La palabra bonita - Elisa Gabbert - E-Book

La palabra bonita E-Book

Elisa Gabbert

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Beschreibung

«Me encanta Elisa Gabbert y cómo funciona su mente». —Julieta Venegas La fascinación por la palabra es el germen de esta colección de ensayos autobiográficos en los que Elisa Gabbert entrelaza historias personales con observaciones y hallazgos acerca de los aforismos, el arte del párrafo, el poder de los títulos, la diferencia entre poesía y prosa, el universo de la traducción, la autoimagen o la mirada. La palabra bonita es una exploración amplia de la cultura contemporánea y una invitación a la lectura por parte de una autora cuya mente descubrimos en tensión casi constante consigo misma. «Gabbert nos ofrece abiertamente una serie de ensayos personales —que no egocéntricos— sobre sus obsesiones. […] Son, por su origen y la manera en la que desglosan el arte de la lectura, una suerte de meta-libros». —The New York Times «Me encanta Elisa Gabbert y cómo funciona su mente». —Julieta Venegas «La obra de Gabbert adquiere densidad y peso a través de una estrategia de acumulación, creando una rica obra de reflexión literaria». —LA Review of Books

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Seitenzahl: 223

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Título original: The Word Pretty

© Elisa Gabbert, 2018

Publicado mediante acuerdo con Farrar, Straus and Giroux, New York

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2022

© de la traducción, Esther Cruz Santaella, 2022

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Adelana Kavanagh

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-124401-5-7

eISBN: 978-84-126039-7-2

DEPÓSITO LEGAL: M-9537-2022

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Todos los derechos reservados. No está permitida ninguna forma de reproducción, distribución, comunicación o transformación de esta obra sin autorización previa por escrito por parte de la editorial.

LA PALABRA BONITA

elisa gabbert

traducido por Esther Cruz Santaella

I

Datos personales

Variaciones sobre el llanto

Lógica onírica

La traducción inelegante

II

Sobre los placeres del texto preliminar

Ver cosas

Tiempo imposible

El arte del párrafo

Mucho articulado

Lo que es poesía

Los aforismos son ensayos

El punto de tangencia

¿Por qué leer novelas?

El botón de autodestrucción

[Título pendiente]

Escritura que suena a escritura

III

Dibujarse feliz

Modos de mirar

Cómo salir bonita en la televisión

Meditación sobre la palabra bonito/a

Dormitorio en Alcatraz

Tiempo, dinero, felicidad

La palabra bonita1

1El título original del libro, The Word Pretty, no tiene una traducción muy directa. Más allá de la polisemia de la palabra «pretty» (que como adjetivo va desde «bonito, lindo» hasta «bueno, importante» y como adverbio es «mucho, bastante», e incluso puede usarse como sustantivo, con el significado de «bonito, guapo»), la formulación en sí es curiosa: según las normas gramaticales del inglés, para que «pretty» funcionase como adjetivo debería ir antepuesto al sustantivo «word»; por otro lado, si «pretty» está usado como término referencial, debería aparecer entrecomillado o en cursiva. En cualquier caso, tanto el título original como el traducido (y hasta esta nota que, como todas las demás en este libro, son de la traductora) se entenderán mejor tras leer los ensayos de Gabbert.

I

Datos personales

Notas sobre el uso del cuaderno de notas

Los hábitos de quienes nos dedicamos a escribir no surgen sin más: los cultivamos. Primero, reflejan aspiraciones y más adelante, supersticiones. Hace años, cuando estudiaba el posgrado, me fijé en cómo algunas de mis amistades poetas sacaban un cuadernito del bolsillo de la chaqueta o del bolso, con gesto indiferente pero decidido, y anotaban algo. Me fijé como quien repara en la manera de fumar de alguien: el glamur del gesto, el ademán nada personal sino referencial… Algo así te alinea con una tradición. Empecé a usar cuadernos de notas para poder ser una escritora que usa cuaderno de notas.

Mis cuadernos no son diarios porque no tienen indicaciones de fecha. Fechar las entradas impondría una estructura al contenido de la escritura, un sentido de continuidad y de narración. Lo que mis cuadernos capturan son pensamientos, no hechos; se trata de cuadernos líricos. Seguro que estaría teniendo esos pensamientos igual, pero ahora los escribo, y a sabiendas de que quizá así los esté alterando sin remedio. Antes de poder escribir un pensamiento, este ha de convertirse en una oración, en un objeto con forma. Cuando tenía siete u ocho años, le confesé a mi madre que no podía parar de narrarme mi propia vida a mí misma; creía que eso significaba que estaba loca. No, me respondió, significa que eres escritora. Desde entonces me he acostumbrado a eso, a esa capa del lenguaje a modo de comentario simultáneo entre mi experiencia directa y el registro externo de ella.

No hace mucho noté la necesidad imperiosa de escribir, pero carecía de un material imperiosamente necesario, así que repasé unos cuadernos viejos y me encontré con una página arrancada de uno y metida en otro. Decía, en boli azul:

- Apoyos

- Repasar polvos, usar pintalabios

- Jugar con vino

- ¿Dibujar? ¿Tomar notas?

- Mirar libros

- ¡Crucigrama!

Los ojos se me fueron primero a «Jugar con vino». ¿Jugar con vino? Ah, sí: con la copa de vino. Lo hago siempre cenando. Le doy vueltas al tallo.

La lista, claro, era de nuestra obra. Hace unos años ayudé a montar una obra de teatro, El oficiante del duelo, de Wallace Shawn. Mi marido, John, y yo nos pasamos un año ensayándola con nuestro amigo Aaron, y luego la representamos en los salones de las casas de amistades comunes. El personaje de Aaron tenía una serie de monólogo largos, dirigidos al público, durante los que yo me quedaba sentada en silencio a su lado, medio escuchando. Esa lista era una serie de cosas que podía hacer yo, Judy (mi personaje), mientras él hablaba: distracciones menores que resultaban plausibles y naturales y que evitaban que pareciese aburrida hasta que llegara el pie para mi siguiente intervención. Las exclamaciones en «crucigrama» son un «¡ajá!»; creí haber dado con el apoyo perfecto, algo intelectual pero no demasiado arduo, a lo que podía prestar atención o sólo fingir que lo hacía, según lo pidiese el momento.

En ese cuaderno hay muy poco más. Se trata de un cuaderno curioso, con las páginas blancas, sin rayas, y un dibujo entretenido de hojas de árboles rodeando los bordes. Tiene un diseño de árboles blancos desnudos en la cubierta y en el lomo especifica un superfluo DIARIO. No recuerdo haberlo comprado ni haberlo recibido. Me gustan los árboles, pero echo de menos las rayas; mi escritura ahí dentro no tiene ancla, está en diagonal. Hay una breve lista de palabras favoritas («asombroso», «inescrutable», «chiffonade»), más notas para Judy: «Muestra primero amor; luego, desprecio». «Judy puede resultar demasiado astuta, añade miedo». De nuevo, en la página siguiente, la palabra «amor» entrecomillada y «Opta por el amor, no tires de la emoción obvia» (esto fue un consejo de Aaron; mi Judy estaría quedando fría).

A continuación, unas diez páginas de notas para un ensayo sobre el texto Heroines, de Kate Zambreno: «El espacio entre párrafos introduce un espacio poético, unas sinapsis» (parte del encanto del cuaderno es que no está editado; espero que ese tautológico doble «espacio» no llegara al ensayo publicado). El resto del cuaderno —un noventa y cinco por ciento— está en blanco. Una sinapsis llevada hasta su extremo lógico. Los cuadernos consiguen muchísimo de lo que intenta lograr la poesía, pero de forma natural: empiezan y terminan arbitrariamente, in medias res. Correcciones precocinadas con una espontaneidad distraída, abstracciones esparcidas entre los detalles. Profundidad fragmentaria. Nada de cierres forzados. Las epifanías caen donde sea.

Este cuaderno estaba colocado en mi mesa junto a otro que mi jefe me había traído de Japón, con el dibujo de una geisha y un gato en la cubierta. ¿Es para niños? La cultura kawaii, que antepone la monería a la belleza, hace difícil responder a eso. Este sí tiene rayas, pero hay flores de cerezo de color rosa claro repartidas entre los renglones, y al principio de cada página están las letrasD L T M J V S,instándome a que lleve un diario. Si alguna vez he escrito en este cuaderno, esas páginas están ya arrancadas y en la basura. La palabra que se me viene a la mente es «destruido». Un cuaderno con pinta de barato abarata los pensamientos que contiene (Charles Simic escribió una vez, mientras argumentaba en contra de usar los móviles para tomar notas: «Si tienes la necesidad de anotar un pensamiento completo, un cuaderno hermoso le dará más clase»). Raramente compro cuadernos de notas. Aparecen sin más, como reliquias de tiendas de regalos, y luego no soy capaz de comprometerme con ellos; se marchitan, abandonados, en su mayoría vacíos. Debería invertir en cuadernos decentes, como estrategia, para así usarlos más a menudo.

Leí en un libro de divulgación científica titulado ¿Cómo aprendemos? que tanto la resolución de problemas complejos como los proyectos creativos funcionan mejor si se empiezan lo antes posible y se interrumpen con la mayor frecuencia posible. Comenzar un proyecto, aunque sólo sea tomando notas, pone el cerebro en una especie de modo abierto, en el que todo parece tener relevancia para ese proyecto; todo te aporta información. Cuando estás en modo abierto, el trabajo se desarrolla aunque no estés «trabajando» activamente. De hecho, todas las evidencias sugieren que los mejores trabajos te salen cuando no estás en ello. Habrá quien lo haya experimentado al intentar solucionar un problema: te devanas los sesos con el tema en cuestión hasta que claudicas y entonces te viene una epifanía mientras estás con algún videojuego. En muchos aspectos, la mente inconsciente es más lista, y más creativa, que la consciente.

Incluso antes de leer esta idea, por intuición sabía que era verdad. Cuando me siento a intentar que se me ocurran buenos versos, me salen forzados. Sin embargo, cuando mi mente divaga, estando tumbada en la cama, de paseo o en alguna lectura poética, los buenos versos llegan sin más, como venidos de otra cabeza. Ahí es cuando necesito tener a mano un cuaderno, para registrar esos pensamientos repentinos; son casi compulsivos. Me harán falta después, cuando llegue el momento de hacer la parte consciente y deliberada del trabajo. Los corregiré y los juntaré como un collage, haciendo un montaje con mis propios pensamientos (jóvenes que escribís, una advertencia: cuando te haces mayor, tu musa se muere y ya sólo aparece, en plan poltergeist, durante unos minutos seguidos cada vez). Tengo que actuar rápido con ellos: las notas tienen una vida media breve y, en cuestión de meses, se convierten en una cosa curiosa, en su mayoría inútil.

Sí que compré el cuaderno de notas que llevo en el bolso, un Moleskine muy pequeño de color verde brillante que tengo desde hace dos o tres años. Las primeras páginas están ocupadas con versiones tempranas de unos versos que acabaron en un poemario basado en Judy. Muchos de ellos recuerdo estar garabateándolos durante lecturas poéticas; ahora, de forma preventiva, saco el cuaderno y el boli antes de que empiece cualquier lectura. En una página aparece el nombre de un cuadro que vi en el Getty Museum de Los Ángeles: Van Tromp, en ruta a complacer a sus Señores, Buques en el Mar, recibe una Buena Mojadura (la pintura no me impactó, sólo el título; se conserva aquí el uso idiosincrásico de las mayúsculas del artista). Hay un poema que escribí del tirón, en su forma casi definitiva, en la sala de espera de unas urgencias; fue durante una de esas experiencias muy raras ya: una visita íntegra de la musa. Dos frases rocambolescas entrecomilladas que debo de haber oído decir a algún poeta: «alcoba ecolocativa», «manteca de tacto». Una pregunta: «¿Cómo puede ser malo el arte?» (es algo que me planteo a menudo, aunque la mayoría del arte me parezca malo).

Unas páginas después: «Un diario no versa sobre el yo, es para el yo». Los cuadernos convierten al yo en otro, lo hacen exótico. Este sentimiento se tradujo en un poema de Judy: «Cuando leo entradas antiguas de mi diario / es fácil imaginar que las escribió / otra persona, otra / a la que le he tomado cariño». A decir verdad, estas anotaciones me resultan extrañas, nada familiares, aunque el cuaderno no sea aún lo bastante viejo para que les haya tomado cariño a mis pensamientos; todavía recuerdo incluso dónde estaba cuando los escribí. Necesito más distancia, la distancia que tengo con mis exámenes de cálculo de secundaria (¿cómo podía saberme todas esas cosas?), con los trabajos de filosofía que hice en la universidad; no guardo recuerdos de escribir esas frases, esos argumentos, pero suenan a míos. Solía contarle orgullosa a la gente que no cambio mucho, pero ya no estoy segura de que eso sea algo de lo que enorgullecerse.

En su autobiografía, I Can Give You Anything But Love, Gary Indiana sugiere que leer viejos cuadernos de notas le hace conservar la humildad: «Si anotas cosas con el mismo caos que yo, al final ves que ya has escrito, meses o años antes, cualquier idea “nueva” que se te ocurra: en líneas generales, es un hallazgo desmoralizante».2 Esto me recuerda a cuando John —que está perdiendo el oído— repite una broma o un comentario que otra persona acaba de hacer en la misma habitación, como si fuera suyo propio. Lo ha oído, pero con trabajo y un poco después del hecho en sí; su mente tarda más en procesar los sonidos amortiguados y comprimidos y en entenderlos como lenguaje. Una vez unidas las piezas, la broma o el comentario se le ocurren a John como un pensamiento original. Es una manera que tenemos de engañarnos: confundimos lo familiar con lo que merece la pena.

Joan Didion escribió, en ese clásico de los ensayos sobre el uso de cuadernos de notas que es «Sobre tener un cuaderno de notas»: «Dado que la nota está en mi cuaderno, se supone que tiene algún significado para mí». Pero ¿qué significado? Los años lo oscurecen. Una teoría: conservamos los cuadernos viejos con la expectativa de perder acceso a significados superfluos. Deseamos que los detalles se conviertan en datos puros. Mientras despejábamos la habitación de mi abuela, un par de días después de que muriese, mi madre y yo encontramos una bolsa de plástico con objetos personales, frágiles y delicados, que habían pertenecido a su padre, el primer marido de mi abuela, fallecido en 1956. Mi madre tenía seis años entonces y apenas lo recuerda. Un monedero negro, con tarjetas y fotos (una de mi tío, el hermano mayor de mi madre, pero de ella ninguna). Algunos recibos y documentos viejos, plegados y desgastados. Un objeto plano y redondo que acabamos por identificar como un abrebotellas, oxidado, imposible de abrir. ¿Qué significado había ahí? Pese a que mi abuelo tenía mi misma sangre, no pienso en él como en alguien vinculado a mí. Mi madre nunca había visto ninguna de esas cosas.

Más nombres de cuadros, de una retrospectiva del siglo XX en el Denver Art Museum:

- El luminoso desayuno de Minnie

- Autorretrato con mono

- George fue a nadar a Barnes Hole, pero hacía demasiado frío

- El simulacro transparente de la falsa imagen

- Dinamismo de un perro con correa3

En esta exposición, de repente, vi la luz: odio el expresionismo abstracto, odio su toque kitsch, como de culto («Parecen cuadros de hoteles», escribí en el cuaderno verde. «¿A quién le importan tus sentimientos?»). En una reseña sobre Robert Rauschenberg publicada en The New York Times se contaba lo siguiente: «Rauschenberg escribía principalmente a lápiz, a menudo en un bloc de notas amarillo con rayas, en unas letras mayúsculas que sugieren lo arduo que le resultaba escribir —era disléxico y se diría que tenía complejo por ello—, pero también lo gráficas y cuidadas en su aspecto que eran incluso las anotaciones privadas y los comentarios que se dejaba a sí mismo. Se percibe su destreza para la disposición hasta cuando escribe una postal».

Es algo que me resulta vagamente desagradable (¡menudo narcisismo! ¡Y encima lo aclamamos! ¡Oh, el glorioso narcisismo del hombre artista!), aunque tampoco es que yo esté por encima de la vanidad del cuaderno de notas. No me gusta la letra caótica de mi caligrafía en el cuaderno verde; es tan pequeño que no me queda espacio para apoyar la mano y las letras salen dispares, imposibles de entender. Me recuerdan a la caligrafía de mi padre, muy puntiaguda y sin bucles, como la línea trazada por un electroencefalógrafo. Sólo hay dos dibujos en el cuaderno: un hombrecillo feo y protuberante bocetado de cualquier manera por Aaron, durante algún ensayo, y el esquema de un plano, un apartamento que vimos pero que no nos quedamos. De ese sitio recuerdo los azulejos blancos y negros de la cocina, con un diseño intrincado de estilo antiguo, aunque no los dibujé. Por mucho que mis recuerdos sean visuales, tridimensionales como el mundo, mis notas son sólo verbales. Relleno el contexto al leerlas.

Siempre he creído que el carácter secreto de los diarios es pretendido; con sus confesiones desnudas, parecen diseñados para que otra persona los descubra y los lea, al contrario que los cuadernos de notas, que están codificados y a menudo son impenetrables para gente ajena. Sin embargo, cuanto más leo el cuaderno verde, más aparentes son para mí sus rasgos de diario. Pese a no tener marcas de fecha evidentes, las notas están repletas de tiempo y de espacio. Cuando recuerdo dónde estaba mientras las escribía, incluso las tonterías me resultan emotivas.

Hay un montón de citas con la fecha y la dirección incluidas, todas para John; aquel fue el año en el que probó médicos nuevos sin parar. Un año tristísimo, ¿y no intentan siempre los escritores mitigar su tristeza escribiendo? Creo, quizá ingenuamente, que las mejores creaciones artísticas surgen del dolor; son nuestro premio de consolación. Hay listas de términos médicos y medicaciones de la clínica de Los Ángeles:

- Insuficiencia vertebrobasilar

- EEG

- Vimpat

Más preguntas provocadas por lecturas poéticas: «¿Por qué romantizamos las salidas de incendios?» (y justo debajo, un cambio: «Es igual, tiene sentido»). «¿Puede una persona reconocer a un genio sin serlo?».

Más títulos de cuadros, esta vez de una exposición de grabados contemporáneos en madera: 31 sabores invaden Japón (lo busco en Google; en este caso, lo que me gusta es la obra, no el título).

Una lista de cosas que un apartamento debe tener y no tener, aunque nunca nos mudamos:

- Habitación para escritorios y libros

(John también es escritor; nuestro principal activo son los libros).

- Escaleras / techos

(¿Sin escaleras? ¿Techos altos? John es alto y va mareado a menudo).

Direcciones de correo electrónico, gente a la que conocí en lecturas o fiestas y con la que nunca me puse en contacto. Libros que me recomendaron y nunca leí.

Notas privadas que John me pasó en público, en lecturas o charlas sobre arte, en vez de susurrarme:

El colega de mi izquierda se parece a Kenny Rogers.

¿Podemos irnos directos a la puerta de atrás cuando acabe esto?

¿Esto de qué va?

Versos tachados de poesías fallidas, muy a menudo concebidos durante esa fase introspectiva y autocomplaciente de la bebida.

Un pedido complejo en el tailandés de comida para llevar.

2Todas las referencias, citas y menciones que aparecen en estos ensayos se recogen en versión de la traductora del libro, salvo las que tienen como original textos ya escritos en español.

3Los títulos en español de dos de estos cuadros quizá no sean muy conocidos, por lo que se hace difícil localizarlos sin conocer el original. Se trata de las obras The Bright Breakfast of Minnie, de Marsden Hartley, y George Went Swimming at Barnes Hole, but It Got Too Cold, de Joan Mitchell.

Variaciones sobre el llanto

Hay listas de reproducción en YouTube específicamente diseñadas para hacer llorar a la gente. Por lo general, los vídeos que incluyen son una combinación de perros moribundos, soldados que regresan de la guerra (y a menudo se reúnen con sus perros) y anuncios de seguros de vida tailandeses, siempre larguísimos y muy desgarradores. Gente que afirma no llorar nunca por las circunstancias de su vida confesará el segundo preciso en el que «no pudo más». Un comentario a un artículo sobre el vídeo del reto «Intenta no llorar», compuesto por diecinueve clips: «Llegué como al minuto 2:50 antes de hacer pucheros, para el minuto 4 ya estaba llorando a mares. Lo necesitaba. Me siento mejor».

La palabra «reto» transmite la idea de que el objetivo es intentar no llorar, pero creo que la mayoría de la gente ve los vídeos porque sí quiere llorar. Leí un hilo en Metafilter el año pasado en el que el «OP» (original poster o la persona que inicia el hilo) buscaba libros que provocasen el llanto:

Quiero hincharme de llorar con un libro. Hace mucho tiempo que no lo hago y necesito esa catarsis.

Necesito algo en plan lacrimógeno, como Su más fiel amigo, pero para adultos.

Una opción clarísima son movidas que vayan de temas como el amor y la pérdida. Casi siempre lloro con muestras conmovedoras y desinteresadas de lealtad o amor (en sentido romántico o platónico). Suman puntos el existencialismo, lo agridulce o lo emotivo relacionado con la libertad.

Pero la verdad es que si te ha hecho llorar y llorar y decir en un momento «No puedo más», seguro que es oro puro.

Pese a que lloro con casi cualquier película, sobre todo si voy en avión, puedo contar con los dedos de una mano el número de veces que un libro me ha hecho soltar una lágrima. El primero fue Lo que el viento se llevó, en secundaria; creo que lloré dos veces, una cuando Escarlata se pasa toda la noche llamando a Rhett y él no acude, y otra cuando Melanie muere; o a lo mejor estuve llorando sin parar unas doscientas páginas seguidas. Otra lectura de llorera memorable, muchos años después, fue La casa de la alegría; me quedaban unas diez páginas para terminar cuando aterrizamos en el aeropuerto de Logan; tuve que interrumpir el llanto para bajar a tierra y luego reanudarlo esa noche en la cama.

Disfruto llorando con el cine y la televisión. Me encanta cuando mi participante favorito gana un reality show. Seguramente la emoción que más me gusta presenciar es el orgullo lloroso, motivo por el cual soy adicta a concursos vocales como La Voz, y mucho más cuando quien concursa es joven y sus padres o hermanos no pueden parar de llorar durante la actuación. Hay un vídeo de una niña pequeña de Alemania cantando «I Will Always Love You», con una pureza y una claridad increíbles. La madre sostiene una especie de flor (¿de plástico?) y se derrumba entre bambalinas; la niña lleva un puñetero osito de peluche en el bolsillo. He visto ese vídeo docenas de veces, con absoluta admiración y algo parecido a una profunda nostalgia (¿por qué? Si no soy yo y, además, yo nunca canto, a no ser que contemos los karaokes eufóricos). Debería existir un nombre para una mezcla emocional de felicidad y tristeza, y no sólo una mezcla, sino un bucle de retroalimentación, como si estuvieses súper contenta de estar tan triste o presenciaras tu felicidad desde una trágica distancia.

Me interesé por MasterChef Junior cuando vi a alguien en Twitter decir que la final le había hecho llorar. Vi unos cuantos programas en Hulu. De inmediato me impactó cómo todas las criaturas, niños y niñas, lloran abiertamente cuando les llega el turno de irse a casa. No hay ninguna vergüenza visible por parte de quien llora, ni ánimos de avergonzar por parte del resto, que, de hecho, suele unirse al llanto por compasión (los y las concursantes desobedecen además la primera norma de la telerrealidad al declarar: «Estoy aquí para ganar, pero también para hacer amigos»). La gente adulta, por supuesto, trata las lágrimas públicas —salvo que sean en el funeral de un amigo cercano o de un familiar— como algo vergonzoso/desagradable, casi al nivel de vomitar en público. La mayoría de las personas, cuando ve llorar a alguien desconocido, reacciona con una especie de indiferencia aterrorizada. En el aeropuerto de Houston, en 2002, mi hermano estuvo esperando conmigo en la zona de recogida de equipajes hasta que quedó bastante claro que mi maleta no había regresado de Roma; mientras íbamos camino de presentar una reclamación me susurró: «¡No llores!».

A la mayor parte de la gente que conozco no la he visto llorar nunca. En la infancia, incluso cerca ya de la adolescencia, no es inusual llorar delante de tus amistades; hasta que llegué a la universidad, vi llorar a todas mis amistades cercanas en algún momento. De hecho, hubo una época, en secundaria, en la que estaba muy de moda sufrir una crisis emocional absoluta durante una fiesta; coincidió más o menos con cuando las fiestas pasaron a ser mixtas y a estar a menudo amenizadas por un DJ. Bien entrada la noche, normalmente poco antes o poco después del último baile, una de nosotras elegía pelearse con otra chavala por algún desprecio, real o imaginado; tras haber compartido bastantes lágrimas, acusaciones y espectáculo en busca de la atención general, solíamos hacer las paces y darnos un abrazo. Al principio, las niñas más dramáticas parecían las más maduras emocionalmente; era algo digno de admiración: nos impresionaba que pudieran incubar tanto resentimiento. Sin embargo, tras un par de años el patrón se hizo muy obvio y la postura más madura pasó a ser la de posicionarse por encima de esos exabruptos. Creo recordar que una vez fui el objetivo de un arrebato de esos, pero nunca la instigadora. De todos modos, disfrutaba tanto de la atención como del espectáculo, y nunca conseguí obligarme a mí misma a burlarme del falso drama. He hecho algo de interpretación y la cuestión es que, cuando encarnas los gestos de estar molesta, empiezas a sentirte molesta de verdad. No es tan complicado como se piensa llorar adrede.

Me gusta preguntarle a la gente si recuerda la última vez que ha llorado. En mi caso, dado que raras veces pasa una semana sin que llore al menos un poco, siempre me acuerdo. La última vez que lloré fue durante la final de la temporada más reciente de Top Chef. Estaba contenta (¿orgullosa?) de que hubiese ganado una mujer. ¿Puede una estar orgullosa de alguien a quien no conoce? Se me llenaron los ojos de lágrimas, que luego me cayeron por las mejillas y me limpié. Fue un llanto rápido, silencioso. La última vez que había llorado antes de esa había sido después de colgar el teléfono tras hablar con la recepcionista de mi ginecóloga y enterarme de que, en mi próxima cita, no iba a poder colocarme el DIU de nuevo. Esa próxima cita iba a ser un procedimiento LEEP para quitarme, con técnica electroquirúrgica, varias capas de células precancerosas del cuello del útero. Durante la biopsia del cuello que me habían hecho un par de semanas antes, la enfermera me había sacado accidentalmente el DIU con aquellas tijeras de biopsia que tenía y que parecían de broma de lo grandes que eran; dejó que el dispositivo se hundiera en el lavabo, en un charquito de sangre, y luego salió de la sala para que pudiera volver a vestirme. En ese momento no lloré, ni tampoco cuando la enfermera me dijo que iba a necesitar el LEEP, pero sí al saber que iba a tener que regresar una vez más para que me pusieran un DIU nuevo y someterme por tercera vez en un mes a la humillación de estar tumbada de espaldas, desnuda de cintura para abajo, con las piernas en unos estribos (he deseado bastantes veces que las camillas de exploración ginecológica estuvieran tan bien diseñadas como las sillas de los dentistas). Este llanto fue más ruidoso, más intenso, pero igual de breve; si mi marido, John, hubiera estado despierto, quizá lo hubiese alargado un poco más, pero estaba sola y pude llorar con eficacia.