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«Casa: el que viaja huye de una y la busca en todo. Hay quien llama casa a un plato con sabores familiares o a un té caliente, o a una misión, o a la belleza encontrada. Los que buscamos la pureza, en cambio, guardamos silencio y apretamos los dientes. Mi viaje empezó cuando, tras horas en trenes y en aviones, cerré la puerta de la habitación detrás de mí y eché el cerrojo. Abrí la maleta y coloqué todas mis cosas en el armario, en la estantería de madera, en el pequeño mueble de plástico sobre el lavabo. El viaje es la aniquilación de la costumbre y la inauguración de un estupor que debe volvernos pequ «A mí la naturaleza no me conmueve. En general la encuentro aburrida o amenazante. Me incomoda. Solo busco la obra del hombre; tampoco me conmueve, pero ante ella puedo pensar». LA PUREZA es un recorrido físico, emocional y cultural por los alrededores de una ciudad sitiada por imponentes montañas. Es también la crónica de un final anunciado: el de un invierno en Innsbruck.
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Seitenzahl: 83
Veröffentlichungsjahr: 2021
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LA PUREZARuth Miguel Franco
I am interested in wisdom.I am interested in walls.Susan SontagProject for a Trip to China
La maleza aplastada por la nieve cubre un lado de la acera. Tiene aspecto de nido abandonado. En la otra parte, entre verjas bien pintadas asoman los tallos grises del seto que cierra los jardines. A la hiedra le quedan pocas hojas, casi negras. No están surcadas por alegres vetas blancas y amarillas; perdieron el rojo violento del otoño. La acera son tres palmos de tierra compactada, cubierta de pequeñas piedras con aristas.
El camino que recorro cada día me lleva a través de capas sucesivas de ciudad. Dejo lo viejo y atravieso lo nuevo, casas enormes y vacías, torres desconchadas con cientos de ventanas, lo que fue campo y paseo ameno, el piso del burgués, el taller pequeño y las escuelas, el recuerdo y el escombro. Atravieso las fronteras mínimas y sus crujidos. Salgo del Canisianum, donde me alojo, por la Bienerstraße. A la izquierda, tras la primera verja, hay un jardín asilvestrado, con tocones de pino recién cortados. Su madera aún es clara y húmeda y está casi viva. Hay zarzas, hierbajos y ramas caídas. Allí la nieve duró muchas semanas. La posesión del bosque libre es la fantasía del noble, en cuya sangre aún suenan el cuerno de caza y el silbido de la flecha; el obrero solo ve desorden en este jardín salvaje. La casa a la que pertenece tiene un aire de refugio de montaña. Es blanca, con balcones de madera oscura y sus muros están divididos en paños cuadrados, cruzados por una equis de listones de la misma madera. Todas las tablas de las vigas, de la barandilla de las terrazas y el tejadillo volado de las ventanas están serradas con el mismo diseño. Parecen corazones enfrentados. En el jardín delantero, las flores del galanto sin abrir apuntan al centro de la tierra.
Al otro lado de la calle hay una casa grande y fea. Sus ventanas están protegidas por rejas de forja tachonadas de clavos negros; la mitad de su fachada está cubierta por mosaicos con escenas de la vida de grandes damas de Innsbruck. Pequeños medallones en una torrecilla, sobre la puerta y entre las ventanas representan a María Teresa, a María de Borgoña, a Filipina Welser, a Claudia Felicidad de Habsburgo, emperatrices del Sacro Imperio, archiduquesas de Austria, soberanas de Alemania, reinas consortes de Hungría y Bohemia. Los fondos son dorados, los trajes son verdes y dorados, los zapatos negros tienen hebillas de oro. Los mosaicos exhiben el aire torpe de las joyas que se compra con sus ahorros una maestra jubilada.
En las ciudades que han sido gloriosas todo lo tiñe el pasado, y el lamento por el pasado toma formas puntiagudas y brillantes. En Innsbruck, los emperadores anidan en la memoria de sus súbditos y les sacuden el hastío de la vida de provincias con el resplandor de su armadura.
A través del portón entreabierto, en el patio trasero de la casa de las damas doradas se ven un tobogán y unos columpios de plástico, desteñidos por el frío y por el sol.
Estamos en el barrio de Saggen. Hace siglos, cruzando por el Puente de las Cadenas el río Eno, el Inn que da nombre a la ciudad, se llegaba a una amplia zona de pastos, que después fue adquirida por los emperadores. La usaron primero como coto de caza, luego como parque de recreo. El Hofgarten, el jardín de palacio, está a pocos minutos andando desde mi habitación y es la frontera entre este barrio de Saggen y el centro, con sus calles limpias y blancas, donde se alzan los palacios y los mausoleos. El Hofgarten es ahora un parque con un invernadero para palmeras raquíticas, amontonadas contra los cristales sucios, y una caseta central donde se guardan las piezas de un ajedrez gigante que entretiene a grupos de ancianos las tardes en las que asoma el sol. Los emperadores organizaban peleas de fieras exóticas en los terrenos que ahora ocupan mansiones con torres coronadas por pequeñas cúpulas de cebolla, con tejas de colores y terrazas acristaladas.
Saggen es un barrio de caserones hechos para impresionar sin ostentar, villas de la discreta nobleza de los últimos años de la verdadera Europa. A partir del xix, las familias más ricas de Innsbruck se construyeron casas en la zona, animadas por un plan de desarrollo urbano que pretendía convertir la extensión salvaje en un barrio ordenado. La descripción del trazado de las calles dice que tiene «forma de mitra». La época Guillermina quería organizar las ciudades: todo debía ser grandioso, paralelo, dorado y cómodo. En Saggen habían de construirse villas abiertas con jardines. El afán historicista del periodo se concretó en los adornos antiguos, las pequeñas torres, las galerías sostenidas por columnas blancas, los tejados con adornos redondeados. Todo está cubierto por un barniz barroco aligerado por el buen sentido. En 1898, en uno de los lados de la mitra comenzó la construcción de bloques de tres o cuatro plantas, con pequeños patios interiores y frontones en miniatura encima de las ventanas simétricas: es la Claudiastraße.
A principios del xx la comunidad judía llegó a comprar terrenos para construir una sinagoga en Saggen, pero los volvieron a vender en los años 30. En la Noche de los Cristales Rotos, varias familias judías de este distrito fueron atacadas. La casa de los Schwarz se mantiene intacta y habitada al principio de la Falkstraße, que corre paralela a la Bienerstraße. Es uno de los soberbios edificios con tejado francés y una torrecita comunes en el barrio. Tiene dos terrazas con un arco doble y una pequeña columna; a través de esos balcones huyeron varios miembros de la familia, que se libraron así de las palizas y los traslados forzosos. Un poco más allá, al principio de la Gänbacherstraße, se conservan las casas de los Bauer y los Graubart. Pasé por delante varias veces. La casa de los Graubart está pintada de blanco y ha sido reformada y dividida en varios pisos familiares. Limpia y rodeada de césped, tiene algo gris, tiene una pena translúcida que le chorrea desde el tejado. Los visillos del primer piso ondeaban suavemente tras la ventana cerrada, como movidos por una corriente fría. En el número cuatro está la mansión de los Bauer, amarilla, más alegre. Karl Bauer fue fundador de los primeros grandes almacenes de Innsbruck, pero todo lo suyo pasó a ser propiedad del régimen cuando la familia huyó a Estados Unidos. Décadas más tarde, la esposa de Karl Bauer logró recuperar la propiedad de la casa. Sin embargo, el edificio fue vendido de nuevo en los años cincuenta a la Iglesia Protestante, que lo usó para alojar a niñas húngaras que huían de la revolución de 1956. Hoy es una residencia de estudiantes y las chicas mal peinadas entran y salen con sus bicicletas y sus mochilas. Su tributo a la historia del lugar que las alberga es participar en una pequeña ceremonia anual en la que la dirección de la residencia y algún representante de la comunidad judía recuerdan los acontecimientos y los lamentan. Luego comen juntos.
Un poco más allá, donde la Bienerstraße se cruza con la Claudiastraße, se ve la parte trasera, los patios y los campos de juego de un colegio que fue, en tiempos, el orfanato de la ciudad. Es inmenso. La fachada delantera da a la Siebererstraße; Johann von Sieberer fue quien financió la construcción de este edificio y también la de un asilo de ancianos que se alza a poca distancia. Sobre la sucesión de ventanas con frontones clásicos, se lee: Den verlassenen Kindern der Landeshauptstadt Innsbruck als Asyl gewidmet von einem Menschenfreunde MCCCCLXXXIX: «Asilo dedicado por un filántropo a los niños abandonados de la capital de la provincia de Innsbruck, 1889». Sobre la puerta, partiendo en dos la inscripción que recorre la fachada, se lee en latín: «A mayor gloria de Dios, para la salvación de las almas de la juventud». Ángeles y santos pintados en la pared ponen sus manos sobre hombros infantiles, los guían y los cubren con el resplandor que desprenden. Verlassen: el que ideó la inscripción no ahorró pena a las pequeñas cabezas rapadas que paseaban de dos en dos, con sus guardapolvos grises.
La Claudiastraße marca el fin del barrio de Saggen. Esta calle, versión en miniatura del Wilhelminischer Ring de Berlín, es una bonita sucesión de fachadas de colores de finales del siglo xix; son alegres, están pintadas en tonos diferentes de amarillo y malva, en azul y en rojo claro. Una farmacia hace esquina al lado de un estudio de arquitectura; hay consultas de dentistas con sus placas bien pulidas bajo el cableado negro del tranvía. Queda aún, detrás del colegio, la dirección general de ferrocarriles. Conté veintiuna ventanas solo en la fachada del primer piso que da a la Bienerstraße. Son tres pisos y cuatro lados; aun teniendo en cuenta que hay balcones también y trozos de fachada sin vanos, en el edificio debe de haber más de doscientas ventanas. No sé qué puede haber tras ellas. Si son oficinas, doscientos funcionarios con camisas idénticas se inclinan a la vez sobre sus mapas, doscientos subsecretarios, directores y encargados repasan con un lápiz semejante listas de apeaderos, inventarían piezas de metal y organizan mercancías. Todo es recto y enorme. El orgullo y el espacio se acompañan y se describen mutuamente.
Con estos dos edificios se acaba la abundancia. La frontera, detrás de la primera manzana de la Claudiastraße, está marcada por un tren y por un río.
La Bienerstraße desemboca en la Ingenieur-Etzel Straße, que la corta perpendicularmente. Es un viaducto elevado, por donde pasa el tren que atraviesa el Eno para llegar a la estación central de la ciudad. Karl Etzel construyó miles de kilómetros de vías, puentes y estaciones. Fue el artífice de la línea ferroviaria que une Verona con Innsbruck y que serpentea por los Alpes, a través del mítico paso del Brennero. Después de los jardines cuidados y las fachadas bien pintadas, toparse con el puente gris entristece y alivia. Es feo y es humano. Allí empieza a aprovecharse bien cada palmo de espacio disponible: bajo los arcos de medio punto que sostienen los raíles, hay almacenes y talleres, pequeñas tiendas sucias, algún bar que pretende sacar provecho de la sordidez del lugar. En las cuevas bajo el viaducto, el ruido de la locomotora hace temblar el techo y las paredes a intervalos regulares.
