La sombra que pasa - Jhon Riaño Moreno - E-Book

La sombra que pasa E-Book

Jhon Riaño Moreno

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Beschreibung

Es una historia de amor; la de los padres del autor. Provocada por una necesidad de memoria social y familiar. Está enmarcada en la dolorosa época de la guerra de los años 50 en los llanos colombianos, y se articula desde la muerte del padre ––en presente––, tejida con el pasado, en un viaje que se convierte en la vuelta a la memoria familiar y a la del territorio llanero, con saltos narrativos de tiempo, donde la voz de la madre se intercala con la del hijo; y entre los dos, cuentan la novela.

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Seitenzahl: 334

Veröffentlichungsjahr: 2019

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La sombra que pasa, novela escrita en Buenos Aires en el año 2009, cuenta la historia de una mujer y un hombre que huyen de la guerra en los años 50 en las llanuras del Casanare, hasta llegar a fundar el pueblo conocido como San Luis de Palenque —en costas del río Pauto—, junto con otras decenas de familias desplazadas por la violencia. El hilo conductor se teje entre la voz de uno de sus hijos y la madre, que narran la historia haciendo contrapunto de relatos; yendo de un presente narrativo a un pasado lejano, mientras viajan desesperadamente en una lucha contra el tiempo ante la tragedia familiar de la muerte, en un contexto de violencia que desde los años 50 no ha cambiado demasiado en el país.

Título original: La sombra que pasa

Dirección editorial: Jaime Fernández Molano

Coordinación: Orlando Peña Rodriguez

Diseño y diagramación: Diego Torres

Ilustración portada: Martha Garzón, obra ‘Críspula y Enrique’

Foto autor: Yeny Gallego

Primera edición: diciembre de 2019

© Jhon Moreno Riaño

© Corporación Cultural Entreletras

Calle 38 No. 30A - 25 Of. 503 edificio Banco Popular

Centro, Villavicencio, Meta, Colombia S.A.

Contactos: 310 3334801 - 320 2190570 - (8) 684 9590

Correo: [email protected]

Obra ganadora de la ‘Beca para la publicación de obra inédita, otorgada por el Ministerio de Cultura, programa Leer es mi cuento, año 2019’.

ISBN: 978-958-52284-2-9

Hecho el depósito legal

Se autoriza la reproducción -únicamente parcial- de este libro, previa autorización del autor y del editor.

Beca para la publicación de obra inédita, otorgada por el Ministerio de Cultura, año 2019 a la novela ‘La sombra que pasa’

Comentario del jurado:

«Esta novela sobre la muerte del padre ocurrida en Casanare, es un ejemplo de cómo la buena literatura parte de lo local para ser universal. El libro habla de conflicto, muerte, leyendas, amor e infancia, vistos desde una óptica casi de cronista, limpia y muy bien escrita».

Comentario general del jurado.

«Una juiciosa narradora nos cuenta parte de la historia de la violencia de nuestro país en este caso en la Orinoquia, en Casanare. Bien narrada».

Guido Leonardo Tamayo

«Novela que recrea tradiciones de la vida en Casanare. Bien escrita, amena. Uno siempre quiere saber más».

José Fernando Quiroz

«El libro es un híbrido entre una crónica, una novela, un compendio de historia del país y de costumbres del llano. Es un libro, como todos los buenos libros, que tiene varias lecturas, varias capas».

Martha Lucía Orrantia

La vida no es más que una sombra que pasa…(Shakespeare)

Nos mecíamos suavemente en el chinchorro,

arrullados por el canto de las ranas y el chirrido

de los colgaderos contra las vigas del rancho.

Con la cabeza recostada sobre su pecho,

sintiendo el galope de su viejo corazón,

yo dejaba viajar mis fantasías a mundos mágicos

escuchando las historias que mi padre improvisaba,

mientras saboreaba el humo de su tabaco,

antes de ir a la cama.

A mi padre y a mi madre.

Especial agradecimiento a:

Carolina Arabia, por la cariñosa

y acertada lectura del manuscrito;

a Adriana Ronco, por haber creído en este texto;

y a mi editor, por sus valiosos aportes al manuscrito.

Prólogo gozoso para una novela seria

Escribir un prólogo es un encargo difícil.

Es como hablar antes de lo realmente importante, como adelantarse al discurso principal. El lector abre el libro, se asoma a la novela, busca la primera frase del capítulo inicial, y… se le atraviesa el prólogo.

El lector, ya entrado en gastos, ya comprometido con el impreso, se resigna, hojea, ve que es corto y comienza a descifrar lo que ha redactado el prologuista.

Escribir un prólogo es un oficio ingrato.

Comenzando por el nombre, prologuista no es una categoría de autor, ni siquiera una sub-categoría. Hay novelista, cuentista, guionista, letrista, etc., pero, ¿prologuista? Eso no existe. Ese no es un escritor.

Sin embargo, escribir un prólogo es un compromiso serio.

Hay que entretener esos instantes previos, de manera que la persona que abrió el libro mantenga las ganas de andar por su camino letrado.

Se debe conocer la obra prologada, pero ser prudente con la información, para no adelantarse a la historia, ni insinuar el final. Hay aburridos estudios o empalagosos elogios, que han sepultado libros. Afortunadamente los prólogos son prescindibles, ¿o cuántos ha leído usted que se repitan en la segunda edición?

Pero prologar es también un gran privilegio. Uno, por deferencia amistosa, bondad inexplicable o simple desvergüenza del autor, termina mirando la obra desnuda que han visto muy pocos, descubriéndola de primera lectura, gozándola antes que nadie.

Después —los privilegios cuestan— hay que compartir, en no demasiadas palabras, esa experiencia de estrenar un texto.

Yo lo voy a hacer en cuatro palabras: A mí me gustó.

Cumplida de esta forma la primera obligación de todo prólogo, paso —sin tanta brevedad— a la segunda.

Hay que conocer al escritor, señalar sus linderos vitales, justificar su obra con la biografía. En este caso la tarea es fácil, les cuento:

Jhon Moreno Riaño es llanero, por lo tanto es músico. Músico de la Universidad de los Andes, del cuatro y del corrido.

Jhon Moreno Riaño se ha hecho maestro en Psicología de la Música y en Patrimonio Cultural. Se ha especializado en Cantos de trabajo y va tras un doctorado en Joropología con énfasis en Del Bueno.

Jhon Moreno, de segundo nombre Emerson, o sea Jhon Emerson Moreno, es —como el escritor gringo así apellidado— ensayista y conferencista. Además, parece que Ralph Waldo Emerson escribió para Jhon Emerson aquella frase que dice “No vayas a donde el camino te lleve, ve a donde no hay camino y deja un rastro”. Porque en esas anda Jhon, dejando rastros enchicuacados por las serranías sanmartineras, oyendo cantar un Gallo Giro en sabanas de Maní, campechaniando conversas con Hermes arriba del Totumo, jugando a inventar juegos, glosando —y gozando— el joropo.

Jhon es casanareño, de San Luis de Palenque, por lo tanto es buena soga. Enlaza orejanos, cachos llaneros y versos cimarrones. Enlaza y ajusta. No esconde con malicia cachilapera lo amarrado, sino que lo muestra, lo deja ver, oír o leer, para que otros disfruten el resultado de su pericia.

Jhon Emerson Moreno Riaño, músico llanero, subió arriba, anduvo lejos —perdonen los pleonasmos—, pero nunca dejó su tierra, ni abandonó su familia, ni olvidó su historia, la de él, su familia y su tierra. Por eso escribe.

Jhon escribe. Ya no aterrizados ensayos ni crónicas acieladas, sino ¡por fin!, una novela, esta que tiene usted en sus manos, esta que anda a punto de abandonar por culpa de este prólogo. Esta que no debe soltar, sino más bien saltarse estas palabras y comenzar…

Vale la pena, porque está bien jalada, porque representa un nuevo tipo y tema de novela llanera, otro concepto y estilo, un estallido de sangre memoriosa que se explica solita:

«Pareciera que los cementerios en el campo van desapareciendo para convertirse en tierra y renovar la vida, de la misma manera que los recuerdos que dejan quienes los moran se van volviendo palabras que nutren historias, historias que reconstruyen vida en los recuerdos…»

…mejor sigan con Jhon. Eso de escribir un prólogo es un compromiso serio. Me quedó grande y el tiempo apremia. Es más sencillo escribir algunas anotaciones generales y callarme. Algo como un Manual de Uso de esta Novela, algo así:

Aviso: Después de que la empiece no va a ser fácil dejarla.

Instrucciones: Acomódese en el chinchorro, arrime el tinto y déjese llevar por ese vaivén de muerte y vida que es La sombra que pasa.

Garantía: Le va a gustar.

Precaución: No la lea de noche.

(Siga leyendo y sabrá por qué).

Cachi Ortegón

 

Según los médicos del hospital, la muerte de mi padre sucedió en la madrugada del dos de agosto de 2005. Dos días antes él había sido internado en un hospital de Yopal a causa de un extraño accidente ocurrido en su pequeña finca. Sin embargo, el día anterior a su muerte, cuando salía del trabajo en el centro de la ciudad, en Bogotá, tuve una revelación. Mientras caminaba por la carrera octava una de mis hermanas me llamó informándome la gravedad de la situación y, justo antes de llegar a la avenida Jiménez tuve la certeza de que no volvería a verlo con vida. Días después de su muerte, luego de contrastar las versiones de médicos y enfermeras, supe que mientras había tenido esa revelación, en ese preciso instante mi padre estaba muriendo. Su cerebro dejaba de funcionar aunque sus órganos vitales se negaban a dejar de hacerlo, en una lucha que se prolongaría por el resto de esa noche, hasta la madrugada en que fue declarada oficialmente su muerte, según el parte médico, justo cinco horas antes de nuestra llegada al pueblo, luego de recorrer una carretera destapada durante toda la noche desde Bogotá hasta Yopal, en un viaje desesperado por ganarle a la muerte, evadiendo retenes de grupos armados.

Al llegar a casa encontré a mi familia al borde de la locura tratando de encontrar la forma de viajar. En las dos principales vías que conducen a Yopal había derrumbes y la tercera de las rutas posibles estaba cerrada por retenes de la guerrilla en sitios indeterminados. Las aerolíneas no tenían pasajes hasta varios días después, debido al incremento en la demanda causada por el auge petrolero del llano. Nadie podía viajar y todos queríamos verlo con vida una última vez, en ese afán de querer estar al lado del moribundo como si nuestra presencia pudiese evitar la desgracia. Hacia la media noche decidimos salir en dos camperos corriendo el riesgo de que no pudiésemos llegar.

Pocos meses después de haber comprado aquella pequeña finca se empezaron a presentar episodios sobrenaturales del todo inexplicables. Luego de haber vendido la finca ganadera en el centro de Casanare bajo la presión de grupos armados y de haber intentado adaptarse a Bogotá, mi padre había decidido pasar sus últimos años de vida en tranquilidad, a la orilla de un lago misterioso que tenía aquel terreno y alrededor del que se tejían cientos de historias de espantos y brujería, que desde siempre han contado en esa región de El Tablón de Támara. Como si se tratase de un llamado de la tierra para cerrar un ciclo y devolverlo a formar parte de ella, después de haber andado el llano a lo largo de sus años, mi padre encontró la muerte en el mismo sitio donde había encontrado la vida, donde su historia había comenzado el cinco de marzo de 1925, ochenta años y casi cinco meses antes de aquel dos de agosto del 2005.

Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que había ido al entierro sin tener conciencia de su muerte. Mi madre y mi hermana mayor se quedaron en el pueblo ofreciendo el novenario y, luego de los oficios funerarios volví a Bogotá. Hasta mucho tiempo después entendería que a quien habíamos ayudado a meter en aquella fosa había sido a él. Así viví por un tiempo en la amplia casa que habíamos compartido desde años atrás con mi hermana mayor, mi madre y, durante un lapso de casi tres años, con mi padre cuando, luego haber vendido su gran finca por presión de los grupos armados, había intentado infructuosamente adaptarse a la ciudad.

A mi regreso todo estaba transformado por el desorden que habíamos dejado al partir precipitadamente la noche del primero de agosto. La sala, vista desde el balcón que remataba el hall de la segunda planta me trajo a la memoria la imagen de mi padre ligeramente encorvado en el sofá, leyendo el diario y aclarándose la garganta con un exagerado carraspeo; y así empezó a suceder, con cada lugar de la casa, en todo momento. Luego de reincorporarme al trabajo empecé a sentir que algo había cambiado, algo que no vine a notar hasta que se manifestó conscientemente. Con el paso de los días me fui dando cuenta de que el cambio no era externo. Se había producido un giro profundo y ahora percibía el mundo y la vida de manera diferente.

Mi comportamiento cambió de una forma drástica y en poco tiempo empecé a experimentar una fuerza extraña que ya no me permitía tener total dominio sobre mis emociones de la manera a como estaba acostumbrado; tanto que en varias ocasiones tuve episodios en que me desmoronaba frente a la gente y rompía en llanto, o la emprendía a los gritos contra las personas. La situación tocó fondo una noche en que al parecer intenté suicidarme, aunque nunca pude recordar lo sucedido. Lo que puedo afirmar como cierto es que en esa época pocas cosas me importaban. Me sentía muerto viviendo de la forma en que lo estaba haciendo y necesitaba hacer algo para matar esa situación o, al menos correr un riesgo, quizás tocar de cerca la muerte para encontrar alguna certeza, algo que sintiese real.

Lo que queda de la historia de esa noche es la reconstrucción verbal que me hizo un amigo junto con los daños físicos sufridos, que prueban lo sucedido. Habíamos salido a pasear en bicicleta y a tomar una cerveza en un bar de Bogotá. Repentinamente empecé a hablar de mi padre, del resentimiento que había guardado con él y del distanciamiento que eso había causado entre nosotros. Dice mi amigo que después de un silencio empecé a llorar, me levanté de la mesa y no habiendo aún terminado la cerveza, estrellé la botella estrepitosamente contra el piso del lugar. El barman nos echó y mi reacción fue aún más sorprendente porque lo empecé a gritar en medio del llanto, no con odio, sino con dolor. Como gritándole algo que hasta ese momento no había podido expresarle a nadie y que ahora, por fin, podía decírselo a ese desconocido. Salí del sitio, tomé la bicicleta y me fui gritando que quería estar con mi padre, zigzagueando y esquivando automóviles.

Una muñeca dislocada al igual que los accesorios de la bicicleta destrozados y numerosos raspones y contusiones de mediana gravedad, fueron el resultado de todo aquello. Por suerte no hubo nada irreparable, excepto algo que en ese momento era invisible para los demás. Un giro profundo se había dado. Si quería matar algo, era justamente el tipo de vida que estaba llevando luego de perder a mi padre, pero solo después de esa noche fui consciente de ello. Era como si él hubiese sido el sostén invisible de toda mi vida, pero de repente se había esfumado y ahora me encontraba a la deriva, sin ningún control. Entonces, la única solución fue abandonarlo todo y comenzar de nuevo, otra vida, en otro lugar, sin olvidarlo, al contrario, adentrándome profundamente, sumergiéndome en cada detalle de su mundo, en cada detalle de esta, su historia.

Críspula y EnriqueI

Cuando conocí a Antonio no me gustó ni poquito porque era una persona muy repelente, y la verdad, si soy sincera, creo que hasta sentí repulsión por él. No soportaba que se me acercara siquiera. En esa época en la escuela conocí a Luisa Pérez. Éramos muy jóvenes y estábamos en el mismo curso. Coincidíamos totalmente en una cosa, y era que ella lo detestaba también. Siempre llevábamos las onces en conjunto. Compartíamos la comida de tal forma que si una llevaba, la otra no lo hacía. Lo usual era comer tajadas de plátano, carne frita y arepas. Él siempre estaba encima, pendiente de todo, mirando qué hacíamos, qué dejábamos de hacer, y dónde guardábamos nuestras cosas, para después agarrarlas. Un día que Luisa había llevado las onces, este muchacho loco y mala clase, en un descuido nuestro, le sacó la comida de la mochila y se comió todo sin que nos diéramos cuenta. Cuando Luisa fue a buscar las onces se enfureció, como era natural, pero de una manera que yo nunca había visto. Lo trató tan mal, que hasta le gritó ¡muerto hambre! en frente de toda la clase, y después lo insultó terriblemente burlándose de su pobreza. Ese día me sentí culpable por él, no solo por los gritos de mi amiga, sino porque él realmente era de familia muy humilde.

La profesora María Eumelia nos puso una comedia teatral para representarla en la escuela, y sucedió por casualidad de la vida, si es que existe tal cosa, que mi papel en la obra, era el de la novia del personaje que Antonio interpretaba. Él hacía el papel de Enrique y a mí me tocaba el de Críspula. Había una camarera que se llamaba Claudia, que era interpretada por otra muchacha del curso. El personaje de él era cómico porque se trataba de un gringo; un gringo tratando de hablar español y algunas veces tenía que hablar en inglés. Ninguno de nosotros tenía la más mínima idea de hablar inglés y él me proponía cosas hablando de una forma muy extraña. Como siempre fue cómico y no tenía vergüenza de nada, me hacía reír a pesar del disgusto que me producía. Esa era la forma que tenía para vencer mi repulsión hacia él; esa repulsión que a lo largo de nuestra vida me permitió darle nueve hijos, pienso hoy, qué ironía. Mi papel era el de una muchacha muy orgullosa. Como siempre las mujeres somos las orgullosas. Mi papá se llamaba Cosme y era interpretado por mi hermano mayor, Alcibíades, que estaba en un curso más avanzado. Como era serio y de carácter seco, le quedaba muy bien el personaje.

Un día en clase, le dije a la profesora que no quería estar en ese grupo para hacer la comedia, que me cambiara el papel. Ella no dijo nada. Un rato después me sacó del salón para hablarme.

—Angelita, deje de ser tan orgullosa, eso no le quita nada —me dijo.

—No señorita, yo no voy a hacer eso, olvídelo, Antonio es muy repelente y muy pesado conmigo —Le respondí.

—Mire, tranquila, yo sé cómo es Antonio. Esto es solo un ejercicio de la clase, no se preocupe, yo le prometo que él no va a ser pesado con usted en la obra.

—Si quiere que yo presente la comedia, lo hago pero con una condición —le dije.

—¿Y cuál es esa condición Ángela?

—Solo si le quita esa parte de la obra donde él tiene que hablarme pasándome la mano por la espalda.

—Bueno entonces hagamos una cosa, que le ponga la mano en el hombro solamente —insistía la profesora. Parecía como si ese fuera mi destino.

—No señorita, usted no me ha entendido. Ni siquiera en el hombro. Es que no quiero ni que me toque ¿Usted no me entiende? Si usted le dice a ese muchacho que no me toque, ni siquiera un poco, entonces sí podría llegar a presentar la comedia con él.

Yo no estaba dispuesta a admitir nada con ese muchacho. Hasta el hecho de que me saludara me ofendía. Me producía repulsión; una repulsión cuya sensación, incluso ahora, puedo recordar y casi revivir, y no exagero, porque a mí no me gusta exagerar. La profesora habló con él y entonces pasó algo más terrible aún. A los pocos días empezó a hablar de mí con los demás muchachos de la clase. Decía que era muy orgullosa, que me creía más que los demás porque tenía plata, y no sé qué más cosas. Cosas que dicen los muchachos a esa edad cuando una mujer los rechaza. Yo era muy tímida y nunca lo paré, dejé que dijera lo que se le antojara. Al final, para mis adentros, yo sabía que todo eran mentiras, el que quisiera creer que lo creyera, total, yo no iba a discutir con alguien así.

La comedia fue un éxito porque era divertida. La gente se reía y no sentían lo larga que era, pero yo sí. Al comienzo me daba mucha vergüenza actuar y cada minuto que pasaba frente al público era terrible. Hablaba y mi voz se quebraba por momentos, porque el sonido me parecía ridículo y eso me hacía desconcentrar totalmente cuando veía tantos ojos fijos en mí. Afortunadamente había estudiado bien los libretos y eso me daba seguridad, pero al público ni siquiera lo podía mirar, me moría de la vergüenza. También la presentamos una vez en Támara y fue tanto lo que gustó, que al año siguiente pidieron que la presentáramos otra vez. Para esa segunda temporada le dije a la profesora que me cambiara el papel, porque si era otra vez con Antonio haciendo de Enrique, entonces yo no quería ser Críspula. Ella me entendió y me pusieron a mí de camarera. Críspula fue René, una amiga del curso. El resto de los personajes quedaron iguales y la volvimos a presentar. Otra vez fue un éxito.

Al poco tiempo Antonio empezó a frecuentarme, a hablarme, a decirme cosas. Yo no le daba importancia y era peor; si le hubiera prestado atención quizás me hubiera dejado en paz. Para colmo, de vez en cuando mi papá lo contrataba como trabajador en la finca y, para mi desgracia en ese momento empezó a volverse amigo de mi hermano Augusto. Eso fue lo peor, porque salían juntos, se contaban secretos y con el tiempo se empezaron a querer mucho, como si fueran hermanos. Claro, en el campo uno de pequeño es muy solitario y cuando encuentra amigos, los lazos se estrechan de forma muy fuerte. Augusto iba siempre hasta la casa de él porque, eso debo admitirlo, desde pequeño Antonio era muy trabajador. Aparte de sembrar ahuyama y batata, también le cuidaba el ganado a don Marcelino, un finquero vecino. Siempre tenía sembrados y eso le gustaba a mi hermano. Cuando iba se quedaba a veces varios días, porque entre los dos salían de cacería y se les iba el tiempo hablando estupideces. Antonio vivía en un sitio llamado El Tablón Alto y era allá donde se la pasaban juntos. Era la casa, que según me decían y yo no lo creía, Antonio mismo había construido, siendo aún un niño, para huir de su padrastro.

Mi padre me contó que en el año 1930 el partido liberal con Enrique Olaya Herrera a la cabeza, llegó al poder el 9 de febrero derrotando a Guillermo Valencia del partido conservador, por 369.000 contra 240.000 votos de este último, yo nacería el 4 de marzo de ese año en El Tablón. Después de muchos años, los conservadores empezaban a dividirse, y el partido liberal llegaba así al poder. De alguna forma, me decía mi padre, liberal él, llegué a este mundo durante el florecimiento de su partido, que no duraría mucho tiempo, y justo antes de desatarse una guerra donde el conservatismo representado en el ejército oficialista, robaría, asesinaría y violaría, a miles de personas en todos los campos de la nación.

Fui la segunda entre mis hermanos que nacieron vivos. El mayor fue Alcibíades. Después de su nacimiento siguieron cinco niños más que nunca llegaron a ver el mundo. Cuando fui a nacer después de todos estos partos fallidos, mis padres, como es natural, tenían miedo y por esta razón viajaron a ofrecer una promesa a la milagrosa Virgen de Manare, para que yo naciera viva. Después de mí, nacieron mis demás hermanos, Augusto, Rosalba, Flavio, Mary y Mario. Flavio murió cuando apenas tenía un año. Mario murió al recibir la descarga de un rayo que lo mató instantáneamente mientras se encontraba trabajando durante una tormenta. Augusto vivió sus últimos años en Pore. Era un hombre muy flaco y moreno, con un cigarrillo siempre en los labios, ojos claros, y presto para las bromas y las chanzas. Murió en un hospital de Bogotá cuando sus órganos empezaron a fallar, al parecer por toda una vida sin ningún tipo de cuidado. Rosalba vive en La Primavera en el departamento del Vichada. Mary es la más cercana y la considero como mi hija mayor porque yo la terminé de criar.

Mi abuelo Adolfo llegó al llano del Casanare a principios del siglo veinte huyendo de la justicia y de los familiares de su esposa Rosaura, mi abuela, a quien había acuchillado una noche al llegar a su casa muy alcoholizado, luego de trenzarse en una pelea de pareja. Vivían en Aquitania, en el lago de Tota. Así fue como Juan Agustín, mi padre, quedó huérfano siendo un niño, y terminó viviendo en El Tablón con mi abuelo. Fue él quien ayudó al viejo para que no lo capturaran los familiares de Rosaura. Muy joven aún, mi padre debía viajar entre Boyacá y Casanare continuamente. Así fue conociendo todos los caminos y acostumbrándose a solucionar los asuntos del viejo en el interior del país. Mi abuelo nunca pudo volver a su tierra. De esta forma, un día mi papá conoció a mi madre, María Juanita, cuya familia también había llegado al llano huyendo de la violencia. Mis abuelos por parte de ella, Lisandro y Susana, habían tenido que huir de Socotá en su juventud, porque se estaba librando la guerra entre liberales y conservadores. A diferencia de lo que pasaría en el llano posteriormente, en Boyacá, los liberales estaban matando a los conservadores. Para poder casarse, mis padres tuvieron que volarse. Era el rigor de la época y en muchas familias era común que los jóvenes lo hicieran.

Después de establecerse en El Tablón, mi abuelo Adolfo se casó con una mujer llamada María del Topo. De esta unión nació la mayor parte de mis tíos: Jova, Adolfo, Enoc, Julio, Neftalí, Rosaura, Josefina, Pola y Elvia. Así eran las familias de antes en el campo, porque trabajar la tierra requería de muchas manos.

Mi padre era un hombre de un carácter muy fuerte, formado bajo un régimen de hierro que con el tiempo se convirtió en un próspero comerciante, viajando por toda Colombia y llevando mercancías hacia el llano. Creo que este oficio le quedó de cuando viajaba continuamente haciendo las diligencias de mi abuelo fugitivo. Negociaba usando como moneda las morrocotas de oro o cambiando sus mercancías por ganado, café y carne.

Yo no había cumplido aún los cinco años, cuando de uno de sus viajes mi padre me llevó como regalo un par de aretes verdes de un material vidrioso, que había comprado en un lejano pueblo de Colombia. Él me quería mucho y siempre me lo hacía sentir diciéndome que era la niña de sus ojos. Esos aretes se convirtieron en mi objeto más preciado porque eran la prueba física del amor de mi padre, porque a nadie más le trajo un regalo tan lindo. Eran mi tesoro y los mantenía siempre guardados por temor a perderlos. Un día, mientras jugaba con ellos, los rompí sin querer. Me puse tan triste que ese momento se quedó grabado en mi memoria para toda la vida. Lloré de forma terrible, no recuerdo bien qué era exactamente lo que sentía, pero sí tengo la sensación de haber pensado que era un daño irreparable, que ya nunca mas podría volver a ser la misma de antes, como si hubiera traicionado el amor que mi padre sentía por mí. Hoy día, más de setenta años después de ocurrido, este hecho es lo primero que recuerdo del comienzo de toda mi vida. Casi todos los detalles de mi niñez se han ido borrando lentamente por el paso del tiempo, pero ese detalle, ese recuerdo infantil, sigue intacto como si hubiera sucedido hace unos pocos días y desafiara el paso del tiempo. Quizás oscureció o absorbió tantos otros recuerdos que trato de contar ahora y me es imposible.

A mi padre y sus hermanos desde siempre los apasionó el tango. Un gusto desmedido por las melodías de Gardel. Gusto del cual una vez uno se deja contagiar, nunca más se vuelve a librar. Tengo entonces el recuerdo aterrador de la noticia que sonó en la radio aquel 24 de junio de 1935, cuando en una colisión de dos aviones en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, moría Carlos Gardel, Alfredo Le Pera y se salvaba de milagro el Indio Aguilar. No entendía muy bien quiénes eran ellos en aquel entonces, pero cuando crecí comprendí su importancia y nunca pude olvidarlos al igual que mi amor heredado por el tango. Se decía que El Indio había vivido momentos de terror al ver cómo morían sus compañeros, y que dos días después había perdido el juicio Riverol, el guitarrista, quien muy mal herido, en el cuarto del hospital al lado de El Indio, gritaba que no lo dejaran morir porque tenía la familia esperando por él en Argentina, y más tarde en un acto de demencia repentina, salió corriendo de su habitación, desangrándose, hasta morir unas horas después. Mis padres leían los periódicos con el retraso de muchos días, los días que duraban sus viajes a lomo de mula desde Sogamoso hasta El Tablón. Era la forma de enterarnos de las cosas que pasaban en el mundo y eran también los temas de la mesa, durante la comida.

Hasta que cumplí cinco años vivimos en la casa que mi abuelo Lisandro le había regalado a mi madre. Era una casa de estilo antiguo, con paredes de barro muy gruesas y techo de tejas. Quedaba a las afueras de El Tablón y había sido el regalo de bodas después del regreso de su casamiento clandestino. Allí vivieron mis padres sus primeros años, allí nació Alcibíades, allí nacieron muertos mis hermanitos mayores y allí también nací yo. El día del trasteo ayudé a llevar un botano de cuero lleno de fríjoles hasta la nueva casa que había construido mi padre, y en donde viviría hasta los diecinueve años de edad, cuando también me volaría, siguiendo la tradición, para poder casarme con aquel Antonio que tanto había detestado.

A mi hermano Alcibíades se lo llevó el duende cuando tenía dos años. Mis padres lo habían dejado con una niña indígena que trabajaba de niñera. Ella tenía un problema en el habla que no le permitía pronunciar bien las palabras. Cuando mi madre llegó del trabajo con mi papá esa tarde, la niña estaba llorando muy asustada y en medio de tartamudeos decía que al niño se lo había llevado un señor pequeño, de una mera pata y una mera mano. Ellos no le creyeron. Ninguno de los dos daba crédito a esa historia. Comenzó entonces la búsqueda por los alrededores. Era imposible que en un sitio donde todos se conocían, alguien no hubiese visto al niño. No apareció. Eran muchas las posibilidades, y al final todo se quedó en suposiciones. Solo quedaba la opción de que se lo hubiera llevado alguna clase de demonio o duende, como seguía sosteniendo entre sollozos la pequeña niñera. Aún en medio de la angustia, y tratando de buscar consuelo en oraciones y promesas a la Virgen de Manare, el quinto día después de su desaparición, mi padre caminaba por medio de un bosque cuando escuchó el llanto de un niño, reconociendo en él a mi hermanito. Mientras corría hacia donde provenía el sonido, pensaba que era algo imposible, no podría haber sobrevivido sólo todo ese tiempo. Lo sentía cerca pero no lo veía. Dio rodeos desesperados, creyendo que todo era producto de su imaginación, hasta que alzó la mirada y allí estaba Alcibíades llorando, acunado en hojas de maleza sobre una cama alta de bejucos que, ‘alguien’, le había preparado. Lo llevó a casa, pero nunca se supo cómo sobrevivió esos días que estuvo desaparecido. Él, naturalmente no recuerda nada de lo sucedido.

Una mañana, mientras mi madre molía maíz sobre la piedra para preparar unas ruyas, salí como se solía hacer en el campo antiguamente, al baño, a pleno campo abierto, cerca de una piedra grande. Por el camino iba pensando infinidad de cosas. Mi mente de tan solo ocho años era demasiado inquieta y pensaba las cosas más absurdas. Me acordé de los cuentos que los más viejos le contaban a uno de niño en el llano. Eran historias sobre seres fantásticos, mundos mágicos, hadas, duendes, engendros y espantos. En ese momento recordé específicamente una leyenda del diablo. Hacía poco había oído decir que si uno se encuentra con el diablo y le pide plata, se puede llegar a un trato con él. Como en aquella época uno de mis sueños de niña era tener mucha riqueza, sentí un deseo terrible de probar si las cosas que había oído realmente sucedían. Al llegar a la piedra aquella, si se miraba montaña abajo, se veía el camino del Tequendama. Llevaba ese nombre por el famoso salto que hay a las afueras de Bogotá, y porque cuando era invierno, allí se formaba una gran caída de agua que, guardando las proporciones, se le asemejaba notablemente. Cuando uno estaba allí, a veces veía pasar por aquel camino a don Fidel Pérez, un amigo de la familia, montado en una mula oscura. Era el camino que llevaba a su casa. Aquel día era víspera de los angelitos, fiesta que se celebraba en grande. Pensando en los manjares de la fiesta, empecé a gritar con todas mis fuerzas:

—¡Don Fidel!, ¿cuándo me invita a su casa a que me dé la parte de angelitos?

Y yo misma, suplantando a don Fidel me respondía.

—¡Vaya!, que allá en la casa Carmelita la está esperando —Carmelita era la esposa de don Fidel, y cocinaba como muy pocas personas podían hacerlo.

Estuve gritando un rato, cuando de repente me quedé en silencio y me pareció ver algo a lo lejos. Miré el camino, eché un rápido barrido con la mirada sin poder ver a nadie. Había sido mi imaginación. Sin darme cuenta por qué, me vino a la mente la historia del diablo que había recordado mientras caminaba hacia la piedra un rato antes, y por un impulso involuntario, me escuché a mí misma, como si fuese otra persona, gritando.

—¡Diablooo, vengaaa, diablooo! —gritaba con todas mis fuerzas en un estado de enajenación.

Y me dieron muchas ganas de pedirle plata al diablo, así que seguí gritando.

—¡Diablooo, vengaaa!

Después de un rato esperando allí, petrificada en medio del silencio, miré nuevamente el camino y empecé a perder interés en la situación. Todo era mentira, pensaba. Embustes de los viejos. Al rato, sin que hubiese una asociación de ideas aparente, me acordé de un obrero de la finca llamado Severino. Era un hombre simple, de vestimenta humilde, desaseado, y a quien yo consideraba feo y repugnante. Siempre andaba descalzo con los pies llenos de callos y niguas; producto de años sin usar calzado. Después miré nuevamente hacia el camino del Tequendama y vi que venía una mula que pertenecía a mi papá. Se llamaba Nutria y era oscura, casi negra. Caminaba parsimoniosamente justo hacia donde yo estaba. Me quedé mirándola fijamente un rato, mientras pensaba en otras cosas. Al cabo de unos minutos, después de que la mula subió el último tramo de la montaña para llegar a donde me encontraba, y cuando estaba a una distancia en que podía ver su cara, ya no tuve dudas, era la Nutria; pero había algo raro que no podía distinguir bien. En un instante supe que era la forma como caminaba. Una mula no camina así, pensé. Entonces le miré las patas y las patas no eran las de la Nutria, eran los pies de Severino con las piernas forradas en su típico pantalón lleno de remiendos de colores y los pies burdos que tanto rechazo me provocaban. Miraba una y otra vez de manera hipnótica las piernas de Severino, detallando el pantalón andrajoso, los pies sucios, callosos, descalzos, que haciendo de patas de mula me mantenían atornillada al piso. No podía creerlo, quedé paralizada mirando a la cara de la mula y a los pies de Severino, alternativamente.

Sin saber cuántos segundos o minutos pasaron así, en ese estado de congelamiento, estuve mirando cómo se acercaba sin ninguna prisa hacia mí, aquel ser extraño. Cuando reaccioné fue cuando ya no tuve la menor duda de lo que estaba viendo, cuando el terror y la proximidad a la locura pesaron más que mi desvanecimiento muscular, y supe que eso que venía caminando con decisión hacia mí, era el diablo. Corrí sin mirar atrás. No supe cómo lo hice, no supe nada de nada después de eso, porque gran parte de lo que pasó, se borró de mi memoria. Según me contó mi madre, llegué a la puerta de la cocina, donde ella estaba terminando de asar las ruyas, totalmente pálida, ya con fiebre elevada, y caí privada sin poder hablar durante el resto del día.

Desde los ocho años se me asignaban trabajos de la casa como parte de mis responsabilidades. Eran pequeñas cosas, nada complicadas, pero eran mis deberes. Pasaba días enteros con mi hermano Augusto haciendo diversos oficios, mientras mi madre se iba a sabanear. Una tarde estábamos encargados de cuidar a mi hermana Rosalba, que tenía dos años y empezaba a gatear. La casa tenía un cole—pato y un corredor largo, allí se guardaba la leña. Nosotros estábamos atrás, cruzando el patio, alimentando a Rosalba en la cocina con arroz de leche, cuando los vimos. Eran hombrecitos pequeños, de unos cuarenta centímetros de estatura, negros y con la cabeza puntuda en forma de cono. Se asomaban desde el borde de una puerta entreabierta y nos observaban silenciosamente. Sin entender lo que pasaba nos mirábamos entre los dos con Augusto, incrédulos pero llenos de emoción. No nos movíamos por temor a espantarlos.

Cuando los hombrecitos tomaron más confianza, empezaron a salir de atrás de la pared moviéndose con sus piernas cortas. En total eran cuatro y me imaginé inmediatamente que eran una familia, porque dos de ellos eran grandes, y de atrás suyo salían y se ocultaban los dos restantes, que medirían la mitad de la estatura de sus padres. Se movían despacio, con cautela, dándose cuenta de que los estábamos observando. De repente, como si lo hubiésemos planeado de antemano con mi hermano, totalmente sincronizados, corrimos lo más rápido posible para tratar de atrapar al menos uno de ellos. Con agilidad increíble, corrieron por el corredor hasta la leña, y al llegar allí, de repente desaparecieron. Los hombrecitos volvieron a asomarse rato después y nosotros los intentamos atrapar de nuevo, pero otra vez pasó lo mismo. Toda la tarde estuvimos dedicados a la tarea de capturarlos, y ellos a la tarea de desaparecer entre la leña.

Nunca sentimos miedo, al contrario, estuvimos tan felices, que cuando mi madre llegó con mi hermano Alcibíades, salimos corriendo a contarles. Cada uno adoptó una actitud diferente. Alcibíades no nos creyó y con la típica actitud de hermano mayor, nos dijo que lo que decíamos eran cañas huecas (mentiras). Mi madre sí nos creyó, pero en ese momento fingió que no lo hacía. Mi padre le compró a Rosalba una medalla bendita al siguiente día y al poco tiempo la hizo bautizar. Nunca más volvieron a dejar los niños pequeños sin la compañía de un adulto, y nosotros tampoco volvimos a ver a los “cabecipuyudos”, como los habíamos empezado a llamar, y también a añorar, con mi hermano Augusto.

*

A los once años empecé a ir a la escuela. Mi padre por su cuenta, nos había enseñado a leer y a escribir a todos desde muy pequeños. Él había sido criado en el campo pero con un nivel de cultura muy particular. Mantenía una considerable colección de libros en su biblioteca, y tenía un interés especial por la música y la historia. Era un aficionado a la lectura y le gustaba inculcar el amor por los libros a sus hijos. En su biblioteca, que protegía celosamente, había libros de literatura universal, filosofía, historia, y temas de cultura general.

Mi timidez me marcó porque siempre tuve que luchar contra el miedo de enfrentarme al público, de hacer el ridículo, o de ser objeto de burla de mis compañeros. La profesora, la misma de la obra de teatro, me estimulaba para que siguiera la carrera de maestra, cosa que tristemente, con el tiempo, se transformó en uno mis sueños truncados. Ella me ayudó para que mi padre me permitiera seguir yendo a la escuela, porque él era muy difícil y no permitía que sus hijas tuvieran demasiado estudio.

Alcibíades, Augusto y yo, nos levantábamos a las tres de la mañana a ordeñar las vacas. Después debíamos hacer el desayuno, lavar los platos, y luego sí podíamos salir para la escuela, a quince minutos caminando desde la casa. Ese era el régimen de formación para todos, tanto hombres como mujeres. No podíamos llegar tarde porque la profesora acostumbraba golpear a los impuntuales. Salíamos al medio día a almorzar en casa y volvíamos a las dos. Cuando el reloj daba las cuatro de la tarde, mi padre salía a una pequeña loma para vigilar la salida de la escuela con sus propios ojos. No podíamos quedarnos jugando por el camino. Salíamos directo y sin retrasos. La ley era clara. Llegábamos a encerrar las vacas de ordeño y a apartar los terneros, de tal manera que dormían en otro corral y así durante la noche no podían amamantarse. Cenábamos temprano y después de limpiar la cocina, rezábamos el rosario. Cuando mi padre estaba de humor, nos reuníamos en el patio a contar cuentos, especialmente en las noches de luna. Eran siempre cuentos de miedo. A todos nos encantaban las historias de terror y mientras mi padre las contaba yo me abrazaba a mi madre aterrorizada, mientras ella me acariciaba la cabeza lentamente, susurrándome al oído, “mi mechuda”, como solía llamarme. Otras veces él tocaba el tiple y cantaba canciones, o nos enseñaba juegos como ‘las escondidas’, ‘el repollo’, ‘enredar la pita’, o ‘en el banquillo’. Era increíble pasar el tiempo con él cuando tenía la disposición.