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Durante los años 1946 y 1947, periodo en el que se desarrolla la historia de La tuerta en la isla de Tenerife, la población soporta una profunda crisis económica y la subsistencia, en un contexto de escasez crónica de alimentos, es la prioridad para sus habitantes. En estas circunstancias, en las que se grita por hambre y se calla por miedo, las perdedoras entre los perdedores son las mujeres con sus hijos e hijas y una frase, repetida en la época por aquellas que se ven abocadas a ejercer la prostitución, se convierte en toda una declaración de intenciones y de motivos: «Por los hijos... Esto se hace por los hijos...». Burdeles y prostíbulos conforman un entramado, despreciado socialmente, pero aceptado como necesario, en el que muchas de ellas rinden tributo al principio de la supervivencia. En Santa Cruz de Tenerife la prostitución se ejerce, principalmente, en la calle de Miraflores, que es conocida como la calle de las Niñas.
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Seitenzahl: 548
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LATUERTA
RELATOS DE UNAS ISLAS DESAMPARADAS (PARTE II)
María del Mar Rodríguez
A mi madre, Yoíla. Te sentaron en la última fila de la clase por ser hija de un comunista y siempre creíste que no tenías derecho a un lugar ni en la escuela ni en el mundo. Lo tenías, mamá, pero no te lo dieron.
A las mujeres de mi vida: amigas y compañeras de camino.
A ti por ser inspiración cuando pintas el cielo de amarillo.
In memoriam
Te fuiste, querido amigo, llenando de susto y desconsuelo mi corazón y los agujeros que dejó tu partida se han ido cosiendo al tiempo que corregía estas páginas. Te fuiste, querido Lalo, pero siempre estarás presente en nuestra memoria.
LA TUERTA
RELATOS DE UNAS ISLAS DESAMPARADAS
(II)
PARTE I: RESISTENCIA
Por los hijos... Esto se hace por los hijos.
El vuelo de las octavillas.
PARTE II: RENUNCIA.
Lagartijas de sangre caliente.
Un cabo suelto.
PARTE III: RENDICIÓN
Espero que al recibo de esta carta estén bien.
EPÍLOGO
NOTA DE LA AUTORA
Estimada lectora y estimado lector:
Vuelvo a encontrarme con muchos de ustedes, con otras personas estableceré relación por primera vez, para presentarles los Relatos de unas islas desamparadas que, a través de La prestamista (Parte I) y La tuerta (Parte II), nos acercan a episodios y hechos acontecidos en estas islas.
En la escuela a la que asistí de niña y de adolescente, en una época en la que vivíamos bajo las órdenes del dictador Francisco Franco, escuchaba a mis maestros y maestras decir que en Canarias no hubo guerra civil y yo grabé ese dato en mi mente, como una excepción que libró a nuestro pueblo del frente, de las trincheras, de la muerte y del dolor.
Es cierto que en Canarias no hubo campo de batalla, pero sí ocurre que cada una de las islas se transforma en una trampa mortal por su propia naturaleza limitada, al impedir la huida de todos los que van a ser apresados, a veces asesinados, en medio de un sistemático proceso de depuración.
Los golpistas convierten el archipiélago, como primera zona controlada, en un laboratorio en el que experimentar y determinar cuáles son los mecanismos de represión más adecuados para cambiarlo absolutamente todo, para desarticular un modelo de sociedad y garantizar el fin de la movilización popular, y todo esto se ensaya en un territorio que constituye la retaguardia franquista y cuyo dominio es necesario asegurar.
Lo que sucede en Canarias es perfectamente exportable a otros lugares y aquí se pueden comprobar y testar los mecanismos de control, no solo físicos, sino también económicos, sociales, culturales, laborales y morales que, posteriormente, se extienden por el resto del país.
La represión en el archipiélago comienza el 18 de julio de 1936, desde el mismo momento en el que las fuerzas golpistas desembarcan en las islas y consiguen acabar con los focos de resistencia que encuentran a su paso, como la Semana Roja en la Palma o el Fogueo en Vallehermoso (La Gomera), sobre los que cae la acción contundente de un ejército bien pertrechado, capaz de controlar estos conatos en apenas días.
Durante los meses posteriores al golpe, se generaliza una represión sangrienta, metódica e implacable, orquestada por el General Dolla y los clérigos que lo acompañan, personajes terribles estos que lideran los Tribunales de Sangre en los que se elaboran las listas con los candidatos a desaparecer.
Estas acciones planificadas y necesarias para instaurar el terror entre los vencidos están conformadas por episodios que o desconocemos o no queremos afrontar por el desequilibrio emocional que nos producen, ya que el recuerdo de la brutal criba y depuración de personas que se realizó, especialmente de enero a abril del 1937, fue tan siniestra y sangrienta que todavía hoy estremece. Los mecanismos utilizados son obscenos y en algunos casos contemplan su exposición pública y visibilidad a conveniencia de los intereses del régimen. Muchos de ellos, además, son consecuencia de la venganza y del ensañamiento personal.
Se llenan las cárceles de personas leales al gobierno democráticamente elegido; se hacina a los que no caben en ellas en los almacenes de la compañía Fyffes; se «sacan» por la noche de manera sistemática, aplicando la ley del saco, a los que ya han sido condenados sin juicio previo y a otros se les recluye en los barcos de la terrorífica cárcel flotante situada en el muelle de Santa Cruz de Tenerife, hasta que llega el momento de meterlos en una lancha, llevarlos a alta mar, pegarles un tiro en la cabeza y lanzarlos a la fosa marina de San Andrés, dentro de un saco y atados a una piedra de basalto.
El relato de doce presos gubernativos que permanecen tres noches en uno de los barcos de la siniestra cárcel y que, en medio de la desesperación, golpean el metal de las bodegas usando el código morse, para decir su nombre en los momentos previos a la desaparición, episodio este que yo desconocía, me ha impactado de tal manera que ahora miro el mar de otra forma, porque entiendo que el fondo del océano es nuestra gran fosa común.
El final de la guerra trae aparejado otro tipo de represión, denominada la represión de la Victoria, que extiende el uso de la violencia desde el aparato del Estado con multitud de detenciones, desapariciones, torturas, despidos laborales, expropiaciones..., y se mantiene, en medio de un pulso desigual, hasta abril de 1947, año en el que se desmantela de manera definitiva la débil estructura del Partido Comunista de España (PCE), el único que en esa fecha continúa oponiéndose, con acciones clandestinas y tímidas, al régimen.
Es el fin de la esperanza para muchos hombres y mujeres que aún perseveran en el intento de instaurar un gobierno constitucional: idealistas que esconden a los camaradas perseguidos, firman octavillas en nombre del partido, muestran y exponen banderas republicanas, incitan a la huelga, construyen imprentas caseras o convocan manifestaciones para el primero de mayo...
Florisel Mendoza Santos, Isabel González González, conocida como «Azucena Roja», y un número de militantes que en la isla de Tenerife ronda la cifra de doscientos, mantienen intacta la esperanza de deshacer lo andado por los golpistas, hasta que los acontecimientos de 1947 acaban con cualquier atisbo de fin de la dictadura.
En el mes de abril de dicho año, la Dirección General de Seguridad asesta un golpe mortal a la organización del PCE, ni sus propios miembros son capaces de comprender cómo y quién produce las filtraciones, y la única estructura de oposición desaparece de las islas para volver a resurgir, tímidamente, en la década de los sesenta.
Durante los años 1946 y 1947, periodo en el que se desarrolla la historia de La tuerta en la isla de Tenerife, la población soporta una profunda crisis económica y la supervivencia, en un contexto de escasez crónica de alimentos, es la prioridad para sus habitantes. Las cartillas de racionamiento son claramente insuficientes, además de utilizarse como mecanismo de gratificación para los afectos al gobierno y de castigo para los vencidos, y el estraperlo se convierte en la vía más clara de distribución de alimentos, pero generaliza la corrupción del propio sistema y un reparto injusto.
En estas circunstancias, en las que se grita por hambre y se calla por miedo, las perdedoras entre los perdedores son, como siempre, las mujeres con sus hijos e hijas.
Su número es superior al de hombres, consecuencia lógica de una contienda bélica y, en una sociedad en la que se penaliza estar soltera o vivir sola, así como todo tipo de relación con rojos, masones, alzados o republicanos, ellas se convierten en las pobladoras del último escalón; pero con el agravante, en muchas ocasiones, de tener que cuidar de su prole sin ayuda. Algunas se ven empujadas al mundo de la prostitución y una frase repetida en la época se convierte en toda una declaración de intenciones: «Por los hijos... Esto se hace por los hijos...».
Mujeres que se han quedado solas o que están vinculadas al bando perdedor por diferentes motivos logran sobrevivir dedicándose a una actividad, la prostitución, que es reglamentada por el régimen franquista en 1941, cuando las autoridades derogan el decreto abolicionista de 1935. La prostitución se permite y se acepta porque contribuye a solucionar, parcialmente, las consecuencias de la miseria crónica que asola el país, además de ofrecer una alternativa a las mujeres que tropiezan con infinitas dificultades para incorporarse al mundo laboral por la legislación de la época. Pero cuando el fenómeno se extiende de manera descontrolada, afectando a la imagen de una nación que presume de su rectitud y pone en riesgo la salud sexual de los ciudadanos, en ese momento, las responsables del problema son las prostitutas y su desviación moral, no la prostitución o la calamitosa situación social y económica del país.
Las mujeres que vivieron en la España de 1946 y 1947, y que tenían edad suficiente como para recordar cuáles fueron sus derechos durante la Segunda República, debieron sentirse en medio de una realidad distópica, al más puro estilo de «El cuento de la criada».
En tres años son testigo de la pérdida de avances que ya sentían como propios: escuelas mixtas; igualdad jurídica entre hombres y mujeres recogida en la constitución de 1931; derecho al voto femenino (1931); plena incorporación al mundo laboral por parte de las mujeres (1931); abolición de la prostitución (1935); aprobación de la ley del divorcio (1932); igualdad de derechos para los hijos tenidos fuera y dentro del matrimonio (1932); igualdad de derechos laborales, así como de acceso a empleos y cargos públicos (1931-1933); prohibición de despido por maternidad o matrimonio; acceso al seguro obligatorio de maternidad (1931-1935); aprobación de la ley del aborto (1937)...
Las mujeres más implicadas en estos avances, las sindicalistas, políticas, maestras, funcionarias reciben un castigo mayor por parte del régimen y, probablemente, entienden de forma extremadamente clara el significado de la palabra libertad y las consecuencias de su pérdida.
Desde el momento mismo en el que los golpistas ganan la guerra y sacan adelante el empeño de frenar a todo un país, las mujeres solo pueden abandonar la casa familiar con veintitrés años, salvo para casarse; se les deniega la capacidad de tomar decisiones y se establece su inferioridad intelectual; no pueden escoger profesión ni ejecutar operaciones de compraventa; tampoco firmar un contrato de trabajo ni abrir una cuenta bancaria. Y la moral de la época declara que la humildad es la virtud principal de todas ellas y la posición más adecuada: de rodillas, rezando.
Burdeles y prostíbulos conforman un entramado, despreciado socialmente, pero aceptado como necesario, en el que algunas mujeres rinden tributo al principio de la supervivencia. En ellos a veces cuentan con la protección de las dueñas, en los momentos en los que no las extorsionan y explotan, o tienen acceso al dispensario médico más cercano, pero más allá de estos lugares está la calle desnuda y la violencia descarada que asfixia a las que no tienen nada. En Tenerife la prostitución se ejerce, principalmente, en la calle de Miraflores, ubicada en su capital Santa Cruz de Tenerife, y la población que mira de soslayo la nombra como la calle de las Niñas.
La prostitución se consiente, en ocasiones, y se castiga en otras, con un criterio arbitrario y ajustado a las necesidades de un país que abandera la defensa de la moral católica. Si la imagen de la nación se ve afectada por un incremento desmedido de esta actividad, dado que la supervivencia de una parte de la población femenina depende de ello, se procede a reeducar y redimir a las prostitutas, que son ingresadas en prisiones especiales para la Regeneración y Reforma de Mujeres Extraviadas.
Querida lectora, querido lector: acontecimientos históricos vividos en Canarias conforman el telón de fondo de esta obra, pero todo lo demás es ficción, aunque hubiese podido pasar. Espero que este viaje por una época triste y por una tierra pobre, te emocione, mientras escuchas la voz de unas mujeres que apostaron por la supervivencia.
PARTE I: RESISTENCIA
Por los hijos... Esto se hace por los hijos
I
Tenerife
Enero-agosto de 1946
—¿Me dejas las medias negras? —le pregunta Estrella a Candela.
—Cógelas. Están dentro de la cesta.
—Gracias, Candela. Has tenido tiempo de zurcirlas. ¡Qué bueno!
—Yo no. Fue mi tía y se acostó, la pobre, a las tantas.
—Tengo que pasar un día por tu casa para conocerla y darle a ella, entonces, las gracias.
Son las siete de la tarde y la puerta de la calle se abrirá en breve porque en ese asunto doña Amelia no admite retraso ni discusión. A las siete y media en punto se pone en marcha el prostíbulo conocido como Casa la Negra, en alusión a la piel tostada y el pelo oscuro de la dueña, situado en la parte alta de la calle de Miraflores, en el mismo centro de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Y no cierra hasta que se oye el sonido de los gallos cantando en las laderas del Barranco de Santos, alrededor de las cuatro de la madrugada. A esa hora ya todos se han desahogado, han bebido y han gastado el dinero que llevaban encima y es ese el momento en el que doña Amelia, sin contemplaciones, empuja a los hombres que aún quedan en el local hacia la puerta y los echa a la calle, exhortándolos para que se vayan rápido a sus casas. Tranquilitos, con los huevos vacíos y la cartera también. Como tiene que ser.
Candela está sentada en el extremo de una banqueta desvencijada que apenas se sostiene sobre cuatro patas, mientras ocupa la otra mitad Estrella: Margarita Hernández Curbelo si se respetan las anotaciones recogidas en su partida de nacimiento. Pero en aquel lugar y a esas horas, el nombre con el que fue bautizada en la iglesia de su pueblo, con apenas tres meses, no existe, y se llaman unas a otras por los apodos que para ellas ha elegido doña Amelia y que, como dejó bien claro desde un principio, deben ser cortos y de fácil recuerdo para cualquier cliente, incluso para los que tienen la mente espumosa e inundada por el alcohol. Apelativos que evocan fuego y calor, porque eso es lo que busca allí esa manada de desgraciados que pagan por montar cada noche.
El nombre real de Candela solo lo conoce doña Amelia, además de Margarita, su amiga en el burdel, y el camarero que sirve copas y vigila a los borrachos desde detrás de la barra. Así que, tanto la identidad como el pasado de ella están a buen recaudo en el interior de su cabeza, dentro de un corazón roto y en los papeles que deben de andar guardados en algún cuartel de la Guardia Civil y que hablan de la vida revolucionaria de Maruja, conocida como la roja por una melena brillante que caía hasta media cintura y por ese puño que alzaba ligero y veloz cuando entraba en la empaquetadora de plátanos de Tazacorte y gritaba, alto y fuerte: «¡Salud, compañeras; salud, compañeros!». Y lo decía de esa manera, nombrando a las mujeres que allí se tiznaban las manos, mientras clasificaban manillas de plátanos, y poniéndolas en primer lugar, porque así es como se hacía por aquellos tiempos.
Maruja, Candela, casi se quedó sin pelo en los seis años que estuvo en la cárcel y, desde luego, el color lo perdió por el camino. A saber en qué celda dejó olvidado el brillo que recordaba a las bayas del aceviño cuando la tiña comenzó a hacer estragos en ella y los mechones largos se caían con el empuje de un simple suspiro. Los masajes con el aceite que compra la tía Concha, de estraperlo y con mucho sacrificio, parece que la están curando y, poco a poco, los lamparones que marcan en su cabeza una ruta de sufrimientos y de humillaciones se hacen más pequeños, mientras permanecen escondidos en el corazón de una melena débil y tímida que desaparece totalmente cuando cada mañana se amarra un pañuelo a la cabeza, baja la mirada y va al mercado a comprar al salir del prostíbulo. Después regresa a la casa pequeña que comparte con la tía Concha y con Isabelita en una zona a medio camino entre Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, en La Cuesta, un lugar que hace honor a su nombre y al que se llega a través de una carretera inclinada por la que hasta el mismo tranvía parece ahogarse de puro esfuerzo.
Se dibuja la raya en el ojo recorriendo con la punta blanda del lápiz negro la parte exterior del párpado. Después, se pinta los labios con un carmín rojo intenso, mientras hace un amago de sonrisa triste cuando se mira de arriba abajo. Respira profundo o suspira, depende de cómo se entienda, y se pone en pie dispuesta a bajar por las escaleras de aquel prostíbulo de mala muerte para recibir entre sus piernas a todos los hombres ganadores de la guerra, que la tienen a ella como botín barato para usar cuando convenga y que se puede, también, tomar, abandonar, violar, escupir, golpear y romper cuantas veces apetezca, ya que, al fin y al cabo, ella solo es una mujer, una puta y una perdedora.
Estrella rebusca en la cesta de Candela y saca las medias negras que la tía Concha ha zurcido con esmero. Han quedado tan bien que solo una vista de lince y la luz del día podrían dar cuenta de la sutura que las recorre de arriba abajo. Pero en aquel burdel, las miradas suelen estar puestas en otras partes del cuerpo y la débil luz de las bombillas hace difícil que las cosas se puedan percibir tal y como son.
—¿Estoy bien así? —pregunta Candela, mientras se acerca a Estrella para que ordene su cabello frágil de manera que quede oculto el rastro de piel enferma y seca como un erial.
—No dejes que ninguno te tire del pelo.
—Te crees que es fácil. Parece que se vuelven locos con lo de cogerte por detrás como si fueras una burra y tirar de lo que encuentran por el camino —confiesa Candela, mientras señala su cabeza.
—Y ¿qué te esperas? ¿A qué crees que vienen a aquí? A montarnos, mi hija, como si fuéramos animales. Pero nosotras, tranquilas. Les sacamos la leche, el alma y el dinero para que esté contenta doña Amelia y no nos eche. Eso es lo que importa. ¿Lo entiendes, Candela? —La mira de frente: es lo que hacen cuando una de ellas se viene un poco abajo y se agarran por los ojos para darse un baño de realidad.
—Sí, no te preocupes —dice la roja que perdió el color, mientras ahueca unos mechones dóciles.
—Estás bien —añade su compañera—, estás preciosa. No me imagino cómo serías antes de la tiña, coño: una reina.
—Para lo que me sirve...
—Vamos, vamos, Candela, esto es lo que nos toca en suerte y no nos queda más remedio que vivir. Vende lo más caro que puedas esos ojazos verdes y que no te vean la tristeza, mi hija. Esa no. Esa es para ti sola.
—Quédate tranquila, estoy bien —responde mientras se pone los tacones, alisa su traje y se prepara para bajar los peldaños de la débil escalera, al tiempo que oye las risas y los gritos de los hombres que ya llenan el local. Y sobresaliendo por encima de ese sonido de tono grave y alta intensidad, se escucha la voz ronca de doña Amelia, parecida al graznido de un cuervo, que los dirige a todos como la astuta directora de orquesta que es.
—Vamos, caballeros, pasen a Casa la Negra, que esta noche estoy generosa y los invito a un traguito de aguardiente. Para calentarlos. Aunque, visto lo visto, no creo que haga falta, porque calientes vienen ya ¿o no? —y lanza al aire una gran carcajada mientras va empujando a los recién llegados hacia el interior del local—. Bajen, niñas, bajen que hay que consolar a estos caballeros. Tienen un dolor entre las piernas y aquí se lo vamos a quitar. Si sabremos nosotras como tratarlos...
En ese momento en el que la dueña las reclama y les da permiso para mostrarse, cinco mujeres con una sonrisa fija y estática pintada en la cara y que no se moverá de allí en el resto de la noche, aparecen en lo alto de la escalera que une los dos pisos del burdel y comienzan a descender, apoyadas en la baranda y pisando despacio, no vaya a saltar por los aires el tacón de uno de los zapatos que al amparo de la noche parecen nuevos, pero no lo son, y ya han pasado muchas veces por el zapatero: «para que los refuerce y le ponga tapas, otra vez».
—Doña Amelia, a ver cuándo cambiamos la mercancía, que a todas estas las he probado ya —dice un hombre entrado en años y que es cliente habitual del burdel. Cada jueves se planta en la puerta, desde la siete en punto, a esperar que abran. A su mujer le toca cuidar de la suegra ese día de la semana y, claro, aprovecha la oportunidad.
—Y ¿ya se ha cansado, el señor? ¿Se le acabó a usted la calentura, don Florencio? —le pregunta con la malicia pintada en la cara la dueña del negocio. Si sabrá ella cómo se le van los ojos a ese desgraciado por Lucero, la más entrada en carnes de todas y que lo vuelve loco con unas tetas inmaculadamente blancas—. Venga acá, Lucero, mi hija, que hoy tenemos al señor enfadado porque tiene ganitas de novedad. Venga usted acá y mire a ver cómo me lo puede consolar esta noche. Pero una copita primero: esa es la norma de la casa y ya la conoce bien, que para algo es cliente fijo. Primero se bebe y después se monta. Así la leche sale mejor, por las ganas, y se goza más. Consuélelo, mi hija, que usted sabe cómo.
Lucero se acerca al hombre que suplica novedades y le pasa los senos por la cara, al tiempo que le soba la bragueta.
—¡Pobrecito! ¡Qué malito se me ha puesto usted, así tan de repente!—. Y lo arrastra hasta la barra en la que el camarero, Arturo San Blas, ya está llenando un vaso con ron. A Lucero le sirve de otra botella que tiene escondida debajo del mostrador para que el caballero no la vea y llena el suyo con agua de salvia, porque, como dice doña Amelia, ninguna de ellas puede perder la cabeza, tan solo fingir que la pierde.
Candela y Estrella se sientan cerca de la barra con una sonrisa soldada a la cara, mientras se dejan tocar por las manos febriles de aquellos hombres que son capaces de sobarlas al tiempo que empinan el codo. También están junto a ellas Rubí y Esmeralda que dejan salir por sus bocas palabras de falso consuelo para calentarlos con las promesas del placer inmediato.
Candela sonríe y les da cuerda, pero nunca toma la iniciativa. Tan solo se deja llevar. No podría hacer más. Pero, como dice Estrella, a ella la salva la belleza. Aquel cuerpazo de diosa y sus ojos verdes vuelven loco a cualquier hombre, aunque no abra la boca. Y así es como la mantiene: cerrada. Solo en algún momento moverá los labios lo justo para decir: «claro; sí; no; de acuerdo; vamos; subimos», y para la tanda de quejidos automáticos y ensayados que debe lanzar cuando se echa sobre la cama, si quiere que el desgraciado que la está montando se desahogue rápido y la deje en paz. Entonces ella aprovecha ese pequeño intervalo para descansar un rato, porque, entre uno y otro, doña Amelia les permite lavarse bien con agua y desinfectante, y dormir un poco en una cama pequeña que hay en la buhardilla.
—Vamos, Candela, despiértate —le susurra Estrella—. Dice doña Amelia que vuelvas a bajar. Que todavía tienes tiempo para unos cuantos más.
—¿Qué se cree la cabrona? —los ojos se le hunden y parecen querer mirar para adentro, para la oscuridad de su cabeza.
—Ya sabes cómo es, mujer. Si la conocemos bien... Vamos, que hay que ganarse la comida de mañana. Nos está esperando.
Los dos meses largos que lleva de puta le pesan en la espalda como si fueran años, pero vuelve a colocar una sonrisa en su cara y se agarra a la barandilla para, despacito, bajar a la primera planta donde muchas manos la esperan queriendo adueñarse de ella. Para algo han pagado.
II
A las cinco de la mañana la ciudad comienza a despertar y es en ese momento cuando termina la jornada de trabajo de Candela y Estrella; la de Lucero, Rubí y Esmeralda, también. El burdel cierra una hora antes para la clientela, pero las mujeres tardan un poco más en marcharse y en ese intervalo limpian las habitaciones, cuelgan sus trajes de putas en una percha a la espera de que el sol se ponga otra vez y se visten de calle, ajustándose los pañuelos a la cabeza.
Maruja y Margarita, libres ya del apodo que les puso doña Amelia y de sus disfraces, salen juntas apenas despunta el sol, se dirigen hacía el Puente General Serrador y lo cruzan de una acera hasta la otra caminando despacio y casi arrastrando los pies en los que llevan puestas unas alpargatas con suela de goma.
—Paso por detrás de la Recova, Margarita —se permiten llamarse por sus verdaderos nombres cuando sienten que la dueña del negocio no las puede oír—. Hay un estraperlista que vende barato los huesos de gallina y a la niña le gusta el caldo que hace la tía Concha. Verla comer es lo único que me consuela después de una noche de trabajo.
—Yo me voy derechita para casa, que todavía me queda camino por andar —le responde Margarita, mientras se dirige hacia la parada del tranvía que la llevará a La Laguna y desde allí, después de un rápido transbordo en la plaza de La Concepción, hasta El Portezuelo donde vive con sus padres y hermanos; aunque a veces esta última parte del camino la hace andando, especialmente esos días en los que no tiene ganas de ver a su familia a pesar del agotamiento y de que se le cierren los ojos por el cansancio.
Maruja llega a la casa pequeña en la que vive en el barrio de La Cuesta sobre las nueve y media de la mañana. Ya Isabelita está en la escuela y encuentra a la tía Concha afanada entre calderos y cacharros en la cocina.
—¿Cómo estás, mi hija? —le pregunta cuando la ve entrar, al tiempo que le quita el pañuelo de la cabeza porque no es bueno que el pelo sude. Necesita fresco para curarse y para volver a salir fuerte y robusto en las zonas quemadas, que son como ruinas después de un vendaval—. Dame la cesta y siéntate, que tú ya has hecho lo tuyo por hoy.
Maruja no se hace rogar y le entrega todo lo que acaba de conseguir en algunos puestos de la Recova y con las ofertas subrepticias del estraperlo: los huesos de gallina, unas papas, un ramo de hortelana y dos cebollas blancas. Suficiente para escapar, que ya mañana será otro día. Después se sienta, diligente, en una de las tres sillas que tienen en la casa y cierra los ojos, mientras espera que la tía Concha le ponga un chorrito de aceite en la cabeza y se la empiece a masajear.
—Es del bueno —le dice en un susurro.
—¿Usted cree? —pregunta la muchacha desconfiada—. Aceite de verdad solo hay en las casas ricas. En la nuestra me huelo que no, por mucho que diga el estraperlista.
—Como si lo fuera. Tú cierra los ojos y piensa que te va a curar. Ya está saliendo el pelito, otra vez. En unos meses... ya verás cómo crece en unos meses.
—Ay, tía... no me hable del futuro, que me da angustia.
—Angustia, ninguna. Estamos vivas y tenemos a tu hija en la escuela, que es donde tiene que estar. Vivas y juntas, además. ¿Qué más podemos pedir?
—Le hago yo un cuento y le digo qué más podemos pedir: libertad, respeto, trabajo digno...
—Chissss. Cuidado con lo que se habla, que las paredes oyen y mira a dónde te llevaron todas esas palabras y esos sueños: a la cárcel. Y no te mataron, sabe Dios por qué.
—Mataron a otros...
—Pero a ti no... Estás viva y ves a tu hija comer todos los días.
—Ya, tía, ya. No me haga caso, que toda la noche en la empaquetadora me ablanda la cabeza y no puedo ni pensar con fundamento —baja los ojos para que Concha no pueda descubrir cómo le miente cada día con tal de que ni ella ni Isabelita sepan que es puta. Así que se disfraza de una asalariada dedicada a empaquetar pescado salado en las lonjas del mercado para mandar, después, a la Península. Eso es lo que les dijo hace unos meses, cuando empezó a trabajar en el burdel; y se lo creyeron, así, sin más.
—Tienes que pedir un día de estos, sin prisa, que te cambien el turno, mi hija. Siempre de noche es muy duro. Si por lo menos trabajaras alguna semana por el día..., eso estaría muy bien —sigue mojándole el pelo con un líquido viscoso que las dos quieren entender que es aceite. A Maruja se le cierran los ojos de puro agotamiento y los diez minutos siguientes solo existe para ella el suave deslizar de los dedos de la tía Concha por su cabeza—. Venga, para la cama y a dormir. Te despierto esta tarde, cuando Isabelita llegue de la escuela, para que estén un rato juntas, que una madre y una hija tienen muchas cosas de las que hablar. Vamos a descansar que ya hoy te has ganado el día.
Maruja se desplaza diligente hacia las dos camas que tienen en la habitación en la que duermen: la tía Concha en una, ella y su hija en la otra. Y cae como desmayada sin tener tiempo siquiera de echar las sábanas para detrás.
Entonces, el infierno que se anuncia cada vez que la vence el sueño llega sin aviso, pero con implacable puntualidad: la cárcel, la suciedad, las pollas hinchadas, las bofetadas, el agujero en el estómago, la tiña, Isabelita creciendo con su tía y lejos de ella, las compañeras represaliadas, los insultos y un puño alzado que recibe un golpe y se parte en dos... la envuelven y la atormentan. Mientras, la figura delgada de Eralio, el amor ausente, sentado en la cama y a su lado, vela todo lo que puede esos sueños inquietos, llenos de gritos y de suspiros. De cuando en cuando, la tía Concha, que no sabe de la presencia del padre de Isabelita en la habitación, porque ese muchacho muerto en el frente del Ebro no es su fantasma, entra y mueve un poco el cuerpo de Maruja para sacarla de cualesquiera que sea el enredo en el que tiene metida la cabeza.
—Tranquila, mi hija. Que ya no estás allí. Tranquila.
Cuando la tía sale del cuarto, Eralio vuelve a sentarse en la esquina de la cama para cuidar de su amada y con una mano etérea y blanca acaricia la de ella, que duerme y se revuelve entre las sábanas.
—¿Te acuerdas de cuando venías a verme al pajero de Las Manchas, sin que nadie se enterara? —El fantasma la sigue acariciando con sus dedos largos de viento, pero sin tocarla—. Le decía a los camaradas que iba a mear y a coger aire, pero corría por las laderas para encontrarme contigo, con la roja más roja de la isla que estaba enamorada de un pobre desgraciado como yo. Me volvía loco por tus caderas y era como un botón agarrado a una de ellas. Me quitaba el sentido esa melena que olía a almendras y se enredaba en mi cara: qué guapa eras, Maruja, debajo de los pinos y encima de mí. Pero ¡qué guapa, mi amor!
Las palabras que le susurra al oído el padre de su hija sin que ella se dé cuenta de lo que está pasando, porque el consuelo que nos dan los muertos pasa desapercibido en la mayoría de las ocasiones para los vivos, hacen que, llegado el mediodía, pueda descansar un poco mejor.
—¡Cuánto te quise, mi vida, y cuánto te quiero aún! —le dice el hermoso fantasma mientras se despide hasta mañana, hasta el momento en el que llegue nuevamente otra pesadilla. Entonces se sentará, tranquilo, en una esquina de la cama para velar sus sueños y rozará su alma sin que ella lo sepa.
A las cuatro de la tarde, la tía Concha despierta a Maruja para que coma algo y pase un rato con Isabelita antes de irse a trabajar. La maestra republicana, que después de perder una guerra dejó de serlo, disfruta mirando cómo la madre y la hija repasan las tablas de multiplicar en la mesa de la cocina. Mientras, la niña se bebe un agua de hojas de naranjera con una puntita de gofio que le ha puesto la tía dentro y que se transforma en cuatro o cinco bolas pequeñas de cereal apretado por el calor, dispuestas a explotar en su boca, apenas decida tragarse cada una de ellas y comerse un tesoro oscuro y con sabor a tierra.
A Concha le tienta a veces meterse en medio de la que enseña y de la que aprende, y decir: «Así no se explica esto. Hay que comprender antes de memorizar», pero se muerde la lengua porque le duele más recordar lo que fue que olvidarlo. Ahora, después de la purga que hicieron los ganadores de la guerra destruyendo títulos y eliminando a intelectuales y pensadores, ella no es nada. Eso es lo que queda: nada. Y prefiere olvidar el olor a tiza blanca o la imagen de los pizarrines pequeños, preparados para que la curiosidad y el deseo de saber se desparramaran por encima de ellos. Mejor no recordar cómo querían a la maestra, a doña Concha, en Puntagorda, el pueblo en el que tenía la escuela y al que se fue a vivir para poder dedicarle a sus alumnos todas las horas del mundo. Mejor dejar atrás cuanto sabe y conformarse con que Isabelita aprenda las tablas de multiplicar a cabezazos, si hace falta, con una cantinela que la pone de los nervios y que es la misma, tanto si se recita el catecismo como si se repite la lista de los reyes godos.
—Ignorantes... —pero mantiene los labios quietos y ese insulto breve no llega más allá de su paladar y muere en una boca sellada.
Se da la vuelta y deja caer al suelo un suspiro largo. Es todo cuanto se permite hacer, no se atreve a ofrecer su ayuda a la niña, porque es un gesto que podría delatar parte del pasado de la madre o del suyo. En aquella isla se las conoce poco, eso está bien, y cuando se trasladaron a Tenerife desde La Palma, en momentos y condiciones diferentes, decidieron aprovechar todo cuanto fuera posible un anonimato que las hace sentirse sutilmente protegidas. Así que se aleja del pupitre improvisado en una mesa de cocina tambaleante y ella, una de las maestras más vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza en la Segunda República, se entrega a la tarea de lavar los calderos que hay en el fregadero. Mejor no pensar.
—La del siete es la más difícil para mí, mamá —dice Isabelita.
—Entonces es la que tenemos que practicar muchas veces, hasta que te salga de reguilete —le responde su madre.
—Siete por seis, por siete y por ocho: esos números siempre se me olvidan.
—Solo tres... no son muchos. Me preparo para ir a trabajar y, mientras tanto, aprovechas y te los aprendes de memoria, que te los pregunto antes de salir.
—¿Ya se va, mamá? —le dice la niña con pena.
—En un ratito, mi hija. Tienes tiempo para repasarlos bien.
Maruja se retira al dormitorio y se prepara para la noche de trabajo que la espera: en un almacén donde se empaqueta pescado salado, diría la tía Concha; en una casa de putas, piensa ella mientras se pone la ropa de calle y recuerda el pelo negro y ondulado de Eralio y sus ojos oscuros, iguales a los de la niña que, en la mesa de la cocina, se afana por aprender los tres números más difíciles de la tabla de multiplicar.
Cuando Eralio se escondió en el pajero de Las Manchas con otros cuatro alzados a los que estaba ayudando, ella se negó a dejar de verlo. En aquel momento pensaban que ganarían la guerra porque eran fuertes e invencibles. Cuestión de tiempo, se decían unos a otros para consolarse; cuestión de tiempo y el ejercito de la República acabará con los traidores. Y mientras esperaban a que los suyos terminaran con esa locura de una vez por todas en el frente, Maruja iba cada noche a encontrarse con el novio que estaba oculto en el pinar, porque eran así de jóvenes, de imprudentes e inconscientes, y con la furia que provoca la ausencia se enredaban y se amaban hasta sentir un dolor que dejaba marcas en los cuerpos y les permitía recordarse después. Por eso se asfixiaban con los brazos y con los muslos, convertidos en sarmientos de viña que buscaban por donde trepar, y se ahogaban con las lenguas que parecían crecer hasta el infinito para cavar un hueco profundo en la garganta del otro y poder llenarlo, después, con palabras de amor.
A medida que el cerco sobre los alzados se cerraba y la presión se hacía mayor, comenzaron a intuir que cada encuentro sería el último. No lo expresaban en voz alta, pero anticipaban, a través del desespero, la negrura que en breve se les vendría encima.
En las Navidades de 1936 confirmó, definitivamente, lo que tanto temía: estaba preñada y tendría un hijo en medio de una guerra. Pero no pudo decírselo a Eralio, que en ese momento se escondía en una cueva de Villa de Mazo a la espera de que un barco lo sacara de La Palma. Lo que nunca llegó a imaginar es que la mandarían a la cárcel de mujeres de Tenerife antes de parir y a punto de cumplir los siete meses de embarazo; y con una barriga redonda, perfecta e inoportuna entró en una celda de la prisión en la que estaban recluidas, probablemente, las mujeres más inteligentes y valientes de las islas. Que no se terminaba allí por no hacer nada.
Micaela, matrona de profesión antes de quedarse sin trabajo y caer presa, la ayudó en el parto mientras el resto de las compañeras la animaban a empujar con sus gritos de apoyo, hasta que la cabeza de Isabelita se dejó ver, en el mes de julio de 1937, e inundó de luz las oscuras celdas de la cárcel de San Miguel, situada en el barrio de El Toscal y en la que se había habilitado una zona para las rojas; o para las mujeres y amantes de los rojos, que era lo mismo. Poco tiempo disfrutó de la compañía de su bebé, del olor de esa niña morena con pelo negro, y que apuntaba las maneras del padre como si la vida se empeñara ahora en mostrarle la cara en pequeño de Eralio, del que no sabía nada y por quien temía preguntar.
Había noches en las que las noticias del frente volaban de boca en boca a altas horas: los nuestros están cayendo como moscas, pero Madrid resiste; en el Ebro han muerto muchos y dicen que los dejan tirados para que se los coman las moscas; un republicano no deja a sus compañeros por detrás ni loco; los que no caen tienen que correr y escapar, no están para entierros ¿o tú no te enteras de lo que es una guerra?; dicen que algunos de los que se lleva el ejército nacional, cuando llegan al frente, se pasan al bando de los nuestros, se arrastran por la noche y les pegan tiros de un lado y del otro; tenemos que ganar esta guerra, compañeras, la justicia está de nuestro lado; la justicia ya nació ciega, ¿no te acuerdas?
—¡Cállense, ya! —gritaba de repente la más veterana cuando entendía que los rumores, las verdades a medias y el miedo se acababan de desatar en la cabeza de las presas, y que dormir pasaba a ser una tarea imposible para las mujeres que temblaban abrazadas cada una a su propio fantasma.
A los seis meses del nacimiento de la niña se la arrancaron de los brazos y fue la tía Concha, que vino de La Palma sin dudarlo, quien se hizo cargo de la criatura y la sacó para adelante con la ayuda de una recién parida que conocían y que les hizo un favor inusual en tiempos de hambre y de necesidad, ofreciendo a Isabelita los chorros de leche que manaban de sus pezones con absoluta generosidad.
Maruja termina de arreglarse, se acerca a la mesa en la que está sentada la niña, le acaricia el pelo, negro y ondulado, y parece que el olor a pinocha la envuelve, mientras su cuerpo, ya casi insensible, tiembla por un momento breve.
—Ya me lo sé: siete por seis, cuarenta y dos; siete por siete, cuarenta y nueve, y siete por ocho, cincuenta y seis —y mira a su madre con cara de triunfo.
—Muy bien, así me gusta —dice mientras le da un beso en la cabeza y hunde la nariz en el pelo de su hija—. Un poco de esfuerzo y lo conseguiste.
—¿Tiene que ir a trabajar ya, mamá? —la mirada ahora es de desconsuelo.
—Sí. Tengo que bajar caminando y se me hace tarde, Isabelita.
—Deja que tu madre se vaya, que tiene bastante con mantenernos a las tres. No la hagas sufrir más, no se lo pongas difícil —Concha parece entrometerse para darle un respiro a Maruja.
—Vaya usted tranquila, mamá, que yo me quedo con la tía.
—Eso está muy bien y se me porta como una mujercita —mientras le da las recomendaciones de costumbre, vuelve a besarla y a recordar el cabello ondulado del que ha sido su único amor. Y el eterno aroma a pinillo que siempre llevaba pegado a la piel le hace cosquillas en la nariz.
III
—Cada día se me hace más cuesta arriba, doña Amelia —la dueña del burdel ha parado a Maruja nada más entrar diciéndole que quería hablar con ella.
—Candela, eres guapa; condenadamente guapa, y eso que te falta algo de pelo, pero las hay casi tan vistosas como tú que querrían trabajar conmigo y le echan gracia y ganas, mujer. Se te nota lo mal que llevas lo de ser puta y, en este trabajo, o aprendes a fingir o tienes un problema. Y si lo tienes tú, lo tengo yo también.
—Cada día se me hace más cuesta arriba, doña Amelia —es lo que Maruja atina a decir en medio de un bucle de rendición anticipada. No le queda ni ánimo para mentirle a la reina de la casa, que la puede poner de patitas en la calle en menos de lo que canta un gallo. Si se le mete en la cabeza, lo hará.
—Pues tú me dirás cómo vamos a resolver esto... Hay que montar con ganas y con alegría, mi hija. O al menos que lo parezca. Si en más de dos meses que llevas aquí no te has acostumbrado, me da a mí que no lo vas a tener fácil.
—No me eche, por favor —las lágrimas cubren como un velo transparente el verde de sus ojos—. No sé de qué vamos a vivir mi hija, mi tía y yo. Dependen de mí.
—¿Entonces, Candela? Coño, parece mentira que te vengas abajo ahora... con lo que habrás pasado tú.
—Me pondré bien, un mal día lo tiene cualquiera.
—Esto no es un mal día. Llevas así, que estás y no estás, desde que entraste a trabajar conmigo. ¿Crees que yo soy boba? Pues no, y me quedo con todo lo que se mueve entre estas cuatro paredes, hasta con el vuelo de una mosca. Y mira que no quiero echarte...
—Pues no lo haga.
—Ya te dije que tengo a una muy vistosa y con mucha gracia que quiere trabajar aquí. Tú estás primero, pero me tienes que responder —y levemente le acaricia una mano, apenas un toque—. No hay sitio para otra más, no me quedan camas y a tus compañeras no las voy a dejar en la calle, pues ellas cumplen con lo que les toca, que es joder y calentar bien a esos cabrones. Entonces: o tú o ella... ¿Lo entiendes, Candela?
—Le cumpliré, se lo juro, doña Amelia.
—A ver si es verdad, que yo no digo las cosas dos veces por mucho que me hayas entrado por los ojos. No te confundas.
—Le cumpliré —y las dos dan la conversación por terminada.
A Maruja se le ha formado una bola de acero en el estómago solo con pensar que se puede quedar en la calle, sin una peseta para llevar comida a su casa. Despierta, mujer, que ser puta no es lo peor del mundo; es más duro estar muerta o casi muerta de hambre por caminos y carreteras. Con la imagen de los huesos de gallina que va a comprar en cuanto amanezca al estraperlista que se esconde detrás del mercado y, si Dios quiere y gana lo suficiente, unas cucharadas de gofio negro para las aguas de naranjera que Isabelita bebe, sube las escaleras para cambiarse de ropa, al tiempo que sueña con la puntilla de un huevo, churrascada por el efecto de la manteca caliente que consigue la tía Concha con los arreglos y apaños que se trae entre manos. Se pone el vestido mientras imagina un día con suerte en el que pueda conseguir ese manjar para ella y para su familia. Anticipar el momento en el que llegue a casa con un huevo entre las manos es todo cuanto necesita para volver a armarse.
Le da tiempo de atender a tres clientes antes de las dos de la madrugada y con todos está simpática y sonriente, consciente de que doña Amelia no le quita el ojo de encima. El peor es el segundo, porque se ve que el hombre ha bebido demasiado y tiene la polla chica y blanda. Por más que ella se mueve para ver si la puede apresar entre las piernas, aquel trozo de carne mustia no encuentra camino y su dueño se va desesperando por momentos. Maruja no sabe si es de los que pegan dos cogotazos cuando no se empalman o de los que se echan a llorar, que de todo hay. Menos mal que es de los segundos, así que ella le dice con dulzura que se siente y se dedica a meter aquel miembro escurridizo en la boca, apretando los labios y dando chupetones sonoros que excitan al desgraciado hasta que la verga empieza a responder a tanto y tanto empeño. Tarda lo suyo y la eyaculación de aquel cliente de piel blancuzca y piernas flacas es casi patética, pero suficiente como para que tenga que pagar, se vaya tranquilo y la deje seguir con el trabajo complaciendo así a doña Amelia.
—Ha estado bien, ¿verdad? —le pregunta el hombre mientras se abrocha la hebilla del cinto.
—Claro que sí. Una corrida de las buenas —si no fuera porque ya hace mucho que no se ríe, hubiese soltado una carcajada en su cara. Por el amor de Dios, parece idiota, aunque está satisfecho y eso es lo que cuenta.
Cuando baja la escalera se encuentra con la mirada cómplice de la Negra.
—¿Se va contento...?
—Sí, doña Amelia. Ha costado, pero se va contento.
—Yo sé que tú puedes, si quieres.
—Gracias...
—Pues a descansar un rato, pero no más de quince minutos, que la noche está buena y hay que aprovecharla.
Continúa dándole vueltas a qué llevará para casa cuando salga de trabajar: un plátano, si tiene suerte, y un par de papas nuevas, quizás; y con la cesta de la compra en la cabeza, baja a por el tercer cliente que es de los fáciles porque se viene rápido, a poco que se le digan dos guarradas.
Sobre las tres de la mañana se sienta un momento en una de las taburetas altas que hay al lado de la barra y reclina la cabeza sobre su mano abierta, para que esta recoja todos los pensamientos de la noche o la falta de ellos, que es casi lo mismo. Arturo San Blas, camarero y confidente de la dueña del prostíbulo, se acerca y le pone una copita de aguardiente, esta vez con alcohol de verdad.
—Para que te animes. Veo que te hace falta...
—Gracias. Me está costando la noche y tú lo notas.
—Nos conocemos desde hace años, Maruja —el camarero es el único que la llama siempre por su nombre verdadero—, y eso cuenta.
—Sí que cuenta. Tú sabías lo que me esperaba cuando me conseguiste este trabajo, pero yo no.
—Dinero para llenar la talega con comida, te esperaba eso; si no, para qué te iba yo hablar de este antro de mala muerte —el hombre se entretiene en secar los vasos con parsimonia.
—Y malos ratos, pero eso te lo callaste. Y tragarme el orgullo y la dignidad —dice ella con la voz apagada.
—No importa —afirma Arturo rotundo— ; es lo de menos en estos tiempos.
El camarero rememora el día en el que la encontró deambulando por los alrededores de la calle Castillo; parecía perdida, como si estuviera pidiendo o suplicando con la mirada un poco de algo: de pan, de gofio, de comprensión. Le costó reconocerla, pero esos ojos eran inconfundibles, y se acercó a ella con sigilo, como cuando uno se aproxima a un animal herido que saldrá corriendo ante cualquier movimiento brusco.
—Maruja, soy yo, Arturo, de Tazacorte... —ella, sin más, lo abrazó y se echó a llorar.
Recordaba a esa mujer cogida de la mano de Eralio, un muchacho que murió en la guerra, con quien él no mantuvo nunca una gran amistad, pero al que envidiaba porque fue capaz de enamorar a la chica más hermosa del pueblo, a la más brava y deslenguada, a la más valiente. Y unos años después, esa misma mujer llora en su pecho y se estremece como si el miedo la hubiese convertido en un suspiro. Toda ella es ahora un suspiro ronco jalonado de Dios sabe qué. Y, mientras las lágrimas salen y le lavan la piel, la mujer oculta la cara en el pecho de su amigo, al tiempo que le muestra una cabeza con poco pelo marcada por las pérdidas y por la tiña.
—¿Qué te han hecho, Maruja? ¿Qué te han hecho esos cabrones? —Fue lo único que Arturo atinó a decir, asombrado como estaba del encuentro y de lo chica que le parecía, como si en estos últimos años le hubiese dado por encoger. Pero es que hay cosas que estrujan y a saber lo que habría pasado esa mujer. Aún quedaba rastro de la hembra que fue en esas caderas perfectas, en los labios tersos que hablaban sin hablar; pero el hambre se come lo que puede y parecía que la piel morena de Maruja estaba cosida a los huesos, ya sin el brillo que siempre la bañó y la hizo ser la mujer más deseable de la tierra.
Cuando se apagó un poco el llanto, se la llevó tirando de ella —pues parecía que sus piernas desorientadas, o hartas de andar de un lado para otro, no recordaban lo que era caminar—, hacia una cafetería de la calle La Marina, en la que trabajaba un muchacho de La Palma, de Todoque, con el que venía a hablar de vez en cuando. Nada del pasado, eso ni se nombraba. Siempre mirando para el ahora y para el poquito de futuro que a veces asomaba la nariz por una esquina en forma de pequeñas oportunidades, trapiches —unas perritas que nos podemos ganar los dos, a ver si nos sale bien y nos volvemos ricos, coño—. Y allí, en una mesa de la terraza a la que llegaba de vez en cuando un rayito de sol, la sentó porque ella no podía ni doblar las rodillas.
—Tranquila, mujer, ya pasó todo y fíjate: estamos vivos. Te voy a pedir un vaso de leche y unos churros para que desayunes, que el hambre te sale por los ojos.
Durante el cuarto de hora siguiente no hubo palabras entre ellos. Maruja comía despacio y parecía disfrutar sobre todo de la leche calentita. Cuando se la bebió sin dejar gota, Arturo le preguntó si quería algo más. Ella sin dudarlo señaló el recipiente vacío y le dijo:
—Otro —el camarero de Todoque apareció en la mesa con el segundo vaso de leche de la mañana, que tenía el azúcar ya incorporado y echaba un humo que daba gusto verlo.
Arturo la observaba tragar el líquido a buchitos y por dentro le fue creciendo la sensación de reencontrarse con una emoción conocida: la que se le desataba en el pecho cuando la miraba. Porque eso fue lo que hizo durante la mayor parte de su juventud, acecharla desde lejos y derretirse de amor por ella, a pesar de saber que jamás estaría a la altura de una mujer que el universo puso delante de él solo para que fuera admirada. Entendió esa mañana, sentado en una cafetería de la calle La Marina, que nada había cambiado a pesar de las alpargatas rotas y de la voz ausente, de la tiña que le marcaba la cabeza y de la tristeza que bailaba en sus ojos verdes... A él le correspondía seguir admirándola.
—Te veo mal, Maruja. ¿De qué vives? ¿Cómo te las arreglas en Tenerife? —le preguntó.
—De lo que puedo. Pido, robo, trapicheo... mi hija y la tía Concha están conmigo. Tengo que hacer por ellas. Salí de la cárcel en el 43, después de seis años dentro...
—Llevas dos fuera. Mucho tiempo para malvivir de lo que se pide o de lo que se roba. Pero no te preocupes, mujer, algo vamos a encontrar para ti. No será bueno, que para nosotros bueno queda poco, pero sí algo que te deje darle de comer a tu familia.
—Ayyyy, Arturo..., no tendré yo esa suerte.
Estuvo varios días pensando cómo decirle que le ofrecería trabajar de puta. No era fácil, coño, ni decirlo ni hacerlo. Ya sabía él que se le iban a revolver las entrañas cuando viera a esa manada de salvajes meterse entre las piernas de la única mujer que había querido en la vida y que todavía quería, como si el tiempo no pasara para las cosas del corazón. Pero lo que importa, pensaba Arturo, es que ella y su familia no se mueran de hambre. Y, de camino, podría estar ya para siempre a su lado para protegerla de cualquier mal asunto, porque si la dejaba tirada en medio de esas calles inhóspitas no tendría manera de cuidarla.
Los ojos de Maruja se abrieron como platos cuando se lo propuso.
—Trabajo para una mujer que tiene un burdel —pero ella no hizo aspavientos ni pareció ofendida. Era inteligente y práctica. Había dejado atrás el idealismo que la hizo creer que el mundo podría cambiar y ahora se ocupaba de otros asuntos como llenar la talega con cosas para comer; así que el camarero entendió que estaba entretenida en calcular si tendría fuerzas para perder, de golpe, el poquito de dignidad que todavía guardaba. A él se le viraba el estómago solo de pensar que las manos grandes de los hombres que visitaban cada noche Casa la Negra recorrerían sin pena la piel de Maruja. Le tentaba decir eso de «yo te mantengo, no te apures»; pero Arturo San Blas nunca prometía lo que no podía cumplir y a él le tocaba alimentar a Esperanza, su mujer, a los dos hijos que tenía con ella y a una suegra inútil que se moría en una cama. El jornal no daba para más y solo los ricos podían tener esposa en una punta de la ciudad y querida en la otra. Esa suerte no era para él.
Y resultó que sí, que le quedaban fuerzas para meterse a puta y para darle de comer a la familia con el sudor de todo su cuerpo, así que levantó la mirada y, mientras arrancaba el mes de octubre de 1945, le dijo:
—Preséntame a esa señora que tenemos que hacer negocios.
Doña Amelia tuvo dudas en un principio, no solo por la pinta de muerta de hambre de Maruja, sino por el rescoldo de orgullo que sobrevivía en el fondo de sus ojos claros. Ser puta y digna no va parejo, que en este oficio hay mucha humillación que aguantar. Además, ya no era una niña, tenía veintiocho años bien cumplidos; pero Arturo había convenido ser su mano derecha, la persona que con discreción le cubría la espalda desde el momento mismo en el que la ayudó a abrir el burdel en el año 1938 cuando, incapaz de vivir por más tiempo en Gran Canaria, tomó la decisión de empezar de nuevo en Tenerife. Siempre le mostró fidelidad y ella ahora no podía fallarle.
La Negra de boba no tenía un pelo y bien que notaba cómo se le iban los ojos al camarero por esa mujer, así que ya tendría que estar el hombre haciendo de tripas corazón para ofrecérsela como trabajadora de la casa. Por eso no le tentaba para nada ponérselo más difícil todavía.
—Te espero mañana —dijo doña Amelia— que en este trabajo, hasta que no se empieza, no se sabe si una vale o no. A muchas he visto venirse abajo antes de que le metan una polla entre las piernas por primera vez. No es fácil, mi hija, no es fácil; pero sacarás para comer.
—Pues nos vemos mañana, que en casa todas tenemos hambre desde hace mucho tiempo —fue su respuesta, como queriendo hacerse la valiente.
Arturo aprendió a bajar la mirada al mismo tiempo que ella subía la escalera con un hombre caliente detrás que le palmeaba el culo y resoplaba, todo junto. Y secaba los vasos, uno a uno, hasta dejarlos invisibles de puro brillo o contaba las botellas de bebida corroborando que allí estaban intactos los cascos que se habían comprado por la mañana, algunos llenos y otros vacíos o a la mitad, pero no faltaba ninguno, gracias a Dios. Y cuando ya no le quedaban más vasos que secar ni más botellas por contar, se dedicaba a mirarse la punta de los zapatos, llenos de polvo, que ya tocaba, ya, pasarles el cepillo un rato. Cualquier cosa con tal de no levantar los ojos y tropezarse con la escalera y con la puerta azul que ocultaba el sacrilegio de la noche, e imaginar ese momento en el que Maruja perdía lo poco que le quedaba de mujer libre y se convertía en Candela, la puta de ojos verdes de Casa la Negra.
Esperaba paciente a que bajara y se tomara un ratito de descanso sobre las tres de la mañana, siempre lo hacía, y entonces sus párpados ágiles se recogían sobre sí mismos para dejar libres unas pupilas que volvían a encontrarse con las de ella.
—Otro traguito de aguardiente, que hoy necesitas ración doble...
—Mira cómo lo sabes. No sé por qué te hice caso aquel día en la cafetería de la calle La Marina, cuando me dijiste que algo ibas a encontrar para mí...
—Y así fue: algo te encontré.
—Ayyy, Arturo. No me eches cuentas, que ya sabes cómo veo de negro el mundo a estas horas de la madrugada. No me olvido de que me has salvado la vida, a pesar de toda esta mierda... —y señala la parte alta del burdel.
—Ya me hubiese gustado conseguirte otra cosa, pero...
—Estoy bien, estoy bien. Ponte un fisco de ron, sin que te vea doña Amelia, y bebe conmigo, querido amigo.
—Venga, vamos a echarnos un trago que ya en nada amanece y te vas para la Recova a meter lo que puedas en la cesta, coño, para llenarla hasta arriba —y hacen un leve gesto deseándose buena fortuna, mientras chocan fugazmente cristal contra cristal.
