Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Después de la lluvia, la tormenta llega con todas sus fuerzas. La traición ha creado un nuevo enemigo que hará que Shadow vuelva a revivir su propio infierno. ¿Quién será más rápido? ¿Quién logrará sobrevivir a las mortales trampas que les tiene preparado el destino? Una vez más, Shadow y los agentes del FBI deberán atrapar al emisario de los cuervos. Pero el líder de los Bleed siempre irá un paso por delante. Secretos, misterios, dolor… En una carrera contra reloj, Shadow deberá luchar contra la propia muerte antes de que todo lo que ama desaparezca.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 421
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Maria Llamas Molné
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-899-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Para ti, abuelo
.
«—Todo asesino es, posiblemente, el viejo amigo de alguien —observó Poirot filosóficamente—. No puede usted mezclar los sentimientos y la razón».
Agatha Christie
CAPÍTULO 1
El ruido y el bullicio de la ciudad se había ido disipando desde hacía un par de manzanas, y el único sonido que llegaba a mis oídos era el tranquilo compás que marcaba mi corazón. Su rítmica melodía recorría lentamente mis venas, llenándome de vida.
Inhalé con lentitud disfrutando de aquel pequeño momento que se había convertido en un secreto.
Por primera vez desde hacía mucho tiempo, caminaba despacio, sintiendo cómo el sol acariciaba la piel desnuda de mis antebrazos. No tenía prisa y eso me sorprendía, porque dos meses atrás hubiera dado cualquier cosa para detener el tiempo una fracción de segundo.
Sabía que me encontraba en un efímero período de tranquilidad, pero había desistido en preocuparme por un futuro incierto que únicamente auguraba una gran tormenta. En aquel momento, solo existía el presente, y no había nadie que pudiera quitarme eso.
El verano ya había llegado y con él las curiosas golondrinas que surcaban el cielo como si fuera suyo, y lo era. Los cuervos habían desaparecido, pero habían dejado un profundo rastro con su marcha, una cicatriz que nunca terminaría de borrarse.
Buscando la dirección, giré hacia la calle que quedaba a mi derecha. Había ido antes a aquel lugar, pero mi memoria había querido olvidar el camino.
Distraída, me quedé mirando el hermoso lirio amarillo que tenía en mi mano. Era pequeño, pero cada uno de sus pétalos parecía lleno de alegría y bondad.
La noche anterior había quedado con él, y por eso aquella mañana me había escabullido del apartamento mientras Will estaba cocinando y Alice se duchaba. Al salir me había olvidado el móvil en la mesa del comedor, por lo que estaba segura de que en cuanto regresara, escucharía las voces de los dos agentes regañándome.
Con sigilo, traspasé la oxidada verja metálica que custodiaba el enorme terreno que se dibujaba hacia el horizonte. Los rayos del sol jugueteaban sobre las delicadas piedras, llenando con su calidez el desolador vacío que habitaba en aquel lugar.
Bajo mis pies la grava crujía a cada paso que daba, rompiendo con el eterno silencio que caracterizaba aquel misterioso mundo al que yo todavía no pertenecía.
Atentamente, examiné toda la extensión del terreno, buscándolo. Y al fin, después de varios minutos, lo encontré justo al lado de un robusto árbol que lo cubría con su sombra.
Sin pensármelo, me dirigí hacia donde él se hallaba, sintiendo cómo mi corazón se aceleraba preso de la emoción.
—Hola, Jack. Te prometí que vendría, y aquí estoy.
Con cuidado, me senté al lado de la elegante y esculpida losa de mármol, dejando encima de ella el lirio amarillo.
—Te he traído una flor, pequeñín. Sé que no es un tarro de miel, pero qué se le va a hacer…
Una traicionera lágrima se escapó de mis ojos, recorriéndome la mejilla con lentitud.
—Ya es verano, Jack, y todavía espero que vengas a llamar a mi puerta —susurré mirando el cielo que parecía un océano infinito—. Sabes, han pasado muchas cosas desde que te fuiste. Seguramente ya te lo habrán explicado Will y Alice, pero vencimos al malvado dragón verde, no con una pistola como en tu cuento, sino gracias al valor que tú nos diste. Pero todo esto aún no ha terminado, y desearía que estuvieras aquí para seguir dándonos fuerzas.
Delicadamente recorrí con mis dedos el nombre del pequeño vecino grabado sobre el mármol. Era extraño anhelar a alguien cuando él ya me había dejado atrás.
—¡Ah, es verdad! Quería darte una buena noticia, pequeñín, me han admitido en la Academia del FBI. ¿Qué te parece? Si apruebo un examen final, y paso todas las pruebas con éxito, dentro de cinco meses seré una agente del FBI. Estos dos últimos meses Will me ha estado dando clases durante todos los días. Si te soy sincera, es un profesor muy exigente y a veces un poco insoportable —sonreí—. Pero con todo lo que he aprendido, estoy segura de que dentro de poco formaré parte del equipo. También las cosas en el FBI han cambiado bastante, ahora el que se ocupa de la red informática es Owen. Es un hombre muy simpático, poco a poco se ha ido abriendo y adaptando, pero cuando llegó era demasiado callado, como si le preocupara que creyéramos que intentaba sustituir el papel de Archie. Pero el informático que tanto admirábamos murió en una sala de interrogatorios del FBI, dejando un puesto vacante que tenía que ser ocupado.
El sonido de las hojas al crujir hizo que alzara la vista, un hombre de unos setenta años pasó cerca de donde me encontraba. Llevaba un traje de color gris al que le faltaban un par de botones y un pañuelo azul en el bolsillo de la chaqueta. En sus labios se extendía una tierna sonrisa y, al verme, se quitó el sombrero para saludarme.
—Buenos días, señorita. Hace un día perfecto para hablar con los nuestros, ¿no cree?
La calma y la alegría de aquel hombre me dejaron fascinada. No venía al cementerio para aliviar sus penas como hacían la mayoría de las personas, no, él venía a dar luz a un mundo que se creía que estaba formado por la oscuridad. En ese momento, entendí que existían muchas clases de fortaleza, y que cada una de ellas era admirable de igual manera.
—Tiene toda la razón —añadí devolviéndole la sonrisa—. Que tenga un buen día.
Acunada por la sombra del árbol, vi cómo el hombre se alejaba, llenando a su paso el aire de una tímida esperanza.
—Jack… —murmuré acariciando el frío mármol—. Te echo de menos y nunca dejaré de hacerlo. ¿Por qué tenías que irte, pequeño agente? —sollocé—. Nunca te lo dije Jack, pero te quiero. Cada noche, como te prometí, me quedo mirando las estrellas, porque sé que te escondes entre ellas. Algunas veces, Alice me regaña porque me quedo dormida en medio del comedor, pero me parece que ya se está acostumbrando a tropezar conmigo por las mañanas. Hace poco no sabía lo que era amar a alguien, pero ahora lo he descubierto y yo… Te quiero, mi valiente guerrero, te quiero más que todas las estrellas que puedas contar.
CAPÍTULO 2
Recostada contra la tumba de Jack, me entretuve mirando el solitario cielo pintado de vez en cuando por alguna escurridiza nube. Mi mente estaba en blanco, al igual que mis emociones, que parecían haberse agotado en una incesable lluvia de lágrimas.
Pero de repente, aparté mi mirada del cielo, buscando los atentos ojos que sentía posados sobre mí.
Un hombre joven de más o menos veinticuatro años me observaba con una creciente tranquilidad, sintiendo cómo su nerviosismo desaparecía a la vez que su sentido de protección quedaba saciado. Su corta melena castaña parecía más alborotada de lo normal, como si se hubiese pasado las manos varias veces por su cabello, intentando adivinar dónde podría haber ido. Iba vestido con unos tejanos y una camiseta azul marino manchada de mermelada. Seguramente, cuando había notado mi ausencia, habría cogido las llaves del coche intentando ponerse en mi mente para saber hacia dónde dirigirse.
Sus ojos verdes parecían brillar bajo la luz del sol, inquietándome con su intensidad. La mirada del agente siempre era muy expresiva, como si en realidad fuera un canal hacia su interior, pero la mayoría de las veces era incapaz de identificar qué emociones se veían reflejadas en sus claros ojos. Él, para mí, era una excepción. Porque por mucho que intentara analizarlo, siempre me sorprendía con sus decisiones y su inconfundible actitud. Y en cambio, él parecía conocerme muy bien, incluso más que yo.
—¿Cómo me has encontrado, Will? ¿Era tan predecible que estuviera en el cementerio? —Sonreí al ver que se acercaba y se sentaba a mi lado.
—La verdad es que no, Shadow. Eres imprevisible, un gran caos al que a veces es difícil acercarse.
En esos últimos meses Will y yo habíamos pasado muchas horas juntos, y los dos habíamos aprendido a leernos el uno al otro. Sabía con una simple mirada del agente, si tenía que dejarle su espacio o si necesitaba alguien con quien hablar cuando el pasado volvía a reconcomerlo por dentro, destruyendo por completo cualquier atisbo de ficticia calma interior.
—¿Cuánto tiempo llevas vigilándome? —le pregunté divertida.
—Solo un rato —añadió devolviéndome la sonrisa.
—Mientes muy mal.
Poco a poco me había acostumbrado a que Alice y Will me observaran y analizaran constantemente, intentando adivinar qué es lo que estaba pasando por mi cabeza. Los dos agentes estaban preocupados por si era incapaz de adaptarme a lo que ellos llamaban normalidad, temiendo que mi pasado me impidiera seguir avanzando. Y siendo sincera, todo me resultaba bastante complicado, porque mi padre había decidido arrebatarme mi niñez, mi edad de aprender. Pero lo más frustrante era que cada vez que intentaba encajar en algo, me convertía en una persona torpe, incompetente, débil, como si volviera a ser la niña de ocho años que sostenía con manos temblorosas una pistola por primera vez.
—Yo también echo de menos a Jack —confesó mirándome a los ojos—. Y no pienso descansar hasta que Isaac pague por lo que hizo.
Los dos sabíamos que el único que había podido guiar a Matthew Morgan hasta la puerta de nuestro inocente vecino, era Isaac Crowe, también conocido con el falso nombre de Archie Miller.
La única mención de su nombre hacía que la ira recorriera mis venas, pidiendo a gritos que la liberara para cumplir su insaciable deseo de venganza. Archie Miller, el brillante informático, había conseguido engañarme desde un principio, escondiéndome su verdadera identidad. Y hasta el final de una entretejida trama llena de engaños, no había conseguido descubrir que el que había sido mi mejor amigo, era en realidad un psicópata con ansias de muerte, en concreto, de mi muerte. Y lo peor, es que no sabía por qué.
Sin previo aviso, Will se incorporó sacándome de mis pensamientos.
—Shadow, quiero volver a un sitio. ¿Me acompañas? —dijo tendiéndome una mano.
—No me dirás adónde vamos, ¿no?
—No, pero te daré una pista. Iremos al lugar donde todo empezó.
—A veces eres demasiado misterioso —me burlé de él.
Antes de que hiciéramos nuestro viaje de vuelta al mundo de los vivos, Will resiguió con dulzura las letras grabadas en la tumba del pequeño Jack. A la codicia humana no le importaba una inocente víctima más.
CAPÍTULO 3
Y allí estaba otra vez, en el inicio de todo. El lugar donde cobraban vida mis pesadillas volvía a hacerse real frente a mí, tomando forma centímetro a centímetro, metro a metro. Pero esta vez todo era distinto, y empezaba a darme cuenta de que el fantasma que tanto me había aterrorizado, solo era un cuento más para que los niños se fueran a dormir presos del miedo.
De cerca, el edificio ya no daba tanto miedo. Solo eran muros huecos, despojados de los repulsivos individuos que hicieron de aquel lugar un interminable infierno.
Todas las torturas, todos los gritos y todos mis llantos, volvieron de nuevo a pasearse por mi mente en forma de recuerdos, pero ya casi no me atemorizaban, porque uno a uno habían dejado de tener importancia, perdiendo aquello que los alimentaba, el miedo.
Sin pensármelo, abrí la puerta de la entrada del almacén, el olor a humedad y a moho luchando por salir al exterior provocó que me estremeciera. Hacía mucho tiempo que aquel lugar estaba cerrado.
Todo seguía igual que la última vez, las mesas estaban tiradas por el suelo y las paredes blancas seguían quebradas por los golpes de unos puños o salpicadas por diminutas gotas de sangre
Con lentitud recorrí cada una de sus salas, recordando sus crueles entrenamientos, sus inhumanas torturas. Incluso si cerraba los ojos, todavía podía alcanzar a ver a mi primera víctima tendida en el suelo, una inocente niña con un vestido blanco que poco a poco se había ido manchando de escarlata mientras mis lágrimas le empapaban el rostro.
Pero todo aquello formaba parte del pasado, y por mucho que me lamentara, no podía hacer nada para cambiar lo que ya estaba hecho.
Mi cuerpo recorría con tranquilidad cada rincón de la guarida de los Bleed, pero yo me encontraba mucho más lejos, sintiendo como si estuviera observando aquella escena como una simple espectadora. Mis emociones se habían congelado al entrar en el almacén y apenas podía sentir nada. Únicamente habitaba en mi pecho un vacío insaciable que deseaba ser llenado, pero que todavía no sabía con qué.
Sin embargo, cuando me detuve enfrente de la que había sido mi celda, solo pude sentir una cosa, asco. Y de repente, parecía como si tuviera enfrente de mí el nauseabundo rostro de mi carcelero. Pero aquello no podía ser, porque lo había matado yo misma hacía dos meses en el ataque de los Bleed al FBI.
Sintiendo cómo la ira me nublaba la vista de recuerdos, sujeté con fuerza las varas metálicas de la celda, notando cómo el óxido se adhería a mi piel. Aquel hombre durante años me había torturado sin la necesidad de tocarme, ya que solo habían bastado sus órdenes y sus palabras para herirme.
—Shadow —me llamó Will poniendo una mano encima de mi hombro—. Si te he traído aquí, es porque creo que estás lista para enfrentarte por última vez a tu pasado. Tienes que encerrarlo de una vez por todas en una caja de cristal. Podrás mirarlo, pero no te podrá volver a derrumbar.
—Lo sé, ¿pero y si la caja es demasiado frágil? ¿Qué haré entonces, Will?
—Recoger los pedazos y volver a empezar. Tranquila, yo te ayudaré si eso pasa. —Sonrió cogiéndome de la muñeca para que me alejara de la celda.
—Nada es tan fácil —repliqué.
—No he dicho que lo sea, pero no puedes permitir que los recuerdos te sigan haciendo daño.
Dejándome guiar por Will, nos adentramos en una amplia sala bañada por la luz del sol. Las paredes eran blancas, como en la mayoría de las habitaciones, y no había ningún mueble que decorara aquella solitaria estancia.
—Ven —dijo Will sentándose en medio de la habitación.
—Así que es aquí donde querías volver. —Suspiré acomodándome enfrente de él.
—Al fin y al cabo, es el sitio donde nos conocimos.
—Y donde me apuntaste con una pistola. —Me reí—. Parece que hubiese pasado hace mucho tiempo…
Sus ojos se tornaron más dulces, adquiriendo un brillo de tristeza. Había una súplica en ellos que lo devoraba por dentro.
—Shadow, explícame lo que te hicieron, lo que te obligaron a hacer.
—La lista es muy larga —admití.
—Tenemos todo el tiempo del mundo, o hasta que Alice venga a buscarnos.
Will era el único que siempre me obligaba a decir la verdad más cruel de mi pasado, haciéndome revivirlo para poder ponerle punto y final al dolor que me provocaba. Él era mi confesor, porque a diferencia de Alice, Will no me miraba con pena cada vez que hablaba de mi sufrimiento. Era como si el agente comprendiera que debía exteriorizar el veneno que se había ido acumulando en mi interior, pero sin ser juzgada con compasión, o de lo contrario, volvería a encerrarme todavía más en mí. Porque lo que nunca podría soportar era que me miraran con pena, ya que eso solo hacía que me sintiera más indefensa, vulnerable.
—Mi padre, con ocho años, me metió dentro de un coche mientras sonreía al ver cómo me alejaba. En ese momento pensé que ya estaba muerta, pero no me imaginaba que el conductor de aquel coche me llevaría directa a la guarida de una banda criminal.
A pesar de que mi voz parecía que estuviera a punto de quebrarse, Will asintió, animándome a continuar.
—Me cubrieron la cara para que no pudiera reconocer el camino y me arrastraron hacia este mismo edificio. Cuando me quitaron el saco que llevaba en la cabeza, me encontraba enfrente de una decena de hombres y de mujeres que me miraban con los ojos brillantes de ilusión, tenían a la hija de su líder a sus pies y podían hacer lo que quisieran conmigo. El odio que sentía mi padre por mí, también les fue infundado a sus súbditos. Y Will —Lo miré como si fuera el único capaz de entenderme—, nunca me trataron como una persona, yo era un animal, el perro que podían apalear cuando quisieran. Cuando llegué aquí, me tuvieron tres días encerrada y solo me alimentaron con un trozo de pan y una taza de agua. Al cuarto día, me llevaron a la sala de entrenamiento donde lo único que hicieron fue pegarme y reírse de mí porque no sabía defenderme. Entonces, me hice amiga de Margot, una niña que tenía un par de años más que yo.
Nunca le había hablado a nadie de la única persona en la que había confiado en los Bleed. Margot se había quedado anclada en mi pasado y no había vuelto a pensar en todo lo que había sucedido.
—Ella en secreto me enseñó a defenderme y me explicó cómo debía comportarme con cada miembro de los Bleed. Y después de un año, cuando conseguí por fin que no me dieran una paliza cada día, empezaron a entrenarme para hacer algunas misiones sin mucha importancia. Al principio solo hacía de recadera, me encargaba de entregar armas en ciertos sitios, o de espiar a alguno de sus objetivos. Pero al ir creciendo, las misiones se hacían cada vez más peligrosas y también implicaban asesinar. Por lo general, trabajaba en solitario, porque era prescindible y así mi muerte no implicaría la de otros. Pero todo cambió cuando Margot desapareció, o más bien, cuando los Bleed decidieron que había interactuado demasiado conmigo y la enviaron a una misión suicida.
Intentando encontrar el aire que me faltaba, me levanté del suelo acercándome a la ventana para poder respirar. Las manos me temblaban y me daba la sensación de que mis piernas en cualquier momento se doblegarían dejándome caer al suelo. Me había enfrentado a un ejército de los Bleed desde lo alto de una azotea y, sin embargo, me parecía más complicado hablar de mi pasado.
—Fue en ese instante cuando descubrí que me había convertido en una marioneta y decidí que ya no seguiría sus órdenes, aunque sabía que me estaba condenando a morir. Entonces empezaron las torturas y la mejor manera de herir a alguien es sin dejar rastro.
El sonido de la helada agua al caer, la necesidad de llenar mis pulmones de oxígeno, los calambres abrasadores recorriéndome el cuerpo, el hambre y el sueño… Una tortura sin marcas, una tortura perfecta.
—No me mataron porque era parte de su plan, era la persona indicada a la que culpar de ser la líder de la banda terrorista —dije volviéndome a sentar enfrente de Will.
—¿Pero? —insistió al ver que estaba dudando si seguir hablando o no.
—Pero después de los once años que estuve encerrada hay dos cosas que todavía no puedo sacarme de la cabeza. El hombre que maté en el FBI, el que llevaba un anillo de oro negro en el dedo anular, era mi carcelero.
—Shadow… —repuso el agente—. Tú no lo mataste.
—Bueno lo rematé, que es casi lo mismo —insistí levantándome de nuevo.
Necesitaba moverme porque me sentía encerrada por la propia pesadez de mis recuerdos.
—Él… Cada semana recogía mi ropa para llevarla a lavar, pero antes se entretenía viendo como me desnudaba, pasando el cuchillo que llevaba en su bota por los barrotes de mi celda.
Instintivamente Will se enderezó, acercándose hacia mí. Parecía intentar esconder la ira que sentía, pero se le daba igual de mal que mentir.
—¿Te hizo algo? ¿Llegó a…? —preguntó sujetándome por los hombros.
—No —le interrumpí antes de que pudiera continuar—. Solo me repetía siempre lo mismo, que era un cuerpo vacío al que nunca nadie iba a querer.
Y yo me lo había creído durante todos los años, todos los días, y todos los minutos que habían pasado desde aquel instante.
—Es mentira, Shadow. Una completa tontería… —susurró colocándome detrás de la oreja un escurridizo mechón de pelo que se había escapado de mi coleta.
Pero ahora que empezaba a entender lo que significaba amar a alguien, sabía que Will estaba equivocado y que mi carcelero tenía razón. Porque no existía nadie lo suficientemente loco como para enamorarse de una asesina, ya que ningún ser humano era capaz de amar a la muerte.
Quería contestarle a Will que las palabras de aquel hombre que había matado eran verdad. Sin embargo, sabía que el agente insistiría en hacerme pensar lo contrario, y no estaba preparada para admitir una cosa que en mi interior reconocía como una mentira. Necesitaba más tiempo.
—A mí también me marcaron con el símbolo de los Bleed —confesé dirigiéndome de nuevo hacia la ventana—. Y no puedo hacer nada para borrarlo. Un cuervo, el mensajero de la muerte.
—Pero los cuervos también simbolizan valentía y audacia —repuso Will nada sorprendido.
—¿Sabías que tenía ese tatuaje?
—Lo supuse. Además, estamos en verano y todavía no te he visto ni una sola vez con una camiseta que no te cubra la mayoría de los brazos.
—No quiero que nadie lo vea —murmuré.
—¿Por qué?
—Porque me recuerda a los Bleed, a mi padre. Me hicieron ese tatuaje porque fui débil.
—No significa debilidad, Shadow, sino fuerza. La fuerza que tuviste para sobrevivir.
Pero cada vez que veía la tinta negra arremolinarse alrededor de mi brazo, me daban ganas de clavarme las uñas para intentar borrar la sonrisa burlona del cruel cuervo. Era como si se mofara de mí, haciéndome sentir la perdedora de una guerra en la que había gastado todas mis fuerzas para ganar. Porque había conseguido detener a mi padre, pero su legado me había apuñalado de forma inesperada por la espalda, devolviéndome la vista.
—Todavía no puedo creerte, Will. Todavía no.
—No tienes nada de lo que preocuparte, porque sé que la herida acabará cicatrizando con el paso del tiempo. Y en ese momento, nos reiremos de todo esto —dijo alborotándome el pelo—. A veces piensas demasiado, Shadow.
—Y tú eres demasiado optimista —farfullé.
Rompiendo el silencio que reinaba en el almacén, el teléfono del agente empezó a sonar. Antes de descolgar, Will se fijó en la pantalla del móvil para ver quién lo estaba llamando.
—Es Alice. ¿Qué hora es?
—¡La una! —exclamé mirando el reloj de Will.
—Nos va a matar.
El agente puso la llamada en altavoz, para que así yo también pudiera escuchar a Alice.
—¡¿Se puede saber dónde estáis?! Esta mañana he salido de la ducha y los dos habíais desaparecido como por arte de magia.
—Se podría decir que hemos ido de excursión —contesté mirando de reojo a Will.
—Shadow, mañana es tu primer día en la Academia del FBI, deberías estar en casa preparándolo todo. —Suspiró la chica.
—Ahora mismo volvemos —añadió Will.
—De verdad, es que no podéis quedaros ni un domingo quietecitos —replicó Alice antes de colgar.
Will y yo nos miramos divertidos. Alice era nuestro punto de apoyo, y sin ella, estaba segura de que estaríamos perdidos. Era muy sobreprotectora con nosotros, pero eso hacía que la apreciáramos todavía más.
—¿Nos vamos? —me preguntó el agente.
Como si fuera la última vez, recorrí con la mirada cada rincón de aquella vacía habitación. Porque sabía que, una vez hubiese puesto un pie fuera del almacén, todos mis recuerdos, junto a los Bleed, quedarían encerrados en una pequeña caja de cristal.
—Vámonos.
CAPÍTULO 4
El apartamento de Alice había sufrido algunos cambios desde la desaparición de Archie. Las paredes de color azul ya no estaban decoradas con fotografías de los tres amigos y la gran mesa del comedor solía estar repleta de los papeles y archivos que Will traía del trabajo.
Desde que nos habíamos mudado con Alice, aquel piso se había vuelto más pequeño, pero a su vez, eso permitía que no hubiera cabida para los secretos.
Después de la traición del informático, Alice había sido la que peor había llevado el dolor. Durante las primeras semanas su válvula de escape habían sido sus clases de boxeo, la había visto descargar toda su ira sobre el saco sin apenas detenerse a descansar. Hubo alguna vez que Will y yo tuvimos que ir a buscarla al gimnasio en medio de la noche y obligarla a volver a casa. Su frustración era tal que apenas dormía y se mantenía despierta hasta casi el alba, pero siempre me había tenido a su lado, y juntas, habíamos hecho que las interminables noches pasaran más rápido, quedándonos charlando o comiendo helado hasta la madrugada.
—Ya estamos aquí —dije entrando en el apartamento.
Inesperadamente, Alice salió de detrás de la puerta apuntándome con un pulverizador de agua.
—No serás capaz.
La chica de tez morena me sonrió divertida. Llevaba su oscuro pelo rizado recogido en una improvisada coleta y algún que otro mechón le caía encima de sus desnudos hombros. Alice iba vestida con una camiseta de tirantes y unos shorts, y como era costumbre, iba descalza.
—¡Yo creo que sí! —añadió rociándome con agua.
—¡Ven aquí! —chillé mientras la perseguía por el apartamento con un cojín como escudo.
—¡Ey chicas, ya basta! —Intentó poner paz Will.
En ese momento Alice y yo detuvimos nuestra persecución y nos miramos con complicidad.
—¿Piensas lo mismo que yo? —me preguntó.
—¡Me rindo! —dije guiñándole un ojo a Alice.
Devolviendo el cojín a su lugar, me acerqué hacia donde se encontraba Will, situándome detrás de él.
—¿Qué haces, Shadow?
—¡Ahora! —grité mientras sujetaba al agente.
Y en ese instante, Alice le tiró a Will por la cabeza toda el agua que quedaba en el pulverizador.
—¡Sois unas tramposas!
—Lo que pasa es que eres un mal perdedor —me burlé de él.
—Te vas a enterar. —Me miró amenazante.
Pero su sonrisa decía lo contrario que sus ojos, mientras el agua le resbalaba por sus cabellos castaños, besando sus mejillas.
—Inténtalo si puedes —lo reté.
Sin darme tiempo a pensar, Will me cogió por las piernas, cargándome a su espalda. El mundo se puso al revés, pero de una forma distinta a la que estaba acostumbrada.
—¡Suéltame! —chillé entre carcajadas.
—Solo si admites que te he ganado.
—¡Nunca! —repuse golpeándolo en la parte baja de la espalda.
—Entonces...
En ese momento Will empezó a dar vueltas sobre sí mismo, intentando marearme. Esos pequeños instantes, eran los que hacían que dejara de pensar, los que vaciaban todas mis dudas y mis miedos. Solo éramos nosotros tres haciendo tonterías, olvidándonos de todos, ajenos al mundo. No quería irme nunca de aquel lugar, mi hogar.
—¡Will, la vas a tirar! —intervino Alice—. Bájala.
—A sus órdenes. —Obedeció dejándome en el suelo.
—Creo que has conseguido marearme —confesé dejándome caer en el sofá.
Los dos agentes se echaron a reír, sentándose también a mi lado. Paz, eso es lo que eran, lo que aportaban a mi tormento y obligaban a las voces de mi cabeza a callarse. Podría haber pedido mil cosas, que mi pasado desapareciera, que fuera alguien socialmente aceptada, pero de entre todo lo que podía desear, solo los quería a ellos. Lo demás, me daba igual.
—¿Has preparado algo de comer? —le preguntó Will a mi amiga.
—Lo he intentado, pero se me ha quemado.
—¿Cómo? —inquirí. No me sorprendió, pero quería saber la forma en la que había sucedido esta vez.
—Estaba hablando por teléfono con mi padre y… Pasó lo que pasó.
—Voy a llamar para que nos traigan una pizza. —Se rio Will levantándose.
Un gato blanco como la nieve saltó encima de mi regazo, frotándose contra mi brazo para llamarme la atención. Con delicadeza, le acaricié el lomo, sintiendo cómo su sedoso pelo me hacía cosquillas entre los dedos.
—¿Qué te pasa, Toulouse? Eres demasiado mimoso.
Cuando Will colgó el teléfono, me miró con una sonrisa en los labios.
—Hace solo unos meses huías del pobre Toulouse, y mírate ahora.
—Hasta cerraba la puerta de su habitación por las noches para que no durmiera con ella —añadió Alice.
—Pero todo cambia —sentenció Will. El agente me observó con ternura, y desapareció en la cocina seguido de su halo de solemne misterio.
Pasada media hora, llegó la pizza que habíamos pedido y nos sentamos en la mesa del comedor, cada uno en su lugar. Sin embargo, había un asiento que nadie se atrevía a ocupar, un nombre que nadie se atrevía a pronunciar.
Archie Miller había llegado a mi vida como un divertido informático y consejero, que se convirtió en poco tiempo en mi mejor amigo. Hubiese dado lo que fuera por él, incluso la vida, yo y cualquiera de los que estábamos sentados en aquella mesa. Pero en aquel momento ya no podía decir lo mismo. Porque al fin habíamos abierto los ojos y la verdad nos había susurrado nuestros mayores temores. La persona a la que habíamos querido nunca había existido, y tarde o temprano deberíamos decidir qué vida queríamos salvar, si la suya, o la nuestra.
—¿Shadow, me estas escuchando? —me llamó Alice de vuelta a la realidad.
—Sí, sí.
—¿Ah sí? ¿Y que estaba diciendo?
—Que… ¿Que Will siempre tarda mucho en ducharse? —Probé.
—Siempre me toca recibir a mí —se quejó el aludido riéndose.
—Casi casi —respondió Alice—. Decía que si mañana quieres que uno de nosotros te acompañe a la Academia. Podemos salir antes del trabajo…
—No. Tengo que hacerlo yo. Solo faltaría que los demás me vieran entrar acompañada de dos agentes del FBI.
Nunca había ido a un colegio, y la sola idea de encontrarme en una misma clase con más de treinta personas que me estarían mirando constantemente, me ponía bastante nerviosa.
—Tú tranquila, seguro que todo irá bien. Has estudiado mucho con Will, no tienes nada de lo que preocuparte. —Me intentó animar Alice.
Miré al agente de reojo. Él, al igual que yo, sabíamos que no me lo iban a poner fácil y que, al menor atisbo de duda, toda la culpa recaería sobre mí. Pero era comprensible, ya que ni yo misma me fiaría de un asesino, obligado o no a serlo.
—Cogeré el metro para ir y volver. Prefiero no quedarme a dormir en la Academia.
—Como quieras —respondió Alice—. Pero no tienes que preocuparte por la seguridad de la Academia, allí estarás protegida.
Seguridad, una palabra tan desconocida e irreal, que estaba convencida que nunca iba a poder descubrir su significado.
—¿A qué hora empiezas las clases?
—Mañana a las once tenemos la presentación.
—¡Qué recuerdos! —añadió Alice.
—Por cierto, nunca os lo he preguntado, ¿cómo entrasteis en la Academia? Sé que Hayes os facilitó el acceso, pero ¿cuándo, o por qué?
—Primero tú, Alice —dijo Will—. Seguro que la historia de la primera chica que con dieciocho años entró en el FBI es más interesante que la mía.
—¡¿De verdad?! —miré a mi amiga sorprendida.
—Bueno, tenía casi diecinueve.
—¡¿Pero cómo?! —pregunté dejándome llevar por la emoción.
—Bueno, todo empezó porque a media hora de la casa donde vivía con mi padre, estaba el edificio en el que el FBI solía dar sus ruedas de prensa. La salida de emergencias siempre estaba entreabierta, y desde que tenía unos catorce años solía colarme para ver como Hayes hablaba con los periodistas. Aún no entiendo cómo no llegaron a echarme nunca o cómo no se dieron cuenta de que yo estaba allí. —Alice me miró con una sonrisa en los labios, aquellos momentos le habían aportado felicidad e instrucción a partes iguales—. Las ruedas de prensa acostumbraban a basarse en casos de asesinatos sin resolver que habían tenido lugar en la ciudad. Cuando estaba en el último curso del instituto, Hayes expuso el caso de un homicidio de un niño pequeño. Todas las pistas apuntaban al padre, era el principal sospechoso del asesinato quien se creía que había planeado el crimen con antelación, pero la policía no tenía ninguna prueba. En ese momento tuve una idea, y quise acercarme a Hayes cuando estaba a punto de salir del edificio, pero sus escoltas me apartaron casi a patadas. Entonces chillé «¿A quién llamó el padre después de encontrar a su hijo muerto?» Hayes se paró en seco y les pidió a sus escoltas que me dejaran acercarme a él. Me preguntó por qué quería saberlo y le dije que, si el padre había llamado a la policía, y no a la ambulancia, significaba que no tenía ninguna intención de salvar a su hijo y que, si el móvil del hombre no estaba manchado con la sangre de su hijo, era una prueba más de que ni siquiera se había parado a comprobar si la criatura estaba viva o no. Después de oír mis conjeturas, Hayes se marchó, pero al día siguiente se presentó en mi casa y me dijo que, si quería, y si estudiaba mucho, en un par de años podría entrar en la Academia del FBI. Ser policía era mi sueño, y lo acepté sin pensarlo. Pero tardé un año más en unirme al cuerpo por el accidente de mi padre…
—Y en cambio yo, con dieciséis años, lo único que hacía era leer libros policiacos —intervino Will—. Eres increíble, Alice.
—Solo un poco —respondió la chica sonriendo—. Todavía recuerdo cuando entraste por primera vez a trabajar en el FBI, querías comerte el mundo y te encerraron en una sala a archivar carpetas conmigo. —Se rio.
—De verdad, creo que por esa razón odio los archivadores.
—Ahora entiendo por qué siempre te dejas todos los papeles tirados por encima de la mesa —apunté burlándome de Will—. ¿Siempre os encargaban trabajos como esos?
—Sí —afirmó el agente—. Incluso ahora todavía nos siguen infravalorando, nos consideran unos críos. Antes solíamos ser el refuerzo de la unidad principal de Contraterrorismo, y solo los ayudábamos cuando necesitaban más personal. Pero cuando llegaste tú, todo cambió—. Quizás más para mal que para bien, pensé.
—Pudimos demostrar nuestra valía—añadió Alice.
Hacía dos meses Will me había encontrado en un almacén abandonado y eso había provocado que les dieran una oportunidad para llevar un caso de verdad. En un principio nadie apostó por ellos, pero al final acabamos salvando al FBI de una masacre y deteniendo al líder de los Bleed. Todo hubiese resultado un éxito, si Archie Miller no hubiera formado parte de la incógnita del caso.
—Y tú, Will, ¿cómo entraste en el FBI? ¿Cuántos años tenías? —La curiosidad dominaba mis pensamientos.
—Entré con veintiún años, un año después de la muerte de mi padre. Pero yo siempre he estado vinculado con el FBI. Desde que era pequeño fisgoneaba entre los documentos de mi madre, leyendo los casos de asesinato como si fueran novelas policiacas. Recuerdo que una vez, cuando tenía doce años, mi madre me llevó de visita a su trabajo y me perdí por las instalaciones del FBI. No sé cómo, pero me colé en una rueda de reconocimiento con los sospechosos de un asesinato. En ese momento me encontré con Hayes, y me preguntó quién creía que era el culpable. Le contesté que el hombre del medio, porque era el que permanecía más tranquilo y algo en mi instinto me decía que él era el asesino. Hayes me miró extrañado, y minutos más tarde habló con mi madre sobre el potencial que veía en mí. A los dieciocho también tenía que entrar en la Academia, pero mi padre se puso enfermo y tuve que ponerme a trabajar para poder pagar las facturas del hospital. Llegué a tener dos trabajos a la vez, y ni siquiera me planteé la opción de ir a la universidad. Me necesitaban en casa, e hice lo que tenía que hacer. Y cuando todos pensábamos que mi padre se estaba recuperando, falleció.
Will detuvo precipitadamente su relato, dejando que el silencio reptara por la habitación, haciendo que el aire se volviera más pesado a nuestro alrededor.
El agente nos estaba exponiendo sus heridas, a riesgo de que estas pudieran volverse a abrir. Admiraba su valor y la forma en la que hablaba sobre su pasado, contemplándolo desde una caja de cristal.
—Entonces Hayes volvió a aparecer en mi vida —continuó explicando—. Y me ofreció ser el líder de una pequeña División de Contraterrorismo, con la condición de que fuera el número uno de mi promoción.
Hayes y yo no habíamos tenido un buen comienzo, pero poco a poco, había ido descubriendo la verdadera identidad del frío agente del FBI. Sin embargo, mi hallazgo había llegado demasiado tarde ya que, al cabo de poco tiempo, el director adjunto de Seguridad Nacional había muerto a manos de mi progenitor.
Lo echaba de menos, al igual que a Collins. Porque aún vagaba por los pasillos de la central esperando encontrármelos en la siguiente esquina. Había llegado a detestar a ambos, pero había aprendido que quizás se merecieron una segunda oportunidad que no llegó a tiempo.
Hayes había sido capaz de reunir a un equipo de agentes prodigios, de jóvenes que destacaban por su astucia y pericia, que poseían unas capacidades innatas para ser agentes del FBI. Y existían muy pocas personas que fueran capaces de reconocer esos indicios, y aún más de darles importancia y valor. La intuición y el talento eran una de las cualidades más infravaloradas.
—¿Qué os parece si vemos una película? —dijo Alice levantándose de la mesa.
—Vale —aceptó Will—. Voy a hacer palomitas ¿A quién le toca escoger la película esta vez?
Era ya una costumbre que cada domingo nos sentáramos en el sofá para desconectar de todo, viendo la ficticia vida que unos actores interpretaban. Alice siempre se burlaba de mí, y me decía que ver películas era mi entrenamiento para adaptarme a la vida real.
—Le toca a Shadow —respondió la chica.
—Mmm… La verdad es que a mí me da igual.
—Va, escoge una —dijo señalándome las películas que aparecían en la pantalla.
—El club de los poetas muertos —fue la primera que me llamó la atención.
—¡Oh capitán, mi capitán! —exclamó Will sentándose en el sofá con un bol de palomitas.
—¿Ya la has visto? —le pregunté.
—Sí, pero no te preocupes. Es mi película favorita.
—Will, comparte las palomitas —se quejó Alice dándole al inicio.
—No. No os voy a dar ni una, por mojarme antes.
—Por favor… — le rogué poniendo cara de pena.
—¡Está bien! —cedió dándome el bol para que Alice también pudiera coger.
—¡Que blando que eres, Will! —se mofó Alice.
—Silencio, que ya empieza.
Y de esa manera, pasamos la tarde viendo cómo un grupo de jóvenes se aislaban de los prejuicios de la sociedad, adentrándose en el impredecible mundo de la literatura y la poesía.
CAPÍTULO 5
Eran las siete menos cuarto de la mañana y si quería pasarme antes por el FBI, tendría que darme prisa.
Will y Alice se habían ido hacía media hora, y ya deberían estar en la sala de la División, listos para trabajar. Mientras tanto, yo no paraba de dar vueltas por el apartamento, terminando de preparar la mochila.
No había dormido nada durante toda la noche, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera la Academia del FBI. Estaba muy nerviosa, y me daba la impresión de que me faltaba algo.
—La comida, mi acreditación… ¡El móvil!
Con el tiempo apremiando, cogí el teléfono de encima de la mesa y salí corriendo del edificio para poder alcanzar el metro.
Al principio me había resultado extraño estar encerrada en un trozo de metal, sintiendo cómo un tumulto de personas chocaba contra mí, pero con el tiempo me había ido acostumbrando, resignándome al cambio.
Mientras me comía una manzana que había cogido del apartamento, observaba desde un rincón cómo la gente se desenvolvía en aquel pequeño espacio. Todo el mundo estaba pendiente de su móvil o de sus pertinencias, concentrándose solamente en ellos. Ignorancia, egoísmo, indiferencia. En mis viajes en metro había aprendido que los únicos individuos que mostraban un atisbo de desinteresada curiosidad eran los niños. Los demás, eran adictos a sus trabajos o a la frenética vida que en todos ellos imperaba.
Volviendo a la realidad, bajé con rapidez del metro justo cuando las puertas estaban a punto de cerrarse. Algunas veces, por tener la costumbre de analizar a los desconocidos que me rodeaban, había tenido que esperar para poder bajarme en la parada siguiente.
Me gustaba aquel dulce caos, donde la gente no se fijaba en mí y las prisas solo eran para no llegar tarde a los sitios. Siempre había cosas para observar, para aprender.
Siguiendo la misma dirección que la extensa masa de gente, llegué hasta la central del FBI, donde Clark, el agente que custodiaba el edificio, me dio los buenos días.
—Ponte la credencial para visitantes… —me recordó.
Durante los dos últimos meses había ido con tanta frecuencia al FBI, que apenas existía algún agente que no me reconociera. Y al fin, el vertiginoso laberinto de paredes blanquecinas se había transformado en un complejo sendero en el cual ya no podía perderme.
Intentando pasar desapercibida entre tantos agentes, me dirigí hacia la familiar sala de análisis, sede de la segunda División de Contraterrorismo.
—¡Hola, chicos! —saludé entrando en la habitación.
Una mujer de unos veintiocho años ataviada en un traje de color gris se giró hacia mi dirección. Sus afiladas facciones resaltaban aún más debido a que la mujer se había recogido su oscuro pelo en perfecto un moño.
—Tú no deberías estar aquí.
Lisa Trainor, supervisora de Seguridad Nacional, y de carácter extremadamente encantador.
—Buenos días a ti también. —Le sonreí con fingida amabilidad.
Después de la traición de nuestro antiguo compañero, el FBI había querido asegurarse de que no sucedía ningún otro percance. Por ese motivo, habían enviado a Lisa Trainor para vigilarnos. Y al parecer, ninguna de las dos estaba dispuesta a tolerar a la otra.
Alejándome de la furiosa mirada de la supervisora, me situé justo al lado del robusto hombre con el que compartía una enemiga en común.
—¿Ahora no puede venir ni a saludarnos? —repuso Owen clavando sus oscuros ojos en la mujer.
Owen, el miembro más reciente del equipo, se había abierto poco a poco a nosotros, pero aún había veces que se encerraba en sí mismo. En una ocasión, Alice, Will, y yo, habíamos hablado con él para hacerle ver que no tenía que mantener una distancia con nosotros, y mucho menos preocuparse por sustituir a alguien que había decidido irse. A partir de aquel momento, todos empezamos a divertirnos de nuevo con lo que hacíamos. Era un tanto extraño llamar a aquello diversión, pero resolver crímenes y estar hasta la madrugada en esa habitación era nuestro pasatiempo preferido. Sonaba un poco tétrico, pero era lo que mejor se nos daba hacer.
El especialista en informática era un hombre responsable y observador, que siempre se esforzaba para dar lo mejor de sí. Sabía cuándo debía permanecer en calma y cuándo era el momento de dejar que sus instintos lo guiaran. Pero su prudencia era lo que más lo caracterizaba, ya que siempre rebuscaba en los detalles, revisando que no se le hubiese escapado nada. Era muy meticuloso y exigente en su trabajo, y no siempre estaba absorto por los ordenadores, ya que, si era preciso, también realizaba trabajos de campo junto a los demás.
—He terminado lo que tenía que hacer aquí. Haced lo que queráis —añadió Lisa Trainor en tono autoritario antes de irse.
Extendí la palma de mi mano hacia Owen, chocando los cinco.
—No entiendo por qué le tenéis tanta manía —dijo Alice poniendo los ojos en blanco—. Parecéis dos adolescentes.
—Shadow todavía lo es —respondió Owen.
—Eso es caer muy bajo, incluso para ti. Ahora que empezabas a caerme bien…
—Por favor, acepte mis disculpas. —Dramatizó. Y en un intento de fingir desesperación, se pasó las manos por su oscuro pelo.
—Me lo pensaré —le respondí cruzándome de brazos, a la vez que se me escapaba una sonrisa.
Al dirigir mi mirada hacia la mesa central, me percaté que desde que había entrado en la sala de análisis, Will no se había movido ni un milímetro. Estaba tan concentrado en unos dosieres que tenía encima de la mesa de metal, que parecía que ni siquiera se había fijado en mí. Intrigada por su actitud, decidí acercarme.
—¿Will? —lo llamé poniendo una mano en su hombro.
—Hola, Shadow —me saludó levantando la cabeza de los papeles—. No te había visto.
Will tenía mala cara, y daba la impresión de que apenas había dormido. Unas profundas ojeras delataban el insomnio del agente, quien parecía un frío autómata. Pero había algo más, porque sus ojos verdes estaban oscurecidos, reconcomidos por una preocupación capaz de desesperarlo.
—¿Qué pasa? —pregunté acercándome más a él.
—No lo sé. —Will se pasó una mano por el rostro, como si intentara deshacerse de sus pensamientos—. No me hagas caso, seguro que no es nada.
—¡¿Shadow, has visto la hora que es?! —exclamó Owen.
—¡Vas a llegar tarde! —añadió Alice.
Miré la hora en las pantallas de los ordenadores, eran las siete y media. Si tardaba mucho, no alcanzaría el tren para llegar a la Academia. Sin embargo, la mirada del agente seguía preocupándome. Distraídos, sus ojos se encontraron con los míos y todos esos resquicios de duda desaparecieron en una escueta sonrisa.
—Que te vaya bien, Meraki —me susurró—. Demuéstrales de lo que eres capaz.
Alice y Owen seguían apremiándome para que me diera prisa, así que decidí hacerles caso.
—¡Hasta la noche! —Me despedí saliendo de la habitación.
Corriendo, y con una sonrisa dibujada en mis labios, me alejé del edificio del FBI, adentrándome de nuevo en las profundidades del metro.
La Academia del FBI me estaba esperando.
CAPÍTULO 6
Una mirada entre la multitud, unos ojos difíciles de encontrar. Sentía que alguien me estaba observando con deliberada atención, pero no sabía desde dónde.
Me encontraba en el metro que había cogido para llegar cerca de la Academia del FBI, y ya llevaba más de un cuarto de hora intentando identificar a mi observador entre el tumulto de gente. No podía dar con él por una simple razón, porque no paraba de moverse, consiguiendo evitar por muy poco mi furtiva mirada.
Sin embargo, había algo muy extraño. No me sentía en peligro. Porque fuera quien fuese, pretendía que yo lo identificara.
Inesperadamente el móvil sonó en mi bolsillo, tenía un mensaje de Alice.
«No te entretengas, estate atenta a la parada».
En ese instante los altavoces del metro anunciaron mi destino, y busqué por última vez al individuo que se escondía entre decenas de cuerpos en movimiento.
Cuando las puertas se abrieron, bajé con extremada tranquilidad, dirigiéndome hacia la única salida que me guiaba a la Academia.
Una vez Alice y yo habíamos viajado hasta allí, para que así, cuando empezaran las clases, supiera qué camino seguir.
Con lentitud empecé a andar entre la gente, notando cómo todavía me seguían. Estaba segura de que era una sola persona, y que se encontraba a menos de siete metros de distancia.
Adelantando al hombre que caminaba enfrente de mí, aproveché que su cuerpo me ocultó durante un par de segundos para meterme en un pequeño callejón que quedaba a mi derecha. Y entonces, empecé a contar.
—Nueve, diez —susurré.
Un chico de piel bronceada, con un distintivo gorro gris, apareció ante mis ojos. Solo podía ser él.
—Hola, Byron.
—¡Shadow! —exclamó el chico sobresaltándose—. ¡No te había visto!
—Esa era la intención. Pero lo más importante ahora, es por qué me estas siguiendo. —Lo miré tajante.
—¿No me vas a preguntar ni cómo estoy?
—Byron… —repuse poniendo los ojos en blanco.
La primera vez que me había encontrado con el misterioso chico, había sido minutos antes de que intentara matar a mi padre. Y días después, me había parecido verlo salir del hospital en el que me hallaba. Nuestros encuentros nunca parecían ser fruto del destino.
Byron era diferente a los demás, y solo hacía falta echarle un vistazo para darse cuenta de ello. Andaba sin prisas, como si nada pudiera preocuparlo y parecía no querer encajar con lo que le rodeaba. No sabía por qué, pero había algo dentro de mí que me impedía desconfiar de él, quizás era porque los dos éramos la excepción de la regla escrita por la sociedad.
—Hacía mucho tiempo que no nos veíamos —dijo colocándose bien el gorro—. Pensaba que ya empezarías a echarme de menos y te seguía para ver como estabas.
—¿Byron, eres un Bleed? —lo corté.
Hacía bastante tiempo que había pensado en aquella opción, y no tenía ninguna duda de que estaba en lo cierto. Porque de esa forma, todo cobraba sentido.
—Sí, pero preferiría no serlo.
—Entonces, ¿por qué sigues con ellos? —Podría haber respondido yo misma, pero no quería reconocer que aún tenían tanto poder.
—Porque no tengo ningún otro remedio, bichito. Ya sabes lo complicado que es alejarse de ellos. Pero por lo menos, si no me dejan irme, puedo aprovecharme de ellos. —No sabía si aquellas últimas palabras eran producto de una broma sin sentido o de si pertenecían a los delirios de un necio.
—Byron, pero pueden matarte o algo peor. Si descubren que has tenido contacto conmigo…
—No lo harán, soy muy discreto —añadió guiñándome un ojo—. Por cierto, ¿tú no tienes que estar dentro de diez minutos en la Academia?
—¿Cómo lo sabes?
—Soy bastante curioso, y al igual que tú, cuando me obsesiono con algo soy incapaz de dejarlo ir. Y ahora, tendrías que empezar a correr.
Miré la hora en la pantalla del móvil. Byron llevaba razón, si no me daba prisa, llegaría tarde en mi primer día. Su cambio de tema, sin embargo, me había dejado con un regusto amargo. Demasiadas preguntas por resolver, y él seguía empeñado en evadirlas.
—¿Nos volveremos a ver? —le pregunté saliendo del callejón.
—No lo dudes. Pero, Shadow, ten cuidado.
Su advertencia quedó flotando en el aire, a la vez que su sonrisa dejaba de parecer real. Sin mirar hacia atrás, empecé mi frenética carrera para llegar puntual, sorteando a los peatones que se extendían por toda la acera. Me hubiera gustado quedarme a hablar más tiempo con Byron, interrogándolo acerca de la relación que mantenía con los Bleed, pero tenía otro objetivo más urgente que cumplir.
Enfrente de mí se empezó a materializar un enorme complejo de edificios que se alzaban imponentes, rebosantes de autoridad. Por fuera, la Academia del FBI era más grande de lo que me había imaginado, y su interior, seguramente sería un extenso complejo adaptado para nuestro entrenamiento.
Nunca antes me había encontrado tan emocionada y no podía esperar ni un segundo más para entrar en el edificio en el que pasaría cinco meses dando lo mejor de mí.
Faltaban dos minutos para las once, cuando por fin conseguí encontrar la sala en la que se realizaba nuestra presentación.
Un enorme proyector con la insignia del FBI ocupaba la mayor parte de la pared del fondo, donde se encontraba también un bonito escritorio de madera. El resto del aula estaba ocupada por gradas de color marrón que descendían hasta la mesa central de forma ordenada.
La sala estaba llena de gente, y el murmullo de sus conversaciones flotaban en el aire, haciéndose audibles a intervalos.
—¿Es verdad que una terrorista va a intentar entrar en el FBI?
—Sí, por lo que se ve, la han recomendado desde Washington.
—Madre mía, cómo puede ser. La gente ha perdido la cabeza.
Todo el mundo hablaba de lo mismo, de mí.
—¿Es ella, estás seguro? Si es una cría.
La mayoría de los aspirantes que se encontraban en aquella habitación tenían una media de edad de veintisiete años y, en comparación con ellos, parecía una niña indefensa y asustada.
Ignorando las miradas de desdén de casi todos los presentes, descendí por el pasillo central hasta encontrar un lugar con varios asientos vacíos. Venía para ser agente del FBI, no para hacer amigos. No iba a permitir que me hundieran. Levanté el ment
