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Emocionante y profunda novela de descubrimiento de un autor de sensibilidad exacerbada. La llegada de un desconocido a la pensión Green Harp Hostel en Falcarragh, Irlanda, desatará una oleada de recuerdos en su propietaria, Fidelis Mundy. La vida y los escollos de Fidelis nos servirán de hilo conductor a la hora de conocer a un personaje fascinante con una personalidad arrebatadora. Una historia de mitología, leyendas, bucles temporales, desamor y memoria en la que nada es lo que parece.
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Seitenzahl: 430
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Daniel Sarasola
Saga
La reina de Falcarragh
Copyright © 2019, 2022 Daniel Sarasola and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728396223
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
Esta historia está dedicada especialmente a dos amigos muy queridos que a lo largo de los años me han distinguido con su amistad:
A Deirdre Learmont, siempre inteligente, generosa y deliciosamente imprevisible, divertida y plural.
A Mícheál Tierney, generoso y solidario, curioso de otras culturas y amante de las lenguas.
Ambos se han esforzado en mantener el contacto conmigo durante más de veinte años desde que abandoné Irlanda. Y me han ayudado a conocerla y quererla, compartiendo conmigo experiencias inolvidables.
Y también para Bridge y Ciàran Tierney,
para Joe Wall y Céline,
para Francis McCafferty y Ophelia Byrne,
para Shane MacGrath y Amanda McIntosh,
para Eunice y Gerry McKewon,
para Sophie Guillemont,
para Carmel Ní Bhriain,
para Dorothy Ní Vigín,
para David Décharte.
Y también para Régis.
Para Deirdre Learmont y Carmel Ní Bhriain, que me
hicieron redescubrir ese Donegal que ya había descrito.
Facarragh, finales de julio de 2005
El viajero cruzó el umbral de madera de roble y observó el vestíbulo atestado de maceteros de terracota y flores de plástico en colores chillones. Resbaló la mirada por ocasos idílicos, playas gigantescas de arena blanca, olas verde esmeralda rompiendo en arrecifes solitarios. Las paredes, empapeladas de calendarios, vendían una imagen demasiado virginal de la verde Irlanda. El viajero echó un vistazo al tosco mostrador forrado en plástico granate de la recepción. La imagen de una mujer enjuta y bajita se recortó entonces en el umbral de la puerta del vestíbulo. El hombre observó su cabello ceniciento cortado a lo chico amarilleando en torno a las orejas, el flequilllo casi sólido, bajo el gorrito de lana tricolor que le cubría el cráneo como un solideo papal. No pudo sustraerse al embrujo ocre de sus ojos grises en un duro rostro de calavera emergente, hendido por los surcos del tiempo.
—¿Qué va a ser? —Su voz fluyó como el gorgoteo del agua llenando un cántaro hueco.
—¿Es usted Fidelis?
Aquel nombre arrancó un frunce de labios inesperado que la mujer se apresuró a desterrar restaurando un gesto adusto y pétreo.
—No. Ella está sirviendo en el bar ¿Qué se le ofrece?
—Creo que tengo una habitación reservada para esta noche.
—Dirá usted una litera. Aquí las habitaciones son compartidas, soltó ella sin mirarlo siquiera antes de sumergirse en un cuaderno de cantos gastados con guardas de cartón. El tipo se deshizo de la mochila y esperó. Un chaleco a rayas aplastaba los senos lacios de ella detenidos a la altura del ombligo bajo un grueso jersey de cuello vuelto.
—Me dijeron por teléfono que había poca gente. Que por esta noche me meterían en una para mí solo.
—Razón no le falta. Aquí está apuntado. Pero tendrá que averiguar cuál queda libre. Fidelis o Anton se lo harán saber.
—¿Y cómo doy con ellos?
—Por esa puerta de la derecha. Fidelis acostumbra a estar sirviendo tras la barra. Ya le digo, no tiene pérdida.
—Fidelis, supongo.
—La misma que viste y calza. Veo que se ha tomado usted el desvelo de indagar.
—Un alma caritativa me puso al corriente.
—La vieja Annie. Siempre la misma correveydile.
La tal Fidelis resplandecía ahora en una sonrisa inimitable, la cabeza inclinada con sorna hacia el hombro derecho.
—Tenía razón su madre cuando dijo que era usted inconfundible.
—¿Mi madre? Me temo que exagera los lazos que nos unen. Bien se ve que no es usted de por aquí.
La voz de Fidelis desembocó en una sorda risotada que se escurrió entre dientes antes de alcanzar la apoteosis. Iba a decirle al viajero la verdad, cuando uno de aquellos beodos que cabeceaban doblados sobre sus pintas se incorporó, asió a la mujer por la muñeca y la zarandeó con violencia mascullando algo obsceno. A Fidelis no le gustaban los tiempos muertos ni estaba acostumbrada a esperar refuerzos. Tan pronto sintió la zarpa del tipo apresando su mano derecha, le volvió a sentar de una bofetada. Luego vertió el resto de la pinta en su coronilla.
—Decía que no es mi madre sino una amiga de toda la vida y usted el que hizo la reserva por teléfono. Imagino que quiere saber cuál es la habitación —dijo, sacándose una llave del bolsillo.
El viajero tomó la llave de sus manos, como si de una reliquia se tratara, rezagando sus dedos en la palma abierta de ella. Fidelis volvió a iluminar su cara con una sonrisa franca y límpida.
—Disponga de la 24 como si fuera una sencilla. Hasta que el sol no caliente un poco, nadie se dejará caer por aquí.
La cola de caballo pelirroja se estremeció en el aire acariciando un hombro desnudo de Fidelis que se arrebujaba ahora con coquetería en su blusón verde hierba.
—Es la primera puerta del segundo piso, según se entra por el corredor a mano izquerda. La llave hay que girarla en sentido contrario al de las agujas del reloj. Supongo que sabrá usted meterla.
Falcarragh, agosto de 2005
—No quiero parecerte banal. Pero me gustaría saber tu nombre.
—Digamos que me llamo Lazslo.
—Prometo creérmelo de momento.
El cuerpo de Fidelis se hurtó con limpieza a una promesa de caricia. La mano del viajero quedó semiextendida en el vacío, desairada y sin objeto. Tras la cabriola que la había conducido a rebuscar en el armario algo con lo que ocultar su carne a los ojos del tal Lazslo, llegó el mutismo, la cortina de hielo para frenar preguntas. Ya había tenido suficiente con responder a las más inevitables. Nada de recuerdos, el pasado debía quedar atrás.
—Perdona la precipitación pero tengo que bajar a echar una mano a Anton con el pub. Siempre hay algún idiota que aprovecha mi ausencia para robar a un chico de dieciséis años.
—¿Robar? No tenéis trazas de nadar en dólares ninguno de los dos.
—Me refiero a ahuecar el ala sin pagar la pinta. A la tercera pierden de improviso la memoria. Es preciso un testigo mudo con- sagrado por entero a llevar la cuenta para refrescársela cuando se tercie.
—Pues el chico no tiene cara de indefenso.
—No lo es, créeme. Pero cuando está solo, la barra se llena de babosos que se confabulan con un guiño en un ataque de sed repentina. Y se ponen a pedir a la vez para aturullar y ganar tragos de extranjis.
—Ya. Tu papel es crucial.
Fidelis se congeló un segundo justo en el marco de la puerta. La túnica de cuello vuelto alisaba contornos, dejando un rastro de pliegues de lana nervuda color marengo, alimentaba el halo amarillento de sus ojos.
—¿Sí?
—Si quieres un bocado, cenamos a las siete...
Fidelis cerró la puerta muy despacio al salir y bajó la escalera con un temblor nuevo entre los pechos. Por unos instantes, un canturreo pianísimo afloró a sus labios
Blanca montaña, nieve severa,
la belleza de Fidelis en el mar reverbera.
Nube de lluvia, amago de ventisca,
de sus ojos la galerna
y el deshielo de su risa.
Cruzas el umbral de la cocina y te topas con el pasado, agazapado en algún pliegue del aire que desplazas. Sobre el fregadero, el cristal empañado de la ventana te devuelve ahora una imagen más atolondrada de ti misma. Dejas que tus párpados se deslicen hacia abajo muy despacio a medida que tus pies se detienen. El aire se espesa voluptuoso en derredor tuyo e impide que tu cuerpo avance. Permites que tu pulso se mitigue y que tu respiración se haga clandestina. I am who I am. Ese ha sido tu lema durante años. Llegas al vestíbulo y observas a la vieja Annie garabateando en el cuaderno de cantos gastados.
—Vas a dejarte la vista entre esas páginas amarillentas.
—Y tú el corazón hecho jirones en brazos de ese extranjero buscavidas.
Lo ha dicho sin levantar cabeza del libro de cuentas. Sonríes generosa y te acercas al mostrador. Besas en la frente a la mujer y te diriges a la puerta del pub.
—Escucha lo que te digo, niña. Te dejará como los otros.
—Amar a alguien significa hacerle libre.
—Te dejará como los otros y de nada te valdrán filosofías.
Entonces te vuelves hacia ella y sonríes de nuevo. Ahora levanta la vista del cuaderno de cantos gastados y te escruta con una mirada serena pero indagadora. Sus pupilas permanecen inmóviles, diminutas tras los cristales de los anteojos que cabalgan la nariz ganchuda. Hay una sombra tenue de duda enturbiando aquellos ojos.
—Si me deja, él se lo pierde —le dices con tu mejor sonrisa mientras te apoyas sobre la puerta con las manos a la espalda asiendo el pomo.
—Mira que te noto bien entretenida en sus carantoñas —responde ella.
Sabes que tiene razón pero siempre calibra mal tu resistencia. No se lo vas a repetir por enésima vez. No sientes necesidad alguna de hacerlo.
—Su presencia me alegra el día —aseguras.
—Sólo espero que su ausencia no te lo malogre —replica ella muy despacio.
—Estoy acostumbrada —sentencias con la misma solemnidad. Pero sin borrar del todo la sonrisa de tus labios. Luego abres la puerta muy despacio y entras directamente tras la barra. Observas el humo fluyendo de algunas cabezas combadas sobre pintas de Guinness y caes en la cuenta de que ya sólo quedan cuatro. No es la multitud que habías previsto. Al fondo, en el otro extremo, tu hijo tira cerveza del grifo muy despacio.
—¿Te manejas? — preguntas acercándote casi sigilosa por detrás.
—Sin problemas —responde. Los mismos ojos grandes y oceánicos, te dices. Su sonrisa gana terreno muy despacio. Igual que la tuya cuando se ofrece por entregas para impresionar, demorando el esplendor final. Milagros de la genética.
—Entonces te dejo solo. Voy a preparar la cena —le susurras al oído sin esperar que esta vez se vuelva para mirarte. Mejor así. Cada uno a lo suyo sin interferir demasiado. Deshaces el camino andado y cierras la puerta al salir. Abandonas el vestíbulo no sin antes posar los ojos por un instante en un cuadrito donde una golondrina aletea hacia el sol naciente, surcando un mar esmeralda. Una acuarela pintada por ti con una leyenda en la parte inferior del marco: If you love somebody, set them free. 1
De nuevo abres la puerta de la cocina y te instalas junto al fregadero. Unas judías verdes aguardan en el escurridor de metal abollado. Nada es retenible, murmuras, no más que el remolino que se cuela ahora por el sumidero de metal con un estertor. Un cuchillito recién afilado te ayuda a cortar las puntas a entresacar el hilo lateral para partir después la vaina en dos. Así una por una. Y la rutina se instala entre tus dedos, te proporciona el sosiego necesario para adentrarte en las imágenes de estos días de caricias y hot whiskey al amor de la lumbre. Piensas en Laszlo, en su cabello castaño. En las canas que le cubren la sienes, en la expresión melancólica de sus ojos pardos. Sabe estrechar con brazos poderosos y propinar besos largos y profundos pero oculto en algún lugar de sus pupilas se agazapa el punto de fuga del que nunca quiere echar amarras. Lo has percibido desde el primer día y tú también vas a nadar y a guardar la ropa. Sin renunciar a entregarte en cuerpo y alma, a vivir el momento. Algo ha hablado Laszlo de su infancia en Praga, de sus estudios de medicina en los Estados Unidos que consumieron cuatro años de su vida, de una mujer pequeña y morena que le robó la primera promesa no cumplida. Pero tú resbalaste la mirada por el cristal de la ventana, deslizándote con el derrotero de las gotas de lluvia hasta el alféizar, protegida en su golpeteo incesante. Todo menos diferenciar nombres de lugares y personas que pudieras recordar. Fuera señas de identidad, te dijiste el primer día al descubrir su entrega furibunda diluyéndose de pronto en camaradería sincera y distanciada. Aunque se empeñe en hablar de las maravillas que orillan el Danubio, vas a hacer oídos sordos. No has hablado de ti misma en ningún momento, sólo has dejado que largue como un disco olvidado en un viejo gramófono.
—No me escuchas y estás como ausente —había dicho.
—Perdona. Estaba pensando en qué hacer de cena —mentiste con naturalidad.
—Sabes que estoy de paso...— había iniciado Laszlo otra tarde de siesta veraniega en la alcoba.
—Lo sé divinamente —le cortaste, antes de hurtarte a un abrazo en un brinco que te sacó de la cama. Te negaste en redondo a continuar aquella conversación. Nada de retorcerse de antemano en un dolor todavía por venir. Que a lo mejor ni siquiera era cierto que sobrevendría.
—Un día u otro, tendré que regresar —continuó él, inasequible al desaliento. Rostro con expresión solemne, preparatoria de clima trascendente. .
—Claro. Avísame con uno o dos días de antelación, si no es mucha molestia —respondiste lacónica y rápidamente antes de deslizarte en el baño y abrir la ducha.
Habían transcurrido dos semanas desde aquel primer intento de notificación oficial. Dos semanas de rehuir posibles excusas, de taparle la boca con besos o diluir sus palabras en música. No querías saber. Preferías que se fuera de improviso. Sin avisar. Como había llegado.
Deshilachas la última vaina para partirla en dos entre tus dedos, anhelas la vulnerabilidad de aquella otra Fidelis casi adolescente que se dejó la piel en un amor imposible. Te quedas inmóvil unos instantes y de nuevo te concentras. Sólo alzas la vista hacia la ventana y afinas para distinguir en el vaho del cristal la silueta metálica de la gasolinera.
Dejas que tus párpados se deslicen hacia abajo y que tu respiración vuelva a hacerse clandestina. Tu mano derecha gira el grifo hasta que el agua se detiene. Silencio, necesitas silencio para sacar jugo al pasado. Ahora ya percibes las blancas paredes del viejo cottage familiar, la chimenea encendida en el centro de la pequeña sala de estar a la que se accede directamente desde la puerta principal. Puedes ver a padre arrellanado junto al fuego antes de cenar. Un rostro arrugado de ojos verdes con pupilas donde chisporrotean los bloques de turba que caldean la estancia. Su cabeza pelirroja clarea ya en el centro y las entradas de las sienes son ostensibles. La barba de dos días le da cierto aspecto vencido. De pronto, suena la campanilla de la puerta y entra Márie con la melena rubia recogida en un moño. Luce un impermeable verde. Tu hermana mayor destilaba vitalidad entonces. Observas sus mejillas sonrosadas por el viento gélido del invierno y te parece que sólo tenéis en común el óvalo de la cara. La ves dejar la cartera de libros sobre el aparador y colgar el impermeable en uno de los cuatro ganchos de la puerta. Pasa junto al sillón y besa maquinalmente la frente de padre, susurrando apenas un hola que se disipa al cruzar el umbral de la cocina. Ni siquiera ha reparado en ti. Te pasas la mano por la cara en un gesto reflejo. Estás sentada a la mesa, aguardando al fondo de la sala, junto al reloj de cuco de la abuela. Te acaricias las dos trenzas y piensas lo mucho que hubieras deseado que te felicitara por tu decimoctavo cumpleaños. Pero Márie es demasiado consciente de sí misma esa tarde de febrero de 1980 como para reparar en alguien más. Sólo madre consigue atraer su atención y sacarla de su ensimismamiento. Observas ahora la vieja vajilla de porcelana blanca con dibujos azules comprada en Waterford que hace sólo unos instantes acabas de poner en la mesa. Es el orgullo de madre. Antes la reservaba para los domingos y las ocasiones especiales. Ahora se utiliza a diario, como si cada cena familiar fuera ya un acontecimiento. Ha cambiado tanto desde que se le declaró el cáncer de pecho, te dices. Pero hoy cumples dieciocho años y no hay que ponerse triste. Creo que la cena ya debe estar lista, murmuras dirigiéndote a padre que se vuelve con la mirada suspendida. Sus ojos verdes se clavan en el reloj de cuco que, al ponerte en pie, tapas con la cabeza. De la cocina llega la risotada de Seán, la voz bulliciosa de Márie, su ”mami, mami, dile que no me haga tanta burla ni me imite”. A pesar de haber cumplido los veinte, le encanta entregarse a juegos y quejas pueriles. Y a Seán chincharle como cuando eráis pequeños. Pero tú sabes que su vocecilla de tiple sólo es artimaña que disimula determinación a prueba de bomba. Ha tenido suerte y la enfermedad de madre le ha pillado ya trabajando en Raidió na Gaeltachta. Trae dinero fresco a casa sustituyendo el sueldo de maestra de madre. Tiene novio y planes de matrimonio pero por el momento, no puede cumplirlos. Por la forma de ignoraros a ti y a padre ese día de tu cumpleaños de 1980, has comprendido que nada ni nadie la detendrán. Sólo madre podría pararle los pies.
—¿Mami saco ya el lomo?
La voz chillona de Márie llega como una ráfaga desde la cocina.
—¡Culo inquieto de muchacha! ¡No puede estar sentada dos segundos seguidos! —proclama Tyrone Mundy golpeando el borde de la mesa con la mano abierta.
Había roto su silencio taciturno, frenando en seco la cucharada de sopa que se lleva a la boca. Fidelis hundió los ojos en el mantel blanco de hilo de Escocia, estudiando por unos instantes el fino diseño romboidal de uno de los bordados. Después se enfrentó con el rostro circunspecto de su hermano Seán que le mantuvo la mirada unos instantes antes de incorporarse.
—Ya voy yo —anunció, dejando la servilleta sobre la mesa.
—Tú te quedas donde estás —ordenó su padre empuñando de nuevo la cuchara.
—Alguien tiene que servir el segundo plato —comentó Maeve con las cejas muy arqueadas mientras se rebullía dentro del chal de lana azulada en un escalofrío. Pero Márie ya hacía su entrada con una fuente humeante entre sus manos.
—¡Ya estoy aquí! ¡Asado de lomo de cerdo con judías blancas y colcannon! —anunció colocándola en el centro de la mesa.
Maeve observó que se había soltado el pelo. La melena rubia le caía sobre la blusa rosa del diseño a rayas. La falda de pana con peto color vino, comprada con el primer sueldo, le hacía más delgada.
—Esa no es ropa para andar en la cocina y servir la mesa —declaró la madre, probando el puré que cubría la carne con una cucharilla de postre. El tono desabrido se debía a una punzada de dolor en el pecho que le pilló a traición.
—¿Cómo está? —preguntó Márie impaciente, detectando al vuelo un visaje furtivo en los rasgos de Maeve. Segura de que nadie, salvo ella, se había percatado.
—Rico. Pero para alcanzar categoría de ambrosía, tendrías que haber echado más repollo y menos patata —aseguró la madre luchando con el gran cuchillo de sierra por partir el lomo en rodajas.
—Ya lo hago yo —se ofreció Fidelis haciendo ademán de acercarse la fuente.
—Todavía puedo manejarme —replicó Maeve en un exabrupto tratando de diluir la dureza del rostro en una amago de sonrisa.
—Lo siento, cariño —musitó en su debate invisible por amainar la ira sorda que sentía en el pecho.
—No importa —adujo Fidelis sin mirarla, más para su fuero interno. Se reclinó en el respaldo de la silla a cámara lenta, saboreando la palabra cariño ¿Había oído bien? Sí, había dicho cariño.
—Propongo un brindis por Fidelis —se descolgó Seán precipitándose a llenar los vasos con vino francés Côtes de Rhone. Le guiñó un ojo y alzó el vaso.
—¡Por Fidelis y su mayoría de edad!
—¡Para que cumpla muchos más y nosotros lo veamos! ¡Sláinte2! —añadió Tyrone alzando el suyo y saliendo de improviso de su hosco silencio. Había un destello de desafío en su mirada.
—¡Sláinte! —replicaron todos al unísono antes de apurar el vaso. Fidelis bebió a sorbitos cortos sin quitar ojo a su hermano. Sólo tenía dos años más pero ella sentía que era mucho mayor. Tal vez por su altura y corpulencia. O por el color negro del pelo, los ojos pardos y esa tez oscura, algo agitanada, que llamaba la atención entre tanta palidez desvaída. A padre le gustaba decir que se debía a un gen perdido. El de un tataratatarabuelo andaluz arribado a las costas de Galway en el siglo XVII, a bordo de uno de los buques que traían vino de España. Pero también le divertía picar a madre alegando que descendía de los primeros moradores de las islas Aran, quienes, en contra de la opinión general, eran descendientes directos de los soldados llegados con Cromwell para invadir Irlanda.
—No te quejarás. Madre te ha hecho tus dos platos favoritos: sopa de marisco y lomo asado con colcannon —apuntó Márie con un tono de marisabidilla que terminó disolviéndose en afecto lejano. Lo había dicho pasándole el brazo a Maeve por el cuello muy despacio y atrayéndola hacia sí antes de propinarle un besito furtivo en la frente. Tyrone las miró incrédulo. Menuda desfachatez. Siempre conseguían robar protagonismo. Capitalizando en provecho propio el esfuerzo culinario y de logística, que era cierto que desplegaban, para desplazar al homenajeado, fuera quien fuera. Felicitar siempre era excusa para hablar de ellas mismas. Y en esto Márie se llevaba la palma. Porque madre se había aplacado después de la operación. Ahora veía más allá de las narices de su hija mayor.
—No me quejo y se lo agradezco —replicó Fidelis.
Y en el fondo era verdad. Desde que había vuelto de Dublín, donde le habían extirpado el pecho izquierdo, se había producido un cambio sensible en la actitud de Maeve. Aunque el interés por la situación y el porvenir de Fidelis parecía aún bastante forzado, era muy de agradecer que al menos existiera. Con Seán siempre había tenido una relación conflictiva por sus opiniones políticas pero besaba la tierra que pisaba. Y aunque a veces se enfrentaran brutalmente, le dejaba enorme margen de libertad. Confiaba en él y sabía que era fuerte. Desde los quince años le había considerado nada menos que todo un hombre. Hasta la relación con padre había mejorado. Ya no le llevaba la contraria en público ni le llamaba ignorante. Le hacía incluso mimos y carantoñas. Eso sí, elegía los momentos estratégicamente, de modo que pudiera ser observada por toda la familia. Y cierta sobreactuación impostada delataba que no era sincera por completo.
—Está delicioso —declaró Seán conciliador, tras engullir un pedazo de lomo bien revolcado en colcannon. De nuevo guiñó un ojo a Fidelis. Esta vez con una maravillosa sonrisa que dejaba entrever una hilera de dientes blanquísimos.
—Sí, esta vez te has superado a ti misma —abundó Fidelis, recogiendo el tono pacífico de su hermano. No tenía ganas de que nadie le aguara su fiesta, así que era mejor garantizar la concordia.
—Tu hermana tiene buena mano para la cocina —sentenció Maeve.
—Ha tenido buena maestra —se apresuró Seán a corroborar. Despacio, articulando bien cada palabra, clavándole la mirada con los ojos muy abiertos.
—Gracias, hijo —susurró Maeve.
Una oleada de sangre diluyó la blancura de sus mejillas. No por el cumplido inhabitual. Más bien por la expresión fija e insoslayable de Seán, por la vehemente pero cariñosa advertencia de obrar con tiento que un destello en sus pupilas delataba. Se miró en ellas por unos instantes, diminuta e indefensa, arrebujada en su chal de lana y puso su mano en el dorso de la del chico.
—Todo es poco para festejar la mayoría de edad de nuestra pequeña —concedió Maeve en un halo de ternura.
Fidelis dejó que su cuello se alargara hacia arriba como un cisne hurtándose a la blanca profundidad del mantel. Perpleja y ansiosa al tiempo, la emoción le propinaba aldabonazos en el pecho. Tal vez era el momento ideal. Con el camino allanado por Seán, la ocasión parecía propicia para manifestar su deseo de matricularse en la universidad. Llevaba años demorándolo porque sabía que el dinero no alcanzaba para todos. Había asumido las tareas domésticas sin rechistar. Cuidar de padre, escuchar de sus labios viejas leyendas plagadas de héroes sobrenaturales y dioses carcomidos por pasiones humanas, a medio camino entre la invención y la tradición oral, había constituido el mayor de sus últimos placeres. Pero también alimentado el prurito, celosamente guardado, de escarbar con método y disciplina en el marco histórico de aquellos relatos. Una vez que las trabas familiares parecían haberse disuelto, estalló la enfermedad de madre y sus planes se fueron al garete. Pero tal vez existiera alguna posibilidad. Tal vez si se organizaban bien, pudiera hacer realidad su sueño.
—De rechupete —proclamó Tyrone Mundy limpiándose con la punta de la servilleta.
Seán aprovechó para llenarle la copa de vino antes de hacer lo propio en la suya. Observó el color de sus mejillas, el gesto de satisfacción redondeando las aristas de su rostro y suspiró profundamente. Todo parecía colocarse en su sitio aquella noche de 1980.
—¡Mami, mami! ¿Saco ya la tarta, verdad?
La pregunta chillona de Márie llevaba incluida la respuesta así que nadie pudo evitar que se dirigiera hacia la puerta de la cocina.
—Enciende las velas mientras yo quito los platos —dijo Maeve incorporándose en la silla.
—Descuida, yo lo haré —aseguró Fidelis, levantándose con el corazón en un puño.
—Ni hablar. Me toca a mí —replicó Seán adelantándose como un rayo y asiendo con las dos manos los platos que Maeve había apilado ya sobre el suyo. Fidelis se deslizó hacia abajo muy despacio hasta sentir el frío skai de la silla en la cara oculta de sus muslos. Clavada en el sitio por la espantada a traición de Márie, escrutaba el grácil revoloteo de Seán deslizando platos limpios sobre la mesa.
—¡Tarta de chocolate con almendras! —anunció Márie, irrumpiendo con su sonrisa más jovial.
Fidelis estudió el dibujo del humo de las velas en el aire. Los hilillos negros que fluían del uno y el ocho de cera roja no alcanzaron verticalidad absoluta hasta que su hermana posó la tarta en el centro con pericia matemática. Allí estaban ligeramente abombados: dos patos, el uno altanero y el ocho barrigudo, encallados en la almendra picada que cubría el fango de chocolate. Deteniendo en rojo el transcurso del tiempo que Fidelis había vivido hasta la fecha, como señales de alerta que impulsaran a la acción, a descartar la espera.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! ¡Ya tienes uso de razón!
No había rastro de aspereza en la voz de Maeve. Sólo dulzura infinita y un arrobo en la expresión que la envolvía toda. Fidelis sostuvo su mirada con una mueca de estupefacción entreabriendo su boca. De pronto, las luces se apagaron y quedaron sumidos en la lumbre de las velas. A contrapicado, las cabezas perdieron definición, asemejándose a las calabazas horadadas de Halloween, iluminadas desde dentro a modo de linternas, arrojando luz por ojos que ya eran agujeros triangulares y bocas dentadas de media luna que ponían sarcasmo y amenaza al coro haciendo trizas el Happy Birthday to You. Fidelis hizo un barrido general. Piensa un deseo, cariño, le instaba la gran calabaza con chal de lana azul, erguida en majestad sobre las demás. Mi pequeña ya es toda una mujer, aseguraba lastimera la calabaza gacha de padre. A ver si eres capaz de apagarlas de un soplido, canturreaba la más apepinada de Márie. Demuéstrales de lo que eres capaz, le animaba el tubérculo esbelto y moreno en que Seán parecía refugiarse. A Fidelis la cabeza le daba vueltas. Cerró los ojos con saña para no ver y trató de concentrarse. I am who I am. Fue lo primero que le vino a las mientes ¿Pero acaso sé quién soy? Sólo sé que quiero matricularme en la universidad, enamorarme y ser libre. Pero tengo que elegir un deseo, sólo uno. O de lo contrario, ninguno se cumplirá. Coaccionada por la expectación que aquel tenso silencio rezumaba, la idea de libertad se le antojó atractiva por la ambigüedad de su indefinición. Sí, ser libre para saber quién soy. Eso es, libre. Aspiró profundamente y sopló dándose impulso con un golpe de cabeza. Sintió como si alguien le succionara el aire desde fuera. Abrió los ojos y vio un pedazo de noche instalado sobre la sala. Había matado las llamas y olía a cera quemada. El estallido de aplausos no se hizo esperar cuando la luz se hizo. Sus seres queridos estaban allí de nuevo habitando los cuerpos de siempre.
—¿Se puede saber en qué has pensado? —inquirió Tyrone sujetándose la cara entre las manos con los codos apoyados sobre la mesa.
—Eso, desembucha —insistió Seán malicioso. La ocasión era impagable para manifestarse al fin. No había que tener pelos en la lengua.
—Me gustaría estudiar...
—Desvelar un deseo formulado en secreto trae mala suerte —interrumpió Maeve con expresión pétrea para disimular otro calambre en el pecho.
—¿Estudiar qué? —le alentó su hermano con los ojos muy abiertos.
—Literatura gaélica e inglesa —se precipitó Fidelis en una exhalación.
De carrerilla y en un solo aliento. Sin tomar aire. Se hizo el silencio. Lo había soltado al fin. Ahora ya nadie podría decir jamás que no tenía ni idea. Todos lo habían oído a la perfección. Fidelis hundió los ojos en el bordado del mantel y se detuvo en un rombo despuntado. Aquella imperfección clamaba al cielo, rompía la armonía del conjunto. De pronto se sintió la nota discordante del diapasón familiar, la destrozona que venía a echar por tierra el castillo de naipes de la convivencia. Esa construcción inestable que descansaba sobre sus hombros. No tenía valor para alzar la vista.
—Sabes que no podemos permitírnoslo... —inició Tyrone desviando la mirada y suspendiéndola en el vacío.
—Cariño, con tu padre en el paro y mi problema, no es el momento más oportuno...
—Tú ya no tienes problema alguno, madre —terció Márie volviéndola a atraer hacia sí y depositando otro de sus besitos de colibrí en mitad de la frente..
—Sé que no es el momento más adecuado pero podríamos organizarnos...
Fidelis tomó aire para soltar su discurso en una bocanada. Llevaba semanas cincelando cada uno de sus argumentos, los había sopesado meticulosamente y creía tener ahora la presencia de ánimo necesaria para exponerlos sin herir a nadie.
—¡Pero si funcionamos a las mil maravillas! —proclamó Márie con su proverbial jovialidad forzada.
—Es verdad pero...
—¡Nada de caras largas, hoy es un día de celebración! ¡Además de tu cumpleaños, festejamos mi no-cumpleaños!
Había alzado su copa al decirlo pero enseguida sintió que la sonrisa se le congelaba entre los dientes. Hasta que se detuvo por completo al sentirse pasto de todas las miradas. Tyrone Mundy estudiaba de hito en hito a su hija mayor. La determinación del rostro, que tanto recordaba al de Maeve con veinticinco años menos, le proporcionaba serena belleza. Las cejas finamente dibujadas, apuntando hacia arriba, enmarcaban unos ojos color miel que despedían un extraño fulgor amarillento cuando su dueña se disponía a poner en práctica un plan perfectamente trabado. Hasta en eso se parecía a su madre. Seán se reclinó en el respaldo de la silla con expresión som- bría, tamborileando los dedos de su mano izquierda sobre el dorso yerto de la de Fidelis pero sin quitar ojo a Márie.
—¡Y el tuyo, papi! ¡Y los de Seán y mami! ¡Feliz, feliz no-cumpleaños!
—¡Feliz, feliz no-cumpleaños! —coreó Maeve alzando su copa y poniéndose en pie, jubilosa de escurrir el bulto. Fidelis las observó enlazadas por el talle, indisociables, repitiendo una y otra vez la cantinela, jugando a la risa contagiosa. Como Alicia y el Sombrerero Loco, imbuidas de la misma calculada irracionalidad, jaleándose una a otra mientras brindaban y bebían, danzando ahora en torno a la mesa para demorarse de tanto en tanto en una caricia que revolvía el pelo de Seán o sacudía a padre por los hombros. Y aquel baile hilarante y absurdo fue disolviendo uno a uno los argumentos de Fidelis. Cada nuevo ¡feliz, feliz no-cumpleaños! aflojaba la expresión sombría del hijo y socavaba la animosidad en la mirada del padre. Por eso cuando Maeve estrechó a la princesa destronada entre sus brazos, susurrándole a la oreja un “cariño, todo tiene su momento”. Fidelis comprendió que tenía la batalla perdida. Que sólo el enfrentamiento podría convertirle de nuevo en estrella de la velada. Y no estaba dispuesta a correr con los platos rotos.
—¡Y ahora tengo que deciros algo! —anunció Márie dejándose caer jadeante en su silla. Aunque lo había intentado, Seán no había podido reprimir un mohín risueño.
—¡Acaba de firmar un contrato como locutora fija para Raidió na Gaeltachta en el programa de actualidad cultural de Sinéad Brennan que emite en irlandés desde Doirí Beaga!
La noticia era larga y precisa pero Maeve había articulado muy despacio sin omitir ningún dato crucial, cogiendo aire previamente y soltando la retahíla de pie completamente inmóvil, todavía con la copa de vino en su mano derecha. El regocijo de su evolución alrededor de la mesa y el orgullo que asomaba ahora a sus mejillas, habían barrido de un plumazo la palidez. Fidelis escrutó sus movimientos lentos y medidos de pronto, como si tomara de nuevo posesión de la Maeve convaleciente anterior al baile disparatado con Márie. La vio sentarse en la silla y abrir los brazos tirando del chal hacia delante para cerrárselo sobre el pecho como un águila de regreso al nido.
—Bravo, hija. Me alegro por ti —musitó Tyrone Mundy carraspeando antes de hablar.
—Felicidades, Márie.
Ya estaba. Una ráfaga de simpatía profunda surcó el rostro de Seán sin dejar rastro. Había conseguido, aunque fuera por un segundo, resquebrajar su animadversión. Aquellas felicidades, arrancadas a golpe de teatro, sonaban a robo a mano armada. Pero Fidelis no quiso darse por aludida cuando su hermano buscó sus ojos con los suyos para excusarse sin palabras y se refugió de nuevo en el mantel blanco.
—Pero aún hay más: Louglin me ha pedido que me case con él
—Han fijado la boda para el mes de mayo —completó Maeve en un gritito de entusiasmo. Aquello rebasaba con creces las expectativas de Fidelis así que respiró muy despacio, poniendo cara de nada a aquellas dos mujeres que se daban ahora la mano y se deshacían en sonrisas.
—Cómo me alegro, hija mía —dijo Tyrone Mundy desmintiendo sus palabras con profunda melancolía.
—Enhorabuena, sólo te ha costado dos años de noviazgo —añadió Seán en un tono mucho más circunspecto de lo esperado.
—¿Y tú no felicitas a tu hermana, cariño?
El tono melifluo de Maeve poseía una exigencia mordiente a la que Fidelis estaba acostumbrada a responder con voluntad de agrado y sin sombra de reproche. Así que se levantó muy despacio, llegó hasta Márie y le rodeó el cuello con los brazos antes de besarla en la mejilla.
—Felicidades, hermanita —musitó sintiendo su respiración fuerte, la frialdad metálica de su pómulo. Pero no importaba, le acariciaría el pelo. Y mientras se lo revolvía cariñosa con su mano derecha, pensaba que sus sueños se esfumaban sin remedio.
—Gracias —respondió Márie sin mover ni un músculo del rostro.
Fidelis pasó por alto la condición arisca de su hermana. Estaba acostumbrada. Apenas quedaban tres meses para la boda, así que tendría que ir pensando en buscar un trabajo que le permitiera ocuparse de la casa y cuidar a sus padres. A no ser que Seán se apiadara de ella y volviera al hogar familiar para compartir cargas y ayudar a costear el caro tratamiento de madre, cosa que no parecía muy probable. Se negaba a verlo como un sacrificio, sólo era una demora más. Pero la señal en rojo de las dos velas —humeantes todavía sobre la tarta— recordaba que urgía pasar a la acción.
—¿Qué te ocurre, madre?
Un relámpago de pánico descompuso el hieratismo de Márie al percibir uno de los visajes furtivos acalambrando el rostro de Maeve.
—Nada, cariño. Tengo como una punzada en el pecho... —gimió la mujer del chal demorándose en exceso en la última palabra.
Todos recordaron de improviso que le faltaba el otro. Fidelis meneó la cabeza con resignación mientras observaba a los demás rodear a su madre, deshacerse en atenciones. Sus voces le llegaban como amortiguadas por una catarata. No es nada, no quiero inquietaros. ¿Quieres que te traiga las pastillas? Maeve, han sido muchas emociones por hoy, será mejor que te acuestes ¿Dónde están las pastillas de tu madre, Fidelis? Ya voy yo, padre. Creo que están en la mesilla de noche.
Falcarragh, agosto de 2005
De noche, la oscuridad se precipita como una lechuza sobre la rata blanca del día, te dices observando tras la ventana. En cuanto una se descuida, se va la luz. Apenas son las cinco de la tarde y ya casi está oscuro. Los fluorescentes de la gasolinera ya están encendidos. Aquella tarde de febrero de 1980 fue el comienzo de todo. La primera vez que sentiste en el pecho una comezón virulenta por conocerte a ti misma. Y también la experiencia traumática de la primera renuncia, que precisamente por ser elección consciente, te dio alas en vez de segártelas. En aquella cena aprendiste que tomar decisiones engrandece. Mientras observas cómo gorgotea el agua hirviendo de las judías, recuerdas tus trenzas casi adolescentes y la determinación repentina a ocuparte de padre pase lo que pase. Sabías ya que Márie supervisaría el tratamiento de madre al milímetro, que abandonaría el cottage familiar pero jamás a ella. La tarde en la que anunció el matrimonio ya tuviste fuerzas para no dejarte llevar por el resentimiento. Tu hermana mayor escapaba de un posible reparto de responsabilidades en brazos de aquel chico desgalichado que apenas había terminado la carrera de medicina en Belfast. Estaba en su derecho, recuerdas que pensaste. Tú, una vez más, tendrías que aplazar tus estudios, unos estudios que jamás emprenderías en universidad alguna. Aquella tarde se selló tu destino y la melancolía de padre te impulsó a buscar un trabajo en el pub Green Harp, entonces el más importante de Falcarragh. Sólo librabas los domingos. Una jornada destinada a limpiar y organizar la casa, a hacer algunas compras para la semana entrante. Sólo el género que pudiera aguantar en el viejo frigorífico Edesa que había que descongelar cada quince días para que enfriara como es debido.
Y Seán desaparecido, viviendo a salto de mata por los pueblos de la raya de Irlanda del Norte, jugándose el pellejo en Glaslough en el Condado de Monaghan o escondido en casa de los McCormack en Scotstown, unos kilómetros al norte de Bellanode. A veces sueñas con él paseando a pecho descubierto por la plaza de Crossmaglen, la pequeña población al sur del condado de Armagh que alberga la base militar británica. Ves el gesto de befa descabalgando su labio inferior, la lengua asomando burlona, mientras avanza y se quita la camisa ante un destacamento de soldados ingleses que le esperan en el centro. Fusiles en hilera apuntándole y ruido ensordecedor de hélices. El ruido se convierte en estruendo y todo se estira, ondulado por un viento huracanado. Puedes ver ahora dos helicópteros que aterrizan a sus espaldas cortándole la huida por la retaguardia. Pero Seán ni siquiera lo intenta. Sonríe y avanza semidesnudo con el pecho perlado en sudor. Un golpe de aire y su cuerpo vuela vertiginoso hasta que sus ojos pardos ocupan toda la escena. Se oye una detonación que tablillea en tus tímpanos y luego oscuro. El de la noche instalada en tu angosta habitación. Aprietas la perilla y la lamparilla envuelta en el pañuelo de seda verde acaba con ella. Te palpas el cuello y compruebas que otra vez estás sudando, enredada en un amasijo de sábanas. ¿Más pesadillas, pequeña? ¿Quieres que te lleve un vaso de agua? La voz de padre se filtra por la puerta entreabierta y contestas un no tajante que es todavía medio grito entre el sueño y la vigilia.
Ahora Seán no está. Ni padre. Ni madre. Sólo queda Márie pero apenas la ves. Retiras la cazuela del fuego y apagas el quemador de gas con un movimiento preciso del mando a la izquierda. La dejas sobre el fogón. De pronto, te acuerdas del viejo vestido y vas al cesto de la ropa sucia, junto a la lavadora, abres la puerta, lo sacas y quitas la tapa de mimbre. Lo vuelcas en el suelo y cae un revoltijo de ropa sucia. Coronándolo, el vestido azul celeste que llevaste aquel día. Siempre está en el fondo del cesto de la ropa sucia, como si necesitara una lavada para ponértelo el domingo. Sí, ese último y esperado domingo de mayo. Todo ha sido minuciosamente preparado para esa fecha, el día de la boda de Márie y Loughlin. Aspiras el olor del raso azul celeste y te acaricias la mejilla con él. Recuerdas que madre se ha pasado dos meses cortando y cosiendo para ti y para padre. El diseño no es el último grito, pero es el primero que te hace con sus propias manos. Ha sido laborioso dibujar sin perder el pulso el patrón sacado de una vieja revista de moda de los años sesenta, conseguir el corte curvo de la sisa, coser las mangas acampanadas y la puntilla del escote en uve. Entre viaje y viaje a Dublín para las sesiones de quimio, Maeve ha preferido entregarse a su labor de costurera con disciplinada concentración.
Ahora te entra un extraño cosquilleo en el estómágo. Vas hacia la puerta de la cocina, la abres con el vestido todavía en la manos, compruebas que no hay moros en la costa antes de volver a cerrarla, esta vez echando el pestillo. Y regocijada como una niña a punto de cometer una travesura, te quitas la túnica de lana, la blusa interior y los pantalones vaqueros. Sí, todavía te sirve, compruebas embutiéndote en la falda plisada. Metes cuidadosamente los brazos en las amplias mangas y te subes el escote hasta los hombros. Tiras con las dos manos a la espalda, acariciando la trabilla vertical de ojales con la izquierda y la hilera de botones con la derecha. Necesitarías que alguien te abrochara. Qué gracia, te dices. Es como si sintieras las yemas de unos dedos jugueteando en tus omóplatos.
—Anda, cariño. Corre a peinarte o llegaremos tarde —te susurra la voz como un zureo de paloma en el lóbulo de una oreja. El corazón te late con fuerza. Te das la vuelta y allí está el rostro ovalado y sonriente de Maeve. Guapísima en su traje de chaqueta color teja. Con raya en medio y moño bajo, el cabello caoba tirante hacia atrás, distribuido primorosamente en mitades iguales, duro de laca para mantenerlo en el sitio y disimular las calvas. Te estrechas contra ella temiendo que se desvanezca entre tus brazos.
—Que sí, yo también te quiero.
Y te alza la barbilla con el dedo índice doblado hacia adentro.
Percibes la gruesa capa de maquillaje anaranjado, el corrector de ojeras aniquilando moraduras, el colorete de las mejillas. No es exa- gerado y le ilumina el rostro. Con el mismo fulgor amarillento de Márie en los ojos verdes, te dices.
—Yo siempre una vez más que tú —replicas con una sonrisa pueril.
La luz del sol se filtra por la ventana de la cocina en aquella mañana radiante del último domingo de mayo. Abres la puerta y atraviesas el salón donde padre espera, sentado como ausente en su eterno sillón frente a la chimenea. Está guapo vistiendo el viejo frack con el que se casó, arreglado por las primorosas manos de Maeve.
—Alcánzame las muletas —dice sin quitar ojo a los rescoldos que agonizan en la chimenea.
Están apoyadas en una de las sillas, junto a la mesa. De pronto, mientras se las das, recuerdas que ha pasado ya casi un año desde el accidente. Como muchos hombres de la comarca de Gweedore y The Rosses, Tyrone se ha pasado la vida trabajando en Escocia, quedándose a veces largas temporadas. Comenzó en la Compañía Caledonian Railway reparando vías como peón a mediados de los años sesenta en la línea que une la ciudad de Aberdeen con Forfar, tramo esencial en las rutas de las costas este y oeste escocesas. Inviernos gélidos de nostalgia y pensiones baratas con sábanas gastadas y frío colándose por ventanas en mal estado. Volviendo a Falcarragh un fin de semana de cada cinco o seis para reengancharse de nuevo en el duro trabajo a la intemperie. Sabes que participó en la remodelación del ramal que une Bridge of Dun con Brechin, cerrado al tráfico y puesto en reserva en septiembre de 1967. Conoces de memoria el edificio de la vieja estación de Bridge of Dun, con un andén inferior que ahora ya no existe, y el superior que casi permanece intacto con su vieja marquesina de vidrio. De tanto oírselo contar, incluso lo puedes visualizar. Fue terminar aquello y conocer a la brillante Maeve, se casaron y empezaron a venir los niños. Todo seguido, sin compás de espera. No quería estar meses enteros sin ver a los suyos. Así que había ido bajando hacia casa, hacia la madre Irlanda. Primero Saint Andrews, luego Dundee y Edimburgo, después Melrose. Hasta terminar en Glasgow, su hogar laboral desde hace ya casi dos lustros.
—Gracias, pequeña —dice con las muletas en las axilas, echando a andar mientras murmura “Seán nos está esperando en el coche, date prisa”. Observas la pata izquierda del pantalón de franela gris bailoteando en el aire mientras avanza renqueando, cargando todo el peso en el pie derecho. Sí, 1979 había sido un año agotador y aciago para él. Primero trabajando en las obras de reconstrucción del túnel que se desplomó en el mes de marzo en uno de los desvíos de Penmanshiel, en la costa este, vía Carlisle. En abril, arreglando los raíles destrozados en la terrible colisión de Paisley. Más recambio de raíles y penosa limpieza de chatarra cuando un tren se saltó una señal y embistió al que venía en sentido contrario cerca de Invergowrie. Perdieron la vida cinco pasajeros y la identificación de cadáveres fue un largo calvario. Piensas que estos dos accidentes han sido premoniciones del suyo, que tuvo lugar durante las obras de remodelación del nivel inferior de la Estación Central de Glasgow, en la orilla norte del río Clyde.
Te pasas el cepillo por las trenzas con negligencia premeditada frente al espejo del baño. Recuerdas la llamada de teléfono de aquel día de noviembre de 1979: “Señora Tyrone, su marido ha tenido un accidente.” Respondiste “Soy su hija menor, ella no está en casa” con un nudo en la garganta y apenas acertaste a escuchar “Hospital St. Mary, habitación 303” antes de que tu mano colgara el auricular y se quedara como pegada apretándolo fuerte contra la horquilla. Sales del baño y atraviesas el salón, casi sobrevolando el piso, en dirección a la puerta de la calle. La cierras con doble vuelta de llave y oyes el claxon. Dos bocinazos fuertes pero contundentes, como Seán acostumbra a dar para meter prisa. “Acelera, cariño”. Maeve lo ha vuelto a decir, corroboras abriendo la portezuela. Desde hace dos meses, el apelativo fluye con naturalidad y sentimiento a sus labios. Es una de tus victorias silenciosas.
Ya en el asiento trasero del viejo Chrevrolet de segunda mano miras a padre de soslayo. Las muletas en medio, separando vuestros cuerpos, confinándolos a dos reductos tapizados en plástico granate, contiguos pero independientes. Te sonríe. De nuevo te percatas que está guapo con el pelo repeinado hacia atrás y escrupulosamente afeitado. Parece rejuvenecido. Ahora intentas visualizar la grúa transportadora, te imaginas el enorme pedazo de acero bailoteando en el extremo del cabo de cobre. Padre erguido bajo el andén, dispuesto a recibirlo en la vía con sus guantes de cuero para colocarlo en el sitio adecuado. Pero el manipulador de la cabina erró en la velocidad, precipitándose sin querer. En una sacudida inesperada, el acero se desenganchó de improviso justo cuando sobrevolaba a pocos centímetros la cabeza de Tyrone. Cayó sobre él como un rayo, sólo tuvo tiempo de lanzarse hacia atrás y evitar que le abriera el cráneo en dos. A pesar de todo, uno de los extremos le pilló toda la pierna hasta la cintura, con tan mala fortuna que la punta irregular se le clavó en el muslo. Tardaron casi tres cuartos de hora en liberársela de aquel enorme travesaño. Lo más duro fue arrancarle en un golpe seco la punta oxidada sin desgarrarle la carne. Nadie se decidía a tomar la iniciativa. Un corro de siete compañeros inmóviles observando con el corazón en un puño al hombre que se desgañitaba en alaridos en el suelo con lo viejos raíles por almohada. Hubo que esperar a la ambulancia, al médico de la unidad móvil y sus dos enfermeros de uniforme azul. No estuviste presente, pero tienes entre las sienes el ulular de padre, como el bramido del viento fustigando inmisericorde la costa de The Rosses que el coche remonta ahora hacia el extremo más al noroeste del condado de Donegal.
—Estás preciosa, pequeña —te dice Tyrone con el rostro iluminado y una palmadita furtiva atizando tu muslo derecho. Levantas los ojos y te encuentras con los de Seán en el espejo retrovisor del parabrisas. Encorbatado al fin para no disgustar a madre, con la camisa crema y el traje marrón oscuro de los domingos. Hermoso eslabón perdido, te dices casi herida por ese gesto risueño que dulcifica el óvalo recortado, la raya abrupta que pone fin a la barbilla. Siempre la misma vigorosa determinación en su rostro silencioso. Celoso guardián de un secreto confiado por los dioses. Miras ahora por la ventanilla. A un lado queda el pueblito de Magheroarty. Pudes distinguir la escuela y el pequeño embarcadero incordiando en la mar.
—El viento empieza a soplar con fuerza, queridos —anuncia Maeve.
Una nube pasajera la ensombrece unos segundos al asomarse por la ventanilla. El sol brilla, Dios sabe hasta cuándo. Pero caldea tibiamente de momento. Como el día del hospital. Frío gélido pero sol resplandeciente sobre Glasgow. Luz filtrándose por el ventanal, iluminando el blanco de la pared y las sábanas del dormitorio compartido. Hasta la bata del médico de perilla grisácea y mirada escurridiza —parapetada tras gruesos lentes redondos— parecía más inmaculada. Entonces lo dijo muy despacio. “Hay que amputarle la pierna izquierda. Está gangrenada”. Recuerdas a Seán firme como una roca, sosteniendo a Maeve por el codo, estrechándola contra él. Y tú detrás, con la vista sumergida en la cama del doliente, estudiando la barba rala en el rostro inconsciente de padre, la almohada salpicada de cabellos rojos. Maldiciendo a Márie entre dientes por no haberse tomado el día libre. Sí, sólo se mira el ombligo, recuerdas que te dijiste. Incapaz de arrimar el hombro si no es para sacar provecho, inflexible ante el dolor de los más allegados. Tal vez supiera ya que su sueldo en la radio sustituiría enseguida al de madre y no podía permitirse el lujo de dar argumentos para que no le renovaran el contrato. Porque la fatal noticia del cáncer estalló sólo dos semanas después. O simplemente hacía méritos para conseguir un contrato fijo. Poco importa ya, ahora que se casa como quiso y siempre planeó. Con sus excéntricos amigos de la isla de Tory.
