La naturalista emocional - Eva Rodellas - E-Book

La naturalista emocional E-Book

Eva Rodellas

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Beschreibung

Más que un libro, La naturalista emocional es una forma de entender la vida. Siguiendo los pasos de Arlet, la escritora nos invita a participar de un canto particular a la naturaleza. Un canto de respeto, de curiosidad y búsqueda de pequeños logros que definen al personaje principal. El libro transita un camino trazado con mucho cuidado a partir de imágenes precisas y, cuando es necesario, de mitos, cuentos y fábulas de todo el mundo y de creación propia. Eva Rodellas es una persona viajera que ha sabido componer un relato delicado, aunando elementos de diferentes culturas, apropiándoselos con inteligencia y traduciéndolos en el pensamiento —el que se expresa y lo que se esconde— y en los gestos de su protagonista.

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Seitenzahl: 54

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Eva Rodellas

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Ilustración: Uxito

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

Traducción: Maria Lucchetti

ISBN: 978-84-1089-121-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A mis padres, Vicenç y Emilia,

que me han enseñado a amar la naturaleza.

Los búhos han volado del nido

Observa atentamente la naturaleza y lo comprenderás todo mucho mejor.

Albert Einstein

Anochecía y Arlet llevaba un buen rato mirando distraídamente por la ventana del comedor. A menudo pensaba que había sido un acierto hacer aquella abertura, daba mucha luz al comedor y no había alterado en absoluto el espíritu de la masía de los abuelos.

Empezaban a verse murciélagos y las abejas decidieron que ya era hora de descansar. Habían pasado el día jugando y yendo de flor en flor para probar el néctar delicioso que les ofrecían las plantas aromáticas del jardín. Néctar como el que tomaban los antiguos dioses griegos. Un líquido azucarado, delicioso, que daba poder a los héroes y energía a las abejas. Para conseguirlo quedaban cubiertas de polen, pero poco les importaba. Sabían que el tesoro estaba en el fondo de la flor y merecía la pena pasar entre los estambres a cambio de un manjar tan fresco y exquisito.

Miraba los cerezos y recordaba cómo, cada primavera, la abuela Magdalena llamaba a Emiko para avisarla de que los cerezos estaban en flor, el sakura ya había llegado. Emiko y Arlet se instalaban unos días con los abuelos para disfrutar de la explosión floral.

Había sido una tarde festiva y todo el patio desprendía un olor dulce y romántico. El zumbido del trabajo casi frenético de las abejas sonaba en medio de todo tipo de aromas florales y melosos.

De repente vio a Robert, que llegaba sonriendo y puntual como siempre, impecablemente vestido para salir al bosque, con pantalones verde aceituna y camiseta también de color verde, algo más claro. Salió a recibirlo con un abrazo.

—¿Te apetece un café? Deja que acabe de poner las flores en cubos de agua fría para hacer el ikebana luego, cuando regresemos. Ya casi he terminado y no me gustaría que las flores se marchitasen. ¿Te preparas tú mismo el café con leche? A veces creo que sabes mejor que yo dónde están las cosas en esta casa.

—Sí, descuida, Arlet —le dijo sonriendo—. De hecho, no tenemos prisa. Si quieres, haz el ikebana ahora y así veo cómo lo haces, que me gusta mucho.

Robert quería mucho a Arlet y no solo le perdonaba que fuese tardona, sino que incluso le parecía divertido. Ella siempre perdía la noción del tiempo. Robert no entendía cómo se las arreglaba con la cultura japonesa, tan formal. Quizás en Japón era una Arlet distinta.

Eran amigos de la infancia y, a veces, los mayores bromeaban sobre si serían novios. A él no le importaba que se lo dijeran, al contrario, parecía sentirse halagado. Ella, en cambio, se enfadaba y decía que Robert era su amigo y no su novio.

Ese rostro pecoso y risueño hacía que todo fuese distinto. En lugar de reírse de él, como hacían otros amigos, ella le preguntaba cosas interesantes y le animaba a analizar las egagrópilas y a clasificarlas, algo por lo que el resto de los amigos lo tomaban por loco. Al fin y al cabo, ella era la única persona que le comprendía y que no pensaba que era extraño por perseguir cualquier cosa que se moviese. Y siempre le hacía reír.

La había echado mucho de menos los cuatro años en los que ella había vivido en Japón. Pero ahora todo había cambiado. Hacía ya un tiempo que había vuelto y se había instalado en la masía de los abuelos. Para ellos resultaba pesado vivir allí y decidieron mudarse al pueblo y pedirle a Arlet que viviera en la masía y cuidara de ella.

Después de todo el ajetreo de mover muebles, cajas y otros cacharros arriba y abajo, todo volvía a ser como antes. Robert pasaba a buscarla para ir al bosque, como cuando eran pequeños y llevaban las rodillas peladas y corrían todo el día por el monte.

Medio año antes, paseando por una zona al final de un barranco donde no solían ir, pues quedaba muy alejada de la masía, un reclamo los dejó helados.

—¡Ooha, oooha, ooha!

Ambos sabían de qué criatura se trataba y enseguida cogieron los prismáticos, pero no veían nada. Una voz monótona y continua los guiaba. Mientras los últimos rayos de sol brillaban sobre el acantilado, una silueta robusta y redondeada llamó su atención. Era un búho de gran envergadura, casi dos metros, que volaba majestuosamente por encima de sus cabezas. El plumaje de colores pardos y amarronados, más uniforme en el dorso y en las alas y más contrastado en el pecho y en la zona ventral. Un espectáculo que los ojos de los dos naturalistas no se podían creer. Rápidamente, montaron el telescopio y vieron cómo el ave rapaz se acercaba a la hendidura bajo el acantilado y cómo entraba, agachando la cabeza, en la covacha.

Los dos aguantaron la respiración:

—¡Ufffff!

—Bubo bubo.

—¡Sí, el búho real!

Arlet estaba emocionada, una lágrima resbalaba por su mejilla mientras abrazaba a Robert, que también tenía los ojos anegados en lágrimas. Habían encontrado el nido del búho. Una vez lejos, los dos estallaron en risas e iniciaron un repertorio de bailes y cantos de alegría. No daban crédito, no solo habían visto al búho real, sino que, además, sabían dónde tenía el nido.

El acantilado donde anidaba el búho se encontraba cerca de un campo yermo de un amigo de la familia de Arlet, que les dio permiso para instalar cámaras en los pinos cercanos al nido. Así podrían seguir la evolución de un acontecimiento tan importante como la reproducción del búho real.