre quien va a ser convocado. Evidentemente, los mensajes recibidos estarán en sintonía con la mayor o menor capacidad posible de discernimiento habido por las tres partes, a saber: quien solicita el servicio, la persona mediadora y la supuesta entidad contactada.

Capítulo 2: Sobre la meditación

Meditar es el cese del yo… El que experimenta, el observador, no está. No hay nada en el pensamiento. “Nada” significa que hay un final del tiempo y del pensamiento. Es decir, cuando no hay un experimentador en absoluto. Eso es lo real (Jiddu Krishnamurti).

Esa afirmación expresa la fase más sublime de la meditación. Aunque como ya sabemos, la meditación es usada como una herramienta útil de introspección y búsqueda de equilibrio, procurando además el mejoramiento de múltiples problemas mentales y físicos. Al menos, parece ser que es así como lo entienden millones de personas que la practican en Occidente, adaptando a su propia idiosincrasia los métodos y enseñanzas provenientes de varias disciplinas orientales, como la meditación Acem practicada en algunos países nórdicos o la más conocida como mindfulness.

Con el primordial sentido que nos caracteriza a las personas en pro de atender lo más inmediato, en bastantes ocasiones se ha banalizado o prescindido del sustrato espiritual originario de dichas disciplinas, reduciéndolas a prácticas para combatir el estrés y demás problemas cotidianos. Ciertamente, se pueden conseguir algunos beneficios para quien trabaja el apaciguamiento de la mente, aunque como resultado, los logros solo pueden aspirar a ser parciales o temporales.

La meditación que recomiendo hacer coincide mucho con la aproximación al comportamiento del místico, que es la del anhelo que siente por reunirse con el amado. Ambas actitudes requieren permanecer en silencio, aislamiento y comodidad postural. En la segunda opción, que es una variedad de meditación trascendental, se mantiene firme la voluntad enfocada en la disolución de trabas mentales que puedan interponerse entre alumno y maestro. La respiración consciente suave y profunda es algo común con la práctica general de yoga y meditación. Probablemente, los logros obtenidos al finalizar parezcan ser muy pequeños, e incluso a veces nulos. Sin embargo, siempre obtenemos un beneficio adecuado en tiempo y forma en cuanto a lo que realmente necesitamos, solo que a veces tiene que haber un espacio por medio para poner a prueba nuestra fe. Por tanto, requiere pertrecharse antes de humildad, paciencia y confianza.

En tal estado, se entra en la quietud del silencio, conectándose al corazón. Es muy probable que al comenzar detectemos como la zona localizada en el chacra corona de la cabeza se vigoriza a la misma vez. Debido a nuestra sensación de corporeidad, quizás nos haya motivado sentarnos a meditar el tener una inquietud o pregunta que hacer, o simplemente lo hagamos para intentar sentir el consuelo y gozo de aproximación a lo divino. Si hay una cuestión o petición en mente, no es necesario precisar detalles o argumentarla, pues las palabras tienden a desajustar la pureza de las ideas. Simplemente, ofrecemos los pensamientos con total confianza de que Él ya conoce en su totalidad los motivos profundos de nuestra inquietud o duda. También es muy importante no pedir directamente remedios para problemas mundanos, sino más bien solicitar la obtención de claridad mental sobre la causa que pudo desembocar en la plasmación del conflicto, así como solicitar la imprescindible asistencia espiritual y la firmeza necesaria para solucionarlo.

Se avanza mentalmente, sin ofrecer resistencia y dejando simplemente pasar los pensamientos que pueden cruzarse en cualquier dirección. El mero esfuerzo hecho para intentar esquivarlos, rechazarlos o identificar sus contenidos significaría reconocer que hay una aceptación implícita de interés por ellos, lo que en estos momentos es contraproducente. La actitud debe ser la de seguir adelante en ausencia de juicios y la convicción del valor nulo de sus mensajes. Así que permanecemos el tiempo que sintamos pertinente en esta quietud.

Comenzará probablemente a sentirse una paz luminosa, propia del acercamiento al Amado. No es solo que parezca que acude precisamente en ese momento a la cita, puesto que Su presencia es constante, aunque ahora se hará más evidente.

Debo insistir en que siempre que pedimos algo somos escuchados, aunque parezca que no obtenemos respuesta. Esta se nos dará de uno u otro modo, bien en el mismo momento, más tarde o mediante cualquier otra circunstancia: a través de una persona, un pensamiento súbito, un sueño, una frase escrita leída de forma aleatoria, el título de un libro, una película, la actitud o reacción sorprendente de alguien, un cambio súbito de la situación, la letra de una canción, unos versos, etc.

Como leímos anteriormente en la frase que pronunció Krishnamurti durante una de sus últimas conferencias, es importante no mantener ninguna expectativa durante la meditación; esta es una aclaración que fue también recibida internamente en mí y que me parece muy útil destacar. La comprensible ansiedad que solemos tener por recibir emocionalmente algún tipo de señal (ya sea mediante éxtasis, visión, mensajes, escalofríos, abrazo sutil, fragancias…) denotaría el camuflado interés manipulador que desarrolla el ego —el observador, en la meditación—, el cual no nos ofrece nunca nada si no es a cambio de algo, siempre interesado como lo está en distraernos y darle importancia a la experiencia sensorial, en detrimento del encuentro con el amado.

En etapas anteriores de aprendizaje, y también en la actualidad, aunque en menor medida, he tenido suficientes pruebas dadas por esa presencia que nos acompaña en el proceso progresivo del despertar. Algunas de ellas las seguiré narrando en este libro, simplemente como demostración de la supremacía del valor puesto en la fe, que tiende a desbaratar dinámicas y criterios lógicos dentro de lo que es considerado como aprendizaje normal para el mundo.

A propósito de hacer o no preguntas al comienzo de la meditación y vinculándolo a una de ellas, recuerdo que una tarde elevé una al maestro Jesús con respecto al significado de la tercera frase de aquella lección, «Pues aún soy tal como Dios me creó», que me parecía la parte más enigmática de los ejercicios citados en UCDM.

Aguardé en silencio, y a continuación comencé a recibir información mediante un despliegue de enseñanzas en dimensiones desconocidas, ante lo que inmediatamente sentí una sensación de bastante vértigo.

Aún recuerdo con humor que dije atropelladamente algo así como: «¡Vale, vale! No estoy preparado para recibir esto, me salgo. ¡Gracias, gracias!».

Así pude entender (y agradecer la lección de humildad recibida) que hay temas para los que no estamos aún preparados y que solo podremos entender estando en los planos de la sabiduría del Cielo. Por lo tanto, estas cuestiones no son imprescindibles ni trascendentales ahora para continuar el aprendizaje de aquello que vinimos a realizar en esta existencia. Muchas veces, ese afán de curiosear requiere de un correctivo, pero el maestro sabe darlo con una dulzura y camaradería muy sutiles.

Para finalizar la meditación, daremos siempre las gracias por haber sido atendidos y escuchados, con la certeza de que recibiremos aquello que verdaderamente necesitamos.

Capítulo 3: La no-forma

El término «amorfía» se cita dos veces en el «Libro de ejercicios», lección 186, punto 14 de UCDM (a partir de ahora, lo citaré con esa abreviatura). Una de ellas con mayúscula, refiriéndose al ámbito donde surgen los pensamientos amorosos de Dios, y otra con minúscula, al provenir del propio individuo, de tal manera que:

«El amor significará mucho más para ti cuando se haya restaurado en ti el estado de amorfía».

En el capítulo uno, titulado «Oración», sección II, «La escalera de la oración», (1:1-3) del documento anexo «El canto a la oración», vemos que dice: «La oración no tiene principio ni fin. Es parte de la vida. Pero sí cambia de forma, y crece con el aprendizaje hasta que alcanza un estado amorfo y se fusiona en total comunicación con Dios».

Según esta afirmación, la existencia humana mantiene de modo inconsciente un estado de oración constante expresada como petición de protección, debido al temor que nos supone enfrentarnos a los problemas en el mundo. Esta prioridad se tradujo en la Antigüedad como una necesidad urgente, para la cual se creyó en multitud de mitos y leyendas, que se complementaban con la realización de ceremonias rituales de carácter religioso dirigidos a un amplísimo panteón de entidades celestiales en demanda de su ayuda, aunque algunas comunidades también acabaron dedicando sus súplicas a un único dios, considerándolo como superior a los demás.

Pero después de sucesivos aprendizajes, el hombre adquirirá una mayor consciencia y decidirá aventurarse en su propio interior, cambiando su forma de orar. Es entonces cuando aceptará un nuevo camino de realización, yendo al reencuentro definitivo con su maestro y guía, que le conducirá finalmente a ese estado permanente de diálogo en el que el ser ya no precisará de la palabra y la forma, como así se afirma en el capítulo dos, «El perdón», del mismo tratado, sección (1:8-6) titulada «Perdonarte a ti mismo», que lo confirma:

«Y de esta manera se restaura la oración a su estado amorfo, adentrándose en la intemporalidad, más allá de todo límite».

Durante aquel tiempo de apasionantes descubrimientos, fue igualmente notable el impacto mental que me produjo leer en el apartado final, «Clarificación de términos», capítulo 6, el titulado «El Espíritu Santo». Al concluir, se revela el término «Eterna Amorfía de Dios», mientras se refiere a la fase final del trayecto, después de haber abandonado cualquier resistencia al perdón absoluto de nuestras creencias en el mundo y sus miserias, antes de acceder al reencuentro del Hijo con su Creador, momento que es recogido así en un bello símil por el retorno al Reino (5: 6-8):

«Y estarás con él cuando el tiempo haya cesado y ya no quede ni rastro de los sueños de rencor en los que bailabas al compás de la exangüe música de la muerte. Y luego ya no se oirá más la Voz [del Espíritu Santo] ya que no volverá a adoptar ninguna forma, sino que retornará a la eterna Amorfía de Dios».

Esta rotunda declaración reafirma la necesidad de perdonar totalmente cualquier huella de pecado o culpa ilusoria como condición final indispensable para pertenecer al Cielo. Atrás quedarán olvidadas las pueriles imágenes aprendidas sobre aquel anciano de presencia imponente y grandes barbas blancas que el ser humano ha retratado en multitud de imágenes artísticas, para así descubrir a Dios tal cual es.

En aquel tiempo la novedad fue ese calificativo novedoso, amorfía. Dicha palabra se quedó flotando en mi interior, como ofreciendo la esencia de un misterio junto a la clave desafiante de algo aún por descifrar. Y así permaneció resguardado durante un tiempo.

Bastante después, hoy (ayer, mañana, siempre, nunca), 3 de febrero de 2020, busqué la descripción de amorfía en Internet, y como suele suceder, distan mucho en coincidir las atribuciones de uso mundano y académico con las que el Curso ofrece. De hecho, en los diccionarios encontramos las descripciones de dicho término como «monstruosidad» o «deformación orgánica», argumentos todos bastante recurrentes para explicarla como antítesis de «lo normal».

En el Curso no se va más allá de la palabra misma, debido quizás a que, como en la descripción del amor o del conocimiento, este libro renuncia a expresar con símbolos o frases algo que solo puede sentirse durante algunas experiencias muy personales, tan íntimas y profundas como las que ocurren en el llamado «Instante Santo», donde la eternidad y el Espíritu se imponen al tiempo y la materia.

Un paso más.

Ayer noche, pasado el umbral de las 24 horas, estaba en la cama en una situación de paz y agradecimiento, así como de oración, solicitando al Maestro una mayor capacidad de discernimiento, para así desalojar buena parte de la oscuridad que aún ocupa mi mente obstaculizando el paso a la verdad, y que con ello pudiese entender en la medida de mi capacidad actual algo de la realidad tal cual es, no ya motivado por un afán especulativo, sino para poder asimilar mejor la verdad y no influir a los demás con mis posibles errores de percepción.

Entonces me vino al pensamiento un enlace clarificador entre las anteriores experiencias y su vinculación a aquella misteriosa palabra, la citada «Amorfía eterna de Dios».

Fue un vislumbre para poder aproximarme más al significado de la unicidad sin forma entre mi ser y aquel calificativo, realizada en el Cielo donde el Hijo vive eternamente, siendo de la misma naturaleza que el Padre.

Al principio, Dios (Padre/Madre), que es principalmente amor absoluto, decidió «dar a luz» un Hijo para que le acompañara, reflejándose a sí mismo en él en la tarea de expansión eterna de Su creación, otorgándole la potestad de participar de Su propia mente, habiéndole dotado de una consciencia con la que pudiera reconocerse igualmente en su Padre. También fue dotado de libertad para tener una experimentación singular, siendo consecuente y capaz de cocrear sin fin, siempre en mutuo amor y agradecimiento. Lo que no es óbice para recordar que el Hijo fue una creación del Padre, y no al revés, por lo cual este reconoce con inmensa gratitud Su autoridad. Por lo tanto, la expansión de su Reino fue configurada de tal modo por Él para extender la creación junto a su Hijo.

Extensión y cocreación convergen en la experimentación de la vida ilimitada, que está repartida en múltiples dimensiones de consciencia a través del amor recíproco, mediante el cual dicha vida siempre es armoniosa y gozosa en la atemporalidad, siendo algunas de estas sus principales cualidades, pues ¿acaso el amor puede significar otra cosa sin la presencia de la verdad ante la razón de ser y existir?

Pero debido a que el Hijo tuvo durante un instante el deseo de habitar por su cuenta en una dimensión densa que facilitase la manifestación autónoma de los cuerpos, posteriormente se nos volvió a recordar cual es el deber principal para con el Creador mediante la representación en los Diez Mandamientos bíblicos: «Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo», algo que es evidente que seguimos prefiriendo pasar por alto en múltiples ocasiones, manteniendo abierta la brecha de separación entre nosotros mismos, y también con el Padre.

Así fue que, tras aquella «loca idea» que acogió el instante donde el Hijo cuestionaba su indivisibilidad, soñó acerca de cómo sería experimentar con cierta independencia en un contexto habitacional distinto, esta vez regido por él mismo, que propiciaba el supuesto descenso a dimensiones existenciales muy primarias y densas, originando la configuración de diversas elucubraciones mentales proyectadas esta vez sobre dichos universos materiales. En la Biblia se explica metafóricamente esta obnubilación mental nuestra como la confrontación de los ángeles rebeldes y su posterior expulsión del Cielo.

Aunque entenderlo así conllevaría la irremisible aceptación de que hubo un dios cuya obra fue imperfecta, al que los antiguos filósofos platónicos identificaron como el Demiurgo. Pero también fue reconocido con otros nombres en diversas épocas, culturas o relatos mitológicos, y en cuyas creaciones se reflejaría una imagen y semejanza de sí mismo igualmente defectuosa. Consecuentemente, todo ello propició la aparición de la dualidad y el conflicto constante rigiendo un universo ajeno a la perfecta unidad original, muy distintamente del Padre del que habló Jesús.

Reflexionando sobre la parte de la frase en la que se nos conmina a amar a Dios «sobre todas las cosas», también esta fue incorrectamente comprendida por las mentes de los hombres, teniendo que amar a un Creador de carácter voluble que administraba un mundo lleno de conflictos y complejas diferencias, las cuales precisaron de leyes de regulación, siendo en la práctica más o menos capaces de ser impuestas mediante normas de estricto cumplimiento y represalias de castigo, a pesar de que en la verdadera Creación no hay diferencias, penalizaciones ni formas contrapuestas al amor, ni existe nada que sea considerado superior o inferior.

En cuanto a la enseñanza de amar al prójimo como a uno mismo, desafortunadamente y por milenios, las religiones han venido socavando la autoestima del ser humano mediante la implantación de la creencia en sus fieles de un sentimiento de culpabilidad, afín a la humillación o pecaminosidad innata proveniente de la misma estirpe humana. Para ello, las autoridades habilitadas se atribuyeron la potestad de impartir exclusivamente la enseñanza religiosa y ejercer la concesión del perdón divino. Así han contribuido a la minusvaloración del amor hacia uno mismo, haciéndolo parecer una muestra de egoísmo o prepotencia, y a entender el amor al prójimo como un mero ejercicio de caridad mal entendida, más bien como lástima y torpe entendimiento de la compasión, y priorizándolo a los estrechos márgenes y obligaciones propios del ámbito familiar, comunidad o nación.

Resulta, pues, una paradoja establecer grados distintos de amor hacia nuestros semejantes, ya que este sentimiento innato es progresivamente más y más desvirtuado cuanto más se le quiere encajar dentro del extenso y amplio ámbito de los registros emocionales, distinguidos por deseos y afectos o rechazo hacia seres a los que se considera como especiales o diferentes.

I. Regalos del Espíritu

En otro momento del pasado reciente me senté en uno de los sillones del salón de casa, poco antes de disponerme a salir para acudir a una reunión dominical, y cerré los ojos para hacer una breve meditación (aprovecho la ocasión para complementar y ampliar aquí la información anterior que di acerca de mi método de meditación).

Como acostumbro hacer, recité mentalmente la frase que uso para conectarme espiritualmente: «Heme aquí, ahora, Espíritu Santo. Tú sabes». A los pocos segundos, se abrió paso en mi cabeza la reflexión que paso a desarrollar con más pormenores, para hacerla más asequible:

El adverbio de lugar «aquí» se utiliza a menudo en las meditaciones como medio útil para visualizar el enraizamiento con el presente mientras se permanece con los ojos cerrados, adoptando una posición cómoda y estando en un espacio seguro, tranquilo y agradable. Como es sabido, siempre se comienza aconsejando al practicante dedicar su atención a los ciclos de la respiración, al objeto de relajar la mente de los pensamientos que persisten en fluir, así como para reducir las constantes vitales al mínimo necesario. El objetivo que se persigue es mejorar el equilibrio mental y físico, entrando en un estado sensorial apacible donde los pensamientos se aletargan.

En ocasiones, algunas personas pueden llegar durante su práctica a experimentar grados altos de conexión con —llamémoslo así— esferas de luz, paz interior o revelaciones singulares. Los posteriores intentos de descripción de dicha experiencia suelen ser variados, o a veces aproximados, pero difícilmente concisos o entendibles racionalmente para el que escucha el relato.

Sin embargo, la reflexión que vino a mi mente fue que los términos «aquí» y «ahora» tenían pleno sentido en un contexto distinto, existente más allá de los límites temporales.

En Occidente, dichas meditaciones se conciben como anclajes de fijación espaciotemporal, plenamente compatibles con la dualidad cuerpo/mente, y su ocupación primordial es combatir las muchas preocupaciones que representa la supervivencia diaria (causas todas ellas originadas profundamente en el temor, de manera inconsciente, tal como antes se dijo que lo fueron inicialmente para potenciar también la oración).

De ese modo, el aquí (la habitación, el gimnasio, el monte…) es ocupado como un espacio físico predeterminado. Por consiguiente, la definición del ahora se entiende igualmente como algo circunstancial, estando enfrentada a su vez con un antes y un después.

Como dije ya, en mi forma de meditar no importa tanto el modo de aislamiento, el protocolo a cumplir o una preparación especial, pero sí se prioriza ofrecer un grado suficiente de devoción al maestro interno, recitando una breve llamada en forma sonora o mental.