Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En la tradición del mejor Jardiel Poncela, estos relatos juegan con el esperpento, el absurdo y el humor más desternillante para presentarnos una realidad subyacente que destaca por su amargura, un costumbrismo sucio y auténtico con el que los protagonistas de estas historias solo pueden lidiar mediante la hipérbole, la locura y la ironía más fina. Una colección irrepetible de un autor con una visión privilegiada de la vida.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Alejandro Moreno Romero
PRÓLOGO ENRIQUE GRACIA TRINIDAD
Saga
La tripa de Jorge
Imagen en la portada: Shutterstock
Copyright © 2015, 2023 Alejandro Moreno Romero and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788728392706
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.
www.sagaegmont.com
Saga is a subsidiary of Egmont. Egmont is Denmark’s largest media company and fully owned by the Egmont Foundation, which donates almost 13,4 million euros annually to children in difficult circumstances.
EL FABULADOR ALEJANDRO MORENO
Cuando conocí a Alejandro Moreno supe que era un poeta. Enseguida lo supe. Esas cosas se saben a la primera de cambio, al primer guiño, con la primera imagen.
Como tal, compartí con el tertulias llenas de versos, amistad y esas conspiraciones propias de los poetas contra todo lo que se menea y que sin tener nada de poético “desprecia cuanto ignora” escondiendo envidias de pasillo académico.
Ha pasado mucho tiempo y hay quien piensa que Moreno se ha convertido en cuentista ¡como si no fuese prácticamente lo mismo! Al menos en él es exactamente lo mismo.
No es este escritor hombre de traiciones como la tan habitual del poeta que se convierte en prosista porque en el fondo fue sólo un poeta de paso. No. Alejandro Moreno, que lleva ya muchos cuentos a sus espaldas, los escribe como el cumplido poeta que sigue siendo y que no puede ni quiere abandonar tan extraña condición.
En él se dan la mano austeridad y brillo, ingenio y cotidianeidad, concisión y sorpresa, humor y drama. Es un auténtico malabarista de las ideas, un fantástico urdidor de atmósferas con ingenio.
Recuerdo haber dicho muchas veces que eso que se ha dado en llamar “realismo mágico” era patrimonio de los poetas desde los tiempos del viejo Homero, aunque algunos estudiosos, dados a encasillar y poco avispados, y a falta de criterio general, lo circunscriban a la prosa hispanoamericana de buena parte del siglo XX. Lo reconoció, sobre la marcha el extraordinario polímata venezolano Úslar Pietri: “Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico”.
En esta seguridad, veo a Alejandro Moreno como un realista mágico, o como un mágico realista si alguien lo prefiere así; un urdidor de historias mínimas repletas de la grandeza que cada momento contiene y que tantos prosistas pierden entre el amontonamiento de páginas de relleno. Como los cuentistas de mejor raza y sus primos hermanos los poetas –en este caso maridados en una sola voz–, se ciñe al hueso, a la médula, pierde el tiempo justo en los accesorios, elabora atmósferas en dos renglones y las resuelve en otros dos, no da más vueltas de las imprescindibles.
A pesar de esta austeridad, no deja de ofrecernos ocasiones rocambolescas: “Como el Chato Ortega, cuando se mama no rige, hasta que no se meó en la puerta de la comisaría de Doce de Octubre, no paró”. También comparaciones de lujo: “Su cara reluce como una gran tarta de chocolate recién hecha” o “El chirrido de los frenos [del metro] corta como una navaja barbera”. Y hasta originalidades cum laude como esa beata erotizada por el vaivén del hisopo del agua bendita o los “Piratas, S.L.” o ese que en cierta ocasión “mira con cara de banderillero citando al quiebro”; incluso aquella esposa maltratada, chuleada y engañada a la que se le “arrebuja toda la mala leche añeja y le da el punto” y se lía a cuchilladas justicieras.
A veces riza el rizo en agudas descripciones como esta:
“Don Liberto Corripio tuvo aún más preocupada a su esposa cuando anduvo arrastrándole el ala a Dolorcitas, la del 2º izquierda. Él se creía que no se le notaba pero doña Rosenda, que otra cosa no tendrá pero gasta un olfato muy fino, le venteó el perfume de la Dolorcitas varias veces. Tampoco había que ser un sabueso porque la Dolorcitas usaba –y aún usa– un extracto de nardos capaz de marear a un buey”.
Una buena muestra del ingenio y la destreza de contar historias, a veces durísimas, adobadas con guiños de ironía para que penetren con más facilidad en el ánimo del lector, es la galería de nombres de sus protagonistas. Veremos, por ejemplo a Demetrio Raboso, Fabriciano Correa, Amelio Carrasquilla, Martina Zamarrón, Práxedes Franganillo, Trófimo Benjumea, Casildo Ribagorza, Eudoxia Parriego, Zósimo Regatillo, Ciriaco Membrilla, Teodomira Rapado, Isolino Trévelez o Liberto Corripio entre otros.
Todos ellos por cierto –siempre insiste el autor– nombres que figuran en el santoral, que no es necesario mentir para que la espuma de la magia y el buen humor se mantenga en todo lo alto.
Pero dejando el humor a un lado y volviendo a la condición de poeta que tiene el autor de este libro de cuentos, permíteme lector que reproduzca ahora un poema suyo:
como un vencido buque
y el silencio las traga como una mar hambrienta.
Hay mañanas que llevan
una daga de viento en las entrañas,
una esquila de niebla prendida entre los pechos.
Hay largas tardes sepultadas vivas
bajo un manto de oscura hiedra ingrávida.
Días llegan,
también hay que decirlo,
en que danzan las nubes y el viento se despliega
como una recia túnica
que nos libra del miedo y del hastío.
Entonces vibra el aire
y la luz canta, y te siento llegar,
a través de los pálidos cristales,
con un haz de palabras recién hechas
en tus manos
cansadas de fabricar sonrisas.
Como se ve, una forma distinta, pero igual en el fondo, de entender la literatura, el oficio del escribir, el asombro y la invención del mundo a través de las palabras.
Porque Alejandro Moreno es un escritor –eso lo supe cuando le conocí y lo confirmo ahora con estos intensos relatos–, un creador de historias, un fabulador de la realidad más allá de cualquier otra condición; y sus versos –tanto monta, monta tanto– tienen la fluidez de la buena prosa como su prosa tiene la magia de la mejor poesía.
Enrique Gracia Trinidad
Como la tripa de Jorge
que se estira y se encoge
(Dicho popular)
Advertencia
Es fama que la tripa de Jorge se estira y se encoge. Eso es precisamente el objetivo de este puñado de relatos: que a quienes lo lean, a veces se les alegren las tripas y en cambio, a veces, se les encojan, por lo menos un poco.
Quizá no debiera advertirlo y dejar que la sorpresa fuera la constante de esta relación, pero prefiero dejar las cosas claras desde el principio para que la gente sepa de qué va el asunto y no resulte que la sorpresa sobresalte o, lo que es peor, desoriente.
Aquella noche podíamos haberlo pasado divinamente si no llega a ser por el Chato Ortega, que siempre la anda liando. Mira que le dijimos: “Anda, Chato, estate tranquilo y no la líes, que todavía es temprano y para qué queremos problemas”. Pero como el Chato Ortega cuando se mama no rige, hasta que no se meó en la puerta de la comisaría de Doce de Octubre, no paró. Al principio creímos que con salir corriendo lo íbamos a remediar, como otras veces, pero aquella noche tuvimos la mala suerte de que venía de frente una lechera de la pasma y nos cortaron el paso.
Cada uno tiró para un lado pero ellos eran cuatro y, como se saben el barrio de memoria, los jodíos, nos fueron encarrilando como ganado hasta que nos dieron el alto contra las rejas del Retiro, que no se pueden saltar.
Total, que al Chato Ortega se lo llevaron entre dos, el cabo Briones y el agente Galindo, que lo habían visto mear donde no debía. El Chato iba muy manso y hacía bien porque con Galindo, que es como una nevera, no valen coñas.
De Galindo no se sabe que le haya tocado la cara a nadie, y menos a pringaos como nosotros, que mira que es raro, pero es que si te agarra por el cogote y te zamarrea, te cruje hasta el DNI y desde luego, se te quitan las ganas de cachondeo para un mes.
El inspector Larrea dijo: “De estos dos me encargo yo”. Mandó al agente Ramírez a por el coche y se nos quedó mirando al Zacarías y a mí como si nos fuese a tirar a la papelera.
—Y vosotros dos, ¿qué? ¿También os gusta mear en la pared? Porque os aseguro que os vais a mear los tres. ¡Hombre, joder, ni que fuerais críos! ¡Que ya tenéis una edad, digo yo!
Al Zacarías, que ya debe de andar flojo de muelles, se conoce que con el sobresalto, se le escapó un pedo, un pedo largo y quejumbroso, como la sirena de un petrolero. Y yo, cuando lo vi al Zacarías, tan mierdecilla y tirándose aquel cacho de pedo, la verdad, que no lo pude remediar y me entró la risa tonta. El inspector Larrea no tiene mucha mala leche de por sí, por eso creo yo que se quedó un momento como pasmao, aguantándose la risa. Pero es que hay detalles que cabrean mogollón, así que le tiró un revés al Zacarías, poca cosa, pero el Zacarías se encogió y la leche se la llevó la reja del parque. Como el inspector Larrea es zurdo, además de la mano se machacó el reloj contra los barrotes, que para mí que fue lo peor. Lo cual que aprovechando que andaba doblado y con la mano en el sobaco, echamos a correr Retiro adentro, pero, claro, en tres segundos lo teníamos detrás.
Las cosas que no pasan en un año, hay que joderse, pasan en un minuto. Al llegar a la esquina de O’ Donnell con Menéndez y Pelayo, que está bastante oscura, vimos que el inspector Larrea patinaba sobre un pie y desaparecía detrás de un banco. En un pis pas se levantó y entonces nos quedamos cagados perdidos porque parecía que le sangraba la cara. “Verás tú si, encima, nos van a echar la culpa a nosotros”, pensamos, a la vez, el Zacarías y yo.
Apretamos a correr pero, de repente, nos encontramos con una cosa enorme que se nos echaba encima. “¡La pringamos, el Galindo!” dijo Zacarías, pero no había terminado de decirlo cuando nos estrellamos contra las gigantescas tetas de Sara La Verdugona, que seguro que iba a hacer su ronda en busca de negocio. Al inspector Larrea le faltó un pelo para acabar en el mismo sitio que nosotros; menos mal que frenó en seco.
Sara La Verdugona, con sus dos metros y sus noventa kilos cumplidos, casi no echó cuentas ni del Zacarías ni de mí, pero se conoce que le pareció que Larrea iba en mal plan y como, entre la oscuridad y la cara manchada, no lo debió de conocer, le arreó con el bolso. Sara es de las que llevan en el bolso la maquinilla de cobrar con tarjeta, de manera que el inspector Larrea se tambaleó y si La Verdugona no lo agarra, se desnuca.
El Zacarías y yo nos escabullimos pero, al cabo de cien metros o así, nos entró el regomello de saber en qué habría acabado todo. Nos daba mucho reparo, pero también mucho morbo, así que dimos media vuelta y, escondiéndonos en el seto de la Montaña Artificial, llegamos hasta donde se escuchaban las voces de Larrea y Sara La Verdugona:
—¡Deja que los agarre, deja tú que yo los agarre, que se van a enterar! ¡Y tú, leche, que por poco me matas, que parece que estás tonta!
—¡Pero, hombre, Luisín, cómo iba yo a imaginar que eras tú! ¡Anda que te has puesto bueno! ¡Tanto depósito para las cacas de los perros y mira tú para lo que sirven! ¡Tú no te preocupes, que la toalla es lo de menos. Ahora mismo te doy con un poco de colonia y tan ricamente!”
—¡Colonia tuya, no, joder, colonia tuya no, que es lo único que me faltaba!
El Zacarías y yo salimos de naja, antes de que nos fuera a entrar la risa.
Ahora que lo pienso, aquella noche, bien mirado, lo pasamos pipa.
Claro que la verdad es que los jubilatas, ya, a nuestra edad, nos divertimos con cualquier chorrada.
— Entonces cae herido el joven...Bien, señora Preston, eso ya nos lo ha dicho y después, ¿Qué ocurre?
—Cae herido el joven, cae herido el joven –se encoge de hombros la señora Preston–. Cae herido el joven, ya se lo he dicho. Ya es bastante. Ya no hay más.
El teniente O’Maley tiene reputación de correoso. Es capaz de interrogar a quien sea durante el día entero sin perder la calma. Cuando el caso Henderson estuvo once horas seguidas, pero puso en claro que el viejo conocía el idioma y sólo trataba de tomarles el pelo. Cuando el caso De “Skinny” Cornwall no paró hasta que le destrozó la coartada, descubriendo que en realidad había dos atracadores: los gemelos Cornwall
—Volvamos a esta mañana, señora Preston. El hombre llega a su puerta pretendiendo ser un inspector de la compañía del gas. ¿De acuerdo?
—Si señor. Inspector del gas.
La señora Preston mira a su alrededor. Con el calor de la pequeña sala de interrogatorios, su cara reluce como una gran tarta de chocolate recién hecha.
—Usted tiene echada la cadena, pero el hombre consigue romperla de un empujón ¿No es así?
—Así es. Parecía un búfalo furioso.
La señora Preston comienza a aburrirse. Mal asunto. Cuando se aburre, la imaginación la lleva muy lejos. A una selva que nunca vio pero que está segura de que existe. No es la selva de las historias que su abuela le contaba, como aprendidas de su propia abuela. Esta es una selva maldita.
—El hombre la ataca, usted se defiende y entonces aparece el chico.
La señora Preston bosteza y suda copiosamente. Su enorme escote sube y baja como una ola color café. A pesar del bochorno, siente un escalofrío. En la selva de la señora Preston nunca ocurre nada bueno.
—Eso es, teniente. Ese chico era un buen chico. Dios lo bendiga.
En la selva de la señora Preston no se escuchan gritos de pájaros ni rugidos de animales. Sólo gemidos de hombres y ruido de feroces truenos.
—El chico intenta defenderla, el hombre se revuelve, dispara y el joven cae herido.
Como un surtidor de oscura lava, la señora Preston levanta su mole de un increíble brinco. La selva ha invadido la sala de interrogatorios, los gemidos arañan las paredes y un tufo agrio se aferra a su garganta.
—¡¡Sí, el joven cae herido, el joven cae herido, maldito bastardo!! ¡¡Todos los jóvenes caen heridos en esta puerca selva y nadie los cura, nadie los recoge, nadie los entierra!! ¡¡Maldita sea, nadie los entierra!! ¡¡Cuando el joven cae herido ya no hay nada más!! ¡¡Ya se lo he dicho, cerdo irlandés!! ¡¡Qué más quiere!!
Las manos de la señora Preston rozan la garganta del teniente O’Maley cuando las doscientas libras del inspector Zanicchi se interponen, la sujetan con fuerza y la devuelven suave y firmemente a su silla.
La selva se ha disuelto, los gemidos se han apagado, el aire está limpio del hedor de hace un segundo. La señora Preston solloza mansamente. Sólo se escucha el cercano repiqueteo de un pájaro carpintero.
—Están llamando a la puerta, Zanicchi –susurra el teniente O’Maley, aflojándose la corbata.
Zanicchi abre la puerta y el pájaro carpintero cesa. El inspector recibe un sobre de papel marrón, asiente y se dirige a O’Maley.
—El informe completo, teniente. ¿Hay respuesta?
El teniente O’Maley abre el sobre y comienza a leer. Al cabo de unos minutos se echa hacia delante, mira al suelo, y mueve la cabeza.
—¡Por todos los santos! –exclama– ¡Más de treinta años hace que todo acabó y aún sigue haciendo daño! Déjelos pasar, Zanicchi.
Zanicchi abre la puerta y dos gigantes vestidos de blanco se ocupan pacientemente de la señora Preston:
—¡Pero qué traviesa es usted! ¿No sabe que marcharse a casa sola siempre le trae problemas? Vamos, venga con nosotros. Allí todos la queremos, señora Preston.
El inspector Zanicchi mira inquisitivo a O’Maley, que parece leerle el pensamiento.
—Tome, échele un vistazo –dice el teniente, tendiéndole el sobre y los papeles–. Y después redacte el informe de costumbre. Sucinto, por favor.
-----oo0oo-----
“Marisa Preston: Mujer, de color, 79 años. Viuda de Joshua Preston mutilado de guerra, Medalla del Congreso por acciones en el delta del Mekong. Dos hijos muertos en Vietnam. Desequilibrio mental severo con episodios violentos de carácter errático.
Evadida del establecimiento psiquiátrico donde se halla ingresada, vuelve a su casa, donde es asaltada por Samuel Harvey, varón, de color, 45 años, con amplios antecedentes. Norman Greenway, varón, de color, 27 años, trata de ayudarla y es herido gravemente por Harvey. La señora Preston ataca a Samuel Harvey con un hacha de cocina y le da muerte. Se halla descuartizándolo cuando llega la policía.
Interrogada por el teniente O’Maley, parece incapaz de recordar nada posterior al ataque de Harvey al joven Greenway. Durante el interrogatorio es localizada y reclamada judicialmente por el establecimiento psiquiátrico.
El caso queda archivado.
Firmado:
Warren Zanicchi. –Departamento de Homicidios”
Doña Julita no lo puede remediar. Antes no, pero ahora hace ya una temporada que sufre como una réproba porque todo lo que ve en la iglesia se le antoja una tentación del Maligno que la quiere arrastrar por los sórdidos caminos de la lujuria. Mira que se habrá confesado veces de lo mismo pero es que no hay manera.
—Ave María purísima.
—Sin pecado concebida, hija
Y doña Julita va soltando la retahíla de los acosos del Enemigo que ella ve por todas partes en cuanto pone el pie en el atrio. El P. Fernández ya está acostumbrado.
—...Esa vara de San José tan enhiesta, ese pescado que lleva colgando San Rafael bendito. Y San Sebastián, con esa boca entreabierta y esos ojos en blanco, como si estuviera... ya sabe usted, Padre.
—¿Qué más, hija, qué más?
—Y el vaivén de los incensarios, Padre ese vaivén es que me transporta, mire usted.
—¿Adónde, adónde la transporta, hija? –pregunta el P. Fernández, más que nada por salir del paso.
