2,99 €
La realidad recreada es un ensayo filosófico que tiene una meta claramente definida: hacer visible que el trato asiduo con un poema ancestral puede ser, hoy en día, una viva fuente de inspiración filosófica y un fecundo y estimulante camino de reflexión sobre el sentido de la vida. Con la ayuda de la historia, la literatura y la ciencia el autor nos invita a revivir la epopeya de Gilgamesh, y a reflexionar sobre la realidad y sobre el decisivo papel que nuestra vida juega en ella.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2020
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© José A. Montes
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-18307-85-0
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Para Carmen
Introducción
La realidad recreadaes un libro de filosofía escrito a la luz de las asombrosas llamaradas de humanidad que brotan de la atenta lectura delPoema de Gilgamesh. No es, por tanto, ni un estudio literario sembrado de hermética erudición ni una investigación de índole histórica o científica con pretensiones académicas. En esos campos siderales, roturados con ortodoxia y abonados con obediencia, suelen brillar obras tan abstrusas y distantes como las estrellas del firmamento.
Afortunadamente, mucho más cerca de nuestros ojos y de nuestras manos hay terrenos fecundos en los que crecen plantas silvestres que también dan frutos luminosos e inspiradores. En cierto modo,La realidad recreadaaspira a ser como una de esas plantas bravías e independientes que hunden sus raíces en las tierras de la honestidad intelectual y no renuncian nunca a la libertad creativa. En otras palabras,La realidad recreadaes un ensayo, libre y honesto, que se apoya en la literatura, la historia y la ciencia con el propósito de alcanzar una meta claramente definida: hacer visible que el trato asiduo con un poema ancestral puede ser, sin importar ni la edad ni los diplomas, una viva fuente de inspiración filosófica y un fecundo y estimulante camino de reflexión sobre el sentido de la vida.
Por otra parte, debo añadir que para entender las ideas cardinales expuestas en este libro no es imprescindible conocer al detalle elPoema de Gilgamesh. Es suficiente con tener una visión panorámica de su contenido. Por esa razón voy a resumir, seguidamente, el argumento de cada una de las doce tablillas de la edición estándar delPoema. Espero que el viaje por estas páginas anime al lector curioso a visitar de nuevo —o a explorar por primera vez— el relato completo de la epopeya vital de Gilgamesh y de su leal amigo Enkidu. Mientras tanto, confío en que las constelaciones de sentido que brillan en este ensayo filosóficosean capaces de conducir al lector hacia el indómito misterio que late en los cielos nocturnos y centellea en las profundidades de la mente humana.
***
En la primera tablilla del poema, Gilgamesh es descrito como un rey joven y arrogante que se comporta de una manera caprichosa y muy irresponsable. Sus acciones violentas e impredecibles provocan el temor y la indignación de los habitantes de Uruk, que, desesperados, piden ayuda a la diosa Aruru. Las quejas y las súplicas del pueblo son finalmente escuchadas por los dioses, y Aruru, con el consentimiento y la colaboración de Anu, crea del barro una criatura que es tan extraña y admirable como una roca caída del cielo. Se trata de Enkidu, un hombre salvaje y vigoroso que vive en la estepa y se parece extraordinariamente a Gilgamesh.
La inesperada presencia de Enkidu en las ásperas llanuras no pasa desapercibida durante mucho tiempo. Un día, un cazador lo ve junto a un abrevadero y la sorpresa y el miedo lo dejan completamente paralizado. En cuanto puede, el atemorizado trampero alerta a su familia y después, siguiendo la recomendación de su anciano padre, va a Uruk a informar a Gilgamesh sobre lo que ha visto: en la estepa vive un ser astuto y temible que, a pesar de tener apariencia humana, se comporta como un animal entre animales. Enseguida, Gilgamesh ordena al trampero que vaya en busca de Shamhat, una hieródula, para que ella, con sus artes, seduzca a Enkidu y lo aleje de la estepa. Unos días más tarde, Shamhat se encuentra, cara a cara, con el joven salvaje; consigue seducirlo sin ningún problema y los dos disfrutan durante varios días de una apasionada relación sexual que provoca un cambio radical en Enkidu. De repente, la criatura incivilizada, que vivía entre animales, siente que ya no es como era y que ya no es quien era. Ahora, escucha y comprende las palabras de Shamhat y nota en su interior el deseo de acompañarla hasta la ciudad de Uruk. Entretanto, en su palacio, Gilgamesh sueña con una enigmática roca celeste y un hacha prodigiosa, e intenta averiguar, con la ayuda de Ninsun, qué pueden significar esas inquietantes imágenes oníricas que han atravesado su mente en la oscuridad de la noche.
En la segunda tablilla del poema, Enkidu, que va camino de Uruk con Shamhat, se encuentra con un grupo de pastores, y por primera vez en su vida bebe cerveza, come pan y canta alegremente en compañía de otras personas. Se nota que le gusta estar rodeado de gente y que quiere integrarse en la sociedad humana sin perder tiempo.
«El barbero arregló su cuerpo tan peludo,
ungido con aceite se transformó en un hombre.
Se puso un vestido, se hizo igual que un
guerrero,
cogió su arma para luchar con los leones».1
Ese talante sociable hace que, de manera espontánea, Enkidu sienta interés por otras personas y se preocupe por ellas. Por eso, no tarda en enterarse de que Gilgamesh se comporta como un déspota; abusa de sus súbditos sin que nadie se atreva a impedírselo. Cierto día, un joven que ha sido invitado a una boda le cuenta que el rey yacerá con la novia antes de que ella y su marido puedan dormir juntos en el lecho nupcial. La noticia hace palidecer a Enkidu y despierta en él una furia incontrolable. Ahora ya sabe lo que debe hacer: irá a Uruk, se enfrentará con Gilgamesh y lo derrotará. Está totalmente decidido a acabar con ese tirano que trata a su pueblo sin ninguna consideración.
La lucha entre los dos héroes, como se podía prever, es de una violencia extrema y parece, desde el primer instante, condenada a un desenlace fatal. Pero, tal y como había vaticinado Ninsun —la madre de Gilgamesh—, entre los dos contendientes surge, inesperadamente, una admiración sincera y una amistad indestructible. Inmediatamente, los dos amigos empiezan a hacer planes: Gilgamesh le cuenta a Enkidu que quiere ir al Bosque de los Cedros para matar a Humbaba, el monstruoso guardián de ese recinto sagrado. Todo el mundo en Uruk piensa que se trata de una aventura insensata y Enkidu, que hace tiempo pudo ver al ogro, siente verdadero pánico ante la idea de volver a encontrarse con él. Pero ni la venerable asamblea de ancianos ni Enkidu consiguen disuadir a Gilgamesh. De nada sirven las súplicas conmovedoras o los argumentos sensatos. El rey de Uruk prefiere morir intentando alcanzar una fama eterna a vivir como un cobarde en su suntuoso palacio.
En la tercera tablilla del poema descubrimos que Gilgamesh ha conquistado, con su obstinada determinación, el apoyo incondicional de Enkidu y también comprobamos que ha conseguido la resignada aprobación de los consejeros reales. Ninsun está muy preocupada y ruega al dios Shamash que proteja a su hijo. Por fin, ultimados los preparativos y resueltos los temas más urgentes, Gilgamesh y Enkidu abandonan Uruk y se dirigen hacia el Bosque de los Cedros.
El relato del largo y agotador viaje hasta el sagrado Bosque de los Cedros llena de contenido la cuarta tablilla del poema. Los dos amigos avanzan con rapidez hacia su destino y cada tres días hacen una ofrenda y un ritual para propiciar los sueños premonitorios. Como resultado de estas ceremonias nocturnas, Gilgamesh tiene una serie de sueños inquietantes y violentos que, afortunadamente, Enkidu es capaz de interpretar de manera favorable. Sin embargo, cada día que pasa, Gilgamesh es más consciente de los peligros que se ciernen sobre ellos, y eso hace que tienda a actuar con más prudencia. Ahora, ya no se siente tan seguro e invulnerable. Algo parecido le sucede a Enkidu: a pesar de los presagios propicios, es incapaz de ahuyentar de su interior un temor que a cada paso se vuelve más punzante.
Por fin, en la quinta tablilla, los héroes llegan a la entrada del Bosque de los Cedros y contemplan admirados la magnificencia natural de ese espacio sagrado. Pronto descubren el rastro de Humbaba, y se adentran en el frondoso bosque con las armas desenvainadas. El infatigable guardián, el aterrador Humbaba, no tarda en aparecer, y con su voz sobrecogedora lanza amenazas de muerte a los intrusos. Gilgamesh experimenta de golpe un miedo irreprimible y no sabe qué hacer. Por suerte, Enkidu mantiene la calma y anima a su amigo a actuar sin contemplaciones. Gilgamesh, espoleado por las palabras de Enkidu, reacciona a tiempo y se lanza al ataque. Entonces, interviene Shamash y, tal como había prometido, ayuda a los dos héroes a derrotar a Humbaba. El combate es feroz, brutal, pero al final Gilgamesh y Enkidu dominan la situación y Humbaba desesperado claudica y pide clemencia. Las palabras sumisas del protector del bosque hacen que Gilgamesh sienta el peso de las dudas, pero Enkidu lo tiene muy claro: el monstruo debe morir. El veredicto desencadena la furia de Humbaba, pero sus airadas maldiciones se estrellan sin remedio contra la firme sentencia que ha dictado Enkidu. Sin más dilaciones Gilgamesh mata al monstruo y le corta la cabeza. Poco después, los dos amigos, embriagados de euforia, empiezan a talar cedros para llevarlos a la ciudad amurallada de Uruk.
Gilgamesh, en la sexta tablilla, despierta sin pretenderlo una pasión intensa en Ishtar, la diosa de la belleza sensual y la sexualidad gozosa. La caprichosa hija de Anu desea a Gilgamesh, y está dispuesta a hacer cualquier cosa para seducirlo. Pero Gilgamesh no se fía de ella y rechaza, con razones contundentes y palabras poco amables, la tentadora propuesta de la diosa. La hija de Anu se siente despreciada y muy ofendida. Está furiosa por los reproches taxativos que le ha hecho Gilgamesh y quiere vengarse de él. Con ese objetivo in mente le pide a su padre que le deje el Toro Celeste. Está segura de que con la ayuda de esa bestia indomable podrá humillar y aplastar al desdeñoso Gilgamesh. Anu tiene algunas dudas, pero al final cede y le presta el toro a su enfurecida hija. A continuación, Ishtar conduce el animal hasta Uruk y allí la bestia iracunda provoca grandes destrozos y cientos de muertos. Por suerte, Enkidu y Gilgamesh actúan con una destreza asombrosa y consiguen asestar al toro una puñalada mortal. Se trata, sin duda, de una proeza inaudita que despierta una gran admiración entre la gente y, al mismo tiempo, un resentimiento ilimitado en la diosa Ishtar. Esa noche, Enkidu tiene un sueño terrible: observa cómo los dioses, reunidos en asamblea, deliberan sobre el castigo que se debe imponer a los dos héroes por haber matado a Humbaba y al Toro Celeste.
En la séptima tablilla del poema se relata el contenido de la asamblea de los dioses y las trágicas consecuencias que, finalmente, se derivan de las decisiones tomadas en la reunión. Anu quiere que uno de los dos amigos muera y Enlil decide que sea Enkidu. La sentencia es inapelable y Enkidu se siente angustiado y furioso. No quiere morir y, en un arrebato de cólera, maldice a las personas que considera culpables de la situación funesta en la que ahora se encuentra: maldice al cazador que lo vio en la estepa, a la prostituta que lo sedujo... El dios Shamash habla con él en esas horas críticas y consigue tranquilizarlo. Desgraciadamente, no puede evitar que la sentencia de la asamblea divina se cumpla en todos sus términos. De repente, Enkidu enferma y unos días más tarde muere. Gilgamesh siente una pena insoportable y la tristeza que inunda su cuerpo se derrama a borbotones por sus ojos enrojecidos.
En la tablilla octava, Gilgamesh, tal como había prometido, ordena a los mejores artesanos del país que hagan una estatua majestuosa de Enkidu. Después, se dedica a organizar las honras fúnebres por su añorado amigo. La muerte de Enkidu ha sido un golpe brutal y ha afectado a Gilgamesh de una manera inimaginable. El dolor lo ha hecho plenamente consciente de la finitud de la vida y, de pronto, se ha dado cuenta de que ya no puede seguir viviendo como lo había hecho hasta entonces. El angustioso descubrimiento de la muerte representa un punto de inflexión en la trama del poema. Gilgamesh ha visto en Enkidu el reflejo de su propia mortalidad y eso no solo lo ha estremecido íntimamente: lo ha transformado como persona y ha cambiado radicalmente las prioridades de su vida.
En la tablilla novena, Gilgamesh, desolado, parte de Uruk con el propósito de conseguir la inmortalidad. Se trata de un objetivo incierto, pero en esos momentos prefiere luchar contra el peligro a tener que lidiar un día más con la carcoma de la angustia y la tristeza. Además, ¿por qué debería claudicar antes de encontrar a Uta-napishti? En Uruk todo el mundo sabe que él y su esposa sobrevivieron al diluvio y que son inmortales. Por lo tanto, mientras ellos sigan vivos también seguirá viva la esperanza en la vida perdurable. Desgraciadamente, Uta-napishti vive en un lugar muy remoto y, para llegar hasta él, hay que hacer un largo viaje y superar numerosas pruebas. La aventura es realmente arriesgada y el dios Shamash avisa a Gilgamesh: «La vida que buscas nunca la encontrarás».Sin embargo, Gilgamesh emprende el viaje y ni siquiera se detiene cuando llega a las montañas Mashu, donde habitan los terroríficos hombres-escorpiones. La determinación de Gilgamesh es absoluta, y no vacila a la hora de correr a oscuras por el largo túnel por el que transita el sol cada noche. Así es como consigue llegar, sin abrasarse, al otro extremo del mundo. Lo primero que ve allí es un jardín maravilloso. Poco después se encuentra con Shiduri, una tabernera que vive cerca del mar.
En la décima tablilla del poema, Gilgamesh explica a Shiduri su historia y el propósito de su viaje. Shiduri, que en un primer momento había sentido una intensa desconfianza hacia Gilgamesh, le escucha ahora con mucha atención y le da algunos consejos. En esta tablilla Gilgamesh expresa, con un dramatismo sobrecogedor, sus sentimientos. Le dice a Shiduri que Enkidu, su fraternal amigo —con el que compartió numerosas aventuras heroicas— ha muerto inesperadamente y le cuenta, con voz entrecortada, que su muerte repentina ha abierto en su interior un pozo de tristeza y ha avivado el eco de un miedo insondable.
«[¿Cómo voy a guardar silencio?] ¿Cómo voy a que-
darme callado?
[Mi amigo, a quien amaba, ha vuelto] al barro
mi amigo Enkidu, a quien amaba, [ha vuelto al barro.]
[¿No seré como] él, y yaceré también,
para nunca más levantarme, durante toda la éter-
nidad?».
La tabernera Shiduri piensa que es inútil luchar contra la muerte e insta a Gilgamesh a disfrutar de la vida mientras pueda hacerlo. En la versión del poema realizada por Stephen Mitchell se puede leer la siguiente reflexión de Shiduri: «Cuando los dioses crearon a los humanos, crearon también la muerte y reservaron la vida eterna sólo para ellos. Los hombres nacen, viven y después mueren, ese es el orden que han decretado los dioses. Mas, hasta que llegue ese final, goza de la vida, pásala feliz, no desesperes. Saborea tu alimento, haz de cada uno de tus días un placer, báñate y unge tu cuerpo de aceite, viste brillantes vestidos de deslumbrante limpieza, que la música y la danza inunden tu hogar, ama al niño que te coge la mano y que tu esposa goce siempre en tu abrazo. Tal es la mejor forma que tiene un hombre de vivir».2Pero a Gilgamesh no le basta con eso; aspira aalgo más. Nota que en su interior la vida se rebela contra la muerte y siente que un instinto irrefrenable le empuja con fuerza hacia el horizonte de la eternidad. Tiene claroque el camino de la esperanza aún no se ha cerrado para él y, por esa razón, decide continuar con su búsqueda. Por fin, después de conseguir la ayuda del barquero Ur-shanabi, logra cruzar las aguas de la muerte y hablar con Uta-napishti.
En la tablilla undécima descubrimos la historia de Uta-napishti y el secreto de su inmortalidad.
El legendario personaje explica a Gilgamesh que en el pasado los dioses decidieron inundar la tierra y le dice que él tuvo mucha suerte, porque el astuto Ea le avisó con antelación de la inevitable catástrofe.
Ea le dijo:
«Oh, hombre de Shuruppak, hijo de Ubar-Tutu,
derriba la casa, y construye una barca.
Abandona la riqueza y busca la supervivencia.
Desdeña la propiedad, salva la vida.
Lleva a bordo de la barca semillas de todas las cosas
vivas.
La barca que construirás,
sus dimensiones serán todas iguales:
su longitud y su anchura serán las mismas,
cúbrela con un tejado, como el Océano Inferior».
Esa generosa advertencia y esos útiles consejos del dios Ea fueron los que permitieron a Uta-napishti y a su mujer librarse de perecer en el diluvio. Más tarde, cuando los dioses se dieron cuenta de que una pareja de humanos había sobrevivido al cataclismo, convocaron una asamblea para decidir lo que se debía hacer con ellos. En la tormentosa reunión, Enlil y Ea se cruzaron numerosos reproches y losargumentos volaron entre ellos como flechas de puntas afiladas. Al final, el dios Enlil transigió y otorgó la inmortalidad a Uta-napishti y a su mujer. Esa decisión, revela Uta-napishti, se produjo en un contexto excepcional y por eso no cree que se pueda repetir de nuevo.
«Pero tú ahora, ¿quién convocará para ti la asamblea de
los dioses,
para que puedas encontrar la vida que buscas?».
A pesar de todo, Uta-napishti reta a Gilgamesh a no dormir durante seis días y siete noches. Está seguro de que así Gilgamesh podrá comprobar fehacientemente que hay unos límites naturales que son insuperables para todos los seres humanos; unas fronteras con las que hay que aprender a convivir. Gilgamesh, animoso, intenta vencer el sueño durante una semana, pero, tal como Uta-napishti había previsto, fracasa sin remedio. Todo es inútil y Gilgamesh, derrotado y profundamente abatido, decide regresar a su hogar. Sin embargo, la mujer de Uta-napishti no quiere que Gilgamesh vuelva a Uruk con las manos vacías e insta a su marido a que le explique uno de los secretos de los dioses: la existencia de una planta que permite rejuvenecer a quien la come. El problema es que para encontrar y arrancar esa planta hay que superar una nueva prueba de resistencia y valor. A pesar de las dificultades, esta vez, Gilgamesh sí consigue alcanzar su meta, pero poco después, en un infortunado descuido, una serpiente le roba su tesoro. Ahora todas las esperanzas se han frustrado y lo único que Gilgamesh puede hacer es lamentarse amargamente y volver a la ciudad de Uruk donde, como está escrito en la primera tablilla;
«El que ha visto lo Profundo, los cimientos del país,
[que] conocía…, era sabio en todas las cosas.
[Gilgamesh, que] vio lo Profundo, los cimientos del
país,
[que] conocía…, era sabio en todas las cosas.
[Él] …en todas partes…
Y [aprendió] de todas las cosas la suma de la
sabiduría.
Vio lo que era secreto, descubrió lo que estaba oculto,
volvió a traer un relato de antes del Diluvio.
Recorrió un largo camino, estaba fatigado, halló la
paz,
y fijó todos sus trabajos en una tablilla de
piedra.
Construyó la muralla de Uruk la Cercada,
de la santa Eanna, el almacén sagrado».
Finalmente, como reflejan estas fragmentarias líneas delPoema, Gilgamesh escribe sobre piedra el relato de su dramática vida y construye una admirable muralla destinada a proteger la ciudad de Uruk. Esas obras son su legado y, gracias a ellas, el nombre de Gilgamesh ha conseguido perdurar en la memoria de los hombres y en la historia de la humanidad.
La mayoría de los expertos cree que la última tablilla delPoema de Gilgamesh—la doceava— no pertenece al relato babilonio original, sino a una narración sumeria tituladaGilgamesh y el inframundo.Lo cierto es que hay diferencias muy significativas entre esta tablilla y las anteriores. En el texto, entre otras cosas, se narra el encuentro de Gilgamesh con el espíritu de Enkidu. Los dos amigos mantienen una breve conversación y Gilgamesh descubre, con tristeza, que el mundo subterráneo en el que habitan los muertos es un abismo sombrío y desalentador.
***
Solo me resta añadir, para terminar esta introducción, queLa realidad recreadahunde sus raíces en el mismo suelo de inquietudes del que brotóLa realidad en cuestión. Las dos obras se alimentan de la misma tierra y comparten el mismo horizonte de preocupaciones. En verdad, sus ramas se entrelazan de una manera tan íntima que las hojas de un libro pueden hablar animadamente con las del otro sin necesidad de alzar la voz. Espero que algún día ese diálogo —esa espiral de susurros que ahora se mueve con parsimonia por las sendas de mi mente— se convierta en la fértil semilla de una nueva realidad o, mejor dicho, de una nueva recreación de la realidad.
1 Escrito en el barro
Las milenarias tablillas de arcilla en las que está escrita la epopeya de Gilgamesh son fascinantes y turbadoras. En ellas, cada una de las marcas o incisiones con forma de cuña, que hicieron talentosos y disciplinados escribas, es portadora de significado. Un significado que, curiosamente, emerge del vacío creado con la punta biselada del tallo de una planta. Para poder leer el poema en la versión original hay que ser un verdadero intérprete del vacío; hay que saber descifrar las formas impresas en el barro por unos ancestrales y desconocidos cultivadores de historias.
Hace muchos siglos, los escribas babilonios, armados con frágiles cálamos, crearon sobre pequeñas porciones de tierra húmeda un mundo inédito y, con cada una de las tablillas que se secaba al sol o se cocía en el horno, expandieron la realidad más allá de la materia. Se trata, sin duda, de un hecho decisivo y extraordinario.
El lenguaje oral permite teñir la realidad con significado y valor, pero la escritura, fijada en un soporte material resistente, hace posible que, además, los significados y los valores viajen en el tiempo. Por este motivo, leer elPoema de Gilgameshnos sitúa en un cosmos mental que, a pesar de emerger y depender de una estructura física transitoria, es irreductible a ella. Resulta asombroso, y parece casi increíble, que una serie de minúsculas hendiduras hechas en la arcilla hace miles de años, sean ahora las humildes cerraduras que nos permiten abrir las puertas que conducen a otra realidad. Pero así es. En esos caracteres cuneiformes impresos en barro vive la historia de Gilgamesh y, con ella, una realidad que no es tierra, ni agua, ni fuego, ni aire. Hablo, por supuesto, de un nuevo tipo de realidad; una realidad que, pese a no ser estrictamente material, forma parte intrínseca de nuestro mundo y le da sentido.
