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Con la vitalidad de la sangre se abren camino los personajes de los ocho relatos de La Reportera Roja. Desde el norte hasta el sur de México, desde la vuelta del siglo hasta finales de la década pasada, los personajes persiguen una estatura moral superior, pero terminan sucumbiendo ante el delirio personal, la venganza, la fatalidad de las estrellas. El amor –en sus diversas manifestaciones: filial, romántico y carnal– emerge en escenas de crueldad que difícilmente reconoceríamos como humanas, aunque ese choque nos incita a pensar que el amor es, a veces, un acto sanguinario en el que confluyen el instante del trauma y la conexión con el destino. La violencia aparece así como una búsqueda estética, de los sentidos entrelazados con la velocidad, en un mundo en el que las tradiciones familiares se imponen con ironía y poder, desvelando la dimensión mítica de una criminalidad primigenia, que mueve al lector a unir los puntos de un hado secreto. La Reportera Roja es un libro sobre el crimen que ha traspasado a México durante los últimos sexenios y es también una indagación narrativa que redefine la realidad con plasticidad, empatía y asombro.
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Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2023
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LA REPORTERA ROJA
fernando fabio sánchez

UNIVERSIDAD VERACRUZANA
Martín Gerardo Aguilar Sánchez
Rector
Juan Ortiz Escamilla
Secretario Académico
Lizbeth Margarita Viveros Cancino
Secretaria de Administración y Finanzas
Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora
Secretaria de Desarrollo Institucional
Agustín del Moral Tejeda
Director Editorial
Primera edición, 24 de noviembre de 2023
D. R. © Universidad Veracruzana
Dirección Editorial
Nogueira núm. 7, Centro, CP 91000
Xalapa, Veracruz, México
Tels. 228 818 59 80; 228 818 13 88
https://www.uv.mx/editorial
ISBN electrónico: 978-607-8923-74-8
Cuidado editorial: Silverio Sánchez Rodríguez
Maquetación de forros y collage digital: Jorge Cerón Ruiz Andrade
Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva
Un corazón late dos billones de veces a lo largo de una vida natural. La semana pasada cumplí 28 años. Hice algunos cálculos y celebré a solas en el laboratorio. Mi corazón ha palpitado unas 800 mil millones de veces. Hoy llamaron al cuartel. Tuvimos que venir en la patrulla a inspeccionar un tráiler que dejaron a un lado de la carretera. Y me aborda la pregunta: ¿posee algún sentido ulterior, quizá metafísico, esta secuencia de latidos que es, en sí, mi existencia? Siento el calor del aire al abrir la puerta y poner un pie fuera del vehículo; hundo mi huella en el polvo blando del camino. El terreno se halla desierto, iluminado por un sol que extiende sus rayos sobre el cielo enrojecido. Los días han sido largos, brillantes; es verano. ¿Acaso encontraremos vida en el interior del tráiler? §
Francisco Pineda trabaja para la Policía Federal en el estado de Chihuahua. Es médico legista y realiza un reporte de cada una de las escenas de sangre ocurridas en territorio de jurisprudencia federal. No hay presupuesto para auxiliares médicos, por lo que Francisco también está a cargo de un laboratorio asaz austero en una pequeña e improvisada instalación junto al cuartel de la policía en la ciudad de Jiménez.
Se graduó en la Universidad Juárez del estado de Durango. Nació en Ciudad Lerdo, en el mismo estado. El día en que lo contrataron, Francisco no impresionó a sus nuevos colegas con su pedigrí académico. Nacidos en Camargo o en la capital, todos ellos habían estudiado en la Ciudad de México o en Guadalajara. Ganar el puesto de médico legista en la ciudad de Jiménez no significó entrar en los más altos niveles de la escala laboral, ni mucho menos fue una coronación a su carrera. Había llegado allí por la influencia de una estrella racial aciaga que hace que egresados brillantes consigan trabajos mediocres.
Francisco se distinguió por su inteligencia e interés por el conocimiento entre sus compañeros de la facultad. Además de recibir las calificaciones más altas en los exámenes teóricos y prácticos, causaba admiración, pero también extrañeza en los más ordinarios y conservadores, cuando explicaba en clase el funcionamiento del cuerpo humano. Un profesor le dijo que bien habría podido estudiar ingeniería en un tecnológico, pues entendía la medicina en términos mecánicos y a veces bajo los conceptos de la física. Esa mirada, de acuerdo con Francisco, hacía eco de una profunda comprensión de la fisiología, la anatomía y la bioquímica.
Pero la mayoría de las personas desconocía las capacidades de Francisco e ignoraba las razones de su destino injustamente pequeño. Sin mucha conciencia, asumían el veredicto de su hado y validaban, como una consecuencia lógica, los juicios sociales sobre su tez cobriza y brillante, su guardarropa formal, aunque antiguo y mal combinado, y unos modales de robot, originados quizá en el seno de una familia protestante. §
El corazón está formado por cuatro cámaras al modo de un plano cartesiano. Los cuadrantes superiores se llaman atrios y los inferiores, ventrículos. La cámara superior derecha (el atrio derecho) recibe la sangre de las venas: la serie de raíces enhebradas en el cuerpo. De la cámara superior la sangre baja al ventrículo derecho a través de la válvula tricúspide. Una vez allí, la sangre pasa a los pulmones por medio de la válvula semilunar pulmonar. En los pulmones, la sangre recibe oxígeno y luego regresa al corazón. Primero entra en el atrio izquierdo y luego desciende al ventrículo izquierdo por la válvula mitral. De allí la sangre es distribuida en el cuerpo a través de un enramado de arterias y capilares, para llegar a los tejidos más lejanos.
Un latido es el momento en el que la sangre baja de los atrios a los ventrículos. El proceso del corazón es perfectamente asimétrico: el lado derecho recoge la sangre que viene del cuerpo y que necesita ser oxigenada, para luego bombearla a los pulmones; el lado izquierdo recibe la sangre con oxígeno de los pulmones y después la difunde en el cuerpo. La actividad en ambos hemisferios es sincrónica; o sea, los instantes de recibir y bombear sangre en ambos hemisferios son simultáneos.
En el cuerpo humano encontramos una economía que no siempre existe en el mundo social. El corazón hace una labor doble y utiliza para ello solo un impulso de energía. En el mundo, donde peleamos por recursos, uno tiene que ganar y otro tiene que perder. Es el caso de un paciente que recibe un órgano ajeno. Para hacer realidad un trasplante de corazón, por ejemplo, ha de morir un ser humano y ofrecer, en la cueva del silencio, como una víctima en un altar, su corazón y sus latidos.§
En dos años, había disminuido el crimen en el estado de Chihuahua. De cinco acribillados y cuatro ahorcados por semana, habían pasado a dos o tres escenas de sangre al mes. La violencia pasional volvió a ser tema de los periódicos locales, aunque ese tipo de crímenes le correspondía a la Policía Estatal y no a la Federal. No obstante, los límites de jurisdicción no eran muy precisos, ya que los cuerpos aparecían en caminos federales y se requería hacer más indagaciones para deslindar los fueros. Asimismo, de vez en cuando había errores de oficina ocasionados, en parte, por la falta de un sistema de comunicaciones efectivo entre las agencias.
Una tarde del mes de mayo, Francisco y un oficial tuvieron que asistir a una escena de sangre en los márgenes de la ciudad. Un hombre había aparecido acribillado. Un rival amoroso parecía ser el responsable. La patrulla federal, al darse cuenta de los detalles, transfirió el caso a la policía del estado. Esa misma tarde, antes de regresar a la jefatura, el patrullero recibió otra llamada de alerta: un tráiler se había incendiado en la carretera. Francisco acompañó al oficial y así se vio forzado a postergar los análisis de sangre de dos mujeres, halladas muertas en Ciudad Juárez, que un colega le había enviado para corroborar resultados.
Al llegar al punto de la carretera entre Camargo y Jiménez, los dos de la patrulla encontraron un tráiler con la caja calcinada, como si le hubieran puesto una bomba. El incendio había surgido por negligencia del trailero, que transportaba químicos sin el debido equipamiento.
Mientras el patrullero trataba de llegar a un acuerdo informal con el conductor, Francisco se descubrió solo ante el horizonte. Pensó en los análisis inconclusos y lo abordó el deseo de regresar al laboratorio para cumplir con su trabajo. Miró hacia el sol de la tarde. Matorrales y mezquites apenas se movían por las corrientes de un viento cálido; alguna liebre o correcaminos encontraba hogar en la belleza y el silencio de aquel semidesierto; allá, en el fondo, las montañas se fundían con la intensidad de un cielo encendido. De forma increíble, las nubes, organizadas en una columna y desbordándose en lo alto como las copas de un árbol, brillaban blancas, amarillas y vivas, resguardando la luz de una hora más temprana.
Francisco se sintió, de pronto, en la intimidad del laboratorio, pues pensó que el mundo entero lo era. Aquello imaginó Francisco solo, ante el secreto del atardecer, rodeado de hombres pedestres con teléfonos móviles, armas y pantalones Topeka. §
Un latido es la reacción a la descarga eléctrica del nódulo sinusal, el marcapasos del corazón. El corazón se contrae, expulsando la sangre contenida en las cámaras de los dos hemisferios y succiona sangre como una jeringa al regresar al estado de dilatación.
Un electrocardiógrafo mide estos impulsos eléctricos. Su representación, ya sea gráfica o electrónica, consta de tres ondas: una montaña muy aguda franqueada por dos colinas apenas elevadas. Estas tres ondas o instantes corresponden a interacciones de carga eléctrica positiva y negativa, así como a momentos de polarización y despolarización. La cresta más alta de las ondas pertenece a una descarga positiva y su caída libre inmediata, a una carga negativa. Es el encuentro de estas cargas opuestas, precisamente, la fuerza que contrae el corazón.
Podríamos decir, así, que un electrocardiograma nos habla del trabajo de este órgano, trazando el relámpago que lo anima en un vals de más de un billón de veces. En ocasiones busco explicar el funcionamiento del cuerpo humano a mis compañeros de la federal. Al hacerlo, utilizo metáforas y diagramas de ingeniería para describir el trabajo del corazón. Pero me doy cuenta de que tanto las metáforas como la mecánica representan un discurso demasiado complejo para ciertas almas. Para lidiar con la soledad, mantengo correspondencia electrónica con mis compañeros de la facultad; sin embargo, los siento cada vez más y más lejanos.§
La llamada llegó por la tarde. Los conductores abandonaron el tráiler en la carretera al ver que el motor fallaba y huyeron de la escena como si desearan salvar sus vidas. Por el calor del verano y sin un sistema de refrigeración en funcionamiento, la carga del tráiler terminaría en los desperdicios.
Fue un reporte anónimo, ya que ese tipo de denuncias produce mucho miedo en la sociedad civil. ¿Habrá hecho la denuncia alguno de los implicados? ¿Habrá avisado para que otros, con recursos mecánicos, rescataran el último racimo de alientos que el tráiler transportaba? La voz se escuchó en la bocina y después la señorita de la jefatura pasó la información a uno de los oficiales. Sus compañeros se quedaron en silencio cuando ella le dijo que debía ir al sitio indicado para inspeccionar el vehículo. Lamentaron su suerte. Sin duda, dijeron, alguien pagaría con el más alto precio. No obstante, el reloj del mundo está siempre a la hora correcta; es lo que Francisco concluirá al final de esa tarde. §
Al principio pensé que el movimiento de la Tierra alrededor del sol gobernaba la medición del tiempo. Pensé que un segundo correspondía a 1/86 400 de un año solar. No obstante, como casi toda persona sabe, cada cuatro años es necesario añadir un día, lo que hace del año una unidad inestable. La razón, el movimiento de traslación de la Tierra es irregular.
Los científicos han buscado una medición siempre constante. Lo hicieron con relojes mecánicos y con los ciclos lunares; el día de hoy utilizan el movimiento de los átomos. Un segundo, entonces, se define como “la duración de 9, 192, 631, 770 oscilaciones de la radiación correspondiente a la transición entre los dos niveles hiperfinos en el estado fundamental del átomo de cesio (133Cs)”. No me atreveré a explicar esta definición que ofrece The International System of Units, aunque aclararé que en 1997 fue necesario añadir una oración más: “Esta definición se refiere al átomo de cesio en reposo a una temperatura de 0 K”. Los científicos se dieron cuenta de que los relojes atómicos diferían de acuerdo con el nivel del mar. La gravedad interfiere con la medición del tiempo.
Cada uno de los relojes del mundo, de esta manera, sigue la pulsación de los elementos, pero, podríamos decir, de sus elementos contenidos. Cada uno está separado en el tiempo y en el espacio y existe en su propia relación. El corazón humano ‒el corazón animal‒ es un eco de esa pulsación que experimenta cada elemento. Un corazón sería el vibrar de la materia y de la energía en su posición particular. Un día soñé que abría los ojos y que despertaba al mismo tiempo que todos los seres del universo, cuando ellos abrían los ojos también. §
Francisco acompañó al oficial. Resultó ser el mismo con quien había inspeccionado la caja quemada del tráiler aquella tarde del ocaso enamorador. Joaquín, desafiando la carga negativa que había caído en su nombre, era uno de los pocos oficiales de confianza. Varias veces lo habían acusado de ser blando. Dejaba ir a las personas sin emitir una infracción. Muchas veces ni siquiera le daban dinero por su obra altruista. Dentro de sí, Joaquín sentía vergüenza de solicitar un soborno, así que, si el otro no mencionaba el asunto, él tampoco lo hacía. Esa tarde iba triste y en silencio. Francisco observó que recién se había bañado. Todavía era posible oler su loción para después de afeitar y el gel fijador del pelo aún estaba fresco.
—¿Y cómo vino a tocarnos la inspección de este tráiler? ‒dijo‒. Tengo tres hijos.
Hubo un silencio, que Francisco agradeció. Francisco pensó que, como paso siguiente, le preguntaría si, como él, tenía hijos. Pero Joaquín dijo algo más:
—De un año a la fecha se han encontrado, allá en el sur, cuerpos desnudos, abiertos, sin nada por dentro. Ya desde hacía tiempo que se escuchaban rumores de que estaban abriendo personas para sacarles los órganos. La gente no lo cree; deciden, en realidad, desconocer. Pero basta con que a una persona le pasen estas cosas, para que se conviertan en una verdad. Hace poco se volvió a escuchar que allá en Tierra Caliente abordaban a los paisas y a los cerotes en las rutas ya conocidas, y que con engaños los convencían para que se fueran con ellos. Les prometen trabajo, comida. Agarran a las mujeres solas o a los niños que viajan sin compañía.
“Los cadáveres que han encontrado en fosas comunes son en realidad los desperdicios. Algunos están desnudos. Tienen aberturas bien profundas; se ve lo que hay dentro, como si los hubieran operado, pero los dejan sin coser, desde el cuello hasta el vientre. Yo los he visto.”
La patrulla avanzaba por la carretera. Al inicio, la torreta iba encendida. Joaquín la apagó kilómetros más tarde.
—En una ocasión ‒dijo Joaquín‒, cuando parecía que no pasaban ya tantos cargamentos de droga, unos compañeros se encontraron frente a frente con un camión que, al fin de muchas amenazas, se detuvo. Un camión como ese solo podía transportar drogas, pensaron. Pero era otra cosa lo que llevaba, una cosa horrorosa: eran corazones, eran hígados, todos chiquitos. ¿Tienes hijos? Yo tengo tres. Bueno, eso ya te lo había dicho antes.
Francisco no pronunció palabra en el trayecto. A lo lejos se alcanzaba a ver un tráiler abandonado a un lado de la carretera. La patrulla bajó la velocidad y avanzó sobre las piedras sueltas en el costado de la carretera.
—Dicen que un corazón cuesta miles y miles de dólares. Eso es una fortuna. Muchos saben, pero se quedan callados por miedo y porque también negocian con los mafiosos y obtienen sus ganancias. Me han dicho que, cuando han encontrado camiones o tráilers como ese que está allí, además de los órganos, también ha habido algunos niños vivos ‒habían llegado y se estacionaron muy cerca del tráiler‒. Vamos. Quizá encontremos a un niño con vida.
Joaquín salió de la patrulla y caminó hacia la enorme máquina.
Francisco, al abrir la puerta y pisar la superficie de piedras con el pie derecho, entendió que nada de lo que había presenciado en su vida, ni siquiera durante su servicio en la Policía Federal, se comparaba con aquello que estaba a punto de encontrar. Dudó de que estuviera preparado para subir por la escalerilla y entrar en el tráiler. Pero puso finalmente los dos pies en tierra y se dirigió hacia su destino.
