La tortuga de Luang Prabang - Antonio Cordero - E-Book

La tortuga de Luang Prabang E-Book

Antonio Cordero

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Beschreibung

Son escasos los escritores brillantes que desde la ficción han escrito buenos libros de viajes. No nos engañemos, los que consideramos mejores libros de viajes no son libros de viaje. Kapuscinsky nunca ha escrito un libro de viajes, Makroll el Gaviero viaja, pero sus andanzas pertenecen al género de la buena literatura, sin más. Saint Exupery es poesía en movimiento. Rimbaud viajó, pero, precisamente, para huir de la literatura. Vivimos el ocaso de los géneros tal y como los conocíamos hasta ahora, se impone el eclecticismo, la creación transversal que desconoce pautas preestrablecidas, como estos relatos que Antonio Cordero nos presenta aquí. Su Tortuga de Luang Prabang transita luces y sombras, ficciones y tabernas tan reales como el fantasma de Makrol, personajes novelescos y cazadores de osos, historias que se intuyen, pero no se dejan ver. Por momentos nos traslada a un mundo que evoca la felicidad, esa cosa naif que tanto nos preocupa y perseguimos como antes perseguíamos unicornios. En otros, nos sumerge en oscuridades conradianas, ejerciendo una especie de melancolía del horror, un deseo insatisfecho por compartir el destino de aquellos que se dejaron la cordura entre raíles, canoas y dunas de arena. Pareciera que para Antonio El Gaviero, el viaje es una excusa para la huida y cada uno de sus relatos un refugio temporal donde apaciguar las ansias de retorno. Ir, partir, volver... descuidos del lenguaje, paréntesis entre inocente y doloroso para evitar respuestas En cualquier caso, sus relatos son un alivio para esa enfermedad llamada nostalgia de lo que nunca tuvimos.

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Veröffentlichungsjahr: 2013

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La tortuga de Luang Prabang

y otras historias de viaje

Para la mejor tripulación, Beatriz, Antía, Hernán y Nicolás.

Y para los que me pasaron las cartas de navegación, José Antonio Cordero y Mª del Carmen Sanz, mis padres.

PRÓLOGO

ODIO LOS VIAJES

Odio los viajes. Levi Strauss, un señor antropólogo fallecido recientemente y que nada tiene que ver con los pantalones vaqueros, escribió esta frase en Tristes Trópicos. Cuando la leí, me pareció la torpe reacción de un viejo amargado por años de deambular al encuentro de lo extraordinario. Así ha sido siempre, el hombre busca más allá lo que no encuentra en su particular más acá. Absurda ficción. Veinte años después, encuentro reveladoras aquellas palabras: odio los viajes. Levy Strauss odiaba el tránsito físico, la incomodidad del traslado. Un servidor los odia por lo que tienen de mentira colosal, de fábula para espíritus ansiosos, de escenario donde se representan las más burdas pantomimas. Usamos los viajes para mentir y mentirnos ante la esperanza de que el paréntesis nos devuelva a un paraíso que nunca existió.

El viajero es un experto en sublimar, en inventar escenarios que le permitan avanzar a través de territorios que confirmen sus expectativas, se ve obligado a magnificar la realidad cuando la realidad es mediocre, lo cotidiano es el denominador común de los días, de todos los días, en todos los rincones del planeta, también en las intrincadas entrañas de la selva amazónica, en las planicies heladas del Ártico, en los confines del Himalaya... Y eso, en el mejor de los casos, el viajero se lo oculta a sí mismo. En el peor, se lo oculta a los demás para presentarse ante ellos como un héroe de la mediocridad. Odio los viajes, a los viajeros y a los viajados; odio a los turistas y a los tour operadores, a los aventureros y a los ventajistas del exotismo. Pero no a los otros viajeros, turistas y aventureros, sino a los que hay en mí mismo. De todos los maquilladores de lejanías, los más culpables somos los viajescritores. El género, en su larga y agonizante existencia, es inocente, contar historias a través del movimiento es un recurso como otro cualquiera. Sólo el talento, o la ausencia de éste, bastardea los géneros. Los viajescritores, los que hoy deambulamos por el circo mediático, nos creemos obligados a redescubrir cada diez números las maravillas del Cañón del Colorado, a encontrar placidez en la frágil mirada de un indio amazónico amenazado por el avance de la modernidad, a reeditar en cada página las maldades de Occidente versus la inocencia de los sufridos aborígenes; debe haber también viajescritores escépticos, dubitativos, perdedores incapaces de explicar cuanto ocurre a su alrededor, viajescritores políticamente incorrectos que nos digan sin tapujos que el mundo está lleno de hijos de puta, también entre los honorables tuareg y los imberbes mayorunas, debe haberlos, pero no he leído ninguno en los últimos años. ¿No han sentido alguna vez el deseo de atropellar gallinas, apedrear vacas indias, abofetear cooperantes y aplastar los meñiques de los humildes ribereños ante tanta muestra de ecológica buena voluntad? Lo reconozco, caigan sobre mí las consecuencias, yo sí.

Existen pocos escenarios tan rancios y vacuos como nuestro moderno mundillo de los viajes y los viajeros. Seguimos empeñados en coleccionar países y peligros, tribus recién contactadas que jamás vieron al hombre blanco, nos hemos especializado en aplicar efectos especiales a la rutina. Y, además, hemos logrado el objetivo, hemos logrado que se crean nuestra farsa. Cuántas veces me habrán presentado en una conferencia como experto en el Amazonas, en la India o en África. ¿Experto en África yo, que lo único que he hecho es pasear con torpeza de país en país, apresurado a veces y desconcertado casi siempre? Que tipos como el que escribe estas líneas sea invitado a dar conferencias, escribir prólogos, presentar libros y asistir a programas de televisión, y encima le paguen por ello, demuestra hasta qué punto la cultura del ocio es poco selectiva. No es autoflagelación, ni falsa modestia, me estoy usando como ejemplo, después de todo, soy lo que tengo más cerca y llevo el suficiente tiempo conmigo mismo como para saber que no les miento. Un servidor, y otros como yo, hubiésemos sido dignos defensas centrales en equipos de fútbol de segunda división B, e incluso brillantes repartidores de paquetes en DHL, pero preferimos pensar que somos viajeros literarios.

Todavía quedan un par de páginas, si ven que el tono o el contenido de lo que estoy diciendo les parece una memez, pasen ya a los relatos de Antonio, no se lo tendré en cuenta, quizás tengan razón. Tampoco se perderán mucho, de aquí hasta el final del prólogo voy a repetir estas mismas ideas, pero con otras palabras, o con las mismas, ya veremos. ¿Siguen aquí? Pues vamos con el asunto de los tópicos. Es amplio el menú de tópicos que desplegamos los viajescritores y quienes aspiran a serlo. ¿Seguro que todo viaje es interior? Eso será para los que tengan vida interior. Los románticos inventaron una especie de duende místico que se apodera del viajero y desde entonces, por tradición e imitación, levitamos de geografía en geografía tratando de encontrar respuestas en un mundo que sólo admite preguntas. Bob Dylan escribió que la respuesta está en el viento y también nos lo creímos. Ahora sí, ahora que empiezo a estar más cerca de Levi Strauss que de Dylan puedo reconocer que nunca he sentido nada interior mientras viajaba, que los hongos alucinógenos me producen diarrea y que en lo alto de las pirámides mayas la única fuerza que te posee es la de otro viajeiluminado, como uno mismo, que te empuja para que bajes rapidito porque arriba no se cabe. Es cierto, en lo alto se está bien, por las tardes corre el aire y la vista es maravillosa, pero de allí hace muchos años que escaparon los dioses, si es que alguna vez estuvieron. La dichosa búsqueda. Hacemos catorce mil kilómetros para encontrar algo que perdimos en la puerta de casa. ¿A quién se le ocurriría semejante estupidez? Sólo a un viajero, nunca a un viajante ni a un aventurero, y mucho menos a un turista. La aristocracia del viaje, los viajeros, poseemos el privilegio de la búsqueda o del viaje interior, aquel que redime al individuo de sus culpas, aquel que nos hace libres, intolerantes y cura los nacionalismos. Con semejante receta, repetida en cada panfleto que escribimos los viajeliteratos, y teniendo en cuenta la cantidad de gente que hay moviéndose constantemente de un lado para otro, con semejante receta, insisto, no entiendo cómo puede haber tanto capullo con el pasaporte repleto de sellos. No he tenido noticias de ningún xenófobo prepotente, abundantes a nuestro alrededor, que haya regresado de las cataratas del Niágara dispuesto a ofrecer un contrato de trabajo en su panadería a tres inmigrantes magrebíes. Nadie vuelve de Kenia, ni de Paraguay, ni tan siquiera de la India, siendo otro. No cambiamos, sólo nos disfrazamos, y el viaje es el perfecto drama en tres actos que permite representar la vida en una burbuja de tiempo y espacio.

¿Quién ha dicho que el verdadero viaje no debe incluir billete de vuelta? Un viaje sin final no es viaje sino prolongación del hecho de vivir, aunque sea de vivir en continuo trajín. El movimiento en sí no es nada, sólo movimiento. Todo se mueve, y no por ello se otorga a cada objeto móvil el arrogante título de viajero. El Papa se mueve, sí ¿y es por eso un viajero? No, es sólo eso, un objeto en movimiento. Pero volvamos al drama en tres actos, que con lo del Papa me he despistado. Presentación, nudo y desenlace. Da igual el orden en que esto se produzca ni cuantos factores intermedios queramos añadir, el número de tramas paralelas, la cantidad de personajes ni los trucos con los que pretendamos despistar; el viaje, para que sea viaje, debe disponer de su propio final. Un mal viaje tendrá un final predecible y, probablemente, feliz. Un viaje viajado con talento pondrá al viajero, al héroe, frente a las pasiones más oscuras del ser humano, le hará reír y llorar en la misma medida, le hará enfrentarse a sus propios monstruos interiores. Bueno, esto último sólo para aquellos héroeviajeros que tengan vida interior, para los demás queda el viajecomedia, y ya se sabe que en la comedia los personajes tienen siempre menos aristas, son menos complejos. ¡Pero qué pocos personajes de comedia, de la auténtica y brillante comedia, circulan por el mundo del viaje! Los viajepersonajes, en general, parecemos sacados del mejor cine de Ed Wood, cómicos por lo patético, no por lo simpático, disfrazados de pescadores de truchas para el Carnaval de Agosto, portavoces de obviedades, de lugares comunes que se repiten libro tras libro, puesta de diapositivas tras puesta de diapositivas, conferencia tras conferencia. Por favor, propietarios de librerías, organizadores de ciclos culturales, editores, no nos permitan publicar un solo libro más, no vuelvan a darnos la palabra hasta que el oratorio quede limpio de tanta vacuidad. Publiquen crucigramas, organicen tertulias taurinas, inviertan su tiempo y su dinero en evitar que los ríos sigan contaminándose con los restos de una tinta absolutamente prescindible.

Otro de los tópicos de la modernidad viajera es considerar a Bruce Chatwin el prototipo de viajero literario. Cada vez que alguien publica su primer libro de viajes, y sé de qué les hablo, el editor cree que venderá mejor a su descubrimiento con el pomposo título de: «el nuevo Bruce Chatwin». Bruce Chatwin es a la literatura lo que James Dean al cine, un actor mediocre cuya muerte prematura lo elevó artificialmente a la categoría de mito. Si los editores, al compararnos con Chatwin querían decir: aquí tienen otro relato ombliguista y cargado de prejuicios, de miradas superficiales, escrito con el oficio justo para no rimar camión con maquinilla de afeitar, apresurado y distante; si querían decir que estaban presentando otro nuevo andarín inquieto, otro filósofo de todo a cien cuyo mayor activo es contar con un público aún más prejuicioso, sediento de reflexiones baratas, entonces debemos reconocer la etiqueta que nos presenta como los nuevos Bruce Chatwin, a pesar de que ninguno de nosotros ha logrado ni tan siquiera igualarle. En eso, Chatwin fue un maestro.

Por otro lado, están los «escritores con mayúsculas», los novelistas que, aprovechando los vaivenes del mercado, se arriman al género para perpetrar libros de viaje con más artificios que corazón. Suelen ser tan poco consistentes e insulsos como las novelas que escriben normalmente. Son escasos los escritores brillantes que desde la ficción han escrito buenos libros de viajes. No nos engañemos, los que consideramos mejores libros de viajes no son libros de viaje. Kapuscinsky nunca ha escrito un libro de viajes, Makroll el Gaviero viaja, pero sus andanzas pertenecen al género de la buena literatura, sin más. Saint Exupery es poesía en movimiento. Rimbaud viajó, pero, precisamente, para huir de la literatura. Vivimos el ocaso de los géneros tal y como los conocíamos hasta ahora, se impone el eclecticismo, la creación transversal que desconoce pautas preestablecidas, como estos relatos que Antonio nos presenta. Aquí vale todo, no hay más límite que el talento y eso es una mala noticia para los que no lo tenemos. Ya no vale refugiarse en las cálidas entrañas del género. ¿De qué viven las escasas librerías de viaje que existen en el mundo? De vender guías y mapas, cantimploras, mochilas y pastillas potabilizadoras, no libros de viaje, ni tan siquiera literatura con viaje. El género agoniza, como todos los demás. Agoniza por el signo de los tiempos y porque no es fácil hacerlo peor de lo que lo hemos hecho los escritores de viaje en las últimas décadas.

Antonio Cordero, por fortuna para él y para nosotros, no es Bruce Chatwin. Chatwin era guapo y Antonio es... muy amigo de sus amigos. Antonio es poeta, Chatwin era... guapo. Antonio no es un viajescritor, Antonio es un niño que juega con las palabras porque nunca supo darle patadas al balón. Su Tortuga de Luang Prabang transita luces y sombras, ficciones y tabernas tan reales como el fantasma de Makrol, personajes novelescos y cazadores de osos, historias que se intuyen, pero no se dejan ver. Por momentos nos traslada a un mundo que evoca la felicidad, esa cosa naif que tanto nos preocupa y perseguimos como antes perseguíamos unicornios. En otros, nos sumerge en oscuridades conradianas, ejerciendo una especie de melancolía del horror, un deseo insatisfecho por compartir el destino de aquellos que se dejaron la cordura entre raíles, canoas y dunas de arena. Pareciera que para Antonio El Gaviero, el viaje es una excusa para la huida y cada uno de sus relatos un refugio temporal donde apaciguar las ansias de retorno. Ir, partir, volver... descuidos del lenguaje, paréntesis entre inocente y doloroso para evitar respuestas ¿Qué coño es todo esto? En cualquier caso, sus relatos son un alivio para esa enfermedad llamada nostalgia de lo que nunca tuvimos. Antonio, que es un buen tipo, seguramente, no odia los viajes. Yo, sí. Los odio de la misma forma que el alcohólico detesta la botella a la que se siente irremediablemente atado, la que le ofrece sus únicos momentos de sosiego. Odio los viajes y la literatura de viajes de esa misma manera, a sabiendas de que, a pesar de todo, son la única manera que conozco de huir de mí mismo sin levantar sospechas.

Chema Rodríguez

EL CORAZÓN DE LA AMAZONIA

Río Caura - Venezuela

Conocí al barón von Wergner en su vieja casa colonial de la costa venezolana. Fue unos días antes de su desaparición en los manglares de Tacarigua. von Wergner había sido, y en muchos aspectos todavía lo era, uno de los más notables exploradores naturalistas de este siglo y un enorme pozo de conocimiento transparente sobre las últimas selvas tropicales. Quizás fuera la máxima autoridad en ese viejo mundo en proceso de desaparición.

Su biografía, a la que yo me dedicaba por aquel entonces, parecía el sinuoso discurrir de un río amazónico. Rodeado de bosque impenetrable, de criaturas maravillosas y desconocidas. De todos los hombres que poblaban sus márgenes había un muchacho joven al que von Wergner parecía tener una especial admiración y apego. Se habían conocido en los días en que el barón cruzaba las junglas del Alto Caura en la región de los Yekuana y los Yanomami. Max, que así se llamaba el asilvestrado mocetón, vivía desde aquel entonces aislado en una pequeña comunidad yekuana en medio de ninguna parte. En él encontró von Wergner su alma gemela, su descendencia más allá de toda razón genética. Aprendieron y disfrutaron el uno del otro durante sus vagabundeos por los territorios del jaguar y los tapires.

Como ya dije, von Wergner desapareció unos días después mientras observaba los ibis escarlata en los manglares de Tacarigua. Pudo ser un caimán negro, un agente de alguna compañía maderera o un desarrollista radical. No sabemos nada, sólo que desapareció y para concluir mi trabajo pensé en Max. Estaba seguro de que él podría darme las claves que faltaban para descifrar la figura del magistral naturalista.

Tomé un pequeño avión a Ciudad Bolívar, dormida junto al río Orinoco con su centro de casas con patio y fachadas de colores. Me alojé en el Hotel Colonial, un viejo y desvencijado edificio que se había construido en algún año entre 1900 y 1940. Era uno de esos lugares que cualquier loco y desgraciado viajero haría suyo de inmediato. Habitaciones con balcones al río y un bar con muebles de madera y botellas envueltas en el tiempo. Sólo un camarero tras la barra. También es cierto que yo era el único huésped del hotel y el único cliente en el bar.

Sin embargo, a veces los idus nos son propicios y cuando apenas comencé a preguntar por la mejor manera para llegar hasta el río Caura, el camarero me habló de Jonás. Jonás vivía a caballo entre la ciudad y la selva. Gran parte del año la pasaba en la isla Dufrumi, en mitad del río Caura. De hecho, no sólo conocía a Max sino que éste le había dejado su coche en usufructo cuando desapareció con su viejo fusil de caza y un saco de azúcar y otro de arroz rumbo a la selva esmeralda.

Todo parecía sencillo. Quedamos a la mañana siguiente, al amanecer, para trasladarnos en una destartalada furgoneta hasta el asentamiento de Las Trincheras, punto de entrada en el río y ya inmerso en la jungla. Al bajar de la furgo lo primero que noté fueron los insectos y el color verde. Un enorme y ensordecedor murmullo en el cual era difícil diferenciar las miles de especies que nos rodeaban. Parecía una fiesta salvaje, un momento de locura de todos los bichos del planeta agitando sin cesar sus élitros. Creí que aquello acabaría pronto y la paz de los documentales de la dos aparecería igual que una buena banda sonora apropiada a mi sensibilidad. ¡Y el verde, dios mío! El verde era todo menos el río. Una muralla densa y viva con miles de zonas tan oscuras como túneles. Y sin embargo el sol aquel día estaba en el cenit y mi fotómetro junto a la orilla me daba una luz de quemar carretes.

Jonás siempre sonriendo me señaló una canoa donde esperaba Yuruan, uno de sus nueve hijos. Aquello era un cayuco, un auténtico barco del Amazonas. Largo y estrecho, de un solo tronco. Cuidadosamente trabajado para que su forma fuese estable y ligera hendiendo la corriente. Un pequeño motor fueraborda nos situaba en el final del siglo XX y hacía más descansada la travesía. En aquella canoa iría subiendo la selva como los chicos de Kurtz remontaban el Mekong. Bueno quizás más despacio y sin esquí acuático.

Según von Wergner, estos bosques que todavía son el 5 % de la superficie del planeta (según estáis leyendo esto se están cargando 411 km cuadrados al día) alojan al 50% de las especies de la tierra. La variedad genética que tienen es increíble, se conoce más de la Luna que de los bosques tropicales.

Es un sistema ecológico riquísimo y muy frágil. Pero el suelo no es rico sino todo lo contrario, aunque parezca mentira con tantos árboles y tanta vegetación. Pues resulta que para sobrevivir en este suelo falto de nutrientes utilizan un truco fantástico: se comen a sí mismos. Tienen las raíces muy superficiales y de esta manera acceden a la capa de tierra donde se depositan todos los restos de hojas, troncos, frutos y restos de animales. Un reciclaje absoluto, un perfecto círculo de vida en el que la energía continuamente da vueltas. Uno como parte del todo, cada individuo de cada especie es parte de un todo que a su vez él contiene. Contenido y continente como un único sentido. Las inmensas ceibas son también arañas y monos y lombrices y troncos de otros árboles y son sus propias hojas fagocitadas.

En algún momento la luz se fue haciendo más suave y en las orillas aparecieron cerros y colinas. El relieve de las viejas montañas del macizo de Guayanas creaba un paisaje espectacular. Un pequeño talud de barro es la única frontera entre el mundo del agua y la selva cerrada. Ahí es donde podemos ver a los caimanes dormitando al sol o al martín pescador haciendo piruetas antes de entrar como una flecha en el agua en busca de un pez. Descendimos y fuimos siguiendo una estrecha senda indígena cruzada por mil obstáculos, árboles caídos, ramas, telarañas, arbustos que rasgaban como cuchillas de afeitar. Entonces Jonás dijo: «Aquí no hay que mirar. Si miras no verás nada. Hay que escuchar cualquier ruido diferente y hacia allí entonces diriges tus ojos. Escucha, mira con los oídos». Y poco a poco fueron apareciendo: el ruido que hace un kinkajú al saltar de una rama a otra, una gallinácea que corre sobre la hojarasca o el canto hipnótico de la llamada del araponga o «pájaro campana».

En medio de un pequeño claro montamos el campamento. Faltaban un par de horas para el atardecer y había que organizarse antes de la llegada de la oscuridad. En la amazonía hay pocos cambios durante el año. Clima cálido y húmedo, ecuatorial y la duración del día es casi constante durante todo el año. Aquella tarde hacía calor y sudábamos con nuestras camisetas pegadas al cuerpo mientras colgábamos las hamacas en forma de círculo. Sobre cada hamaca un plástico como techo que nos cubriría en caso de lluvia y la necesaria mosquitera. Limpiamos debajo toda la materia orgánica y con ello la posibilidad inquietante de algún vecino no demasiado apetecible. Yuruan hacía un fuego en el centro.

La noche fue completa, las estrellas se veían nítidas sobre el claro y desde la hamaca dormité y soñé con la cercana tranquilidad de ser parte de un todo. A media noche un ruido fuerte me despertó. Algo galopaba hacia nosotros, un ruido como de locomotora entre el mato. Jonás encendió su linterna frontal y entre las hamacas un tapir cegado por el chorro de luz galopaba como loco. Atravesó lanzado el campamento y rozando mi hamaca desapareció en la oscuridad. Soñé de nuevo y los sonidos de la selva me acunaron despacio.

Otro día más. Sudados desde el comienzo de la mañana caminábamos bajo los gritos de los monos congo. Subimos aquel pequeño cerro desde el que se veía un océano de bosques desconocido y apetecible. El viento soplaba fresco en la cima y las nubes se mantenían quietas sobre la línea del horizonte. Un águila harpía, enorme, con el pecho blanco, volaba en círculos cerca de las copas de los árboles más altos. Uno de los mitos de la selva amazónica, la mayor rapaz del mundo que caza monos bajo la bóveda del bosque. Es difícil verla en su vuelo y aquello fue un regalo del destino en forma de enorme cabeza coronada por dos penachos de plumas erectas y un pico temible.

Unas horas después habíamos regresado al río por el otro lado del cerro y la aldea yekuana que buscábamos se encontraba delante de nosotros. Vacía. Las aldeas con sus conucos cambian de lugar cuando se agotan los recursos y el pequeño grupo se mueve a otro espacio virgen y allí no quedaban más que unos pocos restos en un pequeño descampado. Habría que seguir río arriba, continuábamos nuestra expedición en busca de Max. Nuestro objetivo era llegar a Boca de Nichare aquella misma tarde. Boca es un asentamiento yekuana estable y ahí seguro que encontrábamos algún rastro del rubio Max.

Churuatas de techo de paja trenzada y muros de adobe cerca de una estrecha playa de arena marrón donde estaban varados los cayucos. Habíamos llegado. Un hombre se dirigió a nosotros para indicarnos dónde podíamos colgar las hamacas. Junto a la aldea, pero no dentro. Francisco era el encargado de relaciones exteriores, un viejo chamán con mirada de diplomático nihilista.

Mientras preparábamos la cena cerca del fuego y alejábamos los insectos grandes como puños que chocaban contra todo en su vuelo hacia la luz, Jonás habló muy cerca de mi cara y muy bajito. «Si los insectos vuelan tú también puedes volar». Me quedé mirándole a punto de comprender. «Sí, Francisco sabe cómo volar. Él es un hombre sabio y conoce el mundo». Miré a Jonás sorprendido mientras él sonreía y asentía al tiempo. «Sí, un chamán sabe también cómo abrir nuestros ojos». Y vaya si sabía. Después de una corta ceremonia y de unos cuantos consejos traducidos por Jonás, aquella noche comencé a volar. Desde entonces hay algo que ha permanecido, una percepción regular de formar parte de un organismo. Esta idea lo impregna todo después de la experiencia con el yopo. La comunión con una naturaleza que se torna comprensible y cercana. Los ruidos tienen significado pleno y es posible caminar en la noche. Fue una noche brava, completa, donde las alas de la selva, de sus habitantes nocturnos, rozaron una y otra vez mis frías escamas castellanas hasta hacer, casi, saltar un amor irrefrenable y triste.

Lo supe unos meses después, cuando leí que en los últimos veinte años se habían destruido más bosques tropicales que en el resto de la historia. Lo peor es que esto aumenta cada día y que nosotros pensamos que no, que las cosas mejoran, con tanto documental y tanto reciclaje de botellas y zonas verdes entre los edificios. Es más que probable que nuestros hijos visiten los bosques tropicales sólo en internet o como parques temáticos entre salchichería y puesto de helados y palomitas.

Mientras avanzábamos el río se estrechaba y la corriente era más fuerte. Bajan algunos troncos a la deriva. En uno de ellos viajaban tranquilas unas tortugas arrau. Las orillas se acercaban y podíamos ver algunos animales en los árboles, tamanduás y coatís. Guacamayas azules y amarillas sobrevolaban en parejas y los caimanes se calientan en las playas y los bajos arenosos.

En algún momento llegamos a un playón. Las aguas del Caura formaban pequeñas olas en sus orillas transparentes. Un lugar perfecto, alejado y perfecto como sólo los espacios vírgenes permiten. Árboles y algunas palmas en la arena ocultaban en parte una sencilla churuata. Allí colgamos las hamacas y esperamos. Miles de mariposas amarillas chupaban con sus largas trompas la sal de la orilla y algunos tucanes saltaban en una higuera cercana. Más allá sonaban los rápidos que anunciaban las grandes cascadas del Salto Para, una barrera natural para nuestro viaje hacia el sur.

Ya oscurecía cuando bajo un cielo violeta surgió una figura de la selva. Supe que era él. Andaba como si tuviera la planta de los pies mullida como las del jaguar y su pelo rubio resaltaba sobre la piel curtida y oscura. Allí estaba Max por fin, bajando por la senda de los hombres desde las tierras de los yanomami. Saludó con su mano izquierda y se sentó junto a nosotros en la arena. Sentí deseos de pronunciar la famosa frasecita de «Leo, supongo» pero ni siquiera hizo falta. Él ya sabía que le buscábamos y bajaba a nuestro encuentro, las noticias navegan más rápidas que los cayucos en esta parte del río. Saqué la botella de ron que tenía guardada y conversamos toda la noche junto a la hoguera bajo las estrellas. A partir de entonces se creó una gran amistad entre nosotros. Supe cual era el secreto de von Wergner y por qué Max había desaparecido entre los yekuana hacía más de un año. Pero esto es otra historia y necesita otro tiempo y otras páginas que la relaten.

 

 

VIAJE A TUVA

República de Tuva - Federación Rusa

 

 

Era finales de noviembre y nevaba alrededor del viejo Tupolev que nos llevaba a Tuva. Nevaba como si el mundo se hubiera convertido en una enorme bola de navidad. Llevábamos mucho tiempo en el aire, más del previsto para el corto vuelo entre Irkutsk y Kizil, la capital de Tuva. Sin previo aviso el avioncito inclinó su morro y se lanzó hacia donde debía estar la pista de aterrizaje. Aquello sonaba por todos lados, las butacas se movían y se inclinaban hacia delante y atrás. Las caras de los demás pasajeros, apenas una docena de personas, permanecía impávida. Alexander V. Poospev, mi compañero de asiento y doctor geofísico por la Universidad de Irkustk, parecía totalmente relajado, sin atisbo del temor que yo ya empezaba a sentir. Por la ventanilla rayada de mi asiento apenas podía distinguir unos árboles en medio de la tormenta de nieve. Bajamos y bajamos y unos instantes después el avión golpeó con sus ruedas el piso de una pequeñísima pista de aterrizaje cubierta de una capa de hielo de varios centímetros de espesor. Quizás no hubiese elegido la mejor fecha para viajar a Tuva. Aunque nunca se sabe. Alexander se ofreció a llevarme en su Lada hacia el centro de Kyzil. La ciudad era pequeña y los edificios de viviendas de tiempos de la URSS, con sus tuberías exteriores cubiertas de trapos para impedir que se congelaran, contrastaban con las yurtas tradicionales plantadas en los patios traseros entre hierros oxidados y ovejas.

Junto al Teatro, en la Plaza Central, el Parlamento de Tuva (Khural) y una estatua de Salchak Toka. «Mira ese tipo», me dijo Alexander señalando la estatua «fue el dictador que manejó este pueblo a su antojo durante 40 años». Cuarenta años, pensé yo, igualito igualito. Toka era un antiguo luchador de Khuresh, la lucha libre tuvana. Este hombre de músculo, apoyado por Stalin, derrocó en un golpe de estado a Donduuk Kuular que en aquel momento era el primer Presidente de la flamante República Popular Tuviniana.

Kuular había potenciado el acercamiento de Tuva a Mongolia y la expansión del Budismo y Chamanismo como religiones oficiales del estado. También se opuso a los procesos de colectivización y sedentarización de las poblaciones de tuvanos seminómadas que vivían en las estepas y los bosques. Claro, esto no le granjeó la simpatía del poco simpático camarada Stalin que decidió que era mejor quitarle de en medio cuanto antes. En 1932 y después de que Tuva fuese por primera y única vez en su historia un país independiente, fue ejecutado por el ya entonces todopoderoso Toka. Ahora su figura se erguía parcialmente cubierta por la nieve con todo el horror y fascinación que provocaban los hombres capaces de subyugar un pueblo y desarrollar un terrible culto a su personalidad.

Alexander V. Poospev me dejó en la puerta del destartalado hotel soviético de dos plantas. Quedamos en vernos al día siguiente, él tenía que salir hacia el oeste en uno de sus muchos viajes de prospección y me propuso acompañarle unos días. Mientras llegaba el momento de partir, me dediqué a vagabundear por los alrededores del Río Yenisei que bajaba hacia la profunda Siberia cargado de hielo y espuma. Un poco más allá encontré un curioso monumento que señalaba el Centro de Asia. Sentado en su base, un tipo pelirrojo gargareaba. Era el primer extranjero que veía en Kyzil, un inglés amable y fortachón de barba y coleta rojizas.

Greg había decidido dejar su profesión de fontanero para dedicarse a estudiar el canto Koomey, un tipo de canto difónico de las tribus animistas de origen remoto que se ha mantenido en unos pocos lugares de Asia y que es muy popular en Tuva. «Esta es la tercera vez que vengo. Paso unos meses con un chamán que me enseña el método de canto y técnicas de meditación para poder llegar a la comunión con la naturaleza». En seguida se ofreció a presentarme a su maestro que trabajaba en una clínica de schamanes. Estaba cerca de allí, era una casa sencilla con un recibidor desde el que se accedía a las diferentes habitaciones donde cada uno de los schamanes hacía su tratamiento. El término schaman proviene del idioma tungu, de Siberia, xaman o schaman, y éste del verbo scha, «saber» y es un individuo al que se le atribuye la capacidad de modificar la realidad o la percepción colectiva de ésta. De una de aquellas puertas salió un hombre no muy alto, con camisola y pantalones de ante donde estaban cosidas decenas de piezas de pieles de animales con campanillas colgando. Cuando se movía sonaba una preciosa música que te trasladaba a otra parte. Saludó a Greg, abrió la puerta y nos invitó a sentarnos en una habitación desnuda en la que sólo había unas sillas puestas en círculo. Hizo unas preguntas en ruso y Alexander le contestó. «He pedido que nos haga un ritual de limpieza y bendición». En la habitación estábamos los tres extranjeros, Greg, Alexander y yo, el schaman y su ayudante, una mujer también vestida con pieles. El schaman comenzó a susurrar primero en voz baja y luego cada vez más alto, palabras incomprensibles para nosotros. Después se convirtió en una canción y las panderetas de la mujer sonaron y unos tragos de licor blanco y fuerte pasaron por las gargantas de todos los presentes. El schaman giraba a nuestro alrededor tocado con dos cuernos y tiras de fieltro, los tambores fuera de la pequeña habitación, sonaban rítmica y obsesivamente haciendo que poco a poco fuera olvidando la pequeña casa donde me encontraba. Después de pasar por nuestros cuerpos varias veces unos látigos de pieles y cintas de colores, el schaman dejó de cantar y recitó unos versos mientras nos entregaba unos muñecos de trapo, oscuros y traspasados por varios imperdibles. Eran figuras votivas que nos protegerían en nuestro viaje por Tuva. Afuera se oían más cánticos y tambores, un grupo de unas veinte personas formaban un círculo en la calle y el fuego estaba encendido delante de un tipi de pieles. Nos unimos a ellos en su rito entrando así en el espacio del maestro, del hombre brujo que era la pieza entre el mundo de abajo, de los muertos, de los espíritus, y el mundo de arriba donde vivimos nosotros. El puente entre nuestros sueños y los deseos, la boca por la que los diferentes dioses, las nubes, el sol, el reno, los osos, la luna, el viento, el fuego, nos recitaran sus visiones, nos curaran de nuestros males y nuestras dudas. Su voz era una y eran dos al tiempo por el poder del canto Köomei, una reverberación sonora generada entre la faringe y la boca que produce dos o más sonidos simultáneos. Y aquel hombre seguía cantando y danzaba y dos mujeres vestidas también con las pieles y los cánticos extraños y dobles que salían de sus gargantas iban caminando a mi alrededor y agitaban huesos de animales, pequeñas panderetas de piel que sonaban y sonaban y fuera estaba la yurta y un enorme fuego donde otros hombres y mujeres oraban y bailaban junto al río Yenisei. No recuerdo cuanto tiempo estuve en aquel estado. Greg se hallaba junto a mí entonando cánticos con su garganta rota cuando desperté a la conciencia de nuevo. Le dejé allí, en la caída de la tarde, mientras nevaba sobre las gruesas capas de piel de los schamanes y el fuego proyectaba sus sombras sobre la tienda cónica.

A la mañana siguiente Vladimir tocaba la bocina en la puerta del hotel. Me había quedado completamente dormido. Salí corriendo con la mochila aún abierta y salté al Lada Niva que nos llevaría de ruta por la estepa y los bosques de Tuva. «Este es el camino hacia el Oeste, en unos kilómetros se acaba el asfalto y la pista sigue hacia las montañas de Altay», Alexander hablaba mientras conducía fumando un cigarrillo tras otro, «pero la única vía terrestre que comunica este país con el exterior, la única, es una pequeña carretera de asfalto y curvas que atraviesa las montañas del norte y llega a Abakan, la capital de la vecina República de Khakasia. Y en invierno muchas veces está cortada». Aquel país casi de cuento se encontraba rodeado de altas montañas de más de 2.500 metros de altura y su centro era un gran valle estepario donde aún deambulaban familias seminómadas con sus rebaños y sus yurtas.

El final del camino era también el final de la tarde bajo un cielo abierto y helado. Comenzaban a despertar las primeras estrellas cuando llegamos. Los perros gruñían sordamente al otro lado de la ventanilla, oíamos los sonidos de las ovejas y los caballos. La silueta de una yurta de estepa se perfilaba contra el cielo sobre el suelo de permafrost, tierra helada. La temperatura había descendido hasta los -25º C cuando un hombre asomó su cabeza por la puerta y nos invitó a entrar. Era Ondar Valera, nuestro anfitrión. La yurta era caliente y confortable, en los laterales unos colchones cubiertos de telas con dibujos geométricos. Alfombras que cubrían casi toda la superficie excepto el centro donde una mujer aún joven hervía agua en una antigua cocina de hierro alimentada por leña. A la derecha la zona para las mujeres y a la izquierda la de los hombres. Al otro lado de la yurta, al fondo, un baúl que hace las veces de pequeño altar familiar con motivos animistas, cintas de colores y la figura de un buda en la posición del loto. Alrededor unos marcos con fotos de hombres y mujeres en traje de domingo mirando muy serios a la cámara. Después de intercambiar saludos nos sentamos alrededor del fuego. Era una familia rica dentro de los parámetros seminómadas, tenían 40 caballos, 50 vacas, 80 ovejas, 2 yurtas y 3 hijos. Delante de nosotros una mesa de madera baja y sobre ella diversos cuencos con leche agria, yogur y queso fresco y ácido. Nos ofrecieron la bebida habitual de los nómadas: té con leche y sal. Poco después sacaron tajadas de la carne de oveja. Fue una cena divertida, hablamos de nuestros países y nuestras familias y, al final, con unos tragos de licor local hecho con el suero de la leche, nos lanzamos a cantar. María tenía una voz aguda y cantaba bien. Sentada sobre uno de los colchones se mecía sobre un codo e hilaba cortas y deliciosas canciones de la estepa tuvana. El fuego chisporroteaba dentro de la estufa y las estrellas comenzaban a helarse en la noche poblada de bufidos de caballos.

Por la mañana el frío se había apoderado de los campos, escarcha y vaho en el morro de los caballos. Nos despedimos y continuamos ruta. Traqueteamos por una pista rumbo a las montañas. Manadas de caballos y algunas yurtas dispersas en la estepa. Apareció una aldea de casas rusas de colores al borde de la taiga. Alexander hizo sonar la bocina y salió una mujerona, una matrioska rusa con su delantal de colores llamativos y su pañuelo verde en la cabeza. «Pase Alexander, pasen, hay café recién hecho en la cocina». Olía a pan recién horneado y había una mesa con mantel blanco junto a la ventana de la cocina donde nos sentamos. Al poco comenzaron a llegar los hombres y mujeres del pequeño caserío a presentar sus respetos a los forasteros.

El cristal de la ventana recortaba la taiga y las sombras de la tarde iban cayendo sobre los árboles. «Mira Antonio, esto es una comunidad rusa que lleva aquí clavada más de un siglo, es un símbolo de lo que es y ha sido Tuva. Esta gente y sus antepasados se sienten rusos y hablan ruso, llegaron aquí cuando el Zar Nicolás II, allá por el año 1914, declara el territorio de Uryankhai (actual Tuva) como Protectorado Ruso». Y según me cuenta Alexander ahí comienza la fiesta. Hasta ese momento Tuva era parte del Imperio Mongol desde el siglo XIII y después del Imperio Chino Manchú hasta el siglo XX, pero el Zar decide que ya es hora de que aquello cambie y comienza la construcción de la capital Belotsark (que significa Rey Blanco en ruso) al tiempo que envía varios miles de colonos rusos a poblar las tierras y los bosques de la región. Poco después estos mismos colonos piden la intervención del ejército del zar contra los nómadas Mongoles que veneran la naturaleza y luchan contra las excavaciones en busca de oro. Pero llega la Revolución Rusa y en medio del caos todo vuelve a cambiar, ahora Uryankhai acoge a tres ejércitos: Ejército Rojo, Ejército Blanco o zarista y el Mongol. Poco después el ejército chino invade el sur del territorio. Ahora son cuatro. En 1919 el ejército zarista es derrotado por los partisanos y el ejército Rojo y los Mongoles aprovechan para invadir Tuva y expulsar a los colonos rusos. ¡Aja! Ahora (febrero de 1920) los chinos deciden que reincorporan Uryankhai (Tuva) a su territorio, ya que lo fue de hecho durante la dinastía Qing (1757 - 1911), y los mongoles se retiran en menos de seis meses. En septiembre de 1920 la URSS reconoce la independencia de Tannu Tuva y un año después los partisanos y el Ejército Rojo derrotan al ejército chino que es expulsado. Vaya lío, pero ahora ya parece que tienen su propio país, y su propio presidente (Donduuk Colar) hasta que su política irrita a Stalin y ¡plash! De nuevo dentro de la madre Rusia y hasta ahora.