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En 1829, durante los últimos años del reinado de Fernando VII, con el rey enfermo y prematuramente avejentado, la situación política española era muy tensa debido al enfrentamiento entre los tradicionalistas y los liberales. Por un lado, los tradicionalistas y los Apostólicos, descontentos con Fernando VII, al que consideraban blando e indeciso, producían alzamientos en diferentes puntos de España para intentar provocar su derrocamiento y la subida al trono de su amado infante don Carlos, hermano menor del rey y siguiente en la línea sucesoria a la corona. Por el otro lado, los liberales, terriblemente perseguidos por el rey como venganza por el Trienio Liberal, eran encarcelados, ajusticiados, escapaban al exilio o intentaban sobrevivir ocultos en la clandestinidad, buscando la manera de mejorar su situación y recuperar el poder perdido. Esta disputa política salpicaba también a la nobleza, ya que había representantes de ambos bandos, por lo que la familia real y la corte parecían un nido de víboras, donde intrigas, revanchas y traiciones eran algo habitual, lo que reflejaba el clima de crispación política existente entonces en España. Todo el mundo tenía muy claro que tras la previsible muerte del achacoso y enfermo Fernando VII, su hermano don Carlos heredaría el trono, aumentando así aún más el poder de los tradicionalistas, pero nadie pensó que un audaz plan, que incluía un complejo entramado de intrigas palaciegas y engaños extraconyugales, llevaría a cambiar para siempre el destino de España.
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Luis Blanco
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-1386-347-4
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¿No veis cuál resplandece
del arrebol del alba enrojecida,
por las gracias ornada,
y de alta gloria y majestad cercada?
¿No veis cómo a los rayos de su frente
todo con grata admiración se inclina?
Ella es la augusta Reina de Occidente;
ella es la amable y celestial Cristina.
(1829, D. Manuel José Quintana,
Canción al feliz enlace de Fernando VII con María Cristina)
PRÓLOGO
Lo que empezó siendo una pequeña investigación genealógica, iniciada más que nada para matar el aburrimiento de una baja médica y cuyo objetivo principal era confirmar la veracidad de una historia que mi madre me había contado tiempo atrás sobre un antepasado lejano, me llevó a descubrir una fascinante historia de intrigas políticas y palaciegas, que ocurrida hace casi doscientos años, modificó hasta nuestros días la historia de España.
Cuanto más profundizaba en mi investigación, más me sorprendía la enorme diferencia entre la versión oficial de la historia y lo que poco a poco fui descubriendo.
Siempre había oído decir que la historia la escriben los vencedores, que se encargan de defender sus intereses y de aparecer como los buenos, enturbiando la imagen de sus rivales y oponentes. Nada más cierto que en el caso de la sucesión a la corona de Fernando VII, en la que todavía hoy, hay importantes intereses por mantener oculto lo que realmente ocurrió.
El contenido de esta novela es, en mi opinión, mucho más veraz, lógico y razonable que la versión oficial de la historia, que como es normal intenta defender y legitimar a la línea sucesoria que ganó la guerra y finalmente quedó en el trono de España.
Estoy seguro que en el caso de que la guerra la hubiese ganado el bando rival, habrían sacado a la luz otra versión partidista y muy diferente de lo ocurrido, en la que los que hoy son los buenos pasasen a ser los malos y viceversa.
Es importante mencionar que antes de iniciar de manera fortuita mi investigación de lo ocurrido creía la versión oficial de la historia, pero el conocimiento y análisis de los hechos me llevó a descubrir importantes incongruencias que poco a poco me hicieron sospechar que todo lo que me habían contado era una auténtica patraña.
Pese a que lo he contado como una novela para hacerlo más ameno, aproximadamente, el ochenta por ciento del contenido del relato está basado en hechos históricos, si bien muchos de ellos poco conocidos del público en general.
El veinte por ciento restante son hechos que me he inventado para dar coherencia lógica y continuidad a la historia y, aunque inventados, es muy posible que muchos de ellos hayan ocurrido en la realidad. De hecho, según avanzaba en el estudio, descubrí que bastantes de las cosas que inicialmente había supuesto resultaron ser ciertas, lo que me impulsa a creer en la veracidad de esta versión de la historia.
El resultado final de todo lo investigado es una historia totalmente diferente, casi opuesta diría yo, a la historia oficial que nos enseñaron en la escuela: algunos personajes no son tan buenos como nos contaron ni otros tan malos como los pintan.
En cualquier caso, espero que los que lean esta novela la disfruten y aprendan un poco más de cómo fue la sucesión a la corona de Fernando VII y el inicio de las Guerras Carlistas, acontecimientos que alteraron definitivamente y de forma irreversible el curso de la historia de España.
Introducción histórica de la época
Para que los lectores que no conozcan bien la situación histórica que vivía España en 1829 puedan entender mejor los acontecimientos descritos en esta novela he preparado este pequeño resumen histórico.
La acción se desarrolla durante dos años, 1829 y 1830, aunque para entender bien el relato es importante tener una perspectiva de la situación histórica del momento.
Inicio este resumen de la situación histórica en 1808 al principio del reinado de Fernando VII, uno de los protagonistas. Poco después de su coronación, el ejército de Napoleón invade España y secuestra a la familia real española llevándosela a Francia.
Empieza la guerra de la independencia, en la que una pequeña parte de la sociedad española apoya a los franceses, los llamados afrancesados, en su mayoría gente del gobierno, altos funcionarios, mandos del ejército y gente de clase alta.
Mientras tanto, la mayoría de la población española, con el escaso apoyo de algunas partes del ejército español que se opone a la dominación francesa, hace una feroz resistencia al ejército napoleónico, que va viendo que mantenerse en España va a resultar mucho más duro que las invasiones realizadas en otros países de Europa.
Las luchas con algunos grupos de civiles levantiscos, como la rebelión ocurrida en Madrid el 2 de mayo de 1808, cuestan al ejército imperial más bajas que la invasión de algunos países europeos completos. La población reclama el regreso de su adorado rey Fernando VII, al que llaman el Deseado.
Por su particular ubicación, Cádiz en el extremo sur de España, resiste a la invasión francesa y las principales figuras de la política de la España independiente se reúnen allí, constituyendo la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, órgano que llevaba el gobierno de España durante la invasión francesa, e intentaba la expulsión de los franceses del territorio nacional. Este grupo de políticos reunidos en Cádiz redactaría la primera constitución de la historia de España (19 de marzo de 1812, más conocida por La Pepa), sembrando así la semilla del constitucionalismo o liberalismo.
Finalmente, tras cinco años de luchas y tenaz resistencia, con la ayuda del ejército inglés, a mediados de 1813 España gana la guerra de la independencia y los franceses son expulsados. Mientras España está invadida por Napoleón, con la familia real secuestrada y con lo que queda del ejército luchando contra los franceses, las provincias americanas aprovechan la situación de indefensión española para iniciar los movimientos independentistas.
Terminada la guerra contra los franceses, Fernando VII regresa a España en medio del clamor popular, pero la alegría durará poco cuando comprueban cómo el rey, a pesar del tremendo apoyo que ha recibido del pueblo para vencer a los franceses y devolverle el trono, vuelve para ejercer un reinado despótico y tiránico, iniciando una fuerte persecución contra muchos de los que durante años han luchado y dado todo por defenderle.
Desde el regreso de Fernando VII, se inicia en España una nueva era histórica, en la que la sociedad española se divide en dos bandos claramente diferenciados, los tradicionalistas que quieren que siga imperando el antiguo régimen de monarquía absoluta, en la que el rey manda y decide todo lo que debe hacerse, y los liberales herederos de los ideales de la revolución francesa, que pretenden la implantación de un sistema con mayor participación del pueblo en las decisiones políticas y de gobierno.
Desde aquella lejana época, y hasta nuestros días, viene el terrible enfrentamiento existente en España entre la derecha (los tradicionalistas) y la izquierda (los liberales o demócratas), conflicto que aunque suavizado, aún doscientos años después permanece totalmente vigente en la política y sociedad española, después de haber ocasionado innumerables guerras civiles en nuestro sufrido país. Ya en 1836, un famoso periodista y dramaturgo escribió su famoso epitafio: «Aquí yace media España, murió de la otra media». Esperemos que algún día cambie esta situación…
Volviendo a la época que nos ocupa, tras el regreso del rey a España al finalizar la Guerra de la Independencia se inicia un largo período de inestabilidad política. Por un lado los tradicionalistas animan al rey a perseguir hasta el final a los liberales, mientras que estos por su parte hacen lo posible por iniciar una revolución que les permita tomar el poder. Durante estos tensos años, en los que en España hay un clima de preguerra civil, las colonias americanas aprovechan las luchas internas de los españoles para afianzar su intento de independencia.
En 1820, tras seis años de intentos revolucionarios, los liberales tienen éxito y consiguen hacerse con el poder, cuando el general liberal Rafael de Riego consigue que un contingente del ejército que se dirige a América con intención de sofocar los movimientos independentistas se alce en armas y tome el poder por la fuerza.
Se inicia así un período liberal, en el que aunque el rey Fernando VII no es depuesto, se convierte en un monigote sin poder, que debe someter sus decisiones a la constitución redactada en 1812 y a la aprobación de las cortes.
Los liberales en el poder quieren tomarse la revancha de las persecuciones sufridas y se dedican a perseguir a sus enemigos tradicionalistas, lo que contribuye aún más a calentar la política española. Tras tres años con los liberales en el gobierno, las potencias europeas de la Santa Alianza, preocupados por los movimientos revolucionarios españoles, deciden hacer una intervención militar en España que devuelva el poder absoluto al rey Fernando VII. Francia envía a España el ejército de los 100.000 hijos de San Luis, con el que consiguen devolver el poder absoluto al rey y echar a los liberales del gobierno, terminando así el Trienio Liberal (1820-1823).
El rey, que durante tres años ha sido manipulado por los liberales, ve llegado el momento de recuperar su antiguo poder y vengarse, y apoyado por los tradicionalistas que también quieren tomarse la revancha de los liberales, inicia una terrible represión contra ellos, período que dura diez años hasta la muerte de Fernando VII y que es conocido como la «Década Ominosa». Durante esa época, los liberales que no fueron encarcelados o ejecutados tuvieron que huir al exilio, principalmente a Francia e Inglaterra.
Después del final del Trienio Liberal (1823) muchos tradicionalistas, escarmentados por las persecuciones sufridas durante el Trienio Liberal, deciden dar su apoyo al más tradicionalista de la familia real: El infante don Carlos Isidro.
Don Carlos, el hermano pequeño de Fernando VII, es el heredero del trono desde la coronación de Fernando VII y es tremendamente religioso y tradicionalista, por lo que buena parte de los partidarios del antiguo régimen intentan acelerar su subida al trono antes de la muerte del rey. A partir de 1823 se producen algunas rebeliones y alzamientos, que tienen como objetivo poner la corona a don Carlos. Estas sublevaciones de los carlistas, nunca apoyadas por don Carlos, se van intensificando hasta que tras la muerte del rey, don Carlos apoya a sus partidarios y estalla el conflicto sucesorio en una guerra civil.
Este conflicto sucesorio se originó por la ausencia de descendencia del rey durante muchos años. Fernando VII había contraído matrimonio en tres ocasiones, sin conseguir en ninguna de ellas tener descendencia, por lo que durante más de veinte años, desde su ascensión al trono en 1808, el heredero de la corona era su hermano el infante don Carlos Isidro, al que muchos tenían como seguro futuro rey de España.
Parece que Fernando VII, aunque con dificultades para engendrar, no era totalmente estéril, pues en su segundo matrimonio sí consiguió dejar embarazada a su mujer, la cual murió por complicaciones del embarazo.
Sin embargo, cuando murió María Amalia de Sajonia, la tercera esposa de Fernando VII, el rey seguía sin descendencia y a pesar de tener solo 47 años, estaba enfermo y tan avejentado que parecía tener más de setenta años. En ese momento, viendo el mal estado de saludo de Fernando VII muchos pensaban que abdicaría a favor de su hermano don Carlos o que fallecería rápido dejando la corona a don Carlos.
Lo que nadie esperaba en ese momento es que Fernando VII, animado por su cuñada, decidiera volver a casarse. Es justo en el momento de la muerte de la tercera esposa de Fernando VII, sin descendencia y con don Carlos como heredero de la corona, cuando se inicia la historia relatada en esta novela…
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1.- MARÍA CRISTINA
―¡Vístete que viene mi padre! ―exclamó María Cristina asustada cuando escuchó la voz del rey y el chirrido de la puerta al abrirse. Los amantes sorprendidos, saltaron de la cama intentando taparse con las sábanas, mientras entraba en la habitación don Francesco I de Nápoles, acompañado de varios cortesanos.
Cuando el rey contempló a su hija agitada y desnuda junto a la cama, intentando taparse con la ropa de cama, quedó por unos instantes paralizado, observando atónito aquella escena que hubiera preferido que no fuera cierta. Fue avisado del escándalo por un cortesano, pero el rey prefirió verificar con sus propios ojos si eran ciertos los desvaríos que le acababan de contar sobre su hija, ya que no podía darles crédito.
Repuesto de la primera impresión, el rey se aproximó a grandes pasos a su hija y tras propinarle una tremenda bofetada, exclamó en voz alta:
―¡Me has deshonrado María Cristina! ¡Esto es un ultraje! Nunca hubiera creído esto de ti, por eso preferí confirmarlo con mis propios ojos. ¡Detened a ese sinvergüenza que acaba de abusar de mi hija!
Al terminar de pronunciar el rey estas frases, varios de los cortesanos se acercaron al joven y lo sujetaron por los brazos, sin que este, todavía desnudo y aturdido, ofreciera ninguna resistencia.
―Y tú, ¿a qué estás esperando para vestirte? Pareces una furcia. ¡Vístete inmediatamente! ―gritó don Francesco a su hija, congestionado por el disgusto―. Y a ese, que se vista y llevadle inmediatamente a los calabozos hasta que se decida qué hacer con él ―ordenó a los cortesanos que sujetaban al aturdido amante.
En cuanto María Cristina terminó de vestirse, don Francesco la agarró del brazo y, sin ningún tipo de miramientos, la llevó por la fuerza hacia las habitaciones reales. Momentos después María Cristina, bañada en lágrimas, se encontraba ante sus padres, rindiéndoles cuentas.
—María Isabel, ¡tu hija acaba de deshonrar a toda la familia! ―exclamó el rey según entraba, todavía muy alterado―. ¡Si es que tenía que sacar todo lo malo de tu familia!
―Cálmate Francesco, que te va a dar algo ―respondió preocupada su esposa María Isabel, intentando calmar los ánimos―. ¿Qué se supone que ha hecho María Cristina como para deshonrarnos a todos?
―No se supone nada, lo he visto todo con mis propios ojos. Esto es un escándalo, la puta de tu hija estaba arriba en una de las habitaciones de las que no se utilizan, desnuda en la cama y fornicando con un tipo. Y por si esto fuera poco no solo lo he visto yo, sino que me acompañaban varias personas, así que va a ser imposible mantener el secreto.
―Tranquilízate Francesco ―dijo la reina María Isabel― lo que ha hecho María Cristina es muy grave, pero es mejor que te calmes un poco y así podrás pensar cómo arreglar el problema.
―No hay manera de arreglarlo. El honor se tiene o no se tiene y esta ramera acaba de tirar por la ventana el buen nombre de toda nuestra familia. Quedaremos en vergüenza para siempre. Nos ha deshonrado y eso ya no tiene remedio. Me temo que para nuestra vergüenza, María Cristina ha heredado el furor uterino de tu madre María Luisa, que tantos escándalos dio con sus amantes. Me da la sensación que o le damos un escarmiento fuerte o nos volverá a hacer la misma en cuanto nos descuidemos. Hay que buscar un castigo ejemplar para su atrevimiento ―dijo el rey congestionado y con la respiración entrecortada por el disgusto.
Tras escuchar el relato con todo detalle de lo ocurrido, la reina María Isabel intentó calmar a su esposo para evitar mayores disgustos, sin embargo, Don Francesco, todavía congestionado por la ira, increpaba a su hija por lo que había hecho y la deshonra que había provocado a toda la familia. Por culpa de su inmoralidad, de ahí en adelante la familia real napolitana dejaría de ser el ejemplo, que siempre había sido, de virtudes para la nación.
María Cristina estaba asustada, no solo por la tremenda bronca que estaba recibiendo de su padre, sino también por las consecuencias que para su futuro tendría ese desliz. Le preocupaba especialmente lo que pudiera planear su padre, pues conociendo su rígida moral y su empeño en que la familia real napolitana siempre diera ejemplo, estaba claro que en breve recibiría un fuerte escarmiento.
Durante la tremenda reprimenda paternal, María Cristina intentó recurrir a la protección de su madre María Isabel de Borbón, de costumbres mucho más relajadas que su esposo don Francesco, aunque con escasos resultados. Su padre estaba furioso y ni siquiera su madre conseguía calmarle. Lo único que podía hacer era aguantar el chaparrón y confiar en que pasados unos días la influencia de su madre tranquilizara un poco a don Francesco.
Cuando finalizó lo más violento de la discusión, don Francesco ordenó a su hija que se retirara a sus habitaciones y dio instrucciones a las camareras y doncellas para que María Cristina no pudiera salir de sus habitaciones y quedara bajo vigilancia, sin poder comunicarse con nadie y sin ningún contacto con el mundo exterior. Mientras, decidiría qué hacer para remediar la deshonra familiar creada por su hija.
En cuanto María Cristina quedó sola el mundo se le vino encima. Aquello era un desastre. Todavía llorando, se tumbó en la cama para ver si mediante el sueño conseguía escapar por unos instantes de su terrible situación, pero era inútil, cuanta más voluntad ponía en intentar dormir, más insistía su cabeza en rememorar lo ocurrido y en imaginar lo que se le avecinaba.
Estaba claro que el enfado de su padre no era pasajero. Conociendo su rígida moralidad y su carácter estricto e irascible, salvo que ocurriera un milagro, sabía que tenía garantizado de por vida el rechazo de su padre, amén de un fuerte castigo por parte de él para intentar enmendar su moralidad e imagen pública.
Por si todo eso no fuera bastante, la deshonra había caído sobre toda su familia por su culpa. Seguro que sus hermanos y hermanas tampoco la perdonarían. Además, lo más probable era que los numerosos enemigos políticos de su padre, presentes por todos sitios, incluso infiltrados en palacio, se encargasen de que la noticia se propagase por todo Nápoles y alrededores, por lo que en adelante ni ella ni nadie de su familia podrían salir de palacio sin ser la comidilla de todos.
Otra cosa que le preocupaba era lo que pudiera ocurrirle a su amante Giovanni. Ella le quería y hacía varios meses que mantenía su secreta relación con él, pero estaba segura de que su padre no tendría ninguna compasión con el que consideraba responsable de su deshonra y la de su familia. No le extrañaría que el pobre soldado de la guardia real fuera condenado a muerte o a pasar el resto de su vida en la cárcel, y todo por su culpa. Mientras seguía pensando en todas las desgracias que su ligereza habían causado, agotada por el llanto, María Cristina se fue poco a poco quedando dormida.
Al día siguiente, despertó agotada y con los ojos hinchados. Una camarera entró en su cuarto y le dejó el desayuno sobre una mesita. María Cristina aprovechó para preguntarle cómo se encontraban sus padres, pero la camarera dio media vuelta y se marchó sin decir una palabra. La infanta quedó extrañada de su reacción, ya que habitualmente era bastante amable con ella, y dudó sobre si sería debido al natural desprecio hacia quien había caído en deshonra o a órdenes de su padre para que nadie mantuviera ningún tipo de contacto con ella.
Tras varios días sin poder hablar con nadie, María Cristina estaba desesperada. Se encontraba bastante sola y quería saber qué estaba ocurriendo con su familia; sin embargo, todos sus esfuerzos por entablar una conversación con cualquiera de las camareras fueron inútiles. Estaba claro que todas ellas obedecían órdenes de su padre.
Al darse cuenta de que era imposible conversar con nadie, decidió escribir una carta a su querida hermana Luisa Carlota para contarle todo lo sucedido, desde el inicio de sus amoríos con Giovanni hasta el actual momento de aislamiento en sus habitaciones tras ser sorprendida con él en plena acción.
Como tenía tiempo y aunque fuera por carta, se consolaba contando su situación a alguien, se extendió bastante en la redacción de la misma. Finalmente pensó que posiblemente su hermana Luisa Carlota, de inagotables recursos, podría darle algún tipo de consejo y quién sabe si podría ayudarla para suavizar la situación con su padre. Aunque no tenía ni idea de cuándo ni cómo podría enviarla, decidió tenerla lista para en cuanto tuviera la más mínima oportunidad dársela a alguien de su confianza que pudiera enviarla.
Mientras tanto, fuera de la habitación de María Cristina, continuaba la agitación por lo ocurrido. Las noticias que llegaban a palacio era que todo Nápoles comentaba cómo la infanta había sido descubierta por su propio padre fornicando con un soldado de la escolta real. Estaba claro que los enemigos políticos de don Francesco I estaban aprovechando lo ocurrido para hacer leña del árbol caído.
Varios días después de lo ocurrido seguía don Francesco bastante irritado por el asunto. Su hija no solo le había deshonrado, sí no que además había valido para dejar en el más completo de los ridículos a toda la familia real.
Aparte de su hija, el único responsable de su deshonra había sido el atrevido soldado que había osado cortejar nada menos que a la hija del rey. El fogoso amante de la infanta fue sometido pocos días después a un juicio rápido y condenado por conducta inmoral y escándalo a la pena de cinco años de cárcel y posterior destierro de por vida del reino de Nápoles.
Aunque la reina quería suavizar el castigo de su hija, don Francesco permanecía inflexible; María Cristina debía ser severamente castigada y seguiría totalmente aislada hasta que se decidiera cuál sería su castigo; el propósito era poder lavar el oprobio familiar, lo que serviría además para que todos los súbditos vieran que el rey no estaba dispuesto a permitir ningún tipo de inmoralidad en el reino.
Lejos de olvidarse el asunto, por las calles de Nápoles seguían creciendo los rumores y no había en toda la ciudad quien no comentase las aventuras de la hija del rey con un miembro de la escolta real; a cada día que pasaba, la versión que circulaba por las calles era cada vez más exagerada. A tanto llegó el asunto que los fieles, escandalizados con todas las perversiones que se contaban sobre la infanta, reclamaron al obispo de la ciudad que tomara medidas en el asunto.
El obispo, don Luigi Ruffo, no tenía ninguna intención de enfrentarse a la familia real; sin embargo, los crecientes rumores hicieron subir la presión que sobre él ejercían tanto los fieles como los enemigos políticos del rey, hasta que no le quedó otro remedio que escribir una carta de amonestación a la joven infanta, por conducta inmoral y escándalo público.
Como la infanta se encontraba incomunicada en sus habitaciones, la carta fue entregada en mano al propio rey, quien al leer el contenido de la misma casi tiene un síncope por el disgusto. Para colmo de males y de manera inexplicable, la recepción de la carta y el contenido de la misma fueron rápidamente divulgados por toda la ciudad, lo que vino a empeorar todavía más el oprobio de la familia real.
Encontrándose en tan crítica situación, don Francesco decidió que debía tomar alguna medida drástica que dejara claro a la población su recta moralidad. Como el soldado ya había sido condenado, no cabía cebarse más sobre él, por lo que debía pensar en algún ejemplar castigo para su hija.
A pesar de los muchos ruegos de la reina, don Francesco decidió que lo mejor sería hacer pública su decisión del próximo ingreso en un convento de clausura de la infanta. Tras varias semanas de aislamiento, María Cristina recibió por fin una visita; su madre, llorosa, entró en su cuarto.
―Buenos días hija ―dijo sollozando mientras la abrazaba― quería venir a verte, pero tu padre me lo tenía prohibido y, como todos estos días lo he visto furioso y alterado, no le he querido desobedecer, no fuera a descargar en mí su rabia.
―Tranquila mamá ―contestó María Cristina que continuaba abrazada a su madre―, yo sé que por tu parte no habría habido ningún escándalo.
―Sí, tu padre se pasa a veces de estricto. Lo que no sé es como conociéndole te arriesgaste a liarte con ese hombre dentro de palacio, donde sabes que siempre hay chismosos encargados de meter las narices en asuntos ajenos.
―Mamá, estoy muy enamorada de Giovanni y sabes que nunca me dejabais sola ni un momento, así que aunque hubiera preferido encontrarme con él fuera, no tuve más remedio que buscarme un rincón discreto aquí en palacio. Pero bueno, lo pasado, pasado. Lo que me interesa más es saber cómo está la situación ahora. Llevo tiempo sin hablar con nadie y no sé qué está pasando.
―Pues no te voy a decir que la cosa está bien porque es mentira. Tu padre sigue casi tan enfadado como el primer día y, además, lo que pasó se ha convertido en el tema de conversación favorito de todo Nápoles. Por si esto fuera poco, el otro día recibió tu padre una carta del obispo con una amonestación para ti, por conducta inmoral y escándalo público. Fue la gota que colmó el vaso. Tu padre casi se muere del disgusto.
―¿Y qué pasó con mi amante Giovanni? ―preguntó.
―Podría haber sido peor ―contestó la reina tranquila―. A tu amante lo encerraron en un calabozo y una semana después se le hizo el juicio. Fue condenado a cinco años de prisión y a su posterior destierro de por vida, una vez salga de la cárcel.
―¿Te ha dicho algo papá sobre el castigo que tiene pensado para mí? ―preguntó la infanta preocupada―. Porque supongo que no pensará dejarme toda la vida aquí encerrada sin hacer nada.
―Supones bien hija, me temo que tu padre quiere dar ejemplo de moralidad y rectitud a la corte y está empeñado en meterte en un convento de clausura. Desde que se le ocurrió esa idea he intentado, en innumerables ocasiones, hacerle cambiar de idea, pero sabes que es muy testarudo y cuando se le mete algo entre ceja y ceja es casi imposible hacerle cambiar de opinión.
María Cristina suspiró resignada. Durante el tiempo que había permanecido incomunicada ya se le había pasado por la cabeza la posibilidad de que su padre quisiera ingresarla en clausura. Sin embargo, la idea no le seducía, por lo que haría todo lo posible para intentar evitar ese castigo y que le impusieran otro diferente. Intentó sondear a su madre, para ver qué alternativas tenía.
―¿Y si me niego a ingresar en la clausura? ―dijo con los ojos medio llorosos.
― No puedes negarte. Simplemente un buen día vendrá a buscarte tu padre y te llevará allí quieras o no. Lo único que vas a conseguir si te resistes a ir es enfadar todavía más a tu padre y que te lleve a rastras. La verdad es que después de todo lo ocurrido yo no intentaría negarme a algo que va a ocurrir quieras o no. De todas maneras, tú te los has buscado. Tu padre está empeñado en que debe dar ejemplo de rectitud y moralidad a la nación y quieras o no va a hacerlo.
María Cristina lloró desconsolada al escuchar cuál sería su destino. Tras desahogarse un rato, recordó la larga carta que había escrito a su hermana y decidió que aquella era la ocasión para ponerla al corriente de los acontecimientos.
―Mamá, el otro día aburrida, escribí una carta a Luisa Carlota. Estoy segura que ella sabría aconsejarme bien sobre qué es lo que debería hacer en esta ocasión. ¿Tú podrías hacerme el favor de enviarla al correo?
―Por supuesto que sí hija; de todas maneras ya le escribí yo contándole lo sucedido y pidiéndole que si tenía algún consejo o palabra de ánimo para ti me enviase su respuesta para yo intentar hacértela llegar. Supongo que mi carta todavía estará camino de Madrid.
―Gracias mamá. En cualquier caso, quería pedirte que si fuera posible enviases la mía. Me apetece poder contarle a mi hermana preferida todo lo que me ha pasado.
―No te preocupes hija. Dámela y en cuanto pueda la pongo en el correo. Te prometo entregarla de la manera más discreta posible, ya me encargo yo.
Tras esta conversación se despidieron con un largo abrazo y María Cristina volvió a quedar sumida en la más profunda soledad. La reina María Isabel se encargó de cumplir el encargo de su hija enviando la carta a la infanta Luisa Carlota con el mayor de los secretos y dedicó gran parte de sus energías a intentar evitar la entrada de su hija en la clausura.
Lo cierto es que la señora reina tampoco tuvo mucho que hacer para complicar el ingreso en clausura de su hija, ya que difundido y exagerado el escándalo de María Cristina, así como la carta de amonestación del obispado, no querían aceptarla en ningún convento de clausura del reino.
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2.- LUISA CARLOTA
Luisa Carlota, hermana mayor de María Cristina, residía en la corte de Madrid desde hacía diez años, cuando su tío, el infante Francisco de Paula, hermano de Fernando VII, le pidió matrimonio. Tenía mucho genio, era enérgica, decidida y andaba siempre buscando la manera de salirse con la suya, pero a pesar de su fuerte carácter Luisa Carlota era feliz en su matrimonio. Tuvo la suerte de que su tío y marido, el infante Francisco de Paula, fuese un hombre bueno y comprensivo; esquivaba siempre cualquier conflicto con su querida esposa, dejándole a ella la mayoría de las decisiones importantes.
Por si esto fuera poco, su unión se había visto bendecida con la llegada de ocho hijos, a los que Luisa Carlota adoraba y protegía hasta extremos poco frecuentes. La infanta se había adaptado perfectamente a la vida y costumbres de la corte española, de donde provenía su madre María Isabel de Borbón, hermana de Fernando VII.
Su vida en Madrid hubiera sido perfecta de no haber sido por la presencia en la corte de sus primas portuguesas, María Francisca y María Teresa de Braganza, a las que odiaba profundamente, sentimiento que a su vez, era correspondido por las portuguesas.
A tal punto había llegado la enemistad entre la napolitana y las portuguesas, que además de enemigas personales, se habían convertido en enemigas políticas. Las portuguesas, siempre empeñadas en que el infante don Carlos, marido de una de ellas, ascendiera al trono, se habían dedicado a promover varios alzamientos de los tradicionalistas contra Fernando VII, mientras que, fiel a su antagonismo con las portuguesas, Luisa Carlota se dedicaba a apoyar al bando contrario, los liberales, que eran perseguidos por el rey desde que años antes habían salido del poder al termino del Trienio Liberal.
Cuando Luisa Carlota recibió el grueso manuscrito de su hermana se imaginó enseguida su contenido, ya que semanas antes había recibido la carta de su madre contándole lo sucedido. Nada más recibirla, se encerró en una habitación tranquila para leerla con calma y enterarse bien de su contenido. Siendo así de gruesa la carta seguro que su hermana le contaba con todo detalle sus sentimientos y lo ocurrido.
Al terminar de leer la carta, quedó bastante preocupada ya que su hermana estaba metida en un problema bastante grave y, conociendo a su padre, sabía que era prácticamente imposible que cambiase de opinión. Luisa Carlota quedó un rato pensativa, intentando pensar en qué podría hacer para ayudar a su hermana, pero no se le ocurrió nada y decidió que la contestaría un poco más tarde, en cuanto pensara con más detenimiento; no sabía qué podía escribir para intentar consolarla.
Al día siguiente, se le ocurrió que tal vez sería buena idea traerse a su hermana a España, lejos del escándalo, y le comentó su idea en una carta a su madre, poniendo dentro otro sobre para su hermana María Cristina en el que intentaba animarla.
Días después, como era habitual con el comienzo del buen tiempo primaveral, la corte se mudó a Aranjuez. Cuando llevaban varios días allí, una mañana que los infantes se levantaron más tarde de lo habitual, al asomarse al balcón a disfrutar del radiante sol de mayo, quedaron sorprendidos al ver que de los balcones de las habitaciones reales colgaban negros crespones, mientras una ligera brisa los agitaba suavemente.
Salieron inmediatamente de sus habitaciones y encontraron que dentro del palacio había gran agitación debido al reciente fallecimiento de la reina María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de Fernando VII, muerta repentinamente la noche anterior. Gran parte de la corte se ocupaba ya de los preparativos de los funerales reales.
El achacoso rey Fernando VII, sentado en una butaca de su habitación, sombrío y ajeno a la agitación exterior, parecía resignado a tener que soportar los acontecimientos que el paso del tiempo le deparaba. Más que triste por la muerte de su esposa, estaba meditabundo, intentando adivinar cuánto tiempo de vida le quedaba todavía. Para todo el mundo, incluso para él mismo, parecía evidente que con su mal estado de salud no tardaría mucho en fallecer.
Meditaba también acerca de lo que dejaría a la posteridad tras su muerte. Revisando los acontecimientos de su reinado, lo que más lamentaba, además de la pérdida de la mayoría de las colonias de América y del Trienio Liberal, era, sin duda, el morir sin dejar descendencia. No le apetecía nada dejar la corona a su hermano Carlos, que tan mal le había estado pagando en los últimos años, con el cariño que siempre le había tenido.
Su sobrina y cuñada María Francisca de Braganza, que había adquirido por herencia la desmedida ambición de su madre Carlota Joaquina, había conseguido distanciarle de su hermano Carlos. Capitaneando María Francisca, junto con su hermana mayor María Teresa, a los tradicionalistas más radicales, habían formado un grupo ideológico llamados los apostólicos, cuya cabeza visible era el infante don Carlos, a quien nunca habían pedido permiso para otorgarle dicha responsabilidad.
Dedicados a cultivar los valores de la religión católica y perseguir a muerte cualquier cosa que oliera a liberal, masón o revolucionario, los apostólicos llevaban años organizando rebeliones e intrigas para pedir al rey mayor respeto a las tradiciones y más mano dura contra los liberales y masones. En algunas ocasiones, algunos de los más exaltados habían intentando forzar el derrocamiento de Fernando VII y la proclamación como rey del infante don Carlos.
Al rey le parecía increíble que los apostólicos pudieran pedirle más mano dura contra los liberales, a los que se había dedicado a perseguir sin descanso desde el final del Trienio Liberal, ayudado por su Ministro de Gracia y Justicia, don Tadeo Calomarde. ¿Qué más podían pedirle a él? Siempre había odiado con toda su alma a los liberales.
Estaba el rey reflexionando sobre estos temas, cuando llamaron a la puerta de su habitación. Eran su hermano, el infante don Carlos, y su esposa, la infanta María Francisca, para darle el pésame por el reciente fallecimiento de su esposa. Fernando VII no tenía ganas de recibir a nadie y menos a María Francisca, sin embargo, la rígida etiqueta de la corte de España le obligaba a recibirlos.
El monarca no se encontraba ya tan unido a su hermano como antiguamente y su cuñada nunca le había parecido simpática, mucho menos ahora que tenía claro que era la responsable del distanciamiento con su hermano y de gran parte de los alzamientos tradicionalistas de los años anteriores.
― Buenos días Fernando. Te acompañamos en el sentimiento ―dijo la infanta María Francisca con una fingida expresión de dolor.
―Gracias. No me queda más que resignarme, así es la vida ―contestó el rey con desgana.
―Sabes que por aquí todos apreciábamos mucho a tu esposa, que era una santa. Seguro que ya está en la gloria de Dios ―comentó el infante don Carlos, con su habitual beatífica actitud.
―Sí, seguro. Todos sabíamos de sobra que en el caso de Amalia, su reino no era de este mundo ―contestó el rey con desgana, con la mirada perdida a través de la ventana como para dar por terminada la conversación.
―Bueno te dejamos, que vemos que no tienes ánimos para seguir hablando ―dijo la infanta a modo de despedida, mientras abandonaban la habitación.
El rey quedó nuevamente solo en su cuarto, mientras continuaba con sus reflexiones. Tras toda la noche en vela se encontraba cansado y poco a poco fue cerrando los ojos hasta terminar quedándose dormido.
Varias horas después, Fernando VII se despertó de su siesta, encontrándose ya mucho más descansado y con las ideas más claras. Salió de su habitación para pasarse por la sala donde todavía reposaba el cuerpo de María Amalia de Sajonia y saludar a los que estuvieran por allí para darle el pésame.
A las primeras personas que encontró al salir de su cuarto fue a su hermano Francisco de Paula y a su cuñada Luisa Carlota, quienes también le dieron el pésame por la muerte de su esposa. Fernando tenía buena relación con su hermano Francisco de Paula. Para el rey, el menor de sus hermanos era un cabeza de chorlito y siempre se andaba metiendo en líos, pero al menos tenía un corazón sincero y nunca había intentado traicionarle.
Luisa Carlota, su esposa, era una mujer enérgica y decidida que siempre buscaba la manera de salirse con la suya. Por varios motivos al rey le caía bien esa mujer. Era la primera persona que tenía, por fin, bajo control al cabeza loca de su hermano Francisco de Paula. Desde su boda, el benjamín de la familia real había dejado de ser un problema para el monarca y eso había sido un gran alivio para él.
Otro punto en el que Fernando VII coincidía con Luisa Carlota era en la común antipatía que ambos tenían a las hermanas portuguesas y eso hacía al rey inclinarse siempre a favor de Luisa Carlota, aunque solo fuera por ver rabiar a las portuguesas.
El rey disfrutaba lo indecible viendo las rencillas, zancadillas y malas pasadas que se hacían entre ellas, especialmente cuando las hermanas de Braganza salían perdedoras. La tensión en los actos oficiales en los que coincidían era evidente para todos aquellos que estaban al corriente de su enemistad. Algunos malintencionados rumoreaban incluso que, en ocasiones, el rey organizaba algunos actos solo para obligarlas a encontrarse y deleitarse observando las miradas asesinas y jugarretas que se intercambiaban entre ellas.
La tarde del fallecimiento de la reina, Luisa Carlota no paraba de pensar en la nueva situación que se creaba con la viudedad del rey. Pensándolo bien, su muerte le favorecía ya que la difunta reina había sido una mujer tremendamente piadosa, por lo que había simpatizado mucho con sus enemigas las infantas portuguesas, mientras compartían sus interminables oraciones y rosarios. La reina había terminado siendo un instrumento de las portuguesas para que el rey persistiera en su persecución continua a los liberales.
La relación de María Amalia con Luisa Carlota había sido bastante distante. No se habían llevado mal, pero sus maneras de ser y sus intereses eran tan diferentes que no tenían nada en común. Las inclinaciones religiosas de la reina habían propiciado mucho la persecución de los masones y liberales, por lo que Luisa Carlota había preferido mantenerse distanciada de ella y evitar así cualquier clase de enfrentamiento con la reina.
Había otro tema de preocupación para Luisa Carlota. El rey se veía cada vez más achacoso y en cualquier momento podía fallecer. Eso era un grave riesgo para ella, pues cuando ocurriera, el infante don Carlos heredaría el trono, con lo que su gran enemiga María Francisca quedaría convertida en reina de España. Seguro que llegado ese momento se acabarían las contemplaciones y entre María Francisca y su hermana María Teresa le harían la vida imposible a ella y a todos los liberales. En sus reflexiones, Luisa Carlota veía la coronación del infante don Carlos y, como consecuencia, a ella huyendo con su familia para refugiarse en su Nápoles natal, donde su padre era el rey.
Decidida a evitar que esto llegase a convertirse en realidad, Luisa Carlota siguió pensando en el tema intentando buscar alguna solución, aunque no se le ocurría nada que ella pudiese hacer. Durante toda la tarde estuvo dándole vueltas en la cabeza, sin conseguir encontrar ninguna solución razonable.
Cuando se iba a acostar, le comentó su preocupación a su marido Francisco de Paula. El infante intentó quitarle importancia a los comentarios de Luisa Carlota, pero no consiguió que ella apartase ese tema de la cabeza. Antes de dormirse, Luisa Carlota veía, medio en sueños, como su cuñado don Carlos era coronado y como ellos tenían que huir de la tremenda persecución que María Francisca organizaba contra todos los liberales.
Tras pasar gran parte de la noche agitada por tan espantosa perspectiva, la infanta logró dormirse, aunque sus preocupaciones la siguieron persiguiendo en sus sueños. A pesar de la mala noche pasada, al día siguiente Luisa Carlota se levantó radiante; durante la noche había tenido una inspiración imprevista y se levantó convencida de que todavía podría hacer algo para evitar que sus peores pronósticos llegasen a hacerse realidad.
Satisfecha consigo misma, estaba impaciente porque despertase su marido para comentarle la brillante inspiración que había tenido. Tras un rato de espera, en cuanto vio a Francisco de Paula girarse en la cama, abrió la ventana para que la luz terminara de despertarle.
―Buenos días cariño ―saludó radiante Luisa Carlota―. ¿Has dormido bien?
―Buenos días ―respondió adormilado Francisco de Paula―. ¿No es aún muy temprano? ―preguntó extrañado al ver que apenas estaba amaneciendo.
―Sí, Francisco, pero es que he tenido una idea tremenda y no podía aguantar más tiempo sin contártela.
Haciendo esfuerzos por no dormirse, Francisco de Paula pidió de mala gana a su esposa que le contase tan brillante inspiración:
―Venga, cuéntame lo que quieras, que luego quiero seguir durmiendo.
―No creo que puedas seguir con sueño después de lo que voy a contarte ―respondió ilusionada Luisa Carlota sin dar importancia a la desgana de su marido―. Llevo toda la noche dándole vueltas a la cabeza, imaginando cómo serán las cosas cuando se muera Fernando y la verdad es que no es un futuro nada prometedor. Antes de irme a dormir, me prometí a mí misma estrujarme la cabeza al máximo para intentar encontrar alguna solución y lo he conseguido ―comentó sonriendo satisfecha―. ¿Quieres saber lo que se me ha ocurrido?
―Cuéntamelo. Estoy seguro de que no me vas a dejar dormir hasta que no te salgas con la tuya, así que cuanto antes mejor.
―Bueno, pues lo que se me ha ocurrido para cambiar la situación y evitar que Carlos reciba la corona es convencer a Fernando para que se case de nuevo y tenga hijos.
―He oído muchos disparates en mi vida, pero este es uno de los más grandes. No sé cómo se te ocurre despertarme para contarme semejante tontería ―dijo indignado Francisco de Paula―. Lo primero es que Fernando ya está muy mayor y enfermo para casarse. No creo que puedas convencerle para que se case de nuevo. Ha quedado demasiado escaldado con la meapilas de Amalia como para que le queden ganas de repetir. Además, si nunca ha tenido un hijo, ¿crees que va a ser capaz ahora que anda tan achacoso?
―Me parece que no conoces bien a tu hermano. Fernando se chifla por las mujeres y lo único que habría que hacer para animarle a casarse de nuevo es garantizarle que la candidata es justo lo contrario de Amalia. Además, sabes que está muy dolido con Carlos por los intentos de alzamiento que ha habido de los apostólicos en los últimos años. Estoy segura de que le encantaría darle un escarmiento casándose de nuevo y haciéndole temblar con la posibilidad de que pudiera tener un hijo.
―Vale, reconozco que seguramente no sería difícil convencerle para que se vuelva a casar. Es más, seguro que será muy fácil encontrar candidatas que quieran casarse con el rey de España. Lo que no creo que ni un milagro pueda conseguir es que tenga hijos con lo viejo que está.
―Bueno, en eso podríamos echarle una mano. Creo que tengo una candidata que podría casarse con el rey con la condición de darle descendencia, aunque no fuera dentro del matrimonio ―respondió Luisa Carlota con una maliciosa sonrisa.
Francisco de Paula sobresaltado, se incorporó en la cama.
―Estás loca, Luisa Carlota. ¿Me estás diciendo que quieres convertir al rey de España en un cornudo? ¿No te parece que todo el mundo sospecharía enseguida cuando aparezca tu candidata embarazada?
―Sí, es muy posible que bastante gente sospeche que hay gato encerrado en el embarazo, pero nadie podrá demostrar nada y seguro que no hay nadie con valor suficiente para plantarse delante de Fernando y decirle que es un cornudo, y menos sin pruebas. Lo único que necesitamos es ilusionar al rey con su matrimonio y luego cargarle un niño.
—Me parece una locura y seguro que al final todo lo que me estás contando termina en un tremendo problema ―advirtió preocupado Francisco de Paula. Él, mejor que nadie, sabía que cuando a Luisa Carlota se le metía una idea en la cabeza no había manera de hacerle dar su brazo a torcer.
―Piénsalo bien y verás que lo que digo, tiene todo el sentido del mundo. Creo que será muy fácil convencer a Fernando para que se case de nuevo. No creo que tengamos ningún problema para encontrar alguna candidata dispuesta a casarse con la condición de quedarse embarazada para ser madre del futuro rey y creo que, cuando esto pase, todo el mundo sospechará que hay truco, pero nadie podrá demostrar nada. Mira tu propio caso. Todo el mundo dice que no eres hijo de Carlos IV, sino de Godoy, y no ha pasado nada. ¿Por qué crees que ahora tendría que ser diferente?
Francisco de Paula quedó un rato pensativo y finalmente no le quedó más remedio que aceptar que la locura que le acababa de contar su mujer tenía mucho sentido. Cuando terminó sus cavilaciones, dijo:
―Bueno, supongamos que todo lo que me has contado pasa. ¿De verdad crees que nos valdría de algo? ¿Qué ganaríamos con montar todo ese lío?
Luisa Carlota suspiró cansada. La verdad es que su marido a veces la exasperaba. Siempre tenía que explicarle todo con detalle porque nunca se enteraba de nada, ni de las cosas más simples. Armándose de paciencia, suspiró profundamente e intentó abrirle los ojos a su esposo.
―Pues todo el lío, como tú lo llamas, nos valdría de mucho. Primero para evitar que tu hermano Carlos heredase el trono y eso ya es bastante, y segundo, si nosotros buscamos una candidata y le facilitamos casarse con el rey, seguro que siempre estará en deuda con nosotros y nos ayudará en todo lo que pidamos. Si nuestra candidata al final intentase descarriarse, siempre podríamos amenazarla con desvelar toda la verdad, con lo que tendríamos otro medio para intentar influir directamente en las decisiones del rey.
Francisco de Paula empezó a comprender el alcance de lo que su mujer había estado maquinando durante la noche. Por más que sabía de sus habilidades, no podía dejar de admirar la capacidad de Luisa Carlota para manipular las situaciones e intentar salirse siempre con la suya. El plan le parecía arriesgado, pero perfecto. Lo único que no le quedaba claro es lo que pasaría cuando Fernando muriese. Seguro de que su esposa ya habría previsto ese caso y se lo preguntó:
