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La Odisea es un poema épico compuesto por 24 cantos y alrededor de 12.000 versos en hexámetros dactílicos. Es una secuela narrativa de La Ilíada, pero con un tono más aventurero y humano.La historia narra el retorno de Odiseo (Ulises) a su hogar, Ítaca, después de la Guerra de Troya. Su viaje dura diez años y está lleno de obstáculos impuestos por dioses y criaturas míticas. Mientras tanto, en Ítaca, su esposa Penélope soporta el asedio de numerosos pretendientes, manteniéndose fiel gracias a su ingenio. El hijo de ambos, Telémaco, también juega un papel importante buscando noticias de su padre.En las tradiciones esotéricas, el viaje de Odiseo (Ulises) se interpreta como un camino de autoconocimiento y transformación. El héroe parte de Troya (mundo exterior y bélico) y, tras innumerables pruebas, retorna a Ítaca (el hogar interior, símbolo del yo esencial). En este sentido, el viaje es circular, pero el héroe no regresa igual: ha cambiado su conciencia.Cada episodio de La Odisea encarna fuerzas internas y externas que el buscador debe enfrentar:Dioses como Atenea o Poseidón representan principios espirituales y fuerzas kármicas.Penélope puede interpretarse como la parte más pura y esencial del ser, que espera la reunificación con el héroe. Su fidelidad simboliza la permanencia del espíritu frente a la corrupción del tiempo y las tentaciones.En la primera parte de la obra, Telémaco busca a su padre: esto refleja el despertar de la conciencia joven, que anhela la unión con su parte sabia y madura Odiseo (Ulises). Es el comienzo del proceso iniciático.Antes de reclamar su trono, Odiseo (Ulises) debe purificar Ítaca de los pretendientes: esta es la limpieza de la mente y el alma de influencias negativas antes de alcanzar la verdadera soberanía interior.La victoria final simboliza la maestría sobre uno mismo.Finalmente, Ítaca no es solo un lugar físico, sino un estado de conciencia. El mensaje es que el viaje espiritual es largo, lleno de pruebas y tentaciones, pero conduce a la realización interior y al reencuentro con el ser esencial.
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Seitenzahl: 599
Veröffentlichungsjahr: 2026
HOMERO
LA ODISEA
Título: La Odisea
Autora: Homero
Título Original: Ὀδύσσεια
Editorial: AMA Audiolibros
© De esta edición: 2025 AMA Audiolibros en colaboración con la Editorial Teosófica.
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ÍNDICE
ÍNTRODUCCIÓN
CANTO I: CONCILIO DE LOS DIOSES - EXHORTACIÓN DE MINERVA A TELÉMACO
CANTO II: ÁGORA DE LOS ITACENSES - PARTIDA DE TELÉMACO
CANTO III: LO DE PILOS
CANTO IV: LO DE LACEDEMONIA
CANTO V: LA BALSA DE ULISES
CANTO VI: LLEGADA DE ULISES AL PAÍS DE LOS FEACIOS
CANTO VII: ENTRADA DE ULISES EN EL PALACIO DE ALCÍNOO
CANTO VIII: PRESENTACIÓN DE ULISES A LOS FEACIOS
CANTO IX: RELATOS A ALCÍNOO CICLOPEA
CANTO X: LO RELATIVO A ÉOLO, A LOS LESTRIGONES Y A CIRCE
CANTO XI: EVOCACIÓN DE LOS MUERTOS
CANTO XII: LAS SIRENAS, ESCILA, CARIBDIS, LAS VACAS DEL SOL
CANTO XIII: PARTIDA DE ULISES DEL PAÍS DE LOS FEACIOS Y SU LLEGADA A ÍTACA
CANTO XIV: CONVERSACIÓN DE ULISES CON EUMEO
CANTO XV: LLEGADA DE TELÉMACO A LA MAJADA DE EUMEO
CANTO XVI: RECONOCIMIENTO DE ULISES POR TELÉMACO
CANTO XVII: VUELTA DE TELÉMACO A ÍTACA
CANTO XVIII: PUGILATO DE ULISES CON IRO
CANTO XIX: COLOQUIO DE ULISES Y PENÉLOPE - EL LAVATORIO O RECONOCIMIENTO DE ULISES POR EURICLEA
CANTO XX: LO QUE PRECEDIÓ A LA MATANZA DE LOS PRETENDIENTES
CANTO XXI: LA PROPUESTA DEL ARCO
CANTO XXII: MATANZA DE LOS PRETENDIENTES
CANTO XXIII: RECONOCIMIENTO DE ULISES POR PENÉLOPE
CANTO XXIV: LAS PACES
FIN
Homero es considerado el poeta más importante de la antigua Grecia y uno de los pilares de la literatura universal. Se le atribuyen la autoría de dos grandes epopeyas: “La Ilíada” y “La Odisea”.
Su existencia real ha sido motivo de debate (el llamado “problema homérico”) ya que no hay documentos contemporáneos a él. Según la tradición, habría vivido entre los siglos VIII y VII antes de Cristo, probablemente en la región de Jonia (costa occidental de Asia Menor, hoy Turquía).
Se cree que Homero fue un aedo (poeta cantor) que recitaba poemas épicos acompañándose de una lira, transmitidos oralmente antes de ser escritos. Varias leyendas lo describen como ciego, aunque esto podría ser simbólico, relacionado con la idea de la inspiración divina. No se sabe con certeza si fue una persona real o un nombre simbólico para un conjunto de poetas que preservaron la tradición oral griega.
Los estudios modernos, basados en la literatura oral, sugieren que Homero si existió como individuo y recopiló y unificó relatos más antiguos, dándoles cohesión y estilo propio. Más que un autor en el sentido moderno, Homero representa la cúspide de una tradición oral que recogió mitos, leyendas y memoria histórica de los griegos.
Su influencia ha sido inmensa: Heródoto lo llamó “el educador de Grecia”, y desde la antigüedad su obra ha sido base para la enseñanza, la retórica y la moral. A través del Renacimiento y hasta hoy, Homero sigue inspirando literatura, pintura, música y cine. Su legado no es solo artístico, sino cultural: sus relatos transmiten los valores, creencias y mitos fundacionales de la civilización griega.
No hay datos fiables sobre su muerte, aunque la leyenda dice que falleció en la isla de Íos.
“La Odisea” es un poema épico compuesto por 24 cantos y alrededor de 12.000 versos en hexámetros dactílicos. Es una secuela narrativa de “La Ilíada”, pero con un tono más aventurero y humano.
La historia narra el retorno de Odiseo (Ulises) a su hogar, Ítaca, después de la Guerra de Troya. Su viaje dura diez años y está lleno de obstáculos impuestos por dioses y criaturas míticas. Mientras tanto, en Ítaca, su esposa Penélope soporta el asedio de numerosos pretendientes, manteniéndose fiel gracias a su ingenio. El hijo de ambos, Telémaco, también juega un papel importante buscando noticias de su padre.
En las tradiciones esotéricas, el viaje de Odiseo (Ulises) se interpreta como un camino de autoconocimiento y transformación. El héroe parte de Troya (mundo exterior y bélico) y, tras innumerables pruebas, retorna a Ítaca (el hogar interior, símbolo del yo esencial). En este sentido, el viaje es circular, pero el héroe no regresa igual: ha cambiado su conciencia.
Cada episodio de “La Odisea” encarna fuerzas internas y externas que el buscador debe enfrentar:
Dioses como Atenea o Poseidón representan principios espirituales y fuerzas kármicas.
Penélope puede interpretarse como la parte más pura y esencial del ser, que espera la reunificación con el héroe. Su fidelidad simboliza la permanencia del espíritu frente a la corrupción del tiempo y las tentaciones.
En la primera parte de la obra, Telémaco busca a su padre: esto refleja el despertar de la conciencia joven, que anhela la unión con su parte sabia y madura Odiseo (Ulises). Es el comienzo del proceso iniciático.
Antes de reclamar su trono, Odiseo (Ulises) debe purificar Ítaca de los pretendientes: esta es la limpieza de la mente y el alma de influencias negativas antes de alcanzar la verdadera soberanía interior.
La victoria final simboliza la maestría sobre uno mismo.
Finalmente, Ítaca no es solo un lugar físico, sino un estado de conciencia. El mensaje es que el viaje espiritual es largo, lleno de pruebas y tentaciones, pero conduce a la realización interior y al reencuentro con el ser esencial.
Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras. ¡Insensatos! Comiéronse las vacas del Sol, hijo de Hiperión; el cual no permitió que les llegara el día del regreso. ¡Oh diosa, hija de Júpiter! Cuéntanos, aunque no sea más que una parte de tales cosas.
Ya en aquel tiempo los que habían podido escapar de una muerte horrorosa estaban en sus hogares, salvos de los peligros de la guerra y del mar; y solamente Ulises, que tan gran necesidad sentía de restituirse a su patria y ver a su consorte, hallábase detenido en hueca gruta por Calipso, la ninfa veneranda, la divina entre las deidades, que anhelaba tomarlo por esposo. Con el transcurso de los años llegó por fin la época en que los dioses habían decretado que volviese a su patria, a Ítaca, aunque no por eso debía poner fin a sus trabajos, ni siquiera después de juntarse con los suyos. Y todos los dioses le compadecían, a excepción de Neptuno, que permaneció constantemente airado contra el divinal Ulises hasta que el héroe no arribó a su tierra.
Mas entonces habíase ido Neptuno al lejano pueblo de los etíopes —los cuales son los postreros de los hombres y forman dos grupos, que habitan respectivamente hacia el ocaso y hacia el orto del Sol— para asistir a una hecatombe de toros y de corderos. Mientras aquél se deleitaba presenciando el festín, congregáronse las otras deidades en el palacio de Júpiter Olímpico. Y fue el primero en usar de la palabra el padre de los hombres y de los dioses, porque en su ánimo tenía presente al ilustre Egisto a quien matara el preclaro Orestes Agamemnónida. Acordándose de él, habló a los inmortales de esta manera:
«¡Oh dioses! ¡De qué modo culpan los mortales a los númenes! Dicen que las cosas malas les vienen de nosotros, y son ellos quienes se atraen con sus locuras infortunios no decretados por el destino. Así ocurrió con Egisto, que, oponiéndose a la voluntad del hado, casó con la mujer legítima del Atrida y mató a este héroe cuando tornaba a su patria, no obstante que supo la terrible muerte que padecería luego. Nosotros mismos le habíamos enviado a Mercurio, el vigilante Argicida, con el fin de advertirle que no matase a aquél, ni pretendiera a su esposa; pues Orestes Atrida tenía que tomar venganza no bien llegara a la juventud y sintiese el deseo de volver a su tierra. Así se lo declaró Mercurio; mas no logró persuadirlo, con ser tan excelente el consejo, y ahora Egisto lo ha pagado todo junto.»
Respondiéndole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Aquél yace en la tumba por haber padecido una muerte muy justificada. ¡Así perezca quien obre de semejante modo! Pero se me quiebra el corazón por el prudente y desgraciado Ulises, que, mucho tiempo ha, padece penas lejos de los suyos, en una isla azotada por las olas, en el centro del mar; isla poblada de árboles, en la cual tiene su mansión una diosa, la hija del terrible Atlante, de aquél que conoce todas las profundidades del ponto y sostiene las grandes columnas que separan la tierra y el cielo. La hija de este dios retiene al infortunado y afligido Ulises, no cejando en su propósito de embelesarle con tiernas y seductoras palabras para que olvide a Ítaca; mas el héroe, que está deseoso de ver el humo de su país natal, ya de morir siente anhelos. ¿Y a ti, Júpiter Olímpico, no se te conmueve el corazón? ¿No te era adepto Ulises, cuando sacrificaba junto a los bajeles de los argivos? ¿Por qué así te has airado contra él?»
Contestóle Júpiter, que amontona las nubes: «¡Hija mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Cómo quieres que ponga en olvido al divinal Ulises, que por su inteligencia se señala sobre los demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios a los inmortales dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Neptuno, que ciñe la tierra, le guarda vivo y constante rencor porque cegó al ciclope, al deiforme Polifemo; que es el más fuerte de todos los ciclopes y nació de la ninfa Toosa, hija de Forcis que impera en el mar estéril, después que ésta se ayuntara con Neptuno en honda cueva. Desde entonces Neptuno, que sacude la tierra, si bien no se ha propuesto matar a Ulises, hace que vaya errante lejos de su patria. Mas, tratemos de la vuelta del mismo y del modo como haya de llegar a su patria; y Neptuno depondrá la cólera, que no le fuera posible contender, solo y contra la voluntad de los dioses, con los inmortales todos.»
Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los que imperan! Si les place a los bienaventurados dioses que el prudente Ulises vuelva a su casa, mandemos a Mercurio, el mensajero Argicida, a la isla Ogigia; y manifieste cuanto antes a la ninfa de hermosas trenzas la resolución que hemos tomado, para que el héroe se ponga en camino. Yo, en tanto, yéndome a Ítaca, instigaré vivamente a su hijo, y le infundiré valor en el pecho para que llame al ágora a los aqueos de larga cabellera y prohíba la entrada en el palacio a todos los pretendientes, que de continuo le degüellan muchísimas ovejas y flexípedes bueyes de retorcidos cuernos. Y le llevaré después a Esparta y a la arenosa Pilos para que, preguntando y viendo si puede adquirir noticias de su padre, consiga ganar honrosa fama entre los hombres.»
Dicho esto, calzose los áureos divinos talares que la llevaban sobre el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento; y asió la lanza fornida, de punta de bronce, ponderosa, luenga, robusta, con que la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes siempre que contra ellos monta en cólera. Descendió presurosa de las cumbres del Olimpo y, encaminándose al pueblo de Ítaca, detúvose en el vestíbulo de la morada de Ulises, en el umbral que precedía al patio: Minerva empuñaba la broncínea lanza y había tomado la figura de un extranjero, de Mentes, rey de los tafios. Halló a los soberbios pretendientes; que para recrear el ánimo jugaban a los dados ante la puerta de la casa, sentados sobre cueros de bueyes que ellos mismos mataran. Varios heraldos y diligentes servidores mezclábanles vino y agua en las crateras; y otros limpiaban las mesas con esponjas de muchos ojos, colocábanlas en su sitio, y trinchaban carne en abundancia.
Fue el primero en advertir la presencia de la diosa el deiforme Telémaco; pues se hallaba en medio de los pretendientes, con el corazón apesadumbrado, y tenía el pensamiento fijo en su valeroso padre por si, volviendo, dispersase a aquellos y recuperara la dignidad real y el dominio de sus riquezas. Tales cosas meditaba, sentado con los pretendientes, cuando vio a Minerva. A la hora fuese derecho al vestíbulo, muy indignado en su corazón de que un huésped tuviese que esperar tanto tiempo en la puerta, asió por la mano a la diosa, tomóle la broncínea lanza y le dijo estas aladas palabras:
«¡Salve, huésped! Entre nosotros has de recibir amistoso acogimiento. Y después que hayas comido, nos dirás si necesitas algo.»
Hablando así, empezó a caminar y Palas Minerva le fue siguiendo. Ya en el interior del excelso palacio, Telémaco arrimó la lanza a una alta columna, metiéndola en la pulimentada lancera donde había muchas lanzas del paciente Ulises; hizo sentar a la diosa en un sillón, después de tender en el suelo linda alfombra bordada y de colocar el escabel para los pies, y acercó para sí una labrada silla; poniéndolo todo aparte de los pretendientes para que al huésped no le desplaciera la comida, molestado por el tumulto de aquellos varones soberbios, y él, a su vez, pudiera interrogarle sobre su padre ausente. Una esclava les dio aguamanos, que traía en magnífico jarro de oro y vertió en fuente de plata, y les puso delante una pulimentada mesa. La veneranda despensera trájoles pan y dejó en la mesa buen número de manjares, obsequiándoles con los que tenía reservados. El trinchante sirvióles platos de carne de todas suertes y colocó a su vera áureas copas. Y un heraldo se acercaba a menudo para escanciarles vino.
Ya en esto, entraron los orgullosos pretendientes. Apenas se hubieron sentado por orden en sillas y sillones, los heraldos diéronles aguamanos, las esclavas amontonaron el pan en los canastillos, los mancebos llenaron las crateras, y todos los comensales echaron mano a las viandas que les habían servido. Satisfechas las ganas de comer y de beber, ocupáronles el pensamiento otras cosas: el canto y el baile, que son los ornamentos del convite. Un heraldo puso la bellísima cítara en las manos de Femio, a quien obligaban a cantar ante los pretendientes. Y mientras Femio comenzaba al son de la cítara un hermoso canto, Telémaco dijo estas razones a Minerva, la de los brillantes ojos, después de aproximar su cabeza a la deidad para que los demás no se enteraran:
«¡Caro huésped! ¿Te enojarás conmigo por lo que voy a decir? Estos sólo se ocupan en cosas tales como la cítara y el canto; y nada les cuesta, pues devoran impunemente la hacienda de otro, la de un varón cuyos blancos huesos se pudren en el continente por la acción de la lluvia o los revuelven las olas en el seno del mar. Si le vieran aportar a Ítaca, preferirían tener los pies ligeros a ser ricos de oro y de vestidos. Mas aquél ya murió, víctima de su aciago destino, y no hay que esperar en su tornada, aunque alguno de los hombres terrestres afirme que aún ha de volver: el día de su regreso no amanecerá jamás. Pero, habla y responde sinceramente: ¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? ¿En cuál embarcación llegaste? ¿Cómo los marineros te trajeron a Ítaca? ¿Quiénes se precian de ser? Pues no me figuro que hayas venido andando. Dime también la verdad de esto para que me entere: ¿Vienes ahora por vez primera o has sido huésped de mi padre? Que son muchos los que conocen nuestra casa, porque Ulises acostumbraba visitar a los demás hombres.»
Respondióle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «De todo esto voy a informarte circunstanciadamente. Me jacto de ser Mentes, hijo del belicoso Anquíalo, y de reinar sobre los tafios, amantes de manejar los remos. He llegado en mi galera, con mi gente, pues navego por el vinoso ponto hacia unos hombres que hablan otro lenguaje: voy a Témesa para traer bronce, llevándoles luciente hierro. Anclé la embarcación cerca del campo, antes de llegar a la ciudad, en el puerto Retro que está al pie del selvoso Neyo. Nos cabe la honra de que ya nuestros progenitores se daban mutua hospitalidad desde muy antiguo, como se lo puedes preguntar al héroe Laertes; el cual, según me han dicho, ya no viene a la población, sino que mora en el campo, atorméntanle los pesares, y tiene una anciana esclava que le apareja la comida y le da de beber cuando se le cansan los miembros de arrastrarse por la fértil viña. Vine porque me aseguraron que tu padre estaba de vuelta en la población, mas sin duda lo impiden las deidades, poniendo obstáculos a su retorno; que el divinal Ulises no desapareció aún de la fértil tierra, pues vive y está detenido en el vasto ponto, en una isla que surge de entre las olas, desde que cayó en poder de hombres crueles y salvajes que lo retienen a su despecho. Voy ahora a predecir lo que ha de suceder, según los dioses me lo inspiran en el ánimo y yo creo que ha de verificarse porque no soy adivino ni hábil intérprete de sueños: Aquél no estará largo tiempo fuera de su patria, aunque lo sujeten férreos vínculos; antes hallará algún medio para volver, ya que es ingenioso en sumo grado. Mas, habla y dime con sinceridad si eres el hijo del propio Ulises. Es extraordinario tu parecido en la cabeza y en los bellos ojos con Ulises; y bien lo recuerdo, pues nos reuníamos a menudo antes de que se embarcara para Troya, adonde fueron los príncipes argivos en las cóncavas naos. Desde entonces ni yo le he visto, ni él a mí.»
Contestóle el prudente Telémaco: «Voy a hablarte, oh huésped, con gran sinceridad. Mi madre afirma que soy hijo de aquél, y no sé más; que nadie consiguió conocer por sí su propio linaje. ¡Ojalá que fuera vástago de un hombre dichoso que envejeciese en su casa, rodeado de sus riquezas!; mas ahora dicen que desciendo, ya que me lo preguntas, del más infeliz de los mortales hombres.»
Replicóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «Los dioses no deben de haber dispuesto que tu linaje sea oscuro, cuando Penélope te ha parido cual eres. Mas, habla y dime con franqueza: ¿Qué comida, qué reunión es ésta, y qué necesidad tienes de darla? ¿Se celebra un convite o un casamiento? que no nos hallamos evidentemente en un festín a escote. Paréceme que los que comen en el palacio con tal arrogancia ultrajan a alguien; pues cualquier hombre sensato se indignaría al presenciar sus muchas torpezas.»
Contestóle el prudente Telémaco: «¡Huésped! Ya que tales cosas preguntas e inquieres, sabe que esta casa hubo de ser opulenta y respetada en cuanto aquel varón permaneció en el pueblo. Cambió después la voluntad de los dioses, quienes, maquinando males, han hecho de Ulises el más ignorado de todos los hombres; que yo no me afligiera de tal suerte, si acabara la vida entre sus compañeros, en el país de Troya, o en brazos de sus amigos luego que terminó la guerra, pues entonces todos los aqueos le habrían erigido un túmulo y hubiese legado a su hijo una gloria inmensa. Ahora desapareció sin fama, arrebatado por las Harpías; su muerte fue oculta e ignota; y tan sólo me dejó pesares y llanto. Y no me lamento y gimo únicamente por él, que los dioses me han enviado otras funestas calamidades. Cuantos próceres mandan en las islas, en Duliquio, en Same y en la selvosa Zacinto, y cuantos imperan en la áspera Ítaca, todos pretenden a mi madre y arruinan nuestra casa. Mi madre ni rechaza las odiosas nupcias, ni sabe poner fin a tales cosas; y aquellos comen y agotan mi hacienda, y pronto acabarán conmigo mismo.»
Contestóle Minerva, muy indignada: «¡Oh dioses! ¡Qué falta no te hace el ausente Ulises; para que ponga las manos en los desvergonzados pretendientes! Si tornara y apareciera ante el portal de esta casa, con su yelmo, su escudo y sus dos lanzas, como la primera vez que le vi en la mía, bebiendo y recreándose, cuando volvió de Éfira, del palacio de Ilo Mermérida —fue allá en su velera nave por un veneno mortal con que pudiese teñir las broncíneas flechas; pero Ilo, temeroso de los sempiternos dioses, no se lo proporcionó y entregóselo mi padre que le quería muchísimo— sí, pues, mostrándose tal, se encontrara Ulises con los pretendientes, fuera corta la vida de estos y bien amargas sus nupcias. Mas está puesto en mano de los dioses que si ha de volver y tomar venganza en su palacio, y te exhorto a que desde luego medites cómo arrojarás de aquí a los pretendientes. Óyeme, si te place, y presta atención a mis palabras. Mañana convoca en el ágora a los héroes aqueos, háblales a todos y sean testigos las propias deidades. Intima a los pretendientes que se separen, yéndose a sus casas; y si a tu madre el ánimo la mueve a casarse, vuelva al palacio de su muy poderoso padre y allí le dispondrán las nupcias y le aparejarán una dote tan cuantiosa como debe llevar una hija amada. También a ti te daré un prudente consejo, por si te decidieras a seguirlo: Apresta la mejor embarcación que hallares, con veinte remeros; ve a preguntar por tu padre, cuya ausencia se hace ya tan larga, y quizás algún mortal te hablará del mismo o llegará a tus oídos la fama que procede de Júpiter y es la que más difunde la gloria de los hombres. Trasládate primeramente a Pilos e interroga al divinal Néstor; y desde allí endereza los pasos a Esparta, al rubio Menelao, que ha llegado el postrero de los argivos de broncíneas lorigas. Si oyeres decir que tu padre vive y ha de volver, súfrelo todo un año más, aunque estés afligido; pero si te participan que ha muerto y ya no existe, retorna sin dilación a la patria, erígele un túmulo, hazle las muchas exequias que se le deben, y búscale a tu madre un esposo. Y así que hayas realizado y llevado a cumplimiento todas estas cosas, medita en tu mente y en tu corazón cómo matarás a los pretendientes en el palacio: si con dolo o a la descubierta; porque es preciso que no andes en niñerías, que ya no tienes edad para ello. ¿Por ventura no sabes cuánta gloria ha ganado ante los hombres el divinal Orestes, desde que mató al parricida, al doloso Egisto, que le había asesinado su ilustre padre? También tú, amigo, ya que veo que eres gallardo y de elevada estatura, sé fuerte para que los venideros te elogien. Y yo me voy hacia la velera nave y los amigos que ya deben de estar cansados de esperarme. Cuida de hacer cuanto te dije y acuérdate de mis consejos.»
Respondióle el prudente Telémaco: «Me dices estas cosas de una manera tan benévola, como un padre a su hijo, que nunca jamás podré olvidarlas. Pero, aguarda un poco, aunque tengas prisa por irte, y después que te bañes y deleites tu corazón, volverás alegremente a tu nave, llevándote un regalo precioso, muy bello, para guardarlo como presente mío, que tal es la costumbre que suele seguirse con los huéspedes amados.»
Contestóle Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «No me detengas, oponiéndote a mi deseo de irme enseguida. El regalo con que tu corazón quiere obsequiarme, me lo entregarás a la vuelta para que me lo lleve a mi casa: escógelo muy hermoso y será justo que te lo recompense con otro semejante.»
Diciendo así, partió Minerva, la de los brillantes ojos: fuese la diosa, volando como un pájaro, después de infundir en el espíritu de Telémaco valor y audacia, y de avivarle aún más el recuerdo de su padre. Telémaco, considerando en su mente lo ocurrido, quedose atónito, porque ya sospechó que había hablado con una deidad. Y aquel varón, que parecía un dios, se apresuró a juntarse con los pretendientes.
Ante estos, que le oían sentados y silenciosos, cantaba el ilustre aedo la vuelta deplorable que Palas Minerva deparara a los aquivos cuando partieron de Troya. La discreta Penélope, hija de Icario, oyó de lo alto de la casa la divinal canción, que le llegaba al alma; y bajó por la larga escalera, pero no sola, pues la acompañaban dos esclavas. Cuando la divina entre las mujeres llegó a donde estaban los pretendientes, detúvose junto a la columna que sostenía el techo sólidamente construido, con las mejillas cubiertas por espléndido velo y una honrada doncella a cada lado. Y arrasándosele los ojos de lágrimas, hablóle así al divinal aedo:
«¡Femio! Pues que sabes otras muchas hazañas de hombres y de dioses, que recrean a los mortales y son celebradas por los aedos, cántales alguna de las mismas sentado ahí, en el centro, y óiganla todos silenciosamente y bebiendo vino; pero deja ese canto triste que me angustia el corazón en el pecho, ya que se apodera de mí un pesar grandísimo. ¡Tal es la persona de quien padezco soledad, por acordarme siempre de aquel varón cuya fama es grande en la Hélade y en el centro de Argos!»
Replicóle el prudente Telémaco: «¡Madre mía! ¿Por qué quieres prohibir al amable aedo que nos divierta como su mente se lo inspire? No son los aedos los culpables, sino Júpiter que distribuye sus presentes a los varones de ingenio del modo que le place. No ha de increparse a Femio porque canta la suerte aciaga de los dánaos, pues los hombres alaban con preferencia el canto más nuevo que llega a sus oídos. Resígnate en tu corazón y en tu ánimo a oír ese canto, ya que no fue Ulises el único que perdió en Troya la esperanza de volver; hubo otros muchos que también perecieron. Mas, vuelve ya a tu habitación, ocúpate en las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de hablar nos cuidaremos los hombres y principalmente yo, cuyo es el mando en esta casa.»
Volvióse Penélope, muy asombrada, a su habitación, revolviendo en el ánimo las discretas palabras de su hijo. Y así que hubo subido con las esclavas a lo alto de la casa, echóse a llorar por Ulises, su caro consorte, hasta que Minerva, la de los brillantes ojos, le difundió en los párpados el dulce sueño.
Los pretendientes movían alboroto en la oscura sala y todos deseaban acostarse con Penélope en su mismo lecho. Mas el prudente Telémaco comenzó a decirles:
«¡Pretendientes de mi madre, que os portáis con orgullosa insolencia! Gocemos ahora del festín y cesen vuestros gritos; pues es muy hermoso escuchar a un aedo como éste, tan parecido por su voz a las propias deidades. Al romper el alba, nos reuniremos en el ágora para que yo os diga sin rebozo que salgáis del palacio: disponed otros festines y comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y recíprocamente en vuestras casas. Mas si os pareciere mejor y más acertado destruir impunemente los bienes de un solo hombre, seguid consumiéndolos; que yo invocaré a los sempiternos dioses, por si algún día nos concede Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.»
Así dijo; y todos se mordieron los labios, admirándose de que Telémaco les hablase con tanta audacia.
Pero Antínoo, hijo de Eupites, le repuso diciendo: «¡Telémaco! Son ciertamente los mismos dioses quienes te enseñan a ser grandílocuo y a arengar con audacia; mas no quiera el Saturnio que llegues a ser rey de Ítaca, rodeada por el mar, como te corresponde por el linaje de tu padre.»
Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! ¿Te enfadarás acaso por lo que voy a decir? Es verdad que me gustaría serlo, si Júpiter me lo concediera. ¿Crees por ventura que el reinar sea la peor desgracia para los hombres? No es malo ser rey, porque la casa del mismo se enriquece pronto y su persona se ve más honrada. Pero muchos príncipes aquivos, entre jóvenes y ancianos, viven en Ítaca, rodeada por el mar: reine cualquiera de ellos, ya que murió el divinal Ulises, y yo seré señor de mi casa y de los esclavos que éste adquirió para mí como botín de guerra.»
Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Telémaco! Está puesto en mano de los dioses cuál de los aqueos ha de ser el rey de Ítaca, rodeada por el mar; pero tú sigue disfrutando de tus bienes, manda en tu palacio, y jamás, mientras Ítaca sea habitada, venga hombre alguno a despojarte de los mismos contra tu querer. Y ahora, óptimo Telémaco, deseo preguntarte por el huésped. ¿De dónde vino tal sujeto? ¿De qué tierra se gloría de ser? ¿En qué país se hallan su familia y su patria? ¿Te ha traído noticias de la vuelta de tu padre o ha llegado con el único propósito de cobrar alguna deuda? ¿Cómo se levantó y se fue tan rápidamente, sin aguardar a que le conociéramos? Dado su aspecto no debe de ser un miserable.»
Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco! Ya se acabó la esperanza del regreso de mi padre; y no doy fe a las noticias, vengan de donde vinieren, ni me curo de las predicciones que haga un adivino a quien mi madre llame e interrogue en el palacio. Este huésped mío lo era ya de mi padre y viene de Tafos: se precia de ser Mentes, hijo del belicoso Anquíalo y reina sobre los tafios, amantes de manejar los remos.»
Así habló Telémaco, aunque en su mente había reconocido a la diosa inmortal. Volvieron los pretendientes a solazarse con la danza y el deleitoso canto, y así esperaban que llegase la oscura noche. Sobrevino ésta cuando aún se divertían, y entonces partieron y se acostaron en sus casas. Telémaco subió al elevado aposento que para él se había construido dentro del hermoso patio, en un lugar visible por todas partes; y se fue derecho a la cama, meditando en su espíritu muchas cosas. Acompañábale, con teas encendidas en la mano, Euriclea, hija de Ops Pisenórida, la de castos pensamientos; a la cual comprara Laertes en otra época, apenas llegada a la pubertad, por el precio de veinte bueyes; y en el palacio la honró como a una casta esposa, pero jamás se acostó con ella a fin de que su mujer no se irritase. Aquélla, pues, alumbraba a Telémaco con teas encendidas, por ser la esclava que más le amaba y la que le había criado desde niño; y, en llegando, abrió la puerta de la habitación sólidamente construida. Telémaco se sentó en la cama, desnudóse la delicada túnica y diósela en las manos a la prudente anciana; la cual, después de componer los pliegues, la colgó de un clavo que había junto al torneado lecho, y de seguida salió de la estancia, entornó la puerta, tirando del anillo de plata, y echó el cerrojo por medio de una correa. Y Telémaco, bien cubierto de un vellón de oveja, pensó toda la noche en el viaje que Minerva le había aconsejado.
No bien se descubrió la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, el caro hijo de Ulises se levantó de la cama, vistióse, colgó del hombro la aguda espada, ató a sus nítidos pies hermosas sandalias y, semejante por su aspecto a una deidad, salió del cuarto. Enseguida mandó que los heraldos, de voz sonora, llamaran al ágora a los aqueos de larga cabellera. Hízose el pregón y empezaron a reunirse muy prestamente. Y así que hubieron acudido y estuvieron congregados, Telémaco se fue al ágora con la broncínea lanza en la mano y dos perros de ágiles pies que le seguían, adornándolo Minerva con tal gracia divinal que al verle llegar todo el pueblo le contemplaba con asombro, y se sentó en la silla de su padre pues le hicieron lugar los ancianos.
Fue el primero en arengarles el héroe Egiptio, que ya estaba encorvado de vejez y sabía muchísimas cosas. Un hijo suyo muy amado, el belicoso Ántifo, había ido a Ilión, la de hermosos corceles, en las cóncavas naves del divinal Ulises; y el feroz Ciclope lo mató en la excavada gruta e hizo del mismo la última de aquellas cenas. Otros tres tenía el anciano —uno, Eurínomo, hallábase con los pretendientes, y los demás cuidaban los campos de su padre— mas no por eso se había olvidado de Ántifo y por él lloraba y se afligía. Egipcio, pues, les arengó, derramando lágrimas, y les dijo de esta suerte:
«Oíd, itacenses, lo que os voy a decir. Ni una sola vez fue convocada nuestra ágora, ni en ella tuvimos sesión, desde que el divinal Ulises partió en las cóncavas naves. ¿Quién al presente nos reúne? ¿Es joven o anciano aquél a quien le apremia una necesidad tan grande? ¿Recibió alguna noticia de que el ejército vuelve y desea manifestarnos públicamente lo que supo antes que otros? ¿O quiere exponer y decir algo que interesa al pueblo? Paréceme que debe de ser un varón honrado y proficuo. Cúmplale Júpiter, llevándolo a feliz término, lo que en su espíritu revuelve.»
Así les habló. Holgóse del presagio el dilecto hijo de Ulises, que ya no permaneció mucho tiempo sentado: deseoso de arengarles, se levantó en medio del ágora y el heraldo Pisenor, que sabía dar prudentes consejos, le puso el cetro en la mano. Telémaco, dirigiéndose primeramente al viejo, se expresó de esta guisa:
«¡Oh anciano! No está lejos ese hombre y ahora sabrás que quien ha reunido el pueblo soy yo, que me hallo sumamente afligido. Ninguna noticia recibí de la vuelta del ejército, para que pueda manifestaros públicamente lo que haya sabido antes que otros, y tampoco quiero exponer ni decir cosa alguna que interese al pueblo: trátase de un asunto particular mío, de la doble cuita que se entró por mi casa. La una es que perdí a mi excelente progenitor, el cual reinaba sobre vosotros con la suavidad de un padre; la otra, la actual, de más importancia todavía, pronto destruirá mi casa y acabará con toda mi hacienda. Los pretendientes de mi madre, hijos queridos de los varones más señalados de este país, la asedian a pesar suyo y no se atreven a encaminarse a la casa de Icario, su padre, para que la dote y la entregue al que él quiera y a ella le plazca; sino que, viniendo todos los días a nuestra morada, nos degüellan los bueyes, las ovejas y las pingües cabras, celebran banquetes, beben locamente el vino tinto y así se consumen muchas cosas, porque no tenemos un hombre como Ulises, que fuera capaz de librar a nuestra casa de tal ruina. No me encuentro yo en disposición de realizarlo —sin duda he de ser débil y ha de faltarme el valor marcial— que ya arrojaría esta calamidad si tuviera bríos suficientes, porque se han cometido acciones intolerables y mi casa se pierde de la peor manera. Participad vosotros de mi indignación, sentid vergüenza ante los vecinos circunstantes y temed que os persiga la cólera de los dioses, irritados por las malas obras. Os lo ruego por Júpiter Olímpico y por Temis, la cual disuelve y reúne las ágoras de los hombres: no prosigáis, amigos; dejad que padezca a solas la triste pena; a no ser que mi padre, el excelente Ulises, haya querido mal y causado daño a los aqueos de hermosas grebas y vosotros ahora, para vengaros en mí, me queráis mal y me causéis daño, incitando a estos. Mejor fuera que todos juntos devorarais mis inmuebles y mis rebaños, que si tal hicierais quizá algún día se pagaran, pues iría por la ciudad reconviniéndoos con palabras y reclamándoos los bienes hasta que todos me fuesen devueltos. Mas ahora las penas que a mi corazón inferís son incurables.»
Así dijo encolerizado; y, rezumándole las lágrimas, arrojó el cetro en tierra. Movióse a piedad el pueblo, y todos callaron; sin que nadie se atreviese a contestar a Telémaco con ásperas palabras, salvo Antínoo, que respondió diciendo:
«¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! ¿Qué has dicho para ultrajarnos? Tú deseas cubrirnos de baldón. Mas la culpa no la tienen los aqueos que pretenden a tu madre, sino ella, que sabe proceder con gran astucia. Tres años van con éste, y pronto llegará el cuarto, que se fisga del ánimo que los aquivos tienen en su pecho. a todos les da esperanzas, y a cada uno en particular le hace promesas y le envía mensajes; pero son muy diferentes los pensamientos que en su inteligencia revuelve. Y aún discurrió su espíritu este otro engaño: Se puso a tejer en el palacio una gran tela sutil e interminable, y a la hora nos habló de esta guisa: ¡Jóvenes, pretendientes míos! Ya que ha muerto el divinal Ulises, aguardad, para instar mis bodas, que acabe este lienzo —no sea que se me pierdan inútilmente los hilos,— a fin de que tenga sudario el héroe Laertes en el momento fatal de la aterradora muerte. ¡No se me vaya a indignar alguna de las aqueas del pueblo, si ve enterrar sin mortaja a un hombre que ha poseído tantos bienes! Así dijo, y nuestro ánimo generoso se dejó persuadir. Desde aquel instante pasaba el día labrando la gran tela, y por la noche, tan luego como se alumbraba con las antorchas, deshacía lo tejido. De esta suerte logró ocultar el engaño y que sus palabras fueran creídas por los aqueos durante un trienio; mas, así que vino el cuarto año y volvieron a sucederse las estaciones, nos lo reveló una de las mujeres, que conocía muy bien lo que pasaba, y sorprendimos a Penélope destejiendo la espléndida tela. Así fue como, mal de su grado, se vio en la necesidad de acabarla. Oye, pues, lo que te responden los pretendientes, para que lo sepa tu espíritu y lo sepan también los aqueos todos. Haz que tu madre vuelva a su casa, y ordénale que tome por esposo a quien su padre le aconseje y a ella le plazca. Y si atormentare largo tiempo a los aqueos, confiando en los dotes que Minerva le otorgó en tal abundancia —ser diestra en labores primorosas, gozar de buen juicio, y valerse de astucias que jamás hemos oído decir que conocieran las anteriores aquivas Tiro, Alcmena y Micene, la de hermosa diadema, pues ninguna concibió pensamientos semejantes a los de Penélope— no se habrá decidido por lo más conveniente, ya que tus bienes y riquezas serán devorados mientras siga con el propósito que los dioses le infundieron en el pecho. Ella ganará ciertamente mucha fama, pero a ti te quedará tan sólo la añoranza de los copiosos bienes que hayas poseído; y nosotros ni tornaremos a nuestros negocios, ni nos llegaremos a otra parte, hasta que Penélope no se haya casado con alguno de los aqueos.»
Contestóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! No es razón que eche de mi casa, contra su voluntad, a la que me dio el ser y me ha criado. Mi padre quizás esté vivo en otra tierra, quizás haya muerto; pero me será gravoso haber de restituir a Icario muchísimas cosas si voluntariamente le envío mi madre. Y entonces no sólo padeceré infortunios a causa de la ausencia de mi padre, sino que los dioses me causarán otros; pues mi madre, al salir de la casa, imprecará las odiosas Furias, y caerá sobre mí la indignación de los hombres. Jamás, por consiguiente, daré yo semejante orden. Si os indigna el ánimo lo que ocurre, salid del palacio, disponed otros festines y comeos vuestros bienes, convidándoos sucesiva y recíprocamente en vuestras casas. Pero si os parece mejor y más acertado destruir impunemente los bienes de un solo hombre, seguid consumiéndolos; que yo invocaré a los sempiternos dioses por si algún día nos concede Júpiter que vuestras obras sean castigadas, y quizás muráis en este palacio sin que nadie os vengue.»
Así habló Telémaco; y el longividente Júpiter envióle dos águilas que echaron a volar desde la cumbre de un monte. Ambas volaban muy juntas, con las alas extendidas, y tan rápidas como el viento; y al hallarse en medio de la ruidosa ágora, giraron velozmente, batiendo las tupidas alas, miráronles a todos a la cabeza como presagio de muerte, desgarráronse con las uñas la cabeza y el cuello, y se lanzaron hacia la derecha por cima de las casas y a través de la ciudad. Quedáron todos los presentes muy admirados de ver con sus propios ojos las susodichas aves, y meditaban en su espíritu qué fuera lo que tenía que suceder; cuando el anciano héroe Haliterses Mastórida, el único que se señalaba sobre los de su edad en conocer los augurios y explicar las cosas fatales, les arengó con benevolencia diciendo:
«Oíd, itacenses, lo que os voy a decir, aunque he de referirme de un modo especial a los pretendientes. Grande es el infortunio que a estos les amenaza, porque Ulises no estará mucho tiempo alejado de los suyos, sino que ya quizás se halla cerca y les apareja a todos la muerte y el destino; y también les ha de venir daño a muchos de los que moran en Ítaca, que se ve de lejos. Antes de que así ocurra, pensemos cómo les haríamos cesar de sus demasías, o cesen espontáneamente, que fuera lo más provechoso para ellos mismos. Pues no lo vaticino sin saberlo, sino muy enterado; y os aseguro que al héroe se le ha cumplido todo lo que yo le declarara, cuando los argivos se embarcaron para Ilión y fuese con ellos el ingenioso Ulises. Díjele entonces que, después de pasar muchos males y de perder sus compañeros, tornaría a su patria en el vigésimo año sin que nadie le conociera; y ahora todo se va cumpliendo.»
Respondióle Eurímaco, hijo de Pólibo: «¡Oh anciano! Vuelve a tu casa y adivínales a tus hijos lo que quieras, a fin de que en lo por venir no padezcan ningún daño; mas en estas cosas se yo vaticinar harto mejor que tú mismo. Muchas aves se mueven debajo de los rayos del sol, pero no todas son agoreras; Ulises murió lejos de nosotros, y tú debieras haber perecido con él, y así no dirías tantos vaticinios ni incitarías al irritado Telémaco, esperando que mande algún presente a tu casa. Lo que ahora voy a decir se cumplirá: si tú, que conoces muchas cosas antiquísimas, engañares con tus palabras a ese hombre más mozo y le incitares a que permanezca airado, primeramente, será mayor su aflicción pues no por las predicciones le será dable proceder de otra suerte; y a ti, oh anciano, te impondremos una multa para que te duela el pagarla y te cause grave pesar. Yo mismo, delante de todos vosotros, daré a Telémaco un consejo: ordene a su madre que torne a la casa paterna y allí le dispondrán las nupcias y le aparejarán una dote tan cuantiosa como debe llevar una hija amada. No creo que hasta entonces desistamos los jóvenes aquivos de nuestra laboriosa pretensión, porque no tememos absolutamente a nadie, ni siquiera a Telémaco a pesar de su facundia; ni nos curamos de la vana profecía que nos haces y por la cual has de sernos aún más odioso. Sus bienes serán devorados de la peor manera, como hasta aquí, sin que jamás se le indemnice, en cuanto Penélope entretenga a los aqueos con diferir la boda. Y nosotros, esperando día tras día, competiremos unos con otros por sus eximias prendas y no nos dirigiremos a otras mujeres que nos pudieran convenir para casarnos.»
Contestóle el prudente Telémaco: «¡Eurímaco y cuantos sois ilustres pretendientes! No os he de suplicar ni arengar más acerca de esto, porque ahora ya están enterados los dioses y los aqueos todos. Mas, proporcionadme una embarcación muy velera y veinte compañeros que me abran camino acá y allá del ponto. Iré a Esparta y a la arenosa Pilos a preguntar por el regreso de mi padre, cuya ausencia se hace ya tan larga; y quizás algún mortal me hablará del mismo o llegará a mis oídos la fama que procede de Júpiter y es la que más difunde la gloria de los hombres. Si yo oyere decir que mi padre vive y ha de volver, lo sufriré todo un año más, aunque estoy afligido; pero si me participaren que ha muerto y ya no existe, retornaré sin dilación a la patria, le erigiré un túmulo, le haré las muchas exequias que se le deben, y a mi madre le buscaré un esposo.»
Cuando así hubo hablado, tomó asiento. Entonces levantóse Méntor, el amigo del preclaro Ulises —éste, al embarcarse, le había encomendado su casa entera para que los suyos obedeciesen al anciano y él se lo guardara todo y lo mantuviese en pie— y benévolo les arengó del siguiente modo:
«Oíd, itacenses, lo que os voy a decir. Ningún rey que empuñe cetro, sea benigno, ni blando, ni suave, ni ocupe la mente en cosas justas; antes, al contrario, obre siempre con crueldad y lleve al cabo acciones nefandas; ya que nadie se acuerda del divinal Ulises entre los ciudadanos sobre los cuales reinaba con la suavidad de un padre. Y no aborrezco tanto a los orgullosos pretendientes por la violencia con que proceden, llevados de sus malos propósitos, —pues si devoran la casa de Ulises, ponen a ventura sus cabezas y creen que el héroe ya no ha de volver, — como me indigno contra la restante población, al contemplar que permanecéis sentados y en silencio, sin que intentéis, sin embargo, de ser tantos, refrenar con vuestras palabras a los pretendientes que son pocos.»
Respondióle Leócrito Evenórida: «¡Méntor perverso e insensato! ¡Qué dijiste! ¡Incitarles a que nos hagan desistir! Dificultoso les sería y hasta a un número mayor de hombres, luchar con nosotros para privarnos de los banquetes. Pues si el mismo Ulises de Ítaca, viniendo en persona, encontrase a los ilustres pretendientes comiendo en el palacio y resolviera en su corazón echarlos de su casa, no se alegraría su esposa de que hubiese vuelto, aunque mucho lo desea, porque allí mismo recibiría el héroe indigna muerte si osaba combatir con tantos varones. En verdad que no has hablado como debías. Mas, separaos y volved a vuestras ocupaciones. Méntor y Haliterses, que siempre han sido amigos de Telémaco por su padre, le animarán para que emprenda el viaje; pero se me figura que, permaneciendo quieto durante mucho tiempo, oirá en Ítaca las noticias que vengan y jamás realizará su propósito.»
Así dijo, y al punto disolvió el ágora. Dispersáronse todos para volver a sus respectivas casas y los pretendientes enderezaron su camino a la morada del divinal Ulises.
Telémaco se alejó hacia la playa y, después de lavarse las manos en el espumoso mar, oró a Minerva diciendo:
«¡Óyeme, oh numen que ayer viniste a mi casa y me ordenaste que fuese en una nave por el oscuro ponto en busca de noticias del regreso de mi padre, cuya ausencia se hace ya tan larga! A todo se oponen los aqueos y en especial los en mal hora ensoberbecidos pretendientes.»
Tal fue su plegaria. Acercose Minerva, que había tomado el aspecto y la voz de Méntor, y le dijo estas aladas palabras:
«¡Telémaco! No serás en lo sucesivo ni cobarde ni imprudente, si has heredado el buen ánimo que tu padre tenía para llevar a su término acciones y palabras; si así fuere, el viaje no te resultará vano, ni quedará por hacer. Mas, si no eres el hijo de aquél y de Penélope, no creo que llegues a realizar lo que anhelas. Contados son los hijos que se asemejan a sus padres, los más salen peores, y tan solamente algunos los aventajan. Pero tú, como no serás en lo futuro ni cobarde ni imprudente, ni te falta del todo la inteligencia de Ulises, puedes concebir la esperanza de dar fin a tales obras. No te preocupes, pues, por lo que resuelvan o mediten los insensatos pretendientes; que estos ni tienen cordura ni practican la justicia, y no saben que se les acerca la muerte y el negro hado para que todos acaben en un mismo día. Ese viaje que deseas emprender, no se diferirá largo tiempo: soy tan amigo tuyo por tu padre, que aparejaré una velera nave y me iré contigo. Vuelve a tu casa, mezclándote con los pretendientes y ordena que se dispongan provisiones en las oportunas vasijas, echando el vino en ánforas y la harina, que es la sustentación de los hombres, en fuertes pellejos; y mientras tanto juntaré, recorriendo la población, a los que voluntariamente quieran acompañarte. Muchas naves hay, entre nuevas y viejas, en Ítaca, rodeada por el mar: después de ojearlas, elegiré para ti la que sea mejor y luego que esté equipada la botaremos al anchuroso ponto.»
Así habló Minerva, hija de Júpiter; y Telémaco no demoró mucho tiempo después que hubo escuchado la voz de la deidad. Fuese a su casa con el corazón afligido, y halló a los soberbios pretendientes que desollaban cabras y asaban puercos cebones en el recinto del patio. Entonces Antínoo, riéndose, salió al encuentro de Telémaco, le tomó la mano y le dijo estas palabras:
«¡Telémaco altílocuo, incapaz de moderar tus ímpetus! No revuelvas en tu pecho malas acciones o palabras, y come y bebe conmigo como hasta aquí lo hiciste. Y los aqueos te prepararán todas aquellas cosas, una nave y remeros escogidos, para que muy pronto vayas a la divina Pilos en busca de nuevas de tu ilustre padre.»
Replicóle el prudente Telémaco: «¡Antínoo! No es posible que yo permanezca callado entre vosotros, tan soberbios, y coma y me regocije tranquilamente. ¿Acaso no basta que los pretendientes me hayáis destruido muchas y excelentes cosas, mientras fui muchacho? Ahora que soy hombre y sé lo que ocurre, escuchando lo que los demás dicen, y crece en mi pecho el ánimo, intentaré daros malas muertes, sea acudiendo a Pilos, sea aquí en esta población. Pasajero me iré —y no será infructuoso el viaje de que hablo— pues no tengo nave ni remadores; que sin duda os pareció más conveniente que así fuera.»
Dijo, y desasió su mano de la de Antínoo. Los pretendientes, que andaban preparando el banquete dentro de la casa, se mofaban de Telémaco y le zaherían con palabras. Y uno de aquellos jóvenes soberbios habló de esta manera:
«Sin duda piensa Telémaco cómo darnos muerte: traerá valedores de la arenosa Pilos o de Esparta, ¡tan vehemente es su deseo!, o quizás se proponga ir a la fértil tierra de Éfira para llevarse drogas mortíferas y echarlas luego en la cratera, a fin de acabar con todos nosotros.»
Y otro de los jóvenes soberbios repuso acto continuo: «¿Quién sabe si, después de partir en el cóncavo bajel, morirá lejos de los suyos vagando como Ulises? Mayor fuera entonces nuestro trabajo, pues repartiríamos todos sus bienes y daríamos esta casa a su madre y a quien la desposara para que en común la poseyesen.»
Así decían. Telémaco bajó a la anchurosa y elevada cámara de su padre, donde había montones de oro y de bronce, vestiduras guardadas en arcas y gran copia de odorífero aceite. Allí estaban las tinajas del dulce vino añejo, repletas de bebida pura y divinal, y arrimadas ordenadamente a la pared; por si algún día volviese Ulises a su casa, después de haber padecido multitud de pesares. La puerta tenía dos hojas sólidamente adaptadas y sujetas por la cerradura; y junto a ella hallábase de día y de noche, custodiándolo todo con precavida mente, una despensera: Euriclea, hija de Ops Pisenórida. Entonces Telémaco la llamó a la estancia y le dijo:
«¡Ama! Vamos, ponme en ánforas dulce vino, el que sea más suave después del que guardas para aquel infeliz; esperando siempre que torne Ulises, de jovial linaje, por haberse librado de la muerte y del destino. Llena doce ánforas y ciérralas con sus tapaderas. Aparta también veinte medidas de harina de trigo, y échalas en pellejos bien cosidos. Tú sola lo sepas. Esté todo aparejado y junto, pues vendré a tomarlo al anochecer, así que mi madre se vaya arriba a recogerse. Que quiero hacer un viaje a Esparta y a la arenosa Pilos, por si logro averiguar u oír algo del regreso de mi padre.»
Así habló. Echóse a llorar su ama Euriclea y, suspirando, díjole estas aladas palabras:
«¡Hijo amado! ¿Cómo te ha venido a las mientes tal propósito? ¿Adónde quieres ir por apartadas tierras, siendo unigénito y tan querido? Ulises, el de jovial linaje, murió lejos de la patria, en un pueblo ignoto. Así que partas, estos maquinarán cosas inicuas para matarte con algún engaño y repartirse después todo lo tuyo. Quédate aquí, cerca de tus bienes; que nada te obliga a padecer infortunios yendo por el estéril ponto, ni a vagar de una parte a otra.»
Contestóle el prudente Telémaco: «Tranquilízate, ama; que esta resolución no se ha tomado sin que un dios lo quiera. Pero júrame que nada dirás a mi madre hasta que transcurran once o doce días, o hasta que la aqueje el deseo de verme u oiga decir que he partido; para evitar que llore y dañe así su hermoso cuerpo.»
Tal dijo; y la anciana prestó el solemne juramento de los dioses. En acabado de jurar, ella, sin perder un instante, envasó el vino en ánforas y echó la harina en pellejos bien cosidos; y Telémaco volvió a subir y se juntó con los pretendientes.
Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra cosa. Tomó la figura de Telémaco, recorrió la ciudad, habló con distintos varones y les encargó que al anochecer se reunieran junto al barco. Pidió también una velera nave al hijo preclaro de Fronio, a Noemón, y éste se la cedió gustoso.
Púsose el sol y las tinieblas ocuparon todos los caminos. En aquel instante la diosa echó al mar la ligera embarcación y colocó en la misma cuantos aparejos llevan las naves de muchos bancos. Condújola después a una extremidad del puerto, juntáronse muchos y excelentes compañeros, y Minerva los alentó a todos.
Entonces Minerva, la deidad de los brillantes ojos, ordenó otra cosa. Fuese al palacio del divinal Ulises, infundióles a los pretendientes dulce sueño, les entorpeció la mente en tanto que bebían, e hizo que las copas les cayeran de las manos. Todos se apresuraron a irse por la ciudad y acostarse, pues no estuvieron mucho tiempo sentados desde que el sueño les cayó sobre los párpados. Y Minerva, la de los brillantes ojos, que había tomado la figura y la voz de Méntor, dijo a Telémaco después de llamarle afuera del cómodo palacio:
«¡Telémaco! Tus compañeros, de hermosas grebas, ya se han sentado en los bancos para remar, y sólo esperan tus órdenes. Vámonos y no tardemos en comenzar el viaje.»
Cuando así hubo hablado, Palas Minerva echó a andar aceleradamente, y Telémaco fue siguiendo las pisadas de la diosa. Llegaron a la nave y al mar, y hallaron en la orilla a los compañeros de larga cabellera. Y el esforzado y divinal Telémaco les habló diciendo:
«Venid, amigos, y traigamos los víveres; que ya están dispuestos y apartados en el palacio. Mi madre nada sabe, ni las criadas tampoco; a excepción de una, que es la única persona a quien se lo he dicho.»
Cuando así hubo hablado, se puso en camino y los demás le siguieron. Enseguida se lo llevaron todo y lo cargaron en la nave de muchos bancos, como el amado hijo de Ulises lo ordenara. Acto continuo embarcóse Telémaco, precedido por Minerva que tomó asiento en la popa y él a su lado, mientras los compañeros quitaban las amarras y se acomodaban en los bancos. Minerva, la de los brillantes ojos, envióles próspero viento: el fuerte Céfiro, que resonaba por el vinoso ponto. Telémaco exhortó a sus compañeros, mandándoles que aparejasen la jarcia, y su amonestación fue atendida. Izaron el mástil de abeto, lo metieron en el travesaño, lo ataron con sogas, y al instante descogieron la blanca vela con correas bien torcidas. Hinchió el viento la vela, y las purpúreas olas resonaban en torno de la quilla mientras la nave corría siguiendo su rumbo. Así que hubieron atado los aparejos a la veloz nave negra, levantaron crateras rebosantes de vino e hicieron libaciones a los sempiternos inmortales dioses y especialmente a la hija de Júpiter, la de los brillantes ojos. Y la nave continuó su rumbo toda la noche y la siguiente aurora.
Ya el sol desamparaba el hermosísimo lago, subiendo al broncíneo cielo para alumbrar a los inmortales dioses y a los mortales hombres sobre la fértil tierra; cuando Telémaco y los suyos llegaron a Pilos, la bien construida ciudad de Neleo, y hallaron en la orilla del mar a los habitantes, que inmolaban toros de negro pelaje al que sacude la tierra, al dios de cerúlea cabellera. Nueve asientos había, y en cada uno estaban sentados quinientos hombres y se sacrificaban nueve toros. Mientras los pilios quemaban los muslos para el dios, después de probar las entrañas, los de Ítaca tomaron puerto, amainaron las velas de la bien proporcionada nave, ancláronla y saltaron en tierra. Telémaco desembarcó, precedido por Minerva. Y la deidad de los brillantes ojos rompió el silencio con estas palabras:
«¡Telémaco! Ya no te cumple mostrar vergüenza en cosa alguna, habiendo atravesado el ponto con el fin de saber noticias de tu padre: cuál tierra lo tiene oculto y qué suerte le ha cabido. Ve directamente a Néstor, domador de caballos, y sepamos qué guarda allá en su pecho. Ruégale tú mismo que sea veraz, y no mentirá porque es muy sensato.»
Repuso el prudente Telémaco: «¡Méntor! ¿Cómo quieres que yo me acerque a él, cómo puedo ir a saludarle? Aún no soy práctico en hablar con discreción y da vergüenza que un joven interrogue a un anciano.»
Díjole Minerva, la deidad de los brillantes ojos: «¡Telémaco! Discurrirás en tu mente algunas cosas y un numen te sugerirá las restantes, pues no creo que tu nacimiento y tu crianza se hayan efectuado contra la voluntad de los dioses.»
Cuando así hubo hablado, Palas Minerva caminó a buen paso y Telémaco fue siguiendo las pisadas de la deidad. Llegaron a donde estaba la junta de los varones pilios en los asientos: allí se había sentado Néstor con sus hijos y a su alrededor los compañeros preparaban el banquete, ya asando carne, ya espetándola en los asadores. Y apenas vieron a los huéspedes, adelantáronse todos juntos, los saludaron con las manos y les invitaron a sentarse. Pisístrato Nestórida fue el primero que se les acercó, y asiéndolos de la mano, los hizo sentar para el convite en unas blandas pieles, sobre la arena del mar, cerca de su hermano Trasimedes y de su propio padre. Enseguida dióles parte de las entrañas, echó vino en una copa de oro y, ofreciéndosela a Palas Minerva, hija de Júpiter que lleva la égida, así le dijo:
