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Tres cooperantes españoles que trabajan en el Departamento de León, Nicaragua, en la década de los 90 se ven accidentalmente implicados en la muerte de Namayori, un anciano conocedor de los mitos y leyendas locales. La mágica relación de uno de los protagonistas con su nieta se entrecruza con una conspiración para construir un complejo hotelero en la Reserva Natural de la isla de Juan Venado. Una novela ambientada en la colorida ciudad de León y los balnearios de Poneloya y Las Peñitas en la que el romanticismo, la magia y el misterio visten la realidad de la Nicaragua del postsandinismo, tras la victoria electoral de la UNO en abril de 1990.
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Seitenzahl: 419
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Para Ángela
Estoy sobre el gigante peñón donde se mira
La mar embravecida sus olas remover,
Do triste la mirada contempla al sol que espira
Enviando á la llanura su rayo postrimer.
A impulsos del tormento que cruel me martiriza
Subir acá esta altura por fin yo conseguí,
Y siento por mi frente correr la fresca brisa
Cual beso que las olas me mandan al morir,
Diviso allá á lo lejos el ave de los mares,
Que raudo vuelo tiende, del piélago al través,
Y escucho el lastimero gemir de los pinares
Y el cántico sentido del pájaro montés.
Los mágicos cambiantes de un cielo arrebolado
Tiñendo van del monte la cresta verde-mar,
Y finge en lontananza, de claridad bañado
Mil tronos purpurinos el sol al declinar.
Más nada he conseguido al contemplar en calma
Los múltiples encantos del cielo y de la mar,
Pues siento una por una las fibras de mi alma
Romperse a los impulsos terribles del pesar.
Managua, marzo de 1901
(Recuerdos 15- del libro Recuerdos y esperanzas)
Rosa Umaña Espino
Capítulo 1: Memoria cuarteada
Capítulo 2: Desbordados
Capítulo 3: Magia, amor y encantamientos
Capítulo 4: Desenmarañando
Capítulo 5: Muerte y nacimiento
Capítulo 6: Maldad
Capítulo 7: Recopilación
Capítulo 8: Paraísos
Capítulo 9: El abuelo
Capítulo 10: Si non vis Paradis Resorts, parabellum
Capítulo 11: Romance y odio
Capítulo 12: La conjura
Capítulo 13: Derrotados
Capítulo 14: Muerte y Esperanza
Capítulo 15: Sentencia
Capítulo 16: Una huída con Esperanza
EPÍLOGO
Las mismas estrellas siguen ahí titilando ajenas a todo lo que ha pasado y aun así, alzo la vista buscando en ellas respuestas que ayuden a encajar mis recuerdos cuarteados. Siento que la memoria ya no debe permanecer más tiempo truncada.
He regresado a Nicaragua intentando escapar de los trágicos sucesos que aún me persiguen. Los dos últimos años he girado como un satélite cautivo sin voluntad en un círculo imaginario sin poder acercarme ni alejarme, una peonza girando al azar abandonada a la ignorancia. La magia, el amor, la cabanga ¿realmente existieron?
El descenso por el río Escondido ha sido largo y precioso, Esperanza y yo en ningún momento hemos podido apartar la vista de las riberas, yo sentía que la naturaleza me hablaba mostrándome las palmeras deshabitadas sin sus copas arrebatadas por un huracán. Demasiado he perdido en el camino que me han hecho andar y ahora ya no me siento ni despojada de todo ni triste, sino calmada y tranquila; por primera vez en mucho tiempo vuelvo a ser la dueña de mi destino.
El paso por Bluefields ha sido rápido, lo justo para admirar las columnas que protegen la bahía y la isla en forma de media luna que me hace sonreír. Enseguida renté una panga que nos acercara a Laguna Perlas y sus aguas esmeraldas. Tengo prisa por revelar la verdad.
Hemos llegado de noche y he tenido que alzar la cabeza para volver a mirar las mismas putas estrellas. Siento como Esperanza tira de mi mano, le apetece mucho andar después de tantas horas embarcada en cuclillas, en el último de esos tirones abandono el firmamento para ver la playa, la arena y, ahí, justo ahí, veo a un viejito sentado platicando junto a un hombre.
Las lágrimas inundan el iris de mis ojos y no distingo la certeza de la visión.
—¿Mamá, llora?—pregunta mi pequeñita con cara triste.
Me agacho frente a Esperanza para preguntarle si ve lo mismo que yo y ella se queda en silencio, quieta, mirando en el interior de mi lamento un reflejo.
Y entonces tuve que gritar.
—¡Soy María Guadalupe Namayori Roque, la Perla de Mazatlán!
A esa hora, cuando el sol se convierte en coral y los pelícanos regresan a sus nidos, Sir Persifal, el comodoro McQuency y la encantadora señorita Bridget paseaban por la playa y contemplaban los tonos rojizos con los que el Sol coloreaba el cielo como si fuera un mágico pincel que emergía del mar para llenar de emoción suave y salvaje el horizonte.
La melodía que acompañaba sus pasos era el murmullo de las olas al besar la orilla mezclada con la charla del oleaje cuando alcanzaba sus pies desnudos, escondiéndolos una y otra vez, y borrando cualquier rastro de sus pisadas.
Un viejo sombrero semioculto entre los matorrales se entreveía al fondo, en la bocana. Al llegar vieron debajo a un hombre arrugado. El hombre levantó la mirada y les iluminó con sus dos enormes pupilas blanquecinas, tenues, suaves y delicadas que contrastaban con su endurecido rostro. ¿Los veía?
El viejo volvió a bajar la vista, Bridget se estremeció sin saber por qué, como si una brisa fría le hubiese atravesado en ese preciso instante, despertándola de alguna ensoñación; mientras, el Comodoro saludó asintiendo con la cabeza y una sonrisa. El anciano, sin dejar de mirar la arena bajo la cual descansaban sus pies, murmuró:
—Los dioses están enfadados, se están aventando verga1.
Alzó la vista y con un lento movimiento de la vara que asía entre sus curtidas manos señaló el horizonte en aquél punto dónde cielo y mar son uno. Allá, el cielo se agrietaba con la imagen de lejanos rayos. Contemplaban una hermosa, dura y cruel tormenta. El color endiablado azotaba el cielo con su telaraña hacia la playa como si las pasiones de la tierra y los misterios del mar desgarrasen el cielo para dejar escapar sus secretos.
La señorita Bridget se sentó con ternura a la izquierda del anciano, sus movimientos fueron apacibles y dulces y su gesto emanaba paz.
El viejo la miró y aprovechando un silencio de la tormenta anuncio:
—Esta noche no vendrán, tampoco.
La tormenta continuó conversando, siempre distinta.
Sir Persifal no apartaba la vista de la luz infernal, violenta, relampagueante, como latigazos que sufre el mundo, pensaba en que tal vez la sabiduría del viejo guardaba un secreto milenario que le permitía leer a la naturaleza.
El Comodoro miró al viejo, lo escrutaba detalladamente, se lo imaginaba joven y veía una enorme fuerza y una gran vitalidad, intuía un pasado más tormentoso que la turbulencia que les rodeaba. Sus pensamientos desaparecieron mientras su vello se erizaba. El temor apagó la razón.
Bridget no aguantaba más, quería mantener el misterio; pero la curiosidad la devoraba y alzando lentamente la vista, en un arrullo, preguntó:
—¿Quiénes? ¿Quiénes no vendrán esta noche?
—Las paslama2 —respondió el viejo.
La encantadora Bridget pensó que tal vez el viejo estaba allí aguardando a que las paslama llegaran a desovar. Las esperaba, aunque no llegaran, las esperaba sin desesperar, paciente, al menos así lo creía.
Sire, como si la mirada la percibiera la piel, sintió algunos ojos, se giró y escudriño con miedo y curiosidad los matorrales. Había gente oculta, seguramente también esperaban las paslama, pero nada bueno cabía esperar; no se ocultaban ellos, sino sus intenciones. Demasiadas veces se había escrito ya el misterio de las arribadas con sangre en la arena.
Sire, mirando a sus compañeros de viaje, señaló con los labios los matorrales más atrás del viejo.
McQuency y Bridget giraron la cabeza, justo cuando un rayo excepcional iluminó el cielo reflejando algunos ojos enrojecidos que les revelaron sin saber con qué grado de realidad unos rostros desesperados, desencajados por el guaro.
Bridget se levantó con decisión y con belleza, su silueta, emblanquecida por efecto de la luz de la luna, se irguió lentamente con un movimiento armónico y fluido cargado de sensualidad, sus hermosas piernas se transparentaron un instante a través de la clara y sedosa tela de su falda, su pelo se agitó mecido por el viento y la brisa la hizo resplandecer.
La presencia segura de Bridget tranquilizó al Comodoro, Sir Persifal al verla recordó ensoñado una noche, la única noche en que arropados por los luminosos farolillos amó a Bridget.
1 Aventando verga: peleando.
2 Paslama: tipo de tortuga marina.
La luna brillaba en el cielo llena y cautivadora y enfrente se perfilaba el contorno de unas ruinas cada vez más próximas, mientras el silencio se rompía una y otra vez por sus pasos sobre las hojas húmedas; la selva observaba y su corazón latía con vigor viendo las sombras alzadas de los templos mayas. Esa fue la noche en que Sir amó a Bridget, la noche de las luciérnagas.
Aún hoy, cuando veo su luz iluminando mi jardín de recuerdos, me estremezco pensando en aquella fotografía, en aquel abuso de esplendor que marcó mi corazón y el de todos nosotros estableciendo un vínculo que perdura más allá de nuestras ausencias. Veo una luciérnaga y danzo embriagada por los millones de sensaciones únicas e indescriptibles que me evocan este recuerdo como si fuera una esencia que siempre me acompaña.
Esa noche, miles de luciérnagas decidieron iluminar un trozo de selva, el trozo en el que convivían ellos tres y más almas que paseábamos por ese mundo sin entender, sin oír, sin escuchar, sin amar y sin ver. La selva adornada por los blancos destellos intermitentes aparecía como guardiana de los secretos más hermosos. Sire y la encantadora señorita Bridges andan abrazados, mirándose a cada pocos pasos, hasta que regresaron a la cabaña.
El Comodoro se acostó y Bridget y Sir Persifal permanecieron en el porche. Ella se balanceaba en la abuelita3 impulsándose con su blanco pie descalzo al lado del cual, descansando en el arco del balancín y acompañando su movimiento, se hallaba la mano de Sir Persifal.
Sire apoyó la cabeza junto al brazo de Bridget, anhelaba acariciar el pie para ascender lentamente rozando el tobillo por el interior del blanco camisón, deseaba sentir la pierna hasta alcanzar los muslos en su parte interna, dónde la piel se percibe al tacto aún más sedosa, tersa, suave y apetecible.
La miró. Lo miró. Los ojos del uno se posaron en los ojos del otro y sonriendo se besaron. Al retirar la cabeza unos centímetros, Sir Persifal volvió a fijar sus ojos en ella viendo mi rostro superpuesto al de Bridget. Este rostro fue una premonición de futuro, una señal que hasta meses después no adquiriría un auténtico sentido en nuestras vidas.
Sire Persifal lo percibió precioso, ensoñador, con una tez extrañamente clara en la que destacaban unos labios carnosos y una melena color cerezo acompañada de unos hermosos ojos, llenos de luz.
Mientras esta imagen cerraba los ojos amanecían unos hermosos párpados que sintió el impulso de besar, la imagen desaparecía como fundiéndose hasta convertirse en la de Bridget, quien después de sentir los húmedos labios de su amante con ternura, le susurró al oído:
—¡Soy tu Perla, seré tu Perla!
Bridget se sentía relajada, extrañamente ausente y en cierto modo se sorprendió al oír como yo pronunciaba estas palabras por sus labios.
Tras unos silencios Bridget sintió la mano cálida de Sire acariciar sus piernas, recorriéndolas muy lentamente con sus tersos dedos haciéndole sentir un tacto firme en voluntad y temblorosamente tierno por su natural inocencia.
Sus piernas se entreabrieron un poco, lo suficiente para que Persifal entendiera que podía continuar. Persifal mantuvo la caricia por debajo de la rodilla, no tenía prisa por ascender, aunque lo deseaba. La deseaba enormemente, el olor de la entrega de Bridget se mezclaba con los olores de la humedad de la selva.
Las luciérnagas eran cada vez más. Estaban rodeados de un universo de lucecillas intermitentes que vestían el sexo de emoción y dulzura.
Bridget quiso compartir el maravilloso espectáculo con Persifal y
Sir girando suavemente la cabeza con su mano se lo mostró:
—¡Mirá!Persifal se quedó sin respiración. Bridget le asió fuertemente la mano, se levantó y juntos se adentraron en las ruinas de la selva andando por caminos que no se veían, pero se intuían, y rodeados por la indescriptible belleza de miles de resplandores tenues que por un lado se encendían y cuando se apagaban se encendían por otro. La luna brillaba en el cielo, alta, hermosa como una candela siempre prendida. La selva observaba, miraba y las ruinas les protegían.
Bridget i Persifal en medio de ese entorno creían entender el lenguaje del amor de las luciérnagas y allí, al pie de una piedra inmensa y ovalada, se entregaron desnudos mientras los mágicos ojos de la selva les observaban iluminados por la luz de cientos de tintineantes farolillos.
3 Abuelita: mecedora
La encantadora señorita estaba radiante e incluso el viejo se inquietó al contemplar todo su esplendor, se quedó un instante absorto sin levantar la vista de los pies de Bridget y como en una acción irreflexiva y un tanto involuntaria con la vara le alzó levemente el vestido hasta que aparecieron ante su mirada los tobillos y el inicio de las pantorrillas.
Comodoro estaba inquieto, sus amigos lo atribuían a que llevaba muchas horas sin beber y seguramente le apetecía una completa de ron. No, no era eso, pero sentía sequedad en la boca, emitió un par de chasquidos y se frotó las manos mientras su lengua asomó un instante entre sus labios, luego mientras se frotaba la cara dijo:
—Yo me voy a tomar4. ¿Vosotros qué hacéis? ¿Vamos?
—¿Dónde vamos a ir ahora? ¡Ya empezamos con la jodedera! —respondió Sir Persifal.
Bridget, intervino con tono suave y calmado:
—Sí, vamos.
El Comodoro McQuency y la encantadora señorita Bridget marcharon hacia el Hotel Lacayo. Sir Persifal se quedó, se recostó en la arena apoyado sobre los codos con las rodillas dobladas; su mano derecha levantó la camiseta y dejó su vientre al descubierto, miró al viejo, giró la cabeza intentando ver a la gente agazapada, encendió un cigarrillo y pensó que a él también le apetecía un trago.
Así se durmió y soñó conmigo.
Ante sí se abrió un cielo azul celeste con nubes blancas de algodón que se transformaban en la espuma de las olas que chispeaban en el azul de un mar en cuyo fondo brillaban blancas perlas. El Sol convertía el azul en una maravillosa colección de tonos cobrizos. Alguna de las perlas conseguía mimetizar el tono y cambiaba de color. El viejo, girándose al ver la agitación de los sueños de Sir Persifal, lo miró y le escuchó pronunciar una palabra hermosa, Mazatlán. El viejo la repitió despacio silabeando —Ma–zat–lán— y Sir Persifal susurró:
—La Perla de Mazatlán.
La tormenta poco a poco fue desapareciendo del horizonte. Los dioses volvían a estar en paz.
—Mañana los pescadores pagaran su deuda con el mar —sentenció el viejo.
El sueño de Sir Persifal fue plácido, tranquilo y sosegado hasta que empezó a sentir un pie que lo golpeaba.
—¡Despiértese chele5! ¡Despiértese! ¡Su brother6 y su compa acabarán bregando con otros cheles! Su brother está muy bolo,7 compadre; tomó demasiado trago. A su brother le van a cachimbiar8. ¡Vamos chele! ¡Vamos! ¡Va a haber una bolincheada9!
Sire se levantó apresurado, sin saber qué hacía ni que ocurría. Corrió tras el muchacho que le despertó en dirección al hotel, con las prisas apercibió de manera confusa, que el viejo ya no estaba a su lado.
Tal vez los dioses se habían apaciguado, pero las olas estaban muy encabritadas y le pareció que una gran resaca arrastraba algunos cadáveres de tortugas limpiando de sangre la zona más próxima a la orilla.
Mientras Sir Persifal y el muchacho corrían pequeñas gotas ensangrentadas salpicaban sus tobillos, con mayor consciencia hubiera pensado que era un augurio, pero ahora Sire sólo actuaba por inercia. No tardaron en llegar al hotel, al porche.
La escena era un tanto desoladora y cómica, Sir Persifal no supo si echarse a reír o a gritar. Bridget bailaba encima de la barra agarrada a una botella de Flor de caña e increpando a los clientes que la miraban perplejos.
—¿Cochones10, que sois todos unos cochones! ¿Qué miráis gringos pendejos11? ¿Nunca habíais visto una mujer?
El Comodoro, que estaba en medio del porche entre las mesas, montaba un caballo viejo y flaco al que había colocado un sombrero de paja en la cabeza y llevaba no una, sino dos botellas de ron, una en cada mano; iba descamisado y gritaba, desgañitándose:
—¡Baila Bridget! ¡Bailá! ¡Bailá y bebé!
El Comodoro intentaba cabalgar, movía la cadera hacia delante y hacia atrás a la par que sacudía con las dos botellas a ambos lados de la grupa. El caballo no se movía. Agarró el sombrero del caballo y lo lanzó hacia Bridget. El caballo seguía quieto, aunque él no dejaba de gritar:
—¡Arre! ¡Vamos Bridget! ¡Salta! ¡Monta conmigo! ¡Demostrémosles lo que es cabalgar! ¡Galopá conmigo!
Bridget, andando por la barra se acercó e intentó subirse de un salto al caballo. No lo alcanzó, se quedó a medio camino y afortunadamente cayó de pie encima de una de las múltiples mesas en medio de vasos, hielo, botellas y limas exprimidas.
El caballo se encabritó y cuando se puso de manos el Comodoro intentó agarrarse cayendo inevitablemente al suelo, sin soltar las botellas.
El viejo penco corrió desbocado tirando aún más sillas y más mesas en dirección a la playa.
Sir Persifal continuaba riendo a carcajadas, mientras el resto del público aguardaba un absoluto silencio viendo el dantesco espectáculo.
Bridget se levantó, el Comodoro también pronunciando por enésima vez su frase para estos casos:
—¡Ah, ja, ja, ja! ¡Si no fuera por estos buenos ratos!
Se abrazó a Bridget para después dejarse caer los dos, espalda con espalda y compartir un trago más en el suelo.
Sir Persifal no sabía si se habían percatado de su presencia, así que, les saludó con una amplia sonrisa mientras negaba con la cabeza.
Comodoro y Bridget le miraron hasta que el ruido de unas pisadas les hizo fijar la vista en unas botas militares; alzaron la cabeza y vieron, tras los cristales verdes de unas gafas de sol con montura dorada, el rostro del Jefe de la Policía Departamental.
—El Comandante Ray-Ban —pensó el Comodoro.
Parecía un hombre plácido y tranquilo de gesto tan inexpresivo que dificultaba saber si estaba contento o malhumorado. El que vistiera con aire marcial y ropa de color verde olivo sugerían una agresividad muy acorde con su puesto que aumentaba por el efecto intimidatoria del uso de sus gafas de sol hasta por la noche.
Venía de la Casa de Protocolo, presuntamente atraído por la escandalera. Conocía a los tres, el Comodoro más de una noche había bailado con su esposa, una mujer realmente hermosa.
—Dios misericordioso guarde a usted, Señor Comisionado12 – Fue el saludo del Comodoro al Comandante acompañado de un amago de gesto nazi con el brazo levantado y en la mano una botella ya vacía de ron.
Sir Persifal se sumó al saludo:
—Buenas noches, ¡ya ve! Aquí los muchachos celebrando la noche se han animado un poco.
—Ya veo ya y supongo que el bacanal13 ya terminó, así que agarre a Bridget y al Comodoro y … acuéstense. Sir, espero que cubran los daños y que no haya denuncia.
En ese mismo instante, justo después de dar la espalda a Persifal, se detuvo y sin girarse le aconsejó:
—¡Ah! y límpiese los pies. Creo que mañana desayunaré con ustedes.
El Comodoro no pudo reprimir el sarcasmo:
—Está usted invitado, Comisionado, nuestra casa es su casa —dijo con la voz entumecida.
Sir Persifal se miró los pies y en ellos tenía unas salpicaduras de sangre, miró el sombrero que lanzó el Comodoro y lo reconoció. En un rincón de la barra, abandonada, también estaba la vara del viejo.
El sol no tardó en aparecer avanzando despacio su reveladora y cálida luz por el suelo del porche, como si la luz del día quiera mostrar la suciedad, el desorden y los malos augurios de aquella noche.
4 Tomar: beber
5 Chele: extranjero, de piel blanca
6 Brother: amigo.
7 Bolo: borracho.
8 Cachimbiar: golpear
9 Bolincheada: pelea
10 Cochón: homosexual, usado como insulto en sentido despectivo, maricón.
11 Pendejo: tonto.
12 Cita de “El Güegüense” en la que sustituye el término Gobernador por Comisionado.
13 El bacanal: fiesta
Sir Persifal subió al primer piso y entró en la habitación. Esta tenía un balcón que daba a la playa y tres camas: una para la encantadora señorita Bridget, otra para el Comodoro McQuency y otra para él; había una mesa cuadrada que alguna vez había sido verde, un armario de dos puertas sin pomos y desconchado y una silla de madera con el asiento abombado por la humedad. Este era el decorado de la pequeña estancia que llamaban “la habitación“, solo aquella estancia del Hotel Poneloya era nombrada así, al resto de espacios con camas los definían como cuartos, dormitorios, rooms… La habitación estaba separada de los cuartos de al lado por dos tabiques de madera que no llegaban hasta el techo, este detalle permitía el sigiloso vuelo nocturno de los murciélagos; el suelo también era de madera y en él se veían grabadas a fuego unas marcas en forma de espiral fijadas por los repelentes para zancudos14.
Su pie tropezó con una botella que rodaba por el suelo, tomó un trago olvidado que había quedado en ella y la dejo en la silla desde donde cayó rompiéndose. Miró los añicos con desprecio, le había sabido a poco y no sabía qué pensar.
La cabeza le bullía, él apenas había bebido, pero el sueño, el viejo y las imágenes de la playa le perturbaban. Recordó al Comandante y miró sus pies, ahora se había cortado con los cristales de la botella.
Se acostó en el catre y oyó unos gemidos que procedían del cuarto de al lado, una pareja practicaba sexo; eso le tranquilizó y pudo cerrar los ojos.
Era yo, era La Perla, volvía a encantarle en ese estado entre la vigilia y el sueño, apareciéndomele como una imagen nítida y clara. Sí, me veía.
No podía plantearse nada, tan solo contemplaba las crípticas imágenes que le llegaban, un Sol, una Luna. Parecía que cuando él se veía Sol yo me veía Luna y al revés, como si un misterioso encantamiento nos hubiera encadenado a un bucle eterno en el que solo nos veíamos en estados de conciliación.
Un rostro que era Sol y era Luna, un rostro que vivía de noche con la radiante y calurosa vitalidad de la estrella, pero que de día tenía la serenidad cautivadora de una Luna llena. Así era ella, como su nombre: Perla.
Sentía que mi pelo, suelto, hermoso, iluminado, claro y ligero, con un roce ya debía de ser la más placentera de las caricias, percibía que emanaba sensualidad y que se podía enredar y desenredar entre los dedos de su mano cuando lo entrelazara jugando para germinar como la belleza de los rayos del Sol que nos impiden ver más allá y los de la Luna, que nos acompañan e iluminan en la oscuridad. Ojos preciosos de tonos arbolados en los que él veía la profundidad de un inmenso bosque de castaños, testigos de un mundo que deseaba habitar, vitales, ricos, dulces, acaramelados, unos ojos que al ocultarse tras los párpados seguían siendo cautivadores.
Sonrisa de labios carnosos y cálidos, un arco iris que sorprende la mirada de un niño, un latigazo al corazón. Parecía talmente como si le sacudieran el alma, emoción tras emoción. ¿Cómo no sentir el deseo de besar, de acercarse a mi rostro y amar?
—¡Mierda de cristales! ¡Sir, despertate! ¿Qué coño has hecho con la botella? ¡Vaya la que has liado! ¡Tú y tus cuelgues! Está la pasma. El Comandante dice que quedó esta mañana contigo.
El Comodoro venía a despertar a Persifal un tanto de mal humor pues tan solo habían pasado dos escasas horas desde el espectáculo nocturno que protagonizó con Bridget.
—Ya va ya va, joder. No me toques los huevos. ¿Hay café? —Respondió Sire, no con mejor tono.
—Abajo.
—¿Y Bridget?
—En el agua, mírala.
El Comodoro señaló en dirección al mar. Bridget estaba luchando en medio de un oleaje demasiado fuerte para un baño calmado, gritaba y maldecía, sin dejar de ser observada por el Comandante.
—Por cierto ¿tú sabes que quiere Herr Comandant?
—No, no sé. Imagino que será por lo de anoche.
—Y… ¿Se puede saber qué hiciste?, no parece de muy buen humor.
—¿Qué hice? ¿Qué hice yo? Y vosotros… ¿Dónde os habéis despertado, por cierto?
—Abajo.
—Y ¿todo en orden?
—¡Uf! ¡Me va a explotar la cabeza! Y tengo el cuerpo dolorido, como si me hubieran pisoteado y Bridget no mucho mejor, no. Se ha levantado entre el caos y se sentía sucia, por eso está en el agua
—Está bueno, pues ya nos vamos entendiendo, así que procura recordar, no quiero aguantar mucho rato el taladro de Herr Comandant.
—Estás equivocado Persi, o al menos eso creo, Herr solo ha preguntado por ti, te estará cogiendo, cariñín —el Comodoro enfatizó las dos últimas palabras esbozando una sonrisa muy picarona.
Bajaron juntos las escaleras. El porche continuaba tal y como Sir lo recordaba de la noche anterior, algunos clientes los miraban, tal vez porque el Comodoro todavía andaba en calzoncillos y Persifal con tantas prisas no se había cambiado de ropa y la sangre seguía manchando sus pies, o porque sabían que eran los responsables del desorden, la suciedad y el caos.
Se sentaron en una mesa al lado dos cajas de cervezas vacías, recuerdo de los que allá estuvieron sentados la noche anterior, y repletita de platos sucios; había restos de pargo frito en unos y de pargo entomatado en otros. Al verlos, el Comandante se acercó a la mesa y tras colocar una silla entre Sir y el Comodoro también se sentó.
Cada uno de ellos miró a los otros dos. El Comodoro molesto por la ausencia de buen servicio limpió la mesa de un manotazo causando un gran estrépito .
—Parece que hoy está especialmente guapo, Comisionado, ¿amaneció bien? —ironizó el Comodoro.
—¡Mesero! Lo de anoche… —gritó Sir Persifal frotando con la punta del dedo índice de la mano derecha con la del índice de la mano izquierda15 y señalando con los labios a Comodoro.
El Mesero se acercó con una bandeja en las manos, traía cuatro cafés americanos y cuatro vasos de agua helada. Mirando a Sir le dijo:
—Ya supuse, con lo de anoche son unos 100 dólares. ¿Desean alguna cosa más?
—No, creo que no, gracias —respondió Sire.
El Comandante miraba como Bridget se acercaba; iba envuelta en un colorido pareo y al llegar junto a Herr Comandant apretó la melena entre sus manos escurriendo unas gotas de agua del mar, entonces lo saludó dándole la mano para que se la besara. Nunca le había caído bien el Comandante y esa fue su forma de reírse de él.
—Ahoritita ya estamos todos. Señores, señora y aunque aprecio su compañía y su sentido del humor estoy aquí por un motivo oficial. Anoche …
—Sí, sí, sí —interrumpió, el Comodoro, con tono monótono y muy despacio, para hacerle notar que sus rodeos le parecían cansinos—. Anoche causamos un pequeñito estropicio, tomamos un poquitico, se ocasionaron unos destrocicos y al ratito pagaremos con dolarcicos. Poquitica cosita, nada de qué preocuparse.
—Anoche —insistió Herr Comandant bastante irritado y mirando un tanto perplejo al Comodoro—, anoche cuando llegué aquí alertado por el propietario y los pasajeros de los demás cuartos observé que, usted, Sir Persifal, llevaba los pies y el bajo de los pantalones salpicados de sangre, tal cual los lleva ahora.
—¿Lo ves Persi? El Comandante quiere salir contigo.
El Comodoro como respuesta solo obtuvo una servilleta sucia que Sire Persifal le lanzó.
—Sí, anoche me corté con una botella, sí, se rompió una botella en la habitación y me hice estos cortes. Si quiere puede subir y confirmarlo. Verá los cristales y supongo que restos de mi sangre y de la del Comodoro, él también se ha cortado; pero… ¿por qué tanto interés, Comandante?
—Apareció un cadáver en la Peña del Tigre, les ruego guarden la máxima confidencialidad. Se trata del Licenciado Namayori, un vecino de Las Peñitas y padre de la doctora Montenegro, la esposa de un rico industrial salvadoreño que con su marido e hija han pasado la noche en la Casa de Protocolo. El licenciado Namayori parece ser que después de visitar a su familia salió a dar un paseo por la playa y hace tan solo unas horas encontramos su cadáver.
—Y… ¿Qué tiene todo esto que ver con nosotros, querido comandante? — preguntó con curiosidad Bridget mientras se subía el pareo que empezaba a mostrar sus pechos aún húmedos.
—No lo sé, por eso vine a preguntarles. Sé que tienen por costumbre pasear por la playa y me consta que anoche estuvieron platicando con la víctima.
El Comandante metió su mano derecha en el bolsillo izquierdo de su camisa, sacó una fotografía que acercó a la mano de Sir Persifal y Bridget de manera fulminante la intervino con solo dos dedos y por una punta, no quería mancharla.
—¡Si! ¡Sí que estuvimos con él! ¡Es el viejo de las tortugas y las tormentas! Pensaba que era pescador o lo había sido y resulta que es todo un señor licenciado.
—Era —matizó el Comandante— y no lo era. El tratamiento de licenciado se le dan, se lo dieron sus convecinos, por sus conocimientos de la cultura náhuatl y sutiaba
—¡Mira! ¡Mirá! —dijo Bridget mientras le pasaba la fotografía al Comodoro.
McQuenzy empalideció de inmediato, guardó silencio unos tensos segundos y esforzándose se dirigió al Comandante, primero titubeando ligeramente:
—Es él. Estuvimos un buen rato, conversó sobre las paslama, las de los huevos —y añadió con tono sarcástico y seguro—, las de esos huevos que con un poquito de chilito a usted le gustan tanto, Herr… jefe, aunque estemos en período de veda. Pero había más gente. Nosotros nos volvimos a tomar, Bridget y yo. Persi se quedó por la playa.
—Sí, así es, pero me quedé dormido.
—Okey, okey, supongo que todo está en orden, no creo que deba tomarles declaración, por el momento; pero no se alejen demasiado sin antes avisarme.
—¡Ah! y procuren celebrar sus cosas con menos… entusiasmo, mírense: bolos, con goma16, sucios, deberían de tener pena17. No me extraña que los gringos que se alojaron acá anoche se escandalizaran con ustedes.
—Así será, siempre a sus órdenes —gritó Comodoro de pie, encima de la silla, despidiéndose marcialmente del Comandante mientras este se iba negando con la cabeza.
El Comodoro raras veces controlaba sus impulsos, se divertía usando el mundo como un escenario y exhibiendo su seguridad ante su público, la humanidad; y el Comandante siempre le provocaba reacciones histriónicas. Era su punto Groucho que de vez en cuando dedicaba al auditorio.
La fotografía se había quedado encima de la mesa, Sir Persifal la guardó y se levantó.
—Voy a tomar un baño. Realmente parezco un chancho18 y a ti tampoco te vendría mal, Comodoro.
—Nos vemos en la playa. Quiero acabar de saborear mi primer café del día.
—Yo no, yo me acostaré un rato, —dijo Bridget mientras hacía una breve pausa para mirar al Comodoro— sola.
Sir Persifal se alejó en dirección a la playa, cuando llegó se desnudó y se adentró en el mar directamente, sin titubear. El agua le reconfortaba, sumergió la cabeza, la sacó unos instantes dejando que sus cabellos se peinasen hacia atrás y volvió a sumergirse. Se sentía mejor y no le apetecía nada recordar la realidad del ayer.
Buceó, se sumergía hasta que su pecho acariciaba el fondo del mar y solo emergía a la superficie para respirar. Finalmente salió, se tumbó en la arena, el sol le molestaba en los ojos, los cerró. A su lado se echó Comodoro, tenía mucha goma y mucho sueño.
—Quiero dormir un poco.
—Duerme Gabriel, duerme y descansa
—Buenas noches Persi.
—¿Se encuentra bien, Bridget?
—Supongo… ya se habrá acostado.
Los dos cuerpos permanecieron inmóviles en la playa hasta que un rato después Sire puso fin al silencio.
—Comodoro, ¿estás despierto?
—No.
—¡Vamos al agua, te sentará bien!
—¡No! ¡No! ¡Déjame! ¡Me quedo acá un rato!
—¡Venga! ¡Vamos!
Sir Persifal tendió la mano a su amigo y tiró de él con la intención de ayudarlo a levantar, pero el Comodoro se dejaba arrastrar, jugaba a oponer resistencia sin facilitar ni dificultar en exceso la acción hasta que llegó a la orilla. Allí Sire le dejó solo, panza arriba, con el oleaje espumando su rostro y entró en el agua y se zambulló.
El Comodoro se incorporó hasta levantarse y permaneció de pie adormilado. El Sol le obligaba a mantener los ojos cerrados y cuando se decidió anduvo tambaleándose despacio mar adentro, poco a poco sus piernas se iban desvaneciendo, cuando el agua le superó las rodillas se detuvo, se mojó las manos agitándolas dentro del mar, se humedeció con ellas los muslos, los brazos y el pecho un par de veces y siguió avanzando.
Sir Persifal, volvió a llamar a su amigo:
—¡Venga! ¡Anímate! Ya sabes que solo es un segundo largo de frío y luego está ¡riquísima! Además, te hace mucha falta.
El Comodoro se miró e instantes después de no reconocerse le entró la risa, realmente su aspecto era deplorable. Los cuatro pelos largos y alborotados que despoblaban su cabeza, la cara sin afeitar desde hacía dos días, el bigote mal recortado y despeinado, vestía solo unos calzoncillos que alguna vez debieron de ser blancos, ensanchados por el uso continuado de modo que apenas se le sujetaban a la cintura; la cara enrojecida por el Sol, los brazos y parte de las piernas de color moreno y el resto del cuerpo amarillo blanquecino, tal vez porque un señor del infierno Ahalpuh19, le había hecho enfermar o por un exceso de guaro20, o por un efecto secundario del Resochin21, en resumen, fuera como fuese tenía el hígado jodido.
Finalmente se sumergió de cabeza de un solo, sin tomar impulso y con los pies juntos; sus calzoncillos aparecieron flotando unos segundos después a su espalda, fue tal su liberación que no pudo dejar de esbozar una enorme sonrisa acompañada de una sutil exhalación.
Nadie más se bañaba, estaban juntos, el uno al lado del otro, bajo un sol resplandeciente opuesto a la orilla que les obligaba mirar en dirección el Hotel Lacayo, donde solo había una tina mal parqueada. A su derecha, en la cima de una peña rocosa que dominaba la playa, la Casa de Protocolo y a su izquierda una larga hilera de casitas que recordaban el antiguo esplendor del balneario con sus descoloridos tonos verdosos y azulados. La mayoría de las viviendas estaban deshabitadas, entre ellas y la playa había matorrales y algunas palmeras y al fondo la bocana.
Desde allá una silueta se acercaba, se identificaba de modo claro. Era una mujer gruesa, recia con el pelo murruco, negra y con un vestido blanco, impecable; en la cabeza llevaba un canasto, seguramente cubierto con frutos del mar, a cada paso meneaba la cintura, haciendo sentir las curvas de su cuerpo, caminaba cerca de la orilla y desde esa distancia daba la impresión que se deslizaba sobre el agua.
Conforme se acercaba se hizo perceptible una tonada y ,a cada paso que avanzaba, se iba apreciando mejor, no solo la música sino también la letra. Era una canción que hablaba de una mujer unida a un destino común al de un hombre, una letra romántica y melancólica sobre una bella perla que quería ser abrazada en un atardecer mágico por un hermoso extranjero que ya partió, en forma de cenizas, al fondo del mar.
El Comodoro al verla pensó que Elvis no era el rey de la pelvis y esbozó una mueca que debía ser una risita abortada. La mujer pasó frente a ellos y, deteniendo el tiempo, la melodiosa voz colmó las entrañas de Persi.
La mujer negra unos segundos después se giró, tenía la mirada ausente cubierta por un minúsculo universo de emoción. Poco después ya había desaparecido, pero aún se oía su canción.
Salieron del agua, empezaban a recuperarse de la noche y de la mañana. El Comodoro entonces preguntó a Sire.
—¿La conoces?
—A ella no, pero sí a la Perla.
Estas salidas de Persi descolocaban al Comodoro y le parecían algo irritantes, por lo que decidió no seguirle el juego y cambiar de tema.
—Creo que necesitamos descansar. Llamemos luego a Bridget y nos vemos para comer, ¿te parece? yo me acostaré un poco, pero en la cama.
—Bien, yo quiero acercarme a Las Peñitas, me apetece.
—Okey, nos vemos entonces al atardecer, en Las Peñitas
—¿Quedas tú con ella?
—¡Eh!
—Con Bridget me refiero.
—¡Ah sí, sí! no te preocupes, cuando llegue a la habitación hablo con ella.
—Yo también subo — mirándose hacia abajo Persi añadió:
—Tengo que vestirme.
14 Zancudos: mosquitos
15 Frotar los dedos índice: gesto utilizado para pedir la cuenta.
16 Goma: resaca
17 Vergüenza
18 Chancho: cerdo
19 Ahalpuh: señor del infierno de la cultura maya cuyo oficio era hinchar a los hombres, producirles materias purulentas y causarles amarillez en sus rostros
20 Guaro: Ron
21 Resochin: medicina preventiva contra la malaria.
La cadencia de la canción era repetida mentalmente por Sir Persifal, la iba tarareando una y otra vez reinventándose una letra que cada vez recordaba con mayor dificultad hasta el punto que se le había quedado grabada tan solo una palabra “yemayá”. Estaba convencido de que, a pesar de los cambios, sus rimas todavía representaban la misma idea hasta que un rato después ya, finalmente, se dio cuenta que le encantaría volverla a oír porque ya la había olvidado y solo le había quedado la sensación de que era muy bella.
No sabía bien qué hacía en Las Peñitas, estaba allí por el Viejo, el licenciado Namayori, pero nada más. En Las Peñitas no conocía a casi nadie, rara vez se acercaba, así que sus ojos miraron a su alrededor escrutando los detalles.
Recordó una historia, la del duende de los manglares, se la relató el ingeniero Pedro Namayori, «tal vez estuviera emparentado con el viejo» pensó. El ingeniero se crió allá, de hecho, la historia del duende acontece muy cerca de Las Peñitas.
Pedro le contó una mañana que cerquita de Las Peñitas se habían visto las pisadas del duende, estas eran muy peculiares porqué además de pequeñas tenían los pies volteados. Pedro lo llevó a ver las pisadas ya en el lugar y sin haberlas localizado le contó que de chiquitín, cuando andaba cerca de allí cargando leña con su papá, se regresaron donde el carrito y encontraron todos los clavos del revés, fue una travesura del duende de los manglares. Entonces, los mangles ya no estaban, era una historia que tenía más de 40 años y quien sabe si aquel duende que una vez habitó en el manglar desapareció con los árboles.
Andaba absorto con sus pensamientos y apareció a pie de la playa, paseó un rato hasta que la tentación de la arena plana, y lisa como una hoja de papel, y la presencia de una pequeña rama abandonada por la bajamar le generaron el impulso de escribir. Y con la rama en la arena compuso una canción que le sonó linda, como la que oyó en la mañana, aun siendo totalmente distinta.
Y yo he soñado que tú estabas a mi lado,
contemplando la puesta de sol, en un cielo multicolor
donde empezaban a nacer las estrellas.
Era un sueño sin palabras,
De miradas, juegos,
risas y sonrisas;
no era necesario hablar de amor.
El amor nos hablaba.
Miró el poema, «era una muestra del encanto de lo efímero —pensó— aunque el Comodoro lo llamaría mierda cursi». Giró la cabeza apenándose de que nadie más leyera los versos, la marea subía. Sir Persifal se alejó abandonando el sueño a su suerte, «ahora sí es sin palabras», musitó sonriendo al destino.
Se dirigió a un ranchito que había a la entrada de la calle principal y por el camino se cruzó con un par de chavalos, un muchachito y una muchacha. Él vendía prensa y llevaba un uniforme escolar: camisa blanca y pantalón azul oscuro; ella llevaba un gran canasto de mimbre con dulces y tabaco y un vestidito limpio y de color azul descolorido por encima de la rodilla con un ligero voladillo; al muchacho le compró el Nuevo Diario y Barricada y a la muchacha tres paquetes de Belmont.
Se acordó de Estela Patricia, una alegre niña trasnochadora y trabajadora que también vendía tabaco y dulces de ranchito en ranchito, la mayor de seis hermanos, un dulce negro, el corazón de Nicaragua.
Encendió un cigarrillo, aspiró el humo con fuerza y el filtro amarilleo rápidamente y en ese trago absorbió una amarga emoción llena de amor.
Entró y pidió una Victoria, esperó a que se la sirvieran ojeando el periódico, buscaba en la prensa de la mañana si ésta había recogido la noticia de la misteriosa muerte en las playas de Poneloya. Seguramente era demasiado pronto para que hubiera aparecido.
—Nada –expresó su pensamiento en voz alta.
El hombre que le sirvió la cerveza al oír que Sir Persifal hablaba, le interpeló:
—¿Qué pasó chele? ¿Quiere algo?
—Va bien, gracias, solo miraba si la prensa publicó algo del Licenciado Namayori, pero ya que estamos regálame22 otra cerveza.
—¿El Licenciado Namayori? ¿Y qué pasó con el licenciado, pues? — preguntó intrigado-.
—¡Ah! ¿No sabe? El licenciado murió anoche.
—¿Cómo? Si, ayer por la mañana platicó con unos compadres acá, y conmigo, tomando. Estaba bien ¿qué pasó, chele? Contame. ¿Se le acabó el tiempo al viejo?
—Fue a ver a su hija, parece que está en la Casa de Protocolo y su cuerpo ha aparecido en la playa. No sé más.
—¡A la púchica! ¡La vieja ciega, será chancha bruja! Ella vino esta mañana y dijo que anoche sintió La Carretanagua23. La Muerte Quirina24 anunciaba la muerte de alguien. Al licenciado se lo llevó la Muerte Quirina en La Carretanagua. ¡Tenía razón la ciega!
Sir Persifal movió la cabeza mostrando su desconcierto y asombrado de que la gente tuviera aún este tipo de creencias, aunque a él le encantaban y le gustaba escucharlas.
—¿A mirar a su hija? —insistió el mesero.
—Sí, una que vive en El Salvador.
—¡Ah, Alicia del Carmen! la esposa del ingeniero Montenegro, no sabía que llegó, hace años que nadie sabe nada de ella y ayer Rigo no dijo nada de su hija aunque platicó largo de su mujer, es extraño.
Viendo que tenía ganas de hablar, Sire le dio un nuevo pie con afán de saber más:
—Veo que conoce mucho a la familia.
—Como no, el licenciado nació acá, en Las Peñitas, era brother de mi papá hasta que se dijo que pacto con Chico Largo. Se regresó hará más de veinte años. Él estuvo en México, vivió allá un cachimbo25 de años y en todo ese tiempo solo se vino una vez, antes del terremoto, creo. Dicen que Guadalupe, su nieta, nació acá. Mi tata me contó una vez, parece que se encapricho de una negra26, tuvo cabanga27 y se marchó tras ella. Se dice que por ella fue un pactado.
—La negra debía de ser preciosa.
—¡Claro, un copete negro, ¡clase lora copete negro! decía mi tata; ayer mismito yo vi una foto de ella, era realmente hermosa.
—Y…Alicia del Carmen ¿es hija suya?
—Sí, sí lo es, pero con las hijitas hay una historia fea, gringo.
—No, no soy gringo, soy español.
—¿Español? Ah sí, está bueno pues. Yo conozco a uno, el Gabriel le dicen.
—El Comodoro, ¿Conoce al Comodoro?
—¡Cómo no! Vino mucho por acá cuando halaba28 con María Eugenia. Se mira que usted también lo conoce, pues. Él trató bastante a Rigoberto.
—El viejo Namayori y el Comodoro, ¿se conocían?
—Ay Sí, así es, Rigoberto es muy conocido y Gabriel fue uno de los que estuvo en la pelota de ayer por la mañana con el licenciado, algunas gentes lo evitaban, pero no el Gabriel, el que usted llama Comodoro.
La confusión de Sir Persifal era enorme, la revelación que se le acababa de presentar ofuscó por completo todos sus demás pensamientos. Demasiados interrogantes en su cabeza por un asunto que ni le iba ni le venía. Sire no entendía por qué tenía tanta preocupación por este asunto.
Se quedó pensativo tomando su segunda cerveza, mientras el mesero se fue, seguramente para comentar la noticia.
22 Regálame: véndeme
23 Carretanagua: carreta fantasmal que se aparece en las noches tirada por dos bueyes desnutridos y extremadamente delgados para anunciar la muerte de alguien. Cuando alguien fallece se dice de él que se lo llevó la Carretanagua. Cuando llega a una esquina no gira y desaparece apareciendo en otra calle
24 Muerte Quirina: La muerte es la Quirina, ciste con vestido blanco y negro a rallas hasta los pies que porta una guadaña. Aparece en el Baile de los Diablitos de Masaya.
25 Cachimbo: mucho.
26 Negra: mujer.
27 Cabanga: añoranza.
28 Halar: ser novios.
El Comodoro se acostó en la misma cama que Bridget, no le apetecía dormir solo; al sentir que tenía menos espacio Bridge soltó una queja ininteligible y se desplazó dejándole el lado exterior de la cama y se acurrucó junto a ella en minutos ya estaba plácidamente dormido.
Al cabo de unas horas el ruido causado por Bridget mientras buscaba su ropa le despertó.
—Ya es tarde Comodoro, recuérdame que pida que limpien la habitación, esta asquerosa: cristales, sangre, colillas por el suelo, bebidas, olor a sudor, a tabaco, ropa sucia, restos de comida y tres personas durmiendo aquí. ¡Vaya mierda! Por cierto y Sir, ¿no está? no lo he oído llegar y yo diría que no se ha acostado.
—No, bueno sí. Antes debió dormir un poco. Hemos quedado que nos reuniremos con él en Las Peñitas, está muy extraño, no sé si deberíamos preocuparnos.
—Supongo que sí, los tres solo nos tenemos a los tres y yo … estoy, que no sé si estoy, no recuerdo nada de anoche, solo del capullo del Comandante y la desaparición. ¡Mierda de habitación!
—Bueno ya lo averiguaremos... Yo también te quiero, me voy a vestir.
—¿Sabías que las tortugas tienen como memoria fotográfica y después de unos años, diez o quince, creo que son, no sé, regresan a anidar donde nacieron?
—Algo así tenía entendido, sí.
Al girarse Bridget para ponerse las bragas.
—Bridget, ¿te has visto la espalda? ¿Cómo te has hecho esto? Tienes un buen moratón.
—¡Buf! No sé, déjame. Creo que me caí. No te preocupes tanto por mi Comodoro, mírate: las pupilas cada día están más amarillas y tu piel se va poniendo a juego, debes de tener el hígado para servirlo como un excelente foie al ron.
—¡Pues si vieras como meo! ¡Es Coca-Cola!
—No, gracias.
—Aligera, te espero abajo. ¿Te pido algo para comer?
—Sí, pídeme cualquier cosa.
Bridget bajó la escalera silbando, el porche había adecentado su aspecto y volvía a ser un lugar agradable y tranquilo donde estar. No había nadie, Bridget entró en la cocina y pidió comida para el Comodoro y para ella.
En la barra había una nota de Persi para ellos dos que decía:
Hola C y G,
He quedado con El Comodoro en Las Peñitas, pero no sé si se ha enterado muy bien, os lo recuerdo.
Estaré por allí, a ver si me relajo un poco de toda esta historia del licenciado Namayori.
Ando preocupado, ya sabéis que estuve con él. Además, tengo visiones, es como si me estuviera enamorando de alguien que no conozco y ese alguien no deja de llamar a mi puerta.
¡Pufffff! Historias del Sire… diréis.
Pasaos por ahí y comemos o nos pegamos unas medias.
Hasta luego, un beso y un abrazo y ya sabéis cómo repartirlos.
Sire
La leyeron y pensaron que si Sir tenía algo que contarles ya lo haría cuando lo considerase oportuno. La nota no les apresuró, como él dijo: «historias del Sire» así que comieron tranquilamente.
La encantadora señorita Bridget y el Comodoro McQuency, se dirigieron dando un paseo hacia Las Peñitas, fueron andando porque no les apetecía esperar ni agarrar la ruta procedente de León. Contemplaron el paisaje en un agradable paseo, hablando y saludando a las gentes que se encontraban a su paso. El Comodoro para amenizar el paseo decidió hablar a Bridget como si fuesen personajes del siglo XIX, para bromear con sus apodos. Ella andaba con las manos a la espalda contoneándose y andando a pasitos que más bien parecían saltitos, emulando lo que creía una actitud coqueta de aquella época, fantaseaba con que llevaba un vestido evasé muy acampanado de color blanco con un gran lazo rojo en la cintura, calcetines altos calados de ganchillo y unos zapatos de charol negros de tacón bajo con cierre de correa y el pelo recogido con una cola de caballo que nacía desde la nuca.
—La próxima vez que salgamos a pasear a media tarde creo que deberíamos agarrar una sombrilla. A esta hora, estos días el calor es excesivo, ¿no os parece Miss Bridget?
—Sí, es realmente sofocante, pero en su agradable compañía merece la pena. Comodoro, será el frescor de su juventud —respondió Bridget.
Poco después se encontraron con Sir Persifal. La encantadora señorita fue la primera en saludarle:
—¡Buenas tardes Sire! ¿Cómo amaneció29 nuestro amigo desaparecido? — le preguntó mientras daba pequeños pasos a su alrededor con las manos en la espalda.
—Veo que habéis recuperado parte de vuestra humanidad —respondió Sire girando sobre sí mismo para seguir el paseo danzante de Bridget a su alrededor.
