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La protagonista es una mujer en busca de su última casa, un refugio para el tramo final del camino. Una finca en Hendaya llama su atención y en ella centrará todo su empeño. La suya no ha sido una vida común y tampoco lo serán los esfuerzos que habrá de realizar para hacerse con esa vivienda. Una andadura en la que, rodeada de vecinos que se espían mutuamente, fantasmas, amistades y decisiones del pasado se entremezclan con vivencias actuales. Sin ser un thriller o una novela negra, en La última casa hay gestos que parecen salidos de una película de misterio —un cadáver, disfraces, pelucas, falsificadores, vecinos vigilantes— que ayudan a crear una atmósfera y un ambiente especiales y que añaden otros colores al relato.
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Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2025
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«Arantxa Urretabizkaia crea una protagonista compleja y, mediante una prosa sobria, teje una atrayente trama. Nos cuenta otra visión de la vejez, en la que cuestiona los clichés establecidos y actualiza nuestro imaginario».—Amaia Alvarez Uria, Argia
«Arantxa Urretabizkaia reflexiona sobre la construcción de la identidad personal y generacional. La escritora reivindica una vida en la tercera edad alejada de los clichés».—Jon Kortazar y Jon Martin-Etxebeste, Babelia, El País
«El sosiego y la calma que busca el personaje se reflejan también en la escritura. Urretabizkaia detiene su mirada en el espacio circundante, en la casa, en el paisaje, en las plantas, y su visión embellece el entorno. En su escritura hay hallazgos estéticos, por ejemplo, en la forma de presentar los personajes o en el modo que une el presente con el pasado. Y también en el punto de vista narrativo».—Ibon Egaña, Deia
«Azken etxea, La última casa, la última oportunidad de vivir en paz. El cronotopo en el que hacer las paces con su verdadero yo y la mujer que fue en el pasado, la única casa que sentirá como real y propia en toda su vida. Me pregunto si no será esa última casa su primera (verdadera) casa».—Nagore Fernandez, Berria
«Arantxa Urretabizkaia abre nuevos caminos en Azken etxea (La última casa), novela protagonizada por “viejas atípicas”».—Nerea Azurmendi, El Diario Vasco
«Siempre es un placer charlar con Arantxa Urretabizkaia de su obra Azken etxea. Que muchas veces nos pone en comunicación directa con nuestras propias vidas y con lo que nos rodea».—Más que palabras, Radio Euskadi
La última casa
Arantxa Urretabizkaia Bejarano (1947) es licenciada en Historia y trabaja como periodista en diferentes medios, prensa escrita, radio y televisión.
Su recorrido literario se ha desarrollado desde hace más de 50 años fundamentalmente en euskera. Ha publicado poesía y ensayo, pero la mayor parte de su trabajo literario se centra en la narrativa.
Algunos de sus libros han sido traducidos a varios idiomas: castellano, inglés, alemán, italiano, ruso… Están traducidos al castellano los siguientes títulos: ¿Por qué, Panpox? (Ediciones del Mall, 1986), Saturno (Alfaguara, 1989), El cuaderno rojo (TTartalo, 2002), Las 3 Marías (Erein, 2011), Lecciones del camino (Pamiela, 2018). El original en euskera de La última casa (consonni, 2024), titulado Azken etxea fue publicado por Pamiela en 2022 y en el mismo año ganó el premio Euskadi de Literatura en euskera.
Es miembro de la Academia de la Lengua Vasca, Euskaltzaindia.
Autoría Arantxa Urretabizkaia Bejarano
Traducción Bego Montorio Uribarren
Corrección Izaskun Gracia y Sonia Berger
Diseño de colección Rosa Llop
Imagen de cubierta Sonia Pulido
Producción del ePub: booqlab
Edición consonni
C/ Conde Mirasol 13-LJ1D
48003 Bilbao
www.consonni.org
Primera edición en español:
junio de 2024, Bilbao
ISBN: 978-84-19490-35-3
Edición original en euskera: Azken etxea, Pamiela, 2022
Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0.
Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es.
Esta obra ha recibido una ayuda a la producción editorial literaria del Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él. Escrito en minúscula y en constante mutación, consonni es una criatura andrógina y policéfala, con los feminismos y la escucha como superpoderes. Nos la jugamos en las distancias cortas.
«No debemos vivir la vejez recordando el tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos queda; tanto si es un día, un mes o unos cuantos años, con la esperanza de poder realizar unos proyectos que no habíamos podido acometer en los años juveniles».
—Rita Levi-Montalcini
L’asso nella manica a brandelli
Traducción de Juan Vivanco Gefaell (El as en la manga)
«Uno está más cerca de la utopía en un jardín que en ningún otro sitio».
—Santiago Beruete
Jardinsofía
El perro sube la cuesta tirando de la correa. La dueña es una mujer robusta; el perro, mediano, pero da la impresión de que es él el que arrastra a la mujer. Ambos avanzan con la mirada al frente, tienen claro cuál es su meta, llegar a lo alto de la pendiente. Ella sabe que detrás de una cumbre, con frecuencia, se esconde otra. Sin embargo, no es este el caso.
El perro se detiene al llegar a un muro de piedra tras el que hay una casa con dos pinos e inmediatamente se le une su dueña. Entonces, repitiendo una coreografía aprendida de memoria, la mujer se sienta en la piedra que hay junto al portón de hierro. Nada más hacerlo siente el frío atravesar los pantalones de chándal. Mira a su alrededor y se retira la capucha de la sudadera.
El sol se ha ocultado detrás de la casa, por lo que la mujer sabe que ha de aprovechar los últimos minutos antes de que oscurezca, como si fueran los últimos de su vida. El animal está tumbado a sus pies, cerca pero sin contacto directo. Con un suspiro, comprueba una vez más que la casa irradia serenidad.
Fija su atención en el tejado que aparece tras los pinos. El rojo de las tejas ha adquirido un tono oscuro, sobre todo en el oeste, lo que le hace pensar que debería hacer reparar el tejado. Recuerda la cocina de su madre con recipientes repartidos por el suelo, un puchero, una palangana gris, bajo cada gotera. Para la más pequeña, un gran tazón encima de la mesa de la cocina. La cubierta de la mesa es de uralita y está compuesta por dos mitades, la más cercana a la puerta es verde, con motas claras y oscuras, y la otra, rojiza. Salía más barato comprarla así, en dos mitades, que en una sola pieza.
Sabe que en su última casa no habrá goteras ni tampoco bombillas que se balanceen colgando del techo. Menos aún desconchados o grietas en la pared. Son huellas del fracaso que aún siguen apareciendo en sus sueños. Dibuja en su imaginación una amplia cocina blanca.
El perro se ha dado cuenta antes que su dueña. Se ha puesto en pie y ha olisqueado en todas direcciones, sin ladrar. Se calma al sentir la mano de la mujer en el lomo, pero no por mucho tiempo. Alguien sube por la cuesta, oyen sus voces antes de ver de quién se trata. Es una pareja joven que busca las sombras del atardecer.
Con la capucha puesta, la mujer emprende la bajada con el perro a su lado. El cielo está cubierto. Casi ha anochecido y sobre el mar su color ha pasado del rojo al violeta. A partir de ese momento ya no es el animal quien manda, pues no sabe hacia dónde se dirigirá su dueña, hacia la playa o hacia su casa. La pareja ríe a carcajadas cuando se la cruzan en el camino, la muchacha suelta de vez en cuando gritos estridentes como relinchos, como si fueran criaturas jugando en un parque. La mujer piensa que han pasado muchos años desde que rio por última vez.
En un intento por huir de sus recuerdos, apresura el paso hasta llegar al final de la cuesta. Las calles están vacías, las farolas encendidas. Es demasiado tarde para ir a la playa y demasiado pronto para volver a casa y, además, el perro todavía no ha hecho sus necesidades. No le queda más remedio que seguir caminando hasta cansarse.
Si una se fija bien, se ve que es mayor de lo que sugiere su indumentaria. Con todo, camina erguida, odia las espaldas encorvadas, que le recuerdan la decadencia de su madre. Sigue andando una hora más, entre calles, sin rumbo fijo.
Antes de entrar en casa ve por el rabillo del ojo un ligero movimiento de cortinas en el ventanal del edificio de enfrente. El vigilante está en su atalaya.
El vigilante que se oculta tras las cortinas se cree invisible, piensa que sus vecinas no han reparado en que las espía. No se le pasa por la cabeza que la lámpara que tiene a su espalda, que ha encendido nada más oscurecer, dibuja su perfil. Ha intuido un movimiento en la casa de enfrente, pero su interés se ha desvanecido en cuanto ha visto a la mujer con el perro. No es esa la mujer a la que espía, sino una pelirroja a quien ve muy pocas veces.
Es alta, ni gorda ni demasiado delgada, y la luz que desprende su melena crea destellos que se dispersan a su alrededor, los labios siempre pintados de rojo, al contrario que la mujer de la capucha. La que suele pasear al perro sigue un horario bastante fijo, incluso los días en que coge un viejo coche para ir a hacer la compra; la otra, no. Por eso tiene que estar atento, pues la pelirroja pasa siempre como un relámpago. Alguien la recoge y la devuelve a su casa en coche. En ocasiones, toma un taxi. Tan solo en ese breve trayecto de la acera a su casa y de su casa a la acera puede admirar el encanto de sus bucles pelirrojos.
El vigilante coge el libro que tiene en el regazo, pero le cuesta concentrarse. Aún no lo ha conseguido cuando oye bajar las persianas en la casa vecina. A veces, la mujer también sale de casa al anochecer, y en esas ocasiones se enciende una lámpara que hay en el umbral de la puerta, como si anunciara la salida de la reina. Ahora está apagada.
La lámpara de la entrada queda a su derecha, por lo que verá inmediatamente su resplandor aunque esté mirando el libro o, pronto, la televisión. Cabe la posibilidad de que la mujer esté fuera de casa, aunque él no la haya visto salir. Es posible, pero no probable. En la libreta que hay sobre una mesita contigua ha apuntado qué días y a qué hora ha salido y entrado a casa la pelirroja, pero los números no revelan ningún modelo, tan solo que últimamente sale con más frecuencia.
Podría decirse que el vigilante persiste en lo que hasta hace poco ha sido su profesión. Fue policía y cree que morirá siéndolo; lo suyo no es un mero trabajo, sino una forma de vida. Piensa que ser policía es como ser médico o sacerdote, deja una huella perenne, y no solo psicológica. Que se lo pregunten, si no, a su rodilla izquierda, a la articulación que un disparo le destrozó aquella maldita madrugada.
Un disparo que lo condenó a dejar la calle y a permanecer sentado en su casa. Fue entonces cuando comenzó a dedicar parte del tiempo que le sobraba a vigilar la casa de enfrente. Antes de admitir que su cojera era irreversible, en alguna ocasión se acercó hasta la casa vecina, pero ya apenas se levanta del sofá, salvo para ir al baño, a la cocina o a la cama. Ha acabado por aceptar que está condenado a pasar media vida delante del ventanal, por miedo a caerse incluso llevando bastón.
Lo que sucede en la casa de enfrente es mil veces más interesante que el estúpido concurso que pasan ahora en la televisión.
De vuelta a casa tras pasear al perro, la mujer baja las persianas antes de encender la luz, le pone agua limpia y comida al animal y deja el móvil sobre la mesa de la sala, junto al ordenador. No se cambia de ropa. Pero se quita la capucha y se atusa el pelo con las manos; lo lleva corto y hace ya tiempo que encaneció. Lo hace sin mirarse al espejo. Luego, enciende el ordenador.
Primero mira tejados durante un buen rato y apunta en un papel las direcciones de dos empresas que garantizan cubiertas sin goteras. Luego se levanta y va hasta la cocina, saca un yogur y dos manzanas del frigorífico y empieza a cenar sin sentarse. Ni en la sala ni en la mesa del comedor, en la que está el ordenador, ni en la cocina ni en ninguna parte hay nada que demuestre un toque personal, ni fotografías ni recuerdos de las largas temporadas en que recorrió el mundo.
Después de cenar no enciende la televisión y vuelve al ordenador. Visita páginas de jardinería, en silencio, sin música. El perro hace tiempo que duerme en su rincón entre el sofá y la pared del comedor. Ha empezado a llover, con fuerza, y el ruido llega al interior tamizado por las persianas.
Si hay algo que tiene claro respecto a su última casa es eso, que en su última vivienda no quiere goteras ni frío. Allí acabarán todas sus huidas.
La pelirroja sale de casa a primera hora de la mañana. Apenas ha amanecido y le da la impresión de que el vigilante de la casa vecina no está en su atalaya. Lleva puesto un abrigo ligero, azul eléctrico, del mismo color del vestido que viste debajo. Antes de acomodarse en el asiento del copiloto retira con cuidado la parte trasera del abrigo de seda. Los buenos días, en francés al igual que su respuesta, le llegan envueltos en una sonrisa. El coche se encamina suavemente hacia la ciudad.
La conductora es empleada de una agencia inmobiliaria, y normalmente no acude a recoger a la clientela a su casa, es un servicio que solo ofrecen a clientes especiales. No es la única agencia que la mujer ha visitado últimamente, pero la conductora está convencida de que es una venta segura, sobre todo porque la mujer tiene muy claro qué busca y no pone el precio en primer lugar, no es esa su mayor preocupación.
Cruzan la ciudad y se dirigen hacia la playa. Durante el trayecto, la vendedora le detalla las características de la casa que van a visitar. Tiene una sola planta y salón con chimenea, está rodeada de un amplio jardín, situada en un barrio tranquilo, cuenta con garaje y necesita pocas reformas, no hay piscina ni zona deportiva.
La vendedora es, de natural, habladora, pero sabe que para convencer a esta compradora en concreto tiene que controlar su parloteo. Todavía no ha descubierto el origen exacto del acento de la pelirroja. Diría que tiene el tono cantarín de América del Sur, pero también un deje de Burdeos. El cielo está despejado, pero en los montes cercanos hay jirones de nubes que continúan pegados a la tierra, como si no quisieran marcharse.
Después de aparcar, de pie ante la casa en venta, la compradora sabe desde la primera mirada que no aceptará la oferta. No parecen gustarle las casas con aspecto de caserío. La fachada le resulta triste, la sonrisa que dibujan el balcón y las ventanas, desalentadora. Además, el jardín no tiene suficiente base, cree que no podría conseguir lo que ella desea y, por añadidura, está demasiado cerca de la playa. Se imagina fácilmente el ir y venir de coches repletos de bolsas y flotadores, como poco desde mayo hasta octubre.
No necesita palabras para dar a entender que no le interesa la casa, le basta con mover la cabeza de derecha a izquierda. La vendedora se sorprende de que no haya preguntado por el tejado.
El vigilante está en su atalaya, con los ojos cerrados y la cabeza caída sobre el pecho. En su mente, aquel oscuro callejón cercano a la estación y el ruido de los zapatos de los que corren. ¡Deténganse!, ¡deténganse!, grita un hombre, nadie aminora la velocidad, ni quienes van delante de él ni quienes están detrás, a pesar de que han tenido que oír la orden, los gritos retumban en las fachadas. Luego, un disparo a su espalda, y después, otro que llega de delante y acierta en su rodilla izquierda.
Al despertar, se da cuenta de que tampoco esta vez ha podido comprobar quién disparó. El dolor de rodilla, en cambio, sigue presente. En ese momento oye un coche llegar a la casa vecina y tan pronto centra allí su atención ve apearse a la pelirroja. No la ha visto salir de casa y lo considera un fracaso, como si hubiera fallado en la vigilancia de un malhechor.
Aún conserva fresca la imagen de la pelirroja cuando la de la capucha se pone a trabajar en el jardín. Con el perro saltando a su alrededor empieza a podar las hortensias de la entrada. El vigilante no entiende por qué se empeña tanto la mujer en cuidar el jardín de una casa de alquiler. Eso lo sabe seguro, gracias a los contactos que aún le quedan.
La casa está alquilada a nombre de una única mujer; la pelirroja, según sus deducciones. Sabe que la inquilina tiene nombre y apellidos franceses. Lo que no ha podido esclarecer es la relación que une a las dos mujeres. La de la capucha no es una criada ni la madre de la pelirroja. Es mayor que ella, pero no tanto. Tampoco cree que sean hermanas, si bien sabe que con frecuencia pueden ser muy diferentes. Tal vez amigas. Siente un escalofrío al pensar que pueden ser pareja. Sabe que es algo habitual, pero al considerar esa posibilidad siente algo parecido al asco.
La mujer de la capucha sigue podando hasta el mediodía. No recoge las ramas ni las flores cortadas antes de entrar en la casa. Es hora de comer, concluye el vigilante, justo cuando comienza a caer un ligero chaparrón. Inconvenientes de la primavera cercana. Al poco oye el saludo de la sudamericana que le prepara la comida y cuida de la casa. À demain, monsieur, le llega desde el piso inferior. À demain, responde él desde su atalaya.
La mujer ha esperado a que escampe del todo antes de salir con el perro. Se alejan cuesta arriba y, de nuevo, el perro va delante, tirando de la correa. De prisa, como si acudieran a una cita. Cuando comienzan a ver los pinos, aminoran un poco la velocidad.
La mujer llama la última casa a esa que tiene ante sí y, tan pronto como empieza a examinar la fachada, se topa con un obstáculo desconocido. En la galería delantera ve un bulto en el suelo, algo que no estaba allí la víspera. Es alargado, de poca altura, pero incluso forzando la mirada no alcanza a distinguir qué es.
Se levanta de la piedra de la entrada, da unos pasos a izquierda y derecha, pero no consigue adivinar de qué se trata. Recorre apresurada el camino de bajada. El bulto de la galería es como un grano, parecido a los que de joven le salían continuamente en la cara.
Siente el picor de los granos, ese picor cotidiano hasta bien pasada la juventud. Así llegó a París, con la cara convertida en un campo de minas. Ahuyenta hábilmente el recuerdo, prefiere el bulto de la galería. Los recuerdos la asaltan con frecuencia, siempre a su pesar, y ha desarrollado toda una técnica para escapar de ellos. No quiere recordar el pasado, ni el cercano ni el lejano. Está a las puertas de una nueva vida, en el umbral de un futuro sin pasado.
En contra del deseo del perro, vuelve directamente a casa. No cierra la puerta, para dejar al animal vía libre hacia el jardín. No repara en las ramas de hortensia cortadas que ensucian la hierba.
Coge el teléfono y concierta una cita para el día siguiente con la inmobiliaria. Retrasa la hora de acostarse, sabe que dormida no puede escapar del pasado.
La noche ha confirmado sus temores, así que se levanta antes de que amanezca, con el recuerdo del bulto de la galería presente incluso antes de abrir los ojos. Sin desayunar, sale con el perro y recorre jadeante el trayecto hasta la última casa. El sol rivaliza con las nubes cuando comprueba que el bulto sigue allí. No en el mismo lugar que la víspera, pero allí. Parece más largo, y al mismo tiempo, más alto.
Desde que la herida de bala lo obligó a retirarse, el vigilante no es partidario de madrugar. Está desayunando en su atalaya cuando ve llegar a la mujer de la capucha, más temprano que de costumbre. Algo pasa en la casa vecina, piensa cuando media hora después ve salir del edificio a la pelirroja. Esta vez ha venido a buscarla un taxi. Hay un movimiento inusual, muchas entradas y salidas.
Puede que solo sean detalles, pero al él le parecen significativos. Las mujeres de la casa vecina no son las primeras que controla, pero los anteriores inquilinos tenían pocos secretos. Siempre ha adivinado rápidamente quiénes eran, qué relación tenían entre ellos, aunque muchas veces se marchaban al poco tiempo. Es lo que tienen las casas de alquiler, que quienes viven en ellas no echan raíces.
Sus actuales vecinas llevan allí casi un año, las vio por primera vez la primavera pasada. Desde entonces apenas han tenido visitas. La mayor de ellas tiene costumbres fijas, sale con el perro por la mañana y por la tarde. Hace la compra una vez a la semana y de vez en cuando vuelve con una bolsa colgando del brazo, siempre del mismo supermercado.
La pelirroja no saca al perro ni hace la compra. Siempre sale en coche, últimamente en el de la inmobiliaria de su sobrina, o en taxi, nunca a pie. No parece que trabaje, su horario es demasiado irregular. Y su aspecto, demasiado elegante. Cualquiera sabe cómo y cuándo ganaron el dinero del que disponen. Si fueran ricas, no alquilarían esa casa vulgar; tampoco si fueran pobres.
El vigilante es propietario de la casa en la que vive, y las personas adultas que no han sido capaces de comprarse una le resultan sospechosas. Él la ha comprado con el sudor de su frente, a costa de pasar mucho tiempo en los lugares más peligrosos a horas intempestivas. La muchacha que trabaja en la inmobiliaria es su única descendiente, circunstancia que siempre tiene presente cuando ella lo visita. A decir verdad, desde que comenzó a vigilar a sus vecinas agradece más las esporádicas visitas de su sobrina, que le aportan información. Por eso sabe que el nombre y los apellidos de quien alquiló la casa son franceses. El vigilante opina, sin embargo, que la de la capucha tiene aspecto de emigrante.
No cree que pertenezcan al mundillo político, aunque al principio barajó esa posibilidad. Quizás la de la capucha sí, pues viste con la dejadez propia de esa gente, tiene aspecto de marimacho, pero la pelirroja no, de ninguna manera. Eso sí, la de la capucha habla euskera, al menos así lo hizo con un trabajador que llamó a su puerta. Fue en verano, cuando la rodilla todavía le permitía salir a la calle, y al volver de la visita del médico oyó a la de la capucha y al obrero hablar en euskera. Siempre ha pensado que tiene facilidad para distinguir diferentes formas de hablar, ventajas de haber nacido y vivido cerca de la frontera. Aquella vez hablaban en euskera, pero no le dio tiempo de identificar a qué zona pertenecía su dialecto.
Nada más entrar en la inmobiliaria, la vendedora habitual la saluda sonriente, pero la pelirroja le indica que desea hablar directamente con su jefe. Es una experta en suavizar, endulzar lo que cualquiera podría tomar a mal. Al poco, está en un pequeño despacho que hay a la izquierda, donde un hombre con barba le tiende la mano desde el otro lado de la mesa.
Ambos se sientan, intercambian las banalidades de costumbre, el tiempo, las próximas elecciones. Poco a poco, la conversación se centra en el mercado inmobiliario. Ella cree que hay muchas casas en venta que permanecen así durante largo tiempo a falta de compradores. Él asegura que la inestabilidad ofrece muchas posibilidades a quien busca casa, pero el mercado se está recuperando, aunque sea lentamente.
Finalmente, la conversación llega al punto que interesa a la mujer, la casa de los pinos. Expone sin ambages que esa es la casa que ha elegido y que tiene prisa en realizar la compra. El hombre responde que es una buena oportunidad, pero no exenta de problemas, ya que hay una complicada herencia de por medio y los herederos no se llevan bien. Haciendo caso omiso de los inconvenientes, la mujer realiza una oferta, señalando que el único problema es fijar dónde y cuándo realizar el pago, ya que dispone del dinero necesario sin recurrir a préstamos o hipotecas bancarias. El barbudo se compromete a hablar con la propiedad. Le gustan los clientes que exponen claramente qué buscan y no se dedican únicamente a curiosear.
Sale de la agencia y, casi jadeante, toma el camino hacia la playa. Sabe que habrá poca gente, así que, a pesar de llevar zapatos de tacón, se dirige hacia allí. Antes de ver la arena, le llega el salitre marino junto con el rumor de las olas. Algún surfista aislado y gente que pasea al borde del mar con sus perros. Se sienta en el pretil e inmediatamente se quita primero los zapatos y después, con mucho estilo, las medias. La frescura de la arena calma su respiración y alivia sus pies doloridos.
Desde allí contempla la danza del mar. Fija la mirada en el punto en que las olas se desvanecen en la arena. Le gustan esas olas suaves, no las que estallan contra el viento.
Se quita el abrigo y echa a andar hacia el mar. Siente que el uniforme que hasta entonces le resultaba cómodo empieza a molestarla, sobre todo los zapatos. Apenas llega hasta la orilla, no quiere que el agua salada le salpique la ropa, tan solo quiere refrescarse los pies.
La mujer sale de casa a primera hora de la tarde, como siempre con la capucha puesta y, como casi siempre, echa a andar cuesta arriba, con la seguridad del peregrino que conoce su destino. Sopla un viento frío de poniente, pero aun así el ambiente es agradable. Piensa en el bulto de la galería, cuya imagen se superpone al resto de la casa.
