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La Santita es una apertura de mundos cosmopoéticos en los que las fronteras entre cuerpo y espíritu, cultura y naturaleza, femenino y masculino, lo lúdico y lo racional, la ciencia y la magia se desvanecen. En siete historias, la autora organiza universos en los que los manglares, las gallinas, las rocas volcánicas, las cenizas, Owi Wan Kenobi o Cristal se encuentran y tejen vínculos que ponen en juego la existencia de otras realidades (no necesariamente occidentales) que escapan a los límites de tiempo y espacio y vivos y muertos. Inspirada en las cosmologías del mundo andino y sus violencias profundas, Moscoso hace magia con las palabras, inventa ritmos y trae referencias de la cultura popular junto a otra cultura pop ancestral. Rompecabezas de referencias tan reconocible en el imaginario de Moscoso y en tantísimos puntos de América. Pósters de Chayanne y Hello Kitty entre viviendas precarias, vegetación random, terrenos vacíos, casas hechas con ladrillos sin pintar ni revocar, ciudades interminables y edificios que brillan al sol, olor a frito y a cilantro. Neón y cumbia. Vírgenes y Star Wars. Estamos, quizás, frente a una literatura del fin del mundo.
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Seitenzahl: 161
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La Santita
Mafe Moscoso nació al borde de los volcanes, en Ecuador. Vive en Barcelona, donde enseña en Bau, Centro Universitario de Artes y Diseño de Barcelona. Su trabajo combina escritura, etnografía y arte de modo artesanal y experimental. Colabora, escribe y performa en diferentes medios y formatos. Entre sus publicaciones se encuentran los ensayos Hostal España: el gesto hospedante, la etnografía hospedante (con acompañamiento de Chus Martínez, Belén Solá y Claudia Delso) (Mister Grifin, León, 2023), Biografía para uso de los pájaros: infancia, memoria y migración (Iaen, Quito, 2013) y los libros de poesía Desintegrar el hechizo: versitos anti-coloniales y Crónica Roja (La Reci, Chiapas, 2021). Doctora en Antropología por la Freie Universität Berlin, aprende junto al Seminario Euraca en Madrid, es comadre del LAAV_ (Laboratorio de Antropología Audiovisual Experimental) en León y sintoniza con lxs neoquipucamayocs en los Andes.
Autoría Mafe Moscoso Rosero
Prólogo Mariana Enriquez
Corrección Sonia Berger y Gemma Deza Guil
Diseño de colección Rosa Llop
Imagen de cubierta José Luis Jácome Guerrero
Producción del ePub: booqlab
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
marzo de 2024, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-36-0
Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.
Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
Prólogo. Mariana Enriquez
La comunera Carmen Triguero cerró muy fuertemente sus ojos
Cómo hacer que una extranjera siga apuntando el dedo hacia el sol
Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza
La Santita
Soap opera enchaquirada
Chotacabra, chupacabra, chontacabra
WANTIAY
Playlist
Mariana Enriquez
Este libro, me dicen las editoras, les llegó como manuscrito y les pareció maravilloso. Y quisieron publicarlo. Yo respeto a Consonni, que edita libros desafiantes y luminosos. Yo soy escritora y soy latinoamericana y tampoco conozco a Mafe Moscoso Rosero, así que abro el PFD de La santita con curiosidad y expectativas.
Tres páginas después estoy asombrada y rendida. Feliz. En estos cuentos intrincados, complejos y bellos hay tanta intensidad e información que resulta difícil de describir lo que provocan. Los Andes y las comunidades indígenas que aparecen delatan que aquí hay una antropóloga, pero, sin embargo, no hay nada de turismo colorido; lo que hay es realidad e imaginación y un lenguaje desatado, esa realidad sobre América Latina que a veces es tan difícil de explicar porque es barroca y urbana pero suele ser masticada y entregada a los lectores como una fotografía quieta e incompleta —llena de colores eso sí— quizá porque resulta inabarcable. También porque América Latina no existe como un todo: cada país, cada región, cada ciudad, cada pueblo tiene su particularidad de una manera tan específica que cuando se habla de literatura latinoamericana la amplitud de ese «término» resulta penosa y es injusta.
Sin embargo, quienes vivimos aquí —escribo desde Buenos Aires— o hemos vivido aquí —porque hay tantos de nosotros migrantes— reconocemos ciertos tornasoles. El mestizaje. El racismo doloroso. La tradición que convive sin contradicciones con YouTube. La cumbia y el neón, los santitos paganos, las animitas, la inestabilidad política y económica, los aromas, la violencia, la muerte. ¿Por qué están tan cerca la muerte y la violencia?, suelen preguntar quienes interrogan sobre lo que se escribe en América Latina. Es que somos jóvenes, pienso. Somos una tierra adolescente y ancestral, con el pasado demasiado cerca y nada resuelto en el futuro, un territorio en formación golpeado, con demasiados secretos ocultos bajo la tierra, con la tierra violentada, con huacas profanadas en el desierto y millonarios que compran lagos en tierras donde yacen huesos de genocidios. Y esa tierra se expresa todo el tiempo, grita, se imprime en la piel.
No tiene sentido enumerar cada uno de estos cuentos porque leerlos es un un deleite y una experiencia que puede empobrecerse si se disecciona. Pero pongamos por ejemplo el relato «La comunera Carmen Triguero cerró muy fuertemente sus ojos». Unx comunerx es alguien que pertenece a una comuna o colectividad indígena asentada en una zona rural. Los ecuatorianos son quizá los más conocidos, pero es un término que se usa en otros países. Vale esa explicación. Pero escuchen cómo hablan los personajes de Mafe: «Pensaba muy románticamente en la comunera Carmen Triguero, su cuchi cuchi, su pachurris, su conchipiñis, su bumbum». ¡A bailar y besar! ¡Y a comer! ¡Y a rezar! «Se colocó pan, chiricanos, bollos, tortillas de maíz, botellas de pepsi, fanta, natillas, camote, moros, agua de muerto, colada morada, guaguas de pan, aguardientes, licores, chicha, café, cepillos de dientes, cigarrillos, bordados a medio hacer, peines, ropa sin pecar, revistas, afeitadoras, muñecas y osos de peluche». La música de lo abarrotado. Del revoltijo propio y ajeno. La belleza de esa mezcla y su olor. Estas descripciones huelen, se saborean. También hay olor a muerte y podredumbre y humo de incendios y veneno sobre el campo, olor de químicos, del remate de las tierras, de las fosas comunes. Este cuento es un relato de ciencia ficción con refinería y trópico. Si uno ve estos paisajes en nuestra región, estos sitios de explotación habitados, ya son pos-apocalípticos. La ropa abandonada en el desierto de Atacama en Chile, desechos de la industria de la moda. El río negro, anóxico, que rodea Buenos Aires llamado Riachuelo. Los basurales donde vive y come y duerme gente en Brasil. Esas refinerías costeras del fin del mundo son como monstruos negros que emergen de las profundidades. Dioses capitalistas que se alimentan de fósiles. La sangre negra del capitalismo, la muerte que da vida a las máquinas. Y la posibilidad de un cambio solo como experiencia mística y como ficción. Es triste este cuento. Todos los cuentos de La santita lo son. Así escribe Mafe: «Es un sonido electrónico, andrajoso, de acero oxidado, de acero putrefacto, de acero salitroso, de acero untado de partículas de cloruro de sodio, óleo, aceite, de caca de gaviota. Se escuchan las palabras que son oferta de vida europea. El crujido corrosivo de un animatrónico que mide 20 metros da la bienvenida a un grupo de turistas rosados ávidos de mojitos, de ensueños top-gun». Así justo se siente. Y hay detalles tan certeros y actuales que el futuro al que los atribuyes esta ficción parece mas cerca que nunca: «Años atrás, en un golpe de gracia (o misericordia), los precios del alquiler echaron definitivamente a las personas de sus casas alquiladas, acabando con la extensa agonía. Los herederos se quedaron arriba, divinos, habitando sus propiedades, disfrutando de los beneficios familiares. El resto fue enviado con cálculo demográfico a los sótanos de la ciudad. El mercado inmobiliario, decían quienes opinaban en televisión. La burbuja económica, explicaron. La crisis, se justificaron. Con pasmosa naturalidad, las de arriba se despidieron poco a poco de quienes eran enviadas a existir en los subterráneos».
En las ciudades, no solo de América Latina pero especialmente aquí, los alquileres ya no son para quienes vivimos y nacimos en estos países. Muchos se van de las ciudades, otros del continente. Pero, en el sueño europeo, resulta que a veces solo es posible quedarse en algún encierro subterráneo porque no se puede volver ni salir.
***
«Obi Wan Kenobi, eres mi única esperanza», título de un cuento, no es el único ejemplo de ese rompecabezas de referencias tan reconocible en el imaginario de Mafe y en tantísimos puntos de América. Pósters de Chayanne y Hello Kitty entre viviendas precarias, vegetación random, terrenos vacíos, casas hechas con ladrillos sin pintar ni revocar, ciudades interminables y edificios que brillan al sol, olor a frito y a cilantro y trap y rap y black metal desde autos que disparan por las avenidas. Vírgenes y Star Wars y Lionel Messi. Así es nuestro folklore: ya no lentos ríos entre el verde de la selva, sino neón y cumbia en plazas que tienen su iglesia y su tienda de carcasas de celulares alrededor. Como escribe Mafe: «Una constelación de calles, callecitas, callejones, casas con patios, jardines de amancay, túneles, arcos, parques, iglesias, mercados, faros, salones de putas, picanterías, sastrerías, bazares, panaderías, dulcerías, canchas de fútbol, zapaterías, ríos, gallerías, fondas, tiendas de canastas de mimbre y santerías. Todos atrapados en la misma urbe, todos atrapados en google maps».
Estos relatos no transcurren necesariamente en el mismo espacio pero sostienen el mismo imaginario: se puede decir que ocurren en el mismo mundo. No es una novela pero es un universo de sentido. «La Santita» del título es un ejemplo: la anciana que custodia la tradición, la irrupción de la violencia, la capilla, la niña loba. «Con sus manos olor a vela chamuscada, la tía Charo estiró aún más la tela de su falda. Su falda de tela sastre made in USA». La joven rockera, las telenovelas venezolanas —esas mejillas redondeadas de Cristal, el imbécil de Luis Alfredo, todo un continente detenido para verlos—, la muerte y lxs aparecidxs, las sirvientas violadas. Y personajes que se toman de conocer el terreno y la cultura como los encharicados, que aluden a personas con identidades y expresiones de género no binarias que viven en la costa, en Ecuador. «Sus prácticas sexuales, junto a los hallazgos arqueológicos de las últimas décadas, son la constatación de que en la zona andina el orden binario apareció durante la colonia y fue impuesto violentamente, implantando un régimen heteronormativo y binario de mirar e interpretar el mundo», explica Mafe, pero esto es una nota al pie. Estos relatos no son académicos, son de una imaginación intensa y de un placer amoroso por el lenguaje. Y es un libro queer sin subrayados, todo naturalidad, lo diverso no como término vacío sino como interpretación de un universo —y también como su descripción—. De la misma manera que persisten los rituales, los espacios liminales, las amistades de chicas jugando en los bordes, visitadas por voces, dueñas de sus ceremonias precedidas por maíz, aparecidas y cumbia que suena desde un MP3, niñas que abren umbrales a otros mundos mientras se escucha «Paisaje» (yo la canto con la voz de Gilda, una artista y santa pagana argentina). «Tú me das la fuerza que se necesita para no marchar».
Las voces que escuchan son las abuelas desaparecidas. «Hemos regresado para ser recibidas. Hace muchos años, una noche, mientras dormíamos, un grupo de militares entró en nuestras casas. Se llevaron a todas las niñas y las abuelas del pueblo. Nos torturaron, nos violaron y nos asesinaron. Las que se quedaron en el pueblo nos buscaron, pero nunca fueron capaces de encontrarnos. Olvidaron. Olvidaron a las niñas y a las abuelas. Olvidaron el pasado y el futuro. Olvidaron nacer y olvidaron morir».
Mafe sintoniza las voces de las masacres, pero también las voces que cantan bailando en sus habitaciones, por eso es fundamental esa playlist del final, con su versión de «Paisaje» por Don Medardo y sus Players, la metáfora de pecera y erotismo de Juan Luis Guerra, bailar a la luz de las velas porque hubo un apagón, porque es la única luz en el baile de los muertos y las vivas.
A Lucinda
Enfrentado a la jungla, las colinas y los valles, mis vidas pasadas como animal u otros seres surgen ante mí.
—Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas,
Apichatpong Weerasethakul
Muhammad Ali dijo: «Vuela como una mariposa y pica como una abeja» y brotaron luciérnagas. Manush Romanov dijo: «Enterradme de pie. Llevo toda la vida de rodillas» y brotaron luciérnagas. A la pregunta: «¿Hay esperanza?», Angela Davis respondió: «No lo sé, pero hay que vivir como si la hubiera» y brotaron luciérnagas.
—Entrevista a un insecto atravesado por la luz,
Helios F. Garcés
Que en las ofrendas por los difuntos, especialmente el día de las ánimas después de Todos Santos, no se permita a los indios ofrecer cosas cocidas o asadas, ni se dé ocasión para su error, que piensan que las ánimas comen de aquello.
—Primer Concilio Limense (1551-1552), canon 106, parte 2.
Con sus manos húmedas, la comunera Carmen Triguero desaguó la carne blanda de la albacora que al amanecer Kevin extrajo del agua opaca y vidriosa con sus antiguas redes verdes de nailon. El agua que va a correr es agüita para llover. La corriente del niño arrastraba pescado, langostas, latas vacías, plásticos multicolor y algas esqueléticas.
La Virgencita del Mar, Santa Rita de Casia, San Isidro Labrador y el Señor de las Aguas, todas allí, donde todo empezó.
Carmen Triguero hizo un pequeño fuego con un mechero cuya cabeza estaba oxidada, lo llevó hacia sus labios, encendió las hojas gruesas y secas de un tabaco color marrón. Tomó un cazo destartalado, lo llenó con agua turbia, agregó una ramita de cebolla, aromatizando el líquido.
En el punto en el que el agua estaba caliente pero aún no se convertía en líquido burbujeante, introdujo la carne del pescado, después sumergió la yuca. Mientras los minutos pasaban con el ritmo aguayabado que ahoga en suave letargo el tiempo en Zúrich, la comunera Carmen Triguero dio profundas bocanadas a un tabaco al que apretaba con dedos y dientes como si fuese su adoración, su rey, su guachito, su cosita rica, su última Coca-Cola en el desierto. El humo perfumado y gris del puro circuló a largo de su lengua húmeda, entibió su garganta camino hacia los pulmones. Los pulmones, al ser llenados con la niebla gris anicotinada, palpitaron de alegría, alborotados, como si fuesen un mercado riot repleto de hierbas, fruta multicolor, flores, verduras, huevos, chicharrón de cochino perfumado con maíz.
Observó a través de la ventanita. En la rama del último ceibo del jardín, un pajarillo, una guacharaca colorada, daba pequeños saltos a lo largo de una rama antigua.
La guarachita voló hacia otro árbol, uno con menos hojas, una escuálida planta de ramas secas, traslúcidas, agonizantes. La comunera Carmen Triguero dio una nueva bocanada: un gran muévelo, muévelo, qué sabroso ocurrió en el mercado. Con ojos de zorra vieja y el puro entre los dientes [el incisivo lateral oro refulgente] comprobó que la yuca y la albacora se habían ablandado. Apagó el fuego, colocó el pescado y la yuca sobre una tabla de madera. En actitud contemplativa observó la pulpa blanca de la albacora, el tubérculo. Esperaba que la combustión apaciguase. Estiró la mano, con su tacto de tortuga se cercioró del enfriamiento. Tomó un cuchillo, atravesó el cuerpo de la yuca, que fue convertida en una fila de cuadraditos uniformes.
Deshuesó el pescado.
Volvió a la tabla, hizo a un lado la fila de yucas, depositó una cebolla redonda y colorada sobre la madera, la cortó por la mitad, con habilidad la cercenó en ramitas, la sumergió en una piscina de aceite, limón y cilantro.
Vertió aceite en una sartén, depositó la yuca y el pescado, bajó la llama, esperó nuevamente, aspirando bocanadas del humo áspero que volvía a alborotar el mercado. Una vecina, desde su fogón, encendió la radio. Servando y Florentino. La comunera Carmen Triguero cerró los ojos muy fuertemente, deseó muy fuertemente también que la vecina estirase las ondas. La vecina subió el volumen. Chévere vecina, gracias. Radio Amor 89.3 A.M. Estas ahí. Como te digo que te vi. Que en la función de ayer estabas. Y si te gusto. También tú a mí. Al tomar contacto con el aceite hirviendo, el pescado y la yuca transformaron su materialidad cosmo-guayaca. La albacora se encogió, cambió de color, expulsó de su cuerpo aromas que se amotinaron ruidosamente formando una mezcla espesa de pescado, yuca y especias a la que ella sumó la cebolla colorada, el aceite, el limón y el cilantro.
Con la cuchara de palo, mezcló los ingredientes que burbujeaban al calor del fuego.
Bajó la llama, que se transformó en fuego mínimo, abrió el grifo, llenó el vaso de plástico con agua espumosa, vertió una pizca sobre la cocción. Todo bien mojado.
Rectificó de sal, pimienta, jugo de limón.
Dejó el platillo maravilla reposando dentro de la olla que cubrió con un plato bocabajo. Lenta, enorme, la comunera Carmen Triguero abrió la puerta y dio unos pasos hacia el patio que daba a la cocina. Clo-clo-clo-clo-clo: al verla, una gallina que picoteaba maíz le comunicó que el agua que cada mañana permitía la vida, tanto la suya como la de sus camaradas, empezaba a secarse. Carmen Triguero volvió a la cocina, introdujo agua del grifo dentro de una botella, volvió a salir, rellenó el pequeño bebedero. De pie, las miró acercarse al líquido para introducir los picos en él. Pero las gallinas no bebieron. Les preguntó que qué ocurría, pero en lugar de responderle, las gallinas le dieron las espaldas, mostrándole sus espléndidas y rosadas pompas adornadas de plumas despeinadas. Extrañada, la comunera giró las caderas en dirección oeste, se sentó sobre su silla, ubicada bajo el árbol de Guayacán. Lima-limón dio un par de vueltas alrededor de sus pies, envolvió con su cola negra el tobillo izquierdo de la mujer, se desanudó, finalmente se tumbó bajo sus rodillas. La comunera Carmen Triguero retiró su pie de la chancla, lo dirigió hacia la panza de la gata, la sobó con la uña del dedo gordo. Ambas, Lima-limón y la comunera Carmen Triguero, se ronronearon la una a la otra durante unos minutos, componiendo un arrullo que poco a poco las introdujo en un sueño de atardecer tibio de cañas, níquel y mosquitos.
Tiger, ven a comer, ya está servido, aquí te dejo tu picante de pescado, papi lindo, dijo la comunera Carmen Triguero varias horas más tarde.
Elvirita, venga a comer, aquí le dejo su sancocho, invitó la comunera Andrea María Vera.
José Abigail, tome su seco de chivo, ñañito, anunció la comunera Rosita Borbor.
Abuelita Alcira, aquí le dejo un ceviche, venga a comer.
Tío Marco, ya está servido su arroz con menestra.
Leopoldo Salazar, abuelito querido, aquí está su pescado sudado, buen provecho.
Mijita linda, querida Angelita, tus fideos con camarones y kétchup están servidos.
Jeannette, mijita, te preparé corviche, amorcito, como a ti te gusta.
Había que nombrar a los invitados. No llamarlos suprimía la posibilidad del potlach, borraba las condiciones para la entrega, la aceptación, el retorno. Tiger, papasito, mi rey, mi arrocito con menestra, toma tu caldo de bagre. Al pronunciar las palabras, los comuneros transmutaban sus espíritus, transmutaban los sonidos, trasmutaban los ciclos de los vivos, de los medio vivos, de los muertos. Al llamarlos por su nombre, se producía un proceso alquímico que transformaba las palabras en una constelación de conexiones tecnochamánicas entre los universos. En el resto del planeta, los humanos y muertos habían olvidado las artes de convocarse unos a otros.
