La Princesa de Clèves - Madame de Lafayette - E-Book

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Madame de Lafayette

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Beschreibung

 Una encuesta realizada por la revista cultural francesa "Télérama" entre 100 escritores franceses sobre sus libros favoritos mostró que "La Princesa de Clèves" de Madame de La Fayette ocupaba el tercer lugar en una lista encabezada por grandes bestsellers como "En busca del tiempo perdido" de Marcel Proust y "Ulises" de James Joyce. La historia transcurre precisamente en Francia, en la corte de Enrique II, donde la joven heroína del título ingresa en una sociedad en la que los casos amorosos adúlteros de los bellos y poderosos forman parte de la norma vigente. La narrativa y las escenas de intimidad y traición de "La Princesa de Clèves" fueron recibidas como un escándalo en la época de su lanzamiento e incluso recientemente, en 2009, el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy dio un nuevo impulso a las ventas al criticar el libro y provocar una fuerte reacción de los lectores y admiradores. Publicada en 1678, la obra aún ofrece al lector actual una experiencia de profundidad y complejidad irresistibles. "La Princesa de Clèves" forma parte de la famosa colección: "1001 Libros que hay que leer antes de morir".

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Seitenzahl: 300

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Madame de La Fayette

LA PRINCESA DE CLÈVES

Título original:

“La Princesse de Clèves”

Sumario

PRESENTACIÓN

LA PRINCESA DE CLÈVES

Libro Primero

Libro Segundo

Libro Tercero

Libro Cuarto

PRESENTACIÓN

Madame de La Fayette

1634 - 1693

Madame de La Fayette fue una escritora francesa, reconocida como una de las figuras pioneras de la novela moderna. Nacida en París, en el seno de una familia noble, se destacó por sus obras que exploraban la vida en la corte, las complejidades del amor y las normas sociales de su tiempo. Su novela más famosa, La princesa de Clèves (1678), es considerada una de las primeras novelas psicológicas en la literatura europea, adelantándose a su época en el tratamiento de los conflictos emocionales y la introspección de sus personajes.

Infancia y Educación

Marie-Madeleine Pioche de La Vergne, más tarde conocida como Madame de La Fayette, creció rodeada de cultura y erudición. Recibió una educación esmerada, estudiando literatura, latín y filosofía. En 1655, se casó con François Motier, conde de La Fayette, y a partir de entonces comenzó a frecuentar los círculos literarios e intelectuales de París. Fue amiga cercana de escritores y filósofos como La Rochefoucauld, quienes influyeron en su estilo y pensamiento.

Carrera y Contribuciones

Madame de La Fayette se dedicó a la escritura en una época en la que pocas mujeres tenían presencia en la literatura. Publicó su primera obra, La princesa de Montpensier, en 1662, bajo anonimato. Sin embargo, fue La princesa de Clèves la que marcó un hito en su carrera. La novela narra los dilemas amorosos y morales de la joven princesa en la corte de Enrique II de Francia, una sociedad regida por las apariencias y la reputación. La obra destacó por su retrato detallado de las emociones y el conflicto entre el deber y el deseo, lo que la sitúa como precursora de la novela psicológica.

Impacto y Legado

La obra de Madame de La Fayette influyó profundamente en la literatura francesa. La princesa de Clèves fue un paso significativo hacia la novela moderna, al centrarse en el análisis de los sentimientos y las motivaciones internas de sus personajes. Su estilo sobrio y elegante, junto con su habilidad para captar la complejidad de las relaciones humanas, inspiró a generaciones de escritores posteriores.

A pesar de las restricciones de su época, Madame de La Fayette se erigió como una autora clave en la historia de la literatura francesa. Hoy en día, sus obras continúan siendo leídas y estudiadas, y su contribución al desarrollo de la novela es ampliamente reconocida.

Madame de La Fayette falleció en 1693, a los 59 años. Aunque no fue ampliamente reconocida durante su vida, su legado ha crecido con el tiempo, consolidándose como una de las primeras grandes novelistas. Su capacidad para explorar la psicología de sus personajes en un entorno restringido por las normas sociales sigue siendo una fuente de inspiración y análisis en el ámbito literario.

Sobre la obra

La princesa de Clèves es una obra que examina las complejidades del amor, la virtud y las expectativas sociales en la corte francesa del siglo XVI. Madame de La Fayette ofrece una crítica de la sociedad cortesana, donde las apariencias y las obligaciones están constantemente en conflicto con los deseos personales. A través de la protagonista, la novela explora temas como la lealtad, la honestidad y las tensiones entre el deber y la pasión.

La princesa de Clèves, atrapada en un matrimonio respetable pero sin amor, se enfrenta a sus propios sentimientos hacia el Duque de Nemours, lo que la lleva a una encrucijada moral. La obra subraya la lucha interna de la protagonista entre sus emociones y su sentido del honor, destacando las presiones que la sociedad impone sobre las mujeres en particular.

Desde su publicación, La princesa de Clèves ha sido reconocida por su enfoque innovador en la literatura francesa, siendo una de las primeras novelas modernas en centrarse en la psicología interna de sus personajes. La novela sigue siendo objeto de estudio por su tratamiento sofisticado de los conflictos emocionales y su representación de las restricciones sociales que afectan a la vida personal.

El análisis de la virtud y el sacrificio personal en La princesa de Clèves continúa siendo relevante hoy en día, ya que plantea preguntas sobre la autenticidad, la fidelidad y la naturaleza del amor en un mundo donde las reglas externas a menudo sofocan los sentimientos individuales.

LAPRINCESA DE CLÈVES

Libro Primero

La magnificencia y la galantería nunca brillaron con tanto esplendor como en los primeros años del reinado de Enrique II. Era este un príncipe galante, apuesto y enamorado; aunque su pasión por Diana de Poitiers, duquesa de Valentinois, había comenzado más de veinte años atrás, no por ello era menos violenta, ni dejaba él de dar los más clamorosos testimonios de su amor.

Como su destreza era admirable en toda clase de ejercicios físicos, los convertía en una de sus principales ocupaciones. Todos los días se celebraban cacerías, juegos de pelota, bailes, carreras de anillos y otras diversiones; los colores e iniciales de la señora de Valentinois aparecían por doquier, y ella se presentaba en la corte con atuendos y adornos que hubiera podido lucir su nieta, la señorita de La Marck, que se hallaba por entonces en edad de contraer matrimonio.

La presencia de la reina autorizaba la suya. La reina era hermosa, aunque ya hubiera pasado de la primera juventud; le gustaban la grandeza, el fasto y los placeres. El rey se había casado con ella siendo aún duque de Orléans, en vida de su hermano mayor el Delfín, que murió después en Tournon, príncipe a quien su cuna y sus grandes cualidades destinaban a ocupar dignamente el trono de su padre, el rey Francisco I.

El carácter ambicioso de la reina le hacía hallar gran dulzura en reinar; soportaba sin demasiada pena el cariño del rey por la duquesa de Valentinois, y no parecía sentir celos, aunque era tan profundo en ella el disimulo, que resultaba difícil juzgar cuáles eran sus verdaderos sentimientos, y la diplomacia la obligaba a acercarse a la duquesa, para acercarse de este modo al rey. Aquel príncipe gustaba del trato con las mujeres, incluso con aquellas de las que no estaba enamorado; acudía todos los días a los salones de la reina a la hora de la tertulia, pues lo más hermoso y gallardo de uno y otro sexo se daba cita allí.

Jamás se vieron en corte alguna tantas mujeres hermosas ni tantos hombres de admirable prestancia; parecía como si la naturaleza hubiese hallado placer en dotar con sus más preciados dones a las más bellas princesas y a los más grandes príncipes. Isabel de Francia, que fue después reina de España, empezaba a dar muestras de un asombroso talento y a lucir esa incomparable hermosura que le fue tan funesta. María Estuardo, reina de Escocia, que acababa de casarse con el Delfín y a quien llamaban la Delfina, era una criatura perfecta, tanto de cuerpo como de espíritu; fue educada en la corte de Francia y aprendió en ella todo su refinamiento; había nacido con tal disposición para todas las cosas bellas que, pese a su gran juventud, las apreciaba y entendía mejor que nadie. La reina, su suegra, y Madame, la hermana del rey, mostraban asimismo gran afición a los versos, al teatro y a la música. El amor que el rey Francisco I sintió por la poesía y por las letras seguía reinando en Francia, y el rey su hijo, a quien gustaban los ejercicios físicos, los introdujo en la corte, de suerte que en ella se daban toda clase de regocijos; pero lo que en realidad hacía que aquella corte fuera bella y majestuosa era el número infinito de príncipes y de grandes señores de extraordinarios méritos. Los que voy a nombrar seguidamente eran, aunque en diferentes facetas, el ornato y la admiración de su época.

El rey de Navarra atraía el respeto de todos por la grandeza de su alcurnia y por la que mostraba en toda su persona. Destacaba en la guerra, y el duque de Guisa rivalizaba con él de tal modo que varias veces dejó dicho rey su puesto de general para combatir a su lado como simple soldado, en los puestos más peligrosos. Bien es verdad que el duque había dado muestras de un valor tan admirable y había obtenido tantos y tan felices triunfos, que no había gran capitán que no lo mirase con envidia. Su valentía iba acompañada de otras muchas grandes cualidades: poseía un ingenio amplio y profundo, un alma noble y elevada y una igual capacidad para la guerra y para los negocios. El cardenal de Lorraine, su hermano, había nacido provisto de una ambición desmesurada, de un vivo ingenio y de una elocuencia admirable, y había adquirido profundos conocimientos, de los que se valía para que lo considerasen con respeto cuando defendía la religión católica, que empezaba a ser atacada. El caballero de Guisa, a quien después nombraron gran prior, era un príncipe amado de todos, apuesto, de gran talento y habilidad, con un valor admirable que lo hizo célebre en toda Europa. El príncipe de Condé, dentro de un cuerpecillo no muy favorecido por la naturaleza, albergaba un alma noble y altiva, y un ingenio que lo hacía parecer amable incluso a los ojos de las mujeres más bellas. El duque de Nevers, cuya vida se cubría de gloria tanto en la guerra como en los importantes puestos que desempeñaba, pese a ser de edad ya algo avanzada, era el encanto de toda la corte. Tenía tres hijos, todos ellos bien plantados y gallardos: el segundo, a quien llamaban príncipe de Clèves, era digno de ostentar un apellido tan glorioso como el suyo; era valiente y magnífico, y de una prudencia que no suele ir de par con la juventud. El Vidamo de Chartresi, que descendía de la antigua casa de Vendôme — cuyos príncipes de sangre real no desdeñaron llevar aquel nombre — , se distinguía por igual en las armas y en la galantería. Era bizarro, de rostro agraciado, valiente, atrevido, liberal; todas estas cualidades lucían en él impetuosas y brillantes; finalmente, era el único caballero digno de ser comparado al duque de Nemours, si alguien hubiera podido comparársele, pues este príncipe era una obra maestra de la naturaleza. Lo menos admirable en él era ser el hombre más apuesto y agraciado que uno pueda imaginarse. Lo que lo hacía superior a todos los demás era su incomparable valor, y un agrado tal en el trato y en su manera de obrar que jamás se vieron en otro; su jovialidad gustaba tanto a hombres como a mujeres; su extraordinaria habilidad para toda clase de ejercicios, una manera de vestirse que todos trataban de copiar sin lograr imitarlo nunca y, finalmente, algo especial en toda su persona, obligaban a mirarlo solo a él allí donde se encontrase. No había ninguna dama de la corte que no sintiera halagada su vanidad si él se interesaba por ella; pocas eran aquellas a quienes pretendió que pudieran presumir de habérsele resistido, e incluso varias de ellas a quienes él no dio muestra alguna de pasión, no por ello dejaron de sentirla. Poseía tanta dulzura y tal disposición para la galantería que no le era posible negar ciertas atenciones a las que querían agradarle; de ahí que tuviera varias amantes, pero era difícil adivinar a cuál de ellas amaba de verdad. Iba a menudo a visitar a la Delfina; la belleza de esta princesa, su dulzura, el cuidado que ponía en agradar a todo el mundo, así como la especial estima que sentía por aquel príncipe, dieron lugar, en más de una ocasión, a creer que él alzaba sus miradas hacia ella. Era sobrina de los señores de Guisa, quienes habían visto aumentar grandemente su crédito y consideración gracias a su matrimonio; la ambición de estos señores les hacía aspirar a igualarse con los príncipes de sangre real y a compartir el poder del condestable de Montmorency. El rey delegaba en este la mayor parte del gobierno y de sus negocios, y trataba al duque de Guisa y al mariscal de Saint-André como favoritos. Pero aquellos a quienes el favor o los negocios acercaban a su persona no lograban mantenerse en su puesto a no ser sometiéndose a la duquesa de Valentinois; y aunque ella ya no tuviera ni juventud ni belleza, dominaba al rey con un imperio tan absoluto que podía decirse que era dueña tanto de su persona como del Estado.

El rey siempre sintió afecto por el condestable y, en cuanto empezó a reinar, lo mandó llamar del exilio adonde lo había enviado el rey Francisco I. La corte se dividía entre los partidarios de los señores de Guisa y los del condestable, que se hallaba respaldado por los príncipes de sangre real. Ambos partidos trataban de ganarse a la duquesa de Valentinois. El duque de Aumale, hermano del duque de Guisa, se había casado con una de las hijas de la duquesa; el condestable aspiraba a la misma alianza. No se conformaba con haber casado a su hijo mayor con madame Diane, hija del rey y de una dama del Piamonte, que se hizo religiosa en cuanto dio a luz. Este enlace había tenido que vencer muchos obstáculos, pues el señor de Montmorency le había dado promesa de matrimonio a la señorita de Piennes, una de las damas de honor de la reina; y aunque el rey superó estos obstáculos con una paciencia y una bondad extremas, el condestable no se sentía aún suficientemente respaldado si no se atraía a la señora de Valentinois, apartándola de los señores de Guisa, cuya grandeza empezaba a producir cierta inquietud a la duquesa. Esta había retrasado en la medida de lo posible la boda del Delfín con la reina de Escocia: la belleza y el ingenio despierto y progresista de la joven princesa, así como la nobleza que este matrimonio proporcionaba a los señores de Guisa, le resultaban insoportables. Odiaba particularmente al mariscal de Lorraine, quien le había hablado con acritud y hasta con desdén. Veía que este mariscal iba estrechando cada vez más sus relaciones con la reina, de suerte que el condestable la halló propicia a unirse a él para llevar a cabo el enlace de su nieta, la señorita de La Marck, con el señor d’Anville, su segundo hijo, que después le sucedió en el cargo durante el reinado de Carlos IX. El condestable no pensaba encontrar obstáculos para aquella boda por parte del señor d’Anville, como había sido el caso por parte del señor de Montmorency pero, aun sin saber las razones, no fueron menores las dificultades. El señor d’Anville estaba perdidamente enamorado de la Delfina y, pese a albergar muy pocas esperanzas respecto al resultado de su pasión, no quería determinarse a un compromiso que le obligaba a dividir sus atenciones. El mariscal de Saint-André era el único en la corte que no se unía a ningún partido. Era uno de los favoritos, y ese favor solo era debido a su persona: el rey sentía cariño hacia él desde los tiempos en que aún era Delfín, y más tarde lo había nombrado mariscal de Francia, a una edad en que no se acostumbra pretender ninguna clase de honores. La preferencia del rey le proporcionaba un brillo que él sabía sustentar con sus méritos, con el agrado que se desprendía de su persona, con una gran delicadeza en hacer los honores de su mesa y en la elección de sus muebles, y con la mayor suntuosidad que jamás se haya visto en un hombre noble. La largueza del rey sufragaba estos gastos; llegaba hasta la prodigalidad con aquellos a quienes amaba; no poseía todas las cualidades que debe de tener un gran rey, pero sí muchas de ellas y, sobre todo la de gustarle la guerra y entenderla. De ahí que hubiera obtenido algunos resultados afortunados y, si exceptuamos la batalla de San Quintín, su reinado había sido una sucesión de victorias. Ganó en persona la batalla de Renty; conquistó el Piamonte; los ingleses fueron arrojados de Francia y el emperador Carlos V vio acabarse su buena suerte ante la ciudad de Metz, a la que sitió inútilmente con todas las fuerzas del Imperio y de España. No obstante, como la derrota de San Quintín había disminuido las esperanzas de nuestras conquistas, y como después la fortuna parecía repartirse entre ambos reyes, se vieron abocados a firmar la paz.

La duquesa viuda de Lorraine había empezado a proponer esta paz en tiempos de los desposorios del Delfín. Desde entonces acá, siempre había existido alguna negociación secreta. Por fin, se eligió Cercamp, en la comarca de Artois, como lugar donde deberían reunirse. El cardenal de Lorraine, el condestable de Montmorency y el mariscal de Saint-André asistieron en nombre del rey de Francia; el duque de Alba y el príncipe de Orange, en nombre de Felipe II, y el duque y la duquesa de Lorraine actuaron de mediadores. Los principales artículos que allí se trataron fueron el matrimonio de Isabel de Francia con don Carlos, infante de España, y el de Madame, hermana del rey, con el señor de Saboya.

El rey se quedó, empero, en la frontera, y allí recibió la noticia de la muerte de María, reina de Inglaterra. Mandó al conde de Randan para que felicitase en su nombre a Isabel por su advenimiento al trono; ella lo recibió con alegría, pues sus derechos se hallaban tan mal establecidos que le resultaba muy favorable verse reconocida por el rey de Francia. El conde la encontró muy al corriente de los intereses de la corte de Francia y de los méritos de los que formaban parte de ella. Sobre todo, la halló tan convencida de la reputación del duque de Nemours, le habló tantas veces de este príncipe y con tal solicitud que, al tornar de su viaje y dar cuenta de él al rey, el señor de Randan le dijo que el señor de Nemours podía pretender cuanto quisiera cerca de aquella reina, y que no dudaba de que incluso fuera capaz de casarse con él. El rey habló de ello al duque aquella misma noche; pidió al señor de Randan que le relatase todas sus conversaciones con Isabel y aconsejó al señor de Nemours que intentara tan gran fortuna. El señor de Nemours pensó en un principio que el rey no le hablaba en serio, pero al ver que no era así, le dijo:

 — Por lo menos, Señor, si me embarco en esta quimérica empresa por consejo y en servicio de Vuestra Majestad, os suplico guardéis el secreto hasta que el éxito me justifique ante el público, de modo que no parezca yo tan imbuido de vanidad como para pensar que una reina, que no me ha visto jamás, quiera casarse conmigo por amor.

El rey le prometió que no hablaría más que con el condestable de aquel proyecto y hasta juzgó necesario guardar el secreto para obtener el éxito. El señor de Randan aconsejó al señor de Nemours que se embarcara para Inglaterra con el simple pretexto de viajar, mas este príncipe no pudo resolverse a hacerlo así. Envió a Lignerolles, su favorito, que era un joven de mucho talento, para que tantease los sentimientos de la reina de Inglaterra y para tratar de establecer alguna relación. Mientras esperaba el resultado de este viaje, fue a visitar al duque de Saboya, que se hallaba entonces en Bruselas con el rey de España. La muerte de María de Inglaterra había traído consigo grandes obstáculos para la paz; se interrumpieron las negociaciones a finales de noviembre y el rey regresó a París.

Apareció por entonces en la corte una mujer de tan peregrina hermosura que atrajo las miradas de todos, y forzoso es creer que se trataba de una belleza perfecta, pues provocaba admiración en un lugar en donde se estaba muy acostumbrado a ver mujeres hermosas. Pertenecía a la misma casa que el Vidamo de Chartres y era una de las más ricas herederas de Francia. Su padre había muerto joven, dejándola a cargo de su mujer, la señora de Chartres, cuyas cualidades, méritos y virtudes eran extraordinarios. Tras haber perdido a su marido, esta señora pasó varios años sin aparecer por la corte. Durante esta ausencia, dedicó sus cuidados a la educación de su hija; mas no solo trató de cultivar en ella la inteligencia y la belleza, sino que también se preocupó por enseñarle la virtud y hacérsela amar.

La mayoría de las madres imaginan que basta con no hablar nunca de intrigas amorosas delante de las jovencitas para que se aparten de ellas. La señora de Chartres sostenía la opinión contraria; a menudo describía a su hija lo que era el amor; le mostraba lo que de agradable tiene para persuadirla más fácilmente de sus peligros; le contaba la falta de sinceridad de los hombres, sus engaños y sus infidelidades, y las desgracias que pueden traer consigo ciertos compromisos. Le hacía ver, por otra parte, cuán tranquila es la vida de una mujer honesta, y cómo la virtud da brillo y elevación a una persona que ya de por sí posee belleza y rango; mas también le hacía comprender que es difícil conservar la virtud, a no ser desconfiando extremadamente de sí misma, y poniendo un gran cuidado en hacer solo aquello que puede darle la felicidad a una mujer; o sea, amar a su marido y ser de él amada.

Aquella heredera era, por entonces, uno de los mejores partidos que había en Francia y, pese a su extremada juventud, ya le habían propuesto varios matrimonios. La señora de Chartres era sumamente orgullosa y no encontraba casi nada digno de su hija. Cuando esta cumplió los dieciséis años, la llevó a la corte. Al llegar, salió el Vidamo a recibirlas. Quedó asombrado, y con razón, de la belleza de la señorita de Chartres. La blancura de su tez y sus cabellos rubios le daban un esplendor sin igual; sus facciones eran de una gran regularidad y su cara y su talle estaban llenos de gracia y encanto.

Al día siguiente de su llegada, la señorita de Chartres se dirigió a casa de un joyero italiano con objeto de mandar engarzar unas piedras preciosas. Aquel hombre había venido de Florencia con la reina, y tanto se había enriquecido con su tráfico, que su casa más parecía la de un gran señor que la de un comerciante. Estando ella allí, llegó el príncipe de Clèves. Quedó tan conmovido por su belleza que no pudo ocultar su sorpresa, y la señorita de Chartres tampoco pudo evitar ruborizarse ante el asombro que causaba. No obstante, se repuso sin manifestar mayor atención a los actos de aquel príncipe que la exigida por la cortesía hacia un hombre del rango que este parecía tener. El señor de Clèves la contemplaba con admiración y no podía comprender quién sería aquella hermosa mujer que él no conocía. Por su aspecto, y por los criados que la acompañaban, presumía que debía ser de alta alcurnia. Su juventud le hacía pensar que era soltera, pero no viendo a su madre y oyendo al italiano — que no la conocía — llamarla “Señora”, no sabía qué pensar, y continuaba mirándola con extrañeza. Advirtió que sus miradas la turbaban, al revés de lo que suele ocurrirles a otras jovencitas, que ven siempre con gran placer el efecto producido por su belleza; incluso le pareció que él era la causa de la impaciencia que demostraba por marcharse y, en efecto, se marchó en seguida. El señor de Clèves se consoló de perderla de vista con la esperanza de enterarse de quién era, pero quedó muy sorprendido cuando el italiano le dijo que tampoco él la conocía. Tan afectado lo dejó su belleza y la modestia que en sus acciones se traslucía que, desde aquel mismo instante, concibió por ella una pasión y una estima extraordinarias. Aquella misma noche fue a visitar a Madame, la hermana del rey.

Esta princesa era muy considerada por todos a causa de la influencia que sobre su hermano el rey ejercía. Y tan grande era esa influencia que el rey, al firmar la paz, consintió en devolver el Piamonte solo para que ella pudiera casarse con el duque de Saboya. Aunque durante toda la vida había deseado casarse, nunca quiso hacerlo de no ser con un soberano, y había rechazado al rey de Navarra cuando todavía era duque de Vendôme por esta razón. Siempre había sentido inclinación por el señor de Saboya, desde que lo conoció en Niza, en la entrevista que celebraron el rey Francisco I y el Papa Pablo III. Como poseía mucho talento y un gran discernimiento para las cosas bellas, atraía a todo el mundo y había algunas horas en que toda la corte se encontraba en su casa.

El señor de Clèves acudió allí como tenía por costumbre; estaba tan obsesionado con el encanto y la belleza de la señorita de Chartres que no podía hablar de otra cosa. Contó en voz alta su aventura, sin cansarse de alabar a la persona que había visto y a quien no conocía. Madame le dijo que no existía ninguna mujer en la corte que respondiera a sus descripciones y que, de haberla, todos la conocerían. La señora de Dampierre, que era su dama de honor, pero también amiga de la señora de Chartres, al oír esta conversación, se acercó a la princesa y le dijo en voz baja que sin duda era a la señorita de Chartres a quien había visto el señor de Clèves. Madame se volvió entonces hacia él y le dijo que, si volvía por su casa al día siguiente, tendría el gusto de presentarle a aquella beldad que tanto lo había conmovido. Efectivamente, la señorita de Chartres apareció al día siguiente; fue recibida por las princesas con todos los halagos que imaginarse puedan y con tal admiración de todos que no oía sino alabanzas a su alrededor. Las recibía con tan noble modestia que no parecía oírlas o, al menos, darse por aludida. Fue a visitar después a Madame, la hermana del rey. Esta princesa, tras alabar su belleza, le contó el efecto que había producido en el señor de Clèves, quien entró un momento después.

 — Venid — le dijo Madame — . Podéis comprobar que he cumplido mi promesa. Os presento a la señorita de Chartres. ¿No es esta la beldad que tanto buscabais? Agradecedme al menos que yo le haya contado la admiración que por ella sentís.

El señor de Clèves experimentó una gran alegría al saber que aquella jovencita, que tan digna de ser amada le había parecido, era de un linaje comparable a su belleza; se acercó a ella y le suplicó recordase que él había sido el primero en admirarla y que, aun sin conocerla, había sentido por ella todo el respeto y la estima que se merecía.

El caballero de Guisa y él, que eran amigos, salieron juntos de casa de Madame. En un principio, alabaron sin tasa a la señorita de Chartres. Finalmente, pensando que la estaban alabando en demasía, cesaron ambos de decir lo que pensaban. Pero, sin embargo, viéronse obligados a seguir hablando de ella en los días siguientes por todas partes en donde la encontraban; aquella nueva beldad fue, durante mucho tiempo, tema de todas las conversaciones. La reina le prodigó grandes lisonjas y tuvo con ella consideraciones extraordinarias. La Delfina la convirtió en una de sus favoritas y rogó a la señora de Chartres que la llevara a menudo a su casa. Las hijas del rey la mandaban llamar para que participase en todas sus diversiones. En fin, que era amada y admirada por toda la corte, excepto por la señora de Valentinois. Y no era porque su belleza le hiciera sombra: una larguísima experiencia le había demostrado que nada tenía que temer de la fidelidad del rey, mas sentía tanto odio hacia el Vidamo de Chartres, a quien había procurado atraerse mediante el matrimonio con una de sus hijas y que se había pasado al bando de la reina, que no podía mirar favorablemente a nadie que llevara su nombre y a quien él apreciase tanto.

El príncipe de Clèves se enamoró apasionadamente de la señorita de Chartres y deseaba ardientemente casarse con ella, mas temía que el orgullo de la señora de Chartres se sintiera herido y no quisiera entregar su hija a un hombre que no era el primogénito de su familia. No obstante, siendo su familia de tan alto rango, y acabando de contraer matrimonio el conde d’Eu (que era el mayor de la casa) con una dama tan cercana a la casa real, sus temores eran infundados y producidos más bien por la timidez que da el amor que por auténticas razones. Tenía muchos rivales: el caballero de Guisa le parecía el más temible de todos por su cuna, sus méritos y el brillo que el favor del rey proporcionaba a su casa. Este príncipe se había enamorado de la señorita de Chartres desde el primer día en que la vio; se había percatado de la pasión del señor de Clèves, lo mismo que este de la suya. Aun siendo amigos, el alejamiento que produce el tener las mismas pretensiones no les permitió explicarse y su amistad se fue enfriando sin que trataran de aclarar las cosas. La ventura del señor de Clèves, por haber sido el primero en ver a la señorita de Chartres, parecía un feliz presagio y le otorgaba ciertas ventajas sobre sus rivales. Preveía, sin embargo, que su padre el duque de Nevers pondría muchos obstáculos. El duque mantenía estrechas relaciones con la duquesa de Valentinois; ella era enemiga declarada del Vidamo y esto bastaba para que el duque de Nevers impidiera que su hijo se desposara con la sobrina del mismo.

La señora de Chartres, que tanto se había afanado en inspirar la virtud a su hija, siguió adoptando las mismas precauciones al hallarse en un lugar donde tan necesarias eran y en donde se daban tan peligrosos ejemplos. La ambición y la galantería eran el alma de aquella corte y ocupaban tanto a hombres como a mujeres. Existían tantos intereses y tantas intrigas diferentes en las que intervenían las mujeres, que el amor siempre se hallaba mezclado con el interés y el interés con el amor. Nadie había tranquilo o indiferente; todos pretendían medrar, gustar a alguien o perjudicarle. No se conocía ni el aburrimiento ni la inactividad, y el tiempo transcurría en regocijos e intrigas. Las señoras repartían sus afectos entre la reina, la Delfina, la reina de Navarra, Madame la hermana del rey y la duquesa de Valentinois. Las simpatías, las razones de conveniencia o las semejanzas de carácter forjaban estos diferentes afectos. Aquellas que habían dejado atrás la primera juventud y que hacían gala de una virtud más austera, se acercaban a la reina. Las más jóvenes, que perseguían la alegría y los galanteos, hacían la corte a la Delfina. La reina de Navarra tenía asimismo sus favoritas: era joven y ejercía gran poder sobre su marido el rey; este se hallaba unido al condestable y gozaba por lo mismo de mucha influencia. Madame, la hermana del rey, conservaba aún parte de su belleza y atraía a muchas damas a su alrededor. La duquesa de Valentinois disponía de todas aquellas a quienes se dignara mirar, pero pocas mujeres le resultaban agradables. Excepto algunas, que gozaban de su familiaridad y de su confianza, y cuyo carácter era parecido al suyo, solo recibía en su casa aquellos días en que le complacía reunir en torno a sí una corte tan nutrida como la de la reina.

Entre todas estas cábalas tan variadas existía emulación y envidia. Las damas que de ellas formaban parte sentían celos unas de otras, ora por las mercedes, ora por los amantes. Los intereses de grandeza y medro se hallaban por lo general unidos a otros intereses menos importantes, pero no menos apreciables. De ahí que existiera una especie de agitación no desordenada en aquella corte, cosa que la hacía muy agradable, pero también muy peligrosa para una joven. La señora de Chartres veía el peligro y no pensaba sino en salvaguardar a su hija. Le rogó, no como una madre sino como si fuera una amiga suya, que le confiase todas las galanterías que le dijeran y le prometió ayudarla a comportarse en todas aquellas cosas que pudieran azorarla, siendo tan joven.

De tal manera dejó traslucir sus sentimientos el caballero de Guisa, así como los proyectos que albergaba respecto a la señorita de Chartres, que nadie en la corte los ignoró. Sin embargo, le parecía imposible conseguir lo que deseaba; sabía que no era un buen partido para la señorita de Chartres, pues disponía de pocos bienes para mantener su rango; y también sabía que sus hermanos no iban a aprobar su matrimonio por temor al rebajamiento que los enlaces de los hijos menores suelen aportar a las casas de alta alcurnia. El cardenal de Lorraine le hizo ver muy pronto que no se equivocaba; condenó el afecto que testimoniaba a la señorita de Chartres con extraordinario apasionamiento, pero no le dijo las verdaderas razones. El cardenal odiaba al Vidamo, odio oculto por entonces, pero que estallaría más tarde. Hubiera consentido que su hermano entrase a formar parte de cualquier otra familia antes que de la del Vidamo, y declaró tan públicamente cuán alejado se hallaba de consentirlo, que la señora de Chartres se ofendió notablemente. Puso gran cuidado en demostrar al cardenal de Lorraine que no tenía nada que temer, y que ella no pensaba en absoluto en aquel matrimonio. El Vidamo adoptó la misma conducta y se dolió más aún que la señora de Chartres pues conocía mejor los motivos del cardenal de Lorraine.

El príncipe de Clèves había dado muestras no menos públicas de su pasión que el caballero de Guisa. El duque de Nevers se enteró, con pesar, de su amor. Creyó, empero, que le bastaría hablar con su hijo para hacerle cambiar de proyecto. ¿Cuál no sería su sorpresa al hallarlo resuelto a casarse con la señorita de Chartres? Censuró sus intenciones, se enfadó y disimuló tan mal su enfado que pronto el incidente se divulgó por toda la corte y llegó a oídos de la señora de Chartres. Esta no dudaba siquiera de que el señor de Nevers mirase el enlace con su hija como un privilegio para su hijo; se extrañó mucho de que tanto la casa de Clèves como la de Guisa temieran su alianza en lugar de desearla. Tal despecho sintió que pensó en buscarle un partido a su hija que la situara por encima de todos aquellos que se creían superiores a ella. Tras haberlo examinado todo, se decidió por el príncipe delfín, hijo del duque de Montpensier. Se hallaba en edad de contraer matrimonio y poseía la más alta categoría de toda la corte. Como la señora de Chartres tenía gran talento y además el Vidamo — que poseía grandes influencias — la apoyaba; como además su hija era, en efecto, un buen partido, obró con tal habilidad y éxito que el señor de Montpensier pareció desear aquel enlace, sin ver en ello dificultades.

El Vidamo, que conocía el cariño del señor d’Anville por la Delfina, creyó sin embargo que bueno sería emplear también la influencia que dicha princesa ejercía sobre él para obtener su apoyo cerca del rey y del príncipe de Montpensier, de quien era amigo íntimo. Habló con la Delfina y ella intervino con gusto en un asunto que podía elevar a la persona a quien tanto quería. Así se lo dijo al Vidamo y le aseguró que, aun sabiendo que iba a hacer algo que desagradaría a su tío, el cardenal de Lorraine, pensaba dejar de lado estas consideraciones, pues tenía motivos para quejarse de él, ya que servía siempre los intereses de la reina en contra de los suyos.

Las personas galantes siempre se alegran de hallar algún pretexto que les permita hablar con quien las ama. En cuanto el Vidamo dejó a la Delfina, esta ordenó a Chastelart — favorito del señor d’Anville y conocedor de la pasión que este último sentía por ella — que le sugiriese de su parte que fuera a visitar aquella misma noche a la reina. Chastelart recibió su encargo con alegría y respeto. Este gentilhombre, que pertenecía a una buena casa del Dauphiné, poseía unas cualidades y un ingenio que lo elevaban muy por encima de su cuna. Era bien recibido y bien tratado por todos los grandes señores de la corte, y la amistad del señor de Montmorency lo había unido especialmente al señor d’Anville. Tenía una gran prestancia y era muy hábil en toda clase de ejercicios; cantaba agradablemente, hacía versos y su espíritu era galante y apasionado. Tanto lo apreciaba el señor d’Anville, que hizo de él su confidente de sus amores por la Delfina. Estas confidencias lo acercaron a la princesa, y por verla tan a menudo se enamoró de ella con desafortunada pasión, lo que terminó por quitarle la razón y le costó finalmente la vida.

El señor d’Anville no se olvidó de acudir aquella misma noche a los salones de la reina; era para él una dicha que la Delfina lo escogiera para colaborar en algo que deseaba, así que le prometió obedecer exactamente sus órdenes; mas la señora de Valentinois, a quien habían advertido de este proyecto de matrimonio, lo arregló todo con tal arte y previno de tal manera al rey que, cuando le habló de ello el señor d’Anville, este le dio a entender que no aprobaba aquellos desposorios, y le ordenó incluso que lo transmitiera así al príncipe de Montpensier. Podrá imaginarse lo que sintió la señora de Chartres ante la ruptura de algo que ella tanto había deseado, cuyo fracaso proporcionaba muchas ventajas a sus enemigos y que además perjudicaba a su hija…