La parte enferma - Cecilia Ferreiroa - E-Book

La parte enferma E-Book

Cecilia Ferreiroa

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Beschreibung

La parte enferma reúne cinco cuentos notables de Cecilia Ferreiroa. Construye con ellos un universo donde la vida parece circular por sus carriles habituales hasta que algo de esa cotidianidad se descompone, se desvía, no responde como antes. Aquí hay historias de mudanzas (tal el título del cuento que cierra este libro), viajes, desesperaciones, esperas, arrebatos, miedos. Ferreiroa tiene una voz única, singular, que ya mostró en Señora Planta, su primer libro. Aquí profundiza esa voz en una nueva búsqueda narrativa: toma distancia, sobrevuela, acosa, gira alrededor de sus personajes para que no se le escape en la observación el más mínimo gesto de derrota, de tristeza o de vacío. Cubre y descubre en una tensión perfecta, con imágenes que siguen al lector mucho después de haber terminado el libro. El título de este libro de Cecilia Ferreiroa anticipa con franqueza de qué hablan estos cuentos. Y la voz que habla (según sus graduaciones narrativas) así lo hace, también. Es una voz (una visión del mundo) que los enlaza y atraviesa, dándole notoria unidad al conjunto. La voz corre, y no importa demasiado que hable en primera o en tercera persona porque el impulso es el mismo, y busca el mismo pasmoso desnudamiento en el variado (y no pocas veces cómico) carrusel de aventuras en que los personajes incurren. El trabajo de esta voz es despiadado, entusiasta, imparable, exploratorio, puntilloso y eficaz, sobre todo al someter las anécdotas a la lucidez de una inmersión bajo focos. A la medida de cada cuento, la voz transita calles, oficinas, aeropuertos, paisajes lejanos y el café de la esquina o los interiores opacos de un departamento: espacios que los personajes encuentran o necesitan para ilusionar y desquiciar sus vidas. En los cinco cuentos (Virgo, Los cuidadores, Autitos de colección, Aunque estés equivocada, Mudanzas), Cecilia Ferreiroa trata con ardor la "parte enferma" de un mundo cotidiano, contemporáneo, imperioso y caprichoso y que solo puede ser habitado confusamente. La voz que narra no dejará de columbrar allí los descalabros de lo ilusorio ni de trazar vertiginosas topologías de "mudanzas" para el cumplimiento preciso de un destino.

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Seitenzahl: 118

Veröffentlichungsjahr: 2020

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LA parte enferma

LA parte enferma

CECILIA FERREIROA

Dirección editorial: Gastón Levin / Silvia Itkin

Diseño de tapa e interior: Donagh / Matulich,

sobre diseño de colección Estudio ZkySky

©Cecilia Ferreiroa, 2019

©Obloshka, 2019

ISBN:978-987-47529-1-8

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Libro de edición argentina. Impreso en Argentina. Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial

de esta obra sin previo consentimiento del editor/autor.

Ferreiroa, Cecilia

La parte enferma / Cecilia Ferreiroa. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Obloshka, 2020.

136 p. ; 20 x 14 cm.

ISBN 978-987-47529-1-8

1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.

CDD A863

A Cata y a Tere, mis sobrinas adoradas y hermosas personas. 

A mi queridísima madre, quien me enseñó a amar la literatura en todas sus maneras. 

A Caíto, mi familia, con todo mi amor, siempre.

Tal vez yo sea ‘la parte enferma

de una cosa enferma’.

Denise Levertov

Todos los seres, reales o inventados,

Virgo

A Luis Loayza

Carolina Soto empezó en el nuevo instituto a principios de año. Un poco antes había tenido una entrevista con la coordinadora del área, Estela Saavedra, en la que contó su experiencia en la enseñanza de inglés y luego dejó su currículum. Estela Saavedra fue muy amable. La escuchaba como si cada información que daba Carolina fuera relevante y creyera en su importancia. Eso la tranquilizó y a la vez la desconcertó. ¿Era tan importante su recorrido en el inglés? Carolina había trabajado en varios institutos y daba clases en colegios secundarios. Y como broche de oro, comentó que era traductora. Se sentía orgullosa de serlo, especialmente cuando lo contaba, a pesar de que solo se tratara de libros técnicos, extremadamente aburridos y que padecía al traducir; pero Estela Saavedra no la defraudó al reaccionar con una expresión de sorpresa y asombro. Al parecer eso era un plus, algo que no todas las profesoras de inglés hacían. Dos días después de la entrevista la llamaron para anunciarle que la habían seleccionado y que debía presentarse en el instituto para hacer el papeleo.

Llegó puntual. Tocó el timbre en el momento en el que daba la hora exacta a la que había sido citada. Mantuvo suspendido el dedo mientras con su celular vigilaba el momento en que dieran las tres. La atendió Mariela, la secretaria del instituto, con una sonrisa.

En la oficina las dos mujeres se sentaron. Era un instituto que pagaba mucho más que los otros en los que había trabajado, así que estaba contenta por haber obtenido el puesto. Como novedad, tendría que enseñarles a empleados, con distinta jerarquía, de una empresa de petróleo multinacional. Debía ir a las oficinas a dar las clases, que eran individuales, una después de la otra, como en una cadena de montaje. El horario en que terminaba una era el mismo en que empezaba la siguiente. Tendría que correr por los pasillos de la empresa de un alumno a otro.

En un papel Mariela fue anotando sus datos personales, sacados del documento. Carolina la vio escribir su fecha de nacimiento y miró hacia abajo. Se quedó así todo el tiempo que le llevó a Mariela completar la planilla. La fecha que tenía en su documento, 24 de agosto, no era su verdadera fecha de nacimiento. Ella había nacido el 20 de diciembre del año anterior. No se trataba de un error en el documento, era la misma fecha que constaba en la partida. Sus padres, o más bien su padre no había ido a anotarla hasta agosto, o probablemente más tarde, a juzgar por los nervios que mostraba su madre cada vez que le preguntaba cuándo exactamente había ido a inscribirla. No tenía manera de preguntarle a él porque había muerto cuando ella tenía dos años.

Con el tiempo aprendió a aceptar que la anotaron muchos meses después y que ni siquiera respetaron el mismo día, y encima tampoco el mismo año. Era así, era parte de su historia. Y había aprendido a decir alternativamente una fecha u otra según lo que correspondiera en cada situación. Para trámites legales sabía que lo que importaba era lo que decía en su documento, con los amigos su fecha real. Pero había zonas grises que todavía la desconcertaban. Cuando un médico le preguntaba el día de su nacimiento, se quedaba un rato dudando. Después se daba cuenta de que al médico le importaba su edad biológica. En el institutoLanguage Approachresolvió que lo que importaba era su fecha legal, entonces no le aclaró nada ni a la secretaria ni al resto del plantel.

Carolina llegó al edificio de oficinas de la avenida Alem diez minutos antes de la hora de la primera clase. Se anunció a los de seguridad de la entrada. Le hicieron dejar el documento, firmar en una planilla su hora de ingreso y le sacaron una foto. En el primer piso la esperaba la secretaria del que sería su primer alumno.Esperó un rato sentada en un sillón del vestíbulo, al lado del escritorio de la secretaria, que después de saludarla no le prestó más atención. Finalmente, su alumno abrió la puerta de su oficina y la hizo pasar. Era una oficina amplia y con grandes ventanales que daban a Alem. Se veían las copas de los árboles de la vereda de enfrente, las hojas verde oscuro que vibraban en una agitación sostenida y nerviosa.Había un escritorio grande y una mesa redonda con sillas alrededor. Ahí se sentaron.

Cuando terminó la clase se despidió de su alumno y se tomó el ascensor para el piso siguiente. Otra secretaria la recibió y la hizo esperar en un sillón, igual que en el piso anterior. Diez minutos pasada la hora de clase apareció la alumna, vestida con ropa muy elegante, alta y de pelo largo. Hablaba y se movía con mucha seguridad, la de alguien acostumbrado a mandar y conforme con hacerlo. Si bien ese piso estaba más arriba que el otro, los empleados eran de cargo más bajo. Su alumno del primero estaba por encima de su alumna del segundo, pero ella en su propio piso era la dueña y señora. Resultó ser una fanática de la astrología, lo que a Carolina le pareció contradictorio con su aspecto formal y serio. Le preguntó de qué signo era. Carolina dudó. Había dejado su documento y pensó que debía ser coherente con eso. Le dio miedo que esa empresa tan llena de controles de seguridad viera una contradicción con las fechas de su nacimiento y concluyera que era una mentirosa. Sabía su verdadero signo pero no sabía el que correspondía con su documento. Decidió decirle la fecha y que ella se lo dijera. Ah, sos de virgo. Eso pareció complacerla. Los de virgo son personas muy metódicas y ordenadas. Con gran pasión por el trabajo. Me gusta virgo porque tiene la capacidad de superar cualquier adversidad, dijo. Carolina escuchaba con fingido interés, tratando de aparentar que la descripción de ese signo ajeno se adecuaba perfectamente a ella. Finalmente, varias cosas le cuadraban; y era razonable, al fin y al cabo, ese signo era un poco el suyo. Después de todo, no tenía claro cuál le pertenecía más.

—¿Y tus padres de qué signo son? —La sorprendió la alumna con esa pregunta—. En general el ascendente coincide con el signo de uno de los padres —explicó.

Carolina se sobresaltó y le agarró la confusión de que también tenía que mentir con las fechas y signos de sus padres, y reaccionó como si la hubieran tomado desprevenida, con una mentira sin ensayar. Después se dio cuenta de que no tenía por qué mentir en ese caso. Le contó que su madre era escorpio y que su padre había fallecido cuando era muy chica y que no se acordaba de la fecha de nacimiento.

—Lo siento —le dijo su alumna.

—Gracias, fue hace mucho.

—Claro —le dijo mirándola con una sonrisa compasiva—. Escorpio es un signo muy complicado —dijo como toda información.

Fue corriendo al piso siguiente y enseñó durante una hora y media. A medida que subía, bajaba en posición jerárquica. En el 4° piso había empleados en una gran oficina integrada que ocupaba todo el espacio, con escritorios en hilera, pegados unos a otros en varias filas. Uno de ellos era su alumno, idéntico a los demás, con la misma ropa, la misma prolijidad, la misma seguridad de quien piensa que su trabajo es importante. Las clases que les dio a todos fueron prácticamente las mismas. Tenían un nivel similar y se encontró repitiendo consignas y explicaciones.

Al término del día le quedó una sensación extraña. Su alumna la había sorprendido con la pregunta sobre la fecha de nacimiento de su papá. Se sintió mal por no saberla. Al no tener costumbre de festejar su cumpleaños cada año se le hacía difícil recordarla. Alguna vez la había visto en algún papel pero no la había podido retener. Esa falla de la memoria la puso incómoda. Sabía poco y nada de su padre. Su madre se ponía repetitiva cuando hablaba de él. Las anécdotas que contaba siempre eran las mismas. Al escucharla decirlas una y otra vez, Carolina sentía que estaba ante el recitado de memoria de algo en lo que ya hace mucho tiempo se ha dejado de creer. Había algo falso que no podía determinar qué era por falta de información veraz. No le quedaban parientes cercanos con los que hablar de su padre. Su madre nombraba amigos, supuestamente entrañables, casi como hermanos, todos casualmente lo consideraban brillante, pero ninguno de ellos estaba a la vista. Muchos habían desaparecido o muerto en la dictadura y los que seguían vivos se habían dispersado como si todavía debieran seguir huyendo. Su hermano, apenas unos años mayor que ella, tampoco recordaba nada y nunca había tenido interés en reconstruir la historia. Hacía mucho tiempo vivía en Madrid, abocado a su familia. Al radicarse allá había dejado ese tema atrás, en un país extranjero, como si la distancia lo volviera ajeno: la complicada historia de otro.

El trabajo iba bien. Sus alumnos tenían buena opinión de ella. En una evaluación que el instituto había hecho después de tres meses de clases todas las respuestas de los alumnos sobre ella fueron buenas. Incluso el alumno del 4º habló bien de ella. Carolina había tenido cierto temor con él porque en una clase en que estaban trabajando con un texto que trataba de los efectos del calentamiento global, su alumno le había dicho: Estoy cansado de este tema, no está probado. Preferiría trabajar con cosas más alegres. Estela Saavedra hacía supervisiones cada cierto tiempo para conocer el progreso de los alumnos y le daba material extra para trabajar. Carolina aprovechó para pedirle textos divertidos para su alumno.

Su alumna astróloga había pasado del tema de los signos al de la energía. Hablaba todo el tiempo en español. Era muy difícil hacerla hablar inglés, parecía tomar clases, pagadas por la empresa, solo para conversar con alguien en el horario de trabajo. Le dijo que enseguida reconocía a una persona que tenía malas vibraciones. Carolina se sintió incómoda de inmediato. No estaba segura de ser alguien con buena energía y no le convenía para nada que su alumna pensara eso de ella. Por suerte le aclaró que ella tenía, irradiaba más bien, buena energía. Carolina sintió alivio. Así como a su alumna no le gustaba la gente con mala onda, tampoco le gustaba que amigos o conocidos le contaran cosas feas que les habían pasado. Le parecía que eso la cargaba negativamente. No hay que estar escuchando mucho tiempo tragedias de los demás, te las pasan, decía. Hay que alejarse de la gente tóxica, remataba. Carolina salió de la clase tensa. Desde que su alumna le había dicho lo de la energía, había instalado una sonrisa permanente en su cara, una especie de expresión de bondad imborrable, que hizo que se le acabara cansando el músculo del cachete y le temblara la piel. Quería conservar ese trabajo, y ser condenada por alguien al parecer tan irracional, pero tan importante en la escala de jerarquía de la empresa, no tendría buenos resultados.

Pensó en el humor que tenía su padre el último tiempo de su vida.Su madre le había contado algunas anécdotas de los últimos años, en las que se lo podía ver muy enojado. Una vez en una asamblea política en la universidad se presentó una persona que empezó a pudrirla de manera sospechosa. Su padre se le acercó y le dio una trompada en la cara. Sin previo aviso, sin palabras. Una trompada en silencio.Poco tiempo antes de su muerte, el portero de un edificio no quiso dejarlo entrar cuando iba a una reunión en lo de un compañero. Se interpuso en el paso y trató de cerrar la puerta. Su padre alcanzó a trabarla con el pie y entró. Levantó al hombre de la solapa y lo llevó alzado al ascensor. Subió todo el trayecto con el hombre en el aire. Cuando llegó al 2º piso lo bajó y salió. ¿El portero habrá intentado soltarse? ¿Habrá hecho o dicho algo durante ese tiempo? Su padre, no. Se había mantenido callado, ya no creía en las palabras. Tu papá odiaba las injusticias, era una época muy difícil, le decía su madre como explicación. De chica siempre había pensado que su padre tenía una fuerza asombrosa. Al parecer podía rasgar con las manos una guía de teléfono. Tomaba la guía del lado contrario al lomo, por donde las hojas estaban sueltas, y con una mano hacía base y con la otra la rasgaba entera, como si se tratara de un solo papel.