La Tinta Ancestral - Antonio Arnau del Castillo - E-Book

La Tinta Ancestral E-Book

Antonio Arnau del Castillo

0,0

Beschreibung

Desde niño, la imaginación de Alain le lleva a tener visiones con las que ha de convivir a lo largo de su vida. Los encuentros con algunos personajes reales y otros míticos le van introduciendo en una trama cuya transcendencia nos implica a todos. Este relato es una aventura en la que se conjugan herméticos misterios, escenarios teosóficos, indagaciones religiosas, ciencia ficción y psicología, e inicia al lector en el lenguaje usado por los alquimistas en la explicación de su Obra y del Mundo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 470

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Rey y Señor, que moras en Pagasa

Y en la ciudad que lleva mi apellido,

Progenitor y origen de mi casa:

Dígnate a mi oración prestar oído:

En Delfos recibí merced no escasa

De tu divino oráculo. Hoy te pido

Que, de llevar a cabo mi alta empresa

Y regresar, confirmes tu promesa.

Rezo de Jasón a Apolo en Las Argonáuticas de Apolonio Rodio.

Traducido del original griego en verso castellano por Ipandro Acaico. Tomo primero verso LXXXII.

————————————

*

En todo libro se casa lo verdadero con lo falso, es una boda entre lo probable y lo improbable, un encuentro apasionado entre la forma y la esencia con la intención de fecundar conocimiento.

*

ÍNDICE

Prefacio

I

El naciente

II

Pactos

III

Las Fuerzas

IV

El Protector

V

Búsquedas, pérdidas y encuentros

VI

El jardín

VII

Lejos del Paraíso

VIII

Escrituras

IX

Vínculos

X

Desde el otro lado del muro

XI

El amanecer de la realidad

XII

Artificios

XIII

Restauración

XIV

Encarnación

XV

Elena

XVI

Subterráneo

XVII

Conjunción

XVIII

Iluminación

XIX

La Estrella del Amanecer

XX

Duat

XXI

El Mundo

XXII

Las Ciencias

XVIII

El ayahuasquero

XXIV

Horus niño

XXV

El Devorador

XXVI

El Trono

XXVII

El Edén

XXVIII

Ana, la primera madre, Primera Materia

XXIX

A través del agua

XXX

Observando el hormiguero

XXXI

Luis Fernando

XXXII

Montfeu

XXXIII

Uno de cctubre de 2009

XXXIV

Incubación

XXXV

El viaje

XXXVI

El veneno y su antídoto

XXXVII

Relato grosero de una sutil incursión

XXXVIII

Hathor

XXXIX

Todos en Uno y Uno en todos

XL

Opus Magnum

XLI

Anochecía 2009

Glosario

Prefacio

Manuscrito aportado por Fenáreta

Ajeno al tiempo y al lugar, ignorante de toda verdad e inocente de la engañosa realidad, pudo ver al Ave Mítica surcando el cielo de su mente. Con la fuerza de aquel singular aleteo, el pájaro Bennu1 dejó caer en armónico descenso una pluma; de su sacro cálamo brotaron culebrillas de tinta, narradora de una historia cargada del ánima ignota que al escritor domina, acogiéndole en una existencia más allá de la razón humana, en un lugar insólito e inexplorable.

Allí, donde nada tiene nombre, sólo algo simple pudo combinar; pero pronto las palabras se manifestaron sin dejar de significar lo vivido. Luz y oscuridad lo llenaron desde lo más íntimo hacia fuera.

Se apreció a sí mismo como un laberinto helicoidal, variable en su sentido; semejante a dos serpientes, una blanca y otra negra que, entretejiendo sus cuerpos, devoran sus colas para sentirse como Único Ser que repta sin pausa, ocupándolo todo, hasta alcanzar la morada de la simetría perfecta; deteniéndose ahí, en el súmmum de la belleza, en el inerte esplendor del origen de la creación. Y en esta silenciosa quietud espontáneamente surgió otra luz; esa chispa inesperada le hizo sentirse único y por tanto solo. Se provocaron entonces observaciones subjetivas que generaron la ruptura de la cabal proporción absoluta. Y ya lo sutil se mostró grosero: carne gobernada por una mente exiliada y aturdida por la atávica precipitación hacia la materia. Una mente que, como un planeta lejos de su sol, soporta una larga glaciación aunque su núcleo incandescente lo mantenga vivo, latente, con la esperanza de que su viaje orbital por la elipse lo lleve al punto donde su estrella lo reanime alcanzando de nuevo la exuberancia.

A modo de fi nito período, se mostró un eterno reinicio en el que la conclusión y el origen se retroalimentaban en una hipnótica espiral. Tal vez quedó dormido y comenzó a soñar, con ficticia coherencia y aparente orden, con un lugar en el que ya todo pudiera ser identificado: Era la vida conocida, un signo para cada cosa, múltiples los colores en un espacio tridimensional donde el tiempo marca principio y final. Sintió estar en la Tierra, en su país, y ser dueño de su propio nombre y su propia historia con todas sus consecuencias.

I El Naciente

Μientras amanecía el penúltimo día de 1963, Ester empujaba con todas sus fuerzas logrando que el bebé asomara la cabeza. Exhausta, dejó de empujar.

—¿Por qué te paras ahora? —preguntó Fenáreta2, la vieja partera.

—Duele mucho, parece que me voy a romper… —gimió Ester.

—Toma aire y recuerda, recuerda lo placentero que fue engendrarlo ¡Empuja! —ordenó—. Si bien recibiste aquello que ensanchó tu vientre, bien dale tu hijo al Mundo y que bien recibido sea… ¡Empuja!

Algunos lugareños decían que más que comadrona era una bruja debido a su carácter agrio e irónico así como al conocimiento que sobre hierbas y ungüentos poseía. De ella escuché esta historia y si algún mérito correspondiera le sea dado a Fenáreta, pues de su boca brotó la esencia de la pequeña obra que pasaré a narrar; pero antes se hace necesario relatar algunos hechos y refl exiones sobre la vida de aquel que ayudó a nacer, personaje que, aun siendo muy singular, tenía algo reconocible en todos.

El niño no tardó en abrir los ojos a un mundo que en ese momento apenas podía percibir; tan sólo algunos sonidos le eran familiares, pero muy pronto las sensaciones comenzarían a escribir en su conciencia. El descubrimiento del primer color le fue llevando al conocimiento de los demás colores, la comprensión de la primera palabra inició el camino hacia la comprensión del lenguaje, del mismo modo que desde el inicio de una historia surgen las formas que nos han de llevar a su más íntimo sentido.

Así nació y le fue dado un nombre para que él o alguien se preguntara: ¿Quién soy? o ¿Quién es?

Llamado Alain en memoria de su abuelo paterno de origen francés, llegó a este mundo en aquellos tiempos en los que la gente y sus construcciones comenzaban a diseminarse sobre la bella campiña donde se encontraba la huerta en que nació. Con lentitud, se iban alzando edificios en la distancia y algunos caminos se endurecían cubiertos por el asfalto grisáceo venido de la no muy lejana urbe madrileña. Era el principio de algo que llamaban desarrollo; pero todavía, en ese lugar, los niños podían crecer disfrutando de juegos entre pinares y sembrados, respirando el aire de aquellos campos nutridos por aguas subterráneas que, aflorando en arenales, hidrataban huertas afanosas por dar sus frutos. En aquel lugar la naturaleza aún se mostraba ajena, ignorante del futuro al que ya estaba condenada: sería sustituida por hormigonados edificios.

Observó, durante los descansos de sus correrías, la ejecución de la sentencia, esa labor destructiva y arrasadora; no le agradó en absoluto el derribo de un olmo viejo, con buena sombra, conocido desde el principio de su memoria ni que talaran la morera que le permitía escalar por sus ramas hasta alcanzar sus golosinas silvestres. Se entristeció al oír que su vecino, el tío Saturnino, había vendido el melonar y se iría de allí dejando sus perros en abandono. Percibió la pena como una pequeña mancha en la alegría innata de su niñez.

A Alain le encantaba pasar el tiempo al aire libre; jugar con otros niños era prioritario, pero no le parecían menos importantes los magnéticos momentos que pasaba acariciando gatitos nacidos en la cabaña de aperos o corriendo con los perros que adoptaba en secreto; también dar de comer a las gallinas le hacía sentirse bien; ayudar a cuidar el huerto lo estimulaba a crecer dirigiéndose al Sol, como se dirigen los plantones. Distinguía estos quehaceres de los ratos que pasaba en las escombreras buscando, junto a otros niños, cartuchos e incluso munición intacta de la última guerra, asunto peligroso del que estaban advertidos, pues algunas desgracias sucedieron. Aunque todos estos entretenimientos le gustaban, su verdadera pasión infantil consistía en descubrir nuevos senderos entre los pinares e indagar, por los prados y humedales, los secretos de las imaginadas aventuras de sus juegos. Para Alain aquella Naturaleza, en algunas partes ya herida, se mostraba misteriosa y gigantesca.

Contaba nueve años cuando un día, jugando al escondite, se ocultó entre erguidos juncos; permaneció agachado delante de una charca repleta de pequeños renacuajos y de unas pocas ranas convertidas ya en saltarinas croadoras. También pudo ver alguna que otra escurridiza culebra acechando a los anfibios. De repente, una ruidosa pandilla de niños, algo mayores que él, inmersos en su propio juego de caza, llamó su atención. Desde su infalible escondrijo, Alain los espiaba: parecían mostrar interés por las comestibles ancas de aquellas presas tan fáciles e incluso, unos pocos, en satisfacer crueles fantasías. Una desgraciada rana, a la que designaron como reina de la charca, fue crucificada, sin compasión alguna, por un niño que logró la atención pasiva de casi todos y el apoyo de unos pocos.

Alain, sentado entre la frondosidad de los juncos, observaba a los batracios y a sus cazadores. Oculto y en silencio evitaba ser descubierto. Desde su posición lanzó una piedra que rozó la nariz del niño torturador causándole más sorpresa y humillación que dolor y sangre por su herida. Él sabía camuflarse, se escondía con tan buenos resultados que llegaba a imaginar ser invisible; desde su postura fetal, abrazado a sí mismo y detenido en el silencio, lo pudo escuchar. El otro niño, con ojos turbios por el enfado, revolvía con un palo entre las sombras de la profunda espesura sin llegar a encontrar el escondrijo del pequeño Alain.

—Te encontraré y me pertenecerás; te seguiré tan de cerca que difícilmente te podrás librar de mí… Estaré dentro de ti…

Alain ignoraba que aquellas palabras no podían salir de la mente de un niño, hasta la voz era rotunda y grave, contenedora de una vieja malicia.

Repentinamente, todo se cubrió de polvo en suspensión y salpicaduras de agua que embarraron a los alborotados infantes; estos, sorprendidos por el ruido y olor a gasoil quemado, descubrieron a un obrero sosteniendo en el aire un amenazante azadón. El hombre caminaba delante de una excavadora mientras gritaba a los niños que se apartaran, sentenciando que, desde aquel momento, ese sendero sería el camino de las máquinas. El conductor movió la palanca volcando el cazo lleno de tierra; con metódica violencia se provocó el desagüe de la turbia charca. Los niños, subidos en un terraplén, fueron espectadores del cambio radical de su conocido paisaje. En poco tiempo aquello sería un paso de camiones con destino a una nueva obra.

Y así, el juego del escondite se terminó, pues los niños cazadores cejaron en la búsqueda del origen misterioso del ataque para ir detrás de aquella novedad tan ruidosa y devastadora; la mayoría prefirió marchar sobre el camino que alisaba la máquina. Para Alain, que era pequeño, el campo aún era grande, quedaban todavía más charcas con ranas, más prados de cereales punteados de amapolas y más selvas misteriosas de espinosos cardos toba entre ricinos y consueldas que doblaban su estatura.

Se iba sintiendo más fuerte y valiente según crecía; ya no sólo investigaba los estrechos senderos que se formaban entre la abundante flora, también optaba por subirse a los tejados inacabados de las verticales construcciones y contemplar desde allí el distante horizonte enrojecido por el Sol que se escondía, provocándole una profundísima emoción tanta belleza y una especial fascinación y asombro los procesos de la Naturaleza. Jugaba a sentirse en lo más alto del planeta girando alrededor del Astro, podía imaginar el movimiento de aquella nave surcando el espacio, recibiendo el viento con los brazos en cruz, como si fuesen alas, haciendo equilibrios sobre los últimos ladrillos de aquella torre. Subía hasta aquellas alturas, prohibidas y peligrosas para un chiquillo, sin miedo que le turbara, frío y resuelto en sus actos, casi siempre impulsados por aventuradas creencias. Ascendía para ver más allá del inabarcable panorama y desde allí contemplar sin barreras todo lo que sus ojos pudieran alcanzar hasta darse cuenta, mediante la lógica común, de que más allá siempre había otro lugar desconocido y, en principio, inaccesible; sólo con el ojo de la imaginación avistó infinitas formas henchidas de posibilidades, y con su mirada carnal se imbuyó el papel de observador con el mismo instinto que atrae a la urraca hacia los brillantes tesoros; todo destello que aparecía durante sus experiencias alertaba su conciencia y fácilmente lo guardaba en su espaciosa memoria ampliando, de esta manera, su colección de conocimientos.

Iba al colegio con su regla de madera a modo de espada metida en su cinturón. Era un niño de rara y viva inteligencia armada de fantasía —con cuatro años aprendió a leer mientras construía canales con formas de letras en la arena de un arroyo—; sin embargo, en la escuela les orientaban a crecer olvidando la niñez, corregían a los creativos fantasiosos encauzándolos hacia una agria madurez; y él, sin renegar de su íntimo mundo, aprendió a mimetizarse con la normalidad de los demás, sin llegar a ser excesivamente hipócrita y sin que se notaran sus intelectuales diferencias para que no atrajeran demasiado la atención de profesores inoportunos. También mantuvo a raya con su talento, y algún que otro reglazo bien plantado, a los alumnos abusones antes de que alguna violencia llegara contra él. Hábil espadachín en los duelos, siempre los vencía con el ingenio y con su rayado y numerado estoque. Supo desenvolverse socialmente con soltura aunque, dentro de sí, sentía no pertenecer a ese mundo vulgarizado por normas en decadencia y competencias alejadas de los valores aceptados por él durante su temprana educación familiar.

Hijo único y deseado, a su familia nunca le faltó tiempo para prestarle atención y darle la información que la mente inquieta del niño anhelaba, aunque nunca parecía suficiente; es algo común a esas edades formular otra pregunta surgida ante cualquier respuesta. Con su padre descubrió la ciencia; Tomás tenía fe en el materialismo científico y era ateo, practicante de causas humanitarias, heredero de una guerra perdida, portador de la semilla de los héroes de la distante Utopía. Su madre creía en algo superior e inexplicable, prescindía por esto de muchas palabras y desconfiaba del clero y sus mandamientos; sólo, como una especie de extravagancia, se permitía hablar sobre su creencia en la reencarnación. Doña Ana, su única abuela, la materna, veneraba la imagen del Cristo de Medinaceli, el de la Iglesia de San Pedro el Viejo, apodado el Pobre para diferenciarlo de su imagen gemela de otra iglesia de más postín. A este Cristo de los pobres rezaba la anciana con fervor al pedir y sosiego en sus agradecimientos. También oraba a otras efigies de santos y vírgenes, dirigiéndose a cada una de ellas como si la imagen misma fuera una divinidad. A pesar de su beatitud cristiana, su confesor ya le había dicho que, sin darse cuenta, pecaba de idolatría. La abuela veneraba a los santos con el estilo de ese mal disimulado paganismo español casi nunca reconocido por la iglesia y sus feligreses.

Alain fue arropado entre las creencias de su padre, madre y abuela; pero, sintiendo todavía el frío de la ignorancia, buscó en los libros la cálida luz del saber y halló, entre páginas, estampas de jeroglíficos egipcios y otras de extrañas divinidades compuestas morfológicamente por animales y humanos. Los recuerdos de esas imágenes se alojaron en algunos recovecos de su mente; allí reposaron sarcófagos con momias de faraones y misteriosos dioses, junto con las inalcanzables respuestas a las cuestiones que nadie le supo responder con certeza. Sus indagaciones mentales solían llevarle hasta un límite que, en su imaginación, se acabó mostrando como una puerta dorada; dotó a su ilusión con un detalle aún más significativo: pudo verla cerrada, pendiente de ser abierta.

Los diez primeros años de la vida de Alain transcurrieron en la casa huerta donde nació; ésta fue mandada construir por su abuelo materno, el esposo de Ana, meses antes de que marchara en viaje de trabajo a la Palestina de 1940 y allí morir de una extraña fiebre sin poder ver su casa terminada. Leónidas, aquel hombre estirado y digno, presidía con su fotografía la librería del salón junto a la imagen del abuelo francés y otros difuntos hasta que Doña Ana cambió aquel terreno, conocido como Huerta del Olivar, por una vivienda en una torre de doce plantas más una buena cantidad de dinero y la promesa de la modernidad. Allí se marcharon a vivir, tan sólo se alejaron dos kilómetros; desde su elevado balcón podía ver su hogar natal abandonado a la suerte de excavadoras que terminarían demoliéndolo. El desarrollo se impulsaba movido por un afán de voraces ambiciones que alentaban la construcción de más viviendas, y otros servicios, para así intentar saciar la aspiración monstruosa de una ciudad que, asimétrica, se expandía como una mancha gris esparcida sobre el mapa.

Estudiando en un colegio católico —menos malo, según su padre, que cualquier colegio nacional de la época— fue lógico que sus inquietudes le hicieran interesarse por los mitos y la iconografía religiosa, aprendiendo desde la posición objetiva que le enseñó su padre y permitiéndose, por la influencia de su madre, abstraerse en la visión misteriosa de algo Superior —según decía ella— que nos abarca a todos. No obstante, su auténtico contacto con la mística quedaba fuera de cualquier teoría simple o compleja: lo místico, entendido como revelación de algún transcendente misterio, era tan cercano a él como el pulso de sus venas, surgía y lo experimentaba dentro para luego reconocerlo reflejado fuera.

Algo muy extraño le ocurría desde que tenía diez años, pero sólo una vez se dieron cuenta sus padres: lo encontraron agazapado en el suelo de la habitación de su abuela, quieto, con la mirada fija en un punto infinito coincidente con la imagen de una virgen negra de unos treinta centímetros: la Moreneta con el Niño en su regazo y sosteniendo en su mano derecha una esfera. Alain permaneció sin más movimiento que algún leve parpadeo distanciado a lo largo de los quince minutos que duró el suceso, ausente, sin oír la llamada de sus padres. La madre intentó acariciarle pretendiendo despertarle de lo que parecía inconsciencia, pero el padre lo impidió alegando que tal vez estaba sonámbulo y mejor sería no sobresaltarle. La abuela no lo presenció, estaba fuera de la casa en aquellos momentos y, sabiendo de sus devotos fervores, prefirieron ocultárselo para evitar que relacionara el hecho con alguna de las imágenes religiosas que poblaban su habitación. A los médicos, sin más conocimiento de síntomas que el relato familiar, en principio les pareció un episodio catatónico que pudiera ser anticipo de una enfermedad o muestra de alguna clase de autismo, esto último descartado con rapidez tras la exploración psicológica. Alain no se creía enfermo, se sintió purificado y en calma después de aquella experiencia; para él era un juego iniciado en la imaginación, sin ser consciente de que su abstracción le aislaba hasta el punto de perder todo contacto con la realidad. Los padres no volvieron a presenciar un episodio semejante y, pasado un tiempo, el psiquiatra se decidió por el diagnóstico de un aislado episodio de petit mal, una crisis de ausencia que convendría vigilar por si derivaba en epilepsia.

Durante sus juegos en el campo ocurrió más veces. Cuando estaba camuflado entre los juncos movidos por la brisa, escuchando el croar de las ranas y rodeado de todos esos olores de la vida creciente a su alrededor de formas tan distintas, en esos momentos, así como estaba, sentado en cuclillas, el supuesto petit mal lo envolvía. Se sentía albergado y protegido por un poder que superaba lo humano y que embelesaba al pequeño Alain, transportándole a numinosos instantes en los que se acrecentaban nuevos y ocultos sentidos creadores de certezas que, aunque injustificables en principio por la razón, se hubieron de demostrar con el paso del tiempo. Nunca, por aquel entonces, quiso hablar de estos asuntos y mantuvo el secreto de aquellas desconexiones de la ordinaria realidad.

Se sentía arrastrado suavemente hacia un mundo rodeado de una atmósfera de luminoso verdor donde míticos personajes le instruían y, en ocasiones, le advertían sobre hechos venideros. Le parecía que la imaginaria puerta dorada, tras la que aguardaban respuestas, se entreabría.

Ese día la vio entre las nubes; al principio pensó que esa luz era un pájaro de brillante pico dorado; pero, instantes después, flotaba ingrávida ante él una mujer alada con plumas de milano. Iba enjoyada con un peto de oro y una cruz ansada reposaba sobre sus nutridos pechos. Su cabeza estaba coronada por un trono azul ocupado por el Sol resplandeciente entre dos cuernos de vaca; de la diadema de su frente, una serpiente nacía como la voluntad de una mente que sin abrir los labios decía:

—¡Corre niño! ¡Despierta ya si no quieres que el monstruo remueva toda la tierra y tu búsqueda se haga más difícil! ¡Corre niño!... A la Huerta del Olivar… Antes de que sea tarde… En la casa, dentro de la cocina, debajo del fogón, levanta la baldosa y allí estará… Hace mil años que te espera, llévalo contigo y te guiará.

La aparición tomó tierra y se sentó a su lado. Con dos dedos cruzados señaló la dirección y después, con un suave aleteo, tocó con sus plumas el rostro de Alain.

—¡Despierta! —fue la última palabra que escuchó mientras se desvanecía la visión que palpitaba dentro de su ser, asomando intermitente entre este y otro mundo de, tal vez, onírica procedencia, hasta terminar desapareciendo por completo. Alain se sujetaba las piernas temblorosas, su cabeza parecía explotar con la vuelta a la realidad.

Recuperado del shock, corrió esperanzado hacia la huerta que lo vio nacer. Por el camino que atajó adelantó a una lenta excavadora —que con sus cadenas de oruga aplastaba la vida verde a su paso— y siguió corriendo hasta que, sin aire, entró en su antigua casa abandonada. Traspasó los umbrales de las desaparecidas puertas y miró con pena las paredes del pasillo, pues habían sido picadas en busca del cobre de la red eléctrica. Pronto se encontró en la destartalada cocina, agachado frente al oxidado fogón. Llevaba excavado con sus manos casi medio metro bajo la baldosa cuando vio una cadena de plata ennegrecida. Tiró de ella, de la tierra surgió una piedra engarzada de forma ovalada, negra en su primera capa, el surco del dibujo grabado descubría el blanco de la segunda. Acarició aquella materia con sus dedos y apreció su fría y pulida dureza, como la del mármol. La piedra tenía el tamaño de un huevo de perdiz; en su centro labrado se podía apreciar el relieve de un muchacho surgiendo de una flor que, con el índice de su mano izquierda, señalaba sus labios, quizá pidiendo silencio con ese signo universal.

La excavadora, con su ruidoso y endemoniado ronroneo, se plantó frente a la casa pisoteando el huerto del que aún brotaban de forma salvaje lo que hubieran de ser sandías de no haberse decidido el derribo de todo aquel pasado hortelano, sin espacio ya en el futuro de ese lugar. Alain se marchó de allí sin volver la vista atrás. Caminaba sin aparente destino, mirando a cada rato la piedra milenaria que portaba en sus manos manchadas de una tierra negra y fecunda que había ocultado un signo indicador de algún secreto escondido en el tiempo y el silencio.

La limpió con un cepillo de dientes y bicarbonato, así había visto hacer a su madre con sus adornos de plata. Los primeros días pasó horas mirando la piedra con una lupa y haciendo cábalas sobre su origen mágico y remoto. Observaba con atención los pequeños detalles grabados: las dos estrellas, la luna creciente, el instrumento sostenido en la mano derecha, los rayos de sol en la cabeza provocando un imaginario resplandor; debajo, un lagarto o quizá un cocodrilo. El saurio parecía reptar alrededor de aquella flor central y eso llamó su atención: recordaba haberla visto en la enciclopedia que su padre le enseñó a usar desde bien pequeño. En el último tomo se recopilaban imágenes de mapas, insectos, grabados históricos y botánicos, hallando entre estos últimos lo más parecido a lo representado en la piedra: Nelumbo Nucifera, vulgarmente conocida como Loto Sagrado o Rosa del Nilo. Al margen de sus nombres, lo que más le impresionó fue leer sobre la longevidad de sus semillas: …capaces son de germinar pasados diez siglos. Recordó entonces las palabras de la mujer alada: «Hace mil años que te espera, llévalo contigo y te guiará».

El siguiente domingo acompañó a su padre al Rastro y, mientras éste se entretenía en un puesto de herramientas, él entró en una tienda de antigüedades, libros viejos y una pequeña vitrina de numismática. Sacó de su bolsillo la piedra engarzada y se la enseñó al empleado.

—¿Me podría decir qué es?

—Un niño chupándose el dedo —dijo el hombre, mirando el grabado a través de su lupa.

—Déjame ver… —dijo otra voz que salía de la trastienda. Apartando las cortinas apareció un hombre viejo apoyado en un bastón, se acercó hasta el mostrador y miró a Alain con un enorme ojo, visto a través de la

lupa, que rápido volvió hacia la piedra.

—Es un amuleto de Harpócrates… Dale mil pesetas.

—No, gracias; no quiero venderlo —contestó Alain rápidamente.

—Es mucho dinero, chaval y ni siquiera estoy seguro de su antigüedad… ¿Vienes solo? —preguntó el viejo, interesado.

—Gracias —dijo Alain al tiempo que, con rapidez, cogía la piedra y se la colgaba del cuello disimulándola entre sus ropas. Seguidamente se marchó despidiéndose con un adiós.

En el exterior, de espaldas a la tienda de antigüedades, se acercó a su padre que aún curioseaba en el puesto de venta callejera; cuando estuvo a su lado le cogió de la mano buscando protección al sentir en su nuca que era vigilado. Antes de irse, volviéndose con disimulo, cruzó su mirada con el viejo anticuario que le observaba.

Cuando llegó a su casa no tardó en encerrarse en su habitación con el primer tomo de la enciclopedia, buscó y no encontró nada. Alain solamente había oído el nombre, pero al mirar de nuevo el grabado que parecía pedir silencio pensó en la mudez de la letra hache… Tuvo que volver a la estantería del salón y coger el tercer tomo donde encontró: Harpócrates, divinidad egipcia que los griegos interpretaron como el dios del silencio… Apenas había más datos y, por el momento, se tuvo que conformar.

——————

Querido lector, el día que por primera vez Fenáreta me habló de Alain pensé que a mi vieja amiga se le empezaba a ir la cabeza; me pareció normal, en ese momento tenía 109 años; pero me inquieté cuando dijo:

—Está naciendo, siempre está naciendo…

—Pero, Fenáreta, ¿quién nace?

—El niño.

—¿Alain o el representado en ese camafeo?

—Es el mismo. Siempre está naciendo en todos nosotros: nace en la mañana al despertar sobre la cama, nace cuando se desvela un misterio, nació en el momento que el artesano lo imaginó y después, otra vez, cuando su mano guiaba el buril. Nacerá mientras escribes sobre él. Nacerá cada vez que te preguntes: ¿quién soy?

II Pactos

A punto de cumplir doce años, poco después de la muerte del dictador, sus padres y él mismo fueron invitados por unos amigos a pasar un fin de semana en la sierra norte de Madrid. Allí coincidieron con un variopinto grupo integrado por escritores, artistas y compañeros de la imprenta donde trabajaba su padre, todos compartían ideas alternativas al régimen político. La casa en la que se reunieron era de piedra antigua, grande, dividida en un amplio salón con chimenea, una cocina rústica y otras dependencias, además de varias habitaciones dispuestas como dormitorios para la ocasión; en el exterior había una cabaña de invitados en la que podía dormir una familia más. Asistieron veintidós personas entre niños y adultos. No todos se conocían.

La noche del sábado celebraron una pequeña fi esta en honor de los anfi triones que habían anunciado su próximo enlace; también brindaron por un nuevo futuro, prometedor de libertades; los niños, casi todos más pequeños que Alain, habían participado en el brindis y les habían permitido beber refresco de cola como algo excepcional; al rato, se apartaron de los adultos y comenzaron a jugar con gran alboroto. Alain no participaba de aquellos juegos que le parecían infantiles y salió al jardín adoptando una actitud adulta, como cansado del jaleo de los pequeños. Resoplaba mientras se ponía el abrigo. Fuera, helaba; la noche, estrellada… Notó que una persona más salía de la casa tras él. Al volver la cabeza reconoció a una niña de su edad que se alojaba en la cabaña junto con su hermano y sus padres. Tenia el pelo largo y negro sujeto en una coleta, sus ojos grandes y celestes lo miraban joviales.

—Dentro hace mucho calor… El fuego está muy fuerte… —dijo Alain, justificando su salida y devolviendo la sonrisa bajo sus expresivos ojos marrones que mandaban señales alternas de timidez y curiosidad.

—Pero abrígate bien que aquí hace mucho frío… Si quieres vamos a la cabaña —dijo la niña mientras levantaba con sus manos el cuello del abrigo de Alain, gesto que había visto hacer a su madre con su hermano en muchas ocasiones.

—Vale, vamos. ¿Cómo te llamas? —preguntó Alain.

—Minina… —respondió la niña sonriente—. Así me llama mi padre…

—¡Miauuu…! —maulló Alain entre las risas de ambos.

El interior era muy acogedor. Se quitaron los abrigos antes de tomar asiento cerca de la estufa y contemplaron, a través de la ventana, un bosque de formidables pinos serranos que se alzaban, iluminados por la Luna, entre la frondosidad de los helechos.

—Mi padre me ha dicho que bajo esos árboles hay muchos muertos. —dijo de repente la niña observando con atención a Alain en busca de su reacción.

—¿Y eso…?

—De cuando la guerra… Ya sabes…

—¿Tu padre de qué bando era? —preguntó Alain.

—Él era pequeño, pero creo que era rojo… No se lo digas a nadie… —dijo la niña, recordando las advertencias de su familia de no hablar de política con desconocidos.

—No diré nada… Mi padre nació poco después de que mi abuelo paterno muriera en la guerra. Lo mismo está enterrado por aquí… Mi otro abuelo, Leónidas, está en un cementerio en Jerusalén, murió allí de una enfermedad, mi madre era muy pequeña y casi no lo recuerda —dijo Alain.

—Yo tengo un abuelo vivo y otro que también murió en una guerra…¿Tú crees que la gente va al Cielo cuando se muere? —dijo la niña mirándole con los ojos muy abiertos e impaciente por la respuesta.

—Mi abuela dice que sí… O al infierno si has sido malo… Mi madre cree que nos reencarnamos. ¿Sabes qué es eso?

—Será como que todo empieza otra vez —contestó la niña.

—Es volver a nacer… He leído que te puedes reencarnar en rata o en pájaro… Depende lo que te toque… Bueno… No es que se eche a suertes, depende de lo que hagas en tu vida anterior…

—Ahá… ¿Y tu padre?... ¿Él que dice?

—Él cree que cuando mueres te quedas como dormido, pero sinsueños… Dice que ese es el verdadero descanso eterno.

—Es un poco aburrido… Pero también podría ser. Y tú, ¿con cual de los tres te quedas?

—Aún no lo he decidido… Las tres cosas podrían ser…—dijo Alain mientras se quitaba su amuleto de Harpócrates que le molestaba de una forma inusual en aquel momento.

—Pues yo me quedo con la de tu padre… Pero le cambio algo: si estás dormido tienes que soñar… Siempre se sueña con cosas buenas o de susto —la niña musitó la última palabra.

Se oyó un ruido, como un chasquido fuerte; Alain no supo distinguir si era una rama que se astillaba al romperse o un hueso de su cabeza que crujía… Vio que algo se acercaba a la ventana. Cuando estuvo a menos de dos metros reconoció a la mujer alada, ahora completamente desnuda y sin adorno alguno, solo un gorro cónico le cubría la cabeza. Las alas, tal vez, parecían más pequeñas o las mantenía recogidas a su espalda.

Cuando Alain miró hacia los pies de la aparecida vio que carecía de ellos y, en su lugar, enormes garras de pájaro surgían de sus tobillos.

—¡No…! ¡Ahora no…! —gritó Alain, no por miedo a lo grotesco de aquellas garras sino por temor a descubrir el secreto de sus visiones. Cogió de nuevo su amuleto que reposaba en la mesa y se lo colgó.

Alguien intentaba acceder a la cabaña en ese momento; Alain giró su cabeza desde la ventana hacia la puerta, mientras el extraño ser desaparecía en el instante en que no miraba. Después se volvió hacia la niña que estaba a su lado, ella llevó su dedo índice hasta tocar sus labios… De inmediato los dos niños miraron hacia la puerta que se abría.

—¡Ah!... Estáis aquí… —decía el padre de la niña entrando en la cabaña— ¿Que hacéis? —preguntó a su hija.

—Charlábamos, papá.

—Ese camafeo que llevas colgado… —decía el padre mirando ahora a Alain mientras se sentaba a su lado— Tengo uno parecido.

—Es Harpócrates —dijo Alain tocándolo con sus dedos y descolgándolo de su cuello para que lo pudiera examinar.

—Así lo llamaron los griegos traduciendo del egipcio Harpajared, pero también es conocido como Horus niño, hijo de Isis y Osiris…

—Isis… ¿Es una diosa con alas? —preguntó Alain.

—En algunas de las estelas egipcias se representa con alas de milano, en antiguo egipcio su nombre es Ast que significa trono, adorno que lleva sobre su cabeza en muchas de sus representaciones. Ast es la Gran Diosa Madre de muchas religiones, por ello es conocida también como la diosa de los mil nombres3.

—¿Tiene garras en vez de pies?

—Con garras tal vez te refieras a Astarté, así era conocida por los fenicios y otros cananeos, sigue siendo la Gran Maga, la fuerza fecundadora de la naturaleza… Niños, yo seguiría hablando, pero he prometido a nuestros anfitriones y al resto de los invitados que haría magia para ellos… Así que vámonos para la casa —terminó diciendo al tiempo que se levantó y dejó, disimuladamente sobre la mesa, el amuleto que Alain olvidó recoger.

Los invitados se colocaron en semicírculo frente a la chimenea, delante de la misma se situó el hombre con el fuego a su espalda, su hijo de diez años llevó una caja negra que puso delante de él a modo de mesita y su hija le sirvió un vaso con agua que dejó sobre la caja. Después regresaron junto a Alain situado en primera fila.

—Damas y caballeros: todos hemos oído decir, como una verdad científica, que la materia ni se crea ni se destruye, pues los átomos que la componen pueden variar sus enlaces cambiando al conjunto de una forma a otra… Estos átomos que son la energía que continúa aquí existiendo, tal vez una eternidad, son los mismos que componen una piedra para después ser agua o una flor.

Hecha la introducción, exageradamente pseudocientífica, el mago sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta y cubrió el vaso de agua que había sobre la caja.

—Ahora debería decir unas palabras… que también son energía o, si queréis, ondas sonoras… A ver que recuerde… ¡Ah, sí!: ¡¡Abraxasaxarba!!4 Veamos… —decía agachándose y levantando un poco el pañuelo para mirar sin descubrir a los demás el interior—. Hum... Parece que no ha pasado nada… ¡Ah, ya sé como era!: ¡¡¡Abracadabra!!! —dijo sonriendo al público mientras hacía unos pases mágicos con sus manos para después levantar el pañuelo y mostrar a todos una rosa blanca en el interior del vaso, ya sin agua, que mantuvo en alto ofreciéndosela a la novia anfitriona.

—Al menos el cincuenta por ciento de una flor sigue siendo agua, todo depende de cómo se mire. Ahora vemos dos flores —dijo inclinándose ante la dama que sostenía la rosa. El público aplaudió y, después de otra reverencia respetuosa, volvió detrás de su improvisado atril para continuar hablando.

—Un amigo mío de origen judío sefardí, maestro en estas artes, decía que el dinero contiene energía y a mí me gustó su idea… ¿Alguien tiene un billete de mil pesetas?… El novio tiene, seguro. Por favor, Juan, colabora en el experimento. No te preocupes, lo importante es su energía y jamás se destruye.

Comprometido, el novio anfitrión buscó en su cartera y dio el billete que pasó de mano en mano hasta llegar al mago.

—Gracias, Juan, esperemos que todo salga bien… Ahora necesito otro voluntario… A ver… Tú —dijo señalando a Alain que mantenía su mano levantada igual que otros niños y algún adulto—, toma mi pluma y escribe sobre el billete tu nombre —pidió el mago enfocando toda la atención en el muchacho.

Alain cumplió la orden y se sintió ilusionado por su participación en el espectáculo.

—Gracias —le dijo el mago, y continuó leyendo el nombre tras el hombro del chico—. Alain… Enséñaselo a todos, por favor, y quien guste puede tocarlo y comprobar que es un billete de mil —decía mientras observaba cómo el público se interesaba en participar con el entusiasmo esperado. Aguardó un par de minutos antes de retomar la palabra—. Bueno, ya está bien… No seáis tan incrédulos… Vamos, Alain: ya puedes tirarlo al fuego… Hazlo muchacho, no pasa nada… Es energía, no se destruirá… —ordenó con su voz convincente.

El chico, animado y jaleado por los gestos del mago, lanzó al fin el billete al fuego y todos pudieron ver como ardía y se consumía.

—Gracias, Alain; la pluma te la puedes guardar, es un regalo muy poderoso la estilográfica de un mago, cuídala bien —le decía mirándole con tal intensidad que parecía que un rayo de dos sentidos se formaba entre ambos pares de ojos; terminó el contacto visual guiñándole uno. El hijo del mago, un año menor que su hermana, miraba atento el número y no pareció gustarle el gesto de su padre de regalar la estilográfica por la que siempre tuvo interés; su hermana, tal vez, fue la única testigo del rostro malhumorado del niño.

—En fin… —decía ahora el mago mirando al público—…Pues creo que el billete se ha transformado en cenizas… Supongo… —hablaba mientras se rascaba la cabeza y ponía cara de no saber qué hacer—. Veamos, mi amigo pensaba que el dinero es energía… Y claro, la energía del dinero pasa de un bolsillo a otro tan rápido como la electricidad… —Tomó una pausa para escuchar las risas del público—. Alain, por favor, ¿puedes mirar en mi cartera a ver si está ahí? —dijo sacándola del bolsillo interior de su chaqueta.

Alain extrajo de la cartera el billete firmado por él, y se lo mostró al público que aplaudió.

—Bien, Alain, ya es suficiente, gracias… Por favor, muestra al público que es el único billete que tengo y vuelve a guardarlo…. La cartera está tan vacía sin él… Perfecto, déjala sobre la mesa y pon la mano encima. —De nuevo los pases mágicos y la palabra murmurada, Abraxasaxarba, que no se entendió muy bien, para terminar poniendo la mano sobre la de Alain que ocultaba la cartera—. Ya está… Juan, ¿puedes comprobar tu billetera? —preguntó el mago subiendo el volumen de su voz.

Juan, que estaba casi al otro extremo de la sala, sacó su cartera en la que había cuatro billetes de mil, uno de ellos con el nombre de Alain tal y como el niño había escrito. Juan mostraba el billete al público, al tiempo que Alain les enseñaba la cartera ahora vacía del mago. Todos irrumpieron en aplausos y murmullos. Al final, alguien puso un disco y la música dio por finalizado el pequeño espectáculo.

Mientras los hijos del mago recogían el escenario, Alain quedándose a solas con él, le preguntó:

—¿Cómo lo hace?

—Utilizo la mente —contestó el mago después de un silencio demasiado largo para una respuesta tan corta.

—¿Pero es un truco?

—Si te refieres a un engaño, piensa que no es menos cierto que ahora me veas delante de ti y que en menos de un minuto mi mujer me llevará de aquí agarrándome de la mano… Si me preguntas por una estratagema, te digo que son las mismas que utiliza la mente en busca de la verdad, haciendo pronósticos de lo que ha de ocurrir, eligiendo opciones del resultado que esperas y sabiendo así el fin, colocas las fichas para crear la ilusión que todos ven… Ya va a venir… Guarda bien la estilográfica que te di, algún día te llamará a escribir.

Tal y como vaticinó, su esposa llegó. Cogió su mano y, excusándose amablemente, se lo llevó guiándole hacia el grupo de adultos que mantenía animadas conversaciones.

La fiesta continuaba aunque la mayoría de los niños, agotados ya, se fueron a dormir. Alain aguantó dando cabezadas en el sofá y durante esos vaivenes entre la consciencia y la inconsciencia tuvo un sueño en el que se dio cuenta de que estaba soñando y prefirió no despertar.

Alain sintió encontrarse en la cabaña con el mago y su hija, los tres miraban cómo la diosa alada traspasaba las paredes y se unía al grupo diciéndole:

—Si esa magia queréis realizar, la sangre del mago se verterá y así la pluma podrá contar lo que en el Otro Lado se ha de cambiar.

—Déjalo, papá, no lo hagamos… —decía la niña asustada.

—No te preocupes, cariño, será dentro de mucho tiempo, ya seré viejo y será un buen momento para irme… Yo ya decidí hace muchos años, es mi marcado destino; ahora es la decisión de Alain que, de facto, ya ha pactado al aceptar la pluma.

El mago tenía la estilográfica en su mano derecha y pinchó una vena de su propio brazo izquierdo, usando la pluma como una jeringuilla extrajo su sangre; con esa carga de tinta roja se la devolvió a Alain que, sin saber por qué, se acercó hasta el hombre y, arañando con suavidad, escribió en la frente despejada del mago su propio nombre ensangrentado.

Astarté, la diosa poderosa, leyó: ALAIN. Y volviéndose hacia el niño grabó con la uña de su índice desconocidos caracteres en su frente infantil de la que brotó una sangre azul sin aristocrático significado: sólo era tinta que colmaba de letras su cabeza, engranándose para formar palabras, voces e imágenes de recuerdos antes inimaginables. Un alboroto incomprensible hervía en su mente; aquel ensueño pudo transformarse en pesadilla de no ser por la mujer alada, que ante todo era madre, ella lo acunó con el dulce sonido de su voz.

—Tú, niño… —habló la diosa acercando su rostro al de Alain mientras le acariciaba el pelo—… Ya comprenderás. Por el momento, sólo al silencio deberás escuchar.

Despertó con la caricia de su madre que no tardó en convencerle para que se fuera a la cama.

Al día siguiente casi todos se preparaban para irse. Antes de que la niña entrara en el coche con su familia, Alain la abordó a solas intentando que nadie les escuchara. Ella también quería ese encuentro y así devolverle el amuleto que halló olvidado sobre la mesa de la cabaña.

—¿Tú también la viste, verdad? —preguntó Alain.

—Es la reina de los Cielos…Y señora de la Tierra— respondió la niña en dos tiempos. Le dio un beso en la mejilla mientras le colgaba el amuleto alrededor de su cuello, e inmediatamente comenzó una alegre carrera hasta el coche. Antes de meterse dentro giró su cuerpo para mirarle y, como última despedida, se llevó el índice a los labios que sonrieron bajo un expresivo reflejo en la mirada.

Cuando vio el coche alejarse se dio cuenta de que ni siquiera sabía su verdadero nombre, sólo Minina, la dulce Minina y, casi inmediatamente, comenzó a sentir esa especie de nostalgia por el alejamiento de lo que se ha vinculado, parecía los síntomas de un precoz enamoramiento sufrido por primera vez.

Su añoranza permaneció durante meses e intentó investigar la procedencia de aquella familia, pero sus padres esquivaban sus preguntas o le decían carecer de información porque realmente desconocían casi todo sobre aquellas personas. Tan sólo pudo averiguar que la madre de la niña se llamaba Laura, del padre sólo sabían el apodo clandestino por el que era conocido en los ambientes políticos: el Mago. El interés de Alain les hacía sonreír entre graciosas sospechas de que aquella niña había tocado el corazón de su hijo que recién comenzaba la pubertad.

Pronto llegó el verano y su vida se llenó de nuevos acontecimientos que le hicieron, si no olvidar, ocupar el tiempo con nuevas experiencias. Aquella temporada se inauguró una piscina en el barrio construida sobre parte del terreno de lo que fue la Huerta del Olivar, donde aún se conservaban algunos de los árboles que sombrearon las cercanías de su primer hogar.

Un día caluroso de Agosto Alain y sus amigos disfrutaron de los baños hasta la caída del Sol. Al final de la tarde los altavoces, ya hacía rato, habían avisado del cierre. Alain, por aprovechar el último chapuzón, quedó rezagado en los vestuarios. Estaba solo cuando un espejo brilló, como si una luz se reflejara para llamar la atención del muchacho que, sin prisas, terminaba de ajustar sus sandalias. Ya en pie se dirigió hacia ese lugar con la intención de peinar su revuelto pelo castaño. Algo extraño sucedió al intentar doblegar sus cabellos: el peine se detuvo y la sorpresa le paralizó al ver surgir en aquel espejo dos cuernos y, bajo estos, la cabeza de un hombre barbudo. Sintió que aquello no era su reflejo sino un ser que se manifestaba. Alain tembló ante aquellos ojos verdes de pupilas verticales que le miraban con la fijeza de una serpiente a su presa, nunca nada le hizo sentir tanto pánico como el que sintió cuando de aquella visión brotó una voz ronca y hueca.

—¿Qué buscas, Alain?... Ten cuidado donde te metes…

Mirando aquellos hipnóticos ojos se vio transportado a un lugar en el que la negrura de la noche casi todo lo invadía. A la luz de unos faros se mostró la cuneta de una carretera, un coche siniestrado humeaba en silencio. Cuatro personas inertes y ensangrentadas se encontraban en su interior. Pudo acercarse para ver aún mejor y reconocer con pena aquellos rostros: el mago, su esposa y sus dos hijos. Quiso hacer algo pero un impulso ajeno a él lo sacó de allí, todo se difuminó, y ante el espejo de nuevo se vio a sí mismo. Tembloroso, miró su rostro desencajado, se lavó la cara y marchó en busca de sus amigos.

Pasado aquel verano escuchó una conversación entre sus padres que confirmaba su visión.

—Me lo dijo Juan ayer, terrible; el coche quedó destrozado, los encontraron tres horas después. No saben si alguno sobrevivirá. Ella es quien peor está.

—No le digas nada al niño, recuerda el interés que mostró por ellos —dijo su madre.

Alain escuchó todo escondido tras la puerta y se sintió triste. Su instinto le decía que si esa familia desaparecía su soledad aumentaría: ¿a quién mejor que a aquel mago podría hablarle de sus visiones? ¿Y si ya nunca volviera a ver a la niña sin nombre que atrapó su corazón? Por otro lado, juzgó que sus padres no confiaban en que tuviera la suficiente madurez como para conocer la desdichada noticia, eso le hizo distanciarse de ellos y comenzó a mostrarse más reservado.

Desde entonces, hasta avanzados los quince años, las visiones se entremezclaban en su vida diaria de forma inesperada, aunque eran de corta duración. Un día, cruzando la calzada que le separaba de su casa, vio en el borde de la acera a un gato tumbado que se lavaba tranquilamente la cara con su pata, al mismo tiempo que movía la cola con parsimonia y le lanzaba miradas. Él estaba acostumbrado a observar gatos, algo le indicaba que era una hembra, tal vez en celo por sus movimientos exageradamente sensuales. Podía ver detalles como el antifaz, de procedencia siamesa, tan negro como la mitad de sus extremidades unidas a un cuerpo marrón y, ¡cómo lo miraban aquellos ojos azules llenos de gracia salvaje!, parecían querer decirle algo, incluso esperó oír alguna palabra salir de la garganta del animal; pero al poco, antes de que Alain terminara de cruzar la calle, aquella visión se mostró como lo que era: un cartón movido por la brisa, ya sin semejanza alguna con el felino. Tuvo que acostumbrarse a distinguir con rapidez aquellas imágenes que aparecían suplantando a las formas habituales de la vida.

III

Las Fuerzas

La infancia terminó perdida entre nuevos pensamientos racionalistas llegados de sus estudios y otros llenos de idealismos propios de su estrenada juventud. Aún así, lo inolvidable de su niñez subsistía en su mente generando desencuentros entre la razón y sus experiencias visionarias, la primera vencía en muchas ocasiones alejándole de sus ausencias cada vez más distanciadas en el tiempo, creándole dudas: tal vez todo son sueños…

El lugar donde se crió quedó sólo en un recuerdo; calles y edificios transformaron aquella campiña en un tentáculo más del monstruo en el que se había convertido la ciudad. Charcas y juncales desaparecieron bajo el alquitrán de autovías. El recordado valle de arroyos ya se designaba como un suburbio madrileño. La Naturaleza fue aplastada, alejada de la urbe.

Fue en uno de esos días nostálgico, comparando el nuevo entorno con el idílico pasado de su infancia, cuando se dio cuenta de que todavía estaba improntado de esa diosa biodiversa con la que contactó, y a la que había buscado en su mente del mismo modo que se busca definir el tenue rostro de un lejano amor; pero ahora también indagaba con la razón dentro de su memoria. Encontró recuerdos de la mujer alada y la piedra tallada, que casi siempre llevaba oculta tras sus ropas, rozando esa piel cercana al corazón. Intentó rememorar su secreto silencioso; sin embargo, al rebuscar, aquello se mostró ausente de imágenes reveladoras, la magia quedaba escondida por los argumentos, y le costó creerlo. Sólo algunas luminosas percepciones, antes del sueño nocturno, le hacían intuir que dentro de sí maduraba una semilla exonerada de cualquier juicio mental.

Durante aquella etapa, embarcado en esa lucha entre intuición y razón, sus pensamientos tomaron el partido de un meditado inconformismo. Supo excusar ciertos comportamientos poco cívicos, que definía como enfrentamientos legítimos, ante la monstruosidad imparable de una gran ciudad seductora y hambrienta de seres humanos, atraídos por atractivas promesas de comodidades para, en sus descuidos, acabar siendo engullidos por fauces esclavistas. Algunas de sus ideas desenterraban el hacha de guerra contra ese sistema que juzgó indeseable, mientras que otras taponaban con claveles los cañones de los fusiles; el pacifismo pareció imponerse sobre sus ideas y actos, pero quiso diferenciarse de los que se levantan en guerra fraticida contra los pensamientos innovadores. Esa adoptada distinción fue tomada por sus contrarios —algunos educadores del conservadurismo integrista— como rebeldía; consciente o no, participó de pequeñas guerrillas en defensa del libre pensamiento. Alain eligió como su arma más agresiva un spray de pintura y durante un tiempo la usó contra las paredes limitadoras de su utopía. De igual forma disparaba palabras en acalorados coloquios con religiosos, algunos le miraban con ese aire de superior compasión, intentando salvarle de la condena que antes decretaron sus dogmas, y otros, simplemente, con sospecha en el brillar de sus ojos mientras lanzaban opacos mensajes, muy pocos debatieron con el corazón abierto y algún animo de comprender.

No tardó en tener algunos problemas con la autoridad, en una ocasión, le atraparon subido al tejado de una propiedad de la Iglesia pintando sobre un murete palabras con una intención más burlesca que provocadora:

DIOS SE HA IDO

PARA CUALQUIER CONSULTA LLAME AL 666

A pesar de este comportamiento, que algunos podrían considerar marginal, obtenía buenas notas en el instituto; más que estudiar le gustaba leer, memorizaba de forma automática. Leía todo aquello que llegaba a sus manos, desde los prospectos de las medicinas hasta el libro recomendado de la asignatura que más le aburriera. Cogió gusto a perderse durante horas en la biblioteca municipal. Allí descubrió que Nietzsche, Hegel y Dostoievski escribieron que Dios había muerto y supo de Rimbaud paseando por su ciudad con una pancarta que decía: Muera Dios. Ateos, gnósticos o agnósticos, políticos, filósofos, dramaturgos, matemáticos o poetas y, por supuesto, teólogos todos hablaban de Dios subidos al púlpito de sus respectivos oficios. Pero para su gusto, nadie explicaba del todo bien Quién Era o Qué Es. Alain, que siempre buscaba más opciones, comenzó a indagar entre más libros inductores de nuevos pensamientos. Se planteó si tal vez Dios aún no había nacido y se estuviera formando en este mundo huevo antes de romper el cascarón, como le pareció que Herman Hesse expresaba en una de sus novelas.5 Otra de sus hipótesis, surgida esta de entre el mutismo divino y la imaginada distancia que le separaba del supuesto Creador, era que Éste simplemente se hubiera ido a no se sabe donde después de terminar Su creación, abandonándola a su suerte; pero eso si, dominada por un sistema cíclico de muertes y resurrecciones en multitud de formas, pensó Alain para terminar conformándose con que ciertamente no se sabia mucho, al menos de ese dios justo, bueno y esperanzador de algunos creyentes.