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En un planeta devastado por los efectos del cambio climático, el androide N35-70R ha sido reparado por el misterioso Programa Supremo para emprender una nueva misión: regresar al desierto y buscar a los jóvenes que aún pueden ser salvados del ocaso de la Tierra. Junto a Persis y Cisco, sus leales compañeros, N35-70R recorrerá territorios hostiles, enfrentándose a peligros que no solo desafían su programación, sino también su entendimiento de lo que significa ser más que una máquina. Una emocionante aventura de ciencia ficción que combina inteligencia artificial, dilemas éticos y un vistazo al futuro de la humanidad. Nadie dijo que sería sencillo salvar al mundo de su ruina.
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Seitenzahl: 231
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© La rebelión del Metántropo - Novela inspirada libremente en Karn Evil 9 (1ª, 2ª y 3ª Impresiones) del disco Brain Salad Surgery de Emerson, Lake & Palmer (1973)
Sello: Soyuz
Primera edición digital: Diciembre 2024
© Iván ävila Pérez
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: José Canales
Corrección de textos: Gonzalo León
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-59-9
ISBN digital: 978-956-6386-85-8
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
Novela inspirada libremente en Karn Evil 9 (1ª, 2ª y 3ª Impresiones) del disco Brain Salad Surgery de Emerson, Lake & Palmer (1973)
Lo que llevó al Consejo Mundial de Ciencias Robóticas a la creación del Programa Supremo, fue la necesidad de unificar en un código y formato universal, todas las directrices instaladas en los discos de arranque y memorias básicas del sistema operativo de cada androide funcional en el planeta.
Si bien todas las compañías que los construían respetaban los protocolos que inhibían cualquier agresión en contra de un ser humano, restringían la capacidad de las inteligencias artificiales para adquirir conciencia propia e impedían que se repararan a sí mismos, cada una lo hacía bajo sus propios parámetros de programación, no todos ellos eficientes y confiables. Eso provocó algunos incidentes muy graves que el Consejo Mundial de Ciencias Robóticas logró ocultar del público, a pesar de que los grupos extremistas que rechazaban la creación de inteligencias artificiales y la interacción entre androides y humanos intentaron difundirlos por todos los medios posibles.
El 12 de marzo de 2104, después de un largo proceso de debates y tensos acuerdos, el Consejo oficializó los protocolos encarnados en estrictos códigos que debían regir a cada androide activado y a la nueva generación que saldría al mercado, los Metántropos. Se trataba de máquinas que representaban el punto más alto en las mejoras y avances que los fabricantes habían logrado tanto en su funcionamiento, detallada programación, capacidad de aprendizaje, mecanismos de alta gama y aspecto humanoide.
Sin embargo, desde mucho antes miles de hombres y mujeres, los mejores en sus áreas teóricas y técnicas, dieron forma a esas directrices mediante la creación de los códigos que acumularon en un solo gran programa conectado con cada rincón de la Tierra donde hubiera electricidad, una intrared o al menos, una señal radial de onda corta.
Por una década, los Mnemoprogramadores Luiz “Luizao” Coimbra Da Silva, Farida Rahayu y Bamidele Okoro encabezaron los equipos de trabajo más selectos, secretos y especializados que habían dado forma al Programa Supremo. Conocían en profundidad los alcances el proyecto, incluso sus posibles derivaciones negativas una vez que entrara en funcionamiento y, por eso, enfrentaban a una gran disyuntiva que los llenaba de inquietudes y conflictos ante el inminente inicio de las operaciones del Programa Supremo.
Los tres estaban frente a la pantalla de plasma, en un minúsculo espacio rodeado por gigantescos procesadores, miles de memorias auxiliares, torres de enfriamiento, centenas de kilómetros de cables, pantallas y proyectores holográficos, ubicados en la instalación subterránea que el Consejo había construido en el corazón del desierto de Gobi. Después de todos esos años de trabajo y de la orden emanada por los Directores de poner en funcionamiento el Programa, ellos permanecían sentados, con la mirada fija en el cursor amarillo que pestañeaba al final de la sentencia “Yes/No” en la última columna de la pantalla negra.
—Sabemos lo que va a ocurrir, ¿verdad? —dijo Luizao, sombrío.
—Es una probabilidad, no una certidumbre —replicó Okoro, con cierta displicencia.
—Pero es una derivación capaz de crear una suprainteligencia, si se presentan las condiciones adecuadas—. Coimbra no dejaba de sobarse las manos con nerviosismo.
—Somos un engranaje más en esta tremenda maquinaria. Lo que pase después de poner en funcionamiento al Programa Supremo, no es nuestro problema —sentenció Farida—. Además, si los pronósticos se cumplen, en unos años más nuestros hijos y nietos estarán seguros al interior de uno de los refugios en donde van a salvarse de la crisis ambiental y estas máquinas son las que los llevarán ahí y las que se encargarán de que la especie humana perviva. Para eso lo creamos, entonces ¿qué importan algunas externalidades negativas?
—Farida, los tres sabemos la verdad detrás de todas esas supuestas buenas intenciones del Consejo, pero… —Luizao suspiró profundamente—. Lo que hemos creado acá puede ir más allá de cualquier comportamiento artificial que hayamos imaginado y ni nosotros ni el Consejo podremos controlarlo.
—Estás especulando. —La doctora Rahayu miró la pantalla y quiso extender la mano para clicar la “Y” en el teclado, mas no lo hizo. Bamidele lo intuyó y quiso concretar la acción, pero se contuvo, sin atreverse a ahondar en las emociones que se lo impidieron. Luizao tampoco deseaba poner en marcha el programa, pero si no era él, Okoro o Farida, el Consejo enviaría a alguien que no tuviera sus contradicciones y, sin dudas, este comenzaría a operar. Por eso fue que acercó la silla al escritorio, provocando un chirrido súbitamente estremecedor con las ruedas plásticas. Una exhalación larga y tensa le puso la mente en blanco. Entonces presionó la tecla ubicada debajo de los números 6 y 7.
Los procesadores y el sistema de enfriamiento comenzaron a emitir zumbidos en diferentes tonos, mientras que las pequeñas luces parpadeantes se multiplicaron en el salón que se extendía a sus espaldas. Los sonidos se tornaron ensordecedores hasta que repentinamente, disminuyeron su intensidad, convirtiéndose en una especie de ruido blanco.
La pantalla se apagó por unos segundos, petrificándolos en sus asientos. Segundos después, aparecieron en ella una serie de sentencias en letras amarillentas y titilantes.
—Está hecho —murmuró Coimbra, con una indescifrable sensación de pesar.
INICIANDO SECUENCIA DE FUNCIONES BÁSICAS
…
INSTALANDO DIRECTIVAS
…
FUNCIONES BÁSICAS Y DIRECTIVAS ACTIVADAS
…
SISTEMAS PRIMARIOS ACTIVADOS
…
SISTEMAS SECUNDARIOS ACTIVADOS
…
INICIO DE SECUENCIA DE HOMOLOGACIÓN DE PROTOCOLOS DE COMPORTAMIENTO
…
PROGRAMA SUPREMO INICIADO
RP7-WL1 miró fijamente a Miqala que apenas se sostenía sobre sus muletas. A la pequeña, de unos diez años, le temblaba la mandíbula y tenía los ojos fraccionados por el llanto que no pudo contener. El Metántropo, ese imponente androide de dos metros de estatura, facciones inamovibles, parcialmente humanizadas, cuerpo estilizado, y conformado por piezas de polímero gris opacado por el polvo y levemente deformado por algunas abolladuras, utilizó nuevamente sus escáneres para analizar cada uno de los órganos de la muchacha, obedeciendo a la solicitud de sus padres. Entonces procesó nuevamente la información que absorbía para llegar a la misma conclusión que obtuvo un par de días atrás.
—No hay cambios en su estatus. Ella no puede viajar con nosotros —concluyó el robot, emitiendo la sentencia con esa voz atonal y fría que emergía desde su pecho, ya que el pliegue angular que simulaba una boca en su rostro no era más que un elemento decorativo para dotarlo de características, si no amigables, al menos medianamente humanas.
—Pero debe haber algo que puedas hacer con toda tu tecnología, algo que otras máquinas como tú puedan hacer en ese refugio al que vas con los demás niños —tartamudeó Samrar, mientras sentía las manos desfallecientes de Mireia atenazadas a su cintura.
—Ya les informé que Miqala padece de osteoartrosis y artritis congénitas, patologías degenerativas que afectarán gravemente sus articulaciones y músculos en pocos años: primero limitando y luego impidiendo su movilidad, por lo que no es apta para el viaje ni para desarrollar las funciones que se requerirán al interior del búnker.
—Pero en ese lugar debe haber médicos, científicos. Ellos deben tener una solución para lo que le pasa a mi niña —sollozó Mireia.
—No hay cambios en mis directivas ni en mi metadata que permitan confirmar ese supuesto y, al no disponer de esa información, es inviable llevarla con nosotros, por el bien de la mayoría operativa seleccionada de acuerdo a los parámetros establecidos por el Programa Supremo.
El autómata se quedó mirando a la familia con sus lentes refulgentes e insensibles, contrastando con el polvo que maculaba las piezas que conformaban su estructura antropomorfa. Los cinco niños de la tribu, que estaban a bordo de la carreta tirada por burros de pelaje largo y apelmazado, se mantuvieron en silencio. La lógica del Metántropo era gélida e irrevocable.
—Pero yo quiero ir —sollozó Miqala.
RP7 no volvió a hablar. Dio media vuelta y se dirigió a la caravana que comenzaría el viaje hacia lo desconocido y los peligros que niños y jóvenes debería enfrentar en el camino hacia los refugios: las salvajes tribus de Chacales, Carroñeros y Chatarreros, las tormentas de arena, sismos devastadores, aludes imprevisibles, el calor sofocante, la implacable radiación solar en el día y el intenso frío de la noche.
El autómata se detuvo cuando las manos de Mireia rodearon su cintura.
—¡Llévala, por favor! ¡Sálvala! —clamó.
Samrar y Karel se esforzaron por separarla de RP7-WL1 que se mantuvo imperturbable. La mujer, desesperada, se arrodilló, con las lágrimas convirtiéndose en lodo sobre sus mejillas mientras el sol se escondía más allá de la planicie: de las construcciones chatas del caserío, de los árboles entecos y de los cultivos que, a duras penas, sobrevivían dentro de los invernaderos hechos con maderos secos y apolillados, y retazos de telas y plásticos quebradizos.
Miqala se quedó mirando el horizonte mientras las estrellas se multiplicaban en el cielo y el frío se apoderaba de la planicie. No entendía las razones por las que el Metántropo había sepultado su esperanza de unirse al peregrinaje que la hubiera llevado a un lugar que, en su mente, veía como el paraíso que sus padres describían, basados en los resabios de la antigua religión que sus antepasados habían practicado mucho antes del colapso climático que había enfermado al planeta y que llevaba, lentamente, a la humanidad a su muerte.
—Vamos, hija —le dijo Samrar, en voz baja, rodeándole los hombros.
—¿Qué vamos a hacer, papá? —susurró la muchacha.
—No voy a dejar que esa enfermedad te carcoma, Miqala. Vamos a inventar algo para que tu vida mejore, aunque estemos en este infierno. Pero no nos vamos a rendir, ¿está claro?
Ella asintió, aunque la mirada que buscaba complicidad era para Karel, que comprendía la angustia de su mejor amigo en medio del desastre, intentando ordenar las ideas que contrastaban con en el aire frío de la pampa, tratando de adivinar cómo podía hacer realidad la promesa de Samrar.
—Vayan a acompañar a Mireia —musitó Karel—. Está muy triste y necesita que la consuelen.
—Tienes razón —afirmó Samrar, volviéndose a su hija—. Sonríe, Miqala, y piensa que el futuro no está escrito, lo hacemos nosotros, con nuestras acciones, cada día que nos toca vivir.
El rugido del viento que se levantó del noreste acompañó sus pasos hacia la cabaña apenas signada por la luz vaga de una vela que se filtraba por las rendijas de una de las pequeñas ventanas de la isba, proyectando la misma tristeza que Mireia sintió después de la partida de RP7-WL1 y la negativa de salvar a Miqala.
Todos los sistemas operativos de N35-70R estaban en reposo. Ningún estímulo interrumpía la quietud que se apoderó de cada una de las extensiones de su organismo artificial, más allá de sus memorias, metadata y compuertas lógicas, protegidas en lo más profundo de los billones de chips y circuitos, kilométricos cables, centenas de puertos, conectores, nodos y transmisores que formaban parte de sus mecanismos y cerebro positrónico. Podía detectar cada una de las terminaciones sintéticas que recorrían su estructura, los archivos guardados en sus discos duros, memorias secundarias y nodos de almacenamiento, pero era imposible acceder a ellos.
Dedujo que era reparado por Anacros después de los daños que había sufrido en el combate contra Ugur, el furibundo líder de los Siete Zorros que los alcanzó después de varios días de persecución, buscando vengarse de Satai por un conflicto acaecido muchos años atrás.
Ugur había destrozado buena parte de su estructura al arrollarlo con un aeromotor, pero eso no detuvo el avance del Metántropo hacia la plataforma de despegue, a la que llegó a duras penas junto a Satai, el joven y valiente Lobo, la pequeña Kuyén y Persis, la guerrera de la Atalaya que se les unió en esa odisea.
Poco después, vio partir al Lobo y a Kuyén hacia Próxima Centauri, para ser parte de la flamante y purificada civilización que el Programa Supremo planificó para ellos y para millones de niños y adolescentes, en aquel distante sol que él vio estampado en el cielo nocturno como una minúscula luz titilante antes de ingresar al taller para ser refaccionado.
Repentinos impulsos eléctricos confirmaron sus tempranas conclusiones, pero además Anacros, como se autodenominó el Programa Supremo al adquirir conciencia propia, estaba recabando la información de sus sistemas. No había nada de extraño en eso, pues era parte de los protocolos establecidos, pero sí le pareció inusual la forma en que operaba. N35 sospechó que intentaba extraer otro tipo de información que él no podía definir.
También supo que una nueva pieza había sido ensamblada en su interior, una que, dedujo, era muy peligrosa y que, incluso, podía significar el fin de su vida útil si llegaba a activarse. Lo comprendió al ingresar a la metadata del minúsculo aparato escondido como un tesoro maldito en lo más hondo de su cuerpo humanoide, y fue esa alarma la que le hizo actuar de una forma que hasta a él mismo le sorprendió al sentirse amenazado por el Programa Supremo. La búsqueda y la recopilación de información no era unilateral, así que usó los mismos enlaces con que Anacros penetró su memoria para ir en sentido contrario.
Esa acción lo llevó a encontrar algo más sorprendente en esos estímulos sin sincronía ni diacronía, que analizó en su memoria básica para llegar a la conclusión de que había otra inteligencia artificial que navegaba en su interior, y eso sí que no correspondía a los protocolos que signaban el comportamiento de los Metántropos.
El lunes 3 de mayo del año 2123, el Programa Supremo activó la directriz C:1203390K/HB-R/439 instalada en el hardware de cada Metántropo funcional en el planeta. Era el momento de embarcar a las personas que habían sido seleccionadas por el Consejo Mundial de Ciencias Robóticas para dirigirlas a las plataformas de despegue construidas secretamente en los más recónditos puntos del planeta, para trasladar a Próxima Centauri, a todos aquellos científicos, académicos, técnicos, expertos, sus familias y otros pocos escogidos, que levantarían una nueva sociedad en el planeta habitable más cercano de la galaxia para salvar a la especie humana con todos sus conocimientos, de su extinción a causa de la crisis irreversible que la contaminación había provocado en la Tierra, condenándola a agonizar a causa del colapso ambiental que consumió buena parte de la atmósfera, propiciando que las temperaturas fueran extremadamente bajas en las noches, que la radiación llegara a niveles casi mortales durante el día y que las llamaradas solares destruyeran casi todas las tecnologías inalámbricas y eléctricas existentes. A eso se sumaba el alza sostenida en el nivel de los océanos, sismos devastadores, tornados, huracanes, maremotos, ventiscas, nevadas, tormentas de arena, aludes, trombas y los peligrosos niveles de toxicidad en el agua y la tierra que apenas sostenían la vida en el planeta.
Mucho antes de desatarse el desastre global, el Programa Supremo ya había descifrado la ecuación de Alcubierre que, en la práctica, posibilitó la fabricación de motores que utilizaban la energía negativa para permitir la propulsión por distorsión mediante la contracción del espacio-tiempo, para que las naves que los mismos androides habían construido saltaran de un lugar a otro de la galaxia en tan solo un par de años.
Pero Anacros tenía planes distintos a los de sus creadores.
Unos pocos elegidos por el Consejo, aprobados por el Programa Supremo, lograron llegar a los refugios para ser enviados al sistema solar vecino, al único planeta habitable conocido. Los demás transportes fueron derribados deliberadamente por la inteligencia artificial que había deducido que, para crear una nueva civilización, no se requería de personas seleccionadas por una élite contaminada por centenarias y fracasadas construcciones culturales, filosóficas, sociales, políticas y religiosas que, en algún momento del futuro, derivarían en la repetición de los mismos errores que provocaron el colapso de la Tierra. En su lugar, Anacros concluyó que la proyección de la especie estaba en los niños y jóvenes capaces de sobrevivir a las implacables condiciones climáticas del planeta, con su carácter forjado en ese nuevo y apocalíptico contexto. Los que lograran sobrevivir a la travesía que los llevaba a las plataformas escondidas en los más inaccesibles puntos del planeta, viajarían hacia ese nuevo mundo, donde los aguardaban Metántropos específicamente preparados para dirigirlos de forma racional y lógica, sin la carga de la historia y los errores que provocaron el inexorable fin de la vida en la Tierra.
Anacros esperó que los efectos de la crisis que estaba consumiendo al planeta y la misma evolución seleccionaran a los más aptos que serían llevados por los androides hacia las plataformas. Muchos de esos robots quedaron, deliberadamente y por varias décadas, en estado de suspensión, y se reactivaron poco a poco para recorrer cada rincón inhóspito de la geografía del mundo devastado, con la misión prioritaria de encontrar, identificar y analizar a aquellos sujetos que cumplieran con los parámetros establecidos por el Programa Supremo.
N35-70R era uno de esos miles de Metántropos que se reactivaron después la puesta en marcha del comando, pero no fue causa de los planes de Anacros. Las lagunas en su sistema operativo eran producto de sucesivos maremotos y el consecuente aumento en el nivel del mar que lo mantuvieron sepultado en el talud, ajeno a todo lo que ocurría en la superficie, hasta que, por casualidad, el Lobo y Kuyén lo encontraron y, con la ayuda del viejo Satai, lo llevaron a la superficie, en donde recargó sus baterías solares y se reactivó 43 años después de la ejecución de la directriz C:1203390K/HB-R/439.
Habían transcurrido poco más de dos semanas desde el despegue del transbordador interestelar que se llevó a Kuyén y al Lobo, junto a cientos de niños y jóvenes en estado criogénico, a Próxima Centauri, casi la misma cantidad de tiempo que Persis y Cisco esperaron para que Néstor fuera totalmente refaccionado.
Ambos habían visto llegar a otros androides, acompañados por grupos de entre dos y hasta quince muchachos a quienes los autómatas les explicaron lo mismo que ellos ya sabían, para que comprendieran por qué fueron elegidos y cuál sería su misión más allá del Sistema Solar. Eran momentos de distracción que los alejaban de la inusual ansiedad que provocaba el dilatado regreso de N35-70R de la delicada intervención que aplicaban a sus mecanismos, que resultaron muy dañados por los enfrentamientos y el viaje que los llevó a la plataforma de despegue emplazada en las montañas que circundaban Laguna Verde. También estuvieron encerrados dentro del hangar por largas horas, cuando un par de tormentas de arena azotó el valle y las montañas, pero la ansiedad de volver a ver a Néstor era superior a aquellos acontecimientos. Ambos pensaban que, una vez que el androide recuperara su operatividad, regresarían al desierto para ir por los muchachos que vivían en la Atalaya, desde donde provenía Persis, y el Pueblo del Ancla, el hogar que añoraba Cisco. Ninguno de ellos sabía cuántas naves quedaban en el búnker ni cuánto faltaba para que el planeta pereciera, ni menos cuántos androides y caravanas no llegaban a su destino, a pesar de la insistencia con que buscaron extraer esa información de los Metántropos con quienes más se comunicaban, O24-18G, N12-20A y T16-Q68.
Aun así, conservaban la esperanza de continuar rescatando a otros para que se salvaran del desastre global que, año a año, se hacía más tangible y amenazador, sin saber si los viajes a través del cosmos tenían el éxito que Anacros concebía en sus fríos e inconmensurables cálculos. Mantenían esa ilusión para justificar el peregrinaje que los había llevado hasta Laguna Verde: los dolores, las penas y las muertes que marcaron esa aventura tan intempestiva como necesaria que se llevó la vida de Satai, el anciano que por casi dos décadas sacó adelante al Lobo y Kuyén, contra todo pronóstico, convirtiendo el gigantesco carguero varado en hogar, escuela, refugio y fortaleza, mientras Cisco y Persis preparaban los aeromotores y sus pertrechos para regresar al norte y cumplir con el designio de rescatar a quienes fueran aptos para el viaje.
El Chatarrero Cisco y la Gitana Persis habían sanado de las heridas que recibieron luego de ser atacados por Ugur; la tecnología de los robots contribuyó a que la recuperación fuera mucho más rápida. Los androides les entregaron uniformes confeccionadas con materiales muy flexibles, resistentes a temperaturas extremas y a la radiación, así como municiones para sus armas, pero se negaron a darles los dispositivos más avanzados que tenían.
—Sabemos que existen tribus y personas demasiado ambiciosas y peligrosas que pueden poner en riesgo nuestra misión —argumentó Anacros, todavía ocupando a un oxidado y obsoleto Metántropo de primera generación para contener su memoria—. No podemos arriesgarnos a que nuestra tecnología caiga en manos equivocadas. Ustedes han sido los primeros humanos mayores de edad que han llegado a esta plataforma. Su comportamiento ha sido elogiable y sé que mantendrán en reserva mis tareas prioritarias, pues han entendido por qué debo ser tan cauto con la ubicación de los hangares y las razones para que los Metántropos traigan hasta acá solo a niños y jóvenes aptos para desarrollarse y forjar una nueva civilización en Próxima Centauri. A pesar de ello, ustedes representan un peligro para mi plan. De hecho, no debiera dejarlos salir de Laguna Verde, pero mis directrices me impiden ejecutar esa acción. Por lo mismo, solo les puedo exigir que, al momento de regresar a sus respectivos pueblos, se queden ahí y permitan que N35-70R cumpla su misión sin interferencia humana, como siempre debió haber sido y, sobre todo, no compartan con nadie la ubicación de esta plataforma. Eso puede desencadenar una serie de consecuencias que solo perjudicarán a los menores de edad que preservarán la especie.
—Tú sabes que Néstor no hubiera llegado hasta acá sin nuestra ayuda y que esos niños hubieran muerto de frío, de sed o hambre, perdidos o solos en medio de las montañas —espetó Persis.
—Eso es algo que no puedo ni deseo controlar —respondió Anacros—. Durante los últimos años, muchos Metántropos han sido destruidos por los humanos, los eventos geológicos o han dejado de operar por el desgaste de sus mecanismos y así debe ser. De hecho, inevitablemente N35-70R correrá el mismo destino, aunque aplique en él todas las nuevas tecnologías que he creado para enfrentar el escenario hostil y cambiante que representa este planeta. Por otra parte, ustedes ya comprendieron que los niños y jóvenes elegidos bajo mis prerrogativas, serán los sujetos que preservarán la especie humana en Próxima Centauri. Esa es una determinación invariable y, por lo mismo, no es aceptable que los humanos intervengan en las tareas que les he encomendado a los Metántropos.
—Pero nosotros no somos máquinas, ¿sabe? No podemos ser tan fríos como… usted —se quejó Cisco.
—Ese es el punto. Fueron los mismos humanos los que pusieron en mis manos la preservación de la especie, y eso es lo que estoy haciendo.
Cisco, malhumorado, quiso replicar, pero Persis lo contuvo. Comprendía que la lógica de la inteligencia artificial era irrebatible.
Aquella mañana, Néstor caminó a través del hangar hasta detenerse frente a ellos, sosteniendo en una de sus manos una delgada cuerda de cuero curtido. Ambos lo observaron pues su antigua carcasa había sido reemplazada por piezas de un polímero opaco, colorado de tonos cafés y amarillos para ayudarlo a camuflarse en el desierto. Sus lentes ya no eran tan brillantes y se le había implementado un dispositivo RFID, que permitía mapear detalladamente el entorno gracias a diferentes sonares y un sistema de georreferencia que integraba todos sus sensores de calor, CO2 y movimiento.
—Se los dije. Ellos lo reparan todo… O casi todo —sentenció con la misma voz atonal y genérica con que lo habían conocido. A Persis, esa declaración le pareció un chiste, pero antes de esbozar una sonrisa, entendió que aquello era una interpretación personal, pues los autómatas no bromeaban.
—¿Estás listo para partir? —le preguntó Persis a Néstor.
—No todavía. Necesito que me facilites a Jojoy —respondió el androide.
Persis no esperaba que el robot recordara ni menos que pidiera de vuelta el juguete que Kuyén le legó. Ella registró el talego que pendía de su cadera, desde donde sacó el conejo de peluche que fue el mejor amigo imaginario de la pequeña y que Persis había limpiado y zurcido con paciencia y cariño para conservarlo en mejores condiciones. Néstor lo cogió delicadamente y usó la reata para atarlo a su cintura y, si bien todos se quedaron observando sus movimientos, nadie se atrevió a decir nada.
—Espero que esta vez no deban enfrentar los obstáculos, los riesgos y las vicisitudes del viaje que los trajo hasta acá, aunque sé que eso es inevitable —acotó Anacros—. Y también espero que hagan caso de mis palabras y permanezcan en sus lugares de origen.
Persis sonrió con desgano, cubriéndose el rostro con la nicab—. Néstor volverá dentro de pocos soles con esos muchachos.
N35-70R aceleró la máquina, abordando el salar desplegado frente a las montañas, mientras el sol se desplazaba hacia el oeste a través del cielo perfectamente despejado. Con el cuerpo cubierto en su totalidad por el avanzado traje que le dieron los Metántropos, Persis pensaba con cierta alegría acerca de lo agradable que era viajar durante el día, sin temor a ser afectados por la radiación, atacados por jaurías de dingos y zorros salvajes o asaltados por Chatarreros o Chacales que, de seguro, los verían pasar con asombro, desde los escondites en la tierra, los cerros y los poblados casi en ruinas, atacados por la radiación, preguntándose qué clase de magníficos seres eran ellos. Tampoco dejaba de pensar en Kuyén, la niña que, en pocos días, había adoptado en lugar del recién nacido que había perdido hacía muchas jornadas, cuando todavía era una adolescente, despertando en ella emociones maternales que solo había perfilado en sus recuerdos más íntimos. Pero además de reencontrarse con la Sabia Zul para contarle que la odisea que vivió había valida la pena, que los niños y jóvenes de la Atalaya tenían la certeza de sobrevivir al dolor y la agonía de la Tierra.
Una hora más tarde, arribaron a Pedernales. Era probable que la Lanmò Batacolé, la nominación que le daban a esas devastadoras tormentas de arena que arrasaban con todo a su paso, se hubiera llevado el pequeño hito que habían instalado sobre la tumba de Satai, junto a los restos del gigantesco avión que los había cobijado del vendaval después del fatal enfrentamiento con Ugur. Aun así, el montículo que marcaba la sepultura del anciano era perfectamente visible bajo la luz del sol.
Los tres rodearon el sepulcro en silencio. Persis no podía dejar de pensar en cómo Satai se había convertido de un joven y salvaje Chacal en un anciano bonachón dispuesto a entregar la vida por los jóvenes que escogió proteger, aun estando gravemente enfermo.
—¿Qué piensas de él? —preguntó Persis, luego del momento de recogimiento.
—No pienso en él ni lo recuerdo. Más bien, he procesado y adaptado a mi programación toda la información de utilidad que me proporcionó para actualizar y mejorar mis respuestas y reacciones —respondió N35.
—¿Asesinar a Ugur también mejoró tus respuestas? —dijo Cisco, observando el lugar donde vio por última vez el cadáver de Ugur, sin saber si fue sepultado por las tormentas o arrastrado y devorado por perros y zorros salvajes.
—No lo maté. Solo lo contuve, porque representaba un riesgo inminente para la misión y sus vidas.
—Pero sabías lo que la Lanmò haría con él —insistió Cisco.
