La proposición del duque - Sophie Weston - E-Book

La proposición del duque E-Book

Sophie Weston

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Beschreibung

Aquella playa soleada estaba llena de secretos y deseos... La supermodelo Jemima Dare necesitaba escapar de todo, así que se marchó de incógnito a un paraíso caribeño en busca de paz. Pero la paz era algo inalcanzable si Niall Blackthorne estaba cerca. Era aristocrático y formal en aquel lujoso hotel... pero irresistible en la playa. En resumen: un auténtico peligro para el maltrecho corazón de Jemima. Ambos estaban ocultando quiénes eran realmente. Pero cuando uno se enamora tan rápida y profundamente, esconder algo es aún más difícil que decir la verdad.

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Seitenzahl: 174

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2004 Sophie Weston

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La proposición del duque, n.º 5451 - diciembre 2016

Título original: The Duke’s Proposal

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2004

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-9033-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

APOYADO en la balaustrada, el hombre alto, ágil y delgado, contemplaba el mar. La sencilla cabaña estaba oculta en los terrenos del hotel, lejos de la animación y del bullicio.

El hombre dejó escapar un hondo suspiro de placer.

Una cálida noche. Una ligera brisa. Suave como el aliento de una mujer sobre su piel.

Un murmullo de voces flotaba sobre las aguas rumorosas, pero él estaba solo. Como siempre lo estaba.

Era lo que había elegido hacía muchos años. Se toman decisiones y se vive de acuerdo a ellas.

Pero a veces, en una noche perfecta como aquélla, envuelto en una brisa perfumada, se descubría soñando. ¿Y si hubiera sido diferente? ¿Cómo sería si ella estuviera junto a él?

–La mujer posible –dijo Niall Blackthorne en voz alta, burlándose de sí mismo.

Al otro lado de la bahía, la entrada al casino Caraibe Royale estaba encendida, como en Las Vegas. La gente empezaba a llegar en limusinas alquiladas.

«Empieza la fiesta», pensó Niall.

Tras despedir el ensueño, se estiró en la oscuridad. No llevaba camisa. Unos pantalones cortos de tela vaquera dejaban al desnudo las piernas bronceadas. Pronto se levantaría la brisa marina y él iría a trabajar.

Niall sonrió. Más tarde, tras ducharse y afeitarse, vestido con el esmoquin de corte perfecto, con los oscuros cabellos brillantes a la luz de la luna, conduciría hasta el casino.

Entonces circularía entre turistas y jugadores profesionales, frío y misterioso, y se acercaría a las ruletas, a las mesas de blackjack y a las de póquer. Y jugaría.

Algunas veces ganaba y la gente lo envidiaba. A veces perdía y los demás se maravillaban de su elegante indiferencia. Pero, fuera como fuera, ellos guardaban las distancias. Incluso las mujeres que fantaseaban con el pensamiento de enamorarse del enigmático jugador nunca se quedaban con él. Y él tampoco lo deseaba.

Sólo por un momento, al amparo de la quieta y cálida noche, podía comportarse como el vagabundo de las playas que parecía ser. Estar solo tenía sus compensaciones, se recordó a sí mismo con ironía. Ninguna mujer aceptaría ese aspecto de su personalidad. Incluso aunque él deseara que lo hiciera.

Desde luego que no. La sonrisa murió en sus labios. Niall contempló las aguas del océano con serenidad.

«Acepta la verdad, Niall», pensó.

Era hombre de una sola mujer. Y esa mujer pertenecía a otro.

Capítulo 1

CUANDO Jemima Dare entró, la espaciosa y animada sala llena de gente quedó en silencio.

En esos días solía suceder. Los presentes no hacían más que retener el aliento, pero era una reacción más elocuente que un redoble de tambores. Era como un mensaje: «La reina está aquí. O se la ama o se la odia».

«Eso es lo que soy ahora», pensó Jemima. «La reina de este pequeño mundo».

Podía sentir las miradas. Y la expectación que la presionaba. Durante un instante, apenas pudo respirar.

«Nunca desilusiones a tu público».

Así que Jemima Dare movió la cabeza para realzar su maravillosa melena cobriza, entornó los famosos ojos ambarinos y sonrió al silencio que la rodeaba.

Ese silencio había empezado cuando Belinda la eligió para presentar las campañas internacionales. Por segunda vez en el año había aparecido en la portada de la revista mensual Elegance y la corona quedó asegurada. Todas las modelos de la sala estaban verdes de envidia, y muchas la odiaban por eso.

Jemima cuadró los hombros instintivamente.

–Hola –saludó en general.

Pero de pronto todo el mundo había vuelto a sus actividades. Unas modelos se ajustaban la ropa del diseñador, otras se balanceaban sobre altísimos tacones, otras se concentraban en el peinado y otras en el maquillaje. Una o dos mujeres que habían sido sus amigas antes de convertirse en reina le devolvieron la sonrisa. Pero nadie habló.

Aunque la estancia parecía un horno tras el hielo y el granizo de las calles, Jemima sintió que se le helaba hasta el corazón.

«Ten cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo».

Bueno, ella lo había deseado. Y lo había conseguido.

Todo había comenzado años atrás, cuando se presentó a la selección de aspirantes a modelo. Entonces tenía diecisiete años. Y había creído las palabras de Basil Blane.

–Niña, tienes dotes naturales. Puedo hacer de ti una estrella.

Y por supuesto lo había hecho. Era una estrella. La reina de las pasarelas. Sacerdotisa de los fotógrafos. Basil nunca le dijo cuál sería el precio.

Durante un instante recorrió con la vista la habitación llena de mujeres que se negaban a saludarla. Jemima se encogió de hombros. «Es el precio del éxito», pensó con cinismo mientras se abría paso entre ansiosas ayudantes y percheros donde colgaban los vestidos.

Durante más de cinco años, había navegado por el caótico espacio de entre bastidores durante las presentaciones internacionales de modelos. Y sabía hacerlo.

–Has llegado –dijo el diseñador–. Te he llamado varias veces. ¿Es que no sueles contestar al teléfono?

Era su primera gran presentación.

–Relájate, Francis. No suelo defraudar –declaró. Y era cierto. Era casi lo único de lo que se enorgullecía en su vida–. Voy a hacer que te sientas orgulloso de mí.

Consecuente con su palabra, dio el espectáculo de su vida en la pasarela. Una depredadora cubierta de sedas en busca de presa.

El desfile arrancó una ovación. El diseñador reunió a las modelos a su alrededor y dejó escapar unas lágrimas de emoción.

Jemima apoyó la cabeza en su hombro. La cascada de cabellos cobrizos se derramó artísticamente sobre la chaqueta de cuero de Francis. Todo parecía espontáneo, amistoso, incluso afectuoso. Y hacía las delicias de los fotógrafos.

Todo salió como se había planificado la noche anterior entre el personal de relaciones públicas, los publicistas, Francis…

¿Espontáneo? ¡Vaya broma!

Cuando se lo dijeron la noche anterior, durante un instante se sintió indignada. Acababa de llegar de París y últimamente los viajes la ponían nerviosa. Por un segundo olvidó que le pagaban mucho dinero por fingir espontaneidad.

–Intentáis difundir un rumor sobre Francis y yo –acusó.

Nadie devolvió su mirada.

–Es el negocio, Jemima –dijo hastiado el director de ventas de la empresa Belinda de Inglaterra–. Tú eres el rostro de Belinda. Necesitamos columnas en la prensa. Madame está en la ciudad para asistir a la presentación.

Todo el mundo temía a Madame.

Así que en ese momento Jemima apoyó la cabeza en el hombro de Francis y le sonrió como si fuera el chico de al lado en lugar de un diseñador de ropa adicto al trabajo, sin demasiado interés. Los paparazzi hacían fotos, deleitados. Los columnistas garabateaban en sus blocs. Incluso hubo un suspiro romántico por ahí.

Jemima casi podía ver los titulares de la prensa: ¿Jemima por fin enamorada?

Pero mantuvo firme la sonrisa.

Cuando estuvieron detrás de las cortinas, Francis le soltó el brazo de inmediato. Parecía casi incómodo, como si no debiera tocar a la reina.

–Gracias, niña.

–De nada.

Llamaba «niña» a todo el mundo. La ilusión de intimidad era sólo para las cámaras. Una vez acabada la representación, ambos sabían que ella era inalcanzable. Todos los hombres sabían que lo era. Excepto uno. Y él…

Jemima tragó saliva.

–Tenías razón. Has hecho que me sienta orgulloso. ¿Supongo que no… que no te apetece salir a cenar más tarde? –sugirió mientras ella, con la ayuda de una asistente, se quitaba su última creación con movimientos seguros y expertos. Las orejas se le habían puesto rojas y no porque ella estuviera en paños menores. Jemima suspiró en su interior. «Sé amable», pensó–. No. Lo siento, Francis. Madame está en la ciudad y me puede llamar en cualquier momento.

–Entonces lo dejamos para otra ocasión –dijo mientras ella se ponía rápidamente el sujetador. Francis parpadeó–. Realmente has estado fantástica. Cada vez lo haces mejor.

–Gracias –respondió ella, sorprendida.

–Bueno, siempre estás maravillosa. Pero en los últimos meses he observado que hay algo nuevo. Como si fueras un ser peligroso o algo así. Y eso es muy sexy –rió el diseñador.

Francis podía ser poco agradable socialmente, pero era un auténtico profesional.

–Es muy amable de tu parte, Francis. Gracias –dijo ella, con sinceridad.

–Estás mucho mejor. Bueno, ¿qué tienes que hacer ahora?

Era la Semana de la Moda Londinense, y las modelos corrían de una presentación a otra.

–Tengo una reunión con el personal de relaciones públicas. A menos que me llame Madame Belinda, claro.

–Eso te pasa por ser una super modelo –comentó Francis, medio en broma.

–Semisuper. Han pasado los días de las grandes celebridades –afirmó Jemima al tiempo que se ponía unos ceñidos pantalones de piel de color tabaco y un top negro.

–Tú podrías hacerlas resurgir.

–Eso es mucho esperar –contestó mientras se abrochaba la chaqueta a juego.

Quizá afuera estuviera helando, algo muy típico de los febreros londinenses, pero podría haber fotógrafos.

–¿Y luego qué? ¿Vuelves a París?

Ella negó con la cabeza.

–Tengo una sesión fotográfica en Nueva York. Me voy mañana por la mañana…

«Por lo menos en teoría», pensó. Madame Belinda era capaz de cancelar un contrato con un día de antelación.

Jemima se estremeció. Si perdía el alto perfil por el que la habían contratado sería el fin de su carrera, y ella lo sabía. ¿Y luego qué?

No valía la pena preocuparse en ese momento. Ya afrontaría el hecho cuando sucediera.

Tras ponerse unos aros en las orejas y arreglarse los cabellos cobrizos, se miró al espejo.

–Bueno, correremos el riesgo de una pulmonía.

El diseñador se echó a reír. Tendría que haber estado con su público, pero por alguna razón continuaba allí.

–Lo digo en serio, Jemima. Eres una verdadera estrella.

Ella recogió su bolso.

–Bueno, no pienses mal de mí, pero no durará.

–¿Qué?

Jemima se arrepintió de su arrebato de sinceridad.

–Olvídalo –dijo con su sonrisa fotogénica–. Debo marcharme. La limusina espera.

La calle estaba atestada de vehículos, pero Jemima enseguida localizó la limusina. Conocía el coche. Conocía al chófer. Había insistido en que siempre fueran los mismos cuando estuviera en Londres. Era una de la razones por las cuales empezaba a tener fama de exigente.

A sus espaldas la llamaban la Bestia, la Diva Temible, la prima donna de las exigencias sin motivo. Se decía que hacía su lista de requisitos relacionados con el transporte, alojamiento y entretenimiento sólo para fastidiar a la gente. Porque podía permitírselo.

Si supieran…

Jemima se sentó en el asiento trasero, estiró las largas piernas y sacó el teléfono móvil del bolso. Escuchó los mensajes grabados. A las tres tenía una reunión con Madame Belinda en el Dorchester. No leyó los mensajes escritos.

La agencia de relaciones públicas la había invitado a comer al Savoy. Dos mujeres, un poco menos elegantes que ella, la esperaban sentadas en lujosos sofás, con un plato de canapés colocado en una brillante mesa de madera. Le ofrecieron vino, un cóctel, champán.

–Son malos para la piel –comentó, al tiempo que se acomodaba en un sillón con la gracia de una modelo–. Tomaré un vaso de agua.

Las otras dos intercambiaron una mirada de resignación. Ya hacía más de un año que trabajaban con ella. Su hermana Izzy incluso se iba a casar con el hermano de Abby, que era la más joven del equipo. Las mujeres satisfacían todos sus caprichos porque era Jemima Dare, el rostro de Belinda, y todas las revistas del mundo competían por su colaboración. Pero ellas no tenían que fingir que les gustaba hacerlo.

–¿Te importaría apagar el móvil? No queremos que nos interrumpan –pidió Molly di Perretti.

–Está apagado –dijo Jemima, cortante.

Abby le tendió una carpeta.

–¿Prefieres que primero te contemos las buenas o las malas noticias? –preguntó Molly.

–Las buenas. Soy optimista –respondió Jemima al tiempo que bebía un sorbo de agua.

–Te dedican muchas columnas en la prensa. El mes pasado fuiste la modelo más comentada de la prensa internacional.

–Fabuloso.

–Y las malas noticias son precisamente lo que dicen –manifestó Molly con dureza. Jemima alzó las cejas–. Trabajas menos y pides más. Dicen que eres muy arrogante y que todo el mundo te odia.

–Entiendo –Jemima no pestañeó.

Lady Abigail, que un día de otoño iba a tener que caminar al lado de Jemima y detrás de Izzy Dare por la nave de la iglesia y que no le producía la menor ilusión, intentó hablar con más suavidad.

–Es muy fácil ganarse una mala reputación en este negocio. Tendrás que tener un poco más de cuidado.

–Vamos, Molly. Dilo ya, puedo soportarlo.

–Te estás ganando fama de mocosa malcriada porque realmente te comportas como tal. Tus exigencias empiezan a ser desmedidas. Y no es que lo digan las otras modelos –Molly empezó a enumerar con los dedos–. Tienes que tener siempre la misma limusina, los chóferes que te apetecen. Aviones privados en lugar de vuelos normales. Luego te niegas a quedarte en el mejor hotel de Nueva York porque quieres estar sola. Hubo que alquilar un apartamento carísimo. Jemima, debo recordarte que no eres Greta Garbo. Despierta de una vez –exclamó con una mirada furiosa.

Jemima pareció aturdida.

–¿Los chóferes que me apetecen?

Los ojos de Molly se entornaron hasta quedar convertidos en un par de ranuras.

–De acuerdo. No sigas nuestros consejos. Veremos dónde vas a parar.

–Pago mucho dinero a tu empresa por mis relaciones públicas y análisis de los resultados. No te he contratado para que dirijas mi vida.

–De acuerdo, te diré la verdad ya que nadie lo hará –replicó Molly, acalorada–. Tu agente tiene mucho miedo de que la despidas como hiciste con el anterior. Y tu hermana te trata con guante blanco. Sólo Dios sabe por qué –declaró. Los famosos ojos marrones dorados de Jemima brillaron–. Cuando Belinda buscaba un rostro nuevo dijeron que querían a una joven profesional, aunque perfectamente normal. No más esqueletos elegantes. No más celebridades intocables. Querían una chica que tuviera familia, amigos y que hiciera cosas comunes y corrientes. A propósito, he puesto algunos recortes de prensa en tu carpeta –añadió, mordiente.

–Gracias –dijo Jemima, con los ojos relucientes.

–De nada –respondió Molly. Luego miró a Abby. El mensaje fue claro: «Me rindo»–. Abby, termina tú. Tengo mucho trabajo en la oficina.

Sin más, se marchó.

–Molly se apasiona mucho con su trabajo –comentó Abby en tono de disculpa.

Jemima tragó saliva.

–¿Verdad que sí? –replicó con fingida ligereza. Durante un segundo Abby pensó que la hermosa máscara iba a resquebrajarse. A Abby no le importaba lo que Jemima hiciera con tal de que dejara de mostrarse tan segura de sí misma, aburrida y tan indiferente. Pero Jemima se reclinó en el asiento y esbozó su famosa sonrisa–. Cuéntame acerca de mi familia. La última vez que hablé con Izzy dijo que no fijarían la fecha de la boda hasta que Dominic terminara su entrenamiento.

Abby también se dio por vencida.

Durante la comida Jemima estuvo mordaz, ingeniosa y a la defensiva. Se mostró encantadora con los camareros e indiferente a las miradas de la gente que había en el comedor.

Pero cuando uno de ellos se acercó a la mesa, Abby notó que se ponía tensa.

El hombre resultó ser un alegre abogado que llevaba un ejemplar de Elegance Magazine en la cartera y que tenía una sobrina que quería ser modelo. Con una de sus famosas sonrisas, Jemima firmó la portada de la revista y le sugirió que su sobrina terminara sus estudios antes de buscar empleo en una de las respetables agencias de modelos. Encantado, él le dio su tarjeta comercial y volvió a su mesa.

–¿Alguien que no piensa que eres una mocosa malcriada? –preguntó Abby.

–Sí –contestó Jemima al tiempo que rompía la tarjeta. Abby notó que le temblaban las manos.

–¿Te encuentras bien? –preguntó, preocupada.

–Por supuesto que sí –contestó Jemima, pero en los ojos dorados había algo parecido al miedo.

Abby se inclinó hacia ella.

–¿Estás segura? Parecía como si hubieras visto a un fantasma cuando ese hombre se acercó.

Jemima se encogió de hombros con arrogancia.

–Pensé que lo conocía. Pero era un perfecto desconocido. Gracias a Dios –añadió en un murmullo y con una mirada triste.

Abby estaba cada vez más preocupada.

–Jemima, ¿qué pasa? ¿Otra vez trabajas demasiado? –inquirió. Sabía que hacía seis meses, Jemima había trabajado hasta el agotamiento y que tuvo que tomarse un par de semanas de descanso. En ese tiempo Izzy conoció a Dom. Jemima miró hacia otro lado con una mirada inexpresiva–. Me gustaría que Izzy estuviera aquí –dijo Abby en tono afligido.

Izzy estaba con Dom en Noruega y regresaría dentro de dos semanas.

–No necesito que mi hermana mayor cuide de mí. Puedo hacerlo sola.

Ocultando su desaprobación, Abby se reclinó en la silla. Luego siguieron charlando sobre la familia. Ambas convinieron en que era un fastidio que Izzy y Dom todavía no hubieran confirmado la fecha de la boda. Pero era realmente fantástico ver que eran felices.

–Mira, he traído fotografías de la Navidad –dijo de pronto, más relajada–. Te haré copias de las que te gusten.

Jemima no aparecía en ninguna de las alegres fotografías. Había cenado con la familia en Navidad, pero al día siguiente había tenido que partir a las Seychelles. Miró rápidamente las fotos con ojo profesional.

–Todos con su pareja –comentó.

–¿Qué?

Jemima le tendió cuatro fotos en las que aparecía Abby bailando con su marido, un hombre alto y elegante. Otra de Izzy y Dom sentados bajo el árbol de Navidad, y riendo como locos y otra de Pepper, la prima de Jemima, con la cabeza soñadoramente apoyada en el hombro de su Steven.

–Incluso hasta mis padres están tomados de la mano –dijo al tiempo que le enseñaba la cuarta foto.

–Entiendo lo que quieres decir.

–Si me hubiera quedado, el grupo se habría desequilibrado.

–Vamos, habrías sido la estrella del grupo.

–Es lo mismo. Las estrellas no tienen pareja –dijo con un extraño tono de voz.

–¿Todavía no ha aparecido un hombre en tu vida?

–Ninguno digno de presentárselo a mi madre –declaró con ironía. Luego vaciló un instante–. Pongámoslo de esta manera: no busco un hombre que me siga por el mundo.

–Comprendo –dijo Abby. Aunque su marido hacía muchos viajes de negocios, nunca eran tantos como los de una modelo internacional. Luego la miró con curiosidad–. ¿Te sientes sola?

–¿De dónde podría sacar tiempo para sentirme sola? –bufó Jemima–. Este año he estado en Madrid, Milán, Barcelona, París, Londres. Y ahora me marcho a Nueva York, luego a Milán otra vez y luego de vuelta a Nueva York.

–Aun así, es posible sentirse solo. ¿Algunas veces piensas hacer otra cosa con tu vida? –preguntó.

Pero Jemima jugaba con las fotografías y al parecer no la oyó.

–¿Y ésta? –preguntó de pronto.

Abby vio que era una tarjeta postal en la que aparecía una playa, grandes olas y palmeras tropicales. Luego leyó el mensaje y sonrió.

–Ah, ésta. Es de un amigo. A veces me manda una postal para enseñarme lo que me estoy perdiendo.

–Pentecost Island –leyó Jemima–. ¿Dónde está eso? ¿En los Mares del Sur?

Abby negó con la cabeza.

–¿Quién sabe? Puede ser. Él viaja mucho.

–¿Él? –bromeó Jemima. Estaba firmada con una arrogante letra «N» en tinta negra–. ¿Emilio tendría que preocuparse?

–No, para nada. Este amigo me conoce desde que era una niña. Si hay un hombre en el mundo para el cual no tengo ningún misterio, es él. Es un maravilloso jugador profesional. Si está en esa isla es porque allí debe de haber un casino. Así que no puede ser un lugar remoto –dijo Abby mientras guardaba las fotos en el bolso–. ¿Dónde vas ahora? ¿Quieres que te lleve?

–Al Dorchester. Me espera Madame.

La expresión de Abby cambió completamente.

–Esa mujer me asusta. A veces puede ser tan desagradable… Estoy muy contenta de trabajar para ti y no para ella.

Jemima se encogió de hombros.

–A mí no me asusta.

–Eres muy valiente.

–¿Por qué? Es mi jefa, no el emperador Nerón. Y además, yo me puedo marchar, y ella no. Es su empresa.

Una hora después, Jemima sacudía su famosa melena roja con furia.

De pie en la sala de juntas, miraba fijamente a Madame, presidenta de Belinda Cosmetics.