La salvación viene de nuestro Dios - Christopher J. H. Wright - E-Book

La salvación viene de nuestro Dios E-Book

Christopher J. H. Wright

0,0

Beschreibung

       Gritaban a gran voz:                                      «¡La salvación viene de nuestro Dios,                                         que está sentado en el trono,                                         y del Cordero!» (Ap 7.10) Christopher Wright aprovecha este versículo como si fuera una lente por medio de la cual nos ofrece un panorama de las enseñanzas de la Biblia respecto a la salvación. Cada frase de este versículo resuena junto a temas importantes del Antiguo y Nuevo Testamento, que se combinan al unísono para mostrarnos que la Biblia nos cuenta la historia de la salvación divina de una manera bastante amplia, en relación con el carácter y los propósitos de Dios, la muerte y la resurrección de Jesucristo, la redención de toda la creación, el gozo de la experiencia cristiana y la responsabilidad de la misión cristiana. Por ello, esta clara, profunda y sincera exposición enriquecerá nuestra comprensión de las enseñanzas multifacéticas de la Biblia en torno a la salvación.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 359

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Sinopsis

Gritaban a gran voz:

«¡La salvación viene de nuestro Dios,

que está sentado en el trono,

y del Cordero!» (Ap 7.10)

Christopher Wright aprovecha este versículo como si fuera una lente por medio de la cual nos ofrece un panorama de las enseñanzas de la Biblia respecto a la salvación. Cada frase de este versículo resuena junto a temas importantes del Antiguo y Nuevo Testamento, que se combinan al unísono para mostrarnos que la Biblia nos cuenta la historia de la salvación divina de una manera bastante amplia, en relación con el carácter y los propósitos de Dios, la muerte y la resurrección de Jesucristo, la redención de toda la creación, el gozo de la experiencia cristiana y la responsabilidad de la misión cristiana.

Por ello, esta clara, profunda y sincera exposición enriquecerá nuestra comprensión de las enseñanzas multifacéticas de la Biblia en torno a la salvación.

La salvación viene de nuestro Dios

Celebrando el mensaje central de la Biblia

Christopher J. H. Wright

Título original en inglés: Salvation Belongs to Our God: Celebrating the Bible’s Central Story

Langham Global Library, Carlisle, Cumbria, United Kingdom

© 2008 Christopher J. H. Wright

© 2022 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma

Primera edición impresa, diciembre 2022

Categoría: Religión - Teología cristiana

ISBN N° 978-612-5026-23-1 | Edición digital

ISBN N° 978-612-5026-22-4 | Edición impresa

Editado por:

© 2022 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma

Av. 28 de Julio 314, Int. G, Jesús María, Lima

Apartado postal: 11-168, Lima - Perú

Telf.: (511) 423–2772

E-mail: [email protected] | [email protected]

Web: www.edicionespuma.org

Ediciones Puma es un programa del Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip)

Traducción y edición: Alejandro Pimentel

Diseño de carátula: Eliezer D. Castillo P.

Diagramación y ePub: Hansel J. Huaynate Ventocilla

Reservados todos los derechos

All rights reserved

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o introducida en un sistema de recuperación, o transmitida de ninguna forma, ni por ningún medio sea electrónico, mecánico, fotocopia, grabación o cualquier otro, sin previa autorización de los editores.

Esta traducción se publica por acuerdo con Langham Publishing.

Salvo indicación especial, las citas bíblicas se han tomado de la Nueva Versión Internacional

© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional.

ISBN N° 978-612-5026-23-1

A Paul

Hermano biológico y hermano en el Señor

Después de esto miré y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano. Gritaban a gran voz:

«¡La salvación viene de nuestro Dios,

que está sentado en el trono,

y del Cordero!»

(Ap 7.9–10)

Prefacio

Es un placer y un privilegio poder contribuir con un volumen a esta serie que debe su existencia a una de las fecundas ideas de John Stott. Me refiero a La Biblioteca Cristiana Global o la Doctrina Cristiana desde la Perspectiva Global, cuyo propósito es ofrecer temas introductorios, sencillos y fáciles de leer acerca de doctrinas cristianas claves. En esta serie participan autores de todo el mundo para que en su totalidad refleje los conocimientos y las perspectivas de distintos contextos. Cuando tomó forma, John Stott me acababa de invitar a asumir la dirección de Langham Partnership International y, dado que Literatura Langham es el principal auspiciador de estas publicaciones, tuvo la gentileza de invitarme también a contribuir con un estudio sobre la salvación. Lo ofrezco en agradecimiento a John Stott y reconociendo el valor de los demás estudios de esta serie.

Dos hechos lograron contribuir al desarrollo de mi pensamiento en torno a este tema. El primero fue la conferencia de dirigentes y teólogos anglicanos provenientes de todos los lugares del mundo realizada en julio de 2002 en Oxford, la cual fue auspiciada por el Wycliffe Hall. Fui invitado para exponer en la reunión plenaria mi ensayo titulado Salvación. Me decidí por ofrecer un estudio general de perspectivas bíblicas, empezando por la parte final de la Biblia, específicamente por el pasaje en el que se dice: «¡La salvación viene de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!» (Ap 7.10), el cual usé como plantilla operativa. Al poco tiempo, se me invitó a ser el orador principal en las Frumentius Lectures 2005 del Evangelical Theological College de Addis Ababa, en Etiopía (cuyo nombre proviene del primer obispo que fue enviado como misionero a ese país en el siglo iv). En esta oportunidad aproveché el mismo método de la conferencia anterior.

Estoy agradecido a Peter Walker, Steve Bryan y Semeon Mulatu por haberme invitado y dado aliento con esta investigación que finalmente ha podido tomar forma en este libro. Agradezco también a David Smith (editor de la serie) y Philip Duce (ivp), cuyo trabajo editorial me ha ayudado a mejorar de distintas maneras mi manuscrito original.

Deseo aclarar que este libro aspira a lograr una perspectiva bíblica que sea lo más amplia posible. Ciertamente, la Biblia recurre a la terminología de la salvación de una manera muy amplia, por lo que no he querido determinar de antemano lo que constituyen las «categorías teológicas admisibles» dentro de un marco de referencia doctrinal. Más bien, mi intención es tomar el pasaje de Apocalipsis 7.10 y desentrañar las conjeturas, el contenido, las expectativas y las consecuencias de las sencillas frases que contiene.

He reflexionado muchas veces sobre el texto bíblico a la luz de toda la historia bíblica y su contenido. El resultado de haber estudiado profundamente todas las repercusiones bíblicas ha sido sorprendentemente amplio, por lo que deseo que los siguientes capítulos puedan enriquecer el conocimiento del lector respecto al modo en que la Biblia usa la terminología de la salvación en sus distintos aspectos.

Debido a que en este libro dedico bastante espacio a explicar la manera en que el Antiguo Testamento habla de la salvación, es necesario que sea muy específico en cuanto al Dios que nos da encuentro en las páginas del Antiguo Testamento. Su nombre en hebreo es yhvh, que en algunas biblias antiguas se traduce como «Jehová». Los eruditos en la actualidad prefieren usar el nombre «Yahvé» como un posible indicio respecto a la forma en que se pronunciaba originalmente, aunque no hay certeza absoluta de ello. Desde que los traductores griegos sustituyeron las letras hebreas con el título ho Kyrios, cuyo significado es «el Señor», ha habido una larga tradición en la que en algunas biblias españolas aparece como «el Señor», con versalitas. A veces haré uso de «Yahvé» o «el Señor» cuando quiera dejar bien en claro que el texto no habla acerca de Dios en un sentido general, sino que se refiere específicamente al nombre del Dios que estableció un pacto con el Israel veterotestamentario.

Además, es importante que aclare que, cuando en este libro uso el término «Israel», me refiero al Israel bíblico de la era del Antiguo Testamento o a su continuación teológica en el Nuevo, que incluye a todos los que creen en Jesús el Mesías y que forman parte de la simiente de Abraham. Es imposible entender completamente la perspectiva bíblica de la salvación sin referirse a la gran historia de la participación de Dios con el pueblo de Israel en tiempos bíblicos, a la promesa que le hizo a Abraham, al Éxodo, al pacto en el Sinaí, al templo y a su sistema de sacrificios y, obviamente, a la promesa mesiánica que nos conduce hasta Jesús. Veremos que la promesa de Dios al Israel bíblico, por medio de este, incluye a todas las naciones. Ciertamente, incluso en el Antiguo Testamento, el nombre «Israel» para el pueblo del pacto se amplía, como un anticipo profético, para incluir a otras naciones.

Por sobre todo, debo recalcar enfáticamente que, si bien se debe hablar de Israel si queremos ser fieles a la historia y enseñanza bíblicas, en ninguna parte de este libro me refiero al moderno Estado israelí. Este asunto no encaja en lo absoluto en este tema. Estoy en contra de aquellos que confunden y mezclan a los israelitas del Antiguo Testamento en el canon de la Biblia con la diáspora contemporánea de la etnia mundial judía, con el judaísmo como religión y con el Estado de Israel como un ente político —como si se tratase de lo mismo y portaran las mismas afirmaciones teológicas—. No creo que estas cuatro entidades puedan o deban de una manera simplista ser identificadas de esta forma. Especialmente, debemos diferenciar entre lo que creemos que el Nuevo Testamento dice respecto a los judíos como etnia descendiente de Abraham y las medidas y los actos del moderno Estado de Israel. No debemos dar por sentado que lo primero es lo mismo que lo segundo. Por ello, le pido incesantemente al lector que recuerde que en este libro «Israel» se refiere exclusivamente al Israelbíblico, de la misma manera en que se usa el término en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (modo que, en mi opinión, carece de relación teológica con el moderno Estado que comparte el mismo nombre).

«La salvación viene de nuestro Dios», pero a menudo se recibe por medio del testimonio de los seres humanos. En mi propio caso, si bien crecí en un hogar cristiano, donde fui el hijo más joven de unos padres misioneros y escuché el evangelio desde niño, fue Paul, mi hermano mayor, quien me preguntó, luego de una clase de escuela dominical, si mi nombre estaba escrito en el libro de la vida. Le dije que no lo sabía (probablemente yo tampoco conocía a qué libro se refería). Me dijo que yo debía estar seguro de ello. Le pregunté que cómo podía saberlo y, entonces, mediante una oración, me condujo a recibir a mi Salvador, el Señor Jesús. Luego de tener la seguridad de mi salvación desde tan temprana edad, es para mí un placer dedicarle este breve libro a Paul, con amor y gratitud.

Chris Wright

Pascua de 2007

Capítulo 1

La salvación y la necesidad humana

El gran final de cualquier gran pieza musical es, por lo general, muy emotivo, como en una ópera o en las secuencias musicales y de danza de las culturas antiguas. La canción, el coro apoteósico o la danza final de los grandes dramas musicales terminan generalmente en un ensordecedor aplauso de parte de la audiencia porque ha sentido que se ha logrado comunicar el mensaje de toda la obra. Así, cuando se sale del teatro o la sala de conciertos, se escucha que la gente tararea las tonadas finales, y a veces uno no se las puede sacar de la cabeza durante varios días. Incluso en culturas donde la música y el drama toman la forma de arte en el pueblo local, sin necesidad de tener edificios de teatro o salones de conciertos, se manifiesta un poder emocional en la combinación de las palabras y la música que expresan los grandes temas de la vida y la muerte, el sufrimiento, la victoria y la esperanza. Los seres humanos de las culturas del mundo recurren a la música, la danza, los cantos y el drama cada vez que deben encarar los grandes problemas de la vida que superan un simple análisis racional.

Las Escrituras concluyen con un apoteósico coro final que ofrece un resumen del mensaje de la Biblia entera y que lo canta toda la creación. Será la canción temática para este libro. En los capítulos siguientes analizaré cuidadosamente las profundidades ocultas de cada frase de su mensaje. No es un canto extenso; más bien nos ofrece un resumen de una historia muy larga. Se trata de una canción que no desearemos quitárnosla de la cabeza o de nuestros corazones por toda la eternidad, pues es el canto que aparece en la visión de Juan en Apocalipsis 7.9–10.

Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano. Gritaban a gran voz:

«¡La salvación viene de nuestro Dios,

que está sentado en el trono,

y del Cordero!».

A lo largo de este libro nos preguntaremos qué quiere decir la Biblia cuando usa tales frases. Empecemos con las primeras palabras. ¿Qué habrá pasado por la mente de aquella persona que escribía y cantaba «La salvación viene de nuestro Dios […]»? Luego de identificar aquellas palabras a lo largo de la Biblia, descubrimos que posee un significado muy amplio y completo, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La afirmación «Dios salva» cubre un rango inmenso de realidades, situaciones y experiencias. La razón de ello es la inmensa variedad de circunstancias en las que la salvación de Dios se encuentra con la gente a lo ancho y largo de la historia bíblica. Lo cierto es que nosotros los seres humanos necesitamos que se nos salve de muchas cosas, y Dios lleva a cabo mucha salvación en la Biblia.

Los seres humanos, que vivimos en calidad de criaturas mortales, débiles y pecadoras, tenemos un rango casi ilimitado de necesidades, en las que —o por las cuales— buscamos cierta clase de liberación, pues parece que necesitamos constantemente ser rescatados. No digo esto con el propósito de menospreciar la dignidad o el mérito de los seres humanos. Todo lo contrario, Dios obra para salvarnos de distintas maneras precisamente porque cree que vale la pena que lo haga. Él nos ha creado según su imagen, nos ama y se preocupa por nosotros, se entristece y se ofusca por causa de nuestro pecado y siente compasión por nosotros debido a nuestra fragilidad, por lo cual nos salva. La Biblia nos muestra muchísimas maneras en las que Dios obra justamente así.

Una mirada a nuestro mundo moderno enfatiza la pertinencia constante del mensaje bíblico en torno a nuestra necesidad de salvación a lo largo y ancho de un frente muy amplio. Podemos admirarnos del progreso sorprendente de la raza humana en torno a la lucha contra las enfermedades, al adelanto respecto a la calidad de vida para algunos, al mejoramiento de las normas de justicia e igualdad de oportunidades en algunas culturas y en la diseminación de los beneficios de la educación y alfabetización. Sin embargo, cualquier autocomplacencia respecto a tal progreso parcial queda opacado por la devastadora pobreza de millones, la plaga del vih, que causa el sida, la reaparición de algunas enfermedades que creíamos erradicadas y la espantosa crueldad que termina con la vida de millones en guerras grandes y pequeñas, así como la miseria sin fin de refugiados de por vida.

A todo esto, debemos añadir la realidad de aquellos dos tercios de la población mundial que tienen muy poca o ninguna oportunidad para llegar a comprender la salvación que Jesús logró por medio de su muerte y resurrección, por lo que llegan a vivir y morir en una ignorancia espiritual del evangelio. Esto es así porque detrás de todas las manifestaciones y síntomas de nuestra urgente condición humana se encuentra la realidad fundamental de nuestro pecado, de nuestra intencionada rebelión contra Dios, con todas las consecuencias de ello, incluyendo lo que la Biblia claramente y en repetidas ocasiones denomina la ira de Dios. Necesitamos que se nos salve o, de lo contrario, no habrá esperanza en cualquier nivel para el presente o el futuro, para esta vida o la venidera.

La amplitud de contextos en los que la Biblia proclama la salvación de Dios es muy amplia. Deberíamos resistir con prontitud la tentación de descartar y eliminar todos los casos que pensamos que son «comunes», «no espirituales» o «mundanos» del lenguaje bíblico en torno a la salvación y luego identificar solamente aquellos que creemos que son «teológicos», «trascendentes» o «eternos», porque ello constituye una forma de dualismo que no encuentra apoyo en la Biblia y en el que los cristianos sucumben muy fácilmente.

Obviamente, debemos saber discernir las prioridades de la Biblia dentro de su amplio plan de salvación, pues algunos aspectos son más relevantes que otros. Al fin y al cabo, algunas necesidades humanas tienen mayor importancia que otras, así como hay ciertos asuntos de los que se nos tiene que salvar de manera prioritaria, ya que son mucho más fatales y destructivos que otros. Por ejemplo, la propia Biblia nos muestra que es más importante que se nos salve de la ira de Dios que de alguna enfermedad o injusticia; sin embargo, enfatiza también que ambos aspectos forman parte de la obra salvadora de Dios. No debemos limitar la terminología de la salvación a solamente una parte de lo que las Escrituras dan a conocer.

Efectivamente, es necesario que advirtamos aquellos distintos niveles y prioridades, pero también es importante que comprendamos la visión total de la Biblia respecto a la salvación. Debemos permitir que todo el testimonio bíblico hable por sí mismo, pues la salvación bíblica involucra toda la historia de la Biblia y no solo consiste en un conjunto de doctrinas teológicas o experiencias espirituales. Además, la descripción que ofrece respecto a la obra de Dios en la salvación incluye toda la vida humana en todas sus dimensiones, pues no solo es una simple póliza de seguro para nuestras almas tras nuestra muerte. En otras palabras, es necesario que tengamos un entendimiento integral de la salvación, a lo cual también se dedicará este libro de principio a fin.

La salvación en general

En el Antiguo Testamento

En el Antiguo Testamento, el verbo yasha (salvar) y los sustantivos que se derivan de este (especialmente yeshúa, salvación), junto con el verbo hitsil (liberar), se usan en distintos contextos. A continuación, ofrezco algunos ejemplos. En cada caso, he colocado en cursivas los verbos o sustantivos pertinentes a la salvación con el fin de que se pueda identificar fácilmente el punto de cada referencia.

• Liberación del yugo de los opresores o enemigos. Este es quizá el uso más común de todos debido a que la historia de Israel está llena de tales situaciones que corresponden a la liberación de parte de Dios. El Éxodo fue el mayor ejemplo y el prototipo de los demás casos.

Pero el Señor siguió diciendo:

—Ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. Los he escuchado quejarse de sus capataces, y conozco bien sus penurias. Así que he descendido para librarlos del poder de los egipcios y sacarlos de ese país, para llevarlos a una tierra buena y espaciosa, tierra donde abundan la leche y la miel. Me refiero al país de los cananeos, hititas, amorreos, ferezeos, heveos y jebuseos.

(Éx 3.7–8)

Cada vez que los israelitas salían a combatir, la mano del Señor estaba en contra de ellos para su mal, tal como el Señor se lo había dicho y jurado. Así llegaron a verse muy angustiados.

Entonces el Señor hizo surgir caudillos que los libraron del poder de esos invasores […]. Cada vez que el Señor levantaba entre ellos un caudillo, estaba con él. Mientras ese caudillo vivía, los libraba del poder de sus enemigos, porque el Señor se compadecía de ellos al oírlos gemir por causa de quienes los oprimían y afligían.

(Jue 2.15–16, 18)

• Victoria en la batalla. Comúnmente, cuando los israelitas rogaban a Dios que los ayudara en la batalla o cuando rogaban por un rey en aquella situación, apelaban al poder de Dios para salvarlos.

Ahora sé que el Señor salvará a su ungido,

que le responderá desde su santo cielo

y con su poder le dará grandes victorias.

Estos confían en sus carros de guerra,

aquellos confían en sus corceles,

pero nosotros confiamos en el nombre

del Señor nuestro Dios.

Ellos son vencidos y caen,

pero nosotros nos erguimos y de pie permanecemos.

¡Concede, Señor, la victoria al rey!

¡Respóndenos cuando te llamemos!

(Sal 20.6–9; ver también Sal 33.16–19)

• Sanidad de las enfermedades. Isaías 38 registra la historia de la enfermedad mortal de Ezequías. En respuesta a sus oraciones y lamentos, Dios le devolvió la salud (y le prometió liberar a su ciudad de las manos del rey de Asiria, v. 6).

El canto de agradecimiento que Ezequías le ofreció a Dios ilustra la importancia de haberse mantenido con vida para alabarlo entre los que viven. Para Ezequías, haber sido liberado de la muerte física constituyó la salvación de Dios en aquel punto de su vida.

El Señor me salvará,

y en el templo del Señor

todos los días de nuestra vida

cantaremos con instrumentos de cuerda.

(Is 38.20)

• Rescate de enemigos, perseguidores o detractores personales. Muchos de los salmos surgieron del sufrimiento en medio de ataques personales, los cuales pueden haber sido calumnias, acusaciones injustas frente al juez, amenazas o persecuciones físicas directas. En estas circunstancias, David y los demás salmistas no tenían recurso alguno para poder vengarse o ejecutar justicia por mano propia, sino que debían confiar en Dios, quien los terminaría librando. Es decir, recurrían a Él para que sacase la cara por ellos y los defendiese de estos ataques, de cualquier clase. La terminología de la salvación se usa comúnmente para expresar esta apelación. El propio Dios la utilizó para responder a Jeremías cuando este le rogaba que hiciese algo en contra de aquellos que le hacían la vida imposible.

¡Sálvame, Señor mi Dios, porque en ti busco refugio!

¡Líbrame de todos mis perseguidores!

De lo contrario, me devorarán como leones;

me despedazarán, y no habrá quien me libre […]

Mi escudo está en Dios,

que salva a los de corazón recto.

(Sal 7.1–2, 10)

Haré que seas [Jeremías] para este pueblo

como invencible muro de bronce;

pelearán contra ti,

pero no te podrán vencer,

porque yo estoy contigo

para salvarte y librarte

—afirma el Señor—.

Te libraré del poder de los malvados;

¡te rescataré de las garras de los violentos!

(Jer 15.20–21)

• Exoneración en el juicio. La experiencia de ser acusado injustamente no solo es dolorosa, sino también riesgosa para la vida, dependiendo de la gravedad de la acusación. Asimismo, es profundamente destructivo, tanto de modo individual como colectivo, el hecho de apelar ante el juez para lograr justicia en alguna situación de opresión o explotación y luego no recibirla y ser marginado aún más. En estas situaciones, los israelitas presentaron sus apelaciones a Dios para que los salvara de la injusticia de la forma más literal posible.

Una manera con la que Dios ejercía su poder salvador en la sociedad era asegurándose de que la persona a quien había designado como rey, es decir, la máxima autoridad del sistema judicial, actuaría también de una forma justa. Por ello, el salmo 72 ruega a Dios que le otorgue al rey su propia justicia y misericordia, pues solamente de este modo la autoridad se comportaría como el salvador de los pobres y necesitados, ya que en estos versículos el rey se presenta como el agente de la salvación de Dios, tanto en la esfera social como en la económica. Dios es la fuente de la salvación (con el significado de haber sido rescatado de la injusticia), pese a que un ser humano (el rey o su dominio) es el agente de ello.

El rey hará justicia a los pobres del pueblo

y salvará a los necesitados;

¡él aplastará a los opresores! […]

Se compadecerá del desvalido y del necesitado,

y a los menesterosos les salvará la vida.

(Sal 72.4, 13)

En otros casos, se dice que Dios obra directamente como juez para salvar al necesitado.

Desde el cielo diste a conocer tu veredicto;

la tierra, temerosa, guardó silencio

cuando tú, oh Dios, te levantaste para juzgar,

para salvar a los pobres de la tierra.

(Sal 76.8–9)

Por lo tanto, hablar de que Dios salva a una persona o un pueblo en el Antiguo Testamento se puede referir a muchas maneras en que los rescata de situaciones peligrosas o negativas y les otorga libertad o seguridad.

En el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, el verbo griego sozo (salvar) y su sustantivo derivado soteria (salvación) se usan también en el mismo sentido amplio, incluso cuando Dios es el sujeto. Es decir, Él puede salvar a los seres humanos de la misma manera general que hemos visto en el Antiguo Testamento, pues es una falsa diferencia afirmar que en el Antiguo Testamento la salvación era nacional o física, mientras que en el Nuevo Testamento se vuelve espiritual e individual. Una vez más, aquella clase de dualismo no tiene cabida en la Biblia. Ambos Testamentos hablan de la salvación en términos amplios y generales. A continuación, ofrezco algunos ejemplos:

• El rescate de personas a punto de morir ahogadas. En dos ocasiones Jesús acudió al auxilio de gente que corría peligro de ahogarse y que pidieron su ayuda. En el segundo caso, que involucra a Pedro en particular, la historia se ha contado sin lugar a dudas con ciertos paralelos metafóricos y espirituales en mente, como algunos sermones lo han explicado; sin embargo, se trata también de un peligro de ahogamiento literal en aguas físicas en el que Pedro clama por su salvación física. No pedía que fuese salvado para que pudiera ir al cielo cuando muriera, sino con el fin de salvarse de aquellas aguas allí mismo.

De repente, se levantó en el lago una tormenta tan fuerte que las olas inundaban la barca. Pero Jesús estaba dormido. Los discípulos fueron a despertarlo.

—¡Señor —gritaron—, sálvanos, que nos vamos a ahogar!

(Mt 8.24–25)

Pero, al sentir el viento fuerte, [Pedro] tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó:

—¡Señor, sálvame!

(Mt 14.30)

• La sanidad de una enfermedad en fase terminal. Cuando los discípulos supusieron que Lázaro estaba tan solo durmiendo y no muerto, esperaron verlo recuperarse de aquella enfermedad de la que decían que sería «salvo». Esto se parece mucho a lo que leemos en los salmos y la oración de Ezequías.

Dicho esto, añadió:

—Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo.

—Señor —respondieron sus discípulos—, si duerme, es que va a recuperarse [lit. será salvo].

(Jn 11.11–12)

• La sanidad de una dolencia o discapacidad. En muchos relatos en los que Jesús milagrosamente realiza sanidades, los evangelios usan la palabra sozo de una manera ambigua.

Unas veces el énfasis recae claramente en la sanidad física (lo mismo ocurre en el Antiguo Testamento).

Pensaba: «Si al menos logro tocar su manto, quedaré sana». Jesús se dio vuelta, la vio y le dijo:

—¡Ánimo, hija! Tu fe te ha sanado.

Y la mujer quedó sana en aquel momento.

(Mt 9.21–22; la palabra «sanar», que aparece aquí tres veces, es en realidad «salvar» en griego)

Otras veces se enfatiza más la dimensión espiritual detrás de la enfermedad (Mr 2.1–12), y en otras ocasiones es probable que se involucre lo físico y lo espiritual, con esto último como factor dominante (Lc 7.36–50). Sobre todo, el sabbat es el momento por excelencia para «salvar vidas», que en su contexto significa ‘sanar a los enfermos’ (Mr 3.1–5).

• Ser rescatado de la muerte. Los evangelios registran posiblemente el uso más irónico del lenguaje de salvación en la Biblia. En el preciso momento en que Jesús entregaba su vida por la salvación del mundo, la gente que lo rodeaba se burló de Él diciéndole que se salvase a sí mismo, es decir, que se salvara del sufrimiento y su inevitable muerte en la cruz.

La gente, por su parte, se quedó allí observando, y aun los gobernantes estaban burlándose de él.

—Salvó a otros —decían—; que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Escogido.

También los soldados se acercaron para burlarse de él. Le ofrecieron vinagre y le dijeron:

—Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

Resulta que había sobre él un letrero, que decía: «Este es el Rey de los judíos».

Uno de los criminales allí colgados empezó a insultarlo:

—¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!

(Lc 23.35–39)

La profunda ironía es especialmente evidente en lo que le exigía uno de los ladrones crucificado a su lado: ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros! En ello consiste exactamente el punto. Jesús no podía realizar ambas cosas: no podía salvarse a Él mismo y a nosotros. Pudo haberse salvado convocando instantáneamente una legión de ángeles para que lo liberaran de aquella injusta ejecución; pero, si así hubiera sucedido, no habría podido salvarnos a nosotros o a cualquier otra persona de lo que justamente merecíamos por nuestra rebelión. O habría podido salvarnos; pero, en este caso, no habría podido salvarse a Él mismo, porque, así como tantas veces lo dijo, el propósito de su venida había sido entregar su vida para la salvación de los demás. Así que, contra toda mofa, Jesús persistió incondicionalmente en evitar salvarse a sí mismo y prefirió ofrecer su vida para que pudiera salvarnos.

• Ser rescatado de los peligros físicos y espirituales. Gracias a su amplio vocabulario teológico de salvación, Pablo le dio a esta palabra un uso muy natural y colocó a Dios en su centro con el propósito de describir sus propias experiencias recientes de haber sido rescatado de peligros físicos y espirituales, de hostilidades y ataques, así como ocurre en el lenguaje de los salmos.

Hermanos, no queremos que desconozcan las aflicciones que sufrimos en la provincia de Asia. Estábamos tan agobiados bajo tanta presión que hasta perdimos la esperanza de salir con vida: nos sentíamos como sentenciados a muerte; pero eso sucedió para que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos. Él nos libró y nos librará de tal peligro de muerte. En él tenemos puesta nuestra esperanza, y él seguirá librándonos.

(2Co 1.8–10; «librar» es la traducción de rhyomai)

Salvación del pecado

Así que en ambos Testamentos Dios salva de muchas maneras (física, material y temporal) y de toda clase de situaciones precarias, peligros y amenazas; pero, claro, también en los dos la obra salvífica de Dios trasciende más lejos. No es que las situaciones mencionadas no sean problemas reales y peligros en sí mismos. Ciertamente lo son y Dios toma muy en serio nuestra necesidad de que nos salve de ellas, como se ve que ocurre en grandes fragmentos de la narración bíblica sobre historias en las que salva a las personas de sufrimientos terrenales «comunes» y de necesidades y peligros de toda clase. Sin embargo, la Biblia muestra que todos esos peligros son manifestaciones de un trastorno mucho más profundo de la vida humana. Nos dice que hay algo que se esconde detrás y por debajo de todos estos síntomas de nuestra condición humana.

Reflexiona sobre las situaciones que se nombran a continuación:

• ataque de enemigos

• mentiras

• enfermedades

• opresión

• calumnias

• violencia

• muerte

Todas estas situaciones representan asuntos por los cuales las personas de la Biblia rogaban que Dios las salvase, y con todo derecho. Él oyó sus plegarias y a menudo obró decisivamente para rescatarlas de esos peligros; los cuales, sin embargo, desde sus raíces más profundas, son también producto de la rebelión y el pecado en el corazón del ser humano. Allí es donde yace la fuente de todos los problemas, como lo demuestran con toda claridad las primeras historias de la Biblia. La rebelión del ser humano y su desobediencia a Dios han inyectado su funesto efecto en cada dimensión de la persona, en cada dimensión de la sociedad y en el triste desarrollo de la historia humana, lo que aumenta con el paso de cada generación.

Por ello, la humanidad necesita desesperadamente que Dios trate con el pecado —con el del mundo y el de su propio pueblo—. El Dios bíblico que salva es el mismo que trata con el pecado. Podríamos llamar a esto una dimensión verdaderamente radical de la enseñanza bíblica respecto a la salvación. La que este Dios nos ofrece es una salvación que en primer lugar diagnostica dónde yacen nuestros problemas fundamentales, no solo con su fruto no deseado. En cambio, los dioses falsos y artificiales ofrecen una salvación que deja el problema de fondo tal como está. Por ello, necesitamos examinar lo que ambos Testamentos nos dicen acerca de la salvación del pecado. Se trata ciertamente de muy buenas noticias.

La salvación del pecado en el Antiguo Testamento

Es importante que insistamos en que la salvación del pecado no es solamente una perspectiva del Nuevo Testamento. En efecto, los israelitas del Antiguo Testamento sabían de las profundas consecuencias del pecado y que solamente la gracia de Yahvé podía purificar aquellas partes en las que otros remedios, incluyendo su propio sistema de sacrificios, no podían actuar.

Nadie ha podido superar el profundo concepto que los salmistas tenían respecto al pecado personal, así como a la necesidad del perdón y la purificación.

Dichoso aquel

a quien se le perdonan sus transgresiones,

a quien se le borran sus pecados.

Dichoso aquel

a quien el Señor no toma en cuenta su maldad

y en cuyo espíritu no hay engaño.

(Sal 32.1–2)

Ten compasión de mí, oh Dios,

conforme a tu gran amor;

conforme a tu inmensa bondad,

borra mis transgresiones.

Lávame de toda mi maldad

y límpiame de mi pecado.

Yo reconozco mis transgresiones;

siempre tengo presente mi pecado.

(Sal 51.1–3)

Igualmente, se alegraron porque Dios es capaz de eliminar totalmente el pecado y olvidarse de este.

No nos trata conforme a nuestros pecados

ni nos paga según nuestras maldades.

Tan grande es su amor por los que le temen

como alto es el cielo sobre la tierra.

Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones

como lejos del oriente está el occidente.

(Sal 103.10–12)

Esta proeza de un perdón permanente inspiró a Miqueas a recurrir a la siguiente metáfora marítima:

Vuelve a compadecerte de nosotros.

Pon tu pie sobre nuestras maldades

y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados.

(Mi 7.19)

Por su parte, Isaías se dio cuenta de que Dios, a pesar de la testarudez e incorregibilidad de Israel, sencillamente Él podía borrar aquellos pecados que lo habían ofendido tanto.

Yo soy el que por amor a mí mismo

borra tus transgresiones

y no se acuerda más de tus pecados.

(Is 43.25)

Sin embargo, esta gracia tenía un alto costo, dado que la misión del siervo del Señor era cargar con aquel pecado e iniquidad. De hecho, debía ofrecer su propia vida como una ofrenda por la culpabilidad (Is 53.10–12).

Ezequiel aguardaba con ansias el día en que Dios purificaría a Israel de su pecado y le daría un nuevo corazón y espíritu (Ez 36.24–28); transformación que sería simple y llanamente una resurrección (Ez 37). Por lo tanto, incluso la propia muerte, con su manto de lágrimas —aquella sentencia de muerte que Dios decretó en el jardín del Edén—, sería destruida en última instancia. La promesa de Isaías se cumple a plenitud en las propias palabras de Dios en Apocalipsis 21.4.

Sobre este monte rasgará

el velo que cubre a todos los pueblos,

el manto que envuelve a todas las naciones.

Devorará a la muerte para siempre;

el Señor omnipotente enjugará las lágrimas de todo rostro,

y quitará de toda la tierra

el oprobio de su pueblo.

El Señor mismo lo ha dicho.

(Is 25.7–8)

El periodo postexílico trajo un anhelo aún mayor por la solución final al problema del pecado y el reconocimiento de que solo Dios podría proveerlo. Aquel día llegaría.

En aquel día se abrirá una fuente para lavar del pecado y de la impureza a la casa real de David y a los habitantes de Jerusalén.

(Zac 13.1)

En ese día el ungido de Dios pondrá fin a las transgresiones y pecados, pedirá perdón por la maldad y establecerá para siempre la justicia (Dn 9.24).

El Antiguo Testamento conocía todo lo relacionado con las realidades espirituales internas respecto al pecado y, con la misma profundidad, sabía cuál era la solución: nada menos que el perdón y la salvación de parte de Yahvé, Dios de Israel. Por ello, no nos sorprende que Miqueas haya hecho esta pregunta retórica, que refleja el significado de su propio nombre (Miqueas, en hebreo, significa ‘el que se parece a Yahvé’):

¿Qué Dios hay como tú,

que perdone la maldad […]?

(Mi 7.18)

¡De veras! ¿Quién como Él?

La salvación del pecado en el Nuevo Testamento

Los textos que acabamos de ver, que se coleccionaron a lo largo de la historia y las escrituras del Israel veterotestamentario, fueron parte de las grandes esperanzas y expectativas con las cuales los escritores de los evangelios enmarcaron la venida de Jesús. Anhelaban que Dios viniera y resolviera el problema del pecado, y se dieron cuenta de que en Cristo les presentaba la nueva era de salvación para su pueblo del Antiguo Testamento (Israel) y también para el mundo. Sería una era de plena salvación solo y precisamente porque Dios, por medio de Jesús, finalmente trataría con el pecado en su totalidad. No puede haber una salvación final y definitiva sin una solución final del pecado, lo cual solo Dios puede lograr.

Los preparativos

Como preparativo para la venida y el ministerio de Jesús, Juan el Bautista predicó un mensaje de arrepentimiento y perdón del pecado (Mt 3.6) y, al mismo tiempo, señaló a Jesús como el que «quita el pecado del mundo» (Jn 1.29). Mateo registra la explicación que el ángel da respecto al significado del nombre Jesús (Yejoshua), «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1.21).

Por su parte, Lucas ofrece una explicación mucho más amplia y florida respecto al lenguaje de salvación en torno a la llegada de Jesús, lo que Howard Marshall describe como «una obertura a la historia de la salvación». Los relatos del nacimiento en el Evangelio de Lucas, afirma Marshall, «operan como una obertura que abre paso a los temas principales del drama que está por iniciarse, pero lo hace con su propia música característica. Uno de los tonos que más resalta es el de la salvación».1 Lucas usa una terminología de la salvación siete veces en los primeros tres capítulos:

• en el canto de María (1.47),

• en el canto de Zacarías (1.69, 71, 77),

• en el anuncio del ángel a los pastores (2.11),

• en el canto de Simeón (2.30),

• en la cita que Lucas ofrece de Isaías 40 (3.6).

Este Jesús recién nacido es, sobre todo, la salvación de Dios que ha venido a la tierra.

Mateo

El relato de Mateo acerca del encuentro de Jesús con el joven rico asocia la salvación con heredar la vida eterna y entrar en el reino de Dios.

Sucedió que un hombre se acercó a Jesús y le preguntó:

—Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para obtener la vida eterna? […].

—Les aseguro —comentó Jesús a sus discípulos— que es difícil para un rico entrar en el reino de los cielos […].

Al oír esto, los discípulos quedaron desconcertados y decían:

—En ese caso, ¿quién podrá salvarse?

(Mt 19.16, 23, 25, las cursivas son mías)

Por lo tanto, para Mateo, la salvación incluye disfrutar la vida según el reino de Dios en toda su plenitud junto con todos los de su pueblo que han sido restituidos y salvados.

Lucas

Lucas registra el evento en el cual Jesús anuncia que la salvación ha llegado aquel mismo día a la casa de Zaqueo debido a la respuesta que este dio respecto a la desafiante presencia de Jesús en su hogar.

Pero Zaqueo dijo resueltamente:

—Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea.

—Hoy ha llegado la salvación a esta casa —le dijo Jesús—, ya que este también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

(Lc 19.8–10, las cursivas son mías)

Zaqueo demostró su arrepentimiento debido a una serie de enmiendas que le permitieron retornar a la ley (restituir cuatro veces lo robado, tal como se prescribe en Éx 22.1) y superar con generosidad lo que la norma requería (dio la mitad de sus bienes a los pobres), decisión que tomó en la dirección que el joven rico se negó a seguir.

De una manera que vale la pena notar, Jesús relacionó su declaración con la salvación de Abraham. Zaqueo era ahora un verdadero hijo del pacto con el patriarca, porque había logrado ingresar a la esfera de la salvación gracias a la manera en que respondió al llamado de Cristo. Sin aquella respuesta, habría permanecido sin salvación y entre los perdidos, pese a pertenecer a la etnia israelita y ser descendiente físico de Abraham. Solo por haber reconocido a Jesús el Mesías, ahora pertenecía a los verdaderos israelitas abrahámicos, a aquellos a quienes Cristo vino a buscar y salvar.

Debemos notar también, en relación con las posturas que se promueven en la teología de la prosperidad (las que analizaremos más adelante), que, para Zaqueo, el hecho de ser salvo no logró aumentar sus riquezas, sino, por el contrario, las redujo bastante. Asimismo, se debe observar que, mientras el recaudador de impuestos más se deleitaba en sus cada vez mayores riquezas, más perdido lo encontraba Jesús, pues era un pecador desobediente. Sin embargo, gracias a su arrepentimiento, Cristo lo consideró salvo, ya que fue restituido a una vida obediente bajo el pacto y manifestó honradez y generosidad. La salvación para Zaqueo redujo su fortuna, pero aumentó su devoción a Dios. En cambio, las enseñanzas de la teología de la prosperidad parecen hacer lo opuesto.

Juan

En su clásico resumen del evangelio, a partir de los israelitas, Juan amplía hacia todo el mundo el alcance de la salvación.

Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.

(Jn 3.16–17)

Con algo de ironía, Juan coloca también este mismo mensaje en labios de los odiados samaritanos. Gracias al testimonio de una mujer marginada que había aprendido de Jesús que «la salvación proviene de los judíos» (Jn 4.22), la gente de su pueblo llegó a testificar que de hecho Jesús era «el Salvador del mundo» (Jn 4.42).

Igualmente, Juan deja bien en claro que la salvación significa ser salvo de la ira y el juicio de Dios (como también lo había afirmado Juan el Bautista con claridad) y que no es sencillamente una contraseña que indique una vida feliz. Es cierto que hay una terrible realidad de la que necesitamos ser rescatados; pero las consecuencias de nuestro pecado y nuestra incredulidad son tales que ya estamos bajo la justa condena de Dios y, en última instancia, sufriremos el irrevocable veredicto del juicio final. La única alternativa frente a ser salvos y tener vida eterna es recibir nuestro merecido castigo y morir bajo la condena de Dios; por lo tanto, debemos recibir ahora su salvación, por medio de Jesús, para que evitemos la ira venidera. La salvación y el juicio son claramente los elementos binarios opuestos en la teología de Juan (como lo son también en todo el Nuevo Testamento). Constituyen el trasfondo innegociable del evangelio al que Juan desea que sus lectores presten atención y crean. El juicio de Dios son las inevitables malas noticias, sin las cuales las buenas nuevas no tendrían ningún sentido o, incluso, ninguna razón de existir. Hay tan solo una alternativa para ser salvo, la que Jesús explica con lujo de detalles: la condenación final.

Si alguno escucha mis palabras, pero no las obedece, no seré yo quien lo juzgue; pues no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue. La palabra que yo he proclamado lo condenará en el día final.

(Jn 12.47–48)

Pablo

Para Pablo, el clímax del pacto de Dios con el Israel veterotestamentario fue que, por medio de la muerte del Mesías Jesús, que cargó nuestros pecados, la salvación está ahora disponible para todos aquellos judíos que creen en Él y también para la gente de cualquier pueblo y nación. Esto es exactamente lo que en las escrituras del Antiguo Testamento se había prometido específicamente a Abraham. La salvación vendría de parte de Israel (es decir, por medio de la historia de Dios y su interacción con el Israel veterotestamentario), pero jamás debía limitarse a este (en calidad de etnia judía). Desde un inicio, la promesa que Dios le hizo al Israel veterotestamentario tenía en mente al resto del mundo; pero el propio Israel, como una nación de entre todas las de la tierra, necesitaba también la salvación de Dios y solo podía lograrla por medio de su Mesías, Jesús de Nazaret. Por lo tanto, el anhelo y las plegarias de Pablo, que en esencia, forma y contenido concordaban plenamente con las Escrituras, pedían que Dios salvase a su milenario pueblo de Israel.

Hermanos, el deseo de mi corazón, y mi oración a Dios por los israelitas, es que lleguen a ser salvos.

(Ro 10.1)