La suerte de Regi - Iñigo Lamarca - E-Book

La suerte de Regi E-Book

Iñigo Lamarca

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Beschreibung

La narración comienza en el invierno de 1974 en el País Vasco y termina en la primavera de 2019. Cuarenta y cinco años de nuestra historia reciente, casi medio siglo, pasan por sus páginas. El fin de la dictadura, la transición, los primeros años de democracia y autogobierno, el cambio de siglo, los terrorismos, el final de ETA, la normalidad (según la conocíamos antes de la pandemia). Una parte de la historia que se ha materializado en las vivencias de una generación, una época fundacional en muchos ámbitos, liberadora en otros, narcotizante en no pocos, vivida y narrada por personas de la comunidad LGTBI. Regi, el protagonista central de la novela, se busca a sí mismo en un ambiente social que relega su sexualidad a la marginalidad. Esa represión se suma a otras represiones que, lentamente, van quedando atrás gracias al empuje de una sociedad mayoritariamente resuelta a conquistar la libertad en todos los ámbitos de la vida, también en el de la identidad sexual. Otro tanto sucede con los amigos y amigas de Regi. Cada cual a su modo y con arreglo o los resultados de sus propias búsquedas. La perspectiva LGTBI que distingue esta novela no es, sin embargo, excluyente. El fresco que el autor pinta abarca a todo el conjunto de la sociedad vasca a lo largo de ese prolongado intervalo de tiempo. Regi y sus amigos se miran a sí mismos y relatan las muy diversas vivencias (sexuales, políticas, profesionales y de todo tipo) de una parte de la sociedad condenada a un largo ostracismo. En definitiva, la peripecia histórica del conjunto de la sociedad vasca, española y europea.

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Seitenzahl: 550

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LA SUERTE DE REGI

Bitartean ibillico dira becatutic becatura amilduaz; oraiñ pensamentubatean, gueroseago itz loyak gozotoro adi­tzean: oraiñ escuca, edo queñada

batean, guero musu edo laztanetan: oraiñ ipui ciquiñac contatzen, guerodantzan, edo dantza ondoan alberdanian.

J.B. Agirre

1ª edición: septiembre de 2021

Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura

y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

© 2021, Iñigo Lamarca Iturbe

© De la presente edición: 2021, ALBERDANIA, SL

Istillaga, 2, bajoC - 20304 Irun

Tel.: 943632814

[email protected]

www.alberdania.net

Portada: Junkal Motxaile, a partir de una imagen de Bulia y una fotografía de Aleksandr Ozerov, ambas en Shutterstock.

Impreso en Ulzama (Huarte, Navarra)

ISBN digital: 978-84-9868-692-0

ISBN papel: 978-84-9868-691-3

Depósito legal: D. 965/2021

V

LA SUERTE DE REGI

IÑIGO LAMARCA

ALBERDANIA

novela

A mi padre; pasado, con orgullo.

A Sergio; presente, con amor.

A mis sobrinas y sobrino; futuro, con esperanza.

A las víctimas de vulneraciones de derechos humanos.

Mis manos son dos aves,

a lo mejor palomas,

que buscan por el aire

una luz en la sombra.

Mis manos al mirarte,

quedaron pensativas,

yo temo que enloquezcan

si es que en ti no se posan.

Gloria Fuertes

V

LA SUERTE DE REGI

I

Invierno de 1974

Un cometacruzó el cielo la noche en que nació Regi, el 13 de junio de 1951. Su madre lo parió en casa, con la ayuda de una comadrona que se llamaba Fe. Era una noche calurosa y la ventana estaba abierta. Puri pudo ver, en un cielo inusualmente claro para San Sebastián, cómo la estela de un cometa rompía la quietud de un mar de estrellas que parecían estar próximas. A Regi le costó nacer desde que su madre rompió aguas. Llegó a la vida a las siete y media de la mañana. Era un bebé grande y de piel oscura.

Fue, para sus padres, un niño normal y no observaron, en su infancia y en su adolescencia, nada reseñable que lo apartase de lo que ellos entendían por normalidad. Era poco hablador y reservado; también muy observador. Cuando entró en la juventud, se vieron sorprendidos por algunos cambios repentinos que experimentaron su carácter y su comportamiento. La buena comunicación que habían tenido hasta entonces se deterioró. Los rehuía y se encerraba en su habitación durante largas horas, para leer, ver películas o escuchar música. A veces se mostraba irascible, y a menudo se le veía abatido.

Corría el año 1974. Regi se encontraba en su habitación y se había cansado de leer. Eran las cinco de la tarde del sábado 26 de enero, fecha que tenía marcada en rojo en su calendario de pared, porque vencía el plazo que se había dado para hacer algo especial en su vida. Salió del cuarto y buscó la compañía de su madre, Puri, que se encontraba en un rincón de la sala de estar, cosiendo en la vieja máquina que había heredado de su madre. El padre había quedado con sus amigos para tomar unos chiquitos.

Pidió a su madre que le contase cómo había nacido, aunque ya conociera la historia.

–¿Qué fue lo primero que hice cuando llegué al mundo?

–Rompiste a llorar con unos berridos que retumbaban en toda la casa.

Puri siguió hablando, le gustaba conversar. Observó con satisfacción que su hijo la estaba escuchando con atención y se propuso alargar la conversación todo lo que fuera posible, porque últimamente resultaba difícil dialogar con él. Se mostraba cada vez más distante y esquivo, y a veces salía de casa sin previo aviso.

A sus 22 años, Regi no tenía nadie a quien pudiera llamar con propiedad amigo, según lo que él entendía por amistad. Ocultaba, sin embargo, este hecho a sus padres, porque no quería que se preocupasen ni que le hicieran preguntas. Cuando salía a la calle les mentía con frecuencia, diciendo que quedaba con amigos del colegio, cuyos nombres se inventaba.

Su madre le estaba contando en ese momento que, en una visita que le hizo recientemente a su hermana, observó que esta tenía enmarcados en su casa una poesía y un dibujo hechos por Regi cuando era niño. Al hilo de eso, le confesó que su tía lo quería mucho, como si fuera hijo suyo, seguramente porque ella no había tenido descendencia. Regi no dijo nada; en realidad no estaba escuchando, había desconectado de la conversación. La pulsión que irrumpía ocasionalmente de sus entrañas hizo su aparición, una vez más. Repentinamente y con fuerza, como siempre. Sabía lo que tenía que hacer.

–Ama, me voy.

–¿A dónde? Antes me has dicho que no ibas a salir –le dijo Puri con un indisimulado gesto de disgusto.

–Sí, es cierto. A los amigos les he dicho que prefería quedarme en casa a leer. Pero Josetxo, el que vive en Villabona, se ha roto una pierna y voy a ir a visitarle, estará aburrido.

–Ah, bueno, eres un buen chico –señaló Puri.

–Cogeré el coche. No me esperéis a cenar. Comeré algo en su casa.

–Pásatelo bien, hijo –le dijo su madre, sin levantar la cabeza de la máquina de coser.

Anochecía. La temperatura era agradable y no llovía. Caminó con paso firme a un lugar que había empezado a frecuentar cuando le apretaba el deseo sexual: al paseo donde se ubicaban el teatro Victoria Eugenia y el hotel María Cristina. Una espesa neblina entraba al río Urumea desde el mar. «Así será más difícil que se me reconozca», pensó.

Regi reparó en un chico que podría tener más o menos su edad, que caminaba deprisa con pasitos cortos y había recorrido dos veces un tramo del paseo de la República Argentina, señal inequívoca de que buscaba desahogo sexual. Regi se cruzó con él en dos ocasiones y sus miradas se encontraron. Acto seguido bajó a los aseos públicos, donde se producían los contactos entre hombres según unos códigos de conducta compartidos, y girando la cabeza se dio cuenta de que el chico de ojos vivarachos le seguía con la mirada. Esperó unos minutos en la zona de los urinarios, pero aquel no apareció. Salió malhumorado a la calle y lo encontró sentado en un banco. Estaba cansado de dar vueltas y decidió ir al bar Guria a tomar algo. Albergaba la esperanza de encontrar allí a alguien con quien poder satisfacer las ganas de estar con un hombre, algo que no ocurría desde antes de las Navidades. Pasó delante del chico desconocido, que vestía un pantalón de pana marrón y un viejo abrigo negro. Le pareció que le chistaba cuando pasó a su altura, pero no le miró, molesto por el comportamiento desconcertante que había tenido. Regi no se inmutó, pero cuando, después de avanzar unos pocos metros, oyó un sonoro «eh», paró en seco y se giró.

–Ven, por favor, siéntate aquí un rato.

Regi dudó, pero tenía ganas de sexo y aquel hombre le gustaba. Miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera en las proximidades nadie con apariencia de policía secreta, volvió tras sus pasos y se sentó en el banco.

–¿Qué haces aquí? –le preguntó Regi.

–Lo mismo que tú, supongo –le respondió con voz insegura el desconocido–. No me gusta bajar a los urinarios, no me siento capaz, pero quería conocerte. Me llamo Sebas.

–Y yo Juan Mari –le contestó Regi.

–Nunca lo he hecho con un hombre –confesó Sebas–. Me has gustado y no me importaría estrenarme contigo, pero tendrás que ayudarme. Tienes pinta de manejarte bien. Espero que no te tomes a mal lo que acabo de decir.

–¡Vaya! No sabía que llevase escrito en la frente que soy un follador experto –bromeó Regi.

Al joven se le escapó una risa nerviosa. Regi proyectaba seguridad, en buena medida por lo rotundo de su físico, pero estaba hecho un flan. En tales circunstancias, tendía a hablar mucho. Le empezó a contar a Sebas sus experiencias en los sitios de ligue homosexual.

Regi había descubierto de forma casual esos lugares, cuando un día bajó a mear a los aseos públicos próximos al hotel María Cristina y se dio cuenta de que allí había meneo. El primer encuentro, en un retrete de esos váteres, le resultó insatisfactorio e incómodo. Pero el hombre con el que se lo hizo, un cincuentón bigotudo, era un tío majo que le invitó a tomar algo al Guria. Allí le contó todo lo que a Regi le podía interesar, dejándole claro que no quería entablar ninguna relación personal. Él iba allí a desfogarse y descargar; solo buscaba sexo. Pero le dijo, al mismo tiempo, que le gustaba ayudar a los principiantes, que había que traspasar los «códigos secretos» a las nuevas generaciones y que, si estaba dispuesto a escucharle, le daría unos cuantos consejos.

–Nos tenemos que ayudar entre nosotros en este infierno que nos ha tocado vivir. Que tengas mucha suerte –le dijo, al despedirse, el señor del bigotón.

En las relaciones sexuales casi furtivas que había tenido hasta la fecha, en Monpas –en su zona boscosa o en los restos de las antiguas fortificaciones–, o en los lavabos públicos de la estación del Norte o de la República Argentina, la regla era no hablar. Descubrió, sin embargo, que a los bares Guria o Tánger solían acudir homosexuales que no se esforzaban en ocultar su condición, y que solían conversar entre ellos. Él prefería ligar cruzando un par de palabras con quien le atraía, en lugar de hacerlo en silencio con un juego rápido de miradas y movimientos. Le costó aprender cómo entrarle a alguien evitando situaciones embarazosas, pero había adquirido ya una cierta destreza. Los temas de conversación tenían que ser superficiales y útiles para el cortejo, cuyo objetivo era conseguir algún tipo de relación sexual, al menos masturbarse mutuamente y correrse.

Regi se sentía crecido contándole a aquel chico sin experiencia sus andanzas por las catacumbas del mundo gay de la ciudad. Era la primera vez que conversaba con un hombre homosexual de su edad. Le satisfacía que le escuchase con tanto interés, pero al mismo tiempo le producía un cierto desasosiego que fuese tan parco en palabras, fruto quizás de su nerviosismo manifiesto. Llevaban charlando un buen rato, sin moverse del banco, a pesar de que se había hecho de noche y hacía frío. Cuando acabó de informarle sobre los sitios de contacto homosexual, se hizo el silencio; Regi se incomodó, no sabía de qué hablar. Descartó los asuntos banales porque Sebas era muy diferente a los hombres que había conocido hasta la fecha, y le estaba gustando mucho. Le pareció muy arriesgado plantear cuestiones personales o políticos y optó por hablar de cine. El chico le dijo que había visto pocas películas, pero que su madre era una gran aficionada al cine y le había hablado de bastantes que vio antes de casarse. Su padre había ido recientemente a Biarritz a ver Emmanuelle.

Sebas se había transformado y estaba siendo ahora un buen conversador. Regi estaba encantado y la llama de la pasión le salía ya por la boca. El hombre bigotudo del bar Guria le había aconsejado que, si alguien le gustaba mucho, intensase follar con él el primer día. O sea que se armó de valor y le dijo:

–Nos vamos a enfriar. He venido con el coche de mi padre. Si quieres podemos ir allí para estar calentitos.

Tartamudeó al decir esas palabras. Rara vez le ocurría eso, solo cuando estaba muy nervioso.

Sebas, al ver que su amigo también estaba nervioso, se tranquilizó. Su tartajeo le pareció enternecedor, y notó que la entrepierna cobraba vida. Aceptó sin dudar ir al coche.

–Tengo el coche aparcado aquí cerca –le dijo Regi–. Si te parece, vamos a un aparcamiento cercano y con poca luz donde podremos estar a gusto, tú ya me entiendes. Por cierto –añadió–, en realidad me llamo Regi. Me bautizaron Regino, pero todo el mundo me llama Regi. Mi madre, cuando se enfada mucho conmigo y me riñe, utiliza el nombre completo. Para ligar uso el nombre de Juan Mari, por seguridad. Ya sabes cómo están las cosas.

El joven sonrió y repuso:

–Y yo me llamo Armando. Aunque soy nuevo en estas cosas, tenía claro que no podía usar mi verdadero nombre. Me inspiras confianza y quiero que sepas cómo me llamo realmente.

Regi y Armando llegaron al coche y, una vez dentro, se besaron enseguida; lo hicieron prolongadamente, con pasión. Ambos habían acumulado mucho deseo, eran jóvenes y los prolegómenos del contacto les había elevado la excitación a niveles máximos. Se tocaron y se abrazaron mucho. No se desnudaron por el miedo a ser descubiertos practicando sexo por una patrulla policial. Se masturbaron mutuamente, y estuvieron después abrazados y acariciándose, sin prisa. El tiempo se había detenido para ellos. Regi empezó a sentir frío y miró el reloj. Era tarde.

–Te llevo a casa –le propuso a Armando.

–Estoy viviendo en casa de unos tíos en el barrio de Amara –respondió Armando–. Soy de Bergara. Prefiero que no me acerques al portal, por si alguien me ve. Espero que lo entiendas. Déjame cerca de la estación del Topo o en la plaza Pío xii, como prefieras. La casa queda cerca de cualquiera de esos dos puntos.

–Me gustaría volver a verte –le dijo Regi, atropellando las palabras.

–A mí también –le respondió inmediatamente Armando con una sonrisa–. Te voy a dar el teléfono de la casa de mis tíos. Cuando llames prefiero que les digas que te llamas Juan Mari. Y si te preguntan quién eres, respóndeles que un compañero de clase. Estudio Economía en la este.

Regi había estudiado en una escuela religiosa, el prestigioso colegio de Nuestra Señora del Buen Consejo de la localidad navarra de Lekaroz, gestionado por los capuchinos. Los fines de semana volvía a San Sebastián, y servía como monaguillo en la iglesia de la calle Camino. Sus padres hubiesen visto con agrado que se encaminase para ser cura, no porque fuesen muy religiosos, sino porque, desde una mentalidad condicionada todavía por las penurias de la posguerra, creían que era un trabajo seguro. Tal vez había otra razón que ni a sí mismos se atrevían a confesar.

Durante su adolescencia, el choque entre el deseo sexual y su homofobia internalizada fue constante. Si la balanza se hubiese inclinado hacia el lado de la homofobia se habría hecho cura, probablemente. Pero en el momento en que tuvo que enfrentarse a la decisión de ingresar en el seminario diocesano estaba sumido en una profunda desazón, y la presión a la que se sometió terminó por romperle por dentro. Después de unas semanas turbulentas, vio la luz y se reconcilió consigo mismo. No solo abandonó la idea de ser sacerdote, sino que rechazó toda relación con la Iglesia y perdió la fe.

Tras cursar los estudios de bachillerato, optó por formarse profesionalmente en el oficio de reparar máquinas. No quiso hacer una carrera universitaria porque quería ganar dinero cuanto antes e independizarse, no le convencía estar estudiando durante cinco o seis años. Era consciente de que la vida para un maricón que tenía claro lo que era y lo que quería ser sería muy difícil, y le urgía tener dinero suficiente para empezar a hacer la suya propia. Un compañero de bachillerato le habló de las buenas oportunidades de trabajo que había en el sector industrial de la máquina-herramienta, que se estaba expandiendo en las localidades de Elgoibar y Eibar. Después de terminar la formación y hacer el servicio militar, encontró trabajo en un taller de reparación de máquinas de coser en el barrio de Gros de la ciudad, con diecinueve años. Su madre, que se había llevado un disgusto porque su hijo no quiso cursar una carrera universitaria ni ser cura, se alegró cuando empezó a trabajar en el taller.

–Por fin voy a tener a un buen reparador para mi máquina de coser –le dijo para mostrarle de alguna manera su satisfacción.

Regi se puso en contacto con Armando al día siguiente. Este estaba esperando con ansiedad su llamada, y así se lo hizo saber. Se citaron dos días más tarde en la entrada del museo San Telmo.

Lo primero que hicieron cuando se vieron fue acordar el uso de determinadas palabras clave, con el fin de que ni los padres de uno ni los tíos del otro pudieran sospechar nada si escuchaban la conversación. Para concertar una cita tenían que decir: «Quedar para estudiar en la biblioteca de la este».

Decidieron dar un paseo por el monte Urgull, subiendo las escaleras que había en la plaza del museo. A los dos les gustaba ese montecito, que era un enorme parque en el corazón de la ciudad, lleno de caminos y rincones curiosos. Allí podían tener asegurada la discreción que buscaban. No paraban de hablar, se quitaban la palabra continuamente. Constataron algunas similitudes en sus respectivas vidas. Ambos tenían nombres raros, inusuales, que provenían de sus ancestros por vía paterna y se transmitían al primer varón. El nombre de Regi llegaba hasta su tatarabuelo, que, según todos los indicios, había sido hijo del cura del pueblo de Ataun. La madre del tatarabuelo decidió ponerle a su hijo el nombre de Regino porque pensó que así contaría con la protección de la Virgen. Armando, por su parte, le contó que fue su abuelo, en contra de la opinión de su mujer, quien le puso ese nombre a su padre, porque le fascinaba Alemania y le gustaba un personaje mítico llamado Hermann –Armando en español –, que debió de ser un caudillo de las tribus germánicas que se enfrentaron a los romanos. En los dos casos, quienes eligieron los nombres pidieron encarecidamente a sus hijos que a sus primogénitos varones los bautizaran con esos nombres y los convencieran de que estos se perpetuaran en el tiempo. Lo hicieron movidos probablemente por el deseo de alcanzar una cierta trascendencia tras su muerte.

Había otra coincidencia que unía a Regi y Armando: la opinión de que la atracción hacia los hombres era una desgracia y una pesada carga en sus vidas. Las pocas veces en las que habían oído hablar de homosexualidad era para condenarla y descalificarla con las palabras más gruesas y feas del diccionario. Los curas decían que era el peor de los pecados, que contravenía la voluntad de Dios y que los homosexuales estaban condenados sin duda al fuego eterno. En la escuela se usaba maricón o marica con mucha frecuencia, como uno de los insultos y motivos de estigmatización y exclusión más graves. Regi y Armando sabían, además, que la ley de peligrosidad y rehabilitación social castigaba con internamiento o con la prohibición de vivir en su lugar de residencia a aquellos de los que se tuviera la sospecha de que mantuviesen relaciones homosexuales. El rechazo y el escarnio social, así como el riesgo de expulsión del centro de trabajo, completaban el cuadro de las condenas. Armando había leído, horrorizado, el resultado de una encuesta publicada en el seminario El Caso sobre vecinos indeseables, según el cual las personas homosexuales generaban uno de los mayores niveles de rechazo, superior a la de personas condenadas por asesinato.

En las familias no se hablaba del tema. Regi quedó muy impresionado con una historia que contó su madre, sin venir a cuento, en una sobremesa en la que bebió bastante vino dulce. A finales de los años cuarenta hubo una redada policial en una vivienda de la calle Garibay de San Sebastián en la que detuvieron a unos cuantos hombres, bajo la acusación de practicar actos homosexuales. A raíz de aquello se acuñó el término Garibaldi para referirse a los homosexuales. Regi sospechó que su madre quiso advertirle, contándole ese suceso, sobre las consecuencias punitivas de la homosexualidad.

Los dos jóvenes llegaron a la amplia explanada de Urgull, desde la que se disfrutaba de una visión espectacular de la bahía de la Concha. Se estaban confiando plenamente el uno con el otro. Se dieron cuenta de que no solo rechazaban su condición u orientación sexual, sino también sus cuerpos. Se tenían por feos; los dos se veían a sí mismos lejos de lo que consideraban que era el canon de belleza masculina, representado en las esculturas de los atletas de la Grecia clásica. Regi era alto y corpulento, de espaldas y caderas anchas, y, sin ser gordo, tenía abundancia de carnes. Era de tez muy morena, y tenía el pelo negro y rizado. Sobresalían en su cara unas cejas pobladas, negras como su cabello, unos ojos grandes y una nariz, también grande, de forma redondeada. Todo lo tenía grande, incluyendo aquello a lo que no daba importancia en ese momento, pero que con el tiempo descubriría que constituía un arma poderosa para ligar. Armando era de estatura baja. Bromeaba diciendo que no medía más que el dedo gordo de un pie del David de Miguel Ángel. Era culón, lo cual le desagradaba, pero más adelante comprobaría que en el mundo del sexo nada estaba escrito y que ante los ojos de más de uno sus nalgas activarían fuertes pasiones. Lo mismo le ocurría con los labios carnosos que heredó de su madre. No le gustaban, pero el destino le revelaría que a muchos amantes les parecían sensuales y que eso le facilitaba ligar.

Entraron en un pequeño edificio que formaba parte del complejo de las antiguas fortificaciones militares de Urgull, donde tuvieron lugar, entre otros sucesos bélicos, los enfrentamientos entre las tropas francesas napoleónicas y las inglesas que apoyaban (junto con fuerzas portuguesas) la independencia de España en 1813, aunque, según muchos historiadores, en realidad se trató de un combate contra las ideas liberales revolucionarias y contra el afán expansionista y de hegemonía de Francia en el continente europeo. El edificio estaba sellado, pero Regi conocía la manera de meterse a través de una puerta falsa. Dentro la oscuridad era total, olía mal, y en el suelo, que tuvieron que iluminar con mecheros, había jeringuillas y desperdicios varios. El escenario no les echó para atrás, porque estaban muy calientes y querían tener sexo a toda costa; allí, aunque fuese de pie, podían follar sin el temor a ser descubiertos. Se besaron sin prisa y con dulzura. Intentaron la penetración porque formaba parte del imaginario sobre el sexo, también en la sexualidad homosexual, pero no lo consiguieron. Regi se veía, en sus fantasías sexuales, como activo en el coito anal y no concebía ser penetrado. Armando lo admitía, pero el agujero se le cerró a cal y canto, bien fuese por las condiciones ambientales o porque se tensionó ante la primera vez que lo iba a experimentar. Con todo, salieron del recinto complacidos y contentos, y se prometieron quedar a menudo para «estudiar en la biblioteca de la este».

Cuando al día siguiente Regi llamó a Armando, cogió el teléfono la tía de este y le dijo que su sobrino se encontraba enfermo con fiebre, seguramente por una gripe, y que no podría salir de casa, ni ese día ni los posteriores, hasta que se curase. Llamó al cabo de tres días y Armando seguía enfermo. La respuesta a la llamada hecha al quinto día fue la misma.

–Pero ¿qué le pasa? ¿Es gripe lo que tiene o algo más grave?

–Tiene fiebres altas, Juan Mari –le respondió la tía–. El médico ha dicho que necesita mucho reposo y que es mejor que no reciba visitas.

A Regi le sorprendió esa última afirmación, dicha con vehemencia. Era un chico despierto y notó que algo raro estaba pasando. Ansiaba volver a estar con Armando, aun cuando se repetía a sí mismo que no estaba enamorado de él. Se había sentido muy a gusto en su compañía, y le había contado cosas que nunca había compartido con nadie. Y quería tener más sexo con él.

Según iban pasando los días, le asaltó el miedo de que Armando hubiese echado el freno y no quisiera saber más de él. Era muy extraño que no le llamase. Pero podía ocurrir que hubiese perdido el teléfono, o que estuviese cumpliendo a rajatabla lo que habían acordado: que fuese siempre Regi quien iniciase la comunicación. Sea por lo que fuese, pasaban los días y no tenía noticias de su amigo. Al séptimo día volvió a telefonearlo. Esta vez fue un hombre el que respondió. Regi se quedó petrificado con lo que escuchó:

–Deja en paz a mi sobrino, maricón de mierda. A Armando no volverás a verlo nunca más.

Los padres de Armando sospechaban que su hijo era «de la otra acera», aunque nunca hablaron expresamente del tema. El modo de tratar ese asunto que les producía un rechazo visceral, y sobre el que tenían un desconocimiento absoluto, era ignorarlo lo más posible. Se apercibieron de que su hijo era un niño diferente: no le gustaba jugar al fútbol, en el colegio se quedaba apartado en el recreo y en el parque jugaba con las niñas. Tenía, además, un amaneramiento que no había forma de corregir, por más que su padre le castigara si movía las manos de una manera que, según él, no era propia de los hombres, o hablara de forma afectada usando palabras barrocas. En la escuela, algunos compañeros lo insultaban con frecuencia, llamándole maricón, julandrón o mariquita. Los profesores consentían esa situación. Cuando, un día en que tuvo una crisis nerviosa, Armando les dijo a sus padres lo que le pasaba en la escuela, su padre le dio un bofetón porque no había sabido defender su hombría; tenía que haberse peleado con los que lo insultaban. Desde entonces, nunca más habló de ese tema con ellos, y supo generar recursos para hacer frente a la situación. Se propuso ser el niño más aplicado de clase para ganarse el respeto del profesorado y de los compañeros. Consiguió lo primero y a medias lo segundo. Los agresores seguían metiéndose con él con saña, pero al menos consiguió relacionarse con normalidad con tres o cuatro niños, a quienes ayudaba en los estudios, y logró un cierto reconocimiento por parte de los profesores y profesoras por sus buenas notas y porque fue elegido delegado de clase, por la sencilla razón de que nadie quería serlo. Aprovechó la circunstancia y ejerció con diligencia su función. Consiguió reforzar su posición en la escuela, y aminorar las agresiones homófobas que sufría.

El padre de Armando, que se llamaba igual, era un pequeño empresario que trabajó duro para poner en pie una factoría de fabricación de sacos. Quería que su hijo continuara con el negocio. A pesar de que opinaba que no era «suficientemente hombre», era su hijo y era el único chico. Tenía también una hija, pero «las mujeres no pueden dedicarse a trabajos de hombres», decía. Se afanó en inculcarle la idea de que su función en la vida era ser madre, darle nietos y cuidar de él y de su mujer cuando fuesen mayores. Cuando decidió enviar a su hijo a San Sebastián, a casa de su hermana y su cuñado, le previno a este último con estas palabras:

–No sé cómo decirte esto, Juankrux. Es muy duro para mí. Creo que Armandito pierde aceite. Vigílalo de cerca.

Juankrux y su mujer advirtieron que su sobrino se ponía especialmente contento cuando le llamaba un chico llamado Juan Mari, o cuando les decía que había quedado con él para estudiar. La tía Felixi, la hermana de su padre casada con Juankrux, adoraba a Armandito y no le daba importancia a eso; pero su marido, un hombre con mucho carácter que estaba siempre malhumorado, creyó estar en la obligación de hablar sobre la cuestión con su cuñado.

–Mira, Armando, siento decirte que yo también pienso que el chico es del otro côté. Te tengo que decir que queda mucho con un chico que me resulta sospechoso. Armandito es débil de carácter y ese sujeto, que se llama Juan Mari, puede estar pervirtiéndolo. Intentaré cortar esa relación, pero me temo que nos va a costar mucho conseguir que tu hijo sea normal.

Armando padre se puso en contacto con el centro universitario donde estudiaba su hijo para hacer averiguaciones sobre Juan Mari. Había uno que respondía a ese nombre. Llamó a casa de ese Juan Mari y habló con su padre, quien inmediatamente exigió a su hijo aclarar la situación. Juan Mari no solo no tenía ninguna relación con Armandito, sino que no sabía quién era. Además, estaba saliendo con una chica. Armando padre se puso hecho una furia porque su hijo lo había engañado. Dio por hecho que estaba manteniendo relaciones «sodomitas» con aquel «pervertido» que le llamaba por teléfono. Armandito era definitivamente un «desviado» y ocultaba a sus tíos y a sus padres lo que hacía.

Pensó que había que actuar con urgencia y determinación. Llegó a la conclusión de que su cuñado donostiarra Juankrux había fracasado en la labor de controlar a su hijo. De su hermana Felixi nunca esperó gran cosa, porque sabía que sentía debilidad por Armandito, y que no haría nada por conducir a su sobrino por el camino recto de la vida. Decidió que la mejor opción para meter en vereda a su hijo sería enviarlo a México. Su mujer, Engraxi, se opuso firmemente, pero no le quedó otra que obedecerle y acatar su decisión, con una enorme congoja.

–A Armandito hay que sacarlo de San Sebastián –sentenció–. Lo vamos a enviar a México, donde mi hermano, para alejarlo de ese puto maricón y para que allí se haga un hombre, que ya me dice Iñaxito que los hombres en México son muy machos. Mi hermano tiene los cojones muy bien puestos y confío en él. Seguirá estudiando allí la carrera en una facultad que tiene mucho prestigio.

Ignacio o Iñaxito, como le habían llamado en el caserío familiar desde crío, se fue a vivir a México, a la capital, siendo muy joven. Le habían dicho que allí podía hacer fortuna si trabajaba duro. Es lo que hizo. Se casó con una chica de la alta sociedad y vivía en una zona acomodada de la capital mexicana, en una villa suntuosa. Tenían tres hijos. Disponían de espaciosas habitaciones para invitados, una de las cuales ocuparía su sobrino. Armando padre le habló claro a su hermano:

–Armandito tiene inclinaciones sodomitas y está teniendo malas compañías en San Sebastián, donde hay muchos degenerados que se reúnen en la Cuesta del Culo. Hay que sacarlo de ahí y corregir su desviación con disciplina y trabajo.

Tras el fiasco de San Sebastián, Armando padre confiaba en su hermano Iñaxito, a quien veía como un tipo duro, hecho a sí mismo, que había sabido educar a sus hijos como era debido. A él la situación le desbordaba y su hijo le daba asco, y optó por pasarle el problema a su hermano mayor. Armandito se iría, pues, de inmediato a México, aunque perdiera el curso en la este. Iñaxito le había dicho que la Escuela Nacional de Economía de la universidad de la capital mexicana tenía mucho prestigio y que estaba en marcha un proyecto para dotarla de más medios. Armandito se pondría a trabajar enseguida en la oficina de contabilidad de la fábrica de su tío, bajo sus órdenes directas, y al año siguiente se matricularía en la universidad para continuar con sus estudios de Economía.

Regi y Armando no pudieron verse para despedirse. Hablaron por teléfono. No les salían las palabras porque ambos estaban conmocionados y destrozados por lo acontecido. Prometieron escribirse. Regi se enteró de que cabía la posibilidad de enviar cartas a apartados de correos, evitando los domicilios particulares. Se comprometieron a contratar, en cuanto pudieran, sendos apartados.

Regi era un antifranquista convencido. Si bien sus padres hablaban poco de política y del pasado, al menos en su presencia, sabía que habían sido defensores de la ii República y que sufrieron represalias en la dictadura. Su padre simpatizó con Acción Nacionalista Vasca y a su madre le gustaba mucho Azaña. Tras la victoria de las tropas sublevadas contra el gobierno democrático, su padre estuvo encarcelado varios meses y su madre perdió el empleo que tenía en una tienda de ropa, que fue incautada a sus propietarios.

En el colegio participó, en el último año de bachillerato, en reuniones clandestinas y forjó una identidad política contraria a la dictadura. Fue un lector empedernido desde la adolescencia, al principio solo de novela, y luego también de libros de historia y de pensamiento político. Mejoró por su cuenta el francés que le enseñaron en la escuela y eso le permitió ampliar sus lecturas.

En el taller de reparación de máquinas de coser en el que trabajaba había entablado una relación estrecha con un compañero, quien le persuadió para que ingresase en un partido de reciente creación, Euskadiko Mugimendu Komunista (emk), que formaba parte del Movimiento Comunista de España (mce). Llevaba casi dos años militando. Las reuniones clandestinas las hacían en la trastienda de un almacén de vinos, que pertenecía al padre de uno de los miembros del partido. Para juntarse adoptaban muchas precauciones, porque sabían que la policía secreta del régimen contaba con numerosos efectivos, a los que había que sumar los simpatizantes del régimen que ocasionalmente colaboraban con aquellos. Regi se hacía llamar Juan Mari. Nadie debía dar su verdadero nombre ni ningún dato o información que pudiera facilitar su identificación, y como consecuencia de ello, su detención.

Había tomado parte activa en las movilizaciones contra el proceso 1001, en el que se enjuició y condenó a la dirección de Comisiones Obreras, una organización de trabajadores constituida años atrás que había conseguido mucha fuerza en las fábricas y un gran protagonismo en las movilizaciones y protestas obreras. El 30 de diciembre de 1973 se dio a conocer la sentencia del Tribunal de Orden Público (top), que condenó a duras penas de prisión a los líderes de ccoo, entre otros a Marcelino Camacho, su máximo dirigente, a Nicolás Sartorius, o al cura obrero Francisco García Salve, a quienes impusieron 20, 19 y 19 años de pena de prisión, respectivamente.

Diez días antes de esa sentencia del top, eta mató, haciendo explotar una potente bomba al paso del vehículo en el que viajaba, al presidente de Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco, así como al policía que lo acompañaba y al conductor del coche. En el debate que se produjo en el seno del partido, Regi expresó su parecer contrario a ese atentado, que fue motivo de celebración en numerosos actos populares, porque rechazaba toda violencia, y en particular y de modo radical, matar a personas.

Aun cuando en las discusiones teóricas sobre la violencia revolucionaria o el tiranicidio le costaba construir argumentos, siempre hacía prevalecer sus convicciones éticas contrarias al uso de la violencia. En consecuencia, abogaba por la lucha pacífica contra la dictadura. Estaba de acuerdo, además, con la idea, expresada por un militante de más edad que se hacía llamar Luis, de que el uso de la violencia con objetivos políticos generaba dinámicas de acción-reacción-acción que tendían a crear dos polos enfrentados, cada uno de los cuales arrastraba a un sector de la población, que adquiría una visión bélica de la situación y una mentalidad de grupo cerrado enfrentado a un otro, al que percibía como enemigo al que había que eliminar para hacer valer los intereses y objetivos del grupo. En algunos casos, como ocurría en el País Vasco, quienes usaban la violencia sostenían que lo hacían en defensa de un pueblo al que idealizaban como una comunidad nacional uniforme, arrogándose el derecho y la legitimidad en exclusiva para definir sus intereses y objetivos. Regi rechazó en todo momento el uso de la violencia por parte de eta y se alegró de que su partido también lo hiciera, a pesar de que algunos militantes habían pertenecido a esa organización en sus inicios.

eta (Euskadi Ta Askatasuna, Euskadi y Libertad) se había dado a conocer públicamente en julio de 1959. Su primera asamblea, celebrada en 1962, definió la organización como movimiento revolucionario vasco de liberación nacional y fijó como objetivo principal la independencia de Euskadi, entendiendo que esta era una nación sometida y que estaba formada, conforme al canon nacionalista establecido por Sabino Arana, por siete territorios: Álava, Bizkaia, Gipuzkoa y Navarra en España, y Baja Navarra, Lapurdi y Zuberoa en Francia. Al poco tiempo de iniciar su andadura, surgieron tensiones y divergencias entre los que supeditaban la actividad de la organización a la liberación nacional y aquellos otros que ponían el énfasis en vincularla con las luchas obreras y los objetivos revolucionarios. En 1967 se produjo la primera escisión, protagonizada por buena parte de estos últimos, que constituyeron la organización eta Berri, de efímera vida. La eta que siguió decidió hacer uso de la violencia –o lucha armada, como la denominaba– y tomó en un momento determinado la decisión de matar. La primera víctima fue un policía, José Pardines, que cayó abatido en un control policial por los disparos de Txabi Etxebarrieta, a la sazón uno de los dirigentes de eta, en junio de 1968. Poco después, este último fue mortalmente herido en un tiroteo con la policía. Dos meses más tarde, eta mató al policía Melitón Manzanas, jefe de la brigada político-social de Gipuzkoa y temido torturador. El Gobierno decretó el estado de excepción en la citada provincia. En 1970 se produjo la segunda escisión de eta. Una mayoría de sus miembros era partidaria, a semejanza de los anteriormente escindidos, de unir fuerzas con la lucha, cada vez más activa, de las organizaciones de trabajadores y, al mismo tiempo, abogaba por limitar el uso de la violencia y subordinarla a la lucha política. Los más nacionalistas y militaristas se escindieron y se agruparon en la llamada etav Asamblea. Los primeros se hicieron llamar etavi, que mantuvieron la sigla por poco tiempo. Muchos de ellos se integraron en organizaciones de izquierda radical que rechazaban el uso de la violencia.

En diciembre de 1970 comenzó el llamado proceso de Burgos, un juicio ante un consejo militar, celebrado en la citada ciudad, contra dieciséis militantes de eta. El juicio hizo aumentar, según una opinión ampliamente compartida, el apoyo que dicha organización tenía en amplios sectores, sobre todo juveniles, de la sociedad, principalmente en las provincias de Gipuzkoa y Bizkaia. Hubo numerosas manifestaciones y huelgas en protesta por el juicio; también encierros en Madrid y en la abadía de Montserrat, paros laborales, manifestaciones, etc. El régimen franquista respondió con una dura represión policial, practicando detenciones y torturas en comisaría. La policía hizo uso de las armas. Un manifestante, Roberto Pérez Jáuregui, resultó herido de bala y murió poco después. El Gobierno declaró el estado de excepción en Gipuzkoa y poco después lo extendió a toda España.

Las personas procesadas fueron defendidas por un nutrido grupo de abogados. Algunos de ellos serían, años más tarde, políticos destacados en la democracia, como Gregorio Peces-Barba, uno de los padres de la Constitución en representación del psoe; o Juan Mari Bandrés, senador y luego diputado por Euskadiko Ezkerra. El secuestro del cónsul alemán Bëihl por parte de eta, condicionando su libertad a la suerte de los procesados, produjo divisiones en el seno de la organización y la condena del secuestro por parte de los enjuiciados. Las peticiones a la dictadura desde el extranjero para evitar las condenas de muerte fueron numerosas y significativas, incluyendo las formuladas por la Iglesia católica. Finalmente, se dictaron nueve condenas de muerte. La presión interna e internacional sobre el régimen de Franco se incrementó, y el Gobierno conmutó las penas de muerte por otras de prisión. Entre los condenados a muerte se encontraban Mario Onaindia y Eduardo (Teo) Uriarte, que más adelante se convertirían en destacados activistas en contra del terrorismo de eta.

Regi vivió intensamente todos esos acontecimientos, que le reafirmaron en la idea de luchar contra el régimen franquista por medios pacíficos, mediante la lucha popular y la acción de la clase obrera. El compañero Luis, al que Regi tenía en alta estima, daba mucha importancia al plano internacional, y opinaba que, si las potencias occidentales, sobre todo Estados Unidos, presionaban a Franco el régimen caería, pero era muy escéptico ante esa posibilidad. En el contexto de la guerra fría, el objetivo de eeuu era, según ese camarada, derrotar al comunismo, lo que implicaba no solo vencer a la urss, sino también impedir que los partidos comunistas de los países occidentales ocupasen poder institucional y se convirtieran en caballos de Troya de aquel, aunque para ello los eeuu tuviesen que mantener como aliadas a las dictaduras de España, Portugal y Grecia. En opinión del veterano militante de emk, el combate contra el comunismo y el mantenimiento de las bases militares en España serían, por encima de todo, objetivos prioritarios para los estadounidenses.

Tras la marcha de Armando a México, Regi se sintió desolado. Se había encariñado mucho con su amigo. No le llamó, sin embargo, amor ni enamoramiento a lo que sentía. Esas palabras no tenían sitio en su cabeza. Le pesaba mucho el rechazo social absoluto y la represión legal de la homosexualidad; de haber podido elegir, hubiese optado sin duda por que le gustasen las mujeres.

Las relaciones pasionales entre dos hombres o dos mujeres estaban prohibidas, y no trascendían del ámbito de las personas implicadas en esas relaciones; no se socializaban, ni siquiera en los círculos más próximos, salvo raras excepciones. El matrimonio entre un hombre y una mujer constituía el pilar fundamental del orden social, y así había sido durante siglos. La unión conyugal entre personas de diferente sexo, los príncipes azules y las princesas rosas, las familias de padre y madre con hijos y nietos, etc. formaban parte de un paquete compacto de valores sociales, incrustados en el imaginario popular, omnipresentes en la vida cotidiana, que los niños y niñas aprehendían y aprendían desde que empezaban a balbucear sus primeras palabras. Las personas de orientación homosexual también cargaban con ese paquete, y sus marcos mentales se construían de conformidad con él. Solo les cabía vivir de manera clandestina su sexualidad, en mundos paralelos, cumpliendo a ojos de la sociedad los cánones establecidos. Quien permanecía soltero y no reprimía o escondía los signos que escapasen de los parámetros de la masculinidad o la feminidad era estigmatizado. Había también homosexuales que se mostraban ferozmente homófobos, bien porque combatían su propia naturaleza sexo-afectiva o bien porque creyesen que así protegían el lado oculto de sus vidas.

Regi podía disimular perfectamente su orientación homosexual, y vivir camuflado bajo la apariencia de hombre normal. Su físico y su voz ayudaban a ello. Había adquirido la convicción de que estaba protegido ante la homofobia por su apariencia, siempre y cuando mantuviera en secreto sus prácticas sexuales, y no tenía miedo a ser descubierto. Su seguridad, sin embargo, quebró cuando el tío de Armando le llamó maricón por teléfono. Se sintió insultado y humillado, y, lo que era peor, con una gran brecha en su umbral de protección. Lo ocurrido le había afectado mucho, y temía ser señalado. Decidió dejarse bigote. Era velludo y pronto le salió un gran mostacho, ancho y negro como un tizón, que a partir de entonces se convirtió en un rasgo característico suyo.

El invierno estaba resultando duro. Se propuso hacer algo nuevo que le distrajese, que le hiciera olvidar en la medida de lo posible el final abrupto de su relación con Armando. Le entró el miedo de que los padres o el tío de su amigo dieran con su paradero y hablasen con sus padres, o peor aún, que lo denunciasen ante la policía. Lo primero no le quitaba el sueño –en ese caso, contaría seguramente con el apoyo de su madre–. Lo segundo le preocupaba mucho, porque por la ley de peligrosidad social lo podían detener o incluso encarcelar. Más miedo le daba, de todos modos, que lo detuviesen por su militancia política. Sabía que la policía torturaba con frecuencia a los detenidos, aunque ese asunto era tabú en la organización. Las veces que había sacado el tema en las reuniones, el jefe del grupo cortó en seco la conversación y volvió a recordarles que, en caso de ser detenidos, no debían facilitar ningún dato, y que tenían que ganar tiempo para permitir huir a aquellos militantes que podían verse en peligro.

A la madre de Regi le gustaba mucho el teatro. Una profesora suya promovió en la escuela la creación de un grupo de teatro, y Puri disfrutó mucho, siendo niña, de los ensayos y representaciones que hacían. Ahora solía ir siempre que podía a alguna representación; en ocasiones lo había hecho en compañía de su hijo, al que inculcó el amor por la comedia.

Llegó a oídos de Regi la noticia de que se había formado una pequeña compañía teatral de aficionados, y se presentó un buen día en los locales donde ensayaban. El grupo lo dirigía una mujer francesa, casada con un donostiarra, que había trabajado como actriz en Francia. Dejó la interpretación cuando se casó, pero al cabo del tiempo le pudo su amor por el teatro y fundó el grupo. Lo formaban seis personas, todas ellas de mediana edad: cuatro mujeres y dos hombres, maridos estos de dos de ellas. A la compañía le habían puesto el nombre de Zugarramurdi, porque la directora, Edith, se sentía fascinada por la historia de las brujas, y del famoso enjuiciamiento y muerte por parte de la Inquisición de varias mujeres de dicha localidad navarra acusadas de brujería. Quería hacer una representación de ello, aunque le advirtieron de que la censura franquista no lo permitiría.

–En ese caso la interpretaríamos en Bayona o en Pau –dijo–. Tengo contactos.

Regi se sintió muy bien acogido por el grupo. Solía estar deseando que llegase el jueves, día de los ensayos. Era el benjamín de la pequeña compañía y todos lo trataban con mucho cariño.

Al poco de emprender su nueva actividad, llegó al grupo una chica muy joven. Era sobrina de una de las integrantes de la compañía.

–Hola. Me llamo Amaia. Sé que entre las mujeres de Zugarramurdi que fueron condenadas había chicas muy jóvenes. Me ofrezco a representar uno de esos papeles –dijo, muy resuelta y segura de sí misma, el día que se presentó.

Amaia captaba la atención enseguida. Por su carácter, desde luego. Y también por su belleza. Lucía una larga cabellera negra que enmarcaba sus grandes ojos verdes. Era guapa, de tez muy blanca, y poseía una sonrisa fácil y natural que le facilitaba un enganche rápido con su interlocutor, al que atrapaba con su mirada directa llena de energía. A Regi le cayó mal al principio, porque lo destronó. Todas las atenciones de la compañía fueron para la recién llegada, y él quedó relegado a un segundo plano. Amaia se dio cuenta rápidamente de la situación. Regi le parecía un chico majo, aunque no fuese muy hablador. Le atraía su mirada expresiva y transparente, a través de la cual percibía, más allá de su apariencia de persona desconfiada y huraña, a un ser un tanto desvalido con una personalidad seguramente muy interesante. Tuvo que esforzarse para entablar una relación mínima con él. El muro que Regi había alzado ante la recién llegada cayó definitivamente cuando a la hora de decidir el reparto de papeles de la obra La Inquisición diabólica contra las brujas de Zugarramurdi que iban a empezar a ensayar, Amaia propuso que uno de los papeles protagonistas, el de Aker, fuese interpretado por Regi.

Amaia y Regi empezaron a quedar. Inicialmente, tras los ensayos de los jueves se despedían del grupo y daban un paseo. La conversación era fluida entre ambos. Les interesaba mucho la situación política y la lucha contra la dictadura. Regi no le dijo que militaba en emk. Cuando tenía reunión del partido o tenía que llevar a cabo alguna acción (lanzamiento de panfletos, pegadas de carteles, captación de nuevos militantes, jornadas de formación, etc.), le ponía la excusa de que tenía que hacer horas extra en el trabajo. Tenían a veces discusiones acaloradas porque Amaia veía con buenos ojos a eta, y pensaba que era inevitable emplear la violencia contra la dictadura, mientras que Regi lo rechazaba y defendía la lucha política y obrera, y lo que llamaba «movilización de masas», como únicos medios legítimos para derribar el régimen. Amaia argüía que la violencia fue necesaria en las revoluciones francesa, rusa o cubana, en la descolonización de Argelia, o en la guerra de Vietnam contra el imperialismo yanqui, a lo que Regi respondía que no todos los supuestos eran iguales y que a la dictadura franquista se la podía combatir eficazmente por vías no violentas. En cualquier caso, la violencia le producía repulsión en cualquiera de sus manifestaciones, y decía que recurrir a ella siempre traía consigo la muerte de personas que no habían tenido ninguna responsabilidad en las situaciones que se combatían.

–La violencia no se puede controlar –afirmaba vehementemente–. Una vez que la usas se abre la caja de los demonios y ya no hay quien la pare. ¿Dónde pones el límite entre la violencia aceptable y la inaceptable?

Un compañero de partido le habló de Antonio Gramsci, y su pensamiento le cautivó, sobre todo lo referente a la importancia de alcanzar la hegemonía cultural o de las ideas como vía para combatir la dominación capitalista sobre el proletariado y llegar a la sociedad socialista sin clases. Asumir las ideas de Gramsci le alejó de las posiciones maoístas de su partido y empezó a mirar con simpatía al pce.

Había otro asunto de fricción política entre Regi y Amaia: la llamada cuestión nacional vasca. Él defendía, en sintonía con los postulados de su organización, el derecho de autodeterminación para que el País Vasco, en el que se incluía a Álava, Gipuzkoa, Navarra y Bizkaia, decidiese mediante referéndum entre seguir formando parte de España, del modo que eligiese, y constituir un Estado independiente. Amaia, sin embargo, afirmaba que la independencia de Euskadi era un derecho inalienable que no podía ser sometido a consulta, porque la independencia no se negociaba. Tildaba de españolista a su amigo, pero lo hacía rogándole que no se enfadase, y golpeando suavemente su brazo como muestra de cariño. Regi zanjaba las discusiones concluyendo que los dos tenían razón «al 50%» y que nunca se enfadaría con ella. De vez en cuando le daba libros sobre pensamiento político. Amaia se preguntaba cómo habría obtenido Regi referencia de esos libros, pero nunca se lo planteó porque algo le decía por dentro que era mejor no hacerle preguntas a ese respecto.

Hablaban también de teatro y de cine, que les apasionaba. Empezaron a ir a las proyecciones de películas seguidas de tertulia que organizaba el cineclub Kresala. Los libros que leían, y la literatura en general, eran asimismo materia de conversación. Coincidían en sus novelas preferidas: Cien años de soledad, Tiempo de silencio y Pantaleón y las visitadoras. Amaia, que hablaba bien en euskera, añadió a la lista Goiko kale y Egunero hasten delako; le hacía resúmenes a su amigo de la literatura que leía en su lengua materna. Descubrieron juntos la poesía, y leían en voz alta poemas de Gabriel Celaya o Blas de Otero, entre otros; ella se sintió fascinada por la poesía en euskera de Gabriel Aresti.

Amaia había sacado muy buenas notas durante el bachillerato. Le interesaba mucho la economía y el mundo de la empresa. Su padre abrió una tienda de muebles, y de vez en cuando le echaba una mano porque había que trabajar duro para sacar el negocio adelante. Estaba muy segura de querer ir a la universidad. Su primera opción fue La Comercial, la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Deusto de Bilbao. Como suponía que el coste sería alto, pensó como segunda opción en la Facultad de Económicas de Sarriko, de la Universidad de Bilbao. Pero sus padres le dijeron que no a cursar una carrera universitaria, que tenía que trabajar en la tienda y llevar las cuentas, y que para ello haría un curso de contabilidad. Amaia era la mayor de cuatro hermanos y argumentó ante sus padres que a alguno de sus hermanos le interesaría probablemente trabajar en el establecimiento. Pero su padre se mostró inflexible. La halagó diciéndole que era inteligente y muy capaz, para acto seguido no darle otra opción que la de trabajar en el negocio familiar.

–Además, la universidad es para los hombres –concluyó.

Regi y Amaia no tenían mucho tiempo para compartir; salían tarde de sus respectivos trabajos, del taller de reparación de máquinas de coser el uno y de la tienda de muebles la otra. El jueves tenían teatro. Amaia iba al curso de contabilidad el resto de los días. Regi tenía reuniones del partido y, de tarde en tarde, acudía al paseo de la República Argentina, a los voladizos de la Concha o a los urinarios de la estación del Norte a buscar un desahogo sexual. A Amaia le ocultaba las dos cosas, que las cubría con el pretexto de sobrecargas de trabajo en el taller. Los domingos, por la mañana o por la tarde, se daban habitualmente cita y quedaban en casa de uno de ellos, paseaban o iban al cine. Los progenitores de ambos daban por hecho que eran novios, pero no preguntaban para no interferir en el curso de la relación. La madre de Amaia se mordía la lengua y decidió no esperar más, después de un mes, para tener una conversación seria son su hija. Los días que salían a dar una vuelta, Regi solía acompañar a Amaia a casa al término del paseo. Se despedía de ella en el portal, pero en ocasiones continuaban hablando allí, sin querer poner fin a la conversación.

Un jueves en el que habían tenido un ensayo intenso de una obra a punto de estrenar, estando en el portal, Amaia se dejó llevar por el deseo de besar a Regi. Este no se resistió; por el contrario, agarró a Amaia por la cintura y unió su boca a la de ella.

El domingo siguiente Amaia estaba contenta y a la vez nerviosa. El impulso de besarle había hecho aflorar un sentimiento del que no era del todo consciente, y le estuvo dando muchas vueltas a la cabeza. Sentía que se estaba enamorando de Regi. Estaba casi segura de que él tenía los mismos sentimientos, aunque le extrañó que no la hubiese llamado después del beso.

–¿Qué tal estás? –le preguntó Amaia cuando se encontraron.

–Bien, ¿y tú? He tenido mucho trabajo estos días y no he podido llamarte.

Amaia le sonaron a excusa esas palabras y le pareció que Regi estaba raro. Obvió la cuestión del beso e introdujo como tema de conversación el discurso del presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, quien había anunciado un plan para ampliar la participación política de los españoles. Los dos coincidían en valorar negativamente la declaración del presidente, y se mostraban muy escépticos ante la acción de su Gobierno, que se adscribía al sector más duro del régimen.

Cuando acabó la tarde y llegaron al portal, Amaia estaba deseando besarle, pero esperó a que él diera el primer paso. Regi tardó unos minutos en hacerlo. Ella no sabía cómo eran los besos de enamorado porque nunca se había besado y no tenía con qué comparar, pero le pareció que a aquel beso le faltaba ardor.

Esa semana volvió a parecerle extraño que Regi no pudiera quedar hasta el jueves. Ella quería estar con él todos los días, pero no insistió y aguardó impaciente la llegada del día del ensayo. Le alegró ver a su amigo jubiloso y más aún que le propusiera un plan para el domingo: dispondría del coche de su padre y podían ir a Getaria, que ninguno de los dos conocía.

La excursión no pudo discurrir mejor desde el primer momento. El pueblo les encantó y no pararon de reír. Se cogieron de la mano en varias ocasiones y hubo miradas de arrobo.

Al regreso, Regi paró el coche a la entrada de San Sebastián y, dirigiendo una mirada directa a Amaia, le dijo que la quería besar como en las películas. Tras hacer una larga pausa, añadió que tenía ganas de hacer el amor con ella. Le propuso ir a un aparcamiento cercano y discreto. Amaia se quedó sin habla y empezó a latirle con fuerza el corazón; tras unos segundos muy densos, respondió que sí. Cuando llegaron al lugar, se pasaron a los asientos de atrás y se besaron una y otra vez. Regi le desabrochó la camisa y comenzó a acariciarle los pechos, primero con suavidad y luego más intensamente, mientras la besaba sin parar. Hizo una breve pausa para bajarse los pantalones, sin pronunciar palabra alguna y mirando sonriente a Amaia, que permanecía sentada. Esta observó con detenimiento cómo se desnudaba su amigo y se desprendió de la poca ropa que le quedaba. Al quedarse los dos completamente desnudos, Regi le pidió a Amaia que se tumbase boca arriba y él se puso de rodillas en el espacio que quedaba entre los asientos delanteros y traseros. La besó en la frente, luego en la boca y en el cuello, suavemente, rozando sus labios, y a continuación empezó a lamer sus senos. Amaia estaba disfrutando mucho, superada la tensión inicial. Cerró los ojos y dejó que la excitación fluyera por su cuerpo. Se percató de que, mientras le chupaba los pezones, Regi se estaba masturbando. Eso le extrañó, pero no le dio tiempo para pensar qué estaba ocurriendo, porque de pronto notó que su amigo se apartó y dejó de sentir su boca. Abrió los ojos y lo vio postrado, con la cabeza metida entre sus brazos. Se hizo un silencio espeso. Ella no sabía qué decir y él no se movía. Al rato, Amaia escuchó un sollozo casi imperceptible.

–¿Regi?

Silencio.

–Regi, ¿qué pasa?

El llanto de él se hizo intenso y su cuerpo grande empezó a agitarse.

–Lo siento, lo siento mucho, Amaia –dijo al fin–. No puedo, no puedo seguir. Me… me gustan… me gustan los hombres.

Amaia se quedó muda e inmóvil. Se vistió como pudo y salió del coche. Estuvo dando vueltas, cabizbaja, a su alrededor, hasta que Regi abandonó el vehículo y quiso hablar con ella, con los ojos enrojecidos. Amaia le respondió que no estaba en condiciones de tener una conversación y le pidió que la llevase a casa, que ya hablarían otro día. Durante el trayecto no se dijeron una sola palabra. Cuando llegaron al destino, Amaia salió del coche rápidamente, sin mirar a Regi, y dio un sonoro portazo.

Regi telefoneó a Amaia al día siguiente. Le atendió la madre de esta, Conchi, que le dijo que su hija se encontraba indispuesta en la cama y que no podía hablar, que ya le daría el recado que fuese.

Amaia se encerró en casa y desapareció del mundo. Dejó de ir a los ensayos de teatro y no respondía a las llamadas de teléfono, ni a las de Regi ni a ninguna otra. Era Conchi quien cogía el teléfono y repetía, como una cantinela, que Amaia estaba indispuesta, sin dar más explicaciones.

Conchi fue maestra de joven, pero luego perdió su trabajo. Nunca aclaró las circunstancias de esa pérdida. Amaia sospechaba, por algún comentario que una vez le escuchó, que discutió por razones políticas con el director, y que eso motivó la decisión de su despido por parte del ministerio. Era una señora de mucho carácter, de rompe y rasga, igual que su hija.

Amaia le contó lo ocurrido a su madre. Sabía que era una persona de mente abierta y que podía confiar en ella. Acertó. Conchi había conocido a hombres homosexuales y comprendía lo que le podía estar ocurriendo a Regi. Le aconsejó a su hija descansar y hacer una vida tranquila durante un tiempo, y también que hiciese el esfuerzo de no odiar a su amigo. Le dijo que seguramente ese chico no había mentido ni intentado engañarla conscientemente, a sabiendas de lo que pasaba en sus adentros, y que la sexualidad y los sentimientos eran cosas muy complejas.

–Hay personas cuyo deseo sexual no tiene sexo –afirmó Conchi en el transcurso de una de las conversaciones, para sostener que a veces no había fronteras claras entre desear a un hombre o a una mujer.

Amaia no estaba de acuerdo con esa idea, pero se abrió a reflexionar sobre esta otra, expresada también por su madre:

–Es posible que Regi sintiera algo especial por ti, incluso en el plano sexual.

Conchi tenía muy claro, en todo caso, que había que eliminar del corazón y la mente de su hija toda esperanza de un posible noviazgo con Regi. A este le gustaban los hombres, principalmente o de forma exclusiva. «Esa es la única duda», pensaba, y eso hacía imposible una relación de pareja de Amaia con él, en su opinión. Tenía que preservar el bienestar y el futuro de su hija, y eso pasaba por que se le cerrasen bien las heridas del corazón. Decidió que estaría indispuesta todo el tiempo que hiciera falta.

Amaia siguió a rajatabla los consejos de su madre y no se opuso a que la colmase de mimos y atenciones, porque se sentía muy mal, y lo necesitaba. También aceptó sus recomendaciones de lecturas. Tenía mucho tiempo disponible, y se interesó por libros que hablaban de la emancipación y la igualdad de las mujeres. Leyó El segundo sexo de Simone de Beauvoir, que le entusiasmó, y se prometió defender sus derechos y los de las mujeres en su conjunto. Llegó al convencimiento de que quería ser libre y no toleraría que los hombres, por el mero hecho de serlo, se situasen por encima de las mujeres y tuviesen mejores oportunidades en sus vidas.

Se preocupó, asimismo, por conocer mejor su sexualidad y se dio cuenta de que la tenía muy intensa y fogosa. Leyó y habló mucho sobre ello con su madre, y llegó a la conclusión de que no estaba bien visto que las mujeres manifestasen sentir deseo sexual, y que estaba peor visto aún que verbalizasen querer satisfacerlo. Debía ponerse límites y ser inteligente a la hora de elegir a sus parejas sexuales para evitar que le colgasen el sambenito de puta. Descubrió la importancia del clítoris y el placer sexual que ese órgano proporcionaba.

Se sabía guapa porque así se veía y porque se lo habían dicho repetidamente en casa y en el colegio. Pero eso no bastaba y se propuso aprender a manejarse bien en el arte de la seducción. Le interesó el punto de vista de una sexóloga según el cual los hombres utilizaban en las artes de la seducción códigos muy sencillos y entendibles sin dificultad. Opinaba que, por ello, se podía ligar fácilmente con un hombre siempre y cuando consiguieras hacerle creer que era él quien conquistaba a la mujer. Más difícil era, en opinión de la sexóloga, encontrar a hombres que tuviesen en una relación sexual la predisposición de hacer que la mujer disfrutase al máximo, y, si la tenían, que supiesen cómo conseguirlo.

Amaia agradecería toda su vida ese alto en el camino que hizo cuando tenía 19 años recién cumplidos. Del retiro de un mes largo, en el que no tuvo relación alguna fuera del ámbito familiar, salió, según su madre, con una madurez y una personalidad muy desarrolladas para una chica tan joven.

En relación con Regi, decidió, con el visto bueno de Conchi, esforzarse para que fuesen amigos. Estaba segura de que los sentimientos y las pulsiones concernientes al enamoramiento y la sexualidad para con él habían desaparecido. Regi se había convertido en una persona importante en su vida, se entendía bien con él, lo apreciaba, y, por todo ello, merecía la pena intentar la amistad con él.

–Dios mío,