La Tierra no es tu planeta - Andreu Escrivà - E-Book

La Tierra no es tu planeta E-Book

Andreu Escrivà

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Beschreibung

Un manifiesto esperanzador para habitar el planeta con humildad, justicia y esperanza. En La Tierra no es tu planeta, Andreu Escrivà nos recuerda que no podemos hablar de futuro sin hablar de biodiversidad. Con rigor científico y una escritura clara y cercana, traza una panorámica amplia y lúcida sobre la crisis que afrontamos: la fragmentación de los ecosistemas, la desaparición silenciosa de especies, la colonización del espacio natural y los valores que sostienen esta dominación humana. Pero este no es un libro de resignación, sino de posibilidades. Nos invita a devolver espacio a la vida, a repensar nuestro lugar en el mundo y a reconciliarnos con aquello que nos sostiene. Un ensayo imprescindible para todo aquel que se haya preguntado por qué ya no hay insectos en los parabrisas, qué significa realmente biodiversidad y qué podemos hacer —desde la ciencia, la política o la vida cotidiana— para que la trama de la vida siga intacta. «Un entusiasmo desolado recorre este libro. Demasiados conflictos evidentes, las coartadas ya no sirven. Saber saber es saber hacer. Este libro aporta razones imperiosas para actuar. ¡Qué naufragio! El náufrago es usted. Todos nosotros». Ramon Folch «Este libro es un recordatorio precioso y necesario de que no somos los protagonistas de la vida, sino una pequeña parte de ella. Debemos dejar de conquistar la Tierra para poder, por fin, habitarla junto con los demás seres vivos con los que tenemos la suerte de compartir planeta. Y para eso, debemos aprender a mirar el mundo con más humildad y amor, como lo hace Andreu. Debería estar en todos los colegios y universidades». Carlota Bruna «Si este ensayo de belleza inquietante fuese un mensaje dentro de una botella lanzada hacia un futuro distópico, constituiría una irrefutable prueba de cargo y nuestros descendientes sabrían que lo sabíamos y no hicimos lo suficiente». Juli Peretó «El divulgador al que hay que seguir para entender el cambio climático de manera amena y clara». La Vanguardia «Andreu Escrivà es una de las voces más prominentes de su generación». El Español

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Seitenzahl: 416

Veröffentlichungsjahr: 2026

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LA TIERRA NO ES TU PLANETA

 

 

© del texto: Andreu Escrivà, 2025

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: febrero de 2026

ISBN: 979-13-87833-60-2

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: El Taller del Llibre

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Andreu Escrivà

LA TIERRA NO ES TU PLANETA

 

 

 

 

Para Paco Raga, por abrirme las puertas de un mundo nuevo en la escuela y ser esa chispa que lo enciende todo en la cabeza de un niño curioso; gracias por alimentar el fuego. Aún conservo tu garabato de las ecuaciones de Lotka-Volterra.

Para Pedro Miguel, por ser capaz de orientarme en ese momento tan crítico y singular como es el de decidir qué quieres estudiar. Gracias a ti me matriculé en Ciencias Ambientales y pude, al cabo de los años, escribir este libro que ahora tienes entre las manos.

Para Paco Mesquita, por tu generosidad infinita. Por tu amistad, que sobrevivió a tardes de laboratorio, a muestreos embarrados y a la distancia. Por confiar en mí siempre y por estar incluso cuando yo no estaba durante mi tesis doctoral. Por esa cerveza en una barra de la estación de Kioto, cuando te giraste y me dijiste: «Y tú, ¿no has pensado en escribir?».

Para mi padre y mi madre, por ser los mejores maestros y profesores durante todos estos años, incluso cuando no os hice caso.

 

 

 

«La vida puede ser escasa o común en el universo —nadie lo sabe—, pero, sea cual sea el caso, el pleno viviente de la Tierra no existe en ningún otro lugar. La vida es un fenómeno histórico: cada ser vivo y constelación de seres que existen es único, nunca ha aparecido antes ni volverá a aparecer otra vez en el universo. Lo que queda de vida con nosotros ahora es un tesoro antiguo y un gran privilegio y fortuna con el que coexistir. ¿No comprenderá la humanidad la grandeza y singularidad de lo que está desapareciendo antes de que sea demasiado tarde?».

EILEEN CRIST

«La vida nos habita. Vida somos. ¿Hay mayor alegría y responsabilidad?».

JOAN PELLICER

ÍNDICE

Cubierta

Créditos

Título

Índice

PRIMERA PARTE. COORDENADAS

Coordenadas espaciales

Coordenadas temporales

SEGUNDA PARTE. ENGRANAJES

Un enigma vital

Evolución

De qué hablamos cuando hablamos de biodiversidad

Planeta escarabajo

Un traje espacial llamado biosfera

TERCERA PARTE. HERIDAS

La idea de extinguirse

El metrónomo de la extinción

Desgarrar el mundo

Un ruido cegador

Una bala en el corazón

Polizones del Antropoceno

Un mundo nuevo

Intoxicados

Una pirámide que se desmorona

Los valores de la dominación

Negar el duelo

CUARTA PARTE. FRONTERAS

Frontera uno: identidad

Frontera dos: piel

Frontera tres: gris

Frontera cuatro: lo salvaje

Frontera cinco: conocimiento

Última frontera: tiempo

QUINTA PARTE. UN PLAN DE RALENTIZACIÓN Y RETIRADA

La máquina debe parar

Por qué una retirada

Retirarnos de los mapas

Alejarnos del peligro

Una retirada metabólica

Retirarnos del futuro para negar la distopía

EPÍLOGO. UN SOLO PLANETA

I

. Respirar hondo, levantar la mirada

II

. Animales sabios en un mundo cambiante

III

. El camino por recorrer

IV

. Cantar versos de esperanza y vida

V

. No es tarde

NOTA SOBRE EL USO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

NOTA SOBRE LAS CITAS Y LAS TRADUCCIONES

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

Guide

Cubierta

Título

Start

PRIMERA PARTE

COORDENADAS

«Vivir no es otra cosa que arder en preguntas».

ANTONIN ARTAUD

COORDENADAS ESPACIALES

«You commit yourself To endless light You have burned out truth With your artificial light Blinding artificial light».

SAGITTARIUS

En la madrugada del 17 de enero de 1994 tuvo lugar un fuerte terremoto en Los Ángeles, en el que murieron cincuenta y siete personas y se contabilizaron casi diez mil heridos. Inmediatamente después del temblor se pudieron observar unas luces en el cielo. Algo nuevo, un fenómeno que los habitantes de la ciudad californiana no recordaban. Aquella era una luz extraña, lechosa, difusa. No sabían si guardaba relación con las sacudidas que acababan de experimentar, así que unas cuantas personas llamaron al Observatorio Griffith, un centro de observación astronómica de Los Ángeles, referencia educativa y científica para los habitantes de la ciudad desde su apertura en 1935.

Al principio, no entendían qué estaba pasando, qué estaban viendo todas aquellas personas: el cielo era absolutamente normal. Hasta que se dieron cuenta.1 El terremoto había afectado tan ampliamente a la red eléctrica que gran parte de la ciudad carecía de iluminación en las casas y en las calles, provocando que se pudiese ver con claridad la Vía Láctea en la noche californiana. Esa luz inusual e inquietante era nuestra propia galaxia.

¿Hasta qué punto se nos ha desdibujado el mapa del firmamento a los humanos? Este olvido, del que parece que seamos conscientes únicamente al escapar de las ciudades o vivir un apagón, tiene una emoción asociada, la noctalgia. La nostalgia de la oscuridad nocturna. En una era llena de palabras que describen la pérdida y el duelo, era inevitable que nos inventásemos una para la desaparición de algo tan inconmensurable y hermoso como la noche. Los astrónomos Aparna Venkatesan y John Barentine acuñaron2 el término en agosto de 2023, y desde entonces se ha popularizado en círculos cada vez más amplios, excediendo los puramente académicos.

La noctalgia es un pesar íntimo y a la vez universal.

UNA NOCHE SIN OSCURIDAD

En la bruma repleta de reflejos y polución que baña nuestras ciudades apenas se distinguen algunos puntos de luz en el cielo, los que con más ahínco y fuerza nos envían sus rayos a través del vacío cósmico. Recorremos el cielo a tientas, perdida la mirada entre huecos imposibles de obviar, guiados únicamente por recuerdos, mapas fosforescentes y aplicaciones móviles.

La culpa es de la polución lumínica y muy particularmente del llamado sky glow, el resplandor incesante que, en forma de domo, encapsula a las urbes y a sus habitantes. En 2020 un hecho traumático limpió la atmósfera lo suficiente para permitir una mejor visibilidad en muchas ciudades alrededor del mundo. Fue durante el confinamiento impuesto para frenar la expansión de la COVID-19. La disminución de los aerosoles y partículas causantes de la contaminación atmosférica, que en su mayoría provenían de los tubos de escape, nos permitió respirar y ver mejor. El sky glow no desapareció del todo, pero se atenuó notablemente.3,4 Las montañas parecían más cercanas, el aire más limpio y cortante, y las estrellas refulgían como si hubiesen pasado un paño a la cúpula celeste. Duró poco.

De la misma forma en que se aclaró la atmósfera urbana cuando se restringió la movilidad, volvió a emponzoñarse con una rapidez fulgurante en cuanto retornó lo que quisimos llamar normalidad. El rebote de las emisiones contaminantes se sintió —y de qué manera— en los meses posteriores al confinamiento, tanto en lo que respecta a los gases de efecto invernadero como en la contaminación atmosférica. Desde entonces, el domo resplandeciente que bloquea la vista del cielo vuelve a reinar en las noches.

Tanto es así que, para ver una muestra de cómo es el cielo de verdad, debemos desplazarnos a lugares en los que la luz artificial brilla por su ausencia. Algunos de estos han obtenido certificaciones por la limitada presencia de luz de origen humano, como son los sellos DarkSky o Starlight. En esta última participa el Instituto de Astrofísica de Canarias, impulsor en 2007 de la Declaración sobre la Defensa del Cielo Nocturno y el Derecho a la Luz de las Estrellas, también conocida como la Declaración de la Palma.5DarkSky, por su parte, ha señalado distintos santuarios nocturnos, el más grande de los cuales se encuentra en Oregón (Estados Unidos), y donde aquello que se quiere preservar no es el suelo o la vida terrestre, como en el resto de los espacios protegidos, sino el cielo y el titileo de las estrellas. Existe ya un creciente «turismo de la noche oscura», en el que algunos humanos, al contrario que las polillas, se alejan lo más posible de la luz para encontrar aquello que resulta imposible en una ciudad.

Lamentablemente, los centros de observación astronómica (tanto de aficionados como profesionales) también son víctimas de la contaminación lumínica,6 a pesar de estar situados habitualmente en áreas alejadas de cualquier fuente de luz. En los últimos años, además, les ha surgido un nuevo impedimento para explorar el cosmos: los satélites artificiales. El auge de los distintos aparatos en órbita —particularmente los miles que ya ha lanzado SpaceX, la compañía aeroespacial de Elon Musk—, sumados a la cada vez más numerosa chatarra espacial, están tejiendo una red que, aunque sea difícil de ver a simple vista, acaba distorsionando mediciones y fotografías de precisión. Hasta tal punto, de hecho, que ya afectan al 6 % de las observaciones del telescopio Hubble,7 situado a 593 kilómetros de la superficie terrestre. Su impacto va más allá de lo que el ojo humano puede apreciar, dado que los satélites también interfieren con las mediciones realizadas en la radioastronomía, como consecuencia de sus emisiones de ondas electromagnéticas. Esto dificulta la detección y el estudio de aquellos cuerpos celestes que escapan al espectro detectable por los telescopios ópticos.

Con todo ello, cada vez resulta más difícil maravillarse cuando se levanta la vista tras la puesta del sol, incluso aunque se haga a través de unos prismáticos, de un telescopio de aficionado e incluso de imágenes profesionales. Perder la noche es perder una parte nuclear de nuestra identidad y esencia, de las referencias culturales y vitales que han impregnado y acompañado a las civilizaciones desde su aparición en todos los rincones del planeta. Es olvidarnos de la curiosidad infinita que alimentó experimentos científicos y de las preguntas sin respuesta que hilaron ritos y leyendas. Es renunciar a los misterios insondables del cosmos, a sentir un miedo dolorosamente humano y tangible ante una inmensidad que apenas percibimos tras las múltiples y muy opacas cortinas de nuestra cotidianidad. Es rechazar la maravilla que no se puede describir con palabras, la contemplación de la nada salpicada de fotones mientras un escalofrío nos recorre la espalda, sabiéndonos vivos aquí y ahora.

Perder la noche es negarnos el inigualable asombro de quien identifica por primera vez una estrella o constelación, y aprende así a ubicarse no solo en tierra y en la Tierra, sino también en el cielo, en el cosmos, en un universo inaprensible. Es perder la emoción de saber que compartimos rumbo y planeta.

La oscuridad es tan importante como la luz. Dejar que la noche se deshilache entre destellos fluorescentes y sombras amarillentas es renunciar a un patrimonio tan valioso como el Sol. Es aceptar una realidad borrosa y cercenada, incompleta.

Es, asimismo, condenarnos a vivir en un mundo sin coordenadas.

EL EFECTO PERSPECTIVA

Vi un vacío frío, oscuro y negro. No se parecía a ninguna negrura que se pueda ver o sentir en la Tierra. Era profunda, envolvente, todo lo abarcaba. Me volví hacia la luz del hogar. Pude ver la curvatura de la Tierra, el beige del desierto, el blanco de las nubes y el azul del cielo. Era vida. Vida que sostiene y nutre. Madre Tierra. Gaia. Y yo la estaba dejando.

Todo lo que había pensado estaba mal. Todo lo que esperaba ver estaba mal.

Fue uno de los sentimientos de pena más fuertes que jamás haya experimentado. El contraste entre la cruel frialdad del espacio y la calidez de la Tierra me llenó de una tristeza abrumadora. Cada día nos enfrentamos al conocimiento de una mayor destrucción de la Tierra a manos nuestras: la extinción de especies animales, de flora y fauna… cosas que tardaron cinco mil millones de años en evolucionar y de repente nunca las volveremos a ver debido a la interferencia de la humanidad. Me llenó de pavor. Se suponía que mi viaje al espacio sería una celebración; en cambio, lo sentí como un funeral.

Estas palabras, profundamente conmovedoras, pertenecen a una persona y a una experiencia singularísima: un actor que había interpretado centenares de veces a un astronauta en la ficción y que, a sus noventa años, se subió a un cohete espacial de verdad. Lo que acabas de leer es el relato8 de la experiencia de William Shatner, famoso por su interpretación del capitán Kirk en Star Trek, quien se convirtió en la persona de más edad en viajar al espacio el 13 de octubre de 2021.

La dramática visión de Shatner, valiosa y emocionante por cómo se funde su personaje televisivo y la experiencia real, no es exclusiva del actor. Es lo que se ha descrito como el Overview effect —que podría traducirse por «el efecto perspectiva»—, y son numerosos los astronautas que lo han experimentado. Consiste en un cambio cognitivo que se produce en quien ve la Tierra desde el espacio, que lleva a quien lo experimenta a ser embargado por una emoción íntima y desbordante, mezcla de la conciencia de hermosura y vulnerabilidad de nuestro planeta con un sentimiento de conexión con el resto de la humanidad. Así lo expresó en 1961 el primer hombre en el espacio, el cosmonauta Yuri Gagarin: «Habitantes del mundo, salvaguardemos y cuidemos esta belleza, no la destruyamos». Valentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio, lo verbalizó también tras una misión en solitario: «Una vez que has estado en el espacio, aprecias lo pequeña y frágil que es la Tierra».

Años antes de poder escuchar el testimonio de los primeros cosmonautas, algunas personas intuían que esto pudiera pasar. En su libro publicado en 1950, La Naturaleza del Universo, el astrónomo Fred Hoyle reflexionaba durante un par de páginas sobre lo que supondría ser capaces de observar la Tierra desde otro punto de vista.

Una vez que esté disponible una fotografía de la Tierra tomada desde el exterior, adquiriremos, en un sentido emocional, una dimensión adicional. La idea habitual sobre el movimiento es esencialmente una idea bidimensional. (…) Una vez que la absoluta soledad de la Tierra se haga evidente a cualquier hombre, cualquiera que sea su nacionalidad o credo, una nueva idea tan poderosa como cualquier otra en la historia será liberada.

Veinte años después se pudo comprobar la anticipación de las palabras de Hoyle, gracias a la universalmente famosa fotografía tomada por el astronauta William Anders, quien orbitaba la luna a bordo del Apolo 8. La instantánea, de título Earthrise, catalizó un sentimiento de autopercepción planetaria, de conexión humana y preocupación ambiental. Suspendida en la inmensidad del espacio, como una canica azul rodeada de negro y de vacío, la Tierra parecía frágil, terriblemente solitaria, y a su vez la más preciosa de las imágenes. Como acertadamente dijo el propio Anders9 cincuenta años después de apretar el botón del obturador, «Fuimos a explorar la Luna y en vez de eso descubrimos la Tierra».

Resulta irónico que este sentimiento de hermandad y fascinación fuese el resultado de una carrera espacial que era, en realidad, una carrera militar en la que casi únicamente participaban hombres blancos. Escucharlos decir, a su regreso a la Tierra, que aquello que veían era «su casa», en un momento en el que el colonialismo, el imperialismo y sus innumerables horrores eran todavía una presencia tangible en gran parte del globo, debió ser indescriptiblemente doloroso para millones de personas en países sometidos y expoliados. Como seguro lo fue también para muchos de los compatriotas de los astronautas y cosmonautas, especialmente en el caso de unos Estados Unidos donde cada año eran encarceladas, reprimidas y asesinadas miles de personas por defender los derechos civiles. ¿Cómo debieron recibir aquellas palabras de fraternidad quienes eran sistemáticamente discriminados y humillados por su color de piel o su pertenencia a tribus indígenas?

* * *

El escritor Frank White, que se autodescribe como «filósofo del espacio», fue quien acuñó el término Overview effect en un libro homónimo publicado en 1987. Tras alumbrar el concepto y reflexionar sobre él, les preguntó a distintos astronautas sobre sus percepciones y experiencias en el espacio. White jamás se encontró con un solo astronauta que le dijese que no valía la pena luchar por la Tierra, que estaba condenada y que por lo tanto debíamos ir a Marte.10 Al contrario, volvían de sus misiones con una sensación de urgencia por contribuir a preservar el planeta.

«Si la gente se sentase afuera y mirase a las estrellas cada noche» —le dice Calvin a Hobbes, su tigre de peluche y amigo en las tiras cómicas creadas por Bill Watterson— «apuesto a que vivirían de una forma muy diferente». Mirar a las estrellas es un acto de humildad y admiración, capaz de llevarnos al éxtasis, la lágrima o el horror. Ser humano es ser consciente de la inmensidad del cosmos, de nuestra pequeñez y mortalidad, aunque demasiadas veces hagamos lo posible para que nadie nos recuerde nuestra verdadera dimensión e intrascendencia.

No podemos tocar la ardiente superficie de las estrellas, pero sí podemos acariciar algo que nunca tendrán: vida. Para ello debemos aprender también a devolver la mirada a todas aquellas criaturas que comparten planeta con nosotros.

COORDENADAS TEMPORALES

«Tomokaku mo narade ya yuki no kare-obana».

«Después de tanto sigo en pie: tal la flor seca del carrizo, en la nieve».

MATSUO BASHŌ

¿Cómo comprender una escala temporal de dimensiones difícilmente concebibles? Para facilitarlo, un ejercicio muy habitual consiste en comprimir la historia de la Tierra en un año. De esta forma resulta más fácil visualizar nuestra dimensión temporal. En una sociedad todavía impregnada por el mantra de la excepcionalidad religiosa y científica (el ser humano por encima del reino animal), la teleología evolutiva (el ser humano como culmen de una evolución direccional) y la pseudociencia sociopolítica (las democracias liberales como fin de la historia), es necesario alejarnos de nuestro ombligo colectivo y tomar perspectiva.

Supongamos que la Tierra se forma el 1 de enero. El 9 de febrero empieza a llover, y el 13 de marzo aparece la vida, aunque la primera célula capaz de hacer la fotosíntesis se demora hasta el 29 de marzo. Como consecuencia de ello, a mitad de junio el aire se llena de oxígeno, volviéndose así tóxico para muchos microorganismos. Un mes después aparece una primitiva forma de vida multicelular, pero no encontraremos células eucariotas (las que tienen núcleo, como las de todos los animales y plantas que ves hoy en día) hasta agosto. Los primeros organismos que se pueden clasificar como animales aprenden a reptar sobre el fondo marino en la segunda semana de noviembre, bien entrado el otoño. A finales de ese mes la vida, por fin, se atreve a salir de los océanos y conquistar la superficie terrestre. Apenas quedan cuatro semanas por tachar del calendario, y todavía estamos en un mundo que seríamos incapaces de reconocer. Los anfibios y reptiles aparecen durante la primera semana de diciembre, y un elemento tan común de nuestro paisaje actual como las flores no podrá contemplarse hasta el día 21. Los dinosaurios se extinguen durante la sobremesa de la comida de Navidad, cuando un meteorito provoca la última de las cinco extinciones masivas que ha sufrido la vida en la Tierra.

¿Y nosotros?

Los primeros homínidos aprenden a andar a mitad del último día del año, y una hora antes de medianoche surge nuestra especie, Homo sapiens. Mientras preparamos las uvas, descubrimos cómo cultivar y domesticar animales, y, cuando faltan apenas dos segundos para medianoche, se produce la Revolución industrial. Tú y yo nacimos aproximadamente cuando faltaban tres décimas de segundo para las 00:00. La próxima vez que aplaudas en un concierto, el teatro o un evento deportivo, recuerda que cada aplauso es lo que duraría una vida humana si la historia de nuestro planeta durase un año entero.

Este aceleradísimo calendario debería constituir sin duda una cura de humildad para la humanidad, que cree ocupar un lugar central en la historia de la vida. Persiste la idea de que todo lo sucedido hasta ahora iba encaminado a nuestro surgimiento como especie, a la dominación de la vida por parte de Homo sapiens. Nos autoconvencimos de que el mundo había evolucionado hasta estar maduro y preparado para nuestros deseos. Pero no es así. El planeta no estaba aquí para nosotros, ni tampoco representamos la cúspide de la evolución, el fin último de la historia de la vida. Somos apenas un destello en la noche cósmica y también en la biografía de nuestro planeta.

* * *

La inmensidad espacial del universo es algo que aún no sabemos muy bien cómo comprender en lo intelectual ni cómo digerir en lo emocional. No somos capaces tampoco de pensar en millones de años porque nuestro cerebro, aunque conozca los datos y pueda recitarlos de memoria, no es capaz de asimilar la angustiosa fugacidad de una vida humana.

Hay quienes apuntan justamente a nuestra insignificancia dentro de las coordenadas espaciotemporales del cosmos como un atenuante de nuestras acciones. ¿Para qué preocuparse por lo que hagamos y el daño que inflijamos a la vida en la Tierra, si este será temporal, apenas un abrir y cerrar de ojos en tiempo geológico? Además, solo somos un minúsculo planeta de una galaxia cualquiera. Pareciera que podemos experimentar y romper todo aquello que queramos, porque, antes de que nos demos cuenta, la vida habrá recomenzado.

Puede que nuestra presencia sea breve, pero no por ello debe confundirse la insignificancia de los fósiles propios con el impacto que estamos provocando en el resto del mundo vivo. Solemos pensar en nuestra huella como aquella que dejaremos tras nosotros: cemento, asfalto, residuos radioactivos, montañas de plástico y vertederos llenos de huesos de pollos. Nos equivocamos. Nuestro legado está encaminado a ser algo muy distinto: la ausencia y el silencio. No solo tenemos pruebas convincentes de que hemos puesto en marcha la sexta extinción masiva desde el surgimiento de la vida multicelular, sino que además estamos impidiendo la futura existencia de miles, millones de especies. Calcinando ramas enteras del árbol de la vida y taponando el xilema de la evolución, condenamos a la muerte a las hojas que sostenían y a las flores que en ellas brotaban, negándoles así también la vida a todas las que estaban por venir. Vivimos ya rodeados de fantasmas de especies que nunca existirán.

Cada especie que se extingue es un camino único e irrepetible que funde a negro después de casi cuatro mil millones de años, y que jamás —¡jamás!— podrá recuperarse. Con cada extinción se resquebraja el cordón umbilical que nos une al principio del mundo y que nos conecta a todo lo vivo. Cuando una especie desaparece, se esfuman también todas a las que podría haber dado lugar con el paso del tiempo. Estamos simplificando y empobreciendo el presente y, a la vez, negando futuros alternativos tanto a nuestra especie como a todos los seres vivos con los que compartimos coordenadas espaciotemporales.

El legado que deje nuestra especie en este planeta no debería ser un coro de ausencias y voces silentes ni un terrible claro en el bosque en el que solo se perciba la huella de nuestros pies y el hálito de nuestra voracidad. Estamos poniendo en jaque nuestra existencia a la vez que construimos el peor de los relatos para nuestra excepcionalidad: el de la destrucción y el saqueo.

Las coordenadas de la vida son improbables, y su florecimiento requiere más tiempo del que nos podemos imaginar. Nos encontramos aquí en el preciso instante en el que podemos compartir nuestros días con rinocerontes, abubillas, margaritas, ciempiés, naranjos, libélulas, orquídeas o caballitos de mar. Nunca antes fue posible esta coincidencia. De nosotros depende que lo siga siendo en el futuro.

SEGUNDA PARTE

ENGRANAJES

«La diversidad de las formas de vida, tan numerosas que aún nos queda identificar la mayoría de ellas, es la mayor maravilla de este planeta».

E. O. WILSON

UN ENIGMA VITAL

«Estamos vivos, quién lo duda, el laurel, el ave, el agua y yo, que miro y tengo sed».

BLANCA VARELA

¿Por qué la vida es vida y en esa vivencia lo vivo es diferente a la roca caliza, a un copo de nieve o al magma de un volcán? ¿Por qué un pedazo de granito verdoso no está vivo y un puñado de algas sí? ¿Qué es la vida, en definitiva?

El biólogo y premio nobel Paul Nurse, en su libro ¿Qué es la vida?, ofrece tres principios básicos que sirven para esbozar una definición, aunque reconoce las limitaciones implícitas de sus postulados. Por ejemplo, Nurse reconoce que resulta tentador dibujar una línea clara entre lo que está vivo y lo que no, a pesar de que haya entidades (como los virus) que se muevan en una frontera muy difusa.

En primer lugar, según Nurse, la vida debe tener la capacidad de evolucionar a través de la selección natural, para lo cual debe poder reproducirse y contar con material hereditario. En segundo lugar, los organismos vivos son entidades físicas conectadas, dado que están separadas y a la vez comunicadas con su medio ambiente. Por último, establece que los organismos vivos son máquinas químicas, físicas e informativas. Construyen su propio metabolismo y lo usan para mantenerse, crecer y reproducirse.

La secuencia lógica de Nurse está bien estructurada y resulta útil, pero tengo especial predilección por lo que escribieron a cuatro manos la bióloga Lynn Margulis y su hijo, Dorion Sagan, en su libro de idéntico título, What is Life? («¿Qué es la vida?»). La suya es una definición múltiple, fragmentada, escondida en varios capítulos. No pretende zanjar ningún debate ni ofrecer un dogma incuestionable. La vida, escriben, «es un proceso físico que cabalga sobre la materia como una ola extraña y lenta. Es un caos controlado y artístico. Es materia indisciplinada, capaz de escoger su propia dirección con vistas a retrasar indefinidamente el inevitable momento del equilibrio termodinámico —la muerte—. Es la encapsulación acuosa, acotada por una membrana, del espaciotiempo».

La vida es bella y caleidoscópica; también puede serlo su definición.

* * *

Aunque nos cuesta definirla, sí sabemos trazar con bastante fiabilidad la historia de la vida. Los primeros organismos unicelulares surgen en el lapso aproximado de tiempo que va de los 3.900 a los 3.500 millones de años antes del presente, tras apenas 700 millones de años de la formación del planeta. Las pruebas que sitúan el origen de los seres vivos en momentos anteriores a los 3.500 millones de años son aún inciertas y están sometidas a una constante revisión, puesto que los fósiles que se han encontrado son indirectos (es decir, no del organismo sino de la huella de su actividad). Lo realmente importante, no obstante, es considerar que la vida necesitó muy poco tiempo para hacer acto de aparición. En cuanto el planeta presentó las condiciones adecuadas para acogerla, aparece.

Se ha discutido también la posibilidad de que la vida llegase de otro lugar. Por ejemplo, que fuese sembrada en la Tierra por un meteorito o un cometa, lo que se conoce como la hipótesis de la panspermia. Más allá de lo atractiva que pueda resultar la idea de una siembra extraterrestre, la hipótesis no aborda el origen de la vida, sino simplemente el origen de la vida sobre la Tierra. Hasta el momento, además, hay muy poca evidencia que la apoye.

En una de las concepciones clásicas sobre el origen de la vida, el naturalista Charles Darwin teorizó a mitad del siglo XIX que esta podría haber empezado en una charca caliente, dado que agua y energía conforman el paquete básico de necesidades vitales para la vasta mayoría de los organismos vivos. Conforme se iba sabiendo más de la Tierra primigenia, más claro se intuía que esas condiciones podrían haberse dado con relativa facilidad. En los años veinte del siglo XX, el bioquímico ruso Alexander Oparin y el inglés John B. S. Haldane, trabajando de forma separada, llegaron a conclusiones similares: en una atmósfera como la que pensaban que habría en el eón arcaico, hace cuatro mil millones de años, era posible que los componentes básicos de la vida surgiesen a partir de lo inanimado.1

Esta sopa primordial, como se la conoce de forma coloquial, debía tener todo lo básico para permitir la formación de las moléculas orgánicas que definen la vida, como son los aminoácidos, los ladrillos que forman las proteínas. Fue en 1953 cuando Stanley Miller y Harold C. Urey recrearon esas condiciones para ver si, efectivamente, eran capaces de generar alguno de esos compuestos precursores de la vida. Montaron un dispositivo de laboratorio muy inteligente, aunque relativamente simple, capaz de simular la atmósfera y los mares primitivos en recipientes de cristal, atravesándolos con descargas eléctricas para imitar la acción de los rayos de tormenta. Esperaron una semana y, al analizar lo que habían obtenido, vieron que habían conseguido generar moléculas orgánicas. Entre otras, aminoácidos.2

La vida empieza. Hay una chispa. La célula, la unidad básica de la vida, comienza a ensamblarse. Como un juego infantil primero, como un complejo edificio después, todos los elementos van ocupando su sitio. Una capa exterior, la membrana lipídica, para proteger el interior y separarlo del ambiente. La primera frontera. Los engranajes metabólicos, para alimentar la pequeña máquina. Los ácidos nucleicos (ARN y ADN) para transmitir información y catalizar reacciones. Tras unos millones de años de prueba y error, las piezas encajan en algún lugar del planeta y, una vez engarzadas, se desarrollan y multiplican en un bucle imparable. Y de ese maravilloso e improbable momento procedemos todos, absolutamente todos los seres vivos.

Toda la vida comparte no solo similitudes funcionales, sino el mismo manual de instrucciones genético. El ADN contiene las huellas dactilares de nuestra ascendencia filogenética, y se puede inferir la existencia de un ancestro común, conocido como LUCA (último antepasado común universal, por sus iniciales en inglés). Este organismo, tremendamente simple, vivía en un mundo sin oxígeno y cubre el hueco temporal entre el fin del bombardeo de meteoritos, cuando se dieron por vez primera las condiciones para la vida, y los primeros fósiles de estromatolitos, los tapetes microbianos que empezaron a recubrir la superficie terrestre hace 3.500 millones de años.

LUCA y sus descendientes unicelulares, las bacterias y las arqueas, fueron capaces de establecer una distinción que antes no existía, tan simple como disruptiva: dentro y fuera. Fuera de su membrana lipídica estaba el exterior, pero dentro podían poner en marcha su rudimentario metabolismo y generar las condiciones para sobrevivir y replicarse. Ese cercado permitía también otra acción fundamental, la acumulación de determinadas moléculas en mucha mayor concentración de la que había a su alrededor. Empezó entonces la frenética carrera en la que aún estamos: consumir energía (sean rayos del Sol, compuestos químicos, otros organismos o alimentos precocinados del supermercado de la esquina) para mantenernos vivos, ordenando lo que queda dentro de nuestras fronteras vitales a costa de desordenar el entorno.

Algunas posturas científicas asumen que la vida es casi una inevitabilidad física, cuando las condiciones son las adecuadas. Sus componentes básicos son comunes o pueden generarse en distintos hábitats. Es altamente probable que exista vida extraterrestre en forma de microbios unicelulares, quizás incluso en nuestro propio Sistema Solar. Pero la vida que nos rodea y de cuyo entramado formamos parte es mucho más improbable. Tanto, que podría considerarse la más inaudita de las casualidades. También la más bella.

La pregunta, ahora, es cómo funciona ese maravilloso accidente y por qué nuestro planeta alberga la portentosa biodiversidad que hoy podemos experimentar, en vez de estar cubierto por un vasto tapete verde de una sola especie.

EVOLUCIÓN

«Nada tiene sentido en biología si no es a la luz de la evolución».

THEODOSIUS DOBZHANSKY

UNA IDEA QUE LO CAMBIÓ TODO

Es muy posible que la primera vez que alguien escuche hablar de la selección natural, concepto que Charles Darwin acuñó y popularizó, se pregunte cómo es posible que no se le hubiese ocurrido antes a nadie. Es tan bello y evidente que, una vez comprendido e identificado, no puede dejar de verse por doquier.

Si una planta o un animal tiene un rasgo que lo hace obtener más alimento o adaptarse mejor a un ambiente cambiante, y con ello se reproduce más, será algo que se heredará y se extenderá a toda la población. De esta manera, y con el transcurso del tiempo, acabará surgiendo una nueva especie. Si el clima cambia repentinamente y se vuelve más frío, los mamíferos con más pelo y una capa de grasa más gruesa sobrevivirán mejor y, por lo tanto, dejarán más descendencia. No es una cuestión de supervivencia del más fuerte, sino de quien consiga un mayor éxito reproductivo. Puede ser el más peludo, el más silencioso o el más escurridizo.

A pesar de que habían circulado ideas evolucionistas desde hacía décadas, fueron Charles Darwin y Alfred Russel Wallace quienes formularon la teoría original de la evolución por selección natural. Mientras Darwin es uno de los nombres más conocidos de la historia de la ciencia, comparable a Einstein, Newton o Galileo, Wallace suele aparecer apenas como una nota a pie de página, de forma totalmente inmerecida.

La presentación de su teoría en julio de 1858 cristalizó en el libro más conocido de Darwin, tras veinte años de paciente estudio, y casi tres décadas después de embarcarse en el Beagle. El resultado, El origen de las especies, cuyo subtítulo era «Por medio de la selección natural», fue publicado por primera vez en noviembre de 1859, agotando la tirada de 1.250 ejemplares en un solo día. Y lo cambió todo, porque arrojó un haz de luz sobre el hasta entonces misterioso mecanismo por el cual las especies evolucionaban.

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La evolución de las especies no es una ocurrencia ni una propuesta por comprobar. Es un hecho y es constatable. ¿Cómo? Para empezar, disponemos de un rico y muy completo registro fósil, muchísimo más extenso que cuando Darwin escribió su libro, con el que reconstruir la historia de la vida. También contamos con las evidencias que nos proporciona la embriología, el estudio de los procesos del desarrollo de los organismos. Esta disciplina científica revela una asombrosa similitud entre especies muy alejadas, hasta el punto de que en muchos casos resulta imposible distinguir los embriones tempranos de ciertos animales y de un ser humano hasta bien entrada la gestación. En tercer lugar, sabemos que los procesos bioquímicos de los que depende la vida son idénticos en gran parte del mundo vivo. Los engranajes de nuestras maquinarias celulares funcionan exactamente igual.

Además, nuestro material genético, donde se halla codificada la información para fabricar nuestro cuerpo y mantenerlo vivo, es extraordinariamente parecido al de muchas especies, incluso con algunas con las que a primera vista no pensaríamos tener nada en común. Compartimos el 90 % del ADN con los gatos, el 60 % con las moscas de la fruta y el 40 % con la coliflor.

Este conocimiento habría contrariado profundamente al médico José de Letamendi, quien en un discurso1 pronunciado en 1867 proclamaba que «El positivismo contemporáneo nos da por oriundos de los orangutanes: idénticos a estos en naturaleza, solo distintos en grado. Pues bien, si soy hijo de un orangután, por igual razón debo ser nieto de una col y biznieto de una piedra». Sin ser consciente de ello, y tratando de ridiculizar las ideas de Darwin, entonces de reciente introducción en España, Letamendi acertó de pleno en nuestro origen a partir de la materia inorgánica y en nuestro parentesco con organismos a los que aparentemente no nos une nada.

Por último, no debe olvidarse que tenemos una confirmación empírica y tangible de la evolución. Son numerosos los estudios experimentales, tanto en laboratorio como en campo, en los cuales se ha podido observar la evolución en acción de una forma absolutamente incontestable.2

Las ideas que alumbraron Darwin y Wallace constituyeron una explosión que obligó a redibujar las fronteras y el mundo en el que vivían, cuyas creencias perduran en la actualidad. Fueron también una impugnación de la figura del Dios creador, padre de todas las especies que pueblan la Tierra. Lo que Darwin propone es irreconciliable con la idea de Dios, con una muerte trascendente, con el alma. Como afirmó Cánovas del Castillo3 en 1872, «Diríamos que Darwin no se propone otra cosa sino hacer inútil la idea de Dios por medio de sus obras científicas».

El giro darwiniano es más profundo y trascendente que el copernicano. Cuando reemplazamos la Tierra por el Sol como centro del cosmos conocido, los humanos seguíamos siendo el eje central de la creación. Igualarnos con un gusano, una gallina o una vaca, sin embargo, nos desplazó a un lugar muchísimo más lejano: al reino animal. Consciente de ello, el mismo Darwin dejó escrito, en una carta de 1844 a su amigo Joseph Dalton Hooker,4 que trasladarle su convencimiento de que las especies no eran inmutables era para él «como confesar un asesinato». Por eso aún hoy es combatida con tanta furia por algunos, que tratan incluso de prohibir su enseñanza u obligar a que comparta espacio lectivo y prestigio académico con ideas religiosas como el creacionismo, alejadas de cualquier fundamento científico.

UNA LECTURA EQUIVOCADA Y UNA VISIÓN ESPERANZADORA

Pocos campos del conocimiento han sido históricamente tan malinterpretados y manipulados a nivel político, mediático y social como el de la biología evolutiva. Lo que se llamó darwinismo social, que tuvo su apogeo entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, no pasó nunca de ser una dañina pseudociencia al servicio de las élites, usándose para justificar los horrores del colonialismo, así como la esterilización y exterminación de grupos enteros de personas. El capitalismo ha sabido reciclar el núcleo fundamental de esta doctrina, edificada sobre una distorsión interesada y errónea de los postulados evolucionistas de Darwin.

En un sistema económico en el que se potencia sin miramientos la competencia y el individualismo, una ley natural que diga que «el más fuerte es quien sobrevive» no solo entronca con lugares comunes plagados de errores conceptuales, sino también con el espejismo de un orden social en el que uno solo puede progresar a base de codazos y de pisar al de abajo. Es el andamiaje idóneo para apuntalar una sociedad patriarcal, basada en la desconfianza, la agresividad y el desprecio al prójimo. Constituye también los cimientos de los discursos que tratan de dotar de una pátina científica al racismo o al capacitismo, y que lamentablemente aún persisten. Es, en definitiva, la excusa perfecta para justificar el desmantelamiento de las políticas públicas que sostienen el estado del bienestar, amparándose en la vuelta a la supuestamente natural y primigenia «ley de la selva», en una muy perversa noción de libertad completamente alejada de la realidad.

En el inicio de su libro El apoyo mutuo, el anarquista y geógrafo ruso Piotr Kropotkin explica que gran parte de la motivación de su libro es desarrollar la idea que había esbozado el zoólogo ruso Karl Fiódorovich Kessler en una conferencia de 1880, que llevaba por título Acerca de la ley de la ayuda mutua. Todo el libro es sumamente interesante, pero resulta esclarecedor recuperar la introducción original.

El amor, la simpatía y el sacrificio de sí mismos desempeñan ciertamente un papel enorme en el desarrollo progresivo de nuestros sentimientos morales. Pero no es el amor ni la simpatía aquello sobre lo que el hombre creó su sociedad. Esta fue creada sobre la conciencia —aun en estado de instinto— de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres. Fue creada sobre el reconocimiento inconsciente de la fuerza que aporta a cada hombre la práctica de la ayuda mutua, de la estrecha dependencia de la felicidad de cada individuo con la felicidad de todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad que obligan al individuo a considerar los derechos de los otros como iguales a sus propios derechos.

El anarquista y científico acumula pruebas y argumentos a lo largo de todo el libro para subrayar la crucial importancia del apoyo mutuo en la naturaleza y en las sociedades humanas, así como en su papel en tanto que mecanismo evolutivo. Existen incontables ejemplos de la cooperación en el mundo animal y vegetal, entre individuos de la misma especie y también entre especies distintas. Los años y la evidencia científica han dado la razón a Kropotkin.5,6,7

Uno de los más recientes y llamativos ejemplos es particularmente interesante en el contexto de la emergencia climática. En una población de macacos rhesus (Macaca mulatta) en Cayo Santiago, una pequeña isla de Puerto Rico, los individuos que compartieron la sombra de los árboles aumentaron su esperanza de vida.8 Tras el paso del huracán María en 2017 (un episodio extraordinariamente trágico en la vertiente humana, con miles de muertes), la cubierta vegetal quedó reducida a la mínima expresión. La isla quedó devastada, llena de tocones y despojada de cobijo para los animales. La sombra, imprescindible en un clima tropical en el que las temperaturas son asfixiantes y peligrosas, se convirtió en un recurso escaso y preciado. Pero en vez de competir agresivamente por un lugar fresco, la tolerancia social se acrecentó. Los macacos cambiaron su comportamiento y aceptaron mejor la cercanía a otros individuos, todo ello con el fin de poder refugiarse bajo un poco de sombra. Disminuyó la agresividad y la crisis por la escasez de un recurso natural —la sombra— se solucionó parcialmente con el apoyo mutuo.

Este caso evoca lo que cuenta Rebecca Solnit en Un paraíso en el infierno, un libro sobre cómo nuestra especie se enfrenta a las catástrofes. En él disecciona la respuesta de distintas personas y poblaciones a los desastres, enfatizando que el comportamiento en esos casos es altruista y cooperativo. Cuando peor están las cosas, más nos ayudamos. Solnit no loa las tragedias ni presupone que sean condición necesaria para ciertos comportamientos de sacrificio y generosidad, pero sí muestra cómo, con un sentimiento fuerte de comunidad y cuidando de los demás, es posible resurgir con más rapidez y mejores cimientos.

Frente a la narrativa de la lucha despiadada por la supervivencia en medio del caos, tan bien retratada por el héroe cinematográfico —siempre hombre— que solo protege a su familia, la realidad muestra que, en los momentos más difíciles, tendemos la mano a nuestros vecinos, evidenciando que somos compasivos y arrimamos el hombro.

Es más fuerte quien mejor cuida.

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE BIODIVERSIDAD

«“La lucha contra el mal inglés no es frívola”, escribió George Orwell en 1946, una convicción que se ha hecho cada vez más cierta en el medio siglo transcurrido. Hoy en día, un pensamiento o una frase confusa puede enviar al mundo entero a un callejón sin salida. Es por eso que el Día de la Tierra, el 22 de abril, debería dedicarse a diccionarios y tesauros».

BILL MCKIBBEN

«Érase una vez un planeta triste y oscuro». Así empezaba la sintonía de la versión española de Érase una vez el hombre, una serie divulgativa de dibujos animados creada por Albert Barillé en 1978. Vista con distancia, las temáticas escogidas son incompletas y el tratamiento es cuestionable en algunos casos, aunque en otros resultan sorprendentes su audacia y profundidad. En su último capítulo, por ejemplo, se trata el papel del conocimiento científico en las decisiones políticas, incluyendo una clara referencia al informe Los límites del crecimiento, el pionero documento del Massachusetts Institute of Technology de 1972, cuyo foco era el posible colapso de la civilización industrial debido al agotamiento de recursos naturales y el aumento de la población. También se deduce una crítica feroz al consumismo para contentar a las fábricas (esto es, al capitalismo) y a la economía de usar y tirar, así como repetidas denuncias sobre el insoportable nivel de contaminación de la atmósfera, los suelos, los ríos y el mar. Casi cincuenta años después, el capítulo sigue igual de vigente.

Érase una vez un planeta triste y oscuro, pero desde que apareció la vida dejó de serlo. En la serie, dirigida a un público infantil pero con voluntad de permear más allá, hay una enseñanza básica implícita en el orden de los capítulos y explicitada en los minutos finales: tuvieron que pasar casi cinco mil millones de años para que una especie de mamífero pudiese andar erguida. En otras palabras, nada de lo que sucede tras la aparición del Homo sapiens —las ciudades, la ciencia, la música, la exploración espacial, el arte, la gastronomía— sería posible sin todo lo que sucedió antes.

Somos porque venimos de una historia evolutiva larguísima y compartida. Estamos porque edificamos nuestra existencia sobre los mimbres que han tejido una miríada de seres vivos desde los albores del tiempo, incontables organismos sin los cuales necesitaríamos una escafandra para vivir en lo que de nuevo sería, tengámoslo por seguro, un planeta triste y oscuro.

LA GÉNESIS DE LA BIODIVERSIDAD

Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), la biodiversidad es la «variedad de especies animales y vegetales en su medio ambiente». El enunciado, sin embargo, obvia a los centenares de miles de especies de hongos, protozoos y algas, así como a todos los procariotas (bacterias y arqueas). Además, la diversidad de la vida no se circunscribe únicamente a la categoría de «especie». Esta definición no nos sirve.

En septiembre de 1986 se reunieron más de un millar de personas en Washington D. C., con motivo de la celebración del primer Fórum Nacional sobre Biodiversidad. Eran mayormente hombres blancos occidentales, aunque ello no impidió que nueve de ellos fundaran El Club de la Tierra. Aun a pesar de los sesgos y las carencias en el plantel de ponentes, los debates y resulta dos de aquel foro de 1986 fueron extraordinariamente interesantes, dado que en la conferencia y en la elaboración de materiales posteriores participaron personajes de la talla del entomólogo E. O. Wilson, el biólogo Paul Ehrlich, el biólogo Jared Diamond, el paleontólogo Stephen Jay Gould o el autor de la teoría de Gaia, James E. Lovelock. Por primera vez se intentaba dar coherencia a un concepto elusivo y, a la vez, imposible de evitar en cualquier conversación sobre el mundo natural y el impacto de la actividad humana sobre el medio ambiente.

El padre de la palabra biodiversidad fue Walter G. Rosen, quien la acuñó para nombrar el foro de 1986. Sin embargo, quien la popularizó definitivamente —y a quien mucha gente atribuye la autoría— fue Edward O. Wilson, fijándola en el imaginario colectivo a raíz de la edición del libro Biodiversity en 1988, el primer gran volumen sobre el tema.1 A partir de ahí, el camino al estrellato del término fue fulgurante, codificándose poco después su definición en el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CBD), firmado en mayo de 1992 en la conocida como Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro.

Allí, podemos leer que la biodiversidad es «la variabilidad de organismos vivos de cualquier fuente, incluidos, entre otras cosas, los ecosistemas terrestres y marinos y otros sistemas acuáticos, y los complejos ecológicos de los que forman parte; comprende la diversidad dentro de cada especie, entre las especies y de los ecosistemas».

He aquí una definición algo más completa. Nos indica que no solo debemos contemplar la unidad taxonómica de la especie, que a su vez presenta importantes desafíos a la hora de definirla, sino también la variabilidad genética dentro de dichas especies, así como la diversidad de los ecosistemas. La biodiversidad, afortunado neologismo que resulta de la contracción de «diversidad biológica», no es equivalente a la riqueza de especies, un mero conteo de fauna y flora como proponía la RAE.

El concepto de biodiversidad ha sido difícil de manejar, aprehender y divulgar desde su misma génesis. A pesar de esta inaprensibilidad, ha ido instalándose en el imaginario colectivo como un sinónimo de «naturaleza», como algo indefinido pero valioso, que debía ser protegido. Es justo por esta naturaleza difusa y polisémica por lo que, poco después de su popularización hace más de tres décadas, las críticas —fundadas y hasta furibundas— no tardaron en surgir.

En un artículo de impactante título publicado2 en 1997, «La biodiversidad está muerta», el investigador R. A. Lautenschlager afirmaba que biodiversidad era un término tan inclusivo que había devenido en una palabra sin sentido. «El problema con la palabra», afirmaba, «no es la ausencia de una definición aceptable, sino que la definición es demasiado inclusiva». Lautenschlager apostaba en su artículo por dejar de usar el término genérico y escoger palabras que acotasen el concepto, más específicas y adecuadas. Un par de años antes, en 1995, el filósofo J. Baird Callicott publicaba una reflexión similar.3 En ella, llamaba a distinguir entre los términos biodiversidad, salud ecosistémica e integridad biológica, con el fin de poder nombrar con más precisión y acierto los múltiples componentes y complejos procesos del mundo natural.

El debate corría parejo al de la palabra sostenibilidad. Con raíces profundas en la gestión ambiental, el concepto «sostenibilidad» quedó fijado en el imaginario colectivo en la década de los ochenta del siglo pasado, gracias a su profusión en documentos oficiales, artículos científicos, acuerdos internacionales, proclamas activistas y libros divulgativos. Poseedor de una vaguedad imposible de acotar, el término hizo fortuna y saltó al estrellato en los noventa. Su ubicuidad llegó a tal punto que el influyente ecologista norteamericano Bill McKibben escribió un artículo4 en el New York Times titulado «Buzzless Buzzword» (algo así como «palabra pegadiza sin pegada»), con el que lanzaba una crítica acerada y fundamentada a la sostenibilidad. Atribuye su surgimiento y difusión al hecho de formar parte de un esfuerzo por ocultar la sobreexplotación de los recursos naturales del planeta, con el objetivo último de retrasar la acción durante algunas décadas más mediante la ilusión del desarrollo sostenible. En su texto, corto y muy directo, McKibben propone reemplazar «sostenibilidad» por «madurez».

La filósofa Marina Garcés resume5