La siembra de nubes - Claudia Apablaza - E-Book

La siembra de nubes E-Book

Claudia Apablaza

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Beschreibung

La siembra de nubes narra la historia de Amelia, una científica joven, chilena, que prepara una estancia de investigación en Canadá para estudiar a fondo la siembra de nubes, una técnica para hacer llover de forma artificial. Antes de partir, debe desocupar su departemento, ordenar sus cosas, despedirse. Pero decir adiós no es tan sencillo. La víspera de su viaje sostiene conversaciones que revelan la historia y los secretos de su familia, y suceden encuentros con sus amantes que la orillan a decidir si, en medio de la sequía y los problemas del mundo, esos amores tienen futuro o serán solo un rastro del pasado.

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Seitenzahl: 210

Veröffentlichungsjahr: 2025

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CLAUDIA APABLAZA

LA SIEMBRA DE NUBES

Derechosreservados

© 2025, Claudia Apablaza

Publicada mediante acuerdo con VicLit Agencia Literaria.

© 2025, Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.

Avenida Patriotismo 165,

Colonia Escandón II Sección,

Alcaldía Miguel Hidalgo,

Ciudad de México,

C.P. 11800

rfc: aed140909bpa

www.almadiaeditorial.com

www.facebook.com/editorialalmadia

@Almadia_Edit

Edición digital: julio de 2025

isbn: 978-607-2631-23-6

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.

Hecho en México.

Para el Chano y mi abuela Carmen

Aquel verano hubo tantas nubesque no sabíamos qué hacer con ellas.

MaryRuefle

La crecida del invierno y de la saviahabía arrastrado nuestras letras, flechas y dibujos infantiles, hasta perderlos en el laberinto para siempretragados por el remolino de las ramas.

GonzáloMillán

1DISPERSIÓN DE SUSTANCIAS

No es infalible: la siembra de nubes requiere nubes de lluvia. No puede funcionar en cualquier otra formación de nubes. Además, las nubes sembradas pueden viajar a otro lugar sin causar precipitaciones en el lugar previsto. Por lo tanto, se puede discutir si la siembra de nubes es realmente efectiva para producir lluvia.

Maliketal.

“Cloud Seeding; Its Prospects and Concerns in the Modern World-A Review”.

Eso fue lo primero que hice cuando me avisaron que había obtenido el puesto para investigar la técnica de la siembra de nubes en Banff: comenzar a preguntarme dónde dejar las pocas cosas que he alcanzado a juntar en este minúsculo departamento que arriendo desde hace cinco años en Santiago centro: libros, ropa, muestras, frascos con agua, fotos de familiares, dibujos de las nubes, algunas carpetas con tierra pegada, bichos, incluso pequeñas piedras y hojas secas que recojo para analizar. Un edificio donde se usa el mínimo de recursos, no más de treinta metros cuadrados, para no malgastar luz, ni gas, ni agua, ni nada.

Irme lejos, estudiar alternativas para las sequías, demostrar que la siembra es tóxica y nos terminará matando de aquí a veinte años. Niños sin comida, ancianos aferrados a las murallas por la furia del sol en sus nucas, perros enjutos caminando con las tripas afuera, animales intentando perseguir unas gotas y lamiendo los últimos restos del rocío. Todos peleando a muerte por esas gotitas que caerán del cielo seguido de meses de inundaciones constantes que se llevarán a los niños y los ancianos río abajo.

Miro la pared blanca, aún quedan rastros de los clavos que saqué ayer. Esa huella que no se borra del todo aunque ponga pasta muro en cada agujero. Yeso, cemento, yeso encima. Vuelvo a tomar un poco más de té, mastico una galleta de las que compré en el almacén de la anciana de ochenta años. Miel, avena y pedazos de cáscara de naranja incrustados, como pequeñas rocas aferrándose a mis dientes. Pienso en cómo todo se agolpa antes de un viaje. Todos los recuerdos, las imágenes, y cómo soy incapaz de procesarlos, de pasarlos por la cabeza y el corazón.

Voy a mi habitación. Saco del velador un cigarro de los que tengo escondidos. En el balcón lo enciendo, calo fuerte, y por veinte segundos, no suelto el humo. Queda ahí dentro, me gusta esa sensación, dañándome un poco cada vez más, haciéndome desaparecer desde dentro hasta matarme del todo. Lo apago con la punta del zapato. Lo escondo entre dos maceteros. Al lado, un frasco que siempre tengo para recolectar las lluvias y analizarlas. Un estruendo fuertísimo. No me acostumbro al ruido que sube desde el suelo hasta acá arriba. Piso veintiuno. La parte más alta de este edificio, que elegí para estar más cerca de las nubes: negras, afiladas, nubes rosas que les encantan a las niñas, otras con forma de pequeñas estrellas o dragones.

Voy al móvil y abro el mapa de las siembras de este mes. Aparecen quince puntos cercanos donde van a bombear. El mapa lo bajamos del Centro de Estudios de Zonas en Sequía. Tenemos que ir a tomar muestras cada semana. Me anoto con dos viajes: Isla de Maipo y Pelequén. No creo que logre hacer más de dos visitas antes de irme.

* * *

Benito sabía desde el principio de nuestra relación que, si me ganaba el puesto para investigar, me iría. No imaginó que podría suceder tan pronto. Me decía que era muy difícil, porque no quieren a investigadoras mujeres. Las becas aún se las dan a los hombres, sobre todo en ciencias. Si postulas a algo de Humanidades puede que te la den, pero en ciencias, jamás, menos a mujeres que rondan los cuarenta, esas ávidas de tener hijos de cualquiera. Eso está en las estadísticas, están publicadas, míralas, me repetía siempre. Si te quieres ir a estudiar, tendrás que juntar el dinero e irte por las tuyas. Yo me imaginaba reuniendo miles de dólares para irme mientras sigo pagando miles de pesos en deudas que me atragantan desde que me levanto hasta llegar por la noche a la raíz de mis sueños.

Dalia también sabía que la beca nos separaría. Ella no podía viajar conmigo. Aunque yo quisiera, aunque ella también lo quisiera. Todo lo sentía como una pared entre ella y yo. Una muralla de fierro que ella ponía, piedras y alambres construidos a pulso para que lo nuestro no resultara del todo.

Su casa.

Las plantas.

El trabajo.

La hermosa vista desde su habitación.

Esos colores rojizos cuando atardece.

Su familia.

Las amigas.

Los pájaros que llegan a su ventana y la miran desafiantes.

El miedo.

La ciudad que vivió desde niña.

La cordillera.

¿Cuánto te tardarás en volver?

* * *

Olvidarme de Dalia y el sexo tierno. Yo una bestia encima de ella, una desquiciada que no logra seguir el ritmo, que hace cortes en el aire con los movimientos del cuerpo. Ese pasado, cada vínculo que potencialmente va a destrozarme. Deletey anular sensaciones, recuerdos, vínculos.

Tú eres porno, yo una romántica, me decía siempre. ¿Por qué no te dejas acariciar? ¿Piensas que podría dañarte? Estar lejos de todo era siempre la salida.

* * *

Escucho bocinas todo el día, desde que despierto a las 6 a. m. ¿Por dónde escapar si hay un incendio? ¿Vamos a morir todos aplastados? El sonido sube y alcanza más altura. Otros ruidos también viajan desde el suelo hasta acá y luego siguen: gritos, risas de niños que juegan, guitarras, duchas de los vecinos, ollas, sexo intenso, una escoba arrastrándose por el suelo, la campanilla del microondas, tríos que me calientan, una mujer que canta una canción triste y me deprime, un perro que ladra, la cadena del baño, una cebolla que se fríe. Sonidos que rebotan en mis oídos. En las noches duermo con tapones y un cojín aplastándome la cara. La colcha me cubre por completo. Hiberno de noche, desaparezco, empiezo a tragarme mis propias reservas, esa grasa que me guardo para las horas en que no me alimento, cuando olvido comer, y odio que mi estómago tenga algo punzando hacia afuera, jugueteando entre mis órganos.

* * *

Tomo el tiesto y riego las pocas plantas que me quedan. Recolecto el agua de cuando lavo la loza y la reciclo. Dos hermosas siemprevivas y una planta de jade. Un balde debajo de los platos. El agua que sobra se va directo a ellas. También la uso para trapear el suelo.

Diez gotas a cada macetero. La tierra está húmeda aún. La palpo con dos dedos y siento el aroma de la tierra mojada. El índice y el pulgar. Lo paso por mi boca y lengua. La tierra se siente áspera.

Cuando me vaya, le dejaré las plantas a Dalia, aunque desde que le dije que me iba ha puesto una brecha, no contesta todos los mensajes, me evade como si fuese la hostigante ejecutiva de una telefónica que insiste con llamados desde algún lugar escondido del mapa.

Nos conocimos una tarde en que tomaba cerveza en el bar de abajo del edificio. Yo había ido por un vino. Me senté a esperar a que me atendieran. Comencé a espiarla. Me movía cada vez más hacia ella para escuchar lo que decía. Así supe que vivíamos en el mismo edificio. Me invitó a una copa. Nos quedamos hasta que cerraron. Bebimos gin. A ella le gustaba el gin mezclado con cualquier cosa. Luego nos fuimos a su casa. Me quedaba una dosis de eme que me había regalado Elías, el jefe del laboratorio. Pasé antes a casa a buscarlo. Dalia nunca lo había probado. Perdió los límites, rayamos juntas dos días seguidos: sexo pausado, huidas, risas, declaraciones de una recién conocida, amor eterno en unos minutos, móviles descargados, no comer, meternos vino y sustancias.

* * *

Limpio las hojas de la siempreviva con un papel viejo que encuentro en mi bolsillo. Una boleta del SuperAhorro. Está ahí hace semanas, me resisto a tirarlo. Papel higiénico, mandarinas, fósforos. Hoja por hoja. A algunas puntas les hago daño y se resquebrajan. Otras brillan verdes, como agradeciéndome. La mayoría están llenas de tierra, el esmog que circula por Santiago centro deja todo oculto bajo un polvo triste, pero sus puntas se resisten a opacarse, están moradas aún, la única planta que ha sido denominada como eterna y que en verano se pone gigante y brilla.

Saco de mi cartera una foto escondida que tengo de Aquiles. Me la dio mi abuela. Es en blanco y negro y está desgastada, a punto de desaparecer del todo. Una foto de hace cincuenta años o más. Aparece joven y brillante en su moto, una gran sonrisa y la mano que tiene amputada la esconde detrás de la espalda como ocultando una sorpresa. Acaricio esa mano que falta y miro el cielo. Las nubes se juntan y distancian. Intentan dibujar un nombre, una palabra reveladora, una señal de algo. Un tipo de escritura que, si supiéramos deletrear, tal vez nos ayudaría a dilucidar las formas de enfrentarnos al futuro. Ojalá me dijeran algo de lo que viene, del viaje, de Aquiles, de qué hacer con todo esto que se enreda en mi cabeza.

* * *

Hace días que puse en venta los muebles, el escritorio, la cocina. Ya me he despedido de las pocas amigas que tengo. Esas pocas que aceptan que de pronto una desaparezca sin rastro o que pase con ellas semanas en sus casas, cocinando, bebiendo e imaginando futuros apocalípticos mientras Sonic Youth suena de fondo.

La casa está vacía. Las paredes cada vez más blancas y sin agujeros. No tengo casi nada en la despensa. Solamente algunos alimentos que no necesitan cocción. Duermo con una lámpara a ras de suelo, encima de un colchón, sin velador, solo con un libro de noche rozándome la espalda.

Pinté la pieza, también la salita y el baño. Limpié los rincones. Dejé todo listo para entregarle en unas semanas el departamento intacto a su dueña. Una mujer de cincuenta años que tiene más de treinta propiedades en el centro, que las ha ido acumulando para tener una vejez digna, me dijo cuando la conocí y de seguro vio mi cara de quince propiedades no te vuelven digna, te vuelven una especuladora de la vivienda.

Regalé platos, tazones y vasos. Tiré ese sartén que solo usé un par de veces y que tenía el mango oxidado. Me quedan pocas semanas en este lugar. Vivir así: con la amplitud de un espacio blanco y vacío que se va extendiendo desde el suelo hacia los techos.

* * *

En el rincón del comedor, aún hay un par de cojines y esas diez cajas apiladas con libros que tenía en mi biblioteca. No los llevaré a este viaje. Separé primero los que son míos. Dejé a un lado los que recibí de Aquiles. Para leer antes de irme Los pasos perdidos de Alejo Carpentier y Los niños de Rusia de Julia Auger. Pensé que los otros tal vez podía dejárselos a Benito. Siempre supe que Benito no se imaginaba un futuro lejos de mí. Yo a veces lo dudaba. Por momentos creía necesitarlo, a pesar de todo. Meses sin vernos, solo una comunicación entrecortada y agónica por redes sociales. Monosílabos. Sus celos constantes, sus gritos. Mis evasivas. Algunas llamadas telefónicas al mes. O que nuestra relación terminara apenas yo partiera de Chile. Él sacaba el tema y yo intentaba cambiárselo. Me recalcaba que no quería separarse, que ya llevábamos tanto tiempo. Fines de semana sin vernos. Huir al calor de Dalia esos días en que no quería estar con Benito. Nuestras risas. Como un río. Un huracán sobre su cuerpo. Huir con ella a algún sitio los fines de semana, campo traviesa o cabañas rústicas en playas vacías. Las despedidas que te rajan entera.

Benito por otro lado, ¿por qué pasas más tiempo con ella que conmigo? Después me hablaba de hijos, de una casa grande de dos pisos, de un barrio tranquilo, luminoso, con tres perros y un jardinero que nos ayudara a limpiar el patio. A mantener las flores. Seguro que también pensaba que yo dejaría el laboratorio, que olvidaría todo y me dedicaría a cuidar a nuestros hijos del futuro y a intentar convencer a esos hijos que cuidaran muchísimo el planeta. Que reciclaran cada bote de plástico que vieran tirado en el suelo.

Le envié un breve mensaje para decirle que me habían dado el puesto para investigar la siembra a Banff. No me habló en toda la tarde. Me llamó recién por la noche, con una voz entrecortada, incómoda, extendiendo unos largos silencios.

En sus preguntas indirectas intuí que quería irse conmigo. ¿O acaso te vas con ella? No quería cortar la relación de dos años y medio que teníamos y que a estas alturas yo mantenía porque también le daba un punto de tensión a todo, sin relajarlo, matándome otro poco más, como los cigarros. Insinuó algo así como que me esperaba y que podría ir a visitarme. Amaba Canadá, el clima frío, los proyectos de construcciones sustentables y ese orden que se respira en las montañas de Alberta. Me decía que es el país del futuro, que muchos huirán hacia allá cuando el calor nos esté matando. Podría aprovechar y hacer allá un posgrado, una pasantía en algún centro. También mencionó que podríamos casarnos antes de partir. Le dije que no era algo que quisiera hablar por teléfono, en realidad era algo que no quería hablar nunca.

* * *

Comencé a planificar todo, visité a mis padres en Las Mercedes, un poblado a un par de kilómetros de Requínoa, le envié un mensaje a la dueña del departamento. Le dije que lo dejaba. Hablé con un par de amigas para saber si alguna quería arrendarlo y si alguna se quedaría con mis plantas. Llamé a Elías del laboratorio, que me iba a Banff a investigar la siembra de nubes, que él sabía lo importante que era para mí, pero que tampoco es fácil irse de un día para otro y dejar todo a la deriva. Que me iba a Alberta, con la beca a la que él me había ayudado a postular por segunda vez. Llenar formularios, cartas de recomendación, manejo del idioma, proyecto a investigar y motivaciones varias.

Ir a ver a mi abuela. Estar con ella estas últimas semanas, que me cuente un poco más de Aquiles, esa historia que hemos querido silenciar para no seguir horadándome más el corazón, todo adentro.

* * *

El lunes fui al laboratorio a buscar mis cuadernos a la hora en que ya no quedaba casi nadie. No quería topármelos, salvo a Elías. Tal vez nos metíamos algo fuerte antes de mi viaje. Ya llevábamos años en eso. Alguna nueva mezcla. Cada nueva sustancia que nos llegaba, hojas de Khat. Algo derivado del fentalino, una gota de esto más lo otro, cannabis africana, algo que me llegó de Tiburgo. Nunca volver a repetir la mezcla, así no te cuelgas. Será poco, ya sabes, no te preocupes, es solo para saber qué se siente. Tirar un poco en cada nuevo estado. No me lo metas. Estoy caliente. Solo tócame, sí, esta vez sí. ¿Jugamos a algo? Date vuelta. Ahora sí. Rápido. Mete más presión en el cuello, por favor. Ya está, apúrate, puede venir alguien.

Etiquetar algunas muestras con una letra legible. No esas inscripciones como animales salvajes que parece fueran a ahorcarnos. Limpiar a fondo mi mesa y las herramientas que uso desde hace siete años. Pasar alcohol puro en cada rincón atestado de grasa y residuos. Vaciar ese espacio que compartía a diario con un par de compañeras de la universidad y todos los becarios que pasaban mes a mes. Dejar de respirar ese olor al que me siento adicta, que aspiro fuerte cada vez que entro al laboratorio hasta que mi nariz y pulmones se llenan y rebotan en mi cerebro: mezclas de colorantes, agua oxigenada, alcohol, etanol y fuego. Sacar también todos los carteles de TÓXICO, PELIGRO PARA LOS OJOS, POSIBLE RADIACIÓN, INSTRUMENTO PELIGROSO, USE GUANTES, USO OBLIGATORIO DE MASCARILLA. Abandonar por fin los turnos y las intensas horas de trabajo y correr al bar de la esquina. No salir de ahí hasta quedar borrachas, para calmar mi ansiedad constante. Al bar que quedaba a media cuadra, en la intersección de la Alameda con Serrano. Como cuando Carol apareció en la lista de científicas jóvenes de una revista latinoamericana por una investigación acerca de la palma chilena y cómo su inminente extinción ha influido para siempre en el clima de algunas zonas de Chile y del continente.

* * *

Cada día de una oficina a otra. Todo construido desde la sospecha hacia el “tercer mundo”. Un cierre. Administrativos haciéndome preguntas incómodas. Repetir una y otra vez lo mismo. Sí, soy buena, se lo prometo, nunca hago daño, jamás, y no lo haré. Exámenes médicos, el certificado de antecedentes, de enfermedades previas, cronicidades, el certificado de ética de la investigación científica, sacar un seguro de salud con cobertura internacional y repatriación por muerte de ser necesario, timbrar los títulos universitarios en el Ministerio de Educación y en el de Relaciones Exteriores, luego el Consulado.

Correr de una oficina a otra para dejar registro, autorizaciones.

Dejar la huella de que me fui.

* * *

Viajé a Las Mercedes, donde mis padres han vivido desde hace más de cuarenta años. Les pregunté si podían quedarse con los libros de la biblioteca de Aquiles hasta que yo regresara. Son los libros que él dejó cuando se fue al exilio a Brasil. Primero pasaron a mis padres y con el tiempo pasaron a mí.

Mi abuela me dijo que debíamos conversar, que ya era hora, que tal vez no volveríamos a vernos, que dejara de evadir eso, que ella tiene más de noventa años, que no soy niña y que hace mucho le hago el quite a que lo hablemos. Además, que todos han querido omitirlo porque a veces eso se hace con el pasado, se sepulta, se entierra bien hondo.

Aquiles no ha estado bien, Ame –me dijo–, se enferma cada tanto, diabetes, problemas de los riñones, algo en una pierna, en cualquier momento, ya sabes. También sabes que tu madre y él tuvieron algo antes de que él partiera. A los meses naciste tú. Y desde ahí todo quedó en una nebulosa que comenzó a desintegrarse.

* * *

La colección de suculentas que tenía en el balcón fue desapareciendo. Les pedí a las chicas del laboratorio que vinieran durante estas semanas a llevárselas. Algunas incluso se llevaron dos: plantas de jade, piedra lunar, planta rosario, siempreviva y mi favorita, el ojo de dragón, esa planta con una intensa flor morada tan característica de los climas cálidos y que necesita en invierno la luz directa para no morir de frío. Le di un beso de despedida a cada planta que se llevaron.

El balcón lleno de verde fue poniéndose cada día más gris. Empezó a mimetizarse con la oscuridad de la calle hasta hacerse una sola.

Descolgué los maceteros verticales que me ayudó a construir Benito y que Dalia me ayudaba a cuidar: no exceder en agua ni en exposición a la luz, ponerle vitaminas cada tres meses. Así no extremas la matanza.

Regalé, por último, las plantas de tomates que me costó tanto que dieran, pero que un día comenzaron a brotar enloquecidas y llenaron las murallas, devorándoselas.

* * *

Mis padres dijeron que no podían quedarse los libros de Aquiles, que se los dejara a Benito, que no querían por ahora de regreso esos libros en su casa. Tal vez nadie los quisiera de regreso porque han pasado tantas décadas. No quieren saber nada de él, no lo llaman por teléfono, ni siquiera saben si aún vive en São Paulo o volvió a Bertioga.

Mi madre intentó cambiar de tema. Se paró del sillón y dijo que iba por un vaso de agua a la cocina y algo para comer. Mi padre se puso a mirar los mensajes de su teléfono.

* * *

Ame, acá puedes dejar tu ropa, tus plantas. Los libros ocuparían demasiado espacio. No sabría dónde dejarlos. Déjaselos a tu abuela o a tu tía Rebeca, que seguro viajarán a Brasil pronto y podrían llevárselos a Aquiles.

Acá no, Ame. No tenemos espacio. Además que hace demasiados años que no lo vemos. Tú sabes que nosotros nunca fuimos tan cercanos a él y acá toda la familia lo empezó a olvidar cuando se separó de Ventura.

Y bueno, no insistas. Te vas a ir y vas a olvidarte de ellos apenas pises el aeropuerto.

* * *

Suena el teléfono. Es Elías. Me dice que no es necesario que vaya a recolectar esta semana. Le digo que ya está, que haré el viaje de Pelequén y a Isla de Maipo. Me reenvía a mi móvil el mapa de siembras para que no me equivoque en las fechas y horas. Las lluvias de siembra son muy exactas. Que les deje las muestras, que ellos las pueden analizar e ingresarán los resultados en la carpeta de este mes. Miro las fechas, es en pocos días. Abro los últimos resultados. Son nefastos, cada vez agregan más tóxicos porque no han logrado controlar el proceso. Veo algunos apuntes de Elías en el drive:

Secuestro de vapor de agua de un país a otro.

Control del clima.

Emiratos Árabes, China y Estados Unidos a la cabeza.

Inundaciones como técnica de control.

Desequilibrio brutal del agua en la atmósfera.

Hundimiento lento de los terrenos.

Intervención del clima como estrategia política.

Sequías posteriores a las inundaciones.

* * *

No fue tan así, me dijo Rebeca, una de las hermanas de mi madre, cuando la visité, hace un mes en su casa en Requínoa. Le conté que me iba a Canadá a estudiar lo de la siembra y le pregunté si podía tener los libros hasta que yo volviera. Tomábamos té en esa antigua mesa de comedor que tanto me gusta. Una mesa larga, de caoba, para doce personas, donde se sentaron alguna vez mis tías y abuelos, también los amigos de la familia, personas seguro ya casi todas ausentes, enterradas. Una mesa que siempre estaba llena de gente, con manteles coloridos, en largos almuerzos, juegos de sobremesa y whisky, jugando al póker o la canasta, pero que ahora Rebeca ocupa sola, en el silencio que la caracteriza, en esa casa repleta de trastos.

Comíamos tostadas y tomábamos de ese té con hierbas que siempre prepara: manzanilla, laurel, nuez moscada y orégano, que la ayuda a aliviarse de su enfermedad reumática y los dolores.

Rebeca es bióloga y me había ayudado cuando estudiaba en la universidad. Insistía en que me cambiara a Medicina, que investigar fenómenos climáticos no me serviría de nada. ¿A quién le importan realmente las lluvias? Que ya estaba todo en la mierda, era irreversible. Además, iba a tener un mejor futuro, más dinero, una situación estable. Yo le decía que no. Lo mío era investigar, estar de cabeza metida en un laboratorio hasta pillar algo que le diera otro rumbo a todo esto.

También le pedí su patio cuando Elías me propuso que buscáramos algo fuera de la ciudad para ver cómo funcionaba una nueva técnica en ratones. La siembra era inminente. Estaba matándonos. Invierno. Una jaula. Diez roedores recién nacidos. Esperar las lluvias. Sacar muestras antes y después. Que se mojen todos. Esperar otras lluvias. Sacar muestras antes y después. Pelaje, sus ojos rojos y asustados, muestras de orina. Comida, comida. Orina, no comer, no comer. Orina. ¿Y si muere uno dentro de la jaula? Orina. ¿Se lo comen? Orina. ¿Cuántos sobreviven? Orina. Está muerto. Orina y pelos. ¿Qué más les meto para que sobrevivan? Rebeca me dijo que no, que para eso no se prestaba, pensábamos distinto. Será solo una vez, Rebe, no es que lo haga siempre, esta vez es necesario, entiéndelo. Lo siento, no haría eso. Que me buscara otro sitio y muy lejos de su casa.

* * *

Han pasado demasiados años, Ame. Hay cosas que deberías saber de Aquiles, pero yo sé que tus padres no quieren. O sea, sé que tu abuela te lo ha dicho, pero no sé qué te pasa a ti con eso. Tampoco tengo claridad de lo que pasó. Tu madre nunca quiere hablarlo. Todo lo mantiene en secreto. Seguro tú lo ves como una historia más que has escuchado desde niña, como un murmullo lejano y que no te pertenece. O tal vez tienes algunos recuerdos. Bueno, sí, perdona, sé que no quieres que… Mejor háblalo con tu abuela. Una vez te pregunté si sabías cómo habían llegado a ti esos libros, en realidad cómo llegaron a tu casa. Los tenías en la salita. No sé si te acuerdas pero cuando niña, o más bien de adolescente, siempre le pedías a tu madre que te llevara a Brasil, que querías conocer dónde vivían tus familiares, ir a las playas, compartir con tu prima Lucrecia. En esa época yo quería hablar de todo, pero han pasado los años, me he reconciliado con muchas cosas y ahora asocio mi enfermedad a seguir machacándome con los recuerdos. Que Ventura se fuera a Brasil, todo lo que pasó después cuando ella se fue. Aquiles y su deseo de escalar en la universidad, la soledad de Ventura.

Amelita, yo creo que Aquiles exageraba. No sé si lo expulsaron, realmente. Después allá se olvidó de todo. Dio