La novela perdida de Borges - Pablo Paniagua Quiñones - E-Book

La novela perdida de Borges E-Book

Pablo Paniagua Quiñones

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Beschreibung

John Lehninger se dedica a derribar mitos de la literatura, su asesinato dará la oportunidad a Aurora y Jorge Luis de descubrir la única novela que escribió Borges. Jorge Luis comparte nombre y apellido con Borges, pero nada más le une al insigne escritor, Aurora es mexicana y sí siente una profunda admiración por el argentino. Ambos son testigos del asesinato de John Lehninger en una conferencia en el que este anuncia la existencia de una novela escrita por Borges. Jorge Luis y Aurora deciden viajar a Guanajuato (México) a encontrar La novela perdida de Borges, el viaje estará marcado por la traición, los celos, los espejismos y las metamorfosis. Pablo Paniagua construye con solvencia narrativa una historia narrada en primera persona por dos voces que son en realidad una y a la que se une una tercera que analizará la obra de Borges e identificará sus deficiencias. Para ello muestra todo un catálogo de recursos estilísticos usados sabiamente y entre los que encontramos, desde técnicas narrativas de la novela policiaca para darle agilidad a la trama, hasta estrategias metaliterarias como los distintos planos narrativos, los juegos de espejos o las duplicidades para parodiar el estilo de Borges. Razones para comprar la obra: - La obra conjuga una trama viva, con técnicas de novela policiaca y de misterio, con juegos metaliterarios y con una crítica literaria profunda y acertada. - Contribuye a desmitificar la figura de Borges a través del análisis de su obra y de la parodia de sus recursos narrativos y de sus estructuras textuales predilectas. - Un ácido sentido del humor se deja ver en cada página no solo en lo que les ocurre a los personajes, sino también en el tono irónico del narrador. - El autor tiene una larga trayectoria como escritor independiente y también como estudioso y teórico de la literatura fractal.

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Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2013

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La novela perdida de Borges

La novela perdida de Borges

Pablo Paniagua

Colección: Narrativawww.nowtilus.com

Título: La novela perdida de BorgesAutor: © Pablo Paniagua

Copyright de la presente edición © 2012 Ediciones Nowtilus S. L.Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madridwww.nowtilus.com

Elaboración de textos: Santos RodríguezRevisión y adaptación literaria: Teresa EscarpenterResponsable editorial: Isabel López-Ayllón MartínezMaquetación: Patricia T. Sánchez CidDiseño de cubierta:produccioneditorial.com

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

ISBN edición impresa: 978-84-9967-530-5ISBN impresión bajo demanda: 978-84-9967-531-2ISBN edición digital: 978-84-9967-532-9Fecha de publicación: octubre 2013

Conversión a formato electrónico:www.cuadratin.es

Índice

Nota

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¿Qué es la literatura fractal?

Bibliografía consultada

Nota

La historia que van a leer es una ficción a través de la cual se aborda, de manera ensayística, la obra y figura del escritor argentino Jorge Luis Borges, sin pretender, en ningún momento, suplantar la obra del citado escritor ni a su persona.

69

1

John Lehninger, el polémico e iconoclasta historiador, fue asesinado al grito de «Viva Borges» por un integrista borgiano de nacionalidad argentina. Lo acuchilló con saña, siete veces en la región torácica, con heridas de gravedad como para causarle una muerte casi instantánea. Era el mismo Lehninger, nacido en Ontario, Canadá, que cuestionaba la paternidad de toda la obra de William Shakespeare, según él escrita por Christopher Marlowe, que simuló su muerte para evadir graves problemas con la justicia y la pena capital. Christopher Marlowe, con antecedentes de espía y fama de aventurero, desde algún lugar de Francia o Italia habría enviado su producción literaria para que fuera representada, en su país de origen, bajo la autoría de un actor llamado William Shakespeare. Era el mismo Lehninger que causó tanto revuelo en México al declarar, en una conferencia llevada a cabo en un lugar incierto, que Juan Rulfo era un escritor de una creatividad e imaginación muy limitadas, por no saber traspasar la imagen narrativa del mexicanismo rural (razón de la brevedad y agotamiento de su producción literaria), y que, por tal motivo, era un autor menor elevado a la categoría de icono nacional, por un nacionalismo ávido de establecer un presente glorioso, como si fuera Benito Juárez o la Virgen de Guadalupe. En aquella ocasión la respuesta del gobierno mexicano no se hizo esperar, y fue expulsado del país con la excusa de haber realizado actividades profesionales no permitidas con su estadía y permiso de turista. Entonces, fue cuando se hizo famosa en México la memorable y cacofónica frase: «No permitiremos que ningún extranjero venga a ningunearnos a nuestra tierra». Era el mismo Lehninger que una noche lluviosa, del mes de abril, daría una conferencia magistral en Madrid, por allá en el paseo de Recoletos, bajo el título de El inextricable Borges.

2

Ese viernes, precisamente, había quedado con Aurora Yazbeck para ir la conferencia de Lehninger. Ambos teníamos interés para ver en directo al famoso historiador que se dedicaba a derribar, siempre con muy precisos argumentos, todo mito literario de reconocido prestigio, a su decir bajo la sombra de la suposición. Nos pusimos de acuerdo al encontrarnos en los aledaños de la Facultad de Filosofía y Letras, cuando ella entraba y yo salía para fumarme un porro con mi amigo Paco Benavides. Fue ahí cuando la vimos con su pelo moreno y su cara de chica interesante, tal vez por esas gafas de montura metálica que tanto conjugan con su belleza particular. Nos habló de la conferencia, con ese acento suyo tan mexicano, mientras gesticulaba con ademanes elegantes de niña bien, de hija de diplomático. No acostumbraba yo mucho su compañía por esta causa, y me refiero a que sus amistades no eran las mías, pues ella vivía en La Moraleja y tan sólo nos conocíamos de vista. Era la chica nueva de la que poco sabíamos, nada más que era hija de un importante funcionario y que, en ocasiones, llegaba a la facultad en un Mercedes Benz conducido por un chofer. Pero cualquier ocasión era ideal para conocerla un poquito más, entre otras cosas porque estaba buenísima, e hice lo posible para quedar con ella, como así sucedió. Y después de dar dos caladas al canuto, concediendo una sonrisa, desapareció por la puerta con su andar elástico y nuestras miradas detrás. «¡Qué buena está!», exclamó Paco; y no pude más que asentir.

3

Dejé el coche en un parking subterráneo y salí con el paraguas, dirigiendo mis pasos por la calle de Alcalá hacia el lugar de la conferencia: un palacio a espaldas de la fuente de Cibeles.

No tardó en llegar, diez minutos después que yo, acompañada de su gesto altivo, con el pelo lacio y oscuro en contraste con su blanca piel.

—Hola, Jorge Luis.

Y le planté los dos besos reglamentarios como saludo. Había mucha gente y nos sentamos un tanto al extremo de la sala. Los dos sonreímos, tal vez porque así se hace cuando se va a presenciar un espectáculo, y el tal Lehninger lo era, siempre polémico, a juzgar por la numerosa asistencia a esa conferencia magistral.

Estaba feliz junto a Aurora. Sus pechos se levantaban orgullosos y siempre hacia delante, como indicando el camino a seguir o el universo entero, de los que imantan la vista para atender a su poderosa llamada, cuando ella sabría de tal circunstancia y consideraría normal que las miradas siempre buscaran, por atracción, querer desnudar lo que escondía o medio enseñaba a través del escote. Y cada parte de su cuerpo parecía tener vida propia: los ojos de mirada hipnótica, los labios carnosos y la cintura estrechándose por encima de sus maravillosas nalgas. Era una chica, como diría Aldous Huxley, de «cuerpo neumático», una mujer mujer, heroína perfecta para cualquier novela y para ésta: la que Jorge Luis Borges, el escritor argentino, fue incapaz de escribir.

—Me encanta Borges, tanto como Cortázar –me dijo Aurora.

—¿Y tu paisano Rulfo?

—No creo que Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo sea tan bueno –contestó–, él sólo tuvo imaginación para una novela corta y una serie de relatos.

—En eso, parece que estás de acuerdo con Lehninger –apunté.

—Sí, en eso sí –respondió–, y también en el resto, porque Lehninger nunca afirmó que su obra fuera mala.

—Lo poco que escribió Rulfo está genial, aunque necesitó de varios correctores de estilo para fijar sus textos.

—Sí, eso no lo niega nadie… Pero si hubiera muerto prematuramente, después de publicar lo poco que escribió, su figura sería incuestionable.

—Ahora, debemos esperar para oír lo que dice sobre Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo –añadí con una sonrisa–. A lo mejor cambia tu opinión.

—Todo está por ver –dijo, aceptando dicha probabilidad–, aunque no creo.

4

Apareció sobre la tarima, micrófono en mano, el presentador del evento. En el escenario había una mesa y, sobre ella, una botellita de agua y un vaso vacío, más la pertinente silla. Hizo la obligada introducción, comentando la brillante trayectoria intelectual y académica del conferenciante, ante un público que esperaba escuchar a la mitad de la atracción de la noche, pues la otra sería el mismísimo Jorge Luis Borges, ausente por causa mayor (según parece, no se le invitó por estar muerto). Pero el que sí llegó fue John Lehninger, pues salió por un lado del escenario como un enanito de pulcra apariencia.

—¡Qué chaparro es! –comentó Aurora.

Se vestía impecable, con un traje de chaqueta azul oscuro perfectamente planchado, que dejaba asomar por el bolsillo de la pechera los dos picos de un pañuelo blanco, y no mediría más de metro y medio. Su pelo corto relucía por efecto de la gomina y usaba, sobre su cara remilgada, unas gafas redondas con montura de carey. El público lo recibió con aplausos. Comenzó a caminar, con sus zapatos de tacón cosmético, de un lado para otro, dejando la mesa y la silla como la escenografía de una representación teatral.

«Borges, Borges, Borges…», inició su intervención, siempre sonriente. «Jorge Luis Borges, el gran escritor…», y todos estaban al tanto de aquel diminuto personaje sin hacer el mínimo ruido. «Es el autor que hoy nos reúne aquí, su obra literaria y sus dudas hasta hoy inextricables, para desentrañar la verdad detrás del mito. Se dice que Jorge Luis Borges es uno de los grandes escritores del siglo XX, y tal vez de todos los tiempos, pero yo lo pongo en duda pues hay detalles que así lo indican, detalles que el día de hoy, ante ustedes, iré descubriendo: sus reales limitaciones y su simulación… Y ahora, para hablar de tales deficiencias borgianas, empezaré por sus fuegos de artificio… Se dice de sus virtudes narrativas, de su calidad e inteligencia, señaladas por muchos estudiosos, críticos y comentaristas literarios, que pienso lo hacen con demasiada gratuidad o ligereza»; entonces, en la sala se escucharon los primeros murmullos. «Y me explico: no todo lo que reluce es oro, pues esa renombrada inteligencia borgiana puede ser fruto de un fuego de artificio, de una pedantería disfrazada de erudición, pues hay que atender al hecho irrefutable del uso de palabras inusuales, como si el autor se hubiera dedicado a hacer una larga lista para luego insertarlas con el fin de causar tal efecto, artimaña que se manifiesta cuando las usa sin ningún recato y repetición, lo que anula, de un modo u otro, la estrategia de poner al día términos en desuso cuando lo hace con dicha torpeza. Algo inextricable, en sí, uno de sus adjetivos predilectos, de los tantos que abundan en su prosa con la finalidad de hacer una lectura más inaccesible, y no por ello más culta o erudita»; y soltó una risita irónica, mientras el rumor de los presentes asomó de nuevo. «Luego, se desvive por apabullar al lector con datos de una exclusividad digna de un erudito, que, aunque puedan ser reales o inventados, no siempre enriquecen la narración y evidencian el ánimo de sobrepasar cualquier utilidad y convertirse, por tanto, en un acto de presunción. Y el lector avezado se da cuenta de estas artimañas cuando enfrenta, en contraste, otros relatos en los que no asume dicho recurso… Así, como se ve, esa inteligencia se queda en una mera simulación, un ingenio desarmado por su total falta de sustento. Es la pedantería más que la inteligencia, es el truco y el artificio más que la idea original»; y aumentó, con estas afirmaciones, la amplitud de su perpetua sonrisa, y el público, a su vez, el rumor de comentarios. «Y estos artificios influyen negativamente en la calidad de sus narraciones, que se ven marcadas, a pesar de una técnica intachable, por un rastro de falsedad que las contamina, arruinando su obra y esa inteligencia suya devenida de los juegos con el tiempo y el espacio, buscando el truco como si fueran dibujos de Maurits Cornelius Escher»; y, después de estas palabras, se acercó a la mesa para beber un poco de agua… «Y ahora me toca hablar de la parte más débil y notoria de Jorge Luis Borges: su incapacidad conceptual para construir, por un autor de tan supuesta valía, lo que se considera la máxima expresión de la narrativa: una novela. Así de simple: Borges nunca escribió una novela, no pudo, no le alcanzó el talento; cuando pienso que un relato suyo, como es El Inmortal, bien hubiera podido ser el germen de una novela también inmortal, pero Borges, al parecer, no supo extender el tiempo narrativo para hacerlo ilimitado a su conveniencia, adentrándose en sus narraciones sin construir los personajes y sin describir su apariencia, más que someramente, y así dejar el ejercicio literario inhabilitado para rellenar algo más que unas cuantas cuartillas. Jugó con el tiempo y el espacio, en su concepto, pero no supo dominarlos al nivel práctico de un gran escritor, incapacidad palpable que deja en el aire la supuesta grandeza de un autor, al que sólo le alcanzó el talento para escribir opúsculos… Y esta inhabilidad queda patente en un manuscrito, de tan sólo 69 páginas, de una novela que Jorge Luis Borges empezó y nunca concluyó, manuscrito que he tenido entre mis manos y por razones obvias su paradero es secreto. Este simple detalle, el de la existencia de una novela inconclusa, demuestra su real incapacidad como novelista, pues lo intentó y nunca pudo, aspecto que lo invalida para estar entre los grandes de la literatura»; y los comentarios no se hicieron esperar.

—¡El manuscrito de una novela inconclusa! –fueron las sorprendidas palabras de Aurora.

«Y esta incapacidad para escribir novelas llegó a admitirla el mismo Borges, aunque fuera de manera indirecta, cuando se veía asediado por la siguiente pregunta: “¿Y para cuándo una novela, maestro?”. Y él, a este respecto, tenía dos respuestas: la falsa y la verdadera. En la primera trataba de escabullirse aduciendo, más o menos, lo siguiente: “Para qué escribir una novela si se puede decir lo mismo de manera menos extensa”. Y Borges, bajo esta idea, se refería al género novelístico como “algo ripio”, donde se introducen demasiados elementos ajenos a la trama. Asimismo, decía que el cuento se centraba en situaciones y la novela en personajes; una visión demasiado corta, como si las novelas carecieran de trama y los personajes se quedaran suspendidos en la nada, cuando en la novela, por demás, hay que saber construir personajes creíbles para insertarlos en una situación bien planteada, precisamente lo que Borges nunca supo hacer, pues dejó a sus personajes huérfanos de toda identidad. Decía que la novela “era demasiado larga para leer de una sentada”, como si para dicho acto fuera necesario tan sólo un instante, eliminando el placer de continuarlo como si de una droga se tratase… Luego, en la respuesta verdadera, admitía:“Yo creo que hay dos razones específicas: una, mi incorregible holgazanería, y, la otra, el hecho de que no me tengo mucha confianza y, como me gusta vigilar lo que escribo, desde luego es más fácil vigilar un cuento, en razón de su brevedad, que vigilar una novela…”. Y con estas palabras de Jorge Luis Borges, queda demostrado que no le alcanzó el talento para escribir una novela: le tuvo miedo, no pudo»; y los asistentes permanecían callados… «Pero ahora viene lo bueno, el fondo del asunto», continuó Lehninger, «el origen de sus inconsistencias y de su incapacidad, que son, sin duda, por causa psicológica: el trauma de su impotencia sexual», y el rumor de los presentes se alzó entre sorpresas y acritud. «Jorge Luis Borges era impotente sexual»; proclamó con solemnidad, y fue cuando surgieron los primeros reclamos y palabras altisonantes.

—¡Será desgraciado! ¡No tiene vergüenza! –comentó Aurora indignada.

«Para constatar este hecho, debemos fijarnos en la relación sentimental que mantuvo con Estela Canto, a la que sólo supo besar torpemente y le pidió matrimonio, tras una larga relación, sin haber tenido más intimidad sexual que la de aquellos insignificantes besos; propuesta a la que ella se negó con estas palabras: “Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos, si antes no nos acostamos”. Esta frase, en sí misma, demuestra la falta de virilidad de un Jorge Luis Borges incapaz de consumar el acto sexual y la penetración. Y aquí, es cuando Borges dejaba de ser Jorge Luis para convertirse en Georgie»; con tal afirmación, las increpaciones de una parte del público se hicieron más notorias. «Todos sus enamoramientos estuvieron marcados por un platonismo pueril, ante el miedo de enfrentar su naturaleza masculina, ausente en él, y asumir una condición asexuada como signo evidente de una perturbable disfunción eréctil, de alguien que no supo escapar de las faldas de su madre»; y sonrió, alzando las cejas con cierta intención burlona. «¿Y cuál era la única salida para un Jorge Luis Borges impotente sexual? Pues, nada más y nada menos, refugiarse en el pensamiento y en la especulación de un modo comparable al de aquellos inmortales, aquellos trogloditas grises que se olvidaban del pesar otorgado por las antiguas necesidades de sus cuerpos, que ya no podían satisfacer. De tal forma que Jorge Luis Borges buscó, frente al temor de la incapacidad, el refugio en la palabra para crear una obra totalmente asexuada, y en ese sentido, de manera fallida, trató de presumir una intelectualidad y erudición empapadas de pedantería».

—¡Este Lehninger es un verdadero sinvergüenza y un irrespetuoso! –me dijo Aurora en ese momento, entre los murmullos y el desacuerdo de una parte de los presentes.

«Los constantes opúsculos de su producción literaria son la muestra de la impotencia de un escritor frente a la novela, como si fueran eyaculaciones precoces dentro de lo que debería ser una relación sexual»; y, enseguida, se oyeron los primeros abucheos. «Y, haciendo referencia metafórica a la disfunción eréctil de Jorge Luis Borges, sólo cabe mencionar que él nunca tuvo el Aleph entre sus piernas, como un rastro de esa impotencia en toda su obra que derrumba el mito del pedestal donde le tienen como si fuera un dios, cuando en realidad es una cimitarra de hierro…».

Una parte de los asistentes rompió en abucheos, mientras el resto aplaudía.

Ésta fue, en líneas generales, la médula argumental de John Lehninger, pues en sí la conferencia abarcaba con amplitud lo que él definía como «cuestión inextricable», refiriéndose al adjetivo predilecto de Jorge Luis Borges, cuando por otro lado era de tan difícil pronunciación.

5

Me llamo Jorge Luis Borges y soy todos los Jorge Luis Borges, tanto el famoso poeta y creador de opúsculos metafísicos como el joven estudiante de literatura y aprendiz de escritor, y también narrador de una parte temporal de este libro, que acaba de presenciar, en compañía de la preciosa Aurora, la impecable disertación de John Lehninger. El primer Borges, al final, supo de mi existencia cuando el segundo aún ni la sospecha, pues yo soy el generador de esa conciencia que se multiplica en todos los instantes de sus vidas, un flujo fractal como reflejo repetido de una misma idea, de una imagen con nombre y apellido: para un hombre que fue joven y para un joven que será hombre, como el yin y el yang que mutan siendo opuestos para encontrarse, para intercambiar sus papeles en un juego sin fin. Ésa es la ventaja de saberse conciencia, de ser, de poder transitar por el espacio y el tiempo sin un cuerpo físico, como un alma de voz que entra para gobernar la materia, un pensamiento, traspasando ese simple estado para escrutar el acontecer y situarse por encima del mismo pensamiento, para convertirse en conciencia de inspiración: el pensamiento que sabe sobre su propio pensamiento, sobre su razón de ser.

Yo soy, dentro de la dualidad, el cielo y la tierra, lo luminoso y lo oscuro, lo creativo y lo receptivo, la totalidad de los pensamientos literarios de ambos Jorge Luis Borges: el escritor muerto y el ahora aprendiz. Así es mi juego, el juego de sus vidas, dos dados en una tirada siempre predispuesta con un saldo numérico idéntico, como el naipe de un rey de picas, de un escritor que se mira en el espejo sin saber, en realidad, que es el otro.

6

John Lehninger abandonó el escenario por un costado entre el abucheo y los aplausos de un público dividido. Aurora, en ese instante, no expresó su opinión de ninguna de las dos maneras, pero en su rictus se evidenciaba el disgusto. También la noté algo inquieta, un poco tensa y asombrada por el hecho de la existencia de una novela inconclusa de Jorge Luis Borges.

—El manuscrito de una novela inconclusa… –volvió a decir, mirándome a los ojos entre toda aquella gente.

Pareciese que tal noticia la tenía hipnotizada, pues en su presencia de mujer segura se dejó percibir una grieta por donde se escapaban ciertas emociones entremezcladas, adheridas en sus ojos y movimientos con sobresalto y confusión, como si caminase tirada por un cordel invisible hacia la puerta que comunicaba el auditorio con el vestíbulo.

Llegados a la antesala oteaba en todas direcciones, como esperando encontrar alguna cara conocida, y así lograba estirarse todavía más, pues sus pechos sobresalían hacia el ángulo inevitable de mi visión. «¡Qué buena está!», no paraba de pensar. «¡Cómo me gustaría estrecharla contra mi piel!».

—¿Crees que saldrá Lehninger por aquí? –preguntó.

Según parece ése era el origen de sus miradas de inspección, de su nerviosismo, mientras seguía el evolucionar de la gente para buscar cualquier cambio de actitud, pues el casi enano de Lehninger sería muy difícil de ver entre las personas que inundaban el hall. ¿Y para qué querría verlo otra vez? ¿Para observarle de cerca? ¿Para pedirle un autógrafo? ¡Ni que fuera Borges resucitado! Me parecía un sinsentido esperar la eventualidad de su aparición, como si fuera un gran escritor o una estrella de cine, pero ahí continuaba yo al lado de Aurora sin presentir lo que en unos minutos iba a suceder.

—¿Y qué te pareció la conferencia? –le pregunté.

—Lehninger es un pendejo.

Por el tono de su respuesta pensé que estaría esperando para acercarse a él y escupirle en la cara o algo por el estilo, y supuse que algunos de los allí presentes podrían tener intenciones similares, indignados por los ataques a su adorado escritor. Desde luego, la cosa no era para tanto, una intervención polémica nada más, el estilo Lehninger, irreverente a todas luces pero válido por haber justificado, con ejemplos, sus afirmaciones. Además, la incapacidad de Borges para sacar adelante una novela era un hecho irrefutable, y respecto a su disfunción eréctil y la huella de esta condición en su obra, bien es cierto que merecería ser abordado como materia de estudio. De un modo u otro, esa teoría era tan interesante y novedosa como el hecho de la existencia de una novela inconclusa.

En la calle había comenzado a llover y pocos se aventuraban a salir. La sala seguía atiborrada de gente. Aurora, sin duda, se contaba entre los agraviados borgianos y miraba aquí y allá, nerviosa, cuando se escucharon unos aplausos mezclados con palabras altisonantes y rechiflas, mientras que algunos se apresuraban para ver a Lehninger de cerca. Aurora no dudó en ir a su encuentro, y yo detrás viendo su lacia cabellera con brillos de negra turmalina. La gente se arremolinaba y de pronto se escuchó el grito de ¡Viva Borges!, y luego otros alarmados, sonando al unísono, y algunas personas se echaban hacia atrás empujando al resto.

Fueron si acaso diez segundos los que tardaron en reducir al agresor. Los gritos de pánico todavía se oían. Los curiosos miraban hacia el suelo para ver al diminuto Lehninger, que aparecía, sobre un charco de sangre, con la mirada inerte. Rápido lo agarraron para sacarle a la calle, se supone que para llevarlo al hospital más cercano. Junto a los restos de sangre había una mujer conmocionada. Algunos decían que era la amante de Lehninger y otros su secretaria. La reclinaron para abanicarla con un folleto publicitario del evento, donde estaba impresa la imagen de John Lehninger sonriente, con sus gafitas y pelo engominado. La sangre formaba un charco espeso que hacía suponer el peor desenlace, algo ya corroborado por esa mirada terrible y quieta en su rostro. El asesino era un pelirrojo, de tez blanca y pecas, que gritaba con acento argentino cuando se lo llevaron: «¡Viva Borges! ¡Viva Borges!».

7

Cuál habría sido su última imagen, detenida como un fotograma cuando se quema por el calor del foco: ¿Una secuencia en movimiento cayendo al suelo? ¿El techo de la sala? ¿La luz de una lámpara? ¿La cara de su asesino? ¿El gesto aterrorizado de quienes le miraban? Y cuál su último pensamiento: ¡Me muero! ¡Hoy no fue un buen día! ¡Qué mala suerte! ¡Es un hijo de puta! ¡De esta no salgo! ¡Esto no puede ser!... Me impactó ver a John Lehninger con los ojos inmóviles y la boca semiabierta, con la punta de la lengua entre los labios; pero aún más me desconcertó cuando Aurora se acercó hasta el mismo borde de la mancha de sangre, para mojar la punta de la suela del zapato como si tratase de comprobar la viscosidad. Estaba tranquila y en sus labios me pareció percibir un gesto de satisfacción.

—Vámonos –dijo, y salió decidida en dirección a la calle.

Ya casi había dejado de llover y chispeaba ligeramente. Abrí el paraguas. Debajo de él Aurora me tomó por el brazo, para juntarse un poco más, y respiramos el aire fresco de la noche con el rumor de fondo de los automóviles sobre el asfalto mojado. Las luces de la ciudad desprendían reflejos infinitos, como serpentinas en una fiesta fugaz. Ahora la sangre de Lehninger se iría diluyendo poco a poco en el agua, sobre los baldosines, dejando en dispersión sus componentes y células con el vestigio de millones de cadenas de ADN, al compás del martilleo de los tacones de Aurora. Las finas gotas de lluvia todavía eran mucho más numerosas que los reflejos y las células con sus cadenas de ácido desoxirribonucleico, y en medio de aquella inmensidad, Aurora y yo, como seres unipersonales y también poseedores de otros universos infinitos, caminábamos sin rumbo fijo con la pretensión, de mi parte, de encontrar un pensamiento coincidente para seguir a su lado.

—¿Quieres que vayamos a cenar? –pregunté.

—Estaría bien, tengo hambre… Me gustaría comer una sabrosa pieza de carne sangrante –fue su respuesta.

No sé si esas palabras las decía en serio o en broma, comprensible desde cierto punto de vista, pues ahora empezaba a conocerla y no sabía ni imaginaba su verdadera forma de ser, por lo que traté de encajar la respuesta de lo más normal.

—Me parece perfecto –asentí–; y de entrada unas morcillas de Burgos.

—No, de Burgos no, mejor de cebolla… Pero poco cocidas, por favor.

Y se rio de una manera extraña, abrazándose más fuerte a mi brazo e inclinando su cabeza por unos instantes hacia la mía.

—¿Adónde vamos? –preguntó desenfadada.

Pareciese, por su forma de hablar, que nada trágico hubiera sucedido en aquella noche, como si un paréntesis temporal abarcase el acto del asesinato de John Lehninger.

—A cenar, ya te dije.

—Sí, eso ya lo sé… Pero, ¿a qué restaurante?

—Pues por aquí cerca, a alguno de la zona de Sevilla.

—¿Así, caminando? –preguntó con cierta duda

—Pues claro… ¿Cómo quieres que vayamos? ¿Volando? –contesté en tono de guasa–. ¿Es que no te gusta caminar?

—Considero que no te has dado cuenta de que soy una mujer –protestó, algo contrariada– que está lloviendo, que camino con dificultad por estar el suelo mojado y por llevar estos zapatos de tacón.

—Ya casi no llueve, además tengo el coche aparcado por allá, en la Puerta de Alcalá, y ahora nos dirigimos hacia la Gran Vía…

—Tengo el coche aparcado por allá, en la Puerta de Alcalá, y ahora nos dirigimos hacia la Gran Vía –repitió mis palabras con recochineo.

¡Vaya humorcito tenía la niña! Pues con las primeras respuestas, con el trozo de carne sangrante y las morcillas de cebolla, pensé que la guía de nuestro diálogo rozaba los terrenos de la distensión y la ironía, pero ahora comprobaba, desconcertado, que sus declaraciones más bien eran consecuencia de un total desprecio por la muerte de John Lehninger.

—¿Y tú, cómo viniste? –pregunté.

—Pues, ¡cómo quieres que vaya! En taxi… –contestó, como si fuera lo más lógico o la única posibilidad.

—Entonces, ¿quieres coger uno?

—¿Tú que crees? –dijo, separándose de mí, para hacer señales al primer taxi que pasó por nuestro lado.

8

No tardamos más de tres minutos en llegar a un restaurante que Aurora conocía. Hice el intento de pagar y no me dejó. «Mejor paga la cena» dijo, y entramos al lugar.

Sentada a la mesa parecía satisfecha, mirando a su alrededor con esa altivez suya, no fingida, de sentirse superior a los demás, ya fuera por su exultante belleza o por su condición social privilegiada; y no era extraño que desprendiera todo un halo de mujer inalcanzable, con la duda de mi parte, siempre presente, de no saber si yo tenía lo necesario para cumplir con sus expectativas. ¿Sería capaz de enamorarse de mí una mujer así, parecida o mejor de las que salen en las portadas del Vogue? Era la primera pregunta que me rondaba al tenerla enfrente.

—Cuando escuché tu nombre, me sorprendió muchísimo que te llamaras igual que Jorge Luis Borges –dijo Aurora–. En un principio lo creí una broma, pero luego alguien me dijo que ése es tu verdadero apellido.

—No me llamo igual que Jorge Luis Borges, él se llama igual que yo –objeté.

—Perdona… Él nació antes que tú y, además, es un escritor reconocido, y tiene ese derecho por cuestión temporal y por méritos –replicó.

—Sí, ya sé, ésa es mi desgracia –dije ante la obviedad– de aspirante, por querer ser escritor, a ser siempre un segundón. Y ahora que alguien me ayudaba a rebajar la talla del mito, lo asesinan…

—Si quieres ser escritor, desde luego, lo tienes muy difícil a no ser que te cambies el apellido –concedió una sonrisa por unos segundos, y luego preguntó–: ¿Y cómo les dio a tus padres por ponerte Jorge Luis?