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Leone llega al Amazonas a pedido de su prima Nur. Superada la resistencia inicial, pronto se adentra en un mundo fuera del tiempo: el tiempo de la ayahuasca. Entre viajes al interior de su mente y de su cuerpo, en comunión con los espíritus animales y gracias a diálogos con una voz que trastoca sus certezas, Leone llegará a la batalla más dura, la que debe librar contra sí mismo poniendo todo en duda: su trabajo como guionista de televisión, una relación sin futuro, la identidad construida alrededor de una masculinidad tóxica y las creencias de una sociedad que, ante la catástrofe climática anunciada, elige continuar hacia su destrucción. La experiencia chamánica empujará a Leone a tocar fondo antes de volver a levantarse. El coraje de mirar la realidad a la cara le enseñará a ver su naturaleza y la Naturaleza de manera radicalmente nueva.
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Veröffentlichungsjahr: 2025
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Sebastiano Mauri
La Nueva Tierra
Mauri, Sebastiano
La Nueva Tierra / Sebastiano Mauri
1ª ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Adriana Hidalgo editora, 2025
Libro digital, EPUB - (Literatura_novela)
Archivo digital: descarga
Traducción de: Ana Miravalles
ISBN 978-631-6615-51-0
1. Literatura. 2. Chamanismo. 3. Ecología. I. Miravalles, Ana, trad. II. Título.
CDD 853
Literatura_novela
Título original: La nuova Terra
Editor: Mariano García
Coordinación editorial: Gabriela Di Giuseppe
Diseño e identidad de colecciones: Vanina Scolavino
Imagen de tapa: Chiachio & Giannone, La selva de Constantin, 2015/2016, bordado a mano con hilos de algodón, lana, rayón y efecto joya s/tela con estampado manual por serigrafía, 180 x 165 cm (detalle)
Retrato de autor: Gabriel Altamirano
© 2021 Ugo Guanda Editore S.r.l., Via Gherardini 10, Milano
Gruppo editoriale Mauri Spagnol
Questo libro è stato tradotto grazie a un contributo del Ministero degli Affari Esteri e della Cooperazione Internazionale italiano.
Este libro ha sido publicado gracias a una contribución para la traducción del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Cooperación Internacional Italiano.
© Adriana Hidalgo editora S.A., 2025
www.adrianahidalgo.com
www.adrianahidalgo.es
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.
Disponible en papel
Las selvas pluviales tienen las respuestas a preguntas que aún debemos formular.
Mark Plotkin
Mientras voy desde el aeropuerto de Iquitos, en el norte del Perú, por la ruta que lleva al centro de curación Los Andes Cósmicos, en plena selva amazónica, comienzo a sospechar que el concepto de naturaleza incontaminada ya no es más que un mito perpetuado por Discovery Channel.
La ruta está llena de basura de todos colores, que resalta sobre el verde compacto de la vegetación. Un hedor rancio a comida podrida se superpone, por momentos, a los olores húmedos de la jungla. En una rama cubierta de carnosas flores rojas flamea la etiqueta de una botella de Coca-Cola, totalmente a tono: una conquistadora pionera con su bermellón exótico. Desde la tapa de una Newsweek tirada en el suelo, Hillary Clinton me sonríe, segura de sí misma. Parece estar disfrutando por anticipado la victoria en las elecciones. Según todas las encuestas, dentro de algunos meses será la próxima presidente de los Estados Unidos.
Envases de detergente, bolsitas de supermercado y coloridas latitas de gaseosas ruedan arrastradas por el viento, o yacen ya ancladas en su destino final, donde probablemente permanecerán durante mucho más tiempo en este mundo que el ser humano que la dejó ahí tirada.
La selva espesa alterna con algunas fracciones de tierra rectangulares, desertificadas, donde el hombre ha explotado la tierra hasta volverla tan inhóspita que incluso la hierba se niega a brotar.
Los daños que causamos tienen el poder de sobrevivir por mucho más tiempo que nosotros.
A la derecha de la ruta un grupo de mujeres corta, con largos machetes, unas hojas parecidas a las cañas de bambú, pero sin bambú. Las atan en grandes manojos que cargan luego sobre sus hombros.
–¿Para qué sirven esas plantas? –le pregunto al taxista.
–Sí, sí –me contesta él.
Es la tercera vez que me responde cualquier cosa. Me pregunto si será por culpa del ruido que hace este vehículo, una moto a la que va anexado, casi de milagro, un amplio asiento doble con una especie de techo, donde voy yo sentado. Tal vez no le interesa lo que digo.
Un colectivo, que viene a toda velocidad y con la música a todo volumen, nos pasa alegremente. Parece haber sido ideado por un diseñador de la Pixar bajo los efectos de la psilocibina: a todo color, de madera, y decorado a mano con flores, llamaradas, hojas, animales y, de paso, por qué no, el número de línea.
Cuando llega el momento de salir de la ruta asfaltada, la moto-taxi dobla bruscamente a la derecha y se mete en un camino de ripio. Esquiva los pozos haciendo un slalom que por poco no me catapulta en medio del follaje. Salvo el sendero que estamos recorriendo, ya no veo más huellas de la presencia humana. Ahora la selva parece más prístina, exuberante, primordial. La atmósfera se siente densa de humedad y de los miles de efluvios que, de toda esta vida, emanan sin cesar.
–Lupuna. Es tan alta y tiene raíces tan profundas que habita en los tres mundos –me grita el taxista, señalando un árbol enorme. Su tronco es liso, de color arena, y se eleva varios metros por sobre los demás, antes de abrirse en una corona amplia y sinuosa que parece hacerle cosquillas al cielo.
Cuando pienso que apenas esta mañana estaba rodeado de edificios me da la sensación de que hice un viaje en el tiempo más que en el espacio.
La moto-taxi se detiene.
–Llegamos –me dice el taxista.
A la entrada del centro hay un mangrullo de madera con una pintura hecha a mano en la que se ve a un hombre que empuña una ametralladora. Desde lo alto del mangrullo nos observa, redundante, un hombre que empuña una ametralladora.
Esto sí que no me lo esperaba. Me pregunto qué peligro puede amenazar al centro de curación. ¿Animales salvajes? ¿Guerrilleros? Hubiera preferido saber la respuesta a esta pregunta antes de llegar.
–Buen día, soy Leone Amoedo –le digo al guardia con una sonrisa tensa que espero que logre disimular el terror que me dan las armas, siempre y en cualquier circunstancia.
Él me mira impasible, no emite sonido.
El taxista se rasca la frente, incómodo.
–Soy un pasajero[1] –agrego yo, sabiendo que es así como llaman a los huéspedes, pero no se produce ningún cambio en su expresión.
–No esperamos pasajeros hoy –me dice con desconfianza, sin quitar sus manos de la ametralladora.
–Soy el primo de Nur. –Pruebo una nueva táctica.
Funciona. El hombre desenfunda una sonrisa desconcertante, baja el arma, baja del mangrullo y me abre el portón. Suspiro aliviado.
Deduzco, y no me sorprende, que mi prima Nur ya es muy conocida por acá.
–Hola, hermano –me dice, y se inclina hacia el habitáculo de la moto-taxi e intenta abrazarme, apretándome las costillas con la caña de la ametralladora.
Mi taxista sobre tres ruedas recorre el centenar de metros que nos separan de una pequeña cabaña con paredes de mosquitero, techo de paja, una minúscula antena parabólica y un montón de gallinas medio peladas que picotean una cáscara de melón delante de un cartel en el que se lee “¡BIENVENIDOS!”.
Me bajo de la moto-taxi con mi mochila y miro a mi alrededor. Ningún ser humano a la vista.
El taxista arranca enseguida, apurado, antes de que yo pueda hacerlo sentir responsable de mi desorientación.
Me quedo solo, mirando las gallinas.
1 Los términos y expresiones en español en el texto original aparecen en cursiva [N. de la T.].
Lo que vemos no es la naturaleza en sí misma sino la naturaleza sometida a nuestro método de investigación.
Werner Karl Heisenberg
Después de unos minutos en compañía de una pedante gallina gris que insiste en picotear los cordones de mis zapatillas, creyendo tal vez que son suculentos gusanos albinos, me recibe un joven indígena, con unos modales tan formales como los que uno se esperaría encontrar en un hotel de lujo.
Lo primero que le pregunto es dónde puedo encontrar a mi prima Nur, y lo primero que me responde me causa una gran decepción: Nur está haciendo un retiro, aislada, en la selva. Por el momento, la gallina gris es mi mejor amiga en todo el Perú.
Esperaba, como mínimo, que Nur estuviera aquí para recibirme. Ella es la única persona en el mundo que no solamente tiene el poder de convencerte de que dejes todo, te tomes un micro, dos aviones y una moto-taxi para venir a encontrarte con ella en el corazón de la nada, sino también el atrevimiento de no estar ahí en el momento de tu llegada.
Tal vez es precisamente por eso que la quiero tanto, y que me hace enojar como nadie.
–Pase, le voy a mostrar dónde va a dormir, venga conmigo –me dice el joven encaminándose por un sendero arenoso.
Yo lo sigo despacio, con la esperanza de que la gallina gris venga con nosotros, pero ella vuelve a picotear el melón podrido.
Miro a mi alrededor. En su conjunto, el centro Los Andes Cósmicos no es más que un reducido cuadrado de selva más o menos controlada, transitable gracias a unos angostos senderos trazados en la arena que comunican entre sí una docena de construcciones de madera y paja. Más que infinitud, me provoca una sensación de encierro.
Mi habitación está en el extremo de una cabaña con unos mosquiteros verde brillante sobre los que hay una enorme cantidad de insectos, grandes, expresivos, misteriosos. Algunos parecen fosilizados, otros se limpian cuidadosamente las antenas alisándolas con sus patitas peludas, un par de escarabajos juegan una pulseada. Nunca tuve buena relación con los insectos, sobre todo si tienen la mirada de Hannibal Lecter y el tamaño de un gato. Sin la menor duda, prefiero ratones o serpientes.
Saco el Autan Tropical de la mochila y me rocío todo el cuerpo. El aire se vuelve tóxico enseguida, pero se me pasa el terror de que me pique una mosca tse-tsé. Y veo que es la hora de tomar el Malarone diario, que se supone que me va a proteger de la malaria, aunque mientras tanto me hace sentir como si tuviera, precisamente, malaria.
En la habitación todo está impregnado de humedad, mesa, cómoda, sábanas, incluso el mosquitero blanco sobre la cama condensa miles de minúsculas gotas de agua. Abro mi mochila y, en la biblioteca que cumple la función de armario, guardo con cuidado las cosas que me traje, pero termino en pocos minutos. Me siento en una sillita de madera y miro hacia afuera por la ventana.
A dos metros de la cabaña se ve la selva virgen, tan tupida que la mirada solo logra penetrar en ella unos pocos metros. Vaya a saber cuántos y qué animales merodean entre esas plantas. En la rama más cercana a mi ventana aparece un monito, a los gritos.
Salto hacia atrás del susto, mi deseo se cumplió al instante. Tiene un aspecto contrariado, un antifaz de pelo oscuro alrededor de los ojos le da un aspecto de ladrón de joyas. Va de rama en rama chillando y sin sacarme la vista de encima. No entiendo si me quiere alertar de una amenaza, o si él me considera a mí una amenaza.
Gracias a este exaltado monito solitario tomo conciencia de dónde estoy. El lugar con la mayor biodiversidad del planeta, la megalópolis más multiétnica, caótica y exuberante creada por la naturaleza.
La sensación de soledad se me pasa, me siento excitado por las infinitas posibilidades de descubrimiento que me esperan. Salgo a dar una vuelta.
Al lado de la pequeña lavandería y de las sábanas amarillo canario tendidas al viento está lo que se podría definir como la farmacia de la jungla, tal como lo sugieren los numerosos frascos de vidrio llenos de hojas, flores, polvos, ungüentos, aceites y bálsamos de todo tipo. Gracias a que las paredes, a partir de una cierta altura, están hechas solo de paneles de mosquitero unidos, se puede observar el interior de las cabañas sin necesidad de esforzarse demasiado en la tarea de espionaje. Noto que ningún frasco tiene siquiera un fragmento de etiqueta o una mínima indicación de su contenido. Seguramente deben sentirse muy seguros de su memoria.
El comedor es un amplio espacio con tres mesas largas, con bancos, como en los refectorios de los monasterios, mientras que la cocina anexa, oscura y atiborrada, tiene un aspecto sórdido. A juzgar por la gruesa reja de madera en las ventanas, este es, además, el lugar más codiciado por los depredadores.
La biblioteca es pequeña pero acogedora, hay seis hamacas colgadas frente a otras tantas estanterías repletas de publicaciones sobre plantas curativas amazónicas, la cultura shipibo-conibo, originaria de esta zona, y la selva en general.
En el corazón de esta constelación de cabañas se destaca la maloca, un enorme cilindro con techo cónico de paja que alcanza unos quince metros de altura.
Es ahí donde se llevan a cabo las ceremonias, hasta donde logro comprender. En cuanto acerco mi cabeza al mosquitero de la puerta central, me sorprenden dos pasajeros que justo están saliendo. Un joven delgado de rostro anguloso y aspecto pensativo, acompañado por una mujer de unos sesenta años, rellena, sensual,y de mirada serena.
–Hola, soy Leone –les digo tendiéndoles la mano para presentarme.
La mujer ignora mi mano y me abraza calurosamente.
–Adela –responde–. Bienvenido.
Siento que mi cuerpo rígido se relaja de a poco entre sus brazos mientras que ella no parece querer soltarme. Al joven también le tiendo mi mano para presentarme, pero él la esquiva y me abraza fuerte.
–Yo soy Jean, bienvenido entre nosotros –dice estrechándome y dándome un sonoro beso en el cuello.
Donde fueres, haz lo que vieres.
Después de este cálido encuentro doy por descontado que vamos a proseguir juntos, pero enseguida ellos retoman su propio camino.
No sé muy bien cómo continuar mi recorrido. El centro, es decir, esta ínfima parte de la selva controlada a fuerza de machete, ya lo he recorrido por completo.
Miro a mi alrededor, abatido; la excitación del descubrimiento es rápidamente reemplazada por el horror vacui. A pesar de que estoy rodeado de una extensión infinita desbordante de vida animal y vegetal, tengo la sensación de que ya se me agotó el programa.
Nunca hubiera pensado que se podía sufrir claustrofobia en la selva, pero la imposibilidad de ver a lo lejos coarta la percepción de la grandiosidad y lo ilimitado que te rodea, no hay visión de conjunto, no hay paisaje.
Quién sabe dónde estará Nur en este momento, tal vez a pocos minutos. Cómo me gustaría tener un olfato de sabueso para seguir la huella de su olor y encontrarla. Sin ella me siento perdido, ni siquiera sé por qué estoy acá, o qué me espera, si vamos al caso.
Descubro un sendero minúsculo que se interna en la vegetación tupida, aparentemente el único, salvo la calle principal por la cual entré con la moto-taxi. La tentación es irresistible, lo sigo.
Apenas logro dar unos pocos pasos que escucho una voz que me llama: “¡Pasajero Leone!”. Me doy vuelta, es el joven que me recibió cuando llegué, solo que ahora tiene un cachorro de perezoso en su brazo.
–No tendría que andar dando vueltas en la selva, usted es un gringo con un olor a ciudad muy fuerte encima.
Me huelo la manga de la camisa, perplejo.
–¿Te parece? –le pregunto mientras me acerco a él.
–Es la hora de su turno con las chamanas.
Acaricio al perezoso en la nuca, que entrecierra sus ojos con una expresión de placer.
–Sígame por acá –me dice el joven, interrumpiendo bruscamente mis jugueteos con el perezoso.
–No sabía que tenía un turno con las chamanas –le comento, mientras obedezco.
Aunque no quise admitirlo, en el momento en que Nur me propuso encontrarme con unas chamanas amazónicas en carne y hueso sentí escalofríos de la emoción. Sin embargo, ahora que ha llegado el momento, no me siento preparado, más que nada porque ni siquiera sé en qué consiste el encuentro. O su función. ¿Qué diablos hace una chamana? Diría que te cura, pero yo no estoy enfermo. Corro el riesgo de quedarme sin palabras. Tal vez podría contar mis experiencias, en mi infancia, con el vudú africano, pero me temo que solo serviría para postergar un poco el tener que admitir, inevitablemente, que no sé por qué vine hasta acá.
Me pregunto si me van a recibir cubiertas de plumas multicolores, envueltas en una nube de humo, tal vez con la piel pintada de rojo. Estaba seguro de que a mi llegada Nur me iba a dar algún consejo, y en cambio ahora me toca improvisar. Me las va a pagar. Espero que no me obliguen a tocar el tambor, soy un desastre en eso.
–Está todo escrito en el programa que le mandamos a su prima Nur –me recuerda, todo cumplido, el joven.
Si tan solo Nur me lo hubiese mandado también a mí, pienso.
–No lo vi –le digo con una expresión compungida.
–¿Hizo la dieta?
–Me dijo que no consuma ni carne de cerdo, ni azúcares, ni marihuana.
–¿Solo eso?
–¿Cómo “solo eso”? Fue un sacrificio enorme. El café sin azúcar me da asco, sin un porro a la noche no logro dormirme, y no te das idea de cuánto me gusta el jamón, a mí.
–Están prohibidos también el alcohol, el tabaco, el gluten, los lácteos, la carne roja y blanca, las legumbres, la sal, los derivados de la soja, las grasas y los picantes. Nada de crustáceos o moluscos, nada fermentado o frito. Ni paltas ni bananas maduras; y tampoco se puede tomar ni café, ni té, ni mate.
–Perdón, pero entonces, ¿qué queda?
–Queda la dieta que tendría que haber seguido durante una semana. Por favor, por acá.
Me lleva a la biblioteca, donde me esperan tres mujeres, cada una de ellas suspendida en su propia hamaca. Se presentan.
Doña Evangelina, pequeña, compacta, de unos cuarenta años; Doña Ana, pequeña, compacta, de unos sesenta, y Doña Inés, pequeña, compacta, de unos ochenta. Es como hablar con la misma persona en tres fases diferentes de su vida. Llevan puestas unas llamativas camisolas abullonadas de colores que les dan un aspecto infantil. Sus pareos están bordados con refinados diseños geométricos.
Nada de humo en el aire, ni plumas en la cabeza, ni color rojo en la piel. Sus miradas curiosas están enmarcadas por unos pómulos pronunciados, sus caras lavadas, y abundante cabello negro, lacio y brillante como la obsidiana.
Enseguida me doy cuenta de que son abuela, madre e hija. Estoy frente a una antigua dinastía chamánica matriarcal.
Emanan, a la vez, paz y astucia, en sus labios esbozada una sonrisa, las hamacas oscilando apenas.
–Bienvenido, Leone. Eres argentino, ¿verdad? –me pregunta la abuela Inés.
–Vivo en Buenos Aires desde hace varios años, pero nací y crecí en Italia, soy hijo de padres argentinos.
–¿Qué te trajo hasta nosotros?
–Nur.
–Es su primo, mamá –dice Doña Ana.
–Pero tú, ¿por qué estás acá?
Me imaginaba que más tarde o más temprano me iban a preguntar eso.Trato de desviar la respuesta:
–Buscaba a Nur, precisamente, pero se fue de retiro por un par de días.
–¿Estás acá solo para ver a Nur? –me pregunta Doña Inés, escéptica.
–Bueno, sí, yo...
Aunque no quiero admitirlo, mi vida en Buenos Aires es como si se hubiera replegado en sí misma. Ya no siento ningún entusiasmo. Y tomo conciencia de eso ahora, mientras miro a estas mujeres a los ojos. A través de sus miradas veo eso que yo mismo no me permitía ver.
Este lugar, después de todo, podría ser una oportunidad. No es casualidad que haya llegado hasta acá en este preciso momento. Un loro verde y azul que revolotea detrás del mosquitero parece estar de acuerdo conmigo, lanza un sonido agudo en dirección a mí.
Me sorprendo a mí mismo admitiendo ante ellas que “necesito volver a inyectarle entusiasmo a mi vida”, y agrego, resignado, “últimamente las cosas han ido perdiendo sentido”.
–La Madre te va a ser de gran ayuda –me tranquiliza Evangelina, la más joven de las tres, con una sonrisa maternal.
–¿Se refiere a su madre, Ana?
Logro hacer reír a las tres al mismo tiempo. La abuela Inés se inclina hacia adelante tapándose tímidamente la boca, parece una niña.
Me río yo también, aunque no sé por qué.
–La Madre es la medicina –me aclara Ana, sin aclarar nada.
–¿Qué medicina? A mí no me gustan los remedios, tendría que haberlo aclarado antes, discúlpenme. Uso solamente remedios homeopáticos –me apuro a señalar.
Se ríen de nuevo.
–L’ayahuasca es la medicina, la Madre –me dice Doña Ana con el tono de quien está diciendo una obviedad.
–Ah, cierto, sí, perdónenme.
La excusa de haber venido aquí para verla a Nur me hizo llegar sin ningún tipo de preparación. A ellas también esto les acaba de quedar claro.
–¿Tú sabes qué es lo que haremos aquí? ¿Tienes idea de las ceremonias de las que vas a participar?
Doña Evangelina sospecha que creo estar en un Club Med. Trato de demostrar un poco más de aplomo.
–Sí, vamos a tomar una bebida amarga, precisamente la ayahuasca... vamos a estar a oscuras en la cabaña más grande, ustedes van a cantar las canciones sagradas, los icaros, y nosotros vomitaremos, pero a cambio tendremos visiones.
–¿Fue Nur quien te describió así las ceremonias? –La joven Evangelina está asombrada.
–La verdad es que con el celular se escuchaba pésimo, y Nur me dijo poco y nada, salvo que quería que yo viniera hasta acá, y que no iba a aceptar un no como respuesta. Ustedes ya saben cómo es Nur.
–Muy convincente, sí, sí, lo sabemos –me asegura Doña Evangelina.
–Pero vi algunas ceremonias en un video de YouTube, o sea, ya sé cómo es. También escuché qué tipo de música se canta, hermosa, extraña.
–¿Qué es lo que vio? –quiere saber la anciana Doña Inés, un poco perdida.
–Nada, abuela, cosas que hubiera sido mejor que no vea –responde Evangelina lanzándome una mirada severa, y agrega mientras me habla como si fuera un niño desobediente–: La música actúa sobre el cuerpo con el ritmo, sobre las emociones con la melodía, y sobre la mente con la poesía. Es una medicina muy potente. No te tiene que gustar, te tiene que curar.
–Sí, es cierto, discúlpeme.
–¿Seguiste la dieta durante la última semana? –interviene Doña Ana.
–No comí cerdo. Y tampoco le puse azúcar al café, y casi no fumé porro.
–Pero tomó café. ¿Y alcohol? –me apura Doña Ana.
–Tal vez, un poco, a la noche. Sí, tomé alcohol.
–¿Carnes rojas?
–A ver... Sí.
–¿Derivados de soja? –Doña Ana no quiere aflojar.
–Sí.
–¿Palta?
–Me encanta la palta...
–¿Lácteos?
–Y... la verdad que sí...
–No hizo la dieta –dice cortante la abuela Inés.
–No comí nada de jamón –trato de defenderme yo.
–Hoy vamos a hacer una limpia con el vomitivo –me dice Doña Ana, categórica.
–¿Una limpia? ¿Con el vomitivo?
La palabra “vomitivo” no promete nada bueno.
–Te vamos a dar para que tomes mucha agua que luego vas a expulsar para limpiarte por dentro; te vas a sentir mejor –intenta tranquilizarme Doña Evangelina.
Yo, en cambio, intento hacerlas cambiar de idea:
–Sí, todos se sienten mejor después de haber vomitado, pero si no vomitan, por ahí, se sienten bien ya antes de empezar.
–No, es una limpia necesaria antes de la ceremonia, no seguiste la dieta –insiste Doña Ana.
–¿Y cuándo sería?
–Dentro de una hora, aquí detrás de la biblioteca. –El dedo artrósico de Doña Inés señala un pequeño espacio arenoso lleno de inquietos escarabajos colorados.
¿Cómo se puede llegar a pensar que la naturaleza no tiene conciencia si nuestra conciencia es producto de la naturaleza?
Jeremy Narby
Doña Inés, que yo pensaba que era la persona más anciana del lugar, me espera detrás de la biblioteca junto a una mujer minúscula, delgadísima, doblada sobre sí misma y con un aspecto milenario, a pesar de su cabello negro y brillante como la noche. Sujeta con firmeza un vaso lleno de un líquido lechoso y denso. Están sentadas ambas con las piernas cruzadas sobre una gran manta decorada con laberintos curvilíneos y concéntricos pintados a mano. Delante de ellas, sobre la arena, dos baldes, uno vacío y el otro lleno de agua caliente.
–Leone, ella es mi madre, Doña María.
Doña María sonríe con los ojos, dos largas hojas afiladasque se curvan hacia arriba.
–Es un honor conocerla, Doña María –le digo mientras mi cuerpo, sorpresivamente, le hace una reverencia.
Siento que estoy frente a una reina ancestral. Más que un familiar, parece un antepasado. Todavía vivo.
–Siéntate, hijo –me dice Doña María, que tiene una voz tenue y áspera, señalando un tronco de madera cortado como un banquito, de no más de treinta centímetros de altura.
El remoto exotismo que me inspira Doña María me hace sospechar que yo también debo parecer muy extraño a sus ojos. La microfibra de mi remera Patagonia, mis bermudas con siete bolsillos de los que asoman el celular, un repelente para insectos y AfterBite, las zapatillas Nike con aplicaciones reflectivas, la gorra de béisbol de los New York Yankees, me hacen sentir, más que nunca, como sapo de otro pozo. Uno de esos turistas con ropa colorinche que te arruinan las fotos de los leones de mármol en la Plaza San Marco.
Acá soy yo el exótico y remoto, no ella. No debe encontrar nada envidiable en mi estilo. Una nota desafinada en una armoniosa sinfonía de colores y materiales.
Me acomodo en mi banquito de tronco y Doña María me ofrece el vaso.
–Toma esto –me dice.
Huelo el brebaje, tiene un aroma ácido y picante, el sabor debe ser espantoso.
–No es un sabor que les guste a ustedes, los pasajeros –me confirma Doña Inés.
Me tomo todo de un solo trago. Tiene un sabor asqueroso. Con un nombre como vomitivo no podía esperar, lógicamente, un helado de frutilla.
–Y ahora mucha agua. –Doña María llena un cuenco con agua caliente y me lo alcanza.
Me la tomo toda, pero en cuanto termino, Doña María lo llena de nuevo. Sigue así, una y otra vez, hasta que mi estómago llega al límite.
–No creo que me entre más, Doña María –le suplico cuando veo que, impasible, me ofrece otra vez el cuenco.
–Cuando no entra más, sale sola.
Bebo en pequeños sorbos, me resulta casi imposible deglutir, se me cierra la garganta.
–En serio, no creo que... –Mi boca se transforma en una manguera de bomberos.
Doña Inés, rápida, me alcanza el balde vacío en el que vuelco el vómito más portentoso de toda mi vida.
Levanto la cabeza y tomo aire como si hubiera estado bajo el agua un cuarto de hora.
–Creo que recién vomité dos litros de ag... uaaaaahhhhh. –Sale otro con propulsión a chorro–. Nunca vomité tant... –Como un poseído, una nueva catarata.
–Mejor que, por ahora, no hables –me sugiere Doña Inés, ofreciéndome el cuenco lleno–. Toma, bebe.
–¿De nuevo? –grito sin querer.
–Tenemos que terminarlo todo –me dice señalando el balde en el que deben quedar, todavía, por lo menos, tres litros de agua.
Siento que me muero.
–Limpiemos bien, toma, toma.
Obedezco y vomito unas diez veces más hasta que el balde de agua queda vacío, mi estómago queda vacío, mi cabeza, vacía, y mi cuerpo, extenuado.
–Muy bien, salió mucha bilis –me dice satisfecha Doña Inés.
–¿En serio? –pregunto yo con la voz ya mucho más débil que la de Doña María.
–Es muy molesto sacarla durante la ceremonia.
–Tampoco ahora fue precisamente agradable.
–Tienes un ojo negro –me informa Doña Inés, apartando los baldes.
–¿O sea?
–Tu ojo derecho está negro, como cuando te dan un puñetazo. En un par de días va a estar bien.
–¿Cómo un puñetazo?
–Es la presión, suele pasar. Te recomiendo que no comas nada antes de mañana a la mañana.
–Pero recién son las tres de la tarde.
–Los ayunos son necesarios para las ceremonias.
–¿Y algún snack?
–No, nada de snacks.
–Bueno. –Me siento como un niño en penitencia.
–Piensa, más bien, en qué quieres pedirle a la Madre.
–¿La Madre vendrá a hablarme?
–Eso espero.
–¿Y yo le puedo responder? ¿En voz alta?
Doña María contiene la risa mientras Doña Inés sigue mostrando una paciente compasión hacia mi ignorancia.
–No, no será necesario. Ustedes hablarán dentro de ti –me tranquiliza.
–Ah, okey. ¿Y tengo que dirigirme a ella de algún modo en especial, no sé, alguna etiqueta que haya que respetar, como con la reina Isabel, por ejemplo?
Doña María mira a Doña Inés con mirada interrogativa, confundida tal vez por la referencia a la reina Isabel.
–La Madre sabe hacerse respetar, más que cualquier reina. Pero es mejor que no esperes nada. Es más, espera la nada.
–¿La nada? –le pregunto sin ocultar mi desilusión.
–Tal vez, esta noche te liberarás y listo, porque todavía tienes mucho para purgar. ¿Hiciste dieta de sexo?
–¿Qué es la dieta de sexo?
–Los espíritus odian sentir el olor a semen, y tienen un excelente olfato.
–Uy, pero yo no sabía nada de la dieta de sexo. ¿Por cuánto tiempo?
–Por lo menos, una semana.
Pensándolo bien, no he tenido sexo desde hace más tiempo. En casa, en la última época, la frecuencia de las relaciones sexuales no fue precisamente para sentirse demasiado orgulloso.
–Sí, la dieta de sexo la hice.
–Por lo menos eso –suspira Doña Inés.
Doña Inés apoya sus manos tibias y arrugadas sobre mi pecho. “Tú solo debes abrir tu corazón, ahora”, y agrega: “Y no te dejes vencer por el miedo”.
–Miedo, ¿debería tener miedo? –De repente me siento aterrorizado.
Doña María toma una mano mía entre las suyas.
–Debes tener confianza, hijo, esta noche te vas a sentar a mi lado y yo te llevaré al mundo donde todo se sabe.
Morir es un arte, como casi todo lo demás.
Sylvia Plath
A las ocho en punto entro en la maloca. El piso de madera cruje cuando uno camina sobre él, como si comentara tus pasos en voz baja. El techo cónico está sostenido por una intrincada red de palos unidos a una única y delgadísima columna central que parece soportar todo el conjunto como por arte de magia.
Sobre la tela mosquitera está apoyada la habitual multitud de insectos inmensos. Dentro de la maloca hay dispuestas en círculo unas veinte colchonetas y, al lado de cada una, baldes de todos colores, para los vómitos.
Al menos por el momento, somos seis los participantes. Están Adela y Jean, los dos que me abrazaron cuando llegué, las dos únicas caras conocidas. Me sonríen cuando entro, y tomo ese gesto como una invitación a ubicarme en una colchoneta cerca de ellos, al lado de Jean, para ser más exacto.
Imito a los demás, que están en su mayoría en posición de loto, y me siento con las piernas cruzadas, la espalda erguida, las manos relajadas sobre las rodillas. Es una rutina que conozco bien, hago yoga desde hace muchos años. Miro a mi alrededor.
Frente a mí está sentado un hombre alto y delgado, de unos sesenta años, con un aspecto taciturno, tal vez del norte de Europa, a juzgar por sus ojos color hielo. Tiene la vista fija en un punto indefinido del mosquitero y no mueve su mirada ni siquiera por un instante.
–Él se llama Nils, es noruego, está aquí desde hace ya varios meses –me dice Jean al ver que lo observo.
–¿Uno se puede quedar aquí durante meses?
–Sí, por supuesto, si uno lo desea, o siente la necesidad.
–¿Necesidad de qué?
–Depende. Desintoxicación de estupefacientes o relaciones nocivas, diferentes enfermedades del cuerpo o de la mente, o solo la necesidad de volver a encontrarle un sentido a la propia vida. Pueden ser procesos largos. –Jean nota mi moretón, a pesar de la penumbra–. ¿Y ese ojo negro? No lo tenías así, hoy a la mañana, ¿te agarraste a las trompadas con un mono?
–Me agarré a las trompadas con el vomitivo de Doña María.
–Es muy fuerte eso, me tocó a mí también.
A la derecha está sentada una joven mujer mestiza, de mentón cuadrado y unos ojos redondos como los de Bambi. Es menuda, pero emana una gran fuerza. Me sonríe, le sonrío.
–Ella tiene un aspecto decidido, me gusta.
–Se llama Sava, su padre es italiano, su madre peruana, creció un poco acá, en Iquitos, con su madre, y un poco en Milán, con su padre.
–Yo también soy de Milán.
–Pensé que eras argentino.
–Vivo en Argentina, pero crecí en Milán. ¿Y ese tipo, de cara simpática?
–Él es Vimal, un programador de computadoras, de Bombay, que se hace una escapada al Amazonas cada vez que puede, hace una dieta digital free, que de todos modos no logra respetar completamente, y después vuelve a encerrarse en una piecita frente a la pantalla de la Mac. Canta muy bien, las pocas veces que lo hace.
–¿Va a llegar más gente?
–No, estamos en temporada baja, hay pocas personas en el centro durante este período. Sin embargo, falta Nur, una argentina que está haciendo un retiro en este momento.
–Nur es mi prima, es por ella que estoy acá.
–¿En serio? –Su rostro, al oír el nombre de Nur, se ilumina y, ya que está, me abraza de nuevo–. Entonces estoy más contento todavía de conocerte, hermano –me dice respirándome en el cuello–. Solo que en la ceremonia uno no participa por los demás –agrega, apartándose–, te recomiendo que trates de encontrar lo antes posible la razón por la cual tú estás acá.
Entra Doña Inés, la octogenaria, junto a Doña María, la milenaria.
Eligen dos colchonetas en la parte más despejada de la maloca. Inés ayuda a María a sentarse y luego se acomoda también ella.
Doña María mira a su alrededor como buscando algo. Cuando me ve, se detiene, me mira fijo. Yo aparto los ojos, pero cada vez que los dirijo hacia ella, encuentro su mirada de esfinge que se filtra a través de la abertura finísima entre sus párpados antiguos.
La saludo con una inclinación de la cabeza, pero ella no me responde, y no deja de mirarme.
Ahora recuerdo que me había pedido que me siente junto a ella. Como si mi colchoneta se estuviera prendiendo fuego, de un salto me levanto y me ubico al lado de Doña María sin siquiera justificarme con Jean, que me mira sorprendido.
En cuanto me siento, Doña María cierra los ojos. Respira lentamente, con su cabeza que le cuelga hacia adelante a causa de una pronunciada joroba. Parece que estuviera durmiendo, que no fuera a despertar nunca más.
Doña Evangelina entra sin aliento, como si llegara tarde, se sienta sin demasiadas ceremonias al lado de Sava, le estampa un beso en la mejilla y se deja caer sobre la colchoneta, agotada.
Doña Ana es la última que entra y se acomoda en el único lugar donde hay una colchoneta gruesa, cubierta con un tejido antiguo, con las típicas decoraciones abstractas shipibo. Tiene consigo una botella que contiene un líquido oscuro y viscoso, nada atractivo: debe ser la ayahuasca.
Sentada con las piernas cruzadas, mira a su alrededor, estudiando, uno por uno, a los pasajeros.
Bajo la mirada para permitirle que me observe.
Espero no tener que vomitar de nuevo, no querría que me queden los dos ojos negros y pasar de ser el Capitán Garfio a un oso panda.
De todos modos, creo que ya no queda nada dentro de mi cuerpo, salvo un poco de agua purificada que es como tomar aire líquido. Es insípida, inodora, inconsistente, decepcionante.
En el centro Los Andes Cósmicos desenchufan el generador de electricidad a las ocho en punto, cuando es la hora de encontrarse para la ceremonia. A partir de ese momento, a excepción de la maloca, iluminada por un par de delgadas velas, está la nada, salvo el sonido de la selva, que parece redoblarse en cuanto todo queda oscuro.
Las personas se mueven sin chocarse contra los palos gracias a una linternita que se coloca en la frente, y que emana un círculo de luz rojiza suave. Si fuera blanca, en pocos segundos nos encontraríamos todos con el rostro cubierto de insectos sedientos de sangre.
Yo me ubico en mi colchoneta y trato de relajarme.
Siento que Sava, la chica ítalo-peruana, me está mirando.
–Pareces muy asustado –me dice–, ¿es tu primera vez?
–Primerísima. Estoy aterrado –le confieso en voz baja tapándome la boca con la mano para que Doña María no me escuche–, pero ella me prohibió tener miedo –agrego, señalándola con la cabeza.
Sava se ríe.
–No creo que se pueda prohibir el miedo. Supongo que quiso decirte que no hay nada de qué tener miedo. De todas maneras, un poco de miedo da.
–Me da miedo que esta Madre me diga algo incómodo.
–Eso siempre es así. La Madre siempre te dice algo incómodo, si no uno podría quedarse tranquilo en su sillón sin reaccionar. Para avanzar, es necesario desacomodarse, por lo menos un poco.
–¿Y si el sillón es ergonómico?
–No creo, si no la Madre no te habría traído hasta acá.
–¿Te parece que me trajo ella? Porque yo vine arrastrado a la fuerza por mi prima.
–No creo, si la Madre no te quisiera acá, pienso que no hubieras llegado. Lo importante es que sigas la dieta y que no te resistas a lo que te va a pasar.
–Con respecto a la dieta, digamos que no estaba bien informado...
–Entonces es probable que los espíritus, esta noche, ni siquiera te tengan en cuenta.
–No me vine hasta el Amazonas para ser desairado por una planta, más vale que me preste atención.
–Y yo te recomiendo encarecidamente que no amenaces a nada ni a nadie aquí a tu alrededor. Ni siquiera a un trébol, nunca se sabe qué espíritu hay en su interior. Recupera ese temor respetuoso de antes, que es mejor, en serio. Y confía en que la medicina actuará como sea para limpiarte.
–Quedar limpio es mucho más reconfortante que encontrarse con espectros de tréboles enfurecidos.
–No espectros sino espíritus, es por eso que estás acá, para aprender de ellos.
–La verdad es que no tengo idea del motivo por el que estoy en este sitio, pero espero enterarme esta noche.
–Va a ser así, puedes estar seguro.
–Comenzamos –nos dice a todos Doña Ana apagando una de las dos velas.
–Ah, yo soy Sava –me dice antes de volverse hacia Doña Ana.
–Yo, Leone, somos dos milaneses de incógnito –le susurro.
Ella me mira asombrada y me dice: “Que la virgencita esté con nosotros entonces”.[2]
Doña Ana toma un cigarro de mapacho, con ese fuerte tabaco sin tratar, y lo enciende con la vela.
Sopla con fuerza el humo blanco y denso a su alrededor, formando una nube espesa, después destapa la botella que ha sostenido todo el tiempo en su mano, sopla dentro un poco de humo, y pronuncia unas palabras en una lengua desconocida para mí.
Apaga el mapacho directamente sobre la madera del piso, sirve un poco de ayahuasca en un vaso, lo mira durante algunos segundos rezando en su lengua misteriosa, y luego bebe.
Sirve otro poco de líquido en el mismo vaso, Doña Evangelina se acerca para tomarlo y se lo lleva a Doña María, que está a mi lado. Ella alza apenas la cabeza y se lo traga sin cambiar en nada su expresión. Doña Evangelina devuelve el vaso y regresa a su sitio.
La tercera en beber es Doña Inés, que se arrodilla delante de Doña Ana, como harán todos, de ahora en más. Después de Doña Evangelina, es el turno de los pasajeros, a quienes Doña Ana va llamando, de a uno, con un movimiento de cabeza.
El primero es Jean, que se arrodilla delante de ella y la mira. Por un instante ella parece estar calculando cuánta medicina suministrarle mirándolo a los ojos.
No logro ver cuánta le sirve, pero a juzgar por la cara de Jean, tiene un gusto repugnante.
Siguen Sava, Nils, Adela y Vimal. Todos, a diferencia de las impasibles chamanas, después de beber, contraen el rostro en una mueca.
Me toca a mí, soy el último, me late fuerte el corazón.
Me pongo de pie y me siento sobre mis talones frente a Doña Ana, que llena el vaso hasta la mitad y me lo ofrece. Olfateo el líquido, el olor es repugnante. Tomo un pequeño sorbo, el sabor es peor todavía que el olor. Una mezcla de barro estancado, algas podridas, fruta fermentada y piel del intersticio de los dedos de los pies. Haría cualquier cosa con tal de no tener que tomarlo todo, la miro suplicante a Doña Ana, pero a ella se la ve más impaciente que compasiva.
Lo termino de un solo trago. Un estremecimiento salvaje me atraviesa el cuerpo, se me erizan los pelos de los brazos y la boca se me abre sola, como pidiendo oxígeno, o piedad.
Doña Ana apaga la última vela. La oscuridad es absoluta, los árboles son tan frondosos que no permiten que la luz de la luna llegue hasta el suelo. No hay ninguna diferencia entre tener los ojos abiertos o cerrados.
A nuestro alrededor, los animales, las garras, las alas, las pinzas, las patas, las aletas, los pelajes ásperos, los plumajes suaves, los dientes afilados, los picos curvos, las antenas finas y los ojos sin pupilas hablan. La noche parece mucho más animada que el día, pero nos está permitido percibir toda esa vida solo con el oído. Es todo un graznar, rugir, gritar, saltar, batir las alas, perseguir, maullar, escapar, subir, anidar, frotar, morder, amenazar, defenderse, roer, asustar, chapotear, trepar y excavar.
También las plantas conversan, a través del movimiento de las hojas, el roce de las ramas, la ondulación de las flores, el entrelazamiento de las lianas, las caricias de las raíces, los saltos de las bellotas y la versatilidad de las trepadoras. Los hongos se abren camino para conquistar su propio espacio por sobre y por debajo de la superficie terrestre, ganándose el sustento, intercambiando información y nutrientes con las raíces de las plantas.
Dentro de la maloca reina la calma y la inmovilidad.
Debe haber pasado más de media hora desde que tomamos la medicina, pero todavía no siento ningún efecto.
Trato de ver qué hace Doña María, pero no logro ni siquiera saber si está sentada o recostada.
Me doy cuenta de que no le hice ninguna pregunta a la Madre. Qué tarado, era lo único de lo que me tenía que acordar.
Desde hace algún tiempo estoy preocupado por mis manos, me parece que tengo artritis reumatoidea, la que suelen tener las brujas.
Me la juego con eso.
Madre, te ruego que me digas si mi esqueleto va a quedar deformado por la enfermedad.
Como si hubiera pronunciado unas palabras mágicas, de pronto siento un hormigueo, primero en los dedos de las manos y los pies, después sube hacia los antebrazos y las pantorrillas, hasta que se apodera de todo mi cuerpo.
Doña Ana sopla dentro de una botella, a juzgar por el burbujeo. Tal vez sea la botella de la ayahuasca, que creo que debe ser la única en los alrededores.
Su icaro, el canto sagrado, parece tener un cuerpo de niebla que parte de ella, se dirige hacia mí y me envuelve.
Empiezo a ver suaves luces verde esmeralda, como luciérnagas, primero una, luego dos, después cada vez más. Se acercan y se posan sobre mí.
Mi primer instinto es correrme, pero no siento nada cuando me tocan, así que me relajo y observo la situación.
Noto que, en el punto en que se posa cada una de estas luciérnagas, mi carne se disuelve. No siento ningún dolor mientras van dejando detrás de sí solamente huesos.
Es un proceso rápido, creo que no dura más que unos pocos minutos, aunque tal vez hayan pasado horas, empiezo a perder la noción del tiempo.
No me queda más que el esqueleto. Me siento más liviano.
Las luces se alejan, han cumplido con su deber.
