Un compromiso real - Sophie Weston - E-Book
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Un compromiso real E-Book

Sophie Weston

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Beschreibung

Un compromiso real Conrad Domitio prefería mantener en secreto que era el príncipe heredero de Montassuro. Después de todo, aquello no afectaba nada su vida en Inglaterra. Al menos hasta que su abuelo, el Rey, lo llamó por teléfono para comunicarle que su país lo necesitaba… ¡y con una prometida! Francesca se quedó atónita ante la repentina propuesta de Conrad. Sabía que no tenía madera de princesa, nunca había llevado tiara. Pero aunque no tenía sangre real, no le importaba casarse con el guapísimo Conrad. Incluso si el matrimonio tampoco era real...

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Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Sophie Weston

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un compromiso real, n.º 1714 - enero 2016

Título original: The Prince’s Proposal

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-8011-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

HOY HA sido el peor día de mi vida –dijo Francesca Heller resueltamente.

Estaba pálida, pero dada su fortaleza de carácter, era normal que luchara para sobreponerse. Jazz decidió atizar un poco el fuego.

–No lo dudo. Pero ahora es el momento de demostrarle a Barry de la Touche que tú eres más fuerte que él. Y... ¿qué mejor manera que salir un rato y pasarlo bien?

Francesca la miró, incrédula.

–No estarás pensando en llevarme a una fiesta después de lo que ha pasado…

Jazz sacudió su espléndida cabellera cuajada de minúsculas trenzas negras y se negó a darse por vencida.

–Por supuesto que sí. Ahora eres toda una profesional al mando de una librería y, por tanto, vas a asistir a la fiesta que da un editor, te cueste lo que te cueste.

Francesca la miró con aire desafiante. Jazz era alta, negra, magnífica y convincente, pero su penetrante mirada podía hacer fracasar las intenciones de cualquiera cuando se lo proponía.

Ella no era alta. Era pequeña, delgada y con rasgos poco sobresalientes. Tenía el cabello de un color castaño bastante corriente y un rostro simplemente agradable.

–Pasa desapercibida entre la multitud –había dicho su madre en cierta ocasión con resignación, y Francesca estaba de acuerdo.

Pero ambas infravaloraban el impacto de sus ojos: eran inmensos, de color dorado y ribeteados por largas pestañas oscuras. Y lo más importante era que hablaban, decían siempre la verdad. Incluso detrás de las enormes gafas que solía llevar.

Aunque en ese momento Francesca se sentía desconsolada, Jazz Allen, que era su socia en la recién inaugurada librería, The Buzz, sabía perfectamente de lo que hablaba.

–No lo dices en serio –aventuró Francesca sin muchas esperanzas.

–Claro que sí.

Jazz saltó al suelo desde el último peldaño de la escalera. Había estado ordenando la estantería «Novela Policiaca. Autores de la F a la G».

–Pero tú estabas aquí, lo has presenciado todo… –dijo Francesca, desesperada.

–Tu padre lo puso en su lugar –puntualizó Jazz sonriendo con entusiasmo–. Así que ¿cuál es el problema?

Francesca la miró fijamente. Jazz tenía fama de ser dura, pero aquello ya era excesivo.

–Oye, ¿sigues siendo la misma Jazz que yo conozco? Tú misma has visto cómo mi padre entraba en la tienda y destrozaba al hombre que iba a ser mi marido.

–He visto cómo tu padre lanzaba algunos petardos al aire –dijo Jazz serenamente–. Además, yo ya sabía que tú no te ibas a casar jamás con ese idiota.

Francesca negó con la cabeza. A pesar de que no se lo había confesado a Jazz, esa misma mañana había decidido aceptar la proposición de Barry.

–Pues yo no –aclaró, desolada.

Se suponía que iban a cenar esa misma noche en uno de sus restaurantes favoritos. Francesca había disfrutado imaginando la escena de amor a la luz de las velas. Incluso había convencido al dueño del establecimiento italiano para que llevara champán y música mientras el resto de los comensales aplaudía. Barry la Touche tomaría su mano, le quitaría las gafas y la miraría al fondo de los ojos de esa manera tan suya.

–Paloma mía –habría dicho–, estamos hechos el uno para el otro.

Había sido una bella fantasía matinal, pero de repente llegó su padre para estropearlo todo. Barry estaba trabajando en el almacén y Peter Heller se enfrentó con él cara a cara. Peter Heller había iniciado su carrera de empresario a los quince años de edad, tras escapar de Montasuro. Había sobrevivido y se había hecho millonario a base de atacar los puntos débiles de sus adversarios. Si Peter Heller se le tiraba a la yugular, Barry no tenía ninguna posibilidad de salir airoso. Su padre lo había ofendido mencionando condenas por delitos de poca monta, un turbio cambio de apellido e incluso antiguos informes escolares y, finalmente, lo había acusado de haber montado toda su estrategia amorosa después de saber que Francesca era rica.

Al principio ella no lo había creído, pero cuando Peter Heller anunció que desheredaba a su hija, el interés amoroso de Barry se evaporó, llevándose por delante todos los sueños de Francesca y gran parte de su autoestima.

–Deberías haber pensado en ello antes, al fin y al cabo no sabías casi nada de Barry –dijo Jazz.

–¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta? –Francesca se mordió el labio.

–En realidad te lo temías. Aunque tu padre haya investigado su pasado, la responsable del fracaso final eres tú –afirmó Jazz.

Durante la escena en el almacén, Francesca había plantado cara a su padre, había enlazado su brazo con el de Barry y había acusado a Peter Heller de manipulador y troglodita obsesionado por el dinero.

–Mi dulce paloma –le dijo Barry con ternura. Le quitó las gafas y se guardó estas en el bolsillo de la chaqueta. Aquel era uno de sus gestos embaucadores de más encanto. Esa costumbre le había costado a Francesca una fortuna en gafas de repuesto, que habían quedado desperdigadas por los apartamentos de ambos–. No puedo hacerte esto –la besó en la frente, en un gesto de renuncia galante que daba por terminada la relación.

Peter Heller resopló. Francesca se mareó: sin gafas lo veía todo borroso.

–Pero los dos somos jóvenes. Tenemos salud… ¿Para qué necesitamos el dinero de mi padre? Podemos trabajar –dijo ella con entereza–. No me importa tu pasado. Estoy contigo. Juntos podremos con todo.

–No, no podremos –aseguró Barry sin un ápice de ternura en la voz.

–Ajá –Peter estaba encantado y chasqueó los dedos.

Francesca no le hizo caso y se dirigió hacia la sombra borrosa que constituía la figura de Barry.

–Yo no necesito el dinero...

–Pero yo sí –dijo él con una nota de angustia–. ¿No lo entiendes? Me he pasado toda la vida sin saber dónde iba a comer al día siguiente, y no estoy dispuesto a volver a lo mismo.

Francesca no dijo nada.

–Adiós, señor Trott –dijo Peter. Después de todo ese era el verdadero nombre de Barry, y no «de la Touche».

Francesca siguió sin prestarle atención.

–Así que piensas que no puedo mantenerte –le dijo a Barry. Su propia voz le sonaba extraña.

–El canalla de tu padre acaba de echarlo todo a perder.

A partir de ese instante se dio por vencida. Era el final. Aquel era el peor día de su vida. Rio brevemente con amargura y le tendió la mano educadamente.

–Supongo que tienes razón. Adiós, Barry.

Se adentró en el almacén, sin dirigir la palabra a su padre, para buscar el último par de gafas de repuesto. Las encontró en el botiquín de primeros auxilios. Era un par viejo, una de las patillas se había roto y estaba sujeta de cualquier manera con una banda adhesiva.

Jazz parecía una bruja subida en lo alto de la escalera.

–¿Qué quiere decir eso de que la verdadera autora del fracaso soy yo? –preguntó Francesca.

–Pues que nunca le dijiste a Barry que tenías un montón de dinero propio. Esa ha sido tu manera de ponerlo a prueba –le contestó Jazz con cariño.

–¿Cómo dices? –farfulló Francesca sobresaltada.

–¿Lo has olvidado? Me lo contaste. Cuando empezamos a hablar de abrir la librería, te dije que me preocupaba mucho encontrar un inversor que estuviera dispuesto a perder dinero al principio. Yo creía que el negocio era viable, pero también sabía que habría que esperar cierto tiempo para obtener beneficios. Y tú me dijiste que tu padre te había donado una gran cantidad de dinero cuando todavía eras una niña, que el dinero era tuyo y que podías hacer con él lo que quisieras. Y yo te contesté que, en ese caso, podíamos seguir adelante con el negocio. ¿No te acuerdas?

–Sí, es verdad, ya veo lo que me quieres decir –Francesca tragó saliva con dificultad.

–¿Por qué no le contaste a Barry que la herencia ya era tuya y que podías disponer de ella en cualquier momento?

–Lo intenté.

–No, no lo intentaste –dijo Jazz astutamente–. Tú también querías saber la verdad, Franny.

–¿Saber qué?

–Si a él le importaba el dinero o no.

Francesca se estremeció, pero era una mujer fuerte que podía encajar las verdades, por muy desagradables que fueran.

–Sí, supongo que sí.

–¿Te das cuenta? No estabas totalmente convencida. Tenías tus dudas, como corresponde a la mujer sensata que eres.

–Soy una mujer sensata y poco atractiva –dijo entre dientes.

–Jamás te hubieras casado con ese idiota.

Francesca cambió de postura con torpeza.

–Todos los hombres que se han interesado por mí estaban deslumbrados bien por el título nobiliario de mi madre bien por los millones de mi padre. Y cuando finalmente se fijan en mí, en lo que puedo ofrecer por mí misma, abandonan –la verdad se había abierto paso definitivamente.

Jazz estaba impresionada, tanto por lo que había dicho Francesca, como por el tono de resignación que había utilizado.

–Tonterías –dijo con diez segundos de retraso.

Francesca sonrió cansinamente.

–No sabes cuántos desengaños que he sufrido.

–¿No los hemos sufrido todos? A eso se le llama hacerse mayor.

–Con veintitrés años ya debería haberlo asumido –dijo Francesca secamente–. No, la verdad es que tengo problemas para entender a la gente. Con las cifras me llevo bien, con los datos también, pero con la gente… Ya he perdido toda esperanza.

Jazz no sabía qué decir.

Francesca se puso de pie y enderezó los hombros. Incluso fue capaz de esbozar una pequeña sonrisa.

–Todo esto significa que no me queda más remedio que concentrarme en mi carrera profesional. Así que llévame a esa maldita fiesta.

Conrad Domitio sacudió la cabeza. Estaba sentado en un sillón antiguo y sintió deseos de tomar un poco de aire fresco.

–¿Cuánto va a durar esto? –le gritó a la relaciones públicas.

Esta se acercó un poco al dios moreno que tenía enfrente. Alto, con ojos de color miel, complexión atlética y cejas de filósofo, Conrad Domitio lo tenía todo. Incluso la voz resultaba sexy. La hacía estremecerse, a ella y a todas las mujeres que trabajaban en Gravon&Blake, su editorial.

–Una hora –gritó ella a su vez.

Sabía perfectamente que iba a durar más, pero no quiso empeorar la impaciencia que Conrad Domitio sentía en manos de los relaciones públicas. Al fin y al cabo, no solo era un héroe y un hombre guapo, además era un príncipe.

El departamento de relaciones públicas apenas se creía la gran suerte que había tenido: un príncipe. Aunque el editor les había recordado que, además, era un escritor de los pies a la cabeza, ellos habían dejado de lado ese dato para concentrarse en lo que realmente vendía libros. Y Cenizas al viento iba a ser el bestseller de esa primavera, se podía palpar en el ambiente.

–¿Una hora? –Conrad consultó su reloj. Podría aguantarlo.

La sesión de promoción del libro no sería tan desagradable si las paredes de la estancia no estuvieran llenas de gigantescas fotos suyas que le hacían parecer una estrella de cine. No le gustaban las fotos. En realidad, ni siquiera deseaba escribir el libro, pero el fotógrafo de la expedición había tomado unas instantáneas sobrecogedoras del volcán en erupción y de la precipitada huida del grupo. Honradamente, Conrad tenía que reconocer que las fotos merecían que se escribiera un libro sobre ellas. Además, siendo como era un cronista empedernido, ya tenía más de la mitad del libro escrito en su diario cuando se lo propusieron. Así que aceptó. No lo lamentaba, de hecho estaba bastante orgulloso del resultado, pero desde luego, no estaba preparado para aguantar el circo que los relaciones públicas estaban montando. Conrad tembló, pero se dijo a sí mismo que era capaz de aguantar una hora de cualquier cosa. Al fin y al cabo, los beneficios del libro estaban destinados a una buena obra.

Y esa era la razón de que, nueve meses después de haber sacado a un grupo de seis personas agotadas de la oscuridad cenicienta de un volcán en erupción, se encontrara en las oficinas de Gravon&Blake bebiendo champán, rodeado de gigantescas fotos de montañas humeantes y saltamontes de ojos prominentes. La iluminación estaba a medio camino entre la de una discoteca y la de una tormenta en el bosque; la música reproducía el sonido de los tambores en la jungla.

La relaciones públicas agitó una mano hacia la bulliciosa multitud.

–Circulen, por favor, circulen.

La boca de Conrad se contrajo con un gesto nervioso. Por un instante, aquel tono amable pero autoritario le había recordado a su abuelo, el ex rey de Montasuro. Se encogió de hombros con indiferencia.

–Supongo que cuanto antes terminemos de informar a todos, antes podremos irnos a casa –dijo con resignación. Y se adentró en la zona de luz cavernosa para cumplir con su obligación.

La iluminación tipo discoteca alejó un poco a Francesca de sus preocupaciones.

–Debería haberme cambiado de ropa –dijo mirando a una mujer que se alejaba saludando con un vestido plateado.

–Es una de las organizadoras de la fiesta –comentó Jazz sonriendo complacida–. No te preocupes. La mitad de la gente viene directamente del trabajo, como nosotras.

Jazz echó un vistazo a Francesca e hizo un descubrimiento desagradable.

–Ay, no…, las gafas del botiquín de primeros auxilios no.

–Son las únicas que he podido encontrar –contestó Francesca, desafiante.

–Dámelas ahora mismo –ordenó Jazz alargando la mano.

–Pero sin ellas estoy más ciega que un murciélago. Tú no sabes lo que es ser tan miope como yo.

–Ninguna mujer de negocios seria puede trabajar con unas gafas sujetas con una banda adhesiva. Y al parecer tú has decidido entregarte de lleno a tu carrera profesional, ¿recuerdas?

–A pesar de todo, me gustaría ver.

–No –dijo Jazz tajantemente–. Esta noche representas a The Buzz. Nosotras somos interesantes, estamos en la onda. Las gafas desentonan.

Francesca se rindió y le entregó las gafas. Jazz tomó una de las bolsas que estaban preparadas para los invitados y se la dio a Francesca.

–Son notas de prensa y pequeños obsequios. Escoge lo que te interese y deja lo demás.

–Tengo mucho que aprender –dijo Francesca, compungida, mientras Jazz examinaba el contenido de la bolsa.

–Chocolatinas, qué bien, quédatelas. El programa de la fiesta, lo necesitamos. A ver, ¿qué libros hay? Localiza a la ballena. No interesa. Cinco mil años de desperdicios. Tampoco. Cenizas al viento. Dos autores. Mira, este tiene buena pinta –Jazz le tendió una foto mientras buscaba ávidamente por el salón.

Francesca sabía que le iba a resultar imposible ver ni leer nada sin las gafas. Apenas podría moverse sin tropezar con algo o con alguien, miró la foto en blanco y negro entrecerrando los ojos, pero solo logró adivinar un rostro borroso.

–Es guapísimo –exclamó Jazz buscando más información sobre él en el folleto–. Escucha: «Conrad Domitio es uno de los mejores sismólogos del mundo, pero no es un vulcanista. Cuando se unió a la expedición del profesor Roy Blackland al Salaman Kao, era su primera aventura dentro del cráter de un volcán».

–Oh no, otro libro de volcanes, no.

–Escucha –dijo Jazz haciendo una lectura rápida del folleto–. Ahora viene lo más interesante: «A Conrad Domitio se le conoce también como Príncipe de la Corona de Montasuro. Es el heredero de su abuelo, el octogenario y depuesto rey Felix. El propio Felix tuvo que huir del país hacia Londres, vía Italia, después de haber dedicado su juventud a combatir a los diversos invasores de la inexpugnable fortaleza de los Domitio en las montañas. Felix no tiene ninguna duda: “mi nieto es un líder nato”, declaró en cierta ocasión. La heroicidad de salvar a seis personas de las garras de un volcán en plena erupción tiene una explicación muy fácil para Conrad Domitio: “Yo me había preparado a conciencia para la expedición porque era un principiante. Los otros ya eran veteranos y estaban acostumbrados al vulcanismo, en cambio yo acababa de leerme la Guía de supervivencia de los idiotas”. Gracias a él se salvaron seis vidas. Esta es su historia».

–¿Montasuro? –Francesca la miró sorprendida.

Jazz no respondió.

–Cuerpo apolíneo y salvador de vidas –dijo con entusiasmo–. Impresionante, ¿eh?

–Supongo que se hizo cargo de la expedición porque está acostumbrado a que se le obedezca; la realeza montasurana siempre ha sido muy tenaz. Pero ¿cómo sabes qué aspecto físico tiene? –la voz de Francesca denotaba sorpresa.

–Lo he visto –dijo Jazz con calma–. Está allí. Es un hombre alto, lleva una camisa azul marino y tiene un trasero que deja sin respiración. Tú eres, posiblemente, la única mujer que no se ha fijado en él nada más llegar –Jazz lanzó una mirada lánguida a través del salón–. Lo necesito. Tráemelo.

–Búscalo tú misma. ¿Qué te piensas que soy? ¿Un perro de caza? –dijo Francesca agitando vigorosamente su corta melena castaña.

–Tú eres la encargada de las firmas de libros y de las tardes de tertulia –puntualizó Jazz con aire de suficiencia–. Es tu tema. Vé y hazle una oferta que no pueda rechazar. Ese hombre es una perita en dulce.

–Las peras en dulce te corresponden a ti –dijo Francesca obsequiando a Jazz con una mirada maliciosa–. Yo me ocupo de las cifras y de los aburridos libros científicos. Y ni siquiera puedo ver a ese hombre –trató de no crisparse–. Si tanto lo necesitas, organiza tú la cacería –añadió con firmeza.

Jazz lanzó una carcajada mirando apasionadamente a Conrad.

–Lo necesito, ese hombre es una garantía de éxito. Y tendremos que cazarlo nosotras, porque los relaciones públicas van a concentrarse en las grandes cadenas de librerías, en ningún caso van a interesarse por un pequeño negocio recién inaugurado como el nuestro.

–Bueno, tampoco creo que esté obligado a hacer exactamente todo lo que su editor le diga –aventuró Francesca con un gesto de rebeldía.

–Piensa que es un hombre que quiere vender su libro. Si los relaciones públicas del editor le dicen que se pinte de verde, lo hará. Y a nosotras, ni caso. Ya lo verás.

Francesca no era una persona avasalladora, pero se parecía a su padre lo suficiente como para no aceptar un «no» por respuesta. Barry había herido tanto su ego como su corazón. Pensó que ya no se podía hacer nada por un corazón roto, aparte de dejar que cicatrizara con el paso del tiempo. Pero todo su ego le pedía lanzarse tras un objetivo concreto; y conseguirlo, por supuesto.

–Ni caso, ¿eh? –dijo fieramente.

Jazz la miró ocultando su satisfacción mientras ella se sumergía entre el gentío en dirección al príncipe heredero de la Corona de Montasuro. Pensó que Francesca tenía posibilidades de establecer contacto con él a pesar de no llevar las gafas. Tres meses de trabajo en común le habían enseñado que cuando su socia se proponía una meta, no había quién la parara. Sonrió, satisfecha de su estrategia.