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Finalista Premio Literatura Diversa 2024 de Editorial siete islas patrocinado por SHANGAY y RITUAL HOTELES SINOPSIS: Julia, a sus treinta y dos años, cree tenerlo todo, hasta que su novia la deja. Los miedos, los silencios y las mentiras formaban parte de su convivencia y aunque había mucho amor, ninguna relación florece, si la raíz está podrida. Esta es la historia de un viaje, de un camino de regreso en el que Julia intentará curar sus heridas para recuperarla. La sexualidad, la maternidad, las relaciones familiares y la propia identidad se abrazan en esta novela con una sensibilidad desgarradora. Hay armarios de los que es muy difícil escapar. Hay historias de amor que pueden salvarnos. Atrévete a leer a Esther Martínez Perales, que ha conseguido, con su primera novela, ser finalista en el Premio de Literatura Diversa 2024.
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Seitenzahl: 270
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Título: La raíz
© Esther Martínez Perales
ISBN: 978-84-127866-6-8
Primera edición: junio 2024
Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com
Correcciones y estilo: Marta Mozo
Ilustración portada e interior: Juan Castaño
Maquetación: D. Márquez
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#laraiz #editorialsieteislas
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.
Para Araceli, siempre.
PRÓLOGO DE JUAN CARLOS
PARRILLA MOLINA,
Vicepresidente de la Asociación
Pasaje Begoña
Es realmente un honor para mí escribir el prólogo de La raíz, la novela que ha sido galardonada como finalista dentro de la segunda edición del Premio de Literatura Diversa 2024, promovido por la Editorial Siete Islas, y en el que la Asociación Pasaje Begoña ha formado parte del comité organizador, junto a Madrid Orgullo (MADO) y Muestra-t. Desde aquí quiero expresar mi más sincera enhorabuena a su autora, Esther Martínez Perales, por esta magnífica obra, que presenta una mirada íntima y personal de hasta dónde puede llegar la lucha por ser uno mismo, una misma.
Es digno de mencionar que esta segunda edición ha superado a la anterior en cuanto al número de novelas participantes: un total de cuarenta y nueve. Esto nos llena profundamente de alegría a quienes de un modo u otro hemos participado en la organización del premio. Y es que, afortunadamente, resulta irrefutable el auge en España de la literatura relacionada con la temática LGTBI en los últimos años, que da visibilidad a los obstáculos, amenazas, retos e innumerables vivencias de las muchas personas que formamos parte de este colectivo, personas de diferentes edades, procedencias, orientaciones, identidades y estilos, entre otros múltiples factores.
Si bien es cierto que la literatura diversa en España tuvo su momento de eclosión en los años ochenta del siglo pasado, fue a partir de 2005 cuando la visibilización de la diversidad afectiva y sexual fue cobrando mayor protagonismo en todos los ámbitos culturales, especialmente en la literatura, y todo ello gracias a que en ese año el parlamento español aprobó la reforma de la ley que permitía el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, el denominado «matrimonio igualitario». No obstante, en un contexto como el actual, políticamente convulso, donde la memoria LGTBI pone de manifiesto la lucha por conseguir una sociedad más justa e igualitaria, se vuelven a poner en cuestión determinadas conquistas sociales, que ponen en peligro los pilares de una democracia avanzada como la española. No debemos olvidar que estos ataques propiciados por el creciente discurso de odio constituyen un grave retroceso y una flagrante vulneración de los derechos humanos, un fenómeno que, desgraciadamente, también tiene lugar en otros países de nuestro entorno. La cultura es una de las armas fundamentales con la que contamos para defendernos de esas agresiones, y es aquí donde la literatura diversa cobra especial relevancia. Seguimos necesitando, por tanto, de referentes literarios que den visibilidad a las múltiples vivencias de un colectivo tan diverso como el nuestro en un momento en el que los derechos conseguidos se ponen en tela de juicio.
El éxito de la literatura diversa actual probablemente radique en que su temática refleja historias generalmente más contemporáneas y reales, que abordan las relaciones homosexuales, la realidad trans, la salida del armario, el sexo, las familias diversas, las diferentes identidades, orientaciones y corporalidades, los prejuicios, la LGTBIfobia… Y estoy convencido de que la autora de esta novela es bien consciente de ello.
La raíz es uno de esos libros que no te deja indiferente, especialmente cuando sus líneas te transportan a tus propias vivencias, y ese rincón de la memoria que parecía casi olvidado despierta de repente de su letargo para removerte las entrañas. Esther Martínez Perales aborda con gran maestría y calidad literaria el tema de la relación homosexual entre dos mujeres, Julia y Nerea, y donde están presentes también la maternidad y la salida del armario, entre otros aspectos fundamentales. Se trata de una historia fascinante y plagada de dramatismo con el valor añadido de la visibilidad lésbica, tan escasamente representada aún en la literatura diversa, no solo de nuestro país, sino también del ámbito internacional.
Esta novela está narrada en primera persona por su personaje principal, Julia, una joven afincada en Las Palmas de Gran Canaria que pertenece a una familia católica y ultraconservadora de Pamplona. Su relato pone de manifiesto cómo el miedo a salir del armario en las circunstancias que acabo de mencionar —o en otras muchas similares que todavía se dan actualmente— es capaz de vencernos y anularnos frente a quienes nos rodean. Julia ha sido educada en un mundo donde imperan los dogmas religiosos, las apariencias, el miedo al qué dirán, los prejuicios, el secretismo, las carencias de afecto y muestras de cariño, la ocultación de los sentimientos… De este modo, como si de una obra teatral se tratase, nos convertimos en protagonistas de una vida ficticia de cara a la galería, con un guion que no deseamos y que nos duele en lo más profundo del alma. El miedo nos bloquea emocionalmente y nos impide disfrutar de los pequeños o grandes placeres de la vida, siempre bordeando lo humanamente insoportable. Dentro de este contexto, me permito hablar en primera persona del plural porque, al igual que Julia, mi vida dentro del armario no fue nada fácil y tuve que hacer grandes concesiones, muy a mi pesar.
Desde el inicio de esta novela, su protagonista se encuentra en la tesitura de descubrir al mundo quién es o, por el contrario, esconderse fingiendo ser lo que no es por el miedo al rechazo. Tiene que hacer frente a grandes interrogantes que la atormentan: ¿permanecer toda la vida dentro del armario sacrificando su propia esencia y felicidad o poner tierra de por medio como única vía de salvación y renunciar así a su entorno más cercano? Y mientras espera para tomar la decisión más acertada, la debilidad, el miedo y sus inseguridades se instalan en su zona de confort, lo que le impide avanzar hacia la felicidad plena.
Agradezco enormemente a la Editorial Siete Islas, y en especial a Ismael Lozano Latorre, por brindarme la oportunidad de escribir estas líneas a modo de preámbulo de esta fantástica novela. Realmente considero todo un privilegio que mi prólogo vaya unido a una historia de visibilidad lésbica de tanta categoría literaria. De la misma forma, quiero aprovechar para dar de nuevo las gracias a los demás coorganizadores y patrocinadores (Ritual Hoteles y Shangay) que han hecho posible la celebración de esta segunda edición del Premio de Literatura Diversa 2024, así como a todas las entidades amigas dentro del movimiento asociativo LGTBI que han contribuido a la divulgación de este certamen. Y no quisiera finalizar sin transmitir una vez más mi felicitación a la autora de esta novela, una fantástica obra que recomiendo y a la que auguro muchísimo éxito.
Fdo.: Juan Carlos Parrilla Molina.
Vicepresidente de la Asociación Pasaje Begoña
CAPÍTULO 1
Me voy solo un fin de semana. Llevo una maleta pequeña y una mochila que hace las veces de bolso. Detesto los bolsos. Sigo recogiendo cosas por la casa: los cascos que estaban cargando en mi despacho, un pañuelo para el cuello, las gafas de sol —las que siempre olvido pero siempre echo de menos—.
—¿Has cogido el cacao? ¿Y las lágrimas artificiales? Siempre se te secan los ojos cuando vas a la Península.
Y lo cojo según me va diciendo, porque no, no he cogido ni el cacao ni las lágrimas artificiales ni la lactasa, que Nere no me recuerda, pero recuerdo yo de milagro. Nerea va poniendo memoria a mis olvidos desde la entrada de casa con los zapatos y la chaqueta puestos. Sentada en el banco con cojines color turquesa que me empeñé en colocar allí y que solo usa ella porque siempre le toca esperarme. Me espera con la misma desidia con la que lucen unas bombillas de Navidad un tres de febrero. Se mira los zapatos y regula un cordón que debe colgar más de un lado que de otro. Aparezco, por fin, en la puerta con la mochila medio abierta y una esquina del pañuelo arrastrando por el suelo.
—Qué pesada eres, Julia.
—Si voy sobrada de tiempo. Vamos bien.
—Ya, pero has dicho que salíamos a y media y son menos diez. Al final, la que siempre espera soy yo.
El tono de voz de Nerea es áspero. Parece molesta o impaciente o triste. Supongo que preferiría que no me fuera al congreso este fin de semana.
—Perdona, cariño —le digo mientras cojo un paquete de pañuelos de papel que reposa encima del zapatero (por si acaso).
Ya en el garaje, guardo las cosas en el maletero mientras sujeto los billetes con la boca. Nerea ya está sentada y pone en marcha el coche. De camino al aeropuerto apenas habla. Yo le voy contando alguna cosa suelta sin importancia del congreso; del estudio (que ya le he contado, pero le repito); le digo que, el fin de semana que viene, podríamos subir a Tamadaba; que volar me pone un poco nerviosa. Pero no me dice nada.
A la altura de Melenara le comento a qué hora volveré el domingo.
—Dile a Alba o alguna de las chicas que venga a buscarte —me dice.
—¿Y eso? ¿Tienes planes? —le digo extrañada, porque no me ha contado nada.
—No, Julia, no tengo planes.
Un silencio denso inunda el coche. No sé qué pasa, pero algo pasa. Recorro en mi memoria las últimas horas por si he hecho algo que le haya podido molestar, pero no lo encuentro. Nerea vuelve a hablar tras un silencio ensordecedor.
—Julia… cuando vuelvas el domingo me habré ido de casa.
—Pero ¿qué estás diciendo? ¿Por qué?
—Porque no puedo más.
—Pero, cariño, estamos bien. Hemos mejorado mucho. Estoy ilusionada, te juro que estoy ilusionada con tu embarazo.
—Julia, ¿hace cuánto de la última vez que hablamos de esto?
No contesto, no hace falta. Estamos llegando al aeropuerto y para el coche.
—No has tenido la más mínima intención de hablar con tu familia. Esto no es una doble vida, Julia, es una vida partida por la mitad. Y no voy a arrastrar a esta persona que llevo dentro a esa espiral.
—Nerea, por favor… ¡Yo te amo!
Apoya la cabeza sobre sus manos, que reposan en la parte alta del volante. Parece que se va a derrumbar, pero levanta la cara.
—Y yo, yo también te amo. Ojalá te quisiera menos. Ojalá esto fuera más fácil, pero el amor no lo puede todo, y yo… yo no puedo más, Julia.
Lo dice en un lamento. No me mira. Tiene la mirada fija al frente y veo cómo le resbalan dos lágrimas mansas por el rostro, que no se molesta en limpiar. No puedo creerme lo que está pasando, no puedo creerme que Nerea me esté dejando, que mi mundo se esté desmoronando.
—Nere, yo… ¿Esto tiene solución?
—No lo sé, Julia.
—Si hablo con mi familia, quizá…
—No lo sé.
Pasa el brazo por delante de mí para abrir mi puerta. No quiere que la conversación se alargue, como si hubiera preparado una conversación sencilla y efectiva para no arrepentirse, para no prolongar el dolor.
Tengo un pie en el suelo y otro en el coche.
—No te vayas de casa; me iré yo. Ya pasaré a recoger mis cosas —le digo sin mirarla.
«No puedo dejarla en la calle. No en este momento. Es más sencillo que me vaya yo», pienso desde algún lugar ajeno a mí, a mi cuerpo, a mi cabeza.
Ella solo asiente.
Ya de pie, sujeto la puerta desde fuera del coche, alterno la mirada entre ella y el suelo. Quiero besarla, pero no lo hago; quiero abrazarla, pero aguanto el deseo; quiero llorar desconsolada y rogarle que no me deje, pero lo único que hago es cerrar la puerta. La pena, a veces, también nos enmudece.
**
Nerea y yo nos conocimos unas Navidades, una Nochebuena sin más en la que visitaba a mis padres desde Canarias. Antes de la cena, quedé con la cuadrilla para brindar en algunos locales de lo viejo. Por aquel entonces no sabía que era lesbiana; ni yo ni nadie. Llevaba dos años trabajando en un colectivo LGTB de Las Palmas de Gran Canaria. Yo, que pasaba por ser la única mujer cisheterosexual en el trabajo pese a que se me fueran los ojos detrás de alguna que otra chica; yo, que salía con hombres de vez en cuando, tampoco mucho; yo, que pensaba que las relaciones eran la cosa más aburrida del mundo, incluso las esporádicas; yo, que parecía huir del amor y del sexo. Tan solo me hizo falta salir una noche por mi ciudad para negar la mayor de mis mentiras.
Nerea ponía copas en el Mesón de Nabarrería y yo me las bebía. Ella me miraba con descaro y yo la miraba con tanto cuidado que cada vez me iba arrinconando más en la esquina del local, detrás de una barrica que hacía las veces de mesa, aterrada por si mis amigos se daban cuenta de nuestro juego, cada vez más callada, participando a medias en la conversación. Solo tenía atención para Nerea, que aún no era Nerea.
Nos despedimos pronto, a eso de las siete, cuando los bares cerraban sus puertas, para irnos cada uno a nuestra casa a reunirnos con la familia. Tras la cena habíamos quedado de nuevo. Desde siempre teníamos la costumbre de ir a la misa del gallo de la iglesia de San Nicolás, asociada al colegio. No era un buen plan, pero estaban todos mis amigos y era mejor que quedarme en casa con mis padres delante de la televisión. La idea era salir tras la homilía otra vez por lo viejo de potes.
Pero esa Nochebuena no iría a la iglesia. Me despedí de mis amigos y caminé unos metros con Haizea y Aritz.
—¡Mierda! Me he dejado la mochila.
—Joder, Julia, vaya despiste te traes hoy —se mofó Aritz—. Venga, vamos a por ella.
—No, no. No os preocupéis. Luego os alcanzo. —Pero no los alcancé.
Caminé deprisa hacia el mesón con los nervios apretados en la garganta. Nunca había flirteado con una mujer y, para mi sorpresa, esa era toda la intención que tenía recorriendo las calles de lo viejo una tarde que ya parecía noche. Una mezcla de miedo y emoción me recorría las piernas y las manos, un miedo atávico, casi inconsciente, un miedo convertido en revoltura en el estómago, en un pinchazo en el pecho, en un cosquilleo en la nuca, pero es que Nerea… Nerea tenía una sonrisa que bien valía el riesgo.
Cuando llegué a la puerta, estaban bajando el cierre. Le pedí al muchacho que, por favor, me dejara entrar a por mis cosas (sí, era cierto que me había dejado la mochila, no sé si consciente o inconscientemente). Nerea, que aún no tenía nombre, estaba barriendo por fuera de la barra: unos vaqueros estrechos marcaban sus curvas generosas y una sudadera negra con capucha le daban un rollo desenfadado. Su rostro redondo y amable, la sonrisa más luminosa que yo había visto en mi vida. Cuando me vio, se apoyó en la escoba con una amplia sonrisa.
—¿Has venido a buscarme? —me dijo.
Sonreí, asentí y llegué tarde a la cena de Nochebuena.
—Venga, Nerea, lárgate de aquí. —El que parecía el dueño del local le cogió la escoba y, con un tono entre tosco y divertido, añadió—: ¿A ver qué hacéis?
Envidié la confianza y extrañé ese lenguaje reservado para los amigos que te guardan los secretos y que yo allí, en la que se supone que era mi ciudad, no tenía.
Caminamos sin más. Recorrimos la calle del Carmen y del Dos de Mayo, bajamos al paseo del Arga y el frío del río nos hizo estremecernos, pero no nos importó. Veinticuatro de diciembre en Pamplona: las calles vacías, la noche cerrada y nosotras. La conversación fluía como solo fluye cuando caminas, cuando no tienes por qué mirarte a los ojos, pero ella me miraba, y a veces paraba y giraba su cuerpo como diciendo «te estoy prestando toda mi atención». Y esa atención delicada y sutil, esa sonrisa, los ojos brillantes y una pluma maravillosa, esa pluma de las mujeres valientes, esa ausencia de disfraz, esa limpidez en sus gestos, me enamoraron al instante.
Me contó, con la voz dulce y tranquila, que ayudaba en el mesón para sacar algo de dinero, pero que era ilustradora; que vivía con su madre y su hermano pequeño; que su padre falleció hacía dos años; que le gustaba el mar y bailar, la escalada y mi sonrisa. Y yo me volví a enamorar.
Habló, pero, sobre todo, me escuchó con la mirada atenta siempre. Y yo hablé como no había hablado nunca con una desconocida. Y le hablé de mis padres, de la religión y su corsé; de mi vida en Canarias, de mi trabajo en un colectivo LGTB, de que yo no era lesbiana, o por lo menos eso pensaba hasta esa noche hasta que vi su sonrisa; de que también me gustaba el mar y la escalada, de que no bailaba, pero que me encantaría bailar con ella; de que había jugado al rugby en la universidad, y le hizo mucha gracia, y escuché su carcajada por primera vez, y por tercera me enamoré de ella aquella noche.
Me acompañó hasta el parque Yamaguchi, aunque estuviera a más de cuarenta minutos andando del mesón, y temblé de frío, y me frotó los brazos con las manos, y me abrazó y me besó, me besó de verdad y me quedé anclada en ese beso y en esos brazos.
Llegué tardísimo a casa. Mi madre se puso de mal humor, pero no me importó. Cené en silencio mientras mi hermano hablaba de su nuevo trabajo en el bufete y mi hermana de cómo llevaba su segundo embarazo: nos contó que esperaban un niño y estuvieron deliberando sobre qué nombre ponerle. A mi madre se le fue quitando el disgusto por mi tardanza ante tanto dispendio de orgullo filial y yo pude escapar a la misa que no fue la misa, sino un bar en el que de nuevo había quedado con Nerea.
Nos vimos cada día de aquellas vacaciones. Yo llamé al trabajo y pedí unos días más, hasta después de Reyes. Me cogió el teléfono Jonay, mi compañero de oficina, y le conté que me había pillado por una navarra, y se rio con ganas y me dijo: «Ya sabía yo que eras bollera», y al principio lo sentí como un golpe seco en el estómago —«bollera»—, para después fluir por mis venas como una especie de certeza que había tardado en llegar.
Mi madre se sorprendió de que, por una vez, quisiera alargar la estancia en Pamplona, y creo que sintió algo parecido a una victoria. Si hubiera sabido la verdad, me hubiera llevado ella misma al aeropuerto en ese instante.
Uno de los días, Nerea y yo fuimos a San Sebastián: comimos rico, hablamos y hablamos y hablamos. Terminamos la tarde en la playa, sentadas en una terraza con una de aquellas setas de gas que desprenden calor.
—El paraíso tiene mar —me dijo.
—Espero que en el paraíso haga menos frío que aquí —le contesté yo.
Y volvió a reír a carcajadas. Y quise quedarme a vivir en su risa.
—Yo vivo rodeada de mar. Siempre puedes venir a verme.
Y fue a verme para quedarse a mi lado.
Seis años. De aquello hace seis años.
**
Observo cómo Nerea se aleja con el coche. Tengo el abrigo en una mano y la maleta en la otra. No me despido de ella y Nerea no me mira a través de la ventanilla. Deseo que lo haga por el espejo retrovisor, que no sea tan sencillo dejarme así, sin más, sin volver la vista atrás. No la despido con la mano porque no quiero que me arroje de esta relación que para mí sigue viva, aunque parece que no para ella.
Entro en el aeropuerto frío y aséptico de Gando. Recorro el largo pasillo marmolado y me lamento de mi estúpida costumbre de llegar con hora y media de antelación. Podría haberme aferrado a ella, podría haber llamado al trabajo y decir que no podía volar a Sevilla; podría haberme quedado en el coche, sentada a su lado hasta que me dijera que era un error, hasta que me dijera que quería quedarse conmigo. Sin embargo, he entrado en el aeropuerto sola por primera vez desde que empezamos a vivir juntas, he pasado por el control de equipajes sin tener a nadie a quien mirar, sin poder decirle a nadie que la quiero, que la echaré de menos, aunque sean solo dos días sin vernos.
Ya en la terminal compro en una de las tiendas duty free una botella de agua a precio de oro y un paquete de chocolatinas gigante. Me siento frente a una puerta cualquiera, ya que aún no sé por qué puerta saldrá mi avión, y me como con avidez las chocolatinas. Cuando estoy ansiosa se me cierra el estómago; cuando estoy triste como chocolate. Por eso, ahora mismo sé que estoy más triste que ansiosa, porque pese a los intentos de mi novia (me niego a creer que es mi ex), parece que no he aprendido a distinguir racionalmente mis emociones.
Hilo pensamientos y pienso en las chocolatinas y en los kilos de tristeza que podría acumular, y pienso en Nerea y en que, en el fondo, durante todos estos años, aun sabiendo que ella vale más que yo (sí, tal cual lo pienso), he estado muy segura de que no me dejaría. Porque ella es brillante, es luz; es buena y emocional y ríe, ríe a carcajadas y sabe hacer feliz a las personas que la rodeamos. Pero en estos años he conocido sus miedos y sus inseguridades y he visto como a veces compraba la ropa más grande de lo habitual para ocultar su uno sesenta y uno y sus noventa kilos, sus caderas generosas, su pecho sugerente, su fuego en un cuerpo que ella no quiere, pero yo adoro.
Lo pienso y me avergüenzo. Me avergüenzo de haberme aprovechado de su inseguridad para yo sentirme más a salvo, y ahora, con un puñado de Lacasitos en la mano, una mueca parecida a una sonrisa se cuela en mi cara porque lo ha conseguido: ha conseguido superar su miedo y dejarme; ha conseguido decir basta. Pese a su temor de que no la quisieran como es, pese a su pánico de no encontrar pareja aun teniendo pretendientes a patadas antes que yo y estando conmigo. Su talón de Aquiles es no quererse como quiere al resto, y creo que es algo que por fin ha conseguido… pese a mí.
Si no sintiera tanto desconsuelo, casi podría alegrarme por ella, o quizá sentir algo de alivio por no haberla roto del todo, pero lo único que siento ahora es pesar.
Montar una tienda de campaña y esperar el atardecer de Tamadaba.
Horas en la biblioteca de la avenida Marítima buscando y oliendo libros juntas.
Una tarde en el Cuyás para ver una obra de Lola Herrera, Blanca Portillo o Juan Diego Botto; la cerveza de después, que nunca es cerveza, para comentarla.
Tarde de peli, roscas y manta.
Elegir una película mala y recordármelo durante un mes entre risas.
Charlar, charlar durante horas, hasta quedar afónicas.
El sonido de la llave en la puerta de casa, el sonido que precede a la ilusión de volver a verla, aunque solo hayan pasado unas horas.
Su canción favorita cantada a voz en grito.
Un baile sin música en la cocina.
Que me acompañe a ver el balonmano… y que lo disfrute.
El mar, el olor a sal; la sensación áspera y reconfortante de la arena en los pies, en un paseo tranquilo y plagado de conversación.
Ir algún día a Australia o a Islandia o a la India.
Dormir en el desierto.
Una nueva Navidad vivida con su ilusión.
Los libros que comentamos juntas.
Los conciertos.
Sus dibujos dedicados.
Un verano en Lanzarote.
Pamplona con ella.
Su cuerpo.
Sus curvas.
Su piel suave.
Su espalda y su nuca.
Sus muslos y su sexo.
Pienso en todo lo que no volverá a suceder, en todo lo que no volveré a tener y por fin me permito llorar. Discreta y mansa. En silencio. Un silencio viejo y conocido por mí.
El único amor que he conocido parece diluirse entre una botella de agua cara y una bolsa de chocolates.
Anuncian la puerta de embarque —puerta A12— y me dirijo hasta allí, pero antes paso de nuevo por la tienda y compro un paquete de Ambrosías Tirma solo porque ella las adora y porque yo… yo me siento tan triste.
CAPÍTULO 2
Son dos horas y cuarto de vuelo. Mantengo el libro abrazado con fuerza durante todo el trayecto. Ha sido un ejercicio de optimismo haberlo sacado de la mochila. Paso todo el camino mirando fijamente el asiento de delante. No pienso con claridad, no pienso en nada, o quizá pienso en todo tan deprisa que no registro nada de lo que pasa por mi discurrir.
Cuando bajo nuestros pies solo se ve azul, la chica que tengo a mi lado exhala aire con fuerza. Tiene en su regazo un tomo grueso de algún libro técnico, no sé si de universidad, de alguna formación reglada o no. No me detengo a leer la portada. Volteo la mirada y escucho la respiración agitada de la muchacha; ahora sí la miro y le pregunto si está bien.
—Estoy muy nerviosa…
Calla durante un par de segundos en los que no sé qué decir, así que le devuelvo algo parecido a una sonrisa.
—Es que mañana tengo el segundo examen de la oposición y estoy histérica. Cuanto más releo, más creo que voy a suspender… y es la cuarta vez que me presento.
—¿En Sevilla?
—Sí, me presento a todos los procesos que salen en los conservatorios… hasta que cuele. Me da igual lo que tenga que desplazarme.
—¡Vaya! ¿Y qué instrumentos tocas?
—Clarinete.
A la pobre le ha tocado al lado de la persona que, posiblemente, sepa menos de música de todo el avión, así que me limito a animarla.
—Tranquila, seguro que vas preparada —digo con amabilidad, aunque no tenga la menor idea de cuánto o cómo ha estudiado—. ¿A qué hora lo tienes?
—A las diez de la mañana.
—Bueno, tú piensa que en unas horas te lo habrás quitado de encima. ¿Te quedan más exámenes?
—No, este es el definitivo.
—Seguro que tienes suerte, ya verás.
Respira hondo. Parece que un par de frases bienintencionadas la calman un poco. Yo en cambio, me siento como una gilipollas soltando un montón de palabras huecas. «Pues yo qué sé, chica, tú sabrás, no te conozco de nada. No sé qué estudias, si es fácil o difícil, si la gente se saca esa oposición en uno o en seis años. ¿Qué quieres que te diga? Y la verdad, no me apetece nada preguntarte, no me lo tengas en cuenta. Mi vida acaba de detenerse entre el aeropuerto y dondequiera que estemos ahora». Pienso esto y a la vez siento que la chiquilla debe estar realmente nerviosa, y me sacude algo parecido a la compasión. No obstante, le vuelvo a sonreír sin entusiasmo y vuelvo a mirar por la ventanilla.
—¿Y tú?
—¿Yo? ¿Yo qué?
Creo que ha descubierto que hablar con alguien la relaja.
—Que por qué vas a Sevilla.
—Ah…
Una mezcla de congoja y hastío me desborda. No es por ella, es por la nube densa que me atraviesa la cabeza de sien a sien. No me siento con fuerzas para dar explicaciones de mi trabajo ni de mi drama.
—Voy a entregar a mi hermano la invitación de mi boda —le cuento.
—¿Te casas? ¡Qué alegría, enhorabuena!
—Sí, le voy a pedir que sea mi padrino.
—¡Oh! ¡Qué ilusión!
Su entusiasmo contrasta con mi desidia. Me sorprendo contándole una mentira tan amable cuando me siento tan devastada. Lo cierto es que algo muy leve y parecido al bienestar se posa en mi estómago y, en ese momento, recuerdo a Mayte, mi hermana, el día que llegó a casa asombradísima porque había leído una tesis sobre la mentira y la felicidad. No lo recuerdo muy bien, pero decía algo así como que las personas mentimos una media de seis veces al día. Seis. Que los animales también mienten, y puso algún ejemplo que no recuerdo. Pienso que yo, mentir, solo miento en una mitad de mi vida, pero eso pasa únicamente cuando estoy con mi familia, dos o tres veces al año, aunque a veces miento sin querer para que Nerea no se sienta mal, por ejemplo, y, sobre todo, cuando me siento como una mierda, como ahora, o cuando tengo miedo… no, esto solo me pasa con mi madre, cuando tengo miedo de decepcionarla. Vamos que llevo mintiendo toda la vida, aunque me sienta un despojo cuando lo haga, aunque no quiera. El caso es que la tesis decía algo así como que cuando mentimos nos sentimos más libres. Yo no lo sé, no creo sentirme más libre ahora que hace diez minutos. Lo único que sé es que la verdad de mi vida se ha perdido en el camino en cuestión de minutos, como una bofetada con la mano abierta. Me ha dejado un pitido en el oído y la mirada turbia.
—¿Y tu novio no viaja contigo?
Por segunda vez da al traste con el silencio de mis pensamientos y me pilla en una renuncia. Claro, Julia, el novio.
—No puede, mi novia trabaja mucho.
Y decir esa media verdad me deja un regusto más dulce que la mentira completa.
—¡Ah, es una chica! —Lo dice con una sonrisa llena—. ¡Qué bonito!
Asiento sin más. Me agota la conversación y soy incapaz de mantener su entusiasmo, así que le digo que me perdone que esta noche he dormido fatal y que necesito descansar un poco, que seguro que a ella también le sienta bien una cabezadita. Me recuesto sobre mi hombro derecho y cierro los ojos, aunque solo sea para que me deje en paz.
Cuando vuelvo en mí, quedan cuatro pasajeros en el avión: una pareja de ancianos que esperan la asistencia del aeropuerto y un matrimonio que espera el carrito de su bebé. Hay un bebé. Entonces son cinco los pasajeros, ¿no? El caso es que apenas me he dado cuenta de que hemos aterrizado, ni siquiera cuando la chica que iba a mi lado se ha levantado para irse. Valoro durante dos segundos quedarme sentada y quizá, quién sabe, el mismo avión me devuelva a mi casa. Es absurdo, lo sé, por eso me levanto y cojo del compartimento superior, ya abierto y ocupado tan solo por mis cosas, mi maleta y mi abrigo. Antes de salir del aeropuerto paso por el baño de la terminal para lavarme la cara, me miro al espejo y fuerzo una sonrisa, que es más una mueca. No me reconozco en el gesto, pero viene a mí con mucha fuerza el recuerdo de mi madre haciendo lo mismo —mirándose al espejo y forzando una sonrisa como un gesto cotidiano cada vez que salía de casa—. No sé por qué me acuerdo de mi madre ahora, pero lo hago.
**
«Ponte recta».
«No apoyes los codos en la mesa».
«Baja el tono de voz, que pareces un cabrero».
«Quítate esa ropa, que viene tu abuela y no quiero que te vea así». «¿Así cómo?» «Pues así, que pareces un pordiosero. Ponte un vestido y no me contestes».
«No seas protestona».
«Con ese genio no le vas a gustar a ningún hombre».
«Ay, hija, qué mal carácter tienes».
«Quita, todo el día pegada a mi falda».
«Demasiado consentida te tenemos».
«¿Un nueve? ¿Dónde está el punto que falta? No te esfuerzas lo suficiente».
«Que no me venga nadie hablando de ti».
«A las diez en casa. No te quiero en la calle. A ver qué haces. Nada bueno, seguro».
«Las chicas de tu edad son todas unas perdidas».
«Calladita estás más mona».
«Con lo lista que parecías, estás tirando tu vida a la basura».
**
