Una pareja inesperada - Sophie Weston - E-Book
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Una pareja inesperada E-Book

Sophie Weston

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Beschreibung

Una pareja inesperada. Sir Philip Hardesty era un negociador de Naciones Unidas famoso por su frialdad, pero por primera vez en su vida, aquel aristocrático inglés que jamás se alteraba estaba comenzando a perder el control... ¡Y todo por una mujer! Habiendo crecido donde lo había hecho, Kit Romaine no se dejaba impresionar fácilmente. Así que si Philip quería tenerla, iba a tener que jugar un poco. Pero en cuanto Kit accedió a ser su ayudante temporal, Philip supo que ya había hecho la mitad del trabajo. A partir de ahí, solo tendría que convencerla para que se convirtiera en su esposa.

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Sophie Weston

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una pareja inesperada, n.º 1712 - febrero 2016

Título original: The Englishman’s Bride

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones sonproducto de la imaginación del autor o son utilizadosficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filialess, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N: 978-84-687-8016-0

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

EL INGLÉS no era, en absoluto, lo que parecía. Incluso después de haber pasado veinticuatro horas, todo el mundo seguía de acuerdo en eso. Puede que tuviera el aspecto de un ídolo de Hollywood con su arrogante perfil. Sin embargo, era rápido y activo como un gato, y totalmente incansable.

Cuando se enteraron de que un alto cargo de Nueva York se iba a unir a ellos en la expedición, murmuraron resentidos. Pero al descubrir que se trataba de un miembro de la aristocracia británica, casi se sublevan.

–¿Sir Philip Hardesty? –preguntó el texano Joe, atónito.

–No estoy dispuesto a llamar a un trepa como ese «sir» –dijo Spanners, que como inglés se sentía con suficiente autoridad para hacerlo.

Cuando el hombre en cuestión se unió finalmente a ellos, decidieron que tenían razón nada más verlo. Tenía unas delicadas manos, bien cuidadas, y traía unas botas nuevas y relucientes.

Pero en cuanto se puso en acción demostró que no iba a hacer uso de su título. Se manchó las manos sin pensárselo dos veces y se metió en los ríos con total determinación. Sus botas, además, eran mejores que las de los otros. Había en él un empuje constante e incansable.

Nada conseguía abatirlo: ni los insectos, ni la humedad, ni los largos y agotadores días en la jungla. Ni siquiera las horribles noches.

No estaba entrenado como los demás, pero su aguante era único, y demostraba en todo momento fortaleza física y entereza.

Ninguno de ellos había querido un civil entre ellos, y menos que nadie, el capitán Soames. El viaje era ya en sí lo suficientemente peligroso como para tener que soportar a un extraño.

Pero los altos mandos habían insistido y, por una vez, habían tenido razón.

Aquel hombre sabía, incluso, cómo hacer fuego.

La noche antes de llegar al campamento, se sentaron alrededor de la hoguera como hacían siempre al finalizar el día. Ninguno de los seis voluntarios de aquella misión sabía qué sucedería a partir de entonces. Rafek, el líder rebelde, quería hablar con ellos. Había sido él el que había pedido aquella toma de contacto. Pero eso no implicaba que cumpliera su palabra.

–¿Cómo se metió usted en esto? –le preguntó el capitán Soames, sentado junto a las llamas.

–Es una tradición familiar.

–Muy británico –dijo el australiano Soames–. ¿Desde cuando existe la ONU?

Philip Hardesty sonrió, una sonrisa difícil de olvidar que parecía iluminar algo que estaba muy dentro de él. Era como si hubiera abierto una ventana, o como si le hubiera hecho un preciado obsequio.

–Los Hardesty llevan mucho más tiempo que eso intercediendo en conflictos. Llevamos siglos haciéndolo.

–Y estoy seguro de que son buenos en ello –dijo el capitán.

–No tiene sentido hacer algo si no se es bueno.

–Totalmente de acuerdo en eso –dijo el capitán–. Así que su familia está de acuerdo con todo esto.

Hubo una pequeña pausa.

–La familia no; mis ancestros sí.

–Vaya –dijo el capitán sinceramente sorprendido.

La sonrisa se desvaneció.

–Las familias necesitan un compromiso –dijo Philip Hardesty–. Yo no puedo permitirme comprometerme.

El capitán se removió incómodo. A veces, en aquellas pequeñas expediciones, los hombres se confesaban cosas y luego se arrepentían.

Pero Philip Hardesty no parecía sentir que aquello era una confesión.

–Verá, un buen negociador tiene que ser capaz de ver el punto de vista de todas las partes implicadas. La paz se consigue cuando se le da a cada uno al menos parte de lo que necesitan.

El capitán lo escuchaba desconcertado.

–¿Y?

–No tener compromisos es mi mejor baza. Eso implica que puedo ser realmente imparcial. Todo el mundo trata de conseguir algo, por lo que yo tengo que estar libre de objetivo alguno.

El capitán pensó unos segundos sobre aquella afirmación.

–Pero lo personal no tiene por qué mezclarse...

–En mi caso se mezclaría –dijo Philip Hardesty con total frialdad–. No puedo vivir dos vidas. Lo que soy es lo que soy.

–¿Y por eso no tiene familia?

Philip se encogió de hombros.

–Es una tradición familiar.

El capitán dudó si formular o no la pregunta que tenía en mente. Al final, lo hizo.

–¿No se siente solo?

Philip tendió las manos hacia el fuego.

–¿Solo? –repitió–. Sí, siempre.

Cinco días más tarde, el capitán descendía del avión en el aeropuerto de Pelanang, rodeado de un sinfín de fotógrafos y periodistas.

Sí, todos habían regresado con vida. Sí, había sido peligroso. Sí, habían logrado su objetivo.

–Vamos a publicar un mapa, que fue el primer motivo de esta expedición.

–Pero dicen que han llevado con ustedes a un negociador de la ONU, sir Philip Hardesty –dijo uno de los periodistas–. ¿Algún comentario al respecto?

–Que ha sido un privilegio tenerlo entre nosotros –dijo el capitán Soames–. Es un hombre excepcional. Si alguien puede conseguir la paz entre aquellos lunáticos, ese es él.

–¿Cómo es exactamente? –insistió el periodista, genuinamente intrigado–. Me refiero a él como persona.

El capitán se quedó pensativo unos segundos.

–¿Como persona? Es el hombre más solitario del mundo.

Capítulo 1

OTRO CLIENTE satisfecho –dijo la señora Ludwig, mientras le daba el sobre con el dinero–. Querían que te quedaras, por supuesto. Como siempre.

–Son muy amables –dijo Kit Romaine, y se guardó el sobre sin mirar su contenido, lo que siempre sorprendía a la señora Ludwig.

–¿No te tienta la idea de quedarte en un trabajo? –preguntó la mujer curiosa.

–¿Quedarme siempre en el mismo trabajo? –preguntó Kit–. No. Me gusta mi libertad.

Más que quererla, la necesitaba. Había tardado su tiempo en darse cuenta de eso, pero una vez que lo había hecho, se agarraba a esa libertad como si se tratara de su tabla de salvamento.

La señora Ludwig agitó la cabeza.

–Desde nuestro punto de vista, no hay ningún problema. Somos una empresa de trabajo temporal, y eres, posiblemente, la mejor empleada que tenemos. Pero ¿no deberías pensar en el futuro?

–Vivo el momento, señora Ludwig –dijo Kit con firmeza. También eso era algo que había aprendido por el camino más duro.

La señor Ludwig se dio por vencida.

–Bueno, la próxima semana tienes la limpieza de una casa en Pimlico. Los propietarios se trasladan allí después de haber tenido inquilinos. Tendrás la casa para ti sola... Espera, espera... Oh, no, tengo aquí a los Bryant. Pero no puede ser... tendrías que cuidar a su niña después del colegio –los Bryant eran buenos clientes y Kit Romaine era la mejor.

Pero Kit agitaba la cabeza enérgicamente. Era una mujer resolutiva, siempre capaz de solucionar contratiempos. Pero había dos cosas que nunca hacía: no cuidaba niños, ni salía con nadie.

Lo cual era extraño, teniendo en cuenta que se trataba de una mujer realmente hermosa: tenía un largo cabello rubio, una buena figura y una gracia natural que hacía que los hombres se volvieran a mirarla en la calle.

–Deme lo de la limpieza de la casa –dijo Kit–. Con una semana podré terminarme el módulo diez.

La señora Ludwig se rio.

–¿Qué tema es ese?

–La poesía en épocas de guerra.

–Suena triste.

–No lo es, la verdad. Es algo sobre lo que todo el mundo debería saber.

Kit era una tenaz autodidacta y aprovechaba su trabajo para escuchar cintas educativas.

Para Helen Ludwig, que contaba con dos títulos y había olvidado todo lo estudiado, aquello resultaba una verdadera excentricidad. Pero no tenía problemas siempre y cuando no interfiriera en su trabajo.

–Muy bien, lo que tú quieras. La casa de Pimlico es tuya. Puedes recoger las llaves el lunes.

Kit asintió y se puso de pie.

–Nos vemos.

–Que tengas un buen fin de semana –dijo la señora Ludwig.

Kit se fue a casa en metro, que estaba abarrotado de gente por aquel invierno lluvioso. El tren olía a chubasqueros húmedos y a demasiada humanidad. Pero los viajeros parecían animosos aquel viernes por la tarde, pues todos saldrían a divertirse.

«Todos, menos yo», pensó Kit, al bajarse en Notting Hill para tomar otra línea.

Tiempo atrás, también ella había sido un animal nocturno, desesperado por seguir a la masa. Pero aquello le había costado perder un título universitario, su autoestima y la salud. Se alegraba de haber dejado atrás aquellos días.

Los viernes por la noche, Kit se lavaba el pelo mientras escuchaba ópera. Lo había intentado con los conciertos de piano, pero no había podido con ellos. No obstante, mantenía la esperanza de que algún día le llegaría a gustar la ópera.

Había tanto por aprender que... ¿quién necesitaba salir con nadie?

Subió las escaleras del adosado y entró en la casa. Kit vivía en un apartamento bajo, cortesía de la tía de su cuñado, Tatiana, dueña de la casa. La mujer era una ex bailarina con un gran temperamento artístico.

El lugar, de hermoso y elegante aspecto, estaba siempre desordenado. La mentora de aquel caos era Tatiana, a la que además le gustaba celebrar salvajes fiestas los viernes por la noche.

Kit pasó de puntillas por la puerta de su escandalosa casera, temerosa de que reclamara su presencia. Estaba totalmente en contra de aquel espíritu antisocial que tenía Kit.

–Necesitas tener una vida –le había dicho aquella misma mañana–. Lo único que haces fuera de este piso es trabajar y nadar.

–Estoy aprendiendo a conducir también. Y dentro de unos días me sacaré el carnet –dijo Kit a la defensiva.

–¡Tienes que ponerle las manos encima a un hombre, no a un volante! –había protestado Tatiana.

–Ya he tenido esa experiencia –había respondido Kit.

Tatiana la había mirado con ojos de vieja sabia.

–¿Sí? ¿Cuándo?

Kit había agitado la cabeza medio molesta y medio divertida por su insistencia.

–¿Es que me vigilas? Esto es como vivir con la policía.

Tatiana no pareció haberse ofendido, sino más bien sentirse complacida por el comentario.

Kit la había mirado con sospecha.

–¿Es que Lisa te ha empujado a hacerlo?

El resoplido de Tatiana había sido elocuente.

–No tiene que hacer nada para que me dé cuenta de que lo que haces no es normal. Solo sales para las clases nocturnas. Una muchacha de tu edad tiene que salir a divertirse.

–Debe salir con chicos, es lo que quieres decir –interpretó Kit con un suspiro de resignación.

–Tiene que divertirse –la corrigió Tatiana–. Sobre todo una chica tan guapa como tú.

Kit parpadeó.

–Con ese pelo rubio y esos ojos verdes, y ese modo de moverte que pareces una bailarina. Podrías ser despampanante si quisieras. Pero vistes como un saco de patatas y nunca vas a ningún lado.

–Voy a donde realmente quiero ir –había acabado por responder Kit, perdiendo definitivamente la paciencia–. Y visto como quiero. Si no lo soportas, me mudaré.

Tatiana se había limitado a alzar los brazos exasperada y a meterse en su habitación murmurando en ruso.

Kit sonrió al recordar lo sucedido. No solía ganar jamás las batallas como aquella, que se daban continuamente con su casera.

Oyó que el teléfono sonaba y metió rápidamente la llave en la cerradura. Abrió la puerta de su apartamento y se apresuró a responder al teléfono.

–Hola, Kit.

–¿Lisa? –preguntó incrédula. Se suponía que su hermana debía estar en un paraíso natural de vacaciones con su marido naturalista–. ¿No se supone que estabas en una playa tropical? ¿Le ha pasado algo a Nikolai?

–No lo sé. Nunca lo veo –respondió su hermana en un tono profundo y dolorido.

–Vaya –respondió Kit, sintiéndose impotente.

–Me dijo que en el hotel había una conferencia sobre conservación de especies locales y que quería ver de qué iba. Pensé que su intención sería ir a un par de charlas, pero está allí metido todo el tiempo, y también a accedido a hablar él.

Kit conocía a su hermana y, por el sonido de su voz, sabía que estaba furiosa.

–En este maldito hotel no hay nadie más que los asistentes a la conferencia. ¿A quién se le habrá ocurrido construir un hotel de lujo en una zona en guerra?

–¿Una zona en guerra? –preguntó Kit alarmada.

Lisa respondió con cierta impaciencia.

–Parece que los conflictos han cesado por el momento. Esa es la razón de estas conferencias. Pero nadie en su sano juicio se viene aquí de vacaciones.

Kit miró por la ventana. No paraba de llover.

–Si hay sol, es un buen lugar para unas vacaciones. No sabes lo que está lloviendo aquí en Londres esta noche.

Lisa respondió rápidamente.

–Pues vente conmigo aquí.

–¿Qué?

–¿Por qué no? Ven a hacerme compañía.

–Lisa, no me gusta hacer de sujetavelas.

–No vas a hacer de sujetavelas –Lisa se rio–. Pero si Nikolai nunca está. No tengo a nadie con quien hablar y nada que hacer.

Kit se quitó los zapatos y se sentó en el sofá.

–¡No puede ser tan malo! Tienes sol, árboles y playa. ¿Qué más se puede pedir?

Hubo un tenso silencio.

¿Qué demonios había sucedido? Solo semanas antes, Nikolai y Lisa estaban ansiosos por viajar y estar solos. Aquellas vacaciones tropicales eran su oportunidad para estar juntos.

En solo cuatro días, las cosas habían cambiado radicalmente.

–Además, yo no puedo permitirme unas vacaciones en el trópico –dijo Kit.

–Pero yo sí te las puedo pagar.

No le cabía duda de eso. Su hermana estaba muy bien situada.

–Ya has hecho muchas cosas por mí a lo largo de los años. Yo me pagaré mis vacaciones ahora que puedo.

–Pero tú no puedes pagar algo tan caro como esto y yo te necesito aquí –añadió Lisa–. Necesito alguien que me apoye, Kit, de verdad. ¡Dios santo! ¿Qué era todo aquello? Jamás en la vida había oído a su hermana decir que necesitaba apoyo–. Por favor, ven. Me siento muy sola.

Kit estaba demasiado desconcertada como para poder decir nada.

–Hay un vuelo el domingo –continuó Lisa–. He reservado un billete, por si te decides. Al menos, piénsatelo.

Colgó sin decir adiós.

Kit comenzó a pasear de un lado a otro de la habitación, impaciente.

¿Es que Nikolai y su hermana estaban teniendo verdaderos problemas? Pero ¿por qué?

Se preguntaba si, finalmente, las diferencias de status les estaban jugando una mala pasada. El marido de Lisa era un aristócrata y las hermanas Romaine procedían del arroyo.

Lisa había conseguido un título universitario y había logrado labrarse una exitosa carrera profesional por sus propios medios. Pero sus orígenes seguían siendo humildes. Sin embargo, eso no había supuesto nunca una traba, y si alguien se lo hubiera preguntado, Kit habría afirmado que el conde Nikolai Ivanov estaba, en aquel instante, más enamorado de su mujer de lo que lo había estado nunca.

Pero su hermana no parecía estar bien. Y Kit quería mucho a Lisa. Era más que una hermana para ella: era su mejor amiga.

Quizá aquel era el momento de desterrar todos sus principios.

En aquel instante sonaron unos golpes en la puerta.

«Será Tatiana», pensó Kit. Normalmente, su casera y ella tenían una relación bastante tensa. Tatiana pensaba que ella era una aburrida que se enganchaba a la cola de su exitosa hermana, y Kit que Tatiana era una delincuente de ochenta años. Pero tenían un punto de encuentro y era su afecto por Lisa.

Kit abrió la puerta con un entusiasmo poco habitual en ella.

–Acabas de hablar con Lisa –dijo la mujer, reconociendo los síntomas en su estado de ánimo.

–Sí. Estoy preocupada. Parecía realmente triste –dijo Kit mordiéndose el labio.

–¿Cuándo has hablado con ella?

–Ahora mismo. Quiere que me vaya para allá.

Kit esperaba que Tatiana le dijera que no interfiriera, pues se consideraba a sí misma la única con derecho a hacerlo. Pero no dijo nada de eso.

–¿Has hablado con ella ahora? –preguntó la mujer de nuevo.

Kit asintió.

–Acabo de colgar y parecía realmente afectada por algo.

Tatiana la miró realmente afectada.

–¿Te das cuenta de que allí son las tres de la madrugada? ¡Las tres! Y te está llamando a ti. ¿Dónde demonios está su marido?

Kit la miró fijamente.

–No me extraña que estuviera tan triste y tan vulnerable –dijo Kit casi para sí misma.

–Será mejor que vayas –le dijo Tatiana tajantemente–. ¿Necesitas dinero?

Kit negó con la cabeza.

–Lisa me ha reservado un billete y todavía no he usado mi tarjeta de crédito este mes. Me las puedo arreglar.

–Pero necesitarás ropa adecuada –le aseguró Tatiana, que pensaba que la ropa era el espejo del alma.

Kit se encogió de hombros.

Tatiana se acercó a ella.

–¡Eres imposible! ¡Mírate! Tienes un maravilloso pelo rubio, una piel delicada y una cara divina. Además eres tan alta como una modelo. ¿Por qué no te compras unos pantalones cortos y tumbas a todo el mundo luciendo trasero?

Kit respondió con mas dureza de la que era necesaria.

–¡Ya está bien! Visto como quiero.

Tatiana se contuvo.

–Al menos cómprate un biquini.

–Nada de biquinis.

–Pues algunos pantalones cortos, y camisetas sin mangas. ¡No sabes el calor que puede llegar a hacer! Tienes que comprarte un sombrero de paja para protegerte del sol. Y ropa adecuada para salir de noche.

–Gracias por tus consejos, pero aquí no podré comprar sombreros de paja. Me lo compraré allí si lo necesito.

Tatiana volvió a protestar.

–¡No vas a un hotel barato con puestos para turistas! Aquel es un hotel de lujo.

Kit la miró fijamente.

–¿Y?

A Tatiana no la afectó su peligrosa mirada.

–Te vas a sentir fuera de lugar si no vistes adecuadamente.

–El hotel está vacío –respondió Kit.

–Razón de más para mantener las formas.

–En primer lugar, no sé cuáles son esas formas.

Tatiana suspiró.

–Eres una rebelde, Kit.

–Solo cuando estoy con gente que habla de mantener las formas –dijo Kit en un tono casi amenazante.

Tatiana se dio por vencida y se encaminó hacia la puerta. En ese momento, un gato blanco entró por la ventana.

–Solo te relacionas con gatos –murmuró Tatiana–. Cualquiera diría que en lugar de veintidós, tienes cien años.

–Viene de visita.

Tatiana la miró de arriba abajo.

–Lo que tú necesitas son visitantes altos y guapos que te hagan sentir bien cuando te ven en biquini.

Kit negó con la cabeza.

–¡Otra vez no! ¿Por qué te importa tanto lo que yo haga con mi vida?

–Porque solo tienes una –dijo Tatiana–. Y me duele ver cómo la malgastas.

Tatiana no sabía nada de los terrores que Kit sentía a veces por la noche, ni del por qué de su negativa a ponerse un biquini. Y que lo último que necesitaba eran visitantes altos y guapos.

–Sé que no encajo con tu modo de ver el mundo, Tatiana. Pero no todos somos tan valientes como para ir por ahí experimentándolo todo. Créeme, hago lo que puedo. Ya probé tiempo atrás lo del visitante alto y guapo y no funcionó. Los hombres solo dan problemas. No puedo volver a pasar por todo eso otra vez, de verdad.

Tatiana se quedó en silencio unos segundos. Al final, asintió.

–De acuerdo. Es tu vida. Haz con ella lo que quieras. Pero ¿vas a ir a ver a tu hermana?

Kit asintió.

–Sí.

Lisa fue a recibirla al aeropuerto y su abrazo fue tan impulsivo que pensó que iba a romperla.

–¡Has venido! Gracias, Kit. ¿Has tenido dificultades con tu trabajo?

–No. Los clientes se han alegrado de tener otra semana más para sacar las cosas de la casa antes de que yo fuera a limpiarla.

Lisa la agarró del brazo.

–No sabes cómo me alegro de que estés aquí. Sé que era mucho lo que te he pedido.

–Sí, claro, es realmente duro tener que pasar una semana en una isla privada con todos los gastos pagados. Solo una verdadera mártir podía aceptar.

Lisa suspiró.

–Bueno, no es tan maravilloso como suena. Espero que te hayas traído algo para leer –dijo Lisa, y Kit la miró con ironía. Lisa se rio–. Sí, claro que te lo has traído. ¿En que estás metida este mes? ¿Estás aprendiendo ruso?

–Poemas de guerra. Pero me he traído algunas novelas también.

–Menos mal, porque yo ya he terminado con todas las que traje.

Al salir al exterior del aeropuerto, el sol le resultó cegador.

–Espero que te hayas traído gafas de sol. Se me olvidó decírtelo –dijo Lisa.

–Y a Tatiana también –respondió Kit–. Incluso me ha hecho traerme un vestido de noche.

–¡Un vestido de noche! ¡Tú!

–Cuando algo se le mete en la cabeza a esa mujer...

Lisa se carcajeó.

–Sí, ya lo recuerdo –abrazó a su hermana–. ¡Cómo me alegro de tenerte aquí! Iremos a comprarte unas gafas ahora mismo. Después nos pondremos de camino. ¡Vamos en helicóptero!

Coral Cove era un auténtico paraíso, cubierto de grandes árboles y selvas tropicales.

–¿Eso es una cascada? –preguntó Kit.

–Sí, creo que sí –dijo Lisa–. Nikolai y yo tenemos una junto a la casa que hemos alquilado. Hay otra, enorme, como a media hora andando desde el hotel principal. También podremos ir a verla.

Kit se recostó sobre el respaldo del asiento y suspiró satisfecha.

–Sol, mar y cascadas –dijo–. Perdono a Tatiana por lo del vestido de noche. Le perdono todo.

Pero aquella tarde, no fueron a ver ninguna cascada. Lisa se encerró en su cuarto y se negó a hablar con nadie. Nikolai recibió a Kit musitándole un saludo entre dientes y se marchó de inmediato a sus reuniones.

Kit decidió ir a echarle un vistazo al elegante comedor del hotel y pensó en el traje negro y plata que le había empujado a comprar Tatiana y decidió que no iba a cenar.

Lo mejor que podía hacer era irse a nadar en la laguna que había visto con Lisa al llegar, segura de que a aquella hora nadie la molestaría.

Se encaminó de nuevo a la casa y se puso un bañador de una pieza y un albornoz, y salió decidida a darse su primer baño en aguas tropicales.

Philip Hardesty miró a través del gran ventanal una vez más.

Alguien se estaba bañando en la laguna. Desde su lugar en el podio, Philip podía ver la solitaria figura recortada contra el cielo oscuro.

Allí fuera se debía de estar extraordinariamente bien: fresco, con aquella brisa marina, sencillamente maravilloso.

En la sala de conferencias hacía un calor insoportable.

Pero no tenía más remedio que permanecer en su puesto, detrás de todas aquellas luces, las cámaras de televisión y los micrófonos. Era parte de su profesión.

Apartó la vista del nadador solitario y sonrió al siguiente periodista educadamente.

–¿Su pregunta, Herr Dunkel?

Conocía a aquel hombre porque lo había entrevistado en varias ocasiones. Tenía veinte años más de experiencia que él en aquellos temas.

«Claro que, probablemente, todo el mundo en esta sala tiene más experiencia que yo», pensó Philip. «Estoy tan cansado».

Por un momento, su confianza en sí mismo flaqueó. Todo el mundo lo estaba mirando. Si él no confiaba en las negociaciones de paz que estaba llevando a cabo, ¿quién la tendría?

Y la pregunta de Dunkel merecía una respuesta.

Finalmente, respondió con firmeza y fluidez, como siempre hacía.