La prendería de los desueños - Ailer Gentile - E-Book

La prendería de los desueños E-Book

Ailer Gentile

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Beschreibung

Imagina que más allá del horizonte existe una antigua tienda, tan antigua como el concepto del tiempo. Para encontrarla, solo debes viajar al lugar en dónde todos los mundos se conectan. En ese lugar te esperará el viejo propietario para darte la bienvenida a su Prendería de los Desueños. Allí puedes encontrar lo que anhela tu corazón, sea lo que sea. Puedes vender tus recuerdos o comprar las memorias de alguien más, puedes encontrar la sabiduría de un millón de mundos, quizás quieras recuperar promesas rotas o puede que solo estés buscando una buena historia. También hallarás los relatos de los valientes que fueron capaces de aventurarse más allá de lo real para dar con la Prendería de los Desueños. Podrás ver lo que encontraron allí y conocer el costo que estuvieron dispuestos pagar para lograr que sus sueños se hagan realidad. Y tú, ¿puedes pagar el precio?

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ilustraciones de interior: Mercuzuru.

Rodríguez Vargas, Ariel Alejandro

La prendería de los desueños / Ariel Alejandro Rodríguez Vargas. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

142 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-305-4

1. Antología Literaria Argentina. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Rodríguez Vargas, Ariel Alejandro

© 2023. Tinta Libre Ediciones

DedicatOria

Este libro va dedicado, en primer lugar, a esa persona que creaba cuentos e historias para contármelos antes de que fuera a dormir, que permitió que creciera en mí un amor inconmensurable por la literatura y fue mi primera y más dura crítica, lo que me motivó a mejorar cada vez más.

En segundo lugar, quiero mencionar a esa persona que desde hace mucho deseaba tener este libro en sus manos y me dio un gran apoyo moral y técnico para poder publicarlo. Esa persona que es ya muy mayor pese a que no pasa los cuarenta años.

Y cómo no agradecer a mi fiel compañero, Tango, que, sentado a mis pies, me dio calor en los inviernos en que tocaba escribir horas y horas.

LA prenderíAde lOs desueñOs

¿Qué precio estás dispuesto a pagar para cumplir tus sueños?

Ailer Gentile

PrefaciO

Bienvenido a mi humilde tienda. ¿Qué te gustaría obtener? ¿Recuerdos de un primer amor? ¿La perspicacia de un gran sabio? ¿Un reloj de arena infinito? ¿Lágrimas de nostalgia? ¿Sueños sin estrenar? O quizás solamente quieras un buen relato.

Mis clientes tienen historias interesantes. Todas ellas están guardadas en un retrato en la pared. Aquí podrás encontrar lo que anhele tu corazón... siempre que estés dispuesto a pagar el precio.

La dOncella pálida

La doncella pálida e inexpresiva giró el oxidado picaporte y empujó la pesada puerta de madera que se abrió con un fuerte rechinido. La Prendería de los Desueños, la antigua tienda, estaba repleta de cosas extravagantes que no podían hallarse en ningún otro lugar. Sin embargo, ella solo quería algo en específico de aquí, y no se marcharía hasta conseguirlo.

Cuando entró, el fuego de las velas iluminó su rostro, totalmente blanco salvo por unas marcas similares a unas pinceladas violetas en sus mejillas; parecía como si luciera algún maquillaje.

Sus pasos resonaban en los viejos tablones del suelo. Buscó por los polvorientos estantes con minuciosidad y encontró incontables artículos, cada uno más interesante que el anterior: sueños rotos, promesas incumplidas, glorias pasadas, deseos inocentes, resentimientos oscuros y muchas pero muchas cosas más. No obstante, nada de eso era lo que ella anhelaba, por lo que comenzó a impacientarse a medida que se aceleraba su respiración, aunque su rostro permaneciera inescrutable. Su largo vestido, que casi rozaba el suelo, bailaba a cada paso que daba. La seda brillaba bajo la luz de las velas.

Continuó con su búsqueda hasta que centró su atención en el final de la tienda, el lugar donde estaban las cosas más viejas y antiguas. Apresuró sus pasos para llegar hasta allí. Ahí, bajo una capa de tierra y telarañas que sacudió con sus manos, había una cajita de cristal con una cerradura de diamante. En su interior parecía haber un fragmento de cielo estrellado. Al ver su ansiado tesoro lo abrazó contra su pecho con emoción y soltó una risita mientras se apresuraba hacia donde se encontraba el dueño del lugar. El hombre, con una larga barba gris y cabello solo alrededor de la cabeza, la inspeccionó de arriba abajo y se detuvo en el objeto entre sus manos.

—Memorias de un primer amor… Han pasado siglos, pero sabía que volverías por eso. Lo guardé para ti, para cuando lo hubieses superado y estuvieras lista para recordar —dijo el anciano con voz gruesa pero amable mientras sacaba una llave del tamaño de un meñique y abría la cajita.

Al abrirse bañó con una luz cálida como los rayos del sol por la mañana a la doncella, ella cerró los ojos y una lágrima recorrió su blanco semblante hasta caer. Antes de que cayese sobre el mostrador, el anciano la atrapó en un minúsculo frasco.

—Una lágrima de nostalgia, me parece un pago razonable —dijo mientras veía el frasquito.

La doncella se marchó de la tienda mientras tarareaba una canción que alguien le había dedicado una vez. A medida que se alejaba del vendedor, una sonrisa se le dibujaba en el rostro; al fin recordaba al que hacía siglos fue su primer amor.

El recOlectOr de prOmesas

Cada vez que alguien rompe una promesa, esta cae al suelo en la forma de una pequeña bola de vidrio empañada de color blanco o gris. Él se encargaba de recogerlas y limpiarlas para convertir en ilusiones a las grises y en compromisos a las blancas. Su color dependía del tiempo que hubieran durado y de la razón por la que hubiesen sido rotas, por lo que había muchos matices.

Desde la fundación del mundo se dedicaba exclusivamente a eso: recoger promesas rotas y pulirlas para luego venderlas en La Prendería de los Desueños, ya fuese como una ilusión o un compromiso.

En algunas ocasiones las promesas caían al suelo poco tiempo después de ser hechas y tomaban un color gris oscuro. Esas tenían muy poco valor, pero había algo peor: las promesas que caían al suelo no bien salían de la boca de las personas. Estas eran de un deprimente color negro; al limpiarlas, se convertían en mentiras. El viejo de la prendería no las aceptaba, por lo que no podía vendérselas. Decía que esas promesas no valían nada.

El recolector de promesas rotas no podía hacer nada al respecto. Solo le quedaba ver, impotente, cómo cada vez con mayor frecuencia las promesas caían al suelo no bien nacían, coloreadas del horrible color de la mentira.

HOja en blancO

Había costado que ella le revelara el secreto, que le dijera que existía una oportunidad tan magnífica. Cruzando la línea del horizonte se encontraba La Prendería de los Desueños, lugar en donde realidad y fantasía se convertían en sinónimos.

Sus ojos grises como la plata pulida lucían hundidos y sus pómulos estaban bien marcados, como si fuera un viajero que hacía tiempo no dormía ni comía bien. Su ropa estaba cubierta de polvo, al igual que su alborotado cabello castaño.

Al entrar en la antiquísima tienda, pudo ver todas las cosas fantásticas que allí se podían adquirir siempre que se pagara el precio adecuado. El hombre quedó asombrado por la mercancía que había y por sus nombres excéntricos.

Había un bello ojo de iris dorado flotando en un frasco con forma de águila; la etiqueta ponía: perspicacia. Luego su atención fue robada por una vela que parecía hecha del más fino y delicado cristal: sobre ella bailaba una flama con la forma de unos amantes que se deban un abrazo. “Llama del verdadero amor” era el nombre del artículo.

—¿Qué se le ofrece? —dijo un anciano de aspecto cansado pero ojos brillantes como antorchas—. Han pasado quinientos años desde que vi a un humano venir a mi tienda.

El joven se quedó callado y recordó que se hallaba en un lugar excepcional y único. Pensó en todas las cosas maravillosas que podía conseguir allí siempre y cuando pudiera costearlo.

—¿Qué es lo que se te ofrece, hijo? —volvió a preguntar el anciano, acariciando su barba—. Si un hijo de la humanidad vino tan lejos, es porque tiene en claro lo que desea.

El viajero sacudió su cabeza para enfocar su mente y buscó con prontitud en su tapado de cuero, ya reseco y con grietas por los años de uso, hasta hallar un papel amarillento y arrugado con un símbolo dibujado en él.

El viejo comerciante, al verlo, suspiró mientras fruncía el ceño. Luego puso sobre el mostrador un pequeño reloj cucú al que le faltaban las agujas.

—Si tienes ese papel con eso escrito es porque sabes el precio y estás dispuesto a pagarlo —dijo con empatía.

El hombre asintió mientras tomaba una navaja de otro bolsillo y se pinchaba el dedo para dejar caer unas gotas de sangre sobre el artilugio. Al entrar en contacto con el reloj las gotas dibujaron sus manecillas, que marcaban la hora actual.

Aunque esto lo sorprendió un poco, se sobresaltó en gran medida al ver que el pajarito cucú salía de su encierro. Pero luego todo se tornó negro.

Al despertar se encontraba en una biblioteca repleta de libros; lo había logrado. Era tal como ella le había dicho: la mitad de tu tiempo de vida por media hora en la biblioteca de los recuerdos. Cada libro en esa habitación podía hacerlo revivir cualquier memoria que tuviera como si estuviese allí.

Pocas personas se habían dignado a pagar tal precio, y las que lo hacían solían estar desesperadas por recordar o revivir algún momento especial. Sin embargo, hubo casos en donde destruyeron algún recuerdo en particular para olvidarlo.

Era por esa última razón que él había sacrificado cuanto fue necesario para estar allí. Luego de relamerse los labios y sonreír con amargura, sacó su encendedor y dio un largo suspiro antes de comenzar.

Cuando acabó la media hora, el encargado de la tienda apareció en la habitación y, para su sorpresa, solo halló cenizas y al hombre inconsciente en el suelo. Sin decir nada lo tomó y se encargó de que volviera lo más cerca posible de su hogar.

El tendero nunca había visto a nadie que se atreviera a destruir por completo sus recuerdos. Sabía de algunos que deseaban perder la memoria, pero nunca conoció a nadie tan loco ni que hubiera tenido tan horribles recuerdos como para cambiar la mitad de su vida por volver a ser una hoja en blanco.

Fabricante de sueñOs

El creador de sueños, así le decían. Ese era su trabajo, crear los sueños de toda la humanidad. En su taller trabajaba arduamente para abastecer a todas las personas de más de un sueño por noche. Le prestaba mucha atención al detalle, por más que sabía que la mayoría de sus producciones serían olvidadas no bien despertara el espectador.

Tenía un amplio abanico de temas: sueños felices (que eran sus favoritos), nostálgicos, fantasiosos, extravagantes, extraños y un sinfín de posibilidades más. A veces, solía jugar con ellas y crear sueños con más de una temática. Cada vez que terminaba uno lo guardaba en una burbuja y lo dejaba volar libre. Este surcaba la realidad hasta llegar a la mente que disfrutaría de tal obra maestra.

Cada sueño era una función, un espectáculo único. Algunos eran tan buenos que eran vistos más de una vez. Algunos eran largos, otros más bien cortos, pero todos eran especiales para su creador.

Para fabricar cada uno tomaba un poco de deseo, la cantidad suficiente de ilusión, una buena dosis de recuerdo y una pizca de emociones, y a eso le sumaba polvo de estrella. Con eso trabajaba en su fragua de sueños. Sin embargo, no todo era perfecto, no todo le salía siempre bien. La demanda era mucha y él no contaba con ayuda alguna, por lo que a veces tenía que trabajar con más prontitud. Como resultado, algunos sueños se ensuciaban, otros se rompían y su calidad no era la misma.

Él odiaba que pasara eso, pero aun así se veía obligado a enviarlos. El artífice se negaba a llamar a esas fallas igual que a sus obras perfectas, por lo que recurrió al término “pesadillas” para referirse a ellas. Lleno de impotencia, rabia y vergüenza, las enviaba y lloraba mientras observaba al individuo que sería víctima de su fracaso.

POlvO de estrella

La gran puerta de oscura madera se cerró tras ella con un ruido sordo. Su mirada recorrió la tienda repleta de telarañas y objetos que no se encontraban en ningún otro lugar. Caminó por los pasillos de la prendería observando atentamente los llamativos productos. Al caminar, sus pasos no emitían sonido alguno. Su rostro estaba cubierto por una capucha raída por los eones.

El tendero estaba distraído, no la oyó hasta que se encontró detrás de él. La miró sorprendido y extrañado por unos segundos.

—Por un momento me has asustado, jovencita —dijo con una sonrisa—. Admito que me ha costado reconocerte con esa capucha.

Ella, con movimientos elegantes, se descubrió el rostro y dejó ver su pálida piel, su cabello negro como una noche sin estrellas y sus ojos oscuros como la luna nueva. Esos ojos lo miraban con enojo y recelo.

—¿A qué se debe que estés airada contra mí? —preguntó el tendero—. No recuerdo haberte hecho mal alguno.

Al oírlo la cara de la joven se tensó. Buscó con presteza en su bolsillo, de donde sacó un pequeño trozo de papel arrugado que colocó sobre el mostrador. El viejo lo tomó y lo leyó. Después de un rato dijo:

—Tú lo enviaste hasta aquí, no he sido yo.

La cara de ella se contorsionó como si hubiera recibido una presión en su pecho.

—Jamás pensé que él te encontraría, tampoco imaginé que serías capaz de aceptar que un joven e inexperto humano hiciera tal locura —se lamentó con su voz baja y suave.

El viejo le dio la espalda.

—Yo no vi un joven, yo atendí a un hombre seguro de lo que quería. Dispuesto a todo con tal de olvidar.

—¡Devuélvemelo! Regrésame lo que te ha pagado —exigió ella.

El viejo buscó entre sus cosas un reloj antiguo y lo puso en el mostrador.

—Sabes cómo son las cosas, no te lo puedo dar gratis. Ni siquiera a ti, pequeña —comentó él—. El precio por el mañana es alto, más si es la mitad de la esperanza de vida de alguien.

Inmediatamente después de oírlo ella se arrancó la cadena de plata que colgaba de su cuello, en la cual se hallaba una piedra que brillaba de forma tenue, y la arrojó sobre la mesa.

Al ver el collar el vendedor se sorprendió mucho. Lo tomó y lo analizó con detenimiento.

—Polvo de estrella real… ¿De dónde lo has sacado? —preguntó con los ojos bien abiertos.

Ella desvío la mirada con tristeza.

—Fue en un regalo de él —murmuró.

—¿Se escabulló en la fragua de sueños y robó el corazón de un sueño para ti? Qué humano tan interesante —comentó asombrado—. Me hubiera gustado haberlo conocido más. ¿Estás segura de que quieres venderlo?

—Él ya no recuerda todo el mal que sufrió, pero tampoco me recuerda a mí. Deseo que al menos viva su vida completa, para que pueda acumular recuerdos felices.

El tendero cerró los ojos, le ofreció una sonrisa amarga y tomó el polvo de estrella.

—El precio que has pagado sobrepasa al objeto que has comprado. Dime, niña, ¿desearías que este viejo haga algo más por ti? —dijo con dulzura.

—Quisiera que te asegures de que le llegue a él. Y luego quisiera… —rompió en llanto—. No puedo soportarlo. Por favor, Somnia, déjame olvidar.

Él aceptó y tomó una esfera de color óxido que se hallaba dentro del reloj cucú. Luego de un momento, todo se puso en blanco para ella a medida que el orbe iba tomando un color similar al oro.

Cuando despertó, su mirada se había vuelto inexpresiva y sin emociones. El viejo tendero, Somnia, le habló con voz suave mientras ella se iba:

—Cuando estés lista para recordar, vuelve. Yo estaré aquí esperando, mi querida doncella pálida.

Engranaje rOtO

En aquella descolorida noche, algo brillaba en la penumbra. En sus ojos llenos de vigor se reflejaba un reloj de bolsillo tendido en el suelo. No era uno común, su aspecto era único y hermoso. Parecía hecho del oro más refinado, con manecillas de diamante. Se notaba que era muy fino en sus acabados, y si lo vendiera podría sacarle mucho dinero.

Fascinado por esa belleza tan singular se lo enganchó en la ropa y luego lo siguió contemplando; al hacerlo, notó que estaba averiado. Las agujas del reloj se habían detenido hacía quién sabe cuánto tiempo. No importaba cuánta cuerda se le diera, las manecillas no se movían. Tampoco importaba a dónde lo llevara, pues ningún relojero pudo repararlo.

Pasaron siglos. Sin embargo, aquel hombre, con ojos llenos de vigor como ese mismo día, siguió en busca de alguien que pudiera hacer que su reloj volviese a avanzar.

Había perdido toda esperanza desde que vio cómo la gente que él amaba iba envejeciendo y desapareciendo… hasta ese efímero día. Una fresca mañana se enteró del rumor de una tienda especial: La Prendería de los Desueños. Allí era muy probable que encontrara la pieza que haría funcionar su extraño reloj.

Luego de intentar hallar el lugar durante mucho tiempo, pudo dar con él. Una tienda con aspecto antiguo. Al abrir la puerta con desesperación llamó la atención del dueño, un anciano de larga barba gris.

—Me dijeron que aquí puedo encontrar lo que deseo —dijo, impetuoso.