La sonrisa del nihilista - Hermes Indómito - E-Book

La sonrisa del nihilista E-Book

Hermes Indómito

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Beschreibung

Un libro de aforismos breves, directos, incisivos, que expresan la idea, la envuelven y la arrojan directamente al lector, pretendiendo zarandearlo para que suelte lastre, y luego ofrecerle una mano humana. Se abordan pensamientos y reflexiones acerca del entramado de creencias, prejuicios y sesgos, con los que el ser humano fundamenta la existencia, la identidad, la racionalidad de su mundo y su pretendido conocimiento. Un recorrido intenso y perturbador por el individuo, el conocimiento y la realidad, desde la mirada de un nihilista que niega un sentido o propósito a la vida y se ubica en la circunstancialidad, la contingencia y el azar. Un libro que traslada las preguntas frecuentes de la filosofía a ámbitos más cotidianos sin perder fuerza, lirismo e ironía.

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Seitenzahl: 279

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Hermes Indómito

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Composición de cubierta: Daniel Martí Sancristóbal

Revisión y corrección: Asun Martí Sancristóbal

ISBN: 978-84-1068-813-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Introducción Por Daniel Martí Sancristóbal

Cuando mi amigo Hermes me comunicó su deseo de ser yo quien introdujese este libro, me embargó una extraña mezcla de emociones: a la alegría de ser invitado a semejante tarea, le seguía la responsabilidad de encarar dicho trabajo con cierta objetividad y que no me delatara nuestra amistad. Pueden decirse muchas cosas de este libro: atrevido y directo, duro e incómodo, exigente e intempestivo, tan lúcido e irónico como perturbador. Si hay algo que pretende es hacer levantar al lector, embravecerlo, zarandearlo para que suelte lastre, y luego ofrecerle una mano humana. Y creo que lo consigue. En forma de aforismos expresa la idea, la envuelve y la arroja directamente al lector, dejando margen para la duda y la contingencia. Poco a poco te va impregnando y dejando una estela de preguntas con las que dialogar. Y diría que esa es su mejor virtud: la capacidad para sumergirnos en una inmensa maraña de cuestiones, unas más cotidianas, otras menos, que pueden permanecer el tiempo suficiente para que el lector las piense, las sienta, las reflexione, las mastique, que, en definitiva, las haga suyas al establecer con ellas su propio diálogo. Así, lo que parece estático se mueve, movilizando a su vez al espíritu interrogador del lector. Un libro para caminar con él —o sobre él—.

Por otro lado, me generaba inquietud por manejar —interpretar— el caudal de ideas y sentimientos expresados por el autor de forma que fuese comprensible, concebible o asumible al lector. El criterio que unifica los aforismos, sentencias, comentarios, alusiones, escritos seguramente a trompicones, a golpes de intuición, siempre quedará en manos de la interpretación del lector. Resulta claro que no se escribe aquí para filósofos academicistas ávidos de farragosas polémicas, sino para un lector medio que tenga inquietudes existenciales, vitales y filosóficas, difíciles de satisfacer, agradar o compensar, con esa pesada losa de la narrativa tradicional filosófica. ¡O quizá ni siquiera para estos! El propio autor así lo atestigua: «Así me parece a mí el estado de las cosas: puede que algunos pensamientos les sean válidos a unos, que encuentren eco en otros, que sean rechazados por muchos y totalmente indiferentes a los más. No es este, pues, un libro para la mayoría, ni siquiera para muchos, tal vez para algunos y quizás solo para unos pocos». Quizá solo escribe para sí mismo como terapia en la que, a modo de puzle, reconstruir y repensar lo que somos. Y, dado que es imposible pensarse sin historia, el autor navega por ideas y sentimientos encontrando apoyos en muchas y variadas lecturas de entre un gran abanico de escritores y pensadores, lo que le da ese aire ecléctico.

Por otro lado, no deja de ser un ejercicio filosófico. Si podemos concebir como posibilidades el convertirnos en racionalistas —¡casi todos ellos exagerados! —, en idealistas —¡algunos tan pretendidamente absolutos! —, en positivistas —¡tan absurdamente lógicos! —; o si, por otro lado, podemos admitir las radicalizaciones ideológicas; o en el ámbito religioso podemos aceptar desde el creyente hasta el fundamentalista… ¿Por qué el nihilista es rechazado por todos ellos? ¿Por qué no habría de ser posible un nihilista? ¿Por qué no habría un nihilista de poder sonreír?

La idea del autor es mostrar que un nihilismo es posible, no solo en el nivel del pensamiento o como teoría filosófica, sino como principio vital, como el espíritu que puede guiar nuestra conducta, como modo de existencia. Un acercamiento sincero al nihilismo a través de un individuo particular, desde su experiencia siempre contingente, azarosa y fragmentada, sus ideas, sus vivencias, sus emociones, su realidad, de modo que no quede separado el pensamiento del sentimiento ni de la acción. Escrito desde una persona que vive las contradicciones del sentir y el pensar, que se adentra en la experiencia humana aunando e integrando reflexión y emoción, razón y sentimiento, en lugar de racionalizar, conceptualizar y teorizar la vida. Lo peculiar es que más que razonar, se propone sugerir a base de metáforas, intuiciones, imágenes. Se percibe claramente la influencia, tanto en el contenido como en el estilo, de Nietzsche, aunque también de Schopenhauer o Cioran, una influencia que no oculta en sus constantes referencias. Pero también encontramos ese debate propio del ámbito de la antropología y la filosofía de la ciencia, sobre cómo asumir la comprensión, presente en Wittgenstein, Kuhn o Geertz.

Es momento de que aclaremos qué es ser nihilista, qué tipo de nihilismo aparece aquí. El nihilismo es la negación de un principio absoluto y transcendente que otorgue sentido y propósito a la existencia, que haya una razón de ser u orden subyacente a toda la realidad, y que haya un fundamento seguro y objetivo para el conocimiento y la moral. Dicho así, al negar toda creencia, principio, fundamento y dogma, parece conducirnos directamente a la nada y al más puro absurdo. Digo «parece» porque dicha negatividad es vista así, precisamente por aquellos que pretenden establecer fundamentos seguros: creyentes, espiritualistas, idealistas, racionalistas, dogmáticos, etc. Por esto fueron tildados de nihilistas los ateos por los creyentes, los anarquistas por los tradicionalistas o conservadores, los rebeldes y desencantados por los idealistas y optimistas, los relativistas por los racionalistas y universalistas, y los escépticos por los más dogmáticos.

Lo que aquí se plantea es, por un lado, cómo pueden pretender fundamentar el conocimiento, la existencia y la realidad, ya que, incluso si el último fundamento fuese racional… ¿cómo podríamos fiarnos o justificar la razón? ¿Y qué tipo o concepción de la razón podría hacerlo? Y, por otro lado, mostrar que todo fundamento es una creencia, un ideal, una mentira —¿necesaria, piadosa? — y que toda creencia es autoengaño.

Es indudable que poner en cuestión toda creencia, todo ideal —de Orden, Razón, Verdad, Bien, etc.— produce vértigo y desasosiego, y que pensemos que solo puede advenir el caos, el vacío y la desesperación. Siempre se apunta esta carga negativa, una vertiente casi demoníaca del nihilismo, y, aunque algo de esto hay —¿quién no tiene detrás de sí algún demonio?, ¿quién no atraviesa momentos depresivos, desesperantes y desconsoladores? — no se queda en esta burda superficie y busca darle los espacios en los que puede desplegarse sin aquellas nefastas consecuencias que se le atribuyen. Es difícil establecer un todo al que una escritura tan fragmentaria haga alusión directa, dejándonos como guía los nombres de los apartados o capítulos como los espacios distintos en los que moverse. Es así como parecen estar estructurados los capítulos: en cada uno de ellos se nos abre un espacio que implica, a su vez, una forma de mirar que ha de ser valiente, que requiere de apoyarse sobre fuerzas que anidan en uno mismo, que son más mundanas.

Así es que, solo a modo de brújula orientativa entre toda esa constelación de ideas, expondré mi particular interpretación: el libro se estructura en ocho apartados que, aunque puedan leerse como unidades temáticas en sí, parecen poseer una dinámica argumental al considerar las consecuencias del tipo de nihilismo que aquí se presenta: un nihilismo vital e integrador.

En el prólogo se define el nihilismo y el camino escéptico, ecléctico y relativista que parece abrirnos. El capítulo II De bruces con el hombre expresa la impresión que supone tener enfrente al hombre y sus debilidades y arremete contra él por presuponer toda suerte de ideales y trascendencias para soportarse o salvarse. Aparecen la hipocresía, la mediocridad y la estulticia, a través de los excesos de la homogeneización, las ideologías, las tecnologías, las religiones y la razón. Ante tanta diatriba es difícil quedarse indiferente: ¡todos salimos en parte salpicados!

El capítulo III Los desasosiegos del camino supone un acercamiento íntimo, existencial, al sujeto individual que se adentra en el abismo de su propia conciencia, a sus sentimientos y desasosiegos para no encontrar más que vulnerabilidad y azar. Si el capítulo anterior dirigía la mirada hacia el exterior, un espacio muy propicio para la crítica, en este es el espacio interior donde se forjan los sentimientos los que salen a la luz, brotando como la sangre a cada latido. Aquí todo lo circunstancial y pasajero se convierte en esencial: el azar, la incertidumbre, la enfermedad, el dolor, la muerte, el recuerdo. Y si es esencial es porque conmueve.

En el capítulo IV Paseando con el nihilista aparece el nihilista que llega sonriendo, hablándonos y exponiendo su visión y su fuerza. ¿Qué nihilista es este? No cabe duda de que el autor se sitúa en ese tipo de nihilismo activo del que hablaba Nietzsche que debería haber surgido después de la muerte de Dios, un hombre que acepta la vida en toda su contingencia sin la necesidad de un sentido unificado o propósito trascendente. Hacen aquí su aparición las críticas a la religión y a la metafísica, a la razón y a la verdad, para acabar de despojar al hombre de todo pretendido ideal que vaya más allá de sí mismo, pero que, sin embargo, tenga la fuerza para reír, danzar y crear.

A partir de él se inicia una ligera trasformación que nos lleva a los capítulos de carácter antropológico con el capítulo V La cota cero donde reiniciar la mirada del hombre, incitando a gestar su propia identidad, a eliminar estereotipos, a valorarse a sí mismo y valorar a partir de sí mismo. Es importante recalcar que no aboga por un individualismo ya que el individuo está inserto en una trama cultural, pero esta no puede convertirse en una prisión. Y en el capítulo VI Crecer en sensibilidad se explora el valor de la conciencia, la voluntad, el intelecto y las emociones, tanto para comprendernos a nosotros mismos como para la comprensión del otro.

Es en el capítulo VII Los surcos del conocimiento donde encontramos los aforismos de mayor profundidad filosófica ya que abordan las consecuencias epistemológicas del relativismo científico. Esta parte resulta dificultosa si no se tienen conocimientos de los argumentos usados en la filosofía de la ciencia, sin embargo, el autor las considera relevantes ya que inciden en el pilar sobre el que sustentamos actualmente todo conocimiento: la Ciencia. Se adentra en cuestiones sobre la realidad, el método, la evidencia, los criterios o los fundamentos, para mostrar cómo este no deja de ser un conocimiento humano y sus criterios no están exentos de irracionalidad.

El capítulo VIII Asuntos estéticos apunta algunas consideraciones acerca del papel de las humanidades: la filosofía, el lenguaje y las artes. Y cierra el libro un pequeño epílogo exhortando al lector a vivir según este nihilismo vital. Completa el libro un índice de libros de referencia con el cual el autor dialoga y que han sido mencionados en las innumerables notas que recorren todos los capítulos.

Como se puede observar, no se limita, pues, a la defensa sin más de un nihilismo, sino que se sumerge tanto en las causas o motivos que pueden —¿o deben? — llevarnos a él, como en las consecuencias que conlleva en terrenos como la antropología o la epistemología. Sin pretender convertirse en un volumen de filosofía, se adentra en muchas temáticas y campos, dejando abiertas las puertas a nuevas interpretaciones.

Me consta que no es un libro elaborado de un solo tirón, sino fruto de muchos años de reflexión, de lecturas, de experiencias y sentimientos, en un proceso lento, seguramente tan gratificante en algunos momentos como angustioso en otros. También me consta que toda la tarea de escritura, documentación, estructura y diseño ha corrido por su cuenta sin ayuda de becarios ni subvenciones o apoyos institucionales. Solo esta hazaña ya debería ser digna de admirar. El recorrido que tenga a partir de aquí es pura incertidumbre.

Daniel Martí Sancristóbal

Gandia (Valencia) 2024

.

«Como todo iconoclasta, he destrozado

mis ídolos para consagrarme a sus restos»

E. Cioran

«Guárdeme bien, si puedo, de que mi muerte

diga algo que no haya dicho antes mi vida»

M. Montaigne

I. Prólogo: ¡Ignición!

Prepárese, lector. Es hora de afrontar una visión que sugiere nuevos matices, que invita a explorar con una renovada sensibilidad. Se requiere una forma de valor que no obtiene su fuerza de fuentes establecidas: ¡habrá que rascar la superficie y picar más hondo para hacer brotar las aguas! ¡Acercarse a otras significaciones con tiento o temeridad!1 No hay apenas sitio aquí para espectadores: disponga a su espíritu a actuar. Si no va a hacer nada con esto, mejor ignórelo. Y si al continuar se desequilibra, no tema, la vida le procurará otros tantos momentos mucho más vertiginosos.

El lector suele esperar ideas en forma de receta o fórmula —que les desvele el secreto o la esencia— a las que reducir la complejidad de la realidad, el mundo y el hombre, que le allanen el camino de la comprensión e incluso le permitan, de una sola ojeada, adquirir una visión clara de la totalidad, pero a lo más que podemos aspirar es a entornar los ojos al mirar fragmentos y pinceladas, a escudriñar pliegues y grietas, a aventurarnos por senderos la mayoría escabrosos, innombrables o dolorosos, y con todo ello —que ya es mucho— ampliar nuestro horizonte de comprensión —de racionalidad y sentimiento— que nos separa, en el espacio, del mundo y que nos separa, en el tiempo, de la muerte.

Cada nueva circunstancia, cada nuevo aprendizaje, va procurando un cambio. Algunas veces se presenta un golpe abrupto, duro, certero. Nuestro conocimiento no puede presagiarlo ni hacerlo más previsible. Es por ello que se ha de templar en las vicisitudes y dificultades de la vida en donde no hay garantías y en donde, en una constante lucha trágica donde se entrecruzan y superponen sin orden las contradicciones, las confusiones, las ambigüedades, solo la incertidumbre será compañera. En la aleatoriedad de las circunstancias se percibe que toda creencia no es más que autoengaño.

Si se ataca y fustiga aquí al hombre lo es tanto por su debilidad como por su arrogancia e insolencia: la una le deshonra porque se inhibe a sí mismo en vida, nada se exige más que dejarse llevar; la otra porque se inflama en manos de la razón y el conocimiento sin haberse planteado la naturaleza del mismo. Los dos llevan al dogmatismo: los unos, al no pensar, lo abrazan; los otros, al pensar, lo establecen.

Que la vida humana no es más que una amalgama de circunstancias entrelazadas al azar, que carece de orden, propósito, finalidad o sentido objetivo o absoluto; que no existe ese algo único, fijo y trascendente que pueda servir de sustento, fundamento o justificación; que no hay referentes ni principios absolutos, universales y necesarios, que puedan servir de guía; que no hay una Verdad esencial a todo conocimiento, ni un Bien justificativo de toda moral, ni una Justicia capaz de serlo, ni un Dios que ordene ni designe, ni un Universo que conspire, ni una Esencia fija que mantenga eternamente la unidad de las cosas, ni un Yo esencial, único e inmutable, ni un Equilibrio más allá del movimiento constante, ni una Razón capaz de captarlos. Que toda razón, valor superior o esencial, son solo conceptos vacíos de significación objetiva fruto de un impulso o necesidad humana de escapar al sinsentido, al desorden, al azar. Que no hay salvación, ni destino, ni eternidad, ni seguridad, ni ídolos, ni héroes, ni esperanza, ni paz, ni descanso, ni memoria. Que el sentido es una cuestión muy humana.

¡Qué gran decepción no encontrar en este libro ninguna razón que todo lo explique, ningún principio que todo lo fundamente, ninguna verdad que oriente y ninguna creencia que alivie! Todo lo que era llamado grande se nos ha revelado como farsa. Muy lejos se está ya de grandes ideales, pero también de primaveras románticas, de futuros paraísos sociales o científico-tecnológicos, o cualquier otra forma de salvación. ¡Ah, el intelecto sale herido!

Eliminados todos los ideales —físicos, metafísicos, inmanentes, trascendentes, vulgares o ilustres— ya no sirven tampoco formas caducas, tradicionales ni posmodernas. Ante lo vertiginoso del viaje y la ambigüedad del camino, los teóricos siguen buscando un punto crucial desde el cual concebir una salida a la crisis de la subjetividad, una fuerza heroica que ejerza de aglutinador, que ofrezca el espacio de resistencia colectiva. Siguen buscando formas axiomáticas porque siguen empantanados en la teoría, porque teorizan sobre el hombre sin juntarse con él, sin coger su mano, sin compartir sus delirios y miserias, sus espacios, sus gestos, sus angustias y sus risas. Se resisten a dar el salto nihilista que solo puede atender a los siempre esquivos y desconcertantes afectos, a los entrañables y poderosos sentimientos, a la siempre vulnerable sensibilidad, allí donde se instalan la risa y el dolor sin demasiado orden ni concierto, donde se está siempre siendo, deviniendo, abierto, inacabado, inmaduro.

Se lee y caracteriza siempre al nihilismo desde fuera, desde quien no lo es.2 ¿Dónde se encuentran su voz, sus gestos, su sonrisa? Nos tambaleamos ante la inseguridad y el sinsentido, y solo queda encontrar pequeñas apoyaturas. No debemos intranquilizarnos demasiado. El sujeto individual debe seguir explorándose —cuidarse y conocerse—3 de forma que aparecen ahora otras sendas menos pretenciosas: nos quedan los sentimientos, el recuerdo, la empatía y la sensibilidad; nos quedan la paciencia, el coraje, la salud, y el humor; nos quedan la música, la poesía, la imaginación y las metáforas. ¿Quién, sin convertirse en bestia, podría vivir sin ellas? ¿Quién no se estremece y se conmueve ante ellas? Un golpe del sentimiento tira por tierra mil razones. ¡Cuídese el hombre del exceso de intelecto y de la pérdida de sentimientos! Nuestro tiempo son momentos. Sin embargo, en cada acto particular puede erguirse lo que somos con cierta dignidad. Esto es lo que debemos cuidar: el espacio de la proximidad. No parece quedar mucho más, ni que estas sendas tengan demasiada solidez. Puede que estas armas sean demasiado rudimentarias, pero son desde luego propias, personales.4 Por eso el nihilista puede aún sonreír.

A lo largo de la historia del pensamiento occidental hay términos que asustan, que, como fantasmas, recorren la vida del hombre y el pensamiento y que tan solo al nombrarlos les produce a la mayoría urticaria: nihilismo y relativismo son dos de ellos.5 Sin embargo siempre han estado ahí, corriendo al lado de toda especulación y quehacer, como contrapeso, posibilidad, vivencia o sentimiento. Como límites de la comprensión para una forma de racionalidad fueron condenadas al ostracismo, y a los que se les acercaban se les tildaba de insensatos, locos perturbadores y peligrosos. Pero quien quiere seguir creciendo debe explorar, como fantásticos locos seductores, los límites.

La pérdida de anclajes, unos absolutos y otros menos pretenciosos, no afecta solo al espíritu particular de cada cual, sino también a otros valores ligados al conocimiento que a muchos parece desorientar: ¿cómo obtener objetividad? ¿Es posible alcanzar un conocimiento firme, seguro, de la realidad? ¿Dónde el método que descubra verdades?6 En este punto la verdad y la racionalidad también sienten resquebrajarse su venerado trono.

El surco del conocimiento hace aparecer la mano del hombre en esa actividad tan humana como es la ciencia. Hacer del pensamiento científico un objeto de crítica todavía parece a muchos una insolencia —por el lugar venerado en que se sitúa— o incluso temeridad —por parecer que no se aprecian sus grandes cualidades—. Así pues, aunque uno de los criterios que están a la base del pensar científico es el de la objetividad —método o evidencia—, este no es en la mayoría de los casos tan claramente asumible y compartido, ni tan siquiera claramente definible.7

Es por esto que lo que el lector encontrará aquí es un desdibujar los pretendidos claros y definibles límites de eso que llamamos objetividad, racionalidad, método, verdad y ciencia. El relativismo al que esta postura nos lleva y exige, no tiene por qué ser radical ni tan exagerado como si por ello rechazásemos todos los conocimientos y toda ciencia, sino moderar precisamente la alta pretensión de verdad y objetividad 8 y poniendo en movimiento cualquier criterio. El sentido y significado de la realidad y del conocimiento humano no está dado de forma objetiva, sino que es fruto del ser humano en su relativo caminar, en su hacer, en su cultivar, y el conocimiento científico no está exento de tal mano. El conocimiento así entendido puede que quede despojado de ropajes férreos, de pretensiones absolutistas y corsés metafísicos, pero se hace más histórico, más vivencial, más humano, sin perder por ello su relevancia.

Algunos tenemos la tarea de indagar en los intersticios, de revelar sinrazones, de presentar incógnitas, de mostrar contradicciones, de hacer patente la incertidumbre; la tarea de desvelar cuánto hay en el conocimiento humano de creencia, de sueño, de ilusión; de cuánto hay de intereses, de sometimiento, de sumisión; de cuánto tienen que decir la emoción, el sentimiento, la pasión, la intuición. Algunos tenemos la tarea de mirar con cuidado, de ser escépticos, de negar excesos racionales y pretendidas verdades, de relativizar, de sembrar una nueva sensibilidad.

No hemos educado ni acostumbrado a nuestras gentes en estas ideas —aun a pesar de que no son precisamente novedosas— que se sitúan, en muchos aspectos, en las antípodas de lo establecido. No nos han provisto de herramientas ni fuerza para sobrellevarlas, motivo por el cual nos sobrecogen, nos asustan y nos duelen. Y, en la carrera del individualismo hedonista por huir del dolor, resulta incluso mejor ignorarlas. En las mentes más conservadoras encontrará rechazo, en las más progresistas resistencia. Así me parece a mí el estado de las cosas: puede que algunos pensamientos les sean válidos a unos, que encuentren eco en otros, que sean rechazados por muchos y totalmente indiferentes a los más. No es este, pues, un libro para la mayoría, ni siquiera para muchos, tal vez para algunos y quizás solo para unos pocos.

“Lector apacible y bucólico,

sobrio e ingenuo hombre de bien,

tira este libro saturnal,

orgiástico y melancólico…

Mas si, sin dejarse hechizar,

tus ojos saben hundirse en los abismos…”9

Si, aun así, se siente preparado, ¡adelante! ¡Ahora es su momento!

.

«Si él [el hombre] se alaba, yo lo humillo. Si él se humilla,

yo lo alabo. Y lo contradigo siempre. Hasta que él

comprenda que es un monstruo incomprensible»

B. Pascal

«Me río a mandíbula batiente cuando pienso que

me reprocháis que difunda amargas acusaciones

contra la humanidad, de la que soy uno de sus miembros,

y contra la Providencia»

Ducasse (conde de Lautremont)

II. De bruces con el hombre10

(1)

Niños felices abiertos a un mundo enorme.

Adolescentes exultantes ante todo porvenir.

Jóvenes preparándose para el asalto.

¡Y ahí acaba todo!

Luego solo adultos que se frenan, se acobardan, se amilanan, se parapetan, se evaden, se engañan, se resignan, se consuelan y se autojustifican.11

(2)

¡Permítanse, al menos, ser dueños de sí mismos! ¿Cómo? ¿Que ya no lo son, que no lo desean, que les es más cómodo? ¿Han renunciado a la identidad para llevar la etiqueta, para hacer, incluso, ostentación de ella?

(3)

¡Qué difícil resulta, cuando el temor hace saltar los resortes, mantener la calma y la seguridad y no dedicarse a atacar o a huir, o alinearse con quien te consuele o te adule, u ocultarse en el grupo y dejarse llevar por él!

(4)

¡Con qué facilidad nos olvidamos de nosotros mismos como sujetos temporales, problemáticos, cognoscentes, creadores! ¡Con qué facilidad nos ocultamos en el grupo, la masa o la sociedad! ¡Con qué gratitud aplaudimos la simpleza, la banalidad, la tontería!

(5)

La ambigüedad y la contradicción están siempre presentes: cuanto más tendemos a la individuación más parece el individuo necesitar reconocerse en algún grupo social, en alguna abstracta totalidad o forma de universalidad… y no solo en cuanto a las ideologías, sino incluso en formas más vulgares: masa, votante, consumidor, seguidor, espectador…12

(6)

A pesar de nuestra cultura, nuestra historia, y de las tecnologías de la información, la gran masa, el vulgo, en todo medio y lugar, en espacios públicos y privados, sigue mirando al ser humano sin pasar de la epidermis. Se entregan al discurso banal con complacencia, aceptando con absoluta indulgencia el discurso de la estulticia y la barbarie, y elevan la mediocridad a un estado natural. Y, a poco que se les rete, se prestan entonces a otro discurso, no menos peligroso, en el que mantienen en pedestales inalcanzables ideales absolutos y trascendentes que han aprendido a recitar a modo de letanía. Eliminamos el analfabetismo para quedarnos en la estulticia y el imbecilamiento.

(7)

Mantener la falacia y la confusión a base de inmediatez, rapidez, estridencia y sobreestimulación. En la inmediatez no hay tiempo para la reflexión. El aquí y ahora impiden la mirada integral, histórica y dinámica.

Rapidez: lo que vale hoy, lo que hoy es importante, deja en breve de serlo. Se ningunea el ayer, y la memoria, fundamento de lo que sabemos y somos, se pierde en el olvido.

La información se oferta con estridencia: acompañada de ruido, de sensacionalismo, de escándalo, de propaganda. Solo esa estridencia permite ahora la divulgación.

Y mientras, sobreestimulación: el exceso de estímulos y de información impiden ideas claras y llevan a la selección y parcelación.

¡Cómo no esperar individuos hiperactivos, estresados, ansiosos, depresivos o psicóticos! ¡Ah, bienvenida la farmacopea!

(8)

Hemos generado una sociedad hiperactiva que crea, a su vez, personas hiperactivas, sobresaltadas, impacientes y neuróticas.

Ya no hay aquí lugar para el descanso del guerrero, la contemplación del pensador, la melancolía del reflexivo o la ociosidad del esteta.

(9)

Mentes narcotizadas y cuerpos exaltados.

De un lado diversas formas de idolatría: la del exceso de confianza en la figura de un líder que ya no necesita, ni tan siquiera, las dotes de líder, bastándole ser cabeza visible y pose de mando; u otra peor aún, la de depositar nuestros aprendizajes y conocimientos en personas cuyo único valor es su repercusión mediática, su influencia sobre las masas.

De otro lado la falta de escepticismo: la poca capacidad para la crítica y la facilidad inusitada para el dogma a través de la reiteración de un eslogan, que fija la creencia sin que esta pueda ser ya puesta en duda.

Otro lado más: la materialidad con que se sustenta cualquier creencia llevándonos a un comportamiento de índole exclusivamente productivo, mercantilista, utilitarista y hedonista sin dejar apenas espacio al humanismo.

(10)

Poco a poco el individuo es suplantado por su burdo perfil. Su salvación: tan solo verse reflejados en la mayoría, en la globalidad.

Se ha llevado la democratización política a terrenos y límites insospechados, democratizando la banalidad, la tontería y haciendo sucumbir la seriedad y el rigor.

La depreciación de las humanidades y del rigor científico en casi cualquier campo del saber nos deja ante las nuevas verdades a manos de políticos y periodistas voceros que se encargan de qué ha de ser pensado y cómo, y de aglutinar bajo su seno democrático esa mayoría en la que los individuos parecen satisfechos.

(11)

Con las ideologías ya se sabe: o conmigo o contra mí.

Tendencia habitual en el hombre: desinhibir su conciencia en la actuación de la masa.13 Tendencia al fanatismo: espiritual, ideológico, nacional o deportivo.

A modo de ritual, el fanático da rienda suelta —arropado y hasta justificado por la masa social que corea con himnos la ceremonia— a lo que de otro modo es incapaz. Pusilánimes, el miedo o la cobardía les mantiene en el silencio que solo se atreven a romper en medio de ese tumulto en el que quedan difuminados, en la que son exhortados a gritar proclamas y enaltecerse los unos a los otros. Adquieren en ese instante el aliento y la fuerza de la que habitualmente carecen. Todos los males quedan entonces representados en la figura de un enemigo que ha sido creado ex profeso para su sacrificio y en quien los pecados de podredumbre del individuo pusilánime quedan redimidos. Y es así como ese individuo necesita cada vez más a la masa. Su fanatismo refleja su podredumbre.

(12)

La adulteración —por interés, incompetencia o idiotez— penetra con rapidez e intensidad en todos los ámbitos. También las ideas sufren con ahínco este proceso, y hasta las más bellas ideas que vienen recorriendo los siglos, son ahora tocadas por este necio proceder. Las ideologías —y las hordas que las conforman, soportan y difunden a través de grandes, rápidos y tenaces medios, a hordas cada vez mayores— encierran las bellas ideas en un discurso y una narrativa en la que pierden su fuerza natural. Cuando ese discurso, vestido con los ropajes interesados de las ideologías, se asienta, ya ha creado la red y el pescado. Ardua tarea le queda al individuo que ha de sopesar, con el solo uso de sus fuerzas, el grado de adulteración que consume.

(13)

Los políticos —en el mejor de los casos—14 suelen llevar de la mano de su ideología un paquete de medidas que, a modo de decálogo o tabla de salvación —económica, social y moral— pretende ser la solución y poder aplicarse a cualquier problema, sean cuales sean las circunstancias particulares de aquella sociedad en la que intervenir. Su proceder no es nada crítico, lo que requeriría, por un lado, horas de estudio previo del medio en el que intervenir, y por otro, llegar a conclusiones y soluciones que, tal vez, traspasen los límites de su ideología. Y como el dogma requiere antes la muerte que claudicar o ser reformulado, ponen su empeño en forzar toda realidad15. Aun así, sus recetas son dogmas bienvenidos para una población que tampoco gusta de ser crítica y quiere soluciones fáciles y rápidas. Y así, unos se nutren de otros, y los problemas, aunque queden por resolver, aparentemente dejan de inquietar.

(14)

Se puede pensar con las ideologías, pero no desde las ideologías. Cuando ellas nos ofrecen el qué pensar, el cómo pensarlo y el por qué pensarlo así, cuando nos preparan los temas, las respuestas, las creencias y los argumentos, ¡qué cómodo resulta! ¿Dónde ha ido a parar usted? ¿Qué ha sido de su conciencia, de su voluntad, de su voz, de sus manos? ¿Qué ha sido de su experiencia, de su sentido común, de sus sentimientos morales? ¡Qué manera tan burda de separarnos, de confrontarnos, cuando nos unen lazos mucho más humanos!

(15)

Enmascaramos tanto los verdaderos motivos detrás de nuestro pensar que extendemos sobremanera nuestro argumentario, lo enrevesamos, lo falcamos con falacias y lo adornamos con frases pomposas y populistas. El argumentario ideológico partidista solo quiere adeptos y voceros con los que crear un «nosotros» frente a los «otros». Deberíamos desembarazarnos de tales imposturas políticas y mirarnos con los sentimientos morales en la mano.

(16)

Las ideologías nos despersonalizan: el individuo solo es importante como militante, partidario o votante; y nos deshumanizan: priorizan las creencias o ideas políticas del grupo frente al sentimiento moral. Se levantan fronteras coloreadas para enfrentarnos. ¡Mejor, pues, ir vestido siempre de negro!

(17)

Se nos llena la boca con atender a la diversidad y la pluralidad y, al mismo tiempo, encerramos toda realidad humana en dicotomías fáciles y maniqueas: los míos o los otros. Y decimos derechas o izquierdas, azules o rojos, nacional o extranjero, ricos o pobres, etc. Sobre nuestras cabezas sobrevuelan siempre vigilantes las ideologías con todas sus pesadas convicciones, sus creencias y sus prejuicios.

(18)

Parece ser que tenemos una irremediable tendencia a convertir buenas ideas y sanas intenciones en dogmas que santificar y reverenciar; concepciones y actitudes honestas en artículos de fe con los que evangelizar. Lo que debían ser valores sociales interiorizados y aceptados pasan a ser normativa institucionalizada de obligado cumplimiento. Y a aquello que deberíamos llegar por convencimiento personal —mediante el discurso dialogado, los actos y el ejemplo— acaba siendo impuesto como corrección política —mediante una narrativa ad hoc, una machacona propaganda y la amenaza del linchamiento social—.

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Las gentes no saben lidiar con las ideas. En lugar de tomarlas como una condición, una forma de mirar el mundo, las toman como verdades, las convierten en convicciones férreas a las que aferrarse, casi con desesperación, y desde las que atacar. Así nada aprenden más que a encerrarse más sobre ellas hasta que ellas las poseen. Ante las ideas hay que ser más escéptico, más ecléctico, para ir contrastándolas con el mundo, dialogando con otras ideas, nutriéndose, creciendo y mutando con ellas, en ese juego constante y vital que es sentir y conocer el mundo, los otros y nosotros mismos.

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Los fanáticos tienen sus templos en los que la ortodoxia de sus proclamas y sus férreas convicciones adquieren verdadero fervor. Hay templos religiosos, políticos, periodísticos, educativos y deportivos. ¡Guárdeme entrar en ellos si no es para el más puro entretenimiento, como el que disfruta de un espectáculo sin el peso de una obstinada y obtusa seriedad!

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Los ideales tienen el poder de convertirnos en sus siervos, en acólitos o en fanáticos. Todo ideal tiene un entusiasta, sacrificado y uniformado ejército. Mientras no tengamos para con ellos una relación de iguales —ni siquiera eso, pues son nuestros vástagos— los individuos serán tomados como medios, marionetas, números, escudos, nicho de mercado y carne de cañón. ¡Y para colmo, hemos de tener «amor a la causa»! Un amor que enriquece el ideal en la medida en que empobrece al individuo. ¿Qué tiene esto de sano?

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Renunciamos a los individuos como personas por atender a esos ideales que, como poderes supremos —pues los colocamos por encima de nosotros al ser ideas y conceptos a los que llegamos por el pensamiento, el espíritu o la razón (Humanidad, Justicia, Nación, Democracia, Derecho, etc.)— consideramos reales y sagrados, correctos e intocables, como la causa honrosa por los que vivir e, incluso, morir, haciendo a la persona particular digna y respetable en tanto que sirve a la causa, en tanto que vive o muere por ella.

Y esta servidumbre ni tan siquiera es remunerada: a lo sumo se ofrece un reconocimiento social precisamente al aspecto social, es decir, al papel devotamente cumplido. Solo su obediencia es digna de reconocimiento. Solo en su comunión —y en su dominio— adquiere el sujeto individual su condición de respetable, de moral. Fuera de los muros del ideal solo parecen habitar la barbarie y la basura. ¡El ideal es el déspota intolerable!

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A la mayoría le parece verdadera cualquier cosa que se establezca desde un relato creíble. Dado que el relato puede ser adornado, las incoherencias y las mentiras quedan difuminadas. Si, además, se le añade un recurso emotivo para distraer al intelecto, tenemos convertida en pública verdad lo que solo era una posibilidad.

Téngase en cuenta que el hombre es libre en tanto puede hacer uso de sí mismo. Confundidos en esa gran mayoría perdemos el sentido de nuestra responsabilidad personal y, con ello, nuestra libertad.

De un plumazo perdemos libertad, responsabilidad y verdad.

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Demasiado identificamos verdad con ciencia, tecnología, educación, poder político, poder económico y posición social o fama. Y cuando todo ello puede aunarse entre sí, la verdad queda sacralizada y una pléyade de seguidores la adora y la reclama para sí, sirviendo a su vez, de refutación al diferente, al creativo, al subversivo.