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En un abrir y cerrar de ojos, Marie-Laure pasó de ser una princesa de una importante familia Real africana, a convertirse en inmigrante ilegal. Nieta de un poderoso rey, cuya estirpe se remonta a cientos de años, disfrutó de una juventud en un inmenso palacio rodeada de mayordomos, doncellas, cocineras y jardineros, teniendo al alcance de su mano todo aquello con lo que sueñan millones de personas, incluso en el primer mundo. No obstante, la riqueza, el poder y la ambición no son siempre buenos compañeros y por su culpa tuvo que huir como una fugitiva a un lejano país europeo. Se enfrentó a miembros de su propia familia que intentaron asesinarla o violarla, luchó por esquivar el maligno poder de la brujería y trató de ignorar los sobornos entre ministros de su país y multinacionales occidentales de los que fue testigo. Todos, o casi todos, le fallaron y no sólo desconocidos, sino también familiares, amigos e incluso la Iglesia, una institución en la que confió ciegamente. Sin embargo, tan cruel puede ser el tercer como el primer mundo. En Europa la engañaron, la utilizaron y la explotaron hasta llegar a la situación en la que se encuentra en estos momentos, tal vez, más confundida que nunca, pero mucho más fuerte.
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Seitenzahl: 400
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La princesa que emigró
Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición eBook: enero 2022
La princesa que emigró
© Enrique Reyes
© Prólogo 1. Lucrecia
© Prólogo 2. Mabel Lozano
© Éride ediciones 2022
Espronceda,5
28003 Madrid
ISBN eBook:978-84-18848-60-5
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
Queda rigurosamente prohibida la reproducción, total o parcial, de este libro sin la autorización escrita del editor.
Todos los derechos reservados
ENRIQUE REYES
La princesa que emigró
A mis padres.
A Jorge.
A mi familia.
A mis amigos.
A todos, gracias por estar siempre ahí.
«Lo mismo es nuestra vida que una comedia; no se atiende a si es larga, sino a si la han representado bien. Concluye donde quieras, con tal de que pongas un buen final», Lucio Anneo Séneca (Filósofo romano)
Marie La Princesa, Marie la Mujer acomodada de per sé, ha de huir de su comodidad... ¿O huye en busca de su verdad interior?
Ésta es la historia de muchas personas: reencontrarse con su corazón; y si tiene suerte hallarlo, y empezar de cero. Pues nos educan para disfrutar de nuestro entorno, pero desconocemos nuestras emociones, nuestra capacidad de luchar por nuestra propia vida.
Aprendamos a saborear lo nuestro, ya sea poco o mucho, y llegaremos a valorar el día a día con madurez y dando gracias a la vida por darnos otra jornada de aprendizaje, salud y risas. Más aún cuando llegas a otra cultura nueva, sin esperarlo, pues hay muchas maneras de salir de tu hogar y evolucionar.
Esta intensa recreación histórica de Enrique nos acerca a África, a madres y monarcas, nos hace reconocer que la Historia es tan reiterativa como los abusos de poder, la intolerancia social, la integración, las incomprensiones sociales, las violaciones que aún hoy en día existen.
¿Hasta cuándo?
Pues hasta que nos conozcamos internamente y acabemos de aprender y valorarnos con igualdad, y nuestro desarrollo intelectual, emocional y social se emplee para hacer el bien, no para avasallarnos, sino para ser mejores personas y crear naciones dignas de admiración para contar otras Historias.
Lucrecia
La princesa que emigró es una historia de mujeres; de mujeres fuertes y valientes, de mujeres decididas, en un país donde no es fácil ser mujer aun hoy en día, en pleno siglo XXI.
Las tres protagonistas, Brigitte —la abuela—, Florence —la madre— y Marie-Laure, más que ser princesas por su cuna, lo son por la nobleza de sus vidas, y por su sacrificio; mucho sacrificio.
La primera no pudo elegir su vida; sin más, cumplió con lo que tradicionalmente estaba predestinado para ella, pero lo hizo desde el respeto, primero a sus progenitores y luego al marido que estos eligieron para ella.
Florence es una mujer deliciosa, valiente, osada, generosa, moderna, podría decir mil adjetivos de ella; realmente es la mujer que rompe las reglas y se pone «el mundo por montera» para vivir su propia vida, para vivir con quien ella elige y como ella desea, para estudiar y formarse, para tener una profesión y hacerla compatible con una gran y hermosa familia.
Realmente, Florence aporta todos los ingredientes: trabajo, sacrificio, preparación, inquietud, compromiso, entrega, amor y cariño, que son los mejores recursos para superar las dificultades y sin duda son la receta perfecta para sacar adelante a su familia.
Marie-Laure tiene un ejemplo maravilloso en casa, con su madre, una madre buena y generosa, una madre para compartir, admirar, para hablar, llena de amor y entrega a los suyos...
Éste es el suelo donde pisa nuestra protagonista, éste es su punto de partida, y esto que ha «mamao», le permite afrontar las dificultades de su vida y las múltiples trampas disfrazadas de pastel de chocolate que le ofrecen.
Los depredadores siempre están al acecho de los más débiles, disfrazados de tíos bondadosos, amigas divertidas, hombres de negocios y otros; además saben esperar pacientemente el momento, cuando estás más sola y vulnerable.
Bonita y apasionante historia real de tres princesas de nuestros días.
Mabel Lozano
"Es verano y paseo tranquilamente por la avenida de siempre, una avenida monótona, amplia, arbolada e impersonal, pero a mí me gusta recorrerla porque la encuentro acogedora. El día es caluroso, con un sol radiante que me quema la cara brindándome una sensación placentera, relajante, y lo mejor, o lo peor, una sensación que me recuerda a mi lejano país. Hace meses que no tengo recuerdos de mi infancia, de mi juventud y de mi vida, una vida donde tuve que saltar del paraíso, con las mayores comodidades y riquezas que nadie pueda imaginar, al infierno, con la peor pesadilla a la que un ser humano se pueda enfrentar. En este momento se me amontonan los recuerdos del pasado con una mezcla del paraíso y del infierno. Recuerdos que van desde mi juventud en un palacio, a mi otra juventud como inmigrante ilegal.
Miro hacia un quiosco de prensa y veo un periódico con un enorme titular que dice: «Nueva llegada de pateras a Canarias», está acompañado por una fotografía donde aparecen dos hombres y una mujer en condiciones físicas lamentables.
Pienso en esa pobre gente que abandona África en cayucos y se juegan la vida para llegar a Europa. En mi caso, no llegue a España en patera sino en una compañía aérea regular, vía París.
Cuando pisé suelo europeo no me encontraba físicamente mal, pero psicológicamente mi abatimiento me recordaba a aquellos tres inmigrantes que aparecían tirados en una playa del Sur de la isla de Tenerife. Lo que tuve que vivir con dieciocho años es impensable en el primer mundo e incluso en el segundo y hasta en el tercero, cuarto o quinto.
Ahora tengo en mis manos lo mejor que me ha dado Europa y digamos que prácticamente lo único. Parece que fue ayer cuando yo era una niña y disfrutaba con mi familia numerosa sin saber muy bien que pertenecía a una familia Real y que mi abuelo había sido un monarca. No sé si eso ha supuesto una ventaja o una carga en mi vida, es cierto que me brindó riquezas y comodidades inimaginables, pero también lágrimas, sufrimiento e incluso, tener que huir y abandonarlo todo, absolutamente todo, sin poder mirar atrás.
Me siento a descansar en un banco y al igual que en mi vida, paso de la alegría a la tristeza. Una lágrima cae por mi mejilla cuando pienso en mi madre, Florence, que está allá, a cinco mil kilómetros de mí y a la que no veo desde hace años.
Me consuelo pensando que será feliz y que la vida le sonríe».
Marie-Laure, descendiente directa de la familia Yacabú, permanece sentada en el banco de la amplia avenida. Le duele la cabeza. Cierra los ojos e intenta retroceder a sus orígenes porque tiene que encontrar el punto de partida, quiere saber cómo y cuándo llegó al infierno.
El apellido Yacabú era sinónimo de prestigio, comodidad, posición social, pero sobre todo, era el apellido de la familia Real de un extenso territorio africano, conocido como Aboluya. Los Yacabú habían gobernado esas tierras durante siglos, incluso se dice que ya reinaban cuando los europeos llegaron con sus modernas naves y sus sofisticados artilugios buscando riquezas y acabando con la cultura y las tradiciones más ancestrales.
Durante siglos los Yacabú gobernaron con mano de hierro transmitiendo terror y respeto a sus súbditos. Los castigos eran habituales, incluso la pena de muerte para castigar un delito estaba muy extendida, no era extraño que alguien desapareciese misteriosamente en el bosque y su cuerpo mutilado fuese encontrado días después. Aunque nadie hablaba sobre ese asunto, todos sabían que los Yacabú impartían así su justicia.
Pero más que a la muerte, los habitantes de Aboluya mostraban su temor a los famosos pozos de castigo, unos profundos orificios en la tierra donde cualquiera podía ser encerrado durante días, desnudo y sin víveres, para cumplir con la condena impuesta por un supuesto delito o por un simple capricho de cualquier miembro de la Familia Real. Muchos no superaban el encierro y fallecían por culpa del hambre, el frío o ahogados si su encarcelamiento coincidía con la estación lluviosa.
En Aboluya todo, o casi todo, pertenecía a la alta sociedad que manejaba a su antojo al resto de la población, pero era el rey el que tenía la última palabra, a él debían entregarle una parte de las cosechas, una parte del ganado y una parte de los beneficios obtenidos con el comercio, pero las ventajas del monarca no terminaban ahí, además podía elegir a cualquier joven con la que quisiese contraer matrimonio o simplemente tener una relación sexual, la familia de la joven no podía oponerse ya que el castigo era pasar una temporada en el temido pozo de castigo.
Poco cambiaron las cosas hasta la llegada de unos hombres de piel blanca, pelo lacio y ropas extrañas, que aseguraban venir desde muy lejos para brindarles una vida mejor, una promesa que los Yacabú no aceptaron a pesar de los regalos, algunos tan llamativos como una piedra tallada y muy delgada que reflejaba las imágenes y donde se podía ver la cara de aquél que se pusiese frente a ella. Hoy sabemos que se trataba de un sencillo espejo, pero en África hace siglos era un objeto casi mágico.
La población de Aboluya tuvo que prepararse para la guerra contra los hombres que habían llegado desde muy lejos. Fue una guerra dura, llena de sufrimientos, hambre y muerte, hasta que extenuados tuvieron que rendirse, pero los Yacabú no querían perder el poder y optaron por negociar con los europeos que, a cambio de poder explotar los minerales, los bosques y en general, todas las riquezas de Aboluya, les permitieron seguir manteniendo su condición de Familia Real, una buena estrategia para continuar dominando a la población, impartiendo la justicia y gozando de los beneficios que durante siglos habían poseído, una situación que no ha cambiado y que prácticamente se ha mantenido hasta la actualidad.
Marie-Laure era descendiente directa de los Yacabú y su abuelo, el rey Paul, gobernó el territorio de Aboluya con mano de hierro, aunque, obligado por las leyes occidentales, tuvo que eliminar los pozos de castigo y la pena de muerte.
Comenzaba el verano del año 1975 y mi madre, Florence, regresó de Beyrouth donde pasaba el invierno interna en un colegio destinado a los hijos de la alta burguesía de mi país. A Florence le encantaba regresar cada verano al pequeño pueblo de Adouma, donde nació y donde vivía su familia, además de sus amigas de toda la vida. Llegó a primera hora de la tarde, antes de lo previsto, en el único autobús que unía su pueblo con la ciudad.
—¡Por fin! —suspiró aliviando la carga y la ansiedad acumulada durante el largo invierno. Tenía ganas de ver y abrazar a su madre, Brigitte y a su padre, el rey Paul.
A la primera persona que vio fue a su madre, que la esperaba ansiosa porque hacía varios meses que no veía a su hija pequeña. Florence tenía más de sesenta hermanos por parte de padre y una hermana, Albertine, por parte de padre y madre. De esos innumerables sesenta hermanos, dos de ellos, Luc y Jean, habían crecido junto a Florence y Albertine, ya que su padre, el rey Paul, había repudiado a la madre biológica de los dos jóvenes por una relación que tuvo fuera del matrimonio. Brigitte se hizo cargo de los dos pequeños y los trató como a sus propios hijos.
El rey Paul, que había contraído matrimonio con veinticinco mujeres a las que mantenía y con las que tenía hijos e hijas de todas las edades, era un hombre corpulento, alto, con rostro frío y lleno de arrugas, que a simple vista provocaba respeto y temor. Por su parte, Brigitte era una mujer de mediana edad a la que la vida le había dado una de cal y otra de arena. Nunca tuvo el más mínimo problema económico porque su familia tenía una buena posición social. Posteriormente, el matrimonio con un monarca también le brindó una vida cómoda y desahogada, sin embargo, aunque nunca lo confirmó, la felicidad parece que pasó de largo por su vida, Brigitte no pudo buscar el amor y fueron sus padres los que organizaron su matrimonio y dieron el «sí» al rey Paul. Jamás pudo oponerse a los designios que sus progenitores le marcaron, sin tener en cuenta sus deseos, sus pensamientos o sus opiniones. Tal vez por eso, Brigitte no solía sonreír, no mostraba sus sentimientos y no era excesivamente cariñosa, incluso las malas lenguas comentaban que la ausencia de arrugas en su cara, porque su cutis era terso y firme sin la más mínima señal del paso de los años, era porque nunca sonreía. Para Brigitte su vida tenía algún sentido gracias a sus dos hijas biológicas y a sus dos hijos adoptivos. A Paul simplemente lo quería y lo respetaba, pero nada más.
—¡Mamá, mamá, qué feliz estoy! —gritó Florence.
—¡Hola, hija mía! —dijo cariñosamente Brigitte.
—¡Florence, Florence! —gritaba desde lejos Albertine mientras corría hacia su hermana. Alguien le había dicho que ya estaba en el pueblo.
Las dos hermanas se abrazaron con fuerza porque estaban muy unidas desde pequeñas y entre ambas existía un vínculo especial.
—¿Me has traído un regalo? —preguntó Albertine.
—Claro, pero te lo daré más tarde. Ahora quiero ir a ver a papá. ¿Dónde está?
—Supongo que en su casa —le contestó, y es que Brigitte y Paul no compartían el mismo techo porque así lo marcaba la tradición.
—Anda, ve a ver a tu padre —le ordenó su madre.
Florence sin perder la sonrisa corrió hacia la enorme casa donde vivía su padre, quería abrazarlo y contarle que era una de las mejores estudiantes de su curso. «Seguro que se sentirá orgulloso», pensó mientras corría bajo el sofocante calor del verano africano.
Pasó por las casas donde vivían las otras mujeres de su padre y algunas la miraron con desprecio porque sabían que Paul tenía un trato especial con Brigitte, era su esposa predilecta y por lo tanto, Florence era, junto a Albertine, su hija favorita. Nunca escatimaba recursos para las dos jóvenes, buenos colegios, ropa elegante, zapatos extranjeros, buenos juguetes..., e incluso, Brigitte tenía la casa más amplia, con un cómodo salón, una cocina con todos los electrodomésticos y un baño completo. Eso creaba celos y envidias que no sólo pagaba Brigitte sino también sus dos hijas.
—¡Papá, papá!, soy yo, Florence —gritó la joven nada más llegar al jardín, pero nadie respondió.
—Tu padre ha ido al pueblo de Mitou, tenía que resolver una disputa por un matrimonio y una dote, ya sabes, lo de siempre —le dijo con indiferencia una de las esposas de su padre que ese día arreglaba el jardín.
—¿Sabes cuándo volverá? —le preguntó.
—No lo sé. No me lo ha dicho.
—Lo esperaré aquí.
—Como quieras, jovencita —le dijo la mujer con indiferencia y sin mirarla a la cara.
Paul era un rey respetado e incluso querido, sus antepasados habían gobernado esas tierras con mano firme y él hacía exactamente lo mismo, aunque en su caso intentando ser ecuánime y justo, dos valores necesarios para evitar una sublevación. Viajaba mucho de un pueblo a otro para actuar de juez en cualquier problema como lindes de tierras, robos, violaciones, incumplimiento de pactos, dotes no entregadas…, no era un trabajo fácil pero la mezcla de admiración y miedo que sus súbditos sentían hacia su persona le gustaba. En Mitou habían solicitado su presencia porque un padre se sentía deshonrado ya que había entregado a su hija en matrimonio y no recibió la dote prometida, lo que supone un delito grave en este país. Paul dictaminó que el matrimonio no podría celebrarse salvo que la familia del novio cumpliese lo pactado.
—Dentro de un mes volveré y si la dote es entregada yo mismo bendeciré a los novios y asistiré a la boda; en caso contrario, todo quedará anulado y los padres de la novia podrán buscar otro pretendiente para su hija.
Éstas fueron las últimas palabras de Paul antes de subirse a su camión de fabricación japonesa, que despertaba la admiración de todo el mundo, y partir hacia su casa. Llegó una hora después.
Vio a Florence sentada en una piedra jugando con unas hojas de palmera a las que unía por los extremos y pausadamente las superponía formando una trenza perfecta.
—Desde muy pequeña ése ha sido tu pasatiempo favorito. Yo lo veo aburrido e inútil —gritó Paul.
—¡Papá! —dijo Florence tirando lo que tenía en las manos y corriendo a abrazar a su padre.
—¿Cómo está mi pequeña?
—Contenta, muy contenta. Tenía muchas ganas de verte.
Paul la acarició con cariño, lo que provocó la cara de odio de la esposa que limpiaba el jardín, ya que nunca había mostrado el mismo amor por sus otros hijos.
—¿Cómo te ha ido en el colegio este año? —le preguntó.
Realmente le daba igual, nunca tuvo la más mínima intención de que su hija estudiase, pero aceptó de mala gana porque la joven insistió, una y otra vez, hasta la saciedad, diciéndole que quería ser médico.
—Bien, ya sabes que bien.
—¿Qué quieres hacer este verano?
—Divertirme papá. Divertirme mucho. Quiero salir con mis amigas, bailar e ir a todas las fiestas.
—Creo que quieres hacer demasiadas cosas, Florence, y el verano no es tan largo.
—Quiero aprovecharlo al máximo. Además sé que será un gran verano.
—Ven, te he comprado un vestido, ya tienes quince años y supuse que querrías ir a las fiestas y bailes con tus amigas.
La intención de Paul no era sólo que su hija se divirtiese con sus amigas en los bailes, quería que estuviese atractiva y elegante porque ya había encontrado a un joven de la alta sociedad con el que Florence se casaría, sería una boda inolvidable y un matrimonio perfecto.
Florence se probó el vestido, era de color marfil, ceñido a su cuerpo y marcando la estrecha cintura, tenía asillas y un llamativo escote, algo que le sorprendió porque sabía que su padre nunca aprobaba que una mujer mostrase en público más de lo necesario. La parte inferior estaba decorada con llamativas flores de colores, haciendo una combinación perfecta.
—Es precioso, papá. Es igual que el que llevan las actrices de Hollywood.
—Lo sé, por eso te lo compré. Quiero que seas una estrella.
—Ja, ja, ja —rió con desparpajo—. Te daría un infarto si me hago actriz.
—Qué va, si me he vuelto muy moderno —dijo Paul.
Aunque en el fondo lo que quería era que su hija cumpliese los designios que él se había planteado.
Florence se cambió de ropa, metió su vestido nuevo en la caja, le dio un beso a su padre y salió corriendo hacia la casa materna. Cuando abandonó la vivienda, la otra esposa, la que limpiaba el jardín, la miró con odio y desprecio; Florence lo notó pero no hizo demasiado caso porque ya estaba acostumbrada.
Cuando llegó a casa la esperaban sus mejores amigas, Genevieve y Aline, con las que había compartido juegos desde muy pequeña y con las que ahora compartía confidencias respecto a chicos, amores, desamores y todas las preocupaciones que pueda tener una joven de su edad que nunca ha oído hablar, debido a su privilegiada posición, de hambre, desnutrición, sed, enfermedades o explotación infantil.
—Tienes que contármelo todo sobre el colegio y la ciudad —dijo Genevieve—. ¿Cómo te lo has pasado? ¿Has conocido algún chico? ¿Es guapo?
Las preguntas de Genevieve se amontonaban mientras Florence y Aline reían con todas sus fuerzas.
—Vengo de un colegio interno, no de las playas de Malibú o de las locas calles de París.
—Da igual, seguro que tienes muchas cosas que contarme. Por cierto, yo también tengo novedades.
—¿Ah, sí? —miró con curiosidad Florence—. Cuéntame.
Tiene que ver con un chico. ¿A que sí?
—Pues sí. Un chico guapísimo, muy guapo, de verdad. Creo que estoy locamente enamorada.
—Bah. Bobadas —dijo Florence—. El amor no existe, sólo la amistad y el cariño, cuando seas mayor te darás cuenta.
—Que no, Florence, que no. De verdad, no puedo dejar de pensar en él.
—Créeme, no podrás convencerla —señaló con resignación Aline.
—¿Y quién es? ¿Lo conozco? —preguntó Florence.
—Creo que no. Es de Beluya y se llama Raúl. Lo conocí cuando fui a ver a mi tía Madú.
—Entonces, ¿no podré conocerlo?
—Todo lo contrario, tonta. Verás, juega al fútbol en el equipo de su pueblo y este año jugará la final con el equipo de nuestro pueblo, aquí en Adouma.
—Así que iremos al partido. Me imagino.
—Claro.
—Y lo conoceré.
—Sí —gritó emocionada Genevieve.
—Ja, ja, ja —rieron con fuerza Florence y Aline.
—¿De qué os reís?
—Me pregunto a qué equipo animarás —preguntó Aline.
—Al de Beluya, por supuesto.
—Muchos se enfadarán contigo porque tú eres de Adouma, no de Beluya —comentó Florence.
—Me da igual. Es el equipo del chico más guapo que he conocido. ¿Nos vamos a dar un paseo por la selva?
A Florence, Genevieve y Aline les gustaba mucho adentrarse en la selva, aunque de niñas lo tenían prohibido, siempre se saltaban las normas y para ellas la selva era su segunda casa. Pero ese día iba a ser diferente, muy diferente, porque el paseo por la selva se convertiría en el mayor peligro que había vivido hasta ese momento la joven Florence. Aline no pudo sumarse al divertido paseo ya que había quedado para acompañar a su madre al mercado. Florence y Genevieve estuvieron varias horas caminando, hablando, viendo los árboles, las exóticas plantas, los animales y escuchando las aguas que bajaban por los riachuelos y cascadas que surcaban la tupida selva.
—Ya es tarde, Genevieve. Tengo que volver a casa.
—No, aún no se ha puesto sol.
—Da igual. Acabo de llegar y debo pasar algún tiempo con mi madre y mis hermanos. Entiéndelo.
—Lo entiendo —dijo Genevieve de mala gana, mostrando que no estaba muy de acuerdo con la apreciación de Florence.
Comenzaron el camino de regreso. De repente, ante las dos amigas apareció una pantera, una enorme pantera, que les cortó el camino. Las jóvenes quedaron paralizadas por el miedo y Genevieve gritó angustiada. El animal miró directamente a los ojos de Florence antes de abalanzarse sobre ellas, por lo que comenzaron a correr aterrorizadas mientras la pantera las perseguía. Genevieve tropezó con una rama y cayó al suelo, Florence miró de reojo y tuvo claro que el animal acabaría con la vida de su mejor amiga, pero no. La pantera se detuvo cerca de la joven tirada en el suelo sin mirarla, sus ojos seguían clavados en los de Florence, era como si su amiga no existiese, como si sólo estuviesen ella y la pantera. Sacó fuerzas de donde pudo y se acercó lentamente para ayudar a Genevieve, la pantera rugió y se abalanzó sobre ella, pero cuando estaba a menos de un metro se quedó paralizado. Rugía, se notaba que quería atacarla y despedazarla, pero algo, una fuerza misteriosa, impedía que el animal lograse su objetivo. Entonces dio media vuelta, volvió a mirar a Florence con los ojos enrojecidos, rugió con fuerza y salió corriendo perdiéndose en la espesura de la selva.
—¿Estás bien? —preguntó Florence.
—No, me duele la pierna, y tengo miedo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me ha atacado cuando estaba en el suelo? Me pareció que te buscaba a ti, que te conocía.
—Si, ha sido muy raro. Creo que se asustó —dijo para tranquilizar a su amiga, aunque sabía que lo que habían vivido no era normal y que algo del más allá había intentado hacerle daño.
Florence ayudó a Genevieve a ponerse en pie, pero la joven casi no podía caminar porque se había hecho daño en una pierna, lentamente hicieron el camino de regreso hacia el pueblo con el miedo aún metido en el cuerpo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Brigitte a las dos jóvenes.
Las caras de ambas mostraban claramente que habían tenido algún problema, que algo fuera de lo normal había ocurrido.
Florence acompañó a Genevieve a su casa y regresó junto a su madre, ambas entraron en el salón. Florence se sentó y comenzó a llorar.
—Mamá, ha sido horrible. Una pantera, una pantera, nos quería matar, pero no pudo. Me miró. Me atacó. Se fue…
—Cálmate, Florence. Tranquilízate y cuéntame qué ha pasado. Me estás asustando.
Florence contó con todo detalle, tras recuperar algo de calma, el terrible episodio de la selva tras encontrarse con la pantera. Brigite frunció el ceño y no dijo nada, entonces tuvo la sensación de que su madre sabía algo que ella desconocía.
—Florence, debes tener en cuenta que eres la hija de un rey y eso despierta envidias, pero no debes preocuparte porque no pueden hacerte daño. Sólo te digo que no era una pantera, era un «Totema», una persona transformada en pantera que quería acabar contigo, pero tu padre ya se ha encargado de protegerte y evitar que te hagan daño, así que no tengas miedo, cariño. Ya conocerás con más detalles lo que es la brujería.
En ese momento, Florence no podía imaginar que años después la brujería casi acaba con su vida y que las envidias estuvieron a punto de matar a una de sus hijas, a Marie-Laure, la joven que dejó de ser princesa para convertirse en inmigrante ilegal.
Florence, Genevieve y Aline quedaron para hacer planes, entre ellos estaba el famoso partido en el que jugaría Raúl, el gran amor de Genevieve.
Las tres jóvenes se pusieron las mejores galas para ir al fútbol ya que era un acontecimiento importante para toda la comarca. Genevieve les comentó a Florence y a Aline que no irían solas sino que las acompañarían otras amigas y amigos del pueblo. Llegaron al modesto campo de juego que estaba a pocos minutos del centro de Adouma, no era muy grande y sólo tenía gradas en uno de los lados, por lo que la mayoría de los espectadores tenía que seguir los partidos de pie. En esta ocasión, Florence y sus amigos consiguieron un buen sitio en la parte central de las gradas, allí se sentaron dispuestos a apoyar al equipo de Adouma, aunque no todos, porque Genevieve seguía teniendo claro que apoyaría al equipo contrario. Los dos conjuntos saltaron al terreno de juego y el árbitro pitó el comienzo del partido. Genevieve animaba sin parar al equipo del pueblo vecino, algo que sus amigos no veían demasiado bien; por su parte, Florence animaba al equipo de Adouma pero no podía evitar mirar a un jugador del equipo contrario, un joven alto, atlético y muy guapo. El partido terminó con victoria del equipo visitante por un gol a cero gracias al tanto marcado por el joven del que Florence no podía apartar la mirada. Las caras no eran de mucha alegría, salvo la de Genevieve, que festejaba la victoria.
—He quedado con Raúl. ¿Os venís? —dijo con alegría.
—Vale —respondió Florence.
—Así lo conoceréis.
—Yo no puedo. Tengo que regresar a casa —comentó Aline.
Salieron del campo y se sentaron en un pequeño muro esperando a que los jugadores del equipo visitante abandonaran las instalaciones.
—Ahí está. Es el de la camisa roja. ¿Lo ves?
—Sí —respondió. Aunque realmente sus ojos no se podían apartar del joven jugador alto, atlético y muy guapo.
—¡Hola Raúl! Te presento a mi amiga Florence.
Florence lo saludó amigablemente y giró la cabeza para mirar al joven que había marcado el gol de la victoria y que tanto le atraía.
—Hola, me llamo Florence —dijo la joven algo nerviosa.
—Y yo Laurent —afirmó con voz grave y masculina aunque sólo tenía diecisiete años.
Las miradas se unieron durante cinco segundos y ambos jóvenes notaron que en sus entrañas algo se había movido, una fuerza invisible los empujaba a mirarse, a desearse, a sentirse unidos el uno al otro.
—Vamos a tomar algo para celebrar la victoria y brindar por Laurent, gracias a su gol hemos ganado el campeonato —señaló con alegría Raúl.
—Pero tú has jugado mejor. Eres muy bueno —dijo Genevieve con tono de niña remilgada de telenovela barata.
Florence no pudo evitar una sonrisa pícara al ver a su amiga enamorada de esa forma.
—¿Nos acompañas, Florence? —le preguntó Raúl.
—Sí, claro.
Raúl y Genevieve comenzaron a coquetear camino de alguna pequeña taberna olvidándose de Laurent y Florence, que caminaban a cierta distancia de la pareja de enamorados.
—¿Eres de Adouma? —le preguntó Laurent.
—Sí —respondió Florence.
—Nunca te había visto.
—Es que estudio en Beyrouth y sólo paso aquí los veranos.
—Me alegro que este verano estés aquí.
—¿Por qué? —preguntó haciéndose la ingenua.
—Porque así te he podido conocer.
—Lo mismo digo.
Llegaron a la taberna que estaba a las afueras del pueblo porque celebrar la victoria del equipo de Beluya en el centro de Adouma podía terminar muy mal. Estuvieron unas dos horas, Genevieve alabando y coqueteando con Raúl, y Florence sin poder apartar la mirada de Laurent. Cuando estaban despidiéndose, el joven acercó sus labios a la mejilla de Florence y le dio un beso, ambos cuerpos se estremecieron, una corriente eléctrica los dejó paralizados y mirándose fijamente.
—¿Quieres que nos veamos mañana? —preguntó Laurent.
—Me encantaría —dijo Florence.
—Si te parece, quedamos a las cinco junto al gran árbol que hay en la plaza de Adouma.
—No, mejor nos vemos en el camino que hay junto al puente de madera.
—¿Por qué tan lejos? —preguntó extrañado Laurent.
—Porque me gusta esa zona —mintió Florence.
Realmente la joven no quería que nadie la viese porque sabía que Laurent no era de clase alta, que su familia no pertenecía a la nobleza y mucho menos a la realeza. Tenía muy claro que si la veían con él su padre se enteraría en sólo unos minutos y no lo aprobaría, le prohibiría salir y acabaría con su divertido verano. Esa noche Florence no pudo dormir, en su mente sólo estaba Laurent, a quien le ocurrió exactamente lo mismo.
A las cinco en punto de la tarde llegó Florence al alejado puente de madera y allí, sentado sobre una enorme roca, estaba él. Se había puesto sus mejores galas.
—Hola, Florence —le dijo con ternura entregándole un pequeño ramo de flores y dándole un beso que volvió a estremecer a los dos jóvenes.
—Hola, Laurent.
—Tenía ganas de verte. He pensado mucho en ti.
—Yo también.
—¿Damos un paseo? —preguntó el joven algo nervioso.
Caminaron largo rato hasta que Laurent se atrevió y cogió la mano de Florence. El corazón de la joven no podía ir más deprisa, pensó que se le saldría del pecho. Hablaron de todo, de sus aficiones, de lo que hacían y de sus familias; de esa forma Laurent supo que la joven de la que se había enamorado era una princesa de sangre real. Una princesa de verdad. Laurent le contó que había nacido en Beluya, que tenía 5 hermanos y que vivía con su madre, nunca conoció a su padre ya que los abandonó cuando él aún no había nacido. Sus 5 hermanos ya se habían casado, por lo que él era el único apoyo de su madre.
Trabajaba en el campo cultivando piñas tropicales y ése era el único ingreso económico con el que sobrevivían. Le habló del duro trabajo desde que sólo tenía 8 años de edad. Florence no sabía muy bien de qué hablaba, ella era hija de un rey por lo que nunca tuvo que trabajar ni luchar para comer, vestir o calzar, sólo tenía que pedir lo que quería.
Pasaron los días, las semanas, y Laurent y Florence se veían prácticamente a diario, siempre quedaban en el puente de madera, siempre paseaban por la selva cogidos de la mano y siempre se despedían con un profundo beso uniendo sus labios.
El amor y el deseo eran mutuos. Una tarde cuando se despedían, como siempre, con un profundo beso, Laurent comenzó a acariciar el cuerpo de Florence, la joven sentía que algo dentro de ella le quemaba, que el corazón galopaba y que no podía respirar.
Entonces ella también comenzó a acariciar el cuerpo del joven alto, atlético y muy guapo. Se desnudaron lentamente y allí, bajo un enorme árbol, protegidos por la espesura de la selva, hicieron el amor por primera vez. Florence sintió a Laurent dentro de ella notando su fuerza, su respiración, su olor…, incluso lloró de emoción.
El verano llegaba a su fin y Florence tenía que regresar a Beyrouth, los dos jóvenes lo sabían pero nunca hablaban de ese momento, querían disfrutar hasta el último segundo juntos sin que nada enturbiase su amor. Sin embargo, un día Florence no fue la misma, estaba pálida y silenciosa.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Laurent.
—No lo sé. Me duele el estómago, estoy un poco mareada y no puedo comer.
—Deberías ir a que te vea el médico. Tal vez has comido algo en mal estado. Tienes mala cara.
Ese día se despidieron antes de lo habitual porque Florence no se encontraba bien. Laurent quiso acompañarla a su casa pero la joven se negó. Pasó mala noche y a la mañana siguiente se acercó al médico. Le explicó, sin olvidar ningún detalle, lo que le ocurría por lo que comenzaron a sacarle sangre y tomarle muestras de orina.
—Muy bien, jovencita. Esta tarde tendré los resultados —le dijo el médico. Sabía que era la hija del rey Paul, por lo que prefería no dilatar en el tiempo los resultados.
Florence no pudo comer ese día. A primera hora de la tarde se acercó a la consulta.
—Buenas tardes, Florence —le dijo el médico con amabilidad.
—Buenas tardes, doctor. ¿Sabe ya qué me pasa?
—Sí, Florence, sé lo que te pasa. Siéntate, por favor.
—¿Es grave? —preguntó la joven con temor.
—Está bien, Florence. Te lo diré sin rodeos. Estás embarazada.
Florence salió de la consulta y corrió hacia el viejo puente de madera porque a las cinco en punto, como siempre, había quedado con Laurent. La joven llegó más pálida y angustiada que nunca.
—¿Qué te ocurre, Florence? No tienes buena cara.
—Laurent, tengo algo que contarte, pero no te enfades, por favor.
—¿Qué dices? Nunca podría enfadarme contigo.
—Estoy embarazada —respondió sin rodeos y entre lágrimas.
Laurent sintió un leve mareo. Este embarazo complicaba la vida de ambos porque él era un simple agricultor y ella una princesa, la hija de un poderoso rey; sabía que su boda era imposible, que ninguna de las familias lo permitiría. Los dos jóvenes, protegidos por la sombra de un gigantesco árbol, se abrazaron más fuerte que nunca sin mirarse y sin hablar, cada uno tenía sus pensamientos que coincidían en algo, ¿cómo plantearles este amor a sus respectivas familias?
Florence decidió contárselo primero a Genevieve y Aline, sabía que como buenas amigas la apoyarían y no harían juicios de valor.
—Por Dios, Florence. ¿Qué vas hacer? —preguntó asustada Aline.
—Tener el hijo, eso lo tengo claro.
—Sí, pero… ¿Y tu padre?
—No lo sé, Aline. Tengo miedo. Sé que se sentirá defraudado.
—¿Crees que te rechazará?
—No creo, pero no lo sé.
—Seguro que no. Tu padre te quiere y ese hijo es fruto del amor —respondió Genevieve mostrando su habitual optimismo y viendo el embarazo, no como un problema sino como una romántica historia.
Florence sabía que su padre entendería la situación, pero en este país, quedar embarazada y no estar casada era motivo de deshonra y vergüenza hasta para la familia más acomodada económica y socialmente. Se armó de valor y caminó con rapidez hacia la casa de su madre para darle la noticia.
—Mamá, tengo que hablar contigo.
—Dime, Florence —dijo Brigitte con desdén mientras colocaba unos cojines en el sofá del salón.
—Estoy, estoy… mamá, estoy embarazada.
—¿Qué?
Brigitte miró a Florence con sorpresa, su corazón latió con fuerza y sintió un pequeño mareo como si la hubiesen elevado hasta una altura de vértigo. Preguntó con la voz entrecortada quién era el padre y Florence le contó toda la historia: el partido de fútbol, el viejo puente de madera, los paseos por la selva, las charlas al atardecer… Brigitte no lo pudo evitar y comenzó a llorar, las lágrimas salían de sus ojos y corrían por sus mejillas con fuerza, sabía que estar embarazada sin estar casada era casi un delito, una vergüenza para toda la familia, sobre todo si el padre de la criatura era un joven sin posición social.
—Debes ir a hablar con tu padre —le ordenó sin dejar de llorar.
—Sí, mamá, pero tengo miedo. ¿Crees que se sentirá defraudado?
—No lo sé. Tendrás que afrontar tus actos, Florence; si has actuado como una mujer adulta, ahora deberás hacer lo mismo. Yo no puedo ayudarte.
—Lo entiendo mamá. Lo entiendo y lo siento.
Florence hizo el camino hasta la casa de su padre lentamente, pensando y eligiendo cada palabra que utilizaría para explicar su situación. Cuando llegó, el rey Paul estaba descansando en el salón principal.
—Florence, ¿qué haces aquí?
—Papá, tengo que hablar contigo.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Paul sin ningún interés suponiendo que su hija le iba a plantear alguna tontería sin importancia, como que quería ir a una fiesta o que necesitaba un nuevo vestido.
Florence tragó saliva, buscó todo el valor que encontró hasta en el último reducto de su cuerpo, y dijo con voz alta pero entrecortada:
—Papá, estoy… estoy embarazada.
El rey Paul no dijo nada, no hizo ningún comentario, simplemente se incorporó y miró con ojos de ira a su hija, que bajó la cabeza por vergüenza y respeto.
—¿Embarazada de quién? Por Dios, Florence, ¿cómo es posible que estés embarazada?
—Es de un joven de Beluya…
—¿Un joven de Beluya?, pero ¿quién es? ¿A qué familia pertenece?
—Es un agricultor. Se llama Laurent.
—¿Cómo? ¿Agricultor? ¿Estás loca? No estás pensando en tu futuro. ¿Qué harás ahora?
—Quiero a Laurent, papá, le quiero con toda mi alma.
—¿Y la dote, puede darnos una buena dote acorde a nuestra posición?
—No papá, no puede.
La dote en este país es un requisito imprescindible para contraer matrimonio, el novio debe entregar la dote no sólo a la novia sino también a los padres y hermanos, sin olvidar que debe estar acorde con la posición social y económica de su futura familia política. Que Florence fuese la hija de un rey era para Laurent un obstáculo insalvable porque nunca podría reunir tanto dinero. El rey Paul dio varias vueltas a la habitación y meditó en silencio durante algunos minutos. Unos minutos que para Florence fueron eternos, interminables e insoportables, tanto que tuvo ganas de gritarle que se enfadase, que la castigase, que hiciese algo y dejara de dar vueltas en silencio.
—Tengo tres preguntas que formularte —fue la única frase que pronunció el rey Paul cuando dejó de dar vueltas.
—Dime, papá.
—¿Realmente quieres a ese joven?
—Sí, por supuesto. Lo quiero con toda mi alma.
—¿Quieres convertirte en su esposa?
—Sí, me gustaría.
—Y, supongo que querrás seguir estudiando…
—Sí, claro.
—Es decir, lo quieres todo.
—Papá, quiero ser feliz, quiero tener este hijo y quiero tener una buena formación, ya sabes que mi sueño es estudiar medicina.
—Está bien, Florence. Seguirás tus estudios y prepararemos tu boda. No me opondré a que se convierta en tu marido, aunque tendré que ir a Beluya para hablar con su familia, pero también te digo que deberá darnos una dote, tal y como manda la tradición. Sin dote no habrá boda —gritó el rey Paul mirando directamente a los ojos de su hija.
Florence regresó con una extraña sensación de alegría a casa de su madre, se la encontró llorando sentada en un sillón y sólo se atrevió a darle un beso para intentar calmarla porque sabía que por muchas excusas y explicaciones que le diese, el dolor y la decepción seguirían carcomiendo el alma de Brigitte. El rey Paul preparó el viaje a Beluya para conocer a la nueva familia política de su hija, le acompañarían dos sirvientes y un chófer.
La noticia del embarazo de Florence corrió como la pólvora por Adouma. Las otras esposas del rey Paul no disimularon su alegría; que la hija favorita del monarca viviese la deshonra era una gran noticia para ellas. Muchas pensaron que Brigitte caería en desgracia y cualquiera de ellas podría ocupar su privilegiada posición. Brigitte lloró durante días, no salía de su casa y sólo deseaba que todo fuese una terrible pesadilla. Llegó a pensar que sus ojos se secarían y quedarían yermos como los extensos desiertos que estaban más allá de las montañas, sin vida y sin esperanza. Era extraño verla llorar, porque así como todos sabían que nunca reía, también tenían claro que jamás lloraba.
El rey Paul partió temprano hacia Beluya y una hora después estaba frente a la casa de Monique, la futura suegra de su hija favorita. Bajó del camión y caminó hacia la vieja y destartalada vivienda de madera y adobe, tocó con fuerza en la puerta y esperó a que alguien le respondiese. Monique apareció de mal humor porque no soportaba las visitas inesperadas; lo cierto es que casi nadie la visitaba por culpa precisamente de su mal humor, la única que se atrevía a ir era una joven con la que, según Monique, contraería matrimonio el único hijo que le quedaba soltero, Laurent.
—¿Qué quiere? —preguntó Monique con desprecio.
—¿No me conoce? Soy el rey Paul de Adouma.
—¿Cómo? —fue lo único que acertó a decir la anciana al oír que un rey estaba frente a la puerta de su humilde casa.
—Buenas tardes —dijo Paul con voz ronca y distante para dejar claro que él era un rey y ella una simple plebeya.
—Buenas tardes. ¿Qué desea?
—¿No sabe por qué estoy en su casa?
—No.
—¿Cómo? ¿No sabe que su hijo ha dejado embarazada a mi hija Florence?
Monique se quedó muda y pálida, no podía articular palabra.
«¿Mi hijo con una princesa?», pensó.
—Tendrán que casarse y su hijo tendrá que conseguir una dote —dijo tajantemente el rey Paul.
—Nosotros somos una familia humilde, no tenemos nada que ofrecer a una princesa.
—Mi hija está enamorada de su hijo y quiere casarse. No tengo más remedio que apoyarla.
—Pero es una estupidez. Esa boda no debe celebrarse.
—Le recuerdo que mi hija lleva un niño en su vientre y que su hijo es el padre, por lo tanto deberá actuar con honradez y cumplir con su deber —sentenció antes de dar media vuelta y caminar hacia el camión, sin esperar una respuesta de su futura consuegra.
—Mi hijo con una princesa. No puede ser. Maldita sea, no debo permitirlo. Dedicaré mi vida y todas mis fuerzas para impedir ese matrimonio —dijo para sus adentros Monique.
Laurent llegó a su casa después de un duro día de trabajo en los campos de piñas tropicales. Cuando atravesó la puerta, se encontró a su madre de pie con cara de odio y los ojos enrojecidos por la ira. No pudo decir nada, Monique se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo, a insultarlo y a maldecirlo por lo que había hecho.
—¿Qué ocurre? —preguntó sorprendido.
—Maldito seas. Has arruinado nuestras vidas.
—¿Qué?
—Has dejado embarazada a la hija del rey Paul. Yo te había buscado una buena chica para que formases una familia y tú lo has tirado todo por la borda. Eres un irresponsable. ¿Qué haremos ahora?
Monique había concertado un matrimonio entre su hijo y una joven de Ouamabana, una aldea cercana. Laurent no conocía el pacto de su madre y aunque había visto a la joven en su casa limpiando o preparando la comida, nunca imaginó que sus visitas y su ayuda no las hacía desinteresadamente, sino que su recompensa sería contraer matrimonio y de esa forma, convertirse en la esposa de Laurent. Monique sabía que Florence, al ser una princesa, nunca actuaría como una criada y por esa razón no le interesaba tenerla como nuera.
Laurent no había contado nada sobre su relación con Florence ni a su madre, ni a sus hermanos, ni siquiera a sus mejores amigos. Por primera vez en su vida sacó todo su orgullo y se enfrentó a su madre.
—La quiero y me casaré con ella. Ten claro que ni tú ni nadie podrá impedirlo.
—No —gritó Monique—. Jamás. No lo permitiré. Sólo lo harás por encima de mi cadáver.
—Soy mayor y haré lo que quiera. ¿Queda claro? —sentenció.
Los ojos de Monique estaban bañados en sangre y odio, tuvo deseos de matar a su hijo con sus propias manos, de arrancarle el corazón, las entrañas y los ojos, pero no lo hizo, simplemente se dio la vuelta y se alejó mascullando palabras imposibles de entender. Laurent respiró aliviado al suponer que su madre había cedido y aceptado, aunque de mala gana, la nueva situación, pero lo que nunca imaginó es que realmente había abierto la caja de los truenos, unos truenos teñidos de odio, sangre, brujería y maleficios que, algunos años después, casi acabarían con la vida de Florence e incluso, con la vida de una de sus hijas cuando sólo era un bebé.
Brigitte seguía llorando y sus lágrimas, las lágrimas más amargas que recordaba, no paraban de correr por sus mejillas. Los rumores sobre el embarazo de Florence se habían disparado y tanto ella como sus hijas eran objeto de burlas y desprecios por parte de las otras esposas del rey Paul. Los comentarios se habían vuelto cada vez más crueles, sobre todo cuando se supo que Paul aprobaba y apoyaba el matrimonio de su hija con un simple y humilde campesino de Beluya.
El verano llegaba a su fin y Florence tenía que regresar a Beyrouth para continuar con sus estudios. Por su parte, Laurent se quedaría en casa de su madre trabajando duro para reunir una dote suficiente y poder satisfacer a su futura familia política.
Florence no podía evitar sentirse culpable por todo lo que había provocado, desde las lágrimas y la vergüenza de su madre, hasta el quebradero de cabeza de su padre, sin olvidar los enfrentamientos entre Laurent y Monique, pero llegó el momento de volver a su vida de estudiante y sus padres decidieron reunirse con ella.
—Florence, volverás a Beyrouth, pero no irás al colegio mayor, sino a la casa de la tía Pascaline —sentenció Paul.
—Seguro que no la recuerdas pero siempre ha sido mi tía favorita. Ya he hablado con ella y está encantada de acogerte en su casa —dijo Brigitte.
Florence no recordaba a la tía Pascaline, pero hizo un gesto de aprobación, tal y como estaban las cosas era mejor no oponerse a las órdenes de sus progenitores. Tras una breve charla miró el reloj del salón, eran las cuatro y media de la tarde, dentro de treinta minutos tenía que estar en el viejo puente de madera para encontrarse con Laurent. Se puso nerviosa porque no quería llegar tarde a una de sus últimas citas antes de partir hacia Beyrouth.
—Tranquila. Hoy no irás al puente a ver a Laurent —comentó Paul.
—¿Qué? —dijo abriendo los ojos y mirando directamente a la cara de su padre.
—Le he enviado un mensaje para que venga a verte aquí, así podremos hablar con los dos.
Florence sabía que esa decisión, que su prometido entrase en casa de su padre, era un paso importante y una aprobación pública del matrimonio. A las cinco en punto tocaron en la puerta y el corazón le dio un vuelco. Una criada se dirigió rápidamente hacia la entrada principal. Sin embargo, a la joven le pareció que iba demasiado lenta y tuvo ganas de gritarle que corriera porque el invitado podía no esperar y marcharse. Cuando abrió la puerta, apareció Laurent, guapo y elegante como siempre, se había puesto sus mejores galas, un pantalón negro de tela, una camisa blanca inmaculada y unos zapatos negros de charol como los que se utilizan para ir los domingos a la iglesia; en su mano derecha traía un bonito y discreto ramo de flores. Entró despacio, nervioso y con temor, pero se tranquilizó cuando comprobó que Paul no estaba, el monarca había abandonado rápidamente la habitación.
Laurent saludó a Florence y a su madre y los tres se sentaron a esperar pero Paul no apareció. Un criado trajo un mensaje para el joven novio en el que le informaba de que debería esperar para ser recibido por el monarca, ya que estaba muy ocupado. Pasaron los días y para el asombro de todos Paul no hacía ni el más mínimo esfuerzo por reunirse con el novio de su hija, una situación que tenía desconcertada y desesperada a Florence. Laurent pasaba las mañanas paseando por Adouma y las tardes con Florence, hablando y comentando la difícil situación de ambos. Estaban preocupados ya que temían que Paul se hubiese arrepentido en el último minuto y no aprobase el matrimonio. Sin embargo, al tercer día, el monarca pidió a un criado que avisase a Laurent y que lo trasladase al despacho principal. Cuando el joven llegó, Paul se levantó y lo saludó con frialdad.
—No voy a permitir que mi hija sufra por tu culpa, utilizaré todo mi poder para destruirte si le haces el más mínimo daño.
¿Te queda claro?
—Sí —fue lo único que acertó a decir el joven ante tal afirmación.
—Os daré todo mi apoyo, pero si mi hija no es feliz, lanzaré contra ti toda mi ira.
Lo que Paul no sabía es que las mayores desgracias para su hija llegarían algunos años más tarde y que no serían provocadas por su yerno, sino por un miembro de la propia familia Yacabú.
Laurent intentará defender a su mujer e hijos, pero contra tanto odio y rencor es difícil luchar.
Tras la breve reunión, Laurent y Florence se fueron al jardín para despedirse porque a la mañana siguiente la joven volvería a Beyrouth para continuar con sus estudios. Los dos jóvenes se sentaron en un sobrio banco de madera protegidos por la sombra de un enorme árbol.
—Tengo miedo, Laurent.
—No te preocupes, ya verás que todo saldrá bien —Laurent hizo esta afirmación sólo por tranquilizar a la joven, porque él tampoco tenía claro el futuro.
—Me han dicho que tu familia no está de acuerdo con nuestro matrimonio —afirmó preocupada.
—No, qué va. Lo que ocurre es que no se lo esperaban, pero verás que al final lo aceptarán.
Florence colocó su cabeza en el pecho de Laurent, que la acarició con cariño y delicadeza. Brigitte y Paul miraban disimuladamente desde una ventana comprobando que el amor entre ambos era real; eso tranquilizó a Brigitte pero no impidió que las lágrimas volvieran a correr por sus mejillas, se sentía feliz pero sabía que la inocencia de su hija había desaparecido para siempre y que los sufrimientos no habían hecho más que comenzar.
Era hora de despedirse pero la joven pareja de enamorados no podía dejar de mirarse, de tocarse, de acariciarse…, sin embargo, la oscuridad de la noche había llegado y Florence tenía que preparar las maletas para regresar a Beyrouth.
