La tarotista de Versalles - Anya Bergman - E-Book

La tarotista de Versalles E-Book

Anya Bergman

0,0

Beschreibung

De la autora bestseller de Las brujas de VardØ. Son los primeros días de la Revolución Francesa y en las calles de París reina el terror. Adelaide Lenormand es una joven que se ha hecho famosa porque puede comunicarse con los muertos y ver el futuro con sus cartas de tarot. Tanto revolucionarios como aristócratas acuden a ella para conocer su fortuna. Leal a María Antonieta, Lenormand ha visto el trágico destino de la reina en las cartas, y debe asegurarse de que no se convierta también en el suyo. Un día, Lenormand conoce a Cait, una sirvienta irlandesa que ha llegado a París por amor y con el sueño de luchar por la independencia de Irlanda. Cait posee un don distinto: puede leer el pasado de las personas. Una ve el futuro, la otra el pasado.  Las dos jóvenes, atraídas por sus extraños dones, comparten una conexión intensa y peligrosa. Pero Cait esconde un secreto. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar para llevar la revolución a las costas de Irlanda? Quizás el destino ya estaba escrito, pero nada les impidió ser parte de la historia y su tragedia.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 648

Veröffentlichungsjahr: 2026

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Título original: The Tarot Reader of Versailles

Edición original: En Reino Unido por Manilla Press, un sello de Bonnier Books UK Limited.

© 2025 Anya Bergman

© 2025 Manilla Press, un sello de Bonnier Books UK Limited

© Garry Walton por los mapas basados en los dibujos originales de Anya Bergman

© 2026 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2026 Vidis Histórica

www.vidishistorica.com

España · México · Argentina

ISBN: 978-84-19767-78-3

Para mi tía Joyce, con todo mi corazón

El altar de la libertad tambalearási está cimentado solo en sangre.—Daniel O’Connell, el Gran Libertador (1775-1847).

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Mapa

Dedicatoria

Cita

PRIMERA PARTE

27 de germіnal del año VI (16 de abril de 1798)

DIARIO DE MI VIDA DURANTE LA REVOLUCIÓN FRANCESA CAITLIN MOLLOY

EL LOCO

DESAFÍO A SIR WILLIAM

EL MAGO

COMIENZA MI VIAJE

LA PAPISA

LA EMPERATRIZ

EL EMPERADOR

LLEGO A PARÍS

EL PAPA

SEGUNDA PARTE

26 de termidor del año VI (13 de agosto de 1798)

ME CONVIERTO EN UNA TAROTISTA EN PAríS

LAS DOS CARAS DE HATHOR

LOS ENAMORADOS

VISITO VERSALLES

EL CARRO

LA CAÍDA DE LA BASTILLA

LA JUSTICIA

SOY LA SIBILA IRLANDESA

LAS MUJERES MARCHAN A VERSALLES

EL ERMITAÑO

ROMPO MI SILENCIO

LA ESTRELLA DE NUT

LA TRAICIÓN DEL REY

TERCERA PARTE

5 de fructidor del año VI (22 de agosto de 1798)

LA CAÍDA DE LA MONARQUÍA

LA RUEDA DE LA FORTUNA

LA TOMA DE LAS TULLERÍAS

LA FUERZA

SOY UNA ESPÍA PATRIOTA

EL COLGADO

ME JUNTO CON LAS MUJERES REVOLUCIONARIAS

LA MUERTE

SOY TESTIGO DE LAS MASACRES DE SEPTIEMBRE

LA TEMPLANZA

LA CAZA DE NEITH

NACE LA REPÚBLICA FRANCESA

CUARTA PARTE

15 de fructidor del año VI (1 de septiembre de 1798)

EL REY ES EJECUTADO

EL FUNERAL DE MARAT

EL JUICIO DE CHARLOTTE CORDAY

EL DIABLO

PARTICIPO EN UNA CONSPIRACIÓN

LA CASA DE DIOS

NACE UNA SEGUNDA CONSPIRACIÓN

EJECUCIÓN DE LA REINA DE FRANCIA

REY DE COPAS

VISITO VERSALLES DE NUEVO

LA ESTRELLA

LA OSCURIDAD DE NEFTIS

QUINTA PARTE

16 de fructidor del año VI (2 de septiembre de 1798)

LA LUNA

ASISTO AL FESTIVAL DEL SER SUPREMO

INTENTAMOS EL RESCATE

EL SOL

VUELVO A CASA

LLEGO A ROUGHTY HOUSE

SEXTA PARTE

EL JUICIO

EL CÍRCULO SE HA COMPLETADO

EL MUNDO

LA SOBERANÍA DE ISIS

Nota de la autora

Tu guía del tarot

Novelas históricas en Vidis

Anya Bergman

Manifiesto Vidis

PARÍS, 1789-1794

PRIMERA PARTE

LOS DENARIOS

Procúrate el sustento

27 de germіnal del año VI (16 de abril de 1798)

París

Noche sin luna y sin estrellas en la ciudad de París. Los postigos están cerrados y la jornada en la librería ha terminado, pero Lenormand permanece allí, esperando. Desde su posición en lo alto de la escalera, al nivel de los estantes de libros más altos, contempla el cielo oscuro a través de la pequeña ventana circular sobre la puerta principal. Su espalda descansa contra volúmenes cubiertos de polvo mientras sorbe vino de color rubí de una copa de cristal y oye menguar el bullicio en la rue de Tournon. Llegarán en cualquier momento.

Pero esta noche es diferente. Hay luna nueva y fuera está tan oscuro como la muerte; este es el momento en que se siente más poderosa. Así como un granjero perspicaz puede percibir un cambio en el clima, Lenormand presiente que algo está a punto de suceder: lo nota en el cuerpo, como una vibración bajo la piel, un zumbido en el corazón, que le recuerdan los primeros días de la revolución, cuando la vida era un polvorín.

Termina la copa de vino, la deja en un estante para que Giselle la recoja más tarde y baja la escalera para comenzar los preparativos.

En el apartamento situado encima de la librería, Giselle levanta un vestido de gala por sobre el vestido blanco de muselina de Lenormand. Es de color azul noche y tiene una imagen de Sejmet, la leona egipcia que escupe fuego, bordada en la pechera. La falda está decorada con soles dorados de Hathor y lunas plateadas de Isis. Una vez vestida, y después de que Giselle le haya recogido los rizos oscuros en un moño trenzado, Lenormand se coloca el turbante en la cabeza. Es una creación espectacular de crepé fucsia y plumas negras. Es su corona, pues durante la hora de la lectura, Lenormand reina y hombres y mujeres están sujetos a sus predicciones y profecías. Este ritual le permite adentrarse en su yo nigromante, lejos de la niña huérfana de Normandía y lejos de la opresión de sus días de convento. Vuelve a bajar la escalera de caracol a la librería, mientras Giselle le pisa los talones. Chasquea los dedos y, al instante, el cuervo ceniciento desciende en picado desde el estante más alto y describe círculos sobre ella.

Giselle suelta un pequeño chillido y retrocede.

—Mademoiselle, este pájaro salvaje debería estar en el bosque. Ojalá me hiciera caso y lo soltara.

—No digas tonterías, Giselle. Es útil para mantener a los ratones alejados de los libros; una tarea importante, ya que un ratón sería capaz de roer mi preciado Libro de Thot en una noche.

Lenormand no añade que ahora no puede dejar ir al cuervo, porque la criatura también ha sido abandonada y está lejos de su hogar. Su dueña original, mademoiselle de Luna, lo dejó a su suerte, y Lenormand se niega a castigar al cuervo por eso. Además, es un buen compañero. A Lenormand le gusta sentarse en silencio y observar su mirada cómplice. En ocasiones, se queda reflexionando durante horas sobre lo incognoscible, un privilegio del que su condición de adivina le permite gozar.

Ahora chasquea la lengua y el cuervo ceniciento se posa en su hombro; las garras se clavan en la piel debajo del vestido. A pesar de la ligera sensación de dolor, le recuerda lo que es sentir. El cuervo bate las alas y Lenormand percibe inquietud en ese movimiento.

—Ah, tú también sientes el cambio —susurra mientras desliza suavemente los estantes que ocultan la puerta escondida de su salón.

El cuervo ceniciento se eleva y vuela delante de ella hasta aterrizar en una percha detrás de la silla de Lenormand mientras Giselle aguarda a los primeros clientes en la parte delantera de la librería.

Lo que hace Lenormand es ilegal, de ahí el ardid, aunque todo el mundo sabe que lo que ocurre detrás de la puerta del número cinco de la rue de Tournon no se reduce a la venta de libros. El secretismo está hecho para los clientes, los ricos y poderosos que desean permanecer en el anonimato. Lenormand se pregunta si la policía volverá a allanar su negocio. Ocurre cada dos o tres meses y, a veces, la arrojan a una celda por un par de días, hasta que la noticia llega a oídos de la gente adecuada y la sueltan. Su lista de clientes privilegiados la mantiene en libertad, pues ¿quién se arriesgaría a que los secretos que han compartido con ella en una sesión privada quedaran expuestos? Lenormand se considera por encima de la ley, aunque la violencia desenfrenada acecha en cada esquina de la ciudad de París.

El salón es pequeño y está abarrotado de todo lo que cabría esperar de la guarida de una sibila. La habitación está cubierta de armarios llenos de tomos cabalísticos ajados —regalos de su maestro Etteilla— además de otras curiosidades: el fósil blanqueado de una serpiente antigua, el cráneo de una oveja con cuernos rizados, un erizo de mar gigante con pinchos rosados y montones de cristales de todas las formas, colores y tamaños. En el centro de la estancia, una caja de madera grande con incrustaciones de nácar descansa sobre una mesa redonda cubierta con un terciopelo color esmeralda. Esta caja alberga sus dos mazos de cartas preciados: uno, con los diseños de Etteilla; el otro, una baraja del tarot de Marsella.

Lenormand enciende las velas que rodean el recinto mientras el fuego crepita en la rejilla. El humo llena la habitación y sus ojos están alertas. Se sirve otra copa de vino de la jarra mientras oye el tintineo de la campana de la tienda y las voces más allá. Los hombres suelen venir de dos en dos o en grupo, incluso los soldados. Eso les infunde valor.

Cuando Giselle los hace pasar al salón, Lenormand los reconoce; son dos caballeros que la visitaron hace dos años: Humbert, general del ejército francés, y su amigo irlandés, a quien primero le presentaron como Schmidt pero que en realidad se llama Wolfe Tone. Ambos son belicistas y gustan de vanagloriarse. Es fácil sacarle dinero a esta clase de hombres; Lenormand extiende las palmas de sus manos y ellos las llenan de monedas. Ella deja caer el botín en una bolsa que lleva atada a la cintura y les clava una mirada visionaria.

—Buenas noches, caballeros —dice.

Ah, ya tienen miedo. Ambos desvían la mirada hacia el cuervo ceniciento en la percha. Estos hombres poderosos que luchan con espadas y músculos en el campo de batalla tiemblan y empalidecen como lirios en su salón. El destino es el enemigo invisible que nunca podrán vencer. Y ¿por qué develarles que el destino puede torcerse y revertirse? ¿Por qué revelar sus conocimientos con tanta facilidad?

—Se ha hecho realidad —declaró el irlandés, Wolfe Tone, en francés pero con un acento marcado—. Quince mil soldados en la bahía de Bantry y no desembarcamos. Podríamos haber vencido a nuestros opresores británicos; estoy seguro. Pero no, nos quedamos meciéndonos en el mar y viendo cómo se esfumaba nuestra oportunidad. —Se retuerce las manos—. Y todo porque los franceses son malos marineros.

—Vamos, amigo mío —interviene Humbert—. Fueron las tormentas las que impidieron nuestro desembarco. ¿Acaso no recuerdas que las olas nos hicieron retroceder?

—Estábamos muy cerca —se lamenta Wolfe Tone, con la voz rota.

Humbert apoya una mano en el hombro de su amigo a modo de consuelo.

—Mademoiselle Lenormand —continúa Wolfe Tone, con los nudillos blancos mientras se agarra al respaldo de la silla que tiene delante—, usted predijo el fracaso de la invasión a Irlanda hace dieciocho meses y de nuestra intentona desde la República Bátava el año pasado, pero no hicimos caso de sus consejos.

Lenormand se regodea para sus adentros; la han tildado muchas veces de mentirosa cuando a quienes vienen a verla no les gusta oír la verdad.

—Estamos aquí esta noche para que nos lea las cartas y prediga el futuro —precisa Humbert—. Los planes están en marcha y queremos saber el resultado.

Una vez más, Lenormand siente un malestar en el estómago y se le seca la boca. Toma un sorbo de vino con expresión serena y hace un gesto para que los hombres se sienten a la mesa.

—Primero deben decirme cuáles son su animal y su color favoritos —comienza.

Humbert le sonríe.

—¿Lo ha olvidado, mademoiselle? Mi animal es el león y mi color preferido es el dorado como los hilos de su vestido.

Ella guarda silencio, pues se niega a reaccionar al coqueteo, y se vuelve hacia Wolfe Tone en busca de su respuesta.

—No son los mismos de la última vez, aunque no sé qué importancia puede tener —contesta él, con tono irritado—. El caballo y el rojo.

Preguntar al consultante por un animal y un color es una técnica que le enseñó el Gran Etteilla; es una forma rápida de deducir el carácter de un cliente, aunque, por supuesto, Lenormand no se lo explica al impaciente Wolfe Tone, que, hecho un manojo de nervios, parece un semental ansioso.

En vez de eso, abre despacio la caja con nácar que tiene sobre la mesa y saca el mazo de las barajas de Etteilla envuelto en seda. Deja que la seda azul suave se deslice sobre el terciopelo del mantel y comienza a barajar. Cuando sus dedos perciben la textura y el peso familiares de las cartas, el corazón se le tranquiliza. Algunas noches, recurre a su propia intuición, con la guía de Hathor, la deidad egipcia, y de todo lo que aprendió de Etteilla, para leer las cartas; pero otras noches son diferentes. En estas ocasiones, un espíritu se hace presente para aconsejar al consultante. En líneas generales, se trata de un familiar fallecido —por lo general, un padre o una madre—, pero a veces es un amante perdido, atrapado en la añoranza de su amada. Aún más raro, puede tratarse de un niño. Acuden a ella sin que los llamen, pues los espíritus tienen voluntad propia y no se los puede invocar a la fuerza.

Las cortinas susurran, como si la ventana estuviera abierta, pero los postigos del salón están siempre cerrados. El humo de las velas se eleva en volutas hacia el techo y dibuja formas extrañas, como si alguien soplara sobre él mientras asciende en espirales.

Lenormand sigue barajando las cartas al tiempo que el espíritu la acecha con sigilo. ¿Por cuál de estos hombres viene? Ambos lucen un aspecto espléndido con sus uniformes militares. Humbert tiene el cabello grueso, negro y ondulado y los ojos oscuros, mientras que el rostro angosto y la nariz larga de Wolfe Tone realzan el aire distinguido que le conceden el cuello alto, las charreteras trenzadas y el pelo fino recogido en la nuca con una pequeña cinta negra. Ambos son mayores que ella, aunque no por mucho y, sin embargo, se los considera en la flor de la vida, mientras que ella, a sus veinticinco años, es una rareza, soltera y sin hijos. Una criatura anormal que no desea esposo ni descendencia.

El espíritu arroja su sombra sobre el movimiento de las manos y ella puede sentir su presencia tan cerca que se le pone la piel de gallina, aunque los hombres no reparan en ello. Nunca lo hacen, a pesar de que el cuervo ceniciento agita sus alas y suelta un graznido.

Lenormand habla dentro de su mente al espíritu:

“¿Para quién vienes? ¿Para Humbert o Wolfe Tone? ¿Cuál es tu mensaje?”.

Pero, aunque está a su lado, el espíritu permanece en silencio, y ahora puede oler su aroma. Le resulta familiar: la fragancia intensa de las rosas de verano. El corazón le da un vuelco. Alguien a quien conocía usaba esa fragancia. Debe ser un truco; muchos espíritus pueden ser bromistas.

“Preséntate”, añade para sí. “¿Para quién debo leer?”

Los dos hombres esperan sentados a que ella termine de barajar. Wolfe Tone observa las cartas que se deslizan por sus manos como si estuviera hipnotizado mientras que Humbert la mira a los ojos. Su rostro no muestra miedo ni desagrado, algo a lo que ella está acostumbrada, sino curiosidad. Qué interesante, piensa.

El espíritu sigue sin hablarle, pero Lenormand siente una presión en el dorso de la mano y se queda inmóvil. Luego junta las cartas en una pila boca abajo sobre la mesa, corta el mazo y levanta la carta superior para colocarla boca arriba. Es la sota de copas. La carta muestra a un chico de cabello rubio con calzones amarillos que sostiene una copa dorada en una mano y una daga pequeña en la otra.

—¿Esta carta es para mí? —pregunta Humbert, cuyos ojos oscuros brillan.

—Tú no eres rubio, Jean —protesta Wolfe Tone.

—Tú tampoco…

—Silencio —ordena Lenormand, porque oye un sonido en la nuca. El lamento lejano de una mujer.

“¿Para quién vienes?”, vuelve a preguntar. El silencio que se hace en el salón es tan tenso que parece que el aire podría cortarse con un cuchillo.

—¿Qué significa la carta? —interrumpe Wolfe Tone.

—Significa que es un buen augurio —le comenta Humbert a su camarada.

—La sota de copas es una baraja de trabajo duro y diligencia —explica Lenormand—. Suele representar a un joven a punto de convertirse en hombre.

—¡Ah, entonces no es ninguno de los dos! Saque otra, mademoiselle—presiona Humbert.

Lenormand elige la carta siguiente y la apoya sobre la mesa. Es la reina de copas. Una reina vestida de azul con una gran copa dorada, la mirada tierna y el cuerpo inclinado en sumisión gentil.

Humbert frunce el ceño.

—¿Quién es esta reina de copas?

El chico perdido y la reina muerta. Ahora sabe con certeza a quién pertenece la fragancia de rosas. El lamento con acento austríaco aún persiste en su cabeza y la sensación de tragedia ronda a su alrededor. La reina que era madre antes que ninguna otra cosa. La reina acusada de traidora por el pueblo francés. La reina a quien se ha descrito, en el mejor de los casos, como una tonta privilegiada y consentida y, en el peor, como una mujer conspiradora y disoluta que buscaba la destrucción de Francia. No fue ninguna de esas cosas: María Antonieta, antigua clienta de Lenormand. Negada por muchos, pero no por Lenormand. ¿Por qué regresa ahora, casi cinco años después de su muerte, y nunca lo hizo antes?

El espíritu habla por fin: “Saca la carta siguiente”.

Es el seis de espadas, seis espadas con empuñaduras doradas contra un cielo azul. Lenormand imagina un barco cargado de armas cruzando el mar.

—Pronto se embarcarán en un viaje —predice a los hombres—. Cruzarán las aguas con sus espadas de la verdad y la justicia, y arreglarán todo aquello que deba arreglarse.

—¡Una invasión por mar! —exclama Wolfe Tone—. Sí, sí, mi amigo Humbert, esta vez resistiremos y liberaré a Irlanda. Tendremos nuestra independencia.

“Esta carta es para ti, mademoiselle Lenormand.”

Las manos de Lenormand tiemblan mientras bebe un sorbo de vino; siente la mirada brillante y maliciosa del cuervo ceniciento posarse sobre ella como si él también hubiera oído a la reina muerta.

—Hable, sibila —exige Wolfe Tone—. Saque las otras cartas y haga sus predicciones.

“Encuentra a mi hijo y tráelo de vuelta.”

Casi se le cae el mazo de las manos. Lenormand siente un calor extraño en las mejillas. Nunca se altera durante una lectura.

Responde con brutalidad: “Vuestro hijo está muerto. Toda Francia lo sabe”. No puede hacer nada para ayudar a la reina, ya que ella se encuentra detrás del velo sutil. “Idos.”

“Sabes que no es verdad, Adelaide.”

Lenormand sacude la cabeza, porque ¿cómo puede ayudar a Luis Carlos, el hijo de María Antonieta? Vivo o muerto, Francia lo considera perdido para siempre.

Pero la reina vuelve a hablar: “Uno de estos hombres te llevará hasta él”.

Lenormand aprieta las cartas para serenarse. Ahora entiende por qué la reina ha contactado con ella. Siente una nostalgia profunda por ver de nuevo su querido rostro, la madre que amaba la naturaleza, y no puede evitar el sentimiento de culpa por haber sido partícipe de su caída.

Humbert la observa con atención, la cabeza ladeada.

—¿Se encuentra bien, mademoiselle? Se ha puesto pálida.

Ella asiente y saca otra baraja.

—El Traidor.

Recupera el aliento mientras estudia la carta con desagrado. La imagen es la de un clérigo hipócrita, vestido con una túnica marrón, que sostiene un farol de espaldas al sol. El traidor, que parece inofensivo, pero te traiciona si te interpones en el camino de sus creencias. En realidad, la carta no es ninguna sorpresa, porque Lenormand sospecha adónde pudieron haber llevado al pequeño Luis Carlos, aunque ya no será tan pequeño.

“Tráelo de vuelta.”

¿Cómo puede negarse? La tarea será difícil, pues el seis de espadas no es un paseo agradable por el mar, pero, después de lo sucedido, se lo debe.

Saca otra baraja y la coloca sobre el terciopelo verde. El dolor le atraviesa el corazón y, mientras permanece inmóvil, el cuervo ceniciento se mueve detrás de ella como en un gesto de empatía. Esta es la carta de ellas, la Estrella, y ha salido con el lado de mademoiselle de Luna para arriba, la Noche, mientras que el Día, para Lenormand, está abajo. La carta no tiene posición invertida. De Luna fue una vez la noche del día de Lenormand, el pasado de su futuro. Juntas eran las tarotistas más poderosas de París. Pero ahora…

A Lenormand se le encoge el pecho. “Está muerta.” No ha sentido la presencia de la mujer irlandesa desde el último día que la vio, hace años. Es un agujero negro en su corazón. “¿Acaso no está muerta?”

“Busca a mi hijo y devuélvele el reino de Francia.”

“Esperad. Decidme, ¿está viva? ¿Mademoisellede Luna?”

“Haz lo que te digo, Adelaide, y restitúyelo.”

Es todo lo que susurra el espíritu de la reina antes de que la vela parpadee y el aire se torne tibio. María Antonieta ha regresado al éter. Lenormand se pregunta si estará con su amiga, la princesa Lamballe, en el otro lado. Piensa en tiempos pasados, cuando jugaba a las cartas con la reina y la querida Luisa Lamballe en el Palacio de las Tullerías antes de la caída de la monarquía.

Con el corazón afligido, se vuelve a concentrar en los hombres impacientes y saca dos cartas más para formar una fila de siete. A continuación, examina la tirada antes de compartir la información que le ha sido revelada.

—Deben viajar separados, no juntos, y llevar con ustedes muchos soldados —declara—. Y han de navegar de noche, a la luz de la luna.

—¿Y la carta del Traidor? —pregunta Humbert—. ¿Quién nos traicionará?

Lenormand observa a los dos hombres. En efecto, el hedor de la muerte acecha a Wolfe Tone, aunque sus ojos brillan con la visión del futuro que tanto desea. ¿Debería hablarle de su muerte dentro de unos meses? Ya ha anunciado las muertes de otros hombres en muchas ocasiones. ¿Alertará a Wolfe Tone de que su camarada Humbert lo abandonará cuando más lo necesite? Ha predicho la suerte de suficientes radicales, Robespierre, Marat y Saint-Just entre ellos, para saber que estos hombres no viven demasiado en este mundo de lealtades cambiantes. Además, María Antonieta ha encendido un fuego en su corazón ahora. Que Wolfe Tone sea feliz en su ignorancia, pues nunca eludirá su destino, aun cuando ella se lo advierta, y ella necesita llegar a Irlanda. Así como Wolfe Tone, el irlandés, será traicionado por Humbert, el francés, ella, una francesa, fue traicionada por Luna, una irlandesa. Por eso se sintió tan atemorizada antes de que llegaran los hombres. Su paz está a punto de ser alterada y, una vez más, por culpa de ella: mademoiselle de Luna. Por supuesto, ella estuvo detrás de la desaparición del verdadero rey de Francia.

El odio atenaza a Lenormand, que repara en que su deseo de venganza es mayor que su necesidad de paz.

Humbert tose y ella levanta la vista hacia él. El hombre escudriña su rostro con expresión agradable. Duda de la verdad de las cartas, porque es pragmático. No confía en ella. Es una cualidad que ella admira. Y lo que es más importante, Lenormand no ve la mano de la muerte sobre su hombro. Este es el hombre que la ayudará.

—Ataquen ahora —les dice a los dos hombres—. Hay que salvar a Irlanda.

El pecho de Wolfe Tone se hincha de satisfacción.

—Te lo dije, Humbert. Los Irlandeses Unidos se están alzando en una gran rebelión. ¿Estás conmigo?

El francés asiente, aunque se muerde el labio con aire pensativo. Lenormand se pregunta cómo hará para convencer a este hombre de que la lleve en su barco de guerra a través del océano hasta Irlanda, un país del que tanto oyó hablar de labios de su antigua compañera de adivinación, el lugar que Luna amaba por encima de cualquier persona, como demostró al final de manera tan terrible. Allí, en esa isla esmeralda, se esconde el futuro rey de Francia. Lenormand hará lo que su reina le pide y traerá al niño de vuelta a casa. Siempre ha sabido que habrá otro rey de Francia.

La convicción se adueña de ella y aprieta las manos para que no le tiemblen. Encontrará al niño y, juntos, repararán el daño causado a la reina. Pero más que eso, Lenormand descubrirá qué le sucedió a de Luna y, si aún no está muerta, se asegurará de que lo esté pronto.

DIARIO DE MI VIDA DURANTE LA REVOLUCIÓN FRANCESACAITLIN MOLLOY

(Caitlín Ní Maolmhuaidh de Roughty, condado de Kerry) EDITADO POR SU HIJO

MI HISTORIA COMIENZA EN IRLANDA

1 de febrero de 1789

Hoy poseo por primera vez un diario y, además, puedo escribir en él. La página en blanco que tengo ante mí se presenta vasta e ignota como una palma sin líneas. Aun así, dejo mi huella, deslizando una pluma nueva que se siente extraña en mi mano apretada y cuya tinta va manchando la página mientras escribo a la luz del fuego en la cocina del sótano. Los demás siguen durmiendo; el ritmo de sus respiraciones me recuerda a dónde pertenezco.

Al releer estas palabras, no parezco yo, Caitlin Molloy, Caitlín Ní Maolmhuaidh, criada de cocina de Roughty House, porque, si las pronunciara en voz alta, la cadencia de mi voz delataría mis raíces en tanto el irlandés se entremezcla con el inglés en la narración. Pero sir William Oswald nos tiene prohibido escribir, leer o hablar en irlandés en su propiedad, so pena de despido. Así pues, el inglés es el idioma en el que escribo mis vicisitudes y pongo en práctica años de aprendizaje en secreto, aun cuando me siento una impostora en mi empeño. Pero mi tutor me alentó para que perseverase, me convenció de que soy una narradora nata, y así empezamos.

Hoy he visto a la Morrigan y me ha mostrado la más extraña de las visiones. El cuervo predijo este suceso poco después de que me levantara, en la oscuridad, como todos los días de invierno. Salí de la cocina calentita para ir a buscar agua al pozo. La luna brillaba en lo alto y, cuando avanzaba por el hielo y bajé la vista hacia el reflejo de la luz plateada, este cuervo ceniciento cruzó el patio en picada y emitió un graznido ruidoso. Me asusté tanto que dejé caer el cubo. Hay muchos cuervos en los árboles de Roughty House, pero este no me dejaba en paz, daba vueltas y graznaba, de modo que me apresuré a llenar el cubo y volví corriendo a la seguridad de la cocina.

Quería preguntarle a mi tía Eimile por el posible significado del cuervo, pero había mucho ruido en la cocina: Flo golpeaba ollas y sartenes en el fregadero de la antecocina, y John y Patrick pedían a gritos los tazones de chocolate caliente con yemas de huevo, migas de pan, canela, nuez moscada y azúcar para sir William y lady Oswald. Me puse a trabajar al lado de Eimile. No tenía buen aspecto: tenía las mejillas sonrojadas y la frente húmeda, y eso que habían atizado el fuego poco antes. Mi tía aparenta más años de los que tiene, aunque no podría asegurar cuántos son, pues yo llegué a su vida como un bebé huérfano.

Cuando por fin enviamos el desayuno al comedor, nos dispusimos a prepararles la comida de los criados. Los fogones ardían ahora con llamas vigorosas y mi tía se quitaba el sudor de la frente con el dorso de una mano mientras calentaba la avena y Flo fregaba el suelo de la cocina.

Cuando me volví para poner la mesa, Mary, una de las criadas internas de la casa, me hizo señas desde la puerta de la antecocina.

Como está por encima de mí en la jerarquía de los sirvientes, Mary cree que puede ordenarme hacer lo que ella quiera. De mala gana, me reuní con ella en la antecocina.

—Léeme la palma de la mano, Cait Molloy —exigió Mary, con los ojos brillantes de ilusión.

—Pídele a mi tía, es la que mejor lo hace. —Me molestó que Mary me lo pidiera.

—Claro, dice que no leerá más palmas, que sir William se lo prohibió.

—Pues entonces ¿por qué debería yo romper las reglas?

—Anda, Cait. Te he visto todas las tardes corriendo por la turbera. Ya rompes bastantes reglas de la casa.

No quería leerle la mano a Mary, porque la verdad es que tengo poco talento para eso. Mi tía Eimile ha intentado enseñarme la quiromancia. Dice que es una particularidad familiar y que debemos guardarla con el mayor secreto. Pero tampoco quería que Mary le hablase a mi tía sobre mis tardes en la turbera de Roughty.

A desgana, le tomé la mano entre las mías. Tiene la palma larga y los dedos cortos, lo que significa que está dotada de un carácter fuerte.

—Eres apasionada y trabajadora, pero también puedes ser un poco cruel.

—Sé muy bien quién soy. Quiero conocer mi futuro —replicó Mary, en consonancia con su temperamento.

Estudié las líneas de su palma. Allí estaba la línea de la vida, pero no podía recordar si la línea que la cruzaba era significativa.

—Admítelo, Cait: sabes leer la suerte tanto como un libro —se burló la criada mientras apartaba la mano.

—Sí que sé. —Volví a agarrarle las dos manos, furiosa por el insulto.

—Continúa, entonces. ¿Qué me depara el futuro? —me desafió Mary.

Me quedé mirando de nuevo las líneas en la palma de la mano de Mary, igual de desconcertada sobre su significado, pero sentí algo. La miré a los ojos y sus pupilas se agrandaron y se oscurecieron mientras yo le sostenía las manos con más fuerza aún. Y entonces vi una escena borrosa en que Mary leía un montón de páginas escritas a mano en una de las estancias de los criados. De repente, la puerta se abrió y Mary ocultó los papeles detrás de ella y se escabulló fuera del pequeño recinto. La señora Bryant estaba de pie en el pasillo, con las manos en las caderas, en pose recriminatoria, y le recordaba a Mary que las estancias solo debían utilizarse cuando los Oswald estaban de visita. Y en todo momento pude ver los papeles que asomaban del cuartito y sentir el miedo y los nervios de Mary. Había hecho algo clandestino.

—Suéltame las manos, ¿quieres? Me las estás apretando mucho. —Mary retiró las manos.

—¿Qué leías? —le susurré.

Mary frunció el ceño.

—No sé de qué me hablas.

—No lo has escondido muy bien —le advertí.

Pero Mary ya se había vuelto y se marchaba de la antecocina mientras Eimile me gritaba que me ocupara de las coles. Regresé a la cocina y tomé mi cuchillo, pero la mano me temblaba tanto que se me escurrió de entre los dedos. Lo que había visto no eran sueños ni invenciones, no, sino la revelación de un secreto que Mary no quería que yo supiera.

Recordé al cuervo ceniciento y lo que podría significar. Algo malo, sospeché.

Al atardecer, me liberé de mis obligaciones y contemplé las nubes que cubrían el cielo. Mi aliento despedía columnas de humo hacia el aire gélido. Me detuve junto al espino blanco nudoso en el borde de la turbera para rogar a las hadas por la salud de Eimile antes de persignarme. Después le recé una oración a Santa Brígida y coloqué una ramita de campanilla de invierno en la base del árbol.

“Gabhaim molta Bríde.”1*

Alcé la mano y ofrecí las puntas de los dedos a las espinas del espino blanco; los pinchazos eran un castigo por mi orgullo. Lo tenía por demás: me había llevado a ser audaz de nuevo y a escabullirme antes del caos de la cena, aunque por una buena razón. Mi secreto es más grande que el de Mary y ella estaba equivocada, porque sé leer muy bien.

De niñas, Mary y yo fuimos juntas a la escuela clandestina para aprender a leer y escribir, pero mientras que ella destacaba, yo no duré demasiado. En cuanto pude permanecer de pie sobre una caja en la cocina y revolver la sopa, me convertí en la asistente de cocina de tía Eimile. Sin embargo, hace tres años, mi suerte cambió.

Aún lo recuerdo como si fuera ayer. Me habían enviado a limpiar la biblioteca para cubrir las tareas de Mary, que se encontraba en el funeral de su madre. En todos los años que llevaba en Roughty House, nunca había estado en la biblioteca. Nada más cruzar la puerta, me quedé boquiabierta. Estanterías repletas de libros, cantidades de ellos, fila tras fila, y un gran escritorio con tapa de cuero, manojos de hojas de pergamino, un tintero y una pluma.

Solté la escoba, corrí hacia las estantes y deslicé las manos por los libros. La sensación del cuero y el papel en mis dedos era inigualable. Estaba perdida en un sueño cuando oí una tos a mis espaldas.

Dejé caer el libro que había sacado del estante y me volví para ver a un joven que se levantaba del sillón junto a la chimenea. Tenía el cabello rubio, tan pálido que parecía casi blanco, y los ojos marrones del color del río Roughty. Me pregunté si sería Toby Oswald, el hijo mayor de sir William, a quien no conocía.

Sucumbí al pánico, recogí el volumen y volví a colocarlo en la estantería, aterrorizada ante la perspectiva de que me azotaran por tocar los preciados libros de mi amo.

—No te asustes —me tranquilizó el joven, y me tendió la mano—. Tu secreto está a salvo conmigo. —Me sonrió con amabilidad y pensé que tenía el rostro más encantador que jamás había visto—. Yo también soy un sirviente —añadió.

Enmudecí, porque ¿cómo iba a ser ese joven apuesto e instruido un sirviente como yo?

—Me llamo Thomas Reilly. Soy el nuevo tutor.

—Ah —fue todo lo que pude pronunciar.

Reilly sonrió de oreja a oreja.

—La señorita sabe hablar. —Su tono era juguetón y un poco inapropiado. Sentí que me ponía colorada de vergüenza.

—Siento mucho haberlo molestado, señor —me disculpé mientras recogía la escoba, con la intención de retirarme.

—Pero ¿qué querías leer? —Reilly se acercó a la estantería y tomó el libro que yo había vuelto a colocar torpemente en el estante. Ahora estaba más cerca de mí; su proximidad me paralizaba.

Reilly abrió el libro.

—Confesiones de san Agustín o alabanzas a Dios en diez tomos —leyó en voz alta—. Ah, y está recién traducido al inglés del latín original. —Me miró con las cejas enarcadas—. ¿Qué opinas de las Confesiones de san Agustín? La verdad es que a mí me costó leerlo.

Me ruboricé. Thomas Reilly se estaba burlando de mi ignorancia.

—Toma, llévatelo; si alguien pregunta, diré que lo estoy leyendo, aunque dudo que sir William se dé cuenta —precisó, y me ofreció el libro.

Sacudí la cabeza con aire mortificado.

—No pasa nada —insistió con suavidad—. No te meterás en problemas.

Me lo puso en la mano y, al hacerlo, nuestros dedos se rozaron. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo, pero mi corazón estaba rabioso.

Le arrojé el libro y salí corriendo de la habitación, no sin antes ver su cara de sorpresa.

Esperaba que aquella fuera la última vez que viera a Thomas Reilly, ya que nuestros mundos estaban en dominios separados. Él cenaba con la familia y yo pertenecía a la cocina, a los cubículos y los pasillos de la mansión.

Sin embargo, aquella noche, mientras fregaba los platos a la luz de las velas en la despensa, sentí una presencia a mis espaldas. Giré y me topé con la figura alta y delgada del joven tutor; su rostro estaba ensombrecido. Pensé en llamar a mi tía, que no estaba lejos en la cocina, dormitando con los pies apoyados en una silla después de un día de trabajo arduo. Me había advertido que nunca me quedara sola con un caballero porque, según ella, “no nos tratan con la misma consideración que a las damas de su misma clase”.

—¿Por qué me tiraste el libro? —preguntó Reilly.

No respondí; el agua me goteaba de las manos.

—Te lo he traído —añadió, y dio un paso adelante. Ahora podía verle la cara. Me miraba a los ojos y me tendió el libro de la biblioteca.

—No lo quiero —solté con brusquedad antes de darle la espalda y meter las manos enrojecidas en el agua humeante. Indignada por su humillación, solo quería que se marchara.

—Siento haberte ofendido… —empezó a decir Reilly, a la defensiva.

Incapaz, como siempre, de contener mis sentimientos durante mucho tiempo, di media vuelta de nuevo.

—¿Eres tonto o qué? —le espeté—. No puedo ni entender las palabras complicadas de ese libro, ¿qué haría yo con él?

Desconcertado, Reilly dio un paso atrás.

—Pero lo tenías en la mano.

—Porque es bonito, por eso —contesté, sintiendo que me sonrojaba de nuevo.

Pero Reilly se quedó donde estaba, mirándome. Sus ojos eran de un marrón intenso que yo jamás había visto y, a la luz de las velas, su cabello brillaba como la luz de la luna.

—¿Te gustaría saber leer mejor?

—Por supuesto —contesté, exasperada por la pregunta. Me pregunté si creía que yo había elegido no aprender mucho y no estar destinada a nada mejor en la vida que ser cocinera como mi pobre tía, arrugada y envejecida antes de tiempo—. Déjame en paz —exclamé con tono cortante y me volví para seguir lavando los platos.

—Yo te enseñaré —aventuró él—. Encontrémonos mañana por la tarde en la gran roca que hay debajo del acantilado de Thunderstorm, en la turbera.

—No pienso hacerlo —repliqué y me volví nuevamente hacia él.

Pero Reilly se limitó a sonreírme, como si conociera mi profundo deseo de aprender, antes de abandonar la despensa.

Tres años y medio después, durante nuestros encuentros vespertinos en la turbera de Roughty, protegidos de la lluvia y el viento por el saliente de la gran roca, Reilly no solo me ha ayudado a mejorar mi lectura, sino también mi escritura, y me ha enseñado a hablar francés. Una vez me dijo que soy una lingüista nata. A cambio, me pidió que le enseñara irlandés. Es peligroso, pero insistió.

—Forma parte de nuestra identidad. Debemos mantenerlo vivo.

Lo oí atónita mientras me contaba que su madre era francesa y que él había nacido en París. Tiempo atrás, la familia de su padre había poseído tierras en Irlanda, pero como eran católicos, habían perdido todo durante las guerras Guillermitas. Después de la muerte de su madre, su padre había regresado a Irlanda para convertirse en zapatero, pero Reilly se había educado en el extranjero, gracias a un tío adinerado que le había pagado los estudios en el Colegio Irlandés de la rue du Cheval Vert en París. Me ha confiado muchas veces, con cierta amargura, que quiere volver a Francia, pero su padre insiste en que se gane la vida dando clases particulares a los hijos del Dominio Protestante.

Pero me estoy desviando de lo que quería escribir. Permítanme volver a esta tarde.

Envuelta en mi mantón, avancé por la turbera hacia el acantilado de Thunderstorm, nuestro punto de encuentro secreto. La turba estaba casi congelada de la noche anterior y pude bordear las partes más pantanosas con seguridad, los pies descalzos escocidos por el frío.

Reilly me esperaba debajo del dintel del acantilado de Thunderstorm y me saludó con la mano, pero al acercarme me di cuenta de que algo iba mal. Solía recibirme con una sonrisa y una pila de libros en el regazo, pero hoy su expresión era seria y no llevaba ningún libro.

—Lo siento, Cait, hoy no habrá clase —declaró mientras se ponía de pie para saludarme.

—Pero he venido hasta aquí —protesté, enfadada por haber malgastado mi valiosa hora libre.

Reilly parecía un caballo a punto de desbocarse.

—Debo prepararme, porque me voy mañana —anunció.

Enmudecí, porque sus palabras me hirieron, repentinas y filosas como el aguijón de una avispa.

—Por fin vuelvo a Francia.

—Pero ¿por qué? —acerté a preguntar.

—Sé que lo entenderás, porque hemos hablado en numerosas ocasiones de mis esperanzas en la independencia de Irlanda. Si queremos crecer, necesitamos separarnos de Inglaterra.

—Sí, por supuesto, pero ¿de qué sirve ir a Francia?

—Muchos buenos irlandeses viven en París, tratando de reclutar apoyo para nuestra causa. Y yo quiero formar parte de eso —precisó, con las mejillas enrojecidas por el entusiasmo—. No puedo quedarme aquí, enseñándole a Alexander, porque sir William es uno de nuestros opresores. Mi conciencia no puede soportarlo más.

Los ojos de Reilly brillaban de emoción y, a pesar de mi pena, no pude evitar pensar en lo apuesto de su porte. Pero ¿qué sería de mí si se marchaba?

—¿Y nuestras clases?

—Esto es más grande que nuestras lecciones; además, ya no me necesitas. Estás suficientemente instruida…

—¡Para una ayudante de cocina!

—Eres la chica más inteligente que conozco, Cait, y quiero que sigas leyendo y escribiendo. —Me entregó un bolso de cuero—. Quiero que te quedes con esto.

Miré dentro del bolso y saqué un pequeño diario encuadernado en cuero, una pluma, un frasco de tinta y un secante. Abrí el diario, pero no tenía nada escrito.

—Está en blanco.

—Porque es para que lo llenes tú, para que escribas sobre tu vida —explicó Reilly—. Echaré mucho de menos nuestras clases. De hecho, me gustaría preguntarte si puedo escribirte, contarte mis aventuras en el extranjero mientras tú registras las tuyas.

Hube de apartar la vista. ¿Qué aventuras podía tener una criada de cocina? Tenía ganas de gritarle. La envidia se retorcía en mi vientre, porque a mí también me gustaría ser un joven héroe y seguir mis convicciones. Soy tonta; Reilly está fuera de mi alcance, siempre lo ha estado.

Sacudí la cabeza, con miedo de mostrar mis sentimientos. Tomé el bolso y, sin contestarle, salí corriendo turbera arriba, lejos de Reilly y más lejos aún de Roughty House. Lo oía gritar detrás de mí, pero seguí adelante, trepando cada vez más alto, aferrándome a la tierra y a las rocas mientras las lágrimas dibujaban surcos en mis mejillas heladas. Pasé corriendo junto a un espino blanco torcido y llegué al círculo de piedras, un lugar que mi tía me ha contado que es sagrado y que nuestros antepasados utilizaban en otros tiempos con propósitos religiosos.

Seguía enfadada y caminé alrededor del círculo de piedras, soltando aullidos de ira y frustración. El frío me venció poco a poco y, por fin, me detuve. Miré colina abajo y vi a Reilly que se abría paso por la turbera hacia la casa. Me esforcé por respirar, con el pecho apretado, porque sentía que podría morirme si él se marchaba. El viento helado me empujó hacia el círculo de piedras; apoyé las palmas de las manos sobre la gran roca en el centro y supliqué que mi rabia interior se calmara.

Me crucé sobre el pecho el bolso de cuero que me había dado Reilly y me subí a la roca, presionando las plantas de los pies contra sus suaves contornos. Debajo de mí, la tierra era irregular, como si alguien hubiera cavado un hoyo y lo hubiera llenado de piedras. Oscurecía; Eimile me abroncaría por retrasarme con los preparativos de la cena. Sin embargo, al levantar la vista reparé en que no era la noche lo que se avecinaba, sino una tormenta, con nubes de color púrpura intenso como moretones. Vi al cuervo ceniciento que volaba en círculos sobre mí y me estremecí. Me bajé de la roca y me apresuré de regreso a Roughty House, inquieta por la aparición del pájaro de cabeza negra.

A medio camino de la turbera, las nubes estallaron y una lluvia helada comenzó a azotarme. Avancé a trompicones, con la ropa de lana pesada por el agua y los pies descalzos que resbalaban sobre la tierra mojada. A través de la cortina de lluvia, advertí un movimiento más adelante.

Un relámpago iluminó una figura que caminaba hacia mí bajo el aguacero, con la cabeza gacha y cubierta por una capa negra mientras los truenos retumbaban a través de la tierra. La figura levantó la cabeza y otro relámpago iluminó el rostro de una mujer. Tenía los ojos verdes como el eneldo y los labios de color rojo grosella. Marchaba a través del suelo pantanoso como si fuera la dueña de la ciénaga, con el cuervo ceniciento volando a su lado.

No era un ser humano, sino un espíritu: la reina fantasma, la Morrigan. A pesar del miedo, me sentí atraída por ella y, en lugar de continuar por el camino hacia la casa, la seguí de regreso al círculo de piedras.

De cerca, la Morrigan parecía aún más terrorífica; era casi tan alta como el espino blanco y los rizos de su cabello rojo escapaban de su mantón como serpientes vivas. De pronto parpadeaba y sus ojos eran negros como los de un cuervo, pero, cuando volvía a parpadear, brillaban verdes como una serpiente. Levantó una mano hacia el cielo y un rayo quebró la gran roca en el centro del círculo de piedras, y dejó al descubierto un abismo negro.

La Morrigan me llamó con su dedo largo y torcido.

—No, no —me negué—. No pienso bajar por ningún túnel oscuro.

“No tienes nada que temer, Caitlín Ní Maolmhuaidh.”

A pesar de su aspecto intimidante, su voz era suave y alentadora. Me ganó la curiosidad y me lancé por el túnel. La oscuridad era total, pero ya no tenía miedo, porque me resultaba extrañamente familiar.

“Este es nuestro lado oscuro”, me susurró la Morrigan, una presencia invisible a mi lado. “Las tierras de sombras donde nadie desea vivir, pero donde muchos se sienten perdidos.”

Un relámpago atravesó la oscuridad e iluminó frente a mí una imagen de hombres trabados en combate, con los cuerpos ensangrentados y las puntas de las espadas plateadas cubiertas de sangre. “Este es el lugar donde nace la guerra y se engendra la violencia. Porque, Caitlín, a veces debemos luchar.”

La imagen desapareció en la negrura espesa y un temor espantoso me invadió.

—No quiero estar aquí —le grité a la Morrigan en la oscuridad absoluta.

Se encendió una llama y el rostro se le iluminó. La mirada cómplice de sus ojos verdes me alarmó.

Apoyó una mano pegajosa sobre mi corazón. “Debes abandonar tu tierra natal.”

La oscuridad empezó a disiparse y vi un punto de luz que creció hasta convertirse en un círculo dorado, expandiéndose hasta brillar tan redondo y grande como el sol. Me protegí los ojos, casi cegada; aun así, pude distinguir la silueta pequeña y robusta de una mujer. Me esforcé por verle la cara, pero tenía la cabeza gacha. La mujer sostenía un mazo de cartas, las estaba barajando y el sonido se asemejaba al de las plumas de un pájaro agitándose al viento. Mis ojos se fijaron en sus manos pequeñas y en el anillo de rubí que brillaba en uno de sus dedos. De pronto, dejó de barajar y abrió las cartas en abanico para luego ofrecérmelas sobre una palma. Me adelanté con la intención de descubrir su identidad, pero cuando lo hice, la mujer desapareció en la luz abrasadora del sol y me arrojó una carta.

Me agaché y la levanté. Cuando la di vuelta, me encontré con una imagen extraña que no había visto en ninguno de los naipes que la tía Eimile y el señor Flanagan utilizaban cuando jugaban en la cocina hasta altas horas de la noche. Se trataba de una mujer sentada en un trono, pero no era una reina. Un sombrero alto, dorado y adornado con flores rojas y azules cubría su cabeza y un velo blanco enmarcaba su rostro. Llevaba un vestido rojo y una capa azul, y tenía un libro sobre su regazo. En la parte inferior de la carta figuraban las palabras La Papesse, que se traducen como la Papisa…, aunque no existe tal persona: el Papa es, y siempre ha sido, un hombre.

“Ella es tu futuro”, murmuró la Morrigan, aunque no se la veía por ninguna parte. En cambio, el cuervo ceniciento voló hacia delante, para mostrar el camino mientras el sol se desvanecía en la penumbra. “Los hombres luchan, pero tú puedes decidir sus destinos.”

—¿A qué te refieres? —le pregunté a la Morrigan, pero la única respuesta que recibí fue el eco de mi propia voz. La mujer y el cuervo habían desaparecido.

Mi falda se agitó a mi alrededor cuando sentí una brisa, oí la lluvia golpeando contra la piedra arriba y olí el exterior. Eché a correr por el túnel, presa del pánico. ¿Y si nunca encontraba la salida y me perdía para siempre en el reino de los espíritus?

Por fin, salí a la lluvia, resbalé en el suelo embarrado y caí sobre las piedras.

Alguien me estaba levantando. Abrí los ojos y creí que seguía soñando; un hombre de ojos grises y mejillas sonrojadas me miraba. Me llevaba en brazos; yo tenía el mantón y la falda viejos y mojados. Me dolía mucho la cabeza y me pregunté si seguiría bajo el hechizo de la Morrigan.

Cerré los ojos y los volví a abrir. El hombre seguía mirándome con preocupación. Su aliento calentaba mi piel mojada y me acunaba con brazos fuertes. Me ruboricé. Aquello no era un sueño. Me retorcí para zafarme de esos brazos, recordando las advertencias de mi tía sobre los caballeros, porque no había duda de que este hombre, con su sombrero de copa y su capa de montar, era un caballero.

—Bájeme.

—Tranquila, muchacha. Tienes un corte en la mejilla.

Aunque era una orden, su voz no poseía el mismo tono imperioso que la de sir William. Por el rabillo del ojo, vi el naipe tirado en la turbera y traté de alcanzarlo, lo que casi nos hace caer a los dos.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó entonces el hombre y se enderezó.

—La carta…

Giró la cabeza y su grueso cabello castaño me hizo cosquillas en la mejilla.

—Theobald, coge ese naipe, ¿quieres? —dijo.

Había otro caballero, que sostenía con una mano las riendas de dos caballos. Condujo a los animales hacia la carta y se agachó con rapidez para tomarla con la mano libre.

—Es una carta del tarot francés —precisó Theobald. Los dos caballos, uno gris y otro bayo, resoplaban nerviosos en medio de la lluvia intensa y arrojaban vaho por las fosas nasales—. ¿Por qué diablos tendría una chica irlandesa una carta del tarot francés?

Sacudí la cabeza, me costaba creer que mi visión no hubiera sido un sueño. La carta lo demostraba. Pero ¿qué era una carta del tarot?

—Por favor, señor, bájeme. Puedo ir andando…

—Tal vez sería mejor que lo hicieras, Toby —sugirió Theobald, que me miró a los ojos mientras me entregaba la carta del tarot. La guardé en la bolsa de cuero de Reilly, que todavía llevaba colgada—. La pobrecita parece aterrorizada.

—De ninguna manera —respondió Toby—. Se ha golpeado la cabeza con una de las piedras y está sangrando. —Se volvió hacia mí—. Supongo que eres una criada de Roughty House, ¿verdad?

Asentí.

—Ese es nuestro destino. —El hombre colocó uno de mis pies embarrados en el estribo del caballo gris—. Ahora, tómate de la montura e impúlsate hacia arriba. Eso es.

He pasado mucho tiempo con los caballos en Roughty House, ya que suelo escabullirme al patio de los establos para ayudar a Jack a barrer el estiércol y cepillarles los flancos hasta dejarlos relucientes como el piano de cola de la sala. Cuando los Oswald están fuera, Jack y yo nos turnamos, a veces, para montar el poni de Alexander. Pero este caballo era mucho más grande y sus movimientos impredecibles me ponían nerviosa.

Theobald montó el bayo y Toby se subió detrás de mí. Nunca había estado tan cerca de un hombre, aparte de Jack, y eso no contaba porque es como un hermano y solo tiene doce años. Hice todo lo que pude para desplazarme hacia delante, pero a duras penas cabíamos los dos en la silla. Toby hizo un chasquido y el caballo echó a andar por la turbera. No entendía por qué estos dos caballeros llevaban sus caballos por un terreno tan traicionero.

—Permíteme que me presente —pronunció el hombre a mis espaldas—. Mi nombre es Tobias Oswald y él es mi amigo, Theobald Wolfe Tone.

Mi salvador no era otro que Toby, el hijo mayor de sir William. Era la primera vez que lo veía, pues lo habían enviado a la escuela en Dublín antes de que yo llegara a Roughty House cuando era bebé. Pero sabía por Eimile que había estudiado Derecho en Londres.

Llegamos al final de la turbera y aceleramos el paso. Mi cuerpo acompañaba el ritmo del caballo y, desde allí, alcanzaba a ver mucho más lejos que de pie: por todo el valle, hasta las colinas y más allá, donde se extendía el mar.

—¿Y tú quién eres? —preguntó Wolfe Tone, con un dejo de diversión en la voz mientras trotaba a nuestro lado—. Tal vez seas un espíritu, aunque la mejilla te sangra como a una chica de verdad.

Apreté la yema del dedo en la cara, la alejé y observé una gota roja. Del mismo color que los labios de la Morrigan.

—No te asustes; es un corte superficial, no te dejará cicatriz —me aseguró Toby.

—Nos preocupaba que no despertaras, porque estabas tendida en la turbera como en un sueño de lo más reparador —explicó Wolfe Tone—. Es una suerte que decidiéramos echar un vistazo al círculo de piedras; en estas condiciones, podrías haber muerto allí.

Theobald Wolfe Tone cabalgaba erguido y orgulloso en su montura. El cuervo ceniciento había regresado y describía círculos sobre él; la visión me llenaba de inquietud. Pero la presencia de Toby era reconfortante, ya que su trato era muy diferente del de su padre. De hecho, era tan poco probable que sir William me hubiera recogido de la turbera como que hubiera bailado en la cocina con los sirvientes.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Toby.

—Caitlin Molloy. Mi tía es cocinera de sir William.

Se le aceleró la respiración, pero no me formuló más preguntas.

Llegamos a los grandes portones al borde de la turbera y, cuando Toby desmontó para abrirlos, salté de los lomos del caballo y aterricé con un golpe inestable en el suelo.

—Pero ¿qué haces? —Los ojos grises de Toby me miraban con severidad y sentí que me ruborizaba, pero me esforcé por recuperar mi dignidad.

—No debería acceder a la casa por esta entrada. A sir William no le agradaría.

Toby frunció el ceño.

—No tengas miedo; soy su hijo…

—Déjala ir, Toby —interrumpió Wolfe Tone—. La chica tiene razón. No es por donde debe entrar una criada.

—Me disculpo por la rigidez de la etiqueta en casa de mi padre. —Toby inclinó la cabeza.

Ningún hombre se había inclinado ante mí antes y, sin saber cómo reaccionar, crucé el portón abierto y me apresuré hacia el bosque que bordea la propiedad.

Al amparo de las sombras, miré de nuevo la carta del tarot. Me estremecí mientras la luna comenzaba a elevarse sobre los árboles. Imaginé su sangre plateada fluir en mis venas. Escondí la carta en mi bolsillo en vez de hacerlo en el bolso de Reilly.

Ahora, mientras escribo a la luz del fuego en la cocina mientras los demás duermen, la siento en el interior de mi vestido. La mujer de poder: la Papisa. Las palabras en francés me aceleran un poco el corazón. ¿Será la mujer de mi visión? ¿La conoceré? La Morrigan predijo que abandonaría mi tierra natal. ¿Me llevará Reilly con él a París? ¿Acaso me ama tanto como yo a él?

Esta carta es mágica, estoy segura. No quiero compartirla con nadie, ni siquiera con mi tía.

Al pensar en Eimile, mi corazón flaquea. No puedo pensar en dejarla; ella me salvó cuando yo era un bebé huérfano.

Le debo la vida.

2 de febrero de 1789

Reilly se ha marchado hoy y no me ha llevado con él.

Lo vi una última vez. Eimile se preparaba para cocinar y yo estaba atizando el fogón grande. Me dolían los ojos por la falta de sueño, me había pasado la mitad de la noche escribiendo y el resto sin poder dormir. Tan solo podía pensar en la partida de Reilly. La luz de la mañana se filtraba por la ventana alta de la cocina y se reflejaba en las trenzas doradas del cabello de Flo mientras fregaba el piso, una imagen hermosa que no alcanzaba a levantarme el ánimo.

Entonces, cuando le di la espalda al fogón, allí estaba Reilly. Una chispa de esperanza se encendió en mi interior y me pregunté si habría venido a pedirme que me fuera con él.

—¡Por Dios, señor Reilly! —exclamó Eimile—. ¿Qué hace usted levantado tan temprano?

—¿Puedo hablar con Caitlin unos minutos fuera?

Mi tía frunció el entrecejo.

—Eso no sería apropiado.

—Dejaré Roughty House esta misma mañana, señora Molloy —explicó—. Por favor, concédanos unos minutos.

Las palabras de Reilly me llenaron de pesadumbre otra vez. Flo paró de fregar el piso y, boquiabierta, levantó la vista hacia él.

—Lamento mucho oír eso —respondió Eimile, con tono más amable—. De acuerdo, pero dejen la puerta trasera abierta.

Me lavé las manos ennegrecidas en el fregadero antes de seguir a Reilly al patio. Era una mañana apacible, más templada que la anterior, y los pájaros ya estaban cantando. El sol naciente atravesaba el patio y espié a Toby Oswald y a Theobald Wolfe Tone, que se preparaban para montar sus caballos junto a los establos. Se habían quedado una sola noche en Roughty House.

—Toby y el señor Wolfe Tone me llevarán junto con ellos —dijo Reilly, siguiendo mi mirada—. Toby me dará un caballo para montar; ellos también se van a Francia.

—Pero ¿cómo vais a llegar hasta allí? —pregunté.

—Cabalgaremos hasta Derrynane House, en la península de Iveragh, y luego tomaremos un barco a Francia desde el puerto de Derrynane —precisó Reilly—. Trabajé como tutor de los sobrinos de Maurice O’Connell, quien mantiene un comercio regular con Francia. Nos dejará viajar en uno de sus barcos.

—¿Y adónde iréis una vez en Francia?

—A la casa de mis primos, los Dillon, en París. Mi tío está en el ejército francés y Wolfe Tone cree que podría influir para ayudarnos a conseguir apoyo militar.

—¿De verdad crees que Irlanda podría separarse alguna vez de Inglaterra? —susurré y me sentí como si estuviera pronunciando herejías en el patio trasero de sir William.

—Sí, lo creo. —La voz de Reilly destilaba un fervor intenso—. Es mi deber como irlandés dedicarme a esta causa.

Esperé su invitación, pero sus siguientes palabras me decepcionaron.

—Siento tener que decirte adiós, porque has sido una alumna excepcional. Más que eso, eres una amiga querida.

—Llévame contigo —solté, incapaz de contenerme.

Reilly pareció asombrado por mi petición.

—No, Caitlin. Eso sería inapropiado.

Deseé que me pidiera que me casara con él. Pero Reilly guardó silencio y se limitó a poner cara de afligido.

Furiosa, cerré los puños.

—Llévame a Francia. Quiero ayudar.

—Pero eres una chica, Cait —contestó él con suavidad—. ¿Qué podrías hacer? Además, el viaje es demasiado peligroso. ¿Y cómo se las arreglaría tu tía Eimile sin ti?

—Vete, entonces —le espeté, y di media vuelta, pero Reilly me tomó del brazo. Al volverme, vi una lágrima brillar en sus ojos.

—No te enfades conmigo, Caitlin. Solo cumplo con mi deber. Pero no dudes de que te tengo en gran estima y que algún día volveré. —Sacó un libro del bolsillo de su abrigo—. Este es mi ejemplar de El contrato social, de Jean-Jacques Rousseau, que quizá recuerdes que leímos juntos. Me lo regalaron cuando estudiaba en París. Quiero que lo conserves, como muestra de mi afecto.

Tomé el libro con manos temblorosas. En el interior de la portada, Reilly había escrito:

Querida Caitlin:

En palabras de Jean-Jacques Rousseau: “La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce”.

Thomas.

Debajo de la inscripción había una dirección en París: 12, rue du Bac, París.

Reilly apoyó las manos sobre las mías y nuestros dedos se entrelazaron.

—Eres la mujer ideal para mí, pero primero tengo que abrirme camino en el mundo —añadió en un susurro—. ¿Puedes esperar? ¿Me escribirás?

Aunque había soñado con una declaración durante meses, apenas podía creerlo. Reilly es un hombre culto y yo una simple criada de cocina. Y, sin embargo, nuestras diferencias sociales desaparecían cuando lo miraba a los ojos y veía el amor que me profesaba. Sus ojos castaños se tornaron del color negro más absoluto y distinguí dos lunas diminutas y brillantes. Todo cuanto nos rodeaba se oscureció como si hubiera caído la noche y los pájaros hubieran dejado de cantar. Y entonces Reilly ya no estaba de pie en el patio de Roughty House, sino en el de un hermoso edificio de piedra amarilla con columnas delgadas. Llevaba una gran pila de libros en medio de un grupo de jóvenes. Había alegría en su rostro; era más joven y avanzaba con determinación. Esta visión pasó entre nosotros como un reflejo sobre el cristal.

Solté las manos de Reilly y parpadeé. Estábamos de vuelta en el patio de Roughty House, con el ruido de los relinchos de los caballos y los sonidos de la cocina.

—¿Qué ha pasado? —inquirió él con tono trémulo.

—No lo sé —admití, pero pensé en lo que había pasado el día anterior con Mary.

—¿Por qué estábamos en el Colegio Irlandés de París?

Sacudí la cabeza, porque no podía explicarlo.

—Recuerdo aquel día. Estaba muy feliz porque creía que iba a hacer grandes cosas en la vida.

—Nunca te había visto tan contento —murmuré.

Los ojos de Reilly resplandecían.

—Tú me has devuelto la alegría, Caitlin.