La playa del hombre muerto - K. Dilano - E-Book

La playa del hombre muerto E-Book

K. Dilano

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Beschreibung

Daniel Albero, dueño de un próspero negocio de moda masculina en Barcelona, conoce a Alain Pinaud en una afamada playa nudista de la costa catalana. A raíz de su primer contacto sexual, comenzarán una serie de citas tan pasionales como turbulentas y cargadas de olvidos, malentendidos y negaciones que conseguirán ir destapando una verdad oculta por la familia de Alain, desde mil novecientos cincuenta y cuatro, que los mantiene unidos desde entonces y que tendrán que descubrir juntos para poder continuar con sus vidas.

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Seitenzahl: 460

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© K.Dilano

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1386-346-7

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA

.

Dedicado a mis ángeles, a mis guías espirituales y a ese cristal de cuarzo que un día me fue entregado.

A todos esos personajes de mis otras vidas.

A esos niños a los que un día vi y a los que se aparecieron sin verlos.

A los que están y a los que, ya, no.

A los que vendrán y a los que no me abandonarán.

Porque todo lo que soy, en estos días, proviene de ellos y de otras vidas.

Realidad o simple ensoñación.

Esta historia es, también, en gran parte real.

AGRADECIMIENTOS:

Una de las preguntas que más se le suele hacer a todo escritor de ficción es: ¿De dónde parten las ideas? En mi caso, suelen comenzar con una simple anécdota, experiencia o comentario que, según de quién proceda y de cómo se relate, consigue que prenda en mi interior la chispa que irá dando forma a una nueva historia. A partir de ahí, los protagonistas salen solos y, según tecleo en el ordenador los primeros diálogos, van surgiendo los personajes secundarios que darán sentido a la novela.

Recuerdo el chispazo que provocó el deseo de escribir cada uno de mis anteriores libros, aunque tuve que darle muchas vueltas a la cabeza hasta conseguir desentrañar en qué se convertirían. Sin embargo, con este último el proceso ha sido distinto, ya que, desde el comienzo y tras leer la anécdota que un amigo me contó en un simple mensaje de texto, supe que no solo había saltado la chispa para una buena historia, sino también la trama entera que daría vida a Daniel y a Alain.

Por ello, lo primero que quiero es dar las gracias a ese buen amigo y compañero de altos vuelos, David Romero. Gracias, David, por haber confiado en mí y haber sabido transmitirme esa excitante anécdota que guardas en tu corazón. Gracias por mostrarme el lugar, por tu cariño, por tantas risas compartidas y, sobre todo, por ilusionarte con esta historia tanto como yo. Y gracias por tus traducciones al catalán y por ser la fuente de inspiración de la que me he servido para hacer que Daniel Albero sea como es.

No quiero olvidarme de algunos otros compañeros de trabajo que han ampliado mis conocimientos sobre alguna de las materias a tratar en esta obra o, simplemente, han servido de inspiración de algún capítulo en concreto. Gracias, Javier Díaz y Esther, por ese beso de amor que os protegió de manera mágica contra la violenta reacción de unos pocos y que, al recrearlo en estas páginas, dio pie a la segunda parte del libro. Gracias, María Boto, por toda la información referente a la distribución de ropa de moda. Gracias, Christian Battaggion, por todo lo que me contaste sobre París y su gente y por ser la inspiración para darle voz a Alain, con ese correcto uso del castellano aliñado con un buen pellizco de acento francés. Gracias a mi querida Emilie Moreno, correctora y traductora del idioma vecino. Gracias a Susana Viejo, a Lola Alcázar y a Esther Carrasco-Muñoz por esas charlas que me ayudaron a profundizar en el vasto mundo de las vidas pasadas y de las energías entre almas gemelas. Gracias a Alfonso de Andrés y a Jesús González de Miguel por vuestros amplios conocimientos sobre la Guerra Civil y la época franquista y, en concreto, por haberme resuelto las dudas que tenía con respecto a la Policía Armada que operaba en aquellos años en nuestro país.

Por la parte de mi familia que ha puesto su granito de arena; gracias a mi hermano Pepe. Que te quiero, ya lo sabes, como también sabes que siempre ha habido o habrá un edificio, una obra, una casa, un piso que construir o reformar en mis novelas; en este caso, fue un local a pie de calle en la ciudad de Barcelona y, como de costumbre, tus conocimientos técnicos y consejos han sido fundamentales para darle forma en mi cabeza. Gracias a mis sobrinas, Alba y Nagore Crespo, ese par de bellas enfermeras (y matrona, también, en el caso de Alba) de las que estoy segura de que todo aquel que pasa por sus experimentadas manos se enamora sin poder remediarlo; gracias por vuestros conocimientos médico-sanitarios y por darle sentido a los accidentes o enfermedades de la novela y que con tanta paciencia revisasteis conmigo una tarde en Barcelona. Sois un par de maravillosos ángeles salvadores y, en los tiempos que corren, mucho más. Gracias, siempre, por ser como sois y por estar ahí para todos, ya seamos pacientes o amigos.

Por supuesto, mil gracias a mi primera lectora e íntima amiga, Montse Sánchez, por leer y comentar conmigo la novela con tantísimo entusiasmo. Eres la mejor primera crítica que toda autora puede tener. Es un privilegio que siempre tengas un hueco para mis escritos, y te adoro.

Y, por último, aunque no por ello menos importantes, quiero agradecer a estas tres personas el haber aparecido en mi vida en algún momento de la misma; gracias a Nieves, a la doctora Ángela Martín Dotor y a Brian Weiss. Tan solo he conocido en persona a las dos primeras. Sin embargo, sí que he escuchado las voces sugerentes y evocadoras de los tres en varias sesiones, y esas voces, así como los conocimientos que me han inculcado toda vez que he podido escuchar sus palabras, me han llevado a vivir alguna de las experiencias que recreo en esta novela y que han sido del todo inolvidables y sanadoras. Seguro que lo mío es insignificante con todo lo que habrán visto u oído en las múltiples sesiones de diván que habrán tenido con otras personas, pero a mí me ha servido para entender muchas cosas de mi propia vida, conseguir que mis personajes dejasen de estar tan perdidos y poder darle sentido a su existencia y a lo ocurrido en aquella playa del Hombre Muerto.

PRÓLOGO

Hace muchos, muchos años, en los tiempos que algunos viejos aún recuerdan con nostalgia y que otros prefieren olvidar, existió al noreste de España un pequeño lugar alejado de los convencionalismos políticos de la época. Se trataba de una playa virgen, salvaje y hermosa que, a pesar de sus cantos rodados, acogía las mansas y templadas aguas del Mediterráneo escondida tras montículos de arena en donde matorrales achaparrados plagaban el paisaje y la ocultaban a ojos de todos. Su difícil acceso hacía que se tuviera que conocer bien el camino para llegar a ella, siguiendo un recorrido de tierra que, bordeando la costa, te sacaba fuera del pueblo más cercano y te obligaba a caminar durante un par de kilómetros hasta alcanzar una cala de reducidas dimensiones; eso siempre que el caminante no se hubiera dado la vuelta mucho antes, tras sortear algunas piedras enormes que parecían no llevar a ninguna parte.

A aquella cala insulsa se accedía bajando por un suelo resbaladizo, escarpado y estrecho en donde abundaban multitud de guijarros que se adentraban en el mar. Aquel punto evitaba que el caminante despistado continuase su trayecto, consiguiendo que la frustración le llevara a darse media vuelta o, como mucho, descender por allí para alcanzar el agua en la que refrescarse los pies, aun a riesgo de salir lastimado con alguna arista cortante de aquellos cascajos de roca que lo adornaban todo a su paso.

Lo que no sabían muchos de los que hasta allí bajaban era que, si continuaban caminando en plena marea baja muy pegados a la pared rocosa para evitar resbalar con el espumoso reflujo del oleaje, se alcanzaba a ver una plataforma ancha de piedra lisa capaz de acoger a un par de cuerpos desnudos en pleno disfrute de los rayos del sol y de algunas caricias mutuas.

Los que la conocían dejaban la pequeña cala junto con su recoveco misterioso a sus espaldas y continuaban sorteando los enormes pedruscos de aquel relieve costero. Con sus manos apartaban los matorrales, cerciorándose de que tras ellos no hubiese alguien apostado que les siguiera por mera curiosidad, acto de mala fe o por ser la autoridad competente en aquellos dictatoriales tiempos que corrían.

Al final del camino se apreciaba una segunda cala mucho más amplia e igual de ingrata con los pies del visitante, al estar cubierta por guijarros de mayor tamaño, pero con fantásticas vistas del horizonte marino y vegetación densa y agreste alrededor. En aquella bella y solitaria playa muchos de sus visitantes se permitían desnudar sus vergüenzas, nadando libres en el agua y bronceando sus cuerpos al sol, alejados de las miradas de curiosos o chivatos que pudieran llegar a alertar a los adeptos al Régimen sobre aquellas tendencias tan mal vistas por ellos pero tan naturales para muchos otros.

La mayoría eran jóvenes muchachos que disfrutaban nadando en las aguas cálidas y que, aparte de sentir sobre su piel el placer que el buen tiempo les concedía, solían entablar conversación con algún desconocido afable al verse presos de miradas furtivas e intencionadas que, lejos de disuadirles de seguir adelante por desconfianza ante quienes pudieran estar exponiéndose desnudos a cara y cuerpo, conseguía hacerles crear vínculos mucho más cercanos que, en definitiva, era lo que les otorgaba aquella playa silenciosa, recóndita y gentil.

Sus pieles tornasoladas por los cálidos rayos del sol activaban los sentidos de algunos vecinos de toalla que, finalmente, conseguían encontrar lo que sus instintos más profundos y animales demandaban.

Por discreción, los encuentros se llevaban a cabo alejados de aquella playa, en un bosque cercano que separaba la zona costera de la realidad humana que habitaba las dos poblaciones entre las que se encontraba aquel paraíso secreto. Internados allí, entre matorral y matorral, pino y piedra, se dejaban llevar por el disfrute y la lujuria que cada cual consentía, dejando de lado temores, anclajes y tabúes propios de la época y que, en la mayoría de los casos, lo dejaba todo en una discreta despedida sin ánimo de motivar reencuentros ni continuidad en el tiempo.

Al atardecer, la playa se quedaba desierta y el silencio clamaba por encima del rumor cadencioso de las aguas que acomodaban con su oleaje las piedras que habían sido pisadas, guardándose para ellas los secretos allí contados y diluyendo los escarceos prohibidos entre la espuma del mar.

1

A Daniel no le gustaba recordar los sueños al despertar. De pequeño, y según leyó años más tarde en alguno de los libros de su amiga Mae, soñaba con esplendidos vuelos rasantes debido al fervor de una sexualidad reprimida. Tras efectuar una carrera de salida digna del mejor plusmarquista mundial, conseguía que sus pies despegasen del suelo para escapar de algún perseguidor que no paraba de acosarlo. El problema era aterrizar, ya que su cuerpo se elevaba tanto que se salía de la órbita, lo cual le resultaba angustioso. Sueños de caídas por cuestas interminables y pronunciadas hubo muchos, a lo largo de los cuarenta y cinco años que tenía; lo que le llevó a odiarlas en su vida real y a poner especial cuidado al bajar por escalinatas y calles empinadas.

Por suerte, pasaba mucho tiempo entre un recuerdo onírico y otro como para terminar dándose cuenta de que no disfrutaba nada con la recreación de ciudades nocturnas que, iluminadas por farolas de lúgubre luz que generaban ambientes mortecinos e invernales, lo trasladaban a su infancia y le hacían ver a gente correr hacia sus casas para resguardarse en ellas, amparados por un buen brasero que les caldease el cuerpo.

Mucho menos le gustaba el que su subconsciente reviviera a familiares y amigos ya muertos, a quienes prefería dejar en su tumba. Tampoco le agradaban los sueños con ambientes laborales del pasado, cargados de maniquíes amputados, luces cegadoras y telas kilométricas, que lo único que hacían era engullirlo entre sus pliegues sin apenas dejarlo respirar, haciendo que acabase acuclillado en un rincón con los zapatos de tacón de su madre puestos y vomitando sin parar. Aunque… a veces el sueño se invertía y él mismo era su madre.

Lo cierto es que jamás entendió por qué la mente humana jugaba la mala pasada de soñar. Serían liberaciones del subconsciente, deseos por cumplir o traumas de algún tipo; pero a él, quitando las pocas veces en que su cuerpo conseguía empalmarse y hasta disfrutar de algún orgasmo, oníricamente perfecto, le hubiera gustado tener algún inhibidor de sueños que le hubiera permitido ajustarse, tan solo, a la realidad que le tocaba vivir: la de un exmodelo de pasarela y publicidad, sin mucha fama adquirida, y actual dueño de una próspera tienda de ropa para hombre en plena ciudad de Barcelona.

Pese a conservar todo su pelo; eso sí, convertido de quita sentidos rubio a canoso incipiente, y tener una inconfundible mirada azul oculta tras unas gafas de pasta de corte moderno, Daniel se permitió llegar al ecuador de la cuarentena con un cuerpo bien trabajado, alguna que otra arruga generada por su expresiva sonrisa, ajena a los retoques quirúrgicos, y con una vida, independiente y sexual, cómplice de muchas satisfacciones, pero también de infinita soledad.

Mae, que había sido una antigua y experimental novia de su juventud con la que, ante todo, mantenía una respetable y duradera relación laboral y amistosa al ser su socia en el negocio, no paraba de usarlo como conejillo de indias para la puesta en práctica de la infinidad de cursillos sobre astrología, lectura del tarot, quiromancia y elaboración de cartas astrales a los que se apuntó a raíz de su separación.

En cierto modo, a Daniel le alegraba que se entretuviera con algo más que montar y desmontar los escaparates de la tienda o atender a los distribuidores y clientes que tenían; eso sí, cuando se lo permitían las llantinas que le sobrevenían al recordar al que todavía era su marido y que, a veces, eran producto de los cuernos que él la había puesto, o por la pensión de su hija que todavía no le pasaba. Aun así, a Daniel le hartaba que siempre estuviese hablándole de su horóscopo, de los ascendentes y de las líneas que le cruzaban las palmas de las manos y que él veía como una característica evolutiva de su especie, más que como una simple llave al descubrimiento de toda una vida pasada y futura.

—Te voy a echar las cartas —dijo ella, abriendo uno de los cajones que había bajo el mostrador en donde se apoyaban el ordenador, la caja y los datáfonos, y que en verdad se trataba de una enorme mesa de cocina hecha en madera maciza de roble americano—. Hoy, presiento que voy a hacerte una buena lectura —Mae continuó hablando, mientras sacaba la baraja del tarot de dentro de un saquito de terciopelo morado que recordaba a la tela que vestían algunos santos y cristos de las iglesias.

—¡Anda, cariño, déjame revisar estos catálogos! —Daniel le dio unos golpecitos en la mano—. Al final, ¿cuántos jerséis de cuello vuelto crees que deberíamos pedir?

—No cambies de tema y baraja —insistió ella.

—Creo que deberíamos aumentar la gama de neutros. —Él evitaba mirarla, concentrándose en el catálogo que tenía desplegado sobre la mesa—. Ya sabes que luego aparecen los heteros y se van sin llevarse nada porque les chirría tanto colorín. Quizá nos hemos pasado con los de color flúor, lo mismo tenemos que liquidarlos.

—¡A ver, Daniel, baraja de una vez y deja el catálogo para luego! —ordenó de manera bastante impertinente su amiga, golpeándolo en el brazo.

—Mae, vamos retrasados con el pedido. ¡Déjate de cartitas ahora! Además, harías mejor en hacerte una de esas cartas astrales, a ver si ves que aparece alguien nuevo en tu vida y te dejas de tanta fricada conmigo.

A ella se le empezaron a humedecer los ojos.

—¡Ay, no, cariño! Perdóname. —Daniel se levantó del taburete alto y se acercó a ella para estrecharla contra su exclusiva bléiser de Lardini—. No quería decir eso. Bueno, sí, ¡bueno…, no sé! Es que me tienes un poco harto con tanta lectura y análisis de mi vida sentimental. Si yo estoy bien como estoy, y no quiero más.

—¡Eso no es verdad, Dani, a mí no me mientas! Que no lo confieses es una cosa, pero que no lo desees es otra. —Ella aceptó el pañuelo de hilo que se sacó del bolsillo.

—De verdad que estoy bien —repitió él—. Además, ni yo tengo ya aguante para soportar a nadie, más allá de dos noches seguidas, ni creo que ningún jovencito quisiera envejecer a mi lado.

—Tampoco tiene por qué ser ningún joven. Esos ya sabes que luego están follando por ahí con cualquiera. —Mae abrió sus expresivos ojos, de par en par—. Bueno…, tú también andas por ahí follando con cualquiera, pero al menos no me tengo que preocupar por tu salud que, con lo escrupuloso que eres, seguro que te pones doble condón.

—¡Oye, guapa! —exclamó él, apartándose un poco para mirarla con ojos críticos—. ¿Qué has desayunado hoy, para que se te haya soltado tanto la lengua? Además, ¿qué te has pensado, que me voy a conformar con uno de cincuenta y muchos al que casi ni se le levante? Pues, para tu información, te diré que el de anoche tenía veinticinco y me echó dos polvos que ya te hubieran gustado a ti. —En ese momento, las lágrimas de su amiga afloraron de nuevo—. ¡Joder, Mae! Lo siento. —Vuelta de nuevo a humedecerle la bléiser—. Cariño, deberías visitar a un psicólogo. —Daniel intentó separarla de su arruinada chaqueta, usando el tono más suave que consiguió modular—. Últimamente, lloras por todo. Y ya ha pasado un año desde que ese capullo salió de tu vida.

—Es que no sé qué me pasa ni qué hace que los hombres se alejen de mí. Tú me dejaste, Voldemort me dejó y los pocos que hubo entre vosotros no duraron ni para contarlos como experiencia.

—¡A ver, Mae! —Daniel la sacudió suavemente por los hombros—. Suénate esos moquitos y quédate con el pañuelo como prenda, que me lo has echado a perder. —Él esperó a que hiciera lo que le había dicho y continuó hablando con los brazos cruzados delante del pecho—. Del innombrable ese ni vamos a hablar porque no se lo merece. En cuanto a mí, yo no cuento, querida. Mis días entre las piernas de una mujer se limitan a ti, a un par de modelos de mi época glamurosa y a alguna despistada que se ha metido en medio de mi grupo de amigos. ¡No es precisamente un buen currículo para ningún casanova que se precie! Lo que tienes que hacer, que ya te lo he dicho muchas veces, es olvidarte de ese cretino y empezar a mirar por ti, cuidarte un poco esos kilitos y encargarte mejor de cada hetero que entre por esa puerta, ¿entendido?

—Pero si ya me encargo, ¿o acaso insinúas que no hago bien mi trabajo? —preguntó ofendida.

—No, no vayas a llorar otra vez. —Daniel le mostró la palma de la mano—. ¡Mujer, me refiero a encargarte de tirarles los tejos!

—¡Válgame Dios, Dani! A veces tu promiscuidad me supera, te lo digo en serio. No sé cómo pretendes que haga eso, si la mitad de los que entran aquí son gaisy la otra mitad vienen acompañados por mujeres.

—Querida amiga, tienes un ojo pésimo para detectar posible carnaza, pero de eso ya nos encargaremos. Tú empieza por mirarlos a los ojos y sonreír mucho, que ya te indicaré yo cuándo tienes que lanzar el anzuelo. Tu pequeña Alicia, que la quiero como a una hija —dijo, llevándose la mano al pecho—, se encontrará mejor si su madre empieza a ser adulada por alguno de estos hombretones que pasan por aquí a diario. ¡Venga! Y ahora, si quieres, te dejaré que me eches las cartitas esas por undécima vez en el mes —completó su discurso con media sonrisa, antes de centrarse en barajar para ella y sentarse de nuevo en el taburete, acomodándose contra el respaldo—. Que no sé yo en qué habrá cambiado mi vida desde la última vez que lo hiciste.

—Nunca se sabe, Dani, nunca se sabe. A mí me sigue intrigando mucho tu línea de la vida. —Ella aprovechó para cogerle la mano derecha y volteársela para mirarla, mientras recorría con una de sus uñas pintadas a la francesa la longitud de aquella raya—. Es por este corte que hay en el medio y que, según tu carta astral, te llevará a un reencuentro amoroso e inesperado con alguien a quien ya conocías y que cambiará la vida de ambos por completo.

Daniel se quedó pensativo y se ajustó las gafas, mirándose la palma de la mano y sintiendo que el ligero tamborileo que efectuaba Mae, sobre aquella pequeña arruga, pasaba a convertirse en un agradable cosquilleo provocado por la sutil caricia que ella le brindaba y que, al ser tan prolongada y suave, comenzó a erizarle los pelos del brazo.

—¡Estooo…! —con un ligero carraspeo, él apartó su mano—. Mae, no me digas que ha llegado el momento de hablar de un tema que jamás hemos tenido que tocar desde que acabamos hace años nuestra relación sentimental.

—No… sé… a qué te refieres —respondió ella mientras se cruzaba de piernas, sentada como estaba, y se miraba las sandalias de tacón que aquella mañana había decidido ponerse.

Daniel se acercó a ella y, levantándole la barbilla, hizo que lo mirase a los ojos.

—A ver, enfrentemos los hechos. Nos conocemos desde hace más de treinta y cinco años. Ese reencuentro del que hablas, si es que no has bailado algún dato, no puede ser entre nosotros, cariño. Tú no estás tan desesperada, y yo no tengo ganas de perder a mi mejor amiga. Y no me malinterpretes, vale, no es que no te encuentre atractiva, pero sabes que desde hace muchísimo tiempo no me interesa el sexo con mujeres. Amén de que las segundas partes nunca fueron buenas. ¿Adónde vamos tú y yo en ese plan?

—A ninguna parte, si ya lo sé —respondió Mae, mientras se frotaba las manos que no paraba de mirarse.

—Yo me quedo de tío soltero de Alicia, y a ti te buscamos un buen ligue, ¿de acuerdo?

Él le pasó el mazo de cartas ya barajadas y ella se acomodó en el taburete para comenzar a poner boca arriba las cartas que iba sacando. Daniel, de soslayo, seguía echándole miradas al catálogo de jerséis y cazadoras que había dejado abierto sobre el mostrador, sin darle importancia a ese jueguecito que tanto le entretenía a ella.

—Bueno, aparecerá alguien nuevo en tu vida —comenzó analizando.

—Sí, claro, una media de treinta mirones de ropa al día y algunos potenciales compradores que, si quitamos a los habituales, nos dejan de tres a cinco nuevos clientes en esta semana —respondió él, forzando una sonrisa y sin mirarla.

—No, no, esta vez la pasión hace acto de presencia —ratificó ella—. Altibajos veo, también, pero pasión, mucha.

—¡Como tantas veces, Mae! ¡Menuda novedad! Algún polvo ocasional. Mira, sin ir más lejos, el chico de ayer; lo conocí en el pub de la esquina y, sí, la pasión por mí lo dejó a punto de caramelo en cuestión de una hora escasa.

—¡Que no, que no! Que esta vez pasión y amor van cogidos de la mano, y nunca hasta ahora te había salido el amor. Y es reciproco, ¡eh! Que tú, también, eres un poquito piedra cuando te pones.

—Pues, francamente, el moreno de anoche no me enamoró. Fueron buenos polvos, sí, pero nada más. Bueno, y cambiando de tema, hablemos de negocios. ¿Le decimos que sí a los del local para abrir la tienda nueva, o qué? —Mae sacó otro par de cartas más y las puso en la mesa boca arriba.

—Pues… parece que se ve algo…, pero... estás, como siempre, viajando que no paras y, en ese plan, poca tienda se puede abrir. Aunque, es curioso, te veo más en París que en ningún otro sitio. Vamos, que le coges un vicio a París que vas a estar allí la mayoría del tiempo.

—¡Ah, sí! —Daniel miró extrañado las cartas que habían salido—. Me encanta París. Pero ¿dónde ves tú París ahí? ¿Acaso en ese monigote que parece una gárgola? ¿O en este jorobado que parece el de Notre Dame? —Señaló una de las cartas que parecían sacadas de una película sobre la Edad Media.

En ese momento, el timbre de la puerta sonó y Mae se vio forzada a guardar su baraja de cartas de donde la había sacado, antes de pulsar el botón de apertura.

—Anda, ve a llamar a Albert para hacer el pedido antes de que se vaya, y yo atenderé a esos —se ofreció.

—¿Cuándo montarás el escaparate de la nueva temporada? —preguntó él de camino hacia el despacho y con los catálogos en la mano.

—Antes del lunes nada, que Alicia y yo tenemos la comunión de una amiga suya el domingo en Sitges y, con mi coche en el taller, tendré que mendigarle el suyo a mi padre. Así que mañana sábado saldré un poco antes de la tienda para pasarme por casa a recoger a la niña y pillar el tren a tiempo, hacia Mataró, para comer con ellos y que me dé las llaves.

—No hace falta que le pidas el coche a nadie. Si quieres os llevo yo el domingo y, de paso, me doy una vueltecita por la playa, que algo de sol me hace falta. Después, os recojo cuando acabéis.

—Esa es buena idea. Todavía no me hablo con mi hermana y seguro que estarán allí mañana. Aunque, de buena gana, me iba contigo y con la niña a la playa, este verano no la hemos pisado casi nada y la comunión me da un poco igual, la verdad.

—Esa no es playa para una niña, Mae. Si me apuras, ni siquiera para ti. —Levantó una ceja, esbozando una sonrisa de medio lado.

—¡Ah, vale! ¿O sea, que vas a «esa playa»? —Daniel se limitó a encoger los hombros—. Aunque me intriga el mercadeo de carne fresca que se ofrece en ese lugar. Un día me tendré que pasar para ver lo que se cuece por allí.

—Pues nada que a ti te incumba, bonita. Y, por cierto, los mirones que no van al lío no nos gustan —enfatizó él—. A no ser que decidas cambiarte de acera, que algunas lesbianas también se ven, de vez en cuando.

Ella comenzó a carcajearse.

—Era broma, Dani. Ya ves tú lo que yo iba a ligar en ese lugar. Si se me dan mal los hombres, imagínate las mujeres.

Y terminó dándole la espalda para ir a atender al par de chicos que habían entrado en la tienda.

2

Alrededor de las nueve de la mañana del domingo, Dani pasó a recoger a sus niñas, como le gustaba llamarlas. Apretó el botón del portero automático y Mae le abrió para que subiera hasta el tercer piso, sin ascensor, en el que vivían. Cuando llegó arriba, un tanto jadeante, la pequeña Alicia le esperaba en el salón, vestida con un traje repolludo y un lazo de raso entre las trenzas de su peinado. Cerró la puerta y su ahijada de nueve años se le abalanzó a los brazos como era su costumbre.

—¡¡Tito!! —exclamó, olisqueándolo y quedándose colgada de su cuello mientras él la sujetaba en brazos—. ¡Qué bien hueles!

Daniel adoraba a aquella niña.

—Tú también, cariño, y estás muy guapa. —La posó en el suelo y la cogió de la mano para que diera un par de vueltas frente a él.

—¿Por qué llevas un bañador? —La pequeña era demasiado curiosa para su edad.

—Porque, mientras mamá y tú estáis en esa comunión, yo me voy a ir a la playa. Por cierto, ¿le queda mucho a tu madre?

Al instante, Mae apareció en el salón terminando de colocarse una rebeca de manga corta y cogiendo las llaves de la casa para meterlas en el bolso de mano.

—Perdona, Dani. Es que esas trencitas de Alicia me han llevado un siglo.

—¿Mamá, podemos ir a la playa después de la comunión de María? Tito Dani va.

Mae le echó un vistazo a su amigo, de arriba abajo, revisando su atuendo playero de manera inquisitoria.

—¡¿Te pones ese Missoni de cuatrocientos euros, un polo de Valentino y unas sandalias de Gucci para ir allí?!

—Sí, señora —afirmó, apreciando su buen ojo—, complementado con un sombrerito de Nick Fouquet y mi mochila Moncler. ¿Algo que objetar?

—Creo que, tal vez, te pasas de elegante. No es que vayas, precisamente, a ninguna playita de la Costa Azul —criticó ella con el entrecejo fruncido.

—La próxima vez me pongo un Turbo, una camiseta de tirantes y unas abarcas —ironizó un poco—. Quizás eso te parezca más adecuado. Por cierto, tú también estás muy guapa esta mañana. —Daniel se acercó a ella y, agarrándola por la cintura, le dio un beso en la mejilla.

—Jolín, Dani, si guapo vas un rato, pero es que también vas demasiado llamativo. Solo me preocupo por ti, no quería ser tan crítica. Tú siempre me has dicho que esa familia que monta el chiringuito allí a estas alturas de la temporada ya se ha ido.

—¡Anda, vamos con el tito a la playa! —repitió Alicia, haciendo que su madre empezase a perder la paciencia.

—¡Ali, para ya! No podemos. Después de la iglesia, vamos a comer a un restaurante.

—¿Y sobre qué hora acabaréis? —preguntó Daniel.

—No sé, te llamaré en cuanto pueda escaparme.

Aquella mañana no había casi tráfico en la autopista y enseguida llegaron a Sitges y a su paseo marítimo tan amplio y señorial.

Daniel dejó a Mae y a Alicia en la puerta de la pequeña iglesia y desde allí condujo por la carretera que rodeaba el club de golf hasta su linde con la mismísima costa, apareciendo en el último sitio en el que se podía dejar aparcado el coche, antes de acceder al camino que lo llevaría a su destino, una playa nudista ubicada entre Sitges y Vilanova i La Geltrú.

Allí, en esa cala apartada del mundo, Daniel se encontraba más a gusto que en ninguna otra; y aunque, a priori, el juego de seducción con extraños que se generaba en aquellos parajes no era a por lo que iba, reconocía que, algunas veces, había sido tentador y excitante el haber sucumbido a las proposiciones de alguno que le había gustado. Él rara vez le entraba a nadie; sin embargo, disfrutaba recreándose con las buenas vistas que se le ofrecían, ya que a nadie le amargaba un dulce.

Aquel aparcamiento quedaba bastante más alejado de la playa que el de la urbanización en la que acostumbraba a dejar su coche normalmente, pero la cercanía de este a la iglesia, en donde había dejado a las chicas, le vino mejor aquel día.

Por suerte, no hacía mucho calor, a pesar de ser las doce del mediodía. Tras cerrar el coche, coger su pequeña mochila, el sombrero y la toalla, comenzó a andar.

El camino hasta alcanzar el remolar se hacía pesado, debido a los montículos que había que salvar, y bastante más molesto al llegar al sendero que bordeaba la vía del tren de cercanías que por allí cruzaba.

Durante el paseo hasta la primera cala no vio a nadie, ni siquiera cuando le entraron ganas de orinar y se adentró un poco entre los matorrales, sorteando algún que otro preservativo que por allí se veía tirado.

Después de diez minutos más de caminata, vio que el chiringuito de verano aún estaba abierto. Aquel negocio temporal llevaba allí más de treinta años, liderando las vistas de la playa desde lo alto de una terraza natural. Lo regentaba un matrimonio mayor, con hijos mayores que, con el permiso municipal del que disfrutaban, seguramente estuviesen allí durante muchos años más. Aquel lugar, que con el paso del tiempo había conseguido una onda chill out digna del mejor garito de Ibiza, era la delicia para los que querían relajarse tomando una cerveza, un bocadillo o unas tapas sencillas, con buena música de fondo.

—¡Bon dia, Rosa!

La mujer, que ya no cumplía los sesenta y que movía con esfuerzo una bombona de butano, se giró al escuchar su nombre.

—¡Daniel! —exclamó ella, al tiempo que se estiraba hacia abajo la camiseta.

—¿Necesitas ayuda? —se ofreció, en vista de que estaba allí sola—. Parece que eso pesa.

—Gràcies —respondió la mujer, soltando una de las asas.

—Creía que no estaríais ya por aquí —dijo él, cargando la bombona hasta la parte trasera de la barra.

—Aún hace bueno. La semana que viene recogeremos todo —le explicó ella, indicándole con la cabeza dónde colocarla.

Daniel salió del chiringuito y se asomó para mirar a la playa, la cual se encontraba un par de metros por debajo de aquella terraza natural.

—Hay mucha gente.

—Demasiada para las fechas que son. —Rosa puso los brazos en jarra—. ¿Quieres que te guarde alguna mesa para comer?

—No, gracias, traje alguna cosa. Aunque igual me tomo una cerveza antes de irme.

—Aquí estaré —dijo la mujer, mientras continuaba con su faena.

Daniel descendió por la rampa de tierra que daba acceso a la playa y localizó un lugar cercano a la orilla, sorteando los cuerpos desnudos que se tostaban bajo el sol. Después, estiró la toalla que llevaba sobre el hombro y se dispuso a iniciar un desnudo integral mientras miraba el mar.

Aquello era parte del juego de seducción. Incitaba la mente de todo aquel que se encontrase a sus espaldas y, de paso, a los que lo mirasen desde el agua. El ritmo debía ser pausado, sin prisas, ya que el hecho de no llevar mucha ropa encima no significaba que no hubiera que quitársela con estilo. Daniel comenzó por el sombrero, soltándolo en el suelo y cerca de la toalla. Continuó con las sandalias, acuclillándose para desabrocharlas. Al levantarse, agarró el borde inferior del polo que llevaba, lo sacó por la cabeza y lo dobló, observando las primeras miradas de soslayo que los nadadores que había dentro del agua empezaron a echarle, ya que su metro noventa de altura no pasaba inadvertido. Lo siguiente fue el bañador, deshaciendo el nudo e introduciendo los dedos por dentro de la cinturilla elástica para bajarlo hasta los pies, sacándolo con mucho arte de entre las piernas.

Estar tan cerca del agua le permitía zambullirse, a la vez que podía echarles un ojo a sus pertenencias. No era cuestión de perderlo todo en aquella situación; a ver, si no, cómo se iba a presentar después frente a sus niñas. Sin pensarlo demasiado se lanzó al agua, hizo un par de largos y salió de nuevo, sabiendo que estaba siendo observado tanto por delante como por detrás.

Al rato de estar tumbado sobre la toalla, con el agua goteando por el cuerpo e intentando encontrar la manera más cómoda de estar allí sin clavarse tanta roca, apareció un joven que se colocó de pie a su lado, aunque un poco adelantado. Se quedó mirando al mar y Daniel lo observó atentamente. Resultó no ser tan mocito, seguramente pasase de los treinta. Alto, delgado y de espalda ancha, media melena de color castaño oscuro y un culito tan blanco y apetecible que contrastaba con la piel dorada que lucía en el resto del cuerpo. Aquel hombre sabía el efecto que eso producía en muchos, ya que se había colocado frente a su toalla, de manera estratégica, y le obligaba a dejar de mirar al horizonte para focalizar su atención en aquel punto altamente erotizante y suculento que a muchos les gustaba enseñar tras haberse dejado puesto el bañador durante días enteros, consiguiendo un tono inmaculado en sus posaderas que alimentaba el morbo en aquellos a los que les gustaba morder la manzana más tierna.

Durante un buen rato Daniel disfrutó de su perfil de nariz aguileña, de sus caderas anchas, de sus largas piernas y de unos labios que, sin ser demasiado gruesos, se mostraban bastante jugosos. El muchacho se apartó de la cara la media melena que lucía, con ambas manos y sin atisbo de amaneramiento alguno, lo que a Daniel le resultó en extremo varonil y sensual. Y con una goma elástica, que se sacó de la muñeca, se hizo una pequeña coleta terminada en moñete, dándole cierto aire de samurái japonés, hierático y orgulloso, que pasaba de todo el mundo.

De repente, entró al agua todo lo rápido que aquellos cantos ingratos le permitieron, zambulléndose en el oleaje y nadando mar adentro a buen ritmo. Daniel no dejó de observarlo hasta que lo perdió de vista.

Hacía mucho tiempo que ningún hombre lo cautivaba de aquel modo. Lo normal allí era que un movimiento insinuante o una mirada encontradiza le hiciera saber que alguno estaba dispuesto a perderse con él dentro del «bosque feliz», que era como acostumbraban a llamar a la zona recreativa que se escondía a espaldas de aquella playa, tras cruzar las vías del tren o pasar por un túnel subterráneo que había bajo ellas.

Daniel continuó tomando el sol hasta que el calor le hizo buscar de nuevo el amparo del agua fresca del mar. Aquel desconocido nadador ya regresaba de su baño y, durante unos segundos, sus miradas se cruzaron en la orilla. Tras la zambullida que Daniel efectuó, sacó la cabeza del agua y lo vio dirigirse hacia su sombrilla, tumbándose boca arriba para tomar el sol.

Al regresar a su sitio y beber un poco de agua, Daniel se puso las gafas de sol graduadas y giró la cabeza para observarlo. No estaban demasiado lejos el uno del otro y pudo observar que su atributo tenía un tamaño adecuado, así como apreció que la moda de rasurarse por completo no iba con él, dejándolo como el hombre más natural de la playa. A Daniel le dio la sensación de que estaba allí de manera accidental. Por aquellos parajes, y más a finales de verano, era muy común encontrar a heteros que acudían hasta allí por el reclamo que se hacía de aquel paraje en multitud de guías del litoral catalán.

Tras sestear un rato y regresar al agua para despejarse un poco, Daniel vio que muchos ya se habían ido. Por desgracia, también aquel joven. En vista de que ya eran más de las cinco de la tarde y de que Mae podía llamarlo en cualquier momento para que fuera a buscarlas, se vistió, recogió todo e inició el camino de regreso a su coche. La cerveza del chiringuito tendría que esperar hasta la temporada siguiente. Pero, aun así, fue a despedirse de Rosa.

—Daniel, ¡qué bien que andas por aquí! —dijo ella en cuanto lo vio—. ¿Puedes hacerme un favor? —Se secó las manos con un trapo de cocina que tenía sobre la barra.

—Tengo que ir a buscar a una amiga y a su hija, pero aún no llamaron. ¿Qué necesitas?

—Iba a esperar a que vinieran mis hijos para traerme las bolsas de basura de la furgoneta, pero, como no llegan y ya se está yendo casi todo el mundo, voy a recoger. ¿Te importaría ir a buscármelas? —dijo, enseñándole las llaves del pick up que tenían para transportar las cosas que necesitaban llevar hasta allí.

A menudo, durante las tardes de estío, alguna pareja de asiduos a la playa y Daniel acostumbraban a ayudarles en lo que se refería a la recogida de preservativos y otros residuos que los menos concienciados dejaban tirados por aquel bosque y sus inmediaciones.

Rosa, su marido y sus hijos podían dejar sus coches en el límite con las vías del tren, para cargar y descargar de manera más cómoda, al haber sido autorizados por el Ayuntamiento de aquella población. A cambio, la familia se dedicaba un par de tardes de la semana a hacer limpieza de los restos de basura que por allí se encontraba tirada, ya que la municipalidad en aquella zona era relativa, debido a la mojigatería local, y el acondicionamiento del área solo se preservaba por la buena conducta de aquella familia y de algunos voluntarios que, como Daniel, les ayudaban de vez en cuando.

Daniel cogió las llaves del coche y, pidiéndole que le guardara las cosas detrás del mostrador hasta que volviera, cruzó las vías del tren en busca de aquellas bolsas.

Daniel se adentró en el camino que había entre matorrales, pinos mediterráneos y algún que otro viñedo, propiedad de alguien a quien el Gobierno aún no le había confiscado los antiguos terrenos de la familia. De repente, lo vio a lo lejos. Se fijó en que aquel muchacho llevaba puestas unas bermudas y el torso al descubierto, la mochila colgada de un brazo, el parasol en la otra y el pelo algo enmarañado.

Aunque el joven estaba algo separado de Daniel, no lo estaba tanto como para que su presencia le pasase desapercibida. De hecho, lo miró de manera bastante desinhibida, aunque tampoco le hizo el mínimo gesto de saludo para atraerlo o algún otro soez que le obligara a dejar de mirarlo.

Durante un rato, caminó por delante de Daniel, por lo que este pudo apreciar sus basculantes andares. Sin embargo, en vez de continuar por el camino marcado, se desvió hacia un lateral, adentrándose entre los árboles, lo que obligó a Daniel a aminorar el paso. Enseguida descartó la idea de que lo hubiera hecho para ir a encontrarse con él, pues no había habido ninguna insinuación por su parte ni una mirada de soslayo que le hubiera hecho pensar en ello. Así que decidió continuar hasta la furgoneta de Rosa, cayendo en la cuenta de que lo más seguro es que se hubiera desviado para mear sin ser molestado. Sin embargo, la micción duraba demasiado, si es que era lo que estaba haciendo, y, en el preciso instante en el que pasó por donde el otro se había metido, Daniel vio su mochila y la sombrilla tiradas en el suelo. Se paró, pensando si quedarse allí esperando a que regresase por si alguien le robaba lo poco o lo mucho que llevara dentro, y al levantar la vista lo vio medio oculto por la buena sombra que aquellos pinos daban, mientras con una mano por dentro de las bermudas se ofrecía placer a sí mismo, al tiempo que su mirada se clavaba en él.

Daniel se atrevió a recoger sus pertenencias, sin hacer movimientos bruscos para que no pensara que se las iba a robar, y caminó hacia él. El joven en ningún momento hizo amago de parar, tan solo posó sus ojos negros sobre Daniel, a medida que este se acercaba, y le ofreció una sonrisa lo suficientemente sensual como para invitarlo a unirse a su insinuante juego.

Algo en su forma de actuar le decía a Daniel que no estaba demasiado acostumbrado a aquel proceder; incluso, se habría aventurado a jurar que se podía tratar de su primer contacto de aquel tipo, en aquel lugar y, quizás, hasta con un hombre. Pero Daniel no acostumbraba a desperdiciar ninguna oportunidad que le hiciera pasar un buen rato ni a comportarse de manera desdeñosa ante alguien que se le ofreciera en exclusiva, como lo hacía aquel desconocido al que ya le había echado el ojo; por lo que, viendo que la ocasión prometía, soltó las cosas sobre el suelo, incluidas las gafas, y comenzó a quitarse el polo de la manera tan sensual en la que lo había hecho en sesiones de fotos durante años.

Aquel simple gesto de Daniel hizo que el joven se bajase un poco las bermudas, dejando ver un bóxerblanco, de licra y marca conocida, por donde asomó su miembro, sensual y brioso, según se acariciaba a sí mismo.

Tras desabrocharse el cordón de su bañador, Daniel comenzó a acariciarle con un dedo el contorno de su pecho, moteado de vello, subiendo por su esternón hasta ir girando a su alrededor para acariciarle la espalda de hombros anchos, mientras se quitaba el bañador y lo lanzaba sobre la sombrilla.

Al notar la falta de contacto, el muchacho se giró y lo siguió hasta dentro del bosque, evitando así, de paso, que algún paseante con su perro los pillase in fraganti.

Daniel lo esperó en un espacio rodeado de más arboleda, al tiempo que él mismo despertaba su miembro del letargo de la tarde.

Al llegar a su altura, aquel joven comenzó a acariciarle su torso depilado, gracias a los adelantos del láser que le evitaban sufrir el suplicio de la cera obligada durante sus tiempos de modelo.

Viendo su cautela al palparlo y el ligero rubor que asomó en sus mejillas, mientras se centraba en lo que Daniel tenía entre sus manos, este decidió darle tiempo y respetar su ritmo ante la evidencia de que no quisiera ir más rápido de la cuenta. Algo le decía que debía mantenerse allí parado, desnudo frente a él, permitiendo que continuara recorriéndole el pectoral y acariciando sus pezones.

Daniel pecó de atrevido y, sin dejar de autocomplacerse, comenzó el mismo recorrido que la mano del muchacho seguía en él; palpándose sus cinturas delgadas, sin un ápice de grasa en los costados, hasta alcanzar sus abdómenes firmes y tersos que se regodearon en tocar, parando a la altura del pubis y que, en el caso de Daniel, le hizo notar su vello suave y frondoso. Sus manos se encontraron, así, posadas sobre las del otro hasta que sustituyeron a las propias en la danza que habían establecido en un principio. La tibieza al notar aquella mano posada sobre su pene elevó el placer de Daniel ante el recuerdo de los toqueteos proporcionados por sus primeros amantes; jóvenes modelos de sus comienzos en la agencia que, tras deleitarse observando el porte que cada uno gastaba en las largas sesiones de pasarela que tenían en aquellos días de aprendizaje, terminaban por complacerse en los vestuarios de la escuela a escondidas de miradas adultas.

Habían pasado muchos años desde aquellos primeros encuentros, pero la timidez que demostraba esa mano que ahora lo tocaba le había transportado a la inocencia de aquellos días. Sintió falta de presión al agarrar su erección, caricias demasiado superficiales y ninguna gana de querer adentrarse en todo el mundo que, por allí abajo, quedaba por descubrir. Por el contrario, sus caricias alrededor del miembro de aquel joven despertaron sus sentidos. Escuchó su corazón latir más fuerte y aumentar el grosor de su empalme, lo que elevó una sonrisa victoriosa en Daniel y un leve deje de ternura al verlo sonrojarse.

De repente, la mano derecha del otro pareció despertar del letargo, ofreciéndole con las dos algo más de presión a su miembro recuperado. Daniel alargó la mano que le quedaba libre y acarició el suave vello que le recorría el pecho, atreviéndose a pellizcarle los pezones y despertando una súbita y erotizante reacción en aquel misterioso hombre que le llevó a sacudírsela con más ganas hasta conseguir que Daniel se corriera entre sus dedos. En aquel preciso instante, Daniel hubiera sucumbido a colocarse en cualquier postura, por incómoda que pareciera, pero algo le decía que la inexperiencia lo llevaría a salir huyendo de allí, como alma que hubiera visto al demonio, si se le hubiera ocurrido hacer el simple amago. Así que controló su grado de excitación, en la medida de lo posible, retomó sus manualidades al momento y terminó cayendo de rodillas, frente a él, ofreciéndole su boca.

Se arriesgó a que el miedo lo atenazara y lo llevara a retirar su verga erecta del contacto con sus labios; pero tras notar un ligero retroceso, presa de un acto reflejo, aquel desconocido permitió que la lengua de Daniel comenzase un recorrido explícito. Aquello dejaba indiferente a pocos hombres, si es que había alguno que lo despreciara, así que en cuanto Daniel notó unas manos posadas sobre su cabeza y el regusto a salitre de mar se mezcló con su propia saliva, aumentó el ritmo de succión, agarrándosela con las dos manos hasta conseguir que se derramara en su interior, dejándose llevar entre jadeos que rebotaron contra su garganta.

Cuando dejó de notar los últimos envites del clímax, Daniel se levantó y giró la cara para escupir los restos de aquel encuentro fortuito. Sus ojos azules retornaron a las oscuras y encendidas pupilas de aquel joven que, sin dudarlo, alargó una mano para tomarlo por el cuello, acercándole con urgencia hasta sus labios, saboreándolo con su lengua y reencontrándose con la suya en un arrebato que los llevó a mantenerse allí pegados durante largo rato, palpándose los cuerpos como minutos antes no se habían atrevido a hacer.

—Me llamo Alain —escuchó Daniel que le susurraba, entre beso y beso, en un tono sensual y afrancesado.

—Yo soy Daniel —dijo en su oído, al tiempo que deslizaba la punta de la lengua por el contorno de su oreja.

—Quiero volver a verte —aquella confesión le llamó tanto la atención a Daniel que separó la cara para mirarlo con algo de sorpresa por su parte—. Pero no aquí, en mi casa —su español era impecable y apenas se le notaba la guturalidad en el acento del país vecino.

—Où est-ce que tu habites? —Daniel hablaba francés bastante bien, y en su propia lengua le preguntó que dónde vivía.

—Mi familia tiene una casa en Vilanova. —Se abrochó las bermudas, mientras se separaba de Daniel para acercarse hasta sus cosas y lanzarle la ropa que este había dejado encima de ellas. Mientras Daniel se vestía, Alain sacó un móvil de su mochila y tecleó algo. Esperó a que Daniel se terminase de vestir y se lo pasó—. Apunta tu número y te envío las señas más tarde. Por si te apetece pasar un rato —terminó diciendo, ante su cara de extrañeza.

Daniel miró confundido la pantalla del teléfono, en donde se veía el nuevo contacto desplegado y nombrado con una única D y, mientras, Alain se puso una camiseta de pico azul cielo que resaltaba el tono aceitunado de su piel.

—Ahora tengo que marcharme. Pero te espero mañana a esta hora, si quieres.

Daniel frunció levemente el ceño, sin que apenas se le notase. Aquel hombre parecía inexperto en materia homosexual, si es que no se trataba de la primera vez de todas, y, además, apostaría a que nunca había pisado un lugar como aquel.

En su caso, ninguno de los encuentros en aquel bosque le había llevado, nunca, a nada más que a compartir placeres con algún desconocido y, muy de vez en cuando, repetirlos en la siguiente temporada, ya que siempre espaciaba sus visitas y le gustaba cambiar de hora para no reencontrarse con los mismos.

Tampoco creía que hubiera tenido la suerte de haberlo dejado rendido a sus pies con solo unos inocentes toqueteos y una mamada rápida. Aquel hombre le pedía una cita formal, en su casa, y eso no era muy normal por aquellos parajes. Aun así, a Daniel le tentaba saber un poco más sobre la vida de aquel extraño tan atractivo, que con tan solo hablar le excitaba, y se veía capaz de pasar por alto la cautela de la que siempre hacía gala y las críticas de Mae en cuanto se enterase de la razón por la que tenía que dejarla sola en la tienda la tarde siguiente.

Comenzó a teclear su número de teléfono en aquel móvil, dándole al ok después, para dejarlo registrado y devolvérselo, mientras un escalofrío recorrió su cuerpo al sentir la mano de Alain rozando sus dedos para cogerlo y aquellos penetrantes ojos negros clavados sobre él.

—À bientôt, Dani! —se despidió el joven. Y él tan solo pudo responder con una ligera inclinación de cabeza.

3

De regreso a Barcelona, metido en el coche con las chicas, Daniel no dejó de pensar en aquel encuentro que aún le estremecía el cuerpo y el alma.

No pudo concentrarse en la conversación que le ofrecían sus pequeñas damas sobre cómo se lo habían pasado ni sobre lo que habían comido. Tampoco tuvo para Mae una respuesta que resultase creíble de por qué no contestó al teléfono durante horas y por qué las había hecho esperar tanto que, incluso, tuvo que ir a buscarlas a casa de los abuelos de la niña que celebraba su comunión.

Cuando llegaron frente al portal de la casa de Mae, las acompañó hasta el piso, cargando en brazos a la pequeña Alicia que se había quedado dormida en el asiento trasero de su coche.

—¿Se puede saber qué te pasa, Dani? —preguntó Mae cuando terminó de arropar a su hija, a la que tan solo le había quitado el vestido y los zapatos para meterla en la cama—. No has hablado en todo el viaje.

Él le regaló una de sus sonrisas enigmáticas, mientras la observaba desde el dintel de la puerta en donde estaba apoyado con los brazos cruzados.

—Nada —mintió, quitándose después las gafas y frotándose los ojos—. Estoy un poco mareado. Creo que he tomado demasiado sol.

La cuestión era que no sabía cómo explicarle a Mae que, a pesar de que dentro del pinar de aquella playa los encuentros casuales y furtivos eran de lo más normal, el que acababa de tener con aquel atractivo y misterioso francés era difícil de olvidar. Aún no sabía cómo afrontar la invitación que le había hecho para el día siguiente, ni si sería conveniente tomársela en serio. Había algo tentador en aquel hombre, pero su instinto le pedía cautela.

—¿Quieres cenar algo? Es lo menos, después de habernos llevado hasta allí —dijo ella, cogiéndolo de la mano para que la siguiera hasta el salón.

—No, gracias, cariño. Mañana nos vemos.

Daniel besó su mejilla antes de salir por la puerta.

A la mañana siguiente, se despertó con un buen dolor de cabeza, sin saber muy bien si había sido fruto del par de whiskies con soda que había cenado o por el sueño tan inquieto que había tenido.

Tras ducharse, afeitarse, ponerse las lentillas y vestirse, acompañó el café solo y sin azúcar, que acostumbraba a desayunar, con un par de aspirinas. Cogió su neceser de viaje y, revisando que no le faltasen condones ni su habitual crema lubricante, lo metió dentro de su bolso tipo shopper y salió de su casa para coger el ascensor en dirección al garaje.

Cuando llegó a la tienda vio a Mae metida dentro del escaparate, apartando los maniquíes y quitando la decoración.

—Pensaba que te ibas a meter el siguiente fin de semana con esto —dijo Daniel, a modo de saludo, volviendo a echar el cierre hasta la hora de la apertura.

—Buenos días a ti también, querido. —Mae aprovechó para sacarle la lengua a su amigo e intentar hacer que no se le notase tanto en la cara que era lunes—. Dejaré el escenario montado, a falta de vestir a estos en cuanto llegue lo nuevo de invierno. —Señaló a los cuatro maniquíes masculinos, que permanecían hieráticos a un lado con vestimenta de pretemporada—. Así adelanto trabajo, por si tienes que irte de viaje esta semana. Por cierto, las lentillas te favorecen.

—No tenía pensado viajar a ninguna parte, la verdad —respondió Daniel—. Y gracias por el cumplido.

—Pues Albert ha llamado y dice que su mujer acaba de salir de cuentas. Esperan que el bebé nazca en cualquier momento, así que anda llamando a todos por si queremos ir a revisar la mercancía a la central, en vez de dejar que decida su suplente, que, por cierto, es un chico nuevo, por si no lo sabías.

—¡Y no lo sabía! —exclamó Daniel, apoyando con demasiado ímpetu el bolso sobre el mostrador para poder quitarse la americana.

—Por eso te lo digo. Sé que tú no le dejas esa decisión a cualquiera que no sea Albert. Así que prefiero dejar esto resuelto, ahora que todavía estás aquí, antes que tener que quedarme haciendo horas extras por la noche.

—¿Y por qué hay que ir a la central de París? —alzó la voz—. ¿Qué pasa con los catálogos? ¿No los tienen todavía? —A Daniel volvió a darle dolor de cabeza.

—La imprenta se ha retrasado. Ya sabes que no es la primera vez que les pasa.

—¡Me estoy empezando a hartar de tanta informalidad! —exclamó irritado—. Se salva porque tiene mucho gusto. —Daniel apoyó las dos manos sobre el mostrador y soltó todo el aire que tenía dentro, mientras fruncía el entrecejo.

—Dani, Albert está muy nervioso. Es su primer hijo y la primera vez que se coge un permiso de paternidad. Harías bien en llamarle, no hacía más que disculparse.

Daniel cerró los ojos, intentando que el dolor de cabeza le permitiera pensar.

—Menos mal que el viernes zanjé con él lo de las prendas de punto y camisería. Pero es cierto que, como no me mueva rápido, se les van a empezar a acumular los encargos de Navidad y nos van a dejar para el final. ¡Joder! Ya le vale a Albert, podía haberme avisado con más tiempo.

—No seas duro con él y ven aquí a ayudarme con esta tabla que se me va a caer —le pidió Mae, estirándose todo lo que podía para sujetarla hasta que su amigo se la quitó de las manos.

—Pues, si vas a estar liada con esto, hoy no abrimos, porque yo a las tres me tengo que ir y, con la liquidación, seguro que no para de entrar gente.

—¿Adónde vas? —preguntó la indiscreta de Mae.

—Pues a ningún sitio que a usted le interese saber todavía, señorita —respondió él, haciendo una mueca con la cara.

—¡Oye, oye! —Ella dejó lo que estaba haciendo dentro del escaparate y salió con los brazos en jarras—. ¿Se puede saber qué me ocultas?