Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Katalina Luminova ha perdido todo y está a punto de ser subastada como esclava. Sigfried IV, emperador de Nefer en las tierras del sur de Panthea, se ha lanzado a la conquista de las tierras del norte y ha empezado por Albión. Sin fuerzas y sin esperanza, Katalina no puede sino ver cómo se avecina su fatídico destino después de que su padre, el rey Guillermo II, y sus hermanos murieran defendiendo Ursova, la capital de Albión. Por fortuna, John Estrada, el leal capitán de la guardia personal de un duque aliado de Guillermo II, ha salvado la vida junto a sus mejores hombres y logran llegar a tiempo a la subasta para salvarla. Escapan buscando tierras aliadas, los reinos del norte. Katalina recupera la vida. A pesar de las pérdidas, de las peligrosas circunstancias y de las grandes adversidades que enfrenta durante su huida, recupera la esperanza. Logran llegar a tierras aliadas, donde el rey Constantin VIII los acoge bajo su protección en Lucanthia, capital de Euron. Ya con vida y esperanza, Katalina Luminova puede pensar en vengar la muerte de su padre y sus hermanos y en recuperar su reino, pero antes deberá fortalecer sus alianzas, desarrollar nuevas habilidades y unirse a la defensa del reino que la protege. Primero es necesario liberar al reino de Euron del asedio del nigromante Vladimir para poder enfrentar el inminente ataque del emperador Sigfried IV. Los reinos del norte deben unirse para enfrentar al conquistador y Katalina Luminova está dispuesta a todo, sin alcanzar a imaginar lo que el destino le depara. Su travesía apenas acaba de empezar.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 353
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
La princesa cadáver
Jesús Castelló
© La princesa cadáver
© Jesús Castelló
ISBN:
Editado por Tregolam (España)
© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid
Av. Ciudad de Barcelona, 11, 1º Izq. - 28007 - Madrid
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Imágen de portada: © Susana Conde
Adaptación de portada: © Tregolam
Mapa: © Chaim Holtjer
1ª edición: 2022
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o
parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni
su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico,
mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por
escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos
puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Capítulo 1
La variopinta multitud congregada en la plaza aguardaba impaciente, iluminada por el alegre brillo anaranjado de las llamas que los guardias acababan de encender en los faroles. Una menguante afluencia de personas llegaba desde las calles adyacentes. El Imperio había ganado su última guerra y era el momento de empezar con la venta del botín.
Las primeras filas estaban ocupadas por presuntuosos nobles de baja cuna, cuya fortuna y reputación hacía generaciones que solo mermaba, junto a jóvenes burgueses que regentaban negocios de alto poder adquisitivo, ataviados con ropajes muy coloridos.
Conforme avanzaban las filas hacia el final, los ciudadanos de clase media iban convirtiéndose en los de las clases más bajas, que habían acudido a la plaza con la esperanza de tener suerte en una puja y encontrar alguna ganga, o que simplemente estaban ahí para observar. Y ese era uno de los atractivos de la subasta, que prácticamente podían participar todos los públicos.
Uno de los guardias se acercó con un manojo de llaves y quitó el candado de la primera de las jaulas. Las oxidadas bisagras de la puerta de rejas chirriaron en señal de protesta al abrirla.
Katalina Luminova observó, acurrucada desde una esquina, cómo el guardia sacaba arrastrando del pelo a una famélica muchacha, que tenía las muñecas atadas con una cuerda, y la ponía de pie sobre la tarima para que el público pudiera verla bien. A pesar de tener la túnica hecha jirones, el cuerpo lleno de cardenales y la larga cabellera rubia toda sucia y enmarañada, Katalina pudo apreciar la belleza de la joven. En otra época debió de ser muy bonita, pero ahora el brillo de sus ojos color esmeralda estaba apagado por completo.
El subastador era un hombre de avanzada edad y porte regio, con una barba blanca pulcramente recortada. Vestía un jubón de terciopelo de varios tonos de verde, junto a unos calzones de lana, unidos por unos ceñidos pantalones negros a unas elegantes calzas de cuero marrón.
—Se ruega silencio a todos los presentes —anunció con una voz potente y grave—. Va a dar comienzo la subasta de esta noche. Como podéis observar, esta muchacha se trata de una exótica belleza del norte, de cabello dorado y ojos verdes, una auténtica rareza en el sur, con un tono de piel muy blanco. Está un poco sucia, pero tras un profundo lavado quedará magnífica para el uso que le queráis dar, no os decepcionará. Era simplemente una lavandera al servicio de un conde, por lo que se abre la puja por veinte reales de plata.
Katalina pudo ver algún que otro gesto de asentimiento entre las primeras filas mientras analizaban a la joven de arriba abajo, intercambiando murmullos de aprobación.
—Treinta reales —pujó un burgués de la segunda fila.
—Cuarenta —subió un noble a su lado.
—Cincuenta.
—Sesenta monedas —participó otro burgués algo más alejado.
Por un momento nadie dijo nada, por lo que Katalina aprovechó para fijar su mirada en el burgués que se la iba a llevar. Era un hombre de mediana edad con una calva incipiente, que, a juzgar por el lujoso atuendo que portaba, debía de tener bastante dinero, con una protuberante barriga, señal de una buena vida colmada de excesos.
—¿Nadie ofrece más? —inquirió el subastador—. Sesenta a la de una. Sesenta a la de dos…
—Una corona de oro y cuarenta reales de plata —intervino una señora de la primera fila.
Era una noble de avanzada edad, con el pelo canoso elegantemente recogido en un moño alto con una diadema en la raíz trenzada, que lucía un ajustado corpiño negro que dejaba entrever una figura que muchas mozas envidiarían. Iba escoltada por sus propios guardias personales.
Nadie se atrevió a subir más, por lo que la puja se cerró a su favor y uno de sus escoltas subió al estrado a proceder al pago y recoger a la muchacha junto con su documentación. Katalina no supo qué pensar al respecto de las intenciones que la noble tendría para ella.
El siguiente en ser subastado era un recio joven de cabello oscuro que había sido mozo de cuadra, por lo que iba a resultar bastante útil para tareas pesadas; no obstante, no llegaron a ofrecer por él ni una tercera parte que por la chica anterior.
Katalina se acurrucó aún más en la esquina de la jaula, rodeándose las rodillas con los brazos, y se preguntó cuánto ofrecerían por ella y quién se la quedaría. Absorta en sus pensamientos, dejó de prestar atención a la subasta mientras reflexionaba sobre cómo había acabado allí.
El reino de Nefer era un próspero país del sur de Panthea con una extensa y orgullosa tradición militar, que durante treinta años había dado paz a sus vecinos durante el reinado de Sigfried III el Magnífico. Este había sido un hombre de Estado muy capaz que multiplicó por cinco la riqueza del país mediante una industrialización masiva y unos acuerdos comerciales muy competitivos. Pero hacía ya diez años que había muerto y que su hijo había heredado la corona, Estefan Sigfried IV.
El nuevo monarca era bien conocido por las acaloradas discusiones que había mantenido con su padre en el pasado, acerca de las tierras que les habían arrebatado cuando su abuelo perdió la guerra y se vio obligado a firmar el deshonroso Tratado de Erinea.
Cuando el ambicioso rey Sigfried IV llegó al poder, se encontró gobernando un país con una dilatada tradición marcial, con una economía robusta y en superávit desde hacía décadas, que sus vecinos habían dejado crecer sin apenas impedimento.
Empezó reclutando al ejército más poderoso de mundo. Durante un periodo de transición y reformas que duraría dos años, los soldados ya no serían campesinos y miembros de la clase obrera que acudían a las armas cuando su señor los convocaba, para regresar a sus tareas en el campo o en la fábrica una vez el periodo de conflictos terminaba. Pasarían a ser militares profesionales, altamente disciplinados y con un entrenamiento constante. Recibirían un salario más que decente y a los cuarenta y cinco años cumplidos o veinticinco de servicio, se podrían retirar con una generosa pensión garantizada por contrato.
Primero se anexionó las tierras que les habían quitado cuarenta y dos años atrás, tras la firma del Tratado de Erinea. Los reinos vecinos de Limia y Vergel decidieron no pasar por alto la afrenta y convocaron inmediatamente a sus vasallos. Formaron una alianza, igual que en el pasado, y acudieron a presentar batalla en los Campos Etéreos, llamados así porque se decía que era el lugar donde había nacido la magia tantos siglos atrás.
A pesar de superar en número al enemigo en casi tres a uno, las huestes de la alianza fueron vergonzosamente vapuleadas y el rey de Vergel cayó en combate con casi todo su séquito. Al tener la capital tan cerca del campo de batalla y no disponer de tiempo para reorganizarse, no le quedó más remedio al príncipe heredero, de tan solo diez años, que presentar la rendición incondicional.
El rey de Limia se encerró en su capital y trató de reclutar apresuradamente nuevas levas, pero no le sirvió para nada. La capital, Erinea, una urbe de más de trescientos cincuenta mil habitantes que era el lugar donde el abuelo de Sigfried IV había firmado el ignominioso tratado de paz cuarenta y dos años atrás, fue saqueada durante ocho días y siete noches; con sus ciudadanos esclavizados o pasados por la espada. Sus famosas minas de zafiro fueron gravemente expoliadas y el autoproclamado emperador mandó construir un trono hecho íntegramente con el valiosísimo y muy escaso zafiro gris azulado de Limia, en una muestra de poder y arrogancia sin límites.
Poco a poco, el resto de países del sur se fueron anexionando al Imperio de Nefer, bien mediante el lanzamiento de un ultimátum o directamente a través del acero. Una vez que no quedó ni una sola nación libre del yugo neferiano en el sur, el emperador no tardó en fijar su mirada en las lejanas tierras del norte. Señaló con el dedo índice en un mapa el siguiente destino de sus incansables legiones: Albión.
Y los reyes del norte, enfrascados como estaban siempre en sus constantes disputas fronterizas, no fueron capaces de formar un frente común que les diese alguna posibilidad y el reino de Albión cayó en apenas tres semanas de campaña. Aunque la esclavitud había sido abolida por el Tratado de Erinea en su punto número cuatro, esta finalmente fue reinstaurada de manera oficial.
Katalina volvió a prestar atención a la subasta y se dio cuenta de que era la última que quedaba en la rectangular jaula de barrotes herrumbrosos, si bien todavía había otras dos más llenas sin abrir. El guardia se acercó y la levantó agarrándola de la cuerda que le unía las muñecas, haciéndole gemir de dolor al clavársele el áspero material en la lastimada piel.
A pesar de llevar la larga caballera negro azabache despeinada y embarrada, con el corpiño y el corsé hechos jirones y llenos de suciedad, dejando entrever una pálida piel que hacía semanas que no lavaba, Katalina era una joven muy atractiva. Con unos rasgos muy femeninos y un fulgor azul lapislázuli en los ojos que la suciedad de su rostro no era capaz de mitigar.
—Muy bien, damas y caballeros —proclamó el subastador—, ha llegado el momento de dar comienzo a la principal atracción de esta noche. Ante ustedes se encuentra la hija del rey Guillermo II, el monarca del recién derrotado país Albión, Katalina Luminova. Es la última de sus dos hermanos que queda con vida y, además, como podéis observar es una auténtica belleza de piernas esbeltas y cabello negro como el ala de cuervo. Como hija pequeña del rey y doncella que ha pasado sus dieciocho años viviendo en la corte, no será necesario adiestrarla en los modales de una dama. No podemos garantizar su virginidad, si bien no hay registros de que haya vivido en matrimonio; por nuestra parte, podéis tener la más absoluta garantía de que debido a su valor no se le ha puesto un solo dedo encima y se ha preservado su honor.
Respecto a aquella última parte Katalina podía afirmar que era verdad. Se acordó de la primera muchacha que habían subastado esa noche. No quiso ni imaginarse el infierno por el que habría pasado durante su cautiverio.
Alzó la mirada y contempló a la expectante multitud, no había una sola persona en la plaza que no tuviese los ojos posados en ella, analizándola desde los pies hasta la cabeza. Los participantes más pudientes asentían con avidez, evaluando hasta dónde podrían llegar a pujar por ella. Los miembros de la clase media y baja simplemente la miraban con resignación.
—La licitación se abre por cuarenta coronas de oro y no se podrá subir por menos de veinte —declaró el subastador.
—Cien —subió rápidamente uno de los nobles de las primeras filas.
—Ciento veinte —contestó un burgués muy joven.
—Ciento sesenta monedas —replicó el primer noble.
—Ciento ochenta —intervino un noble diferente.
—Doscientas coronas —terció otro burgués.
—Doscientas veinte.
—Doscientas sesenta —habló por primera vez un hombre encapuchado ataviado con una túnica marrón de las filas medias. Varios participantes de la primera fila se giraron para mirarlo con expresión taciturna, estudiando la nueva amenaza.
—Trescientas coronas —volvió a subir el primer noble que había pujado por ella.
Hubo murmullos y cuchicheos entre las primeras filas y ovaciones desde las últimas, mientras el subastador llamaba al orden. Katalina se preguntó para qué la querría exactamente aquel noble que pretendía desembolsar esa enorme cantidad de oro por ella. Aunque realmente ya lo sabía.
—Trescientas cincuenta —replicó el desconocido sin pestañear.
El noble de la primera fila entrecerró los ojos y examinó al encapuchado, tratando de dilucidar hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
—Cuatrocientas —dijo finalmente.
«¿Están locos? —pensó ella—. Con cuatrocientas coronas de oro tienes suficiente dinero para construirte un torreón de buen tamaño, rodeado de tierras de labranza y cultivos que te generen buenos ingresos. ¿De verdad merece la pena gastar esa cantidad de dinero en una concubina?».
El encapuchado maldijo por lo bajo y no tardó mucho en volver a hablar:
—Quinientas.
Toda la plaza guardó silencio a la espera de una respuesta por parte del noble, pero este entró en sus cabales y asumió que no merecía la pena desembolsar tan obscena cantidad de dinero por un juguete del que se iba a aburrir a las pocas semanas y se dio la vuelta.
—Está bien —empezó a decir el subastador al ver que nadie más parecía tener intenciones de querer hablar—. Quinientas a la de una. Quinientas a la de dos…
—Eh, un momento. —Todos se giraron para mirar al hombre de las filas medias que le había interrumpido. Era un bardo bastante ebrio, con el arpa a un lado y una doncella bastante joven, que se habría dejado embelesar por su lengua de miel, al otro—. Yo os conozco, vos sois el capitán John Estrada, ¿verdad?
«¿John Estrada?», a Katalina le sonaba bastante aquel nombre, pero no acababa de ubicarlo exactamente.
El desconocido se removió inquieto murmurando para sí mismo. Al tener el rostro oculto por las sombras de la capucha, Katalina no logró reconocerlo.
—No sé de quién me estáis hablando —respondió al juglar—. Meteos en vuestros propios asuntos, bardo.
Pero el bardo, borracho como una cuba, no se había dado cuenta del contexto en el que estaba.
—Sí, estoy seguro, sois vos. Podría reconocer una cara como la vuestra en cualquier lugar, siempre tan serio y con el ceño fruncido.
—Bardo, estáis borracho. Cerrad esa boca de una maldita vez, antes de que os corte la lengua y se la eche de comer a los perros.
El trovador se calló y no habló más.
Katalina se acordó por fin. Aquel nombre pertenecía al capitán de la guardia personal del duque de Permengton. Era el principal ducado de Albión. El duque era un amigo íntimo del Rey Guillermo II, el padre de Katalina, ambos unos fanáticos de la cetrería y las carreras de caballos. Los dos habían muerto en la guerra.
—Ejem… —carraspeó el subastador—. ¿Le importaría al caballero acudir al estrado a identificarse y justificar de dónde ha sacado tamaña cantidad de dinero?
El encapuchado se quedó en silencio mirando al subastador durante unos segundos que transcurrieron muy lentos. Después, giró la cabeza y miró al trovador. Posteriormente volvió a fijar su mirada en el subastador.
—Malditos bardos del demonio. Nunca sabéis tener la boca cerrada, no podéis estar callados ni un instante —dijo con un tono de voz cargado de animadversión—. Matad al bardo. Después, rescatad a la princesa.
Y entonces todo estalló.
De repente, una decena de miembros del público, todos vestidos con largas túnicas raídas, desenfundaron las ballestas que llevaban ocultas y abrieron fuego a discreción, volando saetas por todas partes.
Katalina vio cómo una se le clavaba en el ojo derecho al bardo y le perforaba el cráneo. Se desplomó muerto en el acto, mientras la doncella que estaba a su lado chillaba histérica.
El capitán John Estrada desenvainó junto a una docena más de hombres unas espadas largas que Katalina reconoció como acero de castillo de alta calidad, forjado exclusivamente para caballeros y nobles. Aproximadamente la mitad se trabaron en combate con los guardias apostados por los lados y el resto avanzó hacia la tarima.
El público congregado en la plaza comenzó a gritar y a correr en todas direcciones intentando escapar del lugar; las personas se empujaban unas a otras y caían chillando al suelo. Los escoltas que acompañaban a los nobles y algún que otro burgués vieron que aquello no iba con ellos y rodearon a sus señores para sacarlos rápidamente de allí.
Empezaron a sonar campanas de alerta por toda la ciudad.
—¡Tenéis que sacarla de aquí y trasladarla a un lugar seguro! —estaba gritando el subastador a los dos guardias que rodeaban a Katalina, pero un virote se le clavó entre los omóplatos y se desplomó de cara contra el suelo. Ya no volvió a hablar más.
Los guardias desenvainaron las espadas y uno de ellos agarró a Katalina del brazo y la obligó a bajar del podio. La arrastró unos pasos alejándola de la plaza, pero entonces ella se revolvió y le puso la zancadilla, tirándolo de bruces al suelo. El otro se giró y levantó la espada para propinarle un golpe en la sien con el pomo, pero Katalina se tiró al suelo y falló. Rodó por el pavimento mientras el primer guardia, que se había medio incorporado, la agarraba del pie. Ella intentó zafarse dándole varias patadas con la otra pierna, sin éxito.
Llegó el otro guardia y le tiró del pelo con violencia para ponerla en pie, haciéndole aullar de dolor. Katalina le propinó un cabezazo en la nariz y le arañó la cara como pudo con las manos atadas, abriéndole la carne y haciéndole sangrar. El otro hombre le atizó un fortísimo golpe con la parte plana de la hoja de la espada en los lumbares y a Katalina se le escapó todo el aire de los pulmones conforme caía al suelo.
El que le había golpeado la cogió sin delicadeza y se la echó al hombro para salir de allí corriendo, pero entonces se toparon de cara con dos caballeros completamente acorazados, espada en mano, que les cortaron el paso. El guardia se dio la vuelta y se encontró con el capitán John Estrada junto con otro caballero más cerrándoles esa vía. Este alzó la ensangrentada espada y les apuntó con ella.
—Soltadla ahora mismo. Echad las armas al suelo y os dejaremos vivir —ordenó con voz tajante.
Los dos guardias, a pesar de ser analfabetos y gozar de una capacidad intelectual bastante limitada, reconocieron al instante que no habrían tenido ninguna posibilidad ni si quiera contra uno solo de esos caballeros; mucho menos con cuatro. Dejaron a Katalina con cuidado de pie en el suelo, tiraron las armas y se pusieron de rodillas junto a la pared con las manos detrás de la cabeza.
—Sabia elección.
Uno de los caballeros se acercó a Katalina, le cortó la cuerda que le unía las muñecas y la cubrió con una túnica marrón que le estaba bastante grande, pero al menos le abrigó y le tapó las partes de su cuerpo que habían quedado al descubierto entre los desgarrones del corpiño.
Se masajeó las muñecas, tenía unos moratones muy feos que iban a tardar bastante en irse.
—De prisa, mi señora —le dijo el capitán John Estrada a modo de saludo—. Tenemos que huir lo más raudo posible de la ciudad. Los destacamentos de los Grises no tardarán en llegar.
Los Grises era el nombre despectivo por el que se conocía a las tropas regulares del Imperio de Nefer, por el distintivo uniforme gris azulado.
Regresaron a la plaza donde se reunieron con el resto de caballeros. Había por lo menos tres docenas de cadáveres en el suelo, casi todos de guardias de la ciudad.
Lo único que sabía Katalina de dónde se encontraban era que estaban a las afueras de una urbe llamada Dember, capital de Vesperia y el asentamiento más al norte del sur. Este había crecido tanto sin control en los últimos años que las murallas solo cubrían la parte interna. Era toda una suerte, ya que habría sido imposible escapar desde el otro lado de la muralla una vez bajado el rastrillo.
Las campanas seguían tañendo, a las cuales se habían sumado, a lo lejos, los gritos de los soldados movilizándose.
Corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían, trató de seguir el ritmo de sus rescatadores mientras se metían por una angosta callejuela sin nada de iluminación. Seis caballeros la rodeaban en todo momento y no se separaban de ella para nada, mientras que el capitán John Estrada lideraba la marcha con ocho hombres y un grupo de seis la cerraba.
Giraron a la derecha en una intersección y acabaron en una plaza que era mucho más pequeña. Estaba desierta, ya que los ciudadanos se habían refugiado en sus hogares al oír las campanadas de alarma. La cruzaron rápidamente intentando evitar las zonas iluminadas en la medida de lo posible y se metieron en otro callejón sin antorchas. Pasaron al lado de un mendigo, que se encogió en una esquina al verlos, y tomaron la izquierda en la siguiente bifurcación.
Llegaron a una calle más ancha en la que casi se chocaron de frente con un pequeño destacamento de diez guardias. La refriega duró poco. Acabaron con la mitad en apenas unos segundos y el restó echó a correr tirando las armas al suelo.
Continuaron por un laberinto de chabolas empantanadas y más calles estrechas hasta llegar al descampado donde dos caballeros aguardaban con los caballos.
—Vaya, por lo visto la puja subió de las seiscientas coronas, ¿eh, capitán? —comentó uno de ellos.
—No exactamente, la había cerrado por quinientas —contestó John Estrada mientras montaba en su corcel negro—, pero la cosa se complicó. Un maldito bardo que no podía tener la boca cerrada. Como siempre.
Un caballero ayudó a Katalina a subir sobre la yegua blanca que le habían reservado y ella asió las riendas con confianza. Debido a su posición en la corte, había aprendido a montar desde pequeña y estaba acostumbrada a dar largos paseos a caballo por los bosques reales.
Los gritos de los soldados neferianos cada vez se oían más cerca, unidos a los ladridos de los perros de caza. Las campanas seguían repicando con furia.
Una vez montaron todos, iniciaron la marcha por un camino ancho y pavimentado, cabalgando lo más ligero posible. Pero, como suponía, duraron poco por ahí y en la primera encrucijada tomaron un desvío a la izquierda, cambiando a una vía pecuaria sin asfalto y más estrecha que les hizo reducir bastante el paso. Atravesaron un lodazal y entraron en un pequeño bosque.
Iban tan en silencio que Katalina podía hasta escuchar el suave susurro de las hojas mecidas por el viento.
Apenas tardaron quince minutos en atravesarlo por completo, saliendo a otro camino de barro. Llegaron a un campo de trigo que se extendía hasta allá donde alcanzaba la vista, por lo que no fue posible rodearlo. Se vieron obligados a separarse y circular por sendas diferentes que conducían al mismo sitio, ya que eran tan estrechas que tenían que ir de uno en uno.
Dejaron atrás los trigales y pasaron al lado de una granja. Despertaron a las vacas que dormían en el corral y estas les mugieron con parsimonia. Las luces del edificio no se encendieron, por lo que supusieron que los granjeros seguirían durmiendo y no los habrían visto.
Por muy rápido que cabalgaran no lograban dejar atrás los ladridos, que parecían oírse cada vez más cerca. Sabían que el rastro que dejaban veinticuatro caballos iba a ser imposible de borrar así que la velocidad era su única opción. Tomaron nuevamente un desvío a la izquierda y se tropezaron con un cultivo de olivos. Era muy denso pero tan solo ocupaba unas pocas hectáreas, lo rodearon sin problemas.
Se adentraron en otro bosque, bastante más grande que el anterior y algo escarpado. Les llevó casi dos horas atravesarlo.
El siguiente camino que tomaron parecía un lodazal, todo embarrado y lleno de charcos. La yegua de Katalina chapoteó salpicando de agua marrón a su alrededor. Tuvieron que reducir mucho la marcha hasta que salieron de él. Volvieron a reanudar el galope lo más presto posible hasta llegar a un caudaloso río que era imposible de cruzar a nado.
Katalina estaba casi segura de que era el río Calgar, no había otro tan ancho y tan azul marino por aquella zona. Se encontraban muy cerca de la frontera con el norte.
John Estrada parecía estar esperándolo como el punto de referencia que tenían planificado en la huida. A galope ligero lo siguieron por la ribera hacia arriba y llegaron a un robusto puente en forma de arco, de adoquines gris clarito.
Había un destacamento de soldados a caballo en formación en la otra parte del río. Katalina los reconoció al instante por los ropajes del desierto, los turbantes y armaduras ligeras de distintos colores, con piercings y tatuajes, que en algunos casos les llegaban hasta la cara. Al costado les colgaban sables y cimitarras tan curvadas que parecían hoces.
Segadores Carmesíes.
Eran mercenarios de la otra parte del mar. Con fama de ser unos asesinos terriblemente eficaces, curtidos en cientos de batallas. Su infame y sanguinaria reputación les precedía allá donde llegaban.
Katalina había oído historias de caballeros en la corte que se habían enfrentado a ellos y si una cuarta parte de lo que contaban era real, tenían un grave problema.
—Maldita sea —murmuró el capitán John Estrada cuando detuvo su caballo en la base del puente, conocedor de que no disponían de mucho tiempo.
—Podemos con ellos, señor —aseguró uno de sus hombres con tono decidido—. Los doblamos en número.
—Son Segadores Carmesíes, Baldric —replicó el capitán sin apartar la mirada de los mercenarios.
—Me he enfrentado a ellos en el pasado —habló otro de los caballeros—. Los he visto estar rodeados y luchar hasta el último hombre, llevándose por delante a cuatro por cada uno de ellos.
—Pero eso eran campesinos armados, Anton —bufó otro—. Yo estuve contigo ahí y he de reconocer que son una unidad experta y muy prestigiosa. Pero nosotros somos la flor y nata del ducado de Permengton. Y somos el doble.
—Esperad aquí —ordenó John Estrada, y avanzó él solo hasta la mitad del puente, donde aguardó.
El oficial de los mercenarios hizo lo mismo y acudió solo. Katalina no pudo escuchar nada de la conversación.
—Tomad, mi señora. —El caballero que estaba a la izquierda de Katalina le ofreció un frasquito que contenía un líquido de color morado—. Si las cosas se complican, bebedlo, por favor. No querríais vivir en persona lo que los segadores les hacen a las doncellas que capturan.
—¿Qué es? —Cogió el frasco y le echó una ojeada antes de guardárselo en un bolsillo.
—Una variante muy potente de la cicutas lillium —explicó él—. Será completamente rápido e indoloro.
Ella asintió y volvió a centrar su mirada en el capitán, que al parecer había llegado a un acuerdo con el jefe de los mercenarios. Tras un asentimiento de cabeza por parte del segador carmesí, John Estrada sacó un saquito oscuro de las alforjas de su montura y se lo entregó. El mercenario revisó su contenido y regresó satisfecho a la formación junto a sus hombres. A una orden suya se dieron la vuelta y se marcharon del lugar.
Los caballeros reanudaron la marcha y continuaron por la calzada de la otra parte del puente. Katalina avanzó algo más rápido y se situó al costado del capitán.
—¿Qué es lo que le habéis dado? —le preguntó, curiosa.
—Cien coronas de oro. Es una sexta parte de lo que tenemos, pero bueno, bastante menos que las quinientas que iba a pagar por vos hace un momento.
Ella se sonrojó y agachó la mirada.
—Muchas gracias —le dijo de todo corazón—. Muchas gracias, capitán, por haberme rescatado. No sé qué hubiera sido de mí si vos no hubierais aparecido...
Él la miró con una expresión inescrutable.
—Es mi deber, mi señora. Sois la hija de mi monarca. No podía permitirlo.
—Aun así, gracias, capitán —repitió ella—. No olvidaré lo que habéis hecho hoy.
Volvieron a meterse campo a través, cruzaron un claro y llegaron a un profundo valle. Les tomó otra hora cruzarlo por completo. No podían descansar ni un instante, todavía iban tras ellos y habían perdido mucho tiempo en el puente con los mercenarios.
Llegaron a un punto donde el camino se dividía en dos. En la desgastada flecha de madera salpicada de moho que señalaba hacia la izquierda se podía leer: «DESFILADERO DEL FUEGO», y en la de la derecha: «EL BOSQUE ENCANTADO».
Aquellas opciones eran las únicas formas de cruzar la frontera terrestre para llegar a los reinos del norte, y Katalina conocía perfectamente por qué eran famosas ambas.
Hacía muchas generaciones, los países del sur habían intentado invadir los del norte cruzando el desfiladero. Pero fueron emboscados por una gran cantidad de hechiceros del Colegio del Saber Ígneo y la expedición acabó ahí.
Su madre le había leído numerosos cuentos del Bosque Encantado cuando era pequeña y le costaba conciliar el sueño. Decían que estaba habitado por hadas, ninfas, náyades, unicornios y centauros; aparte de ser el lugar más mágico del continente. Pero, al fin y al cabo, eran cuentos, no podía ser verdad. Lo único que realmente habitaba en su interior eran los indígenas que poblaban el continente antes de su llegada.
—¿Y ahora qué, señor? —preguntó el caballero que le había dado el frasco a Katalina, al ver que se habían detenido y nadie decía nada.
—No queda otra —habló el capitán con un tono de voz grave y serio—. Tenemos que ir al bosque.
—Pero, señor —gimió otro de los caballeros—, precisamente se llama el Bosque Encantado porque está encantado de verdad. Nadie que entra ahí sale jamás.
—Eso son cuentos para asustar a las niñas, Alfred —respondió otro hombre con tono burlón—. El desfiladero es un suicidio seguro. De noche y con los perros pisándonos los talones... Si no nos atrapan los Grises, caeremos en una de las arenas movedizas o los bancos de víboras. En el bosque no se atreverán a seguirnos.
—Señor, lo que dice Alfred es verdad —habló otro de los caballeros—. Mi primo formó parte de una de las últimas expediciones de castigo que enviaron al Bosque Encantado por los saqueos que realizaban en las aldeas cercanas. La mitad de los que entraron murió o desapareció y él no volvió a ser el mismo desde entonces. Quedó trastornado, hablaba de criaturas bípedas con patas de cabra y cuernos. De hermosas ninfas que atrapaban a los hombres con su belleza y estos se perdían en el bosque tratando de seguirlas. No volvían a saber nada de ellos.
No pareció que hubiera una opinión mayoritaria entre los caballeros y el capitán seguía indeciso, ya que era elegir entre el suicidio y la locura, por lo que Katalina decidió tomar la iniciativa y hablar.
—Capitán, el bosque me parece la mejor opción. Por el desfiladero avanzaremos muy despacio para no caer en las arenas movedizas, las cuales apenas se distinguen de noche. Los neferianos nos acabarán dando alcance, aparte de que al otro lado se encuentra Albión, que ahora es territorio enemigo. Por el bosque no se atreverán a seguirnos y al cruzarlo llegaremos directamente al reino de Euron, donde estaremos a salvo.
El capitán permaneció dubitativo unos instantes, siendo plenamente consciente del riesgo que suponían ambas opciones.
—Sí —asintió finalmente—. Es la opción menos mala, nos arriesgaremos con el bosque.
Capítulo 2
Apenas se habían adentrado cien varas en el Bosque Encantado cuando se encontraron los primeros cadáveres de soldados sureños colgando de los árboles. Nadie dijo nada, pero Katalina tuvo la inquietante sensación de que al pasar por su lado los cuerpos descompuestos la siguieron con la mirada.
Avanzaron despacio, inspeccionando constantemente a su alrededor, sobresaltándose al más mínimo sonido, que al final resultaba ser una liebre que se escabullía por un arbusto; o eso suponían.
Los árboles eran los más longevos y grandes que Katalina había visto jamás, tan ancianos y de ramas tan frondosas que formaban un techo que no permitía pasar luz alguna. Las estrellas y la luna habían desaparecido por completo.
Alrededor del camino se encontraron con arbustos de todo tipo, tanto adelfas y camelias, así como laureles, cuyas hojas parecían refulgir en la oscuridad con un tono verde clarito húmedo.
A medida que se adentraban más en él, el camino se estrechaba y la vegetación se tornaba más exuberante. Los árboles pasaban a ser arces reales y robles de más de cincuenta varas de altura, con la madreselva ascendiendo inexorable por sus tallos.
No importaba el tipo de vegetación que creciera en aquel lugar, todo se mantenía perenne a cualquier época del año; incluso los humildes fresnos que se desarrollaban a la sombra de los más grandes.
No encontraron rastro de animal alguno. Asimismo, el bosque era tan denso que no dejaba pasar el viento, por lo que tampoco escuchaban el mecer de las hojas. Pero sí vislumbraron una especie de diminutas luces esféricas brillantes pululando perezosamente. Supusieron que se trataría de algún misterioso insecto.
Katalina reconoció que era un lugar ideal para caer en una emboscada y esperaba que en cualquier momento empezaran a volar flechas envenenadas de los arbustos o desde arriba. Por otra parte, hacía ya bastante rato que habían dejado de oír los ladridos de los perros de caza, lo cual era todo un alivio. No sabía si tomarse aquello como algo bueno o todo lo contrario.
No tuvieron ningún percance durante las tres primeras horas, hasta que llegaron a una pequeña explanada que contaba con un riachuelo de agua cristalina y decidieron hacer un alto.
Aprovecharon para desmontar y estirar las piernas, dieron de beber a los caballos y los dejaron pastando. Unos hombres se acercaron al manantial y llenaron las cantimploras. Algunos tenían tanta sed que las bebieron de un trago y volvieron a llenarlas.
Katalina estiró los brazos hacia arriba y se desperezó con tanta fuerza que escuchó un crack en su espalda. Se acercó al manantial y se lavó las manos, masajeándose dentro del agua las magulladas muñecas para aliviárselas.
Odiaba el agua fría, siempre ordenaba a sus doncellas que le preparasen el baño casi hirviendo; aun así, por alguna razón, encontró el agua helada del manantial como algo extrañamente refrescante y revitalizante. Formó un cuenco con las manos y se echó sobre la cara toda la que pudo. Repitió el proceso dos veces más y al final acabó metiendo la cara directamente dentro; sujetándose el pelo con una mano para que no se le mojase. A pesar de lo congelada que estaba, notó cómo se le iba la suciedad y se llenó de dicha. En cuanto salieran del Bosque Encantado y llegasen a la primera posada del camino, iba a ordenarle al capitán hacer un alto y se iba a dar un baño completo. Después iba a dormir en una cama, aunque fuera de paja.
Se quitó los destrozados zapatos y se sentó en la orilla, sumergiendo las piernas hasta las rodillas. No había podido cambiarse de ropa desde que la capturaron y el atuendo que llevaba era adecuado para la corte, pero terrible para salir por ahí de aventuras.
Al incorporarse y calzarse sintió los contusionados tobillos mucho mejor, era como si el agua poseyese unas propiedades curativas de las que no tenía conocimiento. Caminó entre los hombres y buscó al capitán John Estrada. Lo encontró debatiendo con sus dos suboficiales sobre si acampar allí para descansar o no.
Era la primera vez que lo veía sin el casco o la capucha. A decir verdad, le pareció bastante joven para el puesto que ostentaba, no debía de llegar a los treinta años. Era el perfecto ejemplo de caballero albionense que Katalina estaba acostumbrada a ver en la corte y en las justas: alto, de voz grave, constitución corpulenta y piel bronceada. La mirada de sus ojos marrones parecía no conocer otra expresión que no fuera de seriedad o preocupación, como si el destino del mundo dependiera de sus decisiones, con un ligero atisbo de arrugas en el entrecejo por fruncir tanto el ceño. Se había dejado crecer esos días una descuidada barba castaña oscura sobre la fuerte mandíbula, pero aun así lo encontró bastante apuesto.
Esperó a que terminase la conversación y los otros dos hombres se marcharan para acercarse a él.
—Capitán —le saludó.
—Mi señora —respondió él con una inclinación de cabeza.
—Parece que va todo bien —comentó ella—. Al final el Bosque Encantado no parece estar tan encantado como decían.
—Eso parece por ahora. Ni criaturas bípedas con cornamenta, ni se ha perdido nadie en la maleza persiguiendo algo que solo él ve.
—¿Vamos a acampar aquí entonces? —inquirió ella ojeando a su alrededor.
—Sí. Llevamos demasiado tiempo sin descansar. Y en un principio parece que ya estamos a salvo de los Grises. No debe de quedar mucho para el amanecer, pero por lo que tengo entendido aquí está oscuro siempre. No sé muy bien cómo puede crecer tanta vegetación sin luz solar. Venid, acompañadme.
Caminaron juntos entre los árboles hasta llegar a las alforjas de él. Se sentaron junto al calor que ofrecía una pequeña hoguera recién encendida. Katalina agradeció mucho el poder acercar las manos para calentárselas, se le estaban empezando a entumecer.
El capitán le pasó una de sus cantimploras y le ofreció una hogaza de pan mientras sacaba un trozo de embutido para acompañarla. Ella le dio las gracias y devoró todo con ansia.
Las raciones de campaña de los soldados distaban mucho de lo que ella estaba acostumbrada, y eso que la de los caballeros eran mejores, pero la comida había sido tan escasa y pobre durante su cautiverio que aquello le pareció un manjar.
—Ahora que tenemos tiempo para hablar —retomó ella la conversación tras beber un trago de agua—, ¿cómo fue que os enterasteis de dónde estaba y de que seguía con vida?
Katalina rememoró el momento de su captura.
A campo abierto no habían tenido ninguna posibilidad contra los neferianos, por lo que su padre tomó la decisión de encerrarse en Ursova, la capital del reino.
Albión era un país pequeño, la capital apenas llegaba a los cien mil habitantes, y nunca había tenido un pasado bélico muy importante. Cuando los neferianos sitiaron la ciudad, tardaron en asaltar las murallas lo que los llevó construir las torres y escalas de asedio con la madera de los alrededores.
Tanto sus dos hermanos mayores como su padre murieron defendiendo las murallas. Siendo consciente de que aunque iba ser un esfuerzo fútil, no quedaba otra opción. Su madre había fallecido el año anterior por una enfermedad desconocida, así que tuvo la «suerte» de no vivir para sufrir la pérdida de toda su familia junto con su reino.
Katalina había intentado escapar de la ciudad cuando ya estaba todo perdido, pero los neferianos la interceptaron a tiempo y los guardias que la escoltaban no fueron suficientes para protegerla.
—Íbamos de camino a apoyar Ursova con todo lo que el duque de Permengton había podido reunir —narró él—. Éramos unos doscientos caballeros y mil ochocientos hombres de armas. Pero los Grises nos emboscaron por el camino, ni siquiera nos lo vimos venir. Fue una masacre. Hicimos lo que pudimos y cuando el duque murió, se convirtió en una desbandada. Yo logré escapar junto con lo que quedaba de mis hombres.
Hizo una pausa y se quedó contemplando cómo las llamas de la hoguera crepitaban y chisporroteaban, a Katalina le pareció atisbar una contenida sensación de tristeza en sus ojos. Ella tendría una parecida, aunque todavía no había tenido tiempo para tomarse un descanso y pensar en todo lo que había perdido.
—Nos volvimos poco más que unos proscritos —continuó relatando él—. Nuestra única forma de informarnos de lo que ocurría era yendo en grupos pequeños a las tabernas. Cuando nos enteramos de la caída de Ursova tratamos de huir a algún país vecino, pero entonces descubrimos que la hija de nuestro rey había sido capturada y que iba a ser subastada en un mercado de esclavos como si fuera ganado. Parecía una historia surrealista, pero todo el mundo contaba lo mismo. Tuvimos que cabalgar tres días sin descanso para poder llegar a tiempo. El duque confiaba en mí para custodiar el oro que llevaba consigo cada vez que salíamos del castillo, por eso disponíamos de una buena fortuna para intentar rescataros por la vía pacífica. Pero bueno, como ya visteis las cosas se torcieron a última hora.
Katalina observó con la mirada perdida aquella especie de esferas luminosas que pululaban indolentemente a lo lejos, reflexionando sobre lo complejo que era el mundo. Aquellos hombres la conocían de vista y, que ella recordase, nunca había intercambiado ni una palabra con ellos. A pesar de ello, estaban dispuestos a arriesgar su vida por rescatarla.
—No sé si alguna vez podré llegar a agradeceros lo que habéis hecho por mí, capitán —le volvió a decir ella—. No sé lo que me estarían haciendo ahora mismo de no ser por vos…
—Somos nosotros los que deberíamos estar agradecidos a vos, mi señora. No somos mercenarios ni forajidos. Todo por lo que habíamos consagrado nuestra existencia había desaparecido en unos pocos días, tanto nuestro reino como nuestro señor. Vos nos devolvisteis el sentido a la vida.
Ella lo miró con una expresión graciosa.
—Ya veo —dijo con tono divertido—. Yo en realidad os doy igual. Lo que estáis buscando es dar un propósito a vuestra vida.
Él parpadeó varias veces, sorprendido por lo que le acababa de decir.
—No, mi señora. No es eso lo que… —Le interrumpieron unos gritos procedentes de la zona del manantial, seguidos del sonido del acero siendo desenvainado.
El capitán se levantó de un salto como un muelle, espada en mano.
—¿Pero qué diablos…? —Salió corriendo y Katalina fue tras él para ver qué estaba pasando.
Se encontraron con un círculo de una docena de hombres con las espadas desenvainadas, en el centro había dos caballeros tirados en el suelo sobre un charco de sangre que seguía creciendo a su alrededor.
Estaban muertos.
—¿Pero qué demonios acaba de pasar? —rugió John Estrada contemplando la escena—. ¿Nos han atacado?
Los hombres se giraron con una expresión de perplejidad en el rostro.
—Ha sido Denys, señor… —explicó uno de ellos—. Se ha vuelto loco. De repente ha sacado la espada y se la ha clavado a Edmond por la espalda. Lo ha matado en el acto.
—Lo rodeamos entre varios y tratamos de dialogar con él —continuó diciendo otro—. Pero fue imposible, estaba completamente ido. No paraba de decir estupideces. Intentó atacarnos él solo a varios y tuvimos que defendernos. Es una locura…
