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Este libro pareciera que narra varias caras de la vida de una misma persona, pero no: es la misma persona con historias, duras algunas, en reiteradas ocasiones. La número veinte no supo de renuncias ni de derrotas: aprendió lo que es resiliencia mucho antes de que se conozca sobre el concepto, acunó la tolerancia, se maceró y se aferró a los pequeños recuerdos lindos. Atesoró la amistad y la familia como el patrimonio más valioso de todo ser que habita esta tierra. Desde pequeña, el miedo, el dolor, la soledad, la tristeza, los caminos impuestos, las marcas oscuras y las heridas profundas fueron recurrentes. El instinto de subsistencia, los hijos que iban llegando y la familia que fue armando hicieron que su mirada se orientara en la espera de un futuro mejor, horizonte que aún sigue observando y va renovándose cada vez que se hace presente irradiando luz vitamínica para su vida. Imagino a Mary, en el centro de la escena, con los brazos elevados al cielo en actitud de agradecimiento por haber escrito su mejor protagónico. Raquel Garello
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Seitenzahl: 84
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección: María Harmitton Oliveto.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Matos, María del Carmen
La número veinte : una historia de superación / María del Carmen Matos. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
88 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-362-7
1. Autobiografías. 2. Memoria Autobiográfica. 3. Superación Personal. I. Título.
CDD 808.8035
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Matos, María del Carmen
© 2023. Tinta Libre Ediciones
A mi esposo Guido, que me alentó a abrir mi alma más allá de que en el resultado iba a aparecer él con sus virtudes y debilidades, con sus más y sus menos.
A mis hijos, la razón de mi vida, la mejor madera que Dios me puede haber entregado; especialmente a Verito, mi eterna compañera.
A mis amados cinco nietos, luz de mis ojos, ellos son mi disfrute.
A Mirta y Anita, mis hermanas del alma desde siempre, que anidan en mí como símbolo de amor.
A mí, por entender, aunque me costó, que en el camino de la vida hay un espacio que me pertenece y es bueno.
Agradezco a todas las personas que Dios puso en mi caminopara acompañarme en la vida y en este proceso del libro.
La número veinte
Prólogo
Me preguntan y me pregunto… ¿Por qué dar a conocer mi historia de vida?
Pienso que es el momento de empezar a cerrar viejas heridas y, aunque en ocasiones he tratado de hacerlo con diferentes especialistas como psicólogos o psiquiatras, no he podido sanarlas.
Es aquí donde con la escritura intento cerrar etapas que no pude borrar con la palabra oral. Escribir me ayudó a ayudarme porque lo necesito. Aunque en el camino de la vida pasan cosas malas y buenas, con este texto que se abre acá me limito a expresar mi propia vida.
Ojalá mi experiencia dé luz a otras personas que pasan o pasaron por lo mismo, solo así no se sentirán frustradas por no tener el coraje y la decisión de abrir sus corazones.
Así comenzó todo
Por lo que pude saber a los diecisiete años gracias a mi hermana, nací en Capilla de los Remedios, provincia de Córdoba, allá por 1956. Me pusieron el nombre de María del Carmen Matos; dice ella que mis padres eran dueños de un campo de varias hectáreas ubicado en las afueras del pueblo y que la situación económica era muy buena porque vivían de la cosecha. Ahí viví con mi abuela materna, una mujer ya pasada en años, mi padre, mi madre (en transcurso de este libro aparecerán mencionados como progenitores) y mis dos hermanos.
A mis tres meses, mi progenitora recibió de herencia de parte de unas tías una propiedad en la ciudad de Tandil, provincia de Buenos Aires. Decidió abandonar a mi progenitor, su esposo, y dejar con él a mi hermano mayor.
Al llegar a esa ciudad tomó posesión de la propiedad que se usaba como hotel. Necesito creer que el tiempo y las obligaciones que demandaba el negocio y la familia la desbordaron y ahí fue. ¡La decisión fue dura! No sé si para ella, más aún cuando nunca pidió perdón, ni justificó su acción, ni sanó mis heridas. ¿Las habrá tenido ella? No lo sé, lo que sí sé es que marcó mi vida y acá estoy intentando reconstruirla como medio de sanación.
Pasamos años de nuestras vidas, mi hermana y yo, en el asilo de huérfanas Sagrado Corazón de Jesús. Estaba dirigido por monjas de la congregación Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, como así también el asilo de ancianos San José. Todo esto apoyado por familias benefactoras de la comisión Damas de la Caridad de esa ciudad.
Describiendo el asilo
Para contarles cómo era el edificio comenzaré diciendo que se ingresaba por escaleras inmensas, encima de la fachada de la puerta de ingreso de madera estaba el nombre de la institución.
La portería no era más que una habitación con dos imágenes religiosas y dos sillas. Allí recibían a las visitas y, si era importante, se las hacía pasar al living donde había dos grandes sillones y un piano como imagen perfecta para mostrar lo que no era.
Desde la vereda, del lado derecho, se veían grandes ventanales enrejados que formaban parte del oratorio, de la sala de clase y la ropería; del lado izquierdo, los ventanales eran parte de un dormitorio y de la sala de monjas.
Adentrándonos en el edificio se descubrían:
— Tres dormitorios divididos por edad, uno para las niñas pequeñas, otros para las de edad intermedia y uno para las mayores. Estos contaban con quince camas de caño blancas con elástico de alambre y con cubrecamas blancos de tela; los pisos eran de madera y se enceraban de rodillas cada tres meses. Tenían grandes ventanales que daban a las galerías centrales y un gran baño con seis inodoros, ocho duchas y un gran lavatorio con canillas de ambos lados que usábamos para lavarnos la cara y los dientes. Al final de cada dormitorio estaba el espacio privado para la monja que lo tenía a su cargo, nos separaban de ella unas cortinas que rodeaban toda la cama; ellas también contaban con su baño personal. En el caso de la madre superiora, tenía su dormitorio y baño particular.
— Un patio de cemento, en el centro del edificio, rodeado de grandes paredes de vidrio que daban a las galerías. Allí se encontraba la imagen enorme de la Virgen María.
—Un salón que se usaba para el dictado de clases escolares, donde nos dividían en la fila de bancos por grados y nos dictaba clase una de las monjas.
—Pegada al aula seguía la ropería, allí había unos placares grandes donde también se guardaban los guardapolvos, sábanas y demás cosas.
— Hacia la derecha se encontraba la sala de labores donde en distintos días teníamos clases de costura, tejido o bordado. Nos daban la tarea de bordar los cubre ataúdes de los difuntos de las familias benefactoras, también bordábamos los manteles y ornamentos para la misa.
—Seguido, el comedor de las niñas. Este tenía mesas redondas de cemento, sin siquiera un mantel, con platos, cubiertos y jarros de lata. Nos sentábamos ocho asiladas en cada una, distribuidas por dormitorio.
—Subiendo escalones de mármol blanco (recuerdo bien el color porque tuve que blanquearlos muchas veces), estaba la cocina donde se preparaba la comida para las niñas, las monjas y para los ancianos. Nosotras ayudábamos a pelar y cortar las verduras según la comida que se preparaba ese día, aunque nos daban siempre lo mismo: sopa o guiso. Había un sistema de turnos diarios para que las niñas medianas de edad y las mayores ayudaran en la cocina. Yo no me explico cómo siendo tan flaquita y menudita podía levantar esas grandes ollas con agua para preparar el mate cocido y el caldo.
—Al lado de la cocina se encontraba el lavadero grande con tres piletas que se usaban para lavar y enjuagar ropa a mano. Era un trabajo muy pesado porque había mucha ropa. Más atrás estaba el baño que usábamos durante el día.
—La sala contigua a ese baño era la verdulería, ahí nos pasábamos horas pelando papas. Al costado había una escalera de no más de cuatro escalones que daba a una puerta que siempre estaba cerrada. Por allí se recibía la mercadería, la carne y las verduras, también se recibían las bolsas de arpillera con fideos agorgojados que traían los soldados. La llave de esa puerta la tenía únicamente la señora cocinera. Era una mujer mayor, muy delgadita llamada Esther, creo, no recuerdo bien. Tenía el cabello canoso y tan largo que se hacía una trenza y la enroscaba en su cabeza con varias vueltas. Ella no vivía en el asilo, su casita se encontraba muy cerca de allí.
— En el otro costado, detrás de una gran pared, estaba el tendedero. Pasándolo llegábamos a la zona del terror… «el cuarto oscuro». Lo llamábamos así porque era el lugar de penitencia. Por esa misma dirección seguía una galería que comunicaba el edificio con el asilo de ancianos.
—Por el mismo sector se encontraba la despensa y el comedor de las monjas que, aunque no lo crean, nunca lo conocí porque teníamos prohibido entrar allí (les entregábamos la comida en la puerta). Seguido a ese comedor se encontraba el dormitorio de las niñas mayores y girando hacia la derecha el de las menores; al lado, una enfermería que nunca se usó. A continuación, la sala de reuniones de las monjas y pegada a esta, el dormitorio de las niñas de mediana edad. Esa galería recorría el interior del asilo en forma rectangular y se iniciaba en la portería.
El edificio estaba rodeado de rejas en la soledad de las afueras del parque que, como custodio de un castillo medieval, se imponía en la sierra y se usaba como mirador de la ciudad.
La adopción y San Juan
No tengo recuerdos de mi primera infancia, ellos nacen a partir de los cinco años cuando pasan por mi mente imágenes de un viaje largo con un matrimonio, mi nariz sangrando todo lo que duró el traslado y unas exquisitas bay biscuits que comí en un restaurante acompañadas de un vaso de leche. ¡Cómo olvidar mi primera comida rica!
Era una familia de muy buena posición económica. Tal vez me adoptaron, tal vez me compraron, no lo sé porque por esos tiempos era usual la compra de niños y nunca pregunté por el tema.
