La próxima vez que vengas - Alejandro Giacomán - E-Book

La próxima vez que vengas E-Book

Alejandro Giacomán

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Beschreibung

Se separa la aguja del disco, en medio del verso la rola se detiene bruscamente. Congelados todos en su lugar, en una Ciudad de México ochentera y un poco menos agreste, se encuentran Carolina, Daniel y Gav. La chava del reventón, el cantante y un músico de la Banda. Los tres en campo visual. Hasta ahí va la rola. Si se hubieran distraído no pasaba nada. Un punto equis en la vista periférica, un único momento tangencial sin importancia, que pasó así de rápido. El otro automóvil en el sentido opuesto de la calle. El cometa que pasa por el cielo nocturno dando un espectáculo de luz y soltando fragmentos incandescentes, pero que no se estrella contra la ciudad y provoca cataclismos. La hormiga que prefiere seguir transportando pedacitos de hoja y no reacciona al tropel de elefantes que viene por la selva. Ahí estuvieron las miradas. Los posibles sólo pueden entrar por los ojos. El deseo despierta a partir de la vista y vence con insistencia. Pueden olvidarlo, negarlo, ignorarlo o rehuirle una vez o dos. Y en el silencio el disco sigue girando... Pero en medio del barullo y el ruido atronador del rockanrol, su mensaje intrascendente o impactante, de lo insignificantemente efímero de lo moderno, y más allá de las imágenes rebeldes, la niebla artificial y las luces psicodélicas y parpadeantes, los ojos que buscan encuentran. Y las broncas también. Será para la próxima vez. Sólo si se da. Nadie los iba a estar empujando. La aguja cae lentamente, para que la rola siga justo donde se quedó.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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La próxima vez que vengas. El laberinto del Rock & Roll

Primera edición en papel: julio de 2018

Edición en ePub: noviembre 2018

De la 1ª edición en papel:

D.R. © Alejandro Giacomán de Neymet

ISBN 978-607-98003-2-1

ISBN ePub: 978-607-8636-08-2

Cuidado de la edición: Bonilla Artigas Editores y Amelia Estévez Banderas

Formación de interiores: María L. Pons y Mariana Guerrero del Cueto

Realización ePub: javierelo

Diseño de portada y fotografía del autor: Armando Hatzacorsian

Fotografía de teclado Moog Prodigy: Alejandro Giacomán

Fotografía de portada: Pixel Addict www.flickr.com/people/83183993@N00, utilizada bajo licencia Creative Commons Attribution 2.0 Generic. commons.wikimedia.org/wiki/File:Naked_woman_laying_in_bed_in_B%26W.jpg.

Los personajes y eventos presentados en este libro son ficticios. Cualquier parecido con personas, eventos o incidentes reales es mera coincidencia.

Hecho en México / Printed in Mexico

Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito del autor.

Agradecimientos

A Amelia Estévez Banderas por su continuo llamado a la sensatez y absoluto apoyo desde el principio, sin olvidar que además hizo amorosamente las primeras lecturas y correcciones.

A Marisol y a Juan por su indetenible entusiasmo.

Trouble is, what would I do with her once I’d won her?– it’s like winning an angel in hell and you are then entitled to go down with her to where it’s worse or maybe there’ll be light, some, down there, maybe it’s me’s crazy–

Jack Kerouac, Tristessa

Being in a band – striving anxiety black humour ego paranoia jealousy petty rivalry hope joy depression camaraderie symbol-ised by … T-shirts/bad design/

shit press lurid advertising/corporate manipulation/lust obsolescence/

Faustian pact payoff … the occasional tropical beach …

Andy Summers, I’ll Be Watching You. Inside The Police 1980-83

Del aparato para filmar que es la memoria, sabemos bien cómo “rueda” pero nada sobre la manera en que graba, de qué substancia están hechas sus películas y dónde almacena sus clichés. ¿Cómo se orienta la memoria en ese dédalo que es el barullo de los sentidos y que atrapa al espíritu en su red? No hay para nosotros explicación de ese misterio, a menos que aceptemos a priori que nuestros recuerdos son seres vivientes que, una vez formados, tienen una vida autónoma y, como criaturas liliputienses, crean una ciudad en nuestro cerebro y nos “habitan”; sobre los cuales reinamos como un rey, pero no un rey absoluto –la locura lo destrona. Las ideas fijas son los jefes de las bandas de esa ciudad subterránea y algunas invaden toda la mente, convirtiéndonos en reyes-títeres durante largos años. La imaginación hace razzias en el espíritu. La memoria rebelde ocupa el terreno y expulsa al hombre hasta los confines extremos de su propia mente. Nadie ocupa completamente su cerebro. Nadie es completamente propietario de sí mismo.

Malcolm de Chazal, Historia del dodo

Para Mónica de Neymet

El Palacio

La noche anterior al concierto fueron al Palacio de los Deportes, cerca del aeropuerto, para ver qué onda con los preparativos. Se estacionaron a kilómetros de la entrada y tuvieron alguna dificultad para entrar. Ya adentro, lo primero que escucharon fue un tarolazo con un reverb enorme que provenía como de un cañón disparado en unos acantilados cercanos. El Palacio estaba más bien obscuro y unos pequeños focos altísimos demostraban alguna olvidada propiedad física con candelas, metros y otras unidades internacionales, que explicaba cómo un foco en el espacio, a una distancia cercana al infinito, sin tener un lugar donde reflejar su luz, al prenderse sólo mostraría un cambio de color en sí mismo, pero no iluminaría nada. Con el gigantesco sonido de la batería y esas pequeñas estrellas bajo techo Gav empezó a alucinar. Sería el primer concierto de esta magnitud en el que tocarían y todavía no tenían una clara idea de en camisa de cuántas varas se estaban metiendo. La sensación era como de inseguridad, inquietud estomacal, nervios y emoción. Desde niño Gav percibió ciertos momentos como inolvidables, que tenía que grabar en algún lugar especial de su memoria, y éste parecía ser uno de ésos. Después de ese momento, mientras casi corrían hacia donde estaba el escenario, fue que empezó el desmadre. El de la tarola repetía sus impactos tratando de contar cada grano de arena de la tierra. Déspotas ingenieros gritaban desgarradamente desde la consola que estaba puesta a un lado del escenario, todo como a diez metros del piso.Había una colección de equipo impresionante: unas diez baterías chicas de tres toms, una gran variedad de amplificadores hechos en México, Sunn, Bush y Acustic medio madreadones, y el equipo de sonido de sala también en un estado de medio descomposición. Iban a tocar veinticinco grupos del concurso, más los obligados: Three souls, Bátiz y algunos más que se le olvidaron y que tampoco le importaban. Alguien les dijo que era la segunda vez que les decía que se bajaran del escenario, chingada madre. Casi no conocían a nadie y desde ahí empezaron las previsibles miradas de técnicos, otros músicos, organizadores y secres mañosos que con ojos de supuesta experiencia trataban de decirles que estaban muy verdes, que no sabían nada, que venían a tocar por puritita suerte y que no estuvieran chingando. Creyeron que iba a ser una larga noche de tarolazos, cuando vieron al organizador rodeado de curiosos que querían saber a qué horas iban a probar al día siguiente. Ya se los dije, a las once de la mañana aquí todos.

Los días de tocada eran muy largos, días casi completamente perdidos aunque sólo se fuera a tocar una canción de cuatro minutos. La casa de Robi, el guitarrista acústico del grupo, quedaba cerca de Miramontes, pero Miramontes tan al sur no quedaba cerca de nada. Algunos esperaban ya en el cuarto de la azotea, pero no planeaban pachequearse; querían estar en plenas facultades para el concierto. Era una especie de lavandería y club de Tobi lleno de discos y pósters de Scorpions, aunque Robi no fuera para nada heavymetalero. Daniel era el líder del grupo y tocaba el bajo sin tocar una de las cuatro cuerdas, quién sabe cuál, y cantaba con buena voz y media entonación. Como él había manejado el día anterior, les tocaba al requintista Bicho y a Gav. Daniel siempre sabía arreglar esas cosas a su conveniencia. Bajaron las escaleras de caracol en soleado sábado de “Acapulco en la azotea” viendo los lotes vacíos de alrededor, entraron a la casa y luego a la recámara de Robi, que aparte de su cama tenía todos los instrumentos, amplis y un tapiz azul brillante con flores de lis y ramos de flores, muy al gusto rococó clasemediero de sus invisibles papás. Bajaron los instrumentos necesarios y los metieron a los dos Caribes. Para ir de ahí al Palacio tomaron desconocidos y orientales ejes viales, y en un alto alguien reconoció a un greñudo que pedía aventón. Se subió al coche de Gav profiriendo insultos en forma de amigable saludo. ¿Q’ psoijs de la chingada? Tenía el cabello castaño hasta los hombros, la cara dura y fuerte y un hablar lleno de gracia, parecía que concluía toda oración con la palabra cabrón utilizando un acento como francés. El Tlaca casi siempre estaba sin camisa, era su look cavernario-iggypopiano cuando cantaba con su grupo, con el que alternaron muchas veces. Ese día sí llevaba camiseta blanca, y su destino no era el Palacio, pero decidió ir aunque su grupo no se había inscrito al concurso.

Lo primero que pasó al llegar fue que se ponchó una llanta con unas tablas llenas de clavos expresamente puestas por encantador personal de overol para que nadie se estacionara en ese lugar. Daniel y el Bicho, el requintista que apenas si sabía tocar y que parecía extraído de un póster de Pink Floyd de los setenta, le preguntaron a Gav, mientras cambiaba la llanta, con absurda y burlona indignación y brazos cruzados, ¿por qué la ponchaste, güey? Gav no vio la trampa porque no traía los lentes que sólo usaba para manejar y en la universidad. Todo tenía que suceder en esa especie de novatada y nadie pudo probar sonido ni medianamente ese día. La pasaron aburridísimos viendo cómo empleados viejitos acomodaban sillas de plástico naranja y azul en todo el lugar, cómo el organizador gritaba que si no sabían que era un evento de rock masivo y que les podían aventar las sillas (aventándolas él mismo) que si estaban locos, y cómo los empleados viejitos tardaban el doble en recogerlas. Horas después, sin que llegara la ansiada prueba de sonido, compraron cacahuates japoneses a un niño fugado del semáforo más cercano, y los comieron cachándolos en pleno vuelo riéndose de los lentísimos preparativos. Alguien había tenido la brillante idea de hacer un absurdo homenaje a los errores de los Rollin’ en Altamont. Para mantener el orden público y la seguridad, en un andamio que soportaba grandes bocinas tenían como cincuenta macanas de madera apiladas que iban a ser repartidas a tal o cual banda callejera de Ciudad Nezahualcóyotl, como unos Hell Angels de petatieux, y que tendría órdenes de madrearse a todo aquel que se acercara al escenario y no tuviera su gafete de The Wall. Como acarreados, les iban a pagar con tortas y la entrada al toquín. Un apto responsable que profería impacientes instrucciones jaló una de las macanas que estaba hasta abajo y le rodaron espectacularmente las demás en la cabeza como en una caricatura.

A Gav le preocupaba que le robaran su sinte Crumar, así que logró que el Chivigón, que iba a tocar con Mistus, le prestara sus impresionantes teclados profesionales. Las pruebas de audio seguían y seguían, por lo que se fueron de ahí como a las tres sin haber tocado una nota y un poco alarmados de la desorganización.

Dejaron el sinte seguro bajo llave en el ensayo y pasaron a recoger una cámara a casa del Tlaca, a una colonia cercana donde era famoso porque salía todo el tiempo en patineta vestido únicamente en calzones. Los obligó a cooperarse para el rollo, diciendo que no se iban a arrepentir, y nunca lo hicieron. Mientras él compraba la película comieron unas horribles tortas con Sangrías Señoriales en una grasienta panadería de Miramontes y Coapa. En una chorcha que trataba de distraerlos del concierto, narró con todo detalle cómo era forzado al simulacro de acostarse con una chava que no le gustaba en una obra de teatro en la que estaba de actor, alegando que sólo se la untaba. Lo malo fue que entre tanto güiri güiri se les hizo un poco tarde, y tuvieron que entrar con todo y vehículos por la puerta principal. Había lo que se denomina comúnmente como un chingo de banda, policías registrando y gritando, y unas rejas de alambre cuyas puertas quedarían marcadas forever en la pintura de los coches. En el tumulto de la entrada recordaron esas escenas de películas gringas de homicidas metidos en patrullas, y éstas golpeadas por una turba indignada y enardecida, que en este caso les gritaban fresas mientras golpeaban con las palmas la lámina. A Robi le abrieron una puerta y le metieron a Andrea, una punk que, sin conocer a nadie, de inmediato se sentó en las bien predispuestas piernas de David, el baterista. Entraron y fueron regañados por varios policías que después del portazo se desaparecieron, con toda la demás fuerza pública que había llegado al principio. Adentro había más de diez mil cabrones, la mayoría chavos banda, como recién salidos del Desierto del Gobi con una sed tremenda de rock and roll.

Alguien ordenó con innecesaria impaciencia ¡Busquen su camerino y espérense ahí! Para lo cual, empezaron una especie de recorrido circense asomándose en cada uno de ellos. Normalmente, el Palacio se usaba para luchas, y en los camerinos había gimnásticos implementos de ese gremio y aroma de ungüento para el dolor muscular y detergente en polvo para pisos. Mesas para masaje, vírgenes de Guadalupe, mosaicos blancos rechinantes, regaderas, y nada de glamour rockanrolero. El desmadre en el área de músicos era genial. Punks maquillándose con un enorme séquito de mujeres abrazándolos, encimadas con extraviadas e intoxicadas miradas de ojos demasiado pintados de negro, séquito al cual se unió la colada Andrea; secres que se bañaban interpretando con gran emoción a Kiss; organizadores discutiendo el orden de las presentaciones acaloradamente; un grupo de desconocidos cortando coca con una punk que se reía escandalosamente, identificada como Carolina por el Tlaca, y que procedió a saludarlo con gran apapacho…

En este preciso instante coincidieron Carolina, bien chavita, con su simpática sonrisa malévola y entretenida con sus menesteres y ministraciones, y Daniel y Gav que observaban sin mucho interés un momento desde la puerta, preocupados sólo por encontrar un camerino vacío y por tocar sus rolas en el concierto. Ella parecía casi parte de la escenografía. Se imaginaban que en el rock seguro aparecerían chavas como ella. Así debían de ser. Los vió a ellos como dos niños ricos tímidos que no se atrevían a entrar y que estaban casi completamente fuera de lugar. Chavitos, no saben de lo que se están perdiendo. Podría ser que con la maestra adecuada… Por algo se empieza.

No se conocían, pero la vieron y los vio. No hubo ni comentarios. Sería para la próxima vez. Sólo si se daba. Nadie los iba a estar empujando.

...más de treinta chavos banda comiendo tortas y preparándose como para el fin del mundo; un quinteto como de alientos y percusiones ensayando una obra de avant-garde “contemporánea” muy seria que claramente no iba a ganar; y finalmente un camerino multitudinario sin mueble alguno y olor a alcantarilla, donde, ¡oh, honor!, había un letrero arrancado con el nombre de la Banda junto a otros de varios grupos más. Antes de que algún organizador se apareciera, intercambiaron el letrero de la Banda por el de otro grupo en un camerino vacío y tomaron inmediata posesión. Por ahí llegaron unas amigas de Robi, “Las gemelas”, unas chavas medio fresas vestidas con overoles rosa y azul clarito y cara que demostraba bastante flojera o desinterés, y que quién sabe cómo se metieron; nada más estuvieron un rato platicando, pero su dual instalada presencia le daba su sabor freaky al camerino, y aparentemente disuadió de insistir en retomarlo al grupo que originalmente se le había asignado. Lo más interesante de toda la espera que vino después fue la gran cantidad de rockeros de 1983 que conocieron; compararon guitarras, echaron pestes de otros ausentes, comprobaron que no eran los únicos y en el fondo se dieron cuenta de que todavía les faltaba mucho camino. Principalmente por nervios, el único de la Banda que hablaba, y verborreicamente, era Daniel. Temían que se quedara sin voz antes de cantar. Era imposible ver cómo tocaban los demás, solamente subiéndose al escenario y de un lado, porque los empujones y caballazos del lado del público cerca del escenario eran demasiado violentos. El Tlaca se la pasó en el escenario viendo todo. Regresó a fortalecer su estadazo con unos jalones a un toque que escondía prestidigitadoramente en la mano. ¡No, cabrón, se oye de la chingada en cualquier lado! ¡Pero a los Deranged Punk les fue superchingón, carnal! ¿Son Punks de a devis? Más o menos. Como heavy metal disfrazadón de punk. Crudón, crudón. Pero de look están mejor que todo mundo, y el cantante hace un supershow. Se los perdieron. Fresamente, nunca habían visto un despliegue bandoso de esa naturaleza, pero sentían un gran y romántico entusiasmo. Rolaron toda clase de pomos, toques, pastas, coca y hasta chemo pero, tratando de mantener cierta seriedad, la Banda de Daniel y Gav, aunque tachada de fresa, temió olvidar sus partes en el escenario y no se metió nada. La tocada era suficiente enervante. Ya sería después.

Cada vez que alguien se subía a tocar, algún desorganizador cambiaba el orden de los grupos, y se estaba haciendo eterno. Finalmente llegó su turno. Subieron temblando al escenario. Un solo güey les ayudó con gran eficiencia a cargar, conectar el equipo y acomodar los instrumentos. Hasta Daniel le pidió el teléfono para otras tocadas, un cabrón muy mamado, aunque con cierta desconfianza; todos lo conocían y lo llamaban el Orange. Pocas veces Gav tuvo la oportunidad de tocar un Korg CX-3, que era una réplica análoga del clásico órgano rockero Hammond B3, y entró en éxtasis al tocar sus suaves teclas. La canción con la que concursaban se llamaba Lady Midnight, era casi una copia en cuanto a estructura y sonido de Stairway to Heaven de Led Zeppelin, con ciertos elementos progresivos y letra en inglés de Daniel. Gav nunca realmente la entendió completa, no estaba seguro si era porque no sabía bien inglés, la letra no tenía ningún sentido o Daniel había aprendido la pronunciación del idioma reprobando los cursos veraniegos de Harmon Hall de su colonia. Tenía el viejo truco de que empezaba muy suave, con guitarra acústica y voz, por lo que, aunque con cierto retraso acústico, la gente les empezó a chiflar enfurecida pensando que serían los únicos maricas que tocarían una balada en un concierto de Rock, pero los grandes maestros zeppelinianos nunca se equivocaron. Cuando toda la Banda entró a tocar en la rola y se prendía en el coro, sintieron el equivalente a una explosión en gritos y el Palacio de los Rebotes se cimbró, siendo pisoteado por los brincos de diez o quince mil güeyes banda. Los dedos les temblaban en los instrumentos y los tiempos de la música tomaron un curso demasiado natural, como llevados de la mano por un gran beat que los impulsaba a todos y que hacía que cualquier posibilidad de equivocarse se desvaneciera. El Tlaca, desaparecido en gran chorcha, reapareció y tomó grandes fotos de esos momentos, hasta parecían verdaderos rockeros, mismas que después enseñaron a aterrorizadas tías abuelas que pensaron horrores de la concurrencia por un tuerto que aparecía demasiado prominente entre el público. Al terminar la rola, como en todas las tocadas, Daniel sacó su bonchecito de disquitos de 45 RPM con un demo de la rola grabada en alguna vieja y desaparecida encarnación de la Banda, y los arrojó uno a uno como freezbees al público. No había otra forma de deshacerse de ellos. Bajaron como temblando, sobreenergizados con la gritería; después la espera se prolongó hasta como las tres de la mañana, no sin registrar toda clase de desmanes e incidentes que amenazaron la continuación de la tocada, descrita en la publicidad como festival de jazz-blues (en realidad era rock, pero la palabra estaba todavía bastante satanizada desde Avándaro). Hubo kioscos de madera incendiados, gente corriendo con antorchas encendidas por las gradas del Palacio, saqueo de puestos cerrados, represión de los implicados, la clásica madriza al centro del público, portazos y el loco que baila dando vueltas y propinando gratuitos chingadazos al incauto que se le acerque.

Desde el lejano palco del jurado, donde parecía que hasta algunos personajes, jerarcas y actrices de la misma tele estaban entre los jueces, como si eso garantizara algún conocimiento de rock, el veredicto se dio con señales de pañoletas y entre copas de vino, como en los toros. Los Deranged fueron los que ganaron. Somnolientos y ensordecidos reporteros que normalmente cubrían las luchas tomaron fotografías a los victoriosos con las dos chavitas punk, Andrea y Carolina, colgadas de sus hombros. A la Banda de David, Daniel y Gav le dieron el segundo lugar, con premio que nunca supieron bien en qué consistía ni cuando se iba a entregar, y jamás recibieron.

La única secuela del magno concierto fue que subrepticiamente, en el siguiente ensayo de la Banda, se aparecieron Andrea y Carolina. Parece que David, muy calladito, había intercambiado oportunamente teléfonos en el Palacio. Las dos, morenas de cabello oscuro, estaban vestidas un poco más conservadoramente, de mezclilla, sin malla negra, ni rastro de punk, y no enseñando nada, después de todo, estaban de invitadas en casa de los papás de Robi, aunque la pintura en los ojos seguía igual de reveladora. Saludaron con manos suaves, casi sin palabras, como si las fueran a delatar, y permanecieron muy serias, sentadas en la cama, silenciosas durante todo el ensayo. Fue un ensayo tenso lleno de miraditas y estrógeno. ¿Les gustó? Daniel les preguntaba en cada canción y respondían asintiendo tímidamente con la cabeza. Ni Gav ni los demás dijeron nada tampoco. Tocaron impecablemente el set completo sin ninguna discusión. Al final subieron un rato al cuartito de la azotea. Fue supuestamente después de un par de toques, de jugar metiendo y sacando la antena de la grabadora y de que Gav se fuera cobardemente ese día porque tenía un ataque de tos y una tarea de ingeniería. ¡No, cabrón! Que les dijimos, bueno, y ¿ustedes a qué vinieron? Y que se ríen. ¿A mojar la antena? ¡Salieron bien zarampas, güey, hubieras visto! ¡Y tú con la Carolina, pinche Robi, te la sacaste! ¿A poco? Si yo las vi que estaban aburridísimas ¡Ya parece! Claro, pinche Gav ¿Por qué te fuiste? ¡Te hubiera tocado a ti también! ¡No sea puñal! ¿A poco no? Robi sólo tenía una cómplice sonrisa que no desmentía ni confirmaba. Tanto Daniel como Gav tenían sus chavas en ese tiempo, pero Daniel siempre respetó la seriedad (y en este caso fidelidad) de Gav. Esa clavadez en los sintes y la música beneficiaba a la Banda y a él de todas maneras. Aunque no estuviera de vivo con las viejas, alguien que no perdiera el control ni la razón en la Banda era necesario.

A las chavas no las volvieron a ver en años. No como punks al menos. De hecho, si Gav se las hubiera encontrado no las habría reconocido. El más mínimo cambio en el peinado lo hacía confundirse. De todas maneras, al imaginarse las posibilidades, fantaseaba en enredarse con alguna loquísima punk española de Barcelona.

Métodos Numéricos

La falta de práctica de Gav con las mujeres no sólo respondía a una timidez propia de la edad, la cual estaba en el proceso de vencer, con el evidente e indetenible paso de los años, sino también a arraigadas convicciones antisociales y a su hasta entonces completa nerdez o clavadez tecnológica. Él mismo contaba que, soportando cada vez menos la que sentía no muy actualizada carrera de Ingeniería Electrónica en la UNAM, decidió tomar menos materias para poder seguir también con el grupo de rock. Nunca puso materias antes de las nueve de la mañana, porque levantarse en la madrugada después de una noche de tocada probó ser una inmensa tortura. Para Métodos Numéricos escogió en la cómoda clase del mediodía al maestro que se sabía era el menos barco, pero realmente hacía que los alumnos aprendieran su materia, misma que trataba de cómo resolver complicadas ecuaciones a base de iteraciones de operaciones matemáticas simples, como sumas, restas y multiplicaciones. Es la forma en la cual las computadoras resuelven esos problemas, sin complicaciones teóricas y filosóficas; de la misma manera que un alumno que copia el resultado de un problema en un examen y simula obtener el resultado a base de manipular los números proporcionados en los datos del problema. Hasta sus compañeros más cercanos repudiaron esta decisión escogiendo un tempranero maestro menos dedicado. El grupo resultó ser de menos de veinte alumnos, tamaño muy reducido para una clase de la Facultad donde a veces había hasta setenta desdichados, y él se sentó al frente del salón que quedaba hasta el cuarto piso. Con gran deleite académico, digno de un futuro astronauta o científico nuclear, gozó cada clase, cada problema, cada tarea y examen. Se ayudó delirante con una calculadora de bolsillo programable que le regaló su mamá para los problemas que requerían cálculos reiterativos, y que era permitida en clase. Un nerd completo, y un tremendo contraste con un rockero.

En un examen el maestro le dijo que se detuviera en el quinto decimal, porque no todos podían llegar a tener esa precisión al no tener esa calculadora. El asunto dejaba de ser matemático y se convertía en un molesto problema social, cosa que de ninguna manera quería. Como siempre, las calificaciones se polarizaron en los extremos. Él era el único que sacaba diez en los exámenes, había un par con seis, y los demás reprobaban. La asistencia a las clases disminuía considerablemente conforme avanzaba el semestre.

A la mitad del curso, una de sus compañeras, una típica alumna de Ingeniería, no extremadamente atractiva pero que desmentía el rumor de que todas tenían bigote, vio que Gav estaba siempre solo en el salón. Se sentó junto a él antes de una clase y le hizo conversación sobre la calculadora. Entre sus compañeros existía el no injustificado temor de que, si el alumno de la Facultad de Ingeniería se malacostumbraba a sus poco interesantes condiscípulas y no veía mujeres de otros lugares, le acabarían gustando al terminar la carrera, y hasta se casaría con alguna. Para fortuna de Gav, esa clase no tuvo receso y se desapareció sin que se le viera el polvo a la salida. Viendo comprometido el futuro de su amada materia, decidió cortar el asunto de raíz, con ínfima pérdida emocional y escasísimos escrúpulos. Antes de que empezara la siguiente clase, la “latosa vieja” se le volvió a sentar junto, e hizo la similar plática coqueta, quizá solicitándole moderadamente ayuda en la materia. Fríamente él hizo caso a los comentarios, aunque contestó esta vez con monosílabos incómodos y distraídos. Finalmente llegó el maestro al salón, y él, con premeditación criminal, cálculo y sangre fríos, a un milisegundo de empezar la clase, y ante la atónita mirada de su compañera, se levantó con robótica mirada y absoluto silencio, y se cambió a un asiento aislado al otro extremo del salón, aunque perdiendo su preciado lugar en primera fila, para que no quedara ninguna duda de sus intenciones en relaciones públicas y vehementes deseos de aprender. El resto del semestre él y su maestro se fueron quedando más y más en completa, concentrada y perfecta soledad. Sin la más mínima muestra de arrepentimiento llegaron más lejos que nunca y excedieron los límites del programa. A ella se le vio de lejos en pocas clases más, y además saliéndose irrespetuosamente del salón con todo tipo de fósiles con gruesos suéteres convencidos de sus encantos. Para un rockero era verdaderamente lamentable, pero si iba a la UNAM era para estudiar. Un ojete cuando quería el güey.

Reclusorio Oriente

Gav huyó de tempranerísimas clases de la Facultad para ir a una tocada para los presos del Reclusorio Oriente en la que iban a alternar con el grupo del Tlaca y otro más. Se fugó de la UNAM con Bicho, que iba en Ciencias –lugar favorito para monchis dada la gran cantidad de puestos de garnachas– ya que recientemente había chocado su coche contra una piedra, en sus intentos por hacer escultura por impacto a alta velocidad en Insurgentes Sur, ayudado por trabajadores del pavimento a la altura de la Sala Neza. Por la mañana había llegado en camión y caminado por desiertos y gélidos pasillos de concreto rodeados de eucaliptos, niebla y uno que otro ingeniero sonámbulo. No quedaron registros de qué clases se voló. El Tlaca y alguien más habían coordinado la tocada porque tenían algún conocido ahí dentro, y el mismo Tlaca se encargó de manejar una grande y vieja camioneta repartidora del negocio de su papá con todo el equipo adentro.

Manejaron a todo lo largo de Miguel Ángel de Quevedo hacia tierras ignotas en dirección Oriente por Taxqueña, y llegaron, ya por zonas totalmente desconocidas y oscuras, al Reclusorio Oriente. Era una anaranjada tarde. Los vehículos fueron minuciosamente revisados hasta por abajo; finalmente entraron. Adentro había un inesperado ambiente como de multifamiliar, construcciones color concreto, reos jugando voleibol, otros sentados platicando y otros más caminando en movimiento browniano. Algunos les ayudaron a cargar el equipo hasta adentro de un auditorio y otros tomaron posesión de los mejores lugares, aunque faltara por montarse todo el teatrito. Los reos vestían de color beige. Había quien traía overol y había quien traía saco, camisa y hasta corbata, sin olvidar el lente oscuro dentro del teatro y oro en las cadenas del cuello, muñecas y dientes. Estos últimos se rodeaban de otros reos que parecían sus guaruras. Después de un rato apareció Güicho. Algo ya les habían dicho antes, que era un güey que parecía que había matado a su abuelita, o a una viejita en cualquier caso, y aunque él decía que era inocente, de todas maneras lo habían entambado, y por un buen de años. Parecía un junior adinerado de Polanco, güero y de ojos verdes, delgado con pinta de español, con una mirada un poco nerviosa y el trato de cuate tostado por cuanta madre se ha metido. Tenía unos treinta años. De antemano sabían que iba a querer palomear con ellos. Era el más ayudador de todos y había hasta que calmarlo. Sin mayor presentación y con algo de nerviosismo y problemas técnicos, empezó la tocada de la Banda. La respuesta de los presos era similar a la que se veía en cualquier concierto de plaza delegacional o centro de pueblo donde casi no iba gente acostumbrada al rock. Nadie agarraba la onda realmente, y el público observaba ensordecido pero sin moverse ni hablar. Como quien observaba un accidente o incendio sin poder ni deber hacer nada; como esperando que alguno de los músicos empezara a dar de machincuepas y bailara haciendo étnicas convolusiones y contorsiones. Pero nada de esto pasaba. Entonces la atención del público derivaba hacia el mismo auditorio y se empezaban a gritar entre ellos, ¡que baile fulano!, u ¡órale mengano!, como para que hubiera algo que ver y no la monotonía de los intérpretes que quién sabe por qué estaban extasiados con sus instrumentos eléctricos y su música de gringos. No faltaba el que pasaba al frente a bailar payaseando. Los de saco observaban sin inmutarse, como si fuera una sesión del Senado de la República.

En lo que se subía el siguiente grupo salieron del auditorio a comprar cigarros a la tienda del reclusorio. El que atendía la tienda también era un preso. ¿No hay policías aquí dentro? No, nos cuidamos entre nosotros, hay comisiones. En la tienda sólo había jabón, pasta de dientes, ¿aceite? Y ahorita no hay cigarros.

Güicho llegó con una guitarra de madera que hizo en el taller de carpintería bajo estricta vigilancia. Parecía entre acústica y eléctrica. Le prestaron una acústica de las que llevaban, pasó solo al frente y tocó un emocionado par de rolas de su inspiración. Imposibles de recordar. Parecen como rolas de Syd Barret, comentó Daniel entre dientes. Fue aplaudido fervorosamente por los demás presos. Era exactamente lo que la tocada necesitaba, el público se empezó a prender. Empezaba por fin el rock de la cárcel. El grupo del Tlaca incorporó a Güicho para varias rolas, extasiado con la lira eléctrica. Cuando se la dieron, en sus ojos se veían años de ganas de tocar un requinto. El concierto terminó. Parece que alguien se llevó a Güicho para que no se escapara con los músicos. A nadie le pudo decir que no había sido culpable. El pesado desmontar del equipo comenzó. Algunos presos ayudaron una vez más, como muy acostumbrados a este tipo de eventos. A ver si tocan una de los Rollin’ la próxima vez que vengan.

Ya para salir, un policía se quedó viendo un gran baffle muy pesado que llevaron. Es el del bajo, mi capi. El Tlaca respondió calmado. Pasó un largo rato y más policías llegaron con linternas y desarmadores a ver la bocina. Les pidieron que se separaran de la caja. El Tlaca les informó a todos en su habitualmente florido lenguaje que parecía que un preso gringo se había escapado una vez adentro de uno de esos. Cabr’n. Los policías tampoco pudieron abrir el baffle porque estaba totalmente sellado. Sólo rompiéndolo. Ya era de noche, y decían que existía la ridícula amenaza de que después de las nueve ya nadie salía. Por ahí vieron a Güicho. Parecía diferente. ¿Dopado quizá? Revisaron todo con mucho aburrimiento. Los dejaron salir.

Daikoku

Para poder tocar en el Rincón del Jabalí necesitaban tener un nombre definitivo que imprimir en los volantes con la programación. Unos días antes de la tocada, después de varios cafés que los pusieron en hyper y de horas de proponer tarugadas, escogieron el nombre de la Banda en la cocina de la casa del papá de Daniel.

El dueño del antro, un medio jipi que tocaba como etnonewage y había sido rockanrolero, los escuchó en la prueba de sonido con mirada aburrida y mucho escepticismo. Tenían un nuevo Bajista, Daniel tocaba la guitarra y Gav los teclados y programaba la caja de ritmos porque David andaba tocando con otro grupo. La robótica y plateada Drumatix TR-606, los teclados y la voz salían de un solo amplificador. Bájale a los agudos, dijo. Desde luego que no obedecieron. Gav le bajó tan sólo un poco el irritante Hi-Hat. Tiempo después el tweeter, que valientemente aguantó esos excesos, dejaría de sonar para siempre, y terminó yaciendo mudo en algún puesto de cachivaches electrónicos recogidos por algún electrobasurero del estrato de 1984 del tiradero 126B. En esa tocada le abrieron a Syntoma, que era un grupo mixto de Polanco y las Lomas, un poco mayores que ellos, oficialmente de technopop. Synthia, Bernardo, Álex y, en ese momento, quién sabe quién más. En la tocada abrían ellos con unas cuantas canciones, ni siquiera un show completo. Dahlia, una amiga o integrante, parece que la bataquera del otro grupo, se ofreció a maquillarlos, como si fuera algo indispensable para salir a tocar. Les pareció normal porque los acababan de maquillar para una furtiva y casi ilegal aparición en el gubernamental Canal Trece, en un programa que producía un cuate de Daniel, donde salieron sin bataco ni caja de ritmos, haciendo un ridículo playback, o lip sync, directo de un simple cassette de demo de donde provenía el sonido de la batería sin que se viera en la pantalla ningún baterista. Casi ilegal porque en el último momento les hicieron ocultar al bataco cibernético, ya que la Unión de Instrumentistas siempre quería que se le pagaran cuantiosos y absurdos desplazamientos por usar sintetizadores o música programada en cajas de ritmos y secuenciadores, pero también por ser músicos no agremiados. Dahlia traía una enorme caja de maquillaje con muchos compartimentos, como si se dedicara a eso profesionalmente. Daniel parecía conocerla. Era una güereja con cabello recogido de colita, o a veces en chongo, y usaba unos lentes anticuados (aunque a la moda) un poco jalados, felinos, con esquinas angulosas en los extremos, que la hacían parecer una joven abuela o una bibliotecaria de película porno. Lola la de Guadalajara también estaba ahí y el maquillaje de ojos también incluyó el “indispensable” churro que venía en su compartimiento especial de la caja. El toque no dejó disfrutar a Gav a gusto de los nervios de la tocada. Fue hasta molesto tocar pachecos, casi valiéndoles madres los errores. Ni se enteraron si salió bien o mal.

Cuando terminaron vieron como Dahlia y Lola bailaban a contraluz detrás de una ventana de acrílico que las separaba del público, como en un teatro de sombras. Las siluetas se movían con Syntoma que sonó más o menos, Gav y Daniel contemplaron de los dos lados del escenario, en silencio embelesado, el improvisado show de las chavas que poco a poco se iban desvistiendo. Ellas nada más sonreían con desinhibida simpatía y seguían bailando. El escaso y diverso público que no venía al caso, una combinación de cuates, curiosos, los de pinta de la secun y vecinos de la zona, estaba enloquecido.

La semana siguiente se les ocurrió dar una serie de tocadas en Gandhi y El Ágora, librerías que contaban con un pequeño foro que normalmente se repletaba de humo, ruido, y casi siempre, folklore latinoamericano o teatro experimental. El Ágora siquiera era un tímido tugurio oscuro, donde por el descuido del foro se veía que varios grupos habían pasado. Gandhi tenía cortinas, madera barnizada, sillas de cromo forradas de plástico anaranjado y una enceguecedora luz neón blanco que había que pedir que apagaran a toda costa durante la tocada. El lugar era principalmente para conferencias y presentaciones de libros. En la primera tocada sólo se aparecieron tres güeyes. Entre semana y a las diecinueve horas era difícil que el gran público acudiera. Como ya no estaban en prepa, tampoco tenían el jale de la vez que tocaron para todos sus compañeros y llenaron completamente el local. Los cuates estaban estudiando seriamente, tratando desesperadamente de no decepcionar a sus papás. Después ya valdría madres. Tocar en un lugar para casi nadie era labor de hormiga. Al terminar de guardar los cables e instrumentos, finalmente vieron al público que se había quedado a saludar, sobreiluminado por el neón. No fue un fracaso total. Entre las sillas vacías, hermanitos y el omnipresente fósil barbón enmezclillado de gruesos lentes escapado de CU, estaban Dahlia y Carolina.

Daniel y Gav se quedaron platicando, el Bajista tuvo que irse porque tenía algún examen, o su papá lo estaba esperando. Ésa fue la segunda vez que Gav vio a Carolina. Sin embargo, con los veintiocho neones de treinta a todo lo que daban, las cubiertas de las lámparas limpiadas con trapo experto por ex jardinero mejor pagado por librero, balastras y arrancadores nuevos y casi ciento veintinueve volts de corriente alterna trifásica, lo único que vio fue lo que le pareció que era una chica de cabello negro largo, vestida muy fresa totalmente de blanco. Parecía de los años setenta, bajada al son disco del avión de Mexicana proveniente de Maeva las Hadas, después de haber visto a Arturo, bailado con John y empalagádose con varias piñas coladas. Algún molesto alucine traía Gav, medio tenía la noviecita de la prepa, o se quería ir a ver la tele y dormir, pero después de esa noche ni se acordaba de cómo se llamaba ella ni quién era, y tampoco se acordó de todo esto cuando anduvieron y medio la conoció mejor. De haber ido vestida toda de negro, quizá lo hubiera seducido. Parecía que hubiera seguido un reverso Apartheid de modista superfluo contra los vestidos blancos. Se le hizo señora grande para él. Daba la impresión de ser una junior, con lana y gustos refinados. Pero Carolina sí sabía lo que estaba haciendo y tenía toda la intención de estar ahí en ese papel. Dahlia sugirió que fueran a cenar a “algún lado”, aburrida de que tuvieran la molesta responsabilidad de ir a dejar el equipo a casa de Daniel. Ni que la fueran a hacer cargar a ella. Obsesiones estúpidas de rockero mexicano que no dejan ver el bosque negro ni aspirar el aroma de las petunias, pero el equipo era caro, alguno rentado y todo requirió años de ahorro para comprarlo. Daniel miró a Gav con cara de que no tenía muchas ganas de ir con ellas, pero siempre le ganaba la diplomacia. Dejaron parte del equipo en el teatrito y atravesaron la librería tranquila con sus lectores aliviados del ruido y arropada con jazz suave, rumbo al coche de Daniel en una calle oscura junto al parque. El Bajista se llevó lo que pudo en un Vocho crema retacado. A uno de los pocos cuates que había ido a la tocada le habían dado un cristalazo. Se habían robado la mochila de su hermanito de primaria que también había ido aguerridamente a la tocada. El niño estaba feliz porque tendría que comprar nuevos útiles escolares y por un excelente y auténtico pretexto para no haber hecho la tarea. Pero esa calle se las traía. Unos días antes, en ese mismo lugar, Daniel había ido a comprar un disco y caminaba con todo cuidado por el empedrado con sus domingueros zuecos cuando un policía se la “hizo cansada” por estacionarse supuestamente en lugar prohibido. Parece que era por estar estacionado sobre un tope o alguna pendejada similar. Como tenía el cabello largo y zuecos, en medio de su perorata promordidística, el poli cometió el imperdonable error de decirle señorita. Perdón, joven, señor, jovenazo. Daniel se simuló más molesto de lo que estaba. El poli se apenó. Le frustró el negocio. Los problemas que acarreaba el pelo largo en los años sesenta se extendían absurdamente a los ochenta. Se los platicó con todo detalle a ellas. ¿De veras usas zuecos? Dahlia lo miró de abajo a arriba y de reojo a Carolina. Te has de ver guapísima. ¡Huy sí, no sabes!

Resultó que “algún lado” era con toda precisión el restaurante japonés Daikoku de la calle de Michoacán en la Condesa. Daniel miró a Gav con aún más molestia, ya desde ahí le estaba siendo indigesta la noche. Gav había ido antes a restaurantes japoneses, pero no oficialmente a comer sushi. Dahlia los miró con aún más desesperación. ¿No les gusta el sushi? Se veía que había ido muchas veces con experimentados gañanes mayores que ellos y que seguro conocían los poderes erógeno-afrodisiacos que esa comida parecía tener en las damiselas. En fin, llegaron con cierta resistencia y se sentaron en el lugar que escogió Carolina. Fue una cena en la que fueron deslumbrados tanto por más blanco verdoso de neones como por pedidos del menú en fluido japonés, platillos exóticos y extraños por primera vez probados, y pláticas de fiestas y bacanales con otras personas con las cuales estas mujeres la habían pasado de perlas. Carolina era cliente asidua del lugar y era consentida por un mesero orientaloide. ¿Es japonés tu amigo? No, no creo. Ha de ser de Puebla. A los dueños de restaurantes pseudoétnicos les encanta tener meseros que den el gatazo, ¿no? El individuo parecía conocerla más allá del restaurante, y Carolina decía que era asiduo del Nueve. Sashimi corte fino, cono de kanikama, masago y más masago.

Muchas veces la falta de fluidez de Gav con las chavas se confundía con desinterés y era interpretada como mamonería. Pero los errores en esa noche fueron muchos, y no se limitaban a ahogarse con el wasabe. Las dudas sobre el lugar, a la hora del pago (ellas desde luego que fueron invitadas), el no querer ir a otro lugar después (¿cómo, entre semana?), el no sacar, conseguir o solicitar ninguna droga recreativa, el no tratar de sacar un apapacho ni inclusive el teléfono, el parecer todavía unos imberbes inmaduros sin suficiente interés, independencia ni experiencia. Los dos seguían sólo pensando en lo mal que les había ido de público en la tocada. Sin embargo, con las sonrisas, las miradas y el besito húmedo de despedida en la mejilla, Gav quedó como un proyecto, un work in progress para Carolina. Y a él se le olvidó por completo un rato, unos tres o cuatro años.

Tears for Fears

El siguiente verano Daniel vio en una revista gabacha que ojeaba en la tienda de un café los conciertos que iba a haber en Los Ángeles. En realidad lo que hubiera querido ver era a The Police, pero acababan de tronar irremediablemente. La única posibilidad era una tocada de Tears for Fears en un par de semanas. Su primer disco le había impactado por su originalidad, voces y sonido en los arreglos. Había que hacer un cambio en el sonido de la Banda y dejar por la paz a Led Zeppelin. Las oportunidades de que un evento así se diera en México eran menos que imposibles. Convenció a Gav y a David de que fueran por carretera en el menos madreado coche de Gav. Primero remató aquella vieja guitarra eléctrica que ya le estorbaba en la casa y, luego, en una venta de garaje que organizó en Las Águilas, prácticamente forzó a alguien a llevarse unas cañas de pescar que le regaló, usadas, su tío el francés. Después sacó permiso de la Secretaría de la Defensa, aunque un poco chueco, porque no tenía la cartilla y, con éste, pasaporte y visa. Convencieron a familiares y chavas de que los dejaran ir. Una amiga hasta le prestó una lana con tal de que le contara bien cómo había estado el concierto.

Salieron muy temprano por la mañana en medio de una rara tormenta matinal defeña. Manejaron todo el día sin parar hasta Chihuahua. Parece que después de San Luis llegaron al tope de velocidad del viaje, que fueron ciento setenta kilómetros por hora, en una bajada del desierto. Comieron en Ciudad Obregón, donde un vato les preguntó intrigado que por qué querían ir ahí. El cassette del autoestéreo del Caribe feneció después de la Zona del silencio, como un misterioso omen del camino, y se quedaron con la pura estática del radio. Llegaron ya noche a casa de la tía de David, encantadora señora que los cuidó a todos como nietos propios, pero que mantenía apagado el aire acondicionado y gruesas cobijas en las camas a treinta y cinco grados. Al día siguiente descansaron visitando a algunos otros de sus parientes, antes de salir en la madrugada. La organización en el auto consistía en que uno manejaba, el copiloto, que era su valet, encendía cigarros, consultaba mapas, alimentaba, etcétera, y el que acababa de manejar dormía atrás. El ciclo duraba cada gasolinera, o cada cuatrocientos kilómetros, lo que ocurriera primero. Cuando estaba despierto Daniel, no paraba de hablar de Tears for Fears.

Desayunaron memorables burritas caseras de la tía, y a mediodía fueron inspeccionados por agentes fronterizos en Ciudad Juárez. Después de complicados procedimientos burocráticos con una plétora de sellos entre toda clase de trabajadores migratorios y non green card holders, un vaquero con distintivos oficiales inquirió: Show me your money. No se trataba de un asalto, pero eran unos raros turistas con un destino muy lejano de esa frontera, y tenían que mostrar cómo se mantendrían. El procedimiento fue largo pero finalmente superado. Una vez en la autopista de Texas, el radio escupió Comfortably Numb y el auto sin aire acondicionado pareció despegar salvando suavemente la sierra. Manejar en el Gabacho era muy aburrido, porque las autopistas eran en su mayoría rectas y con un límite estricto de velocidad de cincuenta y cinco millas. Atravesaron todo el sur de Texas, Nuevo México y Arizona, cruzando el desierto de Mohave hasta llegar a Yuma, con una temperatura de cuarenta grados en la noche y cuarenta y cinco grados dentro del coche. En una de las paradas del camino, buscando una tienda para comprar agua, se perdieron entre sembradíos y encontraron lo que parecía un pequeño hotel campestre como el de Lolita de Kubrick, con relajados vacacionistas tomando el fresco en el porche. Siguieron por la Sierra Rumorosa y finalmente se detuvieron en uno de los lugares más calientes de California, El Cajón, en un motel donde chicas en shorts eran traídas en Trans-Ams negros. Un malhumorado y dormido encargado atendió con monosílabos en la ventana de recepción. El cuarto tenía un aire acondicionado que estaba ajustado para congelar carnes y cadáveres y había cucarachas en la tina. Por la mañana llegaron a San Diego donde un tío de Gav, que vivía en Mexicali, les prestó una casa con camas de agua que tenían pequeñas fugas, lo único que había faltado en el motel. En el radio se repetían insistentemente ...set them free, relax, don’t do it, I want my MTV, shout, let it all out... y en MTV iban a dar los conciertos de Live Aid. En las tiendas de discos había un misterioso anaquel con unos pequeños discos digitales carísimos: los primeros CD que vieron. Al día siguiente era el concierto, pero era en el Paladium de Los Ángeles, como a tres horas de ahí. Se volcaron de nuevo al freeway –confundiendo el Dr de Drive con el de Doctor, pensando que estaban en una enorme colonia Doctores– y al llegar escucharon que desde hacía semanas se habían agotado los boletos. El Paladium estaba en Sunset Boulevard en pleno Hollywood. Se estacionaron cerca y se sentaron en una barda del estacionamiento del lugar cantando (de Genesis) ...looking for someone... Palabras mágicas. Un personaje mayor, de camisa floreada y lentes obscuros, repitió “looking for tickets” y les vendió, no demasiado caros, los agotados boletos. Había una cola de gente vestida de negro para entrar desde el día anterior tirada en la banqueta mostrando toda clase de fetiches y fanatismo en varios grados, desde el que se viste igual a los integrantes del grupo, o trae el mismo corte de cabello, hasta el coleccionista enfermo. Se formaron y se turnaron para conocer los alrededores desde medio día hasta que empezó el concierto en la noche. El smog de L.A. hizo que les ardieran los ojos, y no por mota que podrían haber fumado, como lo creyó el gorila que revisaba si no traían armas a la entrada cuando les encontró las gotas para los ojos. It’s too obvious... Desde el principio el tropel de la entrada separó a Daniel de David y Gav. El Paladium era como una pista de baile oscura con escenario sin sillas ni lugares y un tumulto continuo. La mayor parte de la concurrencia y Daniel vestían de negro y eso hacía muy difícil encontrarlo. Había muy guapas pospunks-poperas como hipnotizadas, porque no pelaban. El grupo que abrió estuvo un poco aburridón, los canadienses de Gowan. La gente gritó todo el tiempo ¡TFF!, ¡TFF!, hasta que finalmente salieron. It took us two years... but we are here... Fue toda una revelación ver ese concierto en vivo. Observaron los aspectos de un grupo que realmente tocaba y utilizaba en ese momento todos los recursos electrónicos. Nada que ver con el desmadre de la tocada del Palacio. Los Tears tocaban guitarra-voz, bajo-voz, batería, dos tecladeros, percusión y sax. La música combinaba secuencias con instrumentos eléctricos y batería. Las voces del grupo eran entonadas y claras. Tocaron todos los temas de los discos The Hurting y de Songs from the Big Chair. Sonó igual que los discos, como escucharlo en un gran aparato estereofónico, pero con mucha más energía, con mucha más claridad e intención. Gav ni siquiera conocía al grupo antes del viaje y ya medio cantaba las canciones. Ninguno de los tres había escuchado un concierto así. Durante todo el show no encontraron a Daniel por ningún lado. Pensaron que estaría sucumbiendo entre el gentío de hasta adelante. No todos aguantaban a esas temperaturas veraniegas. Vieron a varios salir de ahí empapados en sudor y no volver a acercarse.

Salieron al más soportable fresco anochecer en Sunset con su tráfico y palmeras. Gav impresionado con el concierto pensó que le gustaría estudiar música ahí, en vez de seguir en la UNAM. David jugaba con sus ya para entonces molestas nuevas baquetas y pegaba prendido en todas partes. Daniel apareció afuera por el estacionamiento, empapado, despeinado y agotado, signos de haber estado bailando como una bestia furiosa. Parecía que lo habían sacado. Estaba un poco raro y callado. ¿Chingón, no? ¿Qué te pasó, güey? Se me hace que a este cabrón lo sacaron los trogloditas de seguridad. Daniel permaneció silencioso. Después de tanta energía liberada, los ánimos bajaron, y los mariachis callaron. El paseo nocturno por Hollywood y el camino demasiado largo y somnoliento de nuevo a San Diego fueron casi una tumba. David, que manejó todo el regreso, juró que en dos momentos se quedó dormido al volante. Hubiera estado bueno, salirse de la carretera entre San Diego y Los Ángeles. No hubo conversación que durara ni anécdota que los mantuviera despiertos. Daniel durmió casi todo el camino.

Según dijo, resultó ser que durante la no muy notable actuación del primer grupo, lo atrajo una gringa buenísima, con un ojo verde y uno azul como David Bowie, que se lo llevó por donde vendían los drinks. Un amigo de ella les “invitó” por veinte dólares que dizque un ácido (al menos eso fue lo que entendió Daniel con su inglés avanzado) que él se metió sin pensarlo un segundo, fue un momento al baño, y parece que después de eso nada más se despertó cerca del coche. Le había venido un sueño encabronado. En los baños sólo se oía una masa informe de sonido. Seguramente lo habían sacado cargando y aventado por la puerta de atrás. Aparentemente no había sido violado ni robado, y escuchó la última rola desde afuera como quien se va antes para evitar aglomeraciones a la salida. Según él, había tenido una experiencia que no se le iba a olvidar nunca. Soñé algo muy raro, ya les contaré. Estaba muy sospechoso al respecto y no quería explicar nada. ¿Pero qué fue lo que soñaste? Una pinche viejita, que me encontraba en un camino. ¿Y qué pasaba? Nada. Ya les contaré. En los tres días que siguieron por allá insistió en que debían intentar ver de nuevo a Tears, pero ya no tenían lana para seguirlos a San Francisco. No querían oír de nuevo el rollo con el que los había torturado todo el camino sobre Tears for Fears: las entrevistas que había oído, los detalles que sabía, vida y obra del cantante, traducción de la letra de cada canción, la parábola y arte metafórico en las rolas y teoría psicológica del primal scream. No les podía pedir que entendieran a un güey que finalmente había sido incoherente hasta el límite de haberse perdido el concierto. Luego empezó a defenderse de su pendejada diciendo que Tears ya no le gustaba y que se habían comercializado mucho en el segundo disco. Así como así, pasó de venerarlos a superarlos y olvidarse.

El Nueve

Al Nueve se entraba por una escalera que daba a la calle de Liverpool en la zona Rosa, entre Monterrey y Niza. Los jueves era buga, por lo que no era necesariamente gay toda la concurrencia. Según Daniel, una vez había ido con David en sábado y habían tenido que entrar de la mano para no ser salvajemente acosados por alguna loca. Por otra parte, se hicieron amigos de Carlo, una dama completa, hijo gay de diplomático sudamericano y dueña de fábrica de ropa, exageradamente dominante, siempre volando muy bajo por David, y que los había bautizado con apodos caricaturescos y en femenino –David era “La Flaca”– apodos que trascendieron hasta salir en la revista del propio Nueve. De ahí el mito de que no se sabía si eran o no eran. En las primeras propagandas contra el sida decían que si uno se acostaba con alguien, se había acostado con todos con quienes ese alguien se había acostado. Siguiendo estos lineamientos, los de la Banda, aparte de descubrir que ya se habían acostado entre ellos, se dieron cuenta con horror y sorna de que probablemente también lo habían hecho con varios célebres personajes, artistas de la tele y hasta con algunos políticos. Reían también por haber encontrado a David y a Carlo dormidos sospechosamente juntos, en la misma cama calientitos (supuestamente muertos de cansancio y frío, y vestidos) en la helada casa de David. Gav les decía burlándose que no quería entrar al grupo porque se imaginaba que tenía que pasar alguna prueba gay con los demás integrantes, una iniciación, como la primera mordida de los vampiros. Sonreían pero, divertidos, no desmentían. Por todo esto, y las letras de sus canciones, desde luego que eran amados en el Nueve, y la revista asociada al antro, La regla rota. Gav fue por primera vez al Nueve a tocar ya como parte del grupo de nuevo.

La escalera, de donde más de uno había caído empujado en calidad de indeseable, daba, en un primer piso, a una primera cámara donde estaba el bar, famoso por sus cubas que pegaban muy fuerte, porque según se decía, le ponían “éter” a los hielos. Después de dos, se entraba de lleno al reventón y al descontrol. Aunque podía haber sido también el denso aire y el enrarecido ambiente. A mano derecha estaba la otra “cámara” donde estaba la “pista”, con un estrecho escenario y el DJ, elevados como un metro y protegidos con un alambrado de jardín común, y al extremo opuesto estaba la entrada a los baños, conocidos por la mayoría de los asistentes como área de alto riesgo, pues ahí se concentraba, decían, toda clase de perversos, mañosos, locas, dealers y demás peligros en constante circulación, manoseo y desahogo. En todo el antro no había asiento de ninguna especie, sólo algunos escalones por aquí y por allá y unas recargaderas o pasamanos de tubería que la gente usaba para sentarse. Cuando se sentían caer del precario equilibrio en las tuberías, en una especie de vértigo giratorio, era que ya les había pegado el famoso y siempre desmentido “éter”. El piso era de mosaico blanco y negro sobre el cual parecía jugarse un complicadísimo ajedrez con demasiadas fichas de personajes exóticos. El lugar pasó varias remodelaciones durante los años que sirvió. El público que bailaba Nitú ni nadie de Alaska y Dinarama era de todo tipo de preferencia sexual, edad y etnia. Tampoco había un look oficial, salvo lo que determinaban los ochenta y el calor que hacía adentro cuando estaba lleno. Después de ir varias veces, se empezaba a conocer algunas caras. El pelón. El canoso fósil de cuero. Las orquídeas susurrantes. El mesero dizque oriental del Daikoku. El costo de la entrada cubría el grupo y la barra libre hasta las doce, como la cenicienta. La barra libre se componía de bebidas a base de ron y vodka nacionales y tequila, servidos en vasos de plástico transparentes y desechables. Había que romperlos para que efectivamente se cumpliera esto último. Si el grupo era bueno, el lleno era total, al grado de que la circulación humana, el aire respirable y una temperatura menor a los cuarenta grados eran imposibles. El piso estaba permanentemente mojado por las continuas caídas de bebida y fluidos corporales. Había tras la barra circular varios barmans que repartían o vendían los drinks, y algunos meseros ambulantes que recogían la basura. La gran mayoría de los asistentes fumaba, así que todo el mundo salía totalmente ahumado. Era un gran lugar. Un antrazo.

El mal sonido de los grupos era un problema eterno y absurdamente nunca se trataba de hacer nada por remediarlo. La consola se tenía que instalar junto a los músicos en el escenario, y el ingeniero tenía que bajar para checar qué tal se escuchaba desde la pista donde estaba el público y subir a tratar de hacer los ajustes necesarios. Con llenos totales o parciales era realmente un imposible. Muchas veces, ni ingeniero se contrataba por falta de lana, y uno de los músicos “hacía el sonido”, con resultados desastrosos al tratar de eliminar el silbido del feedback con más y más volumen.

Por suerte, a la entrada se encontraron al Orange, que con tal de entrar gratis se ofreció a echarles una mano a montar el equipo y con el sonido. También, un elegido tenía que cuidar el equipo antes y después de la tocada, porque la gente subía a curiosear, saludar al DJ, o pedirle, siempre infructuosamente, alguna rola. Sin muchos amigos en el lugar, Gav de repente se vio desempañando esa entretenida función, durante la cual no quedaba otra que observar a la fauna y sus costumbres de cortejo y apareamiento.

Enter Carolina. Gav no la había visto desde aquella vez en el restaurante japonés. Como iba vestida muy diferente, esta vez con shorts y camiseta sin mangas, toda en verde pistache clarito y con el cabello muy corto, no la reconoció. Ni se acordaba del nombre. El volumen descomunal de la música tampoco ayudaba.

– ¿Qué onda contigo?

– ¿Qué?

– ¿Que qué haces ahí?

– ¡Ah!, estoy aquí nomás, cuidando los aparatos.

– ¿Y…? ¿A dónde se van a ir?

–No puedo dejar los aparatos solos.

Carolina hizo una mueca con la boca. Gav pensó en su amado y dificilísimo de conseguir DX-7.

Hubo un silencio en la conversación, pero no en el escándalo imperante.

– Bueno, bueno, ¿bueno?

– ¿Cómo?

– ¿Quieres una cuba? Carolina tenía un hielo en la boca que reacomodó y dio un traguito a la suya.

– No gracias, es que voy a tocar, y ya sabes luego que pasa.

– ¿Qué pasa?

– Que tocar hasta atrás es muy molesto.

Molesto no es lo que hubiera querido decir Gav. Temía tocar desconcentrado y mal con el “éter”.

– ¿Por qué?, con una no te vas a poner hasta atrás, sal a bailar un rato, ¿no?, ¡diviértete!, ¡pásala bien!

Gav no pensó demasiado su respuesta.

– No me gusta bailar, y no puedo dejar los aparatos, de veras...

Carolina perdió la paciencia y captó que no la había reconocido. Sintió que él actuaba como si ella lo estuviera molestando y estuviera tratando de zafarse.

– ¡Ándale!, no mames.

– De veras, es que...

– No seas payaso; nada más porque no me ves tan fresa como tú. A ver, ¿en dónde vives? Seguro eres del sur.

– Sí, del sur...

– ¿Ya ves?, yo vivo también por ahí, en San Ángel. Pero tú eres un pollito clasista. Tú te lo pierdes, pendejo.

Sin temerla ni deberla. Todavía veía estrellitas cuando Daniel se acercó.

– ¿Qué pasó, eh?

– Nada, que aquí las viejas están desatadas. Esa tipa de camiseta verde sin mangas me dijo “pollito clasista”.

Daniel se atacó de la risa.

– ¿Carolina? ¿Pues qué le dijiste?

– ¡Nada! Creo que no le hice mucho caso. ¿Ésa era Carolina?

– Te estaban ligando y te viste lento. Pero pinches viejas, siempre están a la defensiva.

Daniel le ofreció un cigarro y Gav lo aceptó con cara de necesitarlo.

– Pues ni tan defensiva. Si te dejas por lo visto aquí te devoran. Te encargo un minuto las chivas, voy por una cuba, creo que ahora si me hace falta.

Carolina lo vio desde el otro lado de la barra echando chispas. Estaba medio abrazada a un güey.