La última guerra en la Tierra - Horacio Wallace - E-Book

La última guerra en la Tierra E-Book

Horacio Wallace

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En el año 2071, los pocos miles de sobrevivientes de la Tercera y Cuarta Guerra Mundial que escaparon del apocalipsis, la radiación y el contagio, hallaron refugio y recursos en la selva montañosa de los Andes orientales, donde lograron desarrollar nuevamente la civilización y una sociedad avanzada y pacífica, pero luego se vieron amenazados por inmensos ejércitos invasores que llevaron la muerte y la destrucción hasta sus calles y campos. ¿Logrará la humanidad sobrevivir a una nueva y devastadora guerra?

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Seitenzahl: 399

Veröffentlichungsjahr: 2022

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En el año 2071, los pocos miles de sobrevivientes de la Tercera y Cuarta Guerra Mundial que escaparon del apocalipsis, la radiación y el contagio, hallaron refugio y recursos en la selva montañosa de los Andes orientales, donde lograron desarrollar nuevamente la civilización y una sociedad avanzada y pacífica, pero luego se vieron amenazados por inmensos ejércitos invasores que llevaron la muerte y la destrucción hasta sus calles y campos. ¿Logrará la humanidad sobrevivir a una nueva y devastadora guerra?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última guerra en la tierra

Primera edición electrónica: junio de 2022

 

© Horacio Wallace, 2022

© Paracaídas Soluciones Editoriales S.A.C., 2022

para su sello editorial Narrar

APV. Las Margaritas Mz. C, Lt. 17,

San Martín de Porres, Lima

http://paracaidas-se.com/

[email protected]

 

Composición: Juan Pablo Mejía

Ilustración de portada: Isaac Quispe

 

ISBN ePub N.° 978-612-48825-3-1

 

Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio sin el correspondiente permiso por escrito del autor.

 

Producido en Perú.

 

 

 

 

 

A mi familia

PARTE I El nuevo mundo

 

1. Sueños

 

 

 

—¿Quiénes son? ¿Qué quieren de mí?

—Queremos advertirles. Sobre el peligro que se acerca.

—¿Cuálpeligro?

—Lo sabrán pronto.

—Pero, ¿yo que tengo que ver en todo esto? ¿Por qué me hablan?

—Porque tú debes llevar el mensaje.

—¿Cuálmensaje? ¿Adónde?

—A los demás, a todos. Debes decirles que se preparen, que la invasión es inminente.

—¿Infectados? No hay por aquí, desde hace mucho. Estamos seguros ahora.

—No lo están. Un gran peligro viene hacia ustedes. Deben luchar y resistir con todas sus fuerzas.

—¿Y por qué me dicen esto a mí? ¿No debería ser otra persona la que sepa esto?

—No. Tú debes hacerlo, solo tú. Eres especial, Tania, por eso confiamos en ti.

—Pero si solo tengo dieciséis.

—Lo harás bien.

—Yo no sé cómo...

—Debes hablar con los que toman las decisiones.

—Los demás no me creen, piensan que estoy loca.

—No lo estás, es todo lo contrario. Eres mejor que los demás, por eso hablamos contigo.

—¿Porque soy diferente? ¿Por eso lo soy?

—Sí. Eres única. Aquí.

—¿Aquí?

—Hay otros como tú.

—¿Quiénes son?

—Otras personas, igual o más brillantes.

—Quiero conocerlos.

—Eso será luego.

—De acuerdo, lo intentaré de nuevo —respondió luego de unos segundos—. Lo más probable es que no me creerán. Pensarán, como siempre, que me volví demente y que necesito tratamiento y medicación.

—Te creerán, cuando vean que lo que dices es cierto. Pronto lo verán.

—¿Moriránpersonas?

—Sí.

—¿Habráotra guerra?

—Sí.

—¿La quinta?

—La última. La última de todas.

 

2. Tania

 

 

 

Tania se sentó a la mesa aún somnolienta y se sirvió una taza de café. Vasily, su hermano menor, devoraba su desayuno mientras su madre se movía ajetreada por la cocina. Su padre y Sasha, su hermano mayor, habían vuelto de llevar a pastar al ganado por el campo que daba al río, y luego de lavarse se sentaron con ellos para desayunar. Yanko y Katerina, él ruso y ella ucraniana, se conocieron en San Pedro, unos años antes del nacimiento de Sasha. Ambos llegaron durante la última gran migración, y aunque partieron juntos en el mismo barco desde Vladivostok con un gran grupo de refugiados luego de cruzar Siberia, recién se hicieron amigos en la facultad. Eran parte de la numerosa comunidad rusófila que habitaba en el refugio, y al hablar el mismo idioma y compartir intereses comunes, fue imposible que no se gustaran y que a los pocos meses fueran novios. Ambos botánicos, compartían la pasión por el trabajo en la granja, la vida en el campo y el amor por sus hijos. Yanko era un agricultor y ganadero a tiempo completo, y Katerina alternaba el cuidado de su familia con la investigación, principalmente desarrollando nuevas técnicas para mejorar el cultivo de bananos y otros frutales.

—Yanko, hoy debo ir al monte contigo para ver mis plataneras.

—Sí, Katya —como le decía cariñosamente.

—Me tienen preocupada. Debemos contar con otro cultivo más que nos permita llegar a la cuota, cuando nuestra producción de maíz baje durante la temporada de lluvias —dijo, y se sentó con ellos.

—Lo sé, iremos por la tarde. Ahora parece que va a empezar a llover.

—Gracias, cariño. Me preocupa no poder cumplir. Es nuestro compromiso, nuestra palabra...

—No, Katya —la interrumpió suavemente—, eso no debe preocuparnos tanto. Comida hay, y también reservas suficientes. Nuestra producción es buena, estamos bien.

—Lo sé, pero nosotros somos expertos, debemos ser mejores.

—Lo haremos, sin duda. La próxima cosecha de maíz será mucho mejor que la anterior. Y la de bananos también.

—Espero que sí. Confío en ustedes. —tomó un sorbo de café y miró cariñosamente a Sasha, su hijo mayor, quien le devolvió la sonrisa mientras atacaba su desayuno con hambre feroz.

Luego de un momento, Yanko cambió abruptamente el tema de conversación.

—Tania, hija, ayer tuviste pesadillas nuevamente. Te oí hablando y discutiendo en medio de la noche.

—No quiero hablar de eso. —y cruzó los brazos, aún con cara de sueño y despeinada.

—No te estarás volviendo loca, ¿verdad, hermanita? —dijo Sasha con sarcasmo.

Ella lo miró molesta.

—¡Sasha! No digas eso. ¡Tú no! —replicó Vasily.

—Lo siento, Vasily, era una broma. —miró a su hermana—. Lo siento, Tania.

Ella seguía mirándolo, pero relajó la expresión.

—Hija, pude escuchar algo de la «conversación» que tenías. Por lo menos lo que tú decías —continuó su padre—. ¿Más sueños de guerra?

Tania lo miró, aún de brazos cruzados.

—No quiero hablar de eso.

—Somos tu familia, puedes contarnos. Nadie te conoce como nosotros —le dijo Katerina con cariño.

Respiró hondo. Confiaba en ellos, naturalmente, y aparte de las bromas que pudiera hacer Sasha, sabía que la iban a escuchar, y sin juzgarla.

—No son pesadillas, papá. Algunas noches, cuando estoy dormida, unas voces me hablan, y me despierto. Escucho voces y veo cosas. Cosas sobre el futuro.

Hizo otra pausa y los miró, atenta a su reacción.

—¿Cuáles voces? —preguntó Yanko.

—No lo sé —respondió, mientras se ponía nerviosa—. Solo sé que me hablan, y yo les hablo, y estoy despierta, no estoy dormida, no es un sueño, por lo menos no lo parece, no hablo sola, es muy real... no puedo estar hablando sola... pero, la verdad, no lo sé... ¡no sé!... —y se echó a llorar.

—Tranquila —le dijo su mamá mientras le cogía la mano—, te creemos.

—¿En verdad me creen? ¿No piensan que estoy loca? ¿O que todo es parte de mi gran imaginación, o que realmente son solo pesadillas? Porque estas personas, estas voces, me hablan de problemas, de guerra, y veo cosas, veo destrucción, fuego y sangre, sangre por todos lados.

La familia la observaba con asombro.

—No, no. Estos sueños son por algo. Esto es parte de ti, de tu fuerza —dijo su madre—. Tienes algo que no lo tienen los otros. Eres más inteligente que los demás, incluso mucho más que nosotros. Y tienes esta percepción, este don maravilloso de saber cuándo algo va a salir mal. Lo veo en ti desde niña.

—No lo sé, mamá, no estoy tan segura de eso, y todo esto me trae problemas. En la escuela, en el pueblo. No debí hablar en la plaza, desde ese momento todo cambió. Piensan que perdí la razón o que es puro invento mío para llamar la atención.

Sasha soltó una risita.

—Lo siento —dijo Sasha—. Pero sí, tienes razón, no debiste hablarle a los del pueblo. Y menos decirles que nos vamos a morir todos si es que no empezamos a fabricar armamento en cantidades. Antes de eso debiste hablarlo más con nosotros.

—Tania, en este pueblo lo mejor es hacer cada uno su vida, sin llamar la atención —dijo Katerina—. Allá abajo hay muchos tontos que hablan y hablan y saben poco. No vale la pena escucharlos.

—Sí, no lo volveré a hacer, ya lo sé. Pero, ¿y en la escuela?

—Así es la vida en la escuela —dijo Sasha—, siempre hay compañeros molestos. Lo mejor es ponerlos en su sitio a la primera. No es difícil, como Vasily, que ya se agarró a golpes con dos chicos mayores la semana pasada —y empezó a jugar con el menor de los hermanos lanzándole golpecitos de mentira, que le respondió con alegría de la misma manera—. Por defender a su hermana, ¡todo un héroe!

Tania miró a Vasily y estiró su mano para cogerle el brazo con cariño. Le dijo gracias con la mirada.

—¡Le voy a sacar la mierda a cualquiera que diga algo malo sobre ti, así sean más grandes! —exclamó el chiquillo con energía, y todos rieron.

—¡Vasily! —le increpó su mamá—. No hables así. No queremos que te suspendan de nuevo, y menos por belicoso.

Vasily no se disculpó. Seguía sonriendo. Que Sasha hubiera mencionado nuevamente su reciente hazaña lo llenaba de orgullo, ya que el asunto se había enfriado luego de unos días y le parecía que era muy pronto para que todos lo olvidaran.

—Tania, y estas voces, dices que te dan mensajes, ¿y te piden que hagas algo? —volvió Yanko con el tema que más le preocupaba.

—Sí, papá. Me piden que transmita los mensajes. Imagino que a los militares, o a algún consejero.

—¿Y qué clase de información es esa? —indagó nuevamente.

Tania los miró un momento.

—Que debemos prepararnos, que nos armemos, que el peligro se acerca, y que nos atacarán con fuerza. Que habrá otra guerra, y que muchos morirán.

—¿Una guerra?, ¿contra quién? —preguntó Katerina—. Vivimos en paz hace mucho, y los infectados... —y en eso dejó de hablar.

Todos miraron a Tania. Ella asintió.

—Vienen por el oeste.

—Es imposible, los tienen a raya, no pasan de las fronteras —replicó su madre, después de un momento de silencio general.

—Los cazadores están acabando con los últimos que quedan —añadió Vasily, que, como casi todos los chiquillos de su edad, tenía a aquellos intrépidos guerreros de las montañas como sus héroes favoritos.

—No puede ser cierto. Espero no lo sea. ¡No más guerras, por Dios! Aquí vivimos bien, no podemos salir a buscar otro refugio. Lo más probable es que este sea el mejor lugar donde vivir, donde cultivar... —dijo Katerina con preocupación.

Tania miró con cara de sospecha a su padre y hermano, que permanecían en silencio.

—Ustedes saben algo, por eso no dicen nada. No les asombra tanto, lo veo. Deben haberlo sabido durante sus excursiones a la cordillera —les dijo Tania son seguridad.

Sasha y Yanko se miraron.

—Sí, es verdad —dijo Yanko después de una pausa—. Siempre hemos escuchado todo tipo de historias sobre los infectados, que nos cuentan los cazadores en las fronteras, cuando algunas veces nos alojamos con ellos.

—Vienen principalmente del oeste, y otros más desde el sur, y cada vez son más —agregó Sasha—. Hasta hemos visto cómo cazaban a algunos desde grandes distancias. Allá hay excelentes tiradores.

—Ustedes lo supieron todo este tiempo, y sin embargo no dijeron nada —les dijo Katerina—. Sé que lo ocultaron para protegernos.

Ambos asintieron con amor.

—Y Tania lo presentía, o lo empezó a saber, desde que comenzaron estos sueños, o conversaciones —dijo Yanko.

—Pero lo que dices es muy diferente a lo que hemos visto o escuchado —dijo Sasha—. Hablas de guerra, y eso no es lo que sucede ahora. Tiene que ser otra cosa, mucho más grande, con una fuerza muy superior, para que puedan superar nuestras defensas.

—Confiamos en los cazadores, y también en el ejército. Y en nosotros mismos. Los mantendremos fuera, como siempre. ¡No pasarán! —exclamó Katerina, tratando de mantener la esperanza en la familia.

—Parece que esta vez será diferente, Katya —le dijo Yanko, y luego se dirigió a todos—. Lo mejor que podemos hacer es lo que mejor sabemos hacer. Y eso es prepararnos. Para todo, para lo que venga, para lo que pase. Para lo que no se nos ocurra que pueda pasar. Lo venimos haciendo en esta familia desde siempre, y es lo que toca ahora. Pensemos en que tenemos suerte, ya que en verdad creo que nosotros, los cinco, debemos de ser unos de los pocos civiles que sabemos lo que realmente está pasando.

—Y si, además, consideramos como cierta la información de los mensajes que recibe Tania, tenemos una idea mucho más clara de lo que pasará en los siguientes meses. Siempre has predicho cosas y la mayoría de veces han resultado como lo dijiste. Ahora también debemos tomar muy en serio lo que dices, Tania —agregó Katerina.

—Exacto —respondió Yanko—. Y esa valiosísima ventaja, la de contar con esta información antes que los demás, nos da el tiempo necesario para actuar, para idear un plan, así podremos asegurar nuestra protección y acumular víveres y las demás cosas que necesitaremos para cuando las cosas se pongan realmente mal.

—Ay no, qué problema. No necesitamos esto, ahora no, después de tantos años de paz y desarrollo... —expresó Katerina con nerviosismo.

—Tranquila, mamá —le dijo Tania cogiéndole la mano—. También me dicen que hay esperanza, que la vida continuará, y que habrá paz después de la guerra.

Yanko asentía levemente mientras las miraba.

—Qué bien —dijo Katerina—. Al final parece que son buenas voces.

—Sí, mamá. Se siente así. Siento que nos quieren proteger, y es lo que me dicen, por eso nos están advirtiendo.

—Está bien, solo eso quería saber. Por ahora —dijo su padre, mientras se recostaba en la silla y sacaba su estuche de cuero para armar un mapacho, un cigarro de tabaco negro y fuerte que aún fumaban los rurales y soldados—. Ahora terminen su desayuno, que tú y tu hermano deben ir a la escuela y nosotros tenemos trabajo en el corral. Ya iremos pensando en un plan en los siguientes días.

—Sí, papá —dijeron los tres.

Tania decidió no ir al colegio ese día y salió al pórtico de su casa, tapada con una pequeña y delgada manta, y se sentó a mirar el amanecer. Le gustaba mucho esas horas del día, cuando el refrescante frío de las alturas en las mañanas hacía la respiración helada y se podía sentir en la punta de la nariz, las orejas, las manos y las mejillas. Además, ese día iniciaba hermoso, con el sol saliendo sobre la Cordillera del Omagua, de montañas bajas, adentrándose en las nubes rechonchas que venían de la Amazonía cargadas de lluvias, formando un paisaje aéreo de bellos colores.

Tenía que pensar. Quería pensar. Aún no sabía qué hacer. Estas «conversaciones» eran cada vez más frecuentes, y los mensajes, cada vez más insistentes. Era obvio que, si tenía que hacer algo, si ellos querían que hiciera algo, debía ser pronto. Por lo menos sentía que debía empezar a hacerlo, lo que fuera a hacer. No quería repetir el gran error de hablarle nuevamente a las personas del pueblo. Ni siquiera al consejo local. Ellos no iban a entender. Eran gente simple y cerrada, a la que solo le interesaba mantener su lenta vida campechana, sin preocuparse por lo que ocurría en el resto del mundo. O lo que quedaba del mundo.

Pensaba en cómo alertar a las personas correctas, sin alarmarlos tanto, por lo menos al inicio, y sin hacerlos creer que lo que debía contarles era tan increíble que lo más probable es que creyeran que no fuera cierto. Esa mala característica instintiva de los humanos para ocultarse a ellos mismos la verdad cuando esta es muy dura de aceptar.

Si ella era tan inteligente como decía su familia —principalmente su mamá, que lo repetía siempre, para que le quede superclaro que, en eso, era mucho mejor que los demás, mejor que todos—, era el motivo porque el que, quizás, por algo estaba pasando todo esto, pensó. Sabía que podía ser que fuera un poco más lista que sus compañeros del colegio, y seguramente también que los habitantes de Maizal, y era probable que entendiera mejor que su familia algunas cosas del mundo. Quizás por eso fue elegida para recibir y transmitir estos mensajes.

Y sabía que era culta, muy culta. Eso era porque le gustaba leer y era sumamente curiosa. No podía soportar no saberlo todo sobre algo, cuando sobre algo no sabía mucho. Inmediatamente buscaba información para saciar su curiosidad, absolver sus dudas, o revisar o profundizar en lo que rondara por su cabeza en esos días. Y, después de informarse rápidamente, para tener las ideas o hechos generales claros, empezaba el estudio del tema. Un estudio largo y serio. Devoraba libros, cantidades de libros, de antes de las guerras y también los nuevos, sobre todo tipo de tópicos. Podía leer sobre algún tema de ciencias, y al saciar su hambre de conocimiento sobre el asunto, pasaba a, por ejemplo, estudiar la historia de un país determinado, o los principios de alguna antigua tendencia política, o las causas para el inicio de un conflicto. Y le encantaban las biografías. Disfrutaba conociendo la historia de cómo una persona llegó a ser alguien importante, ya sean científicos, inventores, políticos o deportistas, o como así una banda o cantante de pop llegó a ser estrella, hasta como un pequeño emprendimiento de garaje se convirtió en una marca que dominó el mercado global.

Y, además, sabía expresarse con claridad. Debía ser también por eso que la eligieron. Pero hablar de estos temas con la familia, o a los del pueblo, era una cosa, y llevarlo a, por ejemplo, el Primer Consejo, y ser persuasiva para que le creyeran, y, lo más importante, para que actúen, era una cosa muy diferente.

Sí, al Consejo; sabía que era lo mejor, allí debía ir. No podía perder tiempo explicando cosas a gente sin criterio ni poder de decisión en los temas que importan. Sabía que lo mejor era saltarse los pasos, flanquear la burocracia, y llegar directamente a quienes debía llegar. Al Primer Consejo. Y a los militares. Al Consejo y a los militares.

¿Pero cómo iba a hacerlo?

 

3. Crimen

 

 

 

—¿Lo tienes?

—Shh... —No lo pierdas.

—No.

Jake respiraba lentamente y había bajado el ritmo cardíaco. Toda su atención estaba en el trogón de cola negra al otro lado de la mira. Eran trescientos metros, y el ave no paraba de saltar de rama en rama.

—Soy una piedra, no me muevo —se dijo a sí mismo en silencio, y unos segundos después jaló el gatillo.

El disparo retumbó en el bosque, ahuyentando a las aves que había en la zona. Aunque pocas, fue todo un espectáculo verlas alzar vuelo juntas.

—¡Bien! —exclamó Harry, que también observó por la mira de su rifle cómo el ave se desplomaba hacia el suelo, dejando un remolino de plumas durante su caída.

—Vamos rápido.

Salieron de su escondite y bajaron apurados la quebrada. Corrieron por el arroyo, saltando de piedra en piedra, hasta llegar a un recodo, debajo de un árbol grande de pacay, donde el ave roja y negra yacía muerta sobre la orilla. Harry se acercó y la levantó cogiéndola de una pata.

—Le diste en el cuello. El pájaro está entero.

—Trescientos metros. Tengo el nuevo récord —dijo Jake orgulloso, y se dieron un golpe de puños—. Ya van a empezar a buscar al que hizo el disparo. Salgamos de aquí.

Jake sacó un paño de tela y envolvió al ave, para después amarrar el paquete al exterior de su mochila. Llenaron sus cantimploras en el arroyo, y de inmediato se internaron corriendo en el bosque. Ambos conocían los graves problemas en los que se podían meter si los descubrían. Matar a un animal silvestre era un crimen mayor, y el castigo era casi igual a como si hubieran robado o hasta asesinado a alguien. Además del repudio de todos. Pero eso al final no les importaba tanto. En realidad, no se arrepentían. Al contrario, tenían una deliciosa cena por delante, y habían demostrado una vez más que eran excelentes cazadores, aunque el reconocimiento tuviera que darse solo entre ellos mismos.

Antes ya habían logrado salirse con la suya, evadiendo hábilmente las acusaciones con coartadas bien elaboradas que hacían creíbles, con actos de magia como aparecer en el pueblo desde la dirección opuesta al disparo solo unos minutos después de haberlo realizado. Su agilidad y el conocimiento del terreno les permitía cruzar rápida y sigilosamente a través de los senderos ocultos en el bosque de montaña, para luego llegar por el otro extremo, respirando tranquilamente, como si nada hubiera pasado, lo que desconcertaba a sus acusadores, dejándolos sin argumentos y mucho menos con evidencias para cargarles la culpa. Por esto también estaban orgullosos, por haber evadido siempre las acusaciones. Sabían que estaban fuera del sistema, que no pertenecían, que los acuerdos no aplicaban para ellos. Por eso vivían como vivían, libres y errantes. Eran los dueños del bosque, y también de sus vidas y destinos. Los árboles eran sus tronos y la selva su reino.

Jake y Harry eran huérfanos. Sus padres murieron durante la última gran migración, diecisiete años atrás. Fueron acogidos por la Cruz Roja al llegar a Panamá y desde allí continuaron el viaje hacia la costa sur del Pacífico en un barco cargado de pequeños refugiados como ellos. Al llegar a la costa de lo que antes se conocía como el Perú, abordaron buses repletos de mujeres y niños, que al igual que la mayoría de inmigrantes, cruzaron la cordillera por el paso Tingo.

Cuando finalmente alcanzaron su nuevo hogar, fueron acogidos por una comunidad de artistas, que ya tenía muchos años allí. Al principio fueron atendidos por un grupo de mujeres, que los trataron y cuidaron bien, compartiendo su custodia con la de sus propios hijos. Pero a los pocos meses fueron trasladados a otra comuna, donde rápidamente percibieron que se cometían abusos contra algunos niños que allí vivían, todos huérfanos como ellos. A los pocos días de arribar a su nuevo hogar, y antes de que los recién llegados, incluyendo a ellos dos, hubieran sido invitados a «cenar» con el «maestro» para «darles la bienvenida», un grupo de chicos mayores que ya tenían algún tiempo allí planearon una fuga, y se organizaron para abandonar a sus captores.

La oportunidad se presentó la siguiente noche durante una sesión de ayahuasca que realizaban los adultos, aprovechando la oscuridad de su viaje psicodélico para atacarlos con cuchillos dentro de su maloca, matando a dos mujeres y a cuatro de los líderes varones de la secta. Escaparon hacía lo profundo del bosque, selva adentro y montaña arriba, y junto al grupo de niños que lograron huir, se las ingeniaron para sobrevivir con lo poco que la naturaleza les podía proveer para comer y refugiarse.

Esto pasó cuando tenían solo cuatro años. Ahora, ya con veinte cada uno, sabían que habían mantenido su promesa, la de no volver a confiar en nadie y de siempre ver por ellos mismos. Permanecieron en el bosque, alejados de la ciudad y de los pueblos, a los que solo se acercaban de vez en cuando para la feria de los sábados, cuando tenían algo para intercambiar por víveres, ropa, utensilios o algunas armas pequeñas, como cuchillos y hondas, y la tan necesaria munición, que sabían conseguir fácilmente en el mercado negro.

Así, durante todos esos años, habían aprendido a sobrevivir como podían. Eran nómadas y ermitaños a la vez. Acampaban donde se les ocurría e iban hacia donde los llevara el camino. Vivian un tiempo aquí, y otro allá. Conocían bien el valle, en toda su extensión, con sus cientos de senderos dentro del bosque de montaña de la selva altoandina, todos sus miradores, ríos, quebradas, lagunas y cataratas.

Y la necesidad los había hecho buenos cazadores. De niños nunca escucharon acerca de los acuerdos sobre la prohibición absoluta de caza de animales silvestres, por lo que dieron rienda suelta a su instinto y buen apetito, matando y cocinando todo lo que se moviera. Aprendieron ellos mismos a pescar, a colocar trampas, a cazar con flechas y lanzas, con redes y hondas, y también hasta con las manos, si es que llegaban a atrapar a algún animal desprevenido.

Ingerían toda la cadena alimenticia presente. Cazaban aves de todos los tamaños y colores, que era lo que más había, y también pequeños roedores, serpientes y lagartijas. Antes no se veían muchas serpientes en esta región, debido a la altitud y el frío por las noches, pero ahora las serpientes se habían mudado a la parte alta de la selva desde la parte baja, escapando del Amazonas semideforestado.

Jake y Harry también eran muy hábiles pescando. Utilizaban cañas, redes y atarrayas con destreza, por lo que nunca les había faltado pescado, y hasta tenían para poner algunos a salar y secar para luego intercambiar en la feria, o para comer cuando la caza o pesca del día fuera baja. Recogían las frutas, vegetales y tubérculos silvestres que encontraban, y, además, aprendieron a distinguir cuales plantas podían usar y cuáles debían evitar, y también conocían acerca de las propiedades curativas de algunas hojas, cortezas y raíces nativas de la zona. Eran expertos pronosticando el clima, los vientos, las lluvias, las tormentas y las temporadas secas, y sabían aprovechar bien las características del terreno para encontrar refugio cuando hubiera mal tiempo.

La selva les daba todo lo que necesitaban.

Y lo demás lo tomaban. Por ello eran conocidos como pillos. Pero ninguno de los dos lo veía así. Lo que hacían era simplemente buscarse la vida y sobrevivir, ya que les bastaba con lo mínimo necesario. Si de vez en cuando recogían algunos vegetales en algún campo que se cruzara por su camino, no lo veían mal, eran solo frutas y verduras, que se iban a malograr en pocos días y de las que había bastante.

Pensaban que los demás eran unos tontos por tener esos acuerdos absurdos que regían sus vidas y no les permitían ser libres; que los obligaba a cumplir cuotas de producción, les decía qué comer, cómo pensar, cómo hablar, y qué utilizar como fuente de energía. El sistema que no les dejaba más alternativa que vivir en comunidad. Y se aprovecharon de esa sociedad de buenos modales y palabras, pero de escaso pragmatismo. Disfrutaban de algunas de las ventajas del sistema, de la máquina, como le decían, pero sin formar parte de ella. Hasta algunas veces, cuando eran invitados a cenar con alguna buena familia compasiva, utilizaban las conversaciones que tenían con ellos para formarse una idea más completa de la gente del mundo en el que vivían.

Y no querían ser como ellos, de eso estaban seguros.

Abrieron los ojos al sentir el ruido del cerrojo del rifle y vieron a un gordo grande de barba y camisa a cuadros parado frente a ellos, que les apuntaba con sus propios rifles.

—¡Hey! Arriba. Levántense —les dijo un señor canoso, también con camisa de leñador, mientras pateaba sus pies—. Están arrestados.

Los encontraron al amanecer, dormidos y rodeados de plumas y huesos de trogón. A pesar de haber acampado en la cima de una montaña y de haber tenido cuidado de prender el fuego recién después de medianoche, para no llamar la atención, los habían hallado. Seguramente los habían buscado toda la noche. Al parecer estas personas no iban a permitir que los asesinos de un trogón quedaran impunes.

Sabían que esta vez iba a ser muy difícil librarse del castigo.

Jake y Harry salieron de sus bolsas de dormir y se pararon. Pensaron que solo eran cuatro campesinos locales y quizás pudieran huir. Pero todos llevaban armas, por lo que vieron que lo mejor era esperar, quizás se les ocurriera algo en el camino para librarse de la situación.

—Vamos. Van a ser juzgados en el pueblo.

—La encontramos muerta.

—No les creo. Les llegó su hora, ahora sí.

Los dos se miraron con cara de «la cagamos». Sabían que habían sido descuidados. Se quedaron dormidos antes de limpiar bien el campamento. Dejaron pruebas. Tenía que ser por haber masticado raíz muy tarde. Mucha y muy tarde. Por eso se durmieron tan profundo, por sus efectos.

—Solo son aves que vienen del norte y luego se van.

—Para nosotros es comida, señor. Vivimos de lo que el bosque nos da. De lo que podemos encontrar, como este trogón.

—No me lo digan a mí. Tendrán la oportunidad de explicárselo a todos. Sus cosas se quedan aquí como evidencia. Vamos, caminen.

 

4. Condena

 

 

 

Luego de tres horas de camino llegaron a Maizal, un pequeño poblado de doscientos habitantes, que, sumado a los rurales que vivían en las laderas de las montañas, llegaban a no más de cuatrocientos pobladores. Se ubicaba a veinte kilómetros de la ciudad, y al estar alejado de esta, pudo mantener su estilo de vida tradicional, lento y pausado, sin apuros, típico del campo. Y en el pueblo también eran muy conservadores. Creían firmemente en los acuerdos, los respetaban y honraban cada día, y esto los hacía inflexibles, personas fieles a sus convicciones. Y casi siempre dictaban culpabilidad en los acusados, por eso los procesos eran muy rápidos. A los criminales los preferían lejos, en la frontera, ya que pensaban que, si alguna persona había levantado sospechas de realizar algún acto que deshonrara los acuerdos, por algo debía de ser, lo más probable es que fuera culpable. Un miembro de su sociedad no podía ser sospechoso. Menos un criminal. Y, seguramente, iban ser muy duros para con un par de mata aves en extinción con fama de bribones que no eran parte de su comunidad.

Pasaron la mañana en una celda dentro del consejo local. Los voceros, los líderes administrativos del pueblo, se reunieron desde temprano con los acusados para escuchar sus descargos y armar el caso. Por la tarde se dio inicio al consejo abierto, donde estaban ubicados expectantes en la plaza los residentes del pueblo y unos cuantos más que habían llegado de las chacras cercanas al enterarse de la captura de los asesinos del trogón de cola negra. La plaza estaba llena. Estos eventos eran los que los pobladores más celebraban y disfrutaban. No había nada más divertido que ver a alguien caer en desgracia, en vivo y en directo.

Los voceros tomaron asiento en el estrado y, luego de unos minutos, golpearon el martillo, lo que hizo que los asistentes guardaran silencio, y pronto se dio inicio al proceso. Jake y Harry estaban de pie frente a ellos, en silencio, mirándose entre sí de vez en cuando y a la multitud allí reunida.

El vocero de mayor edad se dirigió a la audiencia en tono solemne.

—Ciudadanos, estamos reunidos hoy, para decidir si los dos detenidos aquí presentes, Jake Mayer y Harry Krasinsky, sin padres conocidos ni residencia alguna registrada, son los culpables del asesinato de un trogón de cola negra, hecho lamentable, ocurrido el día de ayer por la tarde en la quebrada del Toro.

Un murmullo recorrió la plaza.

—Los hechos son los que voy a exponer a continuación: a las cinco de la tarde del jueves once de marzo del presente mes, fue reportado un disparo en los alrededores de la quebrada del Toro. Algunos ciudadanos vecinos, alertados por el disparo acontecido, reportaron haber visto al ave caer desde un árbol de pacay. Esto concuerda con lo que vio el grupo de vigilantes cuando llegó al lugar, ya que encontraron plumas de trogón y sangre debajo del mencionado árbol, y huellas humanas que se adentraban en el bosque. Con estas evidencias, los vigilantes iniciaron la búsqueda de los criminales, resultando que, al amanecer, fueron ubicados en la cumbre del cerro Campana, en el sector seis, a tres horas de aquí. En ese lugar, encontraron a los acusados profundamente dormidos, rodeados de plumas y huesos de la infortunada ave.

El público se empezaba a agitar. Ya no era solo un murmullo.

Ambos aprovecharon el ruido para conversar.

—Ya nos cagamos.

—Puta madre, qué huevones.

—Quedarnos dormidos, sin haber limpiado...

—Masticamos mucha raíz.

—Sí, mucha y muy tarde. Pero teníamos que celebrar. Trescientos metros, y un delicioso trogón a la brasa.

—Igual, no debimos ser descuidados, lo sabemos bien.

—¿Y ahora?

—No lo sé. De seguro van a votarnos culpables.

—Sí. Fácil.

—Míralos, lo están disfrutando. Simples campesinos.

—Con sus putos acuerdos.

—Y se llaman a sí mismos ciudadanos.

—¡Silencio! —les gritó uno de los gestores de menor edad.

—También hallaron, en la escena del crimen, algunas raíces prohibidas, las que sabemos no están permitidas para ser consumidas, por los acuerdos que regulan el uso y posesión de substancias naturales psicotrópicas, y al parecer, por sus rostros, en el momento de su detención los acusados parecían estar todavía bajo sus efectos —continuó el vocero mayor.

Ahora sí el recinto estalló. Empezaron los gritos, incluso algunos agitando los brazos: «¡Asesinos!», «¡Criminales!», «¡Malditos!», «¡Van a pagar!».

—¡Ciudadanos, silencio! —exclamó otro de los voceros alzando la voz.

El vocero mayor golpeaba su martillo, lo que hizo que la multitud guardara silencio nuevamente.

—Se les acusa de los siguientes crímenes —continuó—. Primero: Deshonrar los acuerdos sobre la caza de animales silvestres. Segundo: Deshonrar los acuerdos sobre la utilización de armas de fuego. Tercero: Deshonrar los acuerdos sobre la utilización de fuego al aire libre en los bosques de montaña. Cuarto...

Fueron acusados de catorce cargos, entre ellos algunos tan banales como mentir y negar.

—Ciudadanos, prosigamos. —hizo una pausa—. Por los hechos antes expuestos, y con base en las evidencias mencionadas, además de hallar a los acusados en delito fragante, hechos que prueban con toda claridad su crimen, y que, sobre la base de los acuerdos de simplificación administrativa, se elimina automáticamente el derecho de los acusados a presentar su defensa ante el respetable. Por ello, el Consejo de Maizal procede a presentar la acusación, ya que considera que los detenidos, Jake Mayer y Harry Krasinsky, son los culpables del asesinato del trogón de cola negra, ave en vías de extinción, protegida por nuestros acuerdos. Y también se presenta la acusación de los demás delitos por los que se les acusa.

Los asistentes aplaudieron, estaban de acuerdo con la actuación de los voceros.

—Por consiguiente, pasaremos a votar.

Más aplausos.

Debido a la contundencia de las pruebas y la cantidad de delitos cometidos, los voceros decidieron que la votación sería a mano alzada. Para esto habían venido todos. Para votar, para decidir. Y esperaban con ansias poder expresarse. Expresar su cultura, sus creencias, expresar el castigo con el que esperaban medir a los que no fueran una parte positiva de su comunidad. De su pequeño mundo. Que no creyeran lo mismo que ellos, que era lo correcto. No entendían otra manera. La buena moral debía prevalecer, siempre. Y los acuerdos, tan importantes para vivir en sociedad, debían ser respetados y honrados. Todos lo habían decidido. Así debía ser. Nada podía existir al margen de los acuerdos. Ya había sido decidido, hace mucho, por todos.

La mayoría abrumadora decidió por votación casi unánime que eran culpables, de todos los cargos, los catorce.

La gente aplaudía, se abrazaba, entonaba cánticos.

Pero ambos estaban más atentos a la linda chica que los miraba con compasión desde un extremo de la plaza.

—Jake, mira, a tu derecha.

—Oh, Tania —ambos la miraron con cariño y le sonrieron.

—La dulce Tania. La más hermosa de todas.

—Y la más valiente.

—La mejor.

—Lo es.

—No es como las demás chicas del pueblo, ni como las de los otros pueblos. Mucho menos como las de la ciudad.

—Por eso nos gusta tanto.

—Las personas que hablan mal de ella son gente cojuda. No comprenden que Tania sabe. Sabe del peligro que viene.

—Nadie, o muy pocos, saben lo que sabemos nosotros. Además de los militares. Parece que solo ella lo sabe, o lo comprende, o de alguna manera lo presiente.

—Y nadie le cree. Se sienten muy seguros dentro de su nuevo y perfecto mundo.

—De lo que sí estamos seguros es que no la vamos a ver en mucho tiempo.

—La vamos a extrañar. Y eso que nunca hemos tenido el valor de hablarle.

—Es que es un ángel fuera de este mundo. No somos dignos, aún.

Ambos volvieron a sonreírle.

—Entonces, ¿ahora qué?

—De seguro nos enviarán a alguna frontera.

—A la milicia.

—¿Qué te parece eso?

—No suena tan mal.

—¿Verdad que no?

—Sabíamos que ese día iba a llegar.

—Y llegó, antes de lo que esperábamos.

—Seremos cazadores.

—Es nuestro destino. Todo lo que hemos hecho hasta ahora nos ha llevado hasta aquí. Todos los aciertos y errores.

—Conoceremos a Muller, a Alonso, a Silva, a los afganos.

—Y con suerte, combatiremos junto a ellos.

—Pero primero debemos ser elegidos.

—Seguramente nos enviarán mañana mismo a la base de entrenamiento. Y de ahí, si hacemos las cosas bien, iremos a la escuela de francotiradores.

—Y si la suerte nos ayuda un poco más, claro. Pero la suerte siempre ha estado con nosotros, ¿verdad? Y si no, pues la buscamos, como siempre lo hemos hecho.

—Sí, siempre, wayki.

 

5. Lukas y Laura

 

 

 

Ella se levantó, abrió las cortinas y se dirigió hacia la cocina. Al rato volvió con dos tazas de café y unas tostadas y se metió de nuevo en la cama. Era domingo y llovía, por lo que no había por qué salir. Iba a ser una linda y lenta mañana en la cama junto a él. Y, lo mejor, era que todavía les quedaban algunos días más, antes de que su amor volviese a la frontera.

Esa semana había sido maravillosa. Además de la licencia de cinco días de su esposo en la ciudad, hacía muy poco había sido elegida Primera Ingeniera del Consejo de Ciencias, la máxima autoridad en la materia, y su trabajo soñado. Esta posición le daba, además, el derecho a ocupar una silla en el Primer Consejo o, simplemente, el Consejo. Por esto estaba feliz. Y por la vida misma, por estar viva, y enamorada, también.

La doctora Laura Miller era descendiente de escoceses y llegó con solo siete años a San Pedro. Su familia había emigrado desde Gran Bretaña escapando del invierno nuclear que asolaba el norte de Europa por esos tiempos. Desde pequeña mostró interés por la ciencia, principalmente experimentando en casa con los sistemas CRISPR de edición genética, logrando resultados asombrosos con ratones, a los que lograba tornar fosforescentes, lo que a todos les parecía muy divertido. En la universidad se destacó en los primeros lugares y culminó la carrera con cuatro especializaciones en ciencias. Esto la llevó a trabajar desde joven en la Oficina de Ciencias Genéticas, primero como asistente de bóveda, para luego de una rápida y ascendente carrera, ocupar el puesto de Ingeniera de Edición Genética, la posición que más le interesaba y donde resaltó por sus investigaciones.

Sin embargo, se hizo conocida por elaborar el Manual de Edición Genética, el códex indispensable para desarrollar esta actividad de manera responsable luego de tantos años de caos y desorden, terminando así de una vez por todas con los tiempos de los desarrollos genéticos caseros o «artesanales», realizados por quien quisiera hacerlo para sí mismo o para otros, y de la manera irresponsable como se realizaban estos procedimientos en el pasado. Antes no existían límites, no había control, todo era muy caótico. Ningún gobierno pudo controlarlo antes de las guerras ni durante y luego de estas, y la situación se salió de control. Por ello el manual era indispensable. Y ella lo había elaborado, casi sola, casi todo, durante seis años de arduo trabajo. Era una genio en lo que hacía, por esto merecía esta posición, la más alta de todas en ciencias. Creía que existía una buena posibilidad de que el puesto fuera suyo en el siguiente cambio quinquenal de consejeros, y así fue.

El mayor Lukas Anders, su flamante esposo, era polaco de nacimiento y veterano de las últimas guerras, por ello había llegado al refugio ya de mayor, a los treinta años, luego del fin del último conflicto. Había combatido por la OTAN contra la Unión Islámica en el Medio Oriente durante la Tercera Guerra Mundial, luego fue parte de los ejércitos de mercenarios europeos que se formaron para acabar con las milicias que venían del África durante las Guerras del Agua, para al final tener que enfrentar las invasiones de infectados provenientes del oriente que se abalanzaron sobre Europa y el continente americano hace más de dieciocho años.

Pero había sobrevivido a todo esto y ello le había servido para aprender. Contaba con mucha experiencia en combate, por eso conocía bien al enemigo, y por esto se había ofrecido de voluntario como oficial para ser asignado a la milicia, donde iba a mantener contacto permanente con las hordas de infectados, allí donde se iba a sentir útil y donde su experiencia en combate iba a valer mucho. Su habilidad y lo efectiva de su estrategia defensiva le hicieron ganarse una buena reputación entre las tropas que luchaban en la frontera, y poco a poco fue escalando posiciones en la jerarquía militar hasta llegar a ocupar el cargo de mayor de la Milicia de Fronteras.

Lukas y Laura se conocieron por casualidad en un evento oficial, una reunión a la que ambos asistieron solos, y, luego de iniciada la conversación entre ellos, casi no se despegaron en toda la noche. Y desde allí estuvieron juntos, dos años ya, y en un impulso de pasión se casaron a los pocos meses de iniciar el romance, en una ceremonia pequeña a la que asistieron pocos invitados. Tomaron la difícil gran decisión a pesar de la distancia que los separaba durante la mayor parte del año.

A ella le gustaba su fortaleza, su serenidad y su carácter reservado. Y lo protegida que se sentía a su lado. La escuchaba con atención y le daba buenos consejos, algunos muy realistas para su gusto, lo que a ella le sonaba negativo y hasta un poco mandón, cuando lo único que quería era que Lukas le dijera que todo iba a estar bien y que hiciera lo que ella creyera correcto, y que siempre la iba a apoyar. Necesitaba sentirlo siempre presente, por más que pasara la mayor parte del año en la frontera, sin ninguna comunicación más que algunas cartas que intercambiaban por medio de los chasquis.

Pero la relación funcionaba así. Y Lukas adoraba a Laura. Le atraía su inteligencia, su pragmatismo, su determinación. Por eso la admiraba y la veía como la mujer más maravillosa. Por más que él era el mayor Anders, un oficial condecorado de la gloriosa Milicia de Fronteras, sentía que ella era superior. Que estaba en otro nivel, que hacía mucho más por el mundo que él y su banda de cazadores. No obstante, en realidad, no era eso, exactamente. Sabía quién era y lo que había vivido antes de llegar a San Pedro. Tantos años de guerras, tanta muerte. Había pasado por mucho, y era consciente de su fuerza y de lo que podía soportar.

Más podía ser que la elevaba demasiado. Veía la cantidad de cosas importantes que ella podía hacer en un día y eso lo asombraba, en comparación con la rutinaria y sosegada vida que llevaba en su base. Y esto hacía que la extrañara aún más. Y su belleza, ¡por Dios! Eso lo volvía loco. Era su debilidad. Cedía ante su sonrisa, ante su voz. Con sus besos. Con su aroma. Laura era apasionada y sensual, y eso le encantaba. Y a la vez tenía una vida dedicada a la ciencia, lo que le parecía aún más sexy, al agregar el componente de inteligencia. Y esto, su vida dedicada a la investigación científica, era también la válvula de escape que permitía que la relación funcionara. No había otra manera. Su asignación permanente a la frontera no iba a poder sostener otro tipo de relación.

Por eso, a ambos les parecía bien como habían decidido llevar las cosas. La falta de tiempo juntos, sumado a la restricción de las comunicaciones electrónicas, hacía que sea difícil, y hasta duro, mantener la conexión. Y aún más hacer que perdure. Pero se amaban. Y la pasión seguía encendida, muy fuerte. Y así funcionaba, por ahora. Luego ya verían. Ella esperaba que Lukas aceptara en algún momento algún cargo burocrático en el Consejo de Defensa, para poder estar juntos, en la ciudad. Sin embargo, sabía que eso era difícil, que no era realmente lo que él quería, y que más que eso, que tenía una misión que cumplir, protegiendo a los demás, y la hacía bien, y tampoco iba a abandonar a las tropas, a su querida milicia.

Pero ya verían, luego. Por ahora disfrutaban del momento.

Carpe Diem en su máxima expresión.

Estuvieron en la cama hasta las dos de la tarde, y luego de una ducha caliente juntos, se dirigieron a la cocina, prepararon una pasta rápida con vegetales y se sentaron a almorzar en la terraza. Lukas destapó un par de cervezas y las sirvió. Había dejado de llover hace rato, el sol se empezaba a ocultar detrás de la Cordillera del Oeste, y desde su casa la vista luego de la lluvia era espectacular. Por más que casi toda su vida la había vivido allí, a Laura no le dejaba de asombrar la belleza del paisaje. Disfrutaba enormemente de esos momentos en la terraza. Sola, la mayoría de veces. Sin embargo, con Lukas a su lado, mirándola con cara de enamorado, luego de hacer el amor, todo era perfecto.

Sus comidas eras vegetarianas la mayor parte del tiempo, ya que pocas veces comían carne, pero sus alimentos no eran orgánicos. Eso ya casi no existía. Lo orgánico había perdido la batalla contra los transgénicos. No pasó de ser una moda neohippie de inicios de siglo. La necesidad urgente de alimento para los países superpoblados y hambrientos hacia la mitad de siglo, hicieron necesario el desarrollo acelerado de las ciencias transgénicas, que permitieron importantes mejoras en los alimentos, con resultados asombrosos en términos de producción y nutrición.

Cada año las cosechas eran mejores que las anteriores, las frutas y vegetales eran cada vez más grandes y con mayor valor nutritivo, y las plagas ya no afectaban a los cultivos, por lo menos no a la mayoría de ellos. Y, algo muy importante para la supervivencia en el refugio, era que se podía producir más en un menor espacio. Mayores y mejores cosechas en un menor terreno. Y esto era vital, debido a la poca disponibilidad de tierras de cultivo.

Este era el tema principal que iba a exponer la doctora Laura Miller el lunes, al día siguiente, durante su primera presentación en el Primer Consejo como flamante Primera Ingeniera del Concejo de Ciencias, y la mayor experta y más grande defensora de los transgénicos y las ciencias genéticas.

—Tu cabeza está en otro lado. Sé cuándo algo te preocupa.

—Estoy nerviosa, por lo de mañana.

—Lo harás bien. ¿Estás lista?

—Sí, lo estoy, creo.

—Has esperado mucho por esto. Has trabajado muy duro.

—Lo sé. No ha sido nada fácil. Ahora que lo veo, he sacrificado mucho, tantos años...

—Que te llevan hasta aquí. Ve con seguridad, nadie lo va a hacer mejor que tú. El Consejo lo sabe.

—¿Estás seguro? Tendré que plantear asuntos en los que no necesariamente estamos todos de acuerdo. El Consejo puede ser difícil. Probablemente tendré una dura oposición. Veré lo que pueda hacer.

—Eso. Por ahora no te preocupes por aquello. Pronto te ganarás su confianza.

—Gracias, cariño. Siempre sabes que decir, mayor Anders... —y pasó su pie descalzo por la pierna de Lukas.

—Tú eres la jefa ahora —y se rio—. Sé que la palabra ya no se usa entre los civiles, pero en realidad es así.

Ella sonrió levemente.

—¿Cuándo vuelves?

—No lo sé. Debo entrenar a nuevos reclutas. Muchos de ellos son sentenciados. Son buenos, la mayoría, después de un tiempo. Aunque prefiero a los voluntarios.

—¿Pero cuando volverás?

—No lo sé. Quizás en un par de meses. Buscaré trabajo para realizar por aquí cuando vuelva. Para andar ocupado por lo menos un par de semanas en la ciudad. Así tendremos más tiempo juntos.

—Está bien. Te voy a extrañar, mucho.

—Pero aún no me voy. Mañana temprano tengo que reunirme con el Estado Mayor del Ejército.

—En la noche podemos cenar juntos, en el centro.

—Me encantaría, vamos.

—Pero ahora... ¿volvemos a la cama?

—Claro que sí preciosa.