La strix Julia - Cristina Lattaro - E-Book

La strix Julia E-Book

Cristina Lattaro

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Beschreibung

Fosco Scionni es un tipo racional y constructivo, concentrado en su trabajo, siempre dispuesto a fijarse nuevos y estimulantes objetivos. Una mañana como otras, su esposa Daria le comunica que pronto tendrán un hijo. Un poco más tarde, en el autobús que lo conduce a su trabajo, Fosco encuentra a Julia, una strix, una hechicera. Comienza para él una larga odisea dividida entre las incursiones en las dos vidas de Julia y una existencia cotidiana enmarañada de dudas, tensiones, expectativas, sentido de culpa y una frenética investigación en la web.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Título: La Strix Julia

Autora: Cristina Lattaro

Traductora: Jimena Reides

Esta novela es una obra de fantasía: los nombres, personajes, lugares y eventos son producto de la imaginación de la autora y se usan de modo ficticio. Cualquier referencia a los hechos, lugares o personas es completamente casual.

Se reservan todos los derechos de traducción, reproducción y adaptación, total o parcial, por cualquier medio, incluso fotocopias y microfilm.

© 2018 bookEco

www.bookeco.it  [email protected]

ISBN  978-88-99561-24-6

PROPIEDAD LITERARIA RESERVADA

Copyright 2018 bookEco

Impreso en nombre de bookEco el mes de mayo de 2018

Cristina Lattaro

A cualquier persona que durante su vidahaya amado a una bruja durante al menos un minuto, de mentira o de verdad.

Rieti, 12 de enero de 2012

“Ragazzo, se versi un vino vecchioriempine i calici del più amaro,come vuole Postumia, la nostra reginaubriaca più di un acino ubriaco. E l’acqua se ne vada dove le parea rovinare il vino, lontano,fra gli astemi: questo è vino puro”

Ahora I

1° mes

El óvulo se fecunda y se implanta en el útero. Se forma el saco vitelino, dentro del cual se desarrollará el embrión. El embrión comienza a crecer y sus componentes, los somitas, se especializan hasta transformarse en huesos y músculos. Las sustancias nutritivas se asimilan gracias a la circulación en el útero y la placenta mediante el contacto con las paredes del útero, a través del intercambio con la sangre materna.

Fosco había elegido con cuidado la casa que compraría, aquella que compartiría con su esposa Daria hasta el final de los tiempos. Había tenido que lidiar con el banco, con lo que ofrecía el mercado, con sus exigencias y la de su compañera, pero no había tenido prisa. Apenas la había comprado, la había visitado continuamente, incluso cuando la idea de mudarse estaba lejos de poder realizarse. Estaba ansioso por plantar los bulbos, condición necesaria para afrontar el futuro de un modo seguro y de alcanzar objetivos siempre más ambiciosos.

Había reflexionado mucho sobre su vida, y con orgullo se decía que el resultado no había cambiado para nada en tantos años: fluía al máximo. Además, estaba siempre ocupado, seguro de que la energía empleada cuando había en juego alcanzar una mejoría estaba bien gastada.

El dicho “quien siembra, cosecha” no admitía excepciones.

Desde siempre, el hogar ideal de Fosco había tenido un porche de estilo inglés. Estilo victoriano, metal y vidrio, frivolidad y elegancia. Una dimensión con máxima tranquilidad y de bienestar. Desde siempre, Fosco había sido consciente de que su aspiración permanecería como una desilusión. Habían ocurrido tantas cosas. Sin embargo, la residencia familiar a la que le había echado el ojo había ofrecido un valor superior que él no había calculado. Parecía que del pedacito de verde en la parte trasera, un rectángulo frondoso, se elevaba una exhalación especial. Había quedado absorto en la búsqueda de la armonía firme y escurridiza que le había llenado la mente, que lo había metido en un campo gravitacional olfativo del cual no hubiera querido escapar jamás. Mientras Daria se dedicaba a una segunda vuelta para el reconocimiento de la parte interna, él había clasificado la esencia. Sabía de hierbas. Sobre el hinojo selvático. Sobre arbustos y sobre lodo. Conocía el campo. Se había sentido en casa.

Había decidido sistematizar el jardín él solo. Se había puesto un desafío con lo que a él le gustaba, donde la combinación de sus dotes le garantizaba el éxito. Lo había documentado, lo había planificado con cuidado y se había ocupado, estimulado por la atractiva perspectiva de poder vivir las etapas sin limitarse a verlas pasar detrás de una ventana. A finales de septiembre, después del traslado definitivo, había removido el enrejado original oxidado que rodeaba la propiedad y lo había reemplazado con una serie de elementos prefabricados revestidos de piedra. En el parque minúsculo, bajo el techo saliente de madera en el que había hecho colocar una parra, había puesto enseguida una parrilla a carbón.

Se había dedicado a la operación en cuerpo y alma, imaginando una apariencia final siempre más agradable, experimentando un placer genuino. Saber que en el horizonte se preveía un resultado excelente, el enésimo de una larga serie, lo envolvía en un calor amable al que no habría podido renunciar.

Una mañana, después de haber bebido la habitual taza de café, con su maletín en la mano, se había asomado a la parte trasera. Había comenzado lo antes posible a distribuir los camiones de tierra que al momento formaban dos montículos alrededor respecto al límite este de la propiedad. Daria lo había sorprendido por detrás. Luego, se le había acercado sonriendo.

«¡Estoy embarazada!», había susurrado radiante.

Él la había mirado estupefacto, dubitativo acerca del sentido de la frase que recién había escuchado. Después, su corazón había comenzado a latir intensamente. Simplemente, algo grande había sucedido, tan enorme que no se podía encuadrar completamente. Logró hacerlo solamente cuando el enjambre de abejas que daba vueltas en su cerebro se había calmado y la sensación de vértigo que se había aferrado a la boca del estómago se había atenuado. Mientras tanto, durante algunos segundos, no fue capaz de oír aquello que Daria había agregado. Había visto que movía en el aire un bastoncito de plástico con el extremo teñido de verde, apretado entre el dedo índice y el pulgar de la mano derecha. Había captado los reflejos de color ligeramente ámbar del trapeador rojo de su esposa, deslumbrado por la sonrisa llena y deliciosamente imperfecta que solo ella tenía.

Volvió a entrar como un sonámbulo, se sentó en el sofá de la sala y centró su mirada en la biblioteca que tenía cuatro mil trescientos DVD que había coleccionado durante años. Se preguntó si aquella que había visto no era una de las tantas escenas de Hollywood que en este momento formaban parte de su imaginación. Cuando tenía algún momento de descanso en la oficina o entre un trabajo y otro durante el tiempo libre, le gustaba recordar línea tras línea los diálogos de sus partes favoritas. Se sumergía intensamente, y con frecuencia necesitaba algunos minutos para volver a la realidad.

Daria no le había ayudado mucho, sin embargo. Le había recordado que el autobús, el 49, no lo esperaría simplemente porque se iba a convertir en padre. Así, había salido de la casa, incapaz de creer que era el mismo hombre que había regresado la noche anterior. Había recorrido como un autómata los doscientos metros que lo separaban de la parada. Había subido a bordo del medio de transporte consciente de haberlo logrado solo gracias a la memoria a medio plazo perfeccionada durante los dos meses en los que había vivido en el vecindario.

 Poco después se había enamorado.

Se sentó en la parte trasera, como solía hacer, favorecido en la elección por la poca cantidad de pasajeros que frecuentaba la línea. Había colocado sobre sus piernas el maletín, y después de un par de paradas había levantado la cabeza sin motivo aparente. Del otro lado del pasillo en el medio había una mujer de pie. Llevaba una falda larga de cuero hasta la rodilla, pantimedias gruesas y oscuras, un par de botitas y una parca anudada en la cintura. Se sujetaba a la parte posterior de un asiento al lado de la puerta central. Llevaba puesto un delicado brazalete de oro adornado con perlas blancas. Estaba mirando hacia un punto más allá de sus hombros. Fosco sabía que era solamente una parte accesoria del cuadro que ella estaba observando pero, también, había interceptado la corriente magnética de sus pensamientos. La sensación de extrañeza que lo acompañaba cada mañana desde el momento en que salía de su casa hasta que entraba en la oficina se había disuelto como humo.

Cuando el autobús se detuvo y ella se movió para bajarse, le pareció sentir el roce de la tela que ella vestía. Tan pronto como la pasajera dejó el último escalón, se levantó y puso el maletín entre la puerta de doble hoja. El mecanismo reaccionó y la puerta volvió a abrirse. De repente se encontraba en la acera, sin aliento, alterado por la idea de haberla perdido. Giró hacia la derecha y la izquierda, indiferente a la atención de los peatones que lo miraban por sus movimientos rítmicos. Hasta que la vio, a pocos metros de distancia. Su rostro se contrajo debido a la sorpresa inesperada. Solo había silencio y en ese silencio ella lo miraba quieta. Fosco se sintió inoportuno aunque hasta hacía un instante, mientras miraba a su alrededor angustiado, un instinto desconocido le había sugerido que debía saltarle encima si solo tenía la suerte de encontrarla. El impulso del que se había sentido capaz se vio limitado por la consciencia de ser simplemente él mismo.

El mundo a su alrededor había comenzado a latir; ella hizo un gesto rápido con una mano, Fosco se movía como hipnotizado. El elástico que lo había sujetado lo empujaba hacia adelante con un ímpetu tan grande que le parecía que tenía una urgencia indefinida en los ojos oscuros en los que se había perdido. Apenas estuvo a su lado, le indicó un viejo bloque de apartamentos. Las perlas oscilaban ligeramente alrededor de su muñeca.

«¡Allí dentro!», dijo. Fosco apreció la rara coloratura del contralto de su voz y continuó siguiéndola.

Mientras caminaba detrás agitado, entorpecido por la maleta, se vio embestido, sin un motivo preciso, por la imagen de su esposa y sintió en la piel la caricia del primer sol de la mañana que lo había rozado cuando se había asomado al terreno detrás de la casa. Percibió el peso de la obligación que había tomado con ella, con la vida nueva que florecía en su vientre y con aquella que ambos habían prometido transcurrir juntos. Una marea de momentos dulces e intensos compartidos con Daria llenó su mente. Recobró las palabras, los suspiros y las intenciones que lo habían nutrido, se superpusieron en capas adyacentes, y después se fusionaron una con otra. El impacto de los recuerdos y de la emoción única que había vivido recientemente en la intimidad de su hogar lo dejó inseguro sobre sus pies y se tambaleó. Logró mantenerse en equilibrio pero, sin embargo, le pareció que la mujer del autobús podía intuir sus pensamientos y le molestó tanto que decidió dejarlos atrás definitivamente. La situación habría provocado que cualquiera formulara un juicio tergiversado sobre Fosco Scionni. Él, simplemente, había advertido la necesidad de tener un poco de tiempo para volver a ser él mismo e inmediatamente después le parecía que no hubiera sido justo que la desconocida lo dejara de lado. Media hora antes había sabido que su vida iba a cambiar. Ahora, por sorpresa, cambiaba aún más. No habría podido imaginar que iba a suceder. Pero fue así.

La idea de poder perder de vista a la mujer de nuevo le ocasionó una aceleración interior. Cuando ella se escabulló a través de un viejo portón, la siguió.

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