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Galicia, 1882. Elisa viaja desde Madrid a Pedramorta, el pazo familiar que acaba de heredar tras la muerte de su tío. Su plan es simple: transformarlo en una casa de huéspedes y regresar cuanto antes a la capital. Pero todo cambia cuando el sargento Seara le revela que las circunstancias del fallecimiento son extrañas. El cadáver presenta indicios de rituales de brujería. El pueblo murmura sobre la implicación de una meiga, una presencia maligna que habita el bosque tras el pazo. Entre secretos familiares, intrigas vecinales y pasiones ocultas, Elisa deberá enfrentarse a fuerzas que van más allá de la lógica. En Pedramorta, nada es lo que parece: el folclore y el misterio se entrelazan para ocultar una verdad que muchos desean mantener enterrada.
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Seitenzahl: 497
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Contenido
Prólogo
1. Solo un poco de orballo
II. Entre volutas de bruma y gotas de lluvia
III. La nueva dueña
IV. Protegerse de lo que no conocemos
V. Carcoma y podredumbre
VI. Un par de cuervos
VII. La bruja de los dientes verdes
VIII. Ramona Xerés
IX. Una buena dosis de lumbre
X. Un sinfín de motas de polvo
XI. Palmeras en miniatura
XII. Esas patrañas de los libros
XIII. Un ratón por una grieta
XIV. Cera de sebo
XV. Un roce de plumón
XVI. Del color del pimentón
XVII. La heredera
XVIII. Cabellos rubios
XIX. Menta y acedera
XX. Limón y mantequilla
XXI. Romper las normas
XXII. Manzanas dulces
XXIII. Olor a lavanda
XXIV. Garabatos
XXV. Ojos candentes
XXVI. Nariz de tubérculo
XXVII. Un par de huellas
XXVIII. Plata y perlas
XXIX. El umbral de la decencia
XXX. Como un fuelle
XXXI. Dos gotas
XXXII. Landra
XXXIII. En el lindero
XXXIV. Cinco cartuchos
XXXV. Piel de cordero
XXXVI. Naturalezas muertas
XXXVII. Carlota
XXXVIII. Vincapervinca
XXXIX. El mal
XL. Un buen comienzo
XLI. Faz de pergamino
XLII. Caldos de tuétano
XLIII. Una escoba del revés
XLIV. Trabajo y riqueza
XLV. En contra de la Biblia
XLVI Otro bastardo
XLVII. Faldas y enaguas
XLVIII. Vainas de guisante
XLIX. Como un trapo
L. Muñeca de carne
LI. La verdad
LII. La señora de Pedramorta
LIII. Soledad
LIV. María
LV. Visiones del infierno
LVI. Confiar en una meiga
LVII. Medio centímetro
LVIII. La única solución buena
LIX. A punto de echar a volar
Epílogo
Agradecimientos
La señora de Pedramorta, de Cati Calo
Página de créditos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Título original: La señora de Pedramorta
© 2025 Cati Calo
Diseño de cubierta: Eva Olaya
1.ª edición: noviembre 2025
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2025: Ediciones Versátil S. L.
Calle Muntaner, 423, piso 2
08021 Barcelona
www.ed-versatil.com
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita de la editorial.
A mi abuela, que me contaba las historias del pasado que inspiraron este libro. A Jorge, por darme alas para sacarlo a la luz.
No debería haber entrado en el bosque.
Estaba perdida, desorientada, y la noche se le había echado encima. Los árboles pretendían aplastarla, la lluvia se le clavaba en la piel a través del camisón y el corazón le aleteaba de forma extraña. Se sentía mareada, tenía escalofríos y el dolor se había apoderado de todo su cuerpo.
Apenas recordaba por qué había huido de Pedramorta. Ella solo anhelaba que la quisieran.
Pensó en su padre y en cómo alababa sus cabellos rubios y sus ojos verdes… «Mi muñeca de porcelana», solía llamarla. Para su madre ni siquiera era un juguete hueco, ella la despreciaba, sin más. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas febriles.
De repente, las piernas ya no fueron capaces de sostenerla y se desmoronó contra un árbol. Fue consciente de que la vida se le escapaba por la boca. No quería morir, pero estaba tan cansada, llevaba tanto tiempo luchando…
Los párpados le pesaban y sus pensamientos eran como plumas en el viento. Empezaba a sentirse en paz, a asumir su destino.
Oyó unos pasos que se acercaban y supo que la muerte venía al fin a reclamarla.
Una figura se inclinó sobre ella y un destello de sorpresa se prendió en sus pupilas.
· Galicia, 11 de octubre de 1882 ·
El coche de posta traqueteaba por la calzada provocándole a Elisa un temblor en la mano enguantada que sostenía una carta amarillenta. A pesar de que se sabía el contenido de memoria, sus ojos verdes devoraban las letras bajo la escasa luz del quinqué que rebotaba colgado de un gancho.
El propósito de su viaje estaba escrito en ese trozo de papel. Debería haberlo tirado en cuanto lo recibió, pero no había sido capaz. Necesitaba releer aquellas palabras para cerciorarse de que no se las había imaginado. Repasó cada frase, guardó el sobre en uno de los bolsillos de su falda de tartán verde y se frotó las manos para calentarlas. Después, rebuscó en su bolsito de cuentas y extrajo la cartera de madreperla para asegurarse de que la moneda que nunca gastaba no había desaparecido entre los pliegues de seda roja. Sintió alivio al acariciar el reborde irregular de plata de la media peseta de la que llevaba tantos años sin separarse. Con el ánimo más tranquilo, devolvió el monedero a su sitio y se recostó contra el respaldo soltando un suspiro.
El viaje desde Madrid había sido largo y fatigoso. Había cogido el ferrocarril hasta Zamora pero, por desgracia, las líneas del norte estaban todavía en construcción y para el resto del viaje no le había quedado otra que el incómodo sistema de posta. Llevaba ya cuatro días de camino y todavía le restaba otra noche en una posada antes de llegar a Pedrafría. Aquellos caminos gallegos empinados, irregulares y retorcidos como culebras dificultaban que avanzaran a ritmo.
La mala fortuna parecía perseguirla desde que abandonó la casa de su familia en el barrio de Salamanca, muy cerca de la plaza de toros. En primer lugar, una avería en la locomotora retrasó la salida de su tren. Después, tuvo que compartir vagón con un matrimonio harto aburrido: un fabricante de telas y su oronda esposa, que no habían dejado de mirarla de reojo, posiblemente preguntándose cómo una señorita joven viajaba sin padres, marido o, al menos, una dama de compañía.
Y no es que Elisa sintiese inclinación alguna a prescindir de comodidades o que despreciase la etiqueta. Se había criado en el seno de una familia acomodada, y a sus veintitrés años estaba acostumbrada a que la ayudasen hasta en las cosas más nimias. Su padre, don Enrique Arcea, descendiente de un emigrante gallego que hizo fortuna con un negocio de importación de café y tabaco, decidió abandonar su Galicia natal para estudiar en Madrid, y, apoyado por la fortuna familiar, adquirió, nada más finalizar sus estudios de jurisprudencia en la universidad complutense, una de las mejores casas de la calle Serrano. Allí había residido Elisa desde su nacimiento, rodeada de sirvientes y lujos. Su madre, doña Mercedes Galván, oriunda de Madrid, hija única de un banquero, fue criada entre algodones, y se había esforzado por inculcarle a su hija el respeto por las normas y convenciones sociales. Así pues, su solitario viaje nada tenía que ver con la rebeldía y sí con la tercera calamidad que le sucedió antes de emprenderlo. Y es que una vez cerrada la casa de sus finados padres y habiendo encontrado ya colocaciones temporales para todo su personal, Virtudes, la doncella que se suponía iba a acompañarla, le confesó en el mismísimo andén y entre lágrimas histéricas que estaba encinta y que la aterrorizaba que el viaje perjudicase a su bastardo. Elisa le reprochó la poca antelación y la deshonra de sus noticias, y después la despidió de mala gana, tras colocar un par de monedas de cobre en su mano para no parecer mezquina.
Pese a todo, ninguno de aquellos hechos nefastos había amilanado su espíritu. Desde luego no le quedaba más remedio que acudir a Pedramorta; y habría de viajar cómoda o incómoda, con o sin compañía. Si algo podía decirse sobre Elisa con total certeza es que era determinada y terca. Como solía recordarle su institutriz, ella solo dejaba de mantenerse en sus trece para empecinarse en sus catorce.
Se frotó los ojos, cansados de la penumbra, y recorrió con la mirada las esquinas de la calesa. Las paredes tapizadas con un desvaído satén de color crema le recordaban al interior de un ataúd. La madera del suelo estaba gastada y arañada y el asiento lleno de bultos. Nada que ver con el vehículo impoluto y elegante de su padre, que había dejado atrás, en la casa de Madrid.
La lluvia comenzó a repiquetear en las ventanas y el techo del carruaje. Elisa descorrió una de las cortinas y se encontró con un cielo plomizo y nocturno, negro como boca de lobo y desde luego muy poco acogedor. Cerró los ojos con desgana e intentó quedarse dormida. La lluvia se transformó en una nana y el traqueteo del coche en un bamboleo agradable, casi como el de una mecedora. Los ojos se le cerraron sin remedio.
La niña se escapaba de los hombres de blanco por aquel pasillo que no parecía tener fin. Los alaridos de cientos de almas en pena se abalanzaban sobre ella mientras buscaba a su madre en habitaciones que se ondulaban. Corrió y corrió hasta traspasar una puerta negra, y entonces, todo se llenó de agua. Intentaba respirar, pero se ahogaba. Al otro lado del líquido, sobre su cabeza, su madre le tendió una mano. La niña pensó que se había salvado y estiró los brazos esperanzada, pero la mujer esbozó una sonrisa extraña mientras el cuello se le descolgaba en un ángulo imposible y la empujaba todavía más hacia el fondo. No podía respirar. Se estaba muriendo. No podía respirar…
Elisa despertó boqueando al son de los golpes que alguien propinaba a la portezuela. Bajó la ventanilla y se encontró el rostro rubicundo y bigotudo del cochero aporreando la pared del carruaje con unos antebrazos grandes como jamones de cebo.
—¡Señorita! —decía torpemente con aquel canturreo innato que caracterizaba a las gentes de Galicia—. ¡Llegamos a San Carlos da Curuxa! Tendrá que hacer noche aquí. La posada de doña Pura es de las más finas. Tiene las letrinas dentro.
—Ahórreme esos detalles. Dígame dónde es y dónde me recogerá mañana.
—Es aquí mismo, señorita. Ahora bajo su equipaje. La esperaré mañana a las ocho en la puerta.
—Que sea a las siete.
—Pero señorita…
—He dado aviso de que llegaría a Pedramorta antes del mediodía y así será.
—Pero uno no puede prever el mal tiempo y es normal sufrir retrasos en esta época del año…
—Baje el equipaje y luego venga a buscarme con un paraguas —zanjó ella—. Llueve a cántaros.
—No tengo paraguas, señorita. Pero esto no es nada, solo un poco de orballo. Si se apresura usted hacia la puerta…
—No sé qué es eso, pero si se piensa que voy a correr por estas calles enlodadas va usted listo.
—Entonces se mojará.
El hombre se encogió de hombros y desapareció. Elisa lo oyó trajinar en la parte de atrás. Irritada, deslizó un botín fuera de la calesa y se ciñó la capucha de su capa de paño inglés. Se hundió varios centímetros en el suelo al aterrizar sobre una espesa veta de barro y se prometió que no le daría ni medio céntimo de propina a aquel hombre rudo que iba por el mundo sin paraguas. Que corriese, decía… ¡Si apenas podía dar un paso sin resbalarse!
Sintiéndose ridícula y humillada a partes iguales, Elisa avanzó, vacilante, hacia el único edificio que había a la vista mientras aquella lluvia fina se arrojaba contra ella. Se trataba de una casa construida a base de sillares de granito y con un gran portón incrustado entre dinteles torcidos. A medida que patinaba por el patio limoso, las fosas nasales se le impregnaban de la mezcolanza del olor acre a establo con el delicioso aroma de algún guiso de verduras y carne. Arrugó la nariz con desconfianza. En ese mismo instante, el cochero emergió del aguacero, casi arrollándola con el baúl.
—¡Por el amor de Dios! ¡Tenga cuidado!
—¡Ah, señorita! Disculpe, esto pesa lo suyo. ¿Ve? Casi ni se ha mojado Huele bien, ¿a que sí? —prosiguió el hombretón con aquel impertérrito optimismo que sacaba a Elisa de sus casillas—. Seguro que doña Pura tiene una pota de caldo en el fuego. Pídale una ración. En Madrid no existe un reconstituyente como el caldo gallego.
—Está claro que esto no es Madrid —murmuró ella echándole una mirada reprobatoria a los aledaños de la posada.
—¡Ni falta que hace! Eiquí estamos moi ben —rio el—. Voy a dejarle el trasto en la habitación.
Elisa estuvo a punto de replicar con indignación ante aquella ofensiva descripción de sus pertenencias, pero decidió ignorar el comentario resignada a los modales de su cochero. Él lanzó una mirada significativa hacia la puerta y otra a sus manos ocupadas con el baúl. Elisa suspiró, asió la manilla y empujó con fuerza aquellos tablones roñosos. El cochero la adelantó y se esfumó en el interior.
La recibió un fuerte efluvio a puchero. Un poco a su pesar, reconoció que olía muy bien. Las tripas le crujieron de hambre. Aun así, no se decidía a entrar y se demoró en el umbral, sintiendo que si ponía un pie dentro abandonaría definitivamente el mundo civilizado que había dejado atrás. Una ráfaga de viento vertió agua contra ella. A su sombrero le quedaba poco para arruinarse por completo y eso bastó para convencerla de avanzar por el suelo de piedra apisonada. Se encontró en una estancia rectangular y bastante amplia, de techos altos de los que pendían chorizos, lacones, caretas de cerdo, manojos de hierbas, extraños aparejos de mimbre y también un buen puñado de telarañas. La luz crepitante de una chimenea y de varias lámparas de aceite brincaba proyectando sombras grotescas en las paredes de piedra. El mobiliario era mísero: unos cuantos barriles, seis mesas de madera gastada con bancos a juego y una barra que no era más que un gran tablón sobre varios toneles. El cochero estaba en un extremo, ante un vaso de vino.
Ocupada en analizar aquel nuevo entorno, Elisa apenas reparó en los paisanos, que la miraban como si fuese un ave exótica, ni en la posadera que intentaba llamar su atención.
—¡Señorita! ¡Señorita! —le gritó.
Elisa dio un salto y aferró con fuerza su monedero antes de girarse en redondo y toparse con una mujer delgada y vestida de negro, incluido el pañuelo que le cubría la cabeza. Tenía el pelo castaño y canoso recogido en una trenza, y de sus facciones alargadas y arrugadas sobresalían unos ojillos azules.
—¿Es usted la señorita de Madrid que trajo Manuel? —preguntó en voz alta y con el mismo acento cantarín que el cochero.
—Sí, soy yo —respondió un poco incómoda. ¿Qué le importaba su vida a la concurrencia?—. Doña Elisa Victoria Arcea Galván —se presentó en voz baja.
—Purificación Treviño López —respondió la posadera, visiblemente extrañada ante semejante formalidad—. Viuda de Antonio el Furabolos.
—El bueno del Furabolos —masculló Manuel apurando su bebida.
Elisa se abstuvo de decir que no tenía ni idea de qué significaba aquel mote. Suspiró sin disimulo y miró en derredor.
—¿Puede subirme la cena a mi habitación? —preguntó, mirando con desconfianza a los cuatro parroquianos que le lanzaban miradas entre lascivas y curiosas.
—No se come en las habitaciones. Luego van los bichos. Se la pondré aquí abajo en el comedor.
—¿Están limpias las mesas?
La viuda contrajo el ceño.
—Más limpias que en cualquier tugurio de la capital.
Se oyeron risas complacidas mientras Elisa se sentaba. Las miradas la aguijoneaban con una insistencia feroz que rayaba en el descaro.
Manuel se separó de la barra y se aproximó a ella.
—Bueno, yo me voy ya, señorita.
—¿No se queda usted en la posada?
Por rudo que fuese el hombre, era la única persona a la que conocía en aquellas tierras extrañas en las que todo escapaba a su control.
—No, señorita, mire usted, la prima de mi mujer vive cerca y me hace las veces de posada cuando hago este recorrido. Yo soy natural de Abuceiro, que está un poco más lejos que Pedrafría. Bueno, en realidad, Abuceiro está entre Pedrafría y Vilamar, que están bastante cerca de Veladouro…
—¿Me recogerá usted a las siete, entonces? —Elisa cortó una vez más la verborrea de su interlocutor.
—Sí, señorita. Aquí estaré si es menester. Tenga usted buena noche. Y tómese una cunca de caldo, que está usted muy paliducha.
Sin darle tiempo a replicar, se dio media vuelta y salió de la posada. Elisa hirvió de indignación hasta que las tripas volvieron a protestar. Acercó la nariz a la mesa y comprobó que estaba limpia y bien raspada. En el centro ardía una palmatoria con velas de cera de abeja y a su lado reposaba un periódico. Elisa tiró de él con el guante aún puesto y leyó la portada. Bajo el nombre del periódico, La voz de Galicia, aparecían varias noticias sobre los imperios alemán y austrohúngaro, que muy poco o nada le interesaban. En una esquina había un anuncio de cigarrillos balsámicos que prometían curar el asma y la tuberculosis. Debajo, titulares locales insignificantes. Nada relevante sobre Madrid o sobre la sociedad que había dejado atrás.
—Es un nuevo periódico. Lo estrenaron este año, disque —la posadera le brindó una información que no le había solicitado. Debía de ser una costumbre local—. Lo deja aquí uno de mis clientes después del almuerzo. Si le interesa puede llevárselo arriba.
—No, gracias. Los asuntos de Galicia, para los gallegos. ¿Qué hay para cenar?
—Carne fría de cocido, pan, queso, chorizo, caldo, vino tinto o blanco —recitó la mujer.
—Probaré el caldo.
—Ahora mismiño se lo traigo.
La viuda se alejó con pasos enérgicos y regresó enseguida con una bandeja cargada con un cuenco humeante, un vaso chato de vino tinto, un trozo de pan oscuro de centeno y un pedazo de queso de apariencia endeble. La depositó ante Elisa y esperó con impaciencia mientras su huésped estudiaba los víveres.
—Esto es el caldo —explicó, como si Elisa no supiera distinguir una sopa de un mendrugo—. Este queso es tetilla. Boísima. Me la traen de Arzúa. Pruébela. En Madrid no hay cosa igual.
Aunque Elisa detestaba que le diesen órdenes, la realidad era que tenía un hambre considerable. Se llevó un trozo de queso a la boca. Se deshacía en su lengua y tenía un sabor suave y mantecoso. Intentó disimular lo mucho que le había gustado.
—No está mal. Guárdeme un trozo para el desayuno.
—Le ha gustado, ¿eh?
Purificación Treviño se replegó a su mostrador antes de que pudiese replicar, dejándola con la palabra —y el queso— en la boca. Elisa resopló y probó el caldo. Resultó que la comida estaba deliciosa, desde el vino afrutado hasta el pan de bolla, y tuvo que recordar sus modales para no pedirle otro tanto de todo como si fuese un jornalero hambriento. Una vez hubo terminado se puso los guantes y se levantó mirando desdeñosamente a los pueblerinos que volvían a admirar su figura con insolencia.
—¿Será tan amable de acompañarme a mi habitación? —le preguntó a la dueña alzando el mentón afilado con altivez, para ocultar la incomodidad que le producía ser motivo de habladurías.
—Sígame por las escaleras.
Su anfitriona cogió un quinqué de aceite de ballena y la precedió por una escalinata estrecha de madera crujiente y un poco carcomida. Al llegar a la segunda planta, se detuvo en un rellano angosto en el que había dos puertas.
—Su habitación es la de la izquierda. Las letrinas, la de la derecha. La he puesto aquí para que no tenga que caminar mucho si quiere usted hacer sus necesidades. La gente fina de la capital no está acostumbrada a andar.
Elisa estuvo a punto de decirle que prefería caminar unos pasos a soportar el olor de las letrinas.
—Gracias, pero no tenía por qué. Si hay orinal lo prefiero a las letrinas.
—Tiene un orinal debajo de la cama y también una estufa de leña —dijo doña Pura sacando una llave del delantal y haciéndola girar en la cerradura—. Es la mejor habitación, como ya le dije. Si necesita algo, suba a la tercera planta o grite. Yo duermo justo encima de usted. No olvide echar el cerrojo. Ni aquí ni en el pazo de Pedramorta.
Elisa se puso en guardia.
—¿Cómo es que sabe usted a dónde voy?
—Me lo dijo Manuel.
—¡Santo Dios! ¿Es que en este lugar nadie respeta la intimidad de los demás?
—Créame, señorita, que Manuel no le pretendía ningún mal a usted. Es hombre bueno y temeroso de Dios. Solo estaba preocupado porque una muchacha tan joven y sola pretendiese instalarse en el pazo.
—No estaré sola —replicó Elisa, malhumorada—. El personal de mi tío sigue allí. Y tampoco voy a instalarme. Me quedaré lo justo para arreglar los papeles de la herencia y cuando la propiedad esté a mi nombre, lo convertiré en una casa de huéspedes y me marcharé a Madrid. Eso es todo, ya que tanto les interesan mis asuntos.
—Igualmente, tenga cuidado. Se cuentan muchas historias sobre el bosque de la moura, que está al lado de Pedramorta.
—¿El bosque de qué?
—De la moura. Las mouras son seres encantados que habitan en los ríos, los bosques, las fuentes y las ruinas. Guardan tesoros, encandilan mozos y comen niños. Existe una leyenda en la comarca que dice que una de ellas vivió en el bosque que hay cerca de su pazo. Por eso todo el mundo lo llama así.
—Paparruchas. Cuentos de viejas. A mí no van a asustarme con supercherías. Tenga buena noche, doña Purificación.
Cerró la puerta y recorrió la estancia en penumbra con ojos escrutadores. Había una cama de latón, modesta pero bien arreglada, cubierta por una gruesa colcha de lana a retales de colores, una pequeña cómoda de roble, una estufa de hierro sobre la que reposaba una tetera de cobre y un lavabo con su aguamanil. El cuarto tenía un leve tufo a humedad sepultado bajo el olor del amoniaco de limpieza. Su baúl estaba a los pies del lecho y a punto estuvo de tropezar con él. Aproximó el quinqué a la mesita de noche y frunció el ceño. Sobre un tapete de ganchillo reposaban una cruz elaborada con un atado de hierba seca, un rosario de madera y un manojo de romero. Elisa, que solo conocía aquella hierba de los asados que preparaba su cocinera de Madrid, chasqueó la lengua con desdén y guardó todo en el primer cajón de la cómoda. Se lavó las manos y la cara en el aguamanil y rehusó desvestirse, pues no tendría quien la ayudase a componerse al día siguiente. Maldijo una vez más la insensatez de su doncella.
Antes de acostarse, se cercioró de que la moneda que nunca gastaba y la carta que leía demasiado seguían en su sitio. Volvió a cobijarlas en su monedero y se durmió apretándolo contra el pecho. El tacto frío y familiar del nácar la tranquilizaba, aunque no la protegía de sus habituales pesadillas.
· Jueves, 12 de octubre de 1882 ·
Se despertó muchas horas después con el canto insistente de un gallo que resonaba desde el patio. Lo primero en lo que pensó fue en la ironía de haber pasado la noche sola en un lugar como aquel. ¿Qué dirían sus amigas de Madrid si tuviesen conocimiento de las vicisitudes a las que se había enfrentado? En realidad, no le importaba demasiado. Eran una panda de chismosas cabezas huecas a las que solo se había arrimado para no parecer demasiado arisca. Se desperezó y extendió una mano pálida para observar los colores que la luz del alba le arrancaba a su piel.
Se estiró los ropajes lo mejor que pudo y se aseó el rostro, el cuello y la nuca con la toalla de lino en el aguamanil. Se arregló el peinado apretando algunas horquillas, e introdujo el monedero en el bolso antes de descender las escaleras hasta la planta baja en el preciso instante en que un reloj de pared daba las seis y media. En esta ocasión, solo un anciano desayunaba en el comedor, y apenas le prestó atención. Elisa se alisó el atuendo, confundida, imaginándose muy mal aviada.
—Buenos días, señorita. ¿Durmió bien? —preguntó doña Pura, ya atrincherada en su puesto tras la barra.
—Aceptablemente —concedió Elisa—. ¿Todavía no ha llegado el cochero?
—¡Muy apurada va usted! Todavía queda para las siete. Siéntese a desayunar, que Manuel vendrá a la hora convenida. ¿Qué le pongo? ¿Caldo? ¿Leche?
—Leche con café. Algo de ese queso de ayer, si le queda. Una tostada con mantequilla y mermelada. Y fruta.
Doña Pura asintió y desapareció para regresar con cantidades ingentes de todo lo que Elisa le había solicitado. La joven no protestó, ya que tenía apetito y en aquel paraje apartado de la mano de Dios no tenía por qué seguir la muy instaurada costumbre entre las mujeres de la alta sociedad de comer menos que un jilguero. Cuando estaba dando cuenta de las últimas uvas, jugosas y gruesas, el voluminoso cochero se plantificó en el umbral como una aparición mariana.
—¡Buenos días! —saludó con algarabía—. Doña Pura, señorita, espero que haya pasado buena noche. La verdad es que yo no he tenido esa suerte, si quieren saberlo. El crío de la prima de mi mujer tenía mal de dientes y tuve que ir a buscar al compoñedor de Vilamar, que le hizo una cataplasma muy buena que…
—Suba a coger mi baúl, por favor. No quiero retrasarme —interrumpió Elisa perdiendo la paciencia y decidida a no escuchar otro discurso del que no entendía la mitad de las palabras.
—Presto, señorita.
Manuel se esfumó por las escaleras. Elisa se dirigió al mostrador para pagar la cuenta y añadió unas monedas de propina para doña Pura. Al fin y al cabo, la mujer le había prestado un servicio decente y la comida había resultado más que satisfactoria, por no hablar de las pantagruélicas cantidades.
—Muchas gracias, señorita. Vuelva cuando quiera. Tome, llévese esto. Ya sé que no cree en estas cosas, pero hágame caso y póngalo cerca de su cama en Pedramorta.
Le tendió un atadillo de romero amarrado con un cordel del cual pendía una tosca cruz de madera. Elisa intentó devolvérselo pero la mujer se negó en redondo, apartándose de ella.
—Lléveselo. Hágame caso.
Manuel reapareció en el hueco de la escalera arrastrando el baúl. Elisa recogió el amuleto y se lo guardó con desgana en el bolsillo para que la mujer dejase de darle la tabarra y con la meridiana intención de arrojarlo al fuego en cuanto llegase al pazo.
—Muy bien. Gracias. Tenga un buen día —se despidió.
—Que Dios la acompañe —repuso doña Pura.
Fuera la recibió el mismo cielo grisáceo que había escupido agua sobre su cabeza la noche anterior; también aquel olor a tierra húmeda, a cuero de animal y a verde que parecía impregnarlo todo. Se subió al coche y sintió los golpes que le propinaba Manuel al vehículo en su afán por asegurar el baúl, hasta que lo oyó colocarse en el pescante y espolear a los caballos para, al fin, iniciar la marcha.
Los baches y desniveles que habían bamboleado su viaje las jornadas anteriores no se hicieron de rogar y reaparecieron en el acto. Elisa chasqueó la lengua y se resignó a varias horas de sacudidas sobre aquel asiento abultado y con manchas de humedad. El repiqueteo de la lluvia sobre la madera del coche decidió acompañarla en la última etapa del viaje, como el sonsonete impertinente de los músicos callejeros que tocaban en el Parque del Retiro y a los que Elisa nunca agasajaba con una moneda. A su padre solía gustarle dejar en las cuarteadas fundas de los violines y los acordeones cantidades excesivas para escandalizar a su esposa. Doña Mercedes no gustaba de la música, especialmente de la no solicitada, a pesar de que aquellos intérpretes espontáneos le proporcionaban la excusa idónea para retirarse a sus habitaciones aduciendo jaqueca y así relegar el cuidado de su hija a la niñera.
Elisa supo desde muy pequeña que, para su madre, no era más que un estorbo indeseado e ineludible, un requisito más del matrimonio. Doña Mercedes había decidido que, si bien ignorarla o eliminarla era imposible, al menos la transformaría en una molestia bonita de ver y fácil de soportar, como una figurita de porcelana china o un sombrero emplumado al que sus amigas colmasen de elogios. Su infancia transcurrió entre rígidas normas, vestidos de seda, críticas y restricciones. Además, su padre siempre andaba demasiado concentrado en sus negocios y en reuniones con amigos. Por las tardes, solía acudir a las tertulias del Café Suizo, y no regresaba a casa hasta la mañana siguiente, apestando a puros y a anís. Otras veces celebraba veladas en el salón grande, y la estancia se empapaba del aroma al vino mencía que le traía su hermano Álvaro desde Pedrafría cuando todavía frecuentaba Madrid.
Las visitas del tío Álvaro nunca fueron del agrado de doña Mercedes, que lo encontraba zafio y de costumbres provincianas, pero Elisa siempre lo había admirado. Le traía regalos que la entusiasmaban, como muñecas de porcelana, libros o tarros de miel del pazo; pero cuando cayó enferma y la ingresaron en el hospital durante un tiempo, Álvaro se olvidó de su familia de Madrid y se recluyó en su feudo gallego de tierras verdes como los ojos de su sobrina. La muerte lo había encontrado allí hacía tan solo unas semanas, y ya no podría cumplir el papel de albacea en la herencia de los padres de Elisa.
Un impetuoso zarandeo la sobresaltó y la arrancó de sus divagaciones. Desorientada, retiró una de las cortinillas mientras el carruaje emprendía una pendiente que propulsó su cuerpo hacia atrás. A través de los cristales moteados divisó borrones verdes y un monolito de piedra en forma de cruz que vigilaba una encrucijada. A los pies de la figura, sobre un montón de tierra removida, reposaba un manojo de malvas. El carruaje torció hacia la izquierda en la intersección y progresó por un camino estrecho y todavía más tupido. Las copas de los árboles se cernían sobre el coche robando la poca luz que desprendía el cielo lluvioso, y las ramas arañaban el cristal de la ventana como manos furiosas.
Pese a que Elisa solía esconder bien las emociones, sus pies inquietos rebotaban contra el suelo del carruaje era incapaz de alejar el rostro del cristal a medida que el viaje parecía acercarse a su fin. Sola en aquel cubículo y sin la presión de las apariencias, se permitió morderse el labio, grueso y pequeño, de piñón, como alguna vez había dicho su doncella, hasta casi hacerlo sangrar.
Instantes después, oyó a Manuel proferir un fuerte «Epaaa», y el coche frenó entre el piafar de los caballos y el sonido de las ruedas traqueteando sobre gravilla. Elisa se arrebujó en su capa y esperó a que le abriese la portezuela, lo cual hizo de una forma tan brusca, que una corriente de aire estuvo a punto de descalabrarle el sombrero de viaje. Malhumorada, salió del vehículo alisándose el vestido y recolocándose los lazos del tocado.
—Aquí estamos, señorita. Tal y como usted quería, antes del mediodía. Es bonito, ¿non si?
Ella no le respondió. Sus ojos, aturdidos por la penumbra, contemplaron la enorme y deteriorada construcción de piedra que emergía entre volutas de bruma y gotas de lluvia. Un muro, no muy alto y bastante perjudicado, albergaba una cancilla de hierro con filigranas herrumbrosas y puntiagudas, con la que una podría perfectamente engancharse el vestido si no llevaba cuidado. Dos cipreses altísimos pero escuálidos flanqueaban la entrada. Más allá, se abría un gran patio con un palomar, un hórreo desvencijado, un jardín selvático, un gallinero de madera y alambre y una mohosa fuente. Las ruinas de una diminuta capilla se esparcían sobre la hierba. Varios patos y gallinas se paseaban como si fuesen los dueños, ajenos a que la verdadera ama de Pedramorta acababa de llegar y estaba dispuesta a asarlos a todos para la cena.
Por último, al final de la finca se erigía un edificio de dos pisos de planta rectangular. Terminaba en una torreta en su extremo derecho, conformando una ele de granito. Estaba sucia de verdor.
—¿Qué le parece, señorita?
Por sus mejillas coloradas y el pecho que contenía el aliento, el cochero parecía incapaz de respirar un minuto más sin conocer su opinión sobre el pazo que había heredado de su tío. Por misericordia cristiana, decidió contentarlo y devolverle la presencia de espíritu.
—Es grande. Y bucólico. Será una buena casa de huéspedes rural para la aristocracia madrileña. Pero necesita muchas reparaciones. Está descuidado.
Manuel pareció desconcertado ante su parca descripción de lo que para él era probablemente uno de los mejores edificios de la comarca, pero recobró el resuello.
—Sí, señorita. Supongo que sí —respondió.
—Bien pues. Avisa a los criados. Que se presenten ante mí y recojan mi equipaje.
—Me temo que tendrá que ir usted hasta la puerta.
—¿No hay portero? ¿Un mozo?
—No, desde que murió su tío. Solo queda la cocinera que hace las veces de gobernanta y criada, el administrador que accedió a quedarse hasta que usted llegase y el jardinero.
—Valiente jardinero —musitó Elisa lanzándole una mirada reprobatoria al jardín—. Me da igual cuántos sean. El caso es que deberían estar aquí para recibirme.
—Oh, esto no es la capital, señorita. Aquí hay mucho que hacer. No puede estar uno mano sobre mano, esperando.
Elisa estaba al límite de su paciencia y de perder los nervios por completo.
—¿Tampoco hay una campana?
Manuel señaló hacia la derecha de la portilla. Una campana sin badajo colgaba de una arandela, casi mofándose de ella.
—Esto es el colmo. Coja mi equipaje y sígame hasta la puerta.
Empujó el portal con una bota, reticente a apoyar los guantes sobre la superficie oxidada. Las hojas se deslizaron a trompicones entre chirridos de protesta in crescendo, proporcionales a sus ganas de gritar. Avanzó por el desmañado lugar que ahora era suyo, haciendo aspavientos para espantar a las aves que se le acercaban curiosas y descubriendo más desorden a cada paso que daba. Un caldero roñoso al lado de la pila, un monte apestoso de estiércol cerca del gallinero, una regadera agujereada tirada sobre el césped medio calvo. Al parecer, había heredado una propiedad en la que todo estaba roto, oxidado, viejo o fuera de lugar.
Por fin llegó a la puerta tachonada, en cuyo dintel se pavoneaba un gran blasón con una «A» labrada sobre un motivo vegetal. Elisa oyó a Manuel resoplar tras ella; un golpe sordo le indicó que acababa de soltar su baúl sobre los adoquines con muy pocos miramientos.
—¡Ponga cuidado, haga el favor! —protestó—. Y váyase de una vez. Tenga, aquí tiene lo acordado.
Le tendió las pesetas convenidas, ni una más ni una menos. Él se quitó la gorra en gesto de agradecimiento.
—A su servicio, señorita. Los jueves y los sábados no hago mi recorrido habitual a Zamora y transporto a los paisanos a comarcas cercanas. Si necesita que la lleve a alguna parte, deje recado en la tienda de don Dionisio, y si estoy libre vendré a buscarla. Si no, abajo, en Pedrafría, hay una estafeta con los horarios de todas las líneas. —Manuel bajó la mirada y retorció la gorra entre los dedos rollizos—. ¿Estará usted bien aquí sola?
—¡Por Dios! ¿Es que el personal de esta casa no es de este mundo? No estaré sola y me marcharé en cuanto pueda, pierda cuidado. Y en cuanto a sus servicios, creo que ya he tenido suficiente por el momento, pero si no me quedase otra, se lo haré saber. Tenga buen día.
Le dio la espalda y tocó la aldaba en forma de cabeza de león. Alzó la mirada hacia el caserón para evitar la visión del cochero, que se daba la vuelta persignándose. Se sobresaltó al descubrir la silueta de una mujer en una de las ventanas, recortada contra unos cortinajes pasados de moda, inmóvil como una estatua, haciendo alarde de una pésima educación, espiando tras los cristales sucios. Llevaba un vestido anticuado de corte imperio y un moño abultado y feo. Elisa devolvió la mirada hacia la puerta en el preciso instante en que esta se abría con parsimonia, arrastrándose sobre su quicio como un reptil.
—¿Quién va?
Otra mujer, alta y seca como una vara de mimbre, escasa de carnes y vestida de la cabeza a los pies de insulso paño marrón, apareció en el umbral. La escrutó con unos ojillos castaños de párpados caídos de entre los que sobresalía una nariz un tanto prominente. La frente era alta, los pómulos huesudos y el mentón decidido. Sus rasgos presentaban cierta armonía, y Elisa supuso que, en otros tiempos, debió de haber sido bastante bonita. Parecía rondar la cuarentena y su expresión hostil hacía juego con el entorno.
Elisa carraspeó y alzó la barbilla.
—Doña Elisa Victoria Arcea Galván. La dueña de esta casa —pronunció con bastante vinagre.
—Ah. La nueva dueña, querrá decir —siseó. Sus palabras tenían algo de la musicalidad del gallego, que parecía intentar disimular con un deje rígido—. Con este tiempo, no la esperábamos hasta después del mediodía. Los caminos son malos.
—No le voy a quitar la razón en eso. Pero yo siempre llego a la hora convenida. La primera cosa que debe saber sobre mí es que valoro la puntualidad, la obediencia, el orden y la limpieza por encima de todo. No toleraré contratiempos al respecto de ninguno de estos principios. ¿Cuál es su nombre?
—María. María Barreiro. Hago un poco de todo, cocino y limpio. Para servirla a usted, señora.
Pronunció la última palabra con una media sonrisa que marcó arrugas suaves bajo su nariz, al tiempo que escenificaba una tosca reverencia. Elisa sospechó que aquella pobre cortesía escondía cierto recochineo.
—Muy bien. Acompáñeme dentro y haga que suban mis pertenencias. Llame a un mozo.
—Aquí no hay mozos. Solo el peón. Y el administrador, que ha salido, pero no creo que él fuera a subirle el baúl. —Señaló el enorme bártulo que Manuel había dejado tras ella—. Es un hombre bastante enclenque.
—Entonces llame al peón.
—No está. También se ocupa de pastorear los rebaños de un par de aparceros de las tierras de don Álvaro, que en paz descanse. —Se santiguó de forma apresurada y carente de gracia—. O sea, sus tierras, señorita. Ya se lo explicará el administrador.
—¿Y cuándo volverá el peón? No quiero que mi baúl se quede aquí, acumulando olores de la planta baja.
—Uf, no sé decirle. Más allá de las tres. Me pidió un bocadillo, así que comerá en la montaña.
—Bien, pues… Es poco ortodoxo, pero llame a la otra criada y súbanlo entre usted y ella.
—¿Qué otra criada?
Elisa entrecerró los párpados.
—La que estaba arriba hace un instante, mirándome con insolencia desde la ventana. —Dio un paso hacia atrás y señaló hacia donde había divisado una silueta claramente femenina—. Desde esa ventana.
María la imitó frunciendo el ceño y repartió su mirada sorprendida entre la ventana y la propia Elisa.
—Aquí no hay más mujeres que usted y yo, doña Elisa. No hay más criadas.
—No puede ser. La vi justo antes de que usted me abriese la puerta.
—Se habrá confundido. Esta casa es vieja y tiene muchas corrientes que mueven los cortinajes. Son antiguos y algunos tienen un estampado un poco recargado. Se lo habrá imaginado.
—¡Yo no me imagino nada! —exclamó, alzando la voz sin poder contenerse—. ¡No vuelva a decir algo así! Recuerde que soy su patrona y si quiere conservar su puesto de trabajo más le vale mejorar los modales.
—Discúlpeme usted, doña Elisa —dijo María con gazmoñería e imprimiéndole al «doña» el mismo retintín que había usado cuando se habían presentado—, no quería ofenderla. Si le parece bien, podemos subir el baúl entre ambas.
—¡De ninguna manera!
—Entonces lo dejaremos aquí hasta que regrese Martín, el peón, o jardinero, o como quiera llamarlo. La cocina está en el lado opuesto, y el mismo olor a humedad va a coger aquí que arriba, en su cuarto.
—¿Es que hay humedad en las habitaciones? —se escandalizó Elisa. Contaba con tener que desembolsar una buena parte de la herencia de sus padres y de su tío en adecentar el pazo, pero los gastos parecían multiplicarse a cada segundo.
—Galicia es húmeda. Y Pedrafría más. Y, como le dije antes, esta es una casa muy antigua.
María apretó los dientes. Si bien parecía llevar con bastante estoicismo la aspereza con que Elisa se dirigía a ella, no podía decirse lo mismo de las críticas al pazo, que encendían sus ojos oscuros con el fulgor de la rabia contenida.
—Muy bien. Enséñeme este condenado lugar.
La mujer asintió y le dio la espalda sin mediar palabra. Elisa se fijó en que cojeaba de la pierna izquierda, la rodilla rígida cual estaca. La siguió a través del estrecho zaguán de muros gruesos hasta llegar a un distribuidor amplísimo, de techos altos y paredes artesonadas al estilo inglés. De los paneles de madera pendían decenas de pinturas renacentistas y varios retratos familiares muy mal iluminados por dos lámparas de araña de hierro forjado que sostenían más cabos que velas. Una gran escalera de piedra de pasamanos labrados con forma de hojas de vid conducía al piso superior.
—A esta parte de la casa lo llamamos el salón bajo —explicó María—. Es donde su tío organizaba las recepciones y los bailes.
Elisa observó cada rincón con una mueca despectiva. No se parecía en nada al salón de estilo barroco que sus padres usaban en Madrid para las fiestas. María cruzó la estancia y empujó una puerta tosca y medio escondida tras la escalinata.
—Tenga cuidado con el escalón —la advirtió.
La criada salvó el obstáculo con agilidad a pesar de su cojera y se volvió hacia ella, posiblemente preguntándose por qué la observaba en vez de seguirla. Enseguida se dio cuenta qué era lo que había llamado su atención.
—Ah, mi pierna. Enfermé de tuberculosis de pequeña y me afectó a los huesos. Es muy común por aquí, ¿sabe? Pero no se preocupe que no me impide hacer el trabajo duro.
—No me preocupaba. No me interesa su vida privada mientras cumpla con sus labores.
Elisa apartó la mirada del miembro lisiado y descendió el peldaño. Se encontró en una gran cocina en la que destacaba una colosal campana de piedra tiznada de hollín que ocupaba todo el espacio entre el suelo y el techo. En la base se apiñaban brasas, leños, una pala, un atizador y ollas con sus correspondientes trébedes. En la misma pared asomaba la portezuela de madera de lo que parecía ser un horno, y un poco por encima, había una viga de la que colgaban cacerolas, tenazas ennegrecidas, ramilletes de hierbas secas, sartenes chamuscadas, ganchos, un fuelle y otros artilugios de cocina.
Toda aquella estructura estaba rodeada por un par de largos bancos recios con bisagras en los asientos para que funcionasen como arcones. En el extremo opuesto había una artesa y un fregadero con bomba de agua. Al menos aquello sí se parecía a lo que Elisa había visto en su cocina de Madrid las escasas veces que había puesto un pie en ella. Completaban la estancia una mesa rectangular de castaño con varias sillas que habían visto tiempos mejores, un pequeño aparador con una vajilla de cerámica y unas pocas estanterías con objetos diversos, desde odres a especieros, quinqués y palmatorias. En el aire pendía un intenso olor a lumbre, a salazón, a vino y a cebollas. Los ojos de Elisa vagaron por la habitación hasta descubrir una ristra colgando de un clavo, un poco por debajo de unos chorizos y varios pescados secos.
—Válgame el cielo, ¿es que nunca había visto usted una lareira? —María señaló la chimenea con gesto de impaciencia.
—En mi casa de Madrid la cocina es moderna, de hierro.
—Bah —replicó la criada—. La comida no sabe igual.
—¿A dónde da esa puerta? —preguntó Elisa señalando una tabla de madera estrecha incrustada en la pared.
—Eso es la fresquera. La despensa, para que usted me entienda.
—¿Y aquella? —señaló hacia el extremo opuesto.
—Esa da al huerto. Martín planta pimientos, repollos, zanahorias, coliflor, berzas, nabos… En los campos de los aparceros se cultivan patatas, maíz y centeno, y nos traen una parte de las cosechas. Fuera también hay una puerta que da a la bodega.
—¿Y ese agujero en el suelo?
—Es parte del lagar. Por ahí sale el vino cuando se prensa la uva después de la vendimia.
La joven suspiró con alivio. Al menos no era otro boquete a reparar.
—¿Qué hay en ese armario tan grande?
—La touciñeira. Ahí se cuelga el cerdo salado para que seque.
Elisa recordó la comida que había tomado en la posada.
—¿Sabe usted hacer caldo gallego?
—¿Caldo? ¿Cómo no voy a saber? —María la miró como si fuese corta de entendederas, pero Elisa se abstuvo de replicar. No quería rebajarse a su nivel.
—Bien. Tomaré de eso para almorzar.
—El caldo se lo hago para mañana, que hay que desalar el cerdo. Ya le dije que está ahí dentro, en salazón. No querrá comérselo así.
Elisa frunció los labios.
—¿Entonces qué se servirá hoy?
—El administrador me pidió que hiciese una empanada de bacalao con pasas. Ya tengo la masa a subir —señaló la artesa. —De segundo hay guiso de ternera. Se la compramos al Evaristo, uno de los aparceros de su tío. No hay carne mejor.
—Lléveme a ver el resto —cortó Elisa, intentando que comprendiese que en nada le interesaban aquellos detalles. En Madrid, el servicio estaba acostumbrado a responder de forma breve y concisa y no a describir sus tareas o quehaceres. A ningún empleador le gustaba saber cuánto se esforzaba su personal.
—Como quiera, señorita.
Haciendo gala de aquel aire displicente que parecía serle inherente, María abandonó la cocina por donde había entrado y ambas se hallaron de nuevo en el distribuidor. La mujer torció hacia la izquierda y abrió una da las dos puertas que había en aquella parte del edificio. Elisa penetró en el cuarto y se encontró con un comedor alargado de paredes blancas, con una gran mesa de caoba en el centro y sillas repujadas en cuero sobre las que pendía una araña idéntica a las del vestíbulo. Al fondo había un aparador grande con una buena vajilla de porcelana china y una pequeña chimenea de azulejo color teja. Unas ventanas pequeñas se abrían paso en los muros gruesos, revelando un trozo del descuidado jardín delantero. Sobre la mesa reposaban varios candelabros de plata y un trío de jarrones con flores todavía lozanas. Elisa deslizó un dedo por el tablero y se miró el guante blanco, que seguía impoluto. Aquella habitación estaba mejor conservada que lo que había visto hasta el momento y le hizo notar la diferencia a María, que se hinchó como un pavo confundiendo su extrañeza con un halago.
—Lo repaso todos los días. En un comedor es donde se recibe en cualquier gran casa. Tiene que estar presentable siempre, haya gente o no. Nunca se sabe cuándo puede haber visita.
Elisa frunció la nariz, incapaz de comprender el razonamiento de aquella mujer, y salió del cuarto. María la alcanzó enseguida renqueando con su pierna tiesa y le abrió la siguiente puerta, a la derecha del comedor. Descubrió entonces una extensa biblioteca que parecía cumplir funciones de despacho y sala de estar, por los tresillos de terciopelo esmeralda que había en una esquina y el recio escritorio con patas talladas en forma de garra que se emplazaba en el rincón opuesto. Entre ambos espacios destacaba una enorme chimenea, cuya cornisa, adornada por hojas de acanto, se sostenía sobre cuatro columnas. Encima, en una peana, reposaba una escopeta de caza con culata de nogal y doble cañón. El panelado de madera hasta el techo, de nuevo de gusto británico, dejaba entrar la luz grisácea de la mañana a través de unos ventanales formidables que contrastaban con las pequeñas aberturas de la estancia anterior. Tras ellos se divisaba otro jardín mucho más estiloso aunque igualmente desatendido. Los restos de un seto en forma de laberinto imitaban el estilo francés, y varios rosales crecían de forma desmesurada en los límites de un pequeño sendero que llegaba hasta una zona de descanso con varios bancos de piedra y una pila para pájaros.
Continuaron deambulando por la planta baja y María le enseñó un par de salitas, nada destacables, antes de llevarla a la sala principal. Una vez más, la estancia estaba impecable, si una obviaba un polvoriento piano de palisandro.
—Está estropeado —dijo María al ver que reparaba en él—. Era de doña Concepción. La esposa de don Secundino. Sus abuelos —escupió con cierta inquina.
—No conocí a mi abuela.
—Eso que se ahorra. La mujer adoraba ese trasto más que a nada en el mundo.
Elisa puso los ojos como platos, asombrada ante semejante falta de respeto.
—No necesito los juicios de valor de una criada. Guárdeselos para usted. Y ya le advierto que me da igual lo que piense de mí con tal de que sepa mantenerlo entre Dios y usted. Haga su trabajo, que yo le pagaré su jornal y hasta ahí nuestra relación, ¿entendido?
—Sí, señorita.
—Y límpiele el polvo al piano.
María se sumió en un terco mutismo que Elisa agradeció mientras ambas subían las escaleras para reconocer el piso de arriba. Una balaustrada de madera recorría el corredor superior. Más y más arañas de hierro forjado pendían del techo y Elisa se resignó a que aquellas piezas tan rústicas fuesen junto con los quinqués, las palmatorias, los candelabros y las chimeneas los únicos elementos de iluminación. Recordó las bellas pantallas de cristal tallado de las lámparas de gas de su casa de Madrid y suspiró.
—¿Y bien? —le preguntó a María, que no parecía dispuesta a volver a despegar los labios zurcidos.
—¿Qué quiere saber?
—Pues qué hay aquí arriba.
—Aquí arriba hay un salón, cinco habitaciones y las escaleras que van a la torre y al ático. Allí dormimos Martín y yo, al otro lado del pasillo que da a la torre. ¿Quiere ver todos los cuartos o solo el suyo?
—Todos, evidentemente. Si quiero transformar esto en un negocio tengo que saber en qué condiciones está. Las cosas van a cambiar por aquí. Mañana iré al pueblo a buscar un par de muchachas que la ayuden. Pero no se crea que va a poder sentarse a dar órdenes a las nuevas criadas. Si no trabaja como debe, la echaré sin pestañear.
María parecía a punto de reventar de tanto aguantarse las palabras insidiosas que, de seguro, le estaban explotando en la lengua, las chispas casi asomando a través de los labios resecos. Elisa sintió regocijo al notar cómo la otra le cedía terreno por no tener más remedio, y levantó el mentón con aire triunfal.
—Sígame si quiere ver las habitaciones, señorita.
Su interlocutora apretó los puños y bajó la cabeza antes de precederla por el pasillo. Visitaron un salón muy amplio, con butacas de brocado carmesí, alfombras turcas con cortinajes a juego y una chimenea en cuya repisa descansaba un globo terráqueo. Las ventanas daban al descuidado jardín francés de la parte trasera de la casa, y más allá, se divisaba un valle con un puñado de casitas salpicadas aquí y allá, como las guindas de un pastel.
—¿Es eso el pueblo?
—Sí, señora. Eso es Pedrafría.
—¿A cuánto está?
—Media hora a paso ligero, un poco más a caballo o en coche.
—¿Cómo es eso?
—Los caballos solo pueden bajar por el camino principal. Si una va andando puede ir por los atajos. Si los conoce, claro está. Si quiere puedo enseñárselos.
—Solo me faltaba vagar por estos caminos como una pordiosera. ¿Cómo iba mi tío?
—A caballo o en la calesa.
—¿Aún tienen esa calesa?
—Sí. Martín podrá llevarla. No es moderna pero el servicio lo hace.
—Excelente. Sigamos.
María le enseñó cuatro habitaciones de buen tamaño y con piezas bastante anticuadas de las que, pese a todo, no podía decirse que estuviesen mal amuebladas. Las camas adoseladas, los armarios, las cómodas y los aparadores recios, oscuros y llenos de recovecos eran de estilo gótico y más propios de otro siglo. A través de sus poros, abiertos por la carcoma, rezumaba el olor característico a madera densa y a humedad; notas dulzonas y almizcladas que se clavaban en lo más profundo de los pulmones al respirar.
—Por orden del administrador, le he preparado la más grande, donde dormía su tío —le comentó María tras cerrar la última de las cuatro puertas y antes de dirigirse hacia la que les faltaba por abrir—. Hemos cambiado algunos de los muebles más masculinos por unos más femeninos de la abuela de usted, que estaban en el desván.
Elisa se adelantó y giro la manilla descascarillada. La recibió una habitación muy amplia y con vistas al jardín trasero, sobre el cual volvía a caer una fuerte llovizna. Los muebles eran de idéntico carácter al del resto de cámaras, pero se les habían sumado una librería, un tocador muy obsoleto, un secretier y un lavabo de estilo moderno, de líneas orgánicas y colores claros. En un alarde de dedicación por parte de María, la chimenea estaba encendida y ardía con un crepitar alegre que contrastaba mucho con su humor. Elisa se paseó por la estancia y deslizó el guante por varias superficies. Descubrió que el polvo había sido retirado minuciosamente y se dejó caer en la cama sobre un pulcro y bien estirado edredón floreado. El colchón era más blando de lo que ella hubiese deseado, pero estaba dentro de los límites de lo aceptable.
—Ha hecho un buen trabajo aquí —le concedió a María—. Creo que estaré cómod…
Un estruendo proveniente del piso de arriba le atoró las palabras en la garganta. Había sonado como porcelana haciéndose añicos.
—¡Por todos los Santos! ¿Qué diantres pasa ahí arriba?
Miró a María, que se santiguaba tres veces murmurando algo ininteligible.
—Seguramente sea el viento, señorita. En el ático hay corrientes, sobre todo en los días como hoy.
—¿Y por qué no aseguran bien las contraventanas?
—Están cerradas. El viento se cuela por las rendijas. Algún nubeiro travieso.
—¿Qué demonios es un nubeiro?
—Usted lo ha dicho, señorita. Un demo. Un demonio del viento y las tormentas.
—Paparruchas. Lléveme a ver esas rendijas y mañana buscaré un techador en el pueblo.
Un golpeteo apagado recorrió el piso de arriba en el momento justo en que María avanzaba por el corredor de la derecha. La criada le dedicó una mirada de reojo que la retaba a continuar adelante, pero Elisa no se arredraba con facilidad.
—Serán los ratones. Vamos.
María abrió una puerta estrecha pintada de blanco y tras ella apareció una escalerilla angosta. Elisa la siguió intentando no engancharse el vestido en las paredes de piedra afilada, al tiempo que se arrebujaba en su capa, ya que la temperatura descendía conforme ellas subían. Finalmente, llegaron a un distribuidor diminuto con una puerta a la derecha y otra a la izquierda.
—Esa puerta da a la torre y al despacho de su tío, pero solamente el administrador tiene llave. —María señaló la puerta de la derecha—. Y esta otra da al pasillo del servicio y al ático.
—Iremos por la izquierda entonces —se resignó Elisa.
María empujó la puerta desconchada y la joven se encontró entonces ante otro pasillo apretado y más puertas. De dos de ellas pendían amuletos muy similares al que la posadera le había dado esa misma mañana: cruces de hierba secas con arandelas de plata o trozos de madera. Elisa bufó y los descolgó con fuerza. Se giró hacia María apretando los fetiches en un puño furibundo e invocando toda la paciencia del Santo Job.
—No pienso tolerar estas tonterías en mi casa, ¿entendido? Puedo comprender que en esta tierra perdida de la mano de Dios vivan dominados por miedos absurdos e irracionales, pero le aseguro que nada sobrenatural ocurrirá bajo mi techo. Considéreme el mejor amuleto de todos. Si ha dejado por la casa alguna otra cosa de estas, retírela de inmediato, porque como me vuelva a encontrar algo así no habrá demo en este mundo que la asuste más que yo. Deshágase de todo ipso facto.
El ama de llaves apretaba los dientes como si quisiera masticar a su señora con ellos. Elisa temió que aquella mujer perdiese el poco juicio que parecía tener y se atreviese a obrar en su contra. Podría empujarla escaleras abajo y decir que la señorita de Madrid se había descalabrado por culpa de su propia torpeza. Los ojos de María chisporroteaban como el fuego de la chimenea de su habitación. Elisa decidió que no le daría nunca la espalda. Estaba a punto de pedirle que abriese la puerta del ático, cuando el eco de una voz les llegó muy difuminada desde el piso de abajo.
—¡María! ¿Ha llegado ya la señorita? ¿Dónde te metes?
María pegó un bote y esquivó a Elisa en su precipitado camino hacia la planta inferior. Se acodó sobre la barandilla y respondió hacia el hueco, por el que se veía un trozo de vestíbulo.
—¡Ya ha llegado, don Emilio! Le estaba enseñando la casa. Ahora bajamos.
—¿Quién es? —inquirió Elisa, que había ido tras ella para averiguar quién era capaz de amansar a aquella mujer ingobernable.
—Es el administrador. Querrá conocerla.
—Muy bien. —Elisa dirigió una mirada recelosa hacia la puerta que llevaba al ático—. Pero no se crea que hemos terminado ahí arriba.
Descendieron la gran escalinata central, a pasos cojos y apresurados una, y despacio y con delicadeza la otra. Cuando Elisa llegó al final, María ya hablaba en susurros acelerados con un hombre bajo y enjuto, avanzada calva, prominente barriga, bigote entrecano y gafas de montura redonda. Iba vestido con un traje gris bastante apropiado considerando su desempeño profesional, pero demodé. Al verla, se zafó enseguida de María, dio un paso al frente y le tendió una mano de dedos cortos y nudillos velludos.
—Señorita Elisa, soy Emilio Montenegro, administrador de su difunto tío. Es un placer conocerla. Espero que haya tenido un buen viaje.
—Si le soy sincera, no ha sido el trayecto más agradable de mi vida.
El hombre sonrió con cierta conmiseración.
—Los caminos gallegos pueden resultar un poco ajetreados para quien está acostumbrado a desplazarse por llanuras, es cierto.
—Si me disculpan, voy a terminar la empanada o no la tendrán lista para la hora de comer —interrumpió María.
Don Emilio la animó con tono amable a volver a sus quehaceres, ya que tenía tanta hambre como un náufrago perdido en el océ
