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Un 4 de octubre expira en Europa el calendario juliano, el cual, por un error de su creador, acumulaba desde la antigua Roma once días de retraso. Fue el papa Gregorio XIII quien dispuso que a la mañana siguiente sería día 15. De este modo podemos decir, con una certeza única en la historia del mundo, que del 5 al 14 de octubre de 1582 no sucede absolutamente nada. Todo lo contrario de lo que ocurre en este libro, por cuyas páginas transitan músicos, científicas, volcanes en erupción, pintoras, expediciones botánicas, actores, accidentes de avión, naufragios, injusticias olvidadas, hitos de la humanidad, cineastas o escritoras: un cruce incesante, arbitrario y a la vez preciso, repleto de homenajes y también alguna burla, pues el humor es la divisa principal de este relato concatenado. Con espíritu oulipiano, Didier da Silva se impone una forma (recorrer uno a uno los 365 días del calendario) que, lejos de cualquier constreñimiento, sólo ejerce efectos positivos sobre el fondo: al igual que en una enciclopedia, las entradas no se limitan a una única historia, sino que desarrollan un entramado de relatos y de encuentros que ofrecen otros tantos nudos novelescos. Toda fecha se convierte en un detonante, ningún día tiene final. La estructura de la narración, fruto de la siempre inesperada yuxtaposición de ciertas ideas, teje conexiones improbables entre todos los días de un año que es todos los años y en el que surgen nuevas relaciones entre los acontecimientos, más allá del espacio y del tiempo, trazando, de este modo, una hipótesis brillante y mordaz de la historia del mundo. En su recorrido, Da Silva toma caminos apartados: es en la maleza de la historia donde se siente más cómodo, en los ángulos muertos, en los intersticios, en el fuera de plano. Si, de acuerdo con Robert Bresson, cuyas ideas atraviesan este libro, crear no es ni deformar ni inventar personas ni objetos, sino establecer entre ellos unos vínculos nuevos, este teatro del mundo que es La noche del 4 al 15 constituye una creación sobresaliente, una obra de orfebrería, una proeza lúdica, erudita, extraña y genial.
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Seitenzahl: 316
Veröffentlichungsjahr: 2021
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LARGO RECORRIDO, 162
Dider da Silva
LA NOCHE DEL 4 AL 15
TRADUCCIÓN DE VANESA GARCÍA CAZORLA
EDITORIAL PERIFÉRICA
PRIMERA EDICIÓN: mayo de 2021
TÍTULO ORIGINAL:Dans la nuit du 4 au 15
DISEÑO DE COLECCIÓN: Julián Rodríguez
© Quidam éditeur, 2019
© de la traducción, Vanesa García Cazorla, 2021
© de esta edición, Editorial Periférica, 2021. Cáceres
www.editorialperiferica.com
ISBN: 978-84-18264-97-9
La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.
A Thomas, que ha trascendido el tiempo
Ya sea de propios o ajenos, no siempre resulta sencillo celebrar los cumpleaños. El asunto no es baladí: no sabemos ni qué regalar ni cómo, nos dan miedo las meteduras de pata o los duplicados, nos faltan las palabras. A menudo pasamos mucho apuro. Didier da Silva no pasa ninguno, pues sabe que cada día trae más de un acontecimiento y, al dar testimonio de ello, no le faltan las palabras.
Tan arbitraria como un abecedario, no menos preciosa que un diccionario, su empresa es asimismo una agenda sin fecha de vencimiento, por lo tanto, perpetua. En el espacio de un año se evocan todos los días del mundo. Al igual que sucede en una enciclopedia, cada una de las entradas no se limita a una única historia, sino que, generalmente, desarrolla un entramado de relatos y de encuentros que ofrecen otros tantos nudos novelescos.
Cada lugar y cada personaje sugieren una multitud de reflejos que podrían entrechocar sin cesar: toda fecha se convierte en un detonante, ningún día tiene final. Como es lógico, en estas páginas se cruzarán, entre otros, exploradores, sabios, criminales, deportistas, artistas de todos los géneros y perfectos desconocidos, pero también sensaciones, paisajes, fenómenos climáticos, accidentes temporales, objetos inanimados: todo un cosmos. De este modo, en un año se traza una hipótesis conmovedora y cáustica de la historia del mundo.
Merced a una imaginación más alegre, si cabe, por cuanto responde a un esmerado método, lo que en estas páginas se construye es, más allá de los meros ensueños del calendario, un universo paralelo en el que, naturalmente, los fenómenos reales son, como siempre, los más inverosímiles.
JEAN ECHENOZ
El 8 de septiembre es el día de Año Nuevo o día uno del mes de absoluto en el calendario patafísico. Tal día como ése en 1907, un astrónomo de Bade-Wurtemberg dio el nombre de Sherezade a un asteroide.
Un 9 de septiembre nace el autor de El oficio de vivir y muere el de Un lance de dados.
«Mi muerte me obsesiona como una guarrería obscena y, por consiguiente, terriblemente deseable»: así hablaba Georges Bataille, cuyos ojos se abrieron un 10 de septiembre en 1897.
Ese mismo día en 1622 en Nagasaki, ante un público de cien mil personas y bajo la presidencia del vicegobernador de dicha ciudad, que, a modo de represalia, Dios Padre dejará que sea destruida tres siglos después, se ejecuta a cincuenta y cinco cristianos. Apenas dan las ocho de la mañana y ya han decapitado a treinta seglares, entre ellos seis niños. A continuación, disponen sus cabezas sobre un caballete frente a veinticinco postes consagrados a dar muerte a sus confesores, franciscanos y jesuitas, cuyo martirio comienza entonces: mediando un espacio de dos metros entre cada uno, digamos que, más que quemarlos, los cuecen a fuego lento, pues cada dos por tres los van regando con agua hirviendo con el fin de prolongar el suplicio.
Ni uno solo de ellos rompió sus ataduras, sueltas a propósito, ni uno solo de ellos apostató de Iesukirisuto, como decían allí. Cantaron. El más fornido de ellos, un español de cuarenta y cuatro años nacido en Valencia, realiza la proeza –hacía ya un buen rato que se había quedado solo– de aguantar quince horas.
Parece lógico que en 2002 el 10 de septiembre se convirtiera –los no creyentes son igual de lentos a la hora de reaccionar que el Espíritu Santo– en el Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
El 11 de septiembre, catástrofe: muere François Couperin, apodado el Grande, y deja así doscientas treinta piezas de clavecín repartidas en veintisiete ordres y cuatro libros que podrán darnos la impresión de conocerlo más que a un amigo íntimo porque en ellos el músico se entrega a corazón abierto, cuando de su vida, por lo demás normal y corriente, no sabemos, como quien dice, nada.
El 12 de septiembre es un buen día para descubrir la cueva de Lascaux, prometer a su país caminar por la superficie de la Luna, ver morir a Claude Chabrol o a Johnny Cash. Según Fabre, Fabre d’Églantine, el poeta que con la ayuda de un jardinero dio nombre a los días del calendario revolucionario, el de hoy es el de la bigarade, una variedad de naranja amarga.
El 13 de septiembre, siempre según Fabre, es el día de la vara de oro.1 Éste da, en efecto, buenos frutos.
Grandville, por ejemplo, ilustrador nacido en Nancy y muerto de pena (a los cuarenta y tres años); Arnold Schönberg, a quien a estas alturas ya ni presentamos, y Sherwood Anderson, a quien a estas alturas apenas leemos (craso error nuestro); Roald Dahl, por quien sabemos que un crimen perfecto necesita de un pollo congelado; la Castafiore inca, Yma Sumac, cuya voz abarcaba cuatro octavas (y media); Mel Tormé, un crooner de voz melodiosa; Jacqueline Bisset, la Tatiana de Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo, de De Broca, y la Yvonne de Bajo el volcán, de Huston.
También se siegan las vidas de varias buenas cosechas: dos personalidades de peso que delimitan el siglo XVI, Mantegna y Montaigne; Emmanuel Chabrier, músico auvernés, según el cual había dos tipos de música, la buena y la que no vale la pena; Leopold Stokowski, el director de orquesta de Fantasía, que contribuyó tanto a la una como a la otra durante cerca de sesenta años, y, por último, el actor Roland Blanche, a quien el cine francés encomendó durante veinte años el papel de un bizco sudoroso.
James Fenimore Cooper, afortunado autor de un éxito mundial, El último mohicano, murió el 14 de septiembre, en 1851, en la víspera de su sexagésimo segundo cumpleaños, de modo que, si bien el último de los mohicanos muere hoy, nace mañana.
En 1984, el último signo de vida de Richard Brautigan, a quien se conoce como el último de los beats a raíz del enormísimo éxito de su colección de relatos La pesca de la trucha en América, pero cuyo cadáver no se descubrió en su casa de Bolinas hasta el 25 de octubre, por lo tanto, seis semanas después de que la única bala de su Smith & Wesson calibre 44 hubiera abandonado su nicho para dar un breve paseo con un interesante destino –la cabeza del poeta–, un paseo en el que tuvo que ir apartando los vapores del alcohol.
Dos años antes, Grace Kelly no sobrevivió al accidente que había tenido la víspera en la carretera de Turbie –treinta años atrás, uno de los decorados de Atrapa a un ladrón–, a quince kilómetros de Niza, donde, por cierto, ese mismo día en el 27, el fular de seda de Isadora Duncan se había enredado en la rueda del destino y en la de un automóvil.
Ni el nacimiento de Al-Biruni, erudito persa cuya tesis no descartaba que la Tierra girase alrededor del Sol –«Posiblemente, posiblemente», decía en árabe mientras se acariciaba la barba– y que exploró la India desde el año 1008, ni el de Marco Polo, quien, como se sabe, exploró la India, ni el de Jean Renoir (quien, mire usted por dónde, también exploró la India) son un consuelo para el 15 de septiembre, día en que, en el 45, se mató asimismo a un explorador, pero de una India musical; ni la revelación de Agatha Christie ni el primer berrido de Jessye Norman compensan por aquel último puro de Anton von Webern en las inmediaciones de una casa tirolesa: había anochecido, la guerra había terminado, el nazi de su yerno traficaba a sus espaldas con los yanquis (el mercado negro era de lo más jugoso), entre ellos un tal Raymond Norwood Bell, un cocinero que jamás había matado a nadie y que aquella noche andaba nervioso y, ahí lo tenemos, sale a la oscuridad, oye un ruido, no sabe que Anton está fuera tomando un poco el aire; todavía pueden verse los tres balazos en la tapia; por lo que respecta a Anton, le bastó con uno solo.
«Así pues, algunas veces la realidad se parece a los sueños, y no siempre a las pesadillas», constataba incrédulo Jean-Baptiste Charcot, que cumplió treinta y nueve años en 1906 mientras admiraba las catedrales de icebergs del Antártico; rememoraba sus juegos de treinta años atrás en el jardín de su padre, neurólogo, en los que imitaba a los exploradores de los polos con una silla patas arriba a modo de trineo, ahogándose bajo unas mantas. Aquello era demasiado hermoso.
El 16 de septiembre de 1936, el cuarto de sus barcos, que se llamaba Pourquoi-Pas? –Charcot no salía de su asombro–, naufragó frente a Islandia a su regreso de Groenlandia, víctima de una tempestad ciclónica, y con él, la vida de ensueño de Jean-Baptiste. En ese mismo instante, dos muchachos del Bronx celebraban su cumpleaños: el duodécimo de Lauren Bacall, a la que se apodaría The Look, y el noveno de Peter Falk, que ya tenía un ojo de cristal.
El 17 de septiembre de 1908, un teniente norteamericano de veintiséis años, Thomas Selfridge, a quien apasionan los balbuceos de esas aeronaves que son más pesadas que el aire, se las ingenia para montarse a bordo del Wright Flyer III al lado de su creador, Orville Wright, y sobrevuela cuatro veces y media con éxito, a cincuenta metros de altura, la base militar de Fort Myer, en Virginia. En eso la hélice se parte, cosa que enseguida también hace la cabeza de Selfridge al descender en picado el prototipo (Wright apenas se rasguña). Nuestro entusiasta teniente se convierte así en la primera víctima de un accidente de avión. Cada campo tiene su pionero: sólo hacía falta alguien que se consagrara a ello, y ese alguien fue Thomas. Enhorabuena, Thomas.
El 17 de septiembre es propicio para los vanguardistas. Nace en Matsuyama, en la isla de Shikoku, aquel que con el nombre de Shiki, que significa «cuco chico»,2 se convertirá en el padre del haikú moderno:
Estúpido el 31 de diciembre
igualmente estúpido
el día de Año Nuevo
El escritor tiene aún más mérito por cuanto pasa un tercio de su breve vida (concluida en 1902, recién cumplidos los treinta y cinco años: a principios del siglo XX dos de cada mil japoneses morían de tuberculosis) sobre Una cama de enfermo de seis pies de largo, título de la columna que, sin quejarse, escribía para el periódico Nihon.
En 1179 la benedictina Hildegarda de Bingen se reúne con su Creador tras haber festejado la víspera sus ochenta y un años de existencia. Algunos sostienen que su Ordo Virtutum –que pone en escena las virtudes y a Satán: las unas cantan; el otro, no– es la primera ópera que existe.
Puesto que el calendario revolucionario comprendía doce meses de treinta días, le faltaban cinco para completar un año y un sexto cuando éste era bisiesto, en vista de lo cual se crearon los días complementarios –primero llamados sans-culottides, pero alguien debió de reparar en que tantísima innovación mataba a la propia innovación– a los que Fabre no asignó frutas ni plantas, sino ideas y nociones: día del trabajo, día de la virtud, día de las recompensas o de la opinión, día de la revolución (el más escaso, cada cuatro años), situando en segunda posición el día del genio, que la mayoría de las veces caía en el 18 de septiembre. Tal día como ése fallece Jimi Hendrix, de manera que esa fecha es en realidad el día del genio muerto (en su vómito). Baja la fiebre. Como suele decirse, el frío anunció ese día la nieve.
El 19 de septiembre es un buen día si quiere usted aparecérsenos súbitamente en las alturas aunque no hayamos sabido de usted desde hace siglos. Eso es lo que, envuelta en una viva luz, hizo la Virgen a dos jóvenes pastores de Isère, hacia las tres de la tarde, en 1846, en la montaña de Salette; eso es también lo que hizo la momia amarillenta y cerosa de un cuarentón –llamado Ötzi– a dos senderistas nuremburgueses en 1991 en las montañas del Tirol, donde éste había muerto cinco mil años atrás.
Lampiño de cuerpo pero barbudo, tatuado, con intolerancia a la lactosa, habiendo ingerido en su última cena una cabra montesa y cereales, el protohípster de la Edad del Cobre, descongelado a causa de un tórrido verano, presenta una realidad que infunde una mayor certeza (su cuerpo de veintiún kilos está expuesto en una cámara frigorífica en Bolzano, hay réplicas circulando por ahí) que la infundida por esa madre de Cristo que se acerca llorando a unos niños incultos para avisarlos de que no reprimirá durante mucho tiempo la cólera de su hijo (hay réplicas circulando por ahí), y, sin embargo, ambos a buen seguro adoptarían la siguiente frase de Italo Calvino, fallecido un 19 de septiembre, en Tiempo cero: «Podría así definir como tiempo y no como espacio ese vacío que me ha parecido reconocer al atravesarlo».
El 20 de septiembre gusta de las grandes primicias: en 1519 la nao de Magallanes sale de las aguas del Guadalquivir para llevar a cabo la primera vuelta al mundo (algo que hace la nao, no así Fernando, quien, distraídamente, se precipita hacia una flecha embadurnada de veneno que un salvaje de la isla de Mactán, a las órdenes del rey Kali Pulako, le disparará a los diecisiete meses de haber zarpado). Nace ФаддейФаддеевичБеллинсгаузен, un almirante de la armada rusa más conocido, aunque tampoco tanto, con el nombre de Fabian Gottlieb von Bellingshausen (claro, no iba a ponerse el suyo de nacimiento), cuya expedición fue, con todo, la primera en adentrarse en las tierras del Polo Sur cuando corría el año 1920. En el 2000 fallece ГерманТитов, es decir, Guerman Titov (algo más fácil de retener), un joven y apuesto piloto del Ejército del Aire soviético a quien acometieron unas acuciantes ganas de vomitar que persistieron durante las veinticuatro horas que tardó en dar diecisiete órbitas alrededor de la Tierra a bordo del Vostok 2, en agosto del 61, cuando tenía veintiséis años y que, aun así, entre una arcada y otra, hizo las primeras fotos jamás hechas del globo terrestre desde el espacio, así que tampoco le vamos a reprochar que las malograra un poco.
También recordamos, en Järvenpää, al norte del lago Tuusula, el último suspiro de Jean Sibelius.
Un 21 de septiembre se quemó un tercio de Nueva York. En Francia se abolió la monarquía. Más adelante, en el mismo lugar, dimitió Deschanel, harto de que se burlasen de él por haber estado a punto, en el mes de mayo, de romperse el cuello al caerse de un tren nocturno que circulaba a cincuenta kilómetros por hora durante un episodio de sonambulismo, o quizá solamente de angustia –se ahogaba; rápido, un poco de aire–; acto seguido, bordeó, ensangrentado (y en pijama), la vía férrea envuelta en tinieblas hasta que se cruzó con un ferroviario («Soy el presidente de la República»; cara del ferroviario; «Me di cuenta de que era todo un caballero, tenía los pies limpios», dirá la esposa del guardabarrera). Una reserva de nitratos explotó en Toulouse. La sonda Galileo estalló por encima de Júpiter. Nacieron Gustav Holst y H. G. Wells, el profesor Choron, Stephen King, Bill Murray. Falleció Virgilio. Murió Walter Scott. También, Arthur Schopenhauer, que escribió lo siguiente:
No estamos en situación de seguir miembro por miembro la conexión causal entre cualquier acontecimiento vivido y el momento presente, mas no por eso lo consideramos como un sueño. De ahí que en la vida real por lo común no nos sirvamos de esa clase de investigaciones para distinguir el sueño de la realidad.3
Solamente el despertar, añade, permite tal cosa.
No desdeñemos el 22 de septiembre. Comienza la primavera en el hemisferio sur presentando su espectáculo fuera de la capital antes de su triunfo parisino; en cien días, el año dará fin; ha llegado la época de la vendimia; es, por lo demás, el día de la uva. Según Lincoln, cuatro millones de esclavos de repente se quedan en paro. Nace en Viena The Man You Loved to Hate. Anna Karina nace en una costa danesa y ya entonces no sabe qué hacer. El joli philosophe, François Bernier, entrega su alma: sus compañeros de clase se llamaban Cyrano y Molière; más adelante sobrevivió a la peste en El Cairo; pasó ocho años en el Imperio mogol en calidad de médico de la corte (sus estudios de Medicina habían durado tres meses, incluido el diploma, en Montpellier, lo suficiente para dar la vuelta a eso que ya sabemos en 1652, y a Montpellier); volvió a Marsella para escribir en su hogar varias obras, una Introducción a la lectura de Confucio, una Descripción del canal del Languedoc (que suscitó polémica), una Memoria sobre el quietismo en las Indias. Es el equinoccio: el día y la noche tienen la misma duración, no podemos culpar a nadie.
Un 23 de septiembre murió Freud con unos dolores atroces, y nació Cyril Hanouna.
Comienzan unas vidas mejores, su final ya es otro cantar: las de dos pájaros en equilibrio inestable sobre sus respectivas ramas, John Coltrane y Romy Schneider, pero asimismo comienza la del niño estrella Mickey Rooney, con la estatura de tres guisantes pronto arrugados y que, a pesar de haber nacido unos años antes que aquellos dos, aún vivirá mucho tiempo cuando ellos ya estén muertos, y que dejará –después de noventa años de una carrera que abarca desde el cine mudo hasta la serie televisiva– dieciocho mil dólares netos a su yerno y único heredero (doscientos billetes ahorrados al año: un manirroto redomado este viejo Mickey).
En 1913, Roland Garros, de veinticuatro otoños, gracias a un motor Gnôme y a una hélice Chauvière, surca el cielo desde Fréjus a Bizerta en poco menos de ocho horas y, para rememorar tamaño acontecimiento, se harán sellos. Treinta años después, la aviación se perfecciona y un millón de bombas aliadas llueven sobre Nantes; si bien el centro de la ciudad está hecho añicos, el puerto queda intacto, a pesar de que éste fuera precisamente el blanco.
El 24 de septiembre de 1717 nació en Londres el futuro conde de Ordford, Horace Walpole, que acuñará la palabra serendipia, a la que también podemos llamar hallazgo casual, es decir, la capacidad o el hecho de encontrar algo distinto a lo que perseguíamos, de acoger con beneplácito y sagacidad lo que el azar, siempre tan locuaz, nos puede sugerir, dispuestos a cambiar por completo de idea.
Dos años antes se evaporaba Dom Pérignon, monje benedictino que, por una feliz casualidad, gracias a un corcho de cera, había descubierto el champán; ese día nace, además, Francis Scott Fitzgerald y muere Françoise Sagan.
Frente a Toulon, en tiempos de paz (1952), se hunde con sus secretos La Sibylle. El teniente del navío, Curot, y sus cuarenta y ocho hombres descansan todavía en aquellas aguas a setecientos metros de una burbuja de aire: submarinistas a perpetuidad.
Ese día es el cumpleaños de unos homosexuales por todos conocidos: Yves Navarre (que noveló, en un premio Goncourt olvidado, las lobotomías en las clínicas suizas con las que las familias bien gratificaban a sus hijos gais; la suya le había amenazado con hacerlo), Pedro Almodóvar y, mire usted por dónde, Horace Walpole, que tuvo una aventura con el poeta Thomas Gray, autor de Oda a la muerte de un gato favorito ahogado en una tina de peces dorados.
En el año 70 d. C., un mes después del incendio accidental del templo de Herodes, los romanos, a las órdenes de Tito, destruyen Jerusalén, de la que casi no queda nada al final del día. El 25 de septiembre, según Fabre, es el día del cólquico (en efecto, el verano da fin). Ahora bien, es asimismo el día de dos pares complementarios: con dos años de diferencia, en los albores del siglo XX, el arte le debe a esa fecha dos depuradores, Robert Bresson y Mark Rothko; con un año de diferencia, transcurridos cincuenta años, se abren los ojos igualmente azules de unos desconocidos que se convertirán en Luke Skywalker y Superman, a saber, Mark Hamill y Christopher Reeve.
Cuentan que este último pudo haber tenido de entrenador al bodybuilder David Prowse, el cual prestaba su altura, pero no su voz, a Darth Vader; es, como aquel que dice, el Imperio del Mal entrenando al Salvador: una bromita pesada del diablo, probablemente.
«Ocupación: criminal, mafioso», indica fríamente en Wikipedia la entrada dedicada a Albert Anastasia, cuyo apodo, todos los padrinos lo tuvieron, fue Lord High Executioner, señor gran verdugo, lo cual ya le da a usted una idea del personaje, y la única idea que desde ahora podrá venirle al pensamiento será la de salir huyendo. Nacido en Calabria un 26 de septiembre, Albert celebraba su tercer cumpleaños en Tropea, pequeña localidad a orillas del mar Tirreno famosa por sus cebollas rojas, y (probablemente) todavía no tenía ninguna muerte en su conciencia, si es que alguna vez la tuvo (la policía de Nueva York, adonde había llegado con diecisiete años, lo acusará de unos quinientos homicidios, entre los cuales más de un tercio fueron puramente mecánicos, ya que la necesidad de matar a los testigos infló las cifras), cuando otro Albert, Einstein esta vez, publicaba en los Annalen der Physik treinta páginas que ponían en su sitio al éter y fijaban para siempre la velocidad de la luz, que es la misma en todas partes.
Los Alberts de manera palmaria, y el ser humano en general, son menos previsibles. En el primer aniversario de aquel cuartelazo científico, en 1906 muere en Shaanxi un tal Lin Fuchen (林辅臣), mandarín de alto rango que sesenta años antes había sido un niño belga de nacimiento cuyo nombre era Paul Splingaerd, analfabeto pero con don de lenguas.
El 27 de septiembre es el fin: los venecianos, hasta los pelos ya, se marchan de Candía y dejan así Creta a los turcos tras veintiún años de asedio, un récord de todos los tiempos. Luis XV pone fin a las galeras (si sólo fuera eso…). Constantino, primer rey de los helenos, abdica. Un barco de madera parte de Liverpool en el 20, el SS Artic, naufraga frente a Terranova tras chocar en mitad de una espesa niebla contra un buque cuyo casco, al ser de hierro, no sale mal parado, al contrario de los cuatrocientos pasajeros, que no verán Nueva York. De manera manifiesta los viajeros varones hacen caso omiso de la consigna «women and children first», algo que se convierte en todo un escándalo. El duque Philippe de Schleswig-Holstein-Glücksburg muere cansado de deletrear su nombre. Edgar Degas deja su paleta; Aristide Maillol, su buril. Termina el calvario de Rémy de Gourmont, a quien un lupus había desfigurado y una ataxia había paralizado.
El asesino del Zodiaco apuñala a una joven a orillas de un lago.
Pero la muerte está en todas partes, de modo que toda superstición carece de fundamento. Esto es fácil de entender y, sin embargo, escrutamos, escrutamos ávidamente los signos, las señales. El 27 de septiembre es asimismo el día de los comienzos: nace en Dijon Jacques-Bénigne Bossuet, gran artífice de oraciones fúnebres.
El 28 de septiembre arponeó a dos H. M.: Herman Melville y Harpo Marx; nacen Mastroianni y Bardot, que es lo mismo que decir que nacen M. M. y B. B. Seguramente esto sea señal de algo.
Un 29 de septiembre nace en Las Marcas Pompeyo, a quien la víspera de ese día en el 48 a. C. un centurión empaló con su espada en una playa de Egipto. Dejaron el cuerpo en la orilla con la intención de que se pudriera allí mismo, pero un esclavo del general, tras lavar los restos de su señor, los incineró en una pira improvisada.
En 1571 nace Caravaggio en Milán mientras el soldado Miguel de Cervantes, de camino a Lepanto y su batalla naval, cumple veinticuatro años; una semana después, éste perderá el uso de su mano izquierda en dicha batalla, en la que, para variar, se enfrentaron cristianos y turcos; en fin.
Perder a su madre muy joven, morir un 30 de septiembre a los veinticuatro años, convertirse enseguida en un icono planetario, ése fue punto por punto el destino de al menos dos seres humanos: Teresa de Lisieux y James Dean.
Observamos, eso sí, pequeñas diferencias: la madre de Teresa muere de un cáncer de pecho; la de James, de uno de cuello uterino. James fallece a las seis menos cuarto; Teresa, a las siete y veinte, de la tarde en ambos casos. Lo que no se atribuye a la carmelita es una relación sadomasoquista o, en cualquier caso, no con Marlon Brando. Las últimas palabras de la futura santa, tras un fugaz éxtasis y una larga agonía, fueron: «¡Oh, Dios mío!»; desconocemos en cambio cuáles fueron las de Dean cuando, al volante de su Porsche, vio, demasiado tarde ya, el Ford de Donald Turnupseed, pero parece plausible que dijera: «Oh my God!», eso si no dijo: «Holy shit».
En ese cabal instante, en Brooklyn, Truman Capote –que en dos años evocará el encanto más bien necrófilo de la leyenda deaniana en una pérfida semblanza de Brando publicada en The New Yorker, «A Dean legend of rather necrophilic appeal»– regaba con alcohol su trigésimo primer cumpleaños y se disponía a volar rumbo a la Unión Soviética, donde debía acompañar la gira de Porgy y Bess, aventura esta que relatará en un librito exquisito: Se oyen las musas.
Seguimos oyendo a las musas.
Un accidente en un aserradero había estado a punto de dejarlo ciego; era un milagro que siguiera viendo. Por lo demás, él no hacía otra cosa sino eso: ver, ver con sus ojos, que eran muy azules. Y caminar: en toda su vida no había dejado de recorrer California celebrando por escrito –no porque fuera un chauvinista, pues había nacido en Escocia– o sencillamente cantando con silbidos la profusa belleza de sus paisajes y su majestad geológica. Otros males distintos de la ceguera podrían sustraer estas perfecciones a los ojos de los hombres: si no se hacía algo para preservarlas, la humanidad también vería, con un lujo inaudito de detalles, que ya no quedaba gran cosa por ver. El 1 de octubre de 1890 John Muir no cabe en sí de contento: el valle de Yosemite se convierte oficialmente en parque natural nacional, una noción que en gran medida él mismo había contribuido a forjar.
Al cabo de veinte años, la historia de la aviación continúa escribiéndose en el cielo de Milán: dos años después de la primera víctima, tiene lugar la primera colisión, en este caso entre un biplano (creado en Chartres por los hermanos Farman) y un monoplano (el Antoinette IV del ingeniero Levavasseur). Los pilotos se salvan.
«Por otro lado, los que mueren son siempre los demás», dice el epitafio de Marcel Duchamp, que murió un 2 de octubre en Neuilly-sur-Seine, pero cuyas cenizas descansan en Ruan. Por ejemplo, en 1985, Rock Hudson, quien estando en París en junio había revelado que padecía de sida y había desmentido su imagen de hombre mujeriego, por lo que en cuatro meses pasó del armario al ataúd, del pequeño coming out al big one.
Esta nueva enfermedad convertía a sus víctimas en seres extraños, hasta daba miedo acercarse a ellos (el 2 de octubre de 1911 nace Jack Finney, el autor de The Body Snatchers o Invasión. Los ladrones de cuerpos): después del anuncio a la prensa, el agente del actor había tenido que alquilar un 747 por trescientos mil dólares con el fin de regresar a L. A., debido a que todas las compañías habían declinado que el astro venido a menos alzara el vuelo en sus aviones.
Ha pasado el tiempo. Pasará el tiempo. En 2024 está previsto que haya un eclipse solar, el cual ya tiene incluso su propia página en Wikipedia: un sucinto gif nos muestra su trayecto, desde el Pacífico hasta el Atlántico Sur; sólo podrán disfrutar de él los patagones.
El 3 de octubre, según Fabre, es el día de la siempreviva, que (por mucho que a usted se le antoje distinto del día de la patata, que es el que lo precede) no es sino un subarbusto para la botánica; cuando el sol calienta sus jóvenes flores amarillas, por encima de las dunas –a la siempreviva le gusta la arena– flota un intenso olor a curry en el que todavía se perciben, dicen, unas notas de café y de azúcar cande, en resumen: un desayuno completo.
Siempreviva en su bañera: así permanece Marthe Bonnard gracias a los pinceles de su marido, nacido un 3 de octubre en Fontenay-aux-Roses; siempreviva, Elsa Triolet gracias a las odas de su esposo, nacido un 3 de octubre en París. La primera también pintaba; la segunda escribió mucho. Pero se las recuerda menos que a ellos.
Siempreviva, la música de George Onslow –si la conoce usted, chapó–, fallecido en Clermont-Ferrand, donde su padre lord, acusado de pederastia, se había escondido setenta años antes o, en todo caso, eso es lo que la gente creyó en vida del músico cuando lo apodaron el Beethoven francés y cuando Berlioz, con su acostumbrada mesura, dijo de él: «Tiene el cetro de la música instrumental», frase que desde 1853 orna su tumba.
Siempreviva, por último, Janet Leigh, muerta en Beverly Hills en 2004, porque supo morir antes de su hora durante aproximadamente dos minutos cuyo rodaje duró siete días a principios de los años sesenta.
Un 4 de octubre a medianoche expiró en Europa –sobreviviría en algunos bolsillos, iglesias serbias o macedonias, enclaves bereberes y agendas turcas– el llamado calendario juliano, el cual, por un error de su creador, Sosígenes de Alejandría, acumulaba desde la antigua Roma nada más y nada menos que once días de retraso en los equinoccios y la Pascua siempre caía a destiempo, de suerte que el calendario gregoriano, que lo sucedió y que desde entonces es el nuestro, dispuso –o, mejor dicho, el papa Gregorio XIII, quien merced a esa dilatadísima bula acabó descollando in extremis, pues no le quedaba mucho de vida– que a la mañana siguiente sería día 15, ahí es nada. De este modo podemos decir, con una certeza única en toda la historia del mundo, que del 5 al 14 de octubre de 1582 no sucede nada. El resto del tiempo, una duda razonable nos asedia.
En el hogar de unos granjeros de Kansas, nace en 1895 Joseph Keaton, conocido como Buster, que en breve debutaría en las tablas, donde, para gran alegría suya, según dirá más adelante, sus padres, que eran acróbatas, lo ponen a trabajar a edad muy temprana de bayeta humana lanzándolo por los aires mientras él permanecía impertérrito: en eso precisamente estaba lo cómico.
La indiferencia del 4 de octubre es suprema, pues mata a los pintores un poco al azar: a Rembrandt y a Bernad Buffet. Lo mismo le da ocho que ochenta.
Mueren también Glenn Gould –en el disco de despojos que gira lentamente en los cielos, entre la órbita de Marte y la de Júpiter, se le ha dado su nombre a un asteroide entre millones de otros; rara vez hay colisiones, ya que un gigámetro de media los separa– y, tal día al cabo de siete años, en 1989, de un cáncer de médula espinal, el más rubio aunque no el más alto de los Python (John Cleese lo supera en ocho centímetros), Graham Chapman, velado por su amante David y por John, el hijo adoptivo de ambos: decididamente, la vanguardia.
Un presentador –hablamos de Chapman– entra en campo, saluda al auditorio con un «good evening»; encorbatado, se sienta a una mesa; resuena el chillido de un puerco; con igual desabrimiento, Chapman se pone de pie, se inclina para observar su asiento; sobre un cuadro negro en el que hay dibujados doce cerdos, de los cuales cuatro están señalados con una cruz, una mano marca a un quinto: «Tonight we continue to look at some famous deaths», prosigue Cleese sentado al piano y disfrazado de Wolfgang Amadeus Mozart.
De este modo comienza el primer episodio de Monty Python Flying Circus, emitido la noche del 5 de octubre de 1969 para que la mitad de Inglaterra se desternille mientras la otra, desconcertada, se crispe; así, Graham se marchó al otro barrio en la víspera del trigésimo birthday de sus inicios televisivos.
Dos meses después de su muerte, iniciando su funeral con su característico sentido del absurdo, sus amigos reunidos en la iglesia de Saint Bartholomew entonaron el himno «Jerusalén» con un marcado acento asiático.
El 5 de octubre no es siempre motivo de risa, aunque en 1972, en París, en el auditorio vacío en dos tercios de la Salle des Horticulteurs (doscientas plazas con asiento), un puñado de neofascistas proclamaron la creación del FNUF (¡el FN, uf!) y enseguida, al percatarse de lo ridículo de semejante sigla, la abrevian al FN.
Dos de las más brillantes figuras de la Francia eterna nacieron un 5 de octubre; así las cosas, antes que a esos secuaces de las tinieblas, preferiremos recordarlas a ellas: Denis Diderot y Louis Lumière.
El 6 de octubre de 1927 se estrena El cantor de jazz, la primera película del cine sonoro en el mundo y un triunfo inmediato que sus productores, los hermanos Warner, no celebran: embargados por un dolor mudo, entierran a uno de ellos, Sam, nacido Schmul Wonskolaser cuarenta años antes en Polonia y fallecido la víspera de una neumonía en Los Ángeles.
Mejor que los nacidos el 7 de octubre no digan ni mu, pues comparten su cumpleaños ni más ni menos que con Heinrich Himmler y Vladímir Putin, a cuál peor. A pesar de toda su buena voluntad, no será Yo-Yo Ma quien haga de contrapeso.
Por si fuera poco, nos dejan Edgar Allan Poe y Patrice Chéreau. El 7 de octubre es un cabrón.
Resistencia y política son las palabras clave del 8 de octubre, día en que nacen Raymond-Théodore Troplong y Jean-Claude Gaudin. Uno fue presidente del Senado durante la casi totalidad del Segundo Imperio, casi veinte años en los que sufrió las inevitables ocurrencias que su apellido4 ponía en bandeja a sus enemigos, máxime por cuanto, al parecer, el tipo no brillaba en la oratoria. A veces el destino se ensaña con alguien. Troplong apretaba los dientes.
De aquel mismo Senado, el otro no fue sino su vicepresidente durante tres años; en cambio, según las últimas noticias, sigue ocupando la alcaldía de Marsella, y esto ya desde hace veinte años. Le ahorraré tener que decirlo: c’est trop long.
El 9 de octubre de 1890, en el jardín de un castillo del Seine-et-Marne, el inventor del caucho veloz y del teatrófono, Clément Ader, por lo visto fue el primero en lograr que un aerodino volara –lo de pilotar sería mucho decir, pues no parece que llegara a controlar el aparato– una distancia de unos cincuenta metros. En verdad no hubo testigos, y él mismo no está muy seguro de ello. Por lo demás, en el caso de que el Éole –cuya morfología se inspiraba en los murciélagos de las Indias que vivían en la pajarera del jardín de Ader en París– y sus veinte caballos alzaran el vuelo, a lo sumo se habrían despegado del suelo unos veinte centímetros. De todos modos, llega un momento en que la rodada de la aeronave se interrumpe en la tierra batida.
En el peor de los casos, apenas la distinguimos. Ader lo recuerda mejor cuando, pasados unos años, otros se ponen a reivindicar la paternidad de la aviación. Digamos que, puesto que se trata de un asunto nacional, le piden que se acuerde de aquello con mayor viveza: los ingleses y los rusos andan a la mira.
Estamos más seguros del despegue, un 9 de octubre, de algunas existencias sobresalientes: Saint-Saëns (que compuso una célebre Pajarera), Tati (que sublimó Orly), Lennon (que pudo cantar Free as a Bird; el aeropuerto de Liverpool lleva su nombre). Finalmente, en 1978 Brel voló a título póstumo desde Bobigny, donde falleció un 9 de octubre, hasta las islas Marquesas, donde lo pusieron bajo tierra.
El 10 de octubre ya tenía en su haber a Watteau y Verdi, otros días no salen tan bien parados en el reparto, pero no alcanza todo su potencial sino en los albores del siglo XX, y ahí, con perdón, arrasa: Alberto Giacometti (1901), Claude Simon (1913) y Thelonius Monk (1917). Después de esta trinidad de roedores de huesos, le concederemos a este día el derecho a dormirse un poco en los laureles por traer al mundo solamente a un Harold Pinter y le perdonaremos incluso que dé a luz a Francis Perrin; pero no así que haya matado a Orson Welles, eso sí que no. Que nos vuelva a tocar Epistrophy.
Dios, por fin Gott, dem lieben Gott, es decir, el Dios misericordioso, se armó de paciencia y aguardó dos años a que Bruckner culminara el allegro
